Mi Madre — Richard Ford / My Mother by Richard Ford

Esta breve novela, magnífica, nos cuenta la dura vida de la madre del autor Edna en Arkansas a comienzos siglo pasado, ancestros irlandeses y donde el acto y el ejercicio de abordar la vida de mi madre es, por supuesto, un acto de amor. No debe pensarse que mi incompleto recuerdo de esa vida o mi conocimiento insuficiente de los hechos son demostraciones de amor incompleto. Amé a mi madre como lo hace un niño feliz, sin pensarlo, sin dudas. Cuando me hice adulto y nos conocimos como adultos, nos tuvimos un gran respeto; podíamos decir «te quiero» cuando parecía necesario para aclarar las situaciones, pero sin detenernos en ello. Ahora eso me parece perfecto, igual que me lo parecía entonces.
Forzosamente tengo que recomponer la vida de mi madre a partir de fragmentos. No éramos una familia a la que la historia tuviera mucho que ofrecer.
Todo primer hijo, y ciertamente todo hijo único, considera el inicio de su vida un acontecimiento extraordinario. Para mis padres, mi llegada al mundo fue una sorpresa y coincidió con el fin de la Segunda Guerra Mundial. Él tenía treinta y nueve años; ella, treinta y tres. Es indudable que se sentían felices de tenerme. Debió de ser un acontecimiento que de una vez dio a su vida de pareja una apariencia convencional, que los asentó, los hizo pensar en cosas en las que sus amigos habían pensado hacía años. Establecerse en un lugar. El futuro.
Nunca habían tenido una casa o un coche en propiedad.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces y he recordado cosas de las que no hablo hoy. Algunas he tratado de volcarlas en novelas. He escrito cosas y las he olvidado. He contado historias. Y había más, una vida es más. En verano mi madre y yo viajábamos con mi padre. Sentados en aquellos coches recalentados en los estados de Louisiana, Arkansas y Texas, esperábamos mientras él trabajaba, mientras hacía sus visitas. Íbamos a la costa: Biloxi y Pensacola. A Memphis. A Little Rock casi todas las vacaciones.
Murió mi padre y eso cambió todo, y en lo que a mí respecta y por extraño que parezca, en muchas cosas para mejor. Pero no para mi madre. En lo que a ella se refiere, nunca nada volvería a estar del todo bien. Una parte importante de la vida se acabó para ella el 20 de febrero de 1960. Él había sido todo para ella y todo lo que estaba naturalmente implícito se hizo de pronto explícito en su vida. No estaba preparada para eso ni le interesaba estarlo. Así, de una manera que hoy veo clara y veía entonces casi con la misma claridad, se rindió.
Lo que siente un hijo en relación con su madre viuda cuando él está lejos se convierte en un asunto implícito. No es simplificar demasiado decir que le desea lo mejor. En todos esos años, los años de vida fragmentada con mi madre, me di cuenta (como he dicho) de que no volvería a ser feliz del todo. En parte se trataba de su elección; en parte, de su propio carácter. Lo que hizo por encima de todo después de la muerte de mi padre y de mi partida, cuando se quedó sola; se ocupaba de sí misma, hacía de eso un objetivo. Se volvió enérgica, sistemática, más pertinaz. Su voz profunda se hacía cada vez más profunda, adoptaba una especie de gravedad. Por la noche bebía para embriagarse un poco y adoptaba una actitud afectada (en particular con los hombres, a quienes comenzaba a considerar una carga). Hizo que su situación se convirtiera en costumbre y piedra angular de su carácter. No quería que nadie se aprovechara de ella, aunque sospecho que nadie lo intentaba. Una viuda tenía que estar alerta, tenía que prestar atención a todos los detalles. Nadie podía ayudarla.

La muerte se toma un largo tiempo antes de culminar su tarea. Y en ese tiempo, en su esencia misma, hay una vida que debe vivirse eficazmente. Es lo que hicimos. No nos sorprendió descubrir que la vida que habíamos confirmado aquel fin de semana podía servirnos de sostén para continuar. Había siete años por delante, pero no lo sabíamos. Así que continuamos de la misma manera. Volvimos a estar lejos. A visitarnos. A insistir en que la vida es estar vivo, en la convicción de que muy fácilmente podía ser menos. A mí me parece igual que el tiempo que había transcurrido antes. No del todo. Pero casi. Charlas por teléfono. Visitas, viajes, amigos, acontecimientos. Una necesidad más acusada de saber «cómo estaban las cosas» y una voluntad de que resultaran perfectas para el momento presente.
Mi madre, pienso, sobrellevó lo mejor que pudo sus graves problemas. Le habían extirpado un pecho. Le aplicaron radioterapia. Tuvo que afrontar el retorno a su vida solitaria. Todo lo hizo aparentemente con un mínimo de temor y una gran dignidad y resignación. Era como si los años previos hubieran sido una preparación para las malas noticias.
Un día soleado de principios de noviembre, cuando llevaba tres semanas conmigo y parecíamos haber agotado las cosas que teníamos para hacer o los temas de conversación, se sentó junto a mí en el sofá y dijo:
—Richard, no estoy segura de cuánto tiempo más me podré valer por mí misma. Lo siento. Pero es la verdad.
—¿Te preocupa? —le pregunté.
Desgraciadamente falleció.

This short, magnificent novel tells the hard life of the mother of the author Edna in Arkansas at the beginning of the last century, Irish ancestors and where the act and the exercise of approaching the life of my mother is, of course, an act of love. It should not be thought that my incomplete memory of that life or my insufficient knowledge of the facts are demonstrations of incomplete love. I loved my mother as a happy child does, without thinking, without hesitation. When I became an adult and we met as adults, we had great respect; We could say “I love you” when it seemed necessary to clarify situations, but without stopping in it. Now that seems perfect to me, just as it seemed to me then.
I have to forcefully recompose my mother’s life from fragments. We were not a family to which history had much to offer.
Every first child, and certainly every single child, considers the beginning of his life an extraordinary event. For my parents, my arrival in the world was a surprise and coincided with the end of World War II. He was thirty-nine years old; She, thirty-three. Undoubtedly they were happy to have me. It must have been an event that once gave his life as a couple a conventional appearance that settled them, made them think of things that their friends had thought about years ago. Establish yourself in a location. The future.
They had never owned a house or car.

It has been a long time since then and I have remembered things that I do not speak about today. Some I have tried to turn them into novels. I have written things and I have forgotten them. I have told stories. And there was more, one life is more. In summer my mother and I were traveling with my father. Sitting in those overheated cars in the states of Louisiana, Arkansas and Texas, we waited while he worked, while making his visits. We were going to the coast: Biloxi and Pensacola. To Memphis. A Little Rock almost every vacation.
My father died and that changed everything, and as far as I’m concerned and strange as it may seem, in many things for the better. But not for my mother. As far as she is concerned, nothing would ever be quite right again. An important part of life was over for her on February 20, 1960. He had been everything to her and everything that was naturally implicit suddenly became explicit in her life. I was not prepared for it or interested in it. So, in a way that today I see clearly and saw then with almost the same clarity, he surrendered.
What a son feels in relation to his widowed mother when he is far away becomes an implicit affair. It is not too simplifying to say that you want the best. In all those years, the years of fragmented life with my mother, I realized (as I said) that I would not be happy at all. Partly it was about his choice; in part, of his own character. What she did above all after the death of my father and my departure, when she was alone; she took care of herself, made that a goal. She became energetic, systematic, more pertinacious. His deep voice deepened deeper, took on a kind of gravity. At night he drank to get a little drunk and adopted an affected attitude (in particular with men, whom he began to consider a burden). He made his situation become a habit and cornerstone of his character. I did not want anyone to take advantage of her, although I suspect no one was trying. A widow had to be alert, she had to pay attention to all the details. No one could help her.

Death takes a long time before completing its task. And in that time, in its very essence, there is a life that must be lived effectively. It is what we did. We were not surprised to discover that the life we ​​had confirmed that weekend could serve as a support to continue. There were seven years ahead, but we did not know it. So we continue in the same way. We were far away again. To visit us. To insist that life is to be alive, in the conviction that it could very easily be less. It seems to me the same as the time that had elapsed before. Not at all. But almost. Chat by phone Visits, trips, friends, events. A more pronounced need to know “how things were” and a willingness to be perfect for the present moment.
My mother, I think, bore the brunt of her grave problems. A chest had been removed. They applied radiotherapy. He had to face the return to his lonely life. He did everything apparently with a minimum of fear and great dignity and resignation. It was as if the previous years had been a preparation for bad news.
One sunny day in early November, when he had been with me for three weeks and we seemed to have exhausted the things we had to do or the topics of conversation, he sat next to me on the sofa and said:
-Richard, I’m not sure how much longer I can be worth for myself. I am sorry. But it is the truth.
-It worries you? -asked.
Unfortunately, she died.

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