La Dignidad Humana: Una Manera De Vivir — Peter Bieri / Human Dignity: A Way of Living by Peter Bieri

Esta es una discusión filosófica sobre la dignidad. El autor se basa en gran medida en obras literarias como Quién teme a Virginia Woolf, Muerte de un vendedor, 1984, entre otros. Se trata de la humillación, la impotencia y la vergüenza en una variedad de contextos. Los ejemplos incluyen decisiones médicas, mataderos, códigos de vestimenta que incluyen pañuelos en la cabeza y prohibiciones de burka, y lanzamiento de enanos.
Francamente, encontré este libro molesto y arrogante. En caso de que seas demasiado estúpido para captar los puntos importantes, el libro está salpicado de cursiva. Como con la mayoría de las cosas filosóficas, no hay respuestas presentadas. Algunos puntos válidos para pensar y discutir, pero nada más. Por ejemplo, la discusión de enanismo se refiere a la opinión comprensible del autor de que esto es deshumanizante. El enano, sin embargo, lo ve como libertad de elección y libertad para ganarse la vida. La discusión se dirige a las limitaciones y restricciones en este tipo de actividad y cómo la forma de vida y el interés de la sociedad toman precedencia sobre la elección del enano. Además, el autor sugiere que la decisión del enano es realmente coercitiva porque sus oportunidades de empleo son limitadas. Lo que falta es la percepción de que el enano es un ser humano. El foco está en sus características físicas. El verdadero problema es que, a pesar de las características físicas, el enano debe considerarse, en primer lugar, un hombre merecedor de empleo en el campo de su elección. Parece que tirarlo es lo que el autor encontró deshumanizante. Si hubiera conseguido un trabajo en el Mago de Oz como Munchkin, eso no lo haría, aparentemente le costó la dignidad. y si el rol es lo que es deshumanizante, ¿por qué no extenderlo a cualquier posición que cause burla o risa, desde un comediante deslizándose en una cáscara de plátano a peep shows, freak shows y strip clubs? El tratamiento del enano fue condescendiente como los lanzadores, hay muchos puntos para considerar aquí. Me parece un libro irregular.

La dignidad del ser humano, esto es algo importante, y algo que no puede ser vulnerado. Pero ¿qué es en realidad? ¿Qué es exactamente? Al intentar ganar claridad al respecto podemos seguir dos caminos de pensamiento distintos. Uno es el camino en el cual concebimos la dignidad como una propiedad de los seres humanos, como algo que poseen por el hecho de ser seres humanos. De lo que se trata, entonces, es de entender la naturaleza de dicha propiedad. No se puede pretender entenderla como una propiedad natural, sensible, sino más bien como un tipo inusual de propiedad, que tiene el carácter de un derecho: el derecho a ser respetado y tratado de una manera determinada. La entenderíamos como un derecho inherente a todo ser humano, que lleva en sí y que no se le puede quitar, independientemente de las cosas horribles que se le puedan imputar. Hay interpretaciones de este derecho que lo retrotraen a Dios como nuestro creador y tratan de hacerlo comprensible a partir de esta relación.
Soy yo mismo quien decide sobre mi dignidad. Se trata de la manera como yo estoy en relación conmigo mismo. La pregunta que uno debe hacerse es: ¿qué manera de verme, valorarme y tratarme a mí mismo me da la experiencia de la dignidad? ¿Y cuándo tengo la sensación de echar a perder mi dignidad por la manera como me comporto frente a mí mismo?.
El lanzamiento de enanos es como el lanzamiento de peso o el lanzamiento de martillo. Se lanzan cuerpos, y lo que importa es lanzarlos lo más lejos posible. En el caso de la bola y del martillo, lo único que cuenta es que son cuerpos —objetos que tienen volumen y peso—. Lo mismo ocurre con el enano lanzado: es tratado como un simple cuerpo, como una cosa. En el momento del lanzamiento todo lo demás es irrelevante: que sea un ser viviente que también puede moverse autónomamente; que sea un cuerpo con unas vivencias que se siente de una manera determinada al ser agarrado y lanzado; que tenga sentimientos como impotencia, aversión o miedo; que tenga deseos como el de que se acabe rápido; que tenga pensamientos sobre la multitud vociferante, sobre el tipo de espectáculo y sobre su destino como hombre de corta estatura. De todo ello prescinden los lanzadores y el público. No interesa, se olvida, por decirlo así. Y ahora se tiene una primera explicación para la indignación que uno puede sentir ante el espectáculo: al hombre lanzado se le quita la dignidad porque se deja de tener en cuenta que él también es un sujeto. De este modo se lo reduce a un mero objeto, a una cosa, y en esta cosificación radica la pérdida de la dignidad. Con todo, esta explicación no basta.

La dignidad de un ser humano tiene mucho que ver con su necesidad de separar lo que solo a él le concierne de lo que los otros también pueden saber. No queremos exponerlo todo a las miradas de los demás. Además del extenso campo en el que somos visibles para cualquiera, necesitamos un ámbito en el cual estemos solamente con nosotros mismos. Tenemos la necesidad de un espacio íntimo en nuestra vida. Cuando otros invaden este espacio contra nuestra voluntad o nosotros lo abrimos para otros por las razones equivocadas, se puede poner en peligro nuestra dignidad.
Diferentes seres humanos trazan de manera distinta la línea de separación entre lo privado y lo público. Lo que para uno se encuentra todavía más acá y debe permanecer oculto, para otro se encuentra más allá y puede hacerse visible. Esto puede ser distinto de cultura a cultura, y la línea de separación puede desplazarse de edad a edad. Para la experiencia de la dignidad es decisivo que haya en general una tal línea.
La necesidad de esta separación puede referirse a cosas totalmente diferentes: nuestro hacer y poder, nuestras posesiones, nuestro aspecto y nuestra salud, nuestro pensar y sentir, nuestros deseos, apetitos y pasiones, nuestras fantasías y sueños. En todas estas cosas se da aquello que dejamos ver e incluso mostramos, y lo que deseamos que permanezca oculto. Lo queremos guardar para nosotros. Cuando la mirada de otros recae sobre ello o incluso accede a la deslumbrante luz de un vasto público, esto no es solo incómodo. Significa una grave pérdida que puede amenazar nuestra vida. Y a veces lo vivimos como una pérdida de nuestra dignidad.

Nuestra dignidad frente a un difunto consiste en el respeto por su voluntad y por la manera como se inserta en la lógica de su vida. Uno puede profesarle este respeto ante los ojos de los demás; en tal caso no es propiamente respeto frente al difunto, sino frente a lo que esperan los otros en cuanto a lo que concierne a la manifestación de este respeto. O bien uno respeta la voluntad del difunto en silencio, a solas con él. El respeto que se le profesa es totalmente distinto que cualquier otro respeto, a cuya naturaleza pertenece el que sea percibido: es un respeto que nadie advierte fuera de uno mismo. Se podría pensar que es el verdadero respeto, porque se basta a sí mismo.

This is a philosophical discussion of dignity The author relies heavily on literary works including Who’s Afraid of Virginia Woolf, Death of a Salesman, l984 among others. It deal with humiliation, powerlessness, and shame in a variety of contexts. Examples include medical decisions, slaughterhouses, dress codes including headscarves and burka bans, and dwarf tossing.
Frankly I found this book annoying and supercilious. In case you are too stupid to grasp the important points, the book is peppered with italics. As with most things philosophical, there are no answers presented. Some valid points for thought and discussion but nothing more. For instance the dwarf tossing discussion deals with the author’s understandable opinion that this is dehumanizing. The dwarf, however, views it as freedom of choice and freedom to make a livelihood. The discussion veers to limitations and restrictions on this type of activity and how society’s way of living and interest take precedent over the dwarf’s choice. Plus the author suggests that the dwarf’s decision is really coerced because his employment opportunities are limited. What is lacking is the perception that the dwarf if a human being. The focus is on his physical characteristics. The real issue is that notwithstanding physical characteristic, the dwarf should be considered first a man deserving of employment in the field of his choice. It seems that tossing him is what the author found dehumanizing. Had he gotten a job in the Wizard of Oz as a Munchkin, that would not, apparently cost him dignity. and if the role is what is dehumanizing, why not extend it to any position that cause derision or laughter, from a comedian slipping on a banana peel to peep shows, freak shows and strip clubs. The treatment of the dwarf was a condescending as the tossers. there are plenty of points to ponder here but overall this is not a book I would recommend.

The dignity of the human being, this is something important, and something that can not be harmed. But what is it really? What exactly? When trying to gain clarity in this respect we can follow two different ways of thinking. One is the way in which we conceive dignity as a property of human beings, as something that they possess by the fact of being human beings. What it is, then, is to understand the nature of that property. One can not pretend to understand it as a natural, sensitive property, but rather as an unusual type of property, which has the character of a right: the right to be respected and treated in a certain way. We would understand it as an inherent right of every human being, which it carries within itself and that can not be taken away, regardless of the horrible things that can be attributed to it. There are interpretations of this right that bring it back to God as our creator and try to make it understandable from this relationship.
I am the one who decides on my dignity. It is about the way I am in relation to myself. The question one must ask is: what way of seeing myself, evaluating and treating myself gives me the experience of dignity? And when do I have the feeling of spoiling my dignity by the way I behave towards myself?
The dwarf throw is like the shot put or the hammer throw. Bodies are thrown, and what matters is to throw them as far as possible. In the case of the ball and the hammer, the only thing that counts is that they are bodies -objects that have volume and weight-. The same goes for the thrown dwarf: it is treated as a simple body, as a thing. At the moment of launching everything else is irrelevant: that it be a living being that can also move autonomously; that it be a body with experiences that one feels in a certain way when being grasped and thrown; that has feelings like impotence, aversion or fear; that has desires like the one that finishes fast; to have thoughts about the vociferous crowd, about the type of show and about his destiny as a short man. Of all this, the pitchers and the public do without. It does not matter, it is forgotten, so to speak. And now we have a first explanation for the indignation that one can feel before the spectacle: the thrown man takes away his dignity because he stops taking into account that he is also a subject. In this way it is reduced to a mere object, to a thing, and in this reification lies the loss of dignity. All in all, this explanation is not enough.

The dignity of a human being has a lot to do with his need to separate what only concerns him from what others can also know. We do not want to expose everything to the eyes of others. In addition to the extensive field in which we are visible to anyone, we need an area in which we are only with ourselves. We have the need for an intimate space in our life. When others invade this space against our will or we open it for others for the wrong reasons, our dignity can be compromised.
Different human beings trace the line of separation between the private and the public in a different way. What for one is still more here and must remain hidden, for another is beyond and can be made visible. This may be different from culture to culture, and the line of separation may shift from age to age. For the experience of dignity it is decisive that there is such a line in general.
The need for this separation can refer to totally different things: our doing and power, our possessions, our appearance and our health, our thinking and feeling, our desires, appetites and passions, our fantasies and dreams. In all these things there is that which we let see and even show, and which we wish to remain hidden. We want to keep it for us. When the gaze of others falls on it or even access to the dazzling light of a vast public, this is not only uncomfortable. It means a serious loss that can threaten our lives. And sometimes we experience it as a loss of our dignity.

Our dignity in the face of a deceased person consists of respect for his will and the way he inserts himself into the logic of his life. One can profess this respect in the eyes of others; in such a case it is not properly respect towards the deceased, but rather against what the others expect as regards the manifestation of this respect. Either one respects the deceased’s will in silence, alone with him. The respect that is professed to him is totally different than any other respect, to whose nature belongs the one that is perceived: it is a respect that nobody notices outside of oneself. You might think that it is true respect, because it is enough for itself.

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