A Puerta Cerrada. Historia Oculta De La II Guerra Mundial — Laurence Rees / World War II Behind Closed Doors: Stalin, The Nazis and the West by Laurence Rees

Buen libro, documentando y ameno, y en el que se da voz a los protagonistas, tanto a los anónimos como a los personajes centrales. Este libro coloca a Stalin específicamente en el contexto de su trato con Churchill y Roosevelt. Si eres un poco nuevo en este tema, este libro podría sorprenderte porque está tan enfocado en solo un par de temas importantes, tales como:

-la importancia de la asociación anterior de Stalin con Hitler sobre la división de Polonia
-el ballet que los Aliados hicieron con Stalin durante la apertura del Segundo Frente
-La astuta y brutal falta de interés de Tallin en las palabras frente a las realidades materiales, como el hecho de que el ejército soviético estaba en toda Europa del Este
-la asombrosa tragedia de que Gran Bretaña fue a la guerra para salvar a Polonia de un estado policial imperialista, solo para entregar Polonia a otro

Lo único que creo que falta en el libro, o al menos se minimiza hasta el punto en que no lo recuerdo, y es importante, es esto: ¿qué era Polonia antes de la Segunda Guerra Mundial? Para leer el libro, uno podría pensar que Polonia era una democracia del orden de Gran Bretaña o Francia. No pretendo menospreciar los profundos sentimientos de los polacos sobre el resultado de la guerra, pero la ausencia de tratamiento de esta cuestión es en sí misma una especie de creación de mitos.
Por ejemplo, entre las guerras, Polonia rompió un tratado y anexó un pedazo de Lituania. Polonia también hizo un acuerdo con Hitler para llevarse una pequeña porción de Checoslovaquia. También hubo, no hace falta decirlo, mucho antisemitismo serio en Polonia, incluso hasta y pienso durante toda la invasión alemana. Entiendo que las cosas también podrían ser difíciles si fueras étnicamente ucraniano.
Sin embargo, parece ser un libro muy revelador y justo lo que necesitaba. Lo recomiendo, pero sugiero leer más sobre los diversos países de Europa del Este en ese momento.

¿Cuándo diría el lector que acabó la Segunda Guerra Mundial? ¿En agosto de 1945, tras la rendición de los japoneses?
En realidad, depende de cómo se mire: si uno piensa que el final del conflicto debía llevar la «libertad» a los países que habían sufrido la ocupación nazi, lo cierto es que para millones de personas no terminó hasta la caída del comunismo, ocurrida hace menos de una veintena de años. Durante el verano de 1945, las gentes de Polonia, de los estados del Báltico y de otras naciones de la Europa oriental cambiaron, sin más, el imperio de un tirano por el de otro. Al objeto, precisamente, de demostrar tan desagradable realidad, los presidentes de Estonia y Lituania se negaron a participar en las «celebraciones» que tuvieron lugar en Moscú en 2005 a fin de conmemorar el sexagésimo aniversario del «final de la guerra» europea.
Antes de la caída del comunismo, se negaba, en gran medida, un lugar adecuado en nuestra cultura al papel desempeñado por la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial, por la sencilla razón de que tal cosa resultaba más sencilla que arrostrar cierta variedad de verdades poco agradables.
Roosevelt y Churchill pudieron dejarse embaucar, sin más, por Stalin. Ni mucho menos: lo que ocurre en esta historia es algo por entero diferente —y mucho más complicado—. Los dos querían ganar la guerra sin que sus respectivas naciones hubiesen de pagar sino el menor tiempo posible, tanto en el plano de lo humano como en el de lo financiero. Tener a Stalin «de su lado», y en particular en los años que precedieron al desembarco de Normandía, período en el que los soviéticos llegaron a creer que estaban luchando casi en solitario, fue una labor difícil, y requirió, tal como lo habría expresado el propio Roosevelt, «ser manejado con tiento». Por consiguiente, entre bastidores, los dirigentes occidentales creyeron necesario hacer concesiones nada baladíes en el terreno de lo político. Una de ellas consistió en promover, a través de la propaganda, una imagen halagüeña del caudillo soviético; otra, suprimir de forma deliberada material que revelaba la verdadera naturaleza de Stalin y el régimen soviético. En el entretanto, bien pudieron, por comodidad, haber dado por hecho que debían «distorsionar la operación normal y razonable» de sus «juicios intelectuales y morales.

Stepán Mikoián, quien por ser hijo de Anastás Mikoián, integrante del Politburó, creció en el complejo arquitectónico del Kremlin durante la década de 1930, corrobora la opinión de Jrushchov:

Miraba a la gente a los ojos cuando le hablaba —recuerda—, y si uno apartaba la mirada, daba en sospechar que lo estaba engañando. En ese caso, era capaz de hacer cosas muy desagradables… Era un hombre muy suspicaz, y ése era su rasgo más sobresaliente… No tenía escrúpulos… No tenía el menor reparo en mentir si lo consideraba necesario, y por eso esperaba de los demás un comportamiento similar… Cualquiera podía resultar ser un traidor.

A medida que avanzábamos, nos dábamos cuenta de que aquel pueblo [el polaco] vivía mucho mejor que nosotros, tanto los militares como los paisanos —asevera Gueorgui Dragúnov, quien no pudo menos de asombrarse ante el abismo que, en cuanto a riqueza, se abría entre la Unión Soviética y la capitalista Polonia—. Las casas estaban hermosamente amuebladas, hasta las de los campesinos. [Aun] los más pobres estaban mejor que nuestros conciudadanos, y tenían el mobiliario reluciente. Nosotros aún tendríamos que esperar antes de empezar a dotar nuestros apartamentos de piezas similares. Un aldeano necesitado [de la región oriental de Polonia] tenía al menos dos caballos, y no había casa en la que no viésemos tres o cuatro vacas y numerosas aves de corral. No esperábamos topar con nada semejante, porque no era eso precisamente lo que nos había dicho la propaganda, una propaganda que, por cierto, poca mella podía hacer en nosotros una vez que habíamos visto casas de labor con electricidad, cosa de la que carecíamos en la Bielorrusia soviética».
Los soviéticos no se limitaron a destruir antiguas certezas como la seguridad que confería la moneda nacional, sino que echó por tierra el concepto de posesión de bienes personales. Los soldados del Ejército Rojo que buscaban un sitio donde vivir se limitaban a recorrer las calles hasta que daban con una vivienda de su agrado, y entonces aporreaban la puerta y anunciaban que iban a instalarse allí.

Los diplomáticos británicos mostraron un entusiasmo menor, si cabe, que los políticos ante la idea de entrar en conflicto con la Unión Soviética (o el acometimiento de «aventuras que no ofrezcan posibilidad alguna de éxito», tal como acababa de expresarlo Chamberlain). «Personalmente, no veo qué beneficio puede suponernos entrar en guerra con la Unión Soviética —escribió sir William Seeds, embajador británico en Moscú, el 18 de septiembre en un telegrama secreto remitido a su Ministerio de Asuntos Exteriores—, aunque me resultaría por demás grato poder declarársela en persona al señor Mólotov» A continuación, en el mismo despacho, expresó una predicción que resultaría errónea hasta extremos lamentables: «la invasión de Polonia por parte de los soviéticos no carece de ventajas para nosotros a la larga, ya que va a obligarlos a mantener un vasto ejército en pie de guerra, con lo que tal cosa supone en cuanto a consumo de alimentos y combustible, y desgaste de material y medios de transporte, lo que menguará las esperanzas alemanas de recibir provisiones militares o alimentarias».
En febrero de 1940, estando aún en guerra con Finlandia, los soviéticos emprendieron una serie de represalias y deportaciones multitudinarias en Polonia oriental. En total, efectuarían cuatro aluviones principales de expatriaciones en la región, motivado cada uno de ellos de manera independiente. El primero tuvo principio la noche del 10 de febrero de 1940 y afectó, en particular, a un colectivo al que Stalin profesaba especial inquina en el plano de lo personal: el de los veteranos de la guerra entablada en 1920 entre Polonia y el recién creado estado bolchevique, conocidos como osadnicy (plural de osadnik).
Sabemos que Stalin sentía una gran pasión —cosa que ha de entenderse en un sentido de todo punto negativo— por Polonia, y que su predisposición a odiar a sus habitantes y desconfiar de ellos.

El primer ministro británico sabía que sin la Unión Soviética no habría probabilidad alguna de ganarla: su pueblo estaba soportando lo peor del ataque alemán. Era imprescindible que Stalin mantuviese alta la moral del Ejército Rojo, y —por encima de todo— no abrigara intención alguna de abandonar las hostilidades. Aun así, tampoco desconocía el efecto que tendrían en el dirigente soviético los últimos acontecimientos. Los aliados occidentales no iban a establecer el segundo frente en 1942 —pues la derrota sufrida en Tobruk y otros reveses militares de menor importancia, hacían de todo punto imposible tal operación—, Churchill se resolvió a hacer lo que solía hacer cuando había de enfrentarse a una dificultad de tamaña consideración: coger al toro por las astas. En consecuencia, anunció que pensaba viajar a Moscú en un bombardero británico adaptado y hacer ver en persona al dirigente soviético por qué no podían cumplir los aliados con lo que habían exigido él y los suyos. Tenía el propósito de sortear unos tres mil kilómetros, en condiciones por demás incómodas, por tratar de preservar la relación, vital en extremo, con Stalin.

Así, mientras una guerra daba sus últimos pasos, comenzaba una nueva, de carácter político y fuente de no pocas fricciones y divisiones. Si lo que había unido a las tres potencias había sido el deseo de derrotar a Hitler, ¿qué iba a mantenerlos juntos una vez que comenzase a desaparecer la amenaza hitleriana?.
Para Stalin, la posibilidad de rechazar o aceptar la invitación de asistir a una cumbre con Roosevelt constituía una de las palancas de poder más fáciles de manejar en el ámbito de su relación. Y lo cierto es que no dudó en vincular la pregunta de si estaba o no dispuesto a reunirse con Roosevelt y Churchill a la eterna cuestión del segundo frente. Si bien es cierto que en agosto de 1943 había escrito a ambos para comunicarles que estaba de acuerdo en que resultaba «deseable» concertar «cuanto antes» un encuentro entre los tres, no lo es menos que dejó bien claro que si la reunión que estaban a punto de celebrar no respondía a sus condiciones, no dudaría en insistir en que se aplazara hasta la creación del ansiado segundo frente.
Ni que decir hay que la reunión no iba a ser sólo entre Stalin y Roosevelt: Churchill también estaba invitado. Tras el catastrófico intento de abordar en secreto a Stalin del mes de mayo, los de Estados Unidos sabían que no estaban en situación de excluir al primer ministro británico, y por consiguiente, aquellos dos iban a conocerse personalmente ante la mirada de Churchill, por más que éste fuese, en realidad, de carabina. Roosevelt sabía que el que hubiera de estar presente no significaba que no pudiese ser postergado.
Resulta también significativo que Churchill tratase de Polonia con Stalin en ausencia de Roosevelt, quien a esas alturas ya se había ido a dormir. Tal circunstancia brindó al primer ministro británico la oportunidad de demostrar que seguía teniendo un gran poder y estaba en situación de negociar acuerdos épicos. Aquél fue un momento poco común en el contexto de la conferencia, pues, tal como iban a demostrar los acontecimientos del día siguiente, Churchill estaba condenado a ser preterido en grado cada vez mayor.
La postura adoptada por los Tres Grandes respecto del futuro de Alemania no quedó resuelta en Teherán —a diferencia de lo que ocurrió en el caso de Polonia—, aunque no cupiese dudar de cuál era la posición relativa de cada uno de los protagonistas. Pese a que las conversaciones de Teherán se prolongaron sólo del 28 de noviembre al primero de diciembre, durante aquellos cuatro días se adoptaron resoluciones destinadas a hacer historia. Las conferencias que siguieron, celebradas en Yalta y Potsdam, no alcanzaron, ni por asomo, la relevancia de la primera. Habría sido punto menos que imposible —aun habiéndolo deseado Roosevelt y Churchill— dar marcha atrás en los asuntos fundamentales que habían quedado fijados en Irán, y entre los que destacan, claro está, el traslado hacia occidente de Polonia.

No fue sólo Polonia oriental lo que quedó al alcance de Stalin de resultas de la ofensiva de aquel verano de 1944, sino que también puede decirse lo mismo de la región de poniente del país, territorio que ni siquiera había reclamado para la Unión Soviética. Y aunque el dirigente soviético no tenía intenciones de incorporar a su imperio aquella última, lo cierto es que no pensaba renunciar a ejercer su «influencia» sobre ella. Por consiguiente, aquél se transformó en un momento propicio al desencadenamiento de conflictos.
Los soviéticos seguían porfiando en su empeño en disponer de una Polonia «amiga», y aun así —por causa de la controversia entablada en torno a la matanza de Katyń— se negaban a reconocer al gobierno polaco exiliado en Londres. En aquel momento, se disponían a instaurar su propia Administración títere en Polonia occidental, y en consecuencia, el 28 de julio de 1944 transfirió de la Unión Soviética a la ciudad de Chełm a un grupo de políticos polacos escasamente conocidos que estaban dispuestos a colaborar con el régimen estalinista.
Si Stalin se mostró renuente a ayudar a los polacos, Churchill, en cambio, reaccionó de inmediato ante la grave situación en que se hallaban los habitantes de Varsovia, pues la lucha que estaban empeñando en las calles y los parques de la ciudad constituían, precisamente, el género de empresa romántica capaz de llamar su atención. El 4 de agosto, un día después de que el soviético se reuniera en Moscú con la delegación polaca, envió un cablegrama al primero con el siguiente contenido:

A petición urgente del ejército de la resistencia clandestina de Polonia, nos disponemos a lanzar, si el tiempo no lo impide, unas sesenta toneladas de equipamiento y municiones al sector suroeste de la ciudad, en donde, al parecer, están luchando con fiereza los polacos que se han alzado contra los alemanes. También se dice que han solicitado ayuda de Rusia, cuyas tropas parecen encontrarse a muy escasa distancia. Dado que están sufriendo los ataques de una división germana y media, tal vez pueda ser útil a las operaciones soviéticas.

El Plan Morgenthau representaba, por consiguiente, el mismo género de medida represiva contra Alemania que pedía Stalin que se adoptara. Semejante circunstancia hace aún más significativo el hecho de que uno de los autores del proyecto, Harry Dexter White, fuese espía de los soviéticos; lo que plantea la intrigante posibilidad de que Stalin, lejos de estar ausente en Quebec, hubiese participado desde el principio en la creación de aquél. La agente soviética Elizabeth Bentley desenmascaró a White en una fecha tan temprana como la de noviembre de 1945, cuando optó por desertar, aunque lo cierto es que habría que esperar a que, años más tarde, se revelara el material secreto de los soviéticos descifrado en virtud del proyecto Venona.

Para muchos, la Conferencia de Yalta se ha erigido en símbolo de los negocios poco edificantes que se entablaron en las postrimerías del conflicto, y que fueron a deshonrar la empresa, otrora noble, de combatir el nazismo. Sin embargo, tal cosa no es del todo cierta: en primer lugar, claro está, hay que tener en cuenta que fue en la Conferencia de Teherán, celebrada en noviembre de 1943, donde se abordaron por vez primera, y se resolvieron en principio, las cuestiones fundamentales de lo que quedaba de guerra y las dificultades que presentaba el mundo de posguerra. En realidad, en Yalta no se añadió gran cosa de relieve, aunque la ocasión no carece de importancia, por haber marcado, entre otras cosas, el momento culminante del optimismo desplegado por Churchill y Roosevelt respecto de Stalin.
El reto que se planteaban Churchill y Roosevelt era el de hacer cuanto estuviese en sus manos por garantizar que el gobierno del país recién constituido fuese lo más representativo posible. En consecuencia, tras las negociaciones de aquel día, el estadounidense remitió a Stalin una carta en la que expresaba su preocupación por que su pueblo «pu[dier]a mirar con ojos de censura lo que tal vez consideras]e un desacuerdo entre [los dos] en una fase tan relevante de la guerra». Asimismo, declaraba de forma categórica: «no podemos dar el visto bueno a la composición actual del gobierno de Lublin». Proponía, por ende, convocar de inmediato a representantes de los polacos de Lublin y de los de Londres, de modo que los Tres Grandes pudiesen ayudarlos a llegar a un acuerdo en cuanto a la formación de un gobierno provisional.
Esto ponía a Stalin en una situación un tanto incómoda, ya que huelga decir que no le interesaba determinar con los otros dirigentes aliados la composición de ningún gobierno provisional de Polonia. Tal cosa convertiría la suya en sólo una de las tres voces que habrían de participar en las discusiones, en tanto que si el asunto quedaba sin resolver concluida la conferencia, sería él el encargado de dirigir los acontecimientos. Y el modo como supo salirse de aquel brete nos dice mucho acerca de su carácter y del perspicaz sentido que tenía del funcionamiento real del poder.
Los estadounidenses no se sirvieran en ningún momento de su inmenso poderío económico para obligar a los soviéticos a mostrarse más acomodadizos. Éstos deseaban obtener un préstamo de seis mil millones de dólares a fin de comprar equipamiento estadounidense tras la guerra, “así como un acuerdo relativo a la cantidad que habría de recibir de Alemania en concepto de compensación por el conflicto. Y sin embargo, ninguno de estos asuntos llegó a discutirse en Yalta, lo que se debió sobre todo a que los más de los participantes dieron por sentado que, acabada la guerra, habría que celebrar una conferencia formal de paz en la que resolver de forma definitiva las cuestiones de más relevancia. Sin embargo, dicho encuentro jamás tuvo lugar. Además, poco más de dos meses después de la Conferencia de Yalta, Roosevelt ya había muerto.

El acuerdo obtenido en la Conferencia de Yalta, plagado de imperfecciones, se anunció, sin embargo, a bombo y platillo. En febrero, a raíz del final del acontecimiento, tanto británicos como estadounidenses exageraron los logros obtenidos en Crimea.
Churchill informó a su gabinete de guerra de que estaba muy seguro de que Stalin «tenía buenas intenciones respecto del mundo en general y de Polonia en particular», y de que «el primer ministro Stalin había sido sincero». Y el 23 de febrero, hizo saber a sus ministros: «El pobre Neville Chamberlain creía que podía confiar en Hitler y se equivocó. Pero yo dudo haberme equivocado con Stalin».
Paralela a esta fractura verificada en Europa, se produjo una colosal transformación demográfica sin parangón en la historia del Viejo Continente, y que fue, en gran medida, consecuencia de las decisiones tomadas por los dirigentes aliados en tiempos de guerra. En el período que siguió inmediatamente a la paz, abandonaron Polonia oriental dos millones de polacos después de que su terruño se volviese parte de la Unión Soviética, y aunque algunos lo hicieron de manera voluntaria, no puede decirse lo mismo de la mayoría. Entre tanto, de Prusia Oriental, Checoslovaquia, Hungría y otras naciones de la Europa del Este fueron expulsados más de once millones de alemanes, de los cuales suman al menos medio millón los que murieron en el camino. Además, lo aliados occidentales acordaron repatriar a cualquier ciudadano soviético con que topasen, con independencia de que quisiesen o no volver. En total, hicieron el viaje de regreso dos millones de ellos, de los cuales hubo cierto número —compuesto en particular por combatientes que habían luchado en el bando alemán— que lo hizo a regañadientes y fue perseguido por el estado soviético a su vuelta.
Una vez que Stalin formulaba una mentira de envergadura, la seguía hasta el final, adondequiera que lo llevase. Y así, tras la derrota de Alemania, resolvió imputar públicamente a los germanos la matanza de Katyń. Durante los procesos por crímenes de guerra sustanciados en Núremberg, en consecuencia, presentó cargos contra oficiales alemanes que, huelga decirlo, no guardaban relación alguna con aquellos asesinatos.
Los jurisconsultos de Occidente trataron con recelo, desde el principio mismo, la petición que hicieron los soviéticos de incluir los sucesos del bosque de Katyń en la relación de los crímenes que debían juzgarse. De hecho, el fiscal jefe estadounidense recomendó al de la Unión Soviética que renunciase a semejante empeño; pero su nación se negó.
El crimen de Katyń desapareció, sin más, de la lista de delitos que se juzgaban en Núremberg. No se pronunció veredicto alguno, ni se expresó ningún dictamen al respecto: después de las declaraciones de los testigos, se impuso el silencio. Hubo que esperar a que Mijaíl Gorbachov permitiese hacer público el contenido del material archivístico pertinente —incluido el documento de infausta memoria firmado por Stalin que provocó la muerte de los polacos— para que el mundo conociese, al fin, la verdad acerca de Katyń. Y aunque las autoridades rusas promovieron una investigación acerca del crimen en la década de 1990, nadie hubo de rendir cuentas jamás al respecto.
Stalin, a quien, no obstante, nada se le reclamó. Como muchos de cuantos tiranos lo precedieron —y sin duda muchos de los que aún están por venir—, dejó este mundo sin que la justicia llegase a tocarlo.

¿Podemos tener parte de culpa de lo que ocurrió entonces y de todo el sufrimiento resultante?
En la práctica, la única manera posible de evitar la ocupación física de Polonia oriental habría consistido en hacer que otro invadiese antes el territorio. Tal cosa habría comportado bien adelantar la fecha de la creación del segundo frente y la del Día D cuando menos un año, hasta 1943, bien entrar en pactos con los alemanes en las postrimerías del conflicto (para lo cual habría sido indispensable, es de suponer, desembarazarse primero de Hitler y del resto de la cúpula nazi).
La segunda de estas dos opciones era la más sencilla de descartar, aun cuando, en aquel momento, hubiese en el bando aliado quien pensara en serio que la amenaza de la Unión Soviética era tan grande que habría justificado la unión con el ejército alemán a fin de acabar con ella.
La idea de adelantar a 1943 la formación del segundo frente resulta más difícil de descartar con tanta rapidez. De hecho, resulta tan compleja que cierto historiador ha dedicado todo un volumen a analizarla. Resulta evidente que, de no haber persistido Churchill en su estrategia de arremeter contra «la panza del cocodrilo» —y ya hemos visto que el sur de Italia no era, precisamente, la parte más vulnerable de la bota—, habría sido posible poner en marcha una invasión a través del canal de la Mancha en 1943, y las fuerzas aliadas habrían sido capaces de conquistar una porción mayor de la Europa oriental llegado el fin de la guerra. La influencia soviética sobre esta región habría sido, por ende, algo menor. Sin embargo, los aliados occidentales habrían tenido que hacer frente a un número inmenso de bajas.
Las desagradables recriminaciones que siguieron a la Conferencia de Yalta fueron, en cierta medida, responsabilidad de los aliados occidentales. Verdad es, claro, que Stalin no se mantuvo fiel a sus promesas; pero lo más seguro es que ni siquiera pensase que se esperaba de él que fuera a hacerlo. Tanto el presidente como el primer ministro, cada uno a su manera —uno con las «charlas» secretas de Teherán, y el otro con la conversación relativa a los «porcentajes»—, habían demostrado que no les importaba hablar sin tapujos de «esferas de influencia». Lo más probable es que Stalin entendiese que lo expuesto en los encuentros mantenidos con ellos en privado era lo que contaba, en tanto que lo que declaraban en público Churchill y Roosevelt no eran más que ejercicios de retórica destinados a aplacar a sus votantes.
Por otra parte, hemos de considerar el colosal problema que supusieron para el discurso político occidental las campañas propagandísticas de monstruosa envergadura que pusieron en marcha los gobiernos en favor de los soviéticos. El hecho de describir, por ejemplo, la NKVD como «un cuerpo nacional de policía similar al FBI» sólo sirvió para hacer más difícil que el pueblo comprendiera cuanto estaba sucediendo.
“la idea de que Stalin podía haber tratado en serio de abandonar la guerra tras las victorias de 1943, de resultas de una paz firmada con Hitler, resulta punto menos que rocambolesca. Tras la invasión de la Unión Soviética, no había motivo alguno que pudiese llevar a Stalin a confiar en los nazis, y en cualquier caso, Hitler jamás hubiese tolerado La firma de semejante armisticio, tal como hizo saber a Ribbentrop a la sazón.
Todo ello nos deja con una cuestión relevante: ¿En qué grado fue aquélla una guerra «moral»? No cabe dudar de la inmoralidad del nazismo —que de hecho, es una de las ideologías más inmorales que hayan existido jamás—, y por ende, cualquier conflicto bélico dirigido a eliminar tamaño azote debe considerarse ético en lo fundamental.
Resulta más conveniente considerar ésta no sólo como una guerra «moral», sino también como un conflicto bélico más convencional, siendo así que si la entendemos como movida por la política del poder y el empeño en evitar que los nazis se hicieran con el dominio de Europa, y los japoneses, con el de China y el Sudeste asiático, todo cobra mucho más sentido. Las potencias occidentales querían salir victoriosas al menor coste posible, y a fin de lograr dicho objetivo, hicieron, por parafrasear a Churchill, un pacto con el diablo.
La leyenda popular que envuelve el conflicto, y que constituye una especie de versión de la historia hecha por Hollywood, lo presenta como el relato sencillo de la lucha que mantuvo una alianza de buenas gentes contra otra de gentes malas. Se trata de un modo inmensamente consolador de mirar al pasado, y da lástima tener que eludirlo; pero esto último es precisamente lo que debemos hacer.

Good book, documenting and enjoyable, and in which the protagonists are given a voice, both anonymous and central characters. This book puts Stalin specifically in the context of his dealing with Churchill and Roosevelt. If you are kind of new to this topic, this book could just blow you away because it is so focused on a just a couple of important themes, such as:

-the significance of Stalin’s earlier partnership with Hitler over dividing Poland
-the ballet the Allies did with Stalin over the opening of the Second Front
-Stalin’s shrewd and brutal lack of interest in words as opposed to material realities – like the fact that the Soviet army was all over Eastern Europe
-the amazing tragedy that Britain went to war to save Poland from one imperialist police state, only to surrender Poland to another

The one thing that I think is missing from the book, or at least is downplayed to the point where I don’t remember it, and it is important, is this: what was Poland before WWII? To read the book, one might think Poland was a democracy on the order of Britain or France. I don’t mean to belittle the profound feelings of the Poles on the outcome of the war, but the absence of treatment of this question is itself a kind of myth-making.
For example, between the wars Poland broke a treaty and annexed a chunk of Lithuania. Poland also made an agreement with Hitler to take a small chunk of Czechoslovakia. There was also, needless to say, a lot of serious anti-Semitism in Poland, even up to and I think throughout the German invasion. My understanding is that things could also be difficult if you were ethnically Ukrainian.
Nevertheless, it seems to be a very revealing book and just what I needed. I recommend it but suggest reading more about the various eastern European countries at that time.

When would the reader say that World War II ended? In August 1945, after the surrender of the Japanese?
In reality, it depends on how you look: if one thinks that the end of the conflict should bring “freedom” to the countries that had suffered the Nazi occupation, the truth is that for millions of people it did not end until the fall of communism, which occurred less than twenty years ago. During the summer of 1945, the people of Poland, the Baltic states and other Eastern European nations, changed, without any more, the empire of one tyrant for that of another. In order to demonstrate this unpleasant reality, the Presidents of Estonia and Lithuania refused to participate in the “celebrations” that took place in Moscow in 2005 in order to commemorate the sixtieth anniversary of the European “end of the war”.
Before the fall of communism, the role played by the Soviet Union in the Second World War was denied, to a large extent, in our culture, for the simple reason that it was easier than confronting a certain variety of truths. unpleasant
Roosevelt and Churchill could be fooled, without further ado, by Stalin. Not much less: what happens in this story is something entirely different – and much more complicated. Both wanted to win the war without their respective nations having to pay but as little time as possible, both in terms of the human and the financial. Having Stalin “on his side”, and in particular in the years before the Normandy landings, a period in which the Soviets came to believe that they were fighting almost alone, was a difficult task, and required, as it would have been. expressed Roosevelt himself, “be handled with caution.” Therefore, behind the scenes, the Western leaders thought it necessary to make non-trivial concessions in the political arena. One of them was to promote, through propaganda, a flattering image of the Soviet caudillo (leader); another, to deliberately suppress material that revealed the true nature of Stalin and the Soviet regime. In the meantime, they could, for convenience, have taken for granted that they should “distort the normal and reasonable operation” of their “intellectual and moral judgments.

Stepan Mikoián, who was a son of Anastás Mikoián, member of the Politburo, who grew up in the Kremlin architectural complex during the 1930s, corroborates Khrushchev’s opinion:

He looked people in the eye when he spoke to him – he remembers – and if one looked away, he suspected that he was cheating. In that case, he was able to do very unpleasant things … He was a very suspicious man, and that was his most outstanding feature … He had no scruples … He did not have the slightest hesitation in lying if he considered it necessary, and for that reason he expected from others a Similar behavior … Anyone could turn out to be a traitor.

As we went along, we realized that the people [the Pole] lived much better than we, both the military and the countrymen, “says Georgy Dragonov, who could not help but be amazed at the abyss that, in terms of wealth, opened between the Soviet Union and the capitalist Poland. The houses were beautifully furnished, even those of the peasants. [Even] the poorest were better off than our fellow citizens, and they had shining furniture. We would still have to wait before starting to equip our apartments with similar pieces. A needy villager [from the eastern part of Poland] had at least two horses, and there was no house where we did not see three or four cows and numerous poultry. We did not expect to run into anything similar, because that was not exactly what the propaganda had told us, a propaganda that, by the way, could not make a dent in us once we had seen houses of work with electricity, something that we lacked in the Soviet Belarus ».
The Soviets did not limit themselves to destroying old certainties such as the security conferred by the national currency, but also ruined the concept of possession of personal property. The soldiers of the Red Army who were looking for a place to live were limited to walking the streets until they found a house of their liking, and then pounded on the door and announced that they were going to settle there.

British diplomats showed less enthusiasm, if possible, than politicians at the idea of ​​entering into conflict with the Soviet Union (or the advent of “adventures that offer no chance of success”, as Chamberlain had just said). “Personally, I do not see what benefit it would be to us to go to war with the Soviet Union,” wrote Sir William Seeds, the British ambassador to Moscow, on September 18 in a secret telegram sent to his Ministry of Foreign Affairs, although I would be delighted. I could declare it in person to Mr. Molotov. “Then, in the same office, he expressed a prediction that would be erroneous to lamentable extremes:” The invasion of Poland by the Soviets is not without advantages for us in the long run, since it is going to to force them to maintain a vast army on the warpath, with what that implies in terms of consumption of food and fuel, and wear of material and means of transport, which will diminish the German hopes of receiving military or food supplies.
In February 1940, while still at war with Finland, the Soviets launched a series of mass reprisals and deportations in eastern Poland. In total, they would make four major floods of expatriations in the region, motivated each of them independently. The first began on the night of February 10, 1940 and affected, in particular, a group to which Stalin professed special inquina on the personal level: that of the veterans of the war set in 1920 between Poland and the newly created Bolshevik state, known as osadnicy (plural of osadnik).
We know that Stalin felt a great passion – a thing that must be understood in a sense of every negative point – for Poland, and that his predisposition to hate its inhabitants and distrust them.

The British Prime Minister knew that without the Soviet Union there would be no chance of winning it: his people were enduring the worst of the German attack. It was imperative that Stalin maintain the morale of the Red Army and, above all, have no intention of abandoning hostilities. Even so, he was not unaware of the effect that recent events would have on the Soviet leader. The Western allies were not going to establish the second front in 1942 – because the defeat suffered in Tobruk and other minor military setbacks, made such an operation impossible – Churchill resolved to do what he used to do when confronted a difficulty of such consideration: to catch the bull by the horns. Accordingly, he announced that he intended to travel to Moscow in an adapted British bomber and to see in person the Soviet leader why the allies could not meet with what he and his people had demanded. He had the intention of avoiding about three thousand kilometers, in conditions that were too uncomfortable, to try to preserve the extremely vital relationship with Stalin.

Thus, while a war was taking its last steps, a new one began, of a political nature and source of many frictions and divisions. If what had united the three powers had been the desire to defeat Hitler, what would keep them together once the Hitlerian threat began to disappear?
For Stalin, the possibility of rejecting or accepting the invitation to attend a summit with Roosevelt was one of the easiest levers of power in the area of ​​their relationship. And the truth is that he did not hesitate to link the question of whether or not he was willing to meet with Roosevelt and Churchill to the eternal question of the second front. While it is true that in August 1943 he had written to both to inform them that he agreed that it was “desirable” to arrange “as soon as possible” a meeting between the three, it is no less true that if the meeting they were On the verge of celebrating he did not respond to his conditions, he would not hesitate to insist that it be postponed until the creation of the coveted second front.
Needless to say, the meeting was not going to be only between Stalin and Roosevelt: Churchill was also invited. After the catastrophic attempt to secretly approach Stalin in May, those in the United States knew that they were not in a position to exclude the British Prime Minister, and therefore, those two were going to meet personally in the eyes of Churchill, for more that it was, in fact, a carbine. Roosevelt knew that whoever was present did not mean he could not be postponed.
It is also significant that Churchill treated Poland with Stalin in the absence of Roosevelt, who by then had gone to sleep. This circumstance gave the British Prime Minister the opportunity to demonstrate that he still had great power and was in a position to negotiate epic agreements. This was an unusual moment in the context of the conference, for, as the events of the next day were to prove, Churchill was condemned to be more and more premeditated.
The position adopted by the Big Three regarding the future of Germany was not resolved in Tehran, unlike what happened in the case of Poland, although there was no doubt about the relative position of each of the protagonists. Although the Tehran talks lasted only from November 28 to December 1, resolutions aimed at making history were adopted during those four days. The conferences that followed, held in Yalta and Potsdam, did not reach the relevance of the first. It would have been less than impossible – even having been desired by Roosevelt and Churchill – to backtrack on the fundamental issues that had been fixed in Iran, and among which, of course, are the relocation to the West of Poland.

It was not only eastern Poland that was within reach of Stalin as a result of the offensive of that summer of 1944, but the same can be said of the western region of the country, territory that had not even claimed for the Soviet Union. And although the Soviet leader had no intention of incorporating the latter into his empire, the truth is that he did not intend to relinquish his “influence” on her. Therefore, it was transformed into a propitious moment to the unleashing of conflicts.
The Soviets continued to stubbornly endeavor to have a “friendly” Poland, and even so – because of the controversy surrounding the Katyń massacre – they refused to recognize the Polish government exiled in London. At that time, they were about to establish their own Puppet Administration in Western Poland, and as a result, on July 28, 1944, he transferred from the Soviet Union to the city of Chełm a group of poorly known Polish politicians who were willing to collaborate with the Stalinist regime.
If Stalin was reluctant to help the Poles, Churchill, on the other hand, reacted immediately to the plight of the inhabitants of Warsaw, since the struggle they were engaged in on the streets and parks of the city constituted, precisely , the kind of romantic company capable of attracting your attention. On August 4, one day after the Soviet met in Moscow with the Polish delegation, he sent a cablegram to the first with the following content:

At the urgent request of the clandestine resistance army of Poland, we are about to launch, if time does not prevent it, some sixty tons of equipment and ammunition to the south-west sector of the city, where, it seems, the Poles are fighting fiercely. who have risen up against the Germans. It is also said that they have requested help from Russia, whose troops seem to be very close. Since they are suffering from the attacks of a Germanic and middle division, it may be useful to Soviet operations.

The Morgenthau Plan represented, therefore, the same kind of repressive measure against Germany that Stalin requested to be adopted. Such circumstance makes even more significant the fact that one of the authors of the project, Harry Dexter White, was a spy of the Soviets; which raises the intriguing possibility that Stalin, far from being absent in Quebec, had participated from the beginning in the creation of that one. The Soviet agent Elizabeth Bentley unmasked White as early as November, 1945, when he opted to defect, although the truth is that it would be necessary to wait until years later, when the secret material of the Soviets was deciphered. virtue of the Venona project.

For many, the Conference of Yalta has become a symbol of the little edifying businesses that took place in the aftermath of the conflict, and that went to dishonor the once noble enterprise of combating Nazism. However, this is not entirely true: first, of course, it must be borne in mind that it was at the Teheran Conference, held in November 1943, that they were first addressed and resolved in principle, the fundamental questions of what remained of the war and the difficulties posed by the post-war world. In fact, in Yalta not much was added of relief, although the occasion is not unimportant, for having marked, among other things, the highlight of the optimism displayed by Churchill and Roosevelt with respect to Stalin.
The challenge facing Churchill and Roosevelt was to do everything in their power to ensure that the newly constituted country’s government was as representative as possible. Consequently, after the negotiations that day, the American referred to Stalin a letter in which he expressed concern that his people “could look with a censorious eye at what you might consider” and a disagreement between [the two] in such a relevant phase of the war ». He also stated categorically: “We can not give the go-ahead to the current composition of the Lublin government.” He proposed, therefore, to immediately convene representatives of the Poles of Lublin and those of London, so that the Big Three could help them reach an agreement on the formation of a provisional government.
This put Stalin in a somewhat uncomfortable situation, since it goes without saying that he was not interested in determining with the other allied leaders the composition of any provisional government of Poland. Such a thing would turn his into only one of the three voices that would participate in the discussions, while if the matter remained unresolved after the conference, he would be in charge of directing the events. And the way he knew how to get out of that predicament tells us a lot about his character and his insightful sense of the real functioning of power.
The Americans never used their immense economic power to force the Soviets to be more accommodating. They wanted to obtain a loan of six billion dollars to buy American equipment after the war, “as well as an agreement on the amount that would receive from Germany as compensation for the conflict. And yet, none of these issues came to be discussed in Yalta, which was mainly due to the fact that most of the participants took it for granted that, after the war, a formal peace conference would have to be held in order to resolve final the most relevant issues. However, this meeting never took place. In addition, just over two months after the Yalta Conference, Roosevelt had already died.

The agreement obtained at the Yalta Conference, plagued by imperfections, was announced, however, with great fanfare. In February, following the end of the event, both British and Americans exaggerated the achievements in the Crimea.
Churchill informed his war cabinet that he was very sure that Stalin “had good intentions about the world in general and about Poland in particular,” and that “Prime Minister Stalin had been sincere.” And on February 23, he told his ministers: “Poor Neville Chamberlain believed he could trust Hitler and he was wrong. But I doubt I was wrong with Stalin. ”
Parallel to this fracture verified in Europe, there was a colossal demographic transformation unparalleled in the history of the Old Continent, and that was, to a large extent, a consequence of the decisions taken by the allied leaders in times of war. In the period immediately following peace, two million Poles left eastern Poland after their homeland became part of the Soviet Union, and although some did so voluntarily, the same can not be said of the majority. Meanwhile, from East Prussia, Czechoslovakia, Hungary and other nations of Eastern Europe were expelled more than eleven million Germans, of which add at least half a million those who died on the road. In addition, the Western allies agreed to repatriate any Soviet citizen they came across, regardless of whether or not they wanted to return. In total, two million of them made the return trip, of which there was a certain number – composed in particular of combatants who had fought on the German side – who did so reluctantly and was persecuted by the Soviet state upon their return.
Once Stalin made a big lie, he followed it to the end, wherever he went. And so, after the defeat of Germany, he decided to publicly impute to the Germans the Katyń massacre. During the prosecutions for war crimes held in Nuremberg, accordingly, he brought charges against German officers which, needless to say, had nothing to do with those murders.
The Western jurists consulted with suspicion, from the very beginning, the request made by the Soviets to include the events of the forest of Katyń in the relation of the crimes that had to be judged. In fact, the US chief prosecutor recommended that the Soviet Union renounce such an endeavor; but his nation refused.
Katyń’s crime disappeared, without further ado, from the list of crimes that were tried in Nuremberg. No verdict was delivered, nor was any opinion expressed: after the statements of the witnesses, silence was imposed. It was necessary to wait for Mikhail Gorbachev to make public the content of the pertinent archival material -including the document of infamous memory signed by Stalin that caused the death of the Poles- so that the world would know, at last, the truth about Katyń. And although the Russian authorities promoted an investigation into the crime in the 1990s, no one was ever held accountable.
Stalin, to whom, however, nothing was claimed. As many of those tyrants preceded him – and certainly many who are yet to come – he left this world without justice ever touching him.

Can we be partly to blame for what happened then and for all the resulting suffering?
In practice, the only possible way to avoid the physical occupation of eastern Poland would have been to make another invade the territory earlier. Such a thing would have been good to advance the date of the creation of the second front and that of D-Day at least one year, until 1943, or enter into pacts with the Germans in the aftermath of the conflict (for which it would have been indispensable, presumably , get rid first of Hitler and the rest of the Nazi leadership).
The second of these two options was the simplest to discard, even if, at that moment, there was on the Allied side who seriously thought that the threat of the Soviet Union was so great that it would have justified the union with the German army in order to end it.
The idea of ​​advancing to 1943 the formation of the second front is more difficult to discard so quickly. In fact, it is so complex that a certain historian has devoted a whole volume to analyzing it. It is evident that, if Churchill had not persisted in his strategy of attacking “the belly of the crocodile” – and we have already seen that southern Italy was not, precisely, the most vulnerable part of the boot – it would have been possible to put An invasion through the English Channel was under way in 1943, and the allied forces would have been able to conquer a larger portion of Eastern Europe after the end of the war. The Soviet influence on this region would therefore have been somewhat less. However, the Western allies would have had to deal with an immense number of casualties.
The unpleasant recriminations that followed the Yalta Conference were, to some extent, the responsibility of the Western allies. Truth is, of course, that Stalin did not stay true to his promises; but most likely he did not even think that he was expected to do so. Both the president and the prime minister, each in his own way – one with the secret “talks” of Tehran, and the other with the conversation about the “percentages” – had shown that they did not mind talking about “spheres” of influence ». Most likely, Stalin understood that what was said in the meetings held with them in private was what counted, whereas what they declared in public, Churchill and Roosevelt, were nothing more than rhetoric exercises designed to appease their voters.
On the other hand, we have to consider the colossal problem posed by the Western political discourse with the monstrous propaganda campaigns that governments launched in favor of the Soviets. Describing, for example, the NKVD as “a national police corps similar to the FBI” only served to make it harder for the people to understand what was happening.
“The idea that Stalin could have seriously tried to abandon the war after the victories of 1943, as a result of a peace signed with Hitler, is less than bizarre. After the invasion of the Soviet Union, there was no reason that could lead Stalin to trust the Nazis, and in any case, Hitler would never have tolerated the signing of such an armistice, as Ribbentrop told it at the time.
All this leaves us with a relevant question: to what degree was that a “moral” war? There is no doubt about the immorality of Nazism -which is, in fact, one of the most immoral ideologies that have ever existed-, and therefore, any war aimed at eliminating scourge should be considered fundamentally ethical.
It is more convenient to consider this not only as a “moral” war, but also as a more conventional war conflict, if we understand it as moved by the politics of power and the effort to prevent the Nazis from taking control of it. Europe, and the Japanese, with China and Southeast Asia, all make much more sense. The Western powers wanted to be victorious at the lowest possible cost, and in order to achieve that goal, they made, by paraphrasing Churchill, a pact with the devil.
The popular legend that surrounds the conflict, and that constitutes a kind of version of history made by Hollywood, presents it as the simple story of the struggle that maintained an alliance of good people against another of bad people. It is an immensely comforting way of looking at the past, and it is a pity to have to avoid it; But this last is precisely what we should do.

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