Stephen Hawking: Su Vida Y Obra — Kitty Ferguson / Stephen Hawking: His Life and Work by Kitty Ferguson

Kitty Fergusson ha hecho un buen trabajo al darle una mirada de cerca a la mejor mente del siglo XX y XXI. Una gran cantidad de anedotes divertidos en este libro. Historias sobre Stephen que profundizan en su personaje principal. Bien vale la pena leer, en mi humilde opinión.
Siempre he sido fan de Hawking y realmente disfruté este libro, fue interesante y da una idea de lo que los científicos están tratando de encontrar para responder a lo que podemos observar y no para establecer cómo se creó la vida, y por lo tanto, el conflicto con ha sido establecido por la religión. Por naturaleza humana estamos ansiosos de lo que nos rodea, por lo que siempre trataremos de encontrar respuestas a preguntas sobre temas como el cáncer, la madre naturaleza. Depende de nosotros, como humanos, decidir cómo nos sentimos con respecto a estos descubrimientos y no imponer nuestra única mente a los demás. Una vez que tratamos de limitar nuestras capacidades de nuestros inteligentes, estamos haciendo un flaco servicio a lo que Dios nos ha dado.

Para muchas personas, Stephen Hawking es un icono del genio matemático, un símbolo algo similar a lo que se convirtió Einstein. La biografía de Kitty Ferguson hace un excelente trabajo al convertir a Hawking en un ser humano hecho y derecho, una afirmación que suena tonta hasta que uno ve la adoración al héroe que a menudo se relaciona con el nombre de Hawking. Ella alterna entre la vida personal de Hawking y sus logros en astrofísica. Los lectores en Gran Bretaña pueden estar mucho más familiarizados con los aspectos personales de la vida de Hawking dada la cobertura de la prensa. Pero en los Estados Unidos, el hombre que ocupó la Cátedra Lucasiana en Cambridge (siempre seguido de la nota de que Newton ocupó este cargo) es mucho más desconocido y esta biografía hace un buen trabajo al poner la vida entera de Hawking en forma escrita.
El papel de Jane Hawking en la vida de Stephen no puede ser sobreestimado. Ella estaba allí para él en los momentos más críticos de su enfermedad y es difícil imaginar lo que hubiera pasado sin ella. Ferguson detalla el trabajo de Jane y su conflicto entre sus propios objetivos y su papel como esposa de Hawking. Algunas otras críticas han criticado el libro por evitar los cargos de abuso a Hawking, que lo siguió durante su segundo matrimonio. Puede que salga más en algún momento, pero cuando se escribió la biografía, Hawking se negó a discutir el tema. Sin su aporte, Ferguson no puede hacer mucho más que mencionar el tema sin especular. Ferguson trabajó estrechamente con Hawking no solo en este libro, sino en su biografía anterior de él de 1991. Esta biografía destaca lo positivo: el genio matemático de Hawking, su genuino sentido del humor, sus libros populares para explicar sus ideas y su trabajo para discapacitados. Pero también entra en detalles sobre sus defectos: su terquedad, su falta de aprecio a veces por aquellos que lo ayudaron tanto, y lo que parece ser un excesivo amor por el centro de atención. Algunos de los defectos se pueden atribuir a problemas que otros pueden tener sobre él, pero claramente algunos eran propios de Hawking y podrían ser muy dañinos. El lector obtiene una visión completa de Hawking como persona y el efecto creciente de la ELA debilitante en su vida.
Como señala Ferguson, Hawking socavó sus propias suposiciones varias veces en su trabajo. Sus hermosas teorías siempre se vieron obstaculizadas por la falta de datos empíricos, un problema que todos los físicos teóricos tienen hoy en día. Por ejemplo, sus teorías sobre la radiación de Hawking, las singularidades y los agujeros de gusano (todo lo cual Ferguson explica bien) son obras maestras del razonamiento matemático, pero la verificación absoluta puede ser imposible. Dejé el libro deseando que el Comité Nobel reconozca a los físicos teóricos mucho más de lo que lo hacen. El argumento más frecuente en su nombre es que un modelo matemático hermoso puede estar simplemente equivocado y que las teorías diferentes no solo necesitan unificarse sino que necesitan más pruebas. Por otro lado, genios como Hawking han proporcionado formas de ver las opciones mental y matemáticamente y, en un momento en que tales modelos se han vuelto increíblemente difíciles de construir, han proporcionado un camino para posibles investigaciones. Uno de los efectos secundarios de este libro es que el lector llega a comprender mucho mejor la interacción de la física teórica y experimental. Hawking dijo una vez que tuvo la suerte de haber ingresado a la física teórica porque su discapacidad no le dolía tanto como en la mayoría de los otros campos. Es para nuestro beneficio duradero que lo hizo. Defectos y todo, Stephen Hawking nos ha dado una impresionante (aunque evolutiva) visión del universo que no solo está bellamente elaborada sino que inspira a aquellos con el más mínimo interés en la astronomía. Este libro es un tributo a la vida de Hawking.

¿Qué convierte, entonces, una teoría en una buena teoría? Citando de nuevo a Hawking, debe «describir con precisión un amplio conjunto de observaciones sobre la base en un modelo que contenga solo unos pocos parámetros arbitrarios, y debe ser capaz de predecir positivamente los resultados de observaciones futuras».
Es importante recordar, sin embargo, que una buena teoría no tiene que surgir por completo de la observación. Una buena teoría puede ser una teoría salvaje, un gran salto de la imaginación. «La capacidad de hacer esos saltos intuitivos es realmente lo que caracteriza a un buen físico teórico», dice Hawking. Sin embargo, una buena teoría no debería estar reñida con las cosas ya observadas, a menos que dé razones convincentes para que así sea. La teoría de las supercuerdas, una de las teorías actuales más emocionantes, predice más de tres dimensiones en el espacio, lo que ciertamente parece contradecir a la observación. Los teóricos explican esta discrepancia sugiriendo que las dimensiones extra están tan apretadas y son tan pequeñitas que somos incapaces de reconocerlas.

El joven S. W. Hawking no era un prodigio. Algunos informes dicen que era brillante de una forma irregular, pero Hawking recuerda que era solo otro alumno inglés normal, al que le costó aprender a leer y cuya escritura desesperaba a sus profesores. Sus notas estaban un poco por encima de la media de sus compañeros de clase, aunque ahora dice, en su defensa, que «era una clase muy brillante.»
El primer año de Hawking en Cambridge fue un tremendo desastre. Fred Hoyle ya tenía completa su cuota de estudiantes graduados, así que asignaron a Stephen a Denis Sciama. Sciama era un nombre menos importante en física que Hoyle (de hecho, Stephen nunca lo había oído), pero otros sabían que era un buen mentor que se preocupaba mucho de sus estudiantes. También estaba mucho más disponible en Cambridge que Hoyle, quien era una figura internacional y pasaba mucho de su tiempo en observatorios en otras partes del mundo.
Tanto Sciama como Hoyle estaban a favor de la teoría del estado estacionario del universo. Hoyle, con Hermann Bondi y Tom Gold, había concebido esa teoría.
La teoría del estado estacionario reconocía la expansión del universo, pero, al contrario que la teoría del Big Bang, no requería que el universo tuviera un inicio en el tiempo. La propuesta afirmaba que, conforme el universo se expande y las galaxias se alejan unas de otras, nueva materia parece llenar los huecos cada vez más grandes que se forman entre ellas, y que finalmente dan lugar a nuevas estrellas y galaxias.
Para alguien con una formación en matemáticas descuidada, como Hawking, la relatividad general era una ardua tarea, y pronto lamentó profundamente dejar que su padre lo apartara de las matemáticas en Oxford.
La comunidad científica miraba la cosmología con suspicacia y desaprobación. Como Hawking diría más tarde, «la cosmología solía considerarse una pseudociencia y el ámbito de físicos que podían haber hecho un trabajo útil en los años previos, pero que habían caído en el misticismo en su chocheo». Era altamente especulativa, con datos observacionales insuficientes para moderar u orientar la especulación. El propio Sciama, solo dos años antes de conocer a Hawking, escribió que la cosmología era un tema en extremo controvertido, que contiene poco o ningún cuerpo de doctrina consensuado.
Hawking era consciente de estas dificultades, pero el reto de trabajar en los límites y aventurarse en territorio inexplorado era irresistible. La cosmología y la relatividad general eran «campos descuidados que habían llegado al punto adecuado para desarrollarse en ese momento.
Aunque en la vida de Hawking había reinado la confusión desde el diagnóstico del invierno de 1963, ni el deterioro de su condición física, ni su creciente interés por Jane Wild habían eclipsado su afición por la cosmología. Su despacho en el Departamento de Matemáticas Aplicadas y Física Teórica estaba justo al lado del de Jayant Narlikar, a quien Hawking había conocido en un curso de verano antes de trasladarse a Cambridge. Narlikar era uno de los estudiantes de Hoyle y trabajaba con él en posibles modificaciones de la relatividad general que pudieran conciliar el modelo de estado estacionario con recientes observaciones que lo cuestionaban. Este reto picó la curiosidad de Hawking.
Hawking dedicó más tiempo y cuidado a redactar un segundo artículo sobre su descubrimiento. Communications in Mathematical Physics, la revista a la que lo envío en marzo de 1974, perdió su artículo y no lo publicó hasta abril de 1975, después de que volviera a enviarlo. Mientras tanto, Hawking y sus colegas siguieron estudiando la radiación de Hawking desde muchos ángulos diferentes. Después de cuatro años, y después de que apareciera un artículo conjunto de Hawking y Jim Hartle en 1976, todos los físicos teóricos del mundo aceptaron el concepto de la radiación de Hawking. La mayoría estaba de acuerdo en que Hawking había hecho un descubrimiento significativo. Había usado la actividad de las partículas virtuales para explicar algo que había surgido de la teoría de la relatividad, los agujeros negros. En definitiva, había dado un paso adelante para unir la relatividad y la física cuántica.

Para Hawking, 1981 fue un año histórico no solo por su reivindicación de la paradoja de la información, sino porque abordó de un modo nuevo la cuestión de cómo empezó el universo y de cómo acabaría.
En un congreso celebrado en el Vaticano en septiembre de ese año, el papa Juan Pablo II, dirigiéndose a Hawking y a otros científicos, dijo que probablemente fuera inútil para el ser humano intentar investigar el momento de la creación, pues ese conocimiento proviene de la revelación de Dios.* Según el conocimiento y la teoría imperante de ese momento, se creía, gracias sobre todo a Hawking, que el universo había empezado con una singularidad, de manera que nadie podía refutar las palabras del papa. La mayoría de los colegas de Hawking posiblemente habría refrendado, aun a regañadientes, la primera parte de la afirmación del papa, y también habría dudado de que Dios fuera a enseñar sus cartas algún día. El propio Hawking había dicho hacía poco al autor John Boslough: «Las probabilidades en contra de que un universo como el nuestro surgiera de algo como el Big Bang son enormes. Creo que, en cualquier discusión sobre los orígenes del universo, hay implicaciones claramente claramente religiosas».
Lo que el papa y sus consejeros sobre ciencia no habían tenido en cuenta era la propensión de Hawking a socavar sus propios descubrimientos. El título de la presentación de Hawking en la conferencia del Vaticano, «The Boundary Conditions of the Universe» («Las condiciones límite del universo»), no daba indicios de que fuera a proponer la posibilidad de que el universo careciera de «principio» o de «límites», de manera que no quedaría ningún papel ni espacio ni creador. Si el papa y sus consejeros científicos lo hubieran sabido, habrían podido ser lo suficientemente sabios e inteligentes como para decidir que el papa estableciera un paralelismo entre las ideas de Hawking y el concepto judeocristiano (del filósofo judío Filón de Alejandría y del filósofo cristiano San Agustín) de un Dios que existe fuera del tiempo —el «Soy» de la Biblia—, para quien no existen inicios, finales o cualquier concepto relacionado con nuestro tiempo cronológico.

En enero de 2000, en el marco de una entrevista para el inicio del nuevo milenio centrada en sus predicciones sobre lo que deparaba el futuro a la raza humana, Hawking resumió sus ideas sobre el tema de la ingeniería genética. Según él, hacía más de diez mil años que los seres humanos no experimentaban cambios significativos en su ADN. Sin embargo, pronto no tendrán que seguir esperando a que una evolución biológica produzca esos cambios, y no lo harán. Probablemente en los próximos mil años seremos capaces de rediseñar por completo nuestro ADN y aumentar el tamaño de nuestro cerebro. Por muchas prohibiciones que se establezcan respecto de la ingeniería genética en seres humanos, sin duda estará permitida en animales y plantas por motivos económicos, «y alguien lo probará con seres humanos a menos que tengamos un orden mundial totalitario. Alguien mejorará al ser humano de alguna manera. No estoy defendiendo la ingeniería genética en los seres humanos, solo digo que es probable que ocurra y que deberíamos pensar en cómo afrontarlo». Año y medio más tarde, había cambiado de opinión.
Hawking recomendaba elaborar lo antes posible un plan para colonizar a largo plazo el espacio y así garantizar la supervivencia de la raza humana. No era una idea improvisada que pronto olvidaría. Ya en la entrevista de inicio del milenio había predicho un vuelo tripulado por hombres, «o debería decir personas», a Marte en este siglo. Pero ese sería solo el primer paso. Marte no reúne las condiciones para ser habitado por seres humanos. Tenemos que aprender a vivir en estaciones espaciales o viajar a la estrella siguiente, y él estaba seguro de que ese viaje no se produciría dentro de este siglo. Dado que no podemos viajar más rápido que la luz (por mucho que diga la ciencia ficción), el viaje sería lento, aburrido y difícil. Hawking volvería a la idea de la conveniencia de que los seres humanos colonizaran el espacio en los libros infantiles que escribiría con su hija Lucy al cabo de unos años. Le parecía una necesidad lo bastante urgente para inculcarla a los niños que establecerían las prioridades en el futuro.

¿Sería posible caer en un agujero negro y salir en otro universo? Él opinaba que sí. No había renunciado a la idea de los agujeros de gusano, pero no se podría volver, así que él, personalmente, no estaba dispuesto a intentarlo, pese a ser una de las personas más intrépidas y con más ganas de viajar del mundo.
Una conferencia en una reunión de «Google Zeitgeist» en Londres en la primavera de 2011. El titular en el que se citaban sus palabras decía: «No existe un cielo o una vida después de la muerte… eso es un cuento para las personas que tienen miedo de la oscuridad». Por supuesto, Hawking estaba expresando una opinión sobre algo de lo que nadie, ni siquiera él, tenía un conocimiento científico demostrable, ya fuera a favor o en contra, pero explicó su postura exponiendo su visión del cerebro humano. Una corriente de pensamiento de los investigadores que estudian el cerebro lo consideran un ordenador, donde la «mente» no es más que un producto de él, y Hawking al parecer había decidido unirse al grupo. «Considero que el cerebro es como un ordenador que dejará de funcionar cuando le fallen los componentes. No hay un cielo o una vida después de la muerte para los ordenadores estropeados.» Ergo no hay cielo ni vida más allá para nosotros.
En respuesta a la pregunta «Cómo deberíamos vivir?», Hawking dijo: «Deberíamos procurar que nuestras acciones tuvieran el mayor valor posible».
Como cabía esperar, la entrevista de Hawking provocó muchas reacciones. Aunque algunos la interpretaron como una declaración de ateísmo, otros destacaron que hablaba de la creencia en la inmortalidad humana, no en la creencia en Dios. No todo el mundo que cree en Dios cree también en el cielo o en una vida después de la muerte.

Kitty Fergusson has done a really good job of giving an up close look at arguably the greatest mind of the 20th and 21st century. A lot of amusing anedotes in this book. Stories about Stephen that drill into his core character. Well worth the read, in my humble opinion.
I have always been a fan of Hawking. and I really enjoyed this book. It was interesting and gives you a sense of what scientists are trying to find answers to what we can observe and not to establish how life was created. and therefore does conflict with has been established by religion. We are by human nature urious of what is around us rherefore we will always try to find answers to hhings especilly matters such as cancer, mother nature. It is up to us as humans to decide how we feel about these discoveries and notimpose our single mindedness on others. Once we try to limit our capabilities of our intelligent then we are doing a disservice to what God has given us.

To many people Stephen Hawking is an icon of mathematical genius, a symbol somewhat like Einstein has become. Kitty Ferguson’s biography does a terrific job of making Hawking a full-fledged human being, a statement that sounds silly until one sees the hero worship that often attaches to Hawking’s name. She alternates between Hawking’s personal life and his achievements in astrophysics. Readers in Britain may be much more familiar with the personal aspects of Hawking’s life given the press coverage. But in the United States the man who held the Lucasian Chair at Cambridge (always followed by the note that Newton held this position) is much more unknown and this biography does a fine job of putting Hawking’s entire life into written form.
The role of Jane Hawking in Stephen’s life cannot be overestimated. She was there for him through the most critical moments of his disease and it is hard to imagine what would have happened without her. Ferguson details Jane’s work and her conflict between her own goals and her role as Hawking’s wife. Some other reviews have criticized the book for skirting the charges of abuse to Hawking which followed him during his second marriage. More may be coming out at some point but when the biography was written Hawking refused to discuss the issue. Without his input Ferguson cannot do much more than mention the issue without speculating. Ferguson worked with Hawking closely not only on this book but in her earlier 1991 biography of him. This biography highlights the positive – Hawking’s mathematical genius, his genuine sense of humor, his popular books to explain his ideas, and his work for the disabled. But it also goes into some detail about his flaws – his stubbornness, his lack of appreciation at times of those who helped him so much, and what appears to be an excessive love of the limelight. Some of the flaws may be attributed to issues that others may have about him but clearly some were Hawking’s own and could be deeply hurtful. The reader gets a well-rounded view of Hawking as a person and the growing effect of the debilitating ALS on his life.
As Ferguson notes, Hawking undercut his own assumptions several times in his work. His beautiful theories were always handicapped by a lack of empirical data, a problem that all theoretical physicists have today. For example, his theories about Hawking radiation, singularities, and wormholes (all of which Ferguson explains well) are utter masterpieces of mathematical reasoning but absolute verification may be impossible. I left the book wishing that the Nobel Committee would recognize theoretical physicists much more than they do. The argument most often made on their behalf is that a beautiful mathematical model may quite simply be wrong and that differing theories not only need unifying but need more proof. On the other hand, geniuses like Hawking have provided ways of mentally and mathematically seeing the options and, at a time when such models have become unbelievably difficult to build, have provided a path for potential research. One of the side effects of this book is that the reader comes to understand much better the interplay of theoretical and experimental physics. Hawking once said that he was fortunate to have gone into theoretical physics because his handicap did not hurt him nearly as much as in most other fields. It is to our lasting benefit that he did so. Flaws and all, Stephen Hawking has given us a stunning (if evolving) vision of the universe that is not only beautifully crafted but inspiring to those with even the smallest interest in astronomy. This book is a tribute to Hawking’s life.

What turns, then, a theory into a good theory? Quoting Hawking again, he must “accurately describe a broad set of observations on the basis in a model that contains only a few arbitrary parameters, and should be able to positively predict the results of future observations.”
It is important to remember, however, that a good theory does not have to come entirely from observation. A good theory can be a wild theory, a great leap of the imagination. “The ability to do those intuitive jumps is really what characterizes a good theoretical physicist,” says Hawking. However, a good theory should not be at odds with the things already observed, unless you give convincing reasons for it to be so. Superstring theory, one of the most exciting current theories, predicts more than three dimensions in space, which certainly seems to contradict observation. The theorists explain this discrepancy by suggesting that the extra dimensions are so tight and so small that we are unable to recognize them.

The young S. W. Hawking was not a prodigy. Some reports say that he was brilliant in an irregular way, but Hawking remembers that he was just another normal English student, who had trouble learning to read and whose writing made his teachers desperate. His grades were a bit above the average of his classmates, although now he says, in his defense, that “it was a very bright class.”
Hawking’s first year in Cambridge was a tremendous disaster. Fred Hoyle had already completed his quota of graduate students, so they assigned Stephen to Denis Sciama. Sciama was a less important name in physics than Hoyle (in fact, Stephen had never heard it), but others knew he was a good mentor who cared a lot about his students. He was also much more available in Cambridge than Hoyle, who was an international figure and spent much of his time in observatories in other parts of the world.
Both Sciama and Hoyle were in favor of the theory of the steady state of the universe. Hoyle, with Hermann Bondi and Tom Gold, had conceived that theory.
Stationary state theory recognized the expansion of the universe, but, unlike the Big Bang theory, it did not require the universe to have a beginning in time. The proposal affirmed that, as the universe expands and the galaxies move away from each other, new matter seems to fill the increasingly larger gaps that form between them, and that eventually give rise to new stars and galaxies.
For someone with a neglected background in mathematics, such as Hawking, general relativity was an arduous task, and he soon regretted deeply letting his father turn him away from mathematics at Oxford.
The scientific community looked at cosmology with suspicion and disapproval. As Hawking would say later, “cosmology used to be considered a pseudoscience and the realm of physicists who could have done useful work in previous years, but who had fallen into mysticism in their chocheo.” It was highly speculative, with insufficient observational data to moderate or guide speculation. Sciama himself, just two years before he met Hawking, wrote that cosmology was an extremely controversial subject, containing little or no body of consensual doctrine.
Hawking was aware of these difficulties, but the challenge of working at the limits and venturing into unexplored territory was irresistible. Cosmology and general relativity were “neglected fields that had come to the right place to develop at that moment.
Although in Hawking’s life confusion had reigned since the diagnosis of the winter of 1963, neither the deterioration of his physical condition nor his growing interest in Jane Wild had eclipsed his fondness for cosmology. His office in the Department of Applied Mathematics and Theoretical Physics was right next to that of Jayant Narlikar, whom Hawking had met in a summer course before moving to Cambridge. Narlikar was one of Hoyle’s students and worked with him on possible modifications of general relativity that could reconcile the steady-state model with recent observations that questioned it. This challenge stung Hawking’s curiosity.
Hawking devoted more time and care to writing a second article about his discovery. Communications in Mathematical Physics, the journal I sent him to in March 1974, lost his article and did not publish it until April 1975, after he resubmitted it. Meanwhile, Hawking and his colleagues continued to study Hawking radiation from many different angles. After four years, and after a joint article by Hawking and Jim Hartle appeared in 1976, all the theoretical physicists in the world accepted the concept of Hawking radiation. Most agreed that Hawking had made a significant discovery. He had used the activity of virtual particles to explain something that had emerged from the theory of relativity, black holes. In short, he had taken a step forward to unite relativity and quantum physics.

According to Hawking, 1981 was a historic year not only for its claim to the paradox of information, but because it addressed in a new way the question of how the universe began and how it would end.
In a congress held at the Vatican in September of that year, Pope John Paul II, addressing Hawking and other scientists, said that it would probably be useless for the human being to attempt to investigate the moment of creation, for that knowledge comes from revelation of God. * According to the prevailing knowledge and theory of that moment, it was believed, thanks above all to Hawking, that the universe had begun with a singularity, so that no one could refute the words of the pope. Most of Hawking’s colleagues would possibly have endorsed, even reluctantly, the first part of the pope’s claim, and he would also have doubted that God would teach his letters someday. Hawking himself had recently told author John Boslough: “The odds against a universe like ours arising from something like the Big Bang are huge. I believe that, in any discussion about the origins of the universe, there are clearly clearly religious implications. ”
What the pope and his science advisors had not taken into account was Hawking’s propensity to undermine his own discoveries. The title of Hawking’s presentation at the Vatican conference, “The Boundary Conditions of the Universe”, gave no indication that he was going to propose the possibility that the universe lacked “principle” or of “limits”, so that there would be no paper or space or creator. If the pope and his scientific advisers had known, they could have been wise and intelligent enough to decide that the pope would draw a parallel between Hawking’s ideas and the Judeo-Christian concept (of the philosopher Philo of Alexandria and of the Christian philosopher St. Augustine). ) of a God that exists outside of time-the “I Am” of the Bible-for whom there are no beginnings, endings or any concept related to our chronological time.

In January 2000, as part of an interview for the start of the new millennium focused on his predictions about what the future holds for the human race, Hawking summed up his ideas on the subject of genetic engineering. According to him, it was more than ten thousand years ago that human beings did not experience significant changes in their DNA. However, they will not soon have to wait for a biological evolution to produce those changes, and they will not. Probably in the next thousand years we will be able to completely redesign our DNA and increase the size of our brain. For many prohibitions that are established regarding genetic engineering in humans, it will undoubtedly be allowed in animals and plants for economic reasons, “and someone will prove it with human beings unless we have a totalitarian world order. Someone will improve the human being in some way. I am not defending genetic engineering in human beings, I am just saying that it is likely to happen and that we should think about how to face it ». A year and a half later, he had changed his mind.
Hawking recommended to develop as soon as possible a plan to colonize long-term space and thus ensure the survival of the human race. It was not an impromptu idea that he would soon forget. Already in the interview of the beginning of the millennium he had predicted a flight manned by men, «or should I say people», to Mars in this century. But that would be only the first step. Mars does not meet the conditions to be inhabited by human beings. We have to learn to live on space stations or travel to the next star, and he was sure that this trip would not occur within this century. Since we can not travel faster than light (no matter what science fiction says), the trip would be slow, boring and difficult. Hawking would return to the idea of ​​the convenience of human beings colonizing the space in the children’s books that he would write with his daughter Lucy after a few years. It seemed urgent enough to inculcate it to the children who would set priorities in the future.

Would it be possible to fall into a black hole and exit into another universe? He thought so. He had not given up on the idea of ​​wormholes, but he could not return, so he personally was not willing to try, despite being one of the most intrepid and eager to travel in the world.
A conference at a “Google Zeitgeist” meeting in London in the spring of 2011. The headline in which his words were quoted read: “There is no heaven or life after death … that’s a story for the people who are afraid of the dark ». Of course, Hawking was expressing an opinion about something that nobody, not even him, had demonstrable scientific knowledge, whether for or against, but he explained his position by exposing his vision of the human brain. A current of thought of the researchers who study the brain consider it a computer, where the “mind” is only a product of it, and Hawking apparently had decided to join the group. “I think the brain is like a computer that will stop working when the components fail. There is no heaven or life after death for broken computers. Ergo there is no heaven or life beyond for us.
In response to the question “How should we live?” Hawking said: “We should try to make our actions as valuable as possible.”
As expected, Hawking’s interview provoked many reactions. Although some interpreted it as a declaration of atheism, others emphasized that it spoke of the belief in human immortality, not belief in God. Not everyone who believes in God also believes in heaven or in a life after death.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .