Seis Años Que Cambiaron El Mundo (1985-1991) — Hélène Carrère d’Encausse / Six Années Qui Ont Changé Le Monde ; 1985-1991 ; La Chute De L’Empire Soviétique (Six Years That Changed The World (1985-1991) by Hélène Carrère d’Encausse

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El libro nos hace una crónica del derrumbe de la Unión Soviética en sólo seis años. Desde el nombramiento de Mijail Gorbachov como secretario general de la URSS hasta su disolución en 1991. Es un recorrido agil, sin entrar en profundidades, pero que señala los grandes problemas a los que se enfrentaba la URSS en 1985 y cómo Gorbachov, que era fiel al comunismo, quería hacer una gran reforma que permitiera superarlos sin comprometer la supervivencia del régimen. Los cambios fueron muy profundos y consiguió algunos grandes logros, sobre todo en política exterior, pero no consiguió la supervivencia del régimen.
Hay un capítulo final en el que la autora nos hace también un repaso a la Rusia post soviética durante la presidencia de Boris Yeltsin, desde 1991 hasta 1999.
Historia redonda. Contextualiza de maravilla los últimos años de la URSS, las contradicciones a las que se sometió Gorbachov y el ascenso de Yeltsin, en el contexto de la perestroika y el fin de la guerra fría. Es una historia muy centrada en el personaje de Gorbachov, que sin duda es protagonista, pero se aleja de ser un documento biográfico. Carrere escribe con una prosa limpia, que hace fácil leer cosas complejas, como la estructura de poder y las familias del PCUS. Un must sobre el tema.

Desde principios de los años ochenta, el tren de la economía soviética iba a una velocidad muy lenta. La agricultura no conseguía alimentar a todo el país; la URSS tenía que importar cereales. A la crisis alimentaria se le sumaba una gran escasez de los bienes de consumo más corrientes. Empezaba a faltar de todo, desde zapatos hasta jabón. Al sector industrial no le iba mejor: los ferrocarriles se averiaban, las fábricas no producían las máquinas suficientes y estas eran de mala calidad; la energía, que se creía ilimitada, amenazaba con ser insuficiente. Bréznev reclamó desesperadamente que se ahorrara energía. La bajada de los precios del petróleo en 1985 privó a la URSS de unos recursos significativos que financiaban sus importaciones. Ya en agosto de 1983, Tatiana Zaslavskaia, una brillante socióloga que investigaba en la filial siberiana de la Academia de Ciencias de Novosibirsk —en aquella época paraíso de los investigadores de vanguardia que, a distancia de Moscú, disfrutaban de una mayor libertad—, presentó un informe sobre el estado de la economía soviética. Fue una bomba. En el informe dibujaba el cuadro del «declive de la tasa de crecimiento de la economía nacional» y precisaba que esas tendencias negativas afectaban a la mayor parte de los sectores y de las regiones. La causa: el sistema de gestión estatal que se había puesto en marcha medio siglo antes. A pesar de las adaptaciones, debía ser profundamente reformado y no simplemente «retocado». En una época de planificación autoritaria, aparte de la falta de adecuación de los métodos de gestión y de una centralización excesiva, también desempeñaba un papel considerable la prioridad que se concedía siempre al dominio militar.
En una excelente introducción a la recopilación de documentos consagrados al final de la URSS, los autores subrayaban que por cada rublo invertido en la producción se dedicaban ochenta y ocho kopeks a la producción o la compra de armas. La carrera armamentística que disputaba con Estados Unidos era insostenible para la URSS: destruía su economía.
Tras la Segunda Guerra Mundial, que había causado una gran mortandad. Los años de reconstrucción (1946-1959) estuvieron marcados por un fuerte impulso demográfico debido, antes que nada, a una gran natalidad ligada a la confianza recuperada. A partir de ahí, y sobre todo a finales de los años setenta, la tendencia se invirtió: la natalidad bajó, la esperanza de vida se redujo de una manera espectacular y el estado de salud general se deterioró rápidamente. Uno de los indicadores más fiables de esa erosión de la salud lo proporcionaban las estadísticas del ejército.
El alcoholismo galopante, que iba afectando además a la población femenina, ocupaba un lugar preponderante. Anatoli Cherniaiev, en su diario de aquellos años decisivos, anotaba el 6 de abril de 1985 que las estadísticas de alcoholismo examinadas por el Politburó revelaban que un tercio de los alcohólicos eran mujeres, y la mitad de ellas jóvenes, mientras que «en la Rusia de los zares casi ninguna mujer bebía, y las jóvenes nunca», comentaba. Otros motivos: una medicina que fue de gran calidad y que se degradó debido a las crecientes dificultades materiales; una farmacopea de un nivel bastante bajo, donde faltaban los medicamentos más básicos, y para acabar, una alimentación insuficiente.
Es cierto que el declive demográfico y los problemas sanitarios no afectaban de la misma manera a todas las poblaciones de la URSS: eran sobre todo prerrogativa de los «europeos». Los pueblos del sur, musulmanes y caucasianos, más favorecidos por el clima, estaban también mucho menos urbanizados y más atentos a preservar las tradiciones familiares.
Y por último, la superpotencia soviética estaba entonces enfangada en una guerra en sus fronteras, en Afganistán, cuyas consecuencias políticas y morales eran cada vez más visibles.

El joven Gorbachov, en su función de primer secretario de la región, debía velar por estos agüistas excepcionales. Los acogía, los colmaba de atenciones. ¿Cómo no ser sensibles a sus cualidades?
Desde entonces Gorbachov empezó a ser considerado una esperanza, una estrella en alza del partido. Especialista apreciado en agricultura, un sector muy difícil desde que Stalin lo destruyó, Gorbachov recibió la propuesta en 1978 de la sucesión de aquel que hasta entonces había sido su protector, fiodor Kulakov, desaparecido inesperadamente a los sesenta años. Ciertamente, una promoción semejante no era lo más habitual: Kulakov era secretario del Comité Central y miembro del Politburó, y los candidatos a su sucesión no faltaban. En la cumbre del partido, Bréznev, Andrópov y Súslov, el gran ideólogo del partido que desaparecería cuatro años más tarde, velaban por la elección que se iba a realizar, atentos a no hacer avanzar a algún personaje demasiado ambicioso que se apresurase a empujar a un lado a la vieja generación. finalmente, ganó Gorbachov. Fue nombrado secretario del Comité Central, se instaló en Moscú y, dos años más tarde, entró en el Politburó, el sanctasanctórum, del cual sería el benjamín.
Los kremlinólogos del mundo entero seguían con pasión los movimientos, frases y situación de aquel joven y seductor apparatchik que contrastaba tanto con aquellos que todavía ostentaban el poder. Empezaron a apostar por él en la URSS y fuera de ella. Chernenko, muy débil ya, se acostumbró a confiar en el benjamín, a apoyarse en él, y el 7 de noviembre de 1984 le colocó a su derecha en la tribuna. Es cierto que le debía algo de reconocimiento ya que, en abril del mismo año, cuando Chernenko fue elegido a la cabeza del Estado —es decir, presidente del Presídium del Sóviet Supremo— para suceder a Andrópov, fue, precisan los documentos oficiales, «según propuesta de Gorbachov». El brillante joven supo pasar así del respaldo de Andrópov, que le protegía desde hacía mucho tiempo, al apoyo de Chernenko. A menudo se presentaba como brazo derecho del nuevo Gensek, y parecía su candidato a la sucesión. Pero la protección de Chernenko, tan débil, tan poco respetado, seguramente no bastaba para la promoción última de Gorbachov. Habría de beneficiarse de dos voces que contaban en el partido: las de Gromiko y Ustinov. Los viajes al exterior los habían convencido de que, si había llegado la hora del cambio de generación (Gromiko esperó durante un tiempo que le llegaría el turno a él, pero comprendió que aquella esperanza era vana), Gorbachov podía ser el candidato que mejor representase su interés común.
Con cincuenta y cuatro años se convirtió en jefe de la URSS. El tiempo de los vejestorios impotentes que dominaban el país había concluido. De repente, quedó sustituido por la imagen de una juventud insolente. Y ya sabemos que Gorbachov tenía casi como divisa una frase que los soviéticos repetían desde el fondo de su corazón: «Ya no se puede vivir así».
La pareja Gorbachov y Raisa hacía soñar. Quedaron olvidados en un instante Bréznev, Chernenko y otros dirigentes que presidían en solitario, ya que las mujeres estaban excluidas de todas las conmemoraciones soviéticas. Parecía abrirse una nueva época sencillamente porque dos seres todavía jóvenes y encantadores encarnaron de pronto a un país desmoralizado. No era solo el nuevo Gensek «que no avergonzaba» a su país, sino una pareja que parecía anunciar tiempos nuevos.

La tragedia de Chernóbil fue la demostración de la incompetencia del poder soviético. A ello se unió también un acontecimiento chusco, aunque en ese período terrible la idea de lo cómico es inoportuna, un acontecimiento que puso en ridículo al Kremlin. El 28 de mayo, Mathias Rust, un joven alemán de apenas diecinueve años, aterrizó en la Plaza Roja a los mandos de un pequeño avión Cessna. Pudo atravesar la frontera, volar durante cientos de kilómetros sobre el territorio soviético, dar varias vueltas por encima de la Plaza Roja y finalmente posarse ante el Kremlin sin que ningún sistema de vigilancia aérea lo detectara. ¡Qué escándalo! Los militares se vieron señalados con el dedo, y su ministro, el mariscal Sokolov, fue destituido. Su sustituto, el general Yázov, daría que hablar algunos años más tarde al acusar a Gorbachov de «destruir el país».
Pero llegó la hora de purgar al ejército, que acababa de demostrar su ineficacia. Además, se supo que una de las causas de la falta de vigilancia, en cuanto a la seguridad del espacio aéreo, fue que los encargados de su supervisión estaban, en el momento del incidente, en estado de embriaguez aguda.
El alcohol era más difícil de obtener, pero proliferaban los fabricantes de vodka adulterado: todo el mundo se había convertido en destilador, y destilaban todo lo que tenían a mano. Por lo tanto, faltaba alcohol en las farmacias e incluso en los hospitales porque lo robaban a mansalva. También escaseaba el azúcar, ya que servía para fabricar aquel falso vodka, y los muertos por envenenamiento aumentaban peligrosamente. La campaña antialcohólica se fue abandonando poco a poco sin que se llegara a anunciar claramente.

Gorbachov comprendió a partir de ese momento que también debía apoyar a los medios de comunicación de su país, aunque estuvieran controlados por el partido. Porque había podido constatar, en aquellos meses todavía inciertos, que algunas revistas «se atreven a hacer retroceder —escribe— los límites de la apertura». Él las convertiría en su arma. Ogoniok, Moskovskie Novosti, Argumenty i fakti, avanzaban en efecto, paso a paso, por un camino de libertad que parecía irse abriendo. El resultado no se hizo esperar. El público se precipitaba hacia aquellos periódicos y revistas, cuya tirada no podía satisfacer la demanda. Desde principios de 1986 se empezaron a prestar, intercambiar o negociar esos preciosos ejemplares que contenían revelaciones sobre temas «tabú», que trataban de cuestiones jamás formuladas hasta el momento. El ejemplo fue contagioso: Litteraturnaia, Gazeta, Komsomolskaia Pravda, e incluso el Izvestia, órgano del Gobierno, se arriesgaron por la misma vía. Frente a ellos el Pravda, órgano del partido, sostenido por diversos miembros del Comité Central, se inquietaba por esas derivas.
Pero el movimiento ya se había iniciado. Gorbachov constató que los tabúes que paralizaban a la prensa (no se criticaba a los dirigentes, ni al complejo militar-industrial ni al KGB; no preguntas presupuesto estatal…).
La imagen de la URSS, pero sobre todo la de Gorbachov, se vio transformada por el regreso de Sájarov a Moscú. El cambio que Gorbachov no dejaba de decir que era necesario se convertía en realidad. Al mismo tiempo, Gorbachov esperaba ganar al sabio para su causa, conseguir que defendiera su política. Y es cierto que al principio, apelando a la liberación de todos los presos —numerosos disidentes salieron entonces de los lugares de detención donde se pudrían—, Sájarov observó con una cierta simpatía los cambios pero se esperaba llegar a fondo.
Desde el principio de la glasnost, como se les animaba a que rellenasen las «zonas en blanco», algunos historiadores habían intentado estudiar de cerca esos dos temas; por el contrario, la reacción de Gorbachov se hizo esperar, y los archivos no se abrieron demasiado. Esos asuntos eran extremadamente delicados, y debatirlos podía tener unas consecuencias graves, como demostraría el futuro. Gorbachov dudaba.
La llegada de Yeltsin a Moscú, su promoción en el aparato dirigente de la ciudad y del partido habían sido, como ya hemos dicho, fruto de la voluntad de Gorbachov. Durante dos años, las relaciones entre los dos hombres, sin aproximarles demasiado, estuvieron en apariencia exentas de conflictos. Sin embargo, en su papel de responsable de la capital, Yeltsin desplegaba unas actividades poco habituales para un dirigente de su nivel. Se desplazaba a menudo en metro o en tranvía con el fin de verificar las condiciones de transporte ofrecidas a sus administrados. Entraba en las tiendas de alimentación, más deseoso de ver lo que era la vida real del soviético medio que de beneficiarse de todas las ventajas de un miembro de la nomenklatura de alto rango. Esas incursiones en el mundo «de abajo» irritaban al partido, ya que nadie ignoraba que Naina, la mujer de Yeltsin, poco adaptada al mundo de los privilegiados.

Shevardnadze comentó largamente en sus memorias su malestar ante el carácter radical, brutal, de la postura de Gorbachov. Y subrayaba que si la URSS había perdido a muchos de sus hijos en Afganistán (reconocía oficialmente 13.500), las pérdidas afganas se remontaban, a la hora de la retirada, a más de 700.000 muertos. La elección soviética de 1979 no fue extraña. Leyendo a Shevardnadze se comprende fácilmente que experimentaba un doble sentimiento de culpa, por la invasión y por el abandono de los afganos, mientras que a Gorbachov le guiaba una sola idea: la retirada rápida de Afganistán facilitaría todas las demás negociaciones con Estados Unidos y Europa. Tal como había predicho Shevardnadze, nada se arregló sobre el terreno por la retirada de las tropas soviéticas. La guerra civil se instaló indefinidamente, y otras tropas extranjeras les tomaron el relevo; Pakistán contribuyó también a una «evolución islámica» de Afganistán. Un cuarto de siglo más tarde podemos constatar que Shevardnadze fue más lúcido en ese sentido que Mijaíl Gorbachov.
Pero debemos recordar un último aspecto muy notable del final del «asunto afgano», como se llegó a llamar. Y fue la libertad del debate que se puso en marcha sobre este asunto en el Politburó. Contrariamente a las costumbres soviéticas, donde nadie osaba oponerse al Gensek, en aquella ocasión cada uno defendió su postura y la hizo pública. Por fin, Estados Unidos se mostró muy satisfecho de la retirada, interpretada como una victoria del mundo libre… y por tanto, una victoria suya. Las relaciones soviético-estadounidenses mejoraron mucho.

Esa mezcla de prudencia y de lucidez que se constataba en Gorbachov, y que sus allegados han subrayado, le permitía actuar. Pero llegaría un momento en que la perestroika proseguiría su camino, produciendo sus efectos más allá de la visión inicial de Gorbachov. A ese respecto, el año 1989 abrió una nueva era, nacida de sus actos, pero durante la cual Gorbachov temería que todo se le escapase.

La perestroika lanzada por Gorbachov produjo unos resultados que este no había previsto. Quizá habría que tener en consideración el hecho de que en esos dos años tan ricos y llenos de iniciativas y acontecimientos, tan afortunados también en determinados aspectos, la periferia, las repúblicas, la cuestión nacional en suma, escapó un poco a su atención. Sin duda, la violencia desencadenada el 9 de abril de 1989 en Tiflis, la cuasiguerra que arrasaba el Karabaj, lo movilizaron un momento, pero enseguida su atención volvió hacia aquello que le parecía esencial entonces: el desarrollo político del centro, dominar la oposición conservadora y, como prioridad, las negociaciones estratégicas con Estados Unidos, prefiguración del mundo nuevo del cual soñaba con ser iniciador.
El caso es que el incremento de las reivindicaciones nacionales y su organización en el seno de los frentes que surgían por todas partes tuvieron menos lugar en la política de Gorbachov que los cambios de Europa del Este, aunque tampoco hubiera hecho grandes esfuerzos para controlarlos.
Gorbachov respondía invariablemente que la perestroika internacional, la importancia de los avances internacionales, permitirían neutralizar todas las oposiciones en el interior.
Sin embargo, la nueva situación surgida en las repúblicas provocaría en menos de dos años la desaparición del poder soviético. ¿Era ineludible ese encadenamiento de hechos? ¿Cómo se pasó de las declaraciones de soberanía (platónicas) a la independencia? ¿Acaso la URSS no era más que un enorme castillo de arena?.
Una vez evacuado Afganistán, el Muro de Berlín destruido y concluida la guerra fría, de todo lo cual los acontecimientos alemanes eran el símbolo visible, la ausencia de toda presión soviética sobre los movimientos de liberación de Europa del Este y el desmantelamiento del Pacto de Varsovia, ¿no eran acaso otras tantas señales de que la URSS se había convertido en un país parecido a los demás, al cual la comunidad internacional debía tratar con equidad? Las conversaciones americano-soviéticas sobre los barcos de guerra sacudidos por la tormenta, las frases calurosas del presidente Bush asegurando a Gorbachov que «el mundo será mejor si la perestroika tiene éxito», sugieren que Gorbachov acabó por convencer a los estadounidenses. ¿Por qué dudar pues del apoyo occidental a esa perestroika que mejoraría el mundo? Seguramente Malta ancló en él con fuerza esa ilusión, que le impulsaría a subestimar un gran número de dificultades interiores.

El acuerdo de Kohl y Gorbachov sobre la reunificación en una sola Alemania perteneciente a la OTAN se concluyó en Zheleznovodsk, en el Cáucaso, el 16 de julio. El 12 de septiembre, la Conferencia 4+2 pudo así acabar sus trabajos, e inmediatamente después el canciller Kohl se comprometió, a cambio de la retirada de las tropas soviéticas antes de finales del año 1994, a transferir a la URSS 15.000 millones de marcos. El 3 de octubre, Alemania estaba reunificada, y su pertenencia a la OTAN consagraba una soberanía total. El 9 de noviembre, un año exacto después de la caída del Muro de Berlín, Rusia y Alemania firmaban en Bonn un tratado de vecindad, alianza y cooperación, y Dietrich Genscher saludaba «el regreso a Europa de la Rusia regenerada». Al usar esa fórmula tan poco habitual, Genscher expresaba su gratitud a Gorbachov, artífice de ese cambio histórico que borraba cerca de medio siglo de división alemana y el vergonzoso Muro de Berlín. Proclamaba la paz en el este de Europa, instaurada también gracias a Gorbachov.
Sin embargo, subsistía un problema: el de la evacuación de las tropas soviéticas de Alemania, que no era fácil de poner en práctica. A pesar de la ayuda alemana, la URSS se vería sobrepasada por esos soldados cuyo regreso señalaba su fracaso y el de su ejército. Además, no había nada preparado para acogerlos.
Al día siguiente del anuncio del Premio Nobel, Gorbachov se vio atrapado bajo el fuego de un violento ataque de Yeltsin ante el Sóviet Supremo de Rusia. Su adversario (ya que se trataba de un adversario declarado) le reprochaba con vehemencia haber impulsado un programa económico irrealizable que conducía a la URSS a la quiebra y a la implosión inmediata. Gorbachov fue acusado de «traicionar» a Rusia y de querer estrangularla. ¿No era acaso una verdadera declaración de guerra? Gorbachov se dio por aludido y renunció de inmediato a acudir a Oslo. Se hizo representar en la ceremonia de entrega del Premio Nobel por el primer viceministro de Asuntos Exteriores, Anatoli Kovalev.
Esos éxitos internacionales del año 1990 subrayan el carácter contradictorio de la historia soviética. Aunque se confundía todavía (pero solo en parte, y no por mucho tiempo) con el poder de Gorbachov, la URSS adquirió en el exterior la imagen de un país liberado de su especificidad, tras haber renunciado a sus proyectos amenazadores para el mundo. El imperio soviético se convirtió entonces en un miembro normal de la comunidad internacional. La cumbre de París daba testimonio de ello.
Al mismo tiempo, en el interior de las fronteras soviéticas, lo que dominaba era la incertidumbre sobre el porvenir de la Unión Soviética, en cuanto a la capacidad del Estado de mejorar la economía y mantener la paz social. ¡Dos imágenes contrarias de un mismo país!.

A partir del 20 de agosto fue la desbandada definitiva de la Unión Soviética. Las proclamaciones de independencia se sucedieron mientras Moscú vivía en la incertidumbre política. Estonia la proclamó el 20 de agosto, Letonia el 21, Ucrania el 24, Moldavia (que se designó entonces con el nombre de Moldova) el 27, Azerbaiyán el 30, Uzbekistán el 31. El movimiento prosiguió durante los meses siguientes con la independencia de Tayikistán el 9 de septiembre, Armenia el 23 (tras el referéndum del 21 que planteaba la pregunta de la «salida de la URSS»), de Azerbaiyán el 18 de octubre y de Turkmenistán el 27. Solo dos repúblicas permanecían aún con el estatus de soberanía, Bielorrusia y Kazajistán, pero Bielorrusia suspendió en su territorio las actividades del Partido Comunista nacional y las del PCUS a partir del 24 de agosto.
Al mismo tiempo, Gorbachov, consciente de las reticencias cada vez más acusadas de ciertas repúblicas con respecto a la Unión Soviética, quiso poner en marcha, a un segundo nivel de las estructuras económicas, un espacio económico común o mercado común que desarmaría las desconfianzas y prepararía la ampliación futura de la Unión Soviética a todas las repúblicas. Durante un momento fue posible creer que esa unión económica podía ser una tabla de salvación para la URSS. Su programa de reformas, sus perfiles, también habían sido objeto de un trabajo de preparación notable, dirigido por Yavlinski. El plan que este había elaborado y que, a finales de septiembre, Gorbachov propuso a los presidentes de las repúblicas, podía seducirles: un mercado común de bienes y servicios, un espacio monetario único, una libertad total para las empresas de las repúblicas y su inserción en el entorno internacional.
La ligereza o incluso optimismo inveterado de Gorbachov le incitaron seguramente a descuidar esos obstáculos que surgieron al final del recorrido. En su mayor parte, sin embargo, estaban previstos o eran previsibles. Su asombro, su desconcierto ante la lentitud y los fracasos del proceso de Novo-Ogarevo testimonia que había olvidado las voluntades nacionales, que no cesaban de aumentar. A la inversa, Yeltsin tendría los ojos fijos sobre las naciones, en especial sobre Ucrania. Eso contribuyó a su victoria sobre Gorbachov.

8 de diciembre de 1991. Una noticia asombrosa, publicada por los medios de todos los países, dejó pasmado al mundo entero: ¡la URSS, esa superpotencia a la que no igualaba nadie salvo Estados Unidos, con un armamento temible y unas iniciativas agresivas, ya no existía! La decisión de liquidarla la tomarían tres presidentes de las repúblicas de la URSS reunidos en una residencia del bosque de Belavezha, cerca de Minsk, capital de Bielorrusia. Es decir, que en un lugar desconocido, tres hombres, tres jefes de Estado relativamente poco conocidos, salvo por sus compatriotas, acababan de trastocar el equilibrio mundial.
Su decisión fue anunciada en términos sorprendentes, adecuados también para hacer que se tambaleasen todas las certezas: «Nosotros, las repúblicas de Bielorrusia, Federación de Rusia (RSFSR) y Ucrania, en calidad de Estados fundadores de la URSS y firmantes del Tratado de Unión de 1922, en adelante designados como altas partes contratantes, constatamos que la URSS como sujeto de derecho internacional y realidad geopolítica deja de existir».
Después de esa declaración liminar que suprimía un inmenso Estado y un sujeto de derecho internacional que el mundo había conocido desde la revolución de 1917, el artículo primero precisaba Las altas partes contratantes fundan la Comunidad de Estados Independientes».
Este texto, titulado «Acuerdos sobre la fundación de la Comunidad de Estados Independientes», estaba firmado —no en orden alfabético, sino quizá teniendo en cuenta el hecho de que Minsk, capital de Bielorrusia, era el lugar donde se había tomado esa decisión— por S. Shushkiévich, presidente del Sóviet Supremo de Bielorrusia, Boris Yeltsin, presidente de la RSFSR, y L. Kravchuk, presidente de Ucrania. Una «declaración de los jefes de Estado de las repúblicas de Bielorrusia, RSFSR y Ucrania» fechada el mismo día, firmada con los mismos nombres y en el mismo orden, precisaba que la Comunidad de Estados Independientes estaba abierta a «todos los Estados (miembros de la URSS y de otros Estados) que compartiesen los mismos compromisos.
El golpe dio de lleno a Gorbachov, que se encontraba entonces en el Kremlin. Golpe o más bien se diría que potente huracán, por lo que ocurrió a continuación, dejando estupefactos a los presidentes de las once repúblicas de la URSS reunidos en Alma-Ata para aprobar el Nuevo Tratado de la Unión, tan largamente preparado. Esa breve frase: «La URSS ya no existe», arrebató de repente todo significado a su reunión y a las negociaciones que proseguían desde hacía meses. Y la indignación fue mucho mayor aún al ver que la noticia les llegaba exactamente veintitrés minutos antes de dar la vuelta al mundo. Ese huracán que se llevó sin previo aviso a la URSS y al comunismo fue imprevisto, incluso imprevisible. Retomemos la historia que los participantes, y antes que nada los colaboradores de Yeltsin, nos han transmitido. Los textos oficiales la confirman.
Gorbachov había intentado hacer de su instancia común la heredera de la URSS. La decisión del 21 de diciembre rechazó ese proyecto, y la transferencia de los códigos nucleares a Yeltsin atestiguaba que solo Rusia «continuaba» la URSS.
La confirmación última vendría dos días más tarde, el 27 de diciembre. Ya el 18 de diciembre un decreto del presidente ruso había colocado al Ministerio de Asuntos Exteriores de la URSS así como sus bienes bajo la autoridad del Ministerio de Asuntos Exteriores de la República de Rusia. El 27 de diciembre, el representante permanente de la Federación de Rusia en la ONU remitía una nota al secretario general precisando que Rusia ocupaba el lugar de la URSS en las Naciones Unidas como Estado continuador suyo (y no sucesor).
El estatuto internacional de Rusia que le aseguraba un escaño permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no podía bastar, ese fin de año de 1991, para tranquilizarla sobre sí misma, ya que era también su propia identidad la que debía ser definida. Continuadora de la URSS, ¿era acaso un Estado imperial? ¿Cuál era su papel? ¿Cuáles eran sus relaciones con los Estados independientes surgidos de la antigua URSS? La CEI que las unía no respondía a esos interrogantes. Se constataría al plantearse la delicada cuestión de las comunidades rusas que vivían en las fronteras de esos Estados.

¿Cómo definir la naturaleza de los vínculos existentes entre Rusia y los antiguos Estados de la URSS? ¿Cómo marcar la diferencia entre esos vínculos, ese conjunto, y los países vecinos de Europa? Para definir la CEI y los vínculos confusos y difíciles que unieron ese espacio, Rusia inventó el concepto de «extranjero próximo». En cuanto crearon la CEI, Boris Yeltsin diría que esa «formación interestatal única» era la forma institucional del extranjero próximo. Poco importaba que se adhirieran o no a la CEI (Georgia se negó) o que decidieran alejarse como lo haría Ucrania, quedaba una familia inédita de Estados y pueblos llamada «extranjero próximo». Esa expresión no pertenece al derecho internacional ni a la historia, pero a partir de entonces sería inseparable del vocabulario político ruso. ¿Cómo explicarlo? Es difícil hacerlo partiendo de la historia, de la geografía, del derecho que prevaleció durante largo tiempo, ya que sobre todo es una declaración de intenciones. Es el reconocimiento del hecho consumado, de la separación jurídica de las antiguas repúblicas que había con el imperio, pero al mismo tiempo es la afirmación de una proximidad que templa el concepto de extranjero. «Extranjero próximo» traduce la voluntad de nombrar un fenómeno histórico cualitativamente nuevo, particular, inasimilable a la noción general de extranjero. Ese concepto significa, en definitiva, que Rusia, Estado continuador de la URSS, no consideraba a los Estados vecinos que formaban parte de su imperio como vecinos corrientes, sino como «próximos» en el sentido familiar del término. Y para ese vecindario particular, Rusia tenía que adaptar sus instituciones.
Es esto lo que Vladimir Putin calificaría más tarde como «la catástrofe geopolítica más grande del siglo XX», es decir, la brutal desaparición de la historia y de la identidad de un imperio de 250 millones de personas. El trauma para la conciencia colectiva de esa desaparición, la incertidumbre que se derivó de ello, merecían sin duda alguna la calificación de «catástrofe». No resulta extraño que Solzhenitsyn, como Putin, emplease ese término que era para ambos una constatación, y no la nostalgia de un mundo de dominación desaparecido.

El 1 de enero de 1992, la aparición del país llamado Rusia fue el gran acontecimiento del siglo que acababa. Esa Rusia podía presumir de un largo pasado, ciertamente: un milenio desde su cristianización, once siglos desde que un príncipe de leyenda, venido de no se sabe dónde, fundó a la orilla del Dniéper el Estado de Kiev. 882-1992: es una larga historia, en efecto, y al mismo tiempo una historia que empieza. Al pasar los siglos, el Estado fundado por Oleg se había convertido en un imperio que a veces se llamaba «de todas las Rusias». Después, en 1917, la URSS absorbió a Rusia, y eso duró tres cuartos de siglo. Cuando, el 1 de enero de 1992, los ciudadanos de Rusia descubrieron su país tal como salía de los acuerdos de Belavezha, pudieron interrogarse con toda razón. ¿Qué país era ese tan diferente de aquel que había forjado la larga historia, del cual habían aprendido etapas y lugares? Kiev, la cuna de todo, ya no estaba en Rusia, ni las costas del Báltico, ni las del mar Negro. Pedro el Grande y la gran Catalina, ¿no habían existido tampoco, igual que Oleg, en el pasado ruso?. Comprender la Rusia de 1992 imponía a los rusos el olvido del pasado y la contemplación del porvenir; fue eso lo que les propuso aquel que había sido el artesano del renacimiento ruso, Boris Yeltsin.
Durante sus ocho años de presidencia, Yeltsin se obsesionó con la firme voluntad de impedir que los comunistas volvieran jamás al poder. A mediados de los años noventa, ese regreso era posible, e incluso verosímil, tan poderosas eran en Rusia la confusión y la nostalgia por un pasado de solidaridad —teórica, ciertamente— y de fraternidad de los pueblos. Yeltsin y la democracia acabaron por eliminarlo, porque los rusos comprendieron por fin la importancia de lo que estaba en juego. También lo consiguieron porque las masas soviéticas habían dejado su lugar en algunos años a ciudadanos, e incluso a una naciente sociedad civil. El Homo sovieticus cuya perennidad predecía Zinoviev había desaparecido ante el elector, consciente de sus derechos y de su responsabilidad. El Homo sovieticus ya no existía.
Es cierto que, concentrado en el combate político, atento a desmontar todos los elementos del sistema soviético para prevenir su regreso —en especial todos los medios de la economía administrada—, Yeltsin dejó vía libre a los que saquearon la riqueza nacional, organizando la operación de bandidaje más extraordinaria de un Estado que haya conocido la historia contemporánea.
Sin embargo, Yeltsin consiguió edificar Rusia, y a pesar de la tragedia chechena, la preservó de la disgregación nacional a imagen de la que sufrió la URSS. Dejó tras de sí unas instituciones duraderas y un acuerdo social bastante amplio sobre la primacía que se debía dar al interés nacional ruso. Gorbachov había soñado con salvar el imperio; fracasó. Yeltsin retomó lo esencial del proyecto de Gorbachov, pero lo inscribió en el espacio ruso, corazón histórico del imperio. En definitiva, esos dos hombres con un carisma inmenso, que se enfrentaron con tanta violencia e incluso se odiaron, resultan inseparables con respecto a la historia de su país. Por medios parecidos y distintos, ambos persiguieron el mismo objetivo: «superar el retraso ruso», renovar los vínculos entre Rusia y Europa y, sobre todo, reinstalar a Rusia en Europa.
Si a menudo han sido —o aún— mal conocidos o poco queridos por sus compatriotas (Gorbachov) y por el mundo exterior (Yeltsin), el tiempo necesario para comprender una revolución de tal amplitud los colocará a los dos en el lugar que les corresponde en la historia de Rusia, entre los grandes reformadores que, desde Pedro el Grande, se empeñaron insistentemente en modernizar Rusia a fin de hacer de un país «bárbaro» una gran potencia europea.

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The book chronicles the collapse of the Soviet Union in just six years. Since the appointment of Mikhail Gorbachev as secretary general of the USSR until its dissolution in 1991. It is an agile journey, without going into depths, but which points out the great problems facing the USSR in 1985 and how Gorbachev, who was faithful to communism, I wanted to make a great reform that would allow them to be overcome without compromising the survival of the regime. The changes were very deep and achieved some great achievements, especially in foreign policy, but did not achieve the survival of the regime.
There is a final chapter in which the author also gives us a review of post-Soviet Russia during the presidency of Boris Yeltsin, from 1991 to 1999.
Round story. Contextualizes wonderfully the last years of the USSR, the contradictions to which Gorbachev submitted and the rise of Yeltsin, in the context of perestroika and the end of the cold war. It is a story very focused on the character of Gorbachev, who is undoubtedly the protagonist, but it is far from being a biographical document. Carrere writes with a clean prose, which makes it easy to read complex things, such as the power structure and the families of the CPSU. A must on the subject.

Since the early eighties, the train of the Soviet economy was going at a very slow speed. Agriculture could not feed the entire country; the USSR had to import cereals. To the food crisis was added a great shortage of the most common consumer goods. I was beginning to miss everything, from shoes to soap. The industrial sector did not fare better: the railroads broke down, the factories did not produce enough machines and these were of poor quality; the energy, which was believed to be unlimited, threatened to be insufficient. Bréznev desperately demanded that energy be saved. The fall in oil prices in 1985 deprived the USSR of significant resources that financed its imports. Already in August 1983, Tatiana Zaslavskaia, a brilliant sociologist who was investigating the Siberian branch of the Novosibirsk Academy of Sciences – at that time a haven for avant-garde researchers who, at a distance from Moscow, enjoyed greater freedom – presented a report on the state of the Soviet economy. It was a bomb The report drew the picture of the «decline in the rate of growth of the national economy» and pointed out that these negative trends affected most sectors and regions. The cause: the state management system that had been launched half a century earlier. In spite of the adaptations, it had to be deeply reformed and not simply «retouched». In a period of authoritarian planning, apart from the lack of adequacy of management methods and excessive centralization, the priority that was always given to military control also played a considerable role.
In an excellent introduction to the collection of documents consecrated at the end of the USSR, the authors stressed that for each ruble invested in production, eighty-eight kopecks were dedicated to the production or purchase of arms. The arms race that he disputed with the United States was unsustainable for the USSR: it destroyed his economy.
After the Second World War, which had caused a great mortality. The years of reconstruction (1946-1959) were marked by a strong demographic impulse due, above all, to a high birth rate linked to the recovered confidence. From then on, and especially in the late seventies, the trend reversed: the birth rate fell, life expectancy dropped dramatically and the state of general health deteriorated rapidly. One of the most reliable indicators of this erosion of health was provided by army statistics.
The galloping alcoholism, which was also affecting the female population, occupied a preponderant place. Anatoli Cherniaiev, in his diary of those decisive years, noted on April 6, 1985 that the statistics of alcoholism examined by the Politburo revealed that one third of alcoholics were women, and half of them young, while «in Russia of the tsars almost no woman drank, and the young never, «he commented. Other reasons: a medicine that was of high quality and that was degraded due to the increasing material difficulties; a pharmacopoeia of a fairly low level, where the most basic medicines were lacking, and to finish, an insufficient diet.
It is true that the demographic decline and health problems did not affect all the populations of the USSR in the same way: they were, above all, the prerogative of the «Europeans». The southern peoples, Muslims and Caucasians, more favored by the climate, were also much less urbanized and more attentive to preserving family traditions.
And finally, the Soviet superpower was then engulfed in a war on its borders, in Afghanistan, whose political and moral consequences were increasingly visible.

The young Gorbachev, in his role as first secretary of the region, had to watch over these exceptional agustists. He welcomed them, filled them with attention. How not to be sensitive to their qualities?
Since then Gorbachev began to be considered a hope, a rising star of the party. Specialist appreciated in agriculture, a very difficult sector since Stalin destroyed it, Gorbachev received the proposal in 1978 of the succession of the one that until then had been his protector, Kulakov fodder, unexpectedly disappeared at sixty years. Certainly, a similar promotion was not the most usual: Kulakov was secretary of the Central Committee and member of the Politburo, and the candidates for his succession were not lacking. At the summit of the party, Bréznev, Andrópov and Súslov, the great ideologue of the party that would disappear four years later, watched over the election that was going to take place, attentive not to advance some overly ambitious character who rushed to push one side to the old generation. finally, Gorbachev won. He was appointed secretary of the Central Committee, settled in Moscow and, two years later, entered the Politburo, the sanctum sanctorum, of which he would be the youngest.
The Kremlinologists of the whole world followed with passion the movements, phrases and situation of that young and seductive apparatchik that contrasted so much with those who still held power. They started betting on him in the USSR and outside of it. Chernenko, very weak already, got used to trusting the youngest, to lean on him, and on November 7, 1984 placed him on his right in the rostrum. It is true that he owed him some recognition since, in April of the same year, when Chernenko was elected head of the State – that is, president of the Presidium of the Supreme Soviet – to succeed Andropov, it was, the official documents state, « according to Gorbachev’s proposal ». The brilliant young man was able to pass from Andropov’s backing, which had long protected him, to the support of Chernenko. He often appeared as the right arm of the new Gensek, and seemed his candidate for succession. But the protection of Chernenko, so weak, so little respected, surely was not enough for the last promotion of Gorbachev. He would benefit from two voices that counted in the party: those of Gromiko and Ustinov. The trips abroad had convinced them that, if the time had come for the change of generation (Gromiko waited for a time that it would be his turn, but he realized that this hope was futile), Gorbachev could be the candidate that best represented your common interest
With fifty-four years he became head of the USSR. The time of the impotent old men who dominated the country was over. Suddenly, he was replaced by the image of an insolent youth. And we already know that Gorbachev had almost as a motto a phrase that the Soviets repeated from the bottom of their hearts: «You can not live like this anymore».
The couple Gorbachev and Raisa made dream. They were forgotten in an instant Brezhnev, Chernenko and other leaders who presided alone, since women were excluded from all Soviet commemorations. It seemed to open a new era simply because two beings still young and charming suddenly embodied a demoralized country. It was not just the new Gensek «who did not embarrass» his country, but a couple who seemed to announce new times.

The tragedy of Chernobyl was the demonstration of the incompetence of the Soviet power. To this was added a funny event, although in that terrible period the idea of ​​the comic is inopportune, an event that made the Kremlin look ridiculous. On May 28, Mathias Rust, a young German man of just nineteen, landed in Red Square at the controls of a small Cessna plane. He was able to cross the border, fly for hundreds of kilometers on the Soviet territory, take several turns over the Red Square and finally land before the Kremlin without any air surveillance system detecting it. What a scandal! The military were pointed at, and his minister, Marshal Sokolov, was dismissed. His replacement, General Yázov, would have to speak a few years later when he accused Gorbachev of «destroying the country.»
But it was time to purge the army, which had just proved ineffective. In addition, it was learned that one of the causes of the lack of vigilance, in terms of airspace security, was that those responsible for its supervision were, at the time of the incident, in a state of acute drunkenness.
Alcohol was harder to obtain, but the manufacturers of adulterated vodka proliferated: everyone had become a distiller, and they distilled everything they had at hand. Therefore, there was a lack of alcohol in the pharmacies and even in the hospitals because they stole it at will. Sugar was also scarce, since it served to make that false vodka, and those killed by poisoning increased dangerously. The anti-alcoholic campaign was abandoned little by little without it being announced clearly.

Gorbachev understood from that moment on that he should also support the media of his country, even if they were controlled by the party. Because he had been able to verify, in those months still uncertain, that some magazines «dare to push back,» he writes, «the limits of openness.» He would make them his weapon. Ogoniok, Moskovskie Novosti, Argumenty i fakti, were indeed advancing, step by step, along a path of freedom that seemed to be opening up. The result was immediate. The public rushed to those newspapers and magazines, whose circulation could not meet the demand. From the beginning of 1986 they began to lend, exchange or negotiate those precious specimens that contained revelations about «taboo» topics, which dealt with issues never formulated so far. The example was contagious: Litteraturnaia, Gazeta, Komsomolskaia Pravda, and even the Izvestia, government organ, took the risk in the same way. In front of them the Pravda, organ of the party, maintained by diverse members of the Central Committee, worried by those drifts.
But the movement had already begun. Gorbachev noted that the taboos that paralyzed the press (no criticism of the leaders, or the military-industrial complex or the KGB, no questions about the state budget …).
The image of the USSR, but especially that of Gorbachev, was transformed by the return of Sakharov to Moscow. The change that Gorbachev kept saying was necessary became reality. At the same time, Gorbachev hoped to win the sage for his cause, get him to defend his policy. And it is true that at first, appealing to the release of all the prisoners – numerous dissidents then left the places of detention where they were rotting -, Sakharov noted with a certain sympathy the changes but hoped to reach the bottom.
From the beginning of glasnost, as they were encouraged to fill in the «blank areas,» some historians had tried to study these two subjects closely; on the contrary, the reaction of Gorbachev was made to wait, and the archives did not open too much. These issues were extremely sensitive, and discussing them could have serious consequences, as the future would show. Gorbachev doubted.
The arrival of Yeltsin to Moscow, his promotion in the ruling apparatus of the city and the party had been, as we have said, fruit of the will of Gorbachev. For two years, relations between the two men, without bringing them too close, were seemingly free of conflict. However, in his role as head of the capital, Yeltsin displayed unusual activities for a leader of his level. He often traveled by metro or tram in order to verify the transportation conditions offered to his administrated. He entered the grocery stores, more eager to see what was the real life of the average Soviet than to benefit from all the advantages of a member of the high-ranking nomenklatura. These incursions into the world «from below» irritated the party, since no one was unaware that Naina, Yeltsin’s wife, was not adapted to the world of the privileged.

Shevardnadze commented at length in his memoirs of his discomfort at the radical, brutal nature of Gorbachev’s position. And he stressed that if the USSR had lost many of its children in Afghanistan (officially recognized 13,500), the Afghan losses went back, at the time of withdrawal, to more than 700,000 deaths. The Soviet election of 1979 was not strange. Reading Shevardnadze it is easily understood that he experienced a double sense of guilt, for the invasion and for the abandonment of the Afghans, while Gorbachev was guided by one idea: the rapid withdrawal from Afghanistan would facilitate all other negotiations with the United States and Europe. . As Shevardnadze had predicted, nothing was settled on the ground by the withdrawal of Soviet troops. The civil war was installed indefinitely, and other foreign troops took over; Pakistan also contributed to an «Islamic evolution» of Afghanistan. A quarter of a century later we can see that Shevardnadze was more lucid in that sense than Mikhail Gorbachev.
But we must remember one last very remarkable aspect of the end of the «Afghan affair,» as it came to be called. And it was the freedom of the debate that was launched on this matter in the Politburo. Contrary to Soviet customs, where nobody dared to oppose the Gensek, on that occasion each defended his position and made it public. Finally, the United States was very satisfied with the withdrawal, interpreted as a victory of the free world … and therefore, a victory of theirs. Soviet-American relations improved a lot.

That mixture of prudence and lucidity that was noted in Gorbachev, and that his close friends have underlined, allowed him to act. But there would come a time when perestroika would continue on its way, producing its effects beyond the initial vision of Gorbachev. In that regard, the year 1989 opened a new era, born of his actions, but during which Gorbachev was afraid that everything would elude him.

The perestroika launched by Gorbachev produced results that he had not foreseen. Perhaps one should take into consideration the fact that in those two years, so rich and full of initiatives and events, so fortunate also in certain aspects, the periphery, the republics, the national question in short, escaped a little to their attention. Undoubtedly, the violence unleashed on April 9, 1989 in Tbilisi, the quasi-war that devastated the Karabakh, mobilized him for a moment, but immediately his attention returned to what he thought was essential then: the political development of the center, dominate the conservative opposition and, as a priority, the strategic negotiations with the United States, a prefiguration of the new world of which he dreamed of being an initiator.
The fact is that the increase in national demands and their organization within the fronts that arose everywhere had less room in Gorbachev’s politics than the changes in Eastern Europe, although he had not made great efforts to control them either.
Gorbachev invariably responded that international perestroika, the importance of international advances, would make it possible to neutralize all oppositions in the interior.
However, the new situation that arose in the republics would lead to the disappearance of Soviet power in less than two years. Was that chain of events inescapable? How did you go from declarations of sovereignty (platonic) to independence? Was the USSR nothing more than a huge sand castle?
Once Afghanistan was evacuated, the Berlin Wall destroyed and the Cold War ended, all of which German events were the visible symbol, the absence of any Soviet pressure on the liberation movements of Eastern Europe and the dismantling of the Warsaw Pact Were they not so many signs that the USSR had become a country similar to the others, to which the international community should treat with equity? The American-Soviet conversations about the warships shaken by the storm, President Bush’s warm sentences assuring Gorbachev that «the world will be better if perestroika succeeds,» suggest that Gorbachev eventually convinced the Americans. Why doubt then of the western support to that perestroika that would improve the world? Surely Malta anchored in him with force that illusion, which would impel him to underestimate a large number of internal difficulties.

Kohl and Gorbachev’s agreement on reunification into a single NATO-owned Germany was concluded in Zheleznovodsk, in the Caucasus, on July 16. On September 12, the 4 + 2 Conference was able to finish its work, and immediately afterwards Chancellor Kohl undertook, in exchange for the withdrawal of Soviet troops before the end of 1994, to transfer to the USSR 15,000 million marks . On October 3, Germany was reunified, and its NATO membership enshrined total sovereignty. On November 9, an exact year after the fall of the Berlin Wall, Russia and Germany signed a treaty of neighborhood, alliance and cooperation in Bonn, and Dietrich Genscher hailed «the return to Europe of regenerated Russia.» By using that unusual formula, Genscher expressed gratitude to Gorbachev, the architect of that historic change that erased nearly half a century of German division and the shameful Berlin Wall. Proclaimed peace in Eastern Europe, also established thanks to Gorbachev.
However, a problem remained: that of the evacuation of the Soviet troops from Germany, which was not easy to implement. In spite of the German aid, the USSR would be surpassed by those soldiers whose return signaled its failure and that of its army. Also, there was nothing prepared to welcome them.
The day after the announcement of the Nobel Prize, Gorbachev was caught under the fire of a violent Yeltsin attack on the Supreme Soviet of Russia. His adversary (since he was a declared adversary) reproached him with vehemence for having driven an unrealizable economic program that led the USSR to bankruptcy and immediate implosion. Gorbachev was accused of «betraying» Russia and wanting to strangle her. Was it not a true declaration of war? Gorbachev took it for granted and resigned immediately to Oslo. He was represented at the Nobel Prize ceremony by the first deputy foreign minister, Anatoli Kovalev.
These international successes of the year 1990 underscore the contradictory character of Soviet history. Although it was still confused (but only in part, and not for long) with the power of Gorbachev, the USSR acquired abroad the image of a country freed from its specificity, having renounced its threatening projects for the world. The Soviet empire then became a normal member of the international community. The Paris summit testified to this.
At the same time, inside the Soviet borders, what dominated was the uncertainty about the future of the Soviet Union, in terms of the capacity of the State to improve the economy and maintain social peace. Two contrary images of the same country!

As of August 20, it was the final disbandment of the Soviet Union. The proclamations of independence followed one another while Moscow lived in political uncertainty. Estonia proclaimed it on August 20, Latvia on 21, Ukraine on 24, Moldova (which was then designated by the name of Moldova) on 27, Azerbaijan on 30, Uzbekistan on 31. The movement continued during the following months with the independence of Tajikistan on September 9, Armenia on the 23rd (after the 21st referendum that raised the question of the «exit of the USSR»), of Azerbaijan on October 18 and of Turkmenistan on 27. Only two republics still had the status of sovereignty, Belarus and Kazakhstan, but Belarus suspended on its territory the activities of the national Communist Party and the CPSU as of August 24.
At the same time, Gorbachev, aware of the increasingly pronounced reticence of certain republics with regard to the Soviet Union, wanted to launch, at a second level of economic structures, a common economic space or common market that would disarm mistrust and would prepare the future expansion of the Soviet Union to all republics. For a moment it was possible to believe that this economic union could be a lifeline for the USSR. His program of reforms, his profiles, had also been the subject of a remarkable preparation work, directed by Yavlinski. The plan he had drawn up and which, at the end of September, Gorbachev proposed to the presidents of the republics, could seduce them: a common market of goods and services, a single monetary space, a total freedom for the companies of the republics and their insertion in the international environment.
The lightness or even inveterate optimism of Gorbachev certainly prompted him to neglect those obstacles that emerged at the end of the journey. For the most part, however, they were foreseen or foreseeable. His amazement, his bewilderment at the slowness and the failures of the Novo-Ogarevo process testifies that he had forgotten the national wills, which were constantly increasing. Conversely, Yeltsin would have his eyes fixed on the nations, especially on Ukraine. That contributed to his victory over Gorbachev.

December 8, 1991. Astonishing news, published by the media of all countries, shocked the entire world: the USSR, that superpower that nobody but the United States equaled, with a fearsome armament and aggressive initiatives, it did not exist anymore! The decision to liquidate it would be taken by three presidents of the republics of the USSR gathered in a forest residence in Belavezha, near Minsk, the capital of Belarus. That is to say, that in an unknown place, three men, three relatively little-known heads of state, except for their compatriots, had just upset the world’s balance.
His decision was announced in surprising terms, also suitable for making all certainties falter: «We, the Republics of Belarus, the Russian Federation (RSFSR) and Ukraine, as founding states of the USSR and signatories of the Treaty of Union of 1922, hereinafter referred to as high contracting parties, we find that the USSR as a subject of international law and geopolitical reality ceases to exist ».
After that preliminary declaration that suppressed an immense State and a subject of international law that the world had known since the revolution of 1917, the first article specified that the high contracting parties found the Commonwealth of Independent States.
This text, entitled «Agreements on the founding of the Commonwealth of Independent States», was signed – not in alphabetical order, but perhaps taking into account the fact that Minsk, capital of Belarus, was the place where that decision had been taken- by S. Shushkievich, president of the Supreme Soviet of Belarus, Boris Yeltsin, president of the RSFSR, and L. Kravchuk, president of Ukraine. A «declaration of the Heads of State of the Republics of Belarus, RSFSR and Ukraine» dated the same day, signed with the same names and in the same order, stated that the Commonwealth of Independent States was open to «all States (members of the USSR and other States) that share the same commitments.
The blow hit Gorbachev, who was then in the Kremlin. Hit or rather it would be said powerful hurricane, for what happened next, leaving stupefied the presidents of the eleven republics of the USSR gathered in Alma-Ata to approve the New Treaty of the Union, so long prepared. That short sentence: «The USSR no longer exists» suddenly took away all meaning from its meeting and the negotiations that had been going on for months. And the outrage was even greater when they saw that the news reached them exactly twenty-three minutes before going around the world. That hurricane that was carried without warning to the USSR and communism was unforeseen, even unpredictable. Let us return to the story that the participants, and first of all Yeltsin’s collaborators, have transmitted to us. The official texts confirm it.
Gorbachev had tried to make his common instance the heir of the USSR. The decision of December 21 rejected that project, and the transfer of the nuclear codes to Yeltsin testified that only Russia «continued» the USSR.
The final confirmation would come two days later, on December 27. Already on December 18 a decree of the Russian president had placed the Ministry of Foreign Affairs of the USSR as well as its assets under the authority of the Ministry of Foreign Affairs of the Republic of Russia. On December 27, the permanent representative of the Russian Federation at the UN sent a note to the secretary general stating that Russia was taking the place of the USSR in the United Nations as a State that would continue it (and not a successor).
The international status of Russia, which assured him a permanent seat in the United Nations Security Council, could not be enough, at the end of 1991, to reassure him about himself, since it was also his own identity that should be defined. Continuer of the USSR, was it an imperial state? What was his role? What were their relations with the independent States that emerged from the former USSR? The CEI that united them did not answer those questions. It would be verified when considering the delicate question of the Russian communities that lived in the borders of those States.

How to define the nature of the existing links between Russia and the former States of the USSR? How to make the difference between these links, that set, and Europe’s neighboring countries? To define the CIS and the confusing and difficult links that united that space, Russia invented the concept of «foreigner next». As soon as they created the CEI, Boris Yeltsin would say that this «unique interstate formation» was the institutional form of the next foreigner. It mattered little whether they adhered to the CIS (Georgia refused) or decided to move away as Ukraine would, there was an unprecedented family of States and peoples called «foreigner next.» That expression does not belong to international law or history, but from then on it would be inseparable from the Russian political vocabulary. How to explain? It is difficult to do it starting from history, from geography, from the right that prevailed for a long time, since above all it is a declaration of intentions. It is the recognition of the accomplished fact, of the legal separation of the old republics that were with the empire, but at the same time it is the affirmation of a proximity that tempers the concept of foreigner. «Foreigner next» translates the will to name a historical phenomenon qualitatively new, particular, unassimilable to the general notion of foreigner. That concept means, in the end, that Russia, the Continuing State of the USSR, did not consider the neighboring States that were part of its empire as ordinary neighbors, but as «next» in the familiar sense of the term. And for that particular neighborhood, Russia had to adapt its institutions.
This is what Vladimir Putin would later describe as «the greatest geopolitical catastrophe of the twentieth century», that is, the brutal disappearance of history and the identity of an empire of 250 million people. The trauma for the collective conscience of that disappearance, the uncertainty that derived from it, undoubtedly deserved the qualification of «catastrophe». It is not strange that Solzhenitsyn, like Putin, used that term which was for both of them an observation, and not the nostalgia for a world of vanished domination.

On January 1, 1992, the appearance of the country called Russia was the great event of the century that ended. That Russia could boast a long past, certainly: a millennium since its Christianization, eleven centuries since a prince of legend, come from no one knows where, founded on the banks of the Dnieper the State of Kiev. 882-1992: it is a long story, indeed, and at the same time a story that begins. Over the centuries, the state founded by Oleg had become an empire that was sometimes called «of all the Russias.» Then, in 1917, the USSR absorbed Russia, and that lasted three quarters of a century. When, on January 1, 1992, the citizens of Russia discovered their country as it came out of the Belavezha agreements, they were able to interrogate with all reason. What country was that so different from the one that had forged the long history, from which they had learned stages and places? Kiev, the cradle of everything, was no longer in Russia, nor the Baltic coasts, nor those of the Black Sea. Peter the Great and the great Catherine, had they not existed, like Oleg, in the Russian past? Understanding the Russia of 1992 forced the Russians to forget the past and contemplate the future; That was what he proposed to them who had been the artisan of the Russian Renaissance, Boris Yeltsin.
During his eight-year presidency, Yeltsin became obsessed with a firm will to prevent the communists from ever returning to power. In the mid-nineties, this return was possible, and even credible, so powerful were Russia’s confusion and nostalgia for a past of solidarity-theoretically, of course-and of the fraternity of the peoples. Yeltsin and democracy ended up eliminating him, because the Russians finally understood the importance of what was at stake. They also succeeded because the Soviet masses had left their place in some years to citizens, and even to a nascent civil society. The Homo sovieticus whose perpetuality Zinoviev predicted had disappeared before the elector, conscious of his rights and his responsibility. Homo sovieticus no longer existed.
It is true that, concentrated in the political fight, attentive to dismantle all the elements of the Soviet system to prevent his return-especially all the means of the administered economy, Yeltsin left free way to those who plundered the national wealth, organizing the operation of the most extraordinary banditry of a State that has known contemporary history.
However, Yeltsin managed to build Russia, and in spite of the Chechen tragedy, he preserved it from national disintegration in the image of that suffered by the USSR. He left behind lasting institutions and a fairly broad social agreement on the primacy that should be given to the Russian national interest. Gorbachev had dreamed of saving the empire; failure. Yeltsin resumed the essentials of Gorbachev’s project, but inscribed it in the Russian space, the historical heart of the empire. In short, these two men with immense charisma, who faced each other with such violence and even hated each other, are inseparable with respect to the history of their country. By similar and different means, both pursued the same objective: «to overcome the Russian backwardness», to renew the links between Russia and Europe and, above all, to reinstate Russia in Europe.
If they have often been -or still- poorly known or unloved by their compatriots (Gorbachev) and by the outside world (Yeltsin), the time necessary to understand such a broad revolution will place them both in their rightful place. in the history of Russia, among the great reformers who, from Peter the Great, insistently insisted on modernizing Russia in order to make a «barbarian» country a great European power.

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