Progreso. 10 Razones Para Mirar Al Futuro Con Optimismo — Johan Norberg / Progress: Ten Reasons to Look Forward to the Future by Johan Norberg

Ser optimista nunca ha estado de moda ni «vende». Todos los hombres han creído vivir en épocas de crisis, como decía Borges. Y cuanto más serios y sesudos quieran parecer esos hombres, más defenderán un pesimismo facilón. Para salir de esta trampa para intelectuales nada mejor que empezar con el ameno y bien documentado libro de Johan Norberg, que te pone al día y te proporciona abundantes datos para mirar con esperanza el futuro.( He dicho esperanza, no seguridad; en este mundo no hay nada seguro, si no es la muerte o los impuestos.) Datos sobre la reducción del hambre y la pobreza, la violencia y el trabajo infantil; datos sobre el crecimiento de la esperanza de vida y la alfabetización; datos sobre las mejoras en la salubridad, el reconocimiento de los derechos civiles de las minorías, la extensión de la democracia… Absténganse los cenizos autocomplacientes.
Un libro claro y de muy ágil lectura que muestra sucintamente como llegamos hasta aquí. Sin explicaciones simplistas o infantiles, sino fundamentalmente exponiendo datos que demuestran el gigantesco cambio que se produjo en los últimos dos siglos.

En los países más ricos de Europa en 1820, el PBI per cápita equivalía a alrededor de $ 1,500 a $ 2,000. Esto es menor que en la actualidad Mozambique y Pakistán. El ciudadano mundial promedio era tan pobre como la persona promedio en Haití, Liberia y Zimbabwe en la actualidad. Con el crimen violento ocupando los titulares todos los días, y las tragedias del 11 de septiembre, Siria, los horrores del Estado Islámico y los ataques terroristas en las principales ciudades europeas, es fácil pensar que nuestra era está especialmente plagada de violencia. El científico cognitivo, Steven Pinker, ha realizado una investigación exhaustiva sobre la historia de la violencia. Concluyó que la dramática reducción de la violencia en nuestros tiempos “puede ser lo más importante que haya sucedido en la historia de la humanidad”. Los cuentos folclóricos del siglo XIX populares entre los niños estuvieron llenos de asesinatos, canibalismo, mutilaciones y abusos sexuales. Muchas canciones de cuna incluyen los mismos temas. Un estudio que comparó la violencia en la televisión británica antes de las 9 p.m. y rimas infantiles concluyó que las canciones infantiles son once veces menos seguras para los niños. La tortura y la mutilación fueron normativas en todas las grandes civilizaciones. Las mejores mentes de la época medieval se ocuparon de encontrar maneras de infligir tanto dolor como sea posible a las personas antes de que confesaran o murieran. Según las fuentes de Steven Pinker, la tasa anual promedio de muertes violentas para las sociedades no estatales, desde las tribus de cazadores-recolectores hasta las sociedades de la fiebre del oro en California, fue de 524 por cada 100.000. La tasa de homicidios en los EE. UU., Que es mucho más violenta que en Europa, ahora es inferior a 5 por 100.000. Con el surgimiento de más actitudes humanitarias, ahora se valora más una mente y lengua afiladas que una espada afilada. La aptitud y la disposición para atacar ahora están siendo reemplazadas por una disposición para controlar las emociones. Con familias que tienen menos hijos, el valor percibido de cada vida humana ha aumentado. Todavía hay quienes con mucho gusto infligen dolor a sus víctimas, pero ahora incluso los sádicos y los psicópatas tienen derecho a un juicio justo. El número de muertes por actividad terrorista se ha quintuplicado desde 2000, según el Índice Global de Terrorismo. El terrorismo es espectacular, dramático y atemorizante, que es todo el punto. Pero mata a muy pocos. Desde el año 2000, alrededor de 400 personas han muerto a causa del terrorismo en los países de la OCDE anualmente, y principalmente en Turquía e Israel. Más europeos se ahogan en sus propias bañeras, y diez veces más mueren cayendo por las escaleras. “Cuando no vemos el progreso que hemos logrado”, dice Norberg, “comenzamos a buscar chivos expiatorios por los problemas que quedan”. Este libro no solo es un resumen intelectual, sino que también fue escrito como un advertencia: sería un error terrible tomar por hecho el progreso que hemos dado.

El titular de un artículo del Financial Times antes del año nuevo 2015 decía: “Maltratadas, magulladas y nerviosas: todo el mundo está al límite”.
El 58% de los que votaron a favor de que Gran Bretaña abandone la UE dijo que la vida es peor hoy que hace treinta años.
El general Martin Dempsey, presidente del Estado Mayor Conjunto, testificó ante el Congreso de los Estados Unidos: “Atestiguaré personalmente el hecho de que. . . [el mundo] es más peligroso que nunca “.
¿Cómo vamos a lidiar con esto? ¿Es esto lo peor de los tiempos, o fue correcto Franklin Pierce Adams cuando dijo: “Nada es más responsable de los buenos viejos tiempos que un mal recuerdo”.
Cuando miramos los hechos, es difícil idealizar los viejos tiempos: la verdad es que los buenos viejos tiempos eran horribles. La gran historia de nuestra era es que estamos presenciando la mejoría más grande en los estándares de vida global … alguna vez.
Este libro trata acerca de los triunfos de la humanidad sobre diez flagelos, incluidos la pobreza, la malnutrición, el analfabetismo, el trabajo infantil, la mortalidad infantil y la violencia.
El economista ganador del premio Nobel, Angus Deaton, el experto mundial en salud y desarrollo, explica que en el siglo XVIII y principios del siglo XIX, la falta de calorías hizo que las personas no pudieran trabajar lo suficiente como para producir alimentos suficientes para poder trabajar difícil. Como resultado, estaban atrofiados, flacos y cortos, lo que requería menos calorías y permitía trabajar con menos comida.
Obtener alimentos suficientes para que el cuerpo y el cerebro funcionen correctamente es la necesidad humana más básica, pero a lo largo de la historia la mayoría de la gente no ha podido lograrlo. Los franceses e ingleses en el siglo XVIII consumieron menos calorías que el promedio actual en el África subsahariana, la región más atormentada por la desnutrición. Se creía que el hambre era la suerte de la humanidad.
Esto no ha sucedido, y aquí hay algunas razones por qué.
La invención del siglo XX de fertilizantes artificiales, baratos y abundantes fue una de las armas más poderosas contra el hambre. Pronto se utilizó en todo el mundo y dio lugar a que la población mundial aumentara de 1.600 millones de personas en 1900 a 6.000 millones en la actualidad.
Norman Borlaug, desarrolló un trigo híbrido de alto rendimiento que era resistente a los parásitos y no era sensible a la luz del día, por lo que podría cultivarse en climas variables. Rápidamente se introdujo en todo México, y en 1963, la cosecha fue seis veces mayor que la de 1944. Durante la noche, México se convirtió en un exportador neto de trigo.
Del mismo modo, India y Pakistán se volvieron autosuficientes en la producción de cereales y hoy producen siete veces más trigo que en 1965. Los colegas de Borlaug desarrollaron variedades de arroz de alto rendimiento que se extendieron rápidamente por Asia. A Borlaug se le atribuye haber salvado más de mil millones de vidas y recibido el Premio Nobel de la Paz por su “Revolución Verde”, que ha dado a los países pobres mejores cosechas y mayores rendimientos, y ha aliviado la pobreza rural.
Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, en 1947 aproximadamente el 50% de la población mundial padecía desnutrición crónica. Para 1970, estimaban que el 37% de la población del mundo en desarrollo estaba desnutrida, y hoy la cifra es de alrededor del 13%.
En la primera década del siglo XXI, 1.7 millones de niños murieron a causa de la desnutrición (¡un número sorprendentemente alto!), Pero es una reducción del 60% desde la década de 1950, a pesar del doble de la población mundial. Para poner esto en una perspectiva más amplia, de 1900 a 1909, 27 millones de personas murieron en hambrunas, y más de quince millones murieron cada década desde la década de 1920 hasta la década de 1960.
“Por extraño que parezca”, señala el autor Johan Norberg, “la democracia es una de nuestras armas más poderosas contra el hambre”. Ha habido hambrunas en los estados comunistas, monarquías absolutas, estados coloniales y sociedades tribales, pero nunca en una democracia. Esto es probablemente porque los gobernantes que dependen de los votantes hacen todo lo posible para evitar el hambre, y una prensa libre hace que el público tome conciencia de los problemas.
Sin embargo, la comida no es suficiente para mantener la vida: también necesitamos formas seguras para deshacernos de los desperdicios y desechos. Sin saneamiento, la vida es tan miserable y potencialmente tan peligrosa. La concentración de personas en las ciudades hace que los problemas sanitarios sean agudos. ¡En 1900 los caballos en la ciudad de Nueva York ensuciaron las calles con más de 2.5 millones de libras de estiércol y 60,000 galones de orina al día!
En respuesta, a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, muchas ciudades construyeron sistemas modernos de agua y alcantarillado y comenzaron la recolección de basura. Con este avance vino el filtrado y la cloración eficaces de los suministros de agua, con la aceptación de la teoría de la enfermedad de los gérmenes.
“Desde 1990, 2.600 millones de personas han tenido acceso a una fuente de agua mejorada, lo que significa que 285.000 personas más consiguieron agua potable todos los días durante veinticinco años”, explica Norberg.
Preguntar por qué algunas personas son pobres es la pregunta equivocada. “No necesitamos una explicación para la pobreza, porque ese es el punto de partida para todos. La pobreza es lo que tienes hasta que creas riqueza “.
La definición de pobreza en Francia solía ser la incapacidad de comprar pan para sobrevivir otro día. En los países más ricos de Europa en 1820, el PBI per cápita equivalía a alrededor de $ 1,500 a $ 2,000. Esto es menor que en la actualidad Mozambique y Pakistán. El ciudadano mundial promedio era tan pobre como la persona promedio en Haití, Liberia y Zimbabwe en la actualidad.
Con el crimen violento ocupando los titulares todos los días, y las tragedias del 11 de septiembre, Siria, los horrores del Estado Islámico y los ataques terroristas en las principales ciudades europeas, es fácil pensar que nuestra era está especialmente plagada de violencia.
El científico cognitivo, Steven Pinker, ha realizado una investigación exhaustiva sobre la historia de la violencia. Concluyó que la dramática reducción de la violencia en nuestros tiempos “puede ser lo más importante que haya sucedido en la historia de la humanidad”.
Los cuentos folclóricos del siglo XIX populares entre los niños estuvieron llenos de asesinatos, canibalismo, mutilaciones y abusos sexuales. Muchas canciones de cuna incluyen los mismos temas. Un estudio que comparó la violencia en la televisión británica antes de las 9 p.m. y rimas infantiles concluyó que las canciones infantiles son once veces menos seguras para los niños.
La tortura y la mutilación fueron normativas en todas las grandes civilizaciones. Las mejores mentes de la época medieval se ocuparon de encontrar maneras de infligir tanto dolor como sea posible a las personas antes de que confesaran o murieran.
Según las fuentes de Steven Pinker, la tasa anual promedio de muertes violentas para las sociedades no estatales, desde las tribus de cazadores-recolectores hasta las sociedades de la fiebre del oro en California, fue de 524 por cada 100.000. La tasa de homicidios en los EE. UU., Que es mucho más violenta que en Europa, ahora es inferior a 5 por 100.000.
Con el surgimiento de más actitudes humanitarias, ahora se valora más una mente y lengua afiladas que una espada afilada. La aptitud y la disposición para atacar ahora están siendo reemplazadas por una disposición para controlar las emociones. Con familias que tienen menos hijos, el valor percibido de cada vida humana ha aumentado.
Todavía hay quienes con mucho gusto infligen dolor a sus víctimas, pero ahora incluso los sádicos y los psicópatas tienen derecho a un juicio justo.
El número de muertes por actividad terrorista se ha quintuplicado desde 2000, según el Índice Global de Terrorismo. El terrorismo es espectacular, dramático y atemorizante, que es todo el punto. Pero mata a muy pocos. Desde el año 2000, alrededor de 400 personas han muerto a causa del terrorismo en los países de la OCDE anualmente, y principalmente en Turquía e Israel. Más europeos se ahogan en sus propias bañeras, y diez veces más mueren cayendo por las escaleras.
“Cuando no vemos el progreso que hemos logrado”, dice Norberg, “comenzamos a buscar chivos expiatorios por los problemas que quedan”. Este libro no solo es un resumen intelectual, sino que también fue escrito como un advertencia: sería un error terrible tomar por hecho el progreso que hemos dado.

Vivimos en el mejor momento de nuestra historia y, sin embargo, se ha extendido la creencia generalizada de que el mundo va exageradamente a peor.» Ésta es la tesis fundamental del libro que tiene en sus manos: Progreso, la última obra divulgativa del economista sueco Johan Norberg. Nuestro planeta no se ha estancado, nuestro planeta no está retrocediendo: nuestro planeta progresa a pasos agigantados en todos los indicadores básicos en que queramos medir ese progreso social (pobreza, esperanza de vida, salubridad, desnutrición, alfabetización, libertad, igualdad, violencia, etc).
La globalización sí es uno de los principales factores que explican el progreso social que está experimentando la mayor parte del planeta durante las últimas décadas. La existencia de un «bazar global» ha permitido extender hasta todos los confines del planeta la división del trabajo y la división del capital: a saber, es lo que ha permitido que los trabajadores de los países pobres produzcan, auxiliados por bienes de capital que han sido creados merced a la inversión de los países ricos, mercancías que son exportadas a mercados occidentales de alto poder adquisitivo. En ausencia de globalización —de libre movimiento de mercancías y capitales—, los ciudadanos de los países pobres deberían haberse limitado a producir, con su muy escasa e improductiva acumulación de capital, mercancías para otros ciudadanos igualmente pobres: es decir, su salida de la miseria habría sido muchísimo más lenta y dura que pudiendo prosperar al socaire del bazar global. Y a mayor pobreza, menores medios materiales para desarrollarse y prosperar.
Sería un error pensar que el progreso está garantizado. Seguimos padeciendo muchos problemas y no son pocos los movimientos y corrientes sociales y políticas que aspiran a destruir los pilares del desarrollo: la libertad individual, la apertura económica y el progreso tecnológico. Las amenazas a la sociedad abierta vienen de fuera (terrorismo, dictaduras…, etc.), pero también están dentro. Hay un resentimiento creciente hacia la globalización y la economía moderna, que pone de acuerdo a los populistas de derechas y de izquierdas. Además, a la vieja hostilidad hacia las sociedades urbanas, cosmopolitas y dinámicas (propia de fuerzas conservadoras y reaccionarias ante el cambio), hay que sumarle ahora un discurso que presenta al resto del mundo como un lugar cada vez más peligroso y que llama a levantar muros (en sentido figurativo, pero también en sentido literal) para aislarnos del exterior.
Empieza a aparecer una clase media global, lo que no sólo cambia los hábitos de consumo, sino que también supone un cambio de actitud en nuestra forma de entender la vida y el trato con otras personas. Si tenemos más, tenemos más que perder. Por tanto, hay menos incentivos para la violencia y más para apostar por proteger nuestro futuro.

¿Por qué no se ha producido el desastre ecológico anunciado por los más pesimistas? En primer lugar, porque la mejora de las condiciones de vida ha hecho que cambien las preferencias y los valores sociales. Si a corto plazo hay que elegir entre garantizar el bienestar de nuestros hijos o preservar un bosque o un río, es evidente que no habrá muchas dudas. Pero, a medida que aumenta la riqueza y que nuestras perspectivas de futuro van mejorando, ya podemos preguntarnos si queremos más dinero en la cartera o si renunciamos a una parte de esa riqueza a cambio de tener unos bosques o unos ríos más limpios. Poco a poco, la apuesta por la sostenibilidad se ha ido asentando en nuestra actitud como trabajadores, como consumidores, como votantes…
La crisis de esmog que vivió Londres en 1952 llevó a los políticos británicos a aprobar una Ley de Aire Limpio en 1956. Aquella norma introdujo límites a la emisión de humos y aceleró el giro de la producción energética hacia el carbón limpio, la electricidad y el gas. Al mismo tiempo, el avance del progreso tecnológico ha creado nuevas oportunidades de producir y transportar de manera más respetuosa con el medio ambiente.
El avance de la electricidad y de internet nos conecta a más y más gente. He tenido el placer de ver a jóvenes marroquís disfrutando por primera vez del suministro eléctrico que acababa de instalarse en sus hogares. También pude vivir sus primeros pasos en línea. Están entrando en un mundo global completamente nuevo para ellos. Podrán aprender a leer y escribir mejor, disfrutarán de un acceso casi ilimitado al conocimiento humano más destacado… y podrán aportar todo su ingenio, participando de manera directa en todo el proceso. Si nuestra hambre de energía ha generado un problema de calentamiento, será también el hambre de energía el que lo solucionará.

En el año 1900, las mujeres apenas tenían derecho a votar en Nueva Zelanda. Francia declaró el sufragio universal en 1944, Italia en 1946 y Suiza en 1971. Pero, a comienzos de 2015, las mujeres sólo estaban completamente excluidas de los procesos políticos en Arabia Saudí y en el Vaticano. Ese mismo año se permitió a las mujeres votar y presentarse como candidatas en las elecciones municipales de Arabia Saudí. Fue un primer paso, a pesar de que las leyes misóginas del país de Oriente Medio impidieron que las mujeres se dirigieran a los votantes masculinos, excepto si estaban detrás de una pantalla. Además, se prohibía la exhibición de fotografías de las candidatas y, por supuesto, a las mujeres no se les permite conducir, lo que les impide acudir a reuniones políticas, recintos electorales…
El fanatismo y el radicalismo existen en todo el mundo. Lo sufren las mujeres, los homosexuales, las minorías étnicas y religiosas… En algunos países, el Estado aprueba este tipo de discriminaciones. Pero cada vez es más fácil entender que estas actitudes están del lado equivocado de la Historia. En casi todos los rincones del mundo siguen existiendo prejuicios, hostilidades o crímenes de odio, pero cada vez hay más lugares en los que el gobierno se compromete a proteger la igualdad ante la ley, combatiendo la discriminación por parte de las mayorías. Ciertamente hablamos de un progreso notable que nos invita a decir que la próxima generación crecerá en un ambiente mucho más tolerante y abierto que nosotros, algo que sin duda disgustará a los más reaccionarios.

El hecho de que las cosas hayan mejorado de manera abrumadora no nos garantiza el progreso futuro. Después de años de crédito barato, se antoja realista que el exceso de deuda acumulado por gobiernos, empresas y familias pueda derivar en una crisis financiera a gran escala. El calentamiento global es una amenaza a los distintos ecosistemas y puede afectar la vida de millones de personas. Las guerras a gran escala entre grandes potencias nunca pueden descartarse por completo. Los terroristas pueden causar estragos, atacando a la población civil o logrando acceso a las tecnologías más poderosas de nuestro tiempo. Segmentos mayoritarios de la población pueden sentirse amenazados por el miedo al cambio y pueden acabar dando la espalda a la libertad y el aperturismo, que son nuestras principales fuentes de progreso.
La riqueza y la vida humana pueden ser destruidas, el conocimiento rara vez desaparece. Mejor aún: sigue creciendo. Por tanto, es improbable que cualquier tipo de retroceso arruine el progreso humano por completo. Pero no podemos olvidar que esta mejoría no es automática, sino que es el resultado del trabajo de científicos, de innovadores, de empresarios… en resumen, de gente trabajadora e individuos valientes que han luchado por su libertad para hacer las cosas de otra forma. Esa antorcha está ahora en nuestras manos y nos toca portarla para asegurarnos de que el progreso siga ganando terreno.

Being an optimist has never been fashionable or “sold”. All men have believed to live in times of crisis, as Borges said. And the more serious and brainy those men want to appear, the more they will defend a simple pessimism. To get out of this trap for intellectuals, nothing better than to start with Johan Norberg’s enjoyable and well-documented book, which updates you and gives you abundant data to look forward to the future (I have said hope, not security, in this world there is nothing safe, if it is not death or taxes.) Data on reducing hunger and poverty, violence and child labor; data on the growth of life expectancy and literacy; data on improvements in health, the recognition of the civil rights of minorities, the extension of democracy … abstain self-indulgent ashes.
A clear and very agile reading book that shows succinctly how we got here. Without simplistic or childish explanations, but fundamentally exposing data that demonstrate the gigantic change that took place in the last two centuries.

In the richest countries in Europe in 1820, the per capita GDP was the equivalent of around $1,500 to $2,000. This is less than in present-day Mozambique and Pakistan. The average world citizen was as poor as the average person in Haiti, Liberia and Zimbabwe today. With violent crime making the headlines every day, and the tragedies of 9/11, Syria, the horrors of Islamic State and terror attacks on major European cities, it is easy to think our era is especially plagued by violence. Cognitive scientist, Steven Pinker, has done exhaustive research on the history of violence. He concluded that the dramatic reduction in violence in our times “may be the most important thing that has ever happened in human history”. The 19th century folktales popular with children were filled with murder, cannibalism, mutilation and sexual abuse. Many nursery rhymes include the same themes. A study comparing violence on British television before 9 p.m., and nursery rhymes, concluded that nursery rhymes are eleven times less safe for children. Torture and mutilation was normative in all great civilizations. The best minds in the medieval period were occupied with coming up with ways of inflicting as much pain as possible on people before they confessed or died. According to Steven Pinker’s sources, the average annual rate of violent death for non-state societies – from hunter-gatherer tribes to gold rush societies in California – was 524 per 100,000. The homicide rate in the US, which is much more violent than Europe, is now lower than 5 per 100,000. With the rise of more humanitarian attitudes, a sharp mind and tongue is now valued more than a sharp sword. The fitness and readiness to strike out is now being replaced by a readiness to control one’s emotions. With families having fewer children, the perceived value of each human life has increased. There are still those who gladly inflict pain on their victims, but now even sadists and psychopaths have the right to a fair trial. The number of fatalities from terrorist activity has increased five-fold since 2000, according to the Global Terrorism Index. Terrorism is spectacular, dramatic and frightening which is the whole point. But it kills very few. Since 2000, around 400 people have died from terrorism in the OECD countries annually, and mostly in Turkey and Israel. More Europeans drown in their own bathtubs, and ten times more die falling down the stairs. “When we don’t see the progress we have made,” says Norberg, “we begin to search for scapegoats for the problems that remain.” This book is not only an intellectual pick-me-up, but was also written as a warning – it would be a terrible mistake to take the progress we have made for granted.

The headline of a Financial Times article ahead of new year 2015 read: ‘Battered, bruised and jumpy – the whole world is on edge’.
58% of those who voted for Britain to leave the EU said that life is worse today than it was thirty years ago.
General Martin Dempsey, chairman of the Joint Chiefs of Staff, testified to the US Congress: “I will personally attest to the fact that . . . [the world] is more dangerous than it has ever been.”
How are we to deal with this? Is this the worst of times, or was Franklin Pierce Adams right when he said, “Nothing is more responsible for the good old days than a bad memory.”
When we look at the facts it is difficult to romanticize the good old days: the truth is that the good old days were awful. The great story of our era is that we are witnessing the greatest improvement in global living standards… ever.
This book is about humanity’s triumphs over ten scourges including poverty, malnutrition, illiteracy, child labour, infant mortality and violence.
Nobel winning economist, Angus Deaton, the world-leading expert on health and development, explains that in 18th and early 19th century Britain, the lack of calories led to people not being able to work hard enough to produce enough food to be able to work hard. As a result, they were stunted, skinny and short, which required fewer calories and made it possible to work with less food.
Getting enough food for the body and the brain to function properly is the most basic human need, but throughout history most people have not be able to achieve this. The French and English in the eighteenth century consumed fewer calories than the current average in sub-Saharan Africa, the region most tormented by undernourishment. Famine was believed to be the lot of humanity.
This has not happened, and here are some reasons why.
The 20th century invention of artificial, cheap and abundant fertilizer was one of the most powerful weapons against hunger. It was soon used all over the world and resulted in the world population rising from 1.6 billion people in 1900 to 6 billion today.
Norman Borlaug, developed a high-yield hybrid wheat that was parasite resistant and wasn’t sensitive to daylight, so it could be grown in varying climates. It was quickly introduced all over Mexico, and in 1963, the harvest was six times that of 1944. Overnight, Mexico became a net exporter of wheat.
Similarly, India and Pakistan became self-sufficient in the production of cereals and today produce seven times more wheat than they did in 1965. Colleagues of Borlaug developed high-yield rice varieties that quickly spread around Asia. Borlaug is credited with saving over a billion lives and received the Nobel Peace prize for his ‘Green Revolution’, which has given poor countries better crops and bigger yields, and has alleviated rural poverty.
According to the Food and Agricultural Organization of the UN, in 1947 about 50% of the world’s population was chronically malnourished. By 1970 they estimated that 37% of the developing world population was undernourished, and today the figure is about 13%.
In the first decade of the 21st century, 1.7 million children died because of malnutrition (a shockingly high number!) but it is a 60% reduction since the 1950s, despite a doubling of the world population. To put this in a wider perspective, from 1900 to 1909, 27 million people died in famines, and more than fifteen million died every decade from the 1920s to the 1960s.
“Strange as it sounds,” the author Johan Norberg points out, “democracy is one of our most potent weapons against famine.” There have been famines in communist states, absolute monarchies, colonial states and tribal societies, but never in a democracy. This is probably because rulers who are dependent on voters do everything to avoid starvation, and a free press makes the public aware of the problems.
However, food is not enough to sustain life: we also require safe ways getting rid of refuse and waste. Without sanitation life is just as miserable, and potentially as dangerous. The concentration of people in cities makes sanitary problems acute. In 1900 the horses in New York City fouled the streets with more than 2.5 million pounds of manure and 60,000 gallons of urine daily!
In response, in the late nineteenth and early twentieth century, many cities built modern water and sewer systems and began garbage collection. With this advance came the effective filtering and chlorination of water supplies, with the acceptance of the germ theory of disease.
“Since 1990, 2.6 billion people have gained access to an improved water source, which means that 285,000 more people got safe water every day for twenty-five years,” Norberg explains.
Asking why some people are poor, is the wrong question. “We do not need an explanation for poverty, because that is the starting point for everybody. Poverty is what you have until you create wealth.”
The definition of poverty in France used to be the inability to buy bread to survive another day. In the richest countries in Europe in 1820, the per capita GDP was the equivalent of around $1,500 to $2,000. This is less than in present-day Mozambique and Pakistan. The average world citizen was as poor as the average person in Haiti, Liberia and Zimbabwe today.
With violent crime making the headlines every day, and the tragedies of 9/11, Syria, the horrors of Islamic State and terror attacks on major European cities, it is easy to think our era is especially plagued by violence.
Cognitive scientist, Steven Pinker, has done exhaustive research on the history of violence. He concluded that the dramatic reduction in violence in our times “may be the most important thing that has ever happened in human history”.
The 19th century folktales popular with children were filled with murder, cannibalism, mutilation and sexual abuse. Many nursery rhymes include the same themes. A study comparing violence on British television before 9 p.m., and nursery rhymes, concluded that nursery rhymes are eleven times less safe for children.
Torture and mutilation was normative in all great civilizations. The best minds in the medieval period were occupied with coming up with ways of inflicting as much pain as possible on people before they confessed or died.
According to Steven Pinker’s sources, the average annual rate of violent death for non-state societies – from hunter-gatherer tribes to gold rush societies in California – was 524 per 100,000. The homicide rate in the US, which is much more violent than Europe, is now lower than 5 per 100,000.
With the rise of more humanitarian attitudes, a sharp mind and tongue is now valued more than a sharp sword. The fitness and readiness to strike out is now being replaced by a readiness to control one’s emotions. With families having fewer children, the perceived value of each human life has increased.
There are still those who gladly inflict pain on their victims, but now even sadists and psychopaths have the right to a fair trial.
The number of fatalities from terrorist activity has increased five-fold since 2000, according to the Global Terrorism Index. Terrorism is spectacular, dramatic and frightening which is the whole point. But it kills very few. Since 2000, around 400 people have died from terrorism in the OECD countries annually, and mostly in Turkey and Israel. More Europeans drown in their own bathtubs, and ten times more die falling down the stairs.
“When we don’t see the progress we have made,” says Norberg, “we begin to search for scapegoats for the problems that remain.” This book is not only an intellectual pick-me-up, but was also written as a warning – it would be a terrible mistake to take the progress we have made for granted.

We live in the best moment of our history and, nevertheless, the widespread belief that the world is exaggeratedly worse has spread. “This is the fundamental thesis of the book you have in your hands: Progreso, the last informative work of the economist Swedish Johan Norberg. Our planet has not stagnated, our planet is not receding: our planet is progressing by leaps and bounds in all the basic indicators in which we want to measure that social progress (poverty, life expectancy, health, malnutrition, literacy, freedom, equality, violence, etc).
Globalization is one of the main factors that explain the social progress that most of the planet is experiencing during the last decades. The existence of a “global bazaar” has made it possible to extend to all corners of the planet the division of labor and the division of capital: that is, what has allowed workers in poor countries to produce, aided by capital goods that they have been created thanks to the investment of rich countries, goods that are exported to Western markets of high purchasing power. In the absence of globalization – free movement of goods and capital – the citizens of poor countries should have limited themselves to producing, with their very scarce and unproductive accumulation of capital, goods for other equally poor citizens: that is, their exit from the misery would have been much slower and harder than being able to thrive in the wake of the global bazaar. And to greater poverty, less material means to develop and prosper.
It would be a mistake to think that progress is guaranteed. We continue to suffer many problems and there are many social and political movements and trends that aspire to destroy the pillars of development: individual freedom, economic openness and technological progress. The threats to the open society come from outside (terrorism, dictatorships …, etc.), but they are also inside. There is a growing resentment towards globalization and modern economics, which puts right-wing and left-wing populists in agreement. In addition, to the old hostility towards urban, cosmopolitan and dynamic societies (characteristic of conservative and reactionary forces in the face of change), we must now add a discourse that presents the rest of the world as an increasingly dangerous place that calls for walls (in a figurative sense, but also in a literal sense) to isolate us from the outside.
A global middle class begins to appear, which not only changes consumer habits, but also involves a change in attitude in our way of understanding life and dealing with other people. If we have more, we have more to lose. Therefore, there are fewer incentives for violence and more to bet on protecting our future.

Why has not the ecological disaster announced by the most pessimistic ones? First, because the improvement of living conditions has changed preferences and social values. If in the short term we have to choose between guaranteeing the welfare of our children or preserving a forest or a river, it is clear that there will not be many doubts. But, as wealth increases and our future prospects improve, we can ask ourselves if we want more money in the portfolio or if we give up part of that wealth in exchange for having cleaner forests or rivers. Little by little, the commitment to sustainability has been based on our attitude as workers, as consumers, as voters …
The smog crisis that London experienced in 1952 led British politicians to pass a Clean Air Act in 1956. That rule introduced limits on smoke emission and accelerated the shift of energy production towards clean coal, electricity and electricity. gas. At the same time, the advance of technological progress has created new opportunities to produce and transport in a more respectful way with the environment.
The advance of electricity and the internet connects us to more and more people. I had the pleasure of seeing young Moroccans enjoying for the first time the electricity supply that had just been installed in their homes. I was also able to experience their first steps online. You are entering a completely new global world for them. They will be able to learn to read and write better, they will enjoy an almost unlimited access to the most outstanding human knowledge … and they will be able to contribute all their ingenuity, participating directly in the whole process. If our hunger for energy has generated a heating problem, it will also be energy hunger that will solve it.

In the year 1900, women were barely entitled to vote in New Zealand. France declared universal suffrage in 1944, Italy in 1946 and Switzerland in 1971. But, at the beginning of 2015, women were only completely excluded from the political processes in Saudi Arabia and the Vatican. That same year women were allowed to vote and stand as candidates in the municipal elections of Saudi Arabia. It was a first step, even though the misogynistic laws of the Middle East country prevented women from addressing male voters, except if they were behind a screen. In addition, the exhibition of photographs of the candidates was forbidden and, of course, the women are not allowed to drive, which prevents them from attending political meetings, electoral precincts …
Fanaticism and radicalism exist throughout the world. It is suffered by women, homosexuals, ethnic and religious minorities … In some countries, the State approves this type of discrimination. But it is becoming easier to understand that these attitudes are on the wrong side of history. In almost every corner of the world there are still prejudices, hostilities or hate crimes, but there are more and more places where the government is committed to protecting equality before the law, fighting discrimination by the majority. Certainly we speak of a remarkable progress that invites us to say that the next generation will grow up in a much more tolerant and open environment than we do, something that will undoubtedly upset the most reactionary.

The fact that things have improved overwhelmingly does not guarantee future progress. After years of cheap credit, it seems realistic that the excess debt accumulated by governments, businesses and families could lead to a large-scale financial crisis. Global warming is a threat to different ecosystems and can affect the lives of millions of people. Large-scale wars between great powers can never be completely ruled out. Terrorists can wreak havoc, attacking the civilian population or gaining access to the most powerful technologies of our time. Major segments of the population may feel threatened by the fear of change and may end up turning their backs on freedom and openness, which are our main sources of progress.
Wealth and human life can be destroyed, knowledge rarely disappears. Better yet: it keeps growing. Therefore, it is unlikely that any kind of regression will ruin human progress completely. But we can not forget that this improvement is not automatic, but is the result of the work of scientists, innovators, entrepreneurs … in short, hardworking people and brave individuals who have fought for their freedom to do things differently. That torch is now in our hands and we have to carry it to make sure that progress continues to gain ground.

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