La Crisis Existencial De Europa — César Molinas & Fernando Ramírez Mazarredo / The Existential Crisis Of Europe by César Molinas & Fernando Ramírez Mazarredo

Muy interesante libro sobre este puzzle llamado Unión Europea y que se plantea y ¿no como entelequia si la Unión Europa es la solución o el problema? Las elecciones de 2016 y 2017 han colocado a cada cual en su sitio, poniendo de manifiesto que el populismo sólo ha triunfado en el mundo anglosajón, tradicionalmente el más crítico con la idea de una Europa unida. Donald Trump y el brexit no son vistos hoy día como obstáculos, sino como estímulos para la aceleración de la construcción europea. Las abultadas victorias electorales de Emmanuel Macron en Francia, con un programa abiertamente europeísta, hacen presagiar un nuevo dinamismo del eje franco-alemán. Y ello debería dar un nuevo impulso a la integración política en el seno de la Unión Europea.
¿Por qué es necesaria una Europa unida? ¿Por qué la unidad de Europa no puede construirse en detrimento de su diversidad?.

A modo de resumen, he aquí diez recomendaciones referidas al proceso de integración europeo:
1. Siguiendo el ejemplo de Irlanda, la acción estructural de la UE debe dejar de poner énfasis en las infraestructuras de transporte y medioambientales y centrarse en la mejora de la empleabilidad y del capital humano para fomentar la convergencia real de las economías de la eurozona.
2. Es deseable el establecimiento de un Tesoro europeo con capacidad de endeudamiento que pueda financiar proyectos orientados a acelerar la convergencia real de las economías de la UE. Los proyectos encaminados a mejorar y aumentar el capital humano —desde la I+D más sofisticada hasta la formación de desempleados de baja cualificación— deberían ser prioritarios.
3. Los partidos políticos deberían presentar programas paneuropeos para las elecciones al Parlamento Europeo.
4. El Semestre Europeo necesita dotarse de legitimidad democrática. Ello supone dar una implicación mucho mayor al Parlamento Europeo y a los diversos Parlamentos de los Estados miembros en los procesos presupuestarios de cada país.
5. La integración europea en defensa sólo tiene sentido si se hace alrededor de una fuerza nuclear táctica de carácter disuasorio, puesto que Rusia considera explícitamente el uso de dichas armas en posibles batallas convencionales.
6. Es un error que la UE trate a Rusia solamente como se trata a un enemigo.
7. Hace falta un «FBI europeo». La mera coordinación de servicios de seguridad e inteligencia no funciona ni tan siquiera dentro de cada país; y en ningún país del mundo. La labor antiterrorista debe ser dirigida por un organismo europeo con superioridad jerárquica respecto a los distintos servicios nacionales.
8. El ciberespacio se parece al mar. Por él circulan bienes y servicios, y también todo tipo de piratas, corsarios y hackers. La UE debería aplicar al ciberespacio la ley del mar, impulsando el reconocimiento de la jurisdicción universal para los ciberpiratas y ciberterroristas, y combinándola con un sistema de cuantiosas recompensas para los delatores.
9. También es preciso que se reconozcan a la UE competencias en materia de inmigración. Y ello por razones de eficacia y de equidad, y también para evitar el lamentable espectáculo de mezquindad que algunos Estados miembros están dando en esta cuestión.
10. La UE tiene que hacer un esfuerzo explícito por cimentar el sentimiento de pertenencia a Europa por parte de los europeos. Ésta es una condición de legitimidad muy importante.

Occidente, en general, y Europa, en particular, están atravesando una crisis de desorientación intelectual, contestación política, pérdida de prestigio de las élites dirigentes y pérdida de confianza de los ciudadanos en esas instituciones económicas y políticas que han sido capaces, en las últimas seis décadas, de generar un progreso económico y social sin precedentes en la historia. Crece la inseguridad entre los ciudadanos acerca de las consecuencias sociales y personales de las evidentes transformaciones que está sufriendo la economía. Y crece el miedo a que se inicie una reversión de la mejora continuada del nivel de vida a la que se han acostumbrado tres generaciones seguidas de europeos y norteamericanos, entre otros.
A pesar de este progreso vertiginoso, no todo el mundo se siente ganador. No todo el mundo lo ha sido. La globalización, en todos sus estadios, ha sido beneficiosa para todos los países, pero, dentro de cada país, especialmente en los más ricos, ha tenido ganadores y perdedores. El coste redistributivo adverso de la globalización es mayor cuanto mayor es la apertura de un país.
La actual crisis económica, social y política se desarrolla básicamente dentro de las competencias de los Estados miembros de la UE, no dentro de las competencias propias de la Unión. Los Estados han conservado celosamente su soberanía en materia de mercado de trabajo y de Estado del Bienestar. Pero sus gobiernos no tienen el menor empacho en culpar a la Unión Europea de la crisis de los refugiados, de las crisis de la deuda y de la falta de solidaridad con los excluidos del mercado laboral. Es una actitud cínica y peligrosa, parcialmente responsable del auge de los movimientos xenófobos, antieuropeos y antisistema que florecen por doquier. Europa debe abordar muchos retos existenciales en los próximos años, y debe hacerlo en un contexto abiertamente negativo, cuando no hostil.
La transición no ha hecho más que empezar, pero, a pesar de todas las dificultades (que son muchas), será muy probablemente mucho menos dolorosa que la de los siglos XVIII y XIX. Hay muchos más motivos para el optimismo que para el pesimismo.

La naturaleza de Europa se basa históricamente en la diversidad, la heterogeneidad, la disensión, la competencia y la lucha incesante por la hegemonía, todo ello en el contexto de un elevado común denominador cultural y de intensos flujos comerciales y de ideas. Y cuando Europa tuvo un imperio, que lo tuvo durante un milenio, fue un imperio muy flexible, en el que cabían la diversidad, la disensión y el debate de ideas; y también las guerras entre las entidades políticas que lo componían.
El individualismo europeo ha sido la base sobre la que se construyeron posteriormente las innovaciones.
El progreso, como lo conocemos hoy, comienza con la Ilustración en el siglo XVIII. Se caracteriza por ser inseparablemente multidimensional —científico, tecnológico, social y moral—, potencialmente ilimitado, propio de la civilización occidental y… frágil. La fragilidad del progreso se debe a que, para desarrollarse y sostenerse, necesita una sociedad abierta, en el sentido de Popper, y optimista, en el sentido de Deutsch. Una sociedad abierta es aquélla en la que las leyes de la naturaleza y las leyes de la sociedad se conciben como cosas diferentes, de modo que las últimas no están incluidas en las primeras. Eso, por sencillo que pueda parecer, hoy día sólo ocurre en Occidente. Las sociedades abiertas se caracterizan por tener libertades políticas y de conciencia.

El Tratado de Maastricht, de 1992, por ejemplo, acordó introducir la moneda única y, también, la ciudadanía europea. Desde dicho tratado los ciudadanos de cualesquiera de los países de la UE son también ciudadanos europeos, y lo son de manera complementaria, no sustitutiva, de la del Estado miembro cuya ciudadanía ostentan.
Esta intencionalidad política contribuye a explicar en gran medida decisiones que son muy discutibles desde un punto de vista estrictamente económico, como la selección del grupo original de países de la eurozona o, desde un punto de vista de cumplimiento de criterios democráticos, como la rápida integración de los países del centro y este de Europa que estuvieron tras el Telón de Acero hasta 1989. Un grupo de economistas competentes, por ejemplo, hubiese diseñado el euro de manera diferente, con un grupo inicial de países más reducido y unas condiciones de convergencia muy distintas de las del Tratado de Maastricht.
Un denominador común importante de las uniones monetarias fracasadas fue la ausencia de una política monetaria común, aunque el grado de coordinación monetaria fue elevado en algún caso. Las disparidades entre las políticas monetarias de los países miembros provocaron, una y otra vez, la fuga de las monedas de alta calidad de los países que practicaban las políticas monetarias más expansivas y su concentración en los países que practicaban las políticas más restrictivas. Estos flujos monetarios responden a la llamada ley de Gresham. La coexistencia de moneda metálica con moneda fiduciaria en uniones monetarias en las que los compromisos de convertibilidad afectaban sólo a la primera acabó provocando que, en los países con política monetaria más expansiva, sólo circulase la moneda «débil» (la fiduciaria), mientras que la moneda «fuerte» (la metálica) se utilizaba, inevitablemente, para los pagos internacionales debido a su convertibilidad.

1. En una unión monetaria debe haber un elevado grado de movilidad del factor trabajo entre los distintos países que la componen para evitar que las tasas de desempleo sean muy diferentes entre los países participantes.
2. Entre los países de una unión monetaria debe haber libertad de movimientos de capital y flexibilidad de precios y salarios.
3. El ciclo económico de los países participantes debe estar lo suficientemente sincronizado como para hacer posible y efectiva una política monetaria única. En este aspecto, la sincronización cíclica de los países de la eurozona parece aceptable.
4. Debe existir un sistema de solidaridad entre países o regiones que permita la transferencia de recursos monetarios a aquellas zonas que hayan sido afectadas por shocks negativos asimétricos (que hayan afectado a unas zonas pero no a otras) o que necesiten recursos adicionales para hacer las reformas estructurales necesarias para mejorar la competitividad de su economía. Con los tratados de la UE en la mano, esta condición no es posible en la eurozona. Es más, la posibilidad de estas transferencias está expresamente prohibida por el artículo 125 del Tratado de Lisboa. Sin embargo, esta prohibición, llegada la crisis de 2010 que puso en peligro la continuidad del euro, se trató con mucha flexibilidad, y se crearon las instituciones y mecanismos de rescate detallados en el epígrafe 4.

Los puntos anteriores ilustran que la eurozona dista mucho de ser una zona monetaria óptima. Esto quiere decir que cabe esperar en el futuro la recurrencia de las crisis provocadas por una política monetaria única sobre un grupo de países —19 hoy día— a los que, desde un punto de vista estrictamente económico, convendrían políticas monetarias diferentes. La ausencia de mecanismos fiscales de redistribución, sólo parcialmente compensada por el MEDE, agrava esta situación y provoca que las crisis sean más agudas.

El proceso de construcción europea ha ido siempre de «arriba abajo». Los jefes de Estado o de gobierno, reunidos en el Consejo Europeo, han ido decidiendo uno por uno todos los pasos dados hasta ahora para conseguir «una unión cada vez más estrecha». Estas decisiones se han tomado, en la mayoría de los casos, sin haber explicado previa o posteriormente a los ciudadanos ni su necesidad ni sus consecuencias. Las interpretaciones dadas por los líderes políticos a la salida de los Consejos han sido casi siempre en clave nacional: cuánto dinero adicional recibiremos o cuánto menos contribuiremos al presupuesto común. Incluso en la época de los líderes nacionales más visionarios —Kohl, Mitterrand, González…—, la explicación a los ciudadanos tuvo casi siempre una óptica mercantil, con una enjundia y una perspectiva política a largo plazo muy limitada.
El déficit de explicación política y de educación de la ciudadanía en el proceso de construcción de la Unión Europea (UE) ha sido muy grande. Pero no es sólo eso. En muchas ocasiones, los líderes políticos nacionales han culpado o se han escudado en la UE para excusar su responsabilidad en los males de la patria: el flujo migratorio, el «austericidio», la quiebra de los bancos…
¿Qué podemos decir sobre la legitimidad de la UE desde esta perspectiva? Pues que parece bastante obvio que, en lo que llevamos de siglo XXI, la legitimidad se ha deteriorado, tanto desde el punto de vista de la percepción de la justicia de las instituciones europeas como desde el punto de vista de la disposición a cumplir con sus reglas. Ponemos, a continuación, ejemplos relevantes que utilizaremos para analizar esa pérdida de legitimidad.
Un ejemplo es el exceso de burocracia. Hoy día es muy difícil encontrar a alguien que no critique el supuesto exceso de burocracia de la UE, particularmente de la Comisión Europea.

-la opinión de que hay exceso de burocracia está extendida entre la ciudadanía para todos los niveles de la administración a los que está sujeta: municipal, regional, estatal y europeo. La UE es el más lejano de estos niveles, pero también el más indefenso frente a estas críticas.
-porque la gobernanza de las democracias modernas utiliza cada vez más organismos burocráticos independientes de carácter regulador para separar determinadas tomas de decisiones del fragor y el mercadeo de la política cotidiana. Por poner solamente ejemplos británicos en el sector financiero, el Banco de Inglaterra (BoE, por sus siglas en inglés) decide de manera independiente sobre los tipos de interés y, a través de la Prudential Regulation Authority (PRA), sobre la regulación prudencial y supervisión de las instituciones financieras, mientras que la Financial Conduct Authority (FCA) regula la protección al consumidor de servicios financieros.
-El tercer tipo de razones tiene mayor enjundia teórica y se refiere a la propia naturaleza de la UE. En un reciente libro de muy recomendable lectura, Josep Maria Colomer argumenta que la prolija y detallista regulación que la UE proyecta sobre los Estados miembros se hace necesaria por la ausencia de un presupuesto central lo suficientemente potente como para hacer frente a las consecuencias negativas que pudiera tener un ejercicio imprudente de la soberanía de dichos miembros.
-Finalmente, un breve comentario sobre la notoria «comitología» europea. Aquellos —como uno de los autores de este libro— que han pasado innumerables horas en reuniones de los también innumerables comités técnicos y políticos que conforman el día a día de la UE pueden hablar por experiencia propia del peso y la dinámica de la burocracia europea. Docenas de comités se reúnen en Bruselas cada día. ¿Qué hacen? Pues cubren una labor esencial en una organización política de soberanía consorciada como es la UE: la labor de formación de consensos a nivel técnico y político sobre los detalles de las grandes directrices que emanan del Consejo Europeo o de la Comisión.

En la UE, todo lo relacionado con la provisión de bienestar —sanidad, educación, seguridad social y regulación del mercado de trabajo— y otros asuntos tales como la política de inmigración son competencia exclusiva de los Estados miembros, los cuales, eso sí, deben atenerse a lo dispuesto en los tratados de la Unión. Las instituciones comunitarias tienen muy poco que decir en relación con estas materias. Pueden sugerir, promover, catalizar o intentar coordinar, pero no decidir. Un ejemplo claro de esto es el impacto de la inmigración.
La UE ha tenido un importante déficit de legitimidad democrática, pero en esta cuestión no se diferencia mucho de lo ocurrido en los Estados miembros en sus períodos iniciales o no tan iniciales. Y la UE, insistimos, está todavía en su infancia como organización política. Veamos por qué ha existido y, en cierta medida, sigue existiendo este déficit.
En primer lugar, tal déficit se debe a que los miembros del Consejo Europeo tienen su propia legitimidad democrática conseguida en las elecciones de sus respectivos países y a que, por tanto, han tenido poco entusiasmo por fomentar una legitimidad paralela en el Parlamento Europeo. Sus integrantes han sido elegidos con un programa estrictamente nacional en el que, en el mejor de los casos, se habla de Europa sólo de pasada.
En segundo lugar, ese déficit está relacionado con que, hasta hace poco, el Parlamento Europeo (PE) era una institución carente de competencias sustantivas. Pero esto está cambiando en la buena dirección.

La legitimidad de un Estado está asociada con su capacidad de cumplir con un doble objetivo:
• El cumplimiento del pacto social del siglo XX, lo que implica paz social a cambio de políticas que busquen el pleno empleo y el mantenimiento y ampliación de las políticas asociadas al Estado del Bienestar.
• La protección de los ciudadanos frente a los riesgos percibidos como exteriores que, básicamente, son tres: terrorismo, vecinos hostiles e inmigraciones masivas.

Tanto los euroescépticos de izquierda en los Estados europeos del sur como los de derecha en los países del norte han construido posiciones firmes en muchos países que pueden acabar obstaculizando los intentos de seguir el proceso de construcción europea.

Nada empujaba a los británicos a salir de la UE. ¿Por qué lo han hecho? ¿Por qué han tomado una decisión tan drástica y de consecuencias tan negativas para sus intereses económicos? La respuesta está en el análisis de la legitimidad que hemos desarrollado en este capítulo.
Desde tiempo inmemorial, los británicos han hecho de la soberanía nacional una cuestión previa a cualquier otra. El rey de Inglaterra Enrique VIII, muy aficionado al «matrimonio serial», rompió con la Iglesia católica por una cuestión de soberanía. Él era el soberano, y ninguna potencia extranjera —la representada por el papa, por ejemplo— podía condicionarle en nada.
La construcción europea avanza mediante cesiones de soberanía de los Estados miembros a la UE, y eso, en el Reino Unido, va contra unos principios políticos que tienen una tradición de siglos. Para los británicos, las instituciones europeas no son justas porque menoscaban su soberanía nacional. No están, por tanto, dispuestos a cumplir las reglas del juego de la UE, cuya legitimidad, se cuestiona.
A esta percepción de la ilegitimidad de la UE se añade otra, menos idiosincrática, que fue el detonante que llevó a los partidarios del brexit a ganar el referéndum de junio de 2016. Ésta se enmarca en la legitimidad como provisión de seguridad y bienestar. El comportamiento del Partido de la Independencia del Reino Unido (United Kingdom Independence Party, UKIP) y de los euroescépticos se enmarca con toda la parafernalia característica de los movimientos populistas de este tipo: datos falsos, noticias falsas, posverdad, etc. Los partidarios de permanecer en la UE tenían por delante una campaña muy difícil, dado que muchos de ellos comparten con los partidarios del brexit el repudio a la cesión de soberanía. Y el canal de la Mancha —llamado British Channel en el Reino Unido— vuelve a ser frontera dura.

La Unión Europea (UE) está atravesando un período de gran desconcierto político y de desorientación sobre cuál debe ser su futuro. Ello responde a tres tipos de causas que combinan factores objetivos y factores subjetivos:
1. En primer lugar hay una crisis de modelo económico y social que afecta al conjunto de Occidente. De las razones y consecuencias de esta crisis.
2. Esta crisis ha generado, en amplios segmentos de la población, sentimientos de rechazo al establishment político y económico, sentimientos que han sido el caldo de cultivo de movimientos populistas, de creciente relevancia en los últimos años, que cuestionan la legitimidad de la UE y aspiran a destruirla.
3. Los problemas de diseño de la UE —y muy particularmente de la eurozona— la han hecho muy vulnerable a la Gran Recesión y han llevado a presionar para la aplicación de políticas muy impopulares para apuntalar el euro.

El fracaso del euro sería el final de un ideal europeo casi centenario, el euro no ha conseguido disciplinar del todo a los países menos competitivos de la eurozona, sí que les ha acabado forzando a iniciar procesos de reforma estructural encaminados a alcanzar la sostenibilidad de las finanzas públicas y a mejorar su competitividad. El proceso no está ni mucho menos culminado. Si el euro desaparece, lo más probable es que los países más necesitados de reformas vuelvan a las andadas de las devaluaciones seriales para restaurar la competitividad de sus economías y que vayan quedándose todavía más descolgados del grupo de países más desarrollados del mundo.

Se necesita una cooperación mucho más estructural, estable y a largo plazo, y no sólo de los ejércitos, sino también de la industria militar. Sin mayor integración en la UE, esa capacidad militar es impensable.
Por otra parte, la lucha contra el terrorismo en Europa desborda claramente las fronteras nacionales y hace necesaria una cooperación mucho mayor entre las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia dentro de cada país y también —y sobre todo— entre los distintos países. Es dudoso que la mera coordinación entre países sea capaz de conseguir todos los avances necesarios. Como alternativa, o complemento, debería considerarse el establecimiento de unos servicios de seguridad europeos equivalentes al FBI (Federal Bureau of Investigation) estadounidense. A Estados Unidos le costó ciento treinta y dos años, desde la proclamación de independencia, disponer de una policía federal centralizada. A la UE debería llevarle menos de la mitad de ese tiempo.
En cualquier caso, la no-Europa impediría la organización de una fuerza militar capar de intervenir en conflictos regionales o locales y dificultaría mucho la consecución de avances significativos en la lucha contra el terrorismo.

El llamado «Informe Mogherini», es un catálogo prácticamente completo de buenas intenciones sobre lo que la UE debería hacer en materia de política exterior. No falta nada, o casi nada: desde la conveniencia de incrementar el esfuerzo en defensa hasta las acciones en Asia central o en el África subsahariana; desde la necesidad de coordinar la lucha antiterrorista hasta el desarrollo de vínculos multilaterales con América Latina y el Caribe; desde reforzar la seguridad energética hasta la consideración de los intereses estratégicos en el océano Ártico. Es muy difícil estar en desacuerdo con algún punto sustancial del documento, el cual, además, está redactado en un tono suave, convincente y edificante.
Al contrario que el «Informe de los cinco presidentes», el «Informe Mogherini» no es un documento político.
En Europa tiene mucha importancia cuantitativa y cualitativa la inmigración procedente de países islámicos, inmigración que no entiende tanto de identidades basadas en la polis o en la nación (aunque sí en parte) como de identidades basadas en la religión y la fe, y que a menudo forman comunidades que están fragmentadas en observancias distintas y fuertemente enfrentadas entre sí. No hay ningún país europeo que pueda presumir de éxito en la integración de su inmigración islámica a pesar de la diversidad de enfoques que se han adoptado para este tema. También la inmigración procedente del África subsahariana plantea problemas de adaptación y de comprensión de lo que supone desarrollar una identidad adicional nueva.
Y aquí es donde el proceso de integración de la UE puede ayudar. La UE ha desarrollado una legitimidad cotidiana que, para progresar, tiene que cimentar el crecimiento de un sentimiento de pertenencia. Y esto sólo lo puede hacer la política, no la reglamentación. Si la UE consigue ganar la batalla de la legitimidad democrática y si el proyecto europeo, como parece probable, vuelve a conocer un período de vitalidad, el crecimiento del necesario sentimiento de pertenencia se acentuará, y ello debería facilitar la integración de los inmigrantes, porque todos los europeos estarán adoptando una segunda identidad. La legitimidad de la UE, en sus múltiples acepciones, y la fortaleza del proyecto europeo deberían propiciar una inmigración mucho más integrada en sus países de residencia.

Very interesting book about this puzzle called the European Union and that arises and is not entelechy if the European Union is the solution or the problem? The elections of 2016 and 2017 have placed each one in their place, showing that populism has only triumphed in the Anglo-Saxon world, traditionally the most critical of the idea of ​​a united Europe. Donald Trump and Brexit are not seen today as obstacles, but as stimuli for the acceleration of European construction. The immense electoral victories of Emmanuel Macron in France, with an openly pro-European program, presage a new dynamism of the Franco-German axis. And this should give new impetus to political integration within the European Union.
Why is a united Europe necessary? Why can not Europe’s unity be built to the detriment of its diversity?

To summarize, here are ten recommendations referring to the European integration process:
1. Following the example of Ireland, the structural action of the EU should stop emphasizing transport and environmental infrastructures and focus on improving employability and human capital to promote the real convergence of the eurozone economies.
2. It is desirable to establish a European Treasury with debt capacity that can finance projects aimed at accelerating the real convergence of the EU economies. Projects aimed at improving and increasing human capital – from the most sophisticated R & D to the training of low-skilled unemployed – should be a priority.
3. Political parties should present pan-European programs for elections to the European Parliament.
4. The European Semester needs to be endowed with democratic legitimacy. This means giving much greater involvement to the European Parliament and the various parliaments of the Member States in the budgetary processes of each country.
5. European integration in defense only makes sense if it is done around a tactical nuclear force of a deterrent nature, since Russia explicitly considers the use of such weapons in possible conventional battles.
6. It is a mistake for the EU to treat Russia only as it treats an enemy.
7. A “European FBI” is needed. The mere coordination of security and intelligence services does not work even within each country; and in no country in the world. The anti-terrorist work must be directed by a European body with hierarchical superiority with respect to the different national services.
8. Cyberspace looks like the sea. Through it circulate goods and services, and also all kinds of pirates, corsairs and hackers. The EU should apply the law of the sea to cyberspace, promoting the recognition of universal jurisdiction for cyber-pirates and cyberterrorists, and combining it with a system of numerous rewards for informers.
9. There is also a need for the EU to recognize immigration competences. And this for reasons of efficiency and equity, and also to avoid the unfortunate show of pettiness that some Member States are giving on this issue.
10. The EU has to make an explicit effort to cement Europeans’ sense of belonging to Europe. This is a very important condition of legitimacy.

The West, in general, and Europe, in particular, are going through a crisis of intellectual disorientation, political contestation, loss of prestige of the ruling elites and loss of confidence of the citizens in those economic and political institutions that have been able, in the last six decades, to generate unprecedented economic and social progress in history. Insecurity grows among citizens about the social and personal consequences of the evident transformations that the economy is undergoing. And the fear grows that a reversal of the continuous improvement of the standard of living will begin, to which three generations followed by Europeans and Americans, among others, have become accustomed.
Despite this breakneck progress, not everyone feels a winner. Not everyone has been. Globalization, in all its stages, has been beneficial for all countries, but, within each country, especially the richest ones, it has had winners and losers. The adverse redistributive cost of globalization is greater the greater the opening of a country.
The current economic, social and political crisis is basically developed within the competences of the EU Member States, not within the competences of the Union. The States have jealously preserved their sovereignty in matters of the labor market and the Welfare State. But their governments have no qualms about blaming the European Union for the refugee crisis, the debt crises and the lack of solidarity with those excluded from the labor market. It is a cynical and dangerous attitude, partly responsible for the rise of the xenophobic, anti-European and anti-system movements that are flourishing everywhere. Europe must address many existential challenges in the coming years, and it must do so in an openly negative, if not hostile, context.
The transition has only just begun, but, despite all the difficulties (which are many), it will most likely be much less painful than that of the eighteenth and nineteenth centuries. There are many more reasons for optimism than for pessimism.

The nature of Europe is historically based on diversity, heterogeneity, dissension, competition and the constant struggle for hegemony, all in the context of a high common cultural denominator and intense commercial flows and ideas. And when Europe had an empire, which had it for a millennium, it was a very flexible empire, in which diversity, dissension and the debate of ideas fitted; and also the wars between the political entities that made it up.
European individualism has been the basis on which innovations were subsequently built.
Progress, as we know it today, begins with the Enlightenment in the eighteenth century. It is characterized by being inseparably multidimensional – scientific, technological, social and moral – potentially unlimited, typical of Western civilization and … fragile. The fragility of progress is due to the fact that, in order to develop and sustain itself, it needs an open society, in the sense of Popper, and an optimist, in the sense of Deutsch. An open society is one in which the laws of nature and the laws of society are conceived as different things, so that the latter are not included in the former. That, however simple it may seem, today only happens in the West. Open societies are characterized by political and conscience freedoms.

The Maastricht Treaty of 1992, for example, agreed to introduce the single currency and, also, European citizenship. From this treaty the citizens of any of the countries of the EU are also European citizens, and they are complementary, not substitute, of the Member State whose citizenship they hold.
This political intentionality helps to explain to a large extent decisions that are highly debatable from a strictly economic point of view, such as the selection of the original group of countries of the eurozone or, from a point of view of compliance with democratic criteria, such as rapid integration of the countries of central and eastern Europe that were behind the Iron Curtain until 1989. A group of competent economists, for example, would have designed the euro differently, with a smaller initial group of countries and very convergent conditions. different from those of the Maastricht Treaty.
An important common denominator of the failed monetary unions was the absence of a common monetary policy, although the degree of monetary coordination was high in some cases. The disparities between the monetary policies of the member countries caused, again and again, the flight of the high quality currencies of the countries that practiced the most expansive monetary policies and their concentration in the countries that practiced the most restrictive policies. These monetary flows respond to the so-called Gresham law. The coexistence of metallic currency with fiduciary currency in monetary unions in which the convertibility commitments affected only the first ended up causing that, in countries with more expansive monetary policy, only the “weak” currency (the fiduciary) circulated, while the “strong” currency (the metallic one) was inevitably used for international payments due to its convertibility.

1. In a monetary union there must be a high degree of mobility of the labor factor among the different countries that compose it in order to avoid that the unemployment rates are very different among the participating countries.
2. Between the countries of a monetary union there must be freedom of movement of capital and flexibility of prices and wages.
3. The economic cycle of the participating countries must be sufficiently synchronized to make a single monetary policy possible and effective. In this regard, the cyclical synchronization of the eurozone countries seems acceptable.
4. There must be a system of solidarity between countries or regions that allows the transfer of monetary resources to those areas that have been affected by asymmetric negative shocks (that have affected some areas but not others) or that need additional resources to make the structural reforms needed to improve the competitiveness of its economy. With the EU treaties in hand, this condition is not possible in the eurozone. Moreover, the possibility of these transfers is expressly prohibited by Article 125 of the Treaty of Lisbon. However, this prohibition, the arrival of the crisis of 2010 that endangered the continuity of the euro, was treated with great flexibility, and the institutions and rescue mechanisms detailed in section 4 were created.

The previous points illustrate that the eurozone is far from being an optimal monetary zone. This means that in the future we can expect the recurrence of crises caused by a single monetary policy on a group of countries -19 today- to which, from a strictly economic point of view, different monetary policies would agree. The absence of fiscal mechanisms of redistribution, only partially compensated by the ESM, aggravates this situation and causes the crises to be more acute.

The process of European construction has always gone from “top to bottom”. The Heads of State or Government, meeting at the European Council, have decided one by one all the steps taken so far to achieve “an ever closer union.” These decisions have been taken, in most cases, without having previously or subsequently explained to the citizens their need or consequences. The interpretations given by the political leaders at the exit of the Councils have almost always been in a national key: how much additional money will we receive or how much less will we contribute to the common budget. Even in the era of the most visionary national leaders -Kohl, Mitterrand, González …-, the explanation to the citizens almost always had a mercantile perspective, with a substance and a very limited long-term political perspective.
The deficit of political explanation and education of citizens in the process of building the European Union (EU) has been very large. But it’s not just that. On many occasions, national political leaders have blamed or shielded themselves in the EU to excuse their responsibility for the country’s ills: the migratory flow, the «austericide», the bankruptcy of the banks …
What can we say about the legitimacy of the EU from this perspective? Well, it seems quite obvious that, in what we have been in the 21st century, legitimacy has deteriorated, both from the point of view of the perception of justice of the European institutions and from the point of view of the willingness to comply with their rules. We put below, relevant examples that we will use to analyze this loss of legitimacy.
An example is the excess of bureaucracy. Today it is very difficult to find someone who does not criticize the supposed excess of bureaucracy of the EU, particularly the European Commission.

-the opinion that there is an excess of bureaucracy is widespread among citizens for all levels of administration to which it is subject: municipal, regional, state and European. The EU is the furthest of these levels, but also the most defenseless against these criticisms.
-because the governance of modern democracies uses more and more independent bureaucratic bodies of a regulatory nature to separate certain decision-making from the noise and marketing of everyday politics. To give only British examples in the financial sector, the Bank of England (BoE) decides independently on interest rates and, through the Prudential Regulation Authority (PRA), on prudential regulation and supervision of financial institutions, while the Financial Conduct Authority (FCA) regulates consumer protection of financial services.
-The third type of reasons has a greater theoretical substance and refers to the very nature of the EU. In a recent book of highly recommended reading, Josep Maria Colomer argues that the tedious and detailed regulation that the EU projects on the Member States is necessary due to the absence of a central budget powerful enough to face the negative consequences that could have an imprudent exercise of the sovereignty of said members.
-Finally, a brief comment on the notorious European “comitology”. Those – as one of the authors of this book – who have spent countless hours in meetings of the innumerable technical and political committees that make up the day to day of the EU can speak from experience of the weight and dynamics of the European bureaucracy. Dozens of committees meet in Brussels every day. What do they do? They cover an essential task in a political organization of consortiated sovereignty such as the EU: the work of forming consensus on a technical and political level on the details of the great guidelines emanating from the European Council or the Commission.

In the EU, everything related to the provision of welfare – health, education, social security and labor market regulation – and other matters such as immigration policy are the exclusive competence of the Member States, which, however, must abide by the provisions of the Union treaties. Community institutions have very little to say in relation to these matters. They can suggest, promote, catalyze or try to coordinate, but not decide. A clear example of this is the impact of immigration.
The EU has had a significant deficit of democratic legitimacy, but in this issue it does not differ much from what happened in the Member States in their initial or not so initial periods. And the EU, we insist, is still in its infancy as a political organization. Let’s see why this deficit has existed and to a certain extent.
First of all, this deficit is due to the fact that the members of the European Council have their own democratic legitimacy achieved in the elections of their respective countries and that, therefore, they have had little enthusiasm for promoting a parallel legitimacy in the European Parliament. Its members have been chosen with a strictly national program in which, in the best of cases, Europe is spoken of only in passing.
Second, this deficit is related to the fact that, until recently, the European Parliament (EP) was an institution lacking substantive powers. But this is changing in the right direction.

The legitimacy of a State is associated with its capacity to fulfill a double objective:
• The fulfillment of the social pact of the 20th century, which implies social peace in exchange for policies that seek full employment and the maintenance and extension of the policies associated with the Welfare State.
• The protection of citizens against the perceived external risks, which are basically three: terrorism, hostile neighbors and massive immigration.

Both the Eurosceptics on the left in the southern European states and those on the right in the countries of the North have built strong positions in many countries that may end up hindering attempts to follow the process of European construction.

Nothing pushed the British out of the EU. Why have they done it? Why have they made such a drastic decision with such negative consequences for their economic interests? The answer lies in the analysis of the legitimacy that we have developed in this chapter.
From time immemorial, the British have made national sovereignty a prior issue to any other. The King of England Henry VIII, very fond of “serial marriage,” broke with the Catholic Church over a matter of sovereignty. He was the sovereign, and no foreign power-the one represented by the Pope, for example-could condition him in nothing.
The European construction progresses by assigning sovereignty of the Member States to the EU, and that, in the United Kingdom, goes against political principles that have a centuries-old tradition. For the British, the European institutions are not fair because they undermine their national sovereignty. They are not, therefore, willing to comply with the rules of the game of the EU, whose legitimacy is questioned.
To this perception of the illegitimacy of the EU is added another, less idiosyncratic, which was the trigger that led the Brexit supporters to win the June 2016 referendum. This is framed in the legitimacy as a provision of security and welfare. The behavior of the Independence Party of the United Kingdom (United Kingdom Independence Party, UKIP) and Eurosceptics is framed with all the paraphernalia characteristic of populist movements of this type: false data, false news, post truth, etc. Those in favor of staying in the EU had a very difficult campaign ahead of them, since many of them share with brexit supporters the repudiation of the cession of sovereignty. And the English Channel – called British Channel in the United Kingdom – is once again a hard frontier.

The European Union (EU) is going through a period of great political bewilderment and disorientation about what its future should be. This responds to three types of causes that combine objective factors and subjective factors:
1. In the first place there is a crisis of economic and social model that affects the whole of the West. Of the reasons and consequences of this crisis.
2. This crisis has generated, in broad segments of the population, feelings of rejection of the political and economic establishment, feelings that have been the breeding ground of populist movements, of growing relevance in recent years, which question the legitimacy of the EU and they aspire to destroy it.
3. The EU’s design problems – and particularly the Eurozone – have made it very vulnerable to the Great Recession and have led to pressure for the implementation of very unpopular policies to prop up the euro.

The failure of the euro would be the end of an almost century-old European ideal, the euro has not managed to discipline the less competitive countries of the eurozone altogether, but has forced them to start structural reform processes aimed at achieving sustainability in the euro area. public finances and improve their competitiveness. The process is far from over. If the euro disappears, it is most likely that the countries most in need of reforms will return to the old ways of serial devaluations in order to restore the competitiveness of their economies and that they will be left more detached from the group of more developed countries in the world.

Much more structural, stable and long-term cooperation is needed, not only from armies, but also from the military industry. Without further integration into the EU, that military capacity is unthinkable.
On the other hand, the fight against terrorism in Europe clearly exceeds national borders and requires much greater cooperation between the security forces and the intelligence services within each country and also – and above all – between the different countries. It is doubtful that mere coordination between countries will be able to achieve all the necessary progress. As an alternative, or complement, the establishment of European security services equivalent to the US Federal Bureau of Investigation should be considered. It cost the United States 132 years, since the proclamation of independence, to have a centralized federal police. The EU should take less than half of that time.
In any case, non-Europe would impede the organization of a military force capable of intervening in regional or local conflicts and would make it very difficult to achieve significant progress in the fight against terrorism.

The so-called «Mogherini Report» is a practically complete catalog of good intentions about what the EU should do in terms of foreign policy. Nothing is missing, or almost nothing: from the convenience of increasing the defense effort to actions in Central Asia or sub-Saharan Africa; from the need to coordinate the fight against terrorism to the development of multilateral ties with Latin America and the Caribbean; from reinforcing energy security to the consideration of strategic interests in the Arctic Ocean. It is very difficult to disagree with any substantial point in the document, which, moreover, is worded in a soft, convincing and uplifting tone.
Unlike the “Report of the five presidents”, the “Mogherini Report” is not a political document.
In Europe, immigration from Islamic countries is of great quantitative and qualitative importance, immigration that does not understand identities based on the polis or the nation (although in part) as identities based on religion and faith, and that they often form communities that are fragmented into different and strongly conflicting observances. There is no European country that can boast of success in integrating its Islamic immigration despite the diversity of approaches that have been adopted for this issue. Also, immigration from sub-Saharan Africa poses problems of adaptation and understanding of what it means to develop a new additional identity.
And this is where the EU integration process can help. The EU has developed a daily legitimacy that, in order to progress, must cement the growth of a sense of belonging. And this can only be done by politics, not regulation. If the EU manages to win the battle of democratic legitimacy and if the European project, as seems likely, returns to a period of vitality, the growth of the necessary sense of belonging will be accentuated, and this should facilitate the integration of immigrants, because all Europeans will be adopting a second identity. The legitimacy of the EU, in its multiple meanings, and the strength of the European project should lead to a much more integrated immigration in their countries of residence.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .