La Sociedad Del Miedo — Heinz Bude / Gesellschaft Der Angst (Society of Fear) by Heinz Bude

Este breve libro debe leerse despacio y haciendo reflexión de cada capítulo. Parte de conocernos a nosotros mismos implica conocer el entorno que nos rodea. No es una fórmula de esperanza, es un análisis muy sincero y muy profundo que trata de explicar el comportamiento del hombre occidental.

La sociedad del miedo no es de fácil lectura. El sociólogo alemán Heinz Bude escribió su libro para una audiencia general inteligente que no teme ser desafiada a pensar. Las notas finales extensas acompañan a cada capítulo y una larga bibliografía se incluye al final para los académicos que leerán este libro y lo agregarán a su biblioteca profesional.
En su primer capítulo, Temor como principio, Bude nos dice que “los hombres libres no deben temer al miedo porque esto puede privarlos de su autodeterminación. Alguien que es impulsado por el miedo evita lo desagradable, niega lo que es verdad y se pierde en lo que es posible “. Ciertamente, muchas noticias desagradables nos reciben cada día en los periódicos, con el último tiroteo de niños en Florida encabezando las noticias hoy. Sacudimos la cabeza con asombro desconcertado ante cada nueva indignación que parecemos impotentes para evitar. Los políticos están discutiendo seriamente armar a nuestros profesores. Parece que volvemos a los días del Salvaje Oeste, donde atar un Colt 45 era parte de vestirse en la mañana.
Tristemente, en nuestra era estadounidense de estrés y ansiedad con la competencia, no la cooperación, siendo la condición bajo la cual vivimos la mayoría de nosotros, nuestro sistema de dos partidos parece tener la intención de hacer el progreso difícil, si no imposible. Estoy tratando de recordar cuando cruzar la isla en el Congreso era la forma preferida de hacer negocios. Hoy parece que nuestros políticos prefieren “agacharse con sus malos sentimientos, tomar un bourbon en cada oportunidad, tragar sedantes como dulces, y buscar refugio en la multitud …”. La ira que muchos de nosotros sentimos en este lamentable estado de la política proceso en Washington simplemente hace que nuestros desafíos diarios sean mucho más difíciles.
En su capítulo Cuando el ganador lo toma todo, Bude nota que la mayoría de nosotros en la clase media estamos trabajando más tiempo y más duro y no estamos obteniendo ganancias; de hecho, nos preocupa que estemos perdiendo terreno. Mientras retrocedemos lentamente, Bude señala que el famoso 1% del que escuchamos tanto, Bill Gates, Warren Buffet, Jeff Bezos, y al menos según él, nuestro propio presidente Trump está acumulando más riqueza y dejándonos más lejos. detrás de la brecha entre los que tienen – ellos y nosotros – el resto de la población, se amplía significativamente. Al terminar este capítulo, Bude nos dice que “una sociedad del rendimiento (como los Estados Unidos) necesita una cultura de éxito que premie a los ganadores sin menospreciar a los perdedores. De lo contrario, el miedo a perder solo producirá resignación y amargura “. Bude ciertamente concuerda con nuestro propio Henry David Thoreau, quien dijo:” La masa de hombres vive vidas de silenciosa desesperación. Lo que se llama resignación es desesperación confirmada “.
Si los lectores de esta crítica comienzan a sentirse incómodos, eso es justo lo que Bude quiere. En su capítulo Batallas cotidianas en los peldaños más bajos, habla de los millones de personas en la industria de servicios que a menudo luchan por encontrar un empleo a tiempo completo en sus trabajos mal pagados. Su temor de no poder pagar sus cuentas y ser despedidos si faltan al trabajo debido a una enfermedad alimenta su ira y los lleva a sabotear en el trabajo cuando estalla la ira. Luego, como dice Bude, “la taza de café del jefe se limpiará con el trapo utilizado para lavar el piso, (o) se servirá una galleta antes … se servirá”. Como señala Bude, “para las personas que trabajan duro y siguen las reglas (nosotros), el capitalismo hoy parece ser nada más que una máquina de dinero que enriquece aún más a los ricos y empobrece a los pobres “.
Society of Fear no es un libro de autoayuda, ni mucho menos. Es probable que los lectores se vean retratados de manera realista por Bude y sentirán quizás algo de la desesperación que menciona Thoreau. Pero Bude termina su libro con la declaración de que “sin desesperación no hay esperanza, sin un final no hay comienzo”. Y en medio encontramos el miedo. “Los lectores deben encontrar el coraje para enfrentar sus miedos y descubrir un nuevo comienzo para sus vidas. Algunos lectores pueden recurrir a la religión, otros a la familia y amigos “para preservar” la esperanza, aunque sea temblorosa y vacilante, de que nada debe permanecer como está “.

En las sociedades modernas el miedo es un tema que incumbe a todos. El miedo no conoce barreras sociales: ante la pantalla de su ordenador, el negociador de alta frecuencia cae en estados de miedo tanto como el repartidor de paquetes cuando regresa al almacén de recogida; la anestesista al recoger a sus hijos de la guardería tanto como la modelo al mirarse al espejo. Los miedos son también innumerables en cuanto a sus motivos: miedos escolares, vértigo, miedo al empobrecimiento, cardiopatía, miedo a un atentado terrorista, miedo a descender, miedo a comprometerse, miedo a la inflación. Por último, se pueden desarrollar miedos en cada uno de los vectores del tiempo: se puede tener miedo al futuro, porque hasta ahora todo había funcionado tan bien; se puede tener miedo ahora, en estos momentos, del paso siguiente, porque la decisión a favor de una posibilidad representa siempre una decisión en contra de otra posibilidad; incluso se puede tener miedo del pasado, porque podría salir a la luz algo de uno que parecía olvidado ya hacía mucho tiempo.
Los hombres libres no deben tener ningún miedo del miedo, porque eso puede costarles su autodeterminación. Quien es movido por el miedo evita lo desagradable, reniega de lo real y se pierde lo posible. El miedo vuelve a los hombres dependientes de seductores, de mentores y de jugadores. El miedo conduce a la tiranía de la mayoría, porque todos se suman por oportunismo a lo que hacen los demás. El miedo posibilita jugar con las masas que callan, porque nadie se atreve a alzar la voz, y puede acarrear una aterrorizada confusión de la sociedad entera una vez que salta la chispa. Por eso —así es como se debería entender a Roosevelt— la tarea primera y más noble de la política estatal es quitarles el miedo a los ciudadanos.

El tipo clásico de persona que siente miedo en las sociedades modernas es la persona de género masculino que ha ascendido socialmente. Uno piensa enseguida en los vigorosos tipos de emprendedores que se han enriquecido y han ascendido como empresarios de la construcción, como gestores de cadenas comerciales o con agencias de seguros y productos financieros. Los hay a gran escala, con mucha prensa amarilla y reportajes sobre villas con muchas habitaciones, relaciones consuetudinarias de amistad que se van transmitiendo a lo largo de generaciones y eventos de caridad, así como príncipes locales que llevan medianas empresas, una clínica especial o un bufete de abogados.
No ocultan que vienen de situaciones familiares humildes, que de familia no tenían nada que ver con las artes plásticas ni con vinos tintos de marca, pero tampoco dejan ninguna duda sobre el hecho de que uno puede hacer camino a base de disposición a aprender, capacidad de imponerse y conocimiento de la naturaleza humana.
En ocasiones, el fenómeno masivo del ascenso social tiene en nuestra sociedad un carácter totalmente distinto. El «hombre hecho a sí mismo» no es más que la variante espectacular de un tipo humano universal.

Los derrotados solo pueden aspirar a soñar con estas situaciones de miedo evocadas. A ellos los domina el veneno del resentimiento. Se trata de un rencor profundo que resulta del miedo a la propia agresión. Impotentes para vengarse, incapaces de desquitarse e impedidos a la hora de ajustar cuentas, se va difundiendo una actitud psíquica que, tal como formuló Max Scheler, «surge a causa de una represión, ejercida sistemáticamente, de descargas de ciertos movimientos anímicos y sentimientos que por sí mismos son normales y forman parte de la constitución fundamental de la naturaleza humana». Uno se queja del régimen de parásitos sin escrúpulos a quienes les resulta del todo indiferente el destino de los trabajadores, y añora los buenos viejos tiempos del paternalismo industrial. Uno se lamenta de los destrozos que causa una cultura masiva de cadenas de moda y de comida rápida, y celebra guateques con tocadiscos y colecciona ediciones ilustradas…
El motivo del miedo reside en la pérdida de referencias. A pesar de contar con buenas reservas y con sólidos certificados, los individuos se sienten hoy más desprotegidos y vulnerables porque parece haberse roto la cohesión orgánica entre aspiración a la autonomía y vínculo comunitario.

En los contextos vitales propios de la situación del nuevo proletariado que desempeña trabajos sencillos en el sector servicios, el miedo gira en torno a cómo se impone uno frente a mandos intermedios, a jóvenes sin experiencia y a «viejos zorros», en cómo se las arregla uno para conseguirse pausas de descanso y para escaquearse, con qué indemnización lo echan a uno a la calle en edad madura y cómo controla su cansancio.
En los servicios de paquetería en principio no sucede de otro modo que en las tiendas de descuento, en las cadenas de peluquería no sucede de otro modo que en las empresas de seguridad, aunque desde luego que entre ellos se imaginan que al otro le va mejor.
Todas estas actividades que garantizan el marco de condiciones para una economía de alta productividad conducen a la gente día a día hasta el borde de la extenuación, porque la presión sobre el hombre supone la única posibilidad de racionalizar e intensificar el rendimiento laboral. Eso le otorga al trasfondo de esta lucha por el reconocimiento ese carácter arcaico de combate entre perros guardianes al servicio de señores y empleados en la posición de siervos. El regreso de formas de dominio personal en el mundo de los trabajos sencillos en el sector de servicios hace que el miedo vuelva a ser presupuesto y condición de la supervivencia diaria. El miedo pone las prácticas de autoafirmación bajo las condiciones de una explotación directa y pura de una mano de obra humana que, por venir de la inmigración o por tener una mala cualificación, apenas tiene otra opción.
Solo a veces estalla la ira.

Lo que da miedo de todo esto no es tanto que día a día se vayan generando nuevas cantidades de datos, sino que entre tanto existen ordenadores que, al parecer, tienen la capacidad de guardar para siempre esos datos y de dejarlos disponibles para consultas siempre nuevas. La información que se desecha no se descompone por sí misma, como sucedía con muchos sistemas totalitarios de vigilancia del pasado, sino que permanece como material informativo para las siguientes generaciones de buscadores e interrogadores astutos. Que en una nube virtual global en principio permanezca inolvidable lo que yo puse una vez en la red en un arrebato de demencia o de deseo, diciéndolo con términos heideggerianos, puede llenar de horror a una existencia particular que desde el comienzo se adelanta dirigiéndose hacia su muerte propia. El pensamiento de que en una red dominada por Google nada perece es la catástrofe. Para seres históricos, el recuerdo se basa en el olvido. Quien no puede dejar nada atrás, no se mueve del sitio. Gracias a la psicología cognitiva sabemos que el aprendizaje se basa en lo que se olvidó tras haberlo aprendido, y que por eso solo nos volvemos más listos si somos capaces de dejar estar las cosas como están.
Y sin embargo ni siquiera parece que tengamos otra opción. Al fin y al cabo, aportamos datos voluntariamente: unos datos que amenazan con dominarnos bajo la figura de algoritmos para diversos tipos y modos de targetings o «segmentaciones».
Este miedo hace que el odio al sistema se pueda volver a expresar en unas generaciones que se creían más allá del miedo y del odio. «Por qué uno puede odiar Silicon Valley» es el título de un panfleto a este respecto en el que, haciendo el gesto de una desesperación coherente, se afirma que la «invisible alambrada de espinos» de la sociedad digital de control les resulta invisible incluso a aquellos que la han levantado. En su lugar, se sugiere que, si utiliza herramientas apropiadas, el usuario puede llegar a ver con claridad a través de la red.
El miedo que desencadenan la multitud de datos que se guardan en alguna parte para que se los pueda consultar y el dinero creado incesantemente por los actores del mercado de finanzas es el miedo a enredarse en un sistema que uno mismo engendra. Todo acceso a internet me hace vulnerable, y con todo movimiento de saldo en mi cuenta estoy entablando una relación financiera de exigencias recíprocas que quieren convertir el dinero en más dinero. Se nos ha dicho que en la red se nos observa ininterrumpidamente, y sin embargo escribimos nuestro siguiente correo electrónico. Hemos experimentado cómo surgen las burbujas especulativas, cómo estallan las crisis bursátiles y cómo el tráfico monetario se paraliza, y sin embargo, cuando se trata de los intereses de nuestras inversiones monetarias más o menos grandes, enseguida estamos dispuestos a subirnos a la montaña rusa. Evidentemente nada puede poner límites a eso. Al parecer, nadie es responsable de ello.
El miedo a un mundo al borde del abismo puede atenuarse acusando a los demás y protestando sistemáticamente, pero no se lo puede hacer desaparecer.
Es el miedo a que este proceso no lo domine nadie, porque todos están implicados en él y cada uno espera de él algo para sí mismo. El miedo al exceso que rebasa todas las escalas de medida es el miedo a ese dominio de nadie en el que todos participan.

Unos tienen miedo porque se sienten amenazados por una minoría, y otros tienen miedo porque se sienten amenazados por la mayoría. Pese a oportunidades muy desiguales a la hora de imponerse, ambos sufren por el miedo a que su existencia colectiva no represente la totalidad de la sociedad. Sin embargo, esa ficción de un medio étnicamente homogéneo no se puede mantener ni para la mayoría establecida ni para la minoría que ha llegado después. Si se piensa que aproximadamente la mitad de todos los niños escolarizados en grandes ciudades alemanas vienen de familias de inmigrantes, a la larga ni los alemanes de procedencia alemana ni los alemanes de procedencia no alemana podrán seguir tratándose exclusivamente con sus respectivos grupos. A los alemanes no se los puede presentar como una unidad cerrada, así como tampoco a los otomanos, a los árabes…
De ahí que los inmigrantes ya no quieran que se los perciba como inmigrantes. Es obvio que esa simetría del miedo que engendra el terror necesita una tercera posición. Al llamar a esa tercera posición «gente de color», que es el término político de lo transmigratorio, solo se la está definiendo normativamente. Por el momento se trata de no prohibirle su miedo a ninguno de los dos lados considerados. Entonces quizá los implicados puedan darse cuenta de que el miedo por lo propio enseguida suscita el miedo de los demás.

Sin los otros no hay un sí mismo, sin ambigüedad no hay identidad, sin desesperación no hay esperanza y sin final no hay comienzo. En medio está el miedo.
Quien quiera eludir eso o pretenda estar por encima de eso se ha rendido al miedo. La resignación completa de un Sócrates, que en todo poder descubre una incapacidad, en todo saber la ignorancia y en todo ser una nada, y que por eso se dirige ecuánimemente a la muerte en aras de su convicción, parece haber vencido el miedo. Pero en su sonrisa de alguien superior, el filósofo del «preguntar obsceno» ha perdido el sentido para una vida que se vive a sí misma poniéndose reiteradamente en evidencia y perdiendo por momentos la orientación. El miedo desenmascara las mentiras vitales de la dicha, el esplendor y la fama, pero al mismo tiempo, según Tillich, temblar y vacilar permite conservar la esperanza de que nada tenga que seguir siendo tal como es ahora.

This brief book should be read slowly and reflecting on each chapter. Part of knowing ourselves implies knowing the environment that surrounds us. It is not a formula of hope, it is a very sincere and very profound analysis that tries to explain the behavior of Western man.

Society of Fear is not light reading. German sociologist Heinz Bude has written his book for an intelligent general audience who are not afraid to be challenged to think. Extensive end notes accompany each chapter and a lengthy bibliography is included at the end for the scholars who will read this book and add it to their professional library.
In his first chapter, Fear as a Principle, Bude tells us that “Free men must not be afraid of fear because this can rob them of their self-determination. Someone who is driven by fear avoids what is unpleasant, denies what is true, and misses out on what is possible.” Certainly plenty of unpleasant news greets us each day in the newspapers, with the latest shooting of school children in Florida headlining the news today. We shake our heads in bewildered amazement at each new outrage that we seem powerless to prevent. Politicians are seriously discussing arming our teachers. It seems like we are returning to the days of the Wild West where strapping on a Colt 45 was part of getting dressed in the morning.
Sadly, in our American age of stress and anxiety with competition, not cooperation, being the condition under which most of us live, our two party system seems intent on making progress difficult if not impossible. I’m trying hard to remember when reaching across the isle in congress was the preferred way of doing business. Today it seems like our politicians prefer to “hunker down with their bad feelings, have a bourbon at every opportunity, swallow sedatives like candy, and seek refuge in the crowd….” The anger many of us feel at this sorry state of the political process in Washington simply makes our everyday challenges just that much more difficult.
In his chapter When the Winner Takes It All, Bude notes that most of us in the middle class are working longer and harder and not making any gains; in fact, we are worried that we are losing ground. While we are slowly sliding backwards, Bude points out that the famed 1% that we hear so much about, Bill Gates, Warren Buffet, Jeff Bezos, and at least according to him, our own President Trump are amassing more wealth and leaving us farther behind as the gap between the haves – them, and us – the rest of the population, widens significantly. As he ends this chapter Bude tells us that “A performance society (like the United States) needs a culture pf success that rewards the winners without demeaning the losers. Otherwise the fear of losing out will only produce resignation and bitterness.” Bude certainly agrees with our own Henry David Thoreau, who said “The mass of men live lives of quiet desperation. What is called resignation is confirmed desperation”.
If readers of this review are starting to get uncomfortable, that is just what Bude wants. In his chapter Everyday Battles on the Lower Rungs he talks about the millions of people in the service industry that often struggle to find full-time employment in their low paying jobs. Their fear of not being able to pay their bills and getting fired if they should miss work due to illness fuels their anger and leads to sabotage on the job when their anger erupts. Then as Bude says, “The boss’s coffee cup will be cleaned with the rag used to wash the floor,(or) a pastry will be spat upon before … served.” As Bude points out, “For the people who work hard and follow the rules (us), capitalism today seems like nothing more than a money machine that makes the rich even richer and the poor even poorer.”
Society of Fear is not a self-help book, far from it. Readers are likely to see themselves portrayed realistically by Bude and will feels perhaps some of the desperation Thoreau mentions. But Bude ends his book with the statement that “without desperation there is no hope, without an end there is no beginning. And in between we find fear.” Readers must find the courage to face their fears and discover a new beginning for their lives. Some readers may turn to religion, others to family and friends “to preserve “the hope – however trembling and tentative – that nothing must stay the way it is”.

In modern societies fear is an issue that concerns everyone. Fear knows no social barriers: before the screen of your computer, the high frequency negotiator falls into fear states as much as the packet handler when it returns to the collection warehouse; the anesthetist picking up her children from the nursery as much as the model when looking in the mirror. The fears are also innumerable in terms of their motives: school fears, vertigo, fear of impoverishment, heart disease, fear of a terrorist attack, fear of descending, fear of compromising, fear of inflation. Finally, fears can develop in each of the vectors of time: one can be afraid of the future, because until now everything had worked so well; you can be afraid now, in these moments, of the next step, because the decision in favor of a possibility always represents a decision against another possibility; You can even be afraid of the past, because something of one that seemed forgotten a long time ago could come to light.
Free men should not have any fear of fear, because that can cost them their self-determination. Who is moved by fear avoids the unpleasant, rejects the real and loses what is possible. Fear makes men dependent on seducers, mentors and players. Fear leads to the tyranny of the majority, because everyone adds up by opportunism to what others do. Fear makes it possible to play with the masses who are silent, because no one dares to raise their voices, and it can lead to a terrified confusion of the whole society once the spark is fired. That is why – this is how Roosevelt should be understood – the first and most noble task of state policy is to remove the fear of citizens.

The classic type of person who feels fear in modern societies is the male gender who has ascended socially. One immediately thinks of the vigorous types of entrepreneurs who have become rich and have risen as construction entrepreneurs, as managers of commercial chains or with insurance agencies and financial products. There are large-scale, with much yellow press and reports on villas with many rooms, customary relations of friendship that are transmitted over generations and charity events, as well as local princes who carry medium-sized businesses, a special clinic or a Law firm.
They do not hide that they come from humble family situations, that they did not have anything to do with the plastic arts or with red wines, but they do not leave any doubt about the fact that one can make a way based on willingness to learn, ability to impose and knowledge of human nature.
Sometimes, the massive phenomenon of social ascent has a totally different character in our society. The “self-made man” is no more than the spectacular variant of a universal human type.

The defeated can only aspire to dream of these situations of fear evoked. They are dominated by the venom of resentment. It is a deep rancor that results from fear of one’s own aggression. Impotent to avenge themselves, unable to get even and unable to settle accounts, a psychic attitude spreads that, as formulated by Max Scheler, “arises because of a repression, exercised systematically, of discharges of certain moods and feelings that by themselves they are normal and are part of the fundamental constitution of human nature. ” One complains about the regime of unscrupulous parasites who are completely indifferent to the fate of the workers, and yearn for the good old days of industrial paternalism. One complains about the destruction caused by a massive culture of fashion and fast food chains, and celebrates turntables with record players and collects illustrated editions …
The reason for fear lies in the loss of references. Despite having good reserves and solid certificates, individuals today feel more vulnerable and vulnerable because the organic cohesion between the aspiration to autonomy and community bond seems to have been broken.

In the vital contexts of the situation of the new proletariat that performs simple jobs in the service sector, fear revolves around how one imposes on middle managers, inexperienced youngsters and “old foxes” on how he manages one to get rest breaks and to escape, with what compensation they throw you into the street at middle age and how you control your fatigue.
In the parcel services in principle it does not happen otherwise than in the discount stores, in the chains of hairdressing it does not happen otherwise than in the security companies, although of course that between them they imagine that the other one is better .
All these activities that guarantee the framework of conditions for a high productivity economy lead people every day to the point of exhaustion, because pressure on men is the only possibility of rationalizing and intensifying work performance. This gives the background of this fight for recognition that archaic character of combat between guard dogs in the service of lords and employees in the position of serfs. The return of forms of personal control in the world of simple jobs in the service sector makes fear once again the budget and condition of daily survival. Fear puts the practices of self-affirmation under the conditions of a direct and pure exploitation of a human workforce that, coming from immigration or having a bad qualification, hardly has any other option.
Only sometimes anger erupts.

What is scary about all this is not so much that new amounts of data are generated every day, but in the meantime there are computers that, apparently, have the ability to keep that data forever and leave them available for always new queries . The information that is discarded does not decompose by itself, as it happened with many totalitarian surveillance systems of the past, but it remains as informative material for the following generations of seekers and astute interrogators. That in a global virtual cloud in principle remain unforgettable what I once put in the network in a fit of dementia or desire, saying it with Heideggerian terms, can fill with horror a particular existence that from the beginning is moving towards its death itself. The thought that in a network dominated by Google nothing perishes is the catastrophe. For historical beings, the memory is based on oblivion. Who can not leave anything behind, does not move from the site. Thanks to cognitive psychology we know that learning is based on what was forgotten after having learned it, and that is why we only become smarter if we are able to let things be as they are.
And yet it does not even seem that we have another option. After all, we provide data voluntarily: data that threaten to dominate us under the figure of algorithms for various types and modes of targeting or “segmentation”.
This fear makes the hatred of the system re-expressed in generations that believed beyond fear and hatred. “Why one can hate Silicon Valley” is the title of a pamphlet in this respect in which, in the gesture of a coherent desperation, it is claimed that the “invisible barbed wire fence” of the digital control society is invisible even to them. to those who have raised it. Instead, it is suggested that, if you use appropriate tools, the user can get to see clearly through the network.
The fear that is triggered by the multitude of data stored somewhere to be consulted and the money created incessantly by the actors of the financial market is the fear of becoming entangled in a system that one generates. All access to the Internet makes me vulnerable, and with every movement of balance in my account I am entering into a financial relationship of reciprocal demands that want to convert money into more money. We have been told that the network is being watched uninterruptedly, and yet we write our next email. We have experienced how speculative bubbles arise, how stock market crises explode and how monetary traffic is paralyzed, and yet, when it comes to the interests of our more or less large monetary investments, we are soon ready to get on the roller coaster. Evidently nothing can set limits to that. Apparently, nobody is responsible for it.
The fear of a world on the edge of the abyss can be mitigated by accusing others and protesting systematically, but it can not be made to disappear.
It is the fear that this process does not dominate anyone, because everyone is involved in it and everyone expects from him something for himself. The fear of excess that exceeds all scales of measurement is the fear of that domain of anyone in which everyone participates.

Some are afraid because they feel threatened by a minority, and others are afraid because they feel threatened by the majority. Despite very unequal opportunities at the time of imposing themselves, both suffer from the fear that their collective existence does not represent the whole of society. However, this fiction of an ethnically homogenous environment can not be maintained either for the established majority or for the minority that has arrived later. If it is thought that approximately half of all children in schools in large German cities come from immigrant families, in the long run neither Germans of German origin nor Germans of non-German origin can continue to be treated exclusively with their respective groups. The Germans can not be presented as a closed unit, nor can the Ottomans, the Arabs …
Hence, immigrants no longer want to be perceived as immigrants. It is obvious that that symmetry of fear that breeds terror needs a third position. Calling this third position “people of color,” which is the political term of transmigration, is only being defined normatively. For the moment, it is a question of not forbidding his fear of either of the two sides considered. Then perhaps those involved may realize that fear of self immediately arouses fear of others.

Without the others there is no self, without ambiguity there is no identity, without despair there is no hope and without end there is no beginning. In the middle is fear.
Whoever wants to avoid that or pretend to be above that has surrendered to fear. The complete resignation of a Socrates, who in all power discovers an inability, in all knowing ignorance and in all being a nothingness, and that is why he addresses death equanimously for the sake of his conviction, seems to have overcome fear. But in his smile of someone superior, the philosopher of “obscene questioning” has lost the sense for a life that lives itself repeatedly putting itself in evidence and losing orientation at times. Fear unmasks the vital lies of bliss, splendor and fame, but at the same time, according to Tillich, trembling and vacillation allows us to preserve the hope that nothing has to remain as it is now.

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