Las Aventuras De Kissinger — Charles R. Ashman / Kissinger: The Adventures of Super-Kraut by Charles R. Ashman

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Un libro interesante sobre la personalidad de Kissinger y como se forjó de uno de los mayores carniceros de la humanidad, dicho sea de paso.

Este hombre cuyo ídolo no es el Washington, el Lincoln y ni siquiera el Eisenhower del político convencional sino el teutónico Otto von Bismarck se ha convertido en la última y con frecuencia la única voz que escucha y atiende el presidente.
La mayoría de adolescentes judíos que huyeron de la Alemania nazi se sentían espiritualmente oprimidos e invadidos por unas pesadillas que dejaron en ellos una huella indeleble, impulsándoles a evitar la violencia a toda costa. Algunos, como Henry Kissinger, reaccionaron con un sentimiento de aislamiento indiferente y una segunda capa de arrogancia. Semejante ventaja es para un político tan valiosa como una esposa agraciada.
Los títulos suelen inducir a error en todos los campos, pero en ningún lugar oculta más la etiqueta al hombre que en los pasillos de la Casa Blanca. Ni el cargo que ostenta Henry de Asesor Especial del Presidente para Asuntos Exteriores ni su título de jefe del Consejo Nacional de Seguridad revelan en realidad cuál es el papel que interpreta. Es la inseparable «niñera» mental del Presidente de los Estados Unidos. Kissinger es el consejero, el asesor, el compañero, el defensor, el amigóte y el portavoz de Nixon.
Hasta los críticos de Kissinger que hablan de una «plaga teutónica» en la Administración se muestran de acuerdo a este respecto.
Los labios de Kissinger son rígidos, sólo pueden formar una línea recta o una carcajada, no son posibles las sonrisas intermedias. Su humor es igualmente extremista y deliberado.
La labor de Henry es siniestra, con una imagen de salas de guerra y mapas mundiales iluminados por los centelleos del radar. Probablemente su acento alemán hubiera podido desaparecer. Lo utiliza al cabo de casi treinta y cinco años de vivir en América tal como hace Zsa Zsa Gabor, una de sus amigas. Le convierte en memorable. Henry se califica a sí mismo de soldado de la guerra fría.
La opinión general dentro y fuera de Washington es la de que la fuerza y debilidad de Kissinger es su vanidad. La mayor alabanza que puede hacerle a alguien es la comparación consigo mismo. Describió una vez a Elliot Richardson, a la sazón subsecretario de Estado, afirmando: «Le considero en todos los aspectos un hombre tan bueno como yo mismo.» (Como consecuencia de ello, el presidente Nixon nombró a Richardson secretario de Sanidad, Educación y Bienestar.)

Fürth es un lugar tranquilo. Todo el mundo conoce a Henry Kissinger. Saben que es alemán y están convencidos de que es el auténtico poder de América. Nadie se refiere a él como judío. Los nazis locales constituyen un pequeño grupo íntimamente unido cuyos componentes beben juntos y hablan de la grandeza alemana. Las habituales frases sólo aparecen cuando la serena arrogancia cede el lugar a las baladronadas de la embriaguez. «La habilidad técnica y la potencia personal alemana son la mayor fuerza de Europa», me dijo un joven en 1972.
Heinz Alfred Kissinger (que más tarde se convirtió en el asesor presidencial Henry A. Kissinger) nació en Fürth el 27 de mayo de 1923. Muchos recuerdan todavía aquel año. El desempleo alemán había alcanzado sus máximas cotas.
Henry Kissinger afirma categóricamente: «Este período de mi infancia no es la clave de nada. Yo no fui desgraciado de forma consciente. Yo no me percataba con claridad de lo que estaba sucediendo. Para los niños, estas cosas no son tan serias. Ahora está de moda explicarlo todo desde el punto de vista psicoanalítico, pero permítanme decirles que las persecuciones políticas de mi infancia no son lo que controla mi vida.»
Sus amigos no están de acuerdo. Doce de sus parientes murieron a manos de los nazis antes de que Heinz cumpliera los catorce años. Su padre, que perdió el valor al quedarse sin su empleo de profesor, pensaba que aquella locura pasaría y procuraba seguir tirando. La señora Kissinger era la que siempre tomaba las riendas en las grandes decisiones familiares; Louis estaba demasiado ocupado con sus libros y sus sueños. Al final la presión se hizo excesiva y Paula le convenció de la necesidad de abandonar Alemania. Preocupados por la educación de sus hijos y por la supervivencia de la familia, se trasladaron a Londres en 1938 poco antes de que fuera demasiado tarde. Allí una tía les ayudó a conseguir pasaje para Nueva York.
Cuando viaja por Europa, Henry Kissinger les recuerda a los dirigentes de todos los países que todos los alemanes de medio siglo de edad han sobrevivido a tres revoluciones. Cuatro regímenes distintos se han apoderado de este país, un país que ha perdido dos guerras mundiales, que ha sufrido catástrofes económicas y que, sin embargo, ha conseguido sobrevivir. Los alemanes están hechos para la supervivencia. De vez en cuando, se abre paso la prosperidad.
Un hombre que abandonó Alemania hace treinta y cuatro años en calidad de judío adolescente refugiado, que huía de la barbarie y el genocidio de Adolf Hitler es ahora la clave del apoyo americano para 79 millones de alemanes, el 51 por ciento de los cuales es protestante y el 46 por ciento católico. El país ha prescindido de las primeras dos estrofas del «Deutschland» y el himno está constituido ahora por el tercer verso que empieza con «Unidad, Justicia y Libertad».

El asesor presidencial Kissinger ha alcanzado en su ascenso a la fama de la Casa Blanca más poder que todos los americanos, excepto uno. El industrial Kissinger ha alcanzado en el transcurso de los mismos años más prosperidad con sus negocios que la mayoría de personas. Walter está en mejor forma que su hermano d profesor. Es más apuesto, no utiliza gafas y sus chistes no son tan cáusticos.
La vida social de Kissinger está integrada por las funciones oficiales que desempeña en la Casa Blanca y las citas en la Costa Oeste con el numeroso contingente de amigas de que goza.
Pero casi siempre dispone de tiempo para llamar por teléfono a su hermano, a su madre o a sus hijos. Todos ellos han sido invitados de los Nixon en alguna ocasión e incluso han recibido un saludo presidencial Yom Kippur.

El soldado Kissinger se convirtió en el sargento Kissinger y el soldado Kraemer se convirtió en el teniente Kraemer. El protector de Henry consiguió el traslado de éste a la escuela de espionaje del mando europeo (donde conoció al soldado Flickett, el contraste más impresionante que jamás haya habido). Aquí se enseñaba a los oficiales aliados a descubrir a los nazis infiltrados entre la población y que se refugiaban en secreto. La clase del sargento Kissinger estaba integrada en su mayor parte por coroneles y comandantes y él era el mejor instructor que habían tenido. Al finalizar sus servicios, el ejército le contrató para que permaneciera en la escuela en calidad de profesor civil con un sueldo de 10.000 dólares al año. Para un inmigrante sin formación universitaria y cuyos únicos empleos habían sido el de obrero en una fábrica de brochas de afeitar y el de oficinista, eso era una fortuna.
El teniente Kraemer se había convertido en amigo íntimo suyo. Le preocupaba que a su protegido se le subiera todo ese dinero a la cabeza. Pero Kissinger no se impresionó.

Durante la presidencia de Dwight D. Eisenhower le ofrecieron a Kissinger un cargo de segundo escalón en calidad de estratega de política exterior. Aceptó a pesar de no estar considerado como un republicano convencido y de no estar de acuerdo con Eisenhower ni como estratega militar ni como político.
Cuando John F. Kennedy ascendió al poder, Kissinger, al igual que otros muchos profesores de Harvard, se interesó por la Nueva Frontera con sus valores intelectuales. Había conocido en sociedad a JFK y éste le gustaba. Gracias a sus amistades y experiencia, Kissinger esperaba poder interpretar un importante papel en la nueva administración. Arthur Schlesinger hijo, que había sido durante algún tiempo protector de Henry y que era uno de los consejeros de JFK, le recomendó ante éste. Se le contrató en calidad de asesor parcial pero no se produjo ningún resultado extraordinario. A pesar de que Kennedy impresionó a Kissinger, el presidente le dijo a Pierre Salinger que las pesadas arengas de Kissinger le parecían «un poco agobiantes». Al comprender que no era bien recibido, Kissinger empezó a criticar a los Kennedy y empezó a comentar con sus amigos que no le gustaban las cualidades del «chico rico» de La Casa Blanca.
Kissinger admiraba grandemente la forma en que Kennedy había manejado el punto muerto con los rusos. Y dijo: «La administración demostró habilidad, audacia y capacidad de decisión al tratar el problema una vez éste se hubo reconocido». Pero expresaba muchas dudas en cuanto al tiempo requerido por la administración Kennedy para establecer el carácter de los refuerzos soviéticos. Comprendía que existía una cuestión de procedimiento en cuanto a los criterios de certeza sobre cuya base actuaría el gobierno.

Se discute mucho acerca de la convicción de las declaraciones que por aquel entonces hizo Kissinger en contra de Nixon. Kissinger ha negado repetidamente la vehemencia que le atribuyen algunos periodistas cuando afirmó que Nixon era todo lo más «vulgar en cuanto a política y por debajo de lo vulgar en cuanto a inteligencia». Pero es indudable que Kissinger habló en contra de Nixon con delegados de por lo menos doce estados, dando a entender que la llegada a la presidencia de éste significaría el final del partido republicano. El 8 de agosto, Nelson Rockefeller fue derrotado y Richard Nixon obtuvo la nominación del partido republicano para la presidencia de los Estados Unidos en el primer escrutinio y fue elegido.
Fue uno de los años más dramáticos y trágicos de la historia americana. Reagan y Rockefeller habían retado sin éxito a Nixon que había obtenido la candidatura a la presidencia.
No había forma de saber cuántos millones de dólares particulares podía gastarse un hombre como Rockefeller en su intento de obtener la candidatura. Un asesor de primera categoría como Henry Kissinger no resulta barato. Según ciertos cálculos, las campañas de aquel año costaron una cifra record de 300 millones de dólares lo cual equivalía a un incremento de más de un 52 por ciento en sólo cuatro años. Los republicanos ganaron pero tuvieron que gastarse casi el doble que los demócratas.
Nixon no perdió el tiempo y organizó inmediatamente su equipo de colaboradores. Se reunió inmediatamente con el gobernador Rockefeller y le ofreció el cargo de embajador en las Naciones Unidas. Sugirió también la posibilidad de nombrar a David Rockefeller secretario del Tesoro en consideración a su experiencia bancaria. Nelson no se mostró interesado si bien es posible que hubiera aceptado las secretarias de Estado o Defensa. Nixon no se las ofreció.
Fue entonces cuando Nixon mandó llamar a Kissinger y celebró con él una reunión secreta en el Hotel Pierre de Nueva York, tras la cual Kissinger fue nombrado asesor del presidente en Asuntos de Seguridad Nacional. Había recorrido un largo trecho desde su nacionalización en 1943. Buena parte de ello se lo debía a Rockefeller y Kissinger comentó con Rocky el ofrecimiento de Nixon en el transcurso de tres reuniones distintas.

El papel desempeñado por Kissinger en la administración Nixon ha provocado el exilio del secretario de Estado más descarado de la historia de los Estados Unidos desde que Abraham Lincoln se libró de Jeremiah S. Black sustituyéndolo por William H. Seward. Sin embargo, se han dado otros ejemplos en los que el secretario de Estado no ha sido más que un hombre de paja. Cuando Franklin Delano Roosevelt nombró secretario de Estado a Cordell Hull, muchos se echaron a reír. Aunque Hull era conocedor de la América Latina, se sabía que el auténtico asesor del presidente en asuntos exteriores iba a ser Harry Hopkins, el compañero de la Casa Blanca de FDR. Durante la administración de JFK, los críticos afirmaron que no había necesidad de un secretario de Estado. Dean Rusk les salió al paso, pero Kennedy era el primer ministro de su propia persona.
El secretario de Estado es el jefe de un gigantesco departamento gubernamental, la aprobación de cuyo presupuesto depende del Congreso. Está a la merced de los legisladores y debe responder a sus preguntas aunque sus declaraciones no puedan ser otra cosa más que un «ejercicio vacío». Un asesor de la Casa Blanca está por encima de todo eso.
Kissinger siempre se ha escudado tras el «privilegio ejecutivo» en todas las ocasiones en que le ha llamado el Comité Senatorial de Relaciones Exteriores.
A Kissinger jamás se le había elegido para nada. No relaciona la filosofía con las reacciones individuales sino que permanece a un nivel de fuerza global. La confianza de Nixon en el profesor en asuntos de carácter interno asusta a los miembros del Comité Nacional Republicano. Estos beneméritos personajes consideran que Kissinger es una espada de doble filo. Algunos respetan la utilización por parte de Nixon de los servicios de un extraordinario erudito. Otros se muestran instintivamente recelosos al ver en Henry a un personaje strangeloviano que pudiera arrastrar a los Estados Unidos a una guerra cataclísmica.

El ser visto con muchas mujeres es beneficioso para su hombría y eso siempre resulta más atrayente. Si declina hacer comentarios sobre ellas, se convierte en el caballero cortés que no lo dice. Como es natural, sí le agobian demasiado, se reviste de su papel de asesor presidencial y se oculta en la dignidad y el secreto de su cargo. ¿Cómo es posible, dice el inocente Henry, que estas mujeres se rebajen hasta el extremo de comerciar con su nombre? Sea como fuere, el mito Kissinger sigue construyéndose. Y sus acompañantes cada vez están mejor construidas.

En julio del año 1971 se presentó el presidente ante las cámaras de televisión y en un giro espectacular anunció que se trasladaría a Pekín para fomentar unas mejores relaciones. Kissinger había ganado.
La política de las dos Chinas de la que Kissinger era partidario y a la que Nixon estaba ligado por sus anteriores afirmaciones en relación con Formosa fue un fracaso. A pesar del apoyo de los Estados Unidos en público y en la trastienda del Consejo Nacional de Seguridad, el gobierno de Chang Kai Chek fue expulsado de las Naciones Unidas.
Por inconsecuente que fuera el cambio de Nixon en su política con respecto a China, dicho cambio constituyó un paso político inteligente. Era probable que Pekín se hubiera sentado de todos modos en las Naciones Unidas en 1972, a pesar de la oposición americana. Chang Kai Chek como hombre y dirigente había perdido fuerza y casi todos los americanos comprendían que se hacían necesarias unas nuevas relaciones con China.
Uno de los problemas que no se comenta cuando el presidente de los Estados Unidos abandona el país es el de la seguridad. Henry Kissinger sabía que cuando al presidente Richard Nixon le escupieron en América del Sur, a éste hubiera podido alcanzarle una bala con la misma facilidad que la saliva. Es tradicional confiar en que el país anfitrión, comunista o no, se encargue de la protección. La teoría es que dichos países no podrían tolerar el compromiso de un intento de asesinato a los ojos del mundo. A pesar de la tradición, se llegó al acuerdo de que los Estados Unidos se encargarían de la protección de su jefe de Estado, para lo cual se utilizaría personal del servicio secreto y personal militar. La verdad acerca del número de guardias secretos utilizados se mantuvo en mayor secreto que la fecha de salida del presidente. Se cree que cuando el presidente asistió a un acontecimiento deportivo chino estaban de servicio nada menos que 1.100 oficiales de seguridad para impedir que se desmandara cualquier joven comunista fanático.
Kissinger ya era muy conocido cuando llegó a China. Se suprimió temporalmente la censura impuesta en los periódicos chinos acerca de la mayoría de acontecimientos americanos. Se le retrataba como a un héroe y un gran pensador. En las naciones comunistas, cuando los periódicos hablan favorablemente de un visitante, ello indica al público que se trata de un huésped bien recibido al que se puede tratar con cordialidad.
Kissinger declaró a la prensa que en la larga historia de China jamás se había enfrentado este milenario país con el problema de la información periodística acerca del viaje de un presidente americano.
Fue interesante ver a Kissinger caer en la trampa de expresar una opinión acerca de si la base del poder se hallaba en la China comunista. En el transcurso de aquella conferencia de prensa se le hicieron preguntas específicas acerca de los problemas internos del gobierno comunista. Kissinger repuso con tacto que la visita del presidente no autorizaba a los americanos a hacer conjeturas acerca de las condiciones internas de aquel país.

Kissinger le preocupaba su fama de acompañante constante de actrices cinematográficas atractivas. Sentía la necesidad de presentarse ante los chinos con un aire mucho más conservador. La América Media no hubiera tolerado la hendidura de Jill St. John en la fotografía de la salida del emisario presidencial hacia una misión sumamente delicada. En momentos parecidos, Kissinger se preocupa por su divorcio de 1964 y por cómo reaccionarán ante él los funcionarios de una nación en la que el divorcio no es frecuente. Buena parte de sus modales tranquilos y desenvueltos disimulan en realidad la inseguridad que siente cualquiera que se enfrente con una tarea monumental.
Kissinger califica a su equipo de jóvenes colaboradoras como de magníficas representantes de la joven feminidad americana. Julie y Diane están acostumbradas a sus halagos y rechazan los cumplidos.
Kissinger jamás ganará un premio por sus buenas relaciones con sus empleados. Cambia de ayudantes con más rapidez que lo hacen de traje algunas de sus amigas. Por lo menos uno de los antiguos principales ayudantes suyos pasó del despacho de Henry en la Casa Blanca a una residencia de reposo. Otro fue trasladado a un cargo diplomático para que se tranquilizara tras no haber logrado seguir el ritmo de trabajo de Kissinger.

¿No resulta irónico que la delegación de una de las grandes potencias mundiales llegara a Nueva York protegida por la inmunidad diplomática y provista de pase para las Naciones Unidas y que, técnicamente hablando, los Estados Unidos no reconocieran la existencia de su país y ni siquiera pudieran establecer con éste relaciones diplomáticas?.

A Kissinger se le fotografía a menudo, pero raras veces se le escucha. Algunos asesores presidenciales siguen temiendo la reacción del público americano ante el acusado y gutural acento alemán que parece ser la humanización del doctor Strangelove. Pero de vez en cuando es necesario sacar la voz de Kissinger del armario y permitir a éste que haga algo más que asentir y sonreír.

Henry Kissinger recibió el 16 de octubre de 1973 la noticia de que le había sido concedido el Premio Nobel de la Paz por sus esfuerzos en favor del término de la guerra del Vietnam, hecho que le conmovió profundamente. «Nada de lo que me haya ocurrido en mi vida pública —dijo— me ha emocionado tanto como este premio.»
Hubiera debido compartir el premio con el jefe de la delegación norvietnamita, Le Duc Tho. Pero el miembro del Politburó norvietnamita rechazó el premio en octubre. «En Vietnam del Sur no se ha alcanzado una auténtica paz —dijo—. En tales circunstancias, me resulta imposible aceptar el premio.» Dio a entender, sin embargo, que tal vez accedería a aceptarlo en un futuro, cuando la paz «se hubiera establecido plenamente en Vietnam del Sur».
Kissinger no hizo comentario alguno acerca de la renuncia al premio por parte de Tho, pero otras personas sí los hicieron. Un portavoz del gobierno del Vietnam del Sur dijo que la concesión del premio a Tho era «como la concesión del título de “castidad” a una prostituta o un rufián».
En París, un portavoz del Vietcong alabó la elección de Tho y añadió: «En cuanto a Kissinger, me sorprende». Los representantes del ala izquierda noruega instaron a Tho a que se negara a compartir el premio con Kissinger.

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An interesting book about Kissinger’s personality and how he was forged from one of the greatest butchers of humanity, by the way.

This man whose idol is not the Washington, the Lincoln and not even the Eisenhower of the conventional politician but the Teutonic Otto von Bismarck has become the last and often the only voice that the president hears and hears.
The majority of Jewish teenagers who fled Nazi Germany felt spiritually oppressed and invaded by nightmares that left an indelible mark on them, urging them to avoid violence at all costs. Some, like Henry Kissinger, reacted with a feeling of indifferent isolation and a second layer of arrogance. Such an advantage is for a politician as valuable as a graceful wife.
Titles are often misleading in all fields, but nowhere does the label label man more than in the corridors of the White House. Neither the position held by Henry as the Special Adviser to the President for Foreign Affairs nor his title as head of the National Security Council reveal in reality what role he plays. She is the inseparable mental «nanny» of the President of the United States. Kissinger is Nixon’s counselor, counselor, partner, advocate, friend and spokesperson.
Even Kissinger’s critics who speak of a «Teutonic plague» in the Administration agree in this respect.
Kissinger’s lips are rigid, they can only form a straight line or a laugh, intermediate smiles are not possible. His humor is equally extreme and deliberate.
Henry’s work is sinister, with an image of war rooms and world maps illuminated by radar scintillations. Probably his German accent could have disappeared. She uses it after almost thirty-five years of living in America as Zsa Zsa Gabor, one of her friends, does. It makes you memorable. Henry qualifies himself as a soldier of the cold war.
The general opinion inside and outside Washington is that Kissinger’s strength and weakness is his vanity. The greatest praise he can give someone is the comparison with himself. He once described Elliot Richardson, then undersecretary of state, stating: «I consider him in all respects a man as good as myself.» (As a result, President Nixon appointed Richardson as secretary of Health, Education and Welfare.)

Fürth is a quiet place. Everyone knows Henry Kissinger. They know he is German and they are convinced that it is the true power of America. Nobody refers to him as a Jew. The local Nazis constitute a small intimately united group whose members drink together and speak of German greatness. The usual phrases only appear when serene arrogance gives way to the bravado of drunkenness. «German technical ability and personal power are the greatest strength in Europe,» a young man told me in 1972.
Heinz Alfred Kissinger (who later became presidential adviser Henry A. Kissinger) was born in Fürth on May 27, 1923. Many still remember that year. German unemployment had reached its maximum levels.
Henry Kissinger states categorically: «This period of my childhood is not the key to anything. I was not unhappily conscious. I did not realize clearly what was happening. For children, these things are not so serious. Now it is fashionable to explain everything from the psychoanalytic point of view, but let me tell you that the political persecutions of my childhood are not what control my life. »
Your friends do not agree. Twelve of his relatives died at the hands of the Nazis before Heinz turned fourteen. His father, who lost the courage to lose his teaching job, thought that this madness would happen and tried to keep pulling. Mrs. Kissinger was the one who always took the reins in the great family decisions; Louis was too busy with his books and his dreams. In the end the pressure became excessive and Paula convinced him of the need to leave Germany. Concerned about the education of their children and the survival of the family, they moved to London in 1938 shortly before it was too late. There an aunt helped them get tickets to New York.
When traveling in Europe, Henry Kissinger reminds the leaders of all countries that all Germans half a century old have survived three revolutions. Four different regimes have seized this country, a country that has lost two world wars, which has suffered economic catastrophes and yet has managed to survive. The Germans are made for survival. From time to time, prosperity opens up.
A man who left Germany thirty-four years ago as a Jewish refugee teenager, fleeing the barbarism and genocide of Adolf Hitler is now the key to American support for 79 million Germans, 51 percent of whom are Protestants and 46 percent Catholic. The country has dispensed with the first two verses of the «Deutschland» and the hymn is now constituted by the third verse that begins with «Unity, Justice and Freedom.»

The presidential adviser Kissinger has achieved in his rise to the fame of the White House more power than all Americans, except one. The industrial Kissinger has achieved in the course of the same years more prosperity with his businesses that the majority of people. Walter is in better shape than his brother’s teacher. He is more handsome, he does not use glasses and his jokes are not so caustic.
Kissinger’s social life is made up of the official functions she performs in the White House and appointments on the West Coast with the large contingent of friends she enjoys.
But he almost always has time to phone his brother, his mother or his children. All of them have been invited by the Nixon on occasion and have even received a presidential greeting Yom Kippur.

Private Kissinger became Sergeant Kissinger and Private Kraemer became Lieutenant Kraemer. Henry’s protector managed to transfer him to the spy school of European command (where he met Private Flickett, the most impressive contrast ever). Here the allied officers were taught to discover the Nazis infiltrated among the population and secretly taking refuge. Sergeant Kissinger’s class was composed mostly of colonels and commanders and he was the best instructor they had ever had. At the end of his services, the army hired him to remain in school as a civil teacher with a salary of $ 10,000 a year. For an immigrant without university training and whose only jobs had been that of a factory worker in a shaving brush factory and that of a clerk, that was a fortune.
Lieutenant Kraemer had become his close friend. He worried that his protege would get all that money in his head. But Kissinger was not impressed.

During the presidency of Dwight D. Eisenhower, Kissinger was offered a second-step position as a foreign policy strategist. He accepted despite not being considered a convinced Republican and of not agreeing with Eisenhower neither as a military strategist nor as a politician.
When John F. Kennedy ascended to power, Kissinger, like many other Harvard professors, became interested in the New Frontier with his intellectual values. He had known JFK in society and he liked it. Thanks to his friendships and experience, Kissinger hoped to play an important role in the new administration. Arthur Schlesinger Jr., who had been Henry’s protector for some time and was one of JFK’s advisors, recommended him to him. He was hired as a partial consultant but there was no extraordinary result. Although Kennedy impressed Kissinger, the president told Pierre Salinger that Kissinger’s harsh harangues seemed «a little overwhelming.» Understanding that he was not well received, Kissinger began to criticize the Kennedys and began to comment with his friends that he did not like the qualities of the «rich boy» of the White House.
Kissinger greatly admired the way Kennedy had handled the deadlock with the Russians. And he said: «The administration demonstrated skill, audacity and decision-making ability in dealing with the problem once it was recognized.» But he expressed many doubts as to the time required by the Kennedy administration to establish the character of the Soviet reinforcements. He understood that there was a procedural question as to the criteria of certainty on whose basis the government would act.

Much is discussed about the conviction of the statements Kissinger made back then against Nixon. Kissinger has repeatedly denied the vehemence attributed to him by some journalists when he said that Nixon was all the more «vulgar in terms of politics and below the vulgar in terms of intelligence.» But there is no doubt that Kissinger spoke against Nixon with delegates from at least twelve states, suggesting that the presidency would signify the end of the Republican party. On August 8, Nelson Rockefeller was defeated and Richard Nixon obtained the nomination of the Republican party for the presidency of the United States in the first ballot and was elected.
It was one of the most dramatic and tragic years of American history. Reagan and Rockefeller had unsuccessfully challenged Nixon who had won the presidential nomination.
There was no way of knowing how many millions of dollars a man like Rockefeller could spend on trying to get the candidacy. A top-notch consultant like Henry Kissinger is not cheap. According to certain calculations, the campaigns of that year cost a record figure of 300 million dollars which was equivalent to an increase of more than 52 percent in just four years. The Republicans won but had to spend almost twice as much as the Democrats.
Nixon did not waste time and immediately organized his team of collaborators. He immediately met with Governor Rockefeller and offered him the position of ambassador to the United Nations. He also suggested the possibility of appointing David Rockefeller secretary of the Treasury in consideration of his banking experience. Nelson was not interested although it is possible that he had accepted the Secretaries of State or Defense. Nixon did not offer it to them.
It was then that Nixon sent for Kissinger and held a secret meeting with him at the Pierre Hotel in New York, after which Kissinger was appointed adviser to the president in matters of National Security. It had come a long way since its nationalization in 1943. Much of it was owed to Rockefeller and Kissinger.

The role played by Kissinger in the Nixon administration has led to the exile of the most brazen secretary of state in the history of the United States since Abraham Lincoln got rid of Jeremiah S. Black by replacing him with William H. Seward. However, other examples have been given in which the secretary of state has been no more than a straw man. When Franklin Delano Roosevelt appointed Cordell Hull as secretary of state, many burst out laughing. Although Hull was knowledgeable about Latin America, it was known that the true adviser to the president in foreign affairs was going to be Harry Hopkins, FDR’s White House colleague. During the administration of JFK, critics claimed that there was no need for a secretary of state. Dean Rusk met them, but Kennedy was the prime minister of his own person.
The secretary of state is the head of a gigantic government department, the approval of whose budget depends on the Congress. It is at the mercy of the legislators and must answer their questions even if their statements can not be anything other than an «empty exercise». An adviser to the White House is above all that.
Kissinger has always shielded himself behind «executive privilege» every time he has been called by the Senate Committee on Foreign Relations.
Kissinger had never been chosen at all. It does not relate philosophy to individual reactions but remains at a global level of force. Nixon’s confidence in the professor in matters of an internal nature scares the members of the Republican National Committee. These worthy characters consider Kissinger a double-edged sword. Some respect the use by Nixon of the services of an extraordinary scholar. Others are instinctively suspicious to see in Henry a strange alien character that could drag the United States into a cataclysmic war.

Being seen with many women is beneficial to their manhood and that is always more attractive. If he declines to comment on them, he becomes the courteous gentleman who does not say so. Naturally, if they overwhelm him too much, he takes on his role as presidential adviser and hides in the dignity and secrecy of his position. How is it possible, says the innocent Henry, that these women go down to the point of trading their name? Be that as it may, the Kissinger myth continues to be built. And his companions are increasingly better built.

In July of the year 1971 the president appeared before the television cameras and in a spectacular turn he announced that he would move to Beijing to foster better relations. Kissinger had won.
The policy of the two Chinas, of which Kissinger was a supporter and to which Nixon was bound by his earlier assertions in relation to Formosa, was a failure. Despite the support of the United States in public and in the back room of the National Security Council, the Chang Kai Chek government was expelled from the United Nations.
As inconsequential as Nixon’s change in his policy towards China was, this change was an intelligent political step. It was likely that Beijing would have sat down anyway in the United Nations in 1972, despite the American opposition. Chang Kai Chek as a man and leader had lost strength and almost all Americans understood that new relations with China were necessary.
One of the problems that is not discussed when the president of the United States leaves the country is security. Henry Kissinger knew that when President Richard Nixon was spat upon in South America, he would have been able to reach a bullet with the same ease as saliva. It is traditional to trust that the host country, communist or not, will be in charge of protection. The theory is that these countries could not tolerate the commitment of an assassination attempt in the eyes of the world. Despite the tradition, it was agreed that the United States would be responsible for the protection of its head of state, for which secret service personnel and military personnel would be used. The truth about the number of secret guards used was kept in greater secrecy than the date of departure of the president. It is believed that when the president attended a Chinese sporting event, no less than 1,100 security officers were on duty to prevent any young fanatical communist from being dismissed.
Kissinger was already well known when he arrived in China. The censorship imposed in Chinese newspapers on most American events was temporarily suppressed. He was portrayed as a hero and a great thinker. In communist nations, when newspapers speak favorably of a visitor, this indicates to the public that it is a well-received guest who can be treated with cordiality.
Kissinger told the press that in China’s long history, this millennial country had never faced the problem of journalistic information about the journey of an American president.
It was interesting to see Kissinger fall into the trap of expressing an opinion about whether the base of power was in communist China. In the course of that press conference, they were asked specific questions about the internal problems of the communist government. Kissinger replied tactfully that the president’s visit did not authorize Americans to make conjectures about the internal conditions of that country.

Kissinger was concerned about her reputation as a constant companion to attractive movie actresses. He felt the need to present himself to the Chinese with a much more conservative air. Middle America would not have tolerated the cleavage of Jill St. John in the photograph of the departure of the presidential emissary on an extremely delicate mission. At similar times, Kissinger worries about his 1964 divorce and about how officials in a nation in which divorce is infrequent will react to him. Much of his calm and easy-going manners disguise in reality the insecurity felt by anyone who faces a monumental task.
Kissinger describes his team of young collaborators as magnificent representatives of the young American femininity. Julie and Diane are used to their compliments and reject compliments.
Kissinger will never win a prize for his good relations with his employees. She changes helpers more quickly than some of her friends do. At least one of his former senior assistants passed from Henry’s office in the White House to a nursing home. Another was transferred to a diplomatic position to calm down after not having managed to keep pace with Kissinger’s work.

Is not it ironic that the delegation of one of the world’s great powers came to New York protected by diplomatic immunity and provided with a pass for the United Nations and that, technically speaking, the United States did not recognize the existence of their country or even Could you establish diplomatic relations with it?

Kissinger is often photographed, but rarely heard. Some presidential advisers continue to fear the reaction of the American public to the accused and guttural German accent that seems to be the humanization of Dr. Strangelove. But from time to time it is necessary to get Kissinger’s voice out of the closet and allow him to do more than nod and smile.

Henry Kissinger received on October 16, 1973 the news that he had been awarded the Nobel Peace Prize for his efforts in favor of the end of the Vietnam War, a fact that deeply moved him. «Nothing that happened to me in my public life,» he said, «has thrilled me as much as this prize.»
He should have shared the prize with the head of the North Vietnamese delegation, Le Duc Tho. But the North Vietnamese Politburo member rejected the award in October. «In South Vietnam, no real peace has been achieved,» he said. In such circumstances, I find it impossible to accept the prize. «He implied, however, that he might agree to accept it in the future, when peace» would have been fully established in South Vietnam. »
Kissinger did not comment on the rejection of the award by Tho, but other people did. A spokesman for the South Vietnamese government said that awarding the prize to Tho was «like granting the title of» chastity «to a prostitute or a ruffian.»
In Paris, a Vietcong spokesperson praised Tho’s choice and added: «As for Kissinger, he surprises me.» The representatives of the Norwegian left wing urged Tho to refuse to share the prize with Kissinger.

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