La Llamada De La Tribu — Mario Vargas Llosa / The Call Of The Tribe by Mario Vargas Llosa (spanish book edition)

Estés a favor o en contra, V. Llosa, en este libro, es muy claro. Resume su pensamiento filosófico-político con una expresión limpia y brillante, a través de una cuantas biografías de pensadores a los que tiene por referentes de su ideología. Al ser tan claro, es muy buen libro para discutir, lo que en el fondo resulta más interesante que la simple lectura y sin ser seguidor del autor me parece un libro muy interesante.
Como se nos adelanta en el prólogo, “La llamada de la tribu” está inspirado en un libro de Edmund Wilson que describe la evolución de la idea socialista; si bien en este caso Mario Vargas Llosa se centra en la vida y la obra de siete pensadores liberales. Por estructura y estilo, a mí me recuerda la “Historia de la filosofía griega” de Luciano de Crescenzo: cada capítulo hace una reseña biográfica de un pensador, junto con una glosa divulgativa de sus ideas fundamentales.
Los siete pensadores representan la diversidad de formas que ha adoptado el liberalismo, a la vez que remiten de un modo u otro a una serie de instituciones centrales: el mercado libre, un orden legal que garantice las transacciones económicas, la tolerancia a la diversidad, el consenso, la convivencia de contrarios y la aplicación de reformas graduales.
Del relato también surge indirectamente la consideración del realismo, el pragmatismo y el sentido de común como virtudes políticas esenciales: en palabras de Karl Popper, “una vez que nos damos cuenta de que no podemos traer el cielo a la tierra, sino sólo mejorar las cosas un poco, también vemos que sólo podemos mejorarlas poco a poco”.
Por negación, el libro se convierte en una crítica de los planteamientos políticos que suelen “determinar a partir de la teoría la naturaleza de los hechos” o “subordinar el conocimiento a la ideología”. No me parece un libro auto-biográfico, pero sí una lectura accesible e instructiva sobre siete pensadores liberales.

Ortega y Gasset. Las «masas» de las que habla Ortega son los individuos que han renunciado a su individualidad, vampirizados por ideólogos fascistas, como Mussolini y Hitler, o por el comunista Stalin. Este rechazo del colectivismo es la huella dactilar característica de un pensador liberal.
Hayek. El gran enemigo de la libertad es la fatal arrogancia racionalista, que conduce a algunos individuos a querer suplantar la sabiduría contenida en las instituciones evolucionadas sin premeditación por una organización social supuestamente superior ideada por mentes privilegiadas.
Popper. Lo mismo que las ciencias empíricas, la sociedad avanza mediante ensayo y error, eliminando imperfecciones. Se ha de esquivar la tan seductora como desencaminada idea de tratar de construir una sociedad perfecta desde cero, como quieren los aficionados a las utopías sociales.
Aron. El marxismo es el «opio de los intelectuales», una religión secular en que se profetiza un final feliz para la humanidad (los últimos serán los primeros), al que nos conducirá un mesías colectivo: el proletariado o, mejor, su vanguardia consciente (el partido comunista). Como en toda religión, este final salvífico justifica el empleo de cualesquiera medios, por abusivos o inhumanos que resulten.
Berlin. No se puede tener todo lo bueno a la vez y con la máxima intensidad. Disponer de algo más de libertad, pongamos por caso, implica sacrificar un poco de igualdad (y a la inversa). La utopía terrenal, entendida como la reunión armoniosa y sin fricciones de todo lo bueno, no está al alcance de los seres humanos. Ensañarse en conseguirla supone atraer a raudales la desdicha a los hombres.
Revel. Los intelectuales «progresistas» de las democracias liberales parecen los más interesados en morder la mano que les da de comer y les permite el ejercicio de su libertad de pensamiento y expresión; cosas que no encontrarían en los países cuyos sistemas políticos dicen defender.

El liberalismo no es dogmático, sabe que la realidad es compleja y que a menudo las ideas y los programas políticos deben adaptarse a ella si quieren tener éxito, en vez de intentar sujetarla dentro de esquemas rígidos, lo que suele hacerlos fracasar y desencadena la violencia política. También el liberalismo ha generado en su seno una «enfermedad infantil», el sectarismo, encarnada en ciertos economistas hechizados por el mercado libre como una panacea capaz de resolver todos los problemas sociales. A ellos sobre todo conviene recordarles el ejemplo del propio Adam Smith, padre del liberalismo, quien, en ciertas circunstancias, toleraba incluso que se mantuvieran temporalmente algunos privilegios, como subsidios y controles, cuando el suprimirlos podía acarrear en lo inmediato más males que beneficios. Esa tolerancia que mostraba Smith para el adversario es quizás el más admirable de los rasgos de la doctrina liberal: aceptar que ella podría estar en el error y el adversario tener razón. Un Gobierno liberal debe enfrentar a la realidad social e histórica de manera flexible, sin creer que se puede encasillar a todas las sociedades en un solo esquema teórico, actitud contraproducente que provoca fracasos y frustraciones.
Los liberales no somos anarquistas y no queremos suprimir el Estado. Por el contario, queremos un Estado fuerte y eficaz, lo que no significa un Estado grande, empeñado en hacer cosas que la sociedad civil puede hacer mejor que él en un régimen de libre competencia. El Estado debe asegurar la libertad, el orden público, el respeto a la ley, la igualdad de oportunidades.
La igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades no significan la igualdad en los ingresos y en la renta, algo que liberal alguno propondría. Porque esto último sólo se puede obtener en una sociedad mediante un Gobierno autoritario que «iguale» económicamente a todos los ciudadanos mediante un sistema opresivo, haciendo tabla rasa de las distintas capacidades individuales, imaginación, inventiva, concentración, diligencia, ambición, espíritu de trabajo, liderazgo. Esto equivale a la desaparición del individuo, a su inmersión en la tribu.
El Estado pequeño es generalmente más eficiente que el grande: ésta es una de las convicciones más firmes de la doctrina liberal. Mientras más crece el Estado, y más atribuciones se arroga en la vida de una nación, más disminuye el margen de libertad de que gozan los ciudadanos. La descentralización del poder es un principio liberal, a fin de que sea mayor el control que ejerce el conjunto de la sociedad sobre las diversas instituciones sociales y políticas. Salvo la defensa, la justicia y el orden público, en los que el Estado tiene primacía (no monopolio), lo ideal es que en el resto de actividades económicas y sociales se impulse la mayor participación ciudadana en un régimen de libre competencia.
El liberalismo ha sido el blanco político más vilipendiado y calumniado a lo largo de la historia, primero por el conservadurismo —recuérdese las encíclicas papales y los pronunciamientos de la Iglesia católica contra él, que todavía perduran pese a la existencia de tantos creyentes liberales— y, luego, del socialismo y el comunismo, los que en la época moderna han presentado al «neo-liberalismo» como la punta de lanza del imperialismo y las formas más despiadadas del colonialismo y el capitalismo. La verdad histórica desmiente estas denigraciones. La doctrina liberal ha representado desde sus orígenes las formas más avanzadas de la cultura democrática y es la que ha hecho progresar más en las sociedades libres los derechos humanos, la libertad de expresión, los derechos de las minorías sexuales, religiosas y políticas, la defensa del medio ambiente y la participación del ciudadano común y corriente en la vida pública.

Debo expresar aquí cuestiones que vivimos hoy día, para Ortega, el separatismo catalán y vasco es «el mayor mal presente en nuestra España». Pero él no ve en estas tendencias centrífugas un movimiento profundo y popular, con raíces históricas, sino dos manifestaciones de la larga y lenta desintegración de España desde siglos atrás, más precisamente desde que dejó de ser «una realidad activa y dinámica» y se convirtió en una sociedad sin ambiciones ni ilusiones, «una existencia pasiva y estática como el montón de piedras al borde de un camino».
En este libro hizo Ortega su famosa definición de la nación «como un proyecto sugestivo de vida en común».
Este mal tóxico que arrastra España desde un pasado lejano se traduce en el presente en la pobreza intelectual y política de su nobleza y la mediocridad e incultura de sus políticos, así como en la orfandad de sus hombres de ciencia.
Si hubiera sido francés, Ortega sería hoy tan conocido y leído como lo fue Sartre, cuya filosofía existencialista del «hombre en situación» anticipó y expuso con mejor prosa en sus tesis sobre el hombre y su circunstancia. Si hubiera sido inglés, sería otro Bertrand Russell, como él un gran pensador y al mismo tiempo un notable divulgador. Pero era sólo un español, cuando la cultura de Cervantes, Quevedo y Góngora andaba por los sótanos (la imagen es suya) de las consideradas grandes culturas modernas. Hoy las cosas han cambiado y las puertas de ese exclusivo club se abren para la pujante lengua que él enriqueció y actualizó tanto como un Jorge Luis Borges o un Octavio Paz. Es hora de que la cultura de nuestro tiempo conozca y reconozca, por fin, como se merece, a José Ortega y Gasset.

No es el exceso de competencia sino su escasez lo que impide que la televisión produzca programas más originales y creativos y que abunden en ella la estupidez y la chatura. Si hubiera en ella la diversidad y los matices que existen en los libros, las revistas, los periódicos y (en algunos países) en las estaciones de radio, los espíritus refinados, exquisitos, exigentes y extravagantes encontrarían en la pequeña pantalla lo que ahora brilla en ésta por su ausencia. La desaparición de las fronteras mediáticas y el reinado de las grandes autopistas de la información (y del entretenimiento y la ficción) podrían tal vez ir acercándonos a ese ideal.

Whether in favor or against, V. Llosa, in this book, is very clear. He summarizes his philosophical-political thought with a clean and brilliant expression, through a few biographies of thinkers that he considers his ideology. Being so clear, it is a very good book to discuss, which in the end is more interesting than simple reading and without being a reader of the author, it seems to me a very interesting book.
As we are told in the prologue, “The call of the tribe” is inspired by a book by Edmund Wilson that describes the evolution of the socialist idea; although in this case Mario Vargas Llosa focuses on the life and work of seven liberal thinkers. By structure and style, it reminds me of the “History of Greek philosophy” by Luciano de Crescenzo: each chapter makes a biographical review of a thinker, together with an informative gloss of his fundamental ideas.
The seven thinkers represent the diversity of forms that liberalism has adopted, while at the same time referring in one way or another to a series of central institutions: the free market, a legal order that guarantees economic transactions, tolerance for diversity, the consensus, the coexistence of opposites and the application of gradual reforms.
From the narrative, the consideration of realism, pragmatism and a common sense as essential political virtues also arise indirectly: in the words of Karl Popper, “once we realize that we can not bring heaven to earth, we can only improve the things a little, we also see that we can only improve them little by little. ”
By negation, the book becomes a critique of the political approaches that usually “determine from the theory the nature of the facts” or “subordinate the knowledge to the ideology”. It does not seem like a self-biographical book, but an accessible and instructive reading about seven liberal thinkers.

Ortega y Gasset. The “masses” of which Ortega speaks are individuals who have renounced their individuality, vampirized by fascist ideologues, such as Mussolini and Hitler, or by the communist Stalin. This rejection of collectivism is the fingerprint characteristic of a liberal thinker.
Hayek. The great enemy of freedom is the fatal rationalist arrogance, which leads some individuals to want to supplant the wisdom contained in institutions evolved without premeditation by a supposedly superior social organization devised by privileged minds.
Popper The same as the empirical sciences, society advances by trial and error, eliminating imperfections. We must avoid the seductive and misguided idea of ​​trying to build a perfect society from scratch, as fans of social utopias want.
Aron. Marxism is the “opium of the intellectuals”, a secular religion in which a happy ending is prophesied for humanity (the last will be the first), to which a collective messiah will lead us: the proletariat or, better, its conscious vanguard ( the communist party). As in any religion, this salvific end justifies the use of whatever means, however abusive or inhuman, that result.
Berlin. You can not have everything good at the same time and with the maximum intensity. To have something more freedom, say, implies sacrificing a little equality (and vice versa). The earthly utopia, understood as the harmonious and frictionless reunion of all that is good, is not within the reach of human beings. Ruthless to get it means to bring unhappiness to men.
Revel. The “progressive” intellectuals of the liberal democracies seem most interested in biting the hand that feeds them and allows them to exercise their freedom of thought and expression; things that they would not find in the countries whose political systems they claim to defend.

Liberalism is not dogmatic, knows that reality is complex and that often ideas and political programs must adapt to it if they want to succeed, instead of trying to hold it within rigid schemes, which often makes them fail and triggers violence politics. Liberalism has also generated within it a “childhood disease”, sectarianism, embodied in certain economists bewitched by the free market as a panacea capable of solving all social problems. Above all, it is convenient to remind them of the example of Adam Smith, the father of liberalism, who, in certain circumstances, even tolerated the temporary maintenance of certain privileges, such as subsidies and controls, when suppressing them could bring more immediate ills than benefits. That tolerance that Smith showed for the adversary is perhaps the most admirable of the features of the liberal doctrine: to accept that she could be in error and the adversary to be right. A liberal government must face the social and historical reality in a flexible way, without believing that all societies can be pigeonholed in a single theoretical scheme, a counterproductive attitude that causes failures and frustrations.
Liberals are not anarchists and we do not want to suppress the State. On the contrary, we want a strong and effective State, which does not mean a large State, committed to doing things that civil society can do better than it in a regime of free competition. The State must ensure freedom, public order, respect for the law, equal opportunities.
Equality before the law and equal opportunities do not mean equality in income and income, something that some would propose liberal. Because the latter can only be obtained in a society through an authoritarian government that “equals” economically all citizens through an oppressive system, making a clean sweep of the different individual capacities, imagination, inventiveness, concentration, diligence, ambition, spirit of work , leadership. This is equivalent to the disappearance of the individual, to his immersion in the tribe.
The small State is generally more efficient than the large one: this is one of the firmest convictions of the liberal doctrine. The more the state grows, and the more authority it arrogates in the life of a nation, the more the margin of freedom enjoyed by citizens decreases. The decentralization of power is a liberal principle, so that the control exercised by society as a whole over diverse social and political institutions is greater. Except for the defense, justice and public order, in which the State has primacy (not monopoly), the ideal is that in the rest of economic and social activities the greater citizen participation in a regime of free competition is promoted.
Liberalism has been the most vilified and maligned political target throughout history, first by conservatism-remember the papal encyclicals and pronouncements of the Catholic Church against him, which still persist despite the existence of so many liberal believers- and , then, of socialism and communism, which in modern times have presented “neo-liberalism” as the spearhead of imperialism and the most ruthless forms of colonialism and capitalism. Historical truth belies these denigrations. Liberal doctrine has represented since its origins the most advanced forms of democratic culture and is what has made progress in human rights, freedom of expression, rights of sexual, religious and political minorities, freedom of defense more freely. of the environment and the participation of ordinary citizens in public life.

I must express here issues that we live today, for Ortega, Catalan and Basque separatism is “the greatest evil present in our Spain.” But he does not see in these centrifugal tendencies a deep and popular movement, with historical roots, but two manifestations of the long and slow disintegration of Spain since centuries ago, more precisely since it stopped being “an active and dynamic reality” and became in a society without ambitions or illusions, “a passive and static existence like the pile of stones at the edge of a road”.
In this book Ortega made his famous definition of the nation “as a project suggestive of life in common.”
This bad toxic that Spain drags from a distant past is translated in the present into the intellectual and political poverty of its nobility and the mediocrity and lack of culture of its politicians, as well as in the orphanhood of its scientists.
If he had been French, Ortega would today be as well known and read as was Sartre, whose existentialist philosophy of “man in situation” anticipated and exposed with better prose in his thesis on man and his circumstance. If he had been English, it would be another Bertrand Russell, like him a great thinker and at the same time a remarkable popularizer. But it was only a Spanish, when the culture of Cervantes, Quevedo and Góngora walked through the cellars (the image is yours) of the considered great modern cultures. Today things have changed and the doors of that exclusive club are opened for the thriving language that he enriched and updated as much as Jorge Luis Borges or Octavio Paz. It is time that the culture of our time knows and recognizes, finally, as it deserves, José Ortega y Gasset.

It is not the excess of competition but its scarcity that prevents television from producing more original and creative programs and that abound in it stupidity and flatness. If there were in it the diversity and the nuances that exist in books, magazines, newspapers and (in some countries) on radio stations, the refined, exquisite, demanding and extravagant spirits would find on the small screen what now shines in this one by its absence. The disappearance of the media frontiers and the reign of the great highways of information (and entertainment and fiction) could perhaps be closer to that ideal.

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