Conspiración. Cómo Rusia Ayudó A Trump A Ganar Las Elecciones — Luke Harding / Collusion: Secret Meetings, Dirty Money, and How Russia Helped Donald Trump Win by Luke Harding

Por favor lean este libro y no el de Wolff (Furia y Fuego) comentado en mi blog. Conspiración de Luke Harding: reuniones secretas, dinero sucio y cómo Rusia ayudó a Donald Trump a ganar, es técnicamente demasiado largo para leer de una vez, pero casi lo he hecho. No pude dejar de leerlo.
Este es el libro que desea, por el bien de la humanidad, sería una obra de ficción escrita por Le Carré, en lugar de una obra de informes épicos que ilustra tan inquietantemente el principio de que la verdad es más extraña que la ficción. De hecho, si Le Carré hubiera publicado esto hace un par de años, los críticos habrían pensado que el viejo maestro había perdido el rumbo, ya que la historia, aunque apasionante, incluso aterradora, es demasiado descabellada.
Sin embargo, aquí todo está magistralmente informado por uno de los grandes periodistas de nuestro tiempo: los lazos impactantes e interminables entre Trump, y muchos de los asociados de Trump y los designados políticos que ahora dirigen nuestro país, y Rusia. Aquí están las reuniones secretas; las transacciones financieras internacionales malolientes; los hackings; hechos extraños del candidato y eventual presidente; los personajes interminables, espeluznantes, amorales y corruptos que conectan a Trump y Putin.
De particular interés en este volumen, algo que no he visto en ningún otro lado, son las detalladas biografías de los rusos en esta extraña saga. En la cobertura diaria de los medios, los fondos de los numerosos caracteres rusos rara vez se exploran en profundidad, sin embargo, son cruciales para comprender lo que está sucediendo. Harding, otrora corresponsal en Moscú de The Guardian, da vida a todos estos personajes, con sus biografías de negocios encantadas y sus lazos casi universales con Putin y la inteligencia rusa. Particularmente angustioso, una excursión de pesadilla con un filo de cuchillo, es la exploración de los posibles destinos de los rusos que pueden haber sido fuentes del ahora famoso Trump Dossier de Christopher Steele.
En la rutina cotidiana, a menudo simplista de los medios, la pregunta de fondo parece ser: ¿Es una ofensa imputable, una pistola humeante? Este libro, en la profundidad y el alcance de su meticulosidad informativa, plantea una pregunta muy diferente y, quizás, más importante: con o sin un crimen comprobable de la mano del presidente, ¿hay algo de esto que sea remotamente aceptable? ¿Es sostenible tener un presidente de los Estados Unidos con tantas asociaciones corruptas? ¿Con misteriosas transacciones comerciales que desafían la gravedad? Con declaraciones de impuestos ocultas? ¿Con su obsequiosidad con un líder extranjero corrupto y brutal? ¿Con tales dudas obvias con respecto a su lealtad fundamental a los Estados Unidos de América?
Este libro no trata de conectar algunos puntos, se trata de las aparentemente interminables conexiones de nuestro presidente con las fuerzas oscuras que temen la verdad, detestan la democracia, adoran el poder y el dinero, y son totalmente despiadadas en sus tácticas notablemente exitosas en casa y en todo el mundo . Todo está aquí en detalles aleccionadores e impactantes. Léelo, luego abraza a tus seres queridos y ora por el mundo.

Nuestro protagonista es Steele, quien estaba mejor informado. Tres días después del fallido golpe se reanudó la vigilancia sobre él. Sus colegas de Hungría y Checoslovaquia le contaron que, tras las revoluciones producidas en estos países, la policía secreta desapareció para no volver. Pero allí seguían los mismos tipos del KGB, con los mismos rostros familiares, que volvieron a su antigua rutina de implantar escuchas, irrumpir en viviendas y hostigar a la gente.
El régimen cambió; el sistema no.
Una agencia de espionaje poscomunista, el Servicio Federal de Seguridad, había asumido las principales funciones del antiguo KGB. Steele, de regreso a Inglaterra, no tardó en trasladarse al nuevo edificio construido expresamente para el MI6, una enorme e impresionante mole posmoderna con vistas al Támesis. Resultaba difícil que aquel llamativo templo babilónico pasara inadvertido, de modo que en 1994 el gobierno reconoció la existencia del MI6. El personal bautizaría el edificio con el nombre de Vauxhall Cross. El FSB se convertiría en su más encarnizado adversario.
Desde Londres, Steele siguió trabajando en la nueva Rusia. Era un hombre ambicioso, que anhelaba tener éxito y que le vieran tenerlo. Ahora formaba parte de un equipo del SIS.
Al principio, George Bush y Tony Blair veían a Putin como un respetable aliado en la guerra contra el terrorismo. Pero el líder ruso seguía siendo un enigma. Como sabía Steele casi mejor que nadie, resultaba difícil obtener información desde dentro de la administración presidencial.
En 2006, Steele pasó a ocupar un alto cargo en la sección rusa del MI6 en Londres. Había signos preocupantes de que Putin estaba llevando a Rusia por un camino agresivo. El número de agentes rusos hostiles en el Reino Unido se incrementó, superando los niveles de la Guerra Fría. Steele detectó una nueva campaña de subversión e influencia encubierta.
En 2009 Steele dejó el MI6 y fundó Orbis. La transición entre trabajar para el gobierno y hacerlo en el sector privado no fue fácil. Steele y Burrows pasaron a dedicarse a los mismos asuntos de inteligencia que antes, pero careciendo por completo del apoyo y de la crítica interna de la que disponían en su anterior trabajo. La división de seguridad del MI6 solía pedirle a un agente que comprobara una fuente.
En 2009, Simpson conoció a Steele. Tenían conocidos comunes en el FBI y los dos eran expertos en asuntos rusos. Fusion y Orbis iniciaron entonces una colaboración profesional. Ambas empresas, con sede en Washington y Londres, respectivamente, trabajaban para oligarcas que litigaban contra otros oligarcas. Eso podía implicar la localización de activos, identificando grandes sumas de dinero ocultas tras varias capas de empresas situadas en paraísos fiscales.

El método de Putin —me explicó Steele— era subrepticio. «No se pone nada por escrito. No esperes que ni yo ni nadie redacte un documento diciendo, “por favor, X, soborne a Y con tal cantidad de dinero y de tal forma”. Él no hace eso.» Y añadió: «Putin es un antiguo oficial de inteligencia. Todo lo que hace tiene que ser negable».
Descubrió que la corrupción de la FIFA era de alcance global. Se trataba de una conspiración impresionante. Entonces dio el paso poco habitual de informar a un contacto estadounidense en Roma, el jefe de la sección de Eurasia y la división de Delitos Graves del FBI. A su vez, eso llevó a una investigación de los fiscales federales estadounidenses. Y a la detención en 2015 de siete funcionarios de la FIFA, presuntamente relacionados con mordidas por valor de ciento cincuenta millones de dólares, pagadas sobre acuerdos de derechos de televisión que abarcaban desde Latinoamérica hasta el Caribe. El estado acusó a catorce personas.
Por entonces, obviamente, había ganado la propuesta rusa de realizar el mundial. Inglaterra —el país que había inventado el fútbol— arañó solo dos votos.

• El régimen ruso ha estado cultivando, apoyando y ayudando a TRUMP durante al menos cinco años. El objetivo, aprobado por PUTIN, ha sido alentar rupturas y divisiones en la alianza occidental.
• Hasta ahora TRUMP ha rechazado varios incentivos en forma de transacciones comerciales inmobiliarias, que se le han ofrecido en Rusia con el fin de ayudar al Kremlin a cultivar la relación con él. Sin embargo, tanto él como su círculo de confianza han aceptado un flujo regular de información de inteligencia procedente del Kremlin, incluyendo información sobre sus rivales demócratas y otros adversarios políticos.
• Un antiguo alto oficial de la inteligencia rusa afirma que el FSB ha comprometido a TRUMP mediante sus actividades en Moscú lo suficiente para poder chantajearle. Según varias fuentes bien informadas, su conducta en Moscú ha incluido actos sexuales pervertidos que han sido orquestados o vigilados por el FSB.
• Los Servicios de Inteligencia rusos llevan muchos años recopilando un dossier de material comprometedor sobre Hillary CLINTON, que incluye sobre todo conversaciones grabadas que ha mantenido en diversos viajes a Rusia y llamadas telefónicas interceptadas antes que ninguna conducta embarazosa. El dossier lo controla el portavoz del Kremlin, PESKOV, siguiendo órdenes directas de Putin.
Si la información de Steele era creíble, Trump se había confabulado con Rusia. Era un acuerdo transaccional, con ambas partes intercambiando favores. El informe decía que Trump había rechazado «varias lucrativas transacciones comerciales de promoción inmobiliaria en Rusia», especialmente en relación con el mundial de 2018, que iba a albergar Moscú.
En cambio, había estado encantado de aceptar un flujo de material de inteligencia procedente del Kremlin que supuestamente le había hecho llegar su círculo de confianza.
El equipo de Trump realmente se había reunido con los rusos en el periodo previo a las votaciones, tal como había afirmado Steele y habían detectado la GCHQ y otras agencias.
Uno de los asesores de Trump incluso había mantenido una entusiasta correspondencia con un espía ruso. Y le había entregado documentos. No en Moscú, sino en Manhattan.

La fuente de Steele en Rosneft tenía razón. A primeros de diciembre —menos de un mes después de que Trump llegara a la Casa Blanca—, Rosneft anunció que vendía el 19,5 por ciento de sus acciones. Era una de las mayores privatizaciones desde la década de 1990, y, a juzgar por las apariencias, un voto de confianza en la economía rusa.
Al menos fue así como Putin presentó la venta el 7 de diciembre, durante un encuentro televisado con Sechin. El presidente celebró la privatización como un signo de la confianza internacional en Rusia, pese a las sanciones de Estados Unidos y la Unión Europea, y la mayor adquisición del año en el sector del petróleo y el gas. Sin duda, el dinero recaudado —diez mil doscientos millones de euros— ayudaría al presupuesto ruso.
Sin embargo, había un enigma: no estaba claro quién había adquirido realmente la participación. Rosneft dijo que los compradores habían sido el gobierno de Catar y la comercializadora de petróleo suiza Glencore, afirmando que habían adquirido la participación al 50 por ciento. En realidad, Glencore solo había puesto trescientos millones de euros en la transacción. Los cataríes habían aportado más: dos mil quinientos millones de euros. Un banco italiano, Intesa Sanpaolo, había proporcionado otros cinco mil doscientos millones de euros. Según Reuters, se ignoraba la fuente de financiación de casi una cuarta parte del precio de compra.
Entonces, ¿quién estaba detrás de la operación? El banco público ruso VTB había financiado la compra. Poco antes de que se realizara la privatización había vendido bonos al Banco Central de Rusia. Parecía, pues, que la operación se sustentaba con dinero público del presupuesto ruso.

Trump había dejado claro que aborrecía los medios de comunicación. No solo daban noticias falsas, sino que también eran «enemigos del pueblo estadounidense», según otro de sus tuits. Entre dichos enemigos se incluían el «endeble» New York Times, la NBC News, la ABC y la CNN. Durante la campaña electoral, Trump había calificado a los periodistas de «deshonestos», «repugnantes» y «la forma más baja de humanidad»; los reporteros —sugirió— eran amebas con brazos y piernas, «basura humana».
Mark Singer, autor de una desternillante semblanza de Trump publicada en el New Yorker, escribió que la prensa se merecía algo de eso:
 
Una gran parte del Cuarto Poder, primero por no tomarse en serio a Trump y después por tomárselo en serio, le ha seguido el juego como necios. Durante meses, Trump los ha tratado como tontos de feria. Cuanto más tiempo en antena y más tinta le dedicaban, más los vilipendiaba.

Trump amaba a los «enemigos del pueblo». Cada mañana estudiaba con atención sus recortes de prensa, que le facilitaban en el obsoleto formato de papel impreso. Pero su interfaz preferida con la realidad era la televisión, especialmente el canal Fox News, donde se veía reflejado a sí mismo en términos absurdamente halagadores.
En aquel momento era el presidente más accesible a los medios que hubo nunca en Estados Unidos. Concedió más de veinte horas de entrevistas a los reporteros del Post, que elaboraron una fascinante biografía del candidato, Trump Revealed (Mitt Romney, en cambio, ofreció solo cuarenta y cinco minutos de entrevistas, y se negó a ser entrevistado para la redacción de un libro biográfico similar como candidato).
“Desde Moscú, la reacción de Putin al dossier de Trump fue una clase magistral acerca de cómo transmitir varios mensajes a la vez. ¿Por qué Trump —preguntó— habría de venir a Rusia y juntarse con las prostitutas de la ciudad nada más llegar? El estadounidense era un «hombre hecho y derecho», y además estaba acostumbrado a pasar tiempo con mujeres hermosas en espectáculos y competiciones celebrados en todo el mundo. Trump —sugería Putin— era un hombre a prueba de tentaciones. Y añadía el líder ruso:
 
Saben que me resulta difícil imaginar que fuera a un hotel a encontrarse con mujeres con un bajo nivel de responsabilidad social, aunque desde luego [las prostitutas rusas] son las mejores del mundo, de eso no cabe duda. Pero dudo de que Trump esté enviciado con eso.
 
A primera vista, parecía que Putin estuviera defendiendo a Trump, que estaba a punto de convertirse en el líder de una poderosa superpotencia. En realidad, lo que subrayaba Putin era que las prostitutas rusas eran irresistibles («las mejores del mundo»). Había también cierto matiz equívoco («dudo de que…»); y una incómoda imagen según la cual Trump —como si fuera un pez— era inducido a morder el anzuelo («enviciado” de hecho, por unas «viciosas»).
Era evidente que al gobierno británico le aterrorizaba la posibilidad de que la administración Trump lo culpara del dossier, y de que pensara que la inteligencia británica estaba en la sombra tirando de los hilos. Así lo vio la embajada rusa en Londres. Para el FSB, no había diferencia alguna entre la CIA, el MI6 y Steele: todos ellos formaban una única entidad hostil. En opinión de la embajada, el dossier constituía una manera útil de abrir una brecha entre Londres y la naciente administración de Washington.

No estaba claro qué relación tenían estas detenciones con la operación de injerencia rusa y el hackeo de los correos electrónicos del Partido Demócrata entre 2015 y 2016. Stoyanov tenía buenos contactos con los servicios de seguridad, y también con Occidente, incluidos cuerpos policiales estadounidenses, alemanes, británicos y holandeses. La sección de Mijaílov se especializaba en ciberespionaje. ¿Acaso este último facilitó a Washington detalles sobre la operación, ya fuera directamente o a través de intermediarios? ¿Estaba en contacto con Steele? O, como parecía más probable, ¿no era más que una víctima accidental de una guerra interna en el seno de la inteligencia rusa?
Todas estas aparentes purgas mostraban también otra dimensión, que implicaba a la banda de delincuentes informáticos más conocida de Rusia. El grupo se autodenominaba Shaltái-Boltái en ruso, o su equivalente inglés Humpty Dumpty (un personaje de la literatura inglesa al que se representa como un huevo antropomorfo). Durante tres años libró con espectacular éxito una especie de guerra de guerrillas informativa basada en una mezcla de hackeo, filtraciones y chantaje al viejo estilo: «¡o pagas o te jodemos!».
El colectivo de hackers de Shaltái-Boltái prefería permanecer en el anonimato.
Para empezar, la misión del grupo tenía ciertos tintes idealistas. Desde finales de 2013 estuvo filtrando correspondencia oficial, entre la que figuraban correos electrónicos que revelaban el papel que había tenido Moscú de cara a generar el malestar en Ucrania oriental. Entre sus víctimas estaba el primer ministro ruso, Dmitri Medvédev, a quien hackearon la cuenta de Twitter. Como declaró al Guardian Aleksandr, uno de los hackers: «Pensé que estaría bien trolear al Kremlin e intentar cambiar algo en el país».
Pero el fundador del grupo, Vladímir Anikeyev, tenía mayores ambiciones. En lugar de filtrar gratis material online, ¿por qué no venderlo a cualquiera que estuviera dispuesto a pagar? Anikeyev había trabajado para una agencia de San Petersburgo que se especializaba en las denominadas «relaciones públicas negativas». Shaltái-Boltái empezó a apuntar directamente a los secretos electrónicos de personajes influyentes: personas vinculadas al Kremlin, diputados rusos y empresarios ricos; para chantajearlos, colgaba en la web una muestra del material hackeado.
La víctima podía pagar, y el material comprometedor desaparecería. Si no lo hacía, todo saldría a la luz; o bien un tercero podía comprar los correos electrónicos filtrados. Según Aleksandr, el propio Anikeyev no era ningún maestro del hackeo, sino que subcontrataba a otros a través de foros de internet para que obtuvieran las contraseñas de correo electrónico de altos funcionarios rusos. La suya era una lucrativa empresa clandestina, que llegó a ganar entre uno y dos millones de dólares en tres años. Los pagos se realizaban en bitcoins. Nadie hacía preguntas.
Era obvio que Putin había calculado que una Casa Blanca con Trump sería más comprensiva con Moscú que una que alojara a Clinton. Pero ¿realmente era así? Por su parte, la administración Obama se sintió desconcertada por el poco habitual comedimiento de Putin y sospechaba que podía haber alguna especie de acuerdo clandestino con el equipo del presidente entrante. Según el New York Times, las agencias de inteligencia estadounidenses empezaron a buscar información y pistas.
En el periodo comprendido entre el anuncio de sanciones por parte de Obama y la clemente respuesta de Putin, el general Michael Flynn estuvo hablando con Kisliak, el embajador de Moscú en Washington. Flynn estaba a punto de convertirse en asesor de seguridad nacional de Trump.

Acuario es el apodo con el que se conocía un edificio de Moscú que pertenecía a la organización más secreta de Rusia: el GRU, o Departamento Central de Inteligencia del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa. De las tres agencias rusas dedicadas al espionaje, el GRU era la mayor y la más poderosa.
Su trabajo consistía en recabar información de inteligencia militar, a través de diversos métodos: escuchas, satélites militares y espionaje tradicional. Se cree que el GRU cuenta con una red de agentes en el extranjero aun mayor que el SVR, su homólogo de inteligencia exterior. Se sabe muy poco de su estructura organizativa. Dado que no posee oficina de prensa, no hay nadie a quien preguntar. Sus actividades son un secreto de estado.
En 2013, el Acuario recibió a un visitante inusual: quien llegó ese día al cuartel general del GRU era un militar de carrera. Estuvo treinta y tres años trabajando en inteligencia militar y había servido en Afganistán, Irak y América Central. Ahora era el director de una poderosa agencia de espionaje. No había nada extraño en todo ello, si no fuera porque el visitante era de Estados Unidos y había crecido en Middletown, Rhode Island, como uno de los nueve hijos de una familia católica irlandesa y pobre.
Se trataba de Michael T. Flynn, que más tarde afirmaría ser el primer estadounidense al que se había permitido entrar en las instalaciones de espionaje más secretas del Kremlin. Aquel era un raro honor. Por entonces Flynn era el jefe de la DIA (la Agencia de Inteligencia de la Defensa de Estados Unidos) y el oficial de inteligencia militar de mayor rango del Departamento de Defensa estadounidense.
Mientras tanto, Flynn no había desaparecido del radar de Moscú, sino más bien todo lo contrario. En diciembre de 2015 volvió a Rusia, invitado por el Kremlin a un evento especial: una gala para celebrar el décimo aniversario del lanzamiento del canal de televisión RT.
Estuvieron presentes las personalidades favoritas del Kremlin. Julian Assange —encerrado en la embajada ecuatoriana en Londres— apareció vía satélite. La presentadora de RT Sofiko Shevardnadze entrevistó a Flynn en directo delante de unos cien invitados. Hubo unas cuantas preguntas, todas ellas cordiales con Putin. Flynn estaba sentado, con el logotipo de color verde del canal como telón de fondo.
Flynn se negó a decir cuánto había cobrado de RT. Más tarde se supo que la respuesta era 33.750 dólares. El dinero era una retribución de un gobierno extranjero, de modo que Flynn debería haber pedido permiso por adelantado al Departamento de Defensa para aceptar ese pago; pero, una vez más, no lo hizo. También dio otras dos conferencias remuneradas en Washington en representación de intereses rusos.
En la primavera de 2016, Flynn era un vehemente partidario de Trump, además de asesor de su campaña en materia de política exterior. En Twitter se mostraba cada vez más estridente en sus críticas a Clinton, a la que calificaba de mujer corrupta, deshonesta y terrible. También difundía teorías conspirativas fraguadas por otros —como que Obama era un «yihadista» que blanqueaba dinero—, y tuiteó que «el miedo a los musulmanes es RACIONAL». Corría el rumor de que Flynn podría ser nominado como candidato a la vicepresidencia de Trump.
El 17 de agosto se unió a Trump en la Torre Trump para celebrar sendas reuniones informativas con cada uno de los dos candidatos. Posteriormente varios funcionarios estadounidenses declararían a NBC News que Flynn interrumpió repetidamente a los informantes, hasta el punto de incitar al gobernador de New Jersey, Chris Christie, a pedirle que se calmara. Flynn lo negaría.
Al mismo tiempo, Flynn ganaba dinero con sus actividades en un grupo de presión, esta vez en nombre del gobierno turco. En julio, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan, sobrevivió a un intento de golpe de estado. En medio de una serie de detenciones masivas y saqueos, Erdoğan culpó de la sublevación a los partidarios de Fethullah Gülen, un clérigo exiliado que vivía en Pensilvania. En Cleveland, Flynn se había mostrado favorable a la tentativa de golpe, alegando que Erdoğan era un líder «cercano al presidente Obama».

Kissinger formaba parte de la urdimbre política y cultural de Estados Unidos. John Ehrlichman —abogado y ayudante de Nixon— pasó un año y medio en la cárcel por su papel en la conspiración del Watergate. Su novela La compañía es un relato ficticio de ese periodo. En ella, Kissinger aparece representado por el personaje Carl Tessler. Ehrlichman describe a Tessler como una «anomalía física», con una gran cabeza, una abultada barriga y unas manos y pies «pequeños, casi delicados». Tessler/Kissinger es un experto en geopolítica, con una «mente brillante». Se concibe a sí mismo como «una especie de Hombre de su Tiempo universal en materia de asuntos exteriores». Tessler mantiene un «rígido autocontrol», y raras veces revela al «hombre oculto» que lleva dentro.
Tradicionalmente, varios presidentes estadounidenses han buscado el asesoramiento de Kissinger. Obama dejó de hacerlo de manera notoria, algo que hirió claramente al primero. Después, Kissinger no había apoyado a Trump. Y sin embargo, allí estaba, de nuevo en el centro de los acontecimientos.
Kissinger había descrito el escándalo Watergate como «un juego de pasiones de ámbito nacional»; ahora aparecía sentado junto a otro inquilino de la Casa Blanca inmerso en un escándalo.
Los periodistas le preguntaron al presidente por qué había despedido al director Comey. «Porque no hacía un buen trabajo», respondió Trump ante las cámaras.
Parecía que Kissinger volvía a estar en el Despacho Oval haciendo el papel de intermediario. No se trataba de un mero regreso a la década de 1970, ya que Kissinger mantenía frecuentes contactos con el Kremlin. Hacía ya tiempo que tenía buenas relaciones con el presidente ruso, y cada vez que viajaba a Moscú recibía el trato propio de un personaje de gran importancia. Eso ocurría con bastante frecuencia, la última vez en 2016. Como Trump, Kissinger había dicho cosas favorables sobre Putin, a quien había comparado con un personaje de Dostoievski; también había afirmado que Putin tenía una «conexión interior» con la historia rusa.
Kissinger era bastante realista en materia de política exterior. Él creía —como Putin y, al parecer, también Trump— que lo que debía configurar las relaciones internacionales era la capacidad de negociación antes que los valores.

Trump repitió que no tenía inversiones en Rusia, ni acuerdos comerciales, ni préstamos. Eso era formalmente cierto. Pero, como estaba descubriendo Mueller, había un importante flujo de dinero en sentido inverso: dinero ruso que iba a parar a negocios inmobiliarios de Trump y otras entidades relacionadas, y cuyo origen se remontaba varias décadas.
También estaba el asunto del oligarca que había comprado la antigua residencia del presidente en Florida. La compraventa le había reportado a Trump un beneficio de cincuenta millones de dólares. ¿Por qué un ruso habría de hacer tal cosa?.
Durante cuatro décadas, el imperio inmobiliario de Trump funcionó como un mecanismo de blanqueo de dinero de Moscú, por el que los fondos de la antigua Unión Soviética afluían a los bloques de pisos y apartamentos del magnate. Incluso cuando este último ya había iniciado su campaña electoral en Iowa y New Hampshire, sus socios seguían tratando de obtener el permiso —y el dinero— del Kremlin para la construcción de la escurridiza torre del candidato en Moscú.
Una investigación de Reuters reveló que al menos sesenta y tres personas con pasaporte o domicilio rusos compraron propiedades por valor de 93,4 millones de dólares en siete edificios de la marca Trump en Florida. Es probable que la cifra real fuera aún mayor. Casi una tercera parte de todas las unidades se vendieron a empresas de responsabilidad limitadas cuyos propietarios no se identificaron.
La Torre Trump incluso ofreció un refugió a los gángsteres rusos.
No cabe duda de que el dinero ruso ayudó de manera esencial a Trump. Pero también hubo otra fuente de ingresos que mantuvo sus finanzas a flote en un momento en que la crisis financiera global amenazaba con asfixiarlo.
Este era un dinero respetable. Procedía de un banco. Venía de Alemania. ¿O no?.

Estaba en juego una ingente suma de dinero que Trump había recibido prestada del banco alemán en 2005 para financiar la construcción del Hotel International y la Torre Trump de Chicago. El magnate se había comprometido a pagar la deuda, de seiscientos cuarenta millones de dólares.
Pero luego había estallado una crisis financiera global. A finales de noviembre de 2008, el abogado del banco, Steven F. Molo, redactó una moción de sentencia sumaria. Con el telón de fondo de la crisis, Trump había incumplido los pagos, y todavía quedaban trescientos treinta millones de dólares pendientes. El Deutsche Bank exigía un pago inmediato de cuarenta millones de dólares por parte del magnate; más intereses, honorarios de abogado y gastos.
Uno no podía menos que sentirse impresionado por la arrogante respuesta de Trump. Incluso para sus sofisticados y traicioneros estándares, esta fue extraordinaria: en lugar de pagar, presentó una contrademanda.
Para Trump, la crisis constituía un acontecimiento de fuerza mayor. Argumentaba asimismo que el Deutsche Bank era corresponsable de haber generado la contracción financiera. O, en sus propias palabras: que «El Deutsche Bank es uno de los principales bancos responsables de la disfunción económica que actualmente afrontamos».
Por lo tanto, no estaba obligado a devolver dinero alguno.
Por lo tanto, era el Deutsche Bank el que le debía dinero a él.
Quería tres mil millones de dólares en concepto de daños y perjuicios.
El siguiente paso del banco alemán fue hacer una declaración jurada.
En 2010, Trump llegó a un acuerdo para resolver su disputa con el Deutsche Bank. Dicho acuerdo se logró, paradógicamente, mediante un nuevo préstamo… del mismo banco.
Vetado en la sección de bienes inmuebles, Trump acudió a otra división de la entidad, la sección de patrimonio privado, que por regla general gestiona grandes activos netos individuales, pero normalmente no trabaja con propiedades. Aun así, esta sección le prestó el dinero; y más tarde le dio entre veinticinco y cincuenta millones de dólares más en crédito.
Para Trump, fue la ruta de regreso a la solvencia.
La decisión de seguir prestando dinero a Trump resultaba insólita, incluso estrambótica. Los empleados del Deutsche Bank en Nueva York se mostraron sorprendidos.
Según un análisis realizado por Bloomberg, para cuando se convirtió en el 45.º presidente de Estados Unidos, Trump debía al Deutsche Bank aproximadamente trescientos millones de dólares. Las cuatro deudas vencían entre 2023 y 2024.
Era esta una suma sin precedentes para un presidente entrante, que además planteaba incómodas preguntas en torno a un posible conflicto de intereses. En el caso de que el Deutsche Bank tuviera alguna dificultad con la regulación bancaria, uno de los organismos que lo investigaría sería el Departamento de Justicia, que a su vez respondía ante Trump. Resultaba difícil imaginar que dicho departamento pudiera trabajar de manera imparcial. O que el banco pudiera emprender acciones legales contra el presidente en funciones si este incumplía de nuevo sus obligaciones de pago.
En ese mismo periodo el Deutsche Bank estaba haciendo algo anormal; algo que despertaría el interés de los reguladores y que a su vez conduciría a sanciones. El banco blanqueaba dinero. Dinero ruso. No cantidades pequeñas, sino muchos miles de millones de dólares. Esta dudosa marea fluía de Moscú a Londres y de Londres a Nueva York, rodeando el lugar donde antaño trabajara Friedrich para situar a sus descendientes en un camino de creciente riqueza.
En 2005, el Deutsche Bank compró UFG, un banco de inversión «boutique» ya bien establecido en Moscú. El cofundador y presidente de este último era Charlie Ryan, un encantador banquero estadounidense con opiniones libertaristas, mientras que su socio era Borís Fiódorov, exministro de Finanzas de Yeltsin. El banco se situaba claramente a caballo entre los antiguos bloques del este y el oeste; era internacional y a la vez localizado. Sería la cabeza de playa del Deutsche en Moscú.
El hombre que estaba detrás de la agresiva expansión del Deutsche era Anshu Jain, su futuro copresidente. Este persuadió a Ryan de que se quedara en la entidad y pasara a dirigir su nueva oficina en Moscú. Jain dio con una controvertida estrategia: para aprovechar al máximo los potencialmente enormes beneficios rusos, decidió forjar relaciones con socios estatales.
De hecho, deseaba convertirse en uno de los mejores amigos del Kremlin.

¿Estaba chantajeando Moscú a Trump? Y, si era así, ¿cómo exactamente?
Como candidato, las alabanzas de Trump a Putin habían sido una constante. Luego, en la Casa Blanca, su fidelidad al presidente ruso se había mantenido, pese a que al mismo tiempo había arremetido contra otros líderes mundiales, se había vuelto contra sus ayudantes y aliados, había despedido al jefe del FBI, abroncado a su fiscal general y defenestrado a su principal ideólogo, Steve Bannon.
El dossier de Steele ofrecía una explicación convincente de la insólita constancia de Trump en relación con Rusia. Para empezar, había una operación de kompromat de Moscú contra Trump cuyo origen se remontaba tres décadas, a la era de Kriuchkov. Si Trump se había entregado a algún tipo de conducta comprometedora, Putin lo sabía.
En segundo lugar estaba el dinero: el flujo procedente de Rusia que había ido a parar a las empresas inmobiliarias de Trump, y la perspectiva de un lucrativo acuerdo en Moscú para construir un hotel y una torre, un proyecto que todavía se estaba negociando cuando el candidato Trump se dirigía a su devota multitud.
Luego estaban los préstamos, que habían contribuido a rescatar a Trump a partir de 2008, y que provenían de un banco que al mismo tiempo blanqueaba miles de millones de dólares en dinero ruso.
Por último, estaba la posibilidad de que el presidente tuviera otras conexiones financieras con Moscú, aún sin revelar, pero que quizá insinuaran sus declaraciones de renta, que se negaba a hacer públicas.
En conjunto, todos esos factores parecían dar la impresión de que Trump estaba sujeto por alguna clase de obligación.

El 2 de agosto de 2017, este se vio obligado a firmar las nuevas sanciones contra Moscú después de una votación a favor casi unánime tanto en el Senado como en la Cámara. La ley solo podría ser revocada con la aprobación del Congreso. La perspectiva de que la administración Trump levantara las sanciones impuestas a Rusia se había desvanecido.
Para Putin, aquello representó un duro revés. La campaña del Kremlin para ayudar a Trump a llegar a la Casa Blanca tenía un propósito primordial: poner fin al embargo económico estadounidense (había también un objetivo secundario: poner el dedo en las llagas sociales e ideológicas que ya existían en Estados Unidos; este había tenido bastante éxito).
La operación de Putin había sido audaz, incluso arrogante. Implicaba el uso de ciberataques y falsas cuentas de Facebook, además de las clásicas técnicas de engaño y de cortejo del KGB. Pero cabría argumentar que les había salido el tiro por la culata. Los funcionarios del Kremlin solían imaginar que Estados Unidos era una imagen especular de Rusia. Entendían muy mal la política institucional estadounidense, y no eran capaces de apreciar cosas como la separación de poderes o las restricciones que pesaban sobre el presidente,cualquier presidente.
La «declaración de infracción» del FBI, de catorce páginas de extensión, se hizo pública el mismo día en que Manafort y Gates comparecieron en el tribunal. En un estilo frío y racional exponía el intento de Papadopoulos de organizar una reunión de alto nivel entre Putin y Trump. Las conversaciones con Moscú se produjeron entre bastidores durante la primavera y el verano de 2016. Trump estaba al tanto de ello. Al igual que los principales miembros de su equipo.
Papadopoulos se reunió por primera vez con el «profesor» en marzo de 2016, durante un viaje a Italia. El profesor —que el Washington Post identificaría como Joseph Mifsud— apenas mostró interés en Papadopoulos… hasta que descubrió su conexión con Trump. En Londres, Mifsud le presentó a una «ciudadana rusa», que más tarde Papadopoulos calificaría erróneamente como «sobrina de Putin» en varios correos electrónicos enviados a la organización de la campaña (por su parte, Mifsud niega cualquier conexión con el gobierno ruso).
¿De qué hablaron? Según el FBI, de cómo mejorar los vínculos entre Estados Unidos y Rusia. Y, más concretamente, de la organización de una reunión entre «nosotros» —el equipo de campaña de Trump— y los líderes rusos. Al cabo de una semana Papadopoulos viajó a Washington, donde fue fotografiado sentado a una mesa con Trump y el equipo de seguridad nacional del candidato. Papadopoulos se presentó, y a continuación hizo una atrevida oferta: utilizando sus «contactos», podía organizar una reunión entre Trump y Putin.
La afirmación de Trump de que no había habido conspiración alguna sonaba cada vez más vacua y falsa. Ahora había pruebas de dicha conspiración. Era imposible interpretar los escritos legales —con sus fríos datos empíricos— de ninguna otra forma.
La investigación de Mueller estaba lejos de haber terminado. La agonía de Donald J. Trump no había hecho más que empezar.

Please read this book and not Wolff’s (Fire and Fury) commented on my blog. Luke Harding’s Collusion: Secret Meetings, Dirty Money, and How Russia Helped Donald Trump Win, is technically too long to read in one sitting but, I have nearly done it. I couldn’t put it down.
This is the book you wish, for the sake of humanity, would be a work of fiction written by Le Carre, rather than a work of epic reporting that so disturbingly illustrates the principle that truth is stranger than fiction. Indeed, had Le Carre published this a couple of years ago, critics would have thought the old master had lost his way, for the story, while utterly gripping,even terrifying, is too farfetched.
Yet, here it all is masterfully reported by one of the great journalists of our time: the shocking, endless ties between Trump, and so many of Trump’s associates and political appointees who are now running our country, and Russia. Here are the secret meetings; the malodorous, international financial transactions; the hackings; strange doings of the candidate and eventual president; the endless, lurid, amoral, corrupt characters that connect Trump and Putin.
Of particular interest in this volume, something I haven’t seen anywhere else, are the detailed biographies of the Russians in this strange saga. In the daily media coverage, the backgrounds of the numerous Russian characters are rarely explored in any depth–yet they are crucial to understanding what is happening. Harding, onetime Moscow correspondent for The Guardian, brings all of these characters to life, with their charmed business biographies, and their nearly universal ties to both Putin and Russian intelligence. Particularly harrowing, a nightmarish excursion with a knife edge, is the exploration of the possible fates of Russians who may have been sources for Christopher Steele’s now famous Trump Dossier.
In the daily, often simplistic media grind, the background question seems to be: Is their an impeachable offense, a smoking gun? This book, in the depth and scope of its meticulousness reporting, raises a much different and, perhaps, more important question: With or without a provable crime at the hand of the president, is any of this even remotely acceptable? Is it tenable to have a President of the United States with so many corrupt associations? With mysterious, gravity-defying business transactions? With hidden tax returns? With his obsequiousness to a corrupt, brutal foreign leader? With such obvious doubts regarding his fundamental loyalty to the United States of America?
This book isn’t about connecting a few dots, this is about our president’s seemingly endless connections to dark forces that fear truth, loathe democracy, worship power and money, and are utterly ruthless in their remarkably successful tactics at home, and around the world. It’s all here in sobering, shocking detail. Read it, then hug your loved ones, and pray for the world.

Our protagonist is Steele, who was better informed. Three days after the failed coup, vigilance resumed on him. His colleagues in Hungary and Czechoslovakia told him that after the revolutions in these countries, the secret police disappeared to avoid returning. But there were the same KGB types, with the same familiar faces, who returned to their old routine of implanting eavesdropping, breaking into houses and harassing people.
The regime changed; the system does not
A post-communist spy agency, the Federal Security Service, had assumed the main functions of the former KGB. Steele, back in England, soon moved into the new building built expressly for MI6, a huge and impressive postmodern mole overlooking the Thames. It was difficult for that striking Babylonian temple to go unnoticed, so that in 1994 the government recognized the existence of MI6. The staff would baptize the building with the name of Vauxhall Cross. The FSB would become its most bitter adversary.
From London, Steele continued to work in the new Russia. He was an ambitious man, who longed to be successful and to be seen to have it. Now he was part of a SIS team.
At first, George Bush and Tony Blair saw Putin as a respected ally in the war against terrorism. But the Russian leader was still an enigma. As Steele knew almost better than anyone, it was difficult to obtain information from within the presidential administration.
In 2006, Steele went on to hold a senior position in the Russian section of MI6 in London. There were worrying signs that Putin was leading Russia down an aggressive path. The number of hostile Russian agents in the United Kingdom increased, surpassing the levels of the Cold War. Steele detected a new campaign of subversion and covert influence.
In 2009 Steele left MI6 and founded Orbis. The transition between working for the government and doing it in the private sector was not easy. Steele and Burrows went on to devote themselves to the same intelligence issues as before, but lacking the full support and internal criticism they had in their previous work. The MI6 security division used to ask an agent to check a source.
In 2009, Simpson met Steele. They had common acquaintances in the FBI and both were experts in Russian affairs. Fusion and Orbis then began a professional collaboration. Both companies, based in Washington and London, respectively, worked for oligarchs who litigated against other oligarchs. That could involve locating assets, identifying large sums of money hidden behind several layers of companies located in tax havens.

Putin’s method, Steele explained, was surreptitious. «Nothing is put in writing. Do not expect me or anyone to write a document saying, “Please, X, bribe Y with such amount of money and in such a way.” He does not do that. “He added:” Putin is a former intelligence officer. Everything he does has to be deniable ».
He discovered that FIFA’s corruption was global in scope. It was an impressive conspiracy. Then he took the unusual step of informing a US contact in Rome, the head of the Eurasian section and the FBI’s Serious Crimes division. In turn, that led to an investigation by US federal prosecutors. And the arrest in 2015 of seven FIFA officials, allegedly related to bites worth a hundred and fifty million dollars, paid on television rights agreements ranging from Latin America to the Caribbean. The state accused fourteen people.
By then, obviously, he had won the Russian proposal to make the World Cup. England – the country that had invented football – scratched only two votes.

• The Russian regime has been cultivating, supporting and helping TRUMP for at least five years. The objective, approved by PUTIN, has been to encourage ruptures and divisions in the Western alliance.
• TRUMP has so far rejected several incentives in the form of commercial real estate transactions, which have been offered to it in Russia in order to help the Kremlin cultivate its relationship with it. However, both he and his circle of trust have accepted a regular flow of intelligence from the Kremlin, including information about his Democratic rivals and other political adversaries.
• A former senior Russian intelligence official says that the FSB has committed TRUMP through its activities in Moscow enough to be able to blackmail him. According to several well-informed sources, his conduct in Moscow has included perverted sexual acts that have been orchestrated or monitored by the FSB.
• The Russian Intelligence Services have for many years been collecting a dossier of compromising material about Hillary CLINTON, which mainly includes recorded conversations that it has kept on various trips to Russia and intercepted phone calls before any embarrassing behavior. The dossier is controlled by the Kremlin’s spokesman, PESKOV, following direct orders from Putin.
If Steele’s information was credible, Trump had conspired with Russia. It was a transactional agreement, with both parties exchanging favors. The report said that Trump had rejected “several lucrative real estate business transactions in Russia”, especially in relation to the 2018 World Cup, which was to house Moscow.
Instead, he had been happy to accept a flow of intelligence from the Kremlin that had supposedly sent him his circle of confidence.
Trump’s team had actually met with the Russians in the run-up to the voting, as Steele had claimed and GCHQ and other agencies had detected.
One of Trump’s advisers had even maintained an enthusiastic correspondence with a Russian spy. And he had handed him documents. Not in Moscow, but in Manhattan.

Steele’s information in Rosneft was right. At the beginning of December – less than a month after Trump arrived at the White House – Rosneft announced that it was selling 19.5 percent of its shares. It was one of the biggest privatizations since the 1990s, and, judging by appearances, a vote of confidence in the Russian economy.
At least that was how Putin presented the sale on December 7, during a televised meeting with Sechin. The president welcomed the privatization as a sign of international confidence in Russia, despite the sanctions of the United States and the European Union, and the biggest acquisition of the year in the oil and gas sector. Undoubtedly, the money raised – ten thousand two hundred million euros – would help the Russian budget.
However, there was an enigma: it was not clear who had actually acquired the participation. Rosneft said the buyers had been the government of Qatar and the Swiss oil trader Glencore, stating that they had acquired the stake at 50 percent. Actually, Glencore had only put three hundred million euros in the transaction. The Qatari had contributed more: two thousand five hundred million euros. An Italian bank, Intesa Sanpaolo, had provided another five thousand two hundred million euros. According to Reuters, the source of financing for almost a quarter of the purchase price was unknown.
So, who was behind the operation? The Russian public bank VTB had financed the purchase. Shortly before the privatization was carried out, it had sold bonds to the Central Bank of Russia. It seemed, then, that the operation was supported by public money from the Russian budget.

Trump had made it clear that he hated the media. Not only did they give false news, but they were also “enemies of the American people,” according to another of their tweets. Those enemies included the “weak” New York Times, NBC News, ABC and CNN. During the election campaign, Trump had described journalists as “dishonest”, “disgusting” and “the lowest form of humanity”; the reporters, he suggested, were amoebae with arms and legs, “human garbage.”
Mark Singer, author of a hilarious profile of Trump published in the New Yorker, wrote that the press deserved some of that:

A large part of the Fourth Estate, first for not taking Trump seriously and then for taking it seriously, has followed the game as fools. For months, Trump has treated them like fair fools. The more time on the air and the more ink they gave him, the more he reviled them.

Trump loved the “enemies of the people.” Each morning I studied carefully his press clippings, which provided him with the obsolete printed paper format. But his favorite interface with reality was television, especially the Fox News channel, where he saw himself reflected in absurdly flattering terms.
At that time, he was the president most accessible to the media that was ever in the United States. He gave more than twenty hours of interviews to reporters from the Post, who produced a fascinating biography of the candidate, Trump Revealed (Mitt Romney, on the other hand, offered only forty-five minutes of interviews, and refused to be interviewed to write an interview. similar biographical book as a candidate).
“From Moscow, Putin’s reaction to Trump’s dossier was a master class about how to transmit several messages at once. Why would Trump, he asked, come to Russia and join the prostitutes in the city upon arrival? The American was a “full-fledged man,” and he was also used to spending time with beautiful women in shows and competitions held around the world. Trump, Putin suggested, was a man of temptation. And the Russian leader added:

They know that I find it difficult to imagine that I went to a hotel to meet women with a low level of social responsibility, although of course [the Russian prostitutes] are the best in the world, that’s for sure. But I doubt Trump is addicted to that.

At first glance, it seemed that Putin was defending Trump, who was about to become the leader of a powerful superpower. In fact, what Putin emphasized was that Russian prostitutes were irresistible (“the best in the world”). There was also a certain equivocal nuance (“I doubt that …”); and an uneasy image according to which Trump – as if he were a fish – was induced to bite the hook (“inviciado” in fact, by “vicious”).
It was evident that the British government was terrified of the possibility that the Trump administration blamed him for the dossier, and that he thought that British intelligence was in the shade pulling the strings. This is what the Russian embassy in London saw. For the FSB, there was no difference between the CIA, MI6 and Steele: they all formed a single hostile entity. In the opinion of the embassy, ​​the dossier was a useful way to open a gap between London and the nascent Washington administration.

It was not clear how these arrests related to the Russian interference operation and the hacking of the Democratic Party emails between 2015 and 2016. Stoyanov had good contacts with the security services, and also with the West, including American, German police forces , British and Dutch. The Mikhailov section specialized in cyber espionage. Did the latter provide Washington with details about the operation, either directly or through intermediaries? Was he in touch with Steele? Or, as it seemed more likely, was he not more than an accidental victim of an internal war within Russian intelligence?
All these apparent purges also showed another dimension, which involved Russia’s best-known computer criminals band. The group called itself Shaltái-Boltái in Russian, or its English equivalent Humpty Dumpty (a character in English literature who is depicted as an anthropomorphic egg). For three years he fought with spectacular success a kind of informational guerrilla war based on a mixture of hacking, filtering and blackmail in the old style: “or pay or fuck you!”.
The group of hackers of Shaltái-Boltái preferred to remain anonymous.
To begin with, the mission of the group had certain idealistic overtones. Since the end of 2013, official correspondence was leaking, including emails that revealed the role that Moscow had played in generating discomfort in eastern Ukraine. Among his victims was the Russian Prime Minister, Dmitri Medvedev, who was hacked into the Twitter account. As Guardian Aleksandr told one of the hackers: “I thought it would be good to troll the Kremlin and try to change something in the country.”
But the group’s founder, Vladimir Anikeyev, had greater ambitions. Instead of filtering free online material, why not sell it to anyone willing to pay? Anikeyev had worked for a St. Petersburg agency that specialized in so-called “negative public relations”. Shaltái-Boltái began to target directly the electronic secrets of influential people: people linked to the Kremlin, Russian deputies and rich businessmen; to blackmail them, a sample of the hacked material hung on the web.
The victim could pay, and the compromising material would disappear. If he did not, everything would come to light; or a third party could buy filtered emails. According to Aleksandr, Anikeyev himself was not a master of hacking, but subcontracted others through internet forums to obtain email passwords from senior Russian officials. His was a lucrative clandestine company, which came to earn between one and two million dollars in three years. The payments were made in bitcoins. Nobody asked questions.
It was obvious that Putin had calculated that a White House with Trump would be more sympathetic to Moscow than one that would lodge Clinton. But was it really like that? For its part, the Obama administration was puzzled by Putin’s unusual restraint and suspected that there could be some kind of clandestine agreement with the incoming president’s team. According to the New York Times, US intelligence agencies began looking for information and clues.
In the period between Obama’s announcement of sanctions and Putin’s lenient response, General Michael Flynn was talking to Kisliak, the Moscow ambassador to Washington. Flynn was about to become Trump’s national security adviser.

Aquarius is the nickname with which a Moscow building was known that belonged to the most secret organization in Russia: the GRU, or Central Intelligence Department of the General Staff of the Armed Forces of the Russian Federation. Of the three Russian agencies dedicated to espionage, the GRU was the largest and the most powerful.
His job consisted of gathering information from military intelligence, through various methods: listening, military satellites and traditional espionage. It is believed that the GRU has a network of agents abroad even greater than the SVR, its foreign intelligence counterpart. Very little is known about its organizational structure. Since it does not have a press office, there is nobody to ask. Their activities are a state secret.
In 2013, the Aquarium received an unusual visitor: who arrived that day at the GRU headquarters was a career military man. He spent thirty-three years working in military intelligence and had served in Afghanistan, Iraq and Central America. Now he was the director of a powerful espionage agency. There was nothing strange about all this, if it were not for the fact that the visitor was from the United States and had grown up in Middletown, Rhode Island, as one of the nine children of an Irish and poor Catholic family.
It was Michael T. Flynn, who would later claim to be the first American to have been allowed into the most secret spying facilities of the Kremlin. That was a rare honor. At that time Flynn was the head of the DIA (the United States Defense Intelligence Agency) and the senior military intelligence officer of the US Department of Defense.
Meanwhile, Flynn had not disappeared from Moscow’s radar, but rather the opposite. In December 2015 he returned to Russia, invited by the Kremlin to a special event: a gala to celebrate the tenth anniversary of the launch of the RT television channel.
The favorite personalities of the Kremlin were present. Julian Assange -located in the Ecuadorian embassy in London- appeared via satellite. RT presenter Sofiko Shevardnadze interviewed Flynn live in front of about a hundred guests. There were a few questions, all of them cordial with Putin. Flynn was sitting, with the green logo of the canal as a backdrop.
Flynn refused to say how much he had charged from RT. Later it was learned that the answer was $ 33,750. The money was a retribution from a foreign government, so Flynn should have asked the Department of Defense in advance to accept that payment; but, once again, he did not. He also gave two other paid conferences in Washington on behalf of Russian interests.
In the spring of 2016, Flynn was a vehement supporter of Trump, as well as adviser to his campaign on foreign policy. On Twitter, she was increasingly shrill in her criticism of Clinton, whom she described as a corrupt, dishonest and terrible woman. He also spread conspiracy theories forged by others – like Obama was a “jihadist” who laundered money – and tweeted that “fear of Muslims is RATIONAL.” Rumor had it that Flynn could be nominated as a vice presidential nominee for Trump.
On August 17 he joined Trump in the Trump Tower to hold two informational meetings with each of the two candidates. Later several American officials would declare to NBC News that Flynn repeatedly interrupted the informants, to the point of inciting the governor of New Jersey, Chris Christie, to ask him to calm down. Flynn would deny it.
At the same time, Flynn was earning money from his activities in a lobby, this time in the name of the Turkish government. In July, Turkey’s president, Recep Tayyip Erdoğan, survived an attempted coup. In the midst of a series of mass arrests and looting, Erdoğan blamed the uprising on supporters of Fethullah Gülen, an exiled cleric who lived in Pennsylvania. In Cleveland, Flynn had been favorable to the attempted coup, claiming that Erdogan was a leader “close to President Obama.”

Kissinger was part of the political and cultural fabric of the United States. John Ehrlichman – Nixon’s attorney and aide – spent a year and a half in jail for his role in the Watergate conspiracy. His novel The company is a fictional account of that period. In it, Kissinger is represented by the character Carl Tessler. Ehrlichman describes Tessler as a “physical anomaly,” with a large head, a bulging belly and “small, almost delicate” hands and feet. Tessler / Kissinger is an expert in geopolitics, with a “brilliant mind”. He conceives himself as “a kind of Man of his Universal Time in matters of foreign affairs.” Tessler maintains a “rigid self-control” and rarely reveals the “hidden man” inside her.
Traditionally, several American presidents have sought the advice of Kissinger. Obama stopped doing it in a notorious way, something that clearly hurt the first one. Afterwards, Kissinger had not supported Trump. And yet, there he was, back in the center of events.
Kissinger had described the Watergate scandal as “a game of national passions”; Now he was sitting next to another tenant of the White House immersed in a scandal.
The journalists asked the president why he had fired director Comey. “Because I did not do a good job,” Trump replied before the cameras.
It seemed that Kissinger was back in the Oval Office playing the role of intermediary. It was not a mere return to the 1970s, as Kissinger had frequent contacts with the Kremlin. He had already had good relations with the Russian president for some time, and every time he traveled to Moscow, he received the treatment of a very important person. That happened quite often, the last time in 2016. Like Trump, Kissinger had said favorable things about Putin, whom he had compared to a Dostoevsky character; he had also claimed that Putin had an “inner connection” with Russian history.
Kissinger was quite realistic about foreign policy. He believed – like Putin and, apparently, also Trump – that what should shape international relations was the ability to negotiate before values.

Trump repeated that he had no investments in Russia, no trade agreements, no loans. That was formally true. But, as Mueller was discovering, there was an important flow of money in the opposite direction: Russian money that was going to Trump real estate and other related entities, and whose origin went back several decades.
There was also the matter of the oligarch who had bought the former residence of the president in Florida. The sale had reported to Trump a profit of fifty million dollars. Why would a Russian do such a thing?
For four decades, Trump’s real estate empire functioned as a money-laundering mechanism in Moscow, whereby funds from the former Soviet Union flowed into the blocks of flats and apartments of the tycoon. Even when the latter had already begun his election campaign in Iowa and New Hampshire, his associates were still trying to obtain permission – and money – from the Kremlin for the construction of the candidate’s elusive tower in Moscow.
A Reuters investigation revealed that at least sixty-three people with a Russian passport or home bought $ 93.4 million worth of property in seven Trump buildings in Florida. It is likely that the actual figure was even higher. Almost one third of all units were sold to limited liability companies whose owners did not identify themselves.
The Trump Tower even offered a refuge to Russian gangsters.
There is no doubt that Russian money helped Trump in an essential way. But there was also another source of income that kept its finances afloat at a time when the global financial crisis threatened to smother it.
This was a respectable money. It came from a bank. He came from Germany. Or not?.

At stake was a huge sum of money that Trump had borrowed from the German bank in 2005 to finance the construction of the International Hotel and the Trump Tower in Chicago. The tycoon had promised to pay the debt, six hundred forty million dollars.
But then a global financial crisis had broken out. At the end of November 2008, the bank’s attorney, Steven F. Molo, drafted a motion for summary judgment. Against the backdrop of the crisis, Trump had broken the payments, and there were still three hundred and thirty million dollars outstanding. The Deutsche Bank demanded an immediate payment of forty million dollars by the tycoon; plus interest, attorney’s fees and expenses.
One could not help but be impressed by Trump’s arrogant response. Even for its sophisticated and treacherous standards, this was extraordinary: instead of paying, he filed a counterclaim.
For Trump, the crisis was an event of force majeure. He also argued that Deutsche Bank was jointly responsible for having generated the financial contraction. Or, in his own words: that “Deutsche Bank is one of the main banks responsible for the economic dysfunction we are currently facing.”
Therefore, he was not obligated to return any money.
Therefore, it was the Deutsche Bank that owed him money.
I wanted three billion dollars in damages.
The next step of the German bank was to make an affidavit.
In 2010, Trump reached an agreement to resolve its dispute with Deutsche Bank. Said agreement was achieved, paradoxically, through a new loan … from the same bank.
Banned in the real estate section, Trump went to another division of the entity, the private equity section, which as a rule manages large individual net assets, but usually does not work with properties. Even so, this section lent him the money; and later he gave between twenty-five and fifty million dollars more in credit.
For Trump, it was the route back to solvency.
The decision to continue lending money to Trump was unusual, even bizarre. The employees of the Deutsche Bank in New York were surprised.
According to an analysis conducted by Bloomberg, by the time he became the 45th president of the United States, Trump owed Deutsche Bank approximately three hundred million dollars. The four debts matured between 2023 and 2024.
This was an unprecedented sum for an incoming president, who also raised uncomfortable questions about a possible conflict of interest. In the event that Deutsche Bank had any difficulty with banking regulation, one of the agencies that would investigate it would be the Department of Justice, which in turn responded to Trump. It was hard to imagine that the department could work impartially. Or that the bank could take legal action against the incumbent president if he failed to meet his payment obligations again.
In that same period the Deutsche Bank was doing something abnormal; something that would arouse the interest of the regulators and that in turn would lead to sanctions. The bank laundered money. Russian money Not small amounts, but many billions of dollars. This dubious tide flowed from Moscow to London and from London to New York, surrounding the place where Friedrich once worked to place his descendants on a path of increasing wealth.
In 2005, Deutsche Bank bought UFG, a well-established boutique investment bank in Moscow. The co-founder and president of the latter was Charlie Ryan, a charming American banker with libertarian views, while his partner was Boris Fedorov, Yeltsin’s former finance minister. The bank was clearly placed between the old blocks of the east and the west; It was international and at the same time localized. It would be the beachhead of the Deutsche in Moscow.
The man behind the aggressive expansion of Deutsche was Anshu Jain, his future co-president. This persuaded Ryan to stay in the entity and move to direct his new office in Moscow. Jain came up with a controversial strategy: to make the most of the potentially huge Russian profits, he decided to forge relationships with state partners.
In fact, he wanted to become one of the Kremlin’s best friends.

Was he blackmailing Moscow to Trump? And, if so, how exactly?
As a candidate, Trump’s praise of Putin had been a constant. Then, in the White House, his loyalty to the Russian president had been maintained, although at the same time he had attacked other world leaders, he had turned against his assistants and allies, had fired the head of the FBI, abroncado to his attorney general and defenestrated its main ideologist, Steve Bannon.
Steele’s dossier offered a convincing explanation of Trump’s unusual record in relation to Russia. For starters, there was a Moscow kompromat operation against Trump whose origin dated back three decades to the Kryuchkov era. If Trump had engaged in some kind of compromising behavior, Putin knew it.
Second was the money: the flow from Russia that had gone to Trump real estate, and the prospect of a lucrative deal in Moscow to build a hotel and a tower, a project that was still being negotiated when the Trump candidate was addressing his devoted crowd.
Then there were the loans, which had helped to rescue Trump from 2008, and which came from a bank that was bleaching billions of dollars in Russian money at the same time.
Finally, there was the possibility that the president would have other financial connections with Moscow, still unrevealed, but perhaps hinting at his income statements, which he refused to make public.
Taken together, all those factors seemed to give the impression that Trump was subject to some kind of obligation.

On August 2, 2017, he was forced to sign the new sanctions against Moscow after a vote almost unanimous favor in both the Senate and the House. The law could only be revoked with the approval of Congress. The prospect of the Trump administration lifting the sanctions imposed on Russia had vanished.
For Putin, that represented a serious setback. The Kremlin’s campaign to help Trump reach the White House had one primary purpose: to end the US economic embargo (there was also a secondary objective: to put the finger on the social and ideological wounds that already existed in the United States; it was quite successful).
Putin’s operation had been bold, even arrogant. It involved the use of cyber attacks and fake Facebook accounts, in addition to the classic deception and courting techniques of the KGB. But one could argue that they had backfired. Kremlin officials used to imagine that the United States was a mirror image of Russia. They understood very badly the American institutional policy, and were not able to appreciate things like the separation of powers or the restrictions that weighed on the president, any president.
The fourteen-page FBI “declaration of infraction” was made public on the same day that Manafort and Gates appeared in court. In a cold and rational style, he exposed Papadopoulos’ attempt to organize a high-level meeting between Putin and Trump. The conversations with Moscow took place behind the scenes during the spring and summer of 2016. Trump was aware of it. Like the main members of your team.
Papadopoulos met for the first time with the «teacher» in March 2016, during a trip to Italy. The professor – whom the Washington Post would identify as Joseph Mifsud – barely showed interest in Papadopoulos … until he discovered his connection with Trump. In London, Mifsud introduced him to a “Russian citizen,” whom Papadopoulos would later erroneously call “Putin’s niece” in several emails sent to the campaign organization (Mifsud denies any connection to the Russian government). .
What did you talk about? According to the FBI, how to improve the links between the United States and Russia. And, more specifically, the organization of a meeting between “us” -the Trump campaign team- and the Russian leaders. After a week Papadopoulos traveled to Washington, where he was photographed sitting at a table with Trump and the candidate’s national security team. Papadopoulos introduced himself, and then made a daring offer: using his “contacts”, he could organize a meeting between Trump and Putin.
Trump’s claim that there had been no conspiracy sounded more and more vacuous and false. Now there was evidence of this conspiracy. It was impossible to interpret legal writings-with their cold empirical data-in any other way.
Mueller’s investigation was far from over. The agony of Donald J. Trump had only just begun.

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