Comportarse Como Adultos: Mi Batalla Contra El Establishment Europeo — Yanis Varoufakis / Adults in the Room: My Battle with the European and American Deep Establishment by Yanis Varoufakis

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Pongámonos en antecedentes, durante la primavera de 2015, las negociaciones para renovar los programas de rescate entre el recién elegido gobierno griego de Syriza (el partido de izquierda radical) y la troika pasaban por un momento tan difícil y confuso que, en un momento de exasperación, Christine Lagarde, la directora del Fondo Monetario Internacional, reclamó a ambos que se comportaran como adultos.
Parte de la confusión se debía a la aparición en escena de alguien que intentaba cambiar la manera de analizar la crisis de deuda en Grecia: era Yanis Varoufakis, su ministro de Finanzas, un economista de ideas iconoclastas que se paseaba por las cancillerías europeas con una chaqueta de piel y sin corbata.
El mensaje que Varoufakis comunicó a las instituciones que negociaban con Grecia fue claro: la deuda acumulada por su país era impagable y lo sería aún más si se continuaba implantando la austeridad que le exigían sus acreedores. De nada servía acumular un rescate tras otro con más recortes y subidas de impuestos. Lo que debía hacer Grecia era más radical y pasaba por alterar las ideas económicas del establishment europeo.

No hay palabras para describir la trascendencia de este libro. Varoufakis rompe la baraja y cuenta todo lo que se cuece en los pasillos de la Unión Europea, para descubrirnos que el respeto a la democracia y la voluntad popular están en los últimos lugares de la agenda de aquellos que nos gobiernan.
El libro describe con un estilo ágil, cuidado y apasionante los años de la «crisis griega» y lo hace en primera persona, a través de lo que el autor ve y oye. Las escenas, cada una más reveladora que la anterior, se suceden a toda velocidad y no aburren en ningún momento al lector. Porque, en realidad, es un libro tan político como personal, donde Varoufakis vuelca tanto sus conocimientos como sus sentimientos más íntimos
Impagables los retratos de los grandes capitostes de la UE (Juncker, Draghi), así como las explicaciones económicas que, de una forma clara y amena, permiten entender qué fue realmente la crisis del euro y por qué todavía dura.
Para mí, un libro de lectura obligatoria para cualquier ciudadano de la UE, para entender de verdad cuáles son los poderes reales -y oscuros- que se ocultan tras la bandera azul de estrellas doradas.

«Comportarse Como Adultos» oscila magistralmente entre lo emocionante y lo lírico, lo personal y lo universal, dándonos una visión única detrás de los altos muros del poder.
Este libro será incómodo o incluso peligroso para muchos políticos actuales, desde los gobiernos de Europa y las instituciones de la UE hasta el FMI y, por supuesto, el partido Syriza de Grecia. El ex ministro de Finanzas griego, Yanis Varoufakis (¡vaya, ese título se siente inadecuado por el impacto que tuvo y tiene!) Nunca ocultó el hecho de que él se acerca a la política como un extraño. Él no es miembro de ningún partido, ni siquiera el que lo nombró en el cargo (lo cual no podían dejar de hacer después de haber ganado más votos que cualquier otro diputado). Como tal, no está enredado con una red de intereses y no tiene reparos en contar todo lo que vio durante su tiempo en el «interior» de la política internacional.
Detrás de las puertas cerradas, políticos como el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, resultan no ser monstruos sino héroes de una clásica tragedia griega. Varoufakis no es desagradable ni simpatizante con él, lo que debería ser una gran sorpresa para cualquiera que compre en los principales medios de comunicación de la época, que a menudo presentan las negociaciones de 2015 como una pelea de gallos entre Varoufakis y Schäuble. Pero los medios convencionales no se involucraron en la crisis griega, tienen un papel que desempeñar, también, en un sistema que, como la Unión Soviética a fines de los 80, negará las verdades económicas y políticas básicas y pretenderá que todo está bien. hasta el mismo momento de su colapso.
Varoufakis llegó como un no iniciado para salvar el sistema, por defectuoso que sea, sabiendo que un colapso causaría dificultades indescriptibles para decenas de millones de personas. Y después de haber descubierto, a lo largo del período narrado en este libro, que los de adentro saben bien la verdad, y saben lo que se debe hacer, pero no pueden o no quieren hacerlo, el siguiente paso lógico es exponerlos. , para que la luz de la transparencia pueda provocar el cambio que no podría funcionar con estas personas. Esa es también una de las ideas del movimiento que fundó el año pasado, DiEM25 (Movimiento Democracia en Europa 2025), que exige no solo una reorientación de la UE para servir a su gente, sino también una transparencia completa de todos los poderosos ilegítimos (formalmente inexistentes) instituciones como el Eurogrupo.
Sabía que Yanis Varoufakis podría hacer que temas incluso aburridos fueran muy interesantes, como lo prueban los libros de texto de economía que él escribió y su versión de la historia de una moneda común («Y los débiles sufren lo que deben»). Teniendo en cuenta un tema interesante para empezar, uno que afecta a todos los que están preocupados por el futuro de la Unión Europea, su estilo de escritura se vuelve absolutamente impresionante. ¡Muy recomendable!

—Hay dos clases de políticos —dijo—. Los que ven las cosas desde dentro y los que prefieren verlas desde fuera. Los que prefieren estar fuera son aquellos que prefieren ser libres para contar su versión de la verdad. El precio que pagan por su libertad es que los que están dentro, los que toman las decisiones importantes, no les prestan la menor atención. Los que viven las cosas desde dentro, por su parte, deben acatar una ley sacrosanta: no ponerse en contra de los que, como ellos, también están dentro, y no hablar nunca con los de fuera sobre lo que hacen o dicen los de dentro. ¿Cuál es su recompensa? Acceder a información privilegiada y tener la oportunidad, sin ninguna garantía, eso sí, de influir sobre los que tienen el poder y condicionar sus decisiones.
La ola de suicidios provocada por la Gran Depresión griega había conseguido atraer la atención de los medios internacionales unos pocos meses antes, cuando Dimitris Christoulas, un farmacéutico jubilado de setenta y siete años, se pegó un tiro junto a un árbol en medio de la plaza Síntagma de Atenas, tras escribir un desgarrador manifiesto político contra la austeridad. En un pasado no tan lejano, el profundo dolor, lleno de dignidad y silencio, de las familias de Christoulas y Chatzis hubiera cubierto de vergüenza al funcionario más gélido. Pero en Rescatistán, mi satírica denominación para referirme a la Grecia posterior a 2010, nuestros gobernantes se mantenían bien lejos de sus víctimas, atrincherados en hoteles de cinco estrellas y escudados por caravanas de vehículos oficiales, mientras trataban de calmar su ocasional nerviosismo con proyecciones estadísticas que hablaban de una recuperación económica que no tenía base alguna.
Cuando se produce una crisis a gran escala, resulta tentador culpar de la misma a una conspiración de las élites. Es fácil imaginar una habitación llena de humo, donde un grupo de hombres muy malos (con alguna mujer de por medio) conspira para obtener enormes beneficios a costa de los más débiles y del interés de la mayoría. Esta imagen, sin embargo, no se ajusta a la realidad. Porque si nuestras desdichadas circunstancias son fruto de una conspiración, debo decir que sus organizadores ni siquiera saben que forman parte de ella. Todas esas políticas, que muchos atribuyen a una conspiración de las élites, no son más que el producto final de un entramado de supercajas negras.
La llaves que abren la puerta de ese entramado son la exclusión y la opacidad. Sólo hay que recordar el lema que hizo fortuna en la City de Londres y en Wall Street antes de la implosión del año 2008, «la avaricia es buena» decían. Muchos empleados de banca, guiados por su honradez, sentían una preocupación insoportable ante lo que veían y tenían que hacer.

El acuerdo de rescate —un eufemismo para hablar de la operación de encubrimiento— se cerró durante los primeros días de mayo de 2010. La Unión Europea y el FMI ofrecieron 110.000 millones de euros al gobierno griego, el mayor préstamo de la historia. Simultáneamente, una delegación de altos funcionarios, la troika —por las tres instituciones representadas: la Comisión Europea (CE), órgano ejecutivo de la UE; el Banco Central Europeo (BCE); y el Fondo Monetario Internacional (FMI)—, llegó a Atenas con la misión de imponer una serie de medidas destinadas a reducir la renta nacional del país, cargando la mayor parte de la deuda sobre los ciudadanos más pobres. Hasta un niño de ocho años es capaz de entender que algo así nunca puede salir bien.
Que una de las condiciones impuestas para acceder a nuevos préstamos consistiera en reducir la renta de los ciudadanos es un castigo cruel y poco habitual. De hecho, nadie acudió al rescate de Grecia. Gracias al «préstamo» de rescate y a una troika que parecía disfrutar recortando los ingresos medios de la población, la Unión Europea y el FMI enviaron a Grecia una versión moderna de la dickensiana prisión por deudas; y, además, tiraron la llave bien lejos.
La prisión por deudas ha pasado a la historia porque, al margen de su evidente crueldad, no impide la acumulación de nuevas deudas ni tampoco sirve para que los acreedores recuperen su dinero. En consecuencia, para que el capitalismo pudiera seguir su curso tras el siglo XIX, la absurda idea de que todas las deudas tienen un carácter sagrado fue sustituida por el principio de responsabilidad limitada.
A pesar de la meticulosa operación de propaganda, que repetía sin cesar que todo se hacía para salvar a Grecia, que la idea era conceder a los griegos una segunda oportunidad, que por fin se iba a reformar un Estado aquejado de una corrupción crónica, y que etcétera etcétera etcétera, nadie se hacía muchas ilusiones en los gobiernos e instituciones más poderosos del mundo. Eran muy conscientes de que conseguir que una institución en quiebra pague sus deudas con la concesión de nuevos créditos, sobre todo si para cerrar el acuerdo se reducen sus ingresos, es más difícil que sacar agua de las piedras.

El brexit ganó porque los de dentro eran unos impresentables. Tras décadas tratando a las personas como yo en función de nuestra predisposición a traicionar a la gente que nos ha dado su voto, todavía creen que «los de fuera» son unos individuos a quienes les importa un rábano escuchar sus consejos. En Estados Unidos, en el Reino Unido, en Francia y en Alemania —en todas partes, de hecho— los de dentro sienten que su autoridad se va diluyendo poco a poco. Han caído en su propia trampa, esclavos del dilema de Summers. Están condenados, como Macbeth, a cometer un error tras otro hasta darse cuenta de que su corona ya no simboliza el poder que ostentan, sino el que han perdido.
¿Cómo es posible que el Deutsche Bank, el Finanzbank y todos esos templos francforteses consagrados a la incompetencia financiera necesitaran más dinero? Porque el cheque de 406.000 millones de euros que habían recibido de la señora Merkel en 2009 apenas servía para coser el roto que habían dejado los derivados tóxicos del mercado estadounidense. No había la menor duda de que no era bastante para cubrir el dinero prestado a los gobiernos de Italia, Irlanda, Portugal, España y Grecia —un total de 477.000 millones de euros, de los cuales unos nada desdeñables 102.000 millones se habían ido hacia Atenas—. Si Grecia perdía la capacidad de cumplir con sus obligaciones, los bancos alemanes tendrían que enfrentarse a unas pérdidas que sólo podrían salvarse con otro cheque de la señora Merkel, de entre 340.000 y 406.000 millones de euros.
El rescate de 2010 se basaba en dos pilares: préstamos gigantescos para financiar a los bancos franceses y alemanes; y una austeridad salvaje. Para poder ver en perspectiva lo que significó la austeridad impuesta a Grecia, sólo hay que echar un vistazo a este ejemplo: en los dos años siguientes al «rescate» de Grecia, España, otro país de la eurozona que se había metido en el mismo lío, tuvo que aplicar unos recortes equivalentes al 3,5 por ciento del total de su gasto público. Durante ese mismo periodo de dos años, de 2010 a 2012, Grecia sufrió un estupendo recorte del 15 por ciento en su gasto público. ¿Y cuáles fueron los resultados? En España, la renta nacional se redujo un 6,4 por ciento, mientras que en Grecia la caída alcanzó el 16 por ciento. En el Reino Unido, mientras tanto, el recién nombrado canciller de Hacienda, George Osborne, defendía una política de austeridad moderada como el mejor camino para alcanzar su sueño particular: un presupuesto público equilibrado para el año 2020.

Los banqueros se convirtieron en los principales financiadores de los medios, con el objetivo de manipular a la opinión pública y seguir controlando el juego político que les permitía mantener el control de sus bancos. Pero, a diferencia de los propietarios de los medios, los banqueros fueron bastante más listos y evitaron entrar en el accionariado de unos periódicos y unas cadenas de televisión que eran insolventes. Por el contrario, los bancos decidieron mantener con vida a los medios pagando generosas sumas para anunciar sus servicios y, lo que es aún más importante, les concedieron préstamos bastante considerables para seguir guardando las apariencias; o sea, como ocurría con los préstamos que se concedían los bancos entre sí, y también con los préstamos que la UE y el FMI hacían llegar al Estado griego.
El triángulo del pecado quedaba así cerrado y completo: los medios se transformaron en unos zombis después de recibir el dinero de unos bancos que ya eran unos zombis; los bancos, a su vez, se mantenían en su condición de zombis gracias a un gobierno que estaba en la más absoluta bancarrota; y el gobierno, por su parte, seguía en una situación de quiebra permanente por culpa de los préstamos de rescate concedidos por la UE y el FMI.
Con Tsipras —¿Por qué no podemos decirles que si no aceptan nuestro rechazo unilateral al programa, entonces nos vamos del euro? —preguntó Alexis.
Le expliqué que un enfrentamiento con la troika podía terminar con tres finales distintos. El mejor sería conseguir un nuevo acuerdo para Grecia —con una reestructuración seria de la deuda, el final de la autodestructiva austeridad y una serie de reformas que apuntaran a la oligarquía— que nos mantuviera dentro del euro. La peor opción sería permanecer en el euro en la misma situación: en prisión por deudas y con cada vez menos ingresos, opciones y esperanzas. El grexit quedaría en medio: mucho, muchísimo peor que un acuerdo viable dentro de los límites de la eurozona, pero mejor a medio y largo plazo que seguir con el círculo vicioso de rescates, austeridad y recesión durante al menos cinco años más.
También dije que era imposible que Berlín, Frankfurt, Bruselas o el FMI aceptaran una oferta «a todo o nada»; sin dudarlo, se quedarían con la nada. Por lo tanto, lanzar un ultimátum de ese estilo significaba ir directos hacia la tercera opción —la expulsión de la eurozona— y descartar de raíz el mejor final, el primero. Pero para dejar la puerta abierta a ese primer final, Alexis necesitaba forzar la negociación. Por un lado, esto implicaba renunciar a la amenaza (y, más aún, al objetivo) del grexit y, por el otro, explicar al resto del mundo que su mayor miedo no era la expulsión de la eurozona, sino seguir en la situación actual. No obstante, me quedé con la sensación de que Alexis no tenía mucho interés en los matices de mi explicación.
La UE y el FMI ya no se comportarían como el Ebenezer Scrooge del Cuento de Navidad de Charles Dickens. Se convertirían en socios de Grecia para impulsar el crecimiento económico porque, sin la recuperación del país, la única solución a sus problemas sería condonar una parte de los préstamos de rescate.
El documento con mi análisis, al que sólo podían tener acceso Alexis y Pappas, incluía un apartado sobre la reacción que podía esperarse de nuestros amigos de la UE y el FMI y de los integrantes de la oligarquía griega: una hostilidad cargada de veneno. Para nuestros oponentes de dentro y fuera del país, las dos propuestas eran puro veneno político.

La suma que el Estado griego todavía debía al BCE en concepto de estos increíbles bonos ascendía a 33.000 millones de euros. Desde la perspectiva griega era un montón de dinero, sobre todo si se tiene en cuenta que el Estado debía pagar 6.600 millones de euros antes de que vencieran los plazos de julio y agosto de 2015. Pero desde la perspectiva del BCE, la suma era insignificante en comparación con el billón de euros, e incluso más, que el BCE tenía previsto inyectar en los mercados. Sin embargo, esos pocos miles de millones que debía el gobierno griego al BCE tenían una gran trascendencia legal: cualquier quita sobre esa suma o cualquier retraso en su reembolso podían llevar al Bundesbank y al Tribunal Constitucional alemán a denunciar de nuevo a Draghi y al BCE; una demanda que socavaría la credibilidad de su programa integral de adquisición de deuda pública y que acabaría provocando su distanciamiento de la canciller Merkel, que nunca se atrevería a enfrentarse simultáneamente al Bundesbank y al Tribunal Constitucional alemán. Si Draghi decidía enfrentarse a esa alianza de poderes, su libertad se vería recortada de una forma drástica, lo que debilitaría la fe de los mercados en su hasta ahora mágica promesa de que «haría lo que fuera necesario» para salvar el euro; lo único que había evitado el hundimiento de la moneda.
Tenía la convicción de que si, desde un principio, el gobierno de Syriza dejaba clara su intención de tomar represalias y recortar los bonos SMP que estaban en los libros del Banco Central Europeo, el BCE reconsideraría su postura y detendría el cierre bancario.
—Draghi es demasiado listo como para arriesgarse a algo parecido, solamente para dejar que Berlín te pase por encima —le dije a Alexis—. Por supuesto, y visto de otra forma, si no consigues convencerles de que tus amenazas van en serio, y que recortarás el valor de esos bonos SMP, entonces el BCE no tendrá ningún motivo para oponerse a Berlín y rechazar su propuesta de acabar contigo forzando unas vacaciones bancarias.

El 17 de enero de 2015, una semana antes de las elecciones, publiqué una nota de prensa, ahora en calidad de candidato al Parlamento por el área metropolitana de Atenas. En la nota, resumía mi plan de reestructuración de la deuda griega. Primero, habría que dividirla en cuatro grandes porciones:

Dinero adeudado al BCE por los bonos que compró en 2010/ 2011 (los denominados bonos SMP que tendrían que haber sufrido una quita del 90 por ciento en 2012, cuando lo que se hizo fue todo lo contrario).[89]
La porción más grande (60 por ciento del total de la deuda pública) correspondía al dinero adeudado al resto de Europa en concepto de los dos rescates.
Un pequeña porción correspondía al FMI (un 10 por ciento de nuestra montaña de deuda).
Por último, el dinero que todavía debíamos a los inversores privados tras la quita parcial de 2012 (un 15 por ciento del total de la deuda).
El cuento de hadas de la recuperación emergente —o de la promesa de que estaba a la vuelta de la esquina— era la definición perfecta de una de mis expresiones preferidas en inglés: adding insult to injury [«echar sal en la herida»]. ¿Pero por qué echar más sal? ¿No había más que suficiente con la herida? Había una respuesta y no era nada agradable.

Con la gran reducción del gasto privado y los gigantescos recortes en la inversión pública, a las familias y a las empresas no les salían las cuentas. En otras palabras, el intento del gobierno por crear un superávit público irrealizable había conseguido que fuera imposible que la gente pudiera vivir por sus propios medios. Más simple aún, la austeridad pública debía terminar porque estaba matando la parsimonia privada. Empezaríamos por las cuentas del ministerio de Finanzas. Para demostrar el principio, anuncié un gesto simbólico: la venta inmediata de dos limusinas blindadas BMW serie 7 que un antiguo ministro había encargado, y que habían costado la escandalosa cifra de 750.000 euros, según me informaron. Mi moto se las apañaría la mar de bien, sobre todo en medio del enervante tráfico de Atenas. También anuncié que mis dos viceministros y yo dejaríamos de contratar a la horda de carísimos asesores que habían invadido el ministerio con las administraciones anteriores, por no hablar de las consultorías multinacionales que nos cobraban decenas de millones por darnos unos consejos desastrosos.
Mi función como ministro de Finanzas de un país en bancarrota no consistía en ofrecer falsas esperanzas mediante un optimismo fingido, sino promover políticas de moderación y expectativas realistas. Por tanto, fue un placer terminar aquella primera rueda de prensa con una noticia de primera página que afectaba a las inminentes negociaciones.
—Los predicadores televisivos de la sumisión nos han pedido que realicemos una declaración pública de lealtad a la troika y a su plan, porque de lo contrario Europa ni siquiera va a querer hablar con nosotros —dije—. Cualquiera que nos pida algo parecido debe de tener una opinión muy pobre de Europa.—
Que el presidente del Eurogrupo fuera tan iluso como para llegar a creer que ese giro de 180 grados era una posibilidad real dice muchas cosas de la reciente historia de la Unión Europea. Revela que la experiencia ha enseñado a los altos funcionarios que trabajan en nombre del establishment de la Unión Europea que los ministros y primeros ministros de cualquier nuevo gobierno, e incluso el presidente de Francia, se doblegan a las primeras de cambio en cuanto huelen un posible ultimátum respaldado por la artillería pesada del BCE. Desde 2008, cuando lo único que mantenía abiertos los bancos privados de la mayoría de los Estados miembros de la eurozona era la buena voluntad del Eurogrupo —y que el BCE de Mario Draghi necesitaba para promulgar la exención que le permitiría aceptar la porquería de avales que presentaban los bancos a cambio de efectivo—, varios gobiernos ya habían sucumbido a unas políticas que detestaban: los países bálticos, Irlanda, Chipre, España, Portugal… todos habían sido obligados a ponerse de rodillas. De hecho, Dijsselbloem alardeaba del trato que Chipre había recibido en 2013, poco después de que llegara a la presidencia del Eurogrupo, porque debía ser el modelo a aplicar para futuras crisis. La amenaza de un cierre bancario era lo que había funcionado —ése era su as en la manga el día de su visita—
Antes de convertirse en comisario de la Unión Europea, Moscovici había sido ministro de Finanzas de Francia. Cuando el cargo económico de mayor responsabilidad en la Comisión Europea quedó vacante, el presidente François Hollande insistió en que el puesto debía ser para un francés. Pero había una trampa. Berlín estaba deseando que Bruselas tomara medidas drásticas contra el déficit presupuestario de Francia, así que lo último que querían eran encargarle el trabajo a un francés, y menos todavía a un exministro de Finanzas. Por otro lado, Berlín tenía que premiar al presidente Hollande por el giro de 180 grados que había dado tras aceptar su plan de austeridad nada más ganar las elecciones, después de una campaña en la que había prometido todo lo contrario.

En una reunión normal del Eurogrupo, un fascinante ritual ilustra la forma en que la troika y sus procedimientos han tomado el control del gobierno de la Europa continental; una razón que explica por qué el terrible drama griego, que provocó la ascensión de la troika, es tan importante. Cada vez que se presenta un asunto para que sea objeto de debate —por ejemplo, el presupuesto nacional de Francia o la evolución de los bancos de Chipre— Dijsselbloem es quien anuncia el tema y después invita a los representantes de las instituciones a que expongan sus puntos de vista por turnos: primero, Moscovici en nombre de la Comisión Europea, después Christine Lagarde (o Poul Thomsen en su ausencia) en nombre del FMI, y finalmente Mario Draghi como representante del BCE (Benoît Cœuré es quien coge el relevo en las raras ocasiones en que Mario está ausente). Sólo después de que estos altos cargos que nadie ha elegido en las urnas ofrezcan su valoración y marquen el tono del debate, los ministros electos tienen la oportunidad de tomar la palabra. De hecho, en casi todas las reuniones en las que estuve presente, los ministros nunca recibieron un informe detallado de ninguno de los temas que se iban a tratar. Un espectador imparcial y sensato podría llegar a la fácil conclusión de que el objetivo del Eurogrupo es que los ministros aprueben y legitimen las decisiones que estas tres instituciones ya han tomando previamente.
La troika exigía que el arruinado Estado griego pagara unos 5.000 millones de euros al FMI antes de julio de 2015 y después, durante julio y agosto, unos 6.700 millones de euros adicionales a su propio banco central. Propuse que empezáramos por algo más sencillo, como llegar a un acuerdo para que el BCE devolviera los 1.900 millones de euros que debía a Grecia por los beneficios de nuestros bonos SMP acumulados durante años. Era el dinero de Grecia. Si los acreedores querían que cumpliéramos con los plazos de pago, lo mínimo que podían hacer era darnos acceso a nuestro propio dinero. Cualquier otra cosa sería una invitación a no pagar.

La respuesta que desde 2012 yo había intentado meterle en la cabeza al personal era Mario Draghi. Estaba seguro de que Angela Merkel intervendría si Draghi la convencía de que la estabilidad de la eurozona dependía de ello. ¿Y qué empujaría a Mario a hacer algo así? Convencerle de nuestra inquebrantable determinación a aplicar una quita sobre sus bonos SMP si nos cerraba los bancos, lo que pondría en peligro su programa de expansión cuantitativa.
Alexis lo comprendía. Se acercaría a Merkel durante la cumbre. Como resumen, le apunté en una hoja con el membrete del hotel nuestras condiciones mínimas: primero, terminar con los problemas de liquidez para crear las condiciones adecuadas para las negociaciones; segundo, sustituir el sistema de la troika por una nueva institución basada en Bruselas que permita que los ministros griegos puedan hablar directamente con la Comisión Europea; tercero, terminar con el lenguaje tóxico de «prorrogar» y «completar con éxito» el programa vigente; cuarto, terminar con la creciente austeridad mediante un acuerdo que marque un pequeño superávit primario que no exceda el 1,5 por ciento de la renta nacional, para cualquier año.
En las reuniones del Eurogrupo, cada vez que se abría el turno de palabra para que los ministros pudieran expresar su posición, siempre se producía el mismo ritual. Primero, el equipo de animadores del doctor Schäuble, compuesto por los ministros de la Europa del Este, competían entre sí para ver quién podía ser más schäublista que Schäuble. A continuación, los ministros que representaban a los países que ya habían sido rescatados, como Irlanda, España, Portugal y Chipre —los prisioneros ejemplares de Schäuble—, hacían alguna aportación compatible con las ideas de Schäuble antes de que, finalmente, el mismísimo Wolfgang tomara el mando para darle el toque final a una narrativa que en todo momento había estado bajo su control. Pero, vaya… el 20 de febrero de 2015 nada salió como él esperaba. Liberado del hechizo de Wolfgang gracias a las instrucciones directas recibidas de la canciller alemana, Jeroen leyó en voz alta el borrador del comunicado y a continuación me cedió la palabra para que expresara mi conformidad; una petición que atendí enseguida: dije que era un momento importante en la historia de Europa, un momento en que los líderes europeos habían demostrado que la democracia no es un lujo que puede concederse a los acreedores y negarse a los deudores, un momento en que la lógica del acuerdo y del esfuerzo mutuos habían prevalecido sobre un dogma que la realidad económica contradecía.
Los estatutos del Banco Central Europeo prohíben prestar dinero a países en bancarrota. Era evidente que la historia salía de los despachos de algunos aliados del BCE, quienes, a diferencia de Norman, no la encontraban tan graciosa, por lo que trataban de difundir noticias que me perjudicaran. Lo que me pareció más preocupante es que las filtraciones salieron de Frankfurt después del acuerdo del 20 de febrero, lo que sugería que el BCE no tenía la intención de aflojar sus restricciones. En mi interior confirmé una vez más que si no estábamos preparados para dejar de pagar al FMI, realizar una quita completa de los bonos SMP en propiedad del BCE y poner en marcha el sistema de pagos paralelo, los acreedores no tenían la intención de honrar el espíritu del acuerdo provisional.
La única excusa razonable que explicaría por qué cerré los ojos ante unos hechos tan duros e inoportunos, por haber concedido a Alexis el beneficio de la duda, tenía que ver con lo que estaba pasando en las calles de Atenas, y de todos los pueblos y ciudades de Grecia. Un país entero se había atrevido a reclamar su dignidad porque confiaba en que, en representación suya, nosotros dos mantendríamos la cabeza bien alta ante Bruselas, Frankfurt y Berlín. No podía hacer otra cosa que resistirme a dañar aquella dignidad, y fue ese sentimiento el que me impidió hacer lo que ahora sé que era necesario para poder defenderla. Tendría que haberme opuesto al cambio de opinión de Alexis, en público incluso. Pero, en cambio, seguí pensando que éramos como una sola persona, mientras que la troika, que ya había abierto una pequeña brecha entre nosotros, empezaba un lento y tortuoso proceso que consistía en ir ensanchando aquella brecha hasta conseguir que la fractura fuera definitiva.

Desde 2010 a 2014, intenté convencer a los políticos griegos, en una especie de cruzada personal, de que la única forma de obligar a la canciller Merkel a aceptar un posible alivio de la deuda y un acuerdo razonable para Grecia consistía en darle a escoger entre dos opciones muy simples: échanos de la eurozona y apoquina con el coste político de la decisión o, si no, líbranos de nuestra estancia en el hospicio. Estaba convencido, y lo sigo estando, de que, a diferencia de Wolfgang Schäuble, que quería echarnos de la eurozona a las primeras de cambio, Angela Merkel prefería evitar ese curso de los acontecimientos, aunque también tuviera sus reservas. Desde el día en que tomé posesión del ministerio de Finanzas nunca perdí de vista a la líder alemana, para asegurarme de que nada de lo que hacíamos pudiera impedir que ella, si es que ésa era su elección, presentara en el Bundestag nuestras propuestas de canje de deuda y la lista de reformas corregida como si fueran sus propias soluciones a la crisis griega. Darle la oportunidad de presentar esas propuestas como si fueran obra suya era imprescindible para poder alcanzar un acuerdo decente. Pero con todo esto no era suficiente.
La diferencia entre Alexis y yo. Él tenía una opinión muy negativa de Merkel, porque la veía como a un enemigo que jamás cedería, a no ser que Washington, Moscú o cualquier otra potencia la obligaran a rendirse. En cambio, yo veía a una política pragmática que, una vez agotadas todas las alternativas disponibles, no dudaría en hacer lo correcto. A diferencia de muchos griegos, yo ni demonizaba a Merkel ni tampoco esperaba de ella que actuara a favor nuestro sin la motivación adecuada. Por tanto, cuando, con sentido práctico, intervino ante el Eurogrupo del 20 de febrero, todas mis expectativas quedaron confirmadas: la canciller podía tomar cartas en el asunto en el último momento y como último recurso si temía la posibilidad de que nosotros no nos moviéramos ni un centímetro. Del mismo modo, cuando un par de semanas más tarde prometió intervenir con otro gesto positivo —que la visita de Wieser a nuestro apartamento echaría por tierra—, también se cumplieron mis expectativas: la canciller nunca cedería si no tenía que hacerlo.
Pero Alexis interpretó el comportamiento de Merkel de una forma diferente.
La influencia de Merkel sobre Alexis iba creciendo a buen ritmo. Cuando, por fin, la canciller le asestó su coup de grâce, lo que estaba en el punto de mira era la solidaridad entre Alexis y yo. En pocas palabras, ésta era su propuesta: teniendo en cuenta el profundo desprecio que la mayoría de los griegos sentían por Wolfgang Schäuble, Merkel propuso marginar a sus respectivos ministros de Finanzas —deja que Varoufakis «anule» a Schäuble, y que Schäuble «anule» a Varoufakis, en sus propias palabras— mientras Alexis y ella se ponían a trabajar entre bastidores para alcanzar un acuerdo justo. Para conseguirlo, Angela Merkel propuso crear un tercer nivel en las negociaciones, separado del Grupo de Bruselas y del Eurogrupo, sin mi presencia ni la de Schäuble, donde ofrecería a Alexis unas concesiones que en el Eurogrupo era imposible presentar.
A Alexis le encantó la idea. Así que prepararon una reunión secreta en Frankfurt entre sus dos enviados.

Para finales de marzo, el dinero en efectivo que quedaba en las arcas del Estado griego ya se había utilizado para pagar al FMI. Según el acuerdo del segundo rescate, estos pagos, que ascendían a unos 1.500 millones de euros, tendrían que haberse efectuado con una serie de desembolsos provenientes del fondo de rescate europeo y del FMI; un dinero que, por supuesto, estaba retenido, en un episodio más de la estrategia ideada para obligarnos a capitular. Los 1.900 millones de euros que nos debía el BCE también estaban retenidos, y los 1.500 millones de euros que Pekín nos había ofrecido, bloqueados. Era un milagro que el ministerio hubiera podido encontrar los 1.500 millones para el FMI sin dejar de cumplir con nuestras obligaciones con los funcionarios y los pensionistas. Quedó demostrado que, a pesar de la profunda crisis, el Estado griego podía sobrevivir bien por sus propios medios, y que toda esa verborrea sobre los préstamos que yo tenía que pedir a otros países para poder pagar unas pensiones y unas nóminas desorbitadas no tenía ningún sentido.
No obstante, habíamos llegado al final de trayecto.
El asalto de la troika en Riga vino acompañado de una campaña de propaganda muy bien preparada. Durante la tensa reunión del Eurogrupo, los medios de comunicación habían publicado la noticia falsa de que mis colegas ministros me habían abroncado personalmente. Según la noticia de Bloomberg, «los jefes de las finanzas de la eurozona dijeron que la gestión de las negociaciones realizada por Varoufakis era irresponsable y le acusaron de hacerles perder el tiempo, de ser un jugador y un aficionado, según dijo una persona que conoce a fondo las negociaciones, y que pidió permanecer en el anonimato porque las conversaciones eran privadas.» En la rueda de prensa que siguió a continuación, la prensa preguntó de forma explícita a Jeroen si yo había recibido esos calificativos. En lugar de limitarse a decir no, el presidente del Eurogrupo dio credibilidad a la noticia falsa al negarse a desmentirla y, además, tras sonreír con toda la intención, añadió:
—Fue una discusión de fundamental importancia, que acabó generando en la sala una sensación de gran urgencia.

Mi experiencia personal durante aquellos días se resume mejor con una referencia cultural diferente: la obra de teatro Final de partida de Samuel Beckett —que también podría servir como leitmotiv del establishment europeo después de que la calamidad financiera de 2008 lo dejara sin recursos, incapaz de encontrar una forma de sustentar a nuestras sociedades y, a la vez, incapaz de renunciar a su control sobre ellas— describe a un autoritario ciego que somete y humilla a su sirviente, Clov, a quien adoptó cuando era niño, en una agobiante repetición de un comportamiento sin sentido, y que los acerca a un final que para ambos es inevitable pero esquivo, deseado y maldito. Durante los meses de mayo y junio, jamás pensé que la partida que Alexis y el gabinete de guerra habían decidido jugar no estuviera ya perdida. Sólo íbamos pasando por los diferentes movimientos que conducían a un irremediable jaque mate.
Dediqué la energía que me quedaba a cuatro tareas: la campaña contra los evasores fiscales y las máquinas tragaperras; la preparación de mis presentaciones para el Eurogrupo, para que fueran tan intachables como fuera posible; el desarrollo del sistema de pagos paralelo, incluyendo el Plan X; y, en lo más alto de la lista, la confección de nuestro Plan para Grecia.
Las esperanzas se fueron desvaneciendo durante el mes siguiente, a medida que la crónica informativa de nuestro declive avanzaba a cámara rápida.
El 1 de junio, George Soros intenta hablar con Alexis a través de mis contactos. Durante años, el establishment pro-troika y la derecha antisemita me habían pintado como si fuera la marioneta de Soros en Grecia, por lo que ese mensaje al primer ministro se convirtió en un reconocimiento envenenado.
—¡Despide a Varoufakis! Europa no puede permitirse tener dos heridas abiertas a la vez; Grecia y Ucrania [donde se estaban produciendo feroces combates]. Atenas debe capitular de inmediato ante Alemania para que Europa se pueda dedicar a Ucrania. Por eso hay que echar a Varoufakis.
Meses después me llegaría un reconocimiento aún mayor, y también más amargo, cuando la UE y el FMI anunciaron que utilizarían los mismos canjes de deuda y los mismos bonos vinculados al crecimiento que yo había propuesto para reestructurar la deuda pública de Ucrania.
Los motivos de la troika y de la oligarquía doméstica de Grecia eran obvios. La deuda es el poder del acreedor, y una deuda insostenible concede a los acreedores un poder exorbitante. La Primavera Griega se enfrentó al derecho de los acreedores y de sus agentes domésticos a gobernar una nación deudora. No les quedó otra que desacreditar al 61,3 por ciento que votó no, con el argumento de que unos oportunistas los habían llevado por el mal camino. Y como ahora Alexis se había arrepentido, eso me dejaba a mí en el punto de mira de la troika.
Los funcionarios de la troika, como Klaus Regling y Yannis Stournaras, afirman convencidos que yo costé a la economía griega unos 100.000 millones de euros. Son las mismas personas responsables de haber acumulado una cantidad tan enorme de deuda encima de una Grecia en bancarrota, con los préstamos de rescate de 2010 y 2012, que en 2015 la única solución era aplicar una quita de 100.000 millones de euros. Esto fue lo que conté a la gente en Grecia, con todas las letras; y de hecho nos votaron para hacer sólo eso. Pero la troika no tenía ninguna intención de reconocer su culpabilidad, y por eso aplastó a nuestro gobierno para refinanciarla y conseguir todo lo contrario. Dentro de Grecia, la historia era la misma de siempre. Los mismos partidos políticos, banqueros y medios de comunicación que me habían exigido que firmara el acuerdo de la troika protestaron por las subidas de impuestos que el acuerdo imponía. La misma gente que había orquestado el pánico bancario me culpaba del pánico bancario. Los periodistas que me habían ridiculizado por haber sido marginado en las negociaciones de abril me culpaban ahora del estancamiento de las negociaciones de mayo y junio. La misma gente que quería verme en el estrado acusado de alta traición por jugar con la pertenencia de Grecia a la eurozona demostraban una total admiración por Mario Draghi y Wolfgang Schäuble, los dos hombres que habían puesto en peligro la integridad de toda la eurozona al cerrar los bancos del país.
Como era previsible, las repercusiones fueron devastadoras. Se produjo un incremento de todos los impuestos. El IVA subió en todos los productos: comida, hoteles, libros, medicamentos y suministros básicos. Las pequeñas, medianas y grandes empresas vieron cómo aumentaban sus impuestos y contribuciones a la seguridad social y, en lo que era una medida asombrosa, fueron obligadas a pagar por anticipado, y de inmediato, el cien por cien de los impuestos estimados para el año siguiente. El pequeño plus concedido a los pensionistas que cobraban menos de los 300 euros al mes habituales fue eliminado, y hubo recortes en la mayoría de las pensiones. Los activos que aún estaban en propiedad del Estado se pusieron a la venta, como parte de un nuevo fondo controlado directamente por la troika. El catálogo de horrores era interminable. Eran las medidas que impondrías a una economía en dificultades si lo que quieres es acabar con ella.
Unos pocos meses después, en una conferencia en Italia, Jens Spahn, el ayudante de Wolfgang Schäuble, me reprendió por decir que el tercer rescate era una versión actualizada de la diplomacia de las cañoneras.
—Pero tu Parlamento votó a favor por una gran mayoría, ¿no? —señaló.
Claro que lo hizo, respondí. Sólo que asentir sin tener la libertad de decir que no es una forma de esclavitud.
A pesar de que estoy orgulloso de haber desempeñado un papel en la Primavera Griega y del auténtico susto, aunque
se llevaron los irresponsables e inhumanos acreedores de Grecia, nuestra derrota tuvo unos costes enormes. Los griegos más débiles y necesitados fueron los que asumieron el coste de la factura económica de la derrota. Al mismo tiempo, quienes pagaron el precio político fueron las personas de ideas progresistas de todo el mundo, que acabaron con el corazón roto cuando vieron que Syriza sucumbía al dogma del NHA —No Hay Alternativa—.
Esto es lo que ocurre cuando aquellos que ostentan un poder injustificado pierden la legitimidad y la confianza en sí mismos: se vuelven desagradables. Sin ningún interés por ganar el debate intelectual o ideológico, el establishment recurrió a campañas de difamación y a medidas punitivas a sabiendas de que resultarían en menos prosperidad y menos libertad. Utilizó la fuerza bruta para imponer políticas que ni siquiera Ronald Reagan y Margaret Thatcher hubieran apoyado. Y una vez que el establishment sofocó la rebelión, impuso una serie de conjuros que debían cumplirse por el simple hecho de invocarse, como el MoU implantado sobre los derrotados, y se dedicó a acallar cualquier intento de debate o de indagación crítica. En pocas palabras, se convirtió en un establishment muy antiliberal.

El 9 de febrero de 2016, nacía ese movimiento. Elegimos el famoso teatro Volksbühne de Berlín para inaugurar DiEM25, el Movimiento por la Democracia en Europa. La energía que no había sentido cuando pensaba en la posibilidad de empezar un nuevo partido en Grecia me desbordó por completo al darme cuenta del hambre de Primavera Griega que había en toda Europa.
Para recuperar nuestros países tenemos que reencontrar un sentido compartido de la decencia y devolver el sentido común a Europa. Del mismo modo que un único país no puede abordar el cambio climático por sí solo, la tarea a la que nos enfrentamos no puede llevarse a cabo por naciones solitarias.
Algunos quedaban convencidos, otros seguían escépticos. La idea de Europa había quedado tan dañada, en especial por los acontecimientos de 2015, que muchas buenas personas se están apartando de ella. Incluso algunos que simpatizan con el paneuropeísmo de DiEM25 lo descartan por utópico. Pero permíteme, querido lector, compartir contigo una idea en la que creo firmemente, como mensaje de despedida: puede que nuestro movimiento sea utópico, pero su política de desobediencia constructiva dentro de la UE, de estar al mismo tiempo dentro y en contra de esta Europa antiliberal y antidemocrática, es la única alternativa real a la distopía que se va extendiendo a medida que Europa se desintegra. Esa fue mi postura como ministro de Finanzas de Grecia. Y sigue siendo mi postura a día de hoy.
Por supuesto, puedo equivocarme. Pero, aun así, creo que es una causa por la que vale la pena luchar.

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Let’s take a look at the background, during the spring of 2015, the negotiations to renew the rescue programs between the newly elected Greek government of Syriza (the radical left party) and the troika were going through such a difficult and confusing moment that, at a time of Exasperation, Christine Lagarde, the director of the International Monetary Fund, demanded that both behave as adults.
Part of the confusion was due to the appearance on the scene of someone trying to change the way to analyze the debt crisis in Greece: it was Yanis Varoufakis, his finance minister, an economist of iconoclastic ideas who walked through the European chancelleries with a leather jacket and no tie.
The message that Varoufakis communicated to the institutions that negotiated with Greece was clear: the debt accumulated by his country was unpayable and would be even more so if the austerity demanded by his creditors continued to be implemented. It was useless to accumulate one rescue after another with more cuts and tax increases. What Greece had to do was more radical and went through to alter the economic ideas of the European establishment.

There are no words to describe the transcendence of this book. Varoufakis breaks the deck and tells everything that is going on in the corridors of the European Union, to discover that respect for democracy and popular will are at the bottom of the agenda of those who govern us.
The book describes the years of the «Greek crisis» with an agile, careful and passionate style and does so in the first person, through what the author sees and hears. The scenes, each one more revealing than the previous one, follow each other at full speed and do not bore the reader at any time. Because, in reality, it is a book as political as personal, where Varoufakis overturns both his knowledge and his most intimate feelings
The portraits of the great capitostes of the EU (Juncker, Draghi) are unparalleled, as well as the economic explanations that, in a clear and entertaining way, allow us to understand what the euro crisis really was and why it still lasts.
For me, a compulsory reading book for any citizen of the EU, to really understand what are the real powers – and dark – that are hidden behind the blue flag of golden stars.

«Adults in the Room» masterfully oscillates between the thrilling and the lyrical, the very personal and the universal, giving us a unique glimpse behind the high walls of power.
This book will be uncomfortable or even dangerous for many current politicians, from Europe’s governments and EU institutions to the IMF and of course Greece’s Syriza party. Former Greek Finance Minister Yanis Varoufakis (boy, does that title ever feel inadequate given the impact he had and has!) never made a secret of the fact that he comes to politics as an outsider. He is not a member of any party, not even the one that put him in office (which they couldn’t fail to do after he won more votes than any other MP). As such, he is not entangled with a net of interests and he has no qualms to tell all that he saw during his time on the ‘inside’ of international politics.
Behind closed doors, politicians like German Finance Minister Wolfgang Schäuble turn out to be not monsters but heroes of a classic Greek tragedy. Varoufakis is not unkind or unsympathetic to him – which should come as a big surprise to anyone who bought into the mainstream media reporting of the time, which often presented the 2015 negotiations as a cock fight between Varoufakis and Schäuble. But the mainstream media were/are not uninvolved in the Greek crisis, they have a role to play, too, in a system that, like the Soviet Union in the late 80s, will deny basic economic and political truths and pretend that all is well until the very moment of its collapse.
Varoufakis came as a non-insider to save the system, flawed as it may be, knowing that a collapse would cause untold hardships for tens of millions of people. And after having discovered, over the course of the time period narrated in this book, that the insiders well know the truth, and know what needs to be done, but are unable or unwilling to do it, the logical next step is to expose them, so that the light of transparency may bring about the change that working with these people could not. That is also one of the ideas of the movement he founded last year, DiEM25 (Democracy in Europe Movement 2025), which demands not just a re-orientation of the EU to serve its people, but also complete transparency of all powerful illegitimate (formally non-existent) institutions like the Eurogroup.
I knew that Yanis Varoufakis could make even dull subjects very interesting, as proven in the economics textbooks he authored and his account of the history of a common currency («And the Weak Suffer What They Must»). Given an interesting subject to start with, one that affects everyone who is concerned about the future of the European Union, his writing style becomes absolutely breathtaking. Highly recommended!

«There are two kinds of politicians,» he said. Those who see things from within and those who prefer to see them from outside. Those who prefer to be outside are those who prefer to be free to tell their version of the truth. The price they pay for their freedom is that those who are inside, those who make the important decisions, do not pay them any attention. Those who live things from within, for their part, must abide by a sacrosanct law: do not put themselves against those who, like them, are also inside, and never talk to outsiders about what they do or say inside. . What is your reward? Access privileged information and have the opportunity, without any guarantee, of course, to influence those who have power and condition their decisions.
The wave of suicides caused by the Great Greek Depression had managed to attract the attention of the international media a few months before, when Dimitris Christoulas, a seventy-seven-year-old retired pharmacist, shot himself near a tree in the middle of the square Syntagma of Athens, after writing a heartbreaking political manifesto against austerity. In the not so distant past, the deep pain, full of dignity and silence, of the families of Christoulas and Chatzis would have covered the most icy official with shame. But in Rescatistán, my satirical denomination to refer to Greece after 2010, our rulers stayed well away from their victims, entrenched in five-star hotels and shielded by caravans of official vehicles, while trying to calm their occasional nervousness with statistical projections who spoke of an economic recovery that had no basis at all.
When a crisis occurs on a large scale, it is tempting to blame it on a conspiracy of the elites. It is easy to imagine a room full of smoke, where a group of very bad men (with some woman in between) conspires to obtain huge benefits at the expense of the weakest and the interest of the majority. This image, however, does not conform to reality. Because if our unfortunate circumstances are the result of a conspiracy, I must say that its organizers do not even know that they are part of it. All these policies, which many attribute to a conspiracy of the elites, are nothing more than the final product of a network of black supercajas.
The keys that open the door of that framework are exclusion and opacity. You just have to remember the motto that made its fortune in the City of London and on Wall Street before the 2008 implosion, «greed is good,» they said. Many bank employees, guided by their honesty, felt an unbearable concern with what they saw and had to do.

The rescue agreement – a euphemism to talk about the cover-up operation – was closed during the first days of May 2010. The European Union and the IMF offered 110 billion euros to the Greek government, the largest loan in history. Simultaneously, a delegation of senior officials, the troika – for the three institutions represented: the European Commission (EC), the executive body of the EU; the European Central Bank (ECB); and the International Monetary Fund (IMF) -, arrived in Athens with the mission of imposing a series of measures aimed at reducing the national income of the country, burdening most of the debt on the poorest citizens. Even an eight-year-old child is able to understand that something like this can never go well.
That one of the conditions imposed to access new loans consisted in reducing the income of citizens is a cruel and unusual punishment. In fact, nobody came to the rescue of Greece. Thanks to the rescue «loan» and a troika that seemed to enjoy cutting back the average income of the population, the European Union and the IMF sent Greece a modern version of the Dickensian prison for debt; and, in addition, they threw the key far away.
Debt imprisonment has gone down in history because, apart from its obvious cruelty, it does not prevent the accumulation of new debts nor does it help the creditors to recover their money. Consequently, for capitalism to follow its course after the nineteenth century, the absurd idea that all debts have a sacred character was replaced by the principle of limited liability.
In spite of the meticulous propaganda operation, which repeated incessantly that everything was being done to save Greece, that the idea was to give the Greeks a second chance, that a State suffering from chronic corruption was finally going to reform, and etc. etcetera etcetera, nobody had many illusions in the most powerful governments and institutions in the world. They were very aware that getting a bankrupt institution to pay its debts with the granting of new loans, especially if to reduce the agreement reduce their income, it is more difficult to get water from the stones.

Brexit won because those inside were unpresentable. After decades of treating people like me based on our willingness to betray the people who have given us their vote, they still believe that «outsiders» are individuals who do not give a damn to listen to their advice. In the United States, in the United Kingdom, in France and in Germany – everywhere, in fact – those inside feel that their authority is gradually being diluted. They have fallen into their own trap, slaves to Summers’ dilemma. They are condemned, like Macbeth, to commit one error after another until they realize that their crown no longer symbolizes the power they hold, but that which they have lost.
How is it that the Deutsche Bank, the Finanzbank and all those Frankfurt temples devoted to financial incompetence needed more money? Because the check of 406,000 million euros that they had received from Mrs. Merkel in 2009 hardly served to sew the broken left by the toxic derivatives of the US market. There was no doubt that it was not enough to cover the money lent to the governments of Italy, Ireland, Portugal, Spain and Greece – a total of 477,000 million euros, of which a not insignificant 102,000 million had gone to Athens -. If Greece lost the ability to meet its obligations, German banks would have to face losses that could only be saved with another check from Mrs. Merkel, between 340,000 and 406,000 million euros.
The rescue of 2010 was based on two pillars: gigantic loans to finance French and German banks; and a wild austerity. In order to see in perspective what the austerity imposed on Greece meant, we just have to take a look at this example: in the two years following the «rescue» of Greece, Spain, another eurozone country that had gotten into the same mess, had to apply cuts equivalent to 3.5 percent of total public spending. During that same two-year period, from 2010 to 2012, Greece suffered a stupendous 15 percent cut in its public spending. And what were the results? In Spain, the national income fell by 6.4 percent, while in Greece the fall reached 16 percent. In the United Kingdom, meanwhile, the recently appointed Chancellor of the Treasury, George Osborne, defended a moderate austerity policy as the best way to achieve his particular dream: a balanced public budget for the year 2020.

The bankers became the main financiers of the media, with the aim of manipulating public opinion and continuing to control the political game that allowed them to maintain control of their banks. But, unlike the owners of the media, the bankers were quite smart and avoided entering the shareholding of some newspapers and television channels that were insolvent. On the contrary, the banks decided to keep the media alive by paying generous sums to advertise their services and, what is even more important, they were granted considerable loans to keep up appearances; that is, as it happened with the loans that the banks granted each other, and also with the loans that the EU and the IMF made to the Greek State.
The triangle of sin was thus closed and complete: the media became zombies after receiving money from banks that were already zombies; the banks, in turn, remained in their zombie status thanks to a government that was in absolute bankruptcy; and the government, for its part, remained in a situation of permanent bankruptcy because of the rescue loans granted by the EU and the IMF.
With Tsipras – Why can not we tell them that if they do not accept our unilateral rejection of the program, then we leave the euro? Alexis asked.
I explained that a confrontation with the troika could end with three different ends. The best would be to get a new agreement for Greece – with a serious restructuring of the debt, the end of the self-destructive austerity and a series of reforms aimed at the oligarchy – that would keep us within the euro. The worst option would be to remain in the euro in the same situation: in prison for debt and with less and less income, options and hopes. The grexit would be in the middle: much, much worse than a viable agreement within the limits of the eurozone, but better in the medium and long term than to follow the vicious cycle of rescues, austerity and recession for at least five more years.
I also said that it was impossible for Berlin, Frankfurt, Brussels or the IMF to accept an «all or nothing» offer; Without hesitation, they would be left with nothing. Therefore, launching an ultimatum of that style meant going straight to the third option – the expulsion of the eurozone – and discarding at the root the best end, the first. But to leave the door open to that first end, Alexis needed to force the negotiation. On the one hand, this meant renouncing the threat (and, even more, the goal) of grexit and, on the other, explaining to the rest of the world that their biggest fear was not the expulsion from the eurozone, but continuing in the current situation . However, I was left with the feeling that Alexis did not have much interest in the nuances of my explanation.
The EU and the IMF would no longer behave like the Ebenezer Scrooge of Charles Dickens’ Christmas Tale. They would become Greece’s partners to boost economic growth because, without the country’s recovery, the only solution to their problems would be to forgive a portion of the rescue loans.
The document with my analysis, which could only be accessed by Alexis and Pappas, included a section on the reaction that could be expected from our friends from the EU and the IMF and from the members of the Greek oligarchy: a hostility loaded with poison. For our opponents inside and outside the country, the two proposals were pure political poison.

The sum that the Greek State still owed to the ECB for these incredible bonuses amounted to 33,000 million euros. From the Greek perspective it was a lot of money, especially if you take into account that the State had to pay 6.6 billion euros before the deadlines of July and August 2015 expired. But from the ECB’s perspective, the sum was insignificant compared to the trillion euros, and even more, that the ECB planned to inject into the markets. However, those few billions owed by the Greek government to the ECB were of great legal significance: any withdrawal on that amount or any delay in its reimbursement could lead the Bundesbank and the German Constitutional Court to denounce Draghi and the ECB again ; a demand that would undermine the credibility of its comprehensive program of public debt acquisition and that would end up distancing it from Chancellor Merkel, who would never dare to face simultaneously the Bundesbank and the German Constitutional Court. If Draghi decided to confront this alliance of powers, his freedom would be cut drastically, weakening the faith of the markets in his hitherto magical promise that he would «do whatever was necessary» to save the euro; the only thing that had prevented the collapse of the coin.
He was convinced that if, from the beginning, the Syriza government made clear its intention to retaliate and cut the SMP bonds that were in the books of the European Central Bank, the ECB would reconsider its position and stop the bank closure.
«Draghi is too smart to risk anything like that, just to let Berlin pass you by,» I said to Alexis. Of course, and seen in another way, if you can not convince them that your threats are serious, and that you will cut the value of those SMP bonds, then the ECB will have no reason to oppose Berlin and reject its proposal to end you forcing a bank holiday.

On January 17, 2015, one week before the elections, I published a press release, now as a candidate for Parliament for the metropolitan area of ​​Athens. In the note, I summarized my Greek debt restructuring plan. First, it would have to be divided into four large portions:

Money owed to the ECB for the bonds that it bought in 2010/2011 (the so-called SMP bonds that would have had to undergo a 90% reduction in 2012, when what was done was the opposite). [89]
The largest portion (60 percent of the total public debt) corresponded to the money owed to the rest of Europe for the two ransoms.
A small portion corresponded to the IMF (10 percent of our mountain of debt).
Finally, the money that we still owed to private investors after the partial withdrawal of 2012 (15 percent of the total debt).
The fairytale of emergent recovery-or the promise that it was just around the corner-was the perfect definition of one of my favorite expressions in English: adding insult to injury. But why add more salt? Was not there more than enough with the wound? There was an answer and it was not pleasant at all.

With the great reduction in private spending and the gigantic cuts in public investment, families and businesses did not get their accounts. In other words, the government’s attempt to create an unrealizable public surplus had made it impossible for people to live on their own. Even more simple, public austerity had to end because it was killing private parsimony. We would start with the accounts of the Ministry of Finance. To demonstrate the principle, I announced a symbolic gesture: the immediate sale of two BMW 7-series armored limousines that an old minister had ordered, and which had cost the scandalous figure of 750,000 euros, they informed me. My motorbike would manage the sea of ​​good, especially in the midst of the unnerving traffic of Athens. I also announced that my two deputy ministers and I would stop hiring the horde of expensive advisers who had invaded the ministry with the previous administrations, not to mention the multinational consultancies that charged us tens of millions for giving us disastrous advice.
My role as finance minister of a bankrupt country was not to offer false hope through a feigned optimism, but to promote policies of moderation and realistic expectations. Therefore, it was a pleasure to finish that first press conference with a front page news item that affected the upcoming negotiations.
«The television preachers of submission have asked us to make a public declaration of loyalty to the troika and its plan, because otherwise Europe will not even want to talk to us,» I said. Anyone who asks us for something similar must have a very poor opinion of Europe.-
That the president of the Eurogroup was so deluded as to come to believe that this 180 degree turn was a real possibility says many things about the recent history of the European Union. It reveals that experience has taught senior officials working on behalf of the European Union establishment that the ministers and prime ministers of any new government, and even the president of France, bend to the first change as soon as they smell a possible ultimatum backed by the heavy artillery of the ECB. Since 2008, when the only thing that kept the private banks of most Eurozone member states open was the goodwill of the Eurogroup – and that the ECB of Mario Draghi needed to enact the exemption that would allow him to accept the crap of guarantees that they presented the banks in exchange for cash – several governments had already succumbed to policies they detested: the Baltic countries, Ireland, Cyprus, Spain, Portugal … all had been forced to get on their knees. In fact, Dijsselbloem boasted about the treatment that Cyprus had received in 2013, shortly after it reached the presidency of the Eurogroup, because it had to be the model to apply for future crises. The threat of a bank closure was what had worked -that was his ace up his sleeve on the day of his visit-
Before becoming a Commissioner of the European Union, Moscovici had been French Minister of Finance. When the most responsible economic position in the European Commission was vacant, President François Hollande insisted that the post should be for a Frenchman. But there was a trap. Berlin was anxious for Brussels to take drastic measures against France’s budget deficit, so the last thing they wanted was to entrust the work to a Frenchman, and even less to a former finance minister. On the other hand, Berlin had to reward President Hollande for the 180 degree turn he had made after accepting his austerity plan as soon as he won the elections, after a campaign in which he had promised the opposite.

In a normal meeting of the Eurogroup, a fascinating ritual illustrates the way in which the Troika and its procedures have taken control of the government of continental Europe; a reason that explains why the terrible Greek drama, which provoked the ascension of the troika, is so important. Every time an issue is presented for discussion – for example, the national budget of France or the evolution of the banks in Cyprus – Dijsselbloem is the one who announces the issue and then invites the representatives of the institutions to present their turn-based views: first, Moscovici on behalf of the European Commission, then Christine Lagarde (or Poul Thomsen in his absence) on behalf of the IMF, and finally Mario Draghi as ECB representative (Benoît Cœuré is the one who takes over from the rare occasions when Mario is absent). Only after these high offices that no one has elected at the polls offer their assessment and mark the tone of the debate, the elected ministers have the opportunity to take the floor. In fact, in almost every meeting I attended, the ministers never received a detailed report on any of the issues that were going to be discussed. An impartial and sensible spectator could reach the easy conclusion that the objective of the Eurogroup is for the ministers to approve and legitimize the decisions that these three institutions have previously made.
The troika demanded that the ruined Greek state pay some 5,000 million euros to the IMF before July 2015 and then, during July and August, an additional 6,700 million euros to its own central bank. I proposed that we start with something simpler, such as reaching an agreement for the ECB to return the 1,900 million euros owed to Greece for the benefits of our SMP bonuses accumulated over the years. It was Greece’s money. If the creditors wanted us to meet the payment deadlines, the least they could do was give us access to our own money. Anything else would be an invitation to not pay.

The response that I had tried to put in my head since 2012 was Mario Draghi. He was sure that Angela Merkel would intervene if Draghi convinced her that the stability of the eurozone depended on it. And what would push Mario to do something like that? Convince him of our unwavering determination to apply a discount on his SMP bonds if he closed the banks, which would endanger his quantitative expansion program.
Alexis understood. He would approach Merkel during the summit. As a summary, I wrote down on our hotel letterhead our minimum conditions: first, to put an end to the liquidity problems in order to create the right conditions for the negotiations; second, replace the troika system with a new institution based in Brussels that allows Greek ministers to speak directly with the European Commission; third, ending the toxic language of «extending» and «successfully completing» the current program; fourth, end the growing austerity through an agreement that marks a small primary surplus that does not exceed 1.5 percent of the national income, for any year.
In the meetings of the Eurogroup, every time that the opening of the floor was opened so that the ministers could express their position, the same ritual always took place. First, Dr. Schäuble’s team of animators, made up of Eastern European ministers, competed with each other to see who could be more schäublista than Schäuble. Next, the ministers who represented the countries that had already been rescued, such as Ireland, Spain, Portugal and Cyprus – the exemplary prisoners of Schäuble – made some contribution compatible with Schäuble’s ideas before, finally, Wolfgang himself I took the command to give the final touch to a narrative that at all times had been under their control. But, wow … on February 20, 2015 nothing went as he expected. Released from Wolfgang’s spell thanks to the direct instructions received from the German chancellor, Jeroen read aloud the draft of the communique and then gave me the word to express my agreement; a request that I attended right away: I said it was an important moment in the history of Europe, a time when European leaders had shown that democracy is not a luxury that can be granted to creditors and denied to debtors, a time when the logic of mutual agreement and effort had prevailed over a dogma that economic reality contradicted.
The statutes of the European Central Bank prohibit lending to countries in bankruptcy. It was clear that the story came from the offices of some allies of the ECB, who, unlike Norman, did not find it so funny, so they tried to spread news that hurt me. What I found most worrying is that the leaks left Frankfurt after the February 20 agreement, which suggested that the ECB did not intend to loosen its restrictions. I confirmed once again that if we were not prepared to stop paying the IMF, make a complete takedown of the SMP bonds owned by the ECB and start up the parallel payment system, the creditors had no intention of honoring the spirit of the provisional agreement.
The only reasonable excuse that would explain why I closed my eyes to such harsh and inopportune events, for having given Alexis the benefit of the doubt, had to do with what was happening on the streets of Athens, and of all the towns and cities of Greece. A whole country had dared to claim his dignity because he was confident that, on his behalf, we two would hold our heads high in Brussels, Frankfurt and Berlin. I could not help but resist that dignity, and it was that feeling that prevented me from doing what I now know was necessary to be able to defend it. I should have opposed Alexis’ change of mind, even in public. But, on the other hand, I kept thinking that we were like one person, while the troika, which had already opened a small gap between us, began a slow and tortuous process that consisted of widening that gap until the fracture was final.

From 2010 to 2014, I tried to convince Greek politicians, in a kind of personal crusade, that the only way to force Chancellor Merkel to accept possible debt relief and a reasonable agreement for Greece was to give her a choice between two very simple options: leave us from the eurozone and apoquina with the political cost of the decision or, if not, save us from our stay in the hospice. I was convinced, and I still am, that, unlike Wolfgang Schäuble, who wanted to throw us out of the eurozone at the first sign of change, Angela Merkel preferred to avoid this course of events, although she also had reservations. From the day I took possession of the Finance Ministry, I never lost sight of the German leader, to make sure that nothing we did could prevent her, if that was her choice, from presenting our exchange proposals in the Bundestag. of debt and the list of reforms corrected as if they were their own solutions to the Greek crisis. Giving him the opportunity to present those proposals as if they were his work was essential in order to reach a decent agreement. But with all this, it was not enough.
The difference between Alexis and me. He had a very negative opinion of Merkel, because he saw her as an enemy that would never give up, unless Washington, Moscow or any other power forced her to surrender. Instead, I saw a pragmatic policy that, once all the available alternatives were exhausted, I would not hesitate to do the right thing. Unlike many Greeks, I neither demonized Merkel nor expected her to act on our behalf without proper motivation. Therefore, when, with practicality, she intervened before the Eurogroup on February 20, all my expectations were confirmed: the chancellor could take action at the last minute and as a last resort if she feared the possibility that we would not move not an inch. In the same way, when a couple of weeks later she promised to intervene with another positive gesture – that Wieser’s visit to our apartment would knock us down – my expectations were also met: the chancellor would never give in if she did not have to.
But Alexis interpreted Merkel’s behavior in a different way.
Merkel’s influence on Alexis was growing at a good pace. When, at last, the chancellor gave her her coup de grâce, what was in the spotlight was the solidarity between Alexis and me. In short, this was his proposal: given the deep contempt that most Greeks felt for Wolfgang Schäuble, Merkel proposed to marginalize their respective finance ministers – let Varoufakis «annul» Schäuble, and Schäuble «annul» »To Varoufakis, in his own words- while Alexis and she went to work behind the scenes to reach a fair agreement. To achieve this, Angela Merkel proposed creating a third level in the negotiations, separate from the Brussels Group and the Eurogroup, without my presence or that of Schäuble, where she would offer Alexis some concessions that in the Eurogroup was impossible to present.
Alexis loved the idea. So they prepared a secret meeting in Frankfurt between their two envoys.

By the end of March, the cash left in the coffers of the Greek state had already been used to pay the IMF. According to the agreement of the second rescue, these payments, which amounted to some 1,500 million euros, should have been made with a series of disbursements from the European rescue fund and the IMF; a money that, of course, was withheld, in one more episode of the strategy devised to force us to capitulate. The 1,900 million euros that the ECB owed us were also withheld, and the 1,500 million euros that Beijing had offered us, blocked. It was a miracle that the ministry could have found the 1.5 billion for the IMF while continuing to fulfill our obligations to officials and pensioners. It was demonstrated that, in spite of the deep crisis, the Greek State could survive well by its own means, and that all that verbiage about the loans that I had to ask from other countries to be able to pay pensions and exorbitant payroll had no sense.
However, we had reached the end of the journey.
The assault on the troika in Riga was accompanied by a well-prepared propaganda campaign. During the tense Eurogroup meeting, the media had published the false news that my fellow ministers had personally abused me. According to the Bloomberg news, «the heads of the eurozone’s finances said that the management of negotiations conducted by Varoufakis was irresponsible and accused him of wasting time, of being a player and an amateur, according to one person who knows The negotiations were thorough, and he asked to remain anonymous because the talks were private. «In the press conference that followed, the press explicitly asked Jeroen if I had received those qualifications. Instead of just saying no, the president of the Eurogroup gave credibility to the false news by refusing to deny it and, besides, after smiling with all the intention, he added:
-It was a discussion of fundamental importance, which ended up generating a sense of great urgency in the room.

My personal experience during those days is best summed up with a different cultural reference: the final play by Samuel Beckett – which could also serve as leitmotif of the European establishment after the financial calamity of 2008 left him without resources, unable to Finding a way to sustain our societies and, at the same time, unable to relinquish control over them – describes a blind authoritarian who submits and humiliates his servant, Clov, whom he adopted as a child, in a crippling repetition of a behavior without meaning, and that brings them closer to an end that for both is inevitable but elusive, desired and cursed. During the months of May and June, I never thought that the game that Alexis and the war cabinet had decided to play was no longer lost. We were only going through the different movements that led to an irremediable checkmate.
I dedicated the remaining energy to four tasks: the campaign against tax evaders and slot machines; the preparation of my presentations for the Eurogroup, so that they would be as unimpeachable as possible; the development of the parallel payment system, including Plan X; and, at the top of the list, the preparation of our Plan for Greece.
The hopes were fading during the following month, as the informative chronicle of our decline progressed rapidly.
On June 1, George Soros tries to talk to Alexis through my contacts. For years, the pro-troika establishment and the anti-Semitic right had painted me as if I were Soros’ puppet in Greece, so that message to the prime minister turned into a poisoned acknowledgment.
-Despide Varoufakis! Europe can not afford to have two open wounds at once; Greece and Ukraine [where fierce fighting was taking place]. Athens must capitulate immediately to Germany so that Europe can devote itself to Ukraine. That’s why you have to kick out Varoufakis.
Months later I would get even more recognition, and also more bitter, when the EU and the IMF announced that they would use the same debt swaps and the same growth-linked bonds that I had proposed to restructure Ukraine’s public debt.
The motives of the troika and of Greece’s domestic oligarchy were obvious. Debt is the power of the creditor, and an unsustainable debt gives the creditors exorbitant power. The Greek Spring confronted the right of creditors and their domestic agents to govern a debtor nation. They did not have another to discredit the 61.3 percent who voted no, arguing that opportunists had led them astray. And since Alexis had repented now, that left me in the crosshairs of the troika.
Troika officials, such as Klaus Regling and Yannis Stournaras, say they are convinced that I cost the Greek economy about 100 billion euros. They are the same people responsible for having accumulated such an enormous amount of debt on top of a bankrupt Greece, with the rescue loans of 2010 and 2012, which in 2015 the only solution was to apply a € 100,000 million reduction. This is what I told the people in Greece, with all the letters; and in fact we were voted to do just that. But the troika had no intention of recognizing his guilt, and that is why he crushed our government to refinance it and achieve the opposite. Within Greece, the story was the same as always. The same political parties, bankers and media that had demanded that I sign the troika agreement protested the tax increases that the agreement imposed. The same people who had orchestrated the banking panic blamed me for the banking panic. The journalists who had ridiculed me for being sidelined in the April negotiations were now blaming me for the stalemate in the May and June negotiations. The same people who wanted to see me on the bench accused of high treason for playing with Greece’s membership in the eurozone showed total admiration for Mario Draghi and Wolfgang Schäuble, the two men who had endangered the integrity of the entire eurozone by closing the country’s banks.
Predictably, the repercussions were devastating. There was an increase in all taxes. VAT went up on all products: food, hotels, books, medicines and basic supplies. The small, medium and large companies saw their taxes and social security contributions increase and, in what was a staggering measure, they were forced to pay in advance, and immediately, one hundred percent of the estimated taxes for the year. following. The small bonus granted to pensioners who received less than the usual 300 euros per month was eliminated, and there were cuts in most pensions. The assets that were still owned by the State were put up for sale, as part of a new fund controlled directly by the troika. The catalog of horrors was endless. They were the measures that you would impose on an economy in difficulties if what you want is to end it.
A few months later, at a conference in Italy, Jens Spahn, Wolfgang Schäuble’s assistant, chided me for saying that the third rescue was an updated version of gunboat diplomacy.
-But your Parliament voted in favor of a large majority, right? -he pointed.
Of course he did, I answered. Only to agree without having the freedom to say that it is not a form of slavery.
Although I am proud to have played a role in the Greek Spring and the real scare, although
the irresponsible and inhuman creditors of Greece were taken, our defeat had enormous costs. The weakest and most needy Greeks were those who assumed the cost of the economic bill of defeat. At the same time, those who paid the political price were the people of progressive ideas from all over the world, who ended up with a broken heart when they saw that Syriza succumbed to the dogma of the NHA -No Hay Alternativa-.
This is what happens when those who hold unjustified power lose legitimacy and self-confidence: they become unpleasant. With no interest in winning the intellectual or ideological debate, the establishment resorted to defamation and punitive measures knowing that they would result in less prosperity and less freedom. He used brute force to impose policies that not even Ronald Reagan and Margaret Thatcher would have supported. And once the establishment quelled the rebellion, imposed a series of spells that had to be fulfilled by the simple act of invoking, as the MoU implanted on the defeated, and was dedicated to quell any attempt at debate or critical inquiry. In short, it became a very anti-liberal establishment.

On February 9, 2016, that movement was born. We chose the famous Volksbühne theater in Berlin to inaugurate DiEM25, the Movement for Democracy in Europe. The energy that I had not felt when I was thinking about the possibility of starting a new party in Greece completely overwhelmed me when I realized the hunger for Greek Spring in all of Europe.
To recover our countries we have to rediscover a shared sense of decency and return common sense to Europe. Just as a single country can not address climate change on its own, the task we face can not be carried out by solitary nations.
Some were convinced, others remained skeptical. The idea of ​​Europe had been so damaged, especially by the events of 2015, that many good people are turning away from it. Even some who sympathize with DiEM25 pan-Europeanism dismiss it as utopian. But allow me, dear reader, to share with you an idea that I firmly believe in, as a farewell message: our movement may be utopian, but its policy of constructive disobedience within the EU, of being both in and against this Antiliberal and anti-democratic Europe is the only real alternative to the dystopia that is spreading as Europe disintegrates. That was my position as Finance Minister of Greece. And it is still my position today.
Of course, I can be wrong. But, even so, I think it’s a cause worth fighting for.

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