Yo Seré La Última: Historia De Mi Cautiverio Y Mi Lucha En El Estado Islámico — Nadia Murad / The Last Girl: My Story of Captivity, and My Fight Against the Islamic State by Nadia Murad

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Este es un interesante y duro testimonio, En agosto de 2014, tras instaurar su califato, el Estado Islámico (EI) asesinó a unos tres mil hombres en la ciudad de Sinyar, situada al noroeste de Irak, y cercó durante semanas una pequeña aldea circundante situada a tan solo quince kilómetros de esta: Kocho. Nadia, que contaba con veintiún años, vivía allí junto a los suyos, una humilde familia de yazidíes que se ganaban la vida con la agricultura y el pastoreo. Y, pese a todas las dificultades económicas, eran felices. En ese mes de agosto tuvo lugar uno de los más tremendos genocidios de la última década. Miles de familias fueron testigos de la matanza de los hombres, el rapto y posterior traslado de los niños para ser adoctrinados campamentos de Siria e incorporados como militantes a sus filas, así como la violación y venta de las jóvenes y niñas con apenas nueve años, que fueron pasando de mano en mano como esclavas sexuales hasta su muerte.
Nadia Murad, a través de su propia autobiografía nos contará el infierno que vivió durante unos meses a manos del Estado Islámico y nos hablará de su pueblo, los yazidíes, una de la minorías religiosas asentadas en Irak, Siria y Turquía, y a la vez el pueblo más odiado por el EI, por considerarlos infieles, adoradores del diablo y no acceder a convertirse al islam. Asistiremos al cerco de Kocho, a la matanza de los varones en la familia de Nadia, al secuestro y traslado de sus sobrinos a Siria y a su periplo como sabiyya (esclava sexual) a manos de los militantes de EI.
El testimonio de Nadia es realmente estremecedor, pero no se ceñirá al momento del genocidio sino que bucearemos en sus recuerdos para conocer cómo fue su niñez y la de sus padres, cómo era la convivencia entre chiíes, suníes, cristianos y yazidíes antes del derrocamiento de Sadam, cómo se originó el conflicto, cómo cambió todo a partir del año 2003 con la llegada de los estadounidenses a la zona y el germen del odio fue creciendo de manera exponencial a través de Al qaeda, ISIS, EI o Daesh; distintas denominaciones para referirse a un mismo grupo terrorista integrado por radicales islamistas, que interpretan a su antojo el Corán y aplican leyes medievales, arrasando con todos cuantos se cruzan en su camino y se niegan a convertirse a su religión
La novela comienza con el prólogo de Amal Clooney, una conocida abogada, activista y escritora libanesa-británica, que además está especializada en Derecho Internacional, Derecho Penal, Derechos Humanos y Extradición. Será ella la que nos hable del día que Nadia apareció en su despacho por primera vez para pedirle ayuda. Sabemos de antemano que, afortunadamente, Nadia logró escapar del horror y lo ha podido contar, pero eso no evitará la desazón que nos va a ir provocando su historia. Desde entonces, no ha dejado de luchar por los derechos de su pueblo y ha sido nombrada embajadora de buena voluntad por la ONU. Ella se vaciará en esta autobiografía en la que conoceremos muy de cerca las inquietudes de las mujeres yazidíes, sus creencias, sus miedos, el horror del que fueron víctimas y también el papel de las mujeres defensoras del EI, mucho más radicales aún que sus militantes.
Nos encontramos ante una historia cuyos principales escenarios van a ser la pequeña aldea de Kocho y las ciudades de Sinyar y Mosul. Narrada en primera persona, con una prosa sencilla en la que hay un predominio de la narración sobre el diálogo, esta novela comienza de forma serena y va ganando en tensión a medida que avanzamos en la lectura hasta provocarnos un pellizco interior del que no lograremos desprendernos hasta mucho después de cerrar el libro. La historia no es para menos.
Yo seré la última es un relato realmente desgarrador, el de Nadia, pero también podría ser el de cualquiera de las muchas mujeres yazidíes que han sido y son víctimas del EI. Un texto valiente, sereno, pero cargado de dolor y sufrimiento que me ha removido por dentro y se ha quedado dando vueltas en mi cabeza. Ella es un ejemplo a seguir y su testimonio, pese a su dureza, debe trascender. No podemos seguir mirando hacia otro y mantenernos en nuestras cómodas vidas mientras miles de inocentes están padeciendo un auténtico suplicio a manos de unos desalmados. Su lucha y su tesón son un canto a la esperanza de un futuro mejor.

El yazidismo es una antigua religión monoteísta, propagada de forma oral por los hombres santos que velan por la conservación de nuestros relatos. Aunque tiene elementos en común con las numerosas religiones de Oriente Medio, desde el mitraísmo hasta el zoroastrismo, pasando por el islamismo y el judaísmo, es realmente única, e incluso para los hombres santos que deben memorizar todas las historias puede resultar difícil de explicar. Yo imagino mi religión como un árbol antiguo con miles de anillos: cada uno de ellos contiene un relato sobre la larga historia de los yazidíes. Por desgracia, muchas de esas narraciones son tragedias.
En la actualidad solo queda aproximadamente un millón de yazidíes en todo el planeta. Desde que vine al mundo —y, lo sé, durante mucho tiempo antes de que yo naciera—, nuestra religión ha sido lo que nos definía y nos mantenía unidos como comunidad. Sin embargo, también nos ha convertido en el blanco de grupos más numerosos.
La peor mentira contada sobre los yazidíes, pero no la única. La gente dice que el yazidismo no es una religión «auténtica» porque no tenemos un libro sagrado como la Biblia o el Corán. Como algunos de nosotros no nos duchamos los miércoles —el día que Melek Taus llegó a la tierra por primera vez y nuestro día de descanso y oración—, dicen que somos sucios. Como rezamos mirando al sol, nos llaman paganos. Nuestra creencia en la reencarnación, lo que nos ayuda a enfrentarnos a la muerte y a mantener unida a nuestra comunidad, es rechazada por los musulmanes porque ninguna de las religiones abrahámicas cree en ella. Algunos yazidíes evitan ciertos alimentos, como la lechuga, y se burlan de ellos por sus extrañas costumbres. Otros no visten de azul porque lo consideran el color de Melek Taus, demasiado sagrado para un ser humano, e incluso esa opción es ridiculizada.

A mediados de la década de 1970, Sadam empezó a trasladar a la fuerza a las minorías —kurdos y yazidíes incluidos— de sus aldeas y ciudades a unas viviendas en bloques de cemento en comunidades construidas para tal fin, donde podían ser controladas con más facilidad. Se trataba de una campaña conocida como la «arabización» del norte. Sin embargo, como Kocho estaba mucho más alejado de la montaña, nos libramos. Las tradiciones yazidíes que se habían vuelto anticuadas en esas nuevas comunidades resistían en mi aldea. Las mujeres llevaban vaporosos vestidos blancos y pañuelos en la cabeza que habían pertenecido a sus abuelas; en las complejas bodas sonaban las clásicas melodías yazidíes y se bailaban las danzas tradicionales; y ayunábamos para conseguir la redención de nuestros pecados cuando muchos yazidíes habían abandonado esa costumbre.

Cuando las cosas iban realmente mal en Irak, los yazidíes de Kocho sufríamos las consecuencias de la violencia como las réplicas de un terremoto. Permanecíamos ajenos a la peor parte: las batallas entre los insurgentes y los marines estadounidenses de la provincia de Anbar, el aumento del autoritarismo chií en Bagdad y el fortalecimiento de Al Qaeda.
Con la llegado de Estado Islámico (EI), algo cambió en mí, tal vez para siempre. Perdí la esperanza de que alguien nos ayudara. Quizá mi profesor estaba como nosotros, asustado por sí mismo y su familia, y haría todo lo necesario para seguir con vida. O quizá había dado la bienvenida al EI y agradecía la oportunidad de vivir en el mundo que había imaginado. Un mundo guiado por su brutal interpretación del islam; un mundo sin yazidíes y sin nadie que no creyera exactamente en lo mismo que ellos. Yo no sabía nada. Pero estaba segura de que odiaba a ese hombre.
No sabía cuánto nos odiaba el Estado Islámico ni qué era capaz de hacer. Estábamos tan asustados que ninguno de nosotros, en ese recorrido, habría adivinado la maldad con la que nos iban a tratar. No obstante, mientras caminábamos ya habían empezado su genocidio.
A la salida de uno de nuestros pueblos, en el norte de Sinyar, una mujer yazidí vivía en un pequeño refugio de ladrillos de barro junto a la carretera. No era muy mayor, pero tenía el aspecto de haber vivido cientos de años porque había pasado gran parte de su vida adulta sumida en la tristeza. Tenía la piel translúcida porque apenas salía al exterior y profundas arrugas en torno a los ojos, velados por décadas de llanto.
Cuando los militantes del EI llegaron a Sinyar, la encontraron a la salida del pueblo y, como no quería moverse, entraron en su habitación y la quemaron viva.
Cada segundo pasado con el EI era parte de una muerte lenta y dolorosa —de cuerpo y alma—, y ese momento en el autobús con Abu Batat fue el instante en que empecé a morir. Yo era una chica de pueblo, criada en una familia decente. Siempre que salía de casa, sin importar adónde fuera, mi madre me escudriñaba. «Abróchate la camisa hasta arriba, Nadia —me decía—. Sé buena chica.»
En ese momento, había un desconocido tocándome de forma salvaje, y yo no podía hacer nada. Abu Batat siguió recorriendo el autobús de arriba abajo, sobando a las chicas que íbamos sentadas en el pasillo, pasándonos la mano por encima como si no fuéramos humanas, como si no temiera que pudiéramos movernos o enfadarnos.
El mercado de compraventa de esclavas se abría por las noches. Oímos el alboroto en la planta baja, donde los militantes llevaban el registro y lo organizaban todo. Cuando el primer hombre entró en la habitación, las chicas empezaron a gritar. Era como la escena de una explosión. Gimoteábamos como si estuviéramos heridas, nos doblábamos sobre nosotras mismas y vomitábamos en el suelo, pero nada detenía a los militantes. Se paseaban por la sala, mirándonos, mientras nosotras chillábamos y suplicábamos. Las que sabíamos árabe pedíamos clemencia en esa lengua, y las que solo sabían kurdo gritaban tan alto como podían, pero los hombres reaccionaban ante nuestro pánico como si fuéramos niñas lloronas: se molestaban, aunque no lo tenían en cuenta.
Se paseaban despreocupados en torno a las chicas más guapas primero. «¿Cuántos años tienen?», preguntaban, y les examinaban el pelo y la boca.

Con esos «matrimonios», el EI proseguía con su lento exterminio de chicas yazidíes. Primero nos sacaban de nuestros hogares y mataban a nuestros hombres. Luego nos separaban de nuestras madres y hermanas. Fuéramos a donde fuésemos, nos recordaban que no éramos más que propiedades, podían toquetearnos y violarnos, como Abu Batat me había sobado el pecho, como si quisiera rompérmelo, o como Nafah me había apagado los cigarrillos en el cuerpo. Todas esas violaciones eran pasos hacia la aniquilación de nuestras almas.
Despojarnos de nuestra religión era lo más cruel.
Todos los miembros del Estado Islámico me trataron con crueldad, y la violación era siempre igual, aunque sí recuerdo algunas pequeñas diferencias entre los hombres que abusaron de mí. Hajji Salman fue el peor, en parte porque fue el primero en violarme y en parte porque actuaba como si me odiara. Me pegaba si intentaba cerrar los ojos. Para él no bastaba con violarme, me humillaba tanto como podía; se ponía miel en los dedos de los pies para que yo se la quitara a lametazos o me obligaba a vestirme con elegancia para él. Cuando me violó, Morteja actuó como un niño al que hubieran permitido comer una chuchería por la que había estado lloriqueando. Y jamás olvidaré las gafas del otro guardia, la delicadeza con que las trató y lo perverso que fue conmigo, un ser humano.
Abu Muawaya, cuando entró en la habitación a eso de las ocho de la tarde, me agarró por la mandíbula y me empujó contra la pared.

Todas las historias de huida son increíbles. A una chica de Kocho se la llevaron a Raqqa, la capital del Estado Islámico en Siria, donde la retenían junto a un gran grupo de mujeres en una sala de bodas para esperar a ser distribuidas. Desesperada, intentó hacer estallar una bombona de propano con un mechero para incendiar el edificio, pero la descubrieron antes de que pudiera hacerlo. Después se obligó a vomitar y, cuando un militante del Estado Islámico le dijo que saliera, ella y unas cuantas más echaron a correr hacia los campos que rodeaban el lugar. Al final, las entregó un agricultor que pasaba por allí, pero la chica tuvo suerte. Semanas después, la mujer del hombre que la había comprado la ayudó a coordinar su huida y a salir viva de Siria. Al cabo de poco, la esposa murió de apendicitis; por lo visto, en el Estado Islámico no había ningún cirujano capaz de salvarla.

Al llegar hasta el campo de refugiados. Estaba igual que cuando habíamos llegado allí por primera vez con mis hermanos, casi dos años antes, aunque la gente había convertido sus contenedores en algo más parecido a un hogar colocando lonas para crear espacios con sombra en el exterior y decorando el interior con fotografías familiares. Algunas personas habían conseguido trabajo, y vimos más coches aparcados entre las viviendas.
Al acercarnos vi a Adkee, a mis hermanastras y a mis tías, reunidas todas juntas al aire libre. Se tiraban del cabello y levantaban las manos hacia el cielo, rezando y llorando. La madre de Kathrine, Asmar, había llorado tanto que al médico le preocupaba que pudiese quedarse ciega.
Llegando al contenedor de mi familia, me uní a ellas, me puse a caminar en círculo junto a mis hermanas, a golpearme el pecho y a llorar a gritos. Volví a sentir todas las heridas de mi cautiverio y mi huida abiertas de nuevo. No podía creer que jamás volvería a ver a Kathrine ni a mi madre. Ese fue el momento en que supe que mi familia había quedado destruida de verdad.

A finales de mayo de 2017 recibí desde el campamento la noticia de que Kocho había sido liberado del EI. Todos los yazidíes querían ver al EI juzgado por genocidio, y que ellos tenían la capacidad de ayudar a proteger a las personas vulnerables de todo el mundo. Les dije que quería mirar a los ojos a los hombres que me violaron, y verlos llevados ante la justicia. Más que nada, les dije, quiero ser la última chica en el mundo con una historia como la mía.

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This is an interesting and hard testimony. In August 2014, after establishing its caliphate, the Islamic State (IS) killed some 3,000 men in the city of Sinyar, located in northwest Iraq, and surrounded for weeks a small surrounding village located only fifteen kilometers from this: Kocho. Nadia, who was twenty-one years old, lived there with her family, a humble family of Yazidis who made a living from agriculture and herding. And, despite all the economic difficulties, they were happy. In that month of August took place one of the most tremendous genocides of the last decade. Thousands of families witnessed the massacre of the men, the abduction and subsequent transfer of the children to be indoctrinated in Syrian camps and incorporated as militants into their ranks, as well as the rape and sale of the girls and boys with only nine years old, that were passed from hand to hand as sex slaves until his death.
Nadia Murad, through her own autobiography, will tell us about the hell that she lived for a few months at the hands of the Islamic State and will tell us about her people, the Yazidis, one of the religious minorities settled in Iraq, Syria and Turkey, and at the same time the people most hated by the IS, because they consider them infidels, worshipers of the devil and do not agree to convert to Islam. We will attend the siege of Kocho, the slaughter of the men in Nadia’s family, the kidnapping and transfer of her nephews to Syria and her journey as a sabiyya (sexual slave) at the hands of the IS militants.
Nadia’s testimony is really shocking, but she will not stick to the moment of genocide but we will dive into her memories to learn about her childhood and that of her parents, how was the coexistence between Shiites, Sunnis, Christians and Yazidis before the overthrow of Saddam, how the conflict originated, how everything changed from the year 2003 with the arrival of the Americans to the area and the germ of hatred was growing exponentially through Al Qaeda, ISIS, EI or Daesh; different denominations to refer to the same terrorist group composed of radical Islamists, who interpret the Koran at their whim and apply medieval laws, destroying all who cross their path and refuse to convert to their religion
The novel begins with the prologue of Amal Clooney, a well-known lawyer, activist and Lebanese-British writer, who also specializes in International Law, Criminal Law, Human Rights and Extradition. She will be the one to tell us about the day Nadia appeared in her office for the first time to ask her for help. We know in advance that, fortunately, Nadia managed to escape the horror and has been able to tell, but that will not prevent the uneasiness that will be provoking his story. Since then, she has not stopped fighting for the rights of her people and has been named ambassador of goodwill by the UN. It will be emptied in this autobiography in which we will know very closely the concerns of the Yazidi women, their beliefs, their fears, the horror of which they were victims and also the role of the women defenders of the IS, much more radical than their militants .
We are facing a story whose main scenarios are going to be the small village of Kocho and the cities of Sinyar and Mosul. Narrated in first person, with a simple prose in which there is a predominance of the narrative on dialogue, this novel begins in a serene way and is gaining in tension as we move forward in reading to provoke an inner pinch that we will not get rid of until long after closing the book. The story is not for less.
I will be the last one is a really heartbreaking story, that of Nadia, but it could also be that of any of the many Yazidi women who have been and are victims of IS. A courageous text, serene, but full of pain and suffering that has stirred me inside and has been spinning in my head. She is an example to follow and her testimony, despite its hardness, must transcend. We can not continue looking towards another and remain in our comfortable lives while thousands of innocents are suffering a real torture at the hands of some soulless. Their struggle and their determination are a song to hope for a better future.

Yazidism is an ancient monotheistic religion, propagated orally by the holy men who watch over the preservation of our stories. Although it has elements in common with the many religions of the Middle East, from Mithraism to Zoroastrianism, through Islam and Judaism, it is truly unique, and even for holy men who must memorize all the stories it can be difficult to explain. I imagine my religion as an ancient tree with thousands of rings: each of them contains a story about the long history of the Yazidis. Unfortunately, many of those stories are tragedies.
At present there are only about one million Yazidis around the world. Since I came into the world -and, I know, for a long time before I was born-, our religion has been what defined us and held us together as a community. However, it has also made us the target of more numerous groups.
The worst lie told about the Yazidis, but not the only one. People say that Yazidism is not an «authentic» religion because we do not have a holy book like the Bible or the Koran. As some of us do not shower on Wednesdays – the day that Melek Taus came to earth for the first time and our day of rest and prayer – they say we are dirty. As we pray looking at the sun, they call us pagans. Our belief in reincarnation, which helps us face death and hold our community together, is rejected by Muslims because none of the Abrahamic religions believes in it. Some Yazidis avoid certain foods, such as lettuce, and make fun of them because of their strange customs. Others do not wear blue because they consider it the color of Melek Taus, too sacred for a human being, and even that option is ridiculed.

In the mid-1970s, Saddam began forcibly relocating minorities – including Kurds and Yazidis – from their villages and cities to concrete block houses in communities built for that purpose, where they could be controlled more easily. . It was a campaign known as the Arabization of the north. However, as Kocho was much further away from the mountain, we got rid of it. The Yazidi traditions that had become antiquated in these new communities resisted in my village. The women wore white dresses and headscarves that had belonged to their grandmothers; in the complex weddings the classic Yazidi melodies played and the traditional dances were danced; and we fasted to obtain the redemption of our sins when many Yazidis had abandoned that custom.

When things were really bad in Iraq, the Koz Yazidis suffered the consequences of violence like the aftershocks of an earthquake. We remained oblivious to the worst part: the battles between insurgents and US Marines in Anbar province, the rise of Shiite authoritarianism in Baghdad and the strengthening of al Qaeda.
With the arrival of the Islamic State (IS), something changed in me, maybe forever. I lost hope that someone would help us. Maybe my teacher was like us, scared by himself and his family, and would do everything necessary to stay alive. Or maybe he had welcomed the EI and appreciated the opportunity to live in the world he had imagined. A world guided by its brutal interpretation of Islam; a world without Yazidis and without anyone who did not believe exactly the same as them. I did not know anything. But I was sure he hated that man.
I did not know how much the Islamic State hated us or what it was capable of doing. We were so scared that none of us, on that tour, would have guessed the evil with which they were going to treat us. However, while we were walking, they had already begun their genocide.
At the exit of one of our towns, in the north of Sinyar, a Yazidi woman lived in a small shelter of mud bricks next to the road. He was not very old, but he looked like he had lived hundreds of years because he had spent much of his adult life mired in sadness. Her skin was translucent because she barely came out and deep wrinkles around her eyes, veiled by decades of crying.
When the IS militants arrived in Sinyar, they found her at the exit of the town and, as she did not want to move, they entered her room and burned her alive.
Every second spent with the IS was part of a slow and painful death – body and soul – and that moment on the bus with Abu Batat was the moment I began to die. I was a village girl, raised in a decent family. Whenever I left home, no matter where I went, my mother would scrutinize me. «Fasten your shirt to the top, Nadia,» he told me. Be a good girl. »
At that time, there was a stranger touching me wildly, and I could not do anything. Abu Batat continued to walk the bus up and down, rubbing the girls who were sitting in the hallway, passing our hands over us as if we were not human, as if he did not fear that we could move or get angry.
The slave-buying market opened at night. We heard the commotion on the ground floor, where the militants kept the register and organized everything. When the first man entered the room, the girls began to scream. It was like the scene of an explosion. We whined as if we were wounded, we bent over ourselves and vomited on the floor, but nothing stopped the militants. They were walking around the room, watching us, while we shrieked and pleaded. Those of us who knew Arabic asked for clemency in that language, and those who only knew Kurd shouted as loud as they could, but men reacted to our panic as if we were weeping girls: they got upset, although they did not take it into account.
They strolled carelessly around the prettiest girls first. «How old are they?» They asked, examining their hair and mouth.

With these «marriages,» the IS continued its slow extermination of Yazidi girls. First they took us out of our homes and killed our men. Then they separated us from our mothers and sisters. Wherever we went, they reminded us that we were no more than property, they could touch us and rape us, as Abu Batat had chewed my chest, as if he wanted to break me, or as Nafah had extinguished the cigarettes in my body. All those violations were steps towards the annihilation of our souls.
To take away our religion was the most cruel thing.
All the members of the Islamic State treated me cruelly, and the rape was always the same, although I do remember some small differences between the men who abused me. Hajji Salman was the worst, partly because he was the first to rape me and partly because he acted as if he hated me. It would hit me if I tried to close my eyes. It was not enough for him to rape me, he humiliated me as much as he could; He put honey on his toes so that I could take it off with his licks or force me to dress elegantly for him. When he raped me, Morteja acted like a child who had been allowed to eat a bauble for which he had been whimpering. And I will never forget the glasses of the other guard, the delicacy with which he treated them and how perverse it was with me, a human being.
Abu Muawaya, when he entered the room at around eight o’clock in the afternoon, grabbed me by the jaw and pushed me against the wall.

All the flight stories are incredible. A girl from Kocho was taken to Raqqa, the capital of the Islamic State in Syria, where she was held with a large group of women in a wedding hall to wait to be distributed. Desperate, she tried to blow up a propane cylinder with a lighter to set the building on fire, but they discovered it before she could. Then she forced herself to vomit and, when a militant from the Islamic State told her to leave, she and a few others started running towards the fields surrounding the place. In the end, they were handed over by a farmer who passed by, but the girl was lucky. Weeks later, the wife of the man who had bought it helped her to coordinate her escape and to leave alive from Syria. After a while, the wife died of appendicitis; Apparently, in the Islamic State there was no surgeon capable of saving her.

Upon reaching the refugee camp. It was the same as when we had first arrived there with my brothers, almost two years before, although people had turned their containers into something more like a home by placing canvases to create shaded spaces on the outside and decorating the interior with family photographs . Some people had gotten work, and we saw more cars parked between the houses.
As we approached, I saw Adkee, my stepsisters and my aunts, all gathered outdoors. They pulled their hair and lifted their hands to the sky, praying and crying. Kathrine’s mother, Asmar, had cried so much that the doctor worried that she might go blind.
Arriving at the container of my family, I joined them, I began to walk in a circle with my sisters, to beat my chest and cry loudly. I felt all the wounds of my captivity and my escape open again. I could not believe I would never see Kathrine or my mother again. That was the moment when I knew that my family had been really destroyed.

At the end of May 2017 I received news from the camp that Kocho had been released from EI. All Yazidis wanted to see the IS judged for genocide, and that they had the ability to help protect vulnerable people around the world. I told them that I wanted to look into the eyes of the men who raped me, and see them brought to justice. More than anything, I told them, I want to be the last girl in the world with a story like mine.

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