Mujeres Espías: Intrigas Y Sabotaje Tras Las Líneas Enemigas — Laura Manzanera / Women Spies: Intrigues And Sabotage Behind The Enemy Lines by Laura Manzanera (spanish book edition)

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Ante todo es un libro curioso a la vez que interesante, ante todo es curioso. A pesar de que la espía más conocida de la historia (si no la única) es la legendaria Mata Hari, cuyas supuestas dotes como agente secreta son más que discutibles, no ha sido ni muchísimo menos la única.
Desde la Antigüedad hasta hoy, las féminas han formado parte del amplio universo de los servicios secretos, animadas por los más diversos motivos: patriotismo o defensa de unos ideales políticos o sociales, ansia de aventura, amor o sed de venganza, miedo, dinero y afán de poder… Algunas ejercieron como agentes secretas en situaciones puntuales, otras se mantuvieron en la clandestinidad durante décadas.
Una de las más grandes agentes del siglo XX, Marthe Richer, el oficio de espía «no es nada parecido a como se imagina normalmente, lanzarse a una aventura romántica en la que el peligro agudiza el placer; no es jugar a la mujer fatal, descubrir secretos a cambio de montones de oro. Ser espía es ante todo militar en el “servicio secreto”, donde todo ocurre en la sombra y los soldados caen silenciosamente, como en una trampa».

Quienes avalan la teoría de que el espionaje es, después de la prostitución, «la segunda profesión más antigua del mundo», aseguran que descubrimientos tan ancestrales como el fuego o la rueda fueron posibles gracias a un rudimentario sistema de espionaje, es decir, al «robo» de ideas. A pesar de la casi inexistente documentación sobre la prehistoria del espionaje, resulta lógico pensar que ya las primeras agrupaciones humanas tenían una obsesión: descubrir cómo eran las armas de sus potenciales enemigos y el material con el que las elaboraban, pues de ello dependía su supervivencia. La recogida de información sobre las numerosas tribus circundantes —en especial si eran amistosas u hostiles— precisaba una considerable inversión de tiempo y de personal.
La India contaba con uno de los sistemas de inteligencia más sofisticados de la Antigüedad. Entre los más destacados maestros del arte del espionaje se encuentra Chanakya (c. 350-283 a. C.), quien ayudó a obtener el poder al emperador Chandragupta, fundador de la dinastía Maurya y forjador del primer imperio unificado indio. Como consejero y primer ministro, Chanakya ideó los planes de inteligencia más ingeniosos, entre los que se contaba implantar el uso de mujeres como eficaces agentes secretas. Estas, al igual que el resto de informantes, eran preparadas para dar parte al rey sobre el comportamiento del personal de la corte.
Una de sus tácticas más habituales era emplear a las llamadas visakanyas (doncellas envenenadoras), cuya misión consistía en «eliminar» a algún dirigente molesto, entre los que algunas veces se incluía el propio rey. En ocasiones, los cuerpos de estas peculiares espías —seleccionadas entre las más hermosas del reino— eran saturados con ciertas dosis de veneno, que era transmitido al cuerpo de su víctima con el solo contacto de su piel. En otras, sin embargo, se limitaban a añadir la ponzoña a la comida o la bebida que su «objetivo» se disponía a ingerir. Incluso se buscaba a mujeres que sufrían alguna enfermedad venérea con el fin de que contagiasen a su víctima.

Rahab no fue la única espía que aparece en la Biblia. También en el siglo XII a. C., cuando el pueblo de Israel estaba sometido al poder de los filisteos, en la tribu de Dan vivía Sansón, hijo de Manué. Según recoge el Libro de los Jueces, la esposa de este era estéril, pero se le apareció un ángel que le prometió un hijo, especificándole que este debería ser un nazareno y, como tal, consagrarse al culto de Dios. No podría ni tomar alcohol ni cortarse la barba o el cabello. Si lo hacía, perdería la fuerza física sobrenatural de que gozaría y gracias a la cual realizaría grandes gestas.
Uno de los métodos de espionaje más utilizados fue el de las meretrices. Occidente institucionalizó la prostitución, dando lugar al llamado prostibulum publicum, una vivienda habilitada como burdel y dirigida por las mismas autoridades. Edificada con dinero del erario público, las mujeres que trabajaban en él cumplían a menudo un doble papel: satisfacer los deseos de sus clientes y servir como agentes de información para el gobierno. Así, militares y políticos podían comprar las confidencias de las concubinas, al igual que hacían con bufones y trovadores, también próximos a los personajes más poderosos.
El espionaje en la península Ibérica se intensificó cuando, en los siglos XI y XII, el territorio se dividió entre los reinos cristianos al norte y las taifas en la zona musulmana.
Durante los primeros siglos del dominio de al-Andalus, los dignatarios árabes parecían empeñados en contratar espías cristianos. Lo mismo sucedía a la inversa, pues también los cristianos contaban con informadores en los territorios enemigos.

Con el uso de diplomáticos e intelectuales como espías, los gobiernos pretendían asegurar el control político tanto en el interior como en el exterior. La «invisibilidad» de las mujeres, que pasaban más desapercibidas que los varones, hizo que estas ejerciesen como correos, ayudasen a esconder fugitivos e incluso participasen en intrigas políticas. En 1679, Jane Bradley realizó un informe sobre un complot contra el gobierno inglés mientras trabajaba de camarera en la Heaven Tavern de Londres.
Aphra Behn espió para la corona inglesa durante el enfrentamiento de esta con los Países Bajos. Logró advertir al gobierno de una inminente incursión holandesa sobre el Medway. No quisieron escucharla y el ataque significó una auténtica humillación para la marina de Su Majestad.
Entre las más célebres espías del siglo XVII se encuentra Lucy Hay, condesa de Carlisle. En un doble juego, espió tanto para los realistas como para los republicanos y llegó a estar bajo las órdenes del cardenal Richelieu.
Según algunos estudiosos, Alejandro Dumas se inspiró en Lucy Hay para crear el personaje de Milady de Winter que aparece en la célebre trilogía protagonizada por los tres mosqueteros escrita en el siglo XIX: Los tres mosqueteros, Veinte años después y El vizconde de Bragelonne.
Milady, una enigmática mujer de extraordinaria belleza, se convierte en la mano derecha de Richelieu.

El 4 de julio de 1776, las colonias proclamaron su independencia. Fueron muchas las mujeres que colaboraron en la guerra contra los ingleses desde sus hogares, tejiendo uniformes para los soldados o derritiendo estaño para fabricar balas, pero otras tantas jugaron un papel mucho más activo, llevando informaciones vitales a los campamentos del ejército «patriota». La mayoría de estas mensajeras se arriesgaron a recorrer largas distancias y a pasar entre el fuego enemigo para poder cumplir sus misiones. Las informaciones de Lydia Darragh ayudaron —y mucho— al general Washington; Emily Geiger cabalgó durante toda una noche para poder entregar a tiempo los datos, y Laodicea Langston logró salvar a un pueblo entero.
Otras féminas, sin embargo, emplearon sistemas mucho más ocurrentes, pero no por ello menos eficaces. Nancy Morgan Hart se hizo pasar por una desequilibrada para poder entrar en Augusta (Georgia) y obtener datos sobre la defensa británica.

Las mujeres siguieron desempeñando un papel esencial durante la época victoriana. En Europa, bastantes mujeres de clase alta ejercieron de informadoras, pues a través de sus conocidos diplomáticos o en reuniones sociales podían conseguir datos relevantes con cierta facilidad. También los diarios que escribían las viajeras durante sus estancias en lugares remotos contenían informaciones sumamente útiles. Aunque estas trotamundos —cada vez más numerosas— ayudaron en muchos casos a trazar mapas de los territorios de ultramar en posesión del Imperio británico, no serían formalmente contratadas como oficiales de inteligencia hasta el siglo XX.
Los agentes secretos femeninos más eficaces del siglo XIX desarrollaron sus habilidades durante la guerra de Secesión estadounidense. Esta arrancó oficialmente el 12 de abril de 1861, cuando las fuerzas confederadas asaltaron a las de la Unión en Fort Sumter, pero el malestar venía de lejos y tenía en la cuestión de la esclavitud su razón de ser. Cuando Abraham Lincoln fue elegido presidente, muchos estados sureños pensaron que la esclavitud sería pronto erradicada, lo que afectaría negativamente a sus grandes plantaciones. En consecuencia, once de ellos se separaron de la Unión para poder dictar sus propias leyes, formando los Estados Confederados de América y escogiendo a Jefferson Davis como presidente. Bajo la premisa de que aquella secesión era ilegal, el conflicto de intereses acabó derivando en una guerra, la más sangrienta de la historia americana.
Tanto el enfrentamiento bélico en sí como la propia inteligencia se beneficiaron de los últimos adelantos tecnológicos de la época.
Aunque durante los primeros pasos del conflicto, la prensa elogió a algunas mujeres soldado, pronto sus acciones fueron mal vistas, pues suponían un desafío a la naturaleza que se consideraba inherente a la feminidad: fragilidad, sumisión y pasividad. Solo recientemente, algunos cronistas e historiadores han empezado a hacer notar su valentía y sus méritos más allá de su sexo, reconociendo que este no debe interferir en el reconocimiento de su patriotismo, valor o compromiso.

Un caso ejemplar en la captación de personal femenino fue el del MI-5, que contrató a más de seiscientas mujeres como supervisoras, transcriptoras o traductoras. Su nueva situación las colocaba en una situación paradójica: no podían votar, pero les estaban confiando secretos que afectaban a la seguridad nacional. Las necesidades de alistamiento, las demandas de la burocracia moderna y los cambios tecnológicos en las comunicaciones habían forzado al estado a contar con ellas.
Las inglesas también fueron empleadas en el Almirantazgo y muchas de ellas tuvieron responsabilidades en el cifrado y descifrado de mensajes. Cinco mujeres redactaron la mayor parte de los informes históricos sobre el servicio del MI-5 durante la contienda.
A pesar de su elevado número, no todas las féminas eran aceptadas en las oficinas de inteligencia. En general, solo se contrataba a las de buena familia, pues contaban con una educación adecuada que incluía el dominio de idiomas.
Al margen de Mata Hari, considerada injustamente la espía por excelencia y cuyo fusilamiento la elevó a la categoría de mito, otras mujeres que también espiaron para los alemanes tuvieron el mismo final trágico que ella. Otras, en cambio, corrieron mejor suerte, como la cantante vasca Aurora de Bilbao, que se salvó por la falta de pruebas y cuyo castigo se limitó a la expulsión de Inglaterra.
Entre las que operaron en el bando aliado condenadas por los alemanes a la pena máxima destaca la belga Gabrielle Petit, considerada en su país una auténtica heroína. No obstante, la ejecución más polémica fue la de la enfermera Edith Cavell, que aunque no era técnicamente una espía, había participado en una red de fuga gracias a la cual pudo liberarse a numerosos soldados aliados atrapados en la Bélgica ocupada. Otra enfermera belga que se esforzó como pocas en pasar información a los aliados, aun a riesgo de su propia vida, fue Marthe Cnockaert.
La larga lista de agentes aliadas no puede completarse sin mencionar dos de las mejores agentes de la Gran Guerra: Louise de Bettignies y Marthe Richer. La primera, acertadamente apodada como «la reina de las espías», lideró una potente red clandestina y fue capaz de frustrar una ofensiva germana. La segunda descubrió, entre otros secretos bélicos, la fórmula de la tinta simpática alemana y un plan para bombardear la costa vasco-francesa.

Durante siglos, el sexo se había valorado como un factor sumamente importante en el espionaje, pero fue con la Primera Guerra Mundial cuando alcanzó verdadera relevancia. Ya antes de la contienda, esta categoría de espías estaba principalmente representada por cantantes y bailarinas, y fue especialmente relevante en Rusia, pues los oficiales zaristas parecían sentir debilidad por las artistas extranjeras.
La falta de precaución y la negligencia mostrada por algunos oficiales de alta graduación en sus relaciones con mujeres que ejercían de espías parece en algunos casos increíble. Baste recordar a Red Amy, también conocida como condesa de Pomeran de Aquitania y Flora von Poland, quien, tras seducir a un oficial en 1916, logró infiltrarse en un acorazado alemán y hacerse con el libro secreto de señales en alta mar. Pero este es solo un caso entre mil, pues durante la Gran Guerra las espías-seductoras proliferaron.
Tan eficaz se creía el empleo de mujeres espías durante la guerra que incluso algún agente varón decidió travestirse en busca de un mayor éxito. Un caso famoso al respecto en el frente oriental es el de una enfermera llamada Innocentia. El modo en que sospecharon de ella fue de lo más prosaico: ¡llevaba unos zapatos demasiado grandes! Por eso un oficial del servicio secreto austríaco la obligó a desnudarse para descubrir que Innocentia era en realidad un oficial ruso llamado Gerson Wassilj Wassiljewitsch. La falsa enfermera pagó el engaño con su vida.

Un caso emblemático de dicho dilema lo sufrió una enfermera belga llamada Marthe Cnockaert McKenna. Después de que los alemanes se adueñasen de su pueblo, Roulers, quemasen su casa y obligasen a su familia a separarse, Marthe fue empleada por los invasores germanos para que cuidase de sus heridos. Su conflicto estaba claro: ¿ayudar a los aliados con quienes simpatizaba o ayudar a los alemanes para poder mantener a su familia? Decidió hacer ambas cosas y acabó siendo sospechosa ante los dos bandos.
Como ella misma constató en sus memorias, la mayor parte del alimento producido en el área era destinado a los alemanes, dejando a los belgas con serias dificultades de suministro. El problema alcanzó tal dimensión, que a principios de 1915, una quinta parte de la población no podía permitirse comprar pan. Además de restringir su comida, los funcionarios alemanes controlaron también sus viajes, estableciendo toques de queda e instituyendo un sistema de pases.
Josephine Baker se había convertido en un mito por encarnar los anhelos y contradicciones de la Europa de su tiempo, azotada por los conflictos armados, y por haber servido al triunfo aliado en la Segunda Guerra Mundial.
Varios son los nombres de la espía china, que ha pasado a la historia como la bautizaron los japoneses, Yoshiko Kawashima. El de nacimiento, como catorceava hija del príncipe manchú Shanqi Su, era Aisin Gioro Xianyu; su denominación en la corte, Dongzhen (Joya Oriental); otro de sus nombres chinos fue el de Jin Buhui, aunque para muchos fue, sencillamente, «La Mata Hari del Este».

Wallis publicó sus memorias bajo el título The Heart Has Its Reasons (El corazón tiene sus razones), en las que, según algunos expertos, tergiversó la verdad. ¿Era en realidad una mujer enamorada cuyo romance se convirtió en tragedia? ¿Fue simplemente víctima de su propia ambición o tal vez terminó contagiándose por las simpatías filonazis de su esposo? A pesar de todo, y de que a una mujer como Wallis la dependencia de Eduardo parecía resultarle claustrofóbica —como reflejó ella misma en la correspondencia dirigida a su tío—, el matrimonio nunca se rompió.
Wallis Simpson falleció el 24 de abril de 1986 en su casa en el Bois de Boulogne de París. Fue enterrada junto a Eduardo en el Mausoleo Real del castillo de Windsor, un último privilegio para quien había sido repudiada tanto por su país como por el de su marido. Todas las acusaciones que se vertieron sobre la pareja destrozaron el halo romántico que llenó infinidad de páginas de revistas del corazón durante la segunda mitad del siglo XX.

Nancy Grace Augusta Wake nació el 30 de agosto de 1912 en Roseneath (Wellington), Nueva Zelanda, pero a los dos años se trasladó con su familia a Australia. Su biógrafo Peter FitzSimons explicaba así sus orígenes: «Procede de una interesante mezcla étnica, en su base genética hay parte de los hugonotes, franceses protestantes que habían escapado de Francia para poder practicar su religión libremente, y de los maoríes, pues su bisabuela Pourewa había sido la primera de su raza en casarse con un blanco, el inglés Charles Cossell, en 1836». FitzSimons compara a Nancy con su tierra al describirla como «rústica, auténtica y hermosa».
Bastante más joven que sus cinco hermanos, era la más solitaria y rebelde de todos ellos, en particular en eludir las estrictas creencias religiosas de su madre, Ella Rosieur Wake. Hubo de crecer sin el afecto de esta, amargada después de que su esposo abandonase a la familia.
Aprendió a vivir en constante peligro, sobre todo cuando, tras haberle pinchado el teléfono y abierto su correo, los alemanes la pusieron en su punto de mira. Hubo de adoptar numerosas identidades para despistar a sus perseguidores, quienes la apodaron «El Ratón Blanco» por su habilidad en eludir su captura. En 1943 ya era la número uno en la lista de los más buscados por la Gestapo y la recompensa ofrecida por su cabeza alcanzó los cinco millones de francos.
Quedarse en Francia era demasiado arriesgado, así que la Resistencia decidió trasladarla a Gran Bretaña. En diciembre de 1943 hubo de separarse de su marido, al que ya no volvería a ver. La fuga no resultó sencilla.
En 1985, Nancy publicó su autobiografía, titulada The White Mouse, y en 1987 se rodó una miniserie de televisión sobre su vida que contenía demasiadas «libertades históricas» según la propia Nancy, quien consideraba que en algunos momentos el filme era «sumamente estúpido». En una de las escenas que pareció molestarle más aparecía cocinando huevos y tocino con los que alimentar a los soldados. «¿Para eso me lanzaron en paracaídas los aliados en Francia?», protestó. El mismo año tendría ocasión de explicar su verdadera historia ante la cámara en la película Nancy Wake Codename: The White Mouse.
A principios de diciembre de 2001, Nancy dejó su casa en Port Macquarie para pasar sus últimos años en su querida Europa. «Quiero ser incinerada, y que mis cenizas sean esparcidas sobre las montañas donde luché con la Resistencia. Será suficiente para mí», declararía.
The Sunday Times la definió en una ocasión como «la verdadera Charlotte Gray, nombre de la protagonista de la célebre novela de Sebastian Faulks (llevada al cine en 2001 con Cate Blanchett como protagonista), que narra las proezas de una heroína de la Resistencia francesa. Y es que, en realidad, la vida de Nancy Wake parece más ficción que realidad.

La red Comète, especializada en recoger a los aviadores aliados que, desde la capital inglesa, partían ininterrumpidamente para bombardear objetivos estratégicos de Alemania o de la Europa ocupada. Muchos de ellos eran derribados —en el trayecto de ida o de vuelta— sobre Holanda, Bélgica o Francia. El objetivo del grupo era conducir, a los que lograban salvar la vida, hacia la España franquista —país oficialmente neutral aunque con claras simpatías por Hitler— para desde allí evacuarlos.

Utilizar su prostíbulo como «tapadera», una idea de Reinhard Heydrich, el temido jefe de las SS conocido como «el carnicero de Praga». Preocupado por las fugas de información que aparecían con demasiada frecuencia entre los altos mandos, consideró imprescindible «eliminar» a los que hablaban demasiado, pero para ello tenía que ponerles un cebo. Pensó que lo más efectivo sería tentarlos con buena bebida y hermosas mujeres dispuestas a satisfacer todos sus deseos, y que en la atmósfera relajada de un burdel el hombre más discreto, desinhibido, podría mostrarse como el más imprudente, revelando información útil. La idea parecía tan sencilla como efectiva.
En marzo de 1940 todo estaba listo para iniciar la que se conocería como Operación Kitty. La madame debía seguir dando la bienvenida a sus antiguos parroquianos y mantener a las chicas que ya trabajaban para ella, pero los clientes «especiales» debían recibir un trato distinto. Kitty había de mostrarles el libro en que aparecían las fotografías de las veinte muchachas seleccionadas, entre las que deberían escoger su preferida. Una vez supiese de cuál se trataba, la telefonearía para que se personase rápidamente. Nunca debía hablar del cliente con ella y la prostituta se marcharía inmediatamente después de que este hubiese abandonado el edificio. En última instancia, le informaron de que reconocería a los visitantes «especiales» porque estos emplearían una consigna: «Vengo de Rottenburg».
A lo largo de 1940, casi diez mil personas subieron al tercer piso del número 11 de la Giesebrechtstrasse, y en un solo mes fueron registradas tres mil sesiones amorosas.
Las indiscretas conversaciones de alcoba permitieron a Hitler controlar no solo a los representantes de otros países, sino también a los propios oficiales de la Gestapo.
Gracias a la popularidad que alcanzaron aquellas agentes encubiertas, el salón se hizo todavía más popular y la consigna secreta empezó a ser conocida tanto entre los militares como entre los dignatarios extranjeros. Diplomáticos, soldados de alto rango y algunos «peces gordos» del partido nazi empezaron a realizar visitas frecuentes. Durante sus estancias, los micrófonos disimulados tras paredes y cabeceros, captaban cada palabra y cada susurro, que quedaban registrados gracias a un completo equipo situado en un cercano sótano de la Meineckestrasse.
Kitty Schmidt mantuvo su palabra y se llevó su secreto a la tumba, falleció en 1954. Dos décadas más tarde, en 1976, una polémica película recordó la rocambolesca historia del burdel berlinés. Salon Kitty fue dirigida por Tinto Brass y protagonizada por Ingrid Thulin.

Entre las espías que formaron parte del MI-5 cabe mencionar a Betty Gordon, que durante diez años, y haciéndose pasar por una criada, estuvo infiltrada en casa de un miembro clave del Partido Comunista británico. También la CIA contó con un elevado número de colaboradoras, entre las que se cuenta una estadounidense afincada en España, Aline Griffith, la condesa de Romanones.
Meritoria fue, asimismo, la labor de Elizabeth Bentley, que si bien empezó espiando para los rusos, acabó desertando y revelando al FBI, por iniciativa propia, la identidad de numerosos agentes soviéticos que operaban en Estados Unidos.
Bastantes de las informadoras de la KGB, que no se quedaron atrás ni en cantidad ni en calidad, aprovecharon sus trabajos en puestos clave para pasar datos a Moscú. Irene Schultz, secretaria en el Ministerio de Investigación y Ciencia de la RFA, fue detenida en 1970 mientras se disponía a entregar material secreto a su enlace.
Eva Wu eligió ir a Hong Kong, por entonces una colonia británica, y allí se convirtió en una famosa bailarina. Al club en el que actuaba acudían gentes de todas partes a ver su original danza. Uno de sus bailes más célebres simulaba un ritual para ahuyentar a los espíritus diabólicos. En una mano sujetaba una daga con empuñadura de jade y en la otra, un recipiente con agua. Sus graciosos movimientos, con los que simulaba purificarse tanto a sí misma como a la audiencia, hacían las delicias del público.
Con el tiempo, el gobierno comunista sospechó de ella y empezaron a seguirle los pasos. Un buen día, mientras iba de tiendas como de costumbre, unos policías la detuvieron y la condujeron hasta la comisaría. Una mujer la cacheó a fondo, pero por suerte no encontró nada y se vieron obligados a dejarla ir. Habían cometido un grave error, pues Eva sí llevaba un mensaje, pero era tan diminuto que resultaba imposible detectarlo a simple vista. Se trataba de un micropunto, es decir, un negativo de una fotografía del tamaño de un punto tipográfico que solo puede leerse con ayuda de un microscopio especial. Lo llevaba escondido dentro de una de sus horquillas de pelo, y pudo entregarlo sin mayores contratiempos. A pesar de que, tras el susto, todo había acabado bien

Margarita Konenkova, una supuesta agente secreta soviética especializada en secretos nucleares que había vivido junto con su marido, el escultor Sergei Konenkovo, en Greenwich Village (Nueva York) entre mediados de la década de 1920 y 1945.
Aunque se sabe que Albert y Margarita se conocieron en 1935, no está claro si su romance comenzó un poco antes de que muriese la segunda esposa del físico, en 1936, o algo después. Según Paul Needham, traductor al inglés de las cartas y consultor de Sotheby’s, la firma que subastó las misivas, la autenticidad de las mismas resulta evidente y son diferentes a otras cartas personales del sabio, pues revelan «la emoción profunda que solo alguien enamorado puede transmitir».
Nada en las cartas hace suponer que Einstein estuviese enterado de las actividades secretas de su amante y es presumible que ni siquiera miembros de la familia de Margarita supiesen de ellas. De hecho, su nombre no empezó a vincularse con el espionaje hasta 1995, cuando se publicaron las memorias del antiguo espía ruso Pavel Sudoplatov, Special Tasks.
Los esfuerzos de Margarita no tuvieron ningún efecto sobre la voluntad de Einstein de ayudar a la Unión Soviética y no existe ninguna prueba de que «aprendiese» algo significativo sobre armas atómicas. El único triunfo de la rusa fue lograr persuadirle para que se encontrase con el vicecónsul soviético en Nueva York, Pavel Mijailov. Este no le quería a causa de la bomba atómica, sino que estaba interesado en que el físico, a quien avalaba su fama, hablase favorablemente sobre la Unión Soviética. Pero tampoco esto surtió efecto, porque la mente más brillante del siglo XX rechazó colaborar en la propaganda soviética.

La detención de Ana Belén Montes tuvo lugar el 21 de septiembre de 2001, pocos días después del famoso 11-S, los atentados terroristas perpetrados contra el World Trade Center de Nueva York y el Pentágono. Fuentes militares estadounidenses reconocieron que, aunque desde hacía al menos seis meses sus actividades clandestinas habían captado la atención del FBI, su captura se precipitó a causa de dichos atentados, por miedo a que continuase pasando información confidencial a los cubanos. Según el fiscal federal Roscoe Howard, las autoridades no tenían una noción concreta de si el gobierno de Fidel Castro estaría compartiendo información recogida por ella con otros países.
La acusada no vaciló al reconocer que había ejercido de agente secreta desde 1985.

Ciertamente, hasta finales del siglo XIX, las agentes solían ser reclutadas entre actrices, cantantes y bailarinas, prostitutas, aristócratas o estafadoras «profesionales». Pero, con el tiempo, las nuevas necesidades políticas, militares y tecnológicas hicieron que fuesen sustituidas por mujeres de procedencias sociales y laborales de lo más variopintas: institutrices y maestras, profesoras de idiomas, obreras, universitarias, amas de casa…, muchas de las cuales se convirtieron en verdaderas profesionales del arte de espiar. Esta transformación, no obstante, no menoscaba en absoluto el mérito de sus anteriores colegas que, al margen de sus circunstancias, métodos o consignas, demostraron igual arrojo que sus sucesoras, aunque parecían ser valoradas y contratadas únicamente por su mayor o menor sex-appeal.
Antes de la década de 1990, la mitad de los empleados del MI-5 británico y más del 40 por ciento del personal de la CIA eran mujeres. En los noventa, varias mujeres en la CIA demandaron a la Agencia por discriminación sexual y acoso en su puesto de trabajo. Una de ellas, Janine Brookner, ganó un juicio millonario en 1994. También los soviéticos, contrariamente a los estadounidenses (el FBI tuvo prohibida la contratación de mujeres hasta 1972), han utilizado tradicionalmente en gran medida a las mujeres, especialmente adiestradas para seducir a los varones. La seducción era una asignatura más de los campos de entrenamiento. En Israel, por el contrario, Isser Harel, primer jefe del Mossad, el servicio secreto israelí, prohibía formalmente a algunas mujeres que trabajaban para él usar sus encantos para recopilar información.
En realidad, las mujeres no son iguales ni inferiores o superiores a los hombres, sino simplemente distintas y, en todo caso, parecen tener una baza a su favor, su mayor sensibilidad y rapidez de reflejos en lo que al factor humano se refiere.
Puede que la mayoría de ellas no supiesen nada de armas, ni de tácticas militares, ni de tecnología, pero la base del servicio de información —incluso del que se sirve de la más moderna tecnología— es la psicología y el coraje, aptitudes innatas que no son atributos exclusivos del varón.
Justamente la psicología era el factor que más valoraba en un espía Takeko Ishida, que actuó en China durante la Segunda Guerra Mundial y llegó a convertirse en una de las más temidas agentes de Asia. En 1961, cuando contaba con cuarenta y cinco años, Takeko inauguró una escuela de espionaje industrial en Tokio. Aunque aceptaba alumnos de ambos sexos, solo admitía a los que reunían ciertas cualidades (inteligencia, buena salud, nervios templados…). Según ella, «el contacto personal es el más importante vehículo de un buen espía», y con él se pueden obtener mejores frutos que con cualquier otro sistema. Por eso, además de enseñar a abrir una caja fuerte sin dejar huellas o a reproducir documentos con diminutos aparatos fotográficos, también aleccionaba a los varones a agradar a las mujeres y viceversa. «Es indispensable conocer a fondo el carácter de la víctima. La materia básica de mis enseñanzas es la psicología», constataba.
Es preciso recalcar que los servicios que las mujeres demostraron rendir en el terreno de la información no son inferiores a los de los varones.

First of all, it is a curious book that is interesting at the same time, above all it is curious. Despite the fact that the best-known spy in history (if not the only one) is the legendary Mata Hari, whose supposed gifts as a secret agent are more than debatable, it has not been much less the only one.
From antiquity to today, females have been part of the wide universe of secret services, animated by the most diverse motives: patriotism or defense of political or social ideals, longing for adventure, love or thirst for revenge, fear, money and desire for power … Some exercised as secret agents in specific situations, others remained in hiding for decades.
One of the greatest agents of the twentieth century, Marthe Richer, the job of spy “is nothing like what you normally imagine, launching into a romantic adventure in which danger sharpens pleasure; It is not playing the fatal woman, discovering secrets in exchange for lots of gold. Being a spy is above all military in the “secret service”, where everything happens in the shadow and the soldiers fall silently, like in a trap ».

Those who support the theory that espionage is, after prostitution, “the second oldest profession in the world”, claim that discoveries as ancestral as fire or the wheel were possible thanks to a rudimentary system of espionage, that is, to «Theft» of ideas. Despite the almost non-existent documentation on the prehistory of espionage, it is logical to think that already the first human groups had an obsession: to discover how the weapons of their potential enemies were and the material with which they elaborated them, since their survival depended on it . The collection of information about the numerous surrounding tribes-especially if they were friendly or hostile-required a considerable investment of time and personnel.
India had one of the most sophisticated intelligence systems of antiquity. Among the most prominent masters of the art of espionage is Chanakya (c.350-283 BC), who helped to obtain power from Emperor Chandragupta, founder of the Maurya dynasty and forger of the first unified Indian empire. As counselor and prime minister, Chanakya devised the most ingenious intelligence plans, among which was to implant the use of women as effective secret agents. These, like the rest of the informants, were prepared to inform the king about the behavior of the court personnel.
One of his most common tactics was to employ the so-called Visakanyas (poison maidens), whose mission was to “eliminate” an annoying leader, among whom the king himself was sometimes included. Sometimes, the bodies of these peculiar spies -selected among the most beautiful of the kingdom- were saturated with certain doses of poison, which was transmitted to the body of its victim with the only contact of its skin. In others, however, they limited themselves to adding the poison to the food or drink that their “target” was preparing to ingest. They even looked for women who suffered from a venereal disease in order to infect their victim.

Rahab was not the only spy that appears in the Bible. Also in the XII century a. C., when the people of Israel were subject to the power of the Philistines, in the tribe of Dan lived Samson, son of Manué. According to the Book of Judges, the wife of this was sterile, but an angel appeared who promised him a son, specifying that this should be a Nazarene and, as such, devote himself to the worship of God. I could not drink alcohol or cut my beard or hair. If he did, he would lose the supernatural physical strength that he would enjoy and thanks to which he would perform great deeds.
One of the most used methods of espionage was that of the prostitutes. The West institutionalized prostitution, giving rise to the so-called prostibulum publicum, a dwelling set up as a brothel and run by the same authorities. Built with money from the public purse, the women who worked there often fulfilled a dual role: to satisfy the wishes of their clients and serve as information agents for the government. Thus, military and politicians could buy the confidences of the concubines, as they did with buffoons and troubadours, also close to the most powerful characters.
Espionage in the Iberian Peninsula intensified when, in the 11th and 12th centuries, the territory was divided between the Christian kingdoms to the north and the taifas in the Muslim zone.
During the first centuries of the rule of al-Andalus, the Arab dignitaries seemed intent on hiring Christian spies. The same thing happened in reverse, because Christians also had informants in enemy territories.

With the use of diplomats and intellectuals as spies, governments sought to ensure political control both inside and outside. The “invisibility” of women, who passed more unnoticed than men, made them act as couriers, help hide runaways and even participate in political intrigues. In 1679, Jane Bradley reported on a plot against the English government while working as a waitress at the Heaven Tavern in London.
Aphra Behn spied for the English crown during the confrontation of this with the Netherlands. He managed to warn the government of an imminent Dutch raid on the Medway. They did not want to listen to her and the attack meant a real humiliation for Her Majesty’s navy.
Among the most famous spies of the seventeenth century is Lucy Hay, countess of Carlisle. In a double game, he spied on both the royalists and the republicans and came under the orders of Cardinal Richelieu.
According to some scholars, Alejandro Dumas was inspired by Lucy Hay to create the character of Milady de Winter that appears in the famous trilogy starring the three musketeers written in the nineteenth century: The Three Musketeers, Twenty Years Later and The Vicomte de Bragelonne.
Milady, an enigmatic woman of extraordinary beauty, becomes Richelieu’s right hand.

On July 4, 1776, the colonies proclaimed their independence. There were many women who collaborated in the war against the British from their homes, weaving uniforms for the soldiers or melting tin to make bullets, but many others played a much more active role, bringing vital information to the camps of the “patriot” army. Most of these messengers risked running long distances and passing between enemy fire to fulfill their missions. The information of Lydia Darragh helped -and much- to General Washington; Emily Geiger rode all night to be able to deliver the data in time, and Laodicea Langston managed to save an entire town.
Other females, however, used much more ingenious systems, but none the less effective. Nancy Morgan Hart posed as an imbalance to enter Augusta (Georgia) and obtain information about the British defense.

Women continued to play an essential role during the Victorian era. In Europe, quite a lot of upper-class women served as informants, because through their well-known diplomats or social gatherings they could get relevant data with some ease. Also the journals that the travelers wrote during their stays in remote places contained very useful information. Although these globetrotters – increasingly numerous – helped in many cases to map the overseas territories held by the British Empire, they would not be formally hired as intelligence officers until the twentieth century.
The most effective female secret agents of the nineteenth century developed their skills during the American Civil War. This officially started on April 12, 1861, when the Confederate forces assaulted the Union forces in Fort Sumter, but the discomfort came from afar and had in the question of slavery its raison d’être. When Abraham Lincoln was elected president, many southern states thought that slavery would soon be eradicated, which would negatively affect their large plantations. Consequently, eleven of them separated from the Union to be able to dictate their own laws, forming the Confederate States of America and choosing Jefferson Davis as president. Under the premise that that secession was illegal, the conflict of interests ended up leading to a war, the bloodiest in American history.
Both the warlike confrontation itself and the intelligence itself benefited from the latest technological advances of the time.
Although during the first steps of the conflict, the press praised some women soldiers, soon their actions were frowned upon, as they posed a challenge to the nature that was considered inherent in femininity: fragility, submission and passivity. Only recently, some chroniclers and historians have begun to note their bravery and their merits beyond their sex, recognizing that this should not interfere in the recognition of their patriotism, courage or commitment.

An exemplary case in the recruitment of female staff was the MI-5, which hired more than six hundred women as supervisors, transcribers or translators. Their new situation put them in a paradoxical situation: they could not vote, but they were entrusting secrets that affected national security. The needs for enlistment, the demands of the modern bureaucracy and the technological changes in communications had forced the state to count on them.
The English were also employed in the Admiralty and many of them had responsibilities in the encryption and decryption of messages. Five women wrote most of the historical reports about the MI-5 service during the race.
Despite their high number, not all females were accepted in the intelligence offices. In general, only those with a good family were hired, since they had an adequate education that included language proficiency.
Apart from Mata Hari, unjustly considered the spy par excellence and whose firing raised her to the status of myth, other women who also spied for the Germans had the same tragic end as her. Others, on the other hand, ran better luck, like the Basque singer Aurora de Bilbao, who was saved by the lack of evidence and whose punishment was limited to the expulsion from England.
Among those who operated on the Allied side condemned by the Germans to the maximum penalty stands out the Belgian Gabrielle Petit, considered in his country an authentic heroine. However, the most controversial execution was that of nurse Edith Cavell, who, although not technically a spy, had participated in a flight network thanks to which numerous Allied soldiers trapped in occupied Belgium could be freed. Another Belgian nurse who tried her best to pass on information to the allies, even at the risk of her own life, was Marthe Cnockaert.
The long list of allied agents can not be completed without mentioning two of the best agents of the Great War: Louise de Bettignies and Marthe Richer. The first, aptly dubbed “the spy queen,” led a powerful clandestine network and was able to thwart a German offensive. The second discovered, among other war secrets, the formula of the German friendly ink and a plan to bomb the Basque-French coast.

For centuries, sex had been valued as an extremely important factor in espionage, but it was with the First World War that it reached true relevance. Even before the war, this category of spies was mainly represented by singers and dancers, and it was especially relevant in Russia, since the Czarist officers seemed to feel a weakness for foreign artists.
The lack of caution and the negligence shown by some senior officers in their relationships with women who practiced as spies seems in some cases incredible. Suffice it to recall Red Amy, also known as the Countess of Pomeran of Aquitaine and Flora von Poland, who, after seducing an officer in 1916, managed to infiltrate a German battleship and seize the secret book of signals on the high seas. But this is only one case among a thousand, because during the Great War the seductive spies proliferated.
So effective was the use of women spies during the war that even a male agent decided to cross dress in search of greater success. A famous case in this regard on the eastern front is that of a nurse called Innocentia. The way they suspected her was the most prosaic: I wore shoes too big! That is why an Austrian secret service officer forced her to strip naked to discover that Innocentia was actually a Russian officer named Gerson Wassilj Wassiljewitsch. The fake nurse paid for the deception with her life.

An emblematic case of this dilemma was suffered by a Belgian nurse named Marthe Cnockaert McKenna. After the Germans took over their village, Roulers, burned their house and forced their family to separate, Marthe was employed by the German invaders to take care of her wounded. Their conflict was clear: helping the allies with whom they sympathized or helping the Germans to support their family? He decided to do both and ended up being a suspect in front of both sides.
As she herself stated in her memoirs, most of the food produced in the area was destined for the Germans, leaving the Belgians with serious supply difficulties. The problem reached such a dimension that by the beginning of 1915, a fifth of the population could not afford to buy bread. In addition to restricting their food, German officials also controlled their trips, establishing curfews and instituting a system of passes.
Josephine Baker had become a myth for embodying the longings and contradictions of the Europe of her time, battered by armed conflicts, and for having served the Allied triumph in World War II.
Several are the names of the Chinese spy, which has gone down in history as the Japanese were baptized, Yoshiko Kawashima. The one of birth, as the fourteenth daughter of the Manchu prince Shanqi Su, was Aisin Gioro Xianyu; his denomination in court, Dongzhen (Oriental Jewel); Another of his Chinese names was that of Jin Buhui, although for many it was simply “La Mata Hari del Este.”

Wallis published his memoirs under the title The Heart Has Its Reasons (Heart has its reasons), which, according to some experts, distorted the truth. Was she really a woman in love whose romance turned into tragedy? Was she simply a victim of her own ambition or did she end up getting infected by the philanthropic sympathies of her husband? In spite of everything, and that a woman like Wallis’s dependence on Eduardo seemed claustrophobic-as she herself reflected in the correspondence addressed to her uncle-the marriage never broke.
Wallis Simpson died on April 24, 1986 at his home in the Bois de Boulogne in Paris. She was buried next to Eduardo in the Royal Mausoleum of Windsor Castle, a last privilege for whom she had been repudiated both by her country and by her husband. All the accusations that were poured on the couple destroyed the romantic halo that filled countless pages of magazines of the heart during the second half of the 20th century.

Nancy Grace Augusta Wake was born on August 30, 1912 in Roseneath (Wellington), New Zealand, but after two years she moved with her family to Australia. His biographer Peter FitzSimons explained his origins: “It comes from an interesting ethnic mixture, in its genetic base there are part of the Huguenots, French Protestants who had escaped from France to practice their religion freely, and the Maori, because his great grandmother Pourewa she had been the first of her race to marry a white man, the Englishman Charles Cossell, in 1836. ” FitzSimons compares Nancy to her land by describing it as “rustic, authentic and beautiful.”
Quite younger than her five brothers, she was the loneliest and most rebellious of them all, particularly in eluding the strict religious beliefs of her mother, Ella Rosieur Wake. She had to grow up without her affection, bitter after her husband left the family.
He learned to live in constant danger, especially when, after having punctured the phone and opened his mail, the Germans put it in his sights. She had to adopt numerous identities to mislead her persecutors, who nicknamed her “The White Mouse” for her ability to avoid capture. In 1943 he was already number one on the list of the most wanted by the Gestapo and the reward offered by his head reached five million francs.
Staying in France was too risky, so the Resistance decided to move it to Britain. In December 1943, she had to separate from her husband, whom she would never see again. The escape was not easy.
In 1985, Nancy published her autobiography, entitled The White Mouse, and in 1987 a television miniseries was filmed about her life that contained too many “historical freedoms” according to Nancy herself, who considered that at times the film was “extremely stupid” . In one of the scenes that seemed to bother him the most he appeared cooking eggs and bacon with which to feed the soldiers. “Is that why allies in France parachuted me?” He protested. The same year he would have the opportunity to explain his true story to the camera in the film Nancy Wake Codename: The White Mouse.
At the beginning of December 2001, Nancy left her home in Port Macquarie to spend her last years in her beloved Europe. “I want to be incinerated, and that my ashes be scattered over the mountains where I fought with the Resistance. It will be enough for me, “he declared.
The Sunday Times once defined her as “the real Charlotte Gray, name of the protagonist of the famous novel by Sebastian Faulks (taken to the cinema in 2001 with Cate Blanchett as protagonist), which tells the prowess of a heroine of the French Resistance . And in fact, Nancy Wake’s life seems more fiction than reality.

The Comète network, specialized in picking up allied aviators who, from the English capital, left uninterruptedly to bomb strategic objectives of Germany or occupied Europe. Many of them were shot down on the way to or from Holland, Belgium or France. The objective of the group was to lead, to those who managed to save their lives, towards Franco’s Spain – a country that was officially neutral but with clear sympathies for Hitler – and from there evacuated them.

Use his brothel as a “cover”, an idea of ​​Reinhard Heydrich, the feared SS chief known as “the butcher of Prague.” Concerned about the leaks of information that appeared too frequently among the high commanders, he considered it essential to “eliminate” those who spoke too much, but for that he had to bait them. He thought that the most effective would be to tempt them with good drinks and beautiful women willing to satisfy all their desires, and that in the relaxed atmosphere of a brothel the most discreet, uninhibited man could be shown as the most imprudent, revealing useful information. The idea seemed as simple as it was effective.
In March 1940, everything was ready to start what would be known as Operation Kitty. Madame should continue to welcome her former parishioners and keep the girls who worked for her, but the “special” clients should be treated differently. Kitty had to show them the book in which the photographs of the twenty selected girls appeared, among which they should choose their favorite. Once he knew what it was, he would phone her to come quickly. He should never talk about the client with her and the prostitute would leave immediately after he left the building. Ultimately, they informed him that he would recognize “special” visitors because they would use a slogan: “I come from Rottenburg.”
Throughout 1940, almost ten thousand people went up to the third floor of number 11 of the Giesebrechtstrasse, and in a single month three thousand love sessions were recorded.
The indiscreet bedroom conversations allowed Hitler to control not only the representatives of other countries, but also the Gestapo officials themselves.
Thanks to the popularity of those undercover agents, the room became even more popular and the secret slogan became known to both the military and foreign dignitaries. Diplomats, high-ranking soldiers and some “big shots” of the Nazi party began to make frequent visits. During their stays, the microphones disguised behind walls and headboards, captured every word and every whisper, which was recorded thanks to a complete team located in a nearby basement of the Meineckestrasse.
Kitty Schmidt kept her word and took her secret to the grave, she died in 1954. Two decades later, in 1976, a controversial film recalled the bizarre history of the Berlin brothel. Salon Kitty was directed by Tinto Brass and starring Ingrid Thulin.

Among the spies that were part of the MI-5 include Betty Gordon, who for ten years, and posing as a maid, was infiltrated in the house of a key member of the British Communist Party. The CIA also had a large number of collaborators, including an American living in Spain, Aline Griffith, Countess of Romanones.
Meritorious was also the work of Elizabeth Bentley, who began spying for the Russians, ended up deserting and revealing to the FBI, on its own initiative, the identity of many Soviet agents operating in the United States.
Quite a few of the KGB reporters, who did not remain behind in quantity or quality, took advantage of their jobs in key positions to pass data to Moscow. Irene Schultz, secretary in the Ministry of Research and Science of the Federal Republic of Germany, was arrested in 1970 while preparing to deliver secret material to her liaison.
Eva Wu chose to go to Hong Kong, at that time a British colony, and there she became a famous dancer. At the club where he performed, people from all over came to see his original dance. One of his most famous dances simulated a ritual to scare away diabolical spirits. In one hand he held a dagger with a jade handle and in the other a container with water. Her graceful movements, with which she pretended to purify both herself and the audience, delighted the audience.
Over time, the communist government became suspicious of her and began to follow in her footsteps. One fine day, while she went shopping as usual, some police officers stopped her and took her to the police station. A woman searched her thoroughly, but luckily she found nothing and they were forced to let her go. They had made a serious mistake, because Eva did carry a message, but it was so tiny that it was impossible to detect it with the naked eye. It was a micropoint, that is, a negative of a photograph the size of a typographical point that can only be read with the help of a special microscope. He had it hidden inside one of his hairpins, and could deliver it without major setbacks. Even though, after the scare, everything had ended well

Margarita Konenkova, a supposed Soviet secret agent specializing in nuclear secrets who had lived together with her husband, the sculptor Sergei Konenkovo, in Greenwich Village (New York) between the mid-1920s and 1945.
Although it is known that Albert and Margarita met in 1935, it is not clear whether their romance began a little before the physicist’s second wife died, in 1936, or something after. According to Paul Needham, an English translator of the letters and consultant of Sotheby’s, the firm that auctioned the letters, the authenticity of them is evident and are different from other personal letters of the wise, because they reveal “the deep emotion that only someone in love can to transmit”.
Nothing in the letters suggests that Einstein was aware of his lover’s secret activities and it is presumable that even members of Margarita’s family did not know about them. In fact, his name did not begin to be linked to espionage until 1995, when the memoirs of the former Russian spy Pavel Sudoplatov, Special Tasks, were published.
Margarita’s efforts had no effect on Einstein’s willingness to help the Soviet Union and there is no evidence that he “learned” anything significant about atomic weapons. The only triumph of the Russian was to persuade him to meet the Soviet vice-consul in New York, Pavel Mikhailov. He did not want him because of the atomic bomb, but he was interested in the fact that the physicist, to whom he endorsed his fame, spoke favorably about the Soviet Union. But this also did not work, because the most brilliant mind of the twentieth century refused to collaborate in Soviet propaganda.

The arrest of Ana Belén Montes took place on September 21, 2001, a few days after the famous 11-S, the terrorist attacks perpetrated against the World Trade Center in New York and the Pentagon. US military sources acknowledged that although their clandestine activities had caught the attention of the FBI for at least six months, their capture was precipitated by these attacks, for fear that they would continue to pass on confidential information to Cubans. According to federal prosecutor Roscoe Howard, the authorities had no specific notion of whether the Fidel Castro government would be sharing information collected by Fidel Castro with other countries.
The defendant did not hesitate to admit that she had been a secret agent since 1985.

Certainly, until the end of the nineteenth century, agents used to be recruited from actresses, singers and dancers, prostitutes, aristocrats or “professional” swindlers. But, over time, the new political, military and technological needs were replaced by women from social and labor backgrounds of the most varied: governesses and teachers, language teachers, workers, academics, housewives …, many of which they became true professionals of the art of spying. This transformation, however, does not diminish at all the merit of his previous colleagues who, regardless of their circumstances, methods or slogans, showed equal courage than their successors, although they seemed to be valued and hired solely for their greater or lesser sex appeal. .
Before the 1990s, half of the British MI-5 employees and more than 40 percent of the CIA staff were women. In the 1990s, several women in the CIA sued the agency for sex discrimination and harassment in their jobs. One of them, Janine Brookner, won a million dollar trial in 1994. Also the Soviets, contrary to the Americans (the FBI was banned from hiring women until 1972), have traditionally used women largely, especially trained to seduce women. the men. Seduction was another subject in the training camps. In Israel, on the other hand, Isser Harel, the first head of the Mossad, the Israeli secret service, formally forbade some women who worked for him to use his charms to gather information.
In reality, women are not equal or inferior or superior to men, but simply different and, in any case, they seem to have a trump card in their favor, their greater sensitivity and rapidity of reflexes as far as the human factor is concerned.
Most of them may not know anything about weapons, military tactics or technology, but the basis of the information service – even the one that uses the most modern technology – is psychology and courage, innate aptitudes that they are not exclusive attributes of the male.
Just psychology was the factor that most valued in a spy Takeko Ishida, who acted in China during World War II and came to become one of the most feared agents in Asia. In 1961, when he was forty-five years old, Takeko opened an industrial espionage school in Tokyo. Although he accepted students of both sexes, he only admitted those who had certain qualities (intelligence, good health, tempered nerves …). According to her, “personal contact is the most important vehicle for a good spy”, and with it you can obtain better results than with any other system. Therefore, in addition to teaching how to open a safe without leaving traces or reproducing documents with tiny photographic devices, he also taught men to please women and vice versa. “It is essential to know thoroughly the character of the victim. The basic subject of my teachings is psychology, “he stated.
It should be emphasized that the services that women have shown to perform in the field of information are not inferior to those of men.

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