Los Mundos Clásicos. Una Historia Épica De Oriente Y Occidente — Michael Scott / Ancient Worlds: An Epic History of East and West by Michael Scott

Interesante libro donde los temas entrelazados del desarrollo de los sistemas políticos, la migración y la importancia de la religión para el poder y la política son mis principales dibujos. Lectura esencial para ayudar a entender el mundo. Dibujando esto junto con la importancia de la historia en la actualidad, particularmente en China y, desalentadoramente, con mucho menos interés para usar en el mundo anglosajón.

Bienvenidos a la India… al menos como la describía un griego llamado Megástenes, a principios del siglo III a.C. presenta una imagen muy viva de un mundo lleno de criaturas remarcables, capaces de gestas extraordinarias. Las hormigas excavadoras de oro y asesinas de hombres, según él, luchaban con tanta ferocidad contra los ladrones humanos porque comprendían el valor del oro y estaban dispuestas a sacrificar su vida antes que perderlo. En otras partes de la India, según explica Megástenes, se podían encontrar tigres que tenían el doble del tamaño de un león; monos más grandes que los perros más grandes; escorpiones alados, y serpientes voladoras cuya orina podía llagar y descomponer la piel humana; otras serpientes tan grandes que podían engullir ciervos y toros enteros; y perros con fauces tan fuertes que podían atrapar a los leones sin soltarlos.4 Por encima de todos ellos se encontraba el elefante indio, más grande que cualquier elefante de África, cuyo rival en el mar era la ballena, cinco veces del tamaño del elefante indio.
El interés de Megástenes no se limitaba a los animales: su India también era el hogar de humanos exóticos. Recoge historias de hombres pequeños y de hombres tan grandes como gigantes; algunos hombres sin nariz y otros hombres sin boca…
Pataliputra estaba situada en la confluencia de los grandes ríos Ganges y Eranoboas y se extendía como un paralelogramo, con sus murallas de madera atravesadas por 64 puertas y defendidas con 570 torres de vigilancia. Todo ello rodeado de un foso profundo, que no solo servía como defensa contra un ataque, sino que también era el depósito más a mano para todos los desperdicios de la ciudad (cuyo hedor debía de asaltar los ojos y la nariz de los visitantes, en especial en los meses más cálidos). Pero el esplendor del interior del palacio del rey, según afirmaba Megástenes, superaba de lejos el de los grandes palacios persas de Susa y Ecbatana en Asia Menor, que hasta ese momento eran para los griegos la cima del lujo extravagante. Los parques reales tenían gran cantidad de pavos reales domesticados y faisanes, bosquecillos sombreados y árboles perennes. Los loros seguían al rey, volando por encima de él gran número, y grandes lagos artificiales, llenos de peces, estaban destinados exclusivamente al placer del rey y su hijo.
La India no era el único lugar en el que se estaban ampliando las fronteras del mundo en ese momento. Los contemporáneos de Megástenes fueron a investigar otras sociedades en los márgenes del mundo conocido y sus informes también han sobrevivido en fragmentos hasta la actualidad. Un hombre llamado Patroclo navegó alrededor del mar Caspio; otro, Demodamas, exploró Asia central. Sabemos que después de la jubilación de Megástenes, su sucesor como embajador seléucida ante la corte de Chandragupta fue Deimaco, que escribió su propio informe sobre lo que había observado.
El flujo de información no iba solo en dirección hacia el Occidente curioso.

Lo que impulsó los cambios en estos tres mundos en este momento fue una aguda sensación de injusticia contra un sistema de gobierno que era preponderantemente autocrático, y una búsqueda de una sociedad mejor, e incluso ideal, sobre un escenario de conflicto y agitación civil. En Grecia y Roma estas revoluciones políticas estaban dirigidas por la comunidad y empezaron sin ningún tipo de hoja de ruta. En China, en contraste, Confucio quería cambiar la forma de gobierno del estado, con un plan preciso en mente. De hecho, es seguramente la primera persona en la historia china que deja totalmente claros cuáles son sus principios e ideas, a pesar del hecho de que Confucio se presenta siempre como un «transmisor» de ideas antiguas, más que un innovador con ideas nuevas.
El final del siglo VI a.C. es sin lugar a dudas un momento fascinante en la historia no solo de una sociedad antigua, sino de un mundo clásico mucho más amplio. Se trata de un punto de inflexión en el desarrollo de la civilización humana y en la concepción de cómo podemos, y debemos, relacionarnos entre nosotros y actuar como una comunidad. Aún más importante es que los debates que tuvieron lugar en aquel momento aún nos siguen guiando, levantando ecos con una vitalidad sorprendente en el mundo moderno actual.

Roma siguió tomando lecciones de Atenas incluso tras la fundación de su nuevo cuerpo político. En el turbulento primer medio siglo de la república, cuando el pueblo y los líderes de Roma intentaban encontrar un equilibrio entre los derechos de las masas y el poder de la minoría, los legisladores romanos viajaron a Atenas a investigar el marco legal y la constitución atenienses —en particular las reformas de Solón, que los romanos consideraban que se había enfrentado a un dilema similar al suyo— y trajeron de vuelta ideas para aplicarlas en casa. Esta conexión iba a continuar hasta el periodo de la absorción de Grecia en el seno del Imperio romano a finales del siglo II y principios del siglo I a.C. Aun así, el resultado de este proceso fue un sistema político fundamentalmente diferente de la democracia ateniense, que intentaba equilibrar la representación del pueblo con la continuación de la mayor parte del poder en manos de una élite. La tensión entre estas fuerzas estuvo presente a lo largo de los años cruciales del nacimiento de la república, y fueron una parte ineludible de la estructura que surgió del fuego.
En 172 a.C., por primera vez en la historia de Roma, los dos cónsules eran plebeyos: un avance que posiblemente se estuviera preparando desde hacía tiempo, pero con Roma que ahora tenía el impulso de ser la única gran potencia del Mediterráneo, sus grandes ambiciones y la perfección de su sistema político parece que formaron la unión más extraordinaria.

Al establecer una comparación directa entre la historia de Confucio y las revoluciones en el pensamiento y el gobierno políticos en Roma y Atenas, ofrecemos una historia muy diferente del cambio político. Al estudiar China en el mismo marco temporal en que se estaba desarrollando la democracia en Atenas, y una república en Roma, tenemos la oportunidad de observar un momento no de revolución social, revuelta de las masas y cambio político popular; sino uno en el que un individuo, rodeado por unos pocos seguidores devotos, intentó con calma convencer a los gobernantes de la sociedad para que adoptasen como propia una nueva forma de pensamiento y gobierno políticos, y una nueva formación de la relación del hombre con el hombre.
Más aún —a diferencia de Roma y Atenas, donde los sistemas políticos que acabaron cristalizando no fueron en ningún caso unos objetivos brillantes fijados desde el principio, sino más bien unos compromisos forjados a lo largo del tiempo a medida que lo permitían las circunstancias—, en China Confucio desarrolló sus propias ideas sobre la manera que debía funcionar el gobierno, con el objetivo de ofrecer un lote completo de consejos políticos, jurídicos y morales para los gobernantes de su sociedad. Quizá fuera la primera persona en la historia de China en hacer algo semejante, y aun así siempre afirmó que era el transmisor de ideas del pasado más que un innovador con ideas nuevas.
La situación sociopolítica a la que respondía Confucio tenía muchas similitudes con las circunstancias que dieron nacimiento a las revoluciones políticas en Atenas y Roma. Confucio desarrolló su pensamiento en medio de una época muy turbulenta de la historia china, en muchos sentidos incluso más terrorífica que las guerras que asediaron a Roma y Atenas.

La misión de Confucio en la corte del duque Ding fue intentar enseñar al duque cómo podía ser un gobernante bueno y concienzudo, con la esperanza de que los logros de su ejemplo positivo descenderían en cascada a través de la población. (Como se recoge en las Analectas que dijo Confucio: «Si existe un verdadero rey, después de una generación sin duda prevalecerá la humanidad».) Los esfuerzos de Confucio llegaron a su fin con las ochenta mujeres hermosas que apartaron la cabeza del duque de la ardua tarea del gobierno. Pero eso, por supuesto, no fue un accidente: las familias más poderosas de Lu preferían que el duque fuera un gobernante ineficaz que les permitiera hacer lo que quisieran, y en el mejor de los casos ser una herramienta moldeable para sus propios intereses. Así que Confucio abandonó el estado para ir a un exilio voluntario, ganándose la vida ofreciendo sus consejos y sabiduría a los gobernantes de estados vecinos. Las Analectas recogen su descontento: «Cuando la justicia prevalece bajo el cielo, la cortesía, la música y las guerras punitivas fluyen de los hijos del Cielo. Cuando el mal prevalece bajo el cielo, la cortesía, la música y las guerras punitivas fluyen de los príncipes feudales».
La realidad es que Confucio luchó para que su mensaje fuera escuchado, incluso en China. Es más, durante el difícil y peligroso periodo de «Primavera y Otoño» del estado de Lu resulta muy fácil ver por qué una solución que exigía un esfuerzo tan extenuante por parte de los individuos de la corte —en especial cuando lo exponía un individuo muy franco, que no poseía demasiado encanto ni capacidad de persuasión— cayese en oídos sordos.
Después de que el intento de Confucio de enseñar al duque Ding se viera entorpecido por el cínico recurso a las ochenta mujeres deseables, partió a su segundo periodo de exilio con algunos discípulos en un convoy de carruajes cruzando las tierras arrasadas por la guerra de Zhou Oriental, inicialmente a la corte del duque Ling en el estado de Wei, pero aquí sus enseñanzas tampoco consiguieron calar. En la década que siguió, Confucio viajó por otros muchos estados dentro del reino Zhou —Qu, Cheng, Wu, Pu, Cai y Cao— ofreciendo sus servicios como maestra en cada parada. El segundo exilio que se autoimpuso fue de la misma duración que el de Solón de Atenas, casi un siglo antes.
A medida que los diferentes gobernantes de los estados supervivientes de la dinastía Zhou luchaban entre ellos por la supervivencia en un ciclo de destrucción aún más violenta que fue el periodo de los «Reinos Combatientes», lo hicieron con diferentes filosofías del gobierno y el mando que les llegaban a los oídos a través de estos maestros itinerantes. Como una placa de Petri en que cosas nuevas y curiosas crecen con una rapidez sorprendente, los estados de la China de la dinastía Zhou abrazaron las «Cien Escuelas de Pensamiento» como parte de sus intentos desesperados de resistir la destrucción y salir victoriosos. El legalismo de Shang Yang y Han Fei resultó indispensable para el estado que los iba a gobernar a todos. Y este respaldo al legalismo, al menos en primer instancia, representó una gran amenaza a la perduración del confucianismo. No obstante, fue el paso del tiempo lo que proporcionó un trampolín para que las ideas de Confucio superasen a sus detractores y obtuviese la más alta posición de influencia.

Cuando Roma consiguió el dominio del Mediterráneo, Polibio analizó cómo su constitución política había ayudado a lograr semejante poder. En China —que presenció el ascenso por encima de todos de un solo estado, que seguía las ideas legalistas— la supervivencia del confucianismo pendía de un hilo. Mientras los pasos pesados de innumerables soldados y saqueadores resonaban por todo el mundo clásico, y seguían agitándose los debates políticos, este también fue un momento crucial para el crecimiento de las conexiones en el Mediterráneo: entre Asia Menor y Asia central, y entre Asia central, India y China. De esta era de guerra, no solo los gobernantes mundiales debían tener en cuenta cada vez más las conspiraciones y los planes de otros extendidos por una zona geográfica cada vez más amplia, sino que se produjo un encuentro entre Oriente y Occidente en las profundidades de Asia central y, con ello, se establecería una conexión permanente a través del enorme territorio de la Antigüedad.

En Asia, el gobernante seléucida Seleuco II, padre del futuro Antíoco III, se enfrentaba a la amenaza de una mayor intervención romana en las fronteras occidentales de su mundo, mientras se tenía que resignar a perder territorios en el este, donde el reino de Bactria, hiperactivo y en expansión, acababa de conseguir un gobernante nuevo y ambicioso: Diodoto II.
El flujo era aún mayor desde que en la India había muerto el último gran rey maurya, Asoka, iniciándose la desintegración del hasta entonces orgulloso imperio de Chandragupta Maurya, al que acechaban como buitres los reinos vecinos.
Mientras tanto en China el estado de Qin acababa de conseguir una de las victorias militares más grandes contra un estado rival, en su marcha hacia el dominio total del mundo chino, conducido por el futuro Qin Shi Huangdi.
En consecuencia, en 229 a.C., el mundo clásico del Mediterráneo hasta China estaba inmerso en un cambio importante: a causa de la constante expansión romana hacia occidente, que se encontraba con resistencias; la inestabilidad, la rivalidad intensa y la lucha dinástica en el centro; y la aparentemente imparable expansión Qin en el este. Aquí podemos ver una encrucijada histórica: se estaba forjando la mentalidad de un nuevo grupo de gobernantes y comandantes jóvenes, al mismo tiempo que se daba forma al paisaje militar y político al que se enfrentaron y acabaron controlando. En el plazo de diez años, las riendas del poder habían cambiado de manos: Aníbal, a mediados de la veintena, dirigía la guerra para Cartago; Filipo V tomaba el control completo de Macedonia con solo dieciséis; Antíoco III, que acababa de cumplir los veinte, gobernaba el enorme Imperio seléucida; y Ptolomeo IV, de veintiún años, controlaba Egipto.

La corte maurya no necesitaba las aportaciones griegas para impresionar: su opulencia sobrepasaba los sueños más delirantes de cualquier griego. Solo los persas amantes de los lujos, según Megástenes, podían llegar a imaginar las riquezas que se exhibían, pero no podían tener la esperanza de competir.
El esplendor tenía un precio. Se dice que Chandragupta era tan paranoide sobre asesinos potenciales que cambiaba con frecuencia de dormitorio para confundir a los conspiradores potenciales. En leyendas budistas posteriores, Chandragupta decide renunciar voluntariamente al trono a favor de Bindusara, que después fue sucedido por Asoka en 270 a.C. No obstante, esta sucesión, según muchas de las fuentes antiguas posteriores, parece que contó con una oposición violenta: después de una larga disputa entre pretendientes al trono, se cuenta que Asoka aseguró su sucesión asesinando a casi todos sus noventa y nueve hermanos.
Pero en la actualidad sobrevive una contrahistoria que se recoge en las inscripciones contemporáneas en roca que se encuentran por todo el antiguo imperio de Asoka, proclamando sus leyes, edictos y logros (y relatando también que sus hermanos estaban sanos y salvos y ocupaban puestos importantes en la corte).

Mientras Roma estaba preocupada con Aníbal, el objetivo de Filipo era desembarcar 5.000 hombres en la zona del protectorado romano a lo largo de la costa iliria, al mismo tiempo que enviaba tropas de tierra desde el lado macedonio para ocupar la región: en otras palabras, un movimiento en pinza simultáneo. Esto no solo iba a ampliar el control macedonio, sino que también le iba a proporcionar una base segura desde la que lanzar cualquier operación futura hacia Italia.
Si este era el gran objetivo, el primer movimiento de Filipo le debió deprimir en gran medida el espíritu. Otro príncipe ilirio, aliado de Roma, realizó un llamamiento desesperado a los romanos para que lo ayudasen a rechazar la flota de Filipo. Roma envió a unos escasos diez barcos, pero aun así, Filipo, al recibir la noticia de que los romanos estaban de camino, entró en pánico, esperando la aparición de toda la flota romana. Se retiró inmediatamente y sus barcos se diseminaron en un intento desesperado por encontrar un puerto seguro, todos ellos temiendo la aparición de los mástiles romanos en el horizonte.

En 205 a.C. el tablero de ajedrez del mundo clásico quedaba bajo la mirada de un conjunto de líderes que eran más viejos, más sabios, más experimentados en la guerra que los ojos que lo contemplaban dos décadas antes. Algunos tenían más esperanzas en el futuro que otros. Aníbal, ahora en los cuarenta, probablemente contempló lo escrito en la pared por sus esfuerzos para arrastrar a Roma a la mesa de negociación. El general romano Escipión, que se había enfrentado repetidamente a Aníbal en batalla desde que tenía diecisiete años, ahora estaba en la treintena, fortalecido por sus victorias en España y dispuesto a seguir enfrentándose a Aníbal. Filipo, en la treintena, es muy probable que se sintiera aliviado de no seguir siendo el objetivo de ataques concertados desde el este y el oeste del Mediterráneo. Antíoco el Grande, también en la treintena, estaba disfrutando de su gran fortuna en la cresta de su reino unificado que conectaba el Mediterráneo con Asia central, y estaba dispuesto a implicarse en la guerra y la política fragmentadas del Mediterráneo; mientras tanto su antiguo adversario, Egipto —post-Ptolomeo IV—, parecía que estaba inmerso en el caos.
En Asia central el viejo y astuto Eutidemo y su joven hijo Demetrio se fortalecían en su papel como gobernantes de Bactria y guardianes del Imperio seléucida contra los nómadas del este. En China, Liu Bang, cabeza de una nueva dinastía, gobernaba sobre un nuevo Imperio Han unificado. Y esperando su oportunidad en la frontera noroeste de este mundo naciente se encontraban las fuerzas altamente entrenadas y letales de los Xiongnu, dirigidas por el joven, temerario y despiadado Maodun.
Todos ellos, de maneras diferentes, habían rediseñado las relaciones entre sus comunidades respectivas y, al hacerlo, habían unido aún más el mundo clásico, principalmente a través de la violencia. Habían extendido la guerra simultáneamente a través de múltiples escenarios, buscando ampliar su influencia y reforzar sus aspiraciones mediante alianzas. Algunos habían tenido éxito en la creación de comunidades grandes, unificadas y estables bajo un solo gobernante. Y el resultado de estos movimientos —en especial las migraciones aparentemente caóticas que se habían iniciado en el este— iba a provocar, a su vez, que estos mundos se conectasen aún más estrechamente.

El debate sobre el sistema ideal de gobierno ya había sido el tema de preocupación para Confucio y sus discípulos, además de constituir una de las «Cien Escuelas de Pensamiento» que intentaban ser las preferidas de los que ostentaban el poder. Gaodi tenía experiencia de primera sobre el equilibrio delicado que era necesario para gobernar a más de cincuenta millones de súbditos: cómo se tenía que delegar el poder suficiente a aquellos cuyo apoyo se necesitaba, pero no demasiado poder para no animar sus rivalidades y aspiraciones. Al fin y al cabo, él había explotado dicha situación para elevarse hasta su preeminencia actual.
El segundo problema también formaba parte de la historia de China desde que se construyera su primera muralla defensiva en el siglo V a.C. Pero ahora era más urgente que nunca, porque las tribus nómadas del norte y del noroeste estaban dirigidas por una personalidad igualmente carismática y draconiana: un hombre llamado Maodun.
Un desafío dual muy parecido también iba a preocupar a la República romana durante las décadas siguientes. Mientras que Aníbal escribía una triste autobiografía de sus esfuerzos en las paredes del templo en el sur de Italia, y el joven Escipión dirigía las tropas romanas, Roma estaba dispuesta a lanzar una contraofensiva proactiva contra Cartago. Estaba a punto de presionar una vez más a Filipo V de Macedonia, para implicarse más directamente en Egipto; y, como Antíoco intentaba ampliar sus dominios en el Mediterráneo, era inevitable que Roma también iba a chocar con los seléucidas.
Estas potencias iban a probar una serie de estrategias para asegurarse el sometimiento de los que se encontraban bajo su control y para definir las fronteras de su poder. El resultado final será la creación de dos megaimperios en ambos extremos del mundo clásico, y entre medio la inestabilidad de numerosos grupos que competían entre ellos.

En la India, los Gupta emergentes y recién llegados cabalgaban sobre la ola de la naturaleza cambiante del antiguo culto hindú nativo, que había facilitado su llegada al poder, pero que ahora también les ofrecía el apoyo potencial para la extensión de su imperio. En China, mientras que el desastre político y militar fragmentaba lo que había sido un mundo unificado, una nueva introducción —el budismo— tolerada pero confusa y multifacética era una oferta para los que intentaban gobernar por primera vez en China y para los que intentaban el restablecimiento de su dominio. En Armenia, gracias a la aparente intervención divina, el rey estaba dispuesto a embarcarse en el exterminio deliberado de la vida religiosa ancestral a favor del cristianismo recién adoptado. Y en el mundo romano, Constantino era ahora el único gobernante de un Imperio romano reunificado: un emperador que aún era oficialmente pagano de un mundo apabullantemente pagano, con un buen historial de tolerancia religiosa y simpatías cristianas.
Dentro de las dos décadas siguientes muchos de estos líderes estarían muertos; pero mientras tanto sus acciones no solo iban a definir las sendas futuras de la práctica religiosa dentro de sus países, sino la naturaleza misma de estas religiones.

Al final de la segunda mitad del siglo IV una diversidad de formas de culto se encontraba en varias fases de acomodación con los grandes gobernantes de reinos muy alejados entre sí.
Las narraciones sobre la conversión rápida y con ayuda divina de Armenia a manos de Tirídates y Gregorio enmascaran una realidad mucho más compleja y desequilibrada que acabó expulsando a Tirídates del poder para acabar viviendo como ermitaño, o quizá murió asesinado, dejando una Armenia aún más dividida e inestable. Al otro lado del Mediterráneo, Constantino había fundado una nueva capital para encarnar su delicado equilibrio y combinación de tradiciones paganas y cristianas, y había intentado asegurar que las disputas doctrinales cristianas no generasen un desorden perpetuo en la unidad de su reino. Por encima de todo había intentado la fusión de Iglesia y autoridad pagana e imperial en su persona, colocándose a la cabeza del sistema.
En la India, los Gupta habían superado sus sueños más salvajes no solo moldeando juntas las tradiciones religiosas viejas y nuevas, para reforzar su gobierno y la estabilidad de su comunidad, sino que en el proceso habían generado una jerarquía social más fuerte que dependía en última instancia de ellos como gobernantes casi divinos. Y en China, los budistas habían conseguido que su religión resultase atractiva a los nuevos gobernantes del norte, y la moldearon en el sur para que pudiera ser aceptable para los círculos elitistas de conversación y pensamiento, enlazando las historias y las religiones de la India y China.
Pero, en cada caso, la posición de estas religiones y sus seguidores siguió siendo precaria. El cristianismo en el Imperio romano, a pesar del interés y la implicación de Constantino, seguía siendo una religión minoritaria y el emperador romano no era cristiano. Para el cristianismo en Armenia, a pesar del trabajo milagroso de Gregorio, no estaba claro hasta qué punto la religión había calado en la población (mucho menos con el cristianismo del sur de Armenia, con su enfoque diferente, mucho más centrado en el pueblo) y crecían las tensiones en la relación entre el rey y el católicos. Para el budismo en China, el destino de esta nueva religión aún se tenía que decidir tanto en el norte como en sur, en un clima político y militar que seguía cambiando con rapidez. En cada caso quedaba pendiente ver si la fe tenía futuro como una religión nacional aceptada, entre otras razones porque, a diferencia de la India gupta, aún se tenía que negociar del todo la relación entre religión y gobierno.

Se había producido un auge meteórico similar del cristianismo y para la nueva formulación del antiguo culto hindú promovido por los gupta: estas religiones no existían en sus formulaciones particulares o habían sido la religión de minorías y de extranjeros —incluso objeto de persecución— solo un siglo antes. En la segunda mitad del siglo IV d.C. cada fe se había visto sometida a un proceso interno de discusión y debate teológico entre sus seguidores, así como a un proceso externo de adaptación para tener en cuenta las tradiciones y creencias locales, sin mencionar las jerarquías políticas y sociales y las realidades militares. La relación del hombre con la divinidad había sido reformulada junto con las relaciones entre comunidades y entre individuos. En Roma y Armenia, esto había conducido a la definición de un solo tipo de cristianismo que era aceptado a expensas de los demás. Por el contrario en la India y China existía una diversidad de prácticas religiosas, ordenadas por las diferentes religiones presentes en el país, pero en China también por la manera difusa con la que habían llegado formas muy diferentes del budismo (por no mencionar la continua fragmentación política de China).
A lo largo del mundo clásico, visto en su conjunto, la religión, la guerra y la política se habían fusionado. En el mundo romano, los emperadores libraron batallas para imponer su versión de la religión oficial como la mano de la voluntad de Dios, y en consecuencia toparon con la Iglesia en lo que se iba a convertir en un conflicto casi perpetuo entre la autoridad espiritual y la terrenal. En Armenia, el rey y el católicos con frecuencia estaban enfrentados a muerte, a veces porque mantenían posiciones religiosas diferentes y en otras ocasiones (como en Roma) porque la autoridad espiritual arremetía contra los poderes terrenales. En la India gupta, por el contrario, el enrelazamiento de religión y gobierno brilló con el establecimiento de una estabilidad política, económica y militar, que provocó una edad dorada en la historia india de diversidad religiosa y creatividad intelectual. Y en China, a medida que el budismo rebatía las críticas y se convertía en una religión oficial de las cortes, en algunos casos los gobernantes ordenaban que los monjes budistas se presentasen ante ellos; en otros casos, respetaron su independencia espiritual; y en otros más, habían ido a la guerra para conseguir su liberación.
En consecuencia, el siglo IV se merece su fama como un momento decisivo de la historia, no solo porque presenció cambios dinámicos en la apariencia religiosa y política de enormes extensiones de un mundo clásico realmente interconectado, sino también porque estos cambios siguen influyendo en la actualidad en la manera en que funciona nuestro mundo y en muchas de las ideas que nos ayudan a vivir.

En esta parte nuestra historia se ha ocupado de tres de las cuatro religiones más populares en el mundo actual, y de cómo el siglo IV d.C. fue un periodo tan crítico en su desarrollo teológico, crecimiento, aceptación e integración en las sociedades humanas. Estos procesos dinámicos fueron posibles por la naturaleza recién interconectada del mundo en aquella época: conexiones desarrolladas durante los siglos precedentes. Hay que decir que cada una de las religiones sufrió un nivel de modificación en el transcurso de su transmisión.
Esto ocurrió especialmente en el caso del culto antiguo hindú y budista. Las oleadas de migraciones desde el este hacia Asia central durante los siglos III y II a.C. provocaron el movimiento en masa de los sacas y después de los Yuezhi hacia la India, lo que no solo desestabilizó la India política y militarmente, sino que le infundió su vitalidad religiosa. Estas comunidades honraban la idea del rey guerrero que, a su vez, ayudó a la fusión de la religión y el gobierno en la figura de un gobernante gupta casi divino y parecido a un león.
Por el contrario, el desarrollo de las relaciones comerciales a lo largo de la Ruta de la Seda y por vía marítima entre la India, Asia central y China generaron el potencial para la extensión del budismo primero hacia Asia central y después hacia el este hasta China, a medida que generaciones de monjes budistas recorrían los senderos a lo largo de las nuevas arterias para viajar. Algunos plantean que el desarrollo (muy en especial en Asia central) del budismo Mahayana, con su énfasis en la figura del Bodhisattva (quien tiene la esencia de la budidad, pero que permanece en este mundo para ayudar a los demás), se debe relacionar también con la extensión contemporánea de las historias de Jesucristo como salvador que dio su vida por el perdón de los pecados humanos. Estas historias también eran llevadas al este por los misioneros cristianos a lo largo de las rutas comerciales que partían del Mediterráneo.
Mientras tanto la estética grecorromana, presente en Asia central de la época de las invasiones de Alejandro Magno, ejerció una influencia conspicua en las representaciones artísticas de Buda, en especial en las de Asia central durante los siglos I a IV d.C.
Por supuesto, el siglo IV d.C. no presenció el final del impacto que la naturaleza interconectada del mundo clásico iba a tener sobre sus partes constituyentes. El oficial militar e historiador romano Amiano Marcelino nos explica que en 356-357 d.C. el gobernante sasánida, Shapur II, se vio obligado a ir a la guerra contra nuevos invasores nómadas en las fronteras orientales de su imperio. En la década de 370 d.C. también llegaban informes a Roma sobre la derrota de tribus nativas alrededor del mar Negro por invasores nómadas; seguido de una inmigración en masa de tribus que vivían en la frontera con Roma para penetrar en la supuesta seguridad del Imperio romano. En 395 d.C. —justo después de partir Teodosio para enfrentarse al pagano Eugenio en la batalla del río Frígido—, estos nómadas aprovecharon la oportunidad en una desprotegida frontera septentrional para realizar saqueos en el Imperio romano. En 410 la ciudad de Roma fue saqueada por tribus inspiradas, y empujadas, por la llegada de estos mismos nómadas.
Alrededor de la misma época, lejos al este en el norte de la India, el reinado pacífico de los gupta se vio interrumpido durante el reinado de Kumaragupta por las invasiones nómadas. Estas continuaron durante el reinado de su hijo, superaron el paso del Jáiber y acabaron provocando el final de la edad dorada gupta.
Se trataba de los hunos, cuyas diferentes tribus y grupos realizaron una guerra relámpago a través de Asia central y occidental, y penetraron en Europa y el Mediterráneo durante el siglo V d.C. Su líder más famoso, Atila, aterrorizó el fragmentado Imperio romano, amenazando Constantinopla y obligando al emperador romano a abandonar el norte de África. Aunque no podemos estar seguros, es totalmente posible que los hunos fueran originalmente descendientes de las tribus nómadas Xiongnu que habían acosado China desde el siglo IV a.C. Y mientras en China los reinos fragmentados de los siglos IV y V acabarían reunidos una vez más bajo una sola dinastía, el mundo romano estaba condenado a no ser nunca más un imperio. Estos dos reinos, hogar de más de la mitad de la población humana del mundo, y durante mucho tiempo una imagen especular el uno del otro, contemplaban ahora futuros muy diferentes, con las tierras de Asia entre ellos.

Los mitos de nuestra época moderna globalizada se basan fundamentalmente en las películas: un negocio global dominado por la industria de Estados Unidos centrada en Hollywood. Pero la marcha de la globalización ha significado que Hollywood se ha vuelto cada vez más dependiente tanto de los mercados externos como del conjunto de sus clientes domésticos. China es ahora el segundo mayor importador de películas de Hollywood, y Hollywood, naturalmente, se ha adaptado intentando ajustar su producción a los gustos de los espectadores chinos (como han hecho, por ejemplo, muchos de los productores mundiales de bienes de lujo). Pero no nos debería sorprender que en la actualidad China intenta producir películas que sean éxitos mundiales; o que debería revisar las historias del mundo clásico para encontrar historias potencialmente cinematográficas con un interés «global».
De los siglos XVI a XIX en China, Confucio fue exaltado como el sabio y maestro por excelencia, y su sistema —con su énfasis en la integridad moral y la piedad filial— fue adoptada en todos los niveles del gobierno. Pero a finales del siglo XIX la incapacidad de China para mantener el ritmo de Occidente provocó una gran desilusión. En 1905 fue abolido el sistema de exámenes de base confuciana y en 1911 se estableció la República de China tras el derrocamiento de la familia imperial. Se responsabilizó a Confucio del atraso aparente de de China («¡Abajo con Confucio e hijos!», era el canto de protesta) y a partir de la década de 1920 el Partido Comunista de China apoyó oficialmente este sentimiento, prefiriendo la filosofía legalista.
Pero aun así en países como Corea, Japón y Vietnam, Confucio fue cada vez más popular a lo largo del siglo XX. Esto se debió en parte al éxito económico de estos países en las décadas de 1950 y 1970 —un éxito conseguido cuando aún
adoptaban las ideas confucianas—, de manera que el confucianismo se volvió de nuevo más aceptable en China y ahora se considera que trae consigo la promesa de crecimiento económico, así como un antídoto contra el materialismo occidental. En la actualidad el confucianismo se promueve en China a dos niveles: primero, como religión —un remedio espiritual contra la polución occidental—; y en segundo lugar, como fuerza política: una forma potencial de democracia adecuada para Oriente.

A lo largo de este escenario mundial cada vez más interconectado y enmarañado, como vimos en la tercera parte, se extendieron y mutaron con facilidad las ideas, en especial sobre la relación entre los mundos humano y divino. En el transcurso de un solo siglo tres de las mayores religiones del mundo se expandieron activamente a lo largo de enormes regiones del globo y/o se vieron alteradas fundamentalmente en su apariencia teológica y ritual en sus mundos originarios. Esto se produjo en parte por la naturaleza misionera de ciertas religiones (en especial el cristianismo, que viajó a través del Mediterráneo hacia Asia central; y del budismo, que se extendió hasta China a lo largo de la Ruta de la Seda). Pero el proceso se vio impulsado por las oportunidades creadas por los acontecimientos políticos y militares y por la gestión cuidadosa de las relaciones entre los gobernantes divinos y terrenales, con frecuencia ejercidas por los propios gobernantes, o por los misioneros que les apoyaban.
La historia nos muestra que una visión de un mundo más grande y conectado se debe alimentar, defender y luchar por ella. Espero que esta visión perdure y que nuestra apreciación de la perspectiva global siga acompañando no solo nuestro tiempo, sino también el de los mundos clásicos.

An interested book where intertwined themes of the development of political systems, migration and the importance of religion for power and policy are my principle drawings. Essential reading to help understand the world. Drawing this together with the importance of history in the modern day to particularly China and, disappointingly, of much less interest to use in the Anglo world.

Welcome to India … at least as described by a Greek named Megasthenes, at the beginning of the third century BC. It presents a very vivid image of a world full of remarkable creatures, capable of extraordinary deeds. The gold bulldozer and killer ants, according to him, fought so ferociously against human thieves because they understood the value of gold and were willing to sacrifice their lives rather than lose it. In other parts of India, according to Megástenes, you could find tigers that were twice the size of a lion; monkeys larger than larger dogs; winged scorpions, and flying serpents whose urine could sore and decompose human skin; other snakes so large that they could swallow deer and whole bulls; and dogs with jaws so strong that they could trap the lions without letting go. Above all of them was the Indian elephant, bigger than any elephant in Africa, whose rival in the sea was the whale, five times the size of the elephant Indian.
Megastenes’ interest was not limited to animals: his India was also home to exotic humans. Collect stories of small men and men as big as giants; some men without nose and other men without mouth …
Pataliputra was located at the confluence of the great Ganges and Eranoboas rivers and extended like a parallelogram, with its wooden ramparts crossed by 64 gates and defended with 570 watchtowers. All this surrounded by a deep pit, which not only served as defense against an attack, but also was the most convenient deposit for all the waste of the city (whose stench must have assaulted the eyes and noses of the visitors, in special in the warmer months). But the splendor of the interior of the king’s palace, according to Megasthenes, far exceeded that of the great Persian palaces of Susa and Ecbatana in Asia Minor, which until that time were for the Greeks the peak of extravagant luxury. The royal parks had large numbers of domesticated peacocks and pheasants, shaded groves and perennial trees. The parrots followed the king, flying above him a great number, and large artificial lakes, full of fish, were intended exclusively for the pleasure of the king and his son.
India was not the only place where the borders of the world were expanding at that time. The contemporaries of Megasthenes went to investigate other societies on the margins of the known world and their reports have also survived in fragments to the present. A man named Patroclus sailed around the Caspian Sea; another, Demodamas, explored Central Asia. We know that after the retirement of Megasthenes, his successor as Seleucid ambassador to the court of Chandragupta was Deimaco, who wrote his own report on what he had observed.
The flow of information was not only going in the direction of the curious West.

What drove the changes in these three worlds at this time was an acute sense of injustice against a system of government that was preponderantly autocratic, and a search for a better, and even ideal, society on a stage of conflict and civil unrest. In Greece and Rome these political revolutions were led by the community and started without any kind of road map. In China, by contrast, Confucius wanted to change the state’s form of government, with a precise plan in mind. In fact, he is surely the first person in Chinese history to make clear what his principles and ideas are, despite the fact that Confucius always presents himself as a “transmitter” of old ideas, rather than an innovator with new ideas.
The end of the 6th century BC it is without a doubt a fascinating moment in the history not only of an ancient society, but of a much wider classical world. It is a turning point in the development of human civilization and in the conception of how we can, and should, relate to each other and act as a community. Even more important is that the debates that took place at that time still guide us, raising echoes with surprising vitality in today’s modern world.

Rome continued to take lessons from Athens even after the founding of her new political body. In the turbulent first half century of the republic, when the people and leaders of Rome tried to find a balance between the rights of the masses and the power of the minority, the Roman legislators traveled to Athens to investigate the legal framework and the Athenian constitution. -particularly Solon’s reforms, which the Romans considered to have faced a dilemma similar to his own- and brought back ideas to apply at home. This connection was to continue until the period of the absorption of Greece into the Roman Empire at the end of the 2nd century and the beginning of the 1st century BC. Even so, the result of this process was a political system fundamentally different from Athenian democracy, which attempted to balance the representation of the people with the continuation of most of the power in the hands of an elite. The tension between these forces was present throughout the crucial years of the birth of the republic, and they were an inescapable part of the structure that emerged from the fire.
In 172 BC, for the first time in the history of Rome, the two consuls were plebeians: an advance that was possibly being prepared for some time, but with Rome now having the drive to be the only great power of the Mediterranean, its great ambitions and the perfection of their political system seems to have formed the most extraordinary union.

By making a direct comparison between the history of Confucius and the revolutions in political thought and government in Rome and Athens, we offer a very different story of political change. By studying China in the same time frame in which democracy was developing in Athens, and a republic in Rome, we have the opportunity to observe a moment not of social revolution, mass revolt and popular political change; but one in which an individual, surrounded by a few devout followers, calmly tried to convince the rulers of society to adopt as their own a new form of political thought and government, and a new formation of the relationship of man with the man.
Moreover, unlike Rome and Athens, where the political systems that ended up crystallizing were not in any case bright objectives set from the beginning, but rather commitments forged over time as circumstances allowed, in China, Confucius developed his own ideas about how the government should function, with the aim of offering a complete batch of political, legal and moral advice for the rulers of his society. Perhaps he was the first person in Chinese history to do something similar, and yet he always claimed that he was the transmitter of ideas from the past rather than an innovator with new ideas.
The sociopolitical situation to which Confucius responded had many similarities with the circumstances that gave rise to the political revolutions in Athens and Rome. Confucius developed his thinking in the midst of a very turbulent era in Chinese history, in many ways even more terrifying than the wars that besieged Rome and Athens.

The mission of Confucius in the court of Duke Ding was to try to teach the duke how he could be a good and conscientious ruler, in the hope that the achievements of his positive example would descend cascading through the population. (As stated in the Analects that Confucius said: “If there is a true king, after a generation humanity will undoubtedly prevail.”) Confucius’ efforts came to an end with the eighty beautiful women who turned their heads away from the Duke of the arduous task of the government. But that, of course, was not an accident: Lu’s most powerful families preferred the Duke to be an ineffective ruler who would allow them to do whatever they wanted, and at best be a moldable tool for their own interests. So Confucius left the state to go into voluntary exile, earning his living offering his advice and wisdom to the rulers of neighboring states. The Analects collect their discontent: “When justice prevails under heaven, courtesy, music and punitive wars flow from the children of Heaven. When evil prevails under heaven, politeness, music and punitive wars flow from the feudal princes. ”
The reality is that Confucius fought for his message to be heard, even in China. Moreover, during the difficult and dangerous period of “Spring and Autumn” of the state of Lu it is very easy to see why a solution that demanded so strenuous an effort on the part of the individuals of the court -especially when exposed by an individual very Frank, who did not possess too much charm or ability to persuade-fell on deaf ears.
After Confucius’s attempt to teach Duke Ding was hindered by the cynical appeal to the eighty desirable women, he left for his second period of exile with some disciples in a convoy of carriages crossing the lands razed by the Eastern Zhou War. , initially to the court of Duke Ling in the state of Wei, but here his teachings also failed to penetrate. In the decade that followed, Confucius traveled through many other states within the Zhou kingdom – Qu, Cheng, Wu, Pu, Cai and Cao – offering his services as a teacher at each stop. The second self-imposed exile was of the same duration as that of Solon of Athens, almost a century earlier.
As the different rulers of the surviving states of the Zhou Dynasty fought among themselves for survival in a cycle of even more violent destruction that was the period of the “Warring States,” they did so with different philosophies of government and command that They reached their ears through these itinerant teachers. Like a Petri dish in which new and curious things grow with surprising rapidity, the Chinese states of the Zhou Dynasty embraced the “One Hundred Schools of Thought” as part of their desperate attempts to resist destruction and emerge victorious. The legalism of Shang Yang and Han Fei was indispensable for the state that was going to govern them all. And this support for legalism, at least in the first instance, represented a great threat to the survival of Confucianism. However, it was the passage of time that provided a springboard for the ideas of Confucius to overcome his detractors and obtain the highest position of influence.

When Rome gained control of the Mediterranean, Polybius analyzed how his political constitution had helped achieve such power. In China – which witnessed the rise above all of one state, following legalistic ideas – the survival of Confucianism hung in the balance. While the heavy footsteps of innumerable soldiers and looters echoed throughout the classical world, and political debates continued to rage, this was also a crucial moment for the growth of connections in the Mediterranean: between Asia Minor and Central Asia, and between Central Asia , India and China. In this era of war, not only the world leaders had to take into account more and more the conspiracies and the plans of others extended by an increasingly wide geographical area, but there was a meeting between East and West in the depths of Asia central and, with it, a permanent connection would be established through the enormous territory of Antiquity.

In Asia, the Seleucid ruler Seleucus II, father of the future Antiochus III, faced the threat of further Roman intervention on the western borders of his world, while he had to resign himself to losing territories in the east, where the kingdom of Bactria , hyperactive and expanding, had just achieved a new and ambitious ruler: Diodoto II.
The flow was even greater since the last great Maurya king, Asoka, had died in India, initiating the disintegration of the until then proud empire of Chandragupta Maurya, which the neighboring kingdoms lurked like vultures.
Meanwhile in China the state of Qin had just achieved one of the greatest military victories against a rival state, on its march towards total domination of the Chinese world, led by the future Qin Shi Huangdi.
Consequently, in 229 BC, the classical world of the Mediterranean until China was immersed in an important change: because of the constant Roman expansion towards the West, which was met with resistance; the instability, the intense rivalry and the dynastic struggle in the center; and the seemingly unstoppable Qin expansion in the east. Here we can see a historical crossroads: the mentality of a new group of young governors and commanders was being forged, at the same time that the military and political landscape they confronted was shaped and eventually controlled. Within ten years, the reins of power had changed hands: Hannibal, in the mid-twenties, was leading the war for Carthage; Filipo V took full control of Macedonia with only sixteen; Antiochus III, who had just turned twenty, ruled the huge Seleucid Empire; and Ptolemy IV, twenty-one years old, controlled Egypt.

The Maurya court did not need the Greek contributions to impress: its opulence surpassed the most delirious dreams of any Greek. Only Persians who love luxuries, according to Megástenes, could imagine the riches that were exhibited, but they could not hope to compete.
Splendor had a price. It is said that Chandragupta was so paranoid about potential killers that he frequently changed the bedroom to confuse the potential conspirators. In later Buddhist legends, Chandragupta decides to voluntarily relinquish the throne in favor of Bindusara, who was later succeeded by Asoka in 270 BC. However, this succession, according to many of the later ancient sources, seems to have had violent opposition: after a long dispute between claimants to the throne, it is said that Asoka secured his succession by murdering almost all of his ninety-nine brothers.
But today a counterhistory survives that is reflected in the contemporary rock inscriptions found throughout the ancient empire of Asoka, proclaiming its laws, edicts and achievements (and also relating that his brothers were safe and had important positions in court).

While Rome was preoccupied with Hannibal, Philip’s objective was to land 5,000 men in the area of ​​the Roman protectorate along the Illyrian coast, while at the same time sending ground troops from the Macedonian side to occupy the region: in other words, a movement in simultaneous clamp. This would not only expand Macedonian control, but would also provide a secure base from which to launch any future operation towards Italy.
If this was the great goal, the first movement of Philip should have greatly depressed the spirit. Another Illyrian prince, an ally of Rome, made a desperate appeal to the Romans to help him repel Philip’s fleet. Rome sent a few ten ships, but even so, Philip, upon receiving the news that the Romans were on their way, panicked, awaiting the appearance of the entire Roman fleet. He retired immediately and his ships scattered in a desperate attempt to find a safe harbor, all fearing the appearance of Roman masts on the horizon.

In 205 a.C. the chess board of the classical world was under the gaze of a group of leaders who were older, wiser, more experienced in war than the eyes that saw it two decades before. Some had more hope in the future than others. Hannibal, now in his forties, probably contemplated the writing on the wall for his efforts to drag Rome to the negotiating table. The Roman general Scipio, who had repeatedly faced Hannibal in battle since he was seventeen, was now in his thirties, strengthened by his victories in Spain and ready to continue to face Hannibal. Filipo, in his thirties, is very likely to be relieved that he does not remain the target of concerted attacks from the east and west of the Mediterranean. Antiochus the Great, also in his thirties, was enjoying his great fortune on the crest of his unified kingdom that connected the Mediterranean with Central Asia, and was ready to engage in the fragmented war and politics of the Mediterranean; meanwhile his old adversary, Egypt -post-Ptolemy IV-, seemed to be immersed in chaos.
In Central Asia the old and cunning Eutidemo and his young son Demetrio were strengthened in their role as rulers of Bactria and guardians of the Seleucid Empire against the nomads of the east. In China, Liu Bang, head of a new dynasty, ruled over a new unified Han Empire. And waiting for their chance at the northwestern frontier of this nascent world were the highly trained and lethal forces of the Xiongnu, led by the reckless, ruthless young Maodun.
All of them, in different ways, had redesigned the relationships between their respective communities and, in doing so, had further united the classical world, mainly through violence. They had spread the war simultaneously through multiple scenarios, seeking to expand their influence and strengthen their aspirations through alliances. Some had succeeded in creating large, unified and stable communities under a single ruler. And the result of these movements -especially the seemingly chaotic migrations that had begun in the East- would, in turn, cause these worlds to connect even more closely.

The debate on the ideal system of government had already been the subject of concern for Confucius and his disciples, as well as constituting one of the “One Hundred Schools of Thought” that were trying to be preferred by those who held power. Gaodi had first-hand experience of the delicate balance that was necessary to govern over fifty million subjects: how to delegate sufficient power to those whose support was needed, but not too much power not to encourage their rivalries and aspirations. After all, he had exploited this situation to rise to its present pre-eminence.
The second problem was also part of the history of China since its first defensive wall was built in the 5th century BC. But now it was more urgent than ever, because the nomadic tribes of the north and northwest were led by an equally charismatic and draconian personality: a man named Maodun.
A very similar dual challenge was also going to worry the Roman Republic during the following decades. While Hannibal wrote a sad autobiography of his efforts on the walls of the temple in southern Italy, and young Scipio led the Roman troops, Rome was ready to launch a proactive counter-offensive against Carthage. He was about to put pressure once more on Philip V of Macedonia, to get involved more directly in Egypt; and, as Antiochus tried to expand his dominions in the Mediterranean, it was inevitable that Rome would also collide with the Seleucids.
These powers were to try a series of strategies to ensure the submission of those under their control and to define the boundaries of their power. The final result will be the creation of two mega-empires at both ends of the classical world, and in between the instability of numerous competing groups.

In India, the emerging and newly arrived Guptas were riding the wave of the changing nature of the ancient native Hindu cult, which had facilitated their rise to power, but now also offered them potential support for the extension of their empire. In China, while the political and military disaster fragmented what had been a unified world, a new introduction – Buddhism – tolerated but confused and multifaceted was an offer for those who tried to govern for the first time in China and for those who tried to restoration of your domain. In Armenia, thanks to the apparent divine intervention, the king was willing to embark on the deliberate extermination of ancestral religious life in favor of newly adopted Christianity. And in the Roman world, Constantine was now the sole ruler of a reunified Roman Empire: an emperor who was still officially a pagan of an overwhelmingly pagan world, with a good record of religious tolerance and Christian sympathies.
Within the next two decades many of these leaders would be dead; but meanwhile their actions would not only define the future paths of religious practice within their countries, but the very nature of these religions.

At the end of the second half of the fourth century a variety of forms of worship was found in various phases of accommodation with the great rulers of kingdoms far apart from each other.
The narrations about the rapid and divine conversion of Armenia by Tiridates and Gregorio mask a much more complex and unbalanced reality that ended up expelling Tiridates from power to end up living as a hermit, or maybe he died assassinated, leaving Armenia even more divided and unstable. On the other side of the Mediterranean, Constantine had founded a new capital to embody his delicate balance and combination of pagan and Christian traditions, and he had tried to ensure that Christian doctrinal disputes did not generate a perpetual disorder in the unity of his kingdom. Above all he had tried the fusion of Church and pagan and imperial authority in his person, placing himself at the head of the system.
In India, the Guptas had overcome their wildest dreams not only by molding old and new religious traditions together, to strengthen their government and the stability of their community, but in the process they had generated a stronger social hierarchy that depended in the last instance of them as almost divine rulers. And in China, the Buddhists had made their religion attractive to the new rulers of the north, and shaped it in the south so that it could be acceptable to the elite circles of conversation and thought, linking the histories and religions of India and China.
But, in each case, the position of these religions and their followers remained precarious. Christianity in the Roman Empire, despite the interest and involvement of Constantine, remained a minority religion and the Roman emperor was not a Christian. For Christianity in Armenia, despite the miraculous work of Gregory, it was not clear to what extent religion had permeated the population (much less with the Christianity of southern Armenia, with its different approach, much more centered on the people) and tensions grew in the relationship between the king and the Catholics. For Buddhism in China, the fate of this new religion still had to be decided both in the north and in the south, in a political and military climate that was still changing rapidly. In each case it was still pending to see if faith had a future as an accepted national religion, among other reasons because, unlike Gupta India, the relationship between religion and government had yet to be fully negotiated.

There had been a similar meteoric rise of Christianity and the new formulation of the ancient Hindu cult promoted by the Gupta: these religions did not exist in their particular formulations or had been the religion of minorities and foreigners – even the object of persecution – only a century before. In the second half of the 4th century AD each faith had been subjected to an internal process of theological discussion and debate among its followers, as well as to an external process of adaptation to take into account local traditions and beliefs, without mentioning political and social hierarchies and military realities. The relationship of man with the divinity had been reformulated along with the relationships between communities and between individuals. In Rome and Armenia, this had led to the definition of a single type of Christianity that was accepted at the expense of others. On the contrary, in India and China there was a diversity of religious practices, ordered by the different religions present in the country, but in China also by the diffuse way in which very different forms of Buddhism had arrived (not to mention the continuous fragmentation China policy).
Throughout the classical world, seen as a whole, religion, war and politics had merged. In the Roman world, the emperors fought battles to impose their version of the official religion as the hand of the will of God, and consequently came face to face with the Church in what was to become an almost perpetual conflict between spiritual authority and the earthly In Armenia, the king and the Catholics were often faced with death, sometimes because they maintained different religious positions and at other times (as in Rome) because spiritual authority lashed out against the earthly powers. In India Gupta, on the other hand, the entailment of religion and government shone with the establishment of a political, economic and military stability, which brought about a golden age in the Indian history of religious diversity and intellectual creativity. And in China, as Buddhism refuted criticism and became an official religion of the courts, in some cases the rulers ordered Buddhist monks to come before them; in other cases, they respected their spiritual independence; and in others, they had gone to war to secure their liberation.
Consequently, the fourth century deserves its fame as a decisive moment in history, not only because it witnessed dynamic changes in the religious and political appearance of enormous extensions of a truly interconnected classical world, but also because these changes continue to influence today. in the way our world works and in many of the ideas that help us live.

In this part our history has dealt with three of the four most popular religions in the world today, and how the fourth century AD. it was such a critical period in its theological development, growth, acceptance and integration in human societies. These dynamic processes were possible because of the newly interconnected nature of the world at that time: connections developed during the preceding centuries. It must be said that each of the religions suffered a level of modification during the course of its transmission.
This happened especially in the case of the ancient Hindu and Buddhist cult. The waves of migrations from the east to central Asia during the III and II a.C. they provoked the mass movement of the bags and after the Yuezhi to India, which not only destabilized India politically and militarily, but also infused its religious vitality. These communities honored the idea of ​​the warrior king who, in turn, helped the fusion of religion and government in the figure of an almost divine and lion-like Gupta ruler.
On the contrary, the development of commercial relations along the Silk Road and by sea between India, Central Asia and China generated the potential for the extension of Buddhism first to Central Asia and then eastward to China , as generations of Buddhist monks roamed the paths along the new arteries to travel. Some argue that the development (especially in Central Asia) of Mahayana Buddhism, with its emphasis on the figure of the Bodhisattva (who has the essence of Buddhism, but who remains in this world to help others), must be related also with the contemporary extension of the stories of Jesus Christ as savior who gave his life for the forgiveness of human sins. These stories were also carried eastward by Christian missionaries along the trade routes departing from the Mediterranean.
Meanwhile Greco-Roman aesthetics, present in central Asia at the time of the invasions of Alexander the Great, exerted a conspicuous influence on the artistic representations of the Buddha, especially those of Central Asia during the 1st to 4th centuries AD.
Of course, the fourth century AD He did not witness the end of the impact that the interconnected nature of the classical world was going to have on its constituent parts. The military officer and Roman historian Amiano Marcelino explains that in 356-357 AD the Sasanian ruler, Shapur II, was forced to go to war against new nomadic invaders on the eastern borders of his empire. In the 370 AD decade reports also came to Rome about the defeat of native tribes around the Black Sea by nomadic invaders; followed by a mass immigration of tribes that lived on the border with Rome to penetrate the supposed security of the Roman Empire. In 395 AD -just after leaving Theodosius to face the pagan Eugenio in the battle of the Frigid River-, these nomads took the opportunity in an unprotected northern border to loot in the Roman Empire. In 410 the city of Rome was sacked by inspired tribes, and pushed, by the arrival of these same nomads.
Around the same time, far east in the north of India, the peaceful reign of the Gupta was interrupted during the reign of Kumaragupta by nomadic invasions. These continued during the reign of his son, they overcame the passage of the Jáiber and ended up provoking the end of the gupta golden age.
These were the Huns, whose different tribes and groups waged a blitzkrieg across central and western Asia, and penetrated into Europe and the Mediterranean during the fifth century AD. Its most famous leader, Attila, terrorized the fragmented Roman Empire, threatening Constantinople and forcing the Roman Emperor to leave North Africa. Although we can not be sure, it is entirely possible that the Huns were originally descendants of the nomadic Xiongnu tribes that had beset China since the fourth century BC. And while in China the fragmented kingdoms of the fourth and fifth centuries would be reunited once again under a single dynasty, the Roman world was condemned never to be an empire again. These two kingdoms, home to more than half of the human population of the world, and for a long time a mirror image of each other, now contemplated very different futures, with the lands of Asia among them.

The myths of our modern globalized era are based fundamentally on movies: a global business dominated by the US industry centered on Hollywood. But the march of globalization has meant that Hollywood has become increasingly dependent on both foreign markets and all its domestic customers. China is now the second largest importer of Hollywood films, and Hollywood, naturally, has adapted by trying to adjust its production to the tastes of Chinese viewers (as, for example, many of the world’s luxury goods producers have done). But it should not surprise us that China is currently trying to produce films that are global successes; or that he should review the stories of the classical world to find potentially cinematic stories with a “global” interest.
From the 16th to the 19th centuries in China, Confucius was exalted as the sage and teacher par excellence, and his system – with its emphasis on moral integrity and filial piety – was adopted at all levels of government. But by the end of the 19th century, China’s inability to keep up with the West caused great disappointment. In 1905 the Confucian base exam system was abolished and in 1911 the Republic of China was established after the overthrow of the imperial family. Confucius was blamed for the apparent backwardness of China (“Down with Confucius and children!” Was the song of protest) and from the 1920s the Chinese Communist Party officially supported this sentiment, preferring legalistic philosophy.
But even so in countries like Korea, Japan and Vietnam, Confucius was increasingly popular throughout the twentieth century. This was partly due to the economic success of these countries in the 1950s and 1970s – a success achieved when
They adopted Confucian ideas, so that Confucianism became again more acceptable in China and is now considered to bring the promise of economic growth, as well as an antidote to Western materialism. At present, Confucianism is promoted in China at two levels: first, as a religion-a spiritual remedy against Western pollution; and second, as a political force: a potential form of democracy suited to the East.

Throughout this increasingly interconnected and entangled world scenario, as we saw in the third part, the ideas spread and mutated easily, especially on the relationship between the human and divine worlds. In the course of a single century, three of the world’s largest religions actively expanded throughout huge regions of the globe and / or were fundamentally altered in their theological and ritual appearance in their original worlds. This was partly due to the missionary nature of certain religions (especially Christianity, which traveled through the Mediterranean to Central Asia, and Buddhism, which extended to China along the Silk Road). But the process was driven by the opportunities created by political and military events and by the careful management of the relationships between the divine and earthly rulers, often exercised by the rulers themselves, or by the missionaries who supported them.
History shows us that a vision of a larger and connected world must feed, defend and fight for it. I hope that this vision lasts and that our appreciation of the global perspective continues to accompany not only our time, but also that of the classical worlds.

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