El Club De Los Metafísicos: Historia De Las Ideas En América — Louis Menand / The Metaphysical Club: A Story of Ideas in America by Louis Menand

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El Club de los metafísicos, de Louis Menand, es muy recomendable para mí. En aras de una divulgación completa, esta es una historia del período que se centra en las filosofías, definida como nuestro intento de comprender, explicar y poner en un contexto significativo las acciones pasadas y actuales. En otras palabras, es una explicación de por qué hacemos lo que hacemos.
Obviamente, el período en cuestión se refería a la raza, dado que la institución de la esclavitud acababa de ser abolida y eso significaba redefinir el papel en el orden social de los esclavos emancipados.
Y luego estaba todo el Darwinismo y conflictos con la religión. Pero, más allá de lo obvio, la aparición del pensamiento darwinista planteó la cuestión de cómo las diferencias «individuales» de un tipo general (especie o subespecie) se desarrollaron en la ecuación de supervivencia.
La probabilidad también comenzó a reemplazar el pensamiento que subordinaba al individuo al tipo general. Si bien la probabilidad había surgido en la Europa del siglo XVIII, fue en el período posterior a la Guerra Civil y en el surgimiento del pensamiento darwinista que comenzó a convertirse en una influencia en América. Hay una descripción risueña de cómo el equipo de padre e hijo de Charles & Benjamin Pierce empleó el análisis de probabilidad para determinar que una firma en un caso civil era realmente fraudulenta, contradiciendo el consenso de los expertos en escritura a mano.
El reconocimiento de la incertidumbre que sigue sobre la aleatoriedad de la selección natural y las leyes de la naturaleza se deslizó hacia un orden social que dependía fuertemente de apuntalar la sabiduría convencional derivada de las acciones inexplicablemente misteriosas de ese blanco enloquecido en el discurso De Dios.
Por supuesto, causa y efecto fueron redefinidos.
El enfoque de Menand depende de bocetos biográficos de figuras clave de la época, empezando por Oliver Wendell Holmes, cuya teoría predictiva de la ley sostiene que la ley es lo que los jueces dicen que es y la experiencia de decidir la ley es colectiva y consensuada (alguien quiere llamar a Scalia, Thomas y Alito para darles una pista?).
La mayoría de las figuras eran nuevas para mí, incluyendo: el padre / hijo Henry y William James, los Fraziers, y John Dewey especialmente.
Tan seco como pueda parecer, en manos de Menand no lo es. La filosofía occidental no es mi zona de confort. El filosofar oriental, especialmente el budismo, tiene mucho más sentido para mí al poner la experiencia en un contexto significativo. Pero la habilidad de Menand para escribir y explicar la filosofía relacionándola con las experiencias del momento, hace que la lectura sea más significativa y convincente. De hecho, encontré que TMC es un poco turbador de páginas. Este es un libro que volveré a leer y espero leer otras obras de Menand.

La secesión permitió que durante cuatro años el Norte fijara las condiciones para la expansión nacional sin la interferencia del Sur, y el Congreso de la época de la guerra no desperdició la oportunidad. Ese Congreso fue uno de los más activos de la historia americana. Apoyó la enseñanza científica y la investigación; estableció el primer sistema de tributación nacional y creó la primera moneda nacional importante; hizo posible la construcción de universidades públicas y la finalización de la vía férrea transcontinental. Convirtió al gobierno federal en el motor legislativo del progreso social y económico, y ayudó a ganar la guerra. La derrota militar de la Confederación hizo del Partido Republicano la fuerza dominante de la política nacional después de 1865, y ese partido fue el impulsor de la empresa. Durante más de treinta años un fuerte gobierno central protegió y promovió el predominio del capitalismo industrial y el modo de vida asociado a él, aquel al que denominamos «moderno».
Hasta cierto punto, el resultado de la Guerra Civil vino a ser, tal como Lincoln esperaba, una ratificación del experimento americano.

La Guerra Civil barrió con la civilización esclavista del Sur, pero barrió también casi toda la cultura intelectual del Norte. A Estados Unidos le llevó casi cincuenta años crear una cultura que la reemplazara, hallar un nuevo conjunto de ideas y un modo de pensar que ayudara a la gente a afrontar las condiciones de la vida moderna. Oliver Wendell Holmes, William James, Charles S. Peirce y John Dewey. Todos ellos tenían personalidades muy definidas y no siempre estuvieron de acuerdo entre sí, pero sus carreras se entrecruzaron en muchos puntos y a la conjunción de todos ellos, más que a cualquier otro grupo, se debió el ingreso del pensamiento americano en el mundo moderno. No sólo ejercieron una influencia sin igual sobre otros autores y pensadores, sino también sobre la vida americana. Sus ideas cambiaron el modo en que pensaban —y siguen pensando— los americanos sobre la educación, la democracia, la libertad, la justicia y la tolerancia. Y, en consecuencia, cambiaron el modo en que viven los americanos, el modo en que aprenden, el modo en que expresan sus ideas, el modo en que se entienden a sí mismos y el modo en que tratan a la gente diferente de ellos.

El abolicionismo surgió del Segundo Gran Despertar, el renacimiento evangélico que atravesó Nueva Inglaterra y luego la región norteña del estado de Nueva York entre 1800 y 1840, y que también dio origen a las campañas antialcohólicas, los derechos de las mujeres y otros movimientos de reforma social, además de varias sectas utópicas y religiosas, entre ellas la de los mormones. Las bases del movimiento abolicionista fueron, pues, espirituales y antiinstitucionales. El abolicionismo fue un partido para gente que no creía en los partidos, una paradójica ley de atracción que resultó adecuarse idealmente a una cultura unitaria, trascendentalista y, en general, poscalvinista como la de Nueva Inglaterra, una cultura cada vez más obsesionada por la autoridad moral de la conciencia individual. La Sociedad Antiesclavista Americana, el núcleo organizador del movimiento, tenía relativamente pocos miembros, porque la pertenencia a una organización, como ocurre en otros casos, tiende a comprometer la visión interior. Pero contaba con muchos compañeros de viaje.
Sosteniendo que todo sistema que tolerara la esclavitud era malo, los abolicionistas más extremos se negaban a ayudar a que circularan las peticiones antiesclavistas llegadas al Congreso desde el Norte en respuesta a la ley mordaza.
A pesar de su desacuerdo en cuanto a los abolicionistas, las relaciones del doctor Holmes con Emerson se mantuvieron bastante amistosas, y parece haber conservado su estima por la obra de Emerson.
Uno de los efectos que tuvo la Guerra Civil sobre la cultura americana fue reemplazar el sentimiento de segregación con el sentimiento de nación, y la consciente transformación de Holmes de provinciano en cosmopolita coincidió con esta evolución más general. Pero le dio una distancia que a veces equivalía a una ceguera para lo local, lo práctico y lo particular, que suelen ser bastante importantes para la mayoría de las personas. La necesidad de desarraigarse fue tan fuerte en Holmes que llegó a sentir aversión casi por la idea misma de suelo.

Henry James padre era un platónico. Creía (siguiendo a Swedenborg) que hay dos ámbitos, uno visible y uno invisible, y que el ámbito invisible, al que denominaba el ámbito del amor divino, era el real. De esta premisa se derivan las habituales conclusiones: la humanidad está ahora separada de lo verdadero y lo real; su destino es llegar a la consumación pensada para ella por Dios; los filósofos están aquí para ayudarnos a entender qué es esa consumación. La particular concepción de James derivaba en parte de su lectura de Swedenborg y en parte de un escritor con el que Swedenborg a menudo era vinculado en el siglo XIX, el socialista francés Charles Fourier: «El destino del hombre está en la tierra», como expresó James en Substance and Shadow [Sustancia y sombra] (1863), «… consiste en la realización de una sociedad perfecta; camaradería o hermandad entre los hombres».
El principal impedimento para alcanzar ese estado redimido era la creencia en una individualidad independiente (lo que Swedenborg denominaba lo «propio»). James consideraba esta creencia «la gran fuente de todos los males que afligen a la humanidad».

Louis Agassiz fue el hombre por quien se creó la Escuela Científica Lawrence. Nació en Suiza en 1807 y gozó de un precoz éxito europeo, gracias en parte a una energía y una habilidad excepcionales, y en parte al don de hacerse agradable a las personas que estaban en condiciones de promocionar su carrera. Cuando tenía veinticinco años, se había convertido en el protegido de dos de las principales figuras científicas de Europa: el paleontólogo francés Georges Cuvier y el naturalista prusiano Alexander von Humboldt. En 1832, Cuvier le hizo el favor adicional, sin duda no deseado, de morirse, poco después de poner a su cargo una valiosa colección de fósiles marinos, y Agassiz, con sus investigaciones y publicaciones, pronto sucedió a Cuvier como la principal autoridad en ese campo. Pero su más grande y temprano mérito para alcanzar la fama lo obtuvo en otra área de las ciencias naturales: fue uno de los descubridores del Período Glacial.
Agassiz, además, no podía transigir en una solución de compromiso. Por su parte no podía separar lo fenoménico de lo trascendental: su entero sistema estaba unido a la creencia de que todo el orden observable en la naturaleza es prima facie prueba de una intención sobrenatural. Las especies, insistía, eran «categorías de pensamiento encarnadas en formas vivas individuales» y la historia natural era en última instancia «el análisis de los pensamientos del Creador del Universo, como se manifestaban en los reinos animal y vegetal». Esta intransigencia lo dejaría, a partir de 1860, con muy pocos aliados científicos en Cambridge. Se vio reducido a confiar en el apoyo de personas como Francis Bowen, el profesor de filosofía de Harvard que había hecho campaña contra Emerson.

La ley de los errores surgió de dos cuerpos de pensamiento estrechamente relacionados, originados ambos en el siglo XVII: la teoría de la probabilidad, que trataba de entender los acontecimientos fortuitos, como echar los dados, y la estadística, que intentaba medir fenómenos fluctuantes de gran escala, como tasas de natalidad y expectativas de vida. Esas dos líneas de pensamiento convergieron hacia 1800 en el campo de la astronomía.
Si un equipo de astrónomos desea trazar la posición de una estrella, los resultados que obtienen casi siempre varían. Surge el mismo problema cuando un solo astrónomo hace observaciones múltiples de la misma estrella. De hecho, cuando repetidamente medimos algo con exactitud, en general obtenemos discrepancias en los resultados. En el caso de la astronomía, las discrepancias pueden tener muchas causas: los cambios en las condiciones atmosféricas, los efectos de la temperatura o la humedad sobre el aparato, la capacidad desigual de visión entre los observadores, y la sencilla y vieja ineptitud humana. Pero esas causas son en gran medida indetectables, esto conlleva a la lay de la probabilidad.
La conclusión de Peirce era que el conocimiento debe ser, por lo tanto, social. Ésa fue su contribución más importante al pensamiento americano, y cuando recordaba, avanzada su vida, cómo llegó a formularla, la describía adecuadamente como el producto de un grupo. Se refería a la asociación que había formado con William James, Oliver Wendell Holmes hijo y otros pocos con la finalidad de conversar en Cambridge en 1872, el grupo conocido como el Metaphysical Club.
Al fin, el Metaphysical Club se disolvió porque la Universidad de Harvard fue reformada. En 1869, Charles William Eliot había sido nombrado rector de Harvard. La disciplina de Eliot era la química, y había pertenecido al cuerpo docente de la Escuela Científica Lawrence. Pero Eliot no era un químico competente, y se había retirado de Harvard en 1863 cuando no fue tenido en cuenta para una nueva cátedra en química. El puesto, la cátedra Rumford, se asignó a Wolcott Gibbs (que sí era un químico competente). Cuando Harvard lo convocó para el rectorado, Eliot formaba parte del cuerpo de profesores del Instituto de Tecnología de Massachusetts, recientemente fundado en Boston como escuela preparatoria de los estudiantes de las profesiones científicas. Su nombramiento constituía el reconocimiento de que la educación superior americana estaba cambiando —que la ciencia, no la teología, era el núcleo educacional del futuro— y de que Harvard corría el peligro de perder su prestigio. Harvard escogió a Eliot porque deseaba la reforma, y Eliot no decepcionó. Se convirtió en el mayor profesionalizador de la historia de la educación superior americana.

Dewey era más radical que la mayoría de los liberales americanos porque concedía un valor más alto a la solidaridad que a la independencia. Aunque nunca fue un socialista, sus ideas políticas se acercaban más al socialismo que al liberalismo benefactor del New Deal: votó a Norman Thomas y contra Franklin Roosevelt tres veces. Pero Dewey era también más conservador que muchos liberales americanos, porque rehusaba considerar la perpetuación de las formas modernas de organización social y económica como algo necesariamente malo, o que desplazaban modos de vida que la gente lamentaría abandonar. Creía que la gente podía lograr la satisfacción —la «autorrealización», para emplear su terminología— en el mundo en que se encontraba. Esto significaba (y es aquí donde entraba la filosofía) entender el mundo y su relación con uno mismo de una manera nueva. Dewey repensó la relación entre libertad y conformidad. A diferencia de casi todos los demás pensadores serios de su tiempo, se sentía cómodo en la modernidad.

El primero de los trascendentalistas de Vermont fue James Marsh. Había nacido en Hartford, Vermont, en 1794 y asistido al Dartmouth College en el que resultó ser el momento más famoso de su historia. También fue un momento de definición para Marsh.
Dartmouth fue creada por un religioso de Connecticut llamado Eleazar Wheelock con el dinero que, en Inglaterra, un grupo liderado por el conde de Dartmouth destinó a una escuela benéfica para los americanos nativos. En 1769, Wheelock logró que la real colonia de New Hampshire le concediera tierras para establecer su colegio junto al río Connecticut, en Hanover. El gobierno colonial otorgó al colegio una carta de concesión fundacional, que estipulaba que estaría dirigido por una junta de doce directores, con poder para destituir al rector, que Wheelock sería el primero y que tendría el derecho de nombrar a su sucesor. Como era característico del método de Wheelock de hacer negocios así; esa carta contestaba el convenio acordado con los británicos que apoyaban el proyecto.

Rockfeller tenía en general una actitud de benevolente desinterés respecto de las cuestiones políticas en la Universidad de Chicago, era diligente en su supervisión de los asuntos presupuestarios, y Harper, cuyos instintos eran expansivos y caros, tenía dificultades para mantener los déficit dentro de límites aceptables para su principal benefactor. Por lo tanto, prefería que la Escuela Laboratorio se autofinanciara con la enseñanza y las donaciones, a pesar de la idea de Dewey de que debía recibir fondos a la par con cualquier otro laboratorio de la universidad. No obstante, Harper insistía en revisar el presupuesto de la escuela. Dewey empleaba mucha de su energía en justificar los gastos de su escuela a una administración que no contribuía de manera significativa a sus ingresos. Eso no fomentaba relaciones armoniosas.
En 1901, en una actuación característicamente adquisitiva, Harper anunció que la escuela elemental y el instituto de instrucción para maestros del coronel Parker se incorporaban a la universidad. Parker era casi una figura de culto en los círculos educacionales, y llegó a la universidad con una protectora, Anita McCormick Blaine, cuya fortuna se debía a la segadora McCormick y que había donado a sus escuelas un millón de dólares. Cómo ocuparía Parker el mismo espacio institucional y financiero que Dewey era una cuestión delicada, aunque la dificultad desapareció porque Parker murió inesperadamente en 1902.
Pero sus escuelas ya se habían incorporado a la universidad y Harper ansiaba mantener satisfecha a Anita Blaine conservándolas y sosteniéndolas. A sugerencia de Dewey, se decidió combinar la escuela elemental de Parker con la Escuela Laboratorio, con Dewey a cargo de la escuela y de cualquier otro aspecto de los programas educacionales de la universidad, que incluían un Departamento de Pedagogía, una escuela secundaria y una escuela de enseñanza manual. Dewey había nombrado a su esposa directora de la Escuela Laboratorio, y decidió que continuara como directora de la escuela combinada recién configurada.
Alice Dewey no parece haber poseído sólidas capacidades personales.

La amistad entre Oliver Wendell Holmes y William James empezó a disolverse en la década de 1870, no mucho después de que el Metaphysical Club concluyera su breve existencia. En parte, la disolución se debió al normal debilitamiento de los vínculos de la atracción masculina juvenil en presencia de otro tipo de atracción. Holmes se casó con Fanny Dixwell en 1872, James con Alice Gibbens en 1878. Pero en parte fue la consecuencia de una decisión de cada uno de los amigos de que lo que parecía una estimulante diferencia de opiniones era también una diferencia personal lo bastante profunda como para generar incompatibilidad. En la disputa entre James y Chauncey Wright —la disputa acerca de si nuestros deseos y anhelos tienen algún efecto sobre el funcionamiento del universo—, Holmes hizo inequívoca causa común con Wright. Llegó a juzgar a James un blando de corazón incurable, y en respuesta, James pensó que Holmes era un testarudo que resultaba repelente.

La amistad entre Oliver Wendell Holmes y William James empezó a disolverse en la década de 1870, no mucho después de que el Metaphysical Club concluyera su breve existencia. En parte, la disolución se debió al normal debilitamiento de los vínculos de la atracción masculina juvenil en presencia de otro tipo de atracción. Holmes se casó con Fanny Dixwell en 1872, James con Alice Gibbens en 1878. Pero en parte fue la consecuencia de una decisión de cada uno de los amigos de que lo que parecía una estimulante diferencia de opiniones era también una diferencia personal lo bastante profunda como para generar incompatibilidad. En la disputa entre James y Chauncey Wright —la disputa acerca de si nuestros deseos y anhelos tienen algún efecto sobre el funcionamiento del universo—, Holmes hizo inequívoca causa común con Wright. Llegó a juzgar a James un blando de corazón incurable, y en respuesta, James pensó que Holmes era un testarudo que resultaba repelente.
El pluralismo cultural parece violar la premisa de su concepto filosófico primero. Todo el propósito de la expresión filosófica, como escribió Dewey en su entrada sobre «Pluralismo» para el Dictionary of Philosophy and Psychology [Diccionario de filosofía y psicología] de James Mark Baldwin en 1902, era fijar las bases para «la posibilidad del cambio real, […] la posibilidad de variedad real, […] [y] la posibilidad de libertad» todo porque el pluralismo considera las cosas individuales, y por lo tanto a los seres humanos individuales, no como aspectos parciales de unos todos metafísicos más grandes, sino como completos en sí mismos, en libertad para entrar en relaciones según las elijan o según se desarrolle la vida. La cultura no es una adquisición individual, es el nombre de un conjunto de productos, prácticas y perspectivas de los cuales pueden valerse los individuos. En las sociedades modernas, que son la clase de sociedades que contemplaban Locke y Bourne y Dewey, la cultura es un Cubo de Rubik de posibilidades. El argumento de Bentley acerca de los grupos de interés político también corresponde a la cultura: cada combinación produce una nueva relación entre los elementos. Lo único prescriptivo que se puede decir sobre la cultura como asunto político es que cuanto más acceso tienen los individuos a lo que sea que han producido otros seres humanos, mayor es el número de nuevas combinaciones posibles. Dado que no hay salida del Cubo, lo más útil es asegurarse un grado de libertad dentro del mismo.

La coerción es natural, la libertad es artificial. Las libertades son espacios diseñados socialmente donde las partes dedicadas a intereses específicos gozan la protección de las partes que de otra manera naturalmente buscarían inmiscuirse en esos intereses. Por lo tanto, la libertad de una persona está siempre bajo la restricción de otra persona: ni siquiera tendríamos el concepto de libertad si la realidad de la coerción no estuviera ya presente. Pensamos en una libertad como en un derecho y, por lo tanto, lo opuesto de una regla, pero un derecho es una regla. Es una prohibición contra las sanciones en ciertos tipos de conducta. También pensamos en los derechos como privilegios retenidos por individuos contra el resto de la sociedad, pero los derechos no se crean para el bien de los individuos, sino para el bien de la sociedad. Las libertades individuales son manufacturadas para lograr fines de grupo.
Este modo de pensar sobre las libertades ayuda a explicar por qué las dos personas más estrechamente relacionadas con el establecimiento de los principios modernos de la libertad de pensamiento y de expresión en Estados Unidos eran indiferentes a la noción de los derechos individuales. John Dewey y Oliver Wendell Holmes no tenían ningún interés particular en proporcionar un beneficio a las personas a expensas del grupo. Dewey derivaba un amable placer y Holmes un placer cínico del espectáculo de los deseos personales subordinados a la voluntad de la comunidad. Pero ambos veían la utilidad social de crear una zona de protección para el pensamiento y la expresión individuales, y las libertades que ayudaron a establecer son responsables de mucho de lo que es distintivo en la vida americana en el siglo XX y después.
La libertad académica y la libertad de expresión son quintaesencialmente principios modernos. Dado que la característica que define la vida moderna es el cambio social —hacia delante, hacia un futuro que está siempre haciéndose— surge continuamente el problema de la legitimidad. En una sociedad premoderna, la legitimidad descansa en la autoridad hereditaria y la tradición, y en una sociedad que se moderniza, la clase de sociedad en que vivieron y escribieron Louis Agassiz, Oliver Wendell Holmes padre y Benjamin Peirce, la legitimidad tiende a trasladarse de los líderes y las costumbres a la naturaleza. Agassiz y Holmes padre y Benjamin Peirce suponían que los arreglos sociales se justificaban si correspondían al diseño del mundo natural, y otro tanto hacían Adolphe Quetelet, Henry Thomas Buckle, Thomas Huxley y William Graham Sumner. Pero en las sociedades dedicadas a transformar el pasado, y a tratar la naturaleza misma como un proceso de transformación incesante, ¿cómo podemos confiar en la afirmación de que un estado de las cosas particular es legítimo?.
La solución ha sido desplazar el tótem de la legitimidad de las premisas a los procedimientos. Sabemos que un resultado es correcto no porque derivó de principios inmutables, sino porque se obtuvo siguiendo los procedimientos correctos. La ciencia se hizo moderna cuando se concibió no como una confirmación empírica de verdades derivadas de una fuente independiente, la revelación divina, sino simplemente como lo que resultó del empleo de métodos científicos de investigación. Si esos métodos eran científicos, el resultado debía ser ciencia.
Holmes no compartía con ellos era su optimismo. No creía que el espíritu experimental necesariamente nos conduzca, al fin, por el camino correcto. La democracia es un experimento, y es propio de la naturaleza de los experimentos fallar en ocasiones. El ya la había visto fallar una vez.

Estamos lejos de 1872, cuando los miembros del misterioso Metaphysical Club se reunieron en Cambridge para conversar sobre el lugar de las ideas en su mundo de posguerra. Es cierto que ellos, y el modo en que pensaban, pueden parecernos familiares hoy de maneras misteriosas. Pero vale la pena tratar de ver qué extraños, de manera casi inimaginable, eran ellos y su mundo. La relevancia y la extrañeza están unidas para siempre en su pensamiento.

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The Metaphysical Club, by Louis Menand, was highly recommended to me. In the interest of full disclosure, this is a history of the period that focuses on philosophies, defined as our attempt to understand, explain, and put into a meaningful context past and current actions. In other words, it’s an explanation of why we do what we do.
Obviously the period in question dealt with race, given that the institution of slavery was just abolished and that meant redefining the role in the social order for emancipated slaves.
And then there was that whole Darwinism thing and conflicts with religion. But, beyond the obvious, the emergence of Darwinian thinking brought up the question about how «individual» differences from a general type (species, or subspecies) played out in the survival equation.
Probability also began to replace thinking that subordinated the individual to the general type. While probability had emerged in 18th century Europe, it was in the post Civil War period and the emergence of Darwinian thinking that it began to become an influence in America. There’s a laugh-out-loud description of how the father/son team of Charles & Benjamin Pierce employed probability analysis to determine that a signature in a civil case was indeed fraudulent, contradicting the consensus of handwriting experts.
The recognition of uncertainty that follows on the randomness of natural selection and the laws of nature crept into a social order that heavily depended on shoring up conventional wisdom derived from the inexplicably mysterious actions of that crazed white guy at the address of G-o-d.
Of course, cause and effect were redefined.
Menand’s approach hinges on biographical sketches of key figures of the time, starting with Oliver Wendell Holmes, whose predictive theory of the law holds that the law is what judges say it is and the experience of deciding the law is collective and consensual (someone want to call Scalia, Thomas, and Alito to clue them in?).
Most of the figures were new to me, including: the father/son Henry and William James, the Fraziers, and John Dewey especially.
As dry as this might sound, in Menand’s hands it isn’t. Western philosophy is not my comfort zone. Eastern philosophizing, especially Buddhism, makes far more sense to me in putting experience into a meaningful context. But Menand’s skill in writing and explaining philosophy by relating it to the experiences of the time make for a most meaningful and compelling read. I actually found TMC to be a bit of a page turner.
This is a book that I will reread and I look forward to reading other of Menand’s works.

Secession allowed for four years the North to set the conditions for national expansion without interference from the South, and the Congress of the time of the war did not waste the opportunity. That Congress was one of the most active in American history. He supported scientific teaching and research; established the first national tax system and created the first important national currency; made possible the construction of public universities and the completion of the transcontinental railroad. It turned the federal government into the legislative engine of social and economic progress, and helped win the war. The military defeat of the Confederation made the Republican Party the dominant force of national politics after 1865, and that party was the driving force behind the company. For more than thirty years a strong central government protected and promoted the predominance of industrial capitalism and the way of life associated with it, the one we call «modern».
To some extent, the result of the Civil War became, as Lincoln expected, a ratification of the American experiment.

The Civil War swept the slave civilization of the South, but it also swept almost all of the intellectual culture of the North. It took the United States nearly fifty years to create a culture that would replace it, find a new set of ideas and a way of thinking that would help people cope with the conditions of modern life. Oliver Wendell Holmes, William James, Charles S. Peirce and John Dewey. All of them had very defined personalities and they did not always agree with each other, but their careers intersected in many points and the conjunction of all of them, more than any other group, was the entry of American thought into the modern world. They not only exerted an influence without equal on other authors and thinkers, but also on the American life. His ideas changed the way Americans thought about-and continue to think-about education, democracy, freedom, justice and tolerance. And, consequently, they changed the way Americans live, the way they learn, the way they express their ideas, the way they understand themselves and the way they treat people differently from them.

Abolitionism emerged from the Second Great Awakening, the evangelical rebirth that spanned New England and then the northern region of the state of New York between 1800 and 1840, and which also gave rise to anti-alcohol campaigns, women’s rights and other reform movements social, in addition to various utopian and religious sects, including that of Mormons. The bases of the abolitionist movement were, therefore, spiritual and anti-institutional. Abolitionism was a party for people who did not believe in parties, a paradoxical law of attraction that was ideally suited to a unitary culture, transcendentalist and, in general, post-Calvinist like New England, a culture increasingly obsessed by authority moral of the individual conscience. The American Anti-Slavery Society, the organizing nucleus of the movement, had relatively few members, because belonging to an organization, as in other cases, tends to compromise the inner vision. But he had many travel companions.
Holding that any system that tolerated slavery was bad, the most extreme abolitionists refused to help circulate antislavery petitions that came to Congress from the North in response to the gag law.
Despite his disagreement over the abolitionists, Dr. Holmes’s relations with Emerson remained quite friendly, and he seems to have retained his esteem for Emerson’s work.
One of the effects of the Civil War on American culture was to replace the feeling of segregation with the feeling of nation, and the conscious transformation of Holmes from provincial to cosmopolitan coincided with this more general evolution. But it gave him a distance that sometimes amounted to a blindness for the local, the practical and the particular, which are usually quite important for most people. The need to uproot was so strong in Holmes that he came to dislike almost the very idea of ​​soil.

Henry James Sr. was a Platonist. He believed (following Swedenborg) that there are two realms, one visible and one invisible, and that the invisible realm, which he called the domain of divine love, was the real one. From this premise derive the usual conclusions: humanity is now separated from the true and the real; her destiny is to reach the consummation intended for her by God; the philosophers are here to help us understand what that consummation is. James’s particular conception derived in part from his reading of Swedenborg and partly from a writer with whom Swedenborg was often linked in the nineteenth century, the French socialist Charles Fourier: «The destiny of man is on earth,» as James expressed in Substance and Shadow (1863), «… consists in the realization of a perfect society; camaraderie or brotherhood among men ».
The main impediment to achieving that redeemed state was the belief in an independent individuality (what Swedenborg called the «self»). James considered this belief «the great source of all the evils that afflict humanity.»

Louis Agassiz was the man for whom the Lawrence Scientific School was created. He was born in Switzerland in 1807 and enjoyed a precocious European success, thanks in part to exceptional energy and ability, and partly to the gift of making himself pleasant to people who were in a position to promote his career. When he was twenty-five years old, he had become the protégé of two of the leading scientific figures in Europe: the French paleontologist Georges Cuvier and the Prussian naturalist Alexander von Humboldt. In 1832, Cuvier did him the additional, undoubtedly unwanted, favor of dying shortly after placing a valuable collection of marine fossils in his charge, and Agassiz, with his research and publications, soon succeeded Cuvier as the chief authority in that field. But his greatest and earliest merit to achieve fame was obtained in another area of ​​the natural sciences: he was one of the discoverers of the Ice Age.
Agassiz, moreover, could not compromise on a compromise solution. On the other hand, he could not separate the phenomenal from the transcendental: his entire system was linked to the belief that all the observable order in nature is prima facie evidence of a supernatural intention. Species, he insisted, were «categories of thought embodied in individual living forms» and natural history was ultimately «the analysis of the thoughts of the Creator of the Universe, as manifested in the animal and vegetable kingdoms.» This intransigence would leave him, from 1860, with very few scientific allies in Cambridge. He was reduced to trusting the support of people like Francis Bowen, the Harvard philosophy professor who had campaigned against Emerson.

The law of errors arose from two closely related bodies of thought, both originated in the seventeenth century: the theory of probability, which tried to understand fortuitous events, such as throwing the dice, and statistics, which tried to measure fluctuating phenomena of large scale, such as birth rates and life expectancies. These two lines of thought converged around 1800 in the field of astronomy.
If a team of astronomers wants to plot the position of a star, the results they obtain almost always vary. The same problem arises when a single astronomer makes multiple observations of the same star. In fact, when we repeatedly measure something accurately, we generally get discrepancies in the results. In the case of astronomy, discrepancies can have many causes: changes in atmospheric conditions, the effects of temperature or humidity on the apparatus, the unequal capacity of vision among observers, and the simple and old human ineptitude. But those causes are largely undetectable, this leads to the lay of probability.
Peirce’s conclusion was that knowledge must be, therefore, social. That was his most important contribution to American thought, and when he remembered, advanced his life, how he came to formulate it, he properly described it as the product of a group. He was referring to the association he had formed with William James, Oliver Wendell Holmes Jr. and a few others for the purpose of conversing at Cambridge in 1872, the group known as the Metaphysical Club.
In the end, the Metaphysical Club was dissolved because Harvard University was reformed. In 1869, Charles William Eliot had been appointed rector of Harvard. The discipline of Eliot was chemistry, and had belonged to the faculty of the Lawrence Scientific School. But Eliot was not a competent chemist, and he had retired from Harvard in 1863 when he was not considered for a new chair in chemistry. The post, the Rumford chair, was assigned to Wolcott Gibbs (who was a competent chemist). When Harvard called him to the rectory, Eliot was part of the faculty of the Massachusetts Institute of Technology, recently founded in Boston as a preparatory school for students of the scientific professions. His appointment was the recognition that American higher education was changing-that science, not theology, was the educational core of the future-and that Harvard was in danger of losing its prestige. Harvard chose Eliot because he wanted reform, and Eliot did not disappoint. He became the greatest professionalist in the history of American higher education.

Dewey was more radical than most American liberals because he placed a higher value on solidarity than on independence. Although he was never a socialist, his political ideas were closer to socialism than to the benevolent liberalism of the New Deal: he voted for Norman Thomas and against Franklin Roosevelt three times. But Dewey was also more conservative than many American liberals, because he refused to consider the perpetuation of modern forms of social and economic organization as necessarily bad, or that displaced ways of life that people would regret abandoning. He believed that people could achieve satisfaction-the «self-realization,» to use their terminology-in the world in which they found themselves. This meant (and this is where philosophy came in) to understand the world and its relation to oneself in a new way. Dewey rethought the relationship between freedom and conformity. Unlike most other serious thinkers of his time, he felt comfortable in modernity.

The first of Vermont’s transcendentalists was James Marsh. He was born in Hartford, Vermont, in 1794 and attended Dartmouth College in what turned out to be the most famous moment in his history. It was also a defining moment for Marsh.
Dartmouth was created by a Connecticut religious named Eleazar Wheelock with money that, in England, a group led by the Earl of Dartmouth earmarked for a charity school for Native Americans. In 1769, Wheelock obtained that the real colony of New Hampshire granted earth to him to establish its school next to Connecticut River, in Hanover. The colonial government granted the college a charter of foundation concession, which stipulated that it would be headed by a board of twelve directors, with power to remove the rector, that Wheelock would be the first and that he would have the right to appoint his successor. As was characteristic of Wheelock’s method of doing business like that; That letter answered the agreement agreed with the British who supported the project.

Rockfeller generally had an attitude of benevolent disinterest in political issues at the University of Chicago, was diligent in his oversight of budgetary matters, and Harper, whose instincts were expansive and expensive, had difficulty keeping deficits within acceptable limits. for your main benefactor. Therefore, he preferred that the School Laboratory self-finance with teaching and donations, despite Dewey’s idea that he should receive funds on par with any other laboratory in the university. However, Harper insisted on reviewing the school’s budget. Dewey used a lot of his energy to justify the expenses of his school to an administration that did not contribute significantly to his income. That did not encourage harmonious relationships.
In 1901, in a characteristically acquisitive performance, Harper announced that the elementary school and the institute of instruction for teachers of colonel Parker were joining the university. Parker was almost a cult figure in educational circles, and he arrived at the university with a protector, Anita McCormick Blaine, whose fortune was due to the mower McCormick and who had donated one million dollars to his schools. How Parker would occupy the same institutional and financial space that Dewey was a sensitive issue, although the difficulty disappeared because Parker died unexpectedly in 1902.
But their schools had already joined the university and Harper longed to keep Anita Blaine satisfied by keeping them and sustaining them. At Dewey’s suggestion, it was decided to combine Parker’s elementary school with the School Laboratory, with Dewey in charge of the school and any other aspect of the university’s educational programs, which included a Department of Pedagogy, a secondary school and a Manual teaching school. Dewey had appointed his wife director of the School Laboratory, and decided to continue as director of the newly formed combined school.
Alice Dewey does not seem to have possessed solid personal abilities.

The friendship between Oliver Wendell Holmes and William James began to dissolve in the 1870s, not long after the Metaphysical Club concluded its brief existence. In part, the dissolution was due to the normal weakening of the bonds of male attraction in the presence of another type of attraction. Holmes married Fanny Dixwell in 1872, James with Alice Gibbens in 1878. But it was partly the consequence of a decision by each of the friends that what seemed like a stimulating difference of opinion was also a personal difference deep enough to generate incompatibility. In the dispute between James and Chauncey Wright-the dispute over whether our wishes and desires have any effect on the workings of the universe-Holmes made unequivocal common cause with Wright. He came to judge James as a softheart with an incurable heart, and in response, James thought that Holmes was stubborn and repellent.

The friendship between Oliver Wendell Holmes and William James began to dissolve in the 1870s, not long after the Metaphysical Club concluded its brief existence. In part, the dissolution was due to the normal weakening of the bonds of male attraction in the presence of another type of attraction. Holmes married Fanny Dixwell in 1872, James with Alice Gibbens in 1878. But it was partly the consequence of a decision by each of the friends that what seemed like a stimulating difference of opinion was also a personal difference deep enough to generate incompatibility. In the dispute between James and Chauncey Wright-the dispute over whether our wishes and desires have any effect on the workings of the universe-Holmes made unequivocal common cause with Wright. He came to judge James as a softheart with an incurable heart, and in response, James thought that Holmes was stubborn and repellent.
Cultural pluralism seems to violate the premise of its philosophical concept first. The whole purpose of philosophical expression, as Dewey wrote in his entry on «Pluralism» for James Mark Baldwin’s Dictionary of Philosophy and Psychology in 1902, was to lay the groundwork for «the possibility of real change. , […] the possibility of real variety, […] [and] the possibility of freedom »all because pluralism considers individual things, and therefore individual human beings, not as partial aspects of some larger metaphysical ones , but as complete in themselves, in freedom to enter into relationships as they choose or as life develops. Culture is not an individual acquisition, it is the name of a set of products, practices and perspectives that individuals can use. In modern societies, which are the class of societies that Locke and Bourne and Dewey contemplated, culture is a Rubik’s Cube of possibilities. Bentley’s argument about political interest groups also corresponds to culture: each combination produces a new relationship between the elements. The only prescriptive that can be said about culture as a political issue is that the more access individuals have to whatever other human beings have produced, the greater the number of possible new combinations. Since there is no exit from the Cube, the most useful thing is to ensure a degree of freedom within it.

Coercion is natural, freedom is artificial. Freedoms are socially designed spaces where parties dedicated to specific interests enjoy the protection of parties that would otherwise naturally seek to interfere in those interests. Therefore, the freedom of a person is always under the restriction of another person: we would not even have the concept of freedom if the reality of coercion were not already present. We think of a freedom as a right and, therefore, the opposite of a rule, but a right is a rule. It is a prohibition against sanctions in certain types of behavior. We also think of rights as privileges held by individuals against the rest of society, but rights are not created for the good of individuals, but for the good of society. Individual freedoms are manufactured to achieve group purposes.
This way of thinking about liberties helps to explain why the two people most closely related to the establishment of modern principles of freedom of thought and expression in the United States were indifferent to the notion of individual rights. John Dewey and Oliver Wendell Holmes had no particular interest in providing a benefit to the people at the expense of the group. Dewey derived a kind pleasure and Holmes a cynical pleasure from the spectacle of personal desires subordinated to the will of the community. But both saw the social utility of creating a zone of protection for individual thought and expression, and the freedoms they helped establish are responsible for much of what is distinctive in American life in the twentieth century and beyond.
Academic freedom and freedom of expression are quintessentially modern principles. Given that the defining characteristic of modern life is social change – forward, towards a future that is always being made – the problem of legitimacy continually arises. In a premodern society, legitimacy rests on hereditary authority and tradition, and in a society that is modernized, the kind of society in which Louis Agassiz, Oliver Wendell Holmes Sr. and Benjamin Peirce lived and wrote, legitimacy tends to move from the leaders and the customs to nature. Agassiz and Holmes Sr. and Benjamin Peirce assumed that the social arrangements were justified if they corresponded to the design of the natural world, and so did Adolphe Quetelet, Henry Thomas Buckle, Thomas Huxley and William Graham Sumner. But in societies dedicated to transforming the past, and treating nature itself as a process of incessant transformation, how can we trust the claim that a particular state of affairs is legitimate?
The solution has been to move the totem from the legitimacy of the premises to the procedures. We know that a result is correct not because it derived from immutable principles, but because it was obtained by following the correct procedures. Science became modern when it was conceived not as an empirical confirmation of truths derived from an independent source, divine revelation, but simply as what resulted from the use of scientific research methods. If those methods were scientific, the result should be science.
Holmes did not share with them was his optimism. I did not believe that the experimental spirit necessarily leads us, at last, on the right path. Democracy is an experiment, and it is typical of the nature of experiments to fail at times. He had already seen her fail once.

We are far from 1872, when the members of the mysterious Metaphysical Club met in Cambridge to discuss the place of ideas in their post-war world. It is true that they, and the way they thought, may seem familiar to us today in mysterious ways. But it’s worth trying to see what strangers, almost unimaginable, were them and their world. Relevance and strangeness are united forever in his thought.

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