La Utopía Nazi: Cómo Hitler Compró A Los Alemanes — Götz Aly / Hitler’s Beneficiaries: Plunder, Racial War, and the Nazi Welfare State by Götz Aly

Gotz Aly sigue incomodando a sus compatriotas y frente al mantra que muchísimos alemanes eligieron cantar (fui una victima mas, lo hice por miedo, yo no quería, no sabía nada etc.), Aly demuestra, con pruebas y datos contrastados, como los alemanes se vendieron (porque esa es la palabra), y decidieron disfrutar de sus comilonas, bienes incautados y expoliados, y su vida aria feliz, mientras el resto de Europa se moría de hambre, de miseria, era expoliada y sufría los crimenes nazis.
Un libro necesario y durísimo sobre como un país entero vendió su humanidad y su dignidad, a cambio de una vida de comodidades y caprichos.

El historiador alemán Götz Aly atrae la atención del lector hacia el hecho frecuentemente ignorado de que el Holocausto para el régimen nazi no tenía objetivos demográficos o políticos, sino fiscales. Los judíos no fueron simplemente reubicados en guetos, enviados a campos de concentración o asesinados. Primero y ante todo, sus propiedades fueron confiscadas, y el régimen nazi utilizó la propiedad y los procedimientos para venderla y financiar sus programas sociales y esfuerzos bélicos.
Los bienes inmuebles y la riqueza líquida de los judíos (edificios, negocios, acciones, depósitos, gemas y metales preciosos, joyas, prendas de vestir, artículos de lujo) se nacionalizaron y se trataron legalmente como un crédito a los fondos fiduciarios del gobierno que se encargaron de manejar esos activos. Los “acreedores” involuntarios fueron separados del control sobre sus fondos anteriores y se les dio una asignación diaria para necesidades diarias de alrededor de $ 1500 por semana. Con el tiempo, cuando los judíos desaparecieron en los campamentos, sus propiedades se clasificaron como “abandonadas” y se usaron como garantía de bonos del gobierno o se vendieron a precios bastante bajos. Aquellos que invirtieron en comprar esta propiedad efectivamente recibieron subsidios indirectos del gobierno. Sin embargo, los alemanes más pobres también recibieron sus beneficios. A pesar de los bajos precios de venta de la propiedad judía, su gran cantidad hizo que el gobierno recaudara enormes sumas en las ventas de liquidación de propiedades. Estos fondos fueron utilizados para los programas sociales para todos los alemanes y para la construcción de la máquina de guerra del Werhmacht, que se utilizó para llevar cada vez más judíos europeos y su riqueza al alcance del régimen nazi. Estas políticas dieron como resultado un apoyo sin precedentes del régimen de todos los alemanes.
Como resultado, 4 mil millones de Reichsmark (o aproximadamente $ 60 mil millones en el equivalente actual) fueron confiscados a los judíos desde 1939 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Teniendo en cuenta que antes de la Segunda Guerra Mundial vivían en Alemania un poco más de 200 mil judíos, se expropiaron en promedio $ 1.2 millones de todas las familias judías abstractas de 4 (2 adultos y 2 niños, a partir de una estimación de reproducción simple).
Para quitar la propiedad judía en los países europeos ocupados y aliados, el régimen nazi tuvo que pasar por situaciones adicionales. Según la Convención de La Haya, que la Alemania nazi trató de cumplir formalmente, una potencia ocupante no pudo haber incautado y vendido propiedades de la población civil. Sin embargo, estas regulaciones no se extendieron sobre las autoridades locales de ser países ocupados, y esta escapatoria se usó para confiscar las propiedades de los judíos europeos. Por lo tanto, debido a estas requisiciones, en 1940 los ingresos presupuestarios de Francia aumentaron un 211%, Bélgica – 200%, Holanda – 180% y Noruega – 242%. En 1941, este auge de los ingresos continuó y alcanzó el 125% en Bélgica, el 131% en los Países Bajos y el 100% en Serbia.
Por supuesto, la parte del león de este botín fue extraída de estos países por los alemanes, pero la gente común de los países ocupados y aliados también se benefició directa e indirectamente de esta gran apropiación de propiedad judía. En general, durante los años de guerra, se extrajeron de los judíos europeos 20 mil millones de Reichsmark (o alrededor de 300 mil millones de dólares de los EE.UU.). Especialmente estos fondos eran necesarios para financiar las necesidades del Frente Oriental. Así, la campaña de 1942 que permitió a los alemanes llegar al Cáucaso y al Volga, así como la campaña de 1943 que terminó en la batalla gigante de las armadas blindadas cerca de Kursk, de hecho fueron financiados por “dinero judío”. Sin embargo, en realidad, contrariamente a los teóricos conspirólogicos, los “financieros” estaban haciendo eso involuntariamente, y en la mayoría de los casos póstumamente (la destrucción de los judíos – 4 millones – alcanzó su punto máximo en 1941-42).
Entonces, no fueron los 6 millones (o 9 millones de judíos europeos anteriores a la Segunda Guerra Mundial) el número objetivo de las políticas nazis. Ese número fue solo un medio para alcanzar el objetivo real de 24 mil millones de Reichsmark confiscados ($ 360 mil millones en equivalente actual), que es aproximadamente una vez y media más que el PIB del estado de Israel con sus 8 millones de habitantes, tecnología contemporánea y productividad laboral y más de medio siglo de infusiones financieras directas e indirectas de EE. UU. O, de nuevo, calculado por una familia abstracta de 4 miembros, ese número objetivo fue de aproximadamente $ 160 mil confiscados por cada familia judía europea.

Para la mayoría de los jóvenes alemanes el nacionalsocialismo no significaba dictadura, represión del derecho de expresión y opresión, sino libertad y aventura. Veían en él una prolongación del movimiento juvenil, un programa contra el envejecimiento físico y espiritual. Los veinteañeros y treintañeros que daban el tono se alzaron en 1935 llenos de desprecio contra los pusilánimes. Se veían a sí mismos como hombres de acción modernos, antiindividualistas. Se burlaban de «las pequeñas preocupaciones, ya que nos pertenece el gran mañana».
Quienes tomaron el poder en 1933 eran estudiantes y recién licenciados, entre los que abundaban los hijos rebeldes de las viejas élites y los jóvenes con aplomo que habían aprovechado el ascenso social promovido durante la República por la socialdemocracia. Superaban la heterogeneidad de su procedencia y origen en la utopía social romántica y al mismo tiempo tecnicista y moderna del socialismo nacional. Se concebían a sí mismos y sus iguales como vanguardia de una «nación joven», y tildaban a sus mayores, escarmentados y asustadizos, de «hortalizas de cementerio», y a los funcionarios firmes en sus principios y que habían servido durante mucho tiempo, de «caballeros afectados por la calcificación de las articulaciones». Desconectados del presente y volcados hacia el futuro, desarrollaron sus visiones de una vida que imaginaban como todo lo contrario al estancamiento. Los activistas y los muchos simpatizantes curiosos o reprimidos del movimiento nazi contraponían a las estrecheces del presente la esplendente aurora nacional que se anunciaba en el horizonte.
Los dirigentes nacionalsocialistas no podían soportar a los juristas, diplomáticos de carrera y oficiales de estado mayor, pero les permitieron adaptarse parcialmente, en su propio provecho, a los tiempos que corrían. Entre ellos tendremos que mencionar repetidamente en los siguientes capítulos a los funcionarios del Banco del Reich y de los ministerios de Finanzas y Economía, hombres astutos formados técnica y políticamente en el Reich del Káiser o reclutados como fuerzas de nuevo cuño durante los primeros años de la República; muchos de ellos habían participado como soldados en la primera guerra mundial. Se observa la misma heterogeneidad y amplias diferencias biográficas en todos los ministerios técnicos, en la mayoría de las facultades universitarias o en los equipos privados o (semi) estatales de expertos, en institutos de investigación económica, sociedades científicas, redacciones de revistas y en los departamentos de economía de los grandes bancos.

Pese a toda su intolerancia frente a socialistas, judíos y «pervertidos», los alemanes no veían a Hitler —como retrospectivamente cabría suponer— como un excluyente inflexible, sino como un gran integrador. Los tratados de paz de Versalles y Saint Germain habían prohibido estrictamente la confederación o colaboración estatal entre Austria y Alemania, algo que la mayoría de los alemanes y austríacos consideraban una profunda injusticia. Sin embargo, en 1938 —concretamente en marzo— se materializó el sueño nacionalista romántico de 1848 con la incorporación [Anschluss] de Austria al Reich, si bien el Estado nacional granalemán no se constituyó como República, sino con la aclamación del pueblo.
La primera guerra mundial dejó tras de sí, en la sensibilidad política de los alemanes, tres traumas muy graves: el hambre, como consecuencia del bloqueo marítimo británico, la desvalorización del dinero y el estallido de la guerra civil. En la guerra murieron de inanición más de cuatrocientas mil personas, a las que se añadían las que debido a la escasez contrajeron una tuberculosis incurable o fueron víctimas de otras enfermedades infecciosas.
La primera guerra mundial le costó al Reich alemán un total de 160 millardos de marcos. Pese a la situación de partida mucho mejor, en comparación con la segunda guerra mundial el Reich se encontraba mucho peor financiado. Mientras que entre septiembre de 1939 y septiembre de 1944 el 50 por 100 de los costes se pudo cubrir con los ingresos corrientes —esa cuota de cobertura se consideraba fastuosa—, en 1914-1918 sólo cubrió el 13,1 por 100. El 28,4 por 100 se convirtió en «deuda flotante» —esto es, se pagó mediante la emisión de billetes de banco—, y el restante 62,1 por 100 se cubrió mediante obligaciones a largo plazo suscritas por la población alemana. Los nueve empréstitos de guerra entre 1914 y 1918 aportaron al Estado 98.200 millones de marcos. Gran Bretaña, en cambio, costeó el 28 por 100 de los gastos de la primera guerra mundial con los ingresos corrientes por impuestos.
Junto a los gastos recogidos en el presupuesto, ambas guerras consumieron una parte notable de la sustancia económica del país: las reservas almacenadas se agotaron, las máquinas, edificios, instalaciones industriales, medios de transporte y todo tipo de infraestructuras fueron utilizadas hasta la extenuación, y se exprimió hasta el límite la capacidad productiva de bosques y campos.
La guerra de 1914-1918 redujo el nivel de vida de los alemanes un 65 por 100, aproximadamente, y la mayoría de la población cayó al borde del mínimo para la supervivencia, algo que los estrategas financieros del Tercer Reich consideraron «muy delicado». Así lo describía un joven economista en 1941: «Como demuestran los hechos, parece como si se hubieran sobrepasado entonces los límites de lo soportable. El hundimiento del frente interno fue el precio por el fortalecimiento inmediato del frente externo». En el Tercer Reich, en cambio, «no había que temer una reducción del nivel de vida» semejante.

¿Cómo pudo suceder aquello? ¿Cómo pudieron los alemanes, del primero al último, admitir y cometer asesinatos en masa sin precedentes, especialmente el de los judíos europeos? El odio fomentado por el Estado contra todos los «inferiores», contra «poloneses», «bolcheviques» y «judíos» formaba parte, claro está, de las condiciones previas; pero por sí mismo no supone una respuesta. Durante las décadas anteriores al gobierno de Hitler los alemanes no acumulaban más resentimiento que el resto de los europeos, su nacionalismo no era más racista que el de otras naciones. No había ninguna vía excepcional alemana que condujera a una posible relación con Auschwitz. La opinión de que en Alemania se había desarrollado desde muy pronto un antisemitismo y una xenofobia especiales, exterminadores, carece de base empírica.
Sobre la base de una guerra depredadora y racial de gran alcance, el socialismo nacional promovió una igualdad y promoción social nunca antes conocidas en Alemania. Esto lo hizo a la vez popular y criminal. El opulento bienestar material y las ventajas indirectas del crimen a gran escala, que todos aceptaban con gusto sin que nadie se sintiera individualmente responsable, consolidaron la sensación que tenían los alemanes de la bondad de su régimen. Y recíprocamente, de ahí sacó su energía la política de exterminio, orientándose hacia el bienestar del pueblo.

A finales de 1937 el endeudamiento frenético chocó con un primer límite. A partir de entonces los funcionarios responsables del Ministerio de Finanzas operaron continuamente al borde del terreno de juego crediticio, tratando de descubrir/nuevos recursos para financiar las deudas del Estado. En esa situación su mirada recayó sobre las propiedades de los judíos, que adjudicaron sin más ceremonia a la llamada «propiedad del pueblo». Se trataba de un concepto muy ideologizado de la época, utilizado no sólo en Alemania, que les ofrecía la posibilidad de expoliar a «extranjerizantes» y «enemigos del pueblo».
Hasta 1937 los funcionarios, hombres de negocios, médicos y empleados judíos fueron víctimas de leyes especiales. Muchos perdieron su puesto de trabajo, su carrera se vio interrumpida, y empresas hasta entonces prósperas fueron a la bancarrota. A partir de ese momento cualquier actividad económica de los judíos quedó sometida a innumerables trabas especiales, a menudo diferentes según el lugar. En conjunto, los afectados debían llegar a la conclusión: ¡Vámonos de aquí, cueste lo que cueste! Los funcionarios de Hacienda y las oficinas de divisas aprovechaban cuanto podían las dificultades creadas por la política de Estado. Sirviéndose del «impuesto a los que huían del Reich» y de medidas cada vez más restrictivas para la exportación de divisas, acciones, sellos, joyas, oro, piedras preciosas, plata, obras de arte y antigüedades, el Estado alemán intentó enriquecerse; pero hasta entonces eran personas privadas las que arizaban empresas o bienes inmuebles, en unos casos de forma semivoluntaria, y en otros mediante acuerdos con los propietarios judíos sometidos al terror estatal y social. Los judíos podían hasta entonces disponer de sus seguros de vida y sus acciones, podían elegir dónde invertir su dinero. Hasta finales de 1937 no se puede hablar de un expolio sistemático, sino de una confiscación parcial cada vez mejor organizada y de corrupción privada, en la que participaban muchas decenas de miles de alemanes no judíos.
Las propiedades judías no comenzaron a estatalizarse sistemáticamente hasta 1938, pero a partir de entonces se hizo con un ímpetu irrefrenable. La anexión de Austria marcó el inicio del proceso.
Desde septiembre de 1939 las empresas alemanas debían oficialmente entregar al fisco sus ganancias suplementarias obtenidas en la guerra, según preveía el decreto sobre economía de guerra; sin embargo, el artículo correspondiente quedó prácticamente sin efecto hasta 1941, debido a las distintas posibilidades de eludir el impuesto. Eso se puede advertir en que las empresas no manifestaron hasta entonces ninguna necesidad de endeudamiento para la intensificación de su producción de guerra.
Para aumentar la eficacia recaudatoria, la responsabilidad del cobro de las ganancias suplementarias pasó el 1 de enero de 1941 de la oficina del comisario de precios al Ministerio de Finanzas del Reich, cuyos responsables redujeron considerablemente los límites inferior y medio para las ganancias suplementarias con el claro objetivo de lograr «un notable incremento de la contribución del llamado “capital anónimo” y de los ingresos realmente altos, que han aumentado sensiblemente desde que empezó la guerra».

Los soldados alemanes vaciaron literalmente las tiendas de Europa, enviando millones de paquetes postales desde el frente a Alemania. Los destinatarios eran sobre todo mujeres. Cuando se habla a las receptoras, hoy ancianas, de aquellos paquetes, todavía se les iluminan los ojos: zapatos de Africa del Norte, terciopelo, seda, licores y café de Francia, tabaco de Grecia, miel y tocino de Rusia, enormes cantidades de arenques de Noruega, por no hablar de los innumerables regalos desde Rumanía, Hungría e Italia.
Junto al saqueo individual de los países extranjeros había formas de rapiña organizadas, unas colectivas y otras orientadas sobre todo a la ganancia. En 1940-1941 los empleados de ferrocarriles llevaban regularmente sus vagones-correo desde Nuremberg a la estación fronteriza de Metz, donde los confiaban a sus colegas alemanes encargados de proseguir el viaje hasta París. De paso les entregaban también subrepticiamente vales de la RKK por valor de decenas de miles de RM para que les compraran «en París artículos escasos como café, té, cacao, chocolate, coñac, champán, vino, licores, vestidos, medias, etc».. Esos encargos regresaban en el mismo tren a Metz, y allí «los recogían los empleados del ferrocarril de Nuremberg y los trasladaban en los vagones de correo hasta Nuremberg, donde vendían la mayor parte de ellos a los empleados de correos».

A partir de 1940 el Ministerio de Finanzas del Reich aprovechó cuantas posibilidades se ponían a su alcance para embolsarse una parte considerable del salario de los trabajadores extranjeros desplazados a Alemania. Las empresas alemanas, por ejemplo, ingresaban en una cuenta de afectación del Estado alemán, la parte de los salarios de unos doscientos cincuenta mil trabajadores belgas destinada a sus familias; ese dinero quedaba así en la caja central del Reich, mientras que los parientes de los trabajadores recibían francos belgas del presupuesto de los costes de ocupación. Así pues, aunque los empresarios alemanes pagaban la tarifa salarial completa, la caja del Reich se quedaba —junto con los impuestos sobre el salario— con la parte que los trabajadores enviaban para el sustento de sus familiares, haciendo llegar a éstos el dinero en moneda belga en detrimento de la economía nacional belga.
Si se examinan los ingresos derivados del impuesto sobre el salario entre los años 1941 y 1945 se observa que una parte esencial proviene de fuentes extranjeras. Los beneficios extraídos por Daimler-Benz o Krupp de cada trabajador forzado no eran pequeños, ya que los empresarios pagaban a los trabajadores polacos y soviéticos entre un 15 y un 40 por 100 menos que a los alemanes; pero las ganancias que la comunidad nacional alemana, representada por su Estado, extraían de cada trabajador forzado del este de Europa eran sensiblemente más altas, ya que suponían entre el 60 y el 70 por 100 del salario pagado por las empresas.
Los recursos alimentarios de los países ocupados beneficiaban sobre todo a los soldados alemanes, que a su vez enviaban una parte no pequeña a sus familias. Otra parte, que aumentó considerablemente en 1942, era enviada al Reich para los trabajadores con tareas pesadas, las mujeres embarazadas, los ancianos y los bebés arios, así como para satisfacer duraderamente al «consumidor normal», esto es, al beneficiario de la cartilla de alimentación corriente, sin suplementos especiales.
El nivel de las raciones alimenticias y la distribución interna relativamente justa entre los alemanes reforzaba día tras día la confianza del pueblo en sus dirigentes. En febrero de 1945 las madres se quejaron a Berlín de que —por primera vez— no podían obtener regularmente leche entera. Las mujeres alemanas han recordado durante décadas después de la guerra, con un tono quejoso: «¡Durante la guerra no sufrimos hambre, todo funcionaba! ¡Fue después cuando todo empeoró!».
Si se pregunta quiénes fueron los principales beneficiarios de la arización, casi todo el mundo respondería, sin pensarlo dos veces: los banqueros y dirigentes de grandes corporaciones industriales. Las comisiones de investigación sobre el período nazi creadas a finales de la década de 1990 en muchos estados europeos y grandes empresas, constituidas por historiadores profesionales, han reforzado esa falsa impresión, ampliamente admitida. En la literatura especializada algo más matizada aparecen igualmente funcionarios nazis, de rango más o menos elevado, entre los favorecidos por la arización. Desde hace unos años se menciona también a gente corriente, alemanes y también polacos, checos o húngaros; gente que con frecuencia recibió propiedades «desjudaizadas» como recompensa por sus sucios servicios a la potencia ocupante.
Aunque fue mucho lo malvendido, el Tesoro público de algunos países europeos obtuvo considerables ganancias de la privatización. La expropiación y liquidación de los bienes patrimoniales judíos obedecía a un objetivo de política presupuestaria y constituía una medida de emergencia, no sólo en la Alemania de 1938, sino también, a continuación, en los países y regiones de la Europa sometida. Sólo así se puede entender adecuadamente la arización. Se trata pues de analizar un fenómeno de blanqueo de dinero a gran escala acometido en toda Europa en beneficio de Alemania, aunque en cada país cobrara una forma algo diferente. Conviene examinar algunos de los procedimientos de expropiación y verificar que siempre tienen el mismo destino: el presupuesto de guerra alemán. Así se pudieron cubrir determinados gastos. Los cálculos precisos siguen siendo difíciles, porque en muchos lugares los alemanes vincularon la estatalización de las propiedades judías a medidas de expropiación más genéricas dirigidas contra otros grupos de personas.

No se hablará de ese aspecto de la cooperación germano-griega en la deportación de los judíos, ya que es bien conocido; pero hay otro que hasta ahora ha permanecido oculto, tanto en la literatura popular sobre el Holocausto como en la científica: la liquidación conjunta de las propiedades de los deportados, o dicho de otra forma, la relación entre los enormes costes de ocupación que los alemanes impusieron a la Grecia vencida, y el intento de fortalecer la dracma griega con ayuda de la arización del oro de los judíos de Salónica, un total de doce toneladas. Los griegos y alemanes implicados en esa operación silenciaron obstinadamente después de la guerra la utilización en común del oro robado. Dejaron rastros falsos y ocultaron los verdaderos.
Los efectos del genocidio sobre la economía de mercado provenían en primer lugar del expolio total de las víctimas, que aumentó la oferta de bienes de consumo, especialmente de ropa, muebles y utensilios de cocina que se necesitaban urgentemente. Ese repentino aumento de la oferta —y no la presunta restricción del mercado negro— estabilizó los precios. A eso se añadió un segundo mecanismo económico igualmente simple: el desplazamiento de una parte a veces muy notable de la población de las ciudades disminuyó el número de compradores, de forma que junto al aumento de la oferta se produjo una caída de la demanda.
De hecho no eran los judíos quienes trapicheaban en el mercado negro y el estraperlo, sino los soldados y agentes de los servicios militares y civiles alemanes, que tras descoyuntar en toda Europa la estructura de los precios estaban viva y egoístamente interesados en atribuir a otros la responsabilidad de los daños.
En primer lugar que más de dos terceras partes de los ingresos de guerra alemanes se obtuvieron de la explotación de recursos extranjeros y de las «razas inferiores»; en segundo lugar, que el tercio restante se repartió entre las capas sociales alemanas de forma muy desigual: un tercio de los contribuyentes cargó con más de dos tercios de los costes de guerra asumidos por los ciudadanos alemanes, mientras que la gran mayoría se repartía el pequeño resto.
Si se confrontan las cargas tributarias de la guerra, por una parte del clásico trabajador asalariado y por otra de los empresarios, la diferencia es aún más clara.

De la técnica puramente especuladora de la financiación de guerra se deducía la necesidad de la victoria. El gobierno de Hitler no podía permitirse ningún compromiso, tenía que evitar por cualquier medio la derrota. Por eso apostó desde el primer día de la guerra por las «gigantescas capacidades que Alemania puede aprovechar en las regiones por ella ocupadas, sin tener que agotar su propio patrimonio».
En la propia Alemania el régimen nacionalsocialista compró su supervivencia con técnicas de política presupuestaria en un primer momento anodinas pero que pronto se convirtieron en criminales. Desde 1935 Hitler prohibió la publicación del presupuesto del Estado, precisamente porque su política funcionó siempre, y cada vez más a partir de 1936, sobre la base de la huida hacia adelante. De ahí brotaba la necesidad inmanente de la guerra y el expolio. La retórica constante del pueblo sin espacio, de las colonias y de la fama mundial, de la expansión hacia el Este, de los espacios económicos complementarios y de la «desjudaización» tenía siempre la misma finalidad: la perspectiva de una mejora sin esfuerzo y a corto plazo del bienestar común en Alemania.
En Alemania hubo, indudablemente, gran cantidad de escépticos. La mayoría de los que se dejaron arrastrar por el nacionalsocialismo lo hicieron sobre la base de puntos imprecisos del programa. Algunos siguieron al NSDAP porque la emprendía contra Francia, enemigo eterno de Alemania; otros, porque el joven Estado rompía decididamente con las ideas morales tradicionales. Algunos eclesiásticos católicos bendijeron las armas para la cruzada contra el bolchevismo pagano aunque se oponían a la confiscación de los bienes de la Iglesia y a los crímenes de la eutanasia; a la inversa, los Volksgenossen de sensibilidad socialista se entusiasmaron con las dimensiones anticlericales y antielitistas del socialismo nacional. Precisamente porque se apoyaba en afinidades parciales diversas, el seguimiento cargado de consecuencias de millones de alemanes, cada uno con sus propias motivaciones puntuales, pudo reformularse sin dificultad a posteriori como una «resistencia» desprovista de eficacia histórica.

Gotz Aly continues to bother his countrymen and in front of the mantra that many Germans chose to sing (I was one more victim, I did it out of fear, I did not want to, I did not know anything, etc.), Aly shows, with evidence and contrasted data, like the Germans They sold themselves (because that’s the word), and decided to enjoy their feasts, seized and plundered assets, and their happy Aryan life, while the rest of Europe was starving, miserable, was plundered and suffered the Nazi crimes.
A necessary and hard book about how a whole country sold its humanity and its dignity, in exchange for a life of comforts and whims.

German historian Götz Aly attracts attention of the reader to the frequently overlooked fact that the Holocaust for Nazi regime rather had not demographical or political goals, but fiscal ones. Jews were not simply relocated to ghettoes, sent to concentration camps, or killed. First and foremost of all, their property was confiscated, and Nazi Regime used the property and proceedings of selling it to finance its social programs and war efforts.
Real estate and liquid wealth of Jews (buildings, businesses, stocks, deposits, precious gems and metals, jewelry, garments, luxury items) was nationalized and legally treated as a credit to government trust funds which were put in charge of handling those assets. Involuntary “creditors” were separated from the control over their former funds and were given per diem allowance for everyday needs of about $1500 per week. Over time, when Jews disappeared in camps, their property was classified as “abandoned” and either was used as a guaranty of government bonds, or sold for quite low prices. Those who invested in buying this property effectively received indirect subsidies from the government. However poorer Germans received their benefits, too. Despite the low selling prices for the Jewish property, its sheer amount made the government to collect huge sums on the property liquidation sales. These funds were used for the social programs for all Germans and for building the Werhmacht’s war machine, which was used to get more and more European Jews and their wealth into reach of Nazi regime. These policies resulted into unprecedented support of the regime from all Germans.
As a result, 4 billion Reichsmark (or about $60 billion in the current equivalent) were confiscated from Jews from 1939 to the end of WWII. Considering that before the WWII a bit more than 200 thousand Jews were living in Germany, on an average $1.2 million were expropriated form every abstract Jewish family of 4 (2 adults and 2 children – from a simple reproduction estimate).
To take away Jewish property in the occupied and allied European countries Nazi regime had to jump through additional hoops. According to the Hague Convention, which Nazi Germany tried to comply formally, an occupying power could not have seized and sold property of the civilian population. However, these regulations did not extend over the local authorities of being occupied countries, and this loophole was used for confiscating property of the European Jews. Thus, because of these requisitions, in 1940 budget revenues of France has increased by 211%, Belgium – 200%, Holland – 180%, and Norway – 242%. In 1941 this revenue boom continued, and reached 125% in Belgium, 131% in Netherlands, and 100% in Serbia.
Of course lion share of this spoil was extracted from these countries by Germans, but ordinary people of the occupied and allied countries also directly and indirectly benefited from this big grab of Jewish property. Overall, during war years 20 billion Reichsmark (or about today’s $300 billion) worth property was extracted from the European Jews. Especially these money were needed to finance needs of the Eastern Front. Thus, campaign of 1942 which allowed Germans to reach Caucasus and Volga, as well as campaign of 1943 which ended in the giant battle of the armored armadas near Kursk, were indeed funded by “Jewish money”. However, in reality, contrary to conspirological theorists, “financiers” were doing that involuntarily, and in most cases posthumously (obliteration of the Jews – 4 million – peaked in 1941-42).
So, it was not the 6 million (or 9 million pre-WWII European Jews) which was the target number of Nazi policies. That number was only a means to reach the real target number of 24 billion confiscated Reichsmark ($360 billion in current equivalent), which is about one and a half times more than GDP of the state of Israel with its 8 million population, contemporary technology and work productivity, and a more than a half-century direct and indirect financial infusions from USA. Or, again, calculated per an abstract 4 member family, that target number was about $160 thousand confiscated from each European Jewish family.

For most young Germans National Socialism did not mean dictatorship, repression of the right of expression and oppression, but freedom and adventure. They saw in him an extension of the youth movement, a program against physical and spiritual aging. The twenty-somethings and thirties who gave the tone rose in 1935 full of contempt against the fainthearted. They saw themselves as modern men of action, anti-individualism. They made fun of “the little worries, since the great morning belongs to us”.
Those who took power in 1933 were students and recent graduates, among whom abounded the rebellious children of the old elites and young people with aplomb who had taken advantage of the social ascent promoted during the Republic by the social democracy. They surpassed the heterogeneity of their origin and origin in the romantic social utopia and at the same time technical and modern national socialism. They conceived themselves and their peers as the vanguard of a “young nation,” and branded their elders, scared and scared, as “graveyard vegetables,” and officials who were firm in their principles and had served for a long time. “Gentlemen affected by the calcification of the joints”. Disconnected from the present and turned towards the future, they developed their visions of a life that they imagined as the opposite of stagnation. The activists and the many curious or repressed sympathizers of the Nazi movement opposed the splendor of the present the splendid national dawn that was announced on the horizon.
The National Socialist leaders could not stand the jurists, career diplomats and staff officers, but allowed them to adapt partially, for their own benefit, to the times they were running. Among them we will have to repeatedly mention in the following chapters the officials of the Bank of the Reich and the ministries of Finance and Economics, astute men trained technically and politically in the Reich of the Kaiser or recruited as new forces during the first years of the Republic; many of them had participated as soldiers in the First World War. The same heterogeneity and wide biographical differences are observed in all the technical ministries, in the majority of the university faculties or in the private or (semi) state teams of experts, in economic research institutes, scientific societies, journal editorials and in the economics departments of the big banks.

Despite all their intolerance towards socialists, Jews and “perverts”, the Germans did not see Hitler – as one might retrospectively suppose – as an inflexible excluder, but as a great integrator. The peace treaties of Versailles and Saint Germain had strictly banned the confederation or state collaboration between Austria and Germany, something that most Germans and Austrians considered a profound injustice. However, in 1938 – specifically in March – the romantic nationalist dream of 1848 materialized with the incorporation [Anschluss] of Austria into the Reich, although the national state of Granada was not constituted as a Republic, but with the acclamation of the people.
The First World War left behind, in the political sensibility of the Germans, three very serious traumas: hunger, as a consequence of the British maritime blockade, the devaluation of money and the outbreak of civil war. In the war more than four hundred thousand people died of starvation, to which were added those that, due to scarcity, contracted incurable tuberculosis or were victims of other infectious diseases.
The first world war cost the German Reich a total of 160 billion marks. Despite the starting situation much better, compared to the Second World War the Reich was much worse funded. Whereas between September 1939 and September 1944, 50 per cent of the costs could be covered by current income – that share of coverage was considered lavish – in 1914-1918 it only covered 13.1%. 4 percent became “floating debt” -that is, it was paid through the issuance of bank notes-, and the remaining 62.1 percent was covered by long-term obligations subscribed by the German population. The nine war loans between 1914 and 1918 contributed to the State 98,200 million marks. Great Britain, on the other hand, paid 28 per cent of the expenses of the First World War with current revenues from taxes.
Together with the expenses included in the budget, both wars consumed a considerable part of the economic substance of the country: the stored reserves were exhausted, the machines, buildings, industrial facilities, means of transport and all kinds of infrastructures were used until the exhaustion, and the productive capacity of forests and fields was squeezed to the limit.
The war of 1914-1918 reduced the standard of living of the Germans by 65 per cent, approximately, and the majority of the population fell to the edge of the minimum for survival, something that the financial strategists of the Third Reich considered “very delicate”. This was described by a young economist in 1941: “As the facts show, it seems as if the limits of the bearable have been surpassed. The collapse of the domestic front was the price for the immediate strengthening of the external front. ” In the Third Reich, on the other hand, “there was no need to fear a similar reduction in the standard of living”.

How could that happen? How could Germans, from first to last, admit and commit unprecedented mass murder, especially that of European Jews? The hatred fomented by the State against all “inferiors”, against “Poles”, “Bolsheviks” and “Jews” was, of course, part of the previous conditions; but by itself it does not suppose an answer. During the decades before the Hitler government the Germans did not accumulate more resentment than the rest of the Europeans, their nationalism was no more racist than that of other nations. There was no exceptional German route leading to a possible relationship with Auschwitz. The view that special anti-Semitism and xenophobia, exterminators, had developed early on in Germany has no empirical basis.
On the basis of a powerful predatory and racial war, national socialism promoted equality and social promotion never before known in Germany. This made him both popular and criminal. The opulent material well-being and the indirect advantages of crime on a large scale, which everyone accepted with pleasure without anyone feeling individually responsible, consolidated the feeling that the Germans had of the goodness of their regime. And reciprocally, that is where the policy of extermination drew its energy, orienting itself towards the welfare of the people.

At the end of 1937 the frantic indebtedness hit a first limit. Thereafter the responsible officials of the Ministry of Finance operated continuously on the edge of the credit gaming ground, trying to discover / new resources to finance the debts of the State. In this situation his eyes fell on the properties of the Jews, who awarded without further ceremony the so-called “property of the people.” It was a very ideological concept of the time, used not only in Germany, which offered them the possibility of plundering “foreigners” and “enemies of the people”.
Until 1937 Jewish officials, businessmen, doctors and employees were victims of special laws. Many lost their jobs, their careers were interrupted, and hitherto prosperous companies went bankrupt. From that moment on, any economic activity of the Jews was subjected to innumerable special obstacles, often different depending on the place. On the whole, those affected had to come to the conclusion: Let’s get out of here, whatever the cost! Finance officials and foreign exchange offices took advantage of the difficulties created by State policy. Using the “tax on those fleeing the Reich” and increasingly restrictive measures for the export of foreign currency, stocks, seals, jewelry, gold, precious stones, silver, works of art and antiques, the German State tried to get rich; but until then they were private persons that arizaban companies or immovable property, in some cases of semivoluntary form, and in others by means of agreements with the Jewish proprietors subjected to the state and social terror. The Jews could until then have their life insurance and their shares, they could choose where to invest their money. Until the end of 1937, it is not possible to speak of a systematic plunder, but rather of a partial confiscation that is increasingly better organized and of private corruption, in which many tens of thousands of non-Jewish Germans participated.
The Jewish properties did not begin to be systematically systematized until 1938, but thereafter it was carried out with an irrepressible impetus. The annexation of Austria marked the beginning of the process.
The Jewish properties did not begin to be systematically systematized until 1938, but thereafter it was carried out with an irrepressible impetus. The annexation of Austria marked the beginning of the process.
From September of 1939 the German companies had to give officially to the treasury their supplementary gains obtained in the war, according to the decree on economy of war; however, the corresponding article was practically without effect until 1941, due to the different possibilities of avoiding the tax. This can be seen in the fact that until then the companies did not show any need for indebtedness to intensify their war production.
In order to increase the collection efficiency, responsibility for the collection of supplementary profits passed on January 1, 1941, from the office of the price commissioner to the Reich Ministry of Finance, the persons in charge of whom considerably reduced the lower and middle limits for the supplementary profits with the the clear objective of achieving “a notable increase in the contribution of the so-called” anonymous capital “and of really high income, which has increased appreciably since the war began”.

The German soldiers literally emptied the stores in Europe, sending millions of postal parcels from the front to Germany. The recipients were mostly women. When speaking to the receivers, now elderly, of those packages, their eyes still light up: shoes from North Africa, velvet, silk, liquors and coffee from France, tobacco from Greece, honey and bacon from Russia, huge quantities of Norwegian herring, not to mention the countless gifts from Romania, Hungary and Italy.
Along with the individual plundering of foreign countries, there were forms of predatory organized, some collective and others oriented mainly to profit. In 1940-1941 railroad employees regularly brought their freight cars from Nuremberg to the Metz border station, where they entrusted them to their German colleagues entrusted with continuing the journey to Paris. In passing, they also surreptitiously gave them RKK vouchers worth tens of thousands of RM to buy them “in Paris scarce items such as coffee, tea, cocoa, chocolate, cognac, champagne, wine, liquor, clothing, stockings, etc.” These commissions returned on the same train to Metz, and there “they were picked up by the railway employees of Nuremberg and transported in the mail carriages to Nuremberg, where most of them were sold to postal employees.”

Beginning in 1940, the Reich Ministry of Finance took advantage of all the possibilities available to pocket a considerable part of the salary of foreign workers displaced to Germany. The German companies, for example, entered into an account of affectation of the German State, the part of the salaries of some two hundred and fifty thousand Belgian workers destined for their families; that money was thus left in the central cash register of the Reich, while the relatives of the workers received Belgian francs from the budget of the costs of occupation. Thus, although the German employers paid the full wage rate, the Reich’s box remained – along with the taxes on the salary – with the part that the workers sent for the sustenance of their relatives, making them receive the money in currency Belgian to the detriment of the Belgian national economy.
If one examines the income derived from the tax on the salary between the years 1941 and 1945, it is observed that an essential part comes from foreign sources. The benefits extracted by Daimler-Benz or Krupp from each forced laborer were not small, since employers paid Polish and Soviet workers between 15 and 40 per cent less than Germans; but the profits that the German national community, represented by its State, extracted from each forced worker in Eastern Europe were significantly higher, since they accounted for between 60 and 70 per cent of the salary paid by the companies.
The food resources of the occupied countries mainly benefited the German soldiers, who in turn sent a non-small part to their families. Another part, which increased considerably in 1942, was sent to the Reich for heavy-duty workers, pregnant women, the elderly and Aryan babies, as well as to satisfy the “normal consumer” durably, that is, the beneficiary of the booklet. of current feeding, without special supplements.
The level of food rations and the relatively fair internal distribution among Germans reinforced day by day the people’s trust in their leaders. In February 1945 the mothers complained to Berlin that – for the first time – they could not regularly get whole milk. German women have remembered for decades after the war, with a complaining tone: “During the war we did not suffer from hunger, everything worked! It was later when everything got worse! ».
If you ask who were the main beneficiaries of arization, almost everyone would respond, without thinking twice: bankers and leaders of large industrial corporations. The commissions of investigation on the Nazi period created at the end of the decade of 1990 in many European states and great companies, constituted by professional historians, have reinforced that false impression, widely admitted. In the somewhat more nuanced specialized literature appear also Nazi officials, of more or less elevated rank, among those favored by Arization. For a few years, ordinary people have also been mentioned, Germans and also Poles, Czechs or Hungarians; people who often received “dejudated” properties as a reward for their dirty services to the occupying power.
Although much was sold, the public treasury of some European countries obtained considerable profits from privatization. The expropriation and liquidation of the Jewish patrimonial property obeyed an objective of budgetary policy and constituted an emergency measure, not only in the Germany of 1938, but also, then, in the countries and regions of the subjugated Europe. Only then can arization be adequately understood. It is therefore a matter of analyzing a phenomenon of money laundering on a large scale undertaken throughout Europe for the benefit of Germany, although in each country it will take a somewhat different form. It is convenient to examine some of the expropriation procedures and verify that they always have the same destiny: the German war budget. This way certain expenses could be covered. The precise calculations are still difficult, because in many places the Germans linked the stateization of Jewish properties to more generic expropriation measures directed against other groups of people.

This aspect of German-Greek cooperation in the deportation of Jews will not be discussed, as it is well known; but there is another that has remained hidden so far, both in the popular literature on the Holocaust and in the scientific: the joint liquidation of the properties of the deportees, or in other words, the relationship between the enormous costs of occupation that the Germans imposed the expired Greece, and the attempt to strengthen the Greek drachma with the help of gold arization of the Jews of Thessaloniki, a total of twelve tons. The Greeks and Germans involved in that operation stubbornly silenced after the war the common use of stolen gold. They left false traces and hid the true ones.
The effects of the genocide on the market economy came primarily from the total plundering of the victims, which increased the supply of consumer goods, especially clothing, furniture and kitchen utensils that were urgently needed. That sudden increase in supply – and not the presumed black market restriction – stabilized prices. To this was added a second, equally simple economic mechanism: the displacement of a sometimes very significant part of the population of the cities diminished the number of buyers, so that together with the increase in supply there was a fall in demand.
In fact, it was not the Jews who plunged into the black market and the black market, but the soldiers and agents of the German military and civil services, who after uncoordinated the structure of prices throughout Europe were alive and selfishly interested in attributing to others the responsibility for damages.
In the first place, more than two thirds of the German war revenues were obtained from the exploitation of foreign resources and from “inferior races”; secondly, that the remaining third was distributed among the German social strata in a very unequal manner: one third of the taxpayers charged more than two thirds of the war costs assumed by the German citizens, while the vast majority shared out the small rest.
If the tax burdens of war are confronted, on the one hand, by the classic salaried worker and on the other by employers, the difference is even clearer.

From the purely speculative technique of war financing, the need for victory was deduced. The Hitler government could not afford any compromise, had to avoid defeat by any means. That is why he bet from the first day of the war on the “gigantic capacities that Germany can take advantage of in the regions occupied by it, without having to exhaust its own patrimony”.
In Germany itself, the National Socialist regime bought its survival with budgetary policy techniques at first anodyne but soon became criminals. From 1935 Hitler prohibited the publication of the state budget, precisely because its policy always worked, and increasingly from 1936, on the basis of the flight forward. From there sprang the immanent need for war and plunder. The constant rhetoric of the people without space, of the colonies and of the world-wide fame, of the expansion towards the East, of the complementary economic spaces and of the “desjudaization” always had the same purpose: the perspective of an improvement without effort and short term of common welfare in Germany.
In Germany, there was undoubtedly a large number of skeptics. Most of those who let themselves be dragged by National Socialism did so on the basis of imprecise points of the program. Some followed the NSDAP because it was against France, Germany’s eternal enemy; others, because the young state decidedly broke with traditional moral ideas. Some Catholic ecclesiastics blessed the arms for the crusade against pagan Bolshevism although they opposed the confiscation of church property and the crimes of euthanasia; conversely, the Volksgenossen of socialist sensibility were enthusiastic about the anticlerical and anti-elitist dimensions of national socialism. Precisely because it was based on diverse partial affinities, the pursuit, loaded with consequences of millions of Germans, each with its own specific motivations, could be rephrased without hindrance as a “resistance” devoid of historical efficacy.

3 pensamientos en “La Utopía Nazi: Cómo Hitler Compró A Los Alemanes — Götz Aly / Hitler’s Beneficiaries: Plunder, Racial War, and the Nazi Welfare State by Götz Aly

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