Atrapados En La Revolución Rusa, 1917 — Helen Rappaport / Caught In The Revolution: Petrograd, Russia, 1917 – A World On The Edge by Helen Rappaport

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Petrogrado a principios de 1917 era una ciudad que descansaba nerviosamente al borde del cataclismo. Dos años y medio de guerra, creciente escasez de alimentos, barracas llenas de jóvenes soldados desentrenados y descontentos temerosos de ser enviados al frente, distritos de fábricas llenos de trabajadores lo suficientemente desesperados como para ver cualquier cambio en su condición como una mejora, y un invierno severo incluso para los estándares rusos, todos se combinaron para hacer inevitable una rebelión contra el gobierno zarista incompetente. Cuando la revuelta finalmente comenzó a fines de febrero (principios de marzo según el calendario occidental) tomó solo unos días derrocar al zar Nicolás II. Luego comenzó un período de meses en el que un nuevo Gobierno Provisional establecido por la legislatura rusa o Duma luchaba por establecer la democracia liberal, y se oponía casi en cada paso por elementos más radicales que intentaban crear un estado socialista. A fines de octubre (o principios de noviembre) los bolcheviques, que eran los más radicales de los radicales, pudieron tomar el poder en otro breve pero sangriento conflicto. Las historias de las revoluciones rusas de 1917 se han propagado libremente durante el último siglo, pero la mayoría describe lo que sucedió desde el punto de vista de las facciones «ganadoras» o «perdedoras». El gran logro de Helen Rappaport en Atrapados en la Revolución es relatar lo que sucedió en Petrogrado en 1917 utilizando el testimonio de testigos extranjeros que se encontraron en la posición poco envidiable de ver cómo la historia daba un giro gigante.
Como capital del Imperio ruso, Petrogrado siempre había sido una ciudad cosmopolita donde los extranjeros adinerados podían llevar vidas de gran lujo y facilidad. Cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914, la vida se volvió un poco más limitada, pero aún bastante cómoda para la mayoría de los extranjeros, principalmente diplomáticos británicos y estadounidenses, periodistas, banqueros y otros empresarios que habían venido a Rusia para aprovechar su extraordinario y en gran parte natural recursos. Muchos trajeron a sus familias con ellos y habían vivido contentos durante años. Cuando estalló el caos, tuvieron que luchar para salvar sus vidas, atrapados en un país que de repente estaba en guerra consigo mismo. Afortunadamente, la mayoría de estas personas sobrevivieron a la revolución y regresaron al oeste, donde muchos escribieron memorias y artículos de prensa populares que describían vívidamente lo que habían visto. Disfruté especialmente leyendo sobre el embajador británico, Sir George Buchanan, su esposa Lady Georgina y su hija Meriel. Inefables hasta el final, se sostenían con mucha flema y dignidad británicas. El embajador de los Estados Unidos, David Francis, también hizo entretener la lectura. Un político de Missouri sin experiencia diplomática, llegó a Petrogrado justo cuando se desarrollaba la Revolución. Sus recuerdos, así como los de su sirviente afroamericano Phil Jordan, son especialmente vívidos. Luego estaban los periodistas, incluidas algunas mujeres intrépidas, que aterrizaron con las noticias de sus vidas. Luego estaban los socialistas estadounidenses y británicos que habían venido a Rusia para presenciar lo que pensaban que sería el comienzo de un nuevo y brillante futuro, como John Reed y su esposa Louise Bryant, quienes se convirtieron en parte de la Revolución. cubrir.
Atrapado en la revolución es meticulosamente investigado, con material de archivos en Gran Bretaña y los Estados Unidos y una amplia gama de fuentes primarias y secundarias, incluyendo algunos artículos contemporáneos de revistas y periódicos que deben haber sido difíciles de rastrear. El trabajo de Rappaport es erudito y bien documentado, pero ella es una excelente escritora que tiene buen ojo para anécdotas interesantes. Me río al pensar en Sir George Buchanan negándose a permitir que una batalla callejera interfiera con su acostumbrado paseo vespertino, impresionando a los dos bandos que lo llamaron alto al fuego y esperando respetuosamente mientras pasaba. Este es un libro que atraerá a los estudiantes de historia rusos serios, así como a los lectores en general que buscan un drama superlativo de la vida real.

Petrogrado, a pesar de todas las privaciones y la reciente atmósfera de descontento social, seguía proporcionando «la perfecta vida disipada» a aquellos sibaritas irredentos que ansiaban diversiones y autoindulgencia. A pesar de la prohibición de Nicolás II de vender vodka en 1914, para controlar la legendaria ebriedad del ejército ruso, principalmente compuesto por campesinos enrolados en levas, si se disponía del capital adecuado todavía se podían degustar vinos de calidad, champán, whisky y otros licores fuertes, en los reservados de los mejores restaurantes y hoteles de la ciudad.
Desde el comienzo de la guerra el precio de algunos alimentos básicos, como la leche y las patatas, se había multiplicado por cuatro, y por cinco en el caso de otros bienes indispensables, como el pan, el queso, la mantequilla, la carne y el pescado. Ella Woodhouse, hija del cónsul británico, recordaba que «tuvimos que contratar a una criada, cuyo único cometido era hacer cola para la leche, el pan o lo que hubiese que comprar». Cuando llegó el invierno, las colas se hicieron aún más largas, y con mayores dosis de resentimiento, con «más y más comentarios sobre la ineficacia y la corrupción en las esferas más altas». El desperdicio y la mala gestión de los alimentos y los suministros para calentarse (solo con madera, sin disponibilidad de carbón) se producían a escala colosal; la corrupción entre los funcionarios rusos estaba muy extendida. Petrogrado parecía una ciudad asediada, y nadie tenía ganas ya de disiparse.
Como muchos norteamericanos llegados a Petrogrado por primera vez, Thompson, Harper y Fleurot, así como aquellos que les siguieron, «se presentaron como si tal cosa en Petrogrado, con ese optimismo conquistador y sabihondo tan estadounidense». Pero «de forma gradual el clima, la melancolía de los rusos y la formalidad que revestía absolutamente todo acabarían por enfriar su entusiasmo».

El hambre se extendía, fiera e implacablemente, en medio millón de estómagos vacíos a lo largo de todos los distritos obreros. El corresponsal del Times Robert Wilton se mostró abatido por la dilación del gobierno a la hora de atajar la falta de alimentos: «Era una dejación patente de funciones. ¿Quién esperaban que lo resolviese? ¿Los socialistas, que ya habían decidido que hubiese una revolución, o el insatisfecho “hombre de la calle”, que no quería la revolución, pero buscaba en vano la ayuda de un gobierno incapaz?». Se comunicó que en la Duma estaba teniendo lugar una cumbre urgente de ministros para atajar la crisis alimentaria y organizar el avituallamiento en Petrogrado. Pero las multitudes ya estaban convencidas de que los hornos escondían deliberadamente el pan.
Con el transcurso del día, las filas de mujeres que se manifestaban por la avenida Nevski y sus alrededores habían escalado hasta las 90.000.
Durante casi toda la noche del lunes se siguieron escuchando descargas por todo Petrogrado, y para el martes los revolucionados habían confiscado numerosas ametralladoras, que utilizaban «con una efectividad considerable». Los soldados que vagaban sin objeto por las calles empezaban a causar inquietud; Meriel Buchanan observó desde la embajada inglesa a un grupo cruzando el Neva desde el sector de Petrogrado. En apariencia, «habían perdido la verticalidad, con los ropajes hechos jirones, desaliñados y con mal aspecto, apenas se tenían en pie, encorvados, el cuello de la camisa desabotonado, los gorros colocados de cualquier forma, con una extraña mezcla de armas de todo tipo, sujetas con trozos de cuerda o correas, o con bandas encarnadas».
Con la abdicación del zar, se popularizó rápidamente una nueva forma de entretenimiento: la destrucción sistemática de todas las insignias y símbolos visibles del imperio. Por la avenida Nevski y otras calles principales, bandas de soldados se dedicaban a derribar las águilas bicéfalas y el escudo de los Romanov de las tiendas que proveían a la corte, así como de sus clubes y tabernas preferidos, como el Imperial Yacht Club. Se erradicaron sin piedad el nombre de Nicolás, los blasones e insignias de los Romanov, las fotografías y cuadros de la familia imperial. Se mencionó incluso la posibilidad de fundir la valiosa estatua de Pedro el Grande, de Falconet, erigida por Catalina la Grande en la plaza del Senado. Allí donde podía leerse la palabra «imperial», en carteles y placas, se borró, y fue derribada hasta el águila del Hospital Anglo-Ruso: «Nuestra águila palatina ha encontrado su fin, un montón de yeso en la misma calle a la que miró con orgullo durante tantos años», escribió el doctor Geoffrey Jefferson. También se ordenó al personal que retirase la bandera rusa que ondeaba en la puerta principal: «Esa no es la insignia de nuestra nación».

Por fortuna, el frío había preservado muchos de los cadáveres sin enterrar que vio, pero también había provocado que se contorsionasen en posturas grotescas. Junto a las tres paredes de la cabaña vio montones de cuerpos, rígidos, embarrados y sangrientos, que habían sido arrojados «igual que los recogieron»; algunos doblados, otros estirados hasta el extremo, fuesen mujeres, hombres o niños. Cerca de la choza había otra, y otra con más cadáveres. En el cobertizo de enfrente descubrió otros 150 amontonados, entre los que la gente buscaba a sus seres queridos, tratando de identificarlos. «Uno vestido de policía era imposible de identificar», observó, «le habían golpeado literalmente hasta convertirlo en un amasijo». Pocos de los cuerpos tenían botas, ya que en tiempos de guerra se trataba de un bien muy apreciado, lo primero que se robaba a los muertos. Había tantos esperando a ser enterrados que los ataúdes escaseaban, así que aquellos que habían conseguido identificar un cuerpo le prendían una nota con su nombre, pidiendo dinero para pagar el funeral.
En resumen, las calles, aparte de las banderas rojas, la suciedad excesiva y los tranvías llenos de soldados, tenían el aspecto de siempre. Las crisis ministeriales no eran ni más ni menos frecuentes que en París. La misma cantidad de manifestaciones acabó haciéndolas insípidas. En la superficie, la vida rusa se parecía mucho a la que se vivía antes de la revolución: los empleados ministeriales seguían en sus puestos y en este país, libre en un sentido en el que no lo había sido nunca ningún otro en el mundo.

El fracaso de la marcha contra Petrogrado a finales de agosto contribuyó a acelerar la salida de los extranjeros de la ciudad, que ya había comenzado después de los Días de Julio. Las embajadas que aún permanecían abiertas empezaron a diseñar planes de evacuación de urgencia para su personal y sus compatriotas. «Se están marchando todos aquellos a los que se lo permiten sus obligaciones”.
La narración de John Reed de la Revolución de octubre se convertiría más adelante en la piedra de toque de cualquier testimonio presencial sobre esos días, pero en septiembre de 1917 había llegado a un hervidero político, sin conocer el idioma ni tener experiencia de su cultura y su política, y sin contactos en el gobierno, la sociedad o el movimiento revolucionario. Para compensarlo, tenía el ímpetu, el instinto y el carisma, el talento literario y el olfato periodístico necesarios para transmitir un acontecimiento tan dramático, y de tanto interés periodístico, además de la intuición de que esos reportajes serían los que cimentarían su carrera. Junto a él, Bryant, Beatty y Rhys Williams, de ideas afines, unieron fuerzas para contar lo que ocurría en Rusia desde su perspectiva socialista militante, como partisanos y camaradas, decididos a «hacer sentir su fuerza, desencadenada» y, en un futuro, ser testigos del «nacimiento de un nuevo mundo».
Muchos deseaban que los bolcheviques tomasen el poder de una vez por todas, «para acabar con esta situación extraordinaria», entre ellos, John Reed quien, con Albert Rhys, había retomado su «búsqueda incansable» de una buena historia tras el Congreso Democrático, «yendo del Palacio de Invierno al Smolny, de la embajada de EE.UU., a Viborg, tratando de estar en todas partes a la vez, buscando traductores para leer la prensa, ordenando declaraciones totalmente contradictorias». Según recordaba Rhys Williams, estaban, «como el resto de la capital, esperando a que ocurriera algo, cansados pero tenaces. El suspense era como una fiebre».
El 2 de noviembre el gobierno de Lenin anunció la derrota definitiva del Provisional. El abandono de la defensa de Petrogrado en manos de «unos pocos cosacos, un batallón de mujeres y unos pocos niños» solo sirvió, concluía Louis de Robien, para «distanciarlos de todo el mundo», e hizo del gobierno de Kerenski «objeto del ridículo». También provocó que el desvanecimiento del antiguo gobierno burgués –y el comienzo del soviético– fuese «ignominioso, sin alardes ni heroísmo».
En Moscú la Revolución de octubre fue mucho más salvaje y sangrienta. Los cadetes, «sobre aviso y bien armados», se atrincheraron en el Kremlin y otros edificios estratégicos. Los bolcheviques tardaron 10 días en tomar el poder, con batallas encarnizadas en las calles y las cercanías del edificio, que provocaron más de un millar de muertos.
Las embajadas de EE.UU. y de Inglaterra en Petrogrado, aunque no sufrieron ataques, sí que se vieron aisladas del resto de la ciudad: no podían enviar telegramas, las valijas diplomáticas no podían salir y también se bloqueó el correo. Los empleados estadounidenses hicieron todo lo posible por persuadir a sus compatriotas de que abandonasen el país y, especialmente en el caso de mujeres y niños, trataron de evacuarles en el Transiberiano. El 5 de noviembre, con la primera tormenta de hielo y nieve del invierno, 35 hombres, mujeres y niños abandonaron la ciudad en tren, acompañados por muchos de los miembros de la Misión de la Cruz Roja, que habían decidido abandonar. Los problemas para sacarlos de Rusia eran múltiples: esposas que no querían abandonar a sus maridos, mujeres que temían viajar sin compañía masculina, gente que no podía pagar el viaje, e incluso «enemigos que no soportaban la idea de pasarse 10 días en el mismo vagón».

Al retirarse Rusia de la guerra, los hospitales de los aliados en Petrogrado cerraron. El de la colonia británica de lady Georgina ya lo había hecho en julio de 1917, en parte, por la desmoralización que causó la falta de respeto de sus pacientes rusos, pero también porque cada vez tenían menos, y en su mayoría casos de escorbuto. A partir de la revolución, los heridos que se quedaron no dejaron de alborotar. El comité del hospital de la colonia norteamericana también votó el cierre del suyo, porque –como observó Pauline Crosley– «los únicos soldados rusos que quedaban se habían herido luchando entre ellos», y «para las mujeres de la colonia era peligroso trabajar allí»[12]. El material sin utilizar se donó al Ejército de Salvación para que lo repartiese. Los días de utilidad del Hospital Anglo-Ruso habían terminado.
Son muchas las historias olvidadas, y pocas las que perduran: los últimos ecos de una generación de voces perdidas. Pero, si hubiese que elegir una, que destaca por encima del resto por su inimitable estilo, sería la sincera e ingenua de un oscuro afroamericano, Phil Jordan, iletrado y políticamente cándido, leal servidor de la diplomacia norteamericana, que vivió para contarlo. Sus gloriosas cartas, escritas en su vivaz estilo coloquial, reflejo de la persistente sensación de ser «un extraño en tierra extraña», sigue siendo la única narración conocida de la revolución por parte de un afroamericano. Ese testimonio traslada de forma inolvidable lo que debieron de sentir aquellos que se vieron, en el Petrogrado de 1917, atrapados por la Revolución.

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Petrograd in early 1917 was a city resting nervously on the edge of cataclysm. Two and a half years of war, mounting food shortages, barracks filled with untrained and disaffected young soldiers fearful of being sent to the front lines, factory districts packed with workers desperate enough to see any change in their condition asan improvement, and a winter severe even by Russian standards all combined to make a rebellion against the incompetent tsarist government inevitable. When the revolt finally began in late February (early March according to the Western calendar) it took only a few days to topple Tsar Nicholas II. Then a months long period began in which a new Provisional Government set up by the Russian legislature or Duma struggled to establish liberal democracy, opposed nearly every step of the way by more radical elements intent on creating a socialist state. In late October (or early November) the Bolsheviks, who were the most radical of the radicals, were able to seize power in another brief but bloody conflict. Histories of the Russian Revolutions of 1917 have propagated freely over the last century, but most describe what happened from the points of view of the «winning» or «losing» factions. Helen Rappaport’s great achievement in Caught in the Revolution is to relate what happened in Petrograd in 1917 using the eyewitness testimony of foreigners who found themselves in the unenviable position of watching history take a giant turn.
As the capital of the Russian Empire Petrograd had always been a cosmopolitan city where wealthy foreigners could lead lives of great ease and luxury. When World War I broke out in 1914 life became a bit more constrained but still quite comfortable for most foreigners, chiefly British and American diplomats, journalists, bankers, and other businessmen who had come to Russia to take advantage of its extraordinary and largely untapped natural resources. Many brought their families with them and had lived contentedly for years. When chaos erupted they had to scramble for their lives, trapped inside a country that was suddenly at war with itself. Fortunately, most of these people survived the Revolution and returned to the West, where many wrote memoirs and popular press articles that vividly described what they had seen. I especially enjoyed reading about the British Ambassador, Sir George Buchanan, his wife Lady Georgina, and his daughter Meriel. Redoubtable to the end, they held themselves with plenty of British phlegm and dignity. The US Ambassador, David Francis, also made for entertaining reading. A Missouri politician with no diplomatic experience, he arrived in Petrograd just as the Revolution was unfolding. His memories, as well as those of his African-American servant Phil Jordan,are especially vivid. Then there were the journalists, including some intrepid women, who were landed with the news stories of their lives. Then there were the American and British socialists who had come to Russia to witness what they thought would be the beginnings of a bright new future, like John Reed and his wife Louise Bryant, who became very much a part of the Revolution they were out to cover.
Caught in the Revolution is meticulously researched, with material from archives in Britain and the United States and a wide range of primary and secondary sources, including some contemporary magazine and newspaper articles that must have been difficult to track down. Rappaport’s work is scholarly and well documented, but she is an excellent writer who has a good eye for interesting anecdotes. I chuckle to think of Sir George Buchanan refusing to let a street battle interfere with his customary evening walk, so impressing the two battling sides that they called a ceasefire and waited respectfully while he strolled past. This is a book which will appeal to serious Russian history students as well as general readers looking for superlative real life drama.

Petrograd, in spite of all the deprivations and the recent atmosphere of social discontent, continued to provide «the perfect dissipated life» to those irredentist sybarites who yearned for amusement and self-indulgence. Despite Nicholas II’s prohibition of selling vodka in 1914, to control the legendary drunkenness of the Russian army, mainly composed of peasants enrolled in cams, if adequate capital was available, quality wines, champagne, whiskey and others could still be tasted. strong liquors, in the reserved rooms of the best restaurants and hotels in the city.
Since the beginning of the war, the price of some basic foods, such as milk and potatoes, had multiplied by four, and by five in the case of other essential goods, such as bread, cheese, butter, meat and fish. She Woodhouse, daughter of the British consul, recalled that «we had to hire a maid, whose only task was to queue for milk, bread or whatever you had to buy.» When winter came, the queues became even longer, and with greater doses of resentment, with «more and more comments about inefficiency and corruption in the highest spheres.» The waste and mismanagement of food and supplies for heating (only with wood, without availability of coal) were produced on a colossal scale; Corruption among Russian officials was widespread. Petrograd looked like a besieged city, and nobody wanted to dissipate.
Like many Americans arriving in Petrograd for the first time, Thompson, Harper and Fleurot, as well as those who followed them, «presented themselves as such in Petrograd, with that conquering optimism and American wisdom.» But «gradually the climate, the melancholy of the Russians and the formality that covered absolutely everything would cool their enthusiasm.»

Hunger spread, fierce and implacable, in half a million empty stomachs throughout all the working districts. Times correspondent Robert Wilton was dejected by the government’s delay in dealing with the lack of food: «It was a clear departure from functions. Who expected it to solve it? The Socialists, who had already decided that there should be a revolution, or the dissatisfied «man on the street», who did not want the revolution, but sought in vain the help of an incompetent government? It was reported that an urgent summit of ministers was taking place in the Duma to tackle the food crisis and organize the victualling in Petrograd. But the crowds were already convinced that the ovens deliberately hid the bread.
Throughout the day, the ranks of women demonstrating on Nevsky Avenue and its surroundings had climbed to 90,000.
During almost all night of Monday they continued listening discharges by all Petrogrado, and for Tuesday the revolutionaries had confiscated numerous machine guns, that used «with a considerable effectiveness». The soldiers who wandered aimlessly through the streets began to cause uneasiness; Meriel Buchanan observed from the British embassy a group crossing the Neva from the Petrograd sector. Apparently, «they had lost their verticality, their clothes were tattered, disheveled, and looking bad, they barely stood up, hunched over, the collar of their shirts unbuttoned, the hats placed in any way, with a strange mixture of weapons. all types, fastened with pieces of rope or straps, or with incarnated bands ».
With the abdication of the tsar, a new form of entertainment quickly became popular: the systematic destruction of all the visible insignia and symbols of the empire. On Nevsky Avenue and other main streets, bands of soldiers were dedicated to tearing down the two-headed eagles and the shield of the Romanovs from the shops that supplied the court, as well as their favorite clubs and taverns, such as the Imperial Yacht Club. The name of Nicholas, the crests and insignia of the Romanovs, the photographs and pictures of the imperial family were eradicated without mercy. It was even mentioned the possibility of melting the valuable statue of Peter the Great, of Falconet, erected by Catherine the Great in the Plaza del Senado. Where the word «imperial» could be read, on posters and plaques, it was erased, and it was knocked down to the Anglo-Russian Hospital eagle: «Our palatal eagle has found its end, a heap of plaster on the same street to which He looked proudly for so many years, «wrote Dr. Geoffrey Jefferson. Staff were also ordered to remove the Russian flag that fluttered at the front door: «That’s not our nation’s badge.»

Fortunately, the cold had preserved many of the unburied corpses he saw, but it had also caused them to contort in grotesque postures. Beside the three walls of the hut he saw lots of bodies, rigid, muddy and bloody, that had been thrown «just as they picked them up»; some folded, others stretched to the extreme, were women, men or children. There was another one near the hut, and another with more corpses. In the shed across the street he discovered another 150 piled up, among which people looked for their loved ones, trying to identify them. «One dressed as a policeman was impossible to identify,» he observed, «they had literally beaten him into a mess.» Few of the bodies had boots, since in times of war it was a very appreciated good, the first thing that was stolen from the dead. There were so many waiting to be buried that the coffins were scarce, so those who had managed to identify a body would light a note with their name, asking for money to pay for the funeral.
In short, the streets, apart from the red flags, the excessive dirt, and the streetcars full of soldiers, looked like always. Ministerial crises were no more or less frequent than in Paris. The same amount of manifestations ended up making them insipid. On the surface, Russian life was very similar to that which existed before the revolution: ministerial employees were still in their posts and in this country, free in a sense in which no other in the world had ever been.

The failure of the March against Petrograd in late August helped to accelerate the departure of foreigners from the city, which had already begun after the July Days. The embassies that were still open began to design emergency evacuation plans for their personnel and their compatriots. «They are leaving all those who allow their obligations.»
John Reed’s narrative of the October Revolution would later become the touchstone of any eyewitness testimony on those days, but in September 1917 he had reached a political hotbed, without knowing the language or having experience of his culture and culture. his politics, and without contacts in the government, society or the revolutionary movement. To compensate, he had the impetus, the instinct and the charisma, the literary talent and the journalistic sense needed to transmit such a dramatic event, and of so much journalistic interest, besides the intuition that these reports would be the ones that would cement his career. Beside him, Bryant, Beatty and Rhys Williams, like-minded, joined forces to tell what was happening in Russia from their militant socialist perspective, as partisans and comrades, determined to «make their strength felt, unchained» and, in the future , to be witnesses of the «birth of a new world».
Many wished that the Bolsheviks would seize power once and for all, «to put an end to this extraordinary situation,» among them, John Reed who, with Albert Rhys, had resumed his «tireless search» for a good story after the Democratic Congress, «Going from the Winter Palace to Smolny, from the US embassy, ​​to Viborg, trying to be everywhere at once, looking for translators to read the press, ordering totally contradictory statements.» As Rhys Williams recalled, they were, «like the rest of the capital, waiting for something to happen, tired but tenacious. The suspense was like a fever. »
On November 2, the Lenin government announced the definitive defeat of the Provisional. The abandonment of the defense of Petrograd in the hands of «a few Cossacks, a battalion of women and a few children» only served, concluded Louis de Robien, to «distance them from the whole world,» and made Kerensky’s government «the object of ridiculous». It also caused the fading of the old bourgeois government – and the beginning of the Soviet era – to be «ignominious, without bragging or heroism.»
In Moscow, the October Revolution was much wilder and bloody. The cadets, «on notice and well armed,» barricaded themselves in the Kremlin and other strategic buildings. The Bolsheviks took 10 days to take power, with fierce battles in the streets and near the building, which caused more than a thousand deaths.
The US embassies and from England in Petrograd, although they did not suffer attacks, they were isolated from the rest of the city: they could not send telegrams, diplomatic bags could not leave and mail was also blocked. The American employees did everything possible to persuade their compatriots to leave the country and, especially in the case of women and children, tried to evacuate them in the Trans-Siberian. On November 5, with the first winter ice and snow storm, 35 men, women and children left the city by train, accompanied by many of the members of the Red Cross Mission, who had decided to leave. The problems to get them out of Russia were multiple: wives who did not want to leave their husbands, women who feared to travel without male company, people who could not afford the trip, and even «enemies who could not stand the idea of ​​spending 10 days in the same wagon».

When Russia withdrew from the war, the allied hospitals in Petrograd closed. The one in the British colony of Lady Georgina had already done so in July 1917, in part because of the demoralization that caused the disrespect of her Russian patients, but also because they had fewer and fewer, and mostly cases of scurvy. After the revolution, the wounded who remained did not cease to be disturbed. The hospital committee of the American colony also voted to close theirs, because – as Pauline Crosley observed – «the only remaining Russian soldiers had been wounded fighting among themselves», and «for the women of the colony it was dangerous to work there» [12] The unused material was donated to the Salvation Army for distribution. The days of utility of the Anglo-Russian Hospital were over.
There are many forgotten stories, and few that last: the last echoes of a generation of lost voices. But, if you had to choose one, which stands out above the rest for its inimitable style, it would be the sincere and naive of a dark African-American, Phil Jordan, illiterate and politically naive, loyal servant of American diplomacy, who lived to tell the tale. His glorious letters, written in his vivacious colloquial style, reflecting the persistent feeling of being «a stranger in a strange land,» remains the only known narrative of the revolution by an African-American. That testimony unforgettably conveys what those who saw themselves in the Petrograd of 1917, trapped by the Revolution, must have felt.

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