Viaje De Eregia: El Primer Relato De Una Viajera Hispana — Carlos Pascual / Eregia’s Trip: The First Story of a Hispanic Traveler by Carlos Pascual

Originaria, posiblemente, de la provincia de Gallaecia, en la Hispania romana, esta dama de familia noble o pudiente realizó una larga peregrinación a los Santos Lugares entre los años 381 y 384, relatando su viaje a través de cartas o misivas.
El relato de viajes más antiguo en nuestro país del que se tiene noticia fue escrito por una mujer. Lo habría redactado en el siglo IV una dama gallega llamada Egeria en forma de cartas dirigidas a sus amigas. Aún hoy, lo que se conserva de este fatigoso viaje de peregrinación a Tierra Santa no ha perdido ni la frescura ni el valor testimonial que supuso tan largo periplo en las postrimerías del Imperio Romano, vivido y relatado desde la perspectiva de una mujer singular, curiosa y decidida.
A través de la Vía Domitia, la autora recorre Constantinopla y los escenarios bíblicos de Jerusalén, Egipto, el Sinaí y Mesopotamia, tomando nota e interesándose por todo lo que ve.
Su relato, copiado por algún monje en el siglo XI, fue hallado en 1884 en una biblioteca italiana. Tras una ardua investigación, se pudo poner nombre a esa matrona piadosa: Egeria, la primera viajera y escritora hispana de la que tengamos noticia.

El escrito de Egeria se divide netamente en dos partes diferentes: la primera es una especie de cuaderno de bitácora, donde Egeria describe sus desplazamientos a partir de la llegada al Sinaí —falta el arranque, los primeros desplazamientos—; la segunda parte es de talante muy distinto y consiste en una descripción detallada de la liturgia en Jerusalén, tal y como Egeria pudo contemplar y vivir.

[…] Reanudando nuestra expedición, llegamos a un paraje en el que las montañas por entre las cuales discurríamos se abrían y configuraban un valle dilatado, completamente alisado y sumamente placentero. Al fondo de la vaguada se erguía el monte santo de Dios, el Sinaí. El lugar donde los montes se apartaban se halla contiguo al enclave en que se encuentran las «Tumbas de la Concupiscencia».
Pudimos apreciar también, ya al final del valle, las Tumbas de la Concupiscencia, pero ya en el lugar donde de nuevo retomábamos nuestra ruta; es decir, en aquel punto donde, abandonando por fin aquella anchurosa vaguada, nos incorporamos de nuevo a la senda por la que habíamos venido, encajonada entre aquellas montañas a las que anteriormente me referí. Ese mismo día nos acercamos a visitar a los demás monjes de santidad reconocida que, debido a su edad o por causa de una salud quebrantada, no habían podido acudir a celebrar la oblación en el monte de Dios. Estos hombres se dignaron acogernos a cuantos nos llegamos hasta sus ermitas de manera sumamente hospitalaria.
Así pues, tras haber visto todos los lugares santos que habíamos deseado visitar, así como también todos aquellos parajes por donde habían parado los hijos de Israel, yendo o viniendo de la montaña sagrada, y tras haber rendido visita igualmente a aquellos santos varones que allí moraban, regresamos a Farán, en el nombre del Señor.

Desde Clysma, es decir, desde el mar Rojo hasta la ciudad de Arabia, hay que hacer cuatro jornadas a través del desierto. Mas, a pesar de su carácter desértico, junto a las postas existen acantonamientos con soldados y oficiales que nos escoltaron de guarnición en guarnición. A lo largo de toda esta travesía, los santos varones que nos acompañaban, es decir, clérigos y monjes, nos iban enseñando cada uno de aquellos lugares por los que yo siempre preguntaba ateniéndome a las Escrituras. Unos se hallaban a la izquierda de nuestro camino, otros a la derecha; algunos se encontraban algo alejados de nuestra senda; otros, en sus inmediaciones. Créame vuestra caridad, por lo que yo pude apreciar, los hijos de Israel debieron efectuar su marcha dirigiéndose unas veces a la derecha, tornando otras hacia la izquierda; avanzando en unas ocasiones, retrocediendo en otras. De esa manera debieron realizar su travesía, hasta avistar el mar Rojo.

Llegué a Constantinopla, dando gracias a Cristo nuestro Dios que, siendo yo tan indigna y tan poco merecedora, se ha dignado otorgarme tamaña merced, esto es, ha querido concederme no solo el anhelo de ir, sino también las fuerzas necesarias para recorrer los lugares que deseaba, y tornar de nuevo a Constantinopla.
Una vez que llegué allí, mientras recorría cada una de las iglesias o templos consagrados a los apóstoles…

Originating, possibly, from the province of Gallaecia, in Roman Hispania, this lady of noble or wealthy family made a long pilgrimage to the Holy Places between 381 and 384, reporting her trip through letters or missives.
The oldest travel account in our country that is known was written by a woman. It would have been written by a Galician lady named Egeria in the fourth century in the form of letters addressed to her friends. Even today, what remains of this fatiguing journey of pilgrimage to the Holy Land has lost neither the freshness nor the testimonial value that was such a long journey in the last years of the Roman Empire, lived and told from the perspective of a singular, curious woman and determined.
Through the Via Domitia, the author travels through Constantinople and the biblical scenes of Jerusalem, Egypt, Sinai and Mesopotamia, taking note and being interested in everything she sees.
His story, copied by some monk in the eleventh century, was found in 1884 in an Italian library. After an arduous investigation, it was possible to name that pious matron: Egeria, the first traveler and Hispanic writer of which we have news.

The writing of Egeria is clearly divided into two different parts: the first is a kind of logbook, where Egeria describes their displacements from the arrival at Sinai-lack the start, the first displacements-; The second part is very different in nature and consists of a detailed description of the liturgy in Jerusalem, as Egeria was able to contemplate and live.

[…] Resuming our expedition, we arrived at a place in which the mountains through which we passed opened and formed a dilated valley, completely smoothed and extremely pleasant. At the bottom of the trough stood the holy mountain of God, the Sinai. The place where the mountains moved away is adjacent to the enclave where the “Tombs of the Concupiscence” are located.
We could also appreciate, at the end of the valley, the Tombs of the Concupiscence, but already in the place where we once again took up our route; that is to say, at that point where, abandoning at last that wide trough, we incorporated ourselves back into the path through which we had come, wedged between those mountains to which I referred earlier. That same day we went to visit the other monks of recognized sanctity who, because of their age or because of broken health, had not been able to come to celebrate the oblation on the mountain of God. These men deigned to welcome us as we arrived at their hermitages in an extremely hospitable manner.
So, after having seen all the holy places we had wanted to visit, as well as all those places where the children of Israel had stopped, coming and going from the sacred mountain, and having surrendered a visit to those holy men who were there they lived, we returned to Farán, in the name of the Lord.

From Clysma, that is, from the Red Sea to the city of Arabia, you have to make four days through the desert. But, in spite of its desert character, next to the posts there are cantonments with soldiers and officers who escorted us as a garrison in a garrison. Throughout this journey, the male saints who accompanied us, that is, clergymen and monks, were teaching us each of those places for which I always asked according to the Scriptures. Some were on the left of our path, others on the right; some were somewhat removed from our path; others, in its vicinity. Believe me your charity, for what I could appreciate, the children of Israel had to carry out their march, turning sometimes to the right, turning others to the left; advancing on a few occasions, retreating on others. That way they had to make their journey, until they saw the Red Sea.

I arrived in Constantinople, giving thanks to Christ our God who, being me so unworthy and so unworthy, has deigned to grant me such a mercy, that is, he wanted to grant me not only the desire to go, but also the necessary strength to travel the places he wanted, and go back to Constantinople.
Once I got there, while touring each of the churches or temples consecrated to the apostles …

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