Mi Vida En Al Qaeda — Morten Storm & Paul Cruickshank & Tim Lister / Agent Storm: My Life Inside al Qaeda and the CIA by Morten Storm & Paul Cruickshank & Tim Lister

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Este libro fue muy interesante. Proporciona una visión interna del extremismo militante en Europa antes del 11 de septiembre, las organizaciones de Al Qaeda en Yemen y Somalia, y tres organizaciones inteligentes diferentes en Europa y América. Las dos preguntas que me impulsaron a leer este libro fueron:
1) ¿Qué factores impulsaron a Morton Storm a abrazar el Islam Militante con su ideología asesina y qué lo llevó a rechazarlo lo suficiente como para volverse en contra de “una banda de hermanos” y comenzar a arriesgar su vida para trabajar para organizaciones impersonales en las que él, en última instancia, no podía confiar; y
2) qué causaría que Aminah, una joven aparentemente inocente de un pequeño pueblo en Croacia, abrazara el wahabismo y quedara cautivada por un clérigo militante (Anwar al-Awlaki) y fanático religioso de la peor clase, que no ocultaba su identidad. intenciones asesinas hacia el oeste. Su inocencia al pensar que podía viajar de ida y vuelta entre los campos militantes de Yemen y Europa me hace preguntarme si ella siquiera sabía que Anwar al-Awlaki había declarado la guerra contra Occidente. Sin embargo, cuando le dijeron que no podría volver a Europa para visitar a su familia, no pudo evitar casarse con Awlaki. No sé si el libro respondió por completo esas preguntas, pero me gustó el hecho de que me hizo reflexionar profundamente sobre ellas. Para algunas personas, parece haber un atractivo al abrazar una ideología simplista basada en citas seleccionadas de una fuente autorizada, que permite a uno adherirse incuestionablemente a un código de honor simplista.
Parece que Morton Storm vio que su vida estaba yendo por el camino de la destrucción y pudo haberse aferrado a esta ideología para cambiar el rumbo. Pero cuando comenzó a pensar más profundamente al respecto, el castillo de naipes se derrumbó. Ciertamente me pregunto qué fue de Aminah después de que Awlaki se vaporizara.

Yemen no solo era la base de AQAP, una filial de Al Qaeda, sino también un destino prioritario para los militantes europeos y estadounidenses que soñaban con la yihad. Y la militancia de al-Aulaki se había intensificado. Sus sermones —transmitidos al mundo entero por YouTube— eran un referente para los aspirantes a yihadistas. En poblaciones rurales de Pensilvania, en atestados pisos de Inglaterra o en el extrarradio de Toronto había jóvenes que devoraban sus palabras.
Para la CIA y el MI6, al-Aulaki representaba el futuro de Al Qaeda. Su conocimiento de las sociedades occidentales, su inglés fluido y su dominio de las redes sociales representaban una amenaza nueva y más letal que los vídeos granulosos y las esotéricas declaraciones de Bin Laden.
En 2006, al-Aulaki había sido detenido y acusado de estar involucrado en un vago plan de secuestro. Había estado preso dieciocho meses en Saná e incluso había recibido una visita de agentes del FBI deseosos de obtener más información sobre sus reuniones con los secuestradores del 11-S. Después había desaparecido en el vasto e implacable interior de Yemen.

Para un danés de veintiún años de edad, el calor abrasador de Saná era terrible. Antes de viajar a la capital de Yemen a finales del verano de 1997 no tenía una noción real de la ciudad. Creía que Saná estaba en Omán, donde se habían establecido compañías petroleras occidentales y un sultán moderado gobernaba un reino apacible. No podía estar más equivocado.
Me quedé asombrado al ver el destartalado edificio con el que Yemen daba la bienvenida al mundo. Las moscas campaban a sus anchas por el vestíbulo de la terminal de llegadas, mientras enjutos yemeníes se empujaban en la cola del control de pasaportes.
Mi exhaustivo conocimiento de los ambientes militantes en el Reino Unido y mi agenda de yihadistas en el extranjero estaban produciendo resultados. El terrorismo islamista planteaba multitud de problemas para agencias que hasta hacía unos pocos años habían concentrado la mayor parte de sus recursos en la lucha contra el bloque soviético. La gestación de este nuevo terrorismo había sido reciente, resultaba complicado penetrar en sus redes y se difundía a toda velocidad. Un danés que dominaba el árabe y tenía casi una década de militancia a sus espaldas era el informante ideal.

En febrero de 2014, Majeed Abdul Waheed, el seguidor británico-pakistaní de Al Muhajiroun que había levantado acta diligentemente durante las conferencias de Omar Bakri en Luton, se convirtió en el primer británico suicida en Siria. Había sido reclutado por Jabhat al-Nusra, filial de Al Qaeda en Siria. Un vídeo difundido por el grupo lo mostraba con una túnica blanca y un pañuelo negro islámico charlando animadamente con otros combatientes antes del atentado, al lado de un camión cargado hasta los topes de explosivos. Los combatientes lo animaron al grito de «Allah Akbar!» cuando partió hacia la prisión central de Alepo, donde hizo estallar el vehículo en una enorme bola de fuego.
Para al-Aulaki, cuya determinación a atacar Occidente no hizo sino crecer con el paso del tiempo, un recluta como Chérif debió de ser como maná caído del cielo.
En septiembre de 2009, cuando me reuní con al-Aulaki en el complejo de Abdullah Mehdar, en lo más profundo de la provincia de Shabwa, me encargó que buscase reclutas europeos que atentaran en sus países de procedencia tras entrenarlos en Yemen. Poco después encargó a Umar Farouk Abdulmutallab la misión de hacer explotar un avión sobre Estados Unidos.
En junio de 2015, Estados Unidos tuvo aún más suerte y asesinó en un ataque «selectivo» con drones al líder de AQAP, Nasir al-Wuhayshi, en el sur de Yemen. Habían pasado tres años desde aquel almuerzo bajo un árbol, sentado a su lado, en el que no paré de preguntarme si nos podría alcanzar un dron. Nunca se recompensaron mis esfuerzos por ponerlo en el punto de mira de la inteligencia occidental; y es incuestionable que a lo largo de esos tres años continuó reforzando el grupo. Su eliminación tardía supuso en cualquier caso un mazazo para Al Qaeda.
También brindó una gran oportunidad para ISIS en Yemen, en lo que pudo ser un conflicto fratricida entre yihadistas similar al de Siria.
ISIS, el sucesor de Al Qaeda en Irak, se convirtió en la gran bestia del yihadismo global en 2014 y conquistó rápidamente grandes zonas de Siria e Irak. En el verano de 2014 declaró la creación de un «califato».
Los guerreros de ISIS estaban convencidos de que sus naves avanzaban con el soplo de la divinidad. Mientras sus conquistas acaparaban los noticiarios noche tras noche, recordé unas palabras que Anuar al-Aulaki había pronunciado en 2006.
Omar al-Hussein, un danés de ascendencia palestina y veintidós años de edad. Había pertenecido a varias bandas, como yo, y había estado en prisión por acuchillar a un hombre en un tren de cercanías. Acababa de salir de la cárcel, donde se había radicalizado y se había enterado de los atentados de París que probablemente le habían servido como modelo. Aunque no tenía vínculos directos con grupos terroristas de países árabes, minutos antes de su primer atentado había publicado en Facebook un juramento de lealtad a Abu Bakr al-Baghdadi, el líder de ISIS.
Fue el primer atentado terrorista islámico con víctimas cometido en Dinamarca tras el 11-S. Lo que tanto nos habíamos esforzado en impedir había terminado materializándose. Sin embargo, distaba de ser una sorpresa. Yo sabía perfectamente hasta qué punto era grave la amenaza terrorista.
Y para mí se había convertido en un asunto personal.

El auge del terrorismo ha ensombrecido el horizonte en Oriente Próximo y Oriente Medio, y ha llevado la amenaza de contagio todavía más cerca de Europa. ISIS ha creado una filial en la ingobernable península del Sinaí, en Egipto, y se ha establecido en la costa libia, lo que ha despertado temores sobre la posibilidad de que trate de explotar las riadas de inmigrantes que intentan alcanzar Italia para enviar combatientes al norte. De momento ha exportado a las playas del Mediterráneo sus aterradores vídeos, meticulosamente coreografiados, de decapitaciones de cristianos.
ISIS es un monstruo diferente a Al Qaeda. Su violencia apocalíptica se pone de manifiesto en sus decapitaciones de rehenes, sus secuestros y violaciones de mujeres y niñas yazidíes, su despiadada aplicación de su interpretación de la ley islámica en los territorios que controla. Su ambición no tiene límites; ha ganado seguidores y apoyos en puntos muy alejados de Irak y Siria.
ISIS ha manifestado abiertamente su intención de atentar en Europa. En enero de 2015, la policía belga desbarató una importante trama orquestada por los líderes del grupo, en una operación que rompió la paz reinante en la pequeña ciudad de Verviers con disparos y explosiones. Todo indica que ISIS no cejará en su empeño de infiltrar células terroristas en Europa y de aprovecharse de las capas de musulmanes occidentales que viven de espaldas a la sociedad con sus sofisticadas campañas de reclutamiento en las redes sociales. En mayo de 2015 se calculaba que unos seis mil militantes europeos habían viajado a Siria e Irak para librar la yihad.
No cabe duda de que los miembros y los seguidores de ISIS tienen objetivos en Europa. Yo me cuento entre ellos. Como ya he señalado, un grupo de combatientes de ISIS colocó en un muro de Siria una foto mía junto a las de otros cinco daneses y disparó contra ellas con sus Kaláshnikov. La advertencia no podía ser más clara.
El libro incluye un anexo con documentación y fotografías

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This book was very interesting. It provides an inside look at Militant Extremism in Europe prior to 9/11, Al Qaeda organizations in Yemen and Somalia, and three different Intelligent Organizations in Europe and America. The two questions that drove me on in reading this book were: 1) What factors impelled Morton Storm to embrace Militant Islam with it’s murderous ideology and what caused him then to reject it enough to turn against “a band of brothers” and start risking his life to work for impersonal organizations that he, ultimately, could not trust; and 2) what would cause Aminah, a seemingly innocent young woman from a small village in Croatia, to embrace Wahabism and become enthralled by a militant cleric (Anwar al-Awlaki) and religious bigot of the worst kind, who made no secret about his murderous intentions toward the West. Her innocence in thinking that she could travel back and forth between the militant camps of Yemen and Europe makes me wonder if she even knew that Anwar al- Awlaki had declared war against the West. Yet, when she was told that she would not be able to go back to Europe to visit her family, she just couldn’t back away from marrying Awlaki. I don’t know if the book entirely answered those questions, but I liked the fact that it caused me to reflect deeply on them. For some people, there seems to be an appeal in embracing a simplistic ideology based on selected quotes from an authoritative source, which enables one to adhere unquestionably to a simplistic code of honor. It appears that Morton Storm saw that his life was going down a path to destruction and may have grasped onto this ideology in order to change course. But when he began to think more deeply about it, the house of cards collapsed. I certainly wonder what became of Aminah after Awlaki was vaporized.

Yemen was not only the base of AQAP, a subsidiary of Al Qaeda, but also a priority destination for European and American militants who dreamed of jihad. And al-Aulaki’s militancy had intensified. His sermons – broadcast worldwide to YouTube – were a reference for aspiring jihadists. In rural Pennsylvania, crowded flats of England or the outskirts of Toronto had young people devouring their words.
For the CIA and MI6, al-Aulaki represented the future of al Qaeda. His knowledge of Western societies, his fluent English and his mastery of social networks represented a new and more deadly threat than granular videos and bin Laden’s esoteric statements.
In 2006, al-Aulaki had been arrested and accused of involvement in a vague kidnapping plan. He had been imprisoned for eighteen months in Sanaa and had even received a visit from FBI agents eager to obtain more information about his meetings with the 9/11 hijackers. Then it had disappeared in the vast and implacable interior of Yemen.

Yemen was not only the base of AQAP, a subsidiary of Al Qaeda, but also a priority destination for European and American militants who dreamed of jihad. And al-Aulaki’s militancy had intensified. His sermons – broadcast worldwide to YouTube – were a reference for aspiring jihadists. In rural Pennsylvania, crowded flats of England or the outskirts of Toronto had young people devouring their words.
For the CIA and MI6, al-Aulaki represented the future of al Qaeda. His knowledge of Western societies, his fluent English and his mastery of social networks represented a new and more deadly threat than granular videos and bin Laden’s esoteric statements.
In 2006, al-Aulaki had been arrested and accused of involvement in a vague kidnapping plan. He had been imprisoned for eighteen months in Sanaa and had even received a visit from FBI agents eager to obtain more information about his meetings with the 9/11 hijackers. Then it had disappeared in the vast and implacable interior of Yemen.

For a twenty-one-year-old Dane, the scorching heat of Sana was terrible. Before traveling to the capital of Yemen in the late summer of 1997, he had no real notion of the city. He believed that Sana was in Oman, where Western oil companies had been established and a moderate sultan ruled a peaceful kingdom. I could not have been more wrong.
I was amazed to see the ramshackle building with which Yemen welcomed the world. The flies roamed freely through the lobby of the arrivals hall, while lean Yemeni pushed themselves into the queue of passport control.
My exhaustive knowledge of militant environments in the United Kingdom and my jihadist agenda abroad were producing results. Islamist terrorism posed a multitude of problems for agencies that until a few years ago had concentrated most of their resources in the struggle against the Soviet bloc. The gestation of this new terrorism had been recent, it was difficult to penetrate their networks and spread at full speed. A Dane who dominated Arabic and had almost a decade of militancy behind him was the ideal informant.

In February 2014, Majeed Abdul Waheed, the British-Pakistani al-Muhajiroun supporter who had taken the minutes diligently during Omar Bakri’s talks in Luton, became the first British suicide bomber in Syria. He had been recruited by Jabhat al-Nusra, an Al Qaeda affiliate in Syria. A video released by the group showed him wearing a white tunic and an Islamic black scarf chatting animatedly with other fighters before the attack, next to a truck loaded to the brim with explosives. The combatants encouraged him to shout “Allah Akbar!” When he left for the central prison of Aleppo, where he blew up the vehicle in a huge ball of fire.
For al-Aulaki, whose determination to attack the West only grew with the passage of time, a recruit like Chérif must have been like manna fallen from heaven.
In September 2009, when I met with al-Aulaki at the Abdullah Mehdar complex, deep in the province of Shabwa, he commissioned me to look for European recruits who would attempt in their countries of origin after training them in Yemen. Shortly thereafter, he entrusted Umar Farouk Abdulmutallab with the mission to blow up a plane over the United States.
In June 2015, the United States was even luckier and killed a “selective” drone attack on AQAP leader Nasir al-Wuhayshi in southern Yemen. It had been three years since that lunch under a tree, sitting next to him, where I never stopped wondering if a drone could reach us. My efforts were never rewarded for putting him in the crosshairs of Western intelligence; and it is unquestionable that throughout those three years he continued to reinforce the group. His late elimination was in any case a blow to Al Qaeda.
It also provided a great opportunity for ISIS in Yemen, in what could have been a fratricidal conflict between jihadists similar to that in Syria.
ISIS, the successor of Al Qaeda in Iraq, became the great beast of global jihadism in 2014 and quickly conquered large areas of Syria and Iraq. In the summer of 2014 he declared the creation of a “caliphate”.
The warriors of ISIS were convinced that their ships advanced with the breath of divinity. While their conquests monopolized the news night after night, I remembered some words that Anuar al-Aulaki had spoken in 2006.
Omar al-Hussein, a Dane of Palestinian descent and twenty-two years of age. He had belonged to several bands, like me, and had been in prison for stabbing a man in a commuter train. He had just left prison, where he had become radicalized and had learned about the Paris bombings that had probably served as his model. Although he had no direct links to terrorist groups in Arab countries, minutes before his first attack he had posted on Facebook an oath of allegiance to Abu Bakr al-Baghdadi, the leader of ISIS.
It was the first Islamic terrorist attack with victims committed in Denmark after 9/11. What we had tried so hard to prevent had materialized. However, it was far from a surprise. I knew perfectly well how serious the terrorist threat was.
And for me it had become a personal matter.

The rise of terrorism has darkened the horizon in the Middle East and the Middle East, and has brought the threat of contagion even closer to Europe. ISIS has created a subsidiary in the ungovernable Sinai peninsula in Egypt, and has settled on the Libyan coast, which has raised fears about the possibility of trying to exploit the floods of immigrants trying to reach Italy to send fighters to the north . For the moment, he has exported his terrifying, meticulously choreographed videos of the beheadings of Christians to the beaches of the Mediterranean.
ISIS is a different monster from Al Qaeda. His apocalyptic violence is evident in his hostage beheadings, his kidnappings and rapes of Yazidi women and girls, his ruthless application of his interpretation of Islamic law in the territories he controls. His ambition has no limits; has won support and support in points far away from Iraq and Syria.
ISIS has openly stated its intention to attempt in Europe. In January 2015, the Belgian police broke up an important plot orchestrated by the leaders of the group, in an operation that broke the peace in the small town of Verviers with shots and explosions. Everything indicates that ISIS will not cease in its efforts to infiltrate terrorist cells in Europe and to take advantage of the layers of Western Muslims who live with their backs to society with their sophisticated recruitment campaigns on social networks. In May 2015 it was estimated that some six thousand European militants had traveled to Syria and Iraq to wage jihad.
There is no doubt that the members and followers of ISIS have goals in Europe. I count between them. As I have already pointed out, a group of ISIS fighters placed a picture of me on the Syrian wall next to those of five other Danes and fired at them with their Kalashnikovs. The warning could not be clearer.
The book includes an annex with documentation and photographs.

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