Comediantes Y Mártires. Ensayo Contra Los Mitos — Juan José Sebreli / Comedians and Martyrs. Essay Against Myths by Juan José Sebreli (spanish book edition)

Me parecen muy interesantes los libros de este filósofo, historiador argentino y que nunca me defrauda.

La palabra mito impregna el habla de los medios de comunicación, las ciencias sociales, el arte, la literatura y la conversación del hombre común; se la utiliza en muchos casos sin conocer su significado preciso o se lo deforma para fines particulares. Varios factores han contribuido al uso abusivo de este concepto en la época actual. El auge académico de la antropología de orientación estructuralista, con su énfasis en las sociedades primitivas, ha elaborado un mito del mito. El psicoanálisis freudiano lo rescató como referente de las neurosis, pero Jung fue mucho más allá y lo reconoció como un arquetipo eterno que revelaba un mundo invisible. El apogeo de los esoterismos y ocultismos también aportó al reverdecimiento de la mitología. La vanguardia, en especial el surrealismo, tomó los mitos como tema recurrente. La filosofía irracionalista en boga en ciertos círculos regresó al romanticismo antiilustrado y antimoderno que postulaba el mito como una verdad más profunda que la realidad histórica.
La cultura industrial de masas a través de los medios de comunicación, incluido internet, auspició el nacimiento de nuevos mitos. Todo personaje —o evento de actualidad—, aunque carezca de entidad y sea ética o estéticamente desdeñable, es susceptible de ser transformado en mito.
Finalmente, la creencia en los mitos se convirtió en una moda cultural y, en consecuencia, sectaria e inmune a la crítica, aunque también, como toda moda, revela algunos rasgos del hombre contemporáneo.
El retorno del mito y de los héroes míticos es recibido por los posmodernos como el signo del fin del mundo moderno, la pérdida de la fe en la razón, la ciencia y la idea de progreso. Puede interpretarse, sin embargo, como una manifestación de la decadencia de las religiones tradicionales y el regreso a la magia.

La búsqueda de la verdad objetiva en la ciencia y el pensamiento racional obliga a la verificación del resultado obtenido y la coincidencia de éste con la realidad; la crítica es inherente al conocimiento científico. El mito, en cambio, es una forma de verdad irrefutable y definitiva por ser inseparable de la simbología que le dio origen, y por eso no verificable ni rebatible.
Las teorías científicas son universales; los mitos, en cambio, dependen de una comunidad de creyentes que los fundamentan en los mandatos del sentimiento —deseos, temores, amores y odios, ilusiones y desilusiones, fantasías y sueños— ajenos a la racionalidad.
La vigencia de estos santos populares estaba limitada hasta hace unos años a las clases bajas y eran considerados por otras clases como una muestra de barbarie; hoy, debido a la influencia intelectual de lo irracional y también al esnobismo, se han plegado a su culto las clases altas y la gente del espectáculo.
La Iglesia católica, de acuerdo con el dogma, debería combatir esos cultos como idolatría pagana, sobre todo porque, en muchos casos, los personajes idolatrados fueron criminales y sus vidas no son ejemplares ni dignas de hagiografías. Sin embargo, por impotencia o por oportunismo, ha terminado por tolerarlos, y una parte del clero latinoamericano los defiende por convicción. La propia Iglesia salió a competir, aceptando costumbres supersticiosas como el culto a san Cayetano, convertido en un santón milagrero, al que se agregó san Expedito, que soluciona las causas urgentes…
Cuando las creencias míticas se entremezclan con la política, el resultado no puede ser sino el fanatismo y el rechazo, con frecuencia violento, de aquel que ponga en duda su cerrado e invulnerable universo.

Los mitos modernos, al contrario, se refieren a personajes reales y contemporáneos que no siempre han realizado hazañas dignas de mención. Los acontecimientos de sus vidas son de una veracidad tan borrosa como los de las hagiografías de los santos o los cantares de gesta de los héroes. La mitificación exige hoy un grado mayor de imaginación y de negación de la realidad, pues debe confrontar la historia verídica del personaje vivo, o recientemente desaparecido, y la documentación sobre su vida real. No es fácil ocultar la falta de sentido ético en algunos de los ídolos modernos. Los criterios estéticos que valoran lo feo, lo monstruoso y decadente, han contribuido a aceptar los mitos más estrafalarios.
Los mitos modernos, al contrario, se refieren a personajes reales y contemporáneos que no siempre han realizado hazañas dignas de mención. Los acontecimientos de sus vidas son de una veracidad tan borrosa como los de las hagiografías de los santos o los cantares de gesta de los héroes. La mitificación exige hoy un grado mayor de imaginación y de negación de la realidad, pues debe confrontar la historia verídica del personaje vivo, o recientemente desaparecido, y la documentación sobre su vida real. No es fácil ocultar la falta de sentido ético en algunos de los ídolos modernos. Los criterios estéticos que valoran lo feo, lo monstruoso y decadente, han contribuido a aceptar los mitos más estrafalarios.

El mito es un espacio vacío que puede ser ocupado por los más diversos significados. Éstos irán variando con el paso del tiempo. Los adoradores de los ídolos encuentran en ellos algo diferente de lo que fueron o de los que ellos mismos hubieran querido ser. Todos los personajes míticos tienen distintos significados para diferentes adoradores y el ídolo reúne en su personalidad una pluralidad de aspectos, aun algunos opuestos.
En el mundo moderno, los personajes carismáticos —los políticos o los provenientes de la cultura de masas— no son del todo espontáneos ni sus dotes son siempre innatas. En su divulgación hay mucho de artificio: se usan técnicas de persuasión, métodos de coerción psicológica y de propaganda similar a la empleada en la venta de mercancía.
Los mitos de nuestro tiempo derivan, por una parte, de la manipulación industrial de la cultura de masas y, por otra, de la manipulación política, llevada al extremo por los líderes de movimientos totalitarios. Los festivales de rock y los grandes actos deportivos, con sus ídolos venerados, tienen puntos en común con los actos masivos de los sistemas totalitarios, aunque estén vacíos de todo contenido ideológico.
Hay todavía otro factor no menos importante: el azar. ¿Qué hubiera sido de Evita sin el encuentro casual con Perón? Una actriz de segundo orden que nunca hubiera llegado al estrellato. ¿Qué hubiera sido del Che sin el encuentro, asimismo casual, con Fidel Castro? Probablemente, un arqueólogo, un médico especialista en lepra o tal vez un escritor.

El mito es un proceso maniqueo de divinización y demonización y, a veces, ambas cualidades se unen en un mismo individuo. Los ídolos populares, como los héroes mitológicos, tienen dos rostros: uno lumínico, otro tenebroso; oscilan siempre entre lo sagrado y lo impuro: dioses y demonios que provocan todo el amor y todo el odio. Gardel era la voz del pueblo, el cantor nacional y también el lumpen y el gigoló; Evita, la protectora de los pobres y la fanática perseguidora, la «dama de la esperanza» y «la mujer del látigo»; el Che, el luchador por un mundo mejor y el delirante que se sacrificaba a sí mismo y a los demás en aventuras absurdas; Maradona, el jugador más grande y, a la vez, el dopado, el tramposo.
Los cuatro iconos tienen algunos rasgos en común y otros diferentes. Se los ha tratado de vincular forzadamente en la ópera rock: el Che, que había sido antiperonista, aparece involucrado con Evita. El caudillo populista Hugo Chávez hizo levantar en una misma plaza de Caracas los monumentos de Evita y el Che. Maradona lleva la figura del Che tatuada en el brazo, y se lo llamó “el Che Guevara del fútbol” y «la Evita de los ochenta». Antonio Lobo Antunes decía que el «Che es el Gardel de la revolución».

El Gardel artista, que ocupa un lugar excepcional en la historia de la música popular porque fijó el canon del cantor de tango, debe separarse del mito gardeliano inventado en parte por él mismo, pero sobre todo después de su muerte, por la industria cultural y reafirmado por los intelectuales populistas con su culto a los ídolos populares. Un elemento de los mitos es estar rodeado de misterio y tener un origen desconocido. Gardel cumplió con esos requisitos.
Desde el punto de vista musical, el tango fue una mixtura de diversas fuentes internacionales: tango andaluz, habanera caribeña, canzoneta napolitana, candombe negro y danzas centroeuropeas de salón, mazurca polaca y polca húngara; en el tango romanza había ecos de vals boston y de chanson francesa.
Acerca de las fuentes andaluzas y gitanas del ritmo del dos por cuatro, se sabe que los primeros inmigrantes de Buenos Aires en tiempos de la Colonia procedían del puerto de Cádiz y que la típica tonada del habla porteña se asemeja a la andaluza. El mismo lunfardo estaba inficionado por palabras del caló gitano andaluz. Por haber resucitado en el tango una antigua danza gaditana, el académico francés Jean Richepin llamó a Buenos Aires la «nueva Cádiz americana».
Su secreta vida sexual era un aspecto más del misterio que rodeaba al tango, un mundo machista, misógino y homófobo que ocultaba a veces una homosexualidad reprimida. Es significativo que el tango se bailara entre varones al son de un organito en las esquinas del suburbio. Los cafés donde se iba a escuchar el tango era un mundo de varones solos, lo que permite suponer cierto ambiente de homosexualidad latente, tanto más reprimida cuanto más obsesivas eran las manifestaciones de homofobia.
La inmigración, con sus características de promiscuidad, desarraigo y soledad, había perturbado, en el cambio de siglo, las costumbres domésticas de la sociedad patriarcal, y proliferaron la prostitución y el proxenetismo.

El mito peronista caía en el error simétricamente opuesto: silenciaba su infancia y su época de actriz y comenzaba su biografía en 1944, ocultando así los datos de sus orígenes y negando que la psicología integra, de algún modo, toda ideología política. El personaje de Evita es ideal para recurrir a cualquiera de esas desviaciones interpretativas. Conoció desde pequeña los sentimientos de desarraigo y de marginación que configurarían rasgos de su identidad y marcarían, en parte, su futuro derrotero artístico y político.
Era común en las comunidades rurales que el rico del pueblo tuviera una segunda familia ilegítima. No obstante, para los prejuicios de un pueblo chico, la pobreza y la condición de hijo natural —en el caso de Evita, además, adulterina y ni siquiera reconocida— significaban un estigma.
Es curioso cómo peronistas y antiperonistas coincidieron, según fuera para alabarla o atacarla, en la concepción tradicionalista de la mujer: los peronistas afirmaban que ella la encarnaba cabalmente y los antiperonistas decían, por el contrario, que había repudiado su feminidad por la libertad sexual de su primera época y por la incursión de la política, tarea considerada patrimonio exclusivo del varón.
La segunda encarnación de Eva Duarte en la Señora no sería la única ni la más exitosa; era necesaria una tercera transformación. La señora María Eva Duarte de Perón devino la compañera Evita en un juego de doble personalidad. Una asistía al Teatro Colón vestida de gala; la otra era una agitadora de masas en mítines multitudinarios. Ella misma admitía este desdoblamiento:
Pero, además, yo no era solamente la esposa del presidente de la República, era también la mujer del conductor de los argentinos. A la doble personalidad de Perón debía corresponder una doble personalidad en mí: una, la de Eva Perón, mujer del presidente, cuyo trabajo es sencillo y agradable, trabajo de los días de fiesta, de recibir honores, de funciones de gala; y otra, la de Evita, la mujer del líder del pueblo y que ha depositado en él toda su esperanza y todo su amor.

Los estereotipos sobre el peronismo fueron obra de esos funcionarios mediocres, en menor medida de los poetas de segunda línea que comían con ella una vez por semana en el Hogar de la Empleada y, de sobremesa, le recitaban poemas de alabanza. Estos encuentros —después transformados en el recuerdo de sus participantes en la Peña Eva Perón— no fueron en realidad tan numerosos, ni sus integrantes formaban parte del entorno íntimo. Ni a ella ni a Perón les interesaban los intelectuales, ni siquiera los peronistas. Los mejores de éstos fueron marginados por el régimen.

El Che era un asceta, sólo se permitió un lujo, la literatura. Rosa Luxemburgo, como testimonian sus Cartas de prisión, fue, por el contrario, una hedonista: amaba no sólo la literatura y la filosofía, sino la música, la pintura, las plantas, los paisajes, las puestas de sol, el silencio, la intimidad, el erotismo, el champán. Trataba de rodearse de cosas bellas, y hasta en la prisión decoraba su celda. En tanto el Che vivía en casas monacales y privaba a su mujer, Aleida March, de unas lámparas que había elegido, por considerarlas un lujo inútil; la casa casi sin muebles estaba lúgubremente iluminada por una lamparita desnuda que colgaba del techo.
El goce hedonista de la vida no tiene por qué ser sacrificado a los valores heroicos. Los combatientes ascéticos —aunque su ideología fuera el materialismo— muestran su raíz cristiana cuando desprecian los placeres «materiales» oponiéndoles los valores «morales» o «espirituales» del honor, el deber, la heroicidad, el coraje, la disciplina, el servicio, el sacrificio.
El modelo del hombre de izquierda, si éste existiera, sería opuesto al guevarista; no es la muerte la que da sentido a la vida sino, a la inversa, la vida es más importante que cualquier ideal; por noble que éste sea, no justifica el sacrificio de la vida de los demás y ni aun de la propia.
El Che, igual que Evita, demostró cómo el prestigio y el poder creaban un carisma y hasta una belleza que originariamente no tenían. «No me impresionó de ningún modo especial la primera vez que lo vi», decía su amigo Ricardo Rojo.
La difusión masiva de su rostro llegaría después de su muerte. Korda le había regalado su foto al editor italiano Giangiacomo Feltrinelli. Éste hizo imprimir pósters de los que vendió millones y estableció la efigie canónica que recorrió el mundo.
El Che estaba tan pendiente de su imagen mediática que, previendo el momento de su muerte trágica, se veía solo, abandonado en un paisaje desértico, pero su narcisismo absoluto y morboso le llevaba a imaginar la aparición de un fotógrafo que registraría su agonía.

La deificación llegó a su grado máximo con el invento de la Iglesia maradoniana, una comunidad virtual con adeptos en Argentina, México y España, fundada en 1998 por Hernán Aráoz y Héctor Campomar con el objetivo de «mantener la pasión y la magia con que nuestro Dios juega al futbol». Celebran el 29 de octubre la nochebuena y el 30 la navidad maradoniana, y en esa oportunidad los oficiantes vestidos con los colores del seleccionado argentino elevan una pelota al cielo con la inscripción «Dios» y la firma de Maradona.
Maradona no solamente consiguió crear el mito rojo a la manera del gusto izquierdista de los años sesenta y setenta, sino también el mito negro que conformaba a cierto gusto underground contracultural, neohippy de los años ochenta y noventa, cuando las utopías sociales y las ideologías políticas fueron reemplazadas por un exacerbado egocentrismo narcisista y hedonista. Drogadicto confeso, hombre de la noche, frecuentador de orgías, con look a medias hippy, heavy, punk, ropa estilo «zaparrastroso» alternada con el lujo de Versace, arito en la oreja, tatuaje, pelo teñido de diversos colores, daba la imagen del rebelde sin causa, del bad boy, desprendido de todos los tabúes, del joven iracundo que combatía a los conformistas, a los hipócritas, a los «caretas», según la jerga, y que elegía sus amigos entre la lumpenburguesía, un modelo que vendía muy bien entre cierta juventud; parecía que el jugador se adecuaba a esa fórmula. La apariencia dionisíaca de Maradona, forma de vida exaltada por los neonietzscheanos, atraía a los jóvenes intelectuales postestructuralistas…
Maradona pertenecía a cierto tipo de personalidad autoritaria cuyo rasgo característico es la ambigüedad entre la pseudorrebelión contra la autoridad y la sumisión a la misma. Sus ataques contra la autoridad —Havelange, Julio Grondona, Menotti, El Gráfico, Clarín, a veces Menem, el Papa— y sus transgresiones rayanas en lo delictivo — doping, agresiones a periodistas, destrucción de cuartos de hotel— no se hacían desde una autonomía real frente al poder, sino que ocultaban una secreta disposición a capitular ante los odiados si éstos eran lo suficientemente fuertes.

Los ídolos, ayer populares, despojados hoy tanto del amor de sus devotos como del odio de sus detractores, pasan a ser objetos de culto de la nostalgia retrospectiva: los años treinta gardelianos, los cuarenta de Evita o los sesenta del Che, décadas como pautas para modas temporales, con la añoranza que despierta un vestido en desuso, una película antigua o una vieja canción.
La lenta agonía de los mitos y de los ídolos socavan la creencia populista sobre el carácter indestructible de las pasiones populares.
Nuevos mitos, nuevos ídolos surgirán quizá en un mundo a la vez globalizado y fragmentado en tribus y surcado por redes virtuales. El vehículo de circulación de los ídolos modernos fueron la radio, el cine, la televisión, la prensa, a los que se agrega ahora internet. La proliferación de los blogs y flogs entre las nuevas generaciones parecería señalar la tendencia dominante: cada uno quiere ser famoso, todos pretenden ser héroes virtuales para un público cibernético.
La supervivencia de los viejos ídolos y el surgimiento de nuevos dependerá de la parafernalia de nuevos aparatos de una compleja tecnología que ni siquiera podemos imaginar, así como también del imprescindible rumbo que tomará la economía y la política y del avance e interrelación de las ciencias exactas y las humanas.

Las pasiones colectivas, los delirios de unanimidad, la fusión tribal provocados por la adoración de los ídolos y la creencia en los mitos predispone a los regímenes autoritarios y anula en los individuos la conciencia de su libertad y la responsabilidad de forjar su propio destino.

I find the books of this philosopher, an Argentine historian, very interesting, and he never disappoints me.

The word myth permeates the speech of the media, the social sciences, art, literature and the conversation of the common man; it is used in many cases without knowing its precise meaning or is deformed for particular purposes. Several factors have contributed to the abusive use of this concept in the current era. The academic rise of structuralist orientation anthropology, with its emphasis on primitive societies, has elaborated a myth of myth. Freudian psychoanalysis rescued him as a reference for neuroses, but Jung went much further and recognized him as an eternal archetype that revealed an invisible world. The apogee of esotericism and occultism also contributed to the greening of mythology. The avant-garde, especially surrealism, took the myths as a recurring theme. The irrationalist philosophy in vogue in certain circles returned to anti-modern and anti-modern romanticism that posited myth as a truth deeper than historical reality.
The mass industrial culture through the media, including the internet, sponsored the birth of new myths. Every character -or event of actuality-, although it lacks an entity and is ethically or aesthetically negligible, is susceptible of being transformed into a myth.
Finally, the belief in myths became a cultural fashion and, consequently, sectarian and immune to criticism, although also, like all fashion, reveals some features of contemporary man.
The return of myth and mythical heroes is received by postmodernists as the sign of the end of the modern world, the loss of faith in reason, science and the idea of ​​progress. It can be interpreted, however, as a manifestation of the decline of traditional religions and the return to magic.

The search for objective truth in science and rational thought forces the verification of the result obtained and the coincidence of this with reality; Criticism is inherent in scientific knowledge. The myth, on the other hand, is an irrefutable and definitive form of truth because it is inseparable from the symbolism that gave rise to it, and that is why it can not be verified or refuted.
Scientific theories are universal; Myths, on the other hand, depend on a community of believers who base them on the commands of feeling-desires, fears, loves and hatreds, illusions and disappointments, fantasies and dreams-alien to rationality.
The validity of these popular saints was limited until a few years ago to the lower classes and was considered by other classes as a sign of barbarism; today, due to the intellectual influence of the irrational and also to snobbery, the upper classes and the spectacle people have folded themselves to their cult.
The Catholic Church, according to the dogma, should fight these cults as pagan idolatry, especially because, in many cases, the idolatrous characters were criminals and their lives are not exemplary or worthy of hagiography. However, because of impotence or opportunism, it has ended up tolerating them, and a part of the Latin American clergy defends them out of conviction. The Church itself came out to compete, accepting superstitious customs such as the cult of San Cayetano, turned into a miraculous saint, to which San Expedito was added, which solves the urgent causes …
When mythical beliefs are intermingled with politics, the result can only be fanaticism and rejection, often violent, of those who question their closed and invulnerable universe.

Modern myths, on the other hand, refer to real and contemporary characters who have not always performed feats worthy of mention. The events of their lives are of a veracity as blurred as those of the hagiographies of the saints or the heroic songs of the heroes. Mythification today requires a greater degree of imagination and denial of reality, since it must confront the true story of the living, or recently disappeared, character and the documentation of his real life. It is not easy to hide the lack of ethical sense in some of the modern idols. The aesthetic criteria that value the ugly, monstrous and decadent, have helped to accept the most outlandish myths.
Modern myths, on the other hand, refer to real and contemporary characters who have not always performed feats worthy of mention. The events of their lives are of a veracity as blurred as those of the hagiographies of the saints or the heroic songs of the heroes. Mythification today requires a greater degree of imagination and denial of reality, since it must confront the true story of the living, or recently disappeared, character and the documentation of his real life. It is not easy to hide the lack of ethical sense in some of the modern idols. The aesthetic criteria that value the ugly, monstrous and decadent, have helped to accept the most outlandish myths.

The myth is an empty space that can be occupied by the most diverse meanings. These will vary with the passage of time. Worshipers of idols find in them something different from what they were or what they themselves would have wanted to be. All the mythical characters have different meanings for different worshipers and the idol gathers in its personality a plurality of aspects, even some opposites.
In the modern world, charismatic characters – politicians or those from mass culture – are not entirely spontaneous or their gifts are always innate. In its dissemination there is a lot of artifice: persuasion techniques, methods of psychological coercion and propaganda similar to that used in the sale of merchandise are used.
The myths of our time derive, on the one hand, from the industrial manipulation of mass culture and, on the other, from political manipulation, taken to the extreme by the leaders of totalitarian movements. Rock festivals and major sporting events, with their venerated idols, have points in common with the mass acts of totalitarian systems, although they are empty of all ideological content.
There is yet another factor no less important: chance. What would have happened to Evita without the chance encounter with Perón? A second-rate actress who would never have reached stardom. What would have happened to Che without the encounter, also casual, with Fidel Castro? Probably an archaeologist, a leprosy doctor or maybe a writer.

The myth is a Manichaean process of deification and demonization and, sometimes, both qualities are united in the same individual. Popular idols, like mythological heroes, have two faces: one luminous, the other dark; they always oscillate between the sacred and the impure: gods and demons that provoke all love and all hatred. Gardel was the voice of the people, the national singer and also the lumpen and the gigolo; Avoid, the protector of the poor and the fanatical persecutor, the “lady of hope” and “the woman with the whip”; Che, the fighter for a better world and the delirious one who sacrificed himself and others in absurd adventures; Maradona, the biggest player and, at the same time, the doped one, the cheat.
The four icons have some features in common and others different. They have been forced to link in rock opera: Che, who had been anti-Peronist, appears involved with Evita. The populist caudillo Hugo Chávez had the monuments of Evita and Che erected in the same plaza in Caracas. Maradona has the figure of Che tattooed on his arm, and he was called “Che Guevara of soccer” and “the Evita of the eighties”. Antonio Lobo Antunes said that “Che is the Gardel of the revolution.”

The Gardel artist, who occupies an exceptional place in the history of popular music because he set the canon of the tango singer, must separate himself from the Gardelian myth invented in part by himself, but above all after his death, by the cultural industry and reaffirmed by populist intellectuals with their worship of popular idols. One element of myths is being surrounded by mystery and having an unknown origin. Gardel met those requirements.
From the musical point of view, the tango was a mixture of diverse international sources: Andalusian tango, Caribbean habanera, Neapolitan canzoneta, black candombe and Central European dance hall, Polish mazurka and Hungarian polka; in tango romanza there were echoes of Boston waltz and French chanson.
About the Andalusian and gypsy sources of the rhythm of the two by four, it is known that the first immigrants from Buenos Aires during colonial times came from the port of Cádiz and that the typical Buenos Aires speech tune resembles the Andalusian. The lunfardo himself was infected by words of the gypsy Andalusian caló. For having revived an old Cadiz dance in the tango, the French academic Jean Richepin called Buenos Aires the «new American Cádiz».
His secret sexual life was one more aspect of the mystery surrounding the tango, a sexist, misogynistic and homophobic world that sometimes concealed a repressed homosexuality. It is significant that the tango will be danced among men to the sound of an organ in the corners of the suburb. The cafes where the tango was going to be heard was a world of single men, which allows us to suppose a certain atmosphere of latent homosexuality, the more repressed the more obsessive were the manifestations of homophobia.
Immigration, with its characteristics of promiscuity, uprooting and loneliness, had disturbed, at the turn of the century, the domestic customs of the patriarchal society, and prostitution and procuring proliferated.

The Peronist myth fell into the symmetrically opposite error: it silenced her childhood and her time as an actress and began her biography in 1944, thus hiding the data of her origins and denying that psychology integrates, in some way, all political ideology. The character of Evita is ideal to resort to any of these interpretive deviations. She knew from a young age the feelings of uprooting and marginalization that would shape her identity and would mark, in part, her future artistic and political path.
It was common in rural communities for the rich man of the village to have a second illegitimate family. However, for the prejudices of a small town, poverty and the condition of a natural child – in the case of Evita, in addition, adultery and not even recognized – meant a stigma.
It is curious how Peronists and anti-Peronists agreed, according to whether to praise or attack it, in the traditionalist conception of women: the Peronists affirmed that they embodied it fully and the anti-Peronists said, on the contrary, that they had repudiated their femininity for the sexual freedom of women. its first period and the incursion of politics, a task considered the exclusive patrimony of men.
The second incarnation of Eva Duarte in the Lady would not be the only or the most successful; A third transformation was necessary. Mrs. María Eva Duarte de Perón became Comrade Evita in a double personality game. One attended the Teatro Colón in full dress; the other was a mass agitator at mass rallies. She herself admitted this split:
But, besides, I was not only the wife of the President of the Republic, I was also the driver’s wife of the Argentines. To the double personality of Perón should correspond a double personality in me: one, that of Eva Perón, wife of the president, whose work is simple and pleasant, work of the holidays, of receiving honors, of gala functions; and another, that of Evita, the woman of the leader of the town and who has deposited in him all her hope and all her love.

The stereotypes about Peronism were the work of these mediocre officials, to a lesser extent of the second line poets who ate with her once a week at the Employee’s Home and, after dinner, recited poems of praise. These meetings – later transformed into the memory of their participants in the Peña Eva Perón – were not really so numerous, nor were their members part of the intimate environment. Neither she nor Perón was interested in intellectuals, not even Peronists. The best of these were marginalized by the regime.

Che was an ascetic, he only allowed himself a luxury, literature. Rosa Luxemburg, as her Letters of Prison testify, was, on the contrary, a hedonist: she loved not only literature and philosophy, but music, painting, plants, landscapes, sunsets, silence, intimacy, eroticism, champagne. He tried to surround himself with beautiful things, and even in prison he decorated his cell. While Che lived in monastic houses and deprived his wife, Aleida March, of some lamps that he had chosen, considering them a useless luxury; the almost unfurnished house was lugubriously illuminated by a naked lamp that hung from the ceiling.
The hedonistic enjoyment of life does not have to be sacrificed to heroic values. The ascetic fighters – although their ideology was materialism – show their Christian roots when they despise “material” pleasures by opposing them to the “moral” or “spiritual” values ​​of honor, duty, heroism, courage, discipline, service, the sacrifice.
The model of the man on the left, if it existed, would be opposed to the Guevarist; it is not death that gives meaning to life but, conversely, life is more important than any ideal; however noble this may be, it does not justify the sacrifice of the lives of others and not even of one’s own.
Che, like Evita, showed how prestige and power created a charisma and even a beauty that originally did not have. “I was not impressed in any special way the first time I saw him,” said his friend Ricardo Rojo.
The massive diffusion of his face would come after his death. Korda had given his photo to the Italian publisher Giangia as Feltrinelli. He had posters printed that sold millions and established the canonical effigy that traveled the world.
Che was so aware of his media image that, foreseeing the moment of his tragic death, he saw himself alone, abandoned in a desert landscape, but his absolute and morbid narcissism led him to imagine the appearance of a photographer who would record his agony.

The deification reached its peak with the invention of the Maradonian Church, a virtual community with followers in Argentina, Mexico and Spain, founded in 1998 by Hernán Aráoz and Héctor Campomar with the aim of “maintaining the passion and magic with which our God plays soccer ». On October 29 they celebrate Christmas Eve and 30 the Maradona Christmas, and on that occasion the officiants dressed in the colors of the Argentine team raise a ball to heaven with the inscription “God” and the signature of Maradona.
Maradona not only managed to create the red myth in the manner of the leftist taste of the sixties and seventies, but also the black myth that conformed to a certain countercultural underground taste, neohippy of the eighties and nineties, when social utopias and political ideologies they were replaced by an exacerbated narcissistic and hedonistic egocentricity. Confessed junkie, man of the night, frequenter of orgies, with a half-hippy, heavy, punk look, “zaparrastroso” style clothes alternated with the luxury of Versace, arito in the ear, tattoo, hair dyed in different colors, gave the image of the rebel without cause, of the bad boy, detached from all the taboos, of the angry young man who fought the conformists, the hypocrites, the “masks”, according to the jargon, and who chose his friends among the lumpenbourgeoisie, a model that he sold very well among a certain youth; It seemed that the player was suited to that formula. The Dionysian appearance of Maradona, a form of life exalted by the Neo-Nietzscheans, attracted young post-structuralist intellectuals …
Maradona belonged to a certain type of authoritarian personality whose characteristic feature is the ambiguity between pseudorebellion against authority and submission to it. His attacks against the authority -Havelange, Julio Grondona, Menotti, El Gráfico, Clarín, sometimes Menem, the Pope- and his transgressions bordering on the criminal – doping, attacks on journalists, destruction of hotel rooms- were not made from a real autonomy against power, but hid a secret disposition to capitulate to the hated if they were strong enough.

The idols, popular yesterday, stripped today of both the love of their devotees and the hatred of their detractors, become cult objects of retrospective nostalgia: the Thirties gardelianos, the forty of Evita or the Sixties of Che, decades as guidelines for temporary fashions, with the longing that awakens a disused dress, an old movie or an old song.
The slow agony of myths and idols undermines the populist belief in the indestructible character of popular passions.
New myths, new idols may arise in a world that is both globalized and fragmented into tribes and crossed by virtual networks. The vehicle of circulation of the modern idols were the radio, the cinema, the television, the press, to which the internet is now added. The proliferation of blogs and flogs among the new generations would seem to point to the dominant trend: everyone wants to be famous, everyone pretends to be virtual heroes for a cybernetic audience.
The survival of the old idols and the emergence of new ones will depend on the paraphernalia of new devices of a complex technology that we can not even imagine, as well as the essential direction that the economy and politics will take and the advance and interrelation of the exact sciences and the human ones.

The collective passions, the delusions of unanimity, the tribal fusion provoked by the adoration of the idols and the belief in the myths predispose to the authoritarian regimes and nullify in the individuals the conscience of their freedom and the responsibility of forging their own destiny.

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