Las Drogas En La Guerra — Lukasz Kamieński / Shooting Up: A Short History of Drugs and War by Lukasz Kamieński

Un magnífico libro donde Kamienski ha combinado en un libro una gran cantidad de información; gran parte de ella ha estado disponible en otros lugares, pero combinada en una cuenta, creo que se pueden notar algunos patrones. El interés militar en las drogas (que en este libro incluye el alcohol) se relaciona con cualquier cosa que pueda mejorar la resistencia de los soldados, la fuerza en la batalla, el coraje o al menos el miedo antídoto, así como ayudar a lidiar con el dolor y la duda. En los tiempos modernos, el interés en las drogas incluye el interés en el control de multitudes, incapacitando al enemigo (incluyendo la desorientación, erosionando la moral y causando miedo), rompiendo obstinados cautivos (“suero de verdad”); y también mantener a la gente despierta para misiones extendidas y concentrada en la tarea. Las drogas también son una cuestión de soldados que hacen frente a su situación. El libro de Kamenski se ocupa de todo esto. Él describe su libro como “una historia social, cultural y política de sustancias psicoactivas en el campo de batalla”. Está interesado en tres aspectos: las drogas emitidas por las autoridades (como las anfetaminas a los pilotos o las fuerzas especiales), las drogas “auto prescritas” (como el uso de heroína en Vietnam) y las drogas utilizadas como armas o instrumentos de subversión.
El uso de drogas parece haber sido generalizado. Entre los ejemplos en el libro están los tibetanos que les dan té de cuerdas a caballos y mulas para mejorar su trabajo en altitud; a los elefantes en el sudeste de Asia se les dan bolas de opio como recompensa por su buen trabajo en la tala de árboles; ron dado a los marineros británicos (cantidades bastante grandes en el sentido de hoy). Las fuerzas alemanas bebían cerveza, los franceses bebían vino y los rusos vodka. Los pilotos kamikaze japoneses bebieron la noche anterior a sus misiones finales. En la guerra de Chechenia, los soldados rusos intercambiaban armas por el alcohol. Luego estaban las guerras del opio obligando a los chinos a aceptar el opio británico, el libre comercio para los británicos pero, desde el punto de vista chino, la subversión. El opio fue utilizado por soldados en India y en otros lugares. Según los informes, los zulús utilizaron drogas para aumentar el coraje. Los berserkers vikingos también podrían tenerlo, aunque la historia actual lo ve como una leyenda. Hay leyendas sobre el consumo de drogas que aparentemente son falsas, como en los jihadis Moro en las Filipinas contra los soldados estadounidenses.
Hay secciones sobre la Guerra Civil Americana, la Primera Guerra Mundial y la Segunda Guerra Mundial, Corea y Vietnam. El amplio uso de opiáceos y morfina en la Guerra Civil supuestamente creó un problema de drogas entre los veteranos, pero Kamienski dice que esto también puede ser una leyenda. El uso en la Segunda Guerra Mundial parece ser oficialmente para la tripulación y, extraoficialmente, para los soldados que usan drogas de manera informal y en ocasiones ilegal. El último tercio del libro es interesante pero algo preocupante para un estadounidense, con funcionarios buscando drogas para mejorar el rendimiento, pero también para drogas que podrían incapacitar a los enemigos (no matarlos, en realidad, en el mismo sentido que lo hizo la guerra química en la Primera Guerra Mundial) ) La discusión sobre el consumo estadounidense de drogas en Vietnam es larga y fascinante, y dice que si bien el uso de drogas era fuerte entre las tropas, la leyenda de que una gran cantidad de drogadictos regresa a casa también es una leyenda. También se debate sobre la exploración estadounidense continua de drogas que mejoran el rendimiento para mejorar el rendimiento de la misión.
La parte más inquietante del libro es su relato de niños soldados y drogas, que ocurre principalmente en África; la combinación de niños, AK-47 y drogas ha sido bastante generalizada y notablemente salvaje. Las drogas parecen haber sido utilizadas por algunos jihadistas, también. Cerca del final, señala que hoy en día solo las fuerzas aéreas “implementan una política de manejo psicofarmacológico de alerta, sueño y fatiga”, pero que sin duda se ampliará al resto de las fuerzas armadas.
El epílogo considera la guerra misma como una droga y parece concluir (no seguí muy bien el argumento) que los altos emocionales y los momentos de peligro para algunas soldaduras también son drogas.

Suele decirse que el origen de la palabra «farmacología» se halla en la voz griega phármakon, que significa ‘medicamento’. No obstante, es importante tener en cuenta que en la antigua Grecia la palabra pharmākos hacía referencia a alguien que servía como chivo expiatorio (por lo común un esclavo, un criminal, un tullido o alguien considerado poco agraciado) en los ritos de estado: los rituales públicos de purificación y las ceremonias destinadas a asegurar el bienestar y la buena fortuna de una comunidad. Al pharmākos se lo azotaba, se lo expulsaba y en ocasiones se lo lapidaba hasta la muerte. Es decir, que como afirma el psiquiatra húngaro-estadounidense Thomas Szasz, la raíz de la moderna «farmacología» no es «droga» ni «medicina», sino «chivo expiatorio». Cuando Grecia abandonó la práctica de los sacrificios humanos hacia el siglo VI a. C., la palabra pharmākos se transformó en pharmakeus y phármakon, que pasaron a significar, entre otras cosas, ‘medicamento’, ‘veneno’ y ‘panacea’. Pero ¿qué ocurre con los guerreros y los soldados? Ambos se sacrifican por su comunidad y, a su vez, son sacrificados por la sociedad con el fin de obtener, ante todo, seguridad (esto es, en pro de la defensa y la supervivencia) y, a menudo, también prosperidad y felicidad (esto es, expansión, desarrollo y bienestar). Evidentemente, no son chivos expiatorios, pero están dispuestos a hacer sacrificios, incluso el más grande de todos: morir en defensa de su sociedad y sus valores.

En función del tipo de alteración del estado de conciencia que provocan, pueden identificarse tres sustancias psicoactivas:
1. estimulantes, que potencian la actividad del sistema nervioso y producen excitación psíquica o física (es decir, las anfetaminas y la cocaína);
2. depresores o hipnóticos, que retardan la actividad del sistema nervioso y producen efectos relajantes, tranquilizantes, somníferos o euforizantes (es decir, el alcohol, los barbitúricos, el opio y los opiáceos), y
3. alucinógenos, que perturban la actividad del sistema nervioso y alteran la percepción de la realidad (es decir, la atropina, el cannabis, la mescalina, la escopolamina, el LSD y el MDMA, conocido popularmente como «éxtasis»).
Curiosamente, algunas sustancias, dependiendo de la dosis, pueden tener efectos estimulantes o depresores. Por ejemplo, los depresores como el alcohol y el opio, en pequeñas dosis, pueden producir un leve efecto estimulante.
Las drogas tienen propiedades fuertemente adictivas y su abuso puede causar efectos psíquicos, físicos y sociales intrínsecamente dañinos; por eso hoy en día, en la mayoría de países, son sustancias ilegales, sometidas a un estricto control y con muy pocas aplicaciones médicas. La palabra «adicción» deriva del latín addictus, que designaba al ciudadano de la antigua Roma al que, por no poder hacer frente a sus deudas, los tribunales privaban de libertad y convertían en esclavo de su acreedor. Los estupefacientes ejercen un efecto similar: sus propiedades adictivas esclavizan a quienes los consumen.

Desde los inicios de la historia humana, los estupefacientes han formado parte inherente de la vida cultural, especialmente de las prácticas religiosas, mágicas y rituales. No por nada el éxtasis desempeña una función prominente en la interpretación nietzscheana del arte, los mitos, la religión, la política y el propio concepto de lo dionisíaco.
1. ¿Hasta qué punto el uso de estupefacientes entre los combatientes ha gozado de aprobación universal en el espacio y en el tiempo?
2. ¿Cuáles han sido los contextos sociales, culturales, políticos y médicos del consumo de drogas en los cuerpos armados?
3. ¿Qué objetivos específicos deseaban conseguir los ejércitos al «drogar» a sus tropas?
4. ¿Cuán efectivas han sido las sustancias particulares en el esfuerzo bélico?
5. ¿En qué medida el uso de drogas «recetadas» y «autorrecetadas» ha influido en la profesión castrense?
6. ¿Cuáles han sido los efectos secundarios del uso militar de sustancias estupefacientes?
7. ¿Cuáles son las cuestiones éticas que rodean al uso de las drogas en la guerra?
8. ¿Hasta qué punto el conocimiento de que un determinado ejército ha consumido drogas de manera masiva debe llevarnos a reinterpretar nuestra concepción de una determinada guerra o campaña?.

A lo largo de los siglos, el alcohol ha formado parte integral de la vida de muchas sociedades; ha sido el intoxicante favorito de numerosas civilizaciones, con la excepción notable del islam, y se ha consumido en relación con múltiples facetas de la actividad humana: desde ceremonias espirituales y religiosas hasta reuniones de familia, pasando por su uso en la dieta cotidiana y en la medicina. También ha sido la droga más popular de cuantas han empleado los ejércitos. Tradicionalmente, las fuerzas armadas lo usaban con dos objetivos principales. El primero consistía en extirpar emociones incómodas y no deseadas, y en mitigar las conductas de evitación del peligro. El segundo, en aumentar la capacidad combativa mediante la potenciación de ciertas cualidades, destrezas y actitudes. Durante siglos, el alcohol ha sido tan común antes, durante y después de la batalla que ha establecido con los soldados una relación poco menos que simbiótica. En el transcurso de la historia, los ejércitos han desarrollado una poderosa legitimación cultural, social y política de la bebida, gracias a la cual han integrado el alcohol en el paisaje de la guerra. Desde antiguo, se cree que el consumo moderado de alcohol es algo deseable si se quiere enardecer el ardor guerrero de la tropa, aumentar la moral, borrar o reprimir recuerdos traumáticos, y ayudar a sobrellevar las penalidades de la guerra.
Beber en grupo consolida los vínculos y genera confianza entre los compañeros, algo esencial para el correcto funcionamiento de una unidad y la supervivencia de quienes la componen. El alcohol intensifica la intimidad entre los soldados y, con ello, fragua y sustenta un espíritu de hermandad. De este modo, preserva la integridad de las unidades de combate menores, como el pelotón, y contribuye a la cohesión del grupo. Como vemos, administrado con mesura, el alcohol puede aumentar la capacidad combativa, pero un consumo excesivo y descontrolado entorpece la habilidad para luchar, merma la moral de la tropa y, en ocasiones, puede conducir a un ejército al desastre.
Si quisiéramos resumir, podríamos decir que el alcohol ha ejercido cuatro papeles principales en la guerra. El primero ha sido de tipo médico: durante siglos se ha empleado para anestesiar a los heridos, prevenir infecciones (impregnando los vendajes de las heridas y como antiséptico en cirugía) y curar (por largo tiempo se creyó que el alcohol poseía potentes propiedades curativas casi universales). El segundo ha sido como estimulante: en dosis moderadas, ayuda aliviar el estrés de la batalla, aumenta el valor e infunde confianza antes de entrar en liza. El tercero ha sido de tipo mental-terapéutico: el alcohol relaja, ayuda a dormir, embota las emociones y resarce de las privaciones impuestas por la batalla. Su cuarto y último papel ha sido fisiológico. El alcohol fortalece el cuerpo aportándole una considerable dosis de energía adicional (un litro de vino con un contenido alcohólico del 12 % aporta entre 500 y 700 calorías; un litro de vodka puro aporta 2.800 calorías, mientras que la misma cantidad de ron aporta hasta 4.000 calorías).
Históricamente, casi todas las sociedades (salvo las islámicas) y sus fuerzas armadas han tenido una bebida favorita, su propia fuente de «coraje líquido». Los antiguos griegos bebían vino con ocasión de banquetes, libaciones y misterios dionisíacos, pero también en el campo de batalla. Homero describe cómo sus héroes lo beben durante la guerra de Troya, sobre todo para dulcificar la pena cuando lloran a sus camaradas caídos. El vino, de hecho, era tan popular y omnipresente que Victor Davis Hanson, un destacado estudioso de las artes griegas de la guerra, se plantea la pregunta de si los guerreros griegos marchaban borrachos a la batalla.
Los hoplitas se excedían con la bebida antes de la batalla, y es más que probable que a menudo entraran a la refriega borrachos. Tal conducta no sería en modo alguno extraña o improcedente, ya que en la Antigüedad la embriaguez no se consideraba algo reprensible. Al contrario, se creía que era un acto religioso que unía al hombre con los dioses y liberaba su «divinidad oculta».

Durante mucho tiempo, el ron fue una bebida común entre los marineros y los soldados ingleses. En el siglo XVIII reemplazó a las bebidas tradicionales de estos dos colectivos, la cerveza y, en menor medida, el vino y el brandi. El ron resultó ser mucho más atractivo que las antiguas bebidas, no solo porque en el Caribe fuera mucho más barato, sino también por su mayor graduación alcohólica, por lo que su transporte y almacenaje requerían menor espacio en comparación con la cerveza o el vino. Es decir, el ron era una opción más eficiente, pues permitía ahorrar en espacio (bien precioso a bordo de un barco) y dinero. Hasta principios del siglo XVIII, la ración regular en la Marina Real británica era de una pinta de vino (560 mililitros) o media pinta (280 mililitros) de brandi. Tras la introducción del ron, los marineros recibían media pinta diaria. Sin embargo, en 1740, el almirante Edward Vernon accedió a las sugerencias de capitanes y médicos, quienes insistían en que el consumo de la ración entera de una sentada tenía efectos nocivos para la salud y el comportamiento de los marineros, y mandó diluir el ron a la mitad con agua (media pinta de ron y un cuarto de agua). Al principio, la nueva bebida no fue del agrado de los marineros, que la llamaron «grog» por el sobrenombre del almirante Vernon, «el Viejo Grog», debido al tejido de grogrén del que estaba hecho su capote.
Se calcula que en la segunda mitad del siglo XIX los 36.000 hombres del ejército británico consumían unos dos millones de litros de ron al año, incluyendo los suplementos previos a la batalla (distribuidos para mejorar su rendimiento en combate) o posteriores a esta (para celebrar una victoria).

Beber vodka era algo muy arraigado en el ethos del cuerpo de oficiales de la Rusia imperial, tanto es así que podría considerarse obligatorio. A quienes no bebían o lo hacían con absurda moderación se los tildaba de excéntricos y poco aptos para el cargo. Los oficiales de rango menor «que bebían moderadamente podrían recibir las recriminaciones de sus comandantes». La abstinencia era vista como un acto de rebelión política; en cambio, beber copiosamente no se consideraba incompatible con el debido cumplimiento del deber militar.
En 1761, la costumbre de suministrar alcohol a diario entre la armada, la llamada charka (una centésima parte de un cubo, o 0,125 litros) ya estaba asentada. En 1797, el emperador Pablo I «institucionalizó» la charka mediante la introducción de una provisión diaria de alcohol en la normativa de la armada. Las raciones diarias de alcohol se habían convertido en algo habitual también en la infantería, si bien al principio solo se suministraban en caso de combate o en condiciones extremadamente duras. En 1812, por ejemplo, durante la lucha contra las fuerzas de Napoleón, los soldados rusos recibían tres charkas (casi 0,4 litros) de vodka al día.
A veces, el alcohol tenía consecuencias tragicómicas, como en la guerra ruso-japonesa (1904-1905), la cual, por cierto, Rusia financió en buena medida con los ingresos derivados de la venta de alcohol, ya que desde 1895 el estado ostentaba el monopolio de la producción y distribución de destilados.65 A finales de la guerra, el comandante de la guarnición apostada en la fortaleza de Port Arthur se rindió al recibir diez mil cajas de vodka en lugar de la munición esperada y tan desesperadamente necesaria. El alcohol podía infundir coraje, pero no podía salvar la plaza. La anécdota resulta significativa, ya que muchos corresponsables extranjeros consideraban que las cotas de ebriedad entre las filas rusas eran absolutamente portentosas.

Esta breve discusión sobre la relación sinérgica entre la bebida y el combate: el alcohol es la sustancia estupefaciente más antigua y popular en el ámbito de la guerra. Ya sea administrada por las fuerzas armadas o autorrecetada por los propios soldados, ha impulsado a las tropas hacia el combate y les ha ayudado a soportar las calamidades de la lucha. El alcohol permite evadirse temporal y virtualmente de la violenta realidad del campo de batalla, razón por la que se ha convertido en un medio líquido casi universal para enmascarar la cara más horrenda de la guerra.

En los tiempos en que el hombre todavía no dominaba la agricultura ni la cría de animales, vivía de lo que conseguía cazar, pescar o recolectar. Por el método de la prueba y error acabó descubriendo las extrañas propiedades, a menudo alucinógenas, de muchas plantas y también de algunos animales. Los pueblos de la Antigüedad, como los griegos, los asirios, los persas, las tribus siberianas, los vikingos, los indios americanos y otros, hicieron abundante uso de una gran variedad de estupefacientes. Las plantas psicoactivas pasaron al uso común, sobre todo con fines ceremoniales y religiosos, y a medida que se convertían en elementos culturales importantes, e incluso esenciales, fueron abriéndose paso también hacia los campos de batalla.
El opio, la savia que se extrae de las cápsulas de la amapola real o adormidera (Papaver somniferum), ya era conocida y utilizada por los asirios y los sumerios (unos ideogramas fechados en el 4000 a. C. se refieren a la adormidera como la «planta de la alegría»).1 En la antigua Grecia, adonde llegó procedente de Egipto, el opio era común y bien conocido: se empleaba como sahumerio en templos y oráculos, como sacrificio a los dioses, y se ingería para provocar alucinaciones con ocasión de ritos y misterios. Los griegos también se beneficiaban de las propiedades curativas de la savia de adormidera, y ya Hipócrates, Heráclito, Teofrasto y otros atestiguan su uso medicinal. Sin embargo, lo más importante a efectos de nuestro estudio es que pronto descubrieron las propiedades vigorizantes del opio, que, mezclado con vino y miel, se daba como refuerzo a los atletas que se entrenaban para los Juegos Olímpicos.
Al contrario de lo que se creía anteriormente, el nepenthés, la bebida que acalla todos los dolores y discrepancias, no se elaboraba con hachís, sino con opio. Los griegos lo disolvían en alcohol para obtener una mezcla que más tarde recibiría el nombre de «láudano» (derivado del latín laudare, que significa ‘elogiar’), la espléndida tintura de opio creada hacia el año 1525 por Paracelso, el famoso «padre de la farmacología moderna».
Se dice popularmente que los terroristas musulmanes premodernos de la corriente ismaelí de los nizaríes tenían por costumbre colocarse con hachís. Es por eso que inicialmente eran conocidos como «hachisinos» (hashishi o hashishiyya, del árabe al-hasziszijjin, literalmente «comedores de hachís»). La fuente escrita más antigua que se refiere a este grupo como hashishiyya está fechada hacia el 1123. Fueron los cruzados cristianos que volvían de Siria a Europa quienes los llamaron «asesinos», y a partir de ahí la palabra pasó a muchas otras lenguas. En inglés, el término assassination designa un homicidio con motivación religiosa o política cometido mediante un ataque repentino y secreto, que es justamente como los nizaríes mataban a sus víctimas. Cuenta la leyenda que los Asesinos ingerían estupefacientes para propiciar la estimulación espiritual y aguzar los sentidos. Drogados con hachís, totalmente entregados a su secta —y, sobre todo, a su líder— y ciegamente comprometidos con su fe, los Asesinos estaban dispuestos a dar la vida por la causa de un islam radical.
En inglés, la palabra berserk significa ‘salvaje’, ‘loco’, ‘desenfreno violento’, pero también ‘éxtasis bélico’, y deriva del nombre de esos «furiosos guerreros» escandinavos de los albores de la Edad Media. Cuando un guerrero «se vuelve berserker» (goes berserk), su humanidad experimenta una regresión hacia un estado de divinidad animal o de animalismo divino. A menudo enfurecido por la muerte de sus compañeros de armas, el guerrero afectado por este frenesí pierde el control sobre sí mismo y, sin inhibiciones de ningún tipo, arde en deseos de venganza. En lugar de quedar paralizado por el miedo, se siente fortalecido por un poder divino y se lanza a la masacre en un brutal arrebato de muerte y destrucción. En el furor de la batalla, a menudo conculca las normas y principios esenciales del ethos guerrero, en ocasiones traicionando su propio honor. El «efecto berserker» es bastante común en el calor del combate; de hecho, es algo universal y puede ocurrirle a cualquier soldado presente en el campo de batalla.

La coca ayudó a los contendientes a sobrellevar el agotamiento provocado por el largo asedio y fue igual de importante para las tropas indias como para los civiles asediados, en su mayoría españoles. Detrás de las murallas de la ciudad, los soldados de la guarnición y el pueblo soportaron grandes privaciones y, cuando las reservas de alimentos se hubieron agotado, sobrevivieron únicamente mascando hojas de coca, con las que aliviaban el hambre y la sed y aumentaban la resistencia física. Las condiciones en La Paz eran de lo más dramáticas: unas 10.000 de las 25.000 personas atrapadas tras sus muros perdieron la vida, muchas de ellas a causa del hambre. El comandante a cargo de la defensa de la ciudad recordaría más tarde que los habitantes, desesperados, empezaron a comerse los caballos, las mulas y los asnos, y siguieron con los perros y los gatos; cuando ya no quedaron animales, se alimentaron de la corteza de los árboles. Incluso se tiene constancia de algunos casos de canibalismo. Nada tiene de extraño, pues, que las grandes reservas de coca acumuladas en la ciudad terminaran siendo cruciales para quienes tuvieron la suerte de no morir. Era la primera vez que el poder de la coca se revelaba ante el mundo de un modo tan espectacular.

Por ejemplo la orden de Napoleón pretendía evitar que su ejército quedara reducido a un «grupo de escarabajos». El siguiente fragmento permite hacerse una idea de lo acuciante que era el problema al que se enfrentaban los mandos:

Artículo 1. Queda prohibida en todo Egipto la ingesta de bebidas que los musulmanes preparan a partir del cáñamo (hachís), así como la inhalación de semillas de cáñamo. Quienes adoptan el hábito de fumar y beber esta planta pierden la razón y sufren virulentos delirios durante los cuales tienden a cometer toda suerte de excesos.
Artículo 2. Queda prohibida en todo Egipto la preparación de bebidas con hachís. Las puertas de los cafés y restaurantes donde se sirve deberán ser tapiadas y sus propietarios presos por espacio de tres meses.
Artículo 3. Todas las pacas de hachís que lleguen a las fronteras deberán ser confiscadas y quemadas públicamente.

Seguimos sin conocer los índices de consumo de cocaína por parte de los soldados, y no hay manera de hacer un cálculo, aunque sea aproximado. Lo que sí es seguro es que nunca antes ni después los ejércitos consumieron tamaña cantidad de esta droga como entre 1914 y 1918, no solo con fines medicinales, sino también para mejorar el rendimiento. Los factores que determinaron la prevalencia de la cocaína fueron tres. El primero, el carácter de la guerra, que requería el despliegue de grandes ejércitos. El segundo, las duras condiciones en que se desarrollaron las batallas, sobre todo en las trincheras del Frente Occidental, junto con los efectos alienantes y deshumanizadores de la tecnología militar, que causó heridas y traumas de una gravedad sin precedentes. Y el tercero, el hecho de que la cocaína no fuera una sustancia controlada; podía adquirirse de manera legal y sencilla, y se utilizaba de forma habitual como ingrediente en multitud de medicamentos.
Aunque los franceses acusaran a los alemanes de introducir cocaína de contrabando con el objeto de debilitar al pueblo francés, fue en Gran Bretaña donde las drogas desataron auténtico pánico. En buena medida, fueron los medios, los políticos y el estamento militar quienes alimentaron la histeria. El Times, por ejemplo, señaló la cocaína como un grave peligro, «más mortífero incluso que las balas». El problema fue blanco de burdas exageraciones y se presentó como una amenaza no solo para las tropas británicas del frente, sino para el imperio británico en su conjunto. El pánico se desencadenó a causa sobre todo de los soldados canadienses temporalmente acantonados en las islas británicas a la espera de desplegarse en el Frente Occidental. Entre 1914 y 1915 pasaron por Londres entre 200.000 y 250.000 canadienses. En enero de 1916, un mayor canadiense destinado cerca de Folkestone, en el condado de Kent, descubrió cuál era la fuente que suministraba cocaína a sus unidades. El mayor llevó a cabo lo que hoy llamaríamos una «operación de infiltración», mediante la cual compró una cajetilla de cocaína a un hombre llamado Horace Dennis Kingsley y a una prostituta londinense llamada Rose Edwards.

A pesar de que las anfetaminas aparecieron en el mercado a finales del siglo XIX (la fenilpropilmetilamina, de la que se deriva la anfetamina, se sintetizó por primera vez en 1887, mientras que la metanfetamina se obtuvo en 1919), su agitada historia comenzó el 3 de junio de 1928. Ese día, en Los Ángeles, el químico Gordon Alles probó consigo mismo una sustancia que había creado el año anterior mientras buscaba una alternativa barata a la efedrina; la llamó «beta-fenilisopropilamina», aunque con el tiempo acabó conociéndose como «anfetamina». Un amigo suyo, un médico llamado Hyman Miller, le inyectó 50 miligramos de la nueva droga, cinco veces la que sería la dosis normal en tratamientos médicos.
Durante la segunda guerra mundial, los integrantes de las fuerzas armadas se convirtieron en grandes consumidores de anfetaminas. Mientras duró el conflicto, tanto los nazis como los Aliados quebrantaron los últimos vestigios de la doctrina de la guerra justa, por lo que no es de extrañar que los dilemas éticos relativos a la administración rutinaria de estupefacientes a las tropas no revistieran excesiva importancia.
A grandes rasgos, el final de la guerra marcó el principio de un período durante el cual las anfetaminas se esparcieron por un tejido social muy castigado por la contienda. De hecho, fueron los propios soldados que regresaban a casa quienes popularizaron el speed. Las anfetaminas eran fáciles de conseguir, y hacia los años cincuenta su uso se había extendido a estudiantes universitarios, atletas, camioneros, músicos de nightclub y amas de casa. Muchas de las personas que deseaban mantenerse despiertas o que necesitaban una dosis extra de energía recurrían a ellas. Es normal, pues, que en muchos países el consumo y la producción de anfetaminas creciera de manera significativa durante la década posterior a la guerra. Conviene no olvidar que estas drogas no eran vistas como una forma de dopaje, sino más bien como un remedio legal; a fin de cuentas, todo el mundo sabía que durante la guerra se habían administrado a los soldados de manera generosa.

En la segunda guerra mundial, se solía repartir bencedrina a los pilotos estadounidenses encargados de llevar cabo agotadoras misiones de larga duración, a la infantería que luchaba en duras condiciones y a los marineros que tenían que mantenerse alerta durante las dilatadas travesías nocturnas. Aunque su consumo estaba bastante extendido, las anfetaminas, a diferencia de lo que había ocurrido previamente con el alcohol, no se suministraban por defecto como ración estándar entre todos los soldados, sino que su consumo se limitaba formalmente a circunstancias especiales. Esto fue algo que cambió por completo durante el conflicto de Corea, donde las anfetaminas, y, en menor medida, también las metanfetaminas, acabaron administrándose de manera casi rutinaria en virtud del contrato para el suministro de dexedrina que la empresa SKF tenía suscrito con el gobierno.
Este consumo generalizado y casi abusivo de speed no resulta en absoluto sorprendente, puesto que en Estados Unidos las anfetaminas habían sido tan populares como las vitaminas hasta bien entrada la década de 1950.
Durante los años cuarenta y cincuenta habían sido un componente habitual de multitud de medicamentos, y no fue hasta 1951 que las tabletas de anfetaminas se convirtieron en fármacos de venta con receta (aunque los médicos las prescribían en abundancia y de buen grado). Los inhaladores de bencedrina, en cambio, continuaron siendo de fácil acceso hasta 1965, momento en que la ley de Control del Abuso de Drogas restringió la venta al por menor de anfetaminas y la preponderancia de su uso medicinal.

El «descubrimiento» del suero de la verdad se remonta a principios del siglo XX, a una mezcla de morfina y escopolamina que usaban los obstetras alemanes para aliviar los dolores del parto. Los médicos observaron que, bajo la influencia de esas sustancias, las mujeres solían contar de forma espontánea detalles íntimos sobre sus vidas privadas y se mostraban dispuestas a responder a cualquier tipo de pregunta. En 1922, Robert House, un obstetra de Dallas, llegó a la conclusión de que se podía emplear una técnica similar para interrogar a los sospechosos acerca de sus presuntos delitos. Él mismo llevó a cabo un experimento con dos prisioneros que, tras habérseles administrado escopolamina, negaron haber cometido los actos de que se los acusaba. House se convenció de que la prueba que corroboraba la eficacia de su método era que, tras el juicio, los reclusos habían sido absueltos de todos los cargos; publicó los resultados de su estudio y continuó investigando con otros fármacos. El término «suero de la verdad» lo acuñó un periodista del Los Angeles Record en una crónica sobre el primer experimento de House. El empleo de la escopolamina como droga «de la verdad» se descartó en los años treinta debido a sus múltiples efectos adversos, y la policía empezó a recurrir a los barbitúricos para interrogar a testigos y sospechosos.
Durante la segunda guerra mundial, para tratar la fatiga de combate que sufrían los soldados se les administraba tiopental (pentotal sódico), un barbitúrico empleado de forma habitual en las anestesias generales. El fármaco era un medio efectivo para liberar miedos y traumas reprimidos, ya que en estado de semiinconsciencia la mente no es capaz de controlar los secretos ocultos y dolorosos. El tiopental también era útil para desenmascarar a los soldados que fingían enfermedades con el fin de eludir el servicio militar. Dicho de otro modo, revestía las características de un suero de la verdad.

El conflicto llegó a conocerse como la primera guerra farmacológica porque tanto el consumo prescrito como autoprescrito de sustancias psicoactivas entre el personal militar adquirió dimensiones alarmantes y sin precedentes en la historia de Estados Unidos. El filósofo británico Nick Land describe con acierto la guerra de Vietnam como «un punto de intersección decisivo entre la farmacología y la tecnología de la violencia».
Con el tiempo, drogas como la cocaína, la marihuana y la heroína ganarían aceptación entre las tropas, sobre todo esta última, que resultaba especialmente atractiva por los rumores sobre su increíble capacidad para aumentar la potencia sexual masculina. Los oficiales, por regla general, seguían una política relativamente restrictiva según la cual los soldados a quienes se sorprendía consumiendo cocaína o heroína eran castigados y, a menudo, incluso relevados del servicio. El mayor temor de las autoridades era el efecto dominó, es decir que un toxicómano pudiese infectar a toda la unidad.
Según el Departamento de Defensa, en 1968 la mitad de los soldados estadounidenses desplegados en Vietnam tomaban algún tipo de droga. En 1970, la tasa aumentó hasta el 60 %, y, en 1973, año de la retirada de Estados Unidos, el 70 % de los soldados consumían estupefacientes. En 1971, prácticamente el 51 % fumaba marihuana, el 28 % consumía drogas duras (sobre todo heroína) y casi el 31 % tomaba sustancias psicodélicas.
La marihuana era el estupefaciente no alcohólico más común. Los soldados la llamaban por distintos nombres, dependiendo de la región o provincia de procedencia, por ejemplo: Pleiku rosa, Huê´ azul, camboyana roja, etc. La concentración de THC del cáñamo local era elevada, un 5 %, en comparación con el contenido del 1 % de la marihuana que se cultivaba en Estados Unidos. Era fácil de conseguir y, como afirmaba un psiquiatra militar citado en el U.S News & World Report, la droga estaba «por todas partes. Lo único que hay que hacer para conseguirla en cualquier pueblo, aldea o ciudad es pronunciar la palabra Khan Sa».

Al igual que los estadounidenses que combatieron en Indochina, también los rusos que lucharon en Asia Central vivieron la trágica experiencia, ya sea en términos individuales como colectivos, de enzarzarse en combate con un adversario asimétrico dispuesto a librar una guerra popular sobre un terreno extremadamente difícil. La intervención soviética en Afganistán (1979-1989) no solo se convirtió en el «Vietnam soviético», sino que fue la guerra con mayor peso farmacológico en la historia bélica de Rusia hasta la fecha, pues en ella los soldados consumieron drogas en cantidades desmesuradas.
Tanto Estados Unidos en Vietnam como la Unión Soviética en Afganistán preveían una victoria rápida y contundente, pero los años pasaban, los costes aumentaban, el número de víctimas crecía y la victoria seguía mostrándose esquiva.
Con tal de hacerse con drogas, los soldados «vendían literalmente todo lo que podían: grasa, mantequilla, comida enlatada, jabón, maquinaria, pero también armas y municiones». El verdadero problema era que, para obtener mercancía que pudieran intercambiar, no solo saqueaban las casas afganas, sino que además robaban del estado: desmantelaban el equipo, se sustraían piezas de los coches, combustible y ropa. Quienes servían en los batallones de construcción, robaban y vendían la maquinaria y los materiales.
El problema de la drogadicción y el abuso adquirió una dimensión tal que, a mediados de la década de 1980, los mandos del ejército decidieron intensificar la rotación y acortar de veinticuatro meses a nueve el período de servicio en ciertas unidades, pero la medida no impidió que la oleada de adicción siguiera propagándose por el Ejército Rojo.
En enero de 1987, el gobierno admitió que 175.000 habitantes del país tomaban sustancias psicoactivas de manera regular, y que, de estos, unos 49.000 consumían drogas duras, como la heroína y la cocaína. Obviamente, resulta imposible verificar estos datos, y más si tenemos en cuenta que en septiembre de 1990 el general Nikolái Jromov, director del servicio de investigación criminal soviético, estimaba en 500.000 el número de ciudadanos que consumía drogas de forma habitual.

La droga conocida como Captagon o fenetilina ha sido uno de los estimulantes favoritos de los combatientes de ambos bandos de la guerra civil de Siria, así como de los guerreros de Estado Islámico (ISIS). Cuando el cuerpo metaboliza esta droga sintética inventada en 1961, se genera metanfetamina y teofilina (un alcaloide de la clase de las xantinas). La Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito la clasifica como «estimulante de tipo anfetamínico» (ETA).
Haití, Irak (insurgentes suníes, Al Qaeda en Irak)
— los líderes hacen caso omiso del consumo de drogas por parte de los combatientes a título individual
— a menudo, los combatientes son reclutados mediante la ebriedad y la adicción.
Bosnia, Colombia, Congo, Filipinas, Perú, Ruanda, Rusia (rebeldes chechenos)
— los líderes utilizan las drogas como recompensa
— los líderes promueven el consumo de drogas como medio de motivación para cometer atrocidades contra la población civil
— problemas relacionados con el mando y el control de los combatientes
Liberia, Sierra Leona, Somalia, Uganda
— alto grado de ebriedad o adicción entre las tropas, que son susceptibles de llevar a cabo operaciones violentas con el fin de satisfacer el hábito
— el extendido consumo de drogas entre los combatientes hace que su control sea prácticamente imposible.

El captagón es una buena droga de combate. Provoca los efectos típicos de los estimulantes de tipo anfetamínico: mitiga el miedo, suprime el dolor, alivia el hambre, reduce la necesidad de dormir e incrementa la fuerza. Se dice que los yihadistas que combaten en Siria lo toman en grandes cantidades y que la droga los convierte en guerreros feroces e impávidos capaces de perpetrar atrocidades de lo más inauditas, de aquí que a menudo se lo conozca como la «píldora del horror».
Son varios los factores que han intensificado el empleo del tráfico de drogas como medio de financiación de los grupos armados no estatales. Entre los más importantes destacan:
1) el fin de la rivalidad y la bipolaridad de la era de la guerra fría, durante la cual las superpotencias trataron de limitar y controlar tanto la producción como el contrabando de drogas;
2) los cambios de tendencia en el tráfico de drogas de los años ochenta y noventa;
3) la creciente «asimetrización» de los conflictos armados contemporáneos, y
4) la progresiva desaparición de fronteras y barreras propia de la globalización.
Los efectos más trascendentales de la globalización han sido la formación de complejas redes interconectadas y la inmensa libertad de flujos en un mundo en el que las fronteras, cada vez más permeables, y las distancias están perdiendo su significado.

Podemos decir que, a pesar de que el aumento del consumo no autorizado de drogas por parte de los soldados es algo común en cualquier guerra, en conflictos como el de Afganistán o el de Irak resulta especialmente inquietante. Vale la pena recordar, no obstante, que el mayor problema durante la OLD y la OLI no fue el consumo de drogas, sino el alcohol, los fármacos psicotrópicos con receta y los analgésicos. Como a lo largo de los siglos pasados, la prescripción y autoprescripción de estupefacientes sigue siendo inherente a la vida militar.
Parece que el siniestro sueño de Frederick Winslow Taylor se está haciendo realidad. En su obra Management científico, Taylor escribe: «En el pasado, el hombre era lo primero; en el futuro, el sistema debe ser lo primero». Tony Tether, ex director de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa, dijo en junio de 2001 que uno de los principales desafíos a los que se enfrenta el ejército de Estados Unidos en el siglo XXI «reside en evitar que el rendimiento humano se convierta en el eslabón más débil del futuro campo de batalla». Por tanto, hay que reforzar el eslabón más débil para potenciar su efectividad, por ejemplo, mediante la neurofarmacología.
Los enfermos de TEPT (Trastorno Estrés Post-Traumático) darían lo que fuera por recuperar una zona autónoma en sus cerebros oprimidos por los recuerdos traumáticos.
Si estudios venideros confirman el optimismo de estos resultados preliminares, en el futuro el éxtasis ayudará a soldados y veteranos a desvincularse del tormentoso estado mental que experimentan tras su participación en la guerra. Brad Burge, director de comunicación de la Asociación Multidisciplinar para los Estudios Psicodélicos, que coordina las investigaciones acerca del uso de éxtasis en psicoterapia, asegura que la pregunta ya no es si el MDMA acabará convirtiéndose en un fármaco legal para el tratamiento del TEPT, sino cuándo ocurrirá eso. Según él, en un futuro cercano, hacia el año 2025.
Lo que hoy es una droga recreativa (y a veces peligrosa) popular entre la juventud se utilizará para ayudar a los veteranos con TEPT a luchar contra los demonios de la guerra. El éxtasis químico hará posible erradicar los efectos negativos del traumático éxtasis bélico. La historia de las drogas y la guerra abunda en este tipo de paradojas.

A magnificent work where Kamienski has combined in one book a great deal of information; much of it has been available elsewhere, but combined into one account, I think some patterns can be noted. Military interest in drugs (which in this book includes alcohol) is related to anything that can improve soldiers’ stamina, strength in battle, courage or at least antidote fear, as well as helping deal with pain and doubt. In modern times, the interest in drugs includes interest in crowd control, incapacitating the enemy (including disorientation, eroding morale and causing fear), breaking stubborn captives (“truth serum”); and also keeping people awake for extended missions and concentrated on task. Drugs are also a matter of individual soldiers coping with their situation. Kamenski’s book deals with all this. He describes his book as “a social, cultural and political history of psychoactive substances on the battlefield.” He’s interested in three aspects: drugs issued by the authorities (such as amphetamines to pilots or special forces), drugs “self prescribed” (such as heroin use in Vietnam) and drugs used as weapons or instruments of subversion.
Use of drugs appears to have been widespread. Among the examples in the book are Tibetans giving horses and mules string tea to improve their work at altitude; elephants in Southeast Asia being given opium balls as reward for good work in lumbering; rum given to British sailors (rather large amounts in today’s sense). German forces drank beer, the French drank wine and the Russians vodka. Japanese kamikaze pilots drank the night before their final missions. In the Chechen war Russian soldiers widely traded weapons for alcohol. Then there were the opium wars forcing the Chinese to accept British opium, free trade for the British but from the Chinese view, subversion. Opium was used by soldiers in India, and elsewhere. Zulus reportedly used drugs to heighten courage. The Viking berserkers might have too, although present history views this as a legend. There are legends about drug use that apparently are false, as in the Moro jihadis in the Philippines against American soldiers.
There are sections on the American Civil War, World War 1 and 2, Korea and Vietnam. Wide use of opiates and morphine in the Civil War allegedly created a drug problem among veterans, but Kamienski says this may also be a legend. Use in World War 2 seems to be officially for aircrew and unofficially soldiers’ using drugs informally and sometimes illegally. The last third of the book is interesting reading but somewhat concerning for an American, with officials searching for drugs to enhance performance but also for drugs that could incapacitate enemies (not kill them, really, in the same sense chemical warfare in World War 1 did). The discussion of American drug use in Vietnam is lengthy and fascinating–and he says that while drug use was heavy among the troops, the legend of a mass of drug addicts coming home is also a legend. There is also discussion of continuing American exploration of performance-enhancing drugs for enhancing mission performance.
The most disturbing part of the book is his account of child soldiers and drugs, happening primarily in Africa; the combination of child, AK-47 and drugs has been quite widespread and quite remarkably savage. Drugs seem to have been used by some jihadis, as well. Near the end he notes that today only air forces “implement a fully fledged policy of psychopharmacological management of alertness, sleep and fatigue” but that this will certainly expand to the rest of armed forces.
The epilogue looks at war itself as a drug and seems to conclude (I didn’t follow the argument very well) that the emotional highs and the moments of danger for some solders is also a drug.

It is often said that the origin of the word “pharmacology” is found in the Greek phármakon, which means “medicine”. However, it is important to note that in ancient Greece the word pharmākos referred to someone who served as a scapegoat (usually a slave, a criminal, a cripple or someone considered unlikely) in the rites of state: public purification rituals and ceremonies designed to ensure the welfare and good fortune of a community. The Pharmākos was beaten, expelled and sometimes stoned to death. That is to say, as the Hungarian-American psychiatrist Thomas Szasz affirms, the root of modern “pharmacology” is not “drug” or “medicine”, but “scapegoat”. When Greece abandoned the practice of human sacrifices around the 6th century BC C., the word pharmākos was transformed into pharmakeus and phármakon, which came to mean, among other things, ‘medicine’, ‘poison’ and ‘panacea’. But what about warriors and soldiers? Both sacrifice for their community and, in turn, are sacrificed by society in order to obtain, first and foremost, security (that is, in favor of defense and survival) and, often, prosperity and happiness ( that is, expansion, development and well-being). Obviously, they are not scapegoats, but they are willing to make sacrifices, even the greatest of all: to die in defense of their society and their values.

Depending on the type of disturbance of the state of consciousness they cause, three psychoactive substances can be identified:
1. stimulants, which enhance the activity of the nervous system and produce psychic or physical excitement (ie, amphetamines and cocaine);
2. depressants or hypnotics, which retard the activity of the nervous system and produce relaxing, tranquilizing, somnolent or euphoric effects (ie, alcohol, barbiturates, opium and opiates), and
3. hallucinogens, which disturb the activity of the nervous system and alter the perception of reality (ie, atropine, cannabis, mescaline, scopolamine, LSD and MDMA, popularly known as “ecstasy”).
Interestingly, some substances, depending on the dose, can have stimulant or depressant effects. For example, depressants such as alcohol and opium, in small doses, can produce a mild stimulant effect.
Drugs have strongly addictive properties and their abuse can cause intrinsically harmful psychic, physical and social effects; that is why today, in most countries, they are illegal substances, subject to strict control and with very few medical applications. The word “addiction” derives from the Latin addictus, which designated the citizen of ancient Rome who, because he could not face his debts, the courts deprived of liberty and made him a slave of his creditor. Narcotics have a similar effect: their addictive properties enslave those who consume them.

Since the beginning of human history, narcotics have been an inherent part of cultural life, especially religious, magical and ritual practices. Not for nothing does ecstasy play a prominent role in the Nietzschean interpretation of art, myths, religion, politics and the very concept of the Dionysian.
1. To what extent has the use of narcotics among combatants been universally approved in space and time?
2. What have been the social, cultural, political and medical contexts of the use of drugs in the armed forces?
3. What specific objectives did the armies wish to achieve by “drugging” their troops?
4. How effective have the particular substances been in the war effort?
5. To what extent have the use of “prescribed” and “self-prescribed” drugs influenced the military profession?
6. What have been the side effects of the military use of narcotic substances?
7. What are the ethical issues surrounding the use of drugs in war?
8. To what extent does the knowledge that a certain army has used drugs in a massive way lead us to reinterpret our conception of a specific war or campaign?

Throughout the centuries, alcohol has been an integral part of the life of many societies; he has been the favorite intoxicant of numerous civilizations, with the notable exception of Islam, and has been consumed in relation to many facets of human activity: from spiritual and religious ceremonies to family gatherings, through its use in the daily diet and in Medicine. It has also been the most popular drug of how many armies have used. Traditionally, the armed forces used it with two main objectives. The first was to remove uncomfortable and unwanted emotions, and to mitigate the avoidance of danger behaviors. The second, to increase combat capacity through the enhancement of certain qualities, skills and attitudes. For centuries, alcohol has been so common before, during, and after the battle that it has established a less than symbiotic relationship with soldiers. Over the course of history, armies have developed a powerful cultural, social and political legitimization of drinking, thanks to which they have integrated alcohol into the landscape of war. Since ancient times, it is believed that moderate alcohol consumption is desirable if you want to inflame the soldiers’ ardor, increase morale, erase or repress traumatic memories, and help overcome the hardships of war.
Drinking in a group consolidates the bonds and builds trust among the partners, which is essential for the proper functioning of a unit and the survival of those who compose it. Alcohol intensifies intimacy among soldiers and, with it, forges and sustains a spirit of brotherhood. In this way, it preserves the integrity of the smaller combat units, such as the platoon, and contributes to the group’s cohesion. As we see, administered with moderation, alcohol can increase combat capacity, but excessive and uncontrolled consumption hinders the ability to fight, reduces the morale of the troops and, sometimes, can lead an army to disaster.
If we wanted to summarize, we could say that alcohol has exercised four main roles in the war. The first has been of a medical nature: for centuries it has been used to anesthetize the wounded, prevent infections (impregnated wound dressings and as an antiseptic in surgery) and cure (for a long time it was believed that alcohol possessed powerful healing properties almost universal). The second has been as a stimulant: in moderate doses, it helps relieve the stress of battle, increases courage and instills confidence before entering the battle. The third has been mental-therapeutic: alcohol relaxes, helps to sleep, dulls emotions and compensates for the privations imposed by the battle. His fourth and last role has been physiological. Alcohol strengthens the body by providing a considerable dose of additional energy (one liter of wine with an alcohol content of 12% provides between 500 and 700 calories, a liter of pure vodka provides 2,800 calories, while the same amount of rum contributes up to 4,000 calories).
Historically, almost all societies (except the Islamic ones) and their armed forces have had a favorite drink, their own source of “liquid courage”. The ancient Greeks drank wine on the occasion of banquets, libations and Dionysian mysteries, but also on the battlefield. Homer describes how his heroes drink it during the war of Troy, especially to soften the sorrow when they cry to their fallen comrades. Wine, in fact, was so popular and ubiquitous that Victor Davis Hanson, a noted scholar of the Greek arts of war, wondered if Greek warriors marched drunk into battle.
The hoplites overdid the drink before the battle, and it is more than likely that they often entered the drunken scuffle. Such conduct would not be in any way strange or inadmissible, since in antiquity drunkenness was not considered something reprehensible. On the contrary, it was believed to be a religious act that united man with the gods and liberated his “hidden divinity.”

For a long time, rum was a common drink among sailors and English soldiers. In the 18th century it replaced the traditional drinks of these two collectives, beer and, to a lesser extent, wine and brandi. The rum turned out to be much more attractive than the old drinks, not only because in the Caribbean it was much cheaper, but also because of its higher alcohol content, so its transport and storage required less space compared to beer or wine. That is, rum was a more efficient option, because it allowed to save space (very precious on board a ship) and money. Until the early eighteenth century, the regular ration in the British Royal Navy was one pint of wine (560 milliliters) or half pint (280 milliliters) of brandi. After the introduction of rum, the sailors received half a pint a day. However, in 1740, Admiral Edward Vernon agreed to the suggestions of captains and doctors, who insisted that the consumption of the entire ration of a sitting had harmful effects on the health and behavior of the sailors, and had the rum diluted. in half with water (half pint of rum and a quarter of water). At first, the new drink was not liked by the sailors, who called it “grog” by the nickname of Admiral Vernon, “the Old Grog”, due to the grogrén fabric from which his cloak was made.
It is estimated that in the second half of the nineteenth century the 36,000 men of the British army consumed about two million liters of rum per year, including supplements before the battle (distributed to improve their performance in combat) or after it (to celebrate a victory).

Drinking vodka was something deeply rooted in the ethos of the officer corps of Imperial Russia, so much so that it could be considered mandatory. Those who did not drink or did so with absurd moderation were branded as eccentric and unfit for office. Junior officers “who drank moderately could receive recriminations from their commanders.” Abstinence was seen as an act of political rebellion; On the other hand, drinking copiously was not considered incompatible with the due fulfillment of military duty.
In 1761, the custom of supplying alcohol daily between the army, the so-called charka (one hundredth part of a cube, or 0.125 liters) was already settled. In 1797, Emperor Paul I “institutionalized” the charka by introducing a daily supply of alcohol into the regulations of the army. Daily rations of alcohol had become commonplace in the infantry as well, although at first they were only supplied in case of combat or in extremely harsh conditions. In 1812, for example, during the fight against Napoleon’s forces, Russian soldiers received three charkas (almost 0.4 liters) of vodka a day.
Sometimes, alcohol had tragi-comic consequences, as in the Russo-Japanese War (1904-1905), which, by the way, Russia financed in large part with the income derived from the sale of alcohol, since since 1895 the state had the monopoly of the production and distribution of distillates.65 At the end of the war, the commander of the garrison stationed in the fortress of Port Arthur surrendered by receiving ten thousand boxes of vodka in lieu of the ammunition expected and so desperately needed. Alcohol could inspire courage, but it could not save the square. The anecdote is significant, since many foreign correspondents considered that the levels of drunkenness among the Russian ranks were absolutely portentous.

This brief discussion on the synergistic relationship between drinking and combat: alcohol is the oldest and most popular narcotic substance in the field of war. Whether administered by the armed forces or self-authorized by the soldiers themselves, it has propelled the troops into combat and helped them endure the calamities of the struggle. Alcohol allows temporary and virtually escape from the violent reality of the battlefield, which is why it has become an almost universal liquid medium to mask the most horrendous face of war.

In the days when man still did not dominate agriculture or animal husbandry, he lived on what he managed to hunt, fish or collect. By the method of trial and error he ended up discovering the strange properties, often hallucinogenic, of many plants and also of some animals. The peoples of antiquity, such as the Greeks, the Assyrians, the Persians, the Siberian tribes, the Vikings, the American Indians and others, made abundant use of a great variety of narcotic drugs. Psychoactive plants came into common use, especially for ceremonial and religious purposes, and as they became important cultural elements, and even essential, they were also making their way to the battlefields.
Opium, the sap that is extracted from the capsules of the poppy or poppy (Papaver somniferum), was already known and used by the Assyrians and Sumerians (some ideograms dating from 4000 BC refer to the opium poppy as the “plant of joy”). 1 In ancient Greece, where it came from Egypt, the opium was common and well known: it was used as incense in temples and oracles, as a sacrifice to the gods, and was ingested to provoke hallucinations on the occasion of rites and mysteries. The Greeks also benefited from the healing properties of the poppy sap, and already Hippocrates, Heraclitus, Theophrastus and others attest to its medicinal use. However, what is most important for our study is that they soon discovered the invigorating properties of opium, which, mixed with wine and honey, was given as reinforcement to the athletes who trained for the Olympic Games.
Contrary to what was previously believed, nepenthe, the drink that silences all pains and discrepancies, was not made with hashish, but with opium. The Greeks dissolved it in alcohol to obtain a mixture that later would receive the name of “laudanum” (derived from the Latin laudare, that means “to praise”), the splendid tincture of opium created towards the year 1525 by Paracelsus, the famous “father” of modern pharmacology ».
It is popularly said that the pre-modern Muslim terrorists of the Ismaili current of the Nizari used to place themselves with hashish. That is why they were initially known as “hashish” (hashish or hashishiyya, from the Arabic al-hasziszijjin, literally “hashish eaters”). The oldest written source that refers to this group as hashishiyya is dated to 1123. It was the Christian crusaders who returned from Syria to Europe who called them “murderers”, and from there the word passed to many other languages. In English, the term assassination designates a homicide with religious or political motivation committed by a sudden and secret attack, which is just as the Nizaris killed their victims. Legend has it that the Assassins ingest narcotics to promote spiritual stimulation and sharpen the senses. Dumped with hashish, totally devoted to their sect – and, above all, to their leader – and blindly committed to their faith, the Assassins were ready to give their lives for the cause of a radical Islam.
In English, the word berserk means ‘wild’, ‘crazy’, ‘violent debauchery’, but also ‘war ecstasy’, and derives from the name of those Scandinavian “furious warriors” from the dawn of the Middle Ages. When a warrior “becomes berserker” (goes berserk), his humanity experiences a regression towards a state of animal divinity or divine animalism. Often enraged by the death of his comrades-in-arms, the warrior affected by this frenzy loses control of himself and, without inhibitions of any kind, burns with desires for revenge. Instead of being paralyzed by fear, he feels strengthened by a divine power and throws himself into the massacre in a brutal outburst of death and destruction. In the furor of battle, he often violates the essential norms and principles of the warrior ethos, sometimes betraying his own honor. The “berserker effect” is quite common in the heat of combat; in fact, it is something universal and can happen to any soldier present on the battlefield.

The coca helped the contenders to cope with the exhaustion caused by the long siege and was just as important for the Indian troops as for the besieged civilians, mostly Spaniards. Behind the walls of the city, the soldiers of the garrison and the town endured great privations and, when the food reserves had been exhausted, survived only by chewing coca leaves, with which they relieved hunger and thirst and increased resistance. physical. The conditions in La Paz were most dramatic: some 10,000 of the 25,000 people trapped behind its walls lost their lives, many of them because of hunger. The commander in charge of the defense of the city would later recall that the inhabitants, desperate, began to eat the horses, the mules and the donkeys, and they continued with the dogs and the cats; when there were no more animals, they fed on the bark of the trees. There is even evidence of some cases of cannibalism. Nothing is strange, then, that the large coca reserves accumulated in the city will end up being crucial for those who had the luck not to die. It was the first time that the power of coca was revealed to the world in such a spectacular way.

For example, Napoleon’s order sought to prevent his army from being reduced to a “group of beetles.” The following fragment allows you to get an idea of ​​how pressing the problem faced by the commanders was:

Article 1. The consumption of beverages that Muslims prepare from hemp (hashish), as well as the inhalation of hemp seeds, is prohibited throughout Egypt. Those who adopt the habit of smoking and drinking this plant lose their reason and suffer virulent delusions during which they tend to commit all sorts of excesses.
Article 2. The preparation of drinks with hashish is prohibited throughout Egypt. The doors of the cafes and restaurants where it is served must be bricked up and their owners imprisoned for three months.
Article 3. All bales of hashish that reach the borders shall be confiscated and burned publicly.

We still do not know the rates of cocaine use by the soldiers, and there is no way to do a calculation, even if it is approximate. What is certain is that never before or after the armies consumed as much of this drug as between 1914 and 1918, not only for medicinal purposes, but also to improve performance. The factors that determined the prevalence of cocaine were three. The first, the character of the war, which required the deployment of large armies. The second, the harsh conditions in which the battles took place, especially in the trenches of the Western Front, together with the alienating and dehumanizing effects of military technology, which caused injuries and traumas of unprecedented severity. And the third, the fact that cocaine was not a controlled substance; It could be acquired legally and simply, and was used regularly as an ingredient in a multitude of medicines.
Although the French accused the Germans of smuggling cocaine in order to weaken the French people, it was in Great Britain that the drugs triggered genuine panic. To a large extent, it was the media, the politicians and the military establishment that fueled the hysteria. The Times, for example, pointed to cocaine as a serious danger, “even more deadly than bullets.” The problem was the target of gross exaggerations and presented itself as a threat not only to the British troops at the front, but to the British Empire as a whole. The panic was triggered mostly by Canadian soldiers temporarily stationed in the British Isles waiting to be deployed on the Western Front. Between 1914 and 1915 between 200,000 and 250,000 Canadians passed through London. In January 1916, a Canadian major stationed near Folkestone, in Kent County, discovered the source that supplied cocaine to his units. The major carried out what we would today call an “infiltration operation”, through which he bought a pack of cocaine from a man named Horace Dennis Kingsley and a London prostitute named Rose Edwards.

Although amphetamines appeared on the market at the end of the 19th century (phenylpropylmethylamine, from which amphetamine was derived, it was synthesized for the first time in 1887, while methamphetamine was obtained in 1919), its turbulent history began on June 3, 1928. That day, in Los Angeles, the chemist Gordon Alles tested with himself a substance he had created the previous year while looking for a cheap alternative to ephedrine; He called it “beta-phenylisopropylamine,” although it eventually became known as “amphetamine.” A friend of his, a doctor named Hyman Miller, injected 50 milligrams of the new drug, five times what would be the normal dose in medical treatments.
During the Second World War, members of the armed forces became large consumers of amphetamines. While the conflict lasted, both the Nazis and the Allies broke the last vestiges of the doctrine of just war, so it is not surprising that the ethical dilemmas concerning the routine administration of narcotics to the troops did not seem too important.
Broadly speaking, the end of the war marked the beginning of a period during which the amphetamines spread through a social fabric severely punished by the war. In fact, it was the soldiers themselves who returned home who popularized speed. Amphetamines were easy to get, and by the 1950s their use had spread to college students, athletes, truck drivers, nightclub musicians, and housewives. Many people who wanted to stay awake or needed an extra dose of energy used them. It is normal, then, that in many countries the consumption and production of amphetamines grew significantly during the decade after the war. It is important not to forget that these drugs were not seen as a form of doping, but rather as a legal remedy; After all, everyone knew that during the war the soldiers had been administered generously.

In the Second World War, it was common to distribute benzedrine to the American pilots responsible for carrying out exhausting long-term missions, the infantry fighting in harsh conditions and the sailors who had to stay alert during the long night cruises. Although its consumption was quite widespread, amphetamines, unlike what had previously occurred with alcohol, were not supplied by default as a standard ration among all soldiers, but their consumption was formally limited to special circumstances. This was something that completely changed during the conflict in Korea, where amphetamines, and, to a lesser extent, methamphetamines, ended up being administered almost routinely under the contract for the supply of dexedrine that the SKF company had subscribed with the company. government.
This widespread and almost abusive consumption of speed is not at all surprising, since in the United States amphetamines had been as popular as vitamins well into the 1950s.
During the 1940s and 1950s they had been a common component of a multitude of medications, and it was not until 1951 that amphetamine tablets became prescription drugs (although doctors prescribed them abundantly and willingly). Benzedrine inhalers, on the other hand, continued to be easily accessible until 1965, by which time the Drug Abuse Control Act restricted the retail sale of amphetamines and the preponderance of their medicinal use.

The “discovery” of the truth serum goes back to the beginning of the 20th century, to a mixture of morphine and scopolamine that German obstetricians used to relieve labor pains. The doctors observed that, under the influence of these substances, women used to spontaneously tell intimate details about their private lives and were willing to answer any kind of question. In 1922, Robert House, a Dallas obstetrician, came to the conclusion that a similar technique could be employed to question suspects about their alleged crimes. He himself carried out an experiment with two prisoners who, after having been administered scopolamine, denied having committed the acts of which they were accused. House was convinced that the evidence corroborating the effectiveness of his method was that, after the trial, the inmates had been acquitted of all charges; He published the results of his study and continued to investigate other drugs. The term “truth serum” was coined by a Los Angeles Record journalist in a story about House’s first experiment. The use of scopolamine as a “truth” drug was ruled out in the 1930s due to its many adverse effects, and the police began to resort to barbiturates to interrogate witnesses and suspects.
During the Second World War, to treat combat fatigue suffered by the soldiers were administered thiopental (sodium pentothal), a barbiturate commonly used in general anesthesia. The drug was an effective means to release fears and repressed traumas, since in a state of semi-consciousness the mind is not able to control the hidden and painful secrets. The thiopental was also useful to unmask the soldiers who feigned illness in order to avoid military service. In other words, it had the characteristics of a truth serum.

The conflict came to be known as the first drug war because both prescribed and self-prescribed use of psychoactive substances among military personnel took on alarming and unprecedented dimensions in the history of the United States. The British philosopher Nick Land aptly describes the Vietnam War as “a decisive intersection between pharmacology and the technology of violence.”
Over time, drugs such as cocaine, marijuana and heroin would gain acceptance among the troops, especially the latter, which was especially attractive because of rumors about its incredible ability to increase male sexual potency. The officers, as a rule, followed a relatively restrictive policy according to which soldiers who were caught using cocaine or heroin were punished and often even relieved of service. The greatest fear of the authorities was the domino effect, meaning that a drug addict could infect the entire unit.
According to the Department of Defense, in 1968 half of the American soldiers deployed in Vietnam took some type of drug. In 1970, the rate increased to 60%, and in 1973, the year of the withdrawal from the United States, 70% of the soldiers consumed narcotics. In 1971, practically 51% smoked marijuana, 28% consumed hard drugs (especially heroin) and almost 31% took psychedelics.
Marijuana was the most common non-alcoholic narcotic. The soldiers called her by different names, depending on the region or province of origin, for example: Pleiku rosa, Huê’ blue, Cambodian red, etc. The THC concentration of local hemp was high, 5%, compared to the 1% content of marijuana grown in the United States. It was easy to get and, as claimed by a military psychiatrist quoted in the U.S News & amp; World Report, the drug was “everywhere. The only thing you have to do to get it in any town, village or city is to pronounce the word Khan Sa ».

Like the Americans who fought in Indochina, the Russians who fought in Central Asia also experienced the tragic experience, both individually and collectively, of engaging in combat with an asymmetric adversary willing to wage a people’s war on extremely difficult terrain. . The Soviet intervention in Afghanistan (1979-1989) not only became the “Soviet Vietnam”, but it was the war with the greatest pharmacological weight in the Russian war history to date, because in it soldiers used drugs in excessive amounts .
Both the United States in Vietnam and the Soviet Union in Afghanistan foresee a quick and decisive victory, but the years passed, the costs increased, the number of victims grew and the victory was still elusive.
In order to take drugs, the soldiers “literally sold everything they could: fat, butter, canned food, soap, machinery, but also weapons and ammunition.” The real problem was that, to obtain merchandise that could be exchanged, not only did they loot Afghan houses, but they also stole from the state: they dismantled the equipment, stolen car parts, fuel and clothing. Those who served in the construction battalions, stole and sold the machinery and materials.
The problem of drug addiction and abuse acquired a dimension such that, in the mid-1980s, the army commanders decided to intensify the rotation and cut the period of service in certain units from twenty-four months to nine months, but the measure did not prevent that the wave of addiction continued to spread through the Red Army.
In January 1987, the government admitted that 175,000 inhabitants of the country regularly took psychoactive substances, and of these, some 49,000 used hard drugs, such as heroin and cocaine. Obviously, it is impossible to verify this data, especially if we take into account that in September 1990, General Nikolai Jromov, director of the Soviet criminal investigation service, estimated the number of citizens who habitually used drugs at 500,000.

The drug known as Captagon or fenetylline has been one of the favorite stimulants of fighters on both sides of Syria’s civil war, as well as the Islamic State warriors (ISIS). When the body metabolizes this synthetic drug invented in 1961, it generates methamphetamine and theophylline (an alkaloid of the xanthine class). The United Nations Office on Drugs and Crime classifies it as an “amphetamine-type stimulant” (ETA).
Haiti, Iraq (Sunni insurgents, Al Qaeda in Iraq)
– leaders ignore drug use by individual fighters
– Often, combatants are recruited through intoxication and addiction.
Bosnia, Colombia, Congo, Philippines, Peru, Rwanda, Russia (Chechen rebels)
– leaders use drugs as a reward
– leaders promote the use of drugs as a means of motivation to commit atrocities against the civilian population
– problems related to command and control of combatants
Liberia, Sierra Leone, Somalia, Uganda
– high degree of drunkenness or addiction among the troops, who are likely to carry out violent operations in order to satisfy the habit
– The widespread use of drugs among combatants makes their control practically impossible.

The captagon is a good combat drug. It provokes the typical effects of amphetamine-type stimulants: it mitigates fear, suppresses pain, relieves hunger, reduces the need to sleep and increases strength. It is said that the jihadists who fight in Syria take it in large quantities and that the drug turns them into ferocious and undaunted warriors capable of perpetrating the most unprecedented atrocities, hence it is often known as the “horror pill”.
There are several factors that have intensified the use of drug trafficking as a means of financing non-state armed groups. Among the most important stand out:
1) the end of the rivalry and bipolarity of the Cold War era, during which the superpowers tried to limit and control both the production and the smuggling of drugs;
2) the trend changes in the drug trade of the eighties and nineties;
3) the increasing “asymmetrization” of contemporary armed conflicts, and
4) the progressive disappearance of borders and barriers inherent to globalization.
The most transcendental effects of globalization have been the formation of complex interconnected networks and the immense freedom of flows in a world in which borders, increasingly permeable, and distances are losing their meaning.

We can say that, although the increase in the unauthorized consumption of drugs by soldiers is common in any war, in conflicts such as Afghanistan or Iraq, it is especially disturbing. It is worth remembering, however, that the biggest problem during the OLD and the OLI was not the consumption of drugs, but alcohol, psychotropic prescription drugs and analgesics. As in past centuries, the prescription and self-prescription of narcotics continues to be inherent in military life.
It seems that the sinister dream of Frederick Winslow Taylor is coming true. In his work Scientific Management, Taylor writes: “In the past, man came first; in the future, the system must come first ». Tony Tether, former director of the Defense Advanced Research Projects Agency, said in June 2001 that one of the main challenges facing the US military in the 21st century “lies in preventing human performance from become the weakest link in the future battlefield ». Therefore, we must reinforce the weakest link to enhance its effectiveness, for example, through neuropharmacology.
Patients with PTSD (Post-Traumatic Stress Disorder) would do anything to recover an autonomous area in their brains oppressed by traumatic memories.
If future studies confirm the optimism of these preliminary results, in the future ecstasy will help soldiers and veterans to disassociate themselves from the stormy mental state they experience after participating in the war. Brad Burge, communication director of the Multidisciplinary Association for Psychedelic Studies, which coordinates research on the use of ecstasy in psychotherapy, says the question is no longer whether MDMA will eventually become a legal drug for the treatment of PTSD, but when will that happen? According to him, in the near future, towards the year 2025.
What is now a recreational (and sometimes dangerous) drug popular among youth will be used to help veterans with PTSD fight the demons of war. Chemical ecstasy will make it possible to eradicate the negative effects of traumatic war ecstasy. The history of drugs and war abounds with this type of paradox.

4 pensamientos en “Las Drogas En La Guerra — Lukasz Kamieński / Shooting Up: A Short History of Drugs and War by Lukasz Kamieński

  1. He leído varios libros endocados en diferente guerras y épocas y todos siguen el mismo patrón. Las drogas como megtodo de rendimiento y deshinibición en el campo de batalla, que en el fondo no son más que el efectos de las drogas suministradas. Lo peor es cuando la guerra acaba y todos esos soldados son esclavos de las drogas que han ingerido de forma consciente o consciente, en según que caso y acaban esclavizados por ellas. Gran artículo, como siempre. Un abrazo David¡¡

    • Te doy toda la razón esa es la clave y el negocio dicho sea de paso, este me gustó mucho porque condensa todo en un libro y no debes buscar más . Un saludo Anna

      • Eso escierto, yo tuve que leerme cuatro de este estilo para llegar a la misma conclusión jajajja y respecto al negocio, sin duda es el fondo de la cuestión, la vida humana cada vez tiene menos valor ante el diner, pero lleva siglos siendo así. Un abrazo¡¡¡

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