¡Viva El Latín! Historias Y Belleza De Una Lengua Inútil — Nicola Gardini / Viva il Latino: Storie E Bellezza Di Una Lingua Inutile (Long Live Latin! Stories And Beauty Of A Useless Language) by Nicola Gardini

Me parece un muy buen libro para lo que supone para este autor el latín y a través del libro nos transmite esa pasión.

El estudio del latín nos acostumbra hasta ahora a pensar también la lengua por sílabas y sonidos discretos. Ha enseñado la importancia de la música verbal; por tanto, el alma misma de la poesía. Las palabras que siempre he empleado comenzaron, en cierto momento, a descomponerse en la cabeza y a arremolinarse, como pétalos en el aire. Gracias al latín una palabra italiana valía por lo menos el doble.
El latín me atraía porque era antiguo, y la Antigüedad siempre me había gustado; o, mejor dicho, ambos me proporcionaban un placer muy especial, una genuina aceleración del latido cardíaco, algunas imágenes de la Antigüedad, como las pirámides, las columnas de los templos griegos o las momias del Museo Egipcio de Turín…

El latín es la lengua de la antigua ciudad de Roma y de la civilización que se originó en ella y desde la cual se difundió durante muchos siglos en un territorio muy amplio, el llamado «imperio», convirtiéndose en medio de expresión y comunicación para una gran parte de la humanidad, en forma escrita y oral, y proporcionando aún en la edad moderna, mucho tiempo después de que el latín hablado diese lugar a idiomas distintos (las llamadas «lenguas romances»), un medio de expresión a poetas, literatos y estudiosos de diversas disciplinas.
El latín es la lengua de las instituciones jurídicas, de la arquitectura y de la ingeniería, del ejército, de la ciencia, de la filosofía, del culto y —lo que aquí más nos interesa— de una literatura espléndida, que ha servido de modelo a toda la literatura occidental de los siglos posteriores. No hay campo de la creatividad lingüística y del saber que no se exprese en latín de maneras excelentes y modélicas: la poesía (épica, elegía, epigrama, etc.), la oratoria, la comedia, la tragedia, la sátira, la carta confidencial y la oficial, la novela, la historia, el diálogo y también la filosofía moral, la física, la jurisprudencia, la doctrina culinaria, la teoría del arte, la astronomía, la agricultura, la meteorología, la gramática, las ciencias de la Antigüedad, la medicina, la técnica, la medición, la religión.
El latín literario, en cientos de obras maestras, habla de amor y de guerra, razona sobre el cuerpo y el alma, teoriza el sentido de la vida y los deberes del individuo, el destino del alma y la estructura de la materia, canta la belleza de la naturaleza, la importancia de la amistad, el dolor por la pérdida de las cosas amadas; y critica la corrupción, medita sobre la muerte, sobre la arbitrariedad del poder, sobre la violencia y sobre la crueldad; y construye imágenes de interioridad, confecciona emociones, formula ideas sobre el mundo y sobre la vida civilizada. El latín es la lengua de la relación entre el uno y el todo; de la compleja confrontación entre libertad y constricción, entre privado y público, entre vida contemplativa y vida activa, entre provincia y capital, entre campo y ciudad…
¿Qué latín? De hecho, hay muchos latines, y todos ellos diversa y ampliamente representados en cantidades inmensas de textos: el latín de la literatura, el de la Iglesia, el de la filosofía escolástica, el de la ciencia, el de la jurisprudencia, el de las inscripciones marmóreas. Los estudios del latín van en múltiples direcciones. Hay quien investiga la relación entre el latín y las lenguas romances; quien intenta reconstruir el latín hablado o vulgar a partir del latín escrito, literario o no; quien se focaliza en el latín medieval; quien, en el sectorial.
El hablado o «vulgar»— ha generado numerosas lenguas modernas, las llamadas lenguas neolatinas o romances, de las cuales las más difundidas son el italiano, el francés, el español, el portugués y el rumano.
Pero el latín ¿de dónde procede?
En la Eneida, Virgilio relata que el pueblo romano nació en el Lacio de la fusión de un grupo de prófugos troyanos con la población local. Hacia el final de la narración, la diosa Juno, antes de que los troyanos capitaneados por Eneas resultasen victoriosos, obtiene de Júpiter que la lengua de Roma, la nueva ciudad, siga siendo la de sus primeros habitantes, los itálicos o ausonios o, por decirlo con exactitud, los «indígenas latinos» (Eneida, XII, 823).

Curioso por la semántica y la etimología encontrará aquí alguna inspiración interesante. «Fartus» es el participio de pretérito del verbo farcio, «llenar», que ha permanecido en el italiano «farcire». La palabra compuesta in-fartus da «infarto», que precisamente es una obstrucción, una oclusión.* «Caerula» es un color oscuro bastante vago, que puede variar desde el azul del mar y del cielo (de hecho deriva de caelum) hasta el verde e incluso el negro.** «Laeta» significa «fértiles», «abundantes»: no por casualidad su raíz aparece de nuevo en laetamen, «estiércol»;*** la idea de lietezza (de alegría) es una extensión metafórica posterior.

Una de las invenciones más características de la lengua latina es la «crítica social», expresión con la que designo ese género típicamente romano (y orgullosamente romano) al que la historia literaria conoce, desde la Antigüedad, con el nombre de «sátira» (satura). Para ella hacen falta un léxico expresivo, una sintaxis rápida y cortante y una retórica absorbente, porque el objetivo es observar, fustigar, denunciar, ridiculizar, insultar, enfatizar. Por supuesto, hay sátiras y sátiras. La de Horacio (65-8 a. C.) es poco agresiva; es más divertida que lenguaraz, y tiene más de contexto vital que de exageración expresionista y caricaturesca. De todas maneras, la sátira horaciana también nace de una gran desafección por la actualidad y un profundo desprecio hacia los contemporáneos. De hecho, toda la literatura latina, dominada como está por la nostalgia de un pasado mejor, posee una dimensión satírica, con independencia de cuál sea el género. Plauto es satírico cuando se burla de la candidez de los padres. Cicerón es satírico cuando expone los defectos de Catilina o de Verres; Catulo lo es cuando, en los epigramas, ataca los vicios y las manías de ciertos individuos; y así también Petronio, cuando pone en el punto de mira la depravación y la insaciable codicia de la sociedad meridional. También la historia, en cierta medida, es satírica, porque exalta el pasado y vilipendia el presente: para comprobarlo basta con leer a Salustio o, más aún, a Tácito.
Gran parte de la belleza del latín reside en el hecho de que se trata de una lengua del eros; es decir, de uno de los componentes primarios de la vida humana y de la cultura universal: sistema de metáforas, de imágenes, de términos que definen y clasifican la experiencia amorosa en todas sus gradaciones, físicas y psicológicas, así como más ampliamente culturales, respecto de otros ámbitos y lenguajes, como la política y la guerra. Existe todo un género amoroso, la elegía, que obviamente tiene orígenes griegos, como todos los géneros más importantes de la literatura latina, y prepara o anticipa la gran lírica erótica de las tradiciones en lenguas vulgares. Sus representantes más insignes, entre aquellos de los que nos ha llegado su obra, son Tibulo, Propercio y Ovidio, tres autores que vivieron en la época de Augusto.

El latín, para muchos, es inútil. No entraré en una discusión sobre el concepto de «utilidad», concepto crecido en estratificaciones y variaciones pluriseculares, que por sí solo merecería un libro. Me limito aquí, ciñéndome a despedirme de los lectores, a considerar que esos «muchos» —gente corriente, políticos, profesionales de diversos ámbitos— tienen una idea tristemente (y peligrosamente) limitada a la instrucción y a la formación: en realidad, creen que el conocimiento se reduce a la traducción inmediata del saber en cualquier servicio práctico. Si así fuera, de pocas cosas podríamos decir que son útiles: el trabajo del cirujano y del fontanero y no mucho más, visto que la satisfacción de las necesidades primarias se delega cada vez más en las máquinas. Por tanto, llegados a un cierto punto, ni siquiera el cirujano y el fontanero servirán.
También existen muchos individuos, quizá no tan numerosos, que en cambio sostienen que el latín sirve para algo. El latín, según ellos, enseña a razonar e impone una cierta disciplina, que después uno puede aplicar a cualquier otro ámbito. El latín sería como las matemáticas.
Ni los argumentos de los «inutilistas» ni los de los «utilistas» sirven para generar y nutrir el amor al latín. Tan débil es la objeción de los detractores (los que sostienen la inutilidad) como la de quienes lo alaban (los que afirman la utilidad): que el latín sirve para formar la mente. La riqueza morfológica ejercitaría la memoria, la sintaxis estimularía la capacidad lógico-deductiva y así sucesivamente… Todo esto es verdad. Pero si el latín fuera solo eso, un entrenamiento, entonces daría lo mismo estudiar otras lenguas complejas.
Una puntualización más, contra los «utilistas» y los «inutilistas»: el latín es bello. Este principio inspira todo el discurso que he desarrollado hasta ahora. La belleza es la imagen misma de la libertad.

Por otra parte, tampoco es cierto que el latín haya desaparecido completamente de la comunicación oral. El latín se habla aún en la Iglesia (el papa Benedicto XVI anunció su renuncia al pontificado precisamente en latín y, evidentemente —tratándose de una noticia tan sensacional—, debió de dar por supuesto que su público tenía una práctica oral avanzada de aquella lengua), en ciertos convenios internacionales, entre estudiosos y apasionados de diversa procedencia. Tanto en Italia como en otros países, he encontrado médicos e ingenieros que lo hablan como una lengua materna.
Este libro, en definitiva, es una defensa y un elogio del latín y de la literatura que ha sido escrita en dicha lengua desde la Antigüedad. La indiferencia actual, aunque no universal, respecto del latín es muchas veces rechazo y boicot (desde arriba y desde dentro); son síntomas de un ataque sistemático a la literatura y a la misión que tradicionalmente esta ha desempeñado y que aún podría desempeñar mejor que cualquier otra forma de saber o de comunicación: dar orden y sentido a la experiencia humana con historias y metáforas; ampliar los confines de lo vivido mediante nuevas hipótesis del mundo; formar y transmitir paradigmas de conducta y de pensamiento; representar ideas y formas de vida que aún están al otro lado o más allá de la institucionalización; forjar sentimientos y emociones y valores morales; razonar sobre la justicia y la belleza y estructurar en conjuntos culturales comunidades de otro modo dispersas y fragmentarias; y —en particular— elevar la lengua nacional a la categoría de arte. Y, haciendo todo esto, comunicar una especial forma de placer: la de —repito— comprender interpretando.
Actualmente, a la literatura —en cualquier lengua— le cuesta que se le reconozcan tales misiones y tanta dignidad.

It seems to me a very good book for what Latin means for this author and through the book he transmits that passion to us.

The study of Latin accustoms us until now to think also the language by syllables and discrete sounds. He has taught the importance of verbal music; therefore, the very soul of poetry. The words I have always used began, at a certain moment, to decompose in the head and to swirl, like petals in the air. Thanks to Latin an Italian word was worth at least twice as much.
Latin attracted me because it was old, and Antiquity had always liked me; or, rather, both gave me a very special pleasure, a genuine acceleration of the heartbeat, some images of antiquity, such as the pyramids, the columns of the Greek temples or the mummies of the Egyptian Museum of Turin …

Latin is the language of the ancient city of Rome and of the civilization that originated in it and from which it spread for many centuries in a very large territory, the so-called “empire”, becoming a means of expression and communication for a much of humanity, in written and oral form, and providing even in the modern age, long after the spoken Latin gave rise to different languages ​​(the so-called “Romance languages”), a means of expression to poets, literati and scholars of various disciplines.
Latin is the language of juridical institutions, of architecture and engineering, of the army, of science, of philosophy, of worship and -what we are interested in here- of a splendid literature, which has served as a model to all Western literature of later centuries. There is no field of linguistic creativity and knowledge that is not expressed in Latin in excellent and exemplary ways: poetry (epic, elegy, epigram, etc.), oratory, comedy, tragedy, satire, confidential letter and the official, the novel, the history, the dialogue and also the moral philosophy, the physics, the jurisprudence, the culinary doctrine, the theory of art, astronomy, agriculture, meteorology, grammar, the sciences of antiquity , medicine, technique, measurement, religion.
Literary Latin, in hundreds of masterpieces, speaks of love and war, reasons about body and soul, theorizes the meaning of life and the duties of the individual, the destiny of the soul and the structure of matter, sings the beauty of nature, the importance of friendship, the pain of the loss of beloved things; and criticizes corruption, meditates on death, on the arbitrariness of power, on violence and on cruelty; and builds images of interiority, builds emotions, formulates ideas about the world and about civilized life. Latin is the language of the relationship between the one and the whole; of the complex confrontation between freedom and constriction, between private and public, between contemplative life and active life, between province and capital, between country and city …
What Latin? In fact, there are many Latins, and all of them diverse and widely represented in immense quantities of texts: the Latin of literature, the Latin of the Church, that of scholastic philosophy, that of science, that of jurisprudence, that of Marble inscriptions. Latin studies go in multiple directions. Some people investigate the relationship between Latin and Romance languages; who tries to reconstruct the spoken or vulgar Latin from written Latin, literary or not; who focuses on medieval Latin; who, in the sector.
The spoken or “vulgar” – has generated many modern languages, the so-called neo-Latin languages ​​or romances, of which the most widespread are Italian, French, Spanish, Portuguese and Romanian.
But Latin, where does it come from?
In the Aeneid, Virgil relates that the Roman people were born in Lazio from the merger of a group of Trojan fugitives with the local population. Towards the end of the narrative, the goddess Juno, before the Trojans captained by Aeneas were victorious, obtained from Jupiter that the language of Rome, the new city, remain that of its first inhabitants, the Italics or Ausonians, or, to put it exactly, the “Latin Indians” (Eneida, XII, 823).

Curious about semantics and etymology you will find here some interesting inspiration. “Fartus” is the past participle of the verb farcio, “to fill”, which has remained in the Italian “farcire”. The word composed in-fartus gives “infarction”, which is precisely an obstruction, an occlusion. * “Caerula” is a rather vague dark color, which can vary from the blue of the sea and the sky (in fact it derives from caelum) to the green and even the black. ** “Laeta” means “fertile”, “abundant”: not by chance its root appears again in theetamen, “dung”; *** the idea of ​​lietezza (of joy) is an extension metaphorical later.

One of the most characteristic inventions of the Latin language is “social criticism,” an expression with which I designate that typically Roman (and proudly Roman) genre to which literary history knows, since antiquity, the name of “satire” ( saturate). For her, we need an expressive lexicon, a quick and cutting syntax and an absorbing rhetoric, because the objective is to observe, whip, denounce, ridicule, insult, emphasize. Of course, there are satires and satires. Horacio’s (65-8 BC) is not very aggressive; It is more fun than language, and has more of a life context than expressionist exaggeration and caricature. In any case, the Horacian satire is also born of a great disaffection for the present and a deep contempt towards the contemporaries. In fact, all Latin literature, dominated as it is by nostalgia for a better past, has a satirical dimension, regardless of what the genre is. Plautus is satirical when he mocks the candor of parents. Cicero is satirical when he exposes the defects of Catilina or Verres; Catullus is when, in the epigrams, he attacks the vices and manias of certain individuals; and so also Petronius, when he puts in the spotlight the depravity and the insatiable greed of the southern society. History is also, to a certain extent, satirical, because it exalts the past and vilifies the present: to prove it, it is enough to read Salustio or, even more, Tacitus.
Much of the beauty of Latin lies in the fact that it is a language of eros; that is, one of the primary components of human life and universal culture: system of metaphors, images, terms that define and classify the experience of love in all its gradations, physical and psychological, as well as more widely cultural, respect to other areas and languages, such as politics and war. There is a whole genre of love, the elegy, which obviously has Greek origins, like all the most important genres of Latin literature, and prepares or anticipates the great erotic lyric of traditions in vulgar languages. His most distinguished representatives, among those from whom his work has come, are Tibulo, Propercio and Ovid, three authors who lived in the time of Augustus.

Latin, for many, is useless. I will not enter into a discussion about the concept of “usefulness”, a concept that has grown in stratifications and multi-secular variations, which alone deserves a book. I limit myself here, sticking to say goodbye to readers, to consider that those “many” – ordinary people, politicians, professionals from different fields – have an idea sadly (and dangerously) limited to instruction and training: in reality, they believe that Knowledge is reduced to the immediate translation of knowledge into any practical service. If that were the case, there are few things we could say that are useful: the work of the surgeon and the plumber and not much more, given that the satisfaction of primary needs is increasingly delegated to the machines. Therefore, at a certain point, not even the surgeon and the plumber will serve.
There are also many individuals, perhaps not so numerous, who instead argue that Latin is good for something. Latin, according to them, teaches reasoning and imposes a certain discipline, which one can then apply to any other field. Latin would be like mathematics.
Neither the arguments of the “useless” nor those of the “utilists” serve to generate and nourish the love of Latin. So weak is the objection of detractors (those who maintain uselessness) as those who praise it (those who affirm usefulness): that Latin serves to form the mind. The morphological richness would exercise the memory, the syntax would stimulate the logical-deductive capacity and so on … All this is true. But if Latin were just that, a training, then it would be the same to study other complex languages.
One more point, against the “utilistas” and the “useless”: Latin is beautiful. This principle inspires all the discourse that I have developed so far. Beauty is the very image of freedom.

On the other hand, it is also not true that Latin has completely disappeared from oral communication. Latin is still spoken in the Church (Pope Benedict XVI announced his resignation from the pontificate precisely in Latin and, evidently – in the case of such sensational news – he must have assumed that his audience had an advanced oral practice of that language) , in certain international agreements, between scholars and passionate people of different origins. Both in Italy and in other countries, I have found doctors and engineers who speak it as a mother tongue.
This book, in short, is a defense and a praise of Latin and literature that has been written in that language since antiquity. The current indifference, although not universal, with respect to Latin is often rejection and boycott (from above and from within); they are symptoms of a systematic attack on literature and the mission that it has traditionally carried out and that could still perform better than any other form of knowledge or communication: to give order and meaning to the human experience with stories and metaphors; expand the confines of what has been lived through new hypotheses of the world; to form and transmit paradigms of behavior and thought; represent ideas and life forms that are still on the other side or beyond institutionalization; forge feelings and emotions and moral values; to reason about justice and beauty and to structure in other cultural groups dispersed and fragmented communities; and, in particular, elevating the national language to the category of art. And, doing all this, communicate a special form of pleasure: that of – I repeat – understand interpreting.
Currently, literature – in any language – has a hard time recognizing such missions and such dignity.

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