Los Años Del Terror. De Al-Qaeda Al Estado Islámico — Lawrence Wright / The Terror Years: From Al-Qaeda to the Islamic State by Lawrence Wright

57CF7E09-3C7E-40C6-BCEA-9A3A95C01BFA
«Los años del terror» es una continuación obligada de la «The Looming Tower» de Wright para cualquiera que desee comprender cómo llegamos a donde estamos en el mundo moderno del terrorismo global. Lo único de este libro es que se trata de una colección de artículos (uno de los cuales, creo, fue la base de «The Looming Tower») que, si bien no siguen un hilo común, todos siguen un tema común. El libro de Wright está bien investigado, tiene una amplia fuente y es un volumen autorizado sobre la historia reciente del terrorismo. Como tal, hace una lectura muy interesante que será un desafío de poner. Como oficial militar retirado, desearía haber leído este libro antes de jubilarme; me hubiera ayudado a comprender la variedad de espacio de batalla en el que operaba con mayor claridad.
Wright tiene un estilo de escritura claro y sus libros (este incluido) muestran sus puntos de una manera lógica y de una manera que informará al lector. Recomiendo agregar «Los años del terror» a la base de conocimiento de todos aquellos que quieran comprender mejor cómo hemos llegado al nivel de terrorismo que impregna nuestro mundo moderno, y cómo podemos usar esa historia para apoyar la lucha contra el terrorismo ahora y en el futuro.
Aunque no era lo que esperaba (un seguimiento de The Looming Tower, que ganó el Premio Pulitzer) fue bastante bueno. Esencialmente, esta es una colección de 11 artículos de revistas del autor sobre temas relacionados con el terrorismo del muro burocrático y la guerra territorial que resultó en no detener el 11-S, vida en Arabia Saudita, interrogatorio mejorado, industria cinematográfica siria, política de negociación de rehenes y reformador radicales, etc.
El autor le da a los lectores muchas posiciones reflexivas para considerar, pero a menudo deja caer sus prejuicios políticos, ya que muchas de las narraciones son relatos en primera persona de la investigación de las historias dentro. Y dado que esta es una colección de sus historias de revistas, algunos hechos y cifras se repiten en múltiples capítulos.

En junio de 2001, dos organizaciones terroristas, Al-Qaeda y el grupo islamista egipcio Al-Yihad, se fusionaron formalmente en una sola. El nombre de la nueva entidad, Qaeda Al-Yihad, refleja la larga historia interdependiente de estos dos grupos. Aunque Osama bin Laden, el fundador de Al-Qaeda, era el rostro público del terrorismo islamista, los miembros de Al-Yihad y su figura dirigente, Ayman al-Zawahiri, formaban la columna vertebral del mando de la mayor de las organizaciones y eran responsables de una gran parte de la planificación de las operaciones terroristas perpetradas contra Estados Unidos, desde el ataque a soldados estadounidenses en Somalia en 1993 hasta los atentados contra el World Trade Center y el Pentágono el 11 de septiembre de 2001, pasando por los ataques contra las embajadas estadounidense en África Oriental en 1998 y contra el USS Cole en Yemen en 2000.
Bin Laden y Zawahiri estaban destinados a descubrirse el uno al otro entre los islamistas radicales que se vieron arrastrados a Afganistán por la invasión soviética.

Qutb divide el mundo en dos bandos: el islam y la yahiliyya. Esta última, en el discurso islámico tradicional, alude a un período de ignorancia que reinó en el mundo antes de que el profeta Mahoma empezara a recibir sus revelaciones divinas, en el siglo VII. Para Qutb, todo el mundo moderno, incluyendo las supuestas sociedades musulmanas, era yahiliyya. Esta era su declaración más revolucionaria, ya que situaba a los gobiernos teóricamente islámicos en el punto de mira de la yihad. «La comunidad musulmana hace tiempo que ha dejado de existir —sostiene—. Está aplastada bajo el peso de falsas leyes y costumbres que no guardan relación ni siquiera remota con las enseñanzas islámicas.» No se puede salvar a la humanidad a menos que los musulmanes recuperen la gloria de su expresión más temprana y pura. Escribe Qutb: «Debemos iniciar el movimiento del resurgir islámico en algún país musulmán» a fin de modelar un ejemplo que a la larga conduzca al islam a su destino de dominación mundial. «Debe haber una vanguardia que parta de esta determinación y luego siga recorriendo el camino.» Estas palabras resonarían en los oídos de los jóvenes musulmanes que buscaban un papel que desempeñar en la historia.
Qutb fue ahorcado el 29 de agosto de 1966, después de las oraciones del alba. «El régimen nasserista creyó que asestaba un golpe mortal al movimiento islámico con la ejecución de Sayyid Qutb y sus compañeros —observa Zawahiri en su autobiografía—. Pero la aparente calma superficial ocultaba una interacción inmediata entre las ideas de Sayyid Qutb y la formación del núcleo del moderno movimiento yihadista islámico en Egipto.» El mismo año en que ahorcaron a Qutb, Zawahiri contribuyó a formar una célula militante clandestina que aspiraba a reemplazar al gobierno laico de Egipto por uno islámico.
Los Hermanos Musulmanes, a los que se prohibió actuar como un auténtico partido político, empezaron a colonizar sindicatos profesionales y estudiantiles. En 1973 había aparecido en los campus universitarios un nuevo grupo de jóvenes fundamentalistas, primero en el sur del país, y luego en El Cairo. Se autodenominaban Al-Gamaa al-Islamiyya, el Grupo Islámico. Alentados por la aquiescencia del gobierno de Sadat, que de manera encubierta les proporcionó armas para que pudieran defenderse de cualquier ataque por parte de los marxistas o los nasseristas, el Grupo Islámico radicalizó la mayoría de las universidades de Egipto. Pronto se puso de moda dejarse barba entre los estudiantes varones y llevar velo entre las mujeres. Zawahiri mantuvo en secreto esta vida clandestina, incluso para su familia, pero más tarde afirmaría que su grupo había llegado a tener cuarenta miembros en 1974, cuando asistía a la facultad de Medicina de la Universidad de El Cairo.
Zawahiri debió de advertir —quizá incluso antes de que lo hiciera el propio Bin Laden— que el futuro del movimiento islámico estaba en «aquel hombre llovido del cielo», como llamaba Abdullah Azzam a Bin Laden. Azzam no tardó en sentir la fuerza gravitatoria de la influencia de Zawahiri sobre su protegido.

Zawahiri fue pionero en el uso de terroristas suicidas, que pasaron a convertirse en un sello distintivo de los asesinatos de Al-Yihad. La estrategia quebrantaba poderosos tabúes religiosos contra el suicidio y el asesinato de inocentes (precisamente por esas razones el Grupo Islámico prefería operar con pistolas y cuchillos). Aunque Hezbolá empleara a terroristas suicidas con camiones bomba para atentar contra la embajada de Estados Unidos y el cuartel de los marines estadounidenses en Beirut en 1983, ese tipo de operaciones caracterizadas por el martirio todavía no se habían incorporado al moderno vocabulario del terror.
Obsesionado con el secretismo, Zawahiri impuso una estructura de «células ciegas» en la organización Al-Yihad, es decir, que los miembros de un grupo o célula desconocían las identidades y actividades de las demás. De ese modo, una brecha de seguridad en una célula no debería comprometer a las demás unidades, y aún menos al conjunto de la organización. Pese a ello, en 1993 las autoridades egipcias detuvieron al responsable de afiliación de Al-Yihad, Ismail Nassir. «Tenía un ordenador que contenía la base de datos entera —me explicaba Osama Rushdi, antiguo miembro del Grupo Islámico—. Dónde vivía cada miembro, en qué casa podía ocultarse, e incluso qué nombres utilizaba en sus pasaportes falsos.

Zawahiri selló formalmente su nueva alianza con Bin Laden el 23 de febrero de 1998, cuando apareció su nombre entre los firmantes de un documento publicado en el periódico londinense Al-Quds Al-Arabi. El documento anunciaba la formación del Frente Islámico Internacional para la Yihad contra los Judíos y los Cruzados. «En cumplimiento del mandato de Dios —reza el texto—, promulgamos la siguiente fetua a todos los musulmanes: la resolución de matar a los estadounidenses y a sus aliados, civiles y militares, es un deber personal para todo musulmán que pueda hacerlo en cualquier país donde sea posible.» La alianza incluía a grupos yihadistas de Afganistán, Sudán, Arabia Saudí, Somalia, Yemen, Eritrea, Yibuti, Kenia, Pakistán, Bosnia, Croacia, Argelia, Túnez, el Líbano, Filipinas, Tayikistán, Chechenia, Bangladés, Cachemira, Azerbaiyán y Palestina.
El documento dio a Occidente el primer indicio de la conspiración mundial que empezaba a formarse. Desde comienzos de la década de los noventa, las autoridades egipcias se habían sentido frustradas en sus esfuerzos por erradicar a los fundamentalistas islámicos por la protección que los gobiernos occidentales daban a los fugitivos. Los egipcios se quejaban de que más de quinientos terroristas habían encontrado refugio en Inglaterra, Francia, Alemania, Austria, Dinamarca, Bélgica, Holanda y Estados Unidos, entre otros países, sobre la base de que, si regresaban a su lugar de origen, se verían sometidos a persecución política.

La CIA sabía mucho sobre Jallad y sus vínculos con Al-Qaeda. El FBI y la CIA llevan mucho tiempo peleando por cuestiones burocráticas, y sus respectivos mandatos sitúan a ambas agencias en posiciones enfrentadas. El objetivo último del FBI, en lo que se refiere a su actividad de recabar información de inteligencia, es obtener condenas por delitos; para la CIA, en cambio, recabar información de inteligencia es un fin en sí mismo. Si esta última hubiera respondido con franqueza a las peticiones de Soufan, le habría revelado que tenía conocimiento de que ya se estaba formando una célula de Al-Qaeda en territorio estadounidense. Pero se guardó para sí esa información, una acción que por sí sola constituía un acto de obstrucción a la justicia en la investigación por la muerte de diecisiete marineros estadounidenses. Pero en el horizonte aguardaban consecuencias mucho más trágicas.
En la medida en que el FBI se había ido implicando de manera creciente en una actividad policial internacional, invadía cada vez más un territorio que la CIA protegía con celo. Al mismo tiempo, esta última solía beneficiarse de las investigaciones de aquella.
Es posible que la CIA estuviera protegiendo una operación en el extranjero y temiera que el FBI la pusiera al descubierto. Asimismo, puede que Mihdhar y Hazmi le parecieran a la CIA una opción atractiva de cara a su posible reclutamiento: la agencia estaba desesperada por encontrar un confidente dentro de Al-Qaeda tras haber fracasado en sus intentos de penetrar en su círculo íntimo o incluso de situar a alguien en sus campos de entrenamiento, pese a estar estos abiertos a casi cualquiera que se presentara. Sin embargo, una vez que Mihdhar y Hazmi habían entrado en territorio estadounidense, pasaban a ser competencia del FBI, ya que la CIA carece de autoridad legal para actuar dentro del país. Debido al vínculo de Mihdhar y Hazmi con Bin Laden, sobre el que pesaba una acusación federal, el FBI tenía la autoridad necesaria para valerse de todas sus técnicas de investigación a fin de infiltrarse y desarticular la célula. Por el contrario, los futuros secuestradores aéreos gozaron de plena libertad para urdir su complot hasta que ya fue demasiado tarde para detenerlos.
Ali Soufan desempeñó un importante papel a la hora de desacreditar las afirmaciones de la CIA sobre la utilidad y la eficacia de la tortura. Tuve ocasión de entrevistarle para mi documental de 2010 My Trip to al-Qaeda (dirigido por Alex Gibney) cuando todavía era un agente secreto, y me explicó que se había negado a participar en lo que la CIA denominaba «técnicas de interrogatorio mejoradas». De hecho, pensó en la posibilidad de hacer detener a los interrogadores antes de que el FBI decidiera que ya no podía formar parte de tales procedimientos.
Soufan dimitió del FBI en 2005 para fundar Soufan Group, una empresa internacional dedicada a labores de seguridad e inteligencia.

Resulta sorprendente que los periódicos sean un buen negocio en un país donde la verdad se halla tan celosamente custodiada. Los miembros de la familia real, Al-Saud, se preocupan de forma obsesiva por su imagen; poseen o controlan la mayor parte de la prensa saudí, que a su vez domina el mundo árabe. En el reino saudí cada mañana hay más de una docena de diferentes periódicos en los quioscos. Los más acreditados, y los más progresistas, Al-Hayat y Asharq al-Awsat, son propiedad de príncipes saudíes, pero se publican en Londres. Sin embargo, se ven constreñidos por los mismos tabúes que paralizan a todas las publicaciones de su país: no puede decirse nada provocativo sobre el islam, el gobierno o la familia real. Otro periódico, Al-Watan, que pertenece en parte al príncipe Bandar bin Jalid, se inspira en el estadounidense USA Today. Pero Okaz sigue siendo el favorito de la nación.
Los hombres de blanco, las mujeres de negro: el guardarropa básico saudí expresa una polaridad absoluta entre los sexos. Los hombres poseen cierto aspecto monacal, con sus zobes de algodón o seda similares a túnicas, y las cintas negras que rodean sus pañuelos de cabeza me hacían pensar en aureolas. Van casi tan cubiertos como las mujeres (salvo aquellas que, como Nayla, deciden ocultar el rostro). Al principio me sentía frustrado al ver qué poca información podía obtener sobre un hombre observando sus blancos ropajes, pero pronto aprendí a interpretar los accesorios —la pluma, el reloj, los zapatos—, cada uno de los cuales estaba cargado de estatus. Casi todos los varones saudíes tienen vello facial. Una barba larga y tupida señala a un hombre como piadoso. Una barba sin recortar, un zobe unos cinco centímetros más corto de lo habitual y la ausencia de cinta para sujetar el pañuelo de cabeza identifican a los fundamentalistas y a la Mutawa. Algunos hombres saudíes llevan calcetines y zapatos, pero muchos prefieren sandalias planas hechas de piel de avestruz o de cocodrilo. Los pañuelos de cabeza tienen un dibujo a cuadros rojos o un motivo blanco sobre blanco, pero hasta estas prendas idénticas en apariencia están llenas de matices para el ojo saudí, que sabe detectar el nombre de Valentino o de Christian Dior cosido en el tejido. El atuendo se completa con gruesos relojes Rolex o Tag Heuer de platino (el islam solo permite llevar oro a las mujeres).
La estricta separación entre los sexos es un fenómeno relativamente reciente.
Hay otro término, ijtilat. Este es un término inventado. Solo se oye en Arabia Saudí, y nunca se menciona en ningún texto religioso. Significa “la mezcla de más de dos hombres y mujeres”. En la mente saudí existe cierta confusión entre estos dos términos. El Profeta dijo que, cada vez que un hombre y una mujer están en jalwah, Satán los une. Pero el ijtilat forma parte de la cultura tribal saudí. Antes de que yo naciera, en los años treinta y cuarenta, los hombres y las mujeres solían celebrar juntos las bodas. Ahora las celebraciones de boda del novio y la novia se realizan por separado.
Hay una clara diferencia entre el modo en que el gobierno saudí trata a sus propios ciudadanos y la forma en que trata a los trabajadores extranjeros. «Hay una enorme cantidad de población a la que no se considera humana en absoluto —me decía Jaled Abu El Fadl, el profesor de derecho de la UCLA antes mencionado—. Si se excluye Irak, Arabia Saudí sería uno de los mayores infractores del mundo árabe. En Arabia Saudí existe una arraigada práctica de “desapariciones”, gente que ha estado desaparecida durante diez o quince años.»
En el reino saudí, la pena de muerte suele aplicarse en público. El verdugo de mayor rango era un hombre llamado Ahmad Rezkallah, que llevaba veintitrés años cortando cabezas de asesinos, violadores y traficantes de droga en la plaza pública. En ese tiempo había ejecutado a más de 300 personas, 70 de ellas mujeres, a las que se daba muerte de dos tiros en la cabeza.
La práctica de las ejecuciones públicas provoca que en Occidente el sistema judicial saudí se considere medieval. No obstante, el método saudí parece tener éxito en su función disuasoria, ya que el índice de delincuencia es muy bajo.

Gazette, publicó en la portada la foto de un niño iraquí con la cabeza reventada. La prensa árabe y muchos de los canales por satélite definieron el bombardeo de Bagdad como «la guerra de América contra los niños». Todo ello, de forma comprensible, enardeció a la opinión pública saudí. Un comerciante de Yeda se me acercó agitando un ejemplar de Al-Watan ante mi cara y señalando una fotografía de un muchacho iraquí al que estaban tratando de horribles quemaduras. «¿Cree usted que cuando crezca pensará que Estados Unidos es una gran nación?»…
No me opongo a esta clase de periodismo. Detesto la guerra, y creo que debería verse como lo que es. Los niños iraquíes muertos y heridos deberían forman parte de nuestra conciencia.
La postura editorial de la Gazette fue clara desde el principio. «Soldados estadounidenses heridos en [la operación] Shock y Pavor», rezaba un titular una semana después de que estallara la guerra. Como todos los demás periódicos del reino saudí, la Gazette se regodeaba cuando las tropas iraquíes luchaban para resistir. Hubo una noticia de portada informando de que el imán de la Gran Mezquita había pedido que se pusiera fin a aquella guerra «injusta». «Los musulmanes de todo el Reino han rezado por la victoria de Bagdad contra los agresores estadounidenses y británicos», rezaba el artículo.

La célula española de Al-Qaeda era antigua y estaba bien arraigada. Mohamed Atta, el comandante de los atentados del 11 de septiembre, acudió a España dos veces en 2001. La segunda, en el mes de julio, tenía como objeto mantener una reunión en la población turística costera de Salou que al parecer se organizó para dar la luz verde definitiva a los atentados. Tras el 11 de septiembre, la policía española calculaba que había trescientos radicales islamistas en el país que podrían estar afiliados a Al-Qaeda. Aun antes de eso, varios miembros de la célula española habían sido objeto de observación por parte de diversos cuerpos policiales, como evidenciaría el abundante uso de grabaciones de escuchas y de información de vigilancia en los autos de procesamiento emitidos en noviembre de 2001, cuando se acusó a once sospechosos de ser miembros de Al-Qaeda en la que sería la primera de varias redadas de terroristas. Y sin embargo, según algunos oficiales de la policía española, en el momento de los atentados de Madrid no había ni un solo agente de inteligencia que hablara árabe en todo el país.
La inmigración musulmana está transformando a toda Europa. Se trata de una población desproporcionadamente joven, masculina y desempleada. Las sociedades que estas personas han dejado atrás son casi siempre pobres, religiosas, conservadoras y dictatoriales, mientras que aquellas a las que se incorporan suelen ser ricas, laicas, progresistas y libres. Para muchos el cambio resulta vigorizante, pero para otros Europa se convierte en una cárcel de marginación. La experiencia de un emigrante musulmán puede entenderse en parte por la visión que guarda de su patria de adopción. En términos generales, el pensamiento islamista divide la civilización en dar al-Islam, la tierra de los creyentes, y dar al-Kufr, la tierra de la impiedad. Francia, por ejemplo, es una democracia laica, en su mayor parte católica, pero hoy en día alberga a alrededor de cinco millones de musulmanes. Entonces ¿debería considerársela parte del mundo islámico? Esta cuestión es crucial en el debate sobre si los musulmanes de Europa pueden integrarse en sus nuevas comunidades o deben diferenciarse de ellas. Si cabe considerar a Francia parte del dar al-Islam, los musulmanes pueden formar alianzas y participar en política, deberían tener derecho a instituir la ley islámica, y pueden enviar a sus hijos a escuelas francesas. Si, por el contrario, forma parte del dar al-Kufr, los musulmanes estrictos no solo deben mantener las distancias, sino que además tienen que luchar contra su país de adopción.
«El verdadero problema de España para Al-Qaeda es que somos vecinos de países árabes —Marruecos y Argelia—, y somos un modelo de economía, democracia y laicidad —me decía Florentino Portero, analista político del Grupo de Estudios Estratégicos de Madrid—. Nosotros apoyamos la transformación y la occidentalización de Oriente Próximo. Defendemos la transición de Marruecos de simple monarquía a monarquía constitucional. Somos aliados de los enemigos de Al-Qaeda en el mundo árabe. Eso es algo que los españoles no acabamos de entender. Somos una amenaza para Al-Qaeda simplemente por ser quienes somos.

El plan de Al-Qaeda a veinte años vista, iniciado el 11 de septiembre, inauguró una etapa que Hussein denomina «El Despertar». Los ideólogos de Al-Qaeda creían que «la nación islámica se hallaba en un estado de hibernación» debido a los repetidos desastres infligidos a los musulmanes por Occidente. Atacando Estados Unidos —«la cabeza de la serpiente»—, Al-Qaeda provocaba que dicho país «pierda la conciencia y actúe caóticamente contra quienes le han atacado. Eso facultará al grupo que ataque a la serpiente a guiar a la nación islámica». Esa primera etapa —sostiene Hussein— terminó en 2003, cuando las tropas estadounidenses entraron en Bagdad.
Escribe Hussein que la segunda etapa, «Abrir los ojos», duraría hasta finales de 2006. Irak se convertiría en un campo de reclutamiento para hombres jóvenes deseosos de atacar a Estados Unidos. La yihad electrónica propagaría las ideas de Al-Qaeda en internet, y los musulmanes se verían presionados para donar fondos a fin de compensar la incautación de activos terroristas por parte de Occidente. La tercera etapa, «Alzarse y mantenerse en pie», duraría desde 2007 hasta 2010. Al-Qaeda se centraría en Siria y Turquía, pero también empezaría a enfrentarse directamente a Israel, a fin de ganar mayor credibilidad entre la población musulmana.
En la cuarta etapa, que duraría hasta 2013, Al-Qaeda provocaría la desaparición de los gobiernos árabes. «La progresiva pérdida de poder de los regímenes —predice Hussein— se traducirá en un constante fortalecimiento interno de Al-Qaeda» Mientras tanto proseguirían los ataques contra la industria del petróleo de Oriente Próximo, y el poder de Estados Unidos se deterioraría por la expansión constante del círculo de confrontación. «Para entonces Al-Qaeda habrá completado sus capacidades electrónicas, y será el momento de utilizarlas para lanzar ataques con tales herramientas destinados a socavar la economía estadounidense.»
Entonces podrá declararse un califato islámico: la quinta etapa del grandioso plan de Al-Qaeda. «En esta etapa, el puño de Occidente en la región árabe se aflojará, e Israel ya no podrá realizar ataques preventivos o precautorios —escribe Hussein—. Se alterará el equilibrio internacional.» Al-Qaeda y el movimiento islamista atraerán a nuevos y poderosos aliados económicos, como China, y la Unión Europea se sumirá en el caos.
La sexta fase —predice— será un período de «confrontación total». El califato ahora establecido formará un ejército islámico e instigará a una lucha global entre «creyentes» y «descreídos». Proclama Hussein: «El mundo comprenderá el significado del verdadero terrorismo». En 2020 se habrá alcanzado «la victoria definitiva». Dicha victoria, según los ideólogos de Al-Qaeda, implica que «se pondrá fin a la falsedad. […] El Estado Islámico llevará de nuevo a la raza humana a la orilla de la seguridad y al oasis de la felicidad».

En julio de 2014, Israel lanzó otra operación militar contra Gaza, con el objetivo de reducir los ataques con cohetes de Hamás y destruir la red de túneles. En aquella guerra, que duró un mes, murieron más de 2.000 gazatíes, la mayoría de ellos civiles, según las organizaciones pro derechos humanos; por su parte, Israel informó de la muerte de 66 soldados, además de cinco civiles israelíes y un trabajador tailandés.

El terror, como estrategia, raras veces tiene éxito, salvo en un aspecto: genera represión por parte del estado o la potencia ocupante. Ese es un objetivo esperado y anhelado por los terroristas, que tratan de contrarrestar la enorme ventaja militar del estado obligándole a reaccionar de forma desmesurada, lo cual genera apoyo popular para su propia causa. Combatir el terror es una empresa costosa y difícil. A menudo las grandes potencias se han visto humilladas por grupos pequeños y extremadamente motivados que están dispuestos a matar y a morir, como descubrió Francia en Argelia y el Reino Unido en Palestina. Osama bin Laden provocaba a propósito a Estados Unidos en sus atentados contra las embajadas estadounidenses en África Oriental en 1998, el USS Cole en Yemen en 2000, y su propio territorio el 11-S. Quería que Estados Unidos invadiera Afganistán, creyendo que correría la misma suerte que la Unión Soviética, que se disolvió tras su retirada en 1988. Bin Laden se atribuía el mérito de ello, e imaginaba que Estados Unidos se desmoronaría y provocaría el distanciamiento de los musulmanes de todo el mundo en el intento de librar su «guerra contra el terror».
La mayoría de las organizaciones terroristas terminan simplemente en fracaso. Pueden existir cismas internos que provoquen la desintegración del grupo. A veces el razonamiento ideológico que subyace al movimiento se vuelve irrelevante, como ocurrió con las organizaciones terroristas de base marxista tras la caída de la Unión Soviética. Cualquier resto de apoyo popular puede desvanecerse ante la repulsa generalizada si el terror cruza una determinada línea emocional. Esa fue la causa del desmoronamiento del Grupo Islámico en Egipto tras la matanza de Luxor en 1997. De manera similar, muchos de los integrantes del círculo íntimo de Bin Laden criticaron el 11-S como una catástrofe para su grupo, señalando que, en lugar de expulsar a Occidente de Oriente Próximo, los atentados de Al-Qaeda desencadenaron dos guerras que arrastraron a Estados Unidos y a otras potencias occidentales a involucrarse con mucha mayor profundidad en la región.
La represión es la forma rutinaria en que los gobiernos intentan acabar con las organizaciones terroristas, pero requiere una inflexibilidad y una persistencia que a los países democráticos les resulta difícil de justificar o de sostener.
El ISIS, o el Estado Islámico, ha sido una organización distinta desde sus comienzos en 1999, cuando un expresidiario jordano chulesco pero carismático, Abu Musab al-Zarqawi, llegó a la ciudad afgana de Kandahar con la intención de unirse a Al-Qaeda. En aquel momento Bin Laden no lo aceptó; sin embargo, financió un campo de entrenamiento para él. Zarqawi pasó entonces a reclutar combatientes procedentes sobre todo de Jordania, los territorios palestinos, Siria y el Líbano. Esta región se conoce en árabe como Al-Sham, que se traduce aproximadamente como «el Levante». Así, la organización que más tarde fundó Zarqawi se llamaría al-Dawla al-Islamiya al-Iraq al-Sham («Estado Islámico de Irak y el Levante»), aunque en Occidente es más conocida por el acrónimo inglés ISIS (de Islamic State of Iraq and Syria).
Hoy en día es ya el grupo terrorista más rico de la historia, con ingresos procedentes de impuestos, petróleo, rescates, el mercado negro de antigüedades e incluso multas de tráfico y la venta de licencias de pesca. Hoy ni siquiera resulta apropiado denominarlo «grupo terrorista»: es más bien un protoestado que utiliza el terror no solo para conquistar, sino también para gobernar. Sin embargo, un estado requiere gobernanza, algo que a los islamistas nunca se les ha dado bien, y el control real de un territorio, lo que abre la puerta a la guerra convencional, donde los terroristas están en clara desventaja.
Bin Laden nunca contempló Irak como un lugar donde la yihad pudiera prosperar, dado que el 65 por ciento de la población es chií. Aunque Al-Qaeda es una organización íntegramente sunní, Bin Laden no tenía el menor interés en crear una guerra civil en el seno del islam.
Tanto Bin Laden como Zarqawi soñaban con la restauración del califato, que, según esperaban, devolvería el islam a su edad de oro, cuando se extendía desde Marruecos hasta el sur de China, dominaba la península Ibérica y llegó a tocar a las puertas de Viena. Pero para Bin Laden el califato todavía se hallaba lejos en el horizonte: su principal prioridad era unir a todos los musulmanes en la lucha contra Occidente. En cambio, los objetivos de Zarqawi eran enfrentar a los musulmanes unos con otros, adquirir territorio y declarar el califato lo antes posible.

Esta época de terror terminará algún día, pero es difícil predecir si nuestra sociedad será capaz de restaurar la sensación de libertad que antaño fue nuestro patrimonio. El estado de la seguridad que se ha desarrollado a partir del 11-S ha transformado nuestra cultura; y sí, es cierto que hemos necesitado esa protección. A menudo se nos recuerda que no debemos «olvidar nunca» lo que ocurrió aquel fatídico día. Pero si no somos capaces de tener presente cómo éramos antes del 11-S, puede que nunca podamos avanzar de nuevo en aquella dirección. En ese caso, los terroristas habrán ganado.

DA9354B0-A70B-49A5-A7A9-94EA5B6469FF

«The Terror Years» is a must-read follow-on to Wright’s «The Looming Tower» for anyone wanting to understand how we got to where we are in the modern-day world of global terrorism. The unique thing about this book is that it is a collection of articles (one of which, I think, was the basis for «The Looming Tower») that while not following a common thread, all follow a common theme. Wright’s book is well researched, widely sourced, and an authoritative volume on the recent history of terrorism. As such, it makes for a very interesting read that will be a challenge to put down. As a retired military officer, I wish that I had read this book before I retired — it would have helped me to understand the variety of battlespace that I operated in more clearly.
Wright has a clear writing style and his books (this one included) get his points across in a logical fashion and in a way that will inform the reader. I thoroughly recommend adding «The Terror Years» to the knowledge base of everyone who wants to better understand how we’ve arrived at the level of terrorism that pervades our modern world, and how we can use that history to support the fight on terrorism now and into the future.
Though not what I expected (a follow up to The Looming Tower which won the Pulitzer Prize) it was quite good. Essentially this a collection of 11 magazine articles by the author about terrorism related issues from the bureaucratic wall and turf war that resulted in not stopping 9/11, life in Saudi Arabia, enhanced interrogation, the Syrian film industry, hostage negotiation policy, and reformer radicals, etc.
The author gives readers many thoughtful positions to consider but often lets his political biases slip in as much of the narratives are first person accounts of investigating the stories within. And since this a collection of his magazine stories some facts and figures repeat themselves in multiple chapters.

In June 2001, two terrorist organizations, Al-Qaeda and the Egyptian Islamist group Al-Jihad, formally merged into one. The name of the new entity, Qaeda Al-Jihad, reflects the long interdependent history of these two groups. Although Osama bin Laden, the founder of al-Qaeda, was the public face of Islamist terrorism, the members of al-Jihad and its leading figure, Ayman al-Zawahiri, formed the backbone of the leadership of the largest organization and were responsible for a large part of the planning of terrorist operations against the United States, from the attack on US soldiers in Somalia in 1993 to the attacks on the World Trade Center and the Pentagon on September 11, 2001, and the attacks against the US embassies in East Africa in 1998 and against the USS Cole in Yemen in 2000.
Bin Laden and Zawahiri were destined to discover each other among the radical Islamists who were dragged to Afghanistan by the Soviet invasion.

Qutb divides the world into two camps: Islam and Yahiliyya. The latter, in traditional Islamic discourse, alludes to a period of ignorance that reigned in the world before the Prophet Muhammad began to receive his divine revelations, in the seventh century. For Qutb, the entire modern world, including the so-called Muslim societies, was Yahiliyya. This was his most revolutionary declaration, since it placed the theoretically Islamic governments in the crosshairs of jihad. «The Muslim community has long ceased to exist,» he maintains. It is crushed under the weight of false laws and customs that are not even remotely related to the Islamic teachings. «Humanity can not be saved unless Muslims regain the glory of their earliest and purest expression. Qutb writes: «We must start the movement of the Islamic revival in some Muslim country» in order to model an example that ultimately leads Islam to its destiny of world domination. «There must be a vanguard that starts from this determination and then continues along the path.» These words would resonate in the ears of young Muslims who were looking for a role to play in history.
Qutb was hanged on August 29, 1966, after the dawn prayers. «The Nasserist regime believed that it dealt a mortal blow to the Islamic movement with the execution of Sayyid Qutb and his comrades,» Zawahiri observes in his autobiography. But the apparent superficial calm concealed an immediate interaction between the ideas of Sayyid Qutb and the formation of the core of the modern Islamic jihadist movement in Egypt. «The same year that Qutb was hanged, Zawahiri helped form a clandestine militant cell that he aspired to replace. to the secular government of Egypt for an Islamic one.
The Muslim Brotherhood, which was forbidden to act as a real political party, began to colonize professional and student unions. In 1973 a new group of young fundamentalists had appeared on university campuses, first in the south of the country, and then in Cairo. They called themselves Al-Gamaa al-Islamiyya, the Islamic Group. Encouraged by the acquiescence of the Sadat government, which covertly provided them with weapons so that they could defend themselves against any attack by the Marxists or the Nasserists, the Islamic Group radicalized most of the universities in Egypt. It soon became fashionable to leave a beard among the male students and to wear a veil among the women. Zawahiri kept this clandestine life a secret, even for his family, but later claimed that his group had reached forty members in 1974, when he attended the Faculty of Medicine at the University of Cairo.
Zawahiri must have warned – perhaps even before bin Laden himself did – that the future of the Islamic movement was in «that man rained from heaven,» as Abdullah Azzam called Bin Laden. Azzam soon felt the gravitational pull of Zawahiri’s influence on his protege.

Zawahiri pioneered the use of suicide bombers, which became a hallmark of the killings of Jihad. The strategy broke powerful religious taboos against suicide and the murder of innocents (precisely for these reasons the Islamic Group preferred to operate with guns and knives). Although Hezbollah used suicide bombers to bomb the US embassy and the US Marines barracks in Beirut in 1983, such operations characterized by martyrdom had not yet been incorporated into the modern vocabulary of terror.
Obsessed with secrecy, Zawahiri imposed a structure of «blind cells» in the organization Al-Jihad, that is, the members of a group or cell did not know the identities and activities of the others. In that way, a security breach in one cell should not compromise the other units, let alone the whole organization. Despite this, in 1993 the Egyptian authorities detained the head of affiliation of Jihad, Ismail Nassir. «I had a computer that contained the entire database,» explained Osama Rushdi, a former member of the Islamic Group. Where each member lived, in what house he could hide, and even what names he used in his false passports.

Zawahiri formally sealed his new alliance with Bin Laden on February 23, 1998, when his name appeared among the signers of a document published in the London newspaper Al-Quds Al-Arabi. The document announced the formation of the International Islamic Front for Jihad against Jews and Crusaders. «In fulfillment of God’s command,» the text says, «we promulgate the following fatwa to all Muslims: the resolution to kill Americans and their allies, civilians and military, is a personal duty for every Muslim who can do it in any country Wherever possible. «The alliance included jihadist groups from Afghanistan, Sudan, Saudi Arabia, Somalia, Yemen, Eritrea, Djibouti, Kenya, Pakistan, Bosnia, Croatia, Algeria, Tunisia, Lebanon, the Philippines, Tajikistan, Chechnya, Bangladesh, Kashmir, Azerbaijan and Palestine.
The document gave the West the first indication of the world conspiracy that was beginning to form. Since the beginning of the 1990s, the Egyptian authorities had been frustrated in their efforts to eradicate Islamic fundamentalists for the protection that Western governments gave to fugitives. The Egyptians complained that more than five hundred terrorists had found refuge in England, France, Germany, Austria, Denmark, Belgium, Holland and the United States, among other countries, on the basis that, if they returned to their place of origin, they would be subjected to political persecution.

The CIA knew a lot about Jallad and his links to Al-Qaeda. The FBI and the CIA have long been fighting over bureaucratic issues, and their respective mandates place both agencies in conflicting positions. The ultimate objective of the FBI, in what refers to its activity of gathering intelligence information, is to obtain convictions for crimes; for the CIA, on the other hand, gathering intelligence information is an end in itself. If the latter had responded candidly to Soufan’s requests, it would have revealed to him that he was aware that an Al-Qaeda cell was already forming in US territory. But he kept that information to himself, an action that in itself constituted an act of obstruction of justice in the investigation into the deaths of seventeen American sailors. But on the horizon they awaited far more tragic consequences.
To the extent that the FBI had been increasingly involved in an international police activity, increasingly invaded a territory that the CIA protected with zeal. At the same time, the latter used to benefit from her investigations.
It is possible that the CIA was protecting an operation abroad and feared that the FBI would expose it. In addition, Mihdhar and Hazmi may have seemed like an attractive option for the CIA: the agency was desperate to find a confidant inside Al-Qaeda after failing to penetrate their inner circle or even their place someone in their training camps, despite being open to almost anyone who shows up. However, once Mihdhar and Hazmi had entered US territory, they became the responsibility of the FBI, since the CIA lacks legal authority to act within the country. Due to the link between Mihdhar and Hazmi with Bin Laden, over which a federal accusation weighed, the FBI had the necessary authority to use all its investigative techniques in order to infiltrate and dismantle the cell. On the contrary, the future air hijackers enjoyed full freedom to plot their plot until it was too late to stop them.
Ali Soufan played an important role in discrediting the CIA’s claims about the usefulness and effectiveness of torture. I had occasion to interview him for my 2010 documentary My Trip to al-Qaeda (directed by Alex Gibney) while he was still a secret agent, and he explained that he had refused to participate in what the CIA called «enhanced interrogation techniques.» In fact, he thought about the possibility of having interrogators arrested before the FBI decided that he could no longer be part of such procedures.
Soufan resigned from the FBI in 2005 to found Soufan Group, an international company dedicated to security and intelligence work.

It is surprising that newspapers are good business in a country where the truth is so jealously guarded. The members of the royal family, Al-Saud, worry obsessively about their image; they own or control most of the Saudi press, which in turn dominates the Arab world. In the Saudi kingdom every morning there are more than a dozen different newspapers in the kiosks. The most accredited, and the most progressive, Al-Hayat and Asharq al-Awsat, are owned by Saudi princes, but are published in London. However, they are constrained by the same taboos that paralyze all publications in their country: nothing provocative can be said about Islam, the government or the royal family. Another newspaper, Al-Watan, which belongs in part to Prince Bandar bin Khalid, is inspired by the American USA Today. But Okaz is still the nation’s favorite.
Men in white, women in black: the basic Saudi wardrobe expresses an absolute polarity between the sexes. The men have a certain monastic aspect, with their tunics of cotton or silk similar to tunics, and the black ribbons that surround their headscarves made me think of aureolas. They are almost as covered as women (except for those who, like Nayla, decide to hide their faces). At first I was frustrated to see how little information I could get about a man observing his white clothes, but I soon learned to interpret the accessories-the pen, the clock, the shoes-each of which was charged with status. Almost all Saudi males have facial hair. A long, bushy beard marks a man as pious. An untrimmed beard, a zobe about five centimeters shorter than usual and the absence of tape to hold the headscarf identify the fundamentalists and the Mutawa. Some Saudi men wear socks and shoes, but many prefer flat sandals made of ostrich or crocodile skin. The headscarves have a red checkered pattern or a white-on-white motif, but even these identical garments in appearance are full of nuances for the Saudi eye, which knows how to detect the name of Valentino or Christian Dior sewn into the fabric. The outfit is completed with thick Rolex or Tag Heuer platinum watches (Islam only allows gold to be worn by women).
The strict separation between the sexes is a relatively recent phenomenon.
There is another term, ijtilat. This is an invented term. It is only heard in Saudi Arabia, and is never mentioned in any religious text. It means «the mixture of more than two men and women». In the Saudi mind there is some confusion between these two terms. The Prophet said that every time a man and a woman are in jalwah, Satan unites them. But the ijtilat is part of the Saudi tribal culture. Before I was born, in the thirties and forties, men and women used to celebrate weddings together. Now the wedding celebrations of the groom and the bride are performed separately.
There is a clear difference between the way in which the Saudi government treats its own citizens and the way it treats foreign workers. «There is a huge population that is not considered human at all,» said Jaled Abu El Fadl, the aforementioned UCLA law professor. If Iraq is excluded, Saudi Arabia would be one of the biggest offenders in the Arab world. In Saudi Arabia there is an entrenched practice of «disappearances», people who have been missing for ten or fifteen years. »
In the Saudi kingdom, the death penalty is usually applied in public. The highest executioner was a man named Ahmad Rezkallah, who had been cutting off the heads of murderers, rapists and drug traffickers in the public square for twenty-three years. At that time he had executed more than 300 people, 70 of them women, who were killed by two shots in the head.
The practice of public executions causes the Saudi judicial system to be considered medieval in the West. However, the Saudi method seems to be successful in its dissuasive role, since the crime rate is very low.

Gazette, published on the cover photo of an Iraqi boy with his head blown. The Arab press and many of the satellite channels defined the bombing of Baghdad as «America’s war against children.» All this, understandably, enraged Saudi public opinion. A merchant from Jeddah approached me waving a copy of Al-Watan in front of my face and pointing to a picture of an Iraqi boy who was being treated for horrible burns. «Do you think that when you grow up you will think that the United States is a great nation?» …
I am not opposed to this kind of journalism. I detest war, and I think it should be seen as what it is. The Iraqi children killed and wounded should be part of our conscience.
The editorial position of the Gazette was clear from the beginning. «US soldiers wounded in [the operation] Shock and Awe,» read a headline a week after the war broke out. Like all the other newspapers of the Saudi kingdom, the Gazette gloated when the Iraqi troops fought to resist. There was a cover story informing that the imam of the Great Mosque had called for an end to that «unjust» war. «Muslims throughout the Kingdom have prayed for the victory of Baghdad against the American and British aggressors,» the article read.

The Spanish cell of Al-Qaeda was ancient and well-rooted. Mohamed Atta, the commander of the attacks of September 11, went to Spain twice in 2001. The second, in the month of July, was intended to hold a meeting in the coastal tourist town of Salou that apparently was organized to give the definitive green light to the attacks. After September 11, Spanish police estimated that there were three hundred Islamist radicals in the country who could be affiliated with Al-Qaeda. Even before that, several members of the Spanish cell had been observed by various police forces, as evidenced by the abundant use of surveillance recordings and surveillance information in the indictments issued in November 2001, when He accused eleven suspects of being members of Al-Qaeda in what would be the first of several terrorist raids. And yet, according to some Spanish police officers, at the time of the Madrid bombings there was not a single intelligence agent who spoke Arabic throughout the country.
Muslim immigration is transforming all of Europe. It is a disproportionately young, male and unemployed population. The societies that these people have left behind are almost always poor, religious, conservative and dictatorial, while those to which they are incorporated tend to be rich, secular, progressive and free. For many the change is invigorating, but for others Europe becomes a prison of marginalization. The experience of a Muslim emigrant can be understood in part by the vision he holds of his adoptive homeland. In general terms, Islamist thought divides civilization into giving al-Islam, the land of believers, and giving al-Kufr, the land of impiety. France, for example, is a secular democracy, for the most part Catholic, but today it is home to around five million Muslims. So should it be considered part of the Islamic world? This issue is crucial in the debate on whether Muslims in Europe can integrate into their new communities or differentiate themselves from them. If France can be considered part of dar al-Islam, Muslims can form alliances and participate in politics, they should have the right to institute Islamic law, and they can send their children to French schools. If, on the contrary, it is part of giving al-Kufr, strict Muslims must not only keep their distance, but also have to fight against their adopted country.
«The real problem of Spain for Al-Qaeda is that we are neighbors of Arab countries – Morocco and Algeria – and we are a model of economy, democracy and secularism,» said Florentino Portero, political analyst of the Strategic Studies Group of Madrid. We support the transformation and Westernization of the Middle East. We defend the transition from Morocco from simple monarchy to constitutional monarchy. We are allies of the enemies of Al-Qaeda in the Arab world. That is something that the Spaniards do not quite understand. We are a threat to Al-Qaeda simply because we are who we are.

The twenty-year-old Al-Qaeda plan, begun on September 11, inaugurated a stage that Hussein calls «The Awakening.» The ideologists of Al-Qaeda believed that «the Islamic nation was in a state of hibernation» due to the repeated disasters inflicted on Muslims by the West. Attacking the United States – «the head of the serpent» – Al-Qaeda caused that country to «lose consciousness and act chaotically against those who have attacked it. That will empower the group to attack the serpent to guide the Islamic nation. » That first stage – Hussein maintains – ended in 2003, when US troops entered Baghdad.
Hussein writes that the second stage, «Open your eyes,» would last until the end of 2006. Iraq would become a recruiting ground for young men eager to attack the United States. Electronic jihad would spread Al-Qaeda’s ideas on the Internet, and Muslims would be pressured to donate funds in order to compensate for the seizure of terrorist assets by the West. The third stage, «Stand Up and Stand Up,» would last from 2007 to 2010. Al-Qaeda would focus on Syria and Turkey, but it would also begin to directly confront Israel, in order to gain greater credibility among the Muslim population.
In the fourth stage, which would last until 2013, Al-Qaeda would cause the disappearance of Arab governments. «The progressive loss of power of the regimes,» Hussein predicts, «will result in a constant internal strengthening of Al-Qaeda. Meanwhile the attacks against the Middle East oil industry would continue, and the power of the United States would deteriorate due to the expansion constant of the circle of confrontation. «By then Al-Qaeda will have completed its electronic capabilities, and it will be time to use them to launch attacks with such tools designed to undermine the US economy.»
Then an Islamic caliphate can be declared: the fifth stage of the grand plan of Al-Qaeda. «At this stage, the fist of the West in the Arab region will loosen, and Israel will no longer be able to carry out preventive or precautionary attacks,» Hussein writes. The international balance will be altered. «Al-Qaeda and the Islamist movement will attract new and powerful economic allies, such as China, and the European Union will plunge into chaos.
The sixth phase – he predicts – will be a period of «total confrontation». The now established caliphate will form an Islamic army and instigate a global struggle between «believers» and «unbelievers.» Hussein proclaims: «The world will understand the meaning of true terrorism.» By 2020, «the definitive victory» will have been reached. This victory, according to the ideologists of Al-Qaeda, implies that «the falsehood will end. […] The Islamic State will once again take the human race to the edge of security and the oasis of happiness. »

In July 2014, Israel launched another military operation against Gaza, with the aim of reducing Hamas rocket attacks and destroying the tunnel network. In that war, which lasted a month, more than 2,000 Gazans died, most of them civilians, according to human rights organizations; For its part, Israel reported the death of 66 soldiers, in addition to five Israeli civilians and one Thai worker.

Terror, as a strategy, rarely succeeds, except in one aspect: it generates repression by the state or the occupying power. That is an expected and desired goal by terrorists, who try to counteract the enormous military advantage of the state, forcing it to react excessively, which generates popular support for its own cause. Fighting terror is a costly and difficult enterprise. The great powers have often been humiliated by small and extremely motivated groups that are willing to kill and die, as France discovered in Algeria and the United Kingdom in Palestine. Osama bin Laden purposely provoked the United States in its attacks on the US embassies in East Africa in 1998, the USS Cole in Yemen in 2000, and its own territory on September 11. He wanted the United States to invade Afghanistan, believing that it would suffer the same fate as the Soviet Union, which dissolved after its withdrawal in 1988. Bin Laden took credit for it, and imagined that the United States would fall apart and provoke the distancing of Muslims from around the world in the attempt to wage their «war on terror.»
Most terrorist organizations simply end in failure. There may be internal schisms that cause the group to disintegrate. Sometimes the ideological reasoning that underlies the movement becomes irrelevant, as was the case with Marxist-based terrorist organizations after the fall of the Soviet Union. Any remnant of popular support can vanish in the face of widespread rejection if terror crosses a certain emotional line. That was the cause of the collapse of the Islamic Group in Egypt after the Luxor massacre in 1997. Similarly, many of bin Laden’s inner circle criticized 9/11 as a catastrophe for their group, pointing out that instead After expelling the West from the Middle East, the attacks of Al-Qaeda triggered two wars that dragged the United States and other Western powers to become much more deeply involved in the region.
Repression is the routine way in which governments try to put an end to terrorist organizations, but it requires inflexibility and persistence that democratic countries find difficult to justify or sustain.
ISIS, or the Islamic State, has been a distinct organization since its inception in 1999, when a charismatic but charismatic Jordanian ex-consulate, Abu Musab al-Zarqawi, arrived in the Afghan city of Kandahar with the intention of joining Al-Qaeda. At that time Bin Laden did not accept it; however, he financed a training camp for him. Zarqawi then went on to recruit fighters coming mainly from Jordan, the Palestinian territories, Syria and Lebanon. This region is known in Arabic as Al-Sham, which translates roughly as «the Levant». Thus, the organization that later founded Zarqawi would be called al-Dawla al-Islamiya al-Iraq al-Sham («Islamic State of Iraq and the Levant»), although in the West it is better known by the English acronym ISIS (from Islamic State of Iraq and Syria).
Today it is already the richest terrorist group in history, with income from taxes, oil, ransoms, the black market of antiquities and even traffic tickets and the sale of fishing licenses. Today it is not even appropriate to call it a «terrorist group»: it is rather a proto-state that uses terror not only to conquer, but also to govern. However, a state requires governance, something that the Islamists have never been good at, and real control of a territory, which opens the door to conventional warfare, where terrorists are at a clear disadvantage.
Bin Laden never saw Iraq as a place where jihad could prosper, given that 65 percent of the population is Shia. Although Al-Qaeda is a fully Sunni organization, Bin Laden had no interest in creating a civil war within Islam.
Both Bin Laden and Zarqawi dreamed of the restoration of the caliphate, which, they expected, would return Islam to its golden age, when it extended from Morocco to southern China, dominated the Iberian Peninsula and came to knock on the doors of Vienna . But for Bin Laden the caliphate was still far on the horizon: his main priority was to unite all Muslims in the struggle against the West. Instead, Zarqawi’s goals were to confront Muslims with one another, acquire territory and declare the caliphate as soon as possible.

This era of terror will end some day, but it is difficult to predict if our society will be able to restore the sense of freedom that was once our heritage. The state of security that has developed since 9/11 has transformed our culture; and yes, it is true that we have needed that protection. We are often reminded that we must never «forget» what happened on that fateful day. But if we are not able to keep in mind how we were before 9/11, we may never be able to move forward in that direction again. In that case, the terrorists will have won.

2 pensamientos en “Los Años Del Terror. De Al-Qaeda Al Estado Islámico — Lawrence Wright / The Terror Years: From Al-Qaeda to the Islamic State by Lawrence Wright

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.