Ciencia, Filosofía Y Racionalidad — Jesús Mosterín / Science, Philosophy and Rationality by Jesús Mosterín (spanish book edition)

Jesús Mosterín realiza otra singular y titánica obra con ejemplaridad y sencillez. Cabe objetar una excesiva identificación entre experiencia y realidad que le hacen tender al idealismo inconfeso (la realidad como experiencia) bien el realismo ingenuo. Acorde con esta última posibilidad tematiza la racionalidad como lenguaje, soporte argumental, racionalilsmo cartesiana, razón práctica o racionalidad medios-fines. Olvida la razón teórica kantiana de cariz crítico, laico, natural, universal y lógico que después identifica con la racionalidad científica y la racionalidad comunicativa. Condena el propio concepto de “razón” por vago pero no hace lo mismo con otros como “realidad” o “conocimiento”. Mosterín además frivoliza con la noción de “libre albedrío”. Demasiadas taras para uno de los filósofos de la naturaleza más importantes en castellano que parece conceder demasiado al cientismo. Como todos los libros de Jesús Mosterin, es claro, ameno y a la vez profundo.

La curiosidad, la búsqueda de la verdad, el afán por el conocimiento y la tendencia a construir una visión del mundo amplia y fiable subyacen tanto a la ciencia como a la filosofía. Aunque la gran filosofía siempre ha estado fecundamente imbricada en la ciencia de su tiempo, y aunque los grandes científicos (como Darwin o Einstein) han sido también auténticos filósofos, en algunos medios académicos dominados por la burocracia y la frivolidad se ha producido un lamentable divorcio entre las ciencias y las humanidades, y una separación esterilizante entre el pensamiento filosófico y el científico. Una ciencia ayuna de filosofía corre el riesgo de quedar reducida a técnicas y rutinas desabridas y de corto vuelo. Una filosofía alejada de la ciencia con frecuencia degenera en mera palabrería y verborrea, en la que las citas y los juegos de palabras no logran restablecer el contacto con la realidad.

La palabra “humanismo” fue acuñada en el Renacimiento. Los humanistas, aunque cristianos sinceros, percibían la Edad Media como una época oscura, obsesionada por la muerte, el pecado y el infierno. Hastiados de la concepción medieval de este mundo como un valle de lágrimas, querían restaurar la serena visión de la Antigüedad y su aprecio del placer y la belleza. Esa visión clásica se había expresado en un latín elegante y sutil, que contrastaba con el latín macarrónico y empobrecido de los eclesiásticos medievales. Los humanistas pretendían restaurar el cultivo del latín refinado de los autores antiguos, acercándose a su visión serena mediante la lectura de sus obras. Al estudio de las letras sagradas (la Biblia y los Padres de la Iglesia) contrapusieron el de las letras humanas (los textos latinos clásicos y, en algún caso, también los griegos). La palabra “humanismo” pasó a designar el estudio de las letras humanas, es decir, la filología clásica, la lectura de los textos antiguos y el cultivo del buen latín y de la elocuencia literaria. Petrarca, Boccaccio, Pico Della Mirandola, Chaucer, Erasmo, Luis Vives, François Rabelais y Thomas More fueron algunos de los humanistas famosos.
En el siglo XIX la tradición humanista afloró en las universidades, agrupando las disciplinas filológicas e históricas (incluyendo la historia del arte, la crítica literaria, la filosofía y los estudios religiosos) bajo el nombre genérico de “humanidades”. Entre sus contribuciones más valiosas destacan la edición crítica de los textos del pasado y, en general, el florecimiento de los estudios históricos.
En el siglo XX muchos intelectuales literarios y profesores de «humanidades» (unas humanidades que excluían nada menos que el genoma humano, el cerebro humano y la evolución humana) ya no entendían nada de la ciencia de su tiempo.
El humanismo estrecho cae fácilmente en las trampas del antropocentrismo. Cuando reducimos el foco de nuestro interés desde todo lo que somos (seres físicos, biológicos y sociales) a solo lo que tenemos de único y peculiar, perdemos el sentido del contexto y dejamos de lado nuestras características más importantes. Las peculiaridades de una especie animal con frecuencia son diferencias triviales, como una mancha más en un ala. Algunas especies solo se diferencian por algún rasgo invisible o por un leve retraso en el periodo de apareamiento. Un énfasis excesivo en lo que es únicamente humano puede resultar confundente. De hecho, la visión antropocéntrica del mundo es completamente falsa y distorsionada, pues finge para nosotros un centro que no ocupamos. No es de extrañar que siempre acabe chocando con la ciencia.
El humanismo estrecho degenera fácilmente en hostilidad contra la ciencia.
El antropocentrismo contribuye también a la falta de sensibilidad moral hacia las criaturas no humanas. En las tradiciones judía, cristiana e islámica solo la gente, los humanes, son objeto de consideración moral. Nuestra tradición cultural carecía de elementos comparables al sentido de la naturaleza del daoísmo chino o a la preocupación moral de los budistas y jainistas por no causar daño a las criaturas (la concepción de la a-himsa o no-violencia como la virtud moral suprema). En la antropocéntrica tradición occidental la naturaleza era ignorada o concebida como un mero objeto de explotación humana. Se suponía que los humanes no teníamos nada que ver con los otros animales ni con el resto de la naturaleza. Nosotros habríamos sido creados a imagen y semejanza de Dios y colocados en el centro del escenario del gran teatro del mundo como los protagonistas de la representación. El Sol y todos los planetas y estrellas giraban en torno a la Tierra, nuestro trono, y Dios y los ángeles, como espectadores sentados tras la esfera de las estrellas fijas, continuamente nos vigilaban, censuraban y aplaudían.
El humanismo occidental concede un peso excesivo a su propia tradición religiosa y cultural. Otros grupos étnicos y culturales tienen otros clásicos, otras creencias tradicionales y otras religiones. La llamada a la fidelidad cultural es una invitación a permanecer prisioneros en la caverna de la propia tradición, encadenados a una particular interpretación religiosa del mundo (tan arbitraria como las demás). Lo que necesitamos es liberarnos de nuestras cadenas intelectuales, y eso solo puede lograrse mediante una manera libre y universal de pensar, más en concordancia con nuestro mundo crecientemente globalizado y de la que la ciencia y la tecnología actuales son ejemplos.
Obviamente, no será renunciando a la principal fuente de información de que disponemos como podremos llegar a conocernos. A la ciencia hay que ordeñarla, no temerla.

Ciencia y filosofía forman un continuo. La filosofía es la parte más global y reflexiva del continuo, el escenario de las discusiones que preceden y siguen a los avances científicos. La ciencia es la parte más especializada, rigurosa y bien contrastada, la que se incorpora a los modelos estándar, a los libros de texto y a las aplicaciones tecnológicas. Ciencia y filosofía se desarrollan dinámicamente, en constante interacción. Lo que ayer era especulación filosófica hoy es ciencia establecida. Y la ciencia de hoy sirve de punto de partida a la filosofía de mañana. La reflexión crítica y analítica de la filosofía detecta problemas conceptuales y metodológicos en la ciencia y la empuja hacia un mayor rigor. Y los nuevos resultados de la investigación científica echan por tierra viejas hipótesis especulativas, y estimulan a la filosofía a progresar.
En griego clásico las palabras “ciencia” (epistéme) y “filosofía” (philosophía) se empleaban como sinónimos. Ambas se referían al saber riguroso, y se contraponían a la mera opinión infundada (dóxa). Lo que nosotros llamamos ciencia se originó en el siglo XVII, con la pretensión de ser una filosofía más rigurosa y fecunda que la practicada hasta entonces.
La filosofía debería actuar como un catalizador, convirtiéndose en un puente entre las ciencias y las humanidades. La verdad, la generalidad, la precisión, la autoconciencia y la honestidad intelectual han de ser reivindicados como valores de todo tipo de investigación, tanto científica como filosófica o humanística. El espejo roto de la investigación especializada ha de ser recompuesto en una imagen global unitaria, si es que ha de servir como marco en el que analizar y resolver nuestros problemas individuales y colectivos. La búsqueda de una cosmovisión global, por muy provisional que sea, es el fin último de toda investigación. Para ello necesitamos ciencia, pero también racionalidad y sabiduría. En definitiva, necesitamos un nuevo humanismo a la altura de nuestro tiempo, que haga uso de los tesoros de información que la ciencia nos proporciona y encare sin prejuicios los problemas y retos actuales.

La religión ha pretendido orientarnos acerca de cómo es la realidad en su conjunto y acerca de cómo vivir lo mejor posible, pero en la mayor parte de los casos sus orientaciones han sido formas de autoengaño. Como decía Karl Marx, la religión proporciona consuelos ilusorios a una vida infeliz. La sabiduría filosófica, por el contrario, consistiría en saber vivir realmente bien, de un modo lúcido y con los ojos abiertos. La filosofía podría compararse metafóricamente con un intento de religión racional, lo que incluye la búsqueda de una cosmovisión intelectualmente honesta, que tenga en cuenta y evalúe críticamente los resultados de la ciencia. La filosofía es un intento de buena vida basado en la verdad y en el conocimiento más objetivo posible de la realidad.
La situación cultural de nuestra época se caracteriza por el estrepitoso fracaso de todas las religiones e ideologías como guías de nuestra manera de pensar y de vivir. (El exacerbado fanatismo del islamismo yihadista, aunque crea un gran problema de seguridad, subraya, más que mitiga, el fracaso intelectual de las religiones.) El derrumbe de los viejos idearios nos ha dejado como náufragos intelectuales en un mar sin puntos de referencia.
El humán actual, radicalmente desorientado, dejado huérfano y a la intemperie por el descalabro de religiones e ideologías y enfrentado a retos inéditos y acuciantes, requiere una brújula intelectual, una cosmovisión, una filosofía a la altura de nuestro tiempo. La busca, pero no la encuentra, pues la filosofía que necesitamos está aún por hacer.

La deliberación pausada más bien conduce al egoísmo racional, mientras que la espontaneidad irreflexiva tiende más a la generosidad y la cooperación.
Muchos de los problemas prácticos, sociales, éticos, políticos y ecológicos tienen que ver tanto con nuestras tendencias y emociones, que en gran parte dependen de nuestros genes y, por tanto, de la naturaleza, como con las convenciones vigentes en nuestro entorno, que dependen de la cultura.

La palabra “racionalidad” se emplea en al menos cinco sentidos distintos:
• Racionalidad como capacidad lingüística. En este sentido —el más débil— un ser racional es un ser capaz de comunicarse mediante el lenguaje. Aristóteles había caracterizado al humán como el animal que tiene lenguaje (lógon ékhei), expresión que luego fue (mal) traducida como «animal racional».
• Racionalidad como razonabilidad. En este sentido, alguien es racional si aduce (o está dispuesto a dar) razones para decir o hacer lo que dice o hace. Y toda persona razonable y bien educada es racional.
• Racionalidad como ética. Kant identificó la racionalidad práctica con la ética. En este sentido es racional quien respeta a los demás y los trata como fines, no solo como medios.
• Racionalidad como racionalismo, como confianza ilimitada en la razón, en la intuición o la evidencia. Descartes y el resto de los racionalistas del siglo XVII solían adoptar esta postura, que por lo demás no tiene nada que ver con la racionalidad científica actual.
• Racionalidad como estrategia de optimización en la consecución de nuestros objetivos. Este sentido moderno o económico de la racionalidad presupone la capacidad lingüística y la razonabilidad, pero va más allá, incluyendo típicamente procesos de evaluación y optimización. La teoría de la decisión, la teoría de juegos y la teoría económica, en general, usan esta noción de racionalidad, que casi es la única empleada fuera de contextos filosóficos.

La ciencia actual es universal. La misma ciencia se enseña y practica en las universidades y centros de investigación de todo el mundo. Se trata de un hecho cultural inédito en la historia de la cultura humana anterior. La universalidad de la racionalidad científica se opone a la parroquialidad de las culturas étnicas, nacionales, tradicionales o dogmáticas. En especial, no hay que confundir la tradición cristiana occidental, tan tribal y cerrada como cualquier otra, con la ciencia actual, que no tiene nada de occidental ni de cristiana. De hecho, científicos de todos los países y razas contribuyen a ella.
A veces Oriente se contrapone Occidente, y por Oriente se entiende sobre todo India, China y Japón. Pero las contribuciones de estos países a la ciencia actual son bien visibles. Limitándonos al campo de la física, recordemos que las partículas elementales se dividen en dos clases fundamentales: los bosones (de espín entero, como los fotones) y los fermiones (de espín fraccionario, como los electrones). Los bosones se llaman así en honor del físico indio Satyendra Bose (1894-1974). El mayor triunfo de la física de partículas ha sido la unificación del tratamiento teórico de las fuerzas electromagnética y nuclear débil, obra del pakistaní Abdus Salam (1929-1996) y de los estadounidenses Steven Weinberg y Sheldon Glashow, y a su vez basada (como todas la teorías cuánticas de campos) en el esquema de teoría gauge no abeliana del chino Chenning Yang y de Robert Mills.

Debido quizá a su posición excéntrica en el Extremo Oriente, a su condición insular, aislado y protegido por el mar, y a no haber sido nunca conquistado por extranjeros (excepto en 1945), Japón es uno de los países que mejor ha conservado sus propias tradiciones culturales.
Los japoneses han sabido y querido combinar el mantenimiento de sus tradiciones imponderables y convencionales, que no tienen nada que envidiar a las occidentales, con la plena aceptación y asimilación de las pautas objetivas de conocimiento y de eficacia características de la ciencia y la tecnología inicialmente occidentales y ahora universales, a las que tan exitosamente contribuyen. No parecen haber tenido la más mínima dificultad en establecer la diferencia entre lo ponderable y lo imponderable, lo objetivo y lo subjetivo, lo convencional y lo natural.
La ciencia como ocupación ha logrado integrarse en la sociedad japonesa y alcanzar gran prestigio. En julio de 2007, el mismo emperador Akihito publicó un artículo sobre taxonomía en la revista Nature, en el que discutía y exaltaba diversos aspectos de la contribución de Linneo. El gasto en investigación y desarrollo en ciencia y tecnología en Japón sobrepasa desde hace años el 3% del producto interior bruto (PIB), por encima del porcentaje dedicado por Estados Unidos y Europa. En cualquier caso, no cabe duda de que Japón, el país más oriental (el país «del Sol naciente», es decir, del oriente por antonomasia), está plenamente incorporado a la ciencia global de nuestro tiempo y a la racionalidad científica universal.

Hay dominios tecnológicos como la informática y el desarrollo de software en los que abundan los fallos, que constantemente van siendo detectados y corregidos. Son dominios muy diferentes de la matemática pura, definida por Cantor como el reino de la libertad, donde uno puede hacer lo que quiera, mientras no se contradiga. También son muy diferentes de la ciencia empírica. De hecho, no son (y no pretenden ser) una ciencia. En la ciencia, y especialmente en la ciencia empírica, la idea reguladora de consistencia desempeña un papel crucial en la dinámica del progreso científico.
El descubrimiento de una contradicción en la ciencia empírica es experienciado como un trauma, que genera incomodidad, inquietud y ansiedad en toda la comunidad involucrada. Atrapados en esa tesitura, lo que los científicos buscan no es un modo de vivir con la contradicción, sino la manera de salir de ella. Y los pocos científicos que encuentran la manera de restaurar la consistencia, mediante sus esfuerzos extenuantes y su creatividad, son justamente celebrados por los demás como héroes intelectuales.

Resulta imprescindible la contribución de cientos de miles de naturalistas aficionados, voluntarios y entusiastas, que en muchos países hacen censos de aves, las anillan y registran el ritmo de sus migraciones; que observan y toman nota del desove de las tortugas, que determinan la distribución espacial de las diversas especies de plantas y que documentan y fotografían todo tipo de especímenes y fenómenos que sin ellos habrían permanecido desconocidos. Hay miles de casos. Por ejemplo, en junio de 2013 la sociedad ornitológica SEO/Birdlife presentó el primer Atlas de las aves en invierno en España, que recoge los datos inéditos recogidos por 2600 voluntarios que han pateado incansablemente durante tres años las costas, campos, bosques, montes y ciudades de España identificando a cuanta ave individual han encontrado y anotando con precisión su localización, fecha y características. También ellos forman parte esencial de la empresa científica. Esto aplíquese a todos los ámbitos desde la base a la cúspide.
En una época que está de vuelta de los dogmas y las utopías, el racionalismo crítico de Popper se nos presenta como la expresión de la falibilidad irremediable del ser humano y la provisionalidad de todas sus ideas. Popper nos ha exhortado a no dar ninguna cuestión por zanjada y a no aceptar ninguna solución como definitiva. Sin embargo, esa posición no le condujo a ningún fácil escepticismo. Aunque no podamos soslayar cometer errores, podemos evitar permanecer en ellos e incluso podemos aprender de ellos. Es así, a través del ensayo y del error, de la fantasía y de la crítica, como recorremos el camino del progreso científico y social, por el que Popper siempre apostó.

Jesús Mosterín realizes another singular and titanic work with exemplariness and simplicity. It is possible to object to an excessive identification between experience and reality that makes him tend to unconfessed idealism (reality as experience) or naive realism. According to this last possibility, it thematizes rationality as language, argumental support, Cartesian rationalism, practical reason or means-ends rationality. Forget the Kantian theoretical reason of critical, secular, natural, universal and logical aspect that later identifies with the scientific rationality and the communicative rationality. It condemns the very concept of “reason” as vague but does not do the same with others as “reality” or “knowledge”. Mosterín also frivolizes with the notion of “free will”. Too many defects for one of the most important philosophers of nature in Spanish that seems to concede too much to scientism. Like all the books of Jesus Mosterin, it is clear, pleasant and at the same time profound.

Curiosity, the search for truth, the desire for knowledge and the tendency to build a broad and reliable worldview underlie both science and philosophy. Although great philosophy has always been fruitfully imbricated in the science of its time, and although the great scientists (such as Darwin or Einstein) have also been authentic philosophers, in some academic circles dominated by bureaucracy and frivolity there has been an unfortunate divorce between the sciences and the humanities, and a sterilizing separation between philosophical and scientific thought. A science fasting philosophy runs the risk of being reduced to techniques and routines desabridas and short flight. A philosophy away from science often degenerates into mere verbiage and verbiage, in which quotations and puns fail to reestablish contact with reality.

The word “humanism” was coined in the Renaissance. The humanists, although sincere Christians, perceived the Middle Ages as a dark age, obsessed with death, sin and hell. Infatuated with the medieval conception of this world as a valley of tears, they wanted to restore the serene vision of antiquity and their appreciation of pleasure and beauty. That classical vision had been expressed in an elegant and subtle Latin, which contrasted with the macaronic and impoverished Latin of the medieval ecclesiastics. The humanists sought to restore the cultivation of the refined Latin of the ancient authors, approaching their serene vision by reading their works. The study of sacred letters (the Bible and the Fathers of the Church) contrasted that of human letters (the classic Latin texts and, in some cases, also the Greek ones). The word “humanism” went on to designate the study of human letters, that is, classical philology, the reading of ancient texts and the cultivation of good Latin and literary eloquence. Petrarca, Boccaccio, Pico Della Mirandola, Chaucer, Erasmo, Luis Vives, François Rabelais and Thomas More were some of the famous humanists.
In the nineteenth century the humanist tradition emerged in the universities, grouping the philological and historical disciplines (including the history of art, literary criticism, philosophy and religious studies) under the generic name of “humanities.” Among his most valuable contributions are the critical edition of the texts of the past and, in general, the flourishing of historical studies.
In the twentieth century many literary intellectuals and professors of “humanities” (a humanities that excluded nothing less than the human genome, the human brain and human evolution) no longer understood anything of the science of their time.
Narrow humanism easily falls into the traps of anthropocentrism. When we reduce the focus of our interest from everything we are (physical, biological and social beings) to only what we have as unique and peculiar, we lose the sense of context and leave aside our most important characteristics. The peculiarities of an animal species are often trivial differences, like one more spot on a wing. Some species are only differentiated by some invisible trait or by a slight delay in the mating period. An overemphasis on what is uniquely human can be confusing. In fact, the anthropocentric vision of the world is completely false and distorted, because it pretends for us a center that we do not occupy. No wonder it always ends up clashing with science.
Narrow humanism easily degenerates into hostility against science.
Anthropocentrism also contributes to the lack of moral sensitivity towards non-human creatures. In the Jewish, Christian and Islamic traditions only the people, the Humans, are subject to moral consideration. Our cultural tradition lacked elements comparable to the nature sense of Chinese Daoism or the moral concern of Buddhists and Jains not to cause harm to creatures (the conception of a-himsa or non-violence as the supreme moral virtue). In the anthropocentric Western tradition, nature was ignored or conceived as a mere object of human exploitation. Humans were supposed to have nothing to do with other animals or the rest of nature. We would have been created in the image and likeness of God and placed in the center stage of the great theater of the world as the protagonists of representation. The Sun and all the planets and stars revolved around the Earth, our throne, and God and the angels, as spectators seated behind the sphere of the fixed stars, continually watched us, censored and applauded.
Western humanism attaches excessive weight to its own religious and cultural tradition. Other ethnic and cultural groups have other classics, other traditional beliefs and other religions. The call to cultural fidelity is an invitation to remain imprisoned in the cavern of one’s own tradition, chained to a particular religious interpretation of the world (as arbitrary as the others). What we need is to free ourselves from our intellectual chains, and that can only be achieved through a free and universal way of thinking, more in accordance with our increasingly globalized world and of which current science and technology are examples.
Obviously, it will not be renouncing the main source of information we have as we can get to know each other. Science must be milked, not feared.

Science and philosophy form a continuum. Philosophy is the most global and reflexive part of the continuum, the setting for the discussions that precede and follow scientific advances. Science is the most specialized, rigorous and well contrasted part, which is incorporated into standard models, textbooks and technological applications. Science and philosophy develop dynamically, in constant interaction. What yesterday was philosophical speculation today is established science. And the science of today serves as a starting point for the philosophy of tomorrow. The critical and analytical reflection of philosophy detects conceptual and methodological problems in science and pushes it towards greater rigor. And the new results of scientific research throw out old speculative hypotheses, and stimulate philosophy to progress.
In classical Greek the words “science” (episteme) and “philosophy” (philosophia) were used as synonyms. Both referred to rigorous knowledge, and were opposed to mere unfounded (doxa) opinion. What we call science originated in the seventeenth century, with the pretense of being a more rigorous and fruitful philosophy than that practiced until then.
Philosophy should act as a catalyst, becoming a bridge between the sciences and the humanities. The truth, generality, precision, self-consciousness and intellectual honesty must be claimed as values ​​of all kinds of research, whether scientific, philosophical or humanistic. The broken mirror of specialized research has to be recomposed into a global unitary image, if it is to serve as a framework in which to analyze and solve our individual and collective problems. The search for a global worldview, however provisional, is the ultimate goal of all research. For this we need science, but also rationality and wisdom. In short, we need a new humanism at the height of our time, that makes use of the treasures of information that science provides us and faces without prejudice the current problems and challenges.

Religion has tried to orient us about how reality is as a whole and about how to live as well as possible, but in most cases its orientations have been forms of self-deception. As Karl Marx said, religion provides illusory consolations to an unhappy life. Philosophical wisdom, on the contrary, would consist in knowing how to live really well, in a lucid way and with open eyes. Philosophy could be compared metaphorically with an attempt at rational religion, which includes the search for an intellectually honest worldview that takes into account and critically evaluates the results of science. Philosophy is an attempt at a good life based on the truth and the most objective knowledge possible of reality.
The cultural situation of our time is characterized by the resounding failure of all religions and ideologies as guides of our way of thinking and living. (The exacerbated fanaticism of jihadist Islamism, although it creates a great security problem, underscores, more than mitigates, the intellectual failure of religions.) The collapse of the old ideals has left us as intellectual shipwrecked in a sea without points of reference.
The current humán, radically disoriented, left orphaned and exposed to the elements by the defeat of religions and ideologies and facing unprecedented and pressing challenges, requires an intellectual compass, a worldview, a philosophy at the height of our time. He seeks it, but he does not find it, because the philosophy we need is still to be done.

Slow deliberation rather leads to rational selfishness, while unreflective spontaneity tends more to generosity and cooperation.
Many of the practical, social, ethical, political and ecological problems have to do both with our tendencies and emotions, which depend to a large extent on our genes and, therefore, on nature, as with the conventions in force in our environment, which they depend on the culture.

The word “rationality” is used in at least five different senses:
• Rationality as linguistic ability. In this sense – the weakest – a rational being is a being capable of communicating through language. Aristotle had characterized humán as the animal that has language (logon ékhei), expression that was later (badly) translated as “rational animal”.
• Rationality as reasonableness. In this sense, someone is rational if he adduces (or is willing to give) reasons to say or do what he says or does. And every reasonable and well-educated person is rational.
• Rationality as ethics. Kant identified practical rationality with ethics. In this sense it is rational who respects others and treats them as ends, not only as means.
• Rationality as rationalism, as unlimited confidence in reason, intuition or evidence. Descartes and the rest of the rationalists of the seventeenth century used to adopt this position, which otherwise has nothing to do with current scientific rationality.
• Rationality as an optimization strategy in achieving our objectives. This modern or economic sense of rationality presupposes linguistic capacity and reasonableness, but goes further, typically including evaluation and optimization processes. The theory of decision, game theory and economic theory, in general, use this notion of rationality, which is almost the only one used outside of philosophical contexts.

Current science is universal. The same science is taught and practiced in universities and research centers around the world. It is an unprecedented cultural event in the history of previous human culture. The universality of scientific rationality is opposed to the parochiality of ethnic, national, traditional or dogmatic cultures. In particular, we should not confuse Western Christian tradition, as tribal and closed as any other, with current science, which has nothing Western or Christian. In fact, scientists from all countries and races contribute to it.
Sometimes the East is opposed by the West, and by the East it is understood above all India, China and Japan. But the contributions of these countries to current science are well visible. Limiting ourselves to the field of physics, let us remember that elementary particles are divided into two fundamental classes: bosons (of whole spin, like photons) and fermions (of fractional spin, like electrons). The bosons are named after the Indian physicist Satyendra Bose (1894-1974). The greatest triumph of particle physics has been the unification of the theoretical treatment of the electromagnetic and weak nuclear forces, the work of the Pakistani Abdus Salam (1929-1996) and the Americans Steven Weinberg and Sheldon Glashow, and in turn based (like all quantum theories of fields) in the non-Abelian gauge theory scheme of the Chinese Chenning Yang and Robert Mills.

Due perhaps to its eccentric position in the Far East, to its insular condition, isolated and protected by the sea, and to have never been conquered by foreigners (except in 1945), Japan is one of the countries that has best preserved its own traditions cultural
The Japanese have known and wanted to combine the maintenance of their imponderable and conventional traditions, which have nothing to envy to the western ones, with the full acceptance and assimilation of the objective guidelines of knowledge and efficiency characteristic of the science and technology initially western and now universal, to which they contribute so successfully. They do not seem to have had the slightest difficulty in establishing the difference between the ponderable and the imponderable, the objective and the subjective, the conventional and the natural.
Science as an occupation has managed to integrate into Japanese society and achieve great prestige. In July 2007, Emperor Akihito himself published an article on taxonomy in the journal Nature, in which he discussed and exalted various aspects of Linnaeus’s contribution. Spending on research and development in science and technology in Japan has exceeded 3% of the gross domestic product (GDP) for years, above the percentage dedicated by the United States and Europe. In any case, there is no doubt that Japan, the easternmost country (the country “of the rising sun”, that is, the east by antonomasia), is fully incorporated into the global science of our time and universal scientific rationality.

There are technological domains such as computer science and software development in which failures abound, which are constantly being detected and corrected. They are very different domains of pure mathematics, defined by Cantor as the realm of freedom, where one can do whatever one wants, as long as one does not contradict oneself. They are also very different from empirical science. In fact, they are not (and do not pretend to be) a science. In science, and especially in empirical science, the regulatory idea of ​​consistency plays a crucial role in the dynamics of scientific progress.
The discovery of a contradiction in empirical science is experienced as a trauma, which generates discomfort, restlessness and anxiety in the whole community involved. Trapped in this situation, what scientists seek is not a way of living with contradiction, but the way out of it. And the few scientists who find a way to restore consistency, through their strenuous efforts and creativity, are justly celebrated by others as intellectual heroes.

It is essential the contribution of hundreds of thousands of amateur naturalists, volunteers and enthusiasts, who in many countries make bird surveys, anillan and record the pace of their migrations; who observe and take note of the spawning of the turtles, which determine the spatial distribution of the various plant species and document and photograph all kinds of specimens and phenomena that without them would have remained unknown. There are thousands of cases. For example, in June 2013 the ornithological society SEO / Birdlife presented the first Atlas of birds in winter in Spain, which collects unpublished data collected by 2600 volunteers who have tirelessly kicked for three years the coasts, fields, forests, mountains and cities of Spain identifying how many individual birds they have found and accurately recording their location, date and characteristics. They are also an essential part of the scientific enterprise. This applies to all areas from the base to the top.
In an era that is back from the dogmas and utopias, the critical rationalism of Popper is presented to us as the expression of the irremediable fallibility of the human being and the provisional nature of all his ideas. Popper has urged us not to give any question for settled and not accept any solution as final. However, that position did not lead to any easy skepticism. Although we can not avoid making mistakes, we can avoid staying in them and we can even learn from them. It is thus, through trial and error, of fantasy and criticism, as we walk the path of scientific and social progress, for which Popper always bet.

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