Caudillos Del Crimen — Ioan Grillo / Gangster Warlords by Ioan Grillo

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Un interesante libro donde Ioan Grillo ofrece una interpretación similar en Caudillos del crimen (en inglés, Gangster Warlords), que perfila líderes de organizaciones criminales en cuatro partes del hemisferio: Brasil, Jamaica, Centroamérica y México. Dicho eso, “interpretación” es quizás una palabra demasiada académica para un libro cuya autoridad y fascinación dependen más del reportaje osadamente amplio y de la narración de alta velocidad.
Autor del igualmente atrevido bestseller El narco (2011), Grillo está equipado con un olfato periodístico de primera, una prosa vívida y una conciencia del historiador de la importancia de los orígenes (en este caso, a menudo, la Guerra Fría, que destruyó algunas comunidades, polarizó otras y dejó en la región millones de armas). También tiene la rara capacidad de lanzarse a las zonas más peligrosas, desde los baluartes de la Mara Salvatrucha hasta las cárceles pululantes de Rio de Janeiro, y ganar suficiente confianza de sus entrevistados que le cuenten todo: sus inicios en el crimen, sus matanzas, sus amores, sus sueños, hasta sus temores.
Los retratos que resultan – el narco-filósofo-rey de la favela Antares (que mostró a Grillo su poesía), el “Presidente” del barrio Tivoli de Kingston, los jefes de pandillas en San Salvador y San Pedro Sula y Nazario Moreno de los Templarios (él que las fuerzas mexicanas famosamente mataron dos veces) – sirven para desenmascarar estos caudillos. Éstos “ya no sólo son narcotraficantes sino un híbrido extraño de CEO criminal, rockstar delictivo y general paramilitar”.
Como sugiere esta frase, su poder frecuentemente depende en gran medida en un culto local de la personalidad. Como ejemplo, es notable como el narcocorrido tiene paralelas en el funk brasileño y hasta en el reggae.
Los retratos también sirven para humanizar a sus sujetos. Esto no es para disculpar. No hay ningún intento aquí de ocultar las atrocidades que estos caudillos criminales han cometido, como el castigo brasileño de “la microonda”, cuyas víctimas son descuartizadas y luego quemadas. Pero humanizar sí es ayudar a explicar. Lo que El Chapo contó a Sean Penn, que había empezado como narco porque en el páramo olvidado del monte sinaloense no hubo otra opción, encuentra varios ecos aquí.
Y así, de manera acumulativa, Grillo convence al lector que una respuesta del gobierno al narco que depende sólo del uso del poder armado nunca va a tener un éxito duradero. Más que un argumento para la despenalización, es una llamada hacia el gasto público. No es ninguna casualidad que los cárteles prosperan más dónde la inversión en desarrollo social está casi ausente.
Aquí está lo más valioso de Caudillos del crimen para el lector mexicano, que se podría preguntar que tiene que ver lo que pasa en Brasil y otros países con su propia pesadilla nacional. Como cualquier buen estudio comparativo, confirma unas tendencias universales. Menciona, por ejemplo, como la tergiversada religiosidad de los Templarios no es una anomalía sino tiene paralelas en Rio, dónde la Iglesia Católica y el gobierno han perdido la autoridad de abogar por los pobres.
Entre otras paralelas llamativas: que no existe ninguna bala mágica (como la “estrategia kingpin”) para acabar con los cárteles; que las cárceles son centros de reclutamiento más que de rehabilitación; que cualquier “guerra contra las drogas” debe reconocer lo clave de la cuestión de los corazones y las mentes; y que la mejor estrategia para socavar la autoridad de los bandidos sociales es de proveer de manera formal y equitativa lo que ellos proveen de manera informal y selectiva: seguridad, justicia y empleo.

El libro actual de Grillo, «Gangster Warlords», es común. Como una persona que ama la no ficción tanto como la buena ficción, sé que cuando lee el conocimiento de no ficción es tan bueno como está actualizado. Leer un libro sobre «problemas sociales actuales» que hace referencia a información de la década de 1970 o antes puede ser entretenido, pero no realmente «útil». Grillo está utilizando la información más reciente posible, en parte porque es parte de las fuentes de la información más reciente disponible, y en parte porque es solo un buen periodista que se mantiene actualizado.
«The War On Drugs» falló, solo en caso de que no lo hayas notado. Y no fracasó debido a las leyes de cannabis medicinal, sino a la increíble cantidad de dinero creada por la industria ilegal de narcóticos. Se han utilizado fantásticas sumas de dinero para comprar armas y poder político para garantizar el funcionamiento continuo de la industria ilegal de narcóticos, y al hacerlo, las sociedades se han erosionado desde adentro. No se puede confiar en la aplicación de la ley en gran parte del mundo, ya que la mayor parte de sus cheques de pago no proviene del gobierno. Más allá de eso, cuando el único servicio gubernamental provisto es la aplicación de la ley y los políticos responden ante los líderes de las organizaciones de comercio ilegal en lugar de los populosos, la gente pierde toda la fe en sus gobiernos. Muchas naciones en el Hemisferio Occidental sufren de la falta de confianza en la aplicación de la ley y uno puede ver que crece en los Estados Unidos, aunque por razones ligeramente diferentes, creo.
Ioan Grillo establece con fluidez lo que ha sucedido y está sucediendo en cuatro naciones / conglomerados nacionales como ejemplos de los señores de la guerra del gángster que amenazan el orden social global. Estos son: Brasil, Jamaica, Honduras / Guatemala / Salvador y México. La sección transversal elegida proporciona ejemplos de las diferencias y similitudes de las situaciones. Es particularmente importante para los lectores estadounidenses observar que lo que está sucediendo en todas estas naciones / grupo de naciones está impactando directamente a los EE. UU. En lo que respecta a política de inmigración, bienestar social y otras áreas, además de la avalancha de drogas que inundan los EE. UU. (Desafortunadamente, Grillo no menciona a la industria farmacéutica legal que está ganando más dinero por peso con la oxicodona que los carteles con cocaína, pero entiendo que está fuera del alcance del libro).
Como señala Grillo, las Naciones Unidas celebraron una sesión especial sobre política de drogas en abril de 2016.
Es hora de un cambio significativo en las políticas gubernamentales lejos de la prohibición (que sirve para fortalecer el crimen organizado) y hacia la legalización o despenalización y tratamiento (que quita dinero al crimen organizado y utiliza los ingresos gubernamentales para fortalecer a la sociedad). El cambio es imperativo y «cuanto antes mejor».

Iguala reflejó el mundo nuevo e infeliz del narcopoder. México ahora tiene una democracia multipartidista, y la oposición, supuestamente de izquierda, gobernaba Iguala. Pero el poder real era este misterioso cártel, que contrabandeaba drogas, controlaba a los políticos y pactaba alianzas con las fuerzas de seguridad. Es una fuerza oscura con intereses turbios que tenemos que esforzarnos para ver siquiera.
La sangre derramada en México ha atrapado la atención del mundo porque fluye hasta el Río Bravo (y a veces entra a Estados Unidos). Los políticos mexicanos contestan que hay violencia similar en toda la región. Se equivocan al usarlo como excusa. Pero tienen razón en que la lucha entre sombríos pistoleros criminales y tropas adictas al gatillo azota muchos rincones de América.
En las favelas de Brasil, los “comandos” criminales están en estrecho combate urbano contra la policía y sus rivales, un conflicto que incluso ha matado a más que en México, y al que los Seal de la marina estadounidense van como entrenamiento. Honduras se convirtió en el país más homicida fuera de una zona de guerra declarada porque las pandillas de Maras desplazan a miles; algunos de ellos huyen como refugiados a Estados Unidos. Los guetos de Kingston, Jamaica, son campos de muerte de las posses, junto con una de las fuerzas policiales más homicidas del mundo.
¿Por qué América está empapada en sangre en los albores del siglo XXI? El hecho de que estas milicias criminales hayan brotado simultáneamente en distintos países no es coincidencia, sino que muestra una tendencia regional, producto de circunstancias históricas. Y aunque estos conflictos estén en países separados, las drogas, las armas y los criminales flotan entre ellos. Es una cadena de guerras criminales que abre un tajo por el continente.
Este baño de sangre no está en la región más pobre ni menos desarrollada del mundo. Sucede en sociedades industrializadas con una clase media en crecimiento.

Un cambio alarmante es el grado al que los capos controlan sus propios sistemas de justicia. Desde las montañas mexicanas hasta los guetos jamaiquinos, los capos enjuician a los acusados de robar o violar y los sentencian a golpizas, exilio o muerte. Es la ley de la selva. Pero muchos residentes la creen más efectiva que cualquier justicia que ofrezcan la policía y las cortes.
Al blandir tal poder, los caudillos del crimen amenazan la naturaleza fundamental del Estado, no al tratar de tomarlo por completo, sino al capturar partes de él y debilitarlo. Mellan el monopolio de la violencia del Estado o, para precisar, su monopolio sobre librar la guerra y aplicar la justicia. Cuando el Estado pierde esto, se vuelve menos capaz de imponer su voluntad en muchas cuestiones, incluyendo las más básicas, como recabar impuestos y vigilar protestas. La gente pierde fe en el gobierno, como sucedió en el estado mexicano de Guerrero tras la masacre de Iguala. Algunos forman milicias de justicieros para defenderse, otros queman ayuntamientos. Si los gobiernos pierden más control de este modo, podría haber consecuencias devastadoras.

El mismo nombre de favela tiene un origen curioso, uno que también habla de los violentos cimientos de Brasil. En el siglo XIX, favela se refería a una planta espinosa que crecía a cientos de kilómetros de Río, en la región de Bahía. Ahí, un pastor conocido como Antônio Conselheiro fundó una colonia de libertos y campesinos sin tierras en un valle árido salpicado de plantas de favela. Conselheiro era un tipo de fuego y azufre, que predijo que el agua se convertiría en sangre y las estrellas caerían de los cielos.
El gobierno brasileño, ahora libre del emperador y pasando por una fase de modernización, decidió aplastar a Conselheiro y a su banda, pues los veía como forajidos supersticiosos. En 1896 desató la Guerra de Canudos para someterlos. La guerra degeneró en una campaña agotadora en la que los rebeldes soñadores repelieron oleadas de tropas. Por fin, el ejército brasileño usó cañones y dinamita para masacrar a los rebeldes; mataron a unos 15 000 en 1897.
Los soldados que llevaron a cabo la matanza marcharon de vuelta a Río, donde les habían prometido tierras como paga. Pero el gobierno desconoció su deuda y los dejó sin hogar, por lo que los veteranos se vieron forzados a instalarse en una colina junto a la ciudad.
La creciente legión de pistoleros del Comando Rojo implicaba más salarios que pagar. Pero al progresar los años ochenta, los bancos en Brasil, y en todo el mundo, instalaron seguridad sofisticada, como cámaras y bóvedas con cerraduras de tiempo. La transición hacia las tarjetas de crédito y el dinero electrónico también significó menos billetes que pillar. La época dorada del robo de bancos —especialmente por guerrillas urbanas con pantalones acampanados— había llegado a su fin.
Sin embargo, el Comando Rojo descubrió un negocio nuevo, uno que podría financiar su expansión durante la siguiente generación. Hicieron fortuna con la droga conocida como polvo, nieve, yeyo, perico, merca, falopa, mazapán, talco, frula, merluza, risqui, cois, doña blanca, caspa del diablo, gripe colombiana o, más comúnmente, cocaína.

El hecho de que las guarniciones jamaicanas tengan lazos internos tan estrechos y estén tan criminalizadas hace que sea fácil conectar con los criminales. En los pueblos mexicanos el cártel es una fuerza clandestina. Pero en las guarniciones los criminales están en las calles, en las esquinas, en las licorerías.
También ayuda que mucha gente esté fumando yerba. Es un cliché. Pero es verdad.
Aparte del crimen, me parece que la gente de Kingston Occidental es cálida y abierta, como en los guetos desde Brasil hasta México. Como muchos otros forasteros que se han aventurado en estas áreas, me conmueve la generosidad de espíritu de la gente; su capacidad para olvidarse del abismo cultural y socioeconómico, y su apertura a hablar de humano a humano, mostrando una amistad espontánea de corazón.
Las peleas callejeras se fueron calentando incesantemente durante los setenta, cuando el primer ministro Manley lanzó el gran experimento jamaiquino con el socialismo democrático. Manley nació en la política, hijo del fundador del PNP, Norman Manley, quien gobernó Jamaica cuando obtuvo la independencia de Gran Bretaña. La familia es de raza mixta, conocida en Jamaica como mulatto, un grupo con privilegios sobre la mayoría de los africanos en el Caribe. Sin embargo, Manley predicaba que la élite tenía que verse afectada para que naciera una sociedad igualitaria.
Mientras que jefes de la mafia como Dudus Coke y Heriberto Lazcano, el capo de los Zetas, surgían a lo largo de América, los periodistas tenían dificultades para encontrar palabras con las cuales describirlos. Mientras que algunos simplemente les llamaban narcotraficantes, estos criminales obviamente hacían mucho más que meramente contrabandear drogas; también chantajeaban o dirigían negocios; controlaban vecindarios enteros, y tenían milicias que se enfrentaban a la policía y a los soldados.
Varios medios de comunicación de habla inglesa comenzaron a utilizar el término warlord (“señor de la guerra”) como una manera de comprender mejor en lo que estos jefes del crimen se habrían convertido. Esta palabra describe a hombres fuertes que controlan fracciones de territorios, ejerciendo el poder con su liderazgo personal, junto con sus milicias.
A principios del siglo XIX, el término warlord se usaba comúnmente para referirse a los chinos que controlaban áreas por medio de la fuerza tras el colapso del gobierno central en 1916. Luego al final del siglo XX, el término tuvo un gran resurgimiento para describir a los líderes de milicias en África, como en Somalia, y partes de Asia, como Afganistán.
En español, la palabra warlord se traduce como “señor de la guerra”. Pero la palabra caudillo describe mejor el término en este contexto. En el siglo XIX y principios del XX controlaban áreas subnacionales con ejércitos improvisados, como los señores de la guerra en China, África o la Europa medieval. Resulta sencillo llevar cierto paralelismo entre el caudillo Pancho Villa (descrito en el libro de Enrique Krauze, Siglo de caudillos) y algunos jefes del crimen en el México actual.
Caudillo y warlord no son términos perfectos. Los académicos se esfuerzan por definir los parámetros del “caudillismo” contemporáneo. Tambien aplican “caudillo” a los presidentes beligerantes. Es una expresión amplia.
Pero comparar a los capos criminales de América con los caudillos o warlords que han emergido en todo el mundo desde la Guerra Fría sí es útil: nos ayuda a acercarnos a aquello en lo que estas figuras se han convertido, en vez de decir que son nada más narcotraficantes.

Las estafas políticas de Dudus también ilustran un rasgo principal del poder del crimen organizado en América. Las conexiones políticas de la Shower en Jamaica son relativamente transparentes. Pero las pandillas y los gobiernos de todo el hemisferio mantienen exactamente el mismo tipo de relaciones, aunque de manera más oculta. Un área que hay que vigilar de cerca es la práctica de controlar las bases de votantes como se hace en Jamaica. Hay evidencia de que los criminales están haciendo lo mismo en partes de México, El Salvador, Honduras y Brasil. Vender votos podría ser un fraude significativo en años venideros. Crea el espectro de más gobiernos en deuda con los oscuros intereses de quienes los instalan en el poder.

La organización básica de la Mara es fácil de ver. La pandilla está conformada por clicas de 30 a 150 miembros que controlan un territorio específico, un barrio o pueblo pequeño. Estas piezas centrales se llaman activos. En torno a ellos hay gente que trabaja para los Maras o sólo pasa tiempo con ellos, a quienes llaman “simpatizantes”. Normalmente hay cientos de simpatizantes con cada clica. Puede que hagan trabajos menores como espiar o entregar drogas, o incluso cometer asesinatos, pero no los han brincado dentro de la pandilla. Cada clica tiene a su líder, El que lleva la palabra, y a su mano derecha.
“Es como el presidente y el vicepresidente”, me explica Lágrima. “Si El que lleva la palabra está fuera de combate por alguna razón, la mano derecha se encarga.”
Es más complicado entender cómo la Mara opera a nivel nacional e internacional. Lágrima me cuenta que se encontraba con otros líderes de clicas en Honduras para resolver ciertos asuntos por decisión mayoritaria. Pero me dice que siempre tenía un jefe al cual rendir cuentas.
En ciertos aspectos, funciona como un negocio multinivel. Un Mara forma una clica y recluta a sus agentes. Cuando deja que alguno de esos agentes forme su propia clica, siguen siendo leales a él. Esto genera caudillos con sus propias pirámides dentro de la estructura general.
Sin embargo, hay otros factores en juego. Los miembros pueden desafiar y derrocar a sus líderes de clica. Algunos jefes de la Mara se convierten en líderes regionales, y supervisan cierta cantidad de clicas en ciudades y estados. La mayoría de los líderes veteranos están encarcelados, y cada prisión tiene su propio líder, El que lleva la palabra, para reclusos de la Mara. Los líderes de la Mara en las prisiones más grandes se convierten en los Maras más poderosos de sus países. Sin embargo, quién tiene el poder entre las Maras de países diferentes es poco claro.
La Mara Salvatrucha se ganó la atención nacional cuando miembros suyos mataron a puñaladas a una chica embarazada de 17 años, Brenda Paz, en Virginia en 2003. Nacida en Honduras, Brenda había pasado tiempo con pandilleros mientras le informaba a la policía. Desde entonces, las unidades antipandillas federales y estatales han marcado a la Mara Salvatrucha como prioridad. El FBI armó varios casos de alto perfil contra la pandilla usando leyes de crimen organizado diseñadas para la mafia italoamericana. En 2012, el Departamento del Tesoro nombró a la MS 13 una organización criminal trasnacional, la primera vez que una pandilla callejera estadounidense recibía ese título. Es un reconocimiento oficial de cómo la Mara Salvatrucha ha mutado hasta convertirse en una amenaza nueva. El acto les da a los agentes federales más poderes para perseguir sus negocios y redes de lavado de dinero.
Los esfuerzos han debilitado a la Mara, pero aún operan y asesinan en suelo estadounidense. En octubre de 2014 la policía agarró a unos Maras que esperaban afuera de la preparatoria Garfield en Virginia del Norte con machetes y una escopeta recortada. Estaban esperando a que un estudiante saliera de clase, pero alguien informó. La policía levantó
cargos contra los hombres por otros tres homicidios en Virginia.
Estados Unidos no es el único lugar en el que se está extendiendo la Mara. Los migrantes centroamericanos han llevado la pandilla a España e Italia.
Puede que el modelo de la Mara parezca menos amenazador que los vastos cárteles de drogas con su riqueza y sus conexiones políticas. Pero el hecho de que las clicas de la Mara no necesiten muchos recursos también las hace difíciles de destruir. La pandilla se instala en pueblos, aldeas, ciudades, haya o no narcotráfico. Se alimenta de los hogares rotos, la pobreza y la desesperanza. Tiene sentido para los niños desperdigados en los arrabales desalmados que no sienten lealtad por ningún gobierno ni país, pero que dedicarán su vida a la Mara Salvatrucha.

En la Ciudad de México, la atracción principal del museo es sin duda una sala con el título Narcocultura. Las vitrinas de narcocultura exhiben la joyería ostentosa que los capos compran con sus millones de billetes ensangrentados. Algunas piezas valen cinco cifras sólo en piedras y metal.
Las pistolas están bañadas en oro y decoradas con gemas que forman palabras e imágenes. Algunas piedras forman los nombres de sus dueños, como una pistola con un grabado que dice ACF: Amado Carrillo Fuentes, el Señor de los Cielos. Otras tienen imágenes de revolucionarios mexicanos que los criminales ensalzan como héroes, incluyendo a Emiliano Zapata y Pancho Villa. Otras más tienen nombres de diseñadores de moda. Me parece desconcertante que los capos puedan alabar tanto a revolucionarios como a empresarios: son capitalistas rebeldes.
Los narcorrecuerdos incluyen premios que los ejércitos de los cárteles les dan a sus guerreros por su valentía. Un medallón de los Zetas tiene una letra Z de un lado y una imagen de soldados criminales en heroicas poses de batalla del otro. Es el equivalente narco de la Cruz Victoria, o la Cruz Tiffany. Al caminar por la sala, ves un chaleco de vaquero que en realidad es un chaleco antibalas; un celular bañado en oro, y una silla de madera tallada en forma de muerte. Se pone cada vez más raro.
Dominando el final de la sala de narcocultura está el artículo más raro de todos: una estatuilla de unos 1.20 m de un guerrero santo en armadura medieval. Es una pieza de arte impresionante. Su núcleo es una figurilla de yeso, que está trabajada con oro y gemas para la cota de malla y pintura fina para la piel y barba de candado. El cruzado presume cruces templarias rojas en pecho y mangas, y sujeta una espada. Porta esa expresión abatida de hombre santo, sabio pero triste, como se como se ve en las imágenes de Jesús y de sus santos. También se parece a uno de los caudillos del crimen más brutales de México.
Los soldados les incautaron la estatuilla a matones de un cártel que se bautizó como los Caballeros Templarios, por la orden de monjes guerreros que peleó por la cristiandad entre 1119 y 1312. Los narcotemplarios hicieron docenas de estatuillas similares y las pusieron en altares para que la gente se arrodillara y rezara. Las llaman “santos Nazarios”. Es la efigie de su líder, Nazario Moreno, conocido como el Chayo, o el Más Loco.
Es común considerar a los cárteles las piezas básicas del narcotráfico en México. Son organizaciones gigantescas con sus nombres en formulaciones de cargos, y en los gráficos murales de la policía que muestran su estructura piramidal. Pero algunos académicos y agentes antidrogas también se fijan en las redes de traficantes más amplias, en las regiones de México que cruzan las líneas entre cárteles. En áreas diferentes, las familias criminales tienden a conocerse entre sí y trabajar juntas, casarse y pelearse, como tribus extendidas. Quienes escriben sobre la mafia italiana no sólo la dividen en familias criminales, sino en sistemas criminales que dominan zonas geográficas. En México puedes identificar sistemas similares que extienden sus tentáculos a un territorio salpicado de bandas y cárteles.
La red más grande y antigua es la de Sinaloa, la cuna del narcotráfico mexicano. La narcotribu sinaloense se esparció desde su estado en el Pacífico hasta más de la mitad de la frontera con Estados Unidos. Dio a luz al cártel de Guadalajara, al cártel de Tijuana, al cártel de Juárez y al cártel de los Beltrán Leyva, todos manejados por sinaloenses. Los traficantes trabajaban juntos en el imperio sinaloense, pero también se peleaban. Ferozmente. Una
razón por la que las guerras civiles sinaloenses son tan sangrientas es que las enemistades personales se mezclan con disputas territoriales.
Para finales del siglo XX la familia de traficantes más poderosa que emergió en Michoacán eran los hermanos Valencia, con su base en la ciudad serrana de Aguililla. Dirigidos por Armando Valencia, alias Maradona, se aliaron con los sinaloenses y traficaron a través del noroeste mexicano.
Compitiendo con los Valencia estaba Carlos Rosales, que viene de un pueblo de Guerrero llamado La Unión, en la frontera con Michoacán. Para mover su producto, Rosales se alió con el cártel del Golfo y se volvió cercano a su líder, Osiel Cárdenas, alias el Mata Amigos (asesinó a su amigo porque le gustaba su esposa).
Rosales reclutó a Nazario y se le identifica como el mentor del Más Loco.
El Más Loco regresó de Texas a su tierra natal alrededor de 2004. Los cargos en Estados Unidos lo asediaban, y se había creado un vacío en Michoacán por el arresto de los capos Valencia y Rosales. Él podía llenarlo.
Éste es un problema crucial para los gobiernos que combaten cárteles de drogas. Siempre que tumbas a un capo, creas un vacío de poder, por el que se pelean lugartenientes y rivales hambrientos. Nazario fue el más hambriento en entrar al vacío y reorganizar a los traficantes michoacanos en una fuerza más potente de lo que habían sido jamás.

La narcoeconomía es particularmente difícil de calcular por su naturaleza clandestina. Pero agentes de la DEA han dicho que la meta mexicana ahora ocupa de 80 a 90% de la droga consumida por estadounidenses. Un estudio de 2012 de la Casa Blanca, llamado “What America’s Users Spend on Illegal Drugs” (Lo que los consumidores de Estados Unidos gastan en drogas ilegales), estimaba que había 1.3 millones de consumidores crónicos de meta y otro medio millón de tweakers ocasionales. Estimaba que juntos gastaban entre 6 000 y 22 000 millones de dólares al año en meta.
Los criminales mexicanos no se llevan todo ese botín. Los cárteles generalmente venden a granel, sólo suministran a partir de varios kilos. A diferencia de las posses jamaiquinas, no quieren exponerse en las esquinas, donde la policía pueda detenerlos fácilmente. Los vendedores callejeros de meta incluyen gente de todas las razas y clases sociales, y es común que no sepan qué cártel les ha entregado la droga.
Pero la meta a granel produce ganancias masivas, porque hacerla es muy barato. Para conseguir cocaína tienes que comprársela a colombianos o peruanos y transportarla por Centroamérica. Pero los criminales mexicanos hacen la meta ellos mismos, a partir de precursores químicos a precio industrial.
Nazario les pagaba y armaba a soldados de a pie, y creó un ejército de miles que se movió a los 113 municipios de Michoacán y se derramó hacia los estados colindantes de Guerrero, Guanajuato, Jalisco y Estado de México. Al crecer tan rápido, la Familia se convirtió en una extensa organización que Nazario batallaba por controlar. También llamó la atención de agentes mexicanos y estadounidenses. Los traficantes de Michoacán ya no estaban desperdigados y débiles, sino que se habían convertido en uno de los cárteles más grandes de México. Cuando el presidente Calderón tomó el poder en 2006 y declaró una ofensiva nacional contra los cárteles de drogas, apuntó a la Familia como la primera banda a la que quería destruir.

El siglo XXI ha vomitado un mundo en el que fuerzas irregulares con células dispersas de combatientes representan una amenaza inmensa para los gobiernos democráticos. Las armas de infantería ligera están en todos lados, y a los pistoleros criminales les es fácil comunicarse y mover dinero. Los gobiernos descubren que sus tanques, buques de guerra y bombarderos son inútiles contra estas milicias criminales hechizas. Muchas veces eligen el empate como la mejor opción.
Sin embargo, aunque los caudillos del crimen desplieguen una potencia de fuego aterradora, no creo que su dominio constituya un Estado alternativo real. Les preocupan aspectos selectos del dominio en su territorio. Los cárteles aseguran carreteras, controlan a la policía, se apropian de los medios de producción e intimidan a los políticos. Pero permiten que el gobierno maneje las escuelas, suministre agua y recoja la basura. Son un poder en la sombra más que un gobierno en la sombra. Quieren un gobierno débil y corrupto del que puedan vivir, como una solitaria vive de su huésped.
Esto diferencia a las milicias criminales de América de los militantes islámicos y de los guerrilleros izquierdistas de la vieja escuela.
El objetivo más urgente es reducir el tamaño del mercado negro de narcóticos en la región. Ni la Shower Posse ni el Comando Rojo ni los Caballeros Templarios se habrían convertido en fuerzas tan letales sin narcoganancias. Si estas familias criminales ganan menos narcodólares, tendrán menos dinero para comprar armas, sobornar a la policía y entrenar niños para convertirse en asesinos.
Los críticos afirman que la reforma de la política de drogas por sí sola no destruirá a estas mafias. Tienen razón. Pero puede reducir sustancialmente su poder, de manera que no sobrepasen a los países. Podrían convertirse en criminales más como los de Estados Unidos y Europa, y no en caudillos del crimen que devastan comunidades.
Combatir la impunidad empieza desde arriba. Los pandilleros en Centroamérica casi siempre sacaban a relucir que sus políticos roban cientos de millones con impunidad. ¿Por qué deberían ser honestos ellos si sus líderes son tan puercos? Ni la Shower Posse ni los Caballeros Templarios se habrían vuelto tan poderosos sin sus alianzas políticas.
Tratar de detener la corrupción en Latinoamérica puede parecer como tratar de contar los granos de arena en una playa: imposible. Pero las batallas por la corrupción se está librando.

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An interesting book where Ioan Grillo offers a similar interpretation in Caudillos del crimen (Gangster Warlords), which profiles leaders of criminal organizations in four parts of the hemisphere: Brazil, Jamaica, Central America and Mexico. That said, «interpretation» is perhaps a too academic word for a book whose authority and fascination depend more on boldly broad reporting and high-speed storytelling.
Author of the equally daring bestseller El narco (2011), Grillo is equipped with a first-rate journalistic nose, a vivid prose and an historian’s awareness of the importance of origins (in this case, often, the Cold War, which destroyed some communities, polarized others and left millions of weapons in the region). It also has the rare ability to launch into the most dangerous areas, from the bastions of the Mara Salvatrucha to the swarming prisons of Rio de Janeiro, and gain enough confidence from their interviewees to tell them everything: their beginnings in crime, their killings, his loves, his dreams, even his fears.
The resulting portraits – the narco-philosopher-king of the Antares favela (which showed Grillo his poetry), the «President» of the Tivoli neighborhood of Kingston, the gang leaders in San Salvador and San Pedro Sula and Nazario Moreno of the Templars (which the Mexican forces famously killed twice) – serve to unmask these caudillos. These «are no longer just drug traffickers but a strange hybrid of criminal CEO, criminal rockstar and paramilitary general.»
As this phrase suggests, its power often depends to a large extent on a local cult of personality. As an example, it is remarkable how narcocorrido has parallels in Brazilian funk and even in reggae.
The portraits also serve to humanize their subjects. This is not to apologize. There is no attempt here to hide the atrocities that these criminal warlords have committed, such as the Brazilian punishment of «the microwave», whose victims are butchered and then burned. But humanizing itself is helping to explain. What El Chapo told Sean Penn, who had started as a narco because there was no other option in the forgotten wasteland of the Sinaloan mountain, finds several echoes here.
And so, cumulatively, Grillo convinces the reader that a response from the government to the narco that depends only on the use of armed power will never have a lasting success. More than an argument for decriminalization, it is a call to public spending. It is no coincidence that the cartels prosper more where the investment in social development is almost absent.
Here is the most valuable of Caudillos del crimen for the Mexican reader, who could be asked what has to do with what happens in Brazil and other countries with its own national nightmare. Like any good comparative study, it confirms universal tendencies. He mentions, for example, how the distorted religiosity of the Templars is not an anomaly but has parallels in Rio, where the Catholic Church and the government have lost the authority to advocate for the poor.
Among other striking parallels: that there is no magic bullet (like the «kingpin strategy») to end the cartels; that prisons are centers of recruitment rather than rehabilitation; that any «war on drugs» must recognize the key to the question of hearts and minds; and that the best strategy to undermine the authority of social bandits is to provide formally and equitably what they provide in an informal and selective manner: security, justice and employment.

Grillo’s current book, «Gangster Warlords», is CURRENT. As a person who loves nonfiction as much as good fiction I know that when reading non-fiction knowledge is only as good as it is up-to-date. Reading a book on «current social issues» that references information from the 1970s or before can be entertaining, but not really ‘useful’. Grillo is using the most current information possible, partially because he is a part of the sources for the most current information available, and partially because he is just a good journalist who stays up-to-date.
«The War On Drugs» failed, just in case you hadn’t noticed. And it failed not because of medical cannabis laws, but rather the incredible amount of money created by the illegal narcotics industry. Fantastic sums of money have been used to purchase weapons and political power to ensure the continuing operation of the illegal narcotics industry, and in doing so societies have been eroded from within. Law enforcement can not be trusted in much of the world since the larger of their paychecks does not come from the government. Beyond that, when the only governmental service provided is law enforcement and the politicians respond to the heads of the illegal trade organizations rather than the populous, people lose all faith in their governments. Many nations in the Western Hemisphere suffer from the lack of trust in law enforcement and one can see it growing in the United States – although for slightly different reasons I believe.
Ioan Grillo lays out fluently what has happened and is happening in four nations/national clusters as examples of the gangster warlords which threaten the global social order. These are: Brazil, Jamaica, Honduras/Guatemala/Salvador, and Mexico. The cross-section chosen provides examples of the differences and similarities of the situations. It is particularly important for American readers to note that what is happening in all of these nations/cluster of nations is directly impacting the USA in regards to immigration policy, social welfare, and other areas in addition to the flood of drugs washing over the USA (unfortunately Grillo does not mention the legal pharmaceutical industry which is making more money by weight off of oxycodone than the cartels do off of cocaine, but I do understand it is outside of the scope of the book).
As Grillo points out, the United Nations had a Special Session regarding drug policy in April of 2016.
It is time for a significant shift in governmental policies away from prohibition (which serves to strengthen organized crime) and towards either legalization or decriminalization and treatment (which takes money away from organized crime and utilizes governmental revenue to strengthen society). Change is imperative and «the sooner the better».

Iguala reflected the new and unhappy world of the narco-power. Mexico now has a multiparty democracy, and the opposition, supposedly on the left, governed Iguala. But the real power was this mysterious cartel, which smuggled drugs, controlled the politicians and made alliances with the security forces. It is a dark force with shady interests that we have to strive to see even.
The blood spilled in Mexico has caught the attention of the world because it flows to the Rio Grande (and sometimes enters the United States). Mexican politicians answer that there is similar violence throughout the region. They are wrong to use it as an excuse. But they are right that the struggle between shadowy criminal gunmen and troops addicted to the trigger whips many corners of America.
In the favelas of Brazil, criminal «commandos» are in close urban combat against the police and their rivals, a conflict that has even killed more than in Mexico, and to which the US Navy Seals go as training. Honduras became the most homicidal country outside a declared war zone because Maras gangs displace thousands; some of them flee as refugees to the United States. The ghettos of Kingston, Jamaica, are death camps of the posses, along with one of the most homicidal police forces in the world.
Why is America soaked in blood at the dawn of the 21st century? The fact that these criminal militias have sprouted simultaneously in different countries is not a coincidence, but shows a regional tendency, a product of historical circumstances. And although these conflicts are in separate countries, drugs, weapons and criminals float among them. It is a chain of criminal wars that cuts across the continent.
This bloodbath is not in the poorest or least developed region of the world. It happens in industrialized societies with a growing middle class.

An alarming change is the degree to which the bosses control their own systems of justice. From the Mexican mountains to the Jamaican ghettos, the capos prosecute those accused of robbing or raping and sentencing them to beatings, exile or death. It’s the law of the jungle. But many residents believe it to be more effective than any justice offered by the police and the courts.
By brandishing such power, the warlords threaten the fundamental nature of the state, not by trying to take it completely, but by capturing parts of it and weakening it. Mellan the monopoly of state violence or, to be precise, its monopoly on waging war and applying justice. When the State loses this, it becomes less able to impose its will on many issues, including the most basic, such as collecting taxes and monitoring protests. People lose faith in the government, as happened in the Mexican state of Guerrero after the Iguala massacre. Some form vigilante militias to defend themselves, others burn municipalities. If governments lose more control in this way, there could be devastating consequences.

The same favela name has a curious origin, one that also speaks of the violent foundations of Brazil. In the nineteenth century, favela referred to a thorny plant that grew hundreds of kilometers from Rio, in the region of Bahia. There, a pastor known as Antônio Conselheiro founded a colony of freedmen and landless peasants in an arid valley dotted with favela plants. Conselheiro was a type of fire and sulfur, which predicted that the water would turn to blood and the stars would fall from the heavens.
The Brazilian government, now free of the emperor and going through a phase of modernization, decided to crush Conselheiro and his gang, because he saw them as superstitious outlaws. In 1896 he unleashed the War of Canudos to subdue them. The war degenerated into an exhausting campaign in which the rebellious dreamers repelled waves of troops. Finally, the Brazilian army used cannons and dynamite to massacre the rebels; They killed about 15,000 in 1897.
The soldiers who carried out the massacre marched back to Rio, where they had been promised land as payment. But the government ignored their debt and left them homeless, so the veterans were forced to settle on a hill next to the city.
The growing legion of red-collar gunmen involved more wages to pay. But as the 1980s progressed, banks in Brazil, and throughout the world, installed sophisticated security, such as cameras and vaults with time locks. The transition to credit cards and electronic money also meant fewer bills to catch. The golden age of bank robbery – especially by urban guerrillas in flared trousers – had come to an end.
However, the Red Command discovered a new business, one that could finance its expansion during the next generation. They made fortune with the drug known as powder, snow, yeyo, parakeet, falopa, marzipan, talc, frula, hake, risqui, cois, doña blanca, devil’s dandruff, Colombian flu or, more commonly, cocaine.

The fact that Jamaican garrisons have such close ties and are so criminalized makes it easy to connect with criminals. In Mexican towns the cartel is a clandestine force. But in the garrisons the criminals are in the streets, in the corners, in the liquor stores.
It also helps that many people are smoking weed. It is a cliché. But it is true.
Apart from the crime, it seems to me that the people of West Kingston are warm and open, like in the ghettos from Brazil to Mexico. Like many other strangers who have ventured into these areas, I am moved by the generosity of spirit of the people; its ability to forget the cultural and socioeconomic abyss, and its openness to speaking from human to human, showing a spontaneous friendship of heart.
Street fights heated up incessantly during the seventies, when Prime Minister Manley launched the great Jamaican experiment with democratic socialism. Manley was born in politics, son of the founder of the PNP, Norman Manley, who governed Jamaica when he gained independence from Britain. The family is of mixed race, known in Jamaica as mulatto, a group with privileges over the majority of Africans in the Caribbean. However, Manley preached that the elite had to be affected so that an egalitarian society was born.
While mafia bosses like Dudus Coke and Heriberto Lazcano, the capo of the Zetas, emerged throughout America, journalists had difficulty finding words with which to describe them. While some simply called them drug dealers, these criminals obviously did much more than merely smuggle drugs; they also blackmailed or ran businesses; they controlled entire neighborhoods, and had militias that faced the police and the soldiers.
Several English-speaking media began to use the term warlord («warlord») as a way to better understand what these crime bosses would have become. This word describes strong men who control fractions of territories, exercising power with their personal leadership, along with their militias.
In the early nineteenth century, the term warlord was commonly used to refer to the Chinese who controlled areas by force after the collapse of the central government in 1916. Then at the end of the twentieth century, the term had a great resurgence to describe the leaders of militias in Africa, as in Somalia, and parts of Asia, like Afghanistan.
In Spanish, the word warlord translates as «lord of war». But the word caudillo best describes the term in this context. In the nineteenth and early twentieth centuries they controlled subnational areas with improvised armies, such as warlords in China, Africa or medieval Europe. It is easy to take a certain parallelism between the caudillo Pancho Villa (described in the book by Enrique Krauze, Siglo de caudillos) and some leaders of the crime in Mexico today.
Warlord and caudillo are not perfect terms. Academics strive to define the parameters of contemporary «caudillismo». They also apply «caudillo» to the belligerent presidents. It is a broad expression.
But comparing the criminal bosses of America with the warlords or warlords that have emerged worldwide since the Cold War is useful: it helps us get closer to what these figures have become, instead of saying they are nothing more drug traffickers.

Dudus political scams also illustrate a major feature of the power of organized crime in America. The political connections of the Shower in Jamaica are relatively transparent. But gangs and governments throughout the hemisphere maintain exactly the same kind of relationships, albeit in a more hidden way. One area that needs to be closely monitored is the practice of controlling voter bases like in Jamaica. There is evidence that criminals are doing the same in parts of Mexico, El Salvador, Honduras and Brazil. Selling votes could be a significant fraud in years to come. Create the spectrum of more governments in debt with the dark interests of those who install them in power.

The basic organization of the Mara is easy to see. The gang consists of cliques of 30 to 150 members that control a specific territory, a neighborhood or small town. These centerpieces are called assets. Around them there are people who work for the Maras or just spend time with them, whom they call «sympathizers». Normally there are hundreds of supporters with each click. They may do minor jobs like spying or delivering drugs, or even committing murders, but they have not jumped them into the gang. Each click has its leader, the one who has the word, and his right hand.
«It’s like the president and vice president,» Lágrima explains. «If He who speaks is out of combat for some reason, the right hand is in charge.»
It is more complicated to understand how Mara operates nationally and internationally. Tear tells me that he was with other leaders of clicas in Honduras to solve certain issues by majority decision. But he tells me that he always had a boss to answer to.
In certain aspects, it works like a multilevel business. A Mara forms a clique and recruits its agents. When he lets one of these agents form his own clique, they remain loyal to him. This generates leaders with their own pyramids within the general structure.
However, there are other factors at play. Members can challenge and overthrow their clica leaders. Some Mara bosses become regional leaders, and oversee a number of cliques in cities and states. Most veteran leaders are incarcerated, and each prison has its own leader, the one who speaks, for inmates of the Mara. Mara leaders in the largest prisons become the most powerful Maras in their countries. However, who has the power among the Maras of different countries is unclear.
The Mara Salvatrucha gained national attention when members of her family stabbed to death a 17-year-old pregnant girl, Brenda Paz, in Virginia in 2003. Born in Honduras, Brenda had spent time with gang members while reporting to the police. Since then, the federal and state anti-gang units have marked the Mara Salvatrucha as a priority. The FBI put together several high-profile cases against the gang using organized crime laws designed for the Italian-American mafia. In 2012, the Treasury Department named MS 13 a transnational criminal organization, the first time that a street gang in the United States received that title. It is an official recognition of how the Mara Salvatrucha has mutated into a new threat. The act gives federal agents more powers to pursue their money laundering businesses and networks.
The efforts have weakened the Mara, but they still operate and kill on American soil. In October 2014, police grabbed Maras waiting outside Garfield High School in Northern Virginia with machetes and a clipped shotgun. They were waiting for a student to leave class, but someone reported. The police lifted
charges against men for three other homicides in Virginia.
The United States is not the only place where the Mara is spreading. The Central American migrants have taken the gang to Spain and Italy.
The model of the Mara may seem less threatening than the vast drug cartels with their wealth and political connections. But the fact that Mara’s cliques do not need many resources also makes them difficult to destroy. The gang is installed in towns, villages, cities, whether or not there is drug trafficking. It feeds on broken homes, poverty and hopelessness. It makes sense for the children scattered in the heartless suburbs who do not feel loyalty for any government or country, but who will dedicate their lives to the Mara Salvatrucha.

In Mexico City, the main attraction of the museum is undoubtedly a room with the title Narcocultura. The narco-culture showcases display the ostentatious jewelry that the bosses buy with their millions of bloody bills. Some pieces are worth five figures only in stones and metal.
The pistols are bathed in gold and decorated with gems that form words and images. Some stones form the names of their owners, like a pistol with an engraving that says ACF: Amado Carrillo Fuentes, the Lord of the Skies. Others have images of Mexican revolutionaries that criminals extol as heroes, including Emiliano Zapata and Pancho Villa. Still others have names of fashion designers. I find it disconcerting that bosses can praise both revolutionaries and entrepreneurs: they are rebellious capitalists.
The narcorrecuerdos include prizes that the armies of the cartels give to their warriors for their bravery. A medallion of the Zetas has a letter Z on one side and an image of criminal soldiers in heroic battle poses on the other. It is the narco equivalent of the Victoria Cross, or the Tiffany Cross. As you walk through the room, you see a cowboy vest that is actually a bulletproof vest; a cell phone bathed in gold, and a wooden chair carved in the shape of death. It gets increasingly weird.
Dominating the end of the narco-culture room is the rarest article of all: a 1.20m statuette of a holy warrior in medieval armor. It is an impressive piece of art. Its core is a plaster figurine, which is worked with gold and gems for the chainmail and fine paint for the skin and padlocked beard. The Crusader boasts red templar crosses on chest and sleeves, and holds a sword. He carries that dejected expression of a holy man, wise but sad, as I see in the images of Jesus and his saints. He also looks like one of the most brutal crime bosses in Mexico.
The soldiers seized the statuette from thugs of a cartel that was baptized as the Knights Templar, by the order of warrior monks who fought for Christianity between 1119 and 1312. The narcotemplarios made dozens of similar statuettes and put them on altars so that the People will kneel and pray. They call them «Nazarios saints». It is the effigy of its leader, Nazario Moreno, known as El Chayo, or El Más Loco.
It is common to consider the cartels the basic pieces of drug trafficking in Mexico. They are gigantic organizations with their names in formulations of positions, and in the murals of the police that show their pyramidal structure. But some academics and anti-drug agents also look at the broader networks of traffickers in the regions of Mexico that cross the lines between cartels. In different areas, criminal families tend to know each other and work together, marry and fight, as extended tribes. Those who write about the Italian mafia not only divide it into criminal families, but into criminal systems that dominate geographical areas. In Mexico you can identify similar systems that extend their tentacles to a territory dotted with bands and cartels.
The largest and oldest network is that of Sinaloa, the cradle of Mexican drug trafficking. The Sinaloan narcotribu spread from its state in the Pacific to more than half of the border with the United States. She gave birth to the Guadalajara cartel, the Tijuana cartel, the Juarez cartel and the Beltrán Leyva cartel, all run by Sinaloans. The traffickers worked together in the Sinaloan empire, but they also fought. Fiercely. A
reason why the Sinaloan civil wars are so bloody is that personal enmity is mixed with territorial disputes.
By the end of the twentieth century the most powerful family of traffickers that emerged in Michoacán were the Valencia brothers, with their base in the mountain town of Aguililla. Directed by Armando Valencia, alias Maradona, they allied with the Sinaloans and trafficked through the Mexican northwest.
Competing with the Valencia was Carlos Rosales, who comes from a town in Guerrero called La Unión, on the border with Michoacán. To move his product, Rosales allied with the Gulf Cartel and became close to its leader, Osiel Cárdenas, aka the Mata Amigos (murdered his friend because he liked his wife).
Rosales recruited Nazario and is identified as the Mentor of the Madman.
El Más Loco returned from Texas to his native land around 2004. The charges in the United States besieged him, and a void had been created in Michoacán by the arrest of the bosses Valencia and Rosales. He could fill it.
This is a crucial problem for governments that fight drug cartels. Whenever you kill a capo, you create a vacuum of power, for which lieutenants and hungry rivals fight. Nazario was the most hungry to enter the void and reorganize the Michoacán traffickers into a stronger force than they had ever been.

Narcoeconomics is particularly difficult to calculate because of its clandestine nature. But agents of the DEA have said that the Mexican goal now occupies 80 to 90% of the drug consumed by Americans. A 2012 White House study, called «What America’s Users Spend on Illegal Drugs,» estimated that there were 1.3 million chronic target consumers and another half million occasional tweakers. . He estimated that together they spent between 6,000 and 22,000 million dollars per year on goal.
Mexican criminals do not take all that booty. The cartels generally sell in bulk, they only supply from several kilos. Unlike the Jamaican posses, they do not want to be exposed in the corners, where the police can stop them easily. The target street vendors include people of all races and social classes, and it is common that they do not know which cartel has given them the drug.
But the bulk goal produces massive profits, because doing it is very cheap. To get cocaine you have to buy it from Colombians or Peruvians and transport it through Central America. But Mexican criminals make the goal themselves, from chemical precursors at an industrial price.
Nazario paid them and armed foot soldiers, and created an army of thousands that moved to the 113 municipalities of Michoacán and spilled into the neighboring states of Guerrero, Guanajuato, Jalisco and the State of Mexico. Growing up so quickly, the Family became an extensive organization that Nazario struggled to control. He also caught the attention of Mexican and American agents. The traffickers of Michoacán were no longer scattered and weak, but had become one of the largest cartels in Mexico. When President Calderón took power in 2006 and declared a national offensive against drug cartels, he pointed to the Family as the first gang he wanted to destroy.

The 21st century has spewed up a world in which irregular forces with scattered cells of combatants represent an immense threat to democratic governments. Light infantry weapons are everywhere, and criminal gunmen find it easy to communicate and move money. Governments discover that their tanks, warships and bombers are useless against these spellbinding criminal militias. Many times they choose the tie as the best option.
However, even if the warlords deploy a terrifying firepower, I do not believe that their rule constitutes a real alternative State. They are concerned about select aspects of the domain in their territory. The cartels insure roads, control the police, appropriate the means of production and intimidate politicians. But they allow the government to run schools, supply water and collect garbage. They are a power in the shadow more than a government in the shade. They want a weak and corrupt government from which they can live, like a loner lives on their guest.
This differentiates the criminal militias of America from the Islamic militants and the leftist guerrillas of the old school.
The most urgent objective is to reduce the size of the black market in narcotics in the region. Neither the Shower Posse nor the Red Command nor the Knights Templar would have become such deadly forces without narco-profits. If these criminal families earn less narco-dollars, they will have less money to buy weapons, bribe the police and train children to become murderers.
Critics say that the reform of drug policy alone will not destroy these mafias. They are right. But it can substantially reduce its power, so that it does not surpass the countries. They could become criminals more like those of the United States and Europe, and not criminal warlords that devastate communities.
Combat impunity starts from above. The gangs in Central America almost always brought out that their politicians steal hundreds of millions with impunity. Why should they be honest if their leaders are so pigs? Neither the Shower Posse nor the Knights Templar would have become so powerful without their political alliances.
Trying to stop corruption in Latin America may seem like trying to count the grains of sand on a beach: impossible. But the battles for corruption are being fought.

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