Hijos De Nazis — Tania Crasnianski / Children of Nazis: The Sons and Daughters of Himmler, Göring, Höss, Mengele, and Others― Living with a Father’s Monstrous Legacy by Tania Crasnianski

Buen libro que relata, de manera amena y clara, la vida y la trayectoria privada y pública de los hijos de los sátrapas nazis. El libro es muy completo porque nos cuenta todo tipo de actitudes y estrategias de supervivencia de estas personas. Llama mucho la atención el sufrimiento de todos ellos, aunque hay algunos tan despreciables como sus padres, y otros que rozan la honestidad más brutal y descarnada. Todos padecen una herencia impuesta bestial.
Una gran labor de investigación. Con mucha profundidad psicológica. Llegas a entender los distorsionados mecanismos que pueden llevar a un ser humano a cometer atrocidades como las que hicieron los nazis.
Gran parte de cada sección está dedicada a la posición del padre en la jerarquía nazi y a la infancia de los niños. Me sorprendió lo completa que está registrada la relación padre-hijo. Está bien escrito y con notas al pie de página. Recomendaría esto a cualquier persona interesada en los mejores nazis como humanos y padres. Este libro contiene la información más detallada sobre sus vidas fuera del trabajo y cómo impactó a sus hijos. El libro no es horriblemente gráfico, por lo que es apropiado para lectores jóvenes y mayores. Educa sobre la dualidad del monstruo nazi y el padre solícito en algunos casos y en otros el distante disciplinario.

La mayoría de esos hijos viven o vivieron en Alemania. Algunos se convirtieron al catolicismo o al judaísmo, e incluso se hicieron sacerdotes o rabinos.
A veces, es difícil enfrentar la verdad y la realidad. Algunos prefieren respetar los secretos de familia, incluso cuando no los haya iniciado en ellos un pariente cercano. Y es muy claro que esos líderes nazis no tuvieron la valentía, ni la fuerza de revelarles a sus hijos las atrocidades que cometieron.
La mayoría de los hijos de dignatarios nazis no se cambiaron los apellidos, aunque estos les resultaran molestos. Algunos, como los hijos de Albert Speer o de Martin Bormann, llevan el mismo nombre de pila que sus padres. Matthias Göring, sobrino nieto de Hermann Göring, dice que le gusta su apellido; otros sostienen que el apellido que heredaron no tiene importancia. El hijo de Eichmann dijo: «Huir ante ese apellido no habría cambiado nada. Uno no puede escapar de su pasado». En cuanto a Gudrun Himmler y Edda Göring, están orgullosas de su patronímico y veneran a sus padres.

Gudrun Himmler siguió el ascenso de su papá con admiración. En agosto de 1943, escribió en su diario: «Papito ministro del Interior del Reich: estoy loca de alegría». ¡Qué papá tan prestigioso! En una carta enviada en julio de 1942, mientras se dirigía al campo de exterminio de Auschwitz para controlar la puesta en marcha de la Solución Final mediante el uso a gran escala del gas Zyklon B, Himmler le escribió a su esposa con el mayor desapego: «Parto hacia Auschwitz. Un beso. Tu Heini». En sus cartas, nunca daba detalles sobre sus viajes o sus actividades. Ni una palabra sobre el exterminio de las poblaciones judías. Se limitaba a escribir que tenía mucho trabajo y pesadas tareas que cumplir.
Gudrun casi no tenía compañeros para jugar. Su madre no se entendía ni con la familia de su marido, ni con la suya, con excepción de su hermana. Gudrun sufría por vivir aislada con una madre cada vez más irritable. Cuando sus primos, los hijos de Gebhard Himmler, el hermano mayor de Heinrich, fueron a vivir a la casa de ellos en Gmund, el conflicto entre su madre y su tía complicó sus relaciones.
¿Qué conciencia tenemos a los quince o veinte años de lo que nos rodea? Sin una visión de conjunto ni reservas, Gudrun adoraba a ese padre cariñoso que, por su parte, estuvo convencido, hasta el final, de haber sido una persona moral. Solo la concepción específica del nazismo, basada en la idea central de una desigualdad absoluta entre los seres humanos, les permitió a esos hombres considerarse a sí mismos morales, mientras despreciaban la moral universal. Pero cuando Gudrun descubrió las atrocidades de su padre, ya no pudo reivindicar la moral particular del Tercer Reich.
Estaba íntimamente persuadida de que algún día aparecerán elementos para exculparlo. Las pruebas irrefutables que le presentan no son suficientes para ella. El particular vínculo que mantenía con su padre explica su ceguera. Es difícil tener sobre esto una posición definitiva, porque ella siempre se negó a expresarse en forma directa.
En el caso de los hijos, las defensas mentales son, en efecto, muy fuertes. Gudrun Himmler siempre se caracterizó por su total falta de perspectiva frente a la figura paterna y por su papel activo en la supervivencia de la ideología nacionalsocialista. Su adhesión y su contribución a la ideología nazi es una forma de rendir homenaje a la memoria de su padre.

Para Edda, como para Gudrun Himmler, el único responsable de todo fue Hitler. Göring sigue siendo para su hija «un padre magnífico». «Mi padre no era un fanático. Podía leerse la paz en sus ojos… Lo amé mucho y se veía que él me amaba». Siempre reivindicó su apellido, que usa con orgullo. Considera que, en realidad, le da ventajas, especialmente en sus viajes, porque al conocer su apellido le presentan a importantes personalidades locales.
Existen perturbadoras semejanzas entre la hija de Himmler, el cerrado burócrata, iniciador de la Solución Final, y la de Göring, el Nerón del nazismo. Ambas siguieron adorando a sus padres, negaron sus crímenes y viven o vivieron la posguerra en Múnich, en casas museo consagradas a la gloria paterna. Otro punto en común: como Edda, Gudrun Himmler siempre evitó todo contacto con los periodistas. Un gran reportero del diario Le Monde relató así sus intentos para entrevistar a la hija de Göring en los años noventa. Esta atendió el teléfono con firmeza: «Habla Edda Göring». Cuando se enteró del objeto de la llamada, que era una investigación sobre la memoria de la Shoah, Edda respondió en forma tajante: «No doy entrevistas». Sin embargo, le pareció importante aclarar: «Nunca tuve problemas con mi apellido; al contrario, es un orgullo. Mi padre sigue siendo popular en Alemania. A los medios no les gusta decirlo, pero no reflejan la opinión pública. El gobierno bávaro nos ha hecho sufrir a mi madre y a mí, pero el pueblo siempre nos apoyó».
En cuanto a Edda Göring, no se aparta de su línea de conducta. En 2015, a los setenta y seis años, presentó una demanda contra el Parlamento bávaro para obtener la restitución de una parte de los bienes y haberes confiscados a su padre después de la Segunda Guerra Mundial. Su acción fue inmediatamente desestimada.

Wolf Rüdiger Hess jamás aceptó la condena de su padre. Siempre lo idealizó y nunca dejó de considerarlo un mensajero de la paz. Para él, las leyes raciales de Núremberg de 1935, uno de cuyos principales firmantes había sido su padre, no eran más que la traducción al alemán de la voluntad de los judíos ortodoxos de vivir separados de las otras confesiones. Esas leyes no serían malas en sí mismas: lo criticable era cómo las habían utilizado ciertos nazis.
Orgulloso de su padre, Wolf Rüdiger decía que su apellido nunca había sido para él una maldición, sino todo lo contrario. Como Edda Göring, creía que en realidad le servía, porque la gente había amado y seguía amando a su padre. A su juicio, Rudolf Hess era la conciencia del Partido y su largo cautiverio no había hecho más que aumentar la simpatía de los alemanes hacia él.
Como Gudrun Himmler o Edda Göring, Wolf Rüdiger Hess dedicó su vida a la defensa de su padre, erigido al rango de mártir. Otros hijos, en cambio, se han llenado de odio al enterarse de la verdad. Fue el caso del hijo del gobernador general de Polonia, Niklas Frank, cuyo padre había sido condenado a muerte.
Para Wolf Rüdiger Hess, el hijo de Frank era un caso clínico: su odio hacia su padre le parecía simplemente indigno. A la inversa, Niklas Frank compadecía a Wolf Rüdiger Hess, cuya vida había quedado aplastada bajo el peso de su padre, encarcelado de por vida. Sobre la cadena perpetua de Rudolf Hess, Niklas Frank dijo que «en este aspecto, la carga que debió soportar el hijo de Hess fue peor que la mía: su destino fue mucho más pesado».

Martin Adolf Bormann encontró una primera explicación sobre la adhesión de su padre al nacionalsocialismo, cuando se enteró de que este había huido de su hogar a los quince años porque ya no soportaba las humillaciones de su padrastro y su religiosidad intransigente. Encontró un argumento en la competencia ideológica entre el nacionalsocialismo y el cristianismo. Para su padre, la influencia de la Iglesia en la población era una provocación manifiesta, a la que había que ponerle fin.
«Mi peso del silencio era completamente distinto —dijo Martin Adolf Bormann—. Yo tuve que guardar silencio, callarme, por miedo justificado o injustificado de ser descubierto y perseguido como hijo de mi padre y de que me acusaran de todos los crímenes cometidos por el régimen nazi: crímenes que conocí después. Con mis padres, nunca tuve la oportunidad de hablar del pasado y de la responsabilidad que ellos tuvieron en ese pasado».

Rainer Höss, hijo de Hans-Jürgen, el segundo hijo varón de Rudolf Höss, descubrió a los doce años que su abuelo era uno «de los peores asesinos de masas de la historia». Eso trastornó irremediablemente su vida.
En cuanto a su padre, permaneció fiel a los ideales del suyo. Rainer Höss lo calificaba como un dictador violento y antisemita. Al igual que su hermana Brigitte, Hans-Jürgen nunca quiso hablarle a su hijo de ese pesado secreto. Cada vez que este último intentaba interrogarlo, se cerraba por completo. Rainer se enteró de la historia de su familia de un modo brutal, cuando el jardinero del internado en el que se encontraba como pupilo, sobreviviente de Auschwitz, lo golpeó violentamente al saber quién había sido su abuelo. «Me pegó porque proyectó en mí todos los sufrimientos que debió soportar —explicó Rainer—. Un Höss siempre es un Höss, sea uno el abuelo o el nieto: un culpable es un culpable».
Si su abuelo era un criminal de masas, no podía menos que sentir vergüenza y tristeza. Su familia lo consideró un traidor y no quiso oír hablar más de él. Dejó de tener contacto con ella en 1985.
Hay que señalar, sin embargo, que Rainer Höss es un personaje controvertido, a quien se le reprocha su macabro oportunismo mercantil. Al parecer, quiso vender a Yad Vashem algunos elementos pertenecientes a Rudolf Höss. En una misiva breve y sucinta, ofreció sin escrúpulos algunos de los bienes de su abuelo. La misiva decía lo siguiente: «Objetos especiales, Auschwitz Commander Höss. Hay algunos bienes personales de Rudolf Höss, el comandante de Auschwitz: una gran caja resistente al fuego con las insignias oficiales, obsequio de Heinrich Himmler, el comandante de la SS, que pesa 50 kg…

Algunos de los hijos de Speer dicen haber reprimido todos sus recuerdos asociados a Adolf Hitler. No quieren admitir ese estrecho contacto con un hombre del que Hilde Speer, la preferida de su padre, dice que le «repugna». Ella se niega a recordarlo, a pesar de que lo había apreciado durante su infancia. Muchas fotos la muestran sosteniendo la mano del Führer, con su pequeña falda blanca y flores en la cabellera. Ella no lo recuerda o no quiere recordarlo. Negación o decisión de seguir adelante: es imposible decirlo.
Hilde se licenció en sociología e intervino en política. Durante un tiempo estuvo cerca de uno de los dirigentes de los Verdes en Alemania y luego fue vicepresidenta del consejo municipal de Berlín. En 2004, Hilde Schramm (su apellido de casada) obtuvo el premio Moses Mendelssohn por la tolerancia y la reconciliación entre las religiones y los pueblos, por la totalidad de su obra.
Margret, la hija menor de Albert Speer, es fotógrafa y madre de cuatro hijos. Se casó muy joven y no usa el apellido Speer desde hace mucho tiempo.

Rolf no cree que los genes puedan transmitir la crueldad como herencia. Con el propósito de terminar para siempre con ese pasado, y por el bien de sus hijos, decidió cambiarse el apellido. En los años ochenta, adoptó el de su esposa y se instaló como abogado en Múnich.
Rolf consideró que sus tres hijos merecían crecer sin tener que responder por los actos de su abuelo. Les debía la verdad y una vida libre de esa carga. En su caso, el único interés de esa herencia era la obligación de pensar en la esencia misma de la vida y en el conflicto entre el bien y el mal. Su destino era ser el hijo de Josef Mengele y soportar sus inconvenientes. No pudo intervenir en política, ni conocer oficialmente las razones por las cuales algunas personas, comerciantes judíos o víctimas de guerra, no quisieron trabajar con él.
Rolf Mengele es el único descendiente de este libro que ignoró la identidad de su padre durante tantos años y que lo pudo interrogar sobre su participación en la maquinaria de la muerte. Tal confrontación resultó estéril, porque Josef Mengele siguió convencido de sus ideales, sostuvo que no era el instigador de la abominación e incluso aseguró que había contribuido a salvar vidas. Sin embargo, Rolf no pudo ni quiso traicionarlo, ni siquiera después de su muerte, aunque, para proteger a su propia descendencia, decidió tomar distancia de ese apellido: Mengele.

En Alemania, hubo que esperar la llegada del canciller Helmut Kohl, la generación de los que no habían vivido la guerra y la era de la unidad nacional con la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989, para revisar y explorar plenamente el pasado. Solo tras la reunificación entre Alemania Occidental y Alemania Oriental, todo el país aceptó asumir la culpa, que durante un tiempo se circunscribió a los actores principales del horror nazi.
Pero es fundamental llevar a cabo una transmisión completa de la memoria del nazismo. El horror puede reproducirse bajo una forma diferente: lo demuestra el surgimiento de nuevos extremismos. Hitler no volverá, pero bien podrían ocurrir hechos parecidos a los que permitieron su advenimiento.

Good book that tells, in a pleasant and clear way, the life and the private and public trajectory of the children of the Nazi satraps. The book is very complete because it tells us all kinds of attitudes and survival strategies of these people. The suffering of all of them attracts a lot of attention, although there are some as despicable as their parents, and others who touch the most brutal and naked honesty. All suffer from a beastly imposed inheritance.
A great research work. With a lot of psychological depth. You come to understand the distorted mechanisms that can lead a human being to commit atrocities like the ones the Nazis did.
Much of each section is dedicated to the father’s position in the nazi hierarchy and to the childhoods of the children. I was amazed by how complete the father child relationship is recorded. This is well written, and footnoted. I would recommend this to anyone interested in the top nazis as humans and fathers. This book has the most detail on their lives outside the job and how it impacted their children. The book is not horribly graphic so is appropriate for young adult and older readers. It educates on the duality of the monster nazi and the caring father in some cases and in others the distant disciplinarian.

The majority of those children live or lived in Germany. Some converted to Catholicism or Judaism, and even became priests or rabbis.
Sometimes, it is difficult to face the truth and the reality. Some prefer to respect family secrets, even when they have not been initiated by a close relative. And it is very clear that those Nazi leaders did not have the courage, nor the strength to reveal to their children the atrocities they committed.
Most of the sons of Nazi dignitaries did not change their surnames, even if they were annoying. Some, like the children of Albert Speer or Martin Bormann, have the same first name as their parents. Matthias Göring, nephew of Hermann Göring, says he likes his last name; others maintain that the surname they inherited does not matter. Eichmann’s son said: “Fleeing before that last name would not have changed anything. One can not escape from his past ». As for Gudrun Himmler and Edda Göring, they are proud of their patronymic and venerate their parents.

Gudrun Himmler followed his father’s rise with admiration. In August 1943, he wrote in his diary: “Daddy Minister of the Interior of the Reich: I am crazy with joy.” What a prestigious dad! In a letter sent in July 1942, while on his way to the Auschwitz extermination camp to control the start-up of the Final Solution by the large-scale use of the Zyklon B gas, Himmler wrote to his wife with the greatest detachment: «I’m leaving for Auschwitz. A kiss. Your Heini ». In his letters, he never gave details about his trips or his activities. Not a word about the extermination of Jewish populations. He limited himself to writing that he had a lot of work and heavy tasks to accomplish.
Gudrun had almost no companions to play with. Her mother could not understand her husband’s family, or her own, except her sister. Gudrun suffered from living isolated with an increasingly irritable mother. When their cousins, the children of Gebhard Himmler, Heinrich’s older brother, went to live at their home in Gmund, the conflict between their mother and aunt complicated their relationships.
What conscience do we have at fifteen or twenty years of what surrounds us? Without a vision of set or reservations, Gudrun adored that loving father who, for his part, was convinced, until the end, to have been a moral person. Only the specific conception of Nazism, based on the central idea of ​​an absolute inequality between human beings, allowed these men to consider themselves moral, while they despised universal morality. But when Gudrun discovered the atrocities of his father, he could no longer claim the particular morality of the Third Reich.
I was intimately persuaded that some day elements will appear to exculpate him. The irrefutable evidence presented to her is not enough for her. The particular bond he maintained with his father explains his blindness. It is difficult to have a definitive position on this, because she always refused to express herself directly.
In the case of children, mental defenses are, in effect, very strong. Gudrun Himmler was always characterized by his total lack of perspective in front of the father figure and by his active role in the survival of the National Socialist ideology. His adhesion and contribution to the Nazi ideology is a way of paying homage to his father’s memory.

For Edda, as for Gudrun Himmler, the only responsible for everything was Hitler. Göring remains for his daughter “a magnificent father.” «My father was not a fanatic. He could read the peace in his eyes … I loved him a lot and it was clear that he loved me ». He always claimed his last name, which he uses with pride. He considers that, in fact, it gives him advantages, especially in his trips, because when he knows his surname he is introduced to important local personalities.
There are disturbing similarities between the daughter of Himmler, the closed bureaucrat, initiator of the Final Solution, and that of Göring, the Nero of Nazism. Both continued to adore their parents, denied their crimes and live or lived post-war in Munich, in museum houses consecrated to the paternal glory. Another point in common: like Edda, Gudrun Himmler always avoided all contact with journalists. A great reporter of the newspaper Le Monde related his attempts to interview Göring’s daughter in the nineties. She answered the phone firmly: “Talk Edda Göring.” When she heard the object of the call, which was an investigation into the memory of the Shoah, Edda answered sharply: “I do not give interviews.” However, it seemed important to clarify: “I never had problems with my last name; on the contrary, it is a pride. My father is still popular in Germany. The media does not like to say it, but it does not reflect public opinion. The Bavarian government has made my mother and me suffer, but the people have always supported us”.
As for Edda Göring, she does not deviate from her line of conduct. In 2015, at the age of seventy-six, he filed a lawsuit against the Bavarian Parliament to obtain the restitution of a portion of the property and assets confiscated from his father after the Second World War. His action was immediately dismissed.

Wolf Rüdiger Hess never accepted his father’s conviction. He always idealized it and never stopped considering it a messenger of peace. For him, the racial laws of Nuremberg in 1935, one of whose main signatories had been his father, were nothing more than the translation into German of the will of the Orthodox Jews to live apart from the other confessions. These laws would not be bad in themselves: what was criticized was how certain Nazis had used them.
Proud of his father, Wolf Rüdiger said that his last name had never been a curse for him, quite the contrary. Like Edda Göring, he believed that it really served him, because people had loved and still loved their father. In his opinion, Rudolf Hess was the conscience of the Party and his long captivity had only increased the sympathy of the Germans towards him.
Like Gudrun Himmler or Edda Göring, Wolf Rüdiger Hess dedicated his life to the defense of his father, raised to the rank of martyr. Other children, on the other hand, have become filled with hatred when they learn the truth. It was the case of the son of the governor general of Poland, Niklas Frank, whose father had been condemned to death.
For Wolf Rüdiger Hess, Frank’s son was a clinical case: his hatred of his father seemed simply unworthy. Conversely, Niklas Frank sympathized with Wolf Rüdiger Hess, whose life had been crushed under the weight of his father, imprisoned for life. On the life imprisonment of Rudolf Hess, Niklas Frank said that “in this aspect, the burden that Hess’s son had to endure was worse than mine: his fate was much heavier”.

Martin Adolf Bormann found a first explanation of his father’s adherence to National Socialism, when he learned that he had fled his home at the age of fifteen because he could no longer bear the humiliations of his stepfather and his intransigent religiosity. He found an argument in the ideological competition between National Socialism and Christianity. For his father, the influence of the Church in the population was a manifest provocation, which had to end.
“My weight of silence was completely different,” said Martin Adolf Bormann. I had to keep quiet, to be silent, out of justified or unjustified fear of being discovered and persecuted as the son of my father and of being accused of all the crimes committed by the Nazi regime: crimes that I knew later. With my parents, I never had the opportunity to talk about the past and the responsibility they had in that past ».

Rainer Höss, son of Hans-Jürgen, the second son of Rudolf Höss, discovered at the age of twelve that his grandfather was one of “the worst mass murderers in history.” That irremediably disrupted his life.
As for his father, he remained faithful to the ideals of his. Rainer Höss described him as a violent and anti-Semitic dictator. Like his sister Brigitte, Hans-Jürgen never wanted to tell his son about that heavy secret. Each time the latter tried to interrogate him, it closed completely. Rainer learned about his family’s history in a brutal way, when the gardener of the boarding school in which he was staying as a pupil, survivor of Auschwitz, beat him violently when he learned who his grandfather had been. “He hit me because he projected on me all the sufferings he had to endure,” explained Rainer. A Höss is always a Höss, be it the grandfather or the grandson: a guilty person is a culprit ».
If his grandfather was a mass criminal, he could not help but feel shame and sadness. His family considered him a traitor and did not want to hear about him anymore. He stopped having contact with her in 1985.
It should be noted, however, that Rainer Höss is a controversial character, who is reproached for his macabre mercantile opportunism. Apparently, he wanted to sell to Yad Vashem some items belonging to Rudolf Höss. In a brief and succinct letter, he offered unscrupulously some of his grandfather’s property. The letter read as follows: “Special objects, Auschwitz Commander Höss. There are some personal belongings of Rudolf Höss, the commander of Auschwitz: a large fire-resistant box with official insignia, a gift from Heinrich Himmler, the commander of the SS, who weighs 50 kg …

Some of Speer’s children claim to have repressed all their memories associated with Adolf Hitler. They do not want to admit that close contact with a man that Hilde Speer, his father’s favorite, says he “disgusts.” She refuses to remember it, even though she had appreciated it during her childhood. Many photos show her holding the Führer’s hand, with her little white skirt and flowers on her hair. She does not remember it or does not want to remember it. Denial or decision to move forward: it is impossible to say.
Hilde graduated in sociology and intervened in politics. For a while she was close to one of the Green leaders in Germany and then vice president of the Berlin city council. In 2004, Hilde Schramm (her married name) won the Moses Mendelssohn Prize for tolerance and reconciliation between religions and peoples, for the totality of her work.
Margret, the youngest daughter of Albert Speer, is a photographer and mother of four children. He got married very young and does not use the Speer name for a long time.

Rolf does not believe that genes can transmit cruelty as an inheritance. In order to end forever with that past, and for the sake of his children, he decided to change his name. In the eighties, he adopted his wife’s and settled in as a lawyer in Munich.
Rolf considered that his three children deserved to grow up without having to answer for the acts of his grandfather. He owed them the truth and a life free of that burden. In his case, the only interest of that inheritance was the obligation to think about the very essence of life and the conflict between good and evil. His destiny was to be the son of Josef Mengele and endure their inconveniences. He could not intervene in politics, nor officially know the reasons why some people, Jewish merchants or victims of war, did not want to work with him.
Rolf Mengele is the only descendant of this book who ignored the identity of his father for so many years and who could question him about his participation in the machinery of death. Such a confrontation proved sterile, because Josef Mengele remained convinced of his ideals, maintained that he was not the instigator of the abomination and even claimed that he had contributed to saving lives. However, Rolf could not and did not want to betray him, even after his death, although, to protect his own offspring, he decided to distance himself from that surname: Mengele.

In Germany, we had to wait for the arrival of Chancellor Helmut Kohl, the generation of those who had not lived through the war and the era of national unity with the fall of the Berlin Wall on November 9, 1989, to review and fully explore the past. Only after the reunification between West Germany and East Germany, the entire country agreed to take the blame, which for a time was circumscribed to the main actors of the Nazi horror.
But it is essential to carry out a complete transmission of the memory of Nazism. Horror can be reproduced under a different form: the emergence of new extremists demonstrates it. Hitler will not return, but events similar to those that allowed his advent could happen.

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