Hartos De Corrupción — Varios Autores / Fed Up With Corruption – Several Authors (spanish book edition)

Un libro de vigente actualidad en España con una compilación de artículos. Estamos hartos y lo queremos expresar, para que nadie nos pregunte en un futuro ¿por qué no hicisteis algo? Hay mucho más en cuestión que el dinero robado. La corrupción pone en peligro el futuro mismo de toda sociedad democrática, por eso no nos podemos quedar callados. La palabra es la única arma que poseemos. Puede que no nos lleve a ningún sitio; puede que a los corruptos no les importen las palabras, pero, por favor, al menos no renunciemos a ellas. Por lo menos digamos alto y claro que no hay derecho, que ya está bien, ¡que estamos hartos!
La idea nace en un momento difícil y delicado. Llevamos unos cuantos años de una crisis, no solamente económica, que está dejando a un cuarto de la población sin trabajo, a media generación sin perspectivas, a los hospitales y las universidades sin personal, a las bibliotecas sin libros, a los museos sin exposiciones y a los auditorios sin música. Y aun así, después de siete años de recortes y de sufrimiento de tantos, tenemos que evidenciar que algunos nunca han parado de enriquecerse a costa de la comunidad.
Sabemos que el problema de la corrupción no es nuevo, pero nos preguntamos: ¿De dónde viene? ¿Quién tiene la culpa? ¿Se puede superar? Ojalá fueran ellos, «los que mandan», el origen de todos los males. Y sin embargo la corrupción parece ser algo «humano, demasiado humano». La corrupción se muestra como las caras de una moneda: tiene que ver tanto con la estructura del poder social y sus sombras como con la ambigüedad antropológica que cada uno de nosotros representa. Lo uno sin lo otro es impensable.

Cuando se analiza la corrupción, se corre el riesgo de quedarse con lo anecdótico y olvidar lo esencial: sus causas profundas. La corrupción hunde sus raíces de forma ramificada y profunda, además de ser fruto de patologías sociales y económicas —institucionalizadas formal o informalmente— que dan vida a su capacidad de destrucción. Por ello, si se pretende combatirla cortando sus ramas, lo único que se consigue es que más adelante vuelvan a surgir con igual o más fuerza. El camino, pues, consiste en evitar que llegue el agua y la luz que alimentan sus raíces y cortarlas. El análisis del fenómeno de la corrupción no puede realizarse considerando tan solo la interacción entre políticos y empresarios, ni analizando exclusivamente la actuación de las burocracias, es preciso conocer diacrónicamente el sistema político y social del país en el que se inserta y ver en qué medida las diferentes variables sociales, económicas y políticas afectan a la corrupción y cómo esta afecta a las estructuras sociales, a los sistemas de incentivos y al comportamiento político.
La confianza generalizada es fundamental para la generación de solidaridad social, cuando la gente confía en los demás tiende a sentirse parte de un mismo proyecto y a ser más solidaria. Los países con mayor nivel de confianza interpersonal tienden a ser más igualitarios. La desigualdad, sin embargo, promueve un desarrollo de la confianza particularista, una confianza en los de la propia clase o en los del propio círculo familiar, social, religioso…
La apatía democrática favorecen una democracia elitista y sin suficientes controles. Donde existe confianza y capital social positivo, el control político y las demandas al gobierno son intensas donde tal capital no existe, el control y la demanda son mucho menores, favoreciendo el uso corrupto del poder.
Todas estas reflexiones creo que son muy pertinentes para intentar entender cómo la corrupción, unida a fuertes recortes sociales y a niveles de desconfianza crecientes, puede generar círculos viciosos de deterioro económico, social y político que ponen en serio riesgo el desarrollo de nuestros países y abren la vía a fenómenos populistas que, al final, generan más frustración y más desconfianza. Es un modesto aviso… ¿aplicable a España?…

Con Platón, hombres que ansiaban imponerse y recibir honores, terminan por convertirse en amigos de la riqueza y del acrecentamiento de esta; alaban al rico, lo admiran y lo llevan al gobierno, despreciando al pobre. Implantan por ley los límites del régimen oligárquico, fijando una cantidad de dinero, mayor donde la oligarquía se impone más, menor donde se impone menos, prohibiendo participar del gobierno a aquellos cuya fortuna no llegue a la tasación estipulada. Y esto lo hacen cumplir mediante la fuerza armada, o bien, antes de llegar a eso, instituyen tal constitución mediante el temor.

La corrupción política es un delito a la vez que una falta moral, mereciendo por ello la reprobación moral y la punición legal. En lo político es un abuso de poder, con la gravedad de otros abusos de este tipo, como el tráfico de influencias o el uso de información privilegiada, a los que generalmente se hace extensiva la corrupción política. No hay en rigor una corrupción «política», sino «en» o máxime «de» la política, por cuanto lo político no es la causa de tal ilicitud, sino los motivos personales o su pretexto político —financiación de gobiernos o partidos—, que en sí mismos carecen de significado y sentido políticos. La política no es culpable de la corrupción, sino su víctima, tras ser utilizada como pretexto.
La corrupción política es un delito a la vez que una falta moral, mereciendo por ello la reprobación moral y la punición legal. En lo político es un abuso de poder, con la gravedad de otros abusos de este tipo, como el tráfico de influencias o el uso de información privilegiada, a los que generalmente se hace extensiva la corrupción política. No hay en rigor una corrupción «política», sino «en» o máxime «de» la política, por cuanto lo político no es la causa de tal ilicitud, sino los motivos personales o su pretexto político —financiación de gobiernos o partidos—, que en sí mismos carecen de significado y sentido políticos. La política no es culpable de la corrupción, sino su víctima, tras ser utilizada como pretexto.
Lo peor de la corrupción es el consentimiento de la corrupción. Peor que los actos corruptos en sí mismos es que estos sean de un modo u otro justificados por el entorno del corrupto y tolerados por la sociedad. Lo peor de la corrupción política es acostumbrarse a ella y que sea la propia costumbre, al final, la que la crea, mantiene y disculpa. Ahí está la gran diferencia entre las sociedades y regímenes corruptos y los que no lo son.
No tenemos una cultura de la responsabilidad, ni parece que la deseemos. El actual momento de la corrupción política en España es especialmente grave. La corrupción resta eficacia y autoridad a los responsables políticos para resolver los mayores problemas del país, que son la falta de crecimiento económico, el desgaste de la Constitución y las instituciones políticas, y el conflicto territorial. A causa de la corrupción no existe en este país ni el poder ni la autoridad, ni el temple ni la dedicación necesarios para resolver estos problemas, y la corrupción misma ha pasado a ser el primer problema.

La corrupción política consiste en la utilización de recursos públicos para beneficio propio. Dicho de otra forma, la corrupción consiste en dar prioridad al interés privado sobre el interés público que debiera ser el objetivo de la buena política. No siempre, en política, la corrupción busca un beneficio individual. Una parte importante de la corrupción política en España tiene como causa la financiación de los partidos políticos, que nunca han contado con una ley de financiación clara, operativa y controlable, y cuyo gasto es, además, desmesurado. Por otra parte, una fuente importante de corrupción deriva de la desregulación del suelo que hace posible recalificar terrenos en provecho de los ayuntamientos.
Lo peor, a mi juicio, es que se propague el sentimiento de que la política es un engaño y de que no hay forma de limpiarla de prácticas indebidas. La democracia necesita un demos cohesionado y comprometido con el bien común. Cuando la corrupción es la noticia de cada día, no hay aliciente ninguno para generar compromiso ciudadano. Un compromiso que, en parte, se concreta en evitar las corruptelas individuales, que tientan a todo el mundo y que se materializan en una utilización fraudulenta de los servicios públicos, en la evasión de impuestos, en la no cooperación con las tareas de gobierno y administración pública.
No hay que bajar la guardia con respecto a la corrupción política. Hay que hacerla pública. Pero, al mismo tiempo, debe evitarse convertirla en un arma de los partidos políticos para atacar al adversario. Los medios de comunicación contribuyen a ese partidismo asociado a la corrupción informando ampliamente (a veces con un detallismo excesivo y no siempre fidedigno) de las corrupciones de los partidos a los que no apoyan, y silenciando o pasando de puntillas por las de quienes se identifican con ellos. La complicidad es enemiga de la lucha contra la corrupción. Esta no debe ser tolerada en ningún caso.
No cabe llamarse a engaño al respecto: no se justifica en ningún caso, pero es evidente que mucha gente sí la lleva justificando mucho tiempo. Por razones que probablemente nos distraerían del eje de nuestra argumentación, amplios sectores de nuestra sociedad han sido indulgentes con la corrupción, sobre todo en épocas de bonanza económica. Ha sido el final de las llamadas vacas gordas y el inicio de una crisis de extremada dureza, que ha golpeado a la práctica totalidad de las clases medias y trabajadoras, la que parece haber despertado la indignación. Solo así se entiende que partidos y personajes inequívocamente corruptos obtuvieran un respaldo electoral masivo por parte de la ciudadanía, que avalaba su permanencia en los cargos, en muchos casos incluso con holgadas mayorías absolutas.
Bastaría con fomentar la reflexión, la verdadera cultura, el meditar sobre el sentido de las cosas y la vida. En el proceso de la formación de una persona no se pueden anticipar todas las posibilidades, todas las tentaciones con las que se tropezará en la vida real; pero hay que aprender austeridad y a decir la verdad cueste lo que cueste…
Vuelvo a una idea básica que antes quedó apuntada: toda responsabilidad social y, desde luego, todo cargo público relevante, debería tener un halo de prestigio moral que fuera, al menos y por lo pronto, una vergüenza quebrantar.

Si por «solución» entendemos la desaparición total de la corrupción la respuesta es: no. No, porque la corrupción tiene su base en el deseo, una condición humana. Y, como hemos visto a lo largo de la historia de la humanidad, este deseo se muestra, en muchas ocasiones, insaciable, dando lugar a la codicia y a la avaricia. Marina (2008) señala que el afán de poder parece no tener límites.
Pero no es cierto, como suele decirse, que el poder corrompe (excepto en el caso del poder absoluto). Lo que hace el poder es revelar (Álvarez, 2014), permitir la acción de quien lo detenta, liberar los impulsos de su portador. En ocasiones, estos impulsos pueden ser benéficos y altruistas; en otras, egoístas y destructivos. Amor y odio forman parte de la naturaleza humana y el poder les da alas. Por todo ello, la corrupción difícilmente desaparecerá de la faz de la tierra.
Esto no significa que debamos aceptar la corrupción sin más, por el mero hecho de ser humana. Al contrario, conocer su naturaleza debe ayudarnos a limitarla (asumiendo que no se puede extinguir del todo) en la medida de lo posible.

Se mezclan tres emociones: la rabia, la impotencia y la conmiseración. La reacción instintiva frente a los casos de corrupción que han salpicado la opinión pública en los últimos años es, en primer lugar, la rabia. La rabia es una emoción tóxica, una mezcla de ira y de odio, pero que no se manifiesta explícitamente, que se cuece en el interior de mi persona. Esta rabia se activa especialmente cuando el actor político que ha corrompido es un exponente del cinismo posmoderno y que, además de corromper o dejarse corromper, discurre sobre la honestidad, la justicia y la necesidad de la regeneración moral de la sociedad. Esta rabia nace del sentimiento de traición.
Emerge un segundo sentimiento que, además, comparto con muchos ciudadanos: la impotencia. Siento que la cuestión de la corrupción tiene tal magnitud y gravedad que uno se siente incapaz de hallar las formas de resolución.
Finalmente, experimento conmiseración por el corrupto, una profunda pena por su debilidad moral y por la incapacidad que demuestra de vivir con fidelidad las convicciones morales que esperamos de cualquier actor político que desea servir a la ciudadanía.

Para el Papa Bergoglio. En nuestras sociedades, y en todos los medios de comunicación, aparece con frecuencia, casi constantemente, el tema de la corrupción como una de las realidades habituales de la vida. Se habla de personas e instituciones aparentemente corruptas que han entrado en un proceso de descomposición y han perdido su entidad, su capacidad de ser, de crecer, de tender hacia la plenitud, de servir a la sociedad entera. No es una novedad: desde que el hombre es hombre siempre se ha dado este fenómeno que, obviamente, es un proceso de muerte: cuando la vida muere, hay corrupción. Con frecuencia noto que se identifica corrupción con pecado. En realidad, no es tan así. Situación de pecado y estado de corrupción son dos realidades distintas, aunque íntimamente entrelazadas entre sí.
El corrupto ha construido una autoestima basada precisamente en este tipo de actitudes tramposas; camina por la vida por los atajos del ventajismo a precio de su propia dignidad y la de los demás. Lo peor es que termina creyéndoselo.
El peligro de desmoronamiento personal y social que entraña la corrupción; y ayudarnos también en la vigilancia, pues un estado cotidiano de complicidad con el pecado nos puede conducir a la corrupción.

A current book in Spain with a compilation of articles. We are fed up and we want to express it, so that nobody asks us in the future why did not you do something? There is much more in question than the stolen money. Corruption endangers the very future of every democratic society, that is why we can not remain silent. The word is the only weapon we possess. It may not take us anywhere; Maybe the corrupt do not care about the words, but, please, at least we do not give up on them. At least let’s say loud and clear that there is no right, which is fine, we’re fed up!
The idea was born in a difficult and delicate moment. We have a few years of crisis, not only economic, which is leaving a quarter of the population without work, half a generation without prospects, hospitals and universities without staff, libraries without books, museums without exhibitions and the auditoriums without music. And even so, after seven years of cuts and the suffering of so many, we have to show that some have never stopped enriching themselves at the expense of the community.
We know that the problem of corruption is not new, but we ask ourselves: Where does it come from? Who is guilty? It can be overcome? I wish they were the ones who «rule», the origin of all evils. And yet corruption seems to be something «human, too human». Corruption is shown as the faces of a coin: it has to do both with the structure of social power and its shadows and with the anthropological ambiguity that each one of us represents. The one without the other is unthinkable.

When corruption is analyzed, there is a risk of staying with the anecdotal and forgetting the essential: its root causes. Corruption has its roots in a branched and deep way, besides being the result of social and economic pathologies – formally or informally institutionalized – that give life to its capacity for destruction. For that reason, if it is tried to fight it cutting its branches, the only thing that is obtained is that later they arise again with equal or more force. The way, then, is to prevent the water and light that feed their roots and cut them. The analysis of the phenomenon of corruption can not be done considering only the interaction between politicians and businessmen, nor analyzing exclusively the performance of bureaucracies, it is necessary to know diachronically the political and social system of the country in which it is inserted and see to what extent The different social, economic and political variables affect corruption and how it affects social structures, incentive systems and political behavior.
The generalized trust is fundamental for the generation of social solidarity, when people trust others tends to feel part of the same project and to be more supportive. The countries with the highest level of interpersonal trust tend to be more egalitarian. Inequality, however, promotes a development of particularist trust, a trust in those of the class itself or in those of the family, social, religious circle itself …
Democratic apathy favor an elitist democracy and without sufficient controls. Where there is trust and positive social capital, political control and demands on the government are intense where such capital does not exist, control and demand are much lower, favoring the corrupt use of power.
All these reflections I think are very relevant to try to understand how corruption, together with strong social cuts and increasing levels of distrust, can generate vicious circles of economic, social and political deterioration that put the development of our countries at serious risk and open up the via populist phenomena that, in the end, generate more frustration and more distrust. It is a modest warning … applicable to Spain? …

With Plato, men who longed to impose and receive honors, end up becoming friends of the wealth and the increase of it; they praise the rich, admire him and take him to the government, despising the poor. They implement by law the limits of the oligarchic regime, fixing an amount of money, greater where the oligarchy prevails more, less where less is imposed, prohibiting government participation to those whose fortune does not reach the stipulated taxation. And this they enforce by means of armed force, or, before coming to that, they institute such a constitution through fear.

Political corruption is a crime as well as a moral fault, thus deserving moral disapproval and legal punishment. Politically, it is an abuse of power, with the seriousness of other abuses of this kind, such as influence peddling or the use of privileged information, to which political corruption generally extends. There is not in fact a corruption «political», but «in» or «maximum» of politics, because the political is not the cause of such illegality, but the personal reasons or their political pretext -financing of governments or parties-, that in themselves lack political meaning and meaning. Politics is not guilty of corruption, but its victim, after being used as a pretext.
Political corruption is a crime as well as a moral fault, thus deserving moral disapproval and legal punishment. Politically, it is an abuse of power, with the seriousness of other abuses of this kind, such as influence peddling or the use of privileged information, to which political corruption generally extends. There is not in fact a corruption «political», but «in» or «maximum» of politics, because the political is not the cause of such illegality, but the personal reasons or their political pretext -financing of governments or parties-, that in themselves lack political meaning and meaning. Politics is not guilty of corruption, but its victim, after being used as a pretext.
The worst of corruption is the consent of corruption. Worse than corrupt acts in themselves is that they are in one way or another justified by the environment of the corrupt and tolerated by society. The worst of political corruption is getting used to it and that is the custom, in the end, the one that creates, maintains and excuses. There is the great difference between corrupt societies and regimes and those that are not.
We do not have a culture of responsibility, nor do we seem to want it. The current moment of political corruption in Spain is especially serious. Corruption reduces the effectiveness and authority of political leaders to solve the country’s biggest problems, which are the lack of economic growth, the erosion of the Constitution and political institutions, and territorial conflict. Because of corruption there is neither the power nor the authority nor the mettle nor the dedication necessary to solve these problems in this country, and corruption itself has become the first problem.

Political corruption is the use of public resources for their own benefit. In other words, corruption consists in giving priority to private interest over the public interest that should be the objective of good policy. Not always, in politics, corruption seeks an individual benefit. An important part of political corruption in Spain is caused by the financing of political parties, which have never had a clear financing law, operational and controllable, and whose spending is also excessive. On the other hand, an important source of corruption derives from the deregulation of land that makes it possible to requalify lands for the benefit of the municipalities.
The worst thing, in my opinion, is that the feeling spread that politics is a hoax and that there is no way to clean it of undue practices. Democracy needs a demos cohesive and committed to the common good. When corruption is the news of every day, there is no incentive to generate citizen commitment. A commitment that, in part, is concrete in avoiding individual corruption, which tempts the entire world and which materializes in a fraudulent use of public services, in tax evasion, in non-cooperation with government tasks and public administration.
Do not let your guard down with respect to political corruption. It must be made public. But, at the same time, it must be avoided to turn it into a weapon of the political parties to attack the adversary. The media contributes to that partisanship associated with corruption by reporting widely (sometimes with excessive and not always reliable detail) of the corruption of the parties they do not support, and by silencing or going on tiptoe for those who identify themselves with them. Complicity is the enemy of the fight against corruption. This should not be tolerated in any case.
It can not be called deception in this regard: it is not justified in any case, but it is clear that many people do take it justifying a long time. For reasons that would probably distract us from the core of our argument, large sectors of our society have been lenient with corruption, especially in times of economic boom. It has been the end of the so-called fat cows and the beginning of a crisis of extreme hardness, which has hit practically all the middle and working classes, which seems to have aroused outrage. Only this way it is understood that unequivocally corrupt parties and characters obtained a massive electoral backing by the citizens, which guaranteed their permanence in office, in many cases even with comfortable absolute majorities.
It would be enough to encourage reflection, true culture, meditating on the meaning of things and life. In the process of forming a person you can not anticipate all the possibilities, all the temptations with which you will stumble in real life; but you have to learn austerity and tell the truth at all costs …
I return to a basic idea that was previously noted: all social responsibility and, of course, any relevant public office, should have a halo of moral prestige that was, at least and for the time being, a shame to break.

If by «solution» we mean the total disappearance of corruption, the answer is: no. No, because corruption is based on desire, a human condition. And, as we have seen throughout the history of humanity, this desire is shown, in many cases, insatiable, giving rise to greed and greed. Marina (2008) points out that the desire for power seems to have no limits.
But it is not true, as they say, that power corrupts (except in the case of absolute power). What power does is reveal (Álvarez, 2014), allow the action of whoever holds it, release the impulses of its bearer. Sometimes, these impulses can be beneficial and altruistic; in others, selfish and destructive. Love and hate are part of human nature and power gives wings. For all these reasons, corruption will hardly disappear from the face of the earth.
This does not mean that we should accept corruption without further ado, for the mere fact of being human. On the contrary, knowing its nature should help us to limit it (assuming that it can not be completely extinguished) as much as possible.

Three emotions are mixed: anger, impotence and commiseration. The instinctive reaction to the cases of corruption that have planted public opinion in recent years is, first of all, anger. Rage is a toxic emotion, a mixture of anger and hatred, but it does not manifest itself explicitly, it is cooked inside of me. This anger is activated especially when the political actor that has corrupted is an exponent of postmodern cynicism and that, in addition to corrupting or allowing itself to be corrupted, it talks about honesty, justice and the need for the moral regeneration of society. This anger is born of the feeling of betrayal.
A second feeling emerges that, in addition, I share with many citizens: impotence. I feel that the question of corruption is of such magnitude and gravity that one feels unable to find the means of resolution.
Finally, I experience commiseration for the corrupt, a deep sorrow for his moral weakness and for the inability to live faithfully the moral convictions we expect from any political actor who wishes to serve the citizenship.

For Pope Bergoglio. In our societies, and in all media, the topic of corruption appears frequently, almost constantly, as one of the habitual realities of life. We are talking about apparently corrupt people and institutions that have entered into a process of decomposition and have lost their entity, their capacity to be, to grow, to tend towards fullness, to serve society as a whole. It is not a novelty: since man is man, this phenomenon has always occurred, which is obviously a process of death: when life dies, there is corruption. I often notice that corruption is identified with sin. Actually, it’s not like that. Situation of sin and state of corruption are two different realities, although intimately intertwined with each other.
The corrupt has built a self-esteem based precisely on this type of tricky attitudes; he walks through life through the shortcuts of advantageism at the price of his own dignity and that of others. The worst thing is that he ends up believing it.
The danger of personal and social collapse that corruption entails; and help us also in vigilance, because a daily state of complicity with sin can lead us to corruption.

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