Traficantes De Personas. El Negocio De Los Secuestros Y La Crisis De Los Refugiados — Loretta Napoleoni / Merchants Of Men: How Jihadists and ISIS Turned Kidnapping and Refugee Trafficking into a Multi-Billion Dollar Business by Loretta Napoleoni

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Un libro de máxima actualidad, con algunas opiniones que pueden resultar polémicas. A lo largo de las páginas se va diseccionando el origen de los secuestros de cooperantes, periodistas y turistas por parte de Al Qaeda del Magreb Islámico y la relación que tuvo esa génesis con el tráfico de drogas. Después, se centra en la zona de Somalia y sus piratas, para pasar a lo que ocurre en Siria, principalmente con el ISIS. Según la autora, la mayoría de los secuestrados no son ningunos héroes, sino jóvenes impulsivos, con una ingenuidad bienintencionada o una imprudencia inconcebible. Y deja bien claro que toda liberación se paga con dinero del erario público, por lo que esa ingenuidad o esa imprudencia acaban siendo una carga para toda la sociedad. Esta escritora me parece muy interesante.
Loretta Napoleoni lo ha vuelto a hacer … He estado siguiendo su trabajo desde hace un tiempo, anteriormente ella logró desmitificar el capitalismo en China y gracias a ella pude conocer el aumento y la prevalencia del ISIL, esta vez está desempaquetada el poco conocido fenómeno de la trata de seres humanos. Creo que hemos sabido que las guerras siempre tienen garantías humanas, pero esta vez estamos entre bastidores y escuchamos testimonios de los trabajadores humanitarios, los antiguos rehenes y también las personas y organizaciones que trabajan incansablemente para liberar a los ciudadanos del cautiverio.

El terrorismo como el éxodo de refugiados se han vinculado a la guerra civil en Siria y al ascenso al poder de Estado Islámico, dos sucesos sumamente trágicos. Pero esta no deja de ser una interpretación simplista de lo que, en el fondo, es un fenómeno de una extrema complejidad.
En realidad, la caída del Muro de Berlín y la llamada «guerra contra el terror» son factores comunes a muchos de los acontecimientos de los que los medios de comunicación han venido informando durante esta última década.
Tras 1989, la desestabilización del Sahel y del Cuerno de África causó la caída de regímenes sostenidos hasta entonces por Estados Unidos o la Unión Soviética, y en ese anárquico vacío florecieron la delincuencia y el yihadismo. En Somalia, por ejemplo, el secuestro de extranjeros se convirtió en una importante fuente de ingresos.
La falsa sensación de seguridad que acompañó a la globalización y al final de la guerra fría.
La ley estadounidense conocida como «Patriot Act» había impulsado al cártel de los colombianos a formar empresas conjuntas con el crimen organizado italiano para lavar en Europa y Asia sus ingresos por droga y para hallar nuevas rutas por las que traer cocaína al Viejo Continente. Venezuela, la tristemente famosa Costa del Oro del África occidental (desde donde salían históricamente gran parte de los cargamentos de esclavos hacia América) y el Sahel se convirtieron en zonas clave de transbordo de ese comercio ilegal.
Los traficantes africanos no tardaron en sacar provecho de este negocio transportando cocaína hacia otros países. Gao, en Mali, se convirtió en su principal centro de operaciones. Desde Gao, la cocaína viajaba cruzando el Sáhara hasta las costas mediterráneas de Marruecos, Argelia y Libia. Desde allí, toda una flota de pequeñas embarcaciones llevaba la droga hasta Europa.
En 2003, un grupo de antiguos miembros del Grupo Islámico Armado (GIA) argelino implicados en el tráfico transahariano decidieron diversificar su actividad y secuestraron a treinta y dos europeos en Mali y el sur de Argelia. Los rehenes fueron transportados por las rutas de contrabando que cruzaban el Sáhara hasta campamentos situados en el norte de Mali. Los gobiernos europeos pagaron entonces jugosos rescates para recuperar a sus ciudadanos, suficientemente cuantiosos como para que con ellos se pudiera financiar un nuevo grupo armado: Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI).

Desde el 11-S, el número de secuestros se ha multiplicado exponencialmente al mismo ritmo al que lo han hecho las sumas exigidas como rescate. En 2004, 2 millones de dólares eran suficientes para liberar a un rehén occidental en Irak. En la actualidad, pueden llegar a pagarse más de 10 millones para ese mismo fin.
Hoy sabemos lo mal que ha salido la pretensión de exportar la democracia occidental a todos los rincones de la aldea global. Desde la caída del Muro de Berlín, el mundo se ha convertido en un lugar mucho más peligroso, no solo para norteamericanos y europeos, sino también para asiáticos, africanos y latinoamericanos, millones de los cuales se han visto forzados a reconvertirse en mano de obra migrante y en refugiados económicos.

Hasta el ataque contra las Torres Gemelas, el grueso de los ingresos netos por la droga a nivel mundial se lavaban en Estados Unidos en dólares de ese país. Dado que el 80 por ciento de esos beneficios eran en efectivo (denominados en la mencionada moneda), el dinero tenía que transportarse físicamente hasta Estados Unidos. El principal punto de entrada eran entidades y bancos pantalla con sede en paraísos fiscales de las Antillas. La Patriot Act dificultó enormemente (por no decir que imposibilitó) ese proceso. Por ejemplo, los bancos estadounidenses o registrados en Estados Unidos ya no podían mantener negocios con bancos en paraísos fiscales (del Caribe, por ejemplo). Además, la nueva legislación otorgaba a las autoridades monetarias norteamericanas el derecho a supervisar todas las transacciones en dólares que se realizaran en cualquier lugar del mundo. En concreto, convirtió en delito penal que un banco estadounidense (o extranjero, pero registrado en Estados Unidos) no alertara a las autoridades monetarias norteamericanas de cualquier transacción sospechosa en dólares que detectara en un punto cualquiera del planeta.
No es difícil comprender, pues, por qué la Patriot Act representó un revés muy duro para el cártel colombiano de la droga. No obstante el problema clave no radicaba tanto en cómo lavar las ganancias sucias obtenidas de la venta de cocaína dentro de Estados Unidos, como en cómo lavarlas en dólares en cualquier otro lugar del mundo y en cómo transferir esos fondos de un país a otro sin alertar a las autoridades monetarias estadounidenses.
La solución a ese problema vendría de un inmigrante italiano afincado en Colombia, Salvatore Mancuso. Siendo jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), una organización terrorista paramilitar colombiana, Mancuso intercedió para que se cerrara un pacto entre el cártel de la cocaína y el crimen organizado calabrés, la “Ndrangheta”.

«La verdadera escala de los crecientes lazos entre los yihadistas y los cárteles latinoamericanos se hizo evidente cuando fuentes militares informaron de la localización de un Boeing 727 calcinado en medio del desierto de Mali en 2009. El avión había sido cargado con cocaína y otros productos de contrabando en Venezuela, había sido pilotado hasta el otro lado del Atlántico, se había estrellado en el desierto y había sido quemado para eliminar pruebas».
Entre 2003 y 2004, dio comienzo en serio la temporada de caza del extranjero, una temporada que fue migrando de un país a otro, año tras año, y que continuará haciéndolo mientras los rescates no dejen de llegar. Los cooperantes y los empleados de la ONU han sido las piezas más preciadas, pero no hubo que esperar mucho a que cualquier individuo que fuera portador de un pasaporte occidental pasase a ser considerado un objetivo valioso también.

Entre 2003 y 2004, dio comienzo en serio la temporada de caza del extranjero, una temporada que fue migrando de un país a otro, año tras año, y que continuará haciéndolo mientras los rescates no dejen de llegar. Los cooperantes y los empleados de la ONU han sido las piezas más preciadas, pero no hubo que esperar mucho a que cualquier individuo que fuera portador de un pasaporte occidental pasase a ser considerado un objetivo valioso también.
A principios del milenio, por ejemplo, Mali no solo era el lugar preferido de los secuestradores para ocultar a sus rehenes, sino que se había convertido también en un punto de transbordo clave para el tráfico de esa otra mercancía humana que trataba de llegar a Europa. Casi todas las caravanas de migrantes ilegales que salían en dirección al Viejo Continente pasando por Libia partían de Mali. Algunas de ellas estaban organizadas por katibas de AQMI, pero los migrantes no podían distinguir entre traficantes comunes y yihadistas metidos a delincuentes.
Con semejante telón de fondo, al entrar en el siglo XXI, el del Sahel era un mundo asolado por la pobreza y la delincuencia, un terreno más que abonado para la yihad. De ahí que la rivalidad entre Belmojtar y Abu Zeid pudiera ser mucho más que personal y obedeciera más bien al choque entre dos maneras opuestas de concebir el inmediato futuro de aquella parte del mundo y el papel de organizaciones como AQMI. Para Abu Zeid, la desestabilización del Sahel era un paso en el desempeño de la labor principal de AQMI: prender la mecha de la yihad para la construcción del Califato. Secuestrar a occidentales no era un negocio, sino una forma de debilitar al enemigo lejano (Occidente) y de financiar la yihad.

En 2007, una delegación de Frontex, la agencia de la Unión Europea fundada en 2004 para gestionar la cooperación entre policías nacionales de fronteras, organizó una misión a Libia que visitó Kufra. Cuando, unos años después, uno de los que habían estado recluidos en ese campo de detención preguntó al presidente de Frontex si él conocía las condiciones de los migrantes que allí había, dijo no estar muy familiarizado con la situación en aquel centro, pero que había oído que «había margen de mejora».
Entre las labores de Frontex, se incluye la detección y el freno de la inmigración ilegal, el tráfico humano y la infiltración terrorista; sin embargo, está claro por su informe anual de 2007 que no había descubierto ni había denunciado los gulags libios. En vez de ello, la delegación de Frontex escribió lo siguiente acerca de Kufra: «Durante la visita a la región sur de Libia, los miembros de la delegación tuvieron la oportunidad de apreciar la extensión y la diversidad del desierto; ninguna región europea es comparable». Es evidente que aquellos visitantes no habían cruzado el desierto del Sáhara en el interior de un contenedor.

El modelo de negocio de la piratería está estructurado deliberadamente de tal modo que obliga a sus «soldados rasos» a buscar fortuna de nuevo pirateando en el mar. También ha convertido la piratería misma en una industria nacional con la que se financian un gran número de negocios auxiliares de la misma en Somalia. La ONU calcula que, de abril de 2005 a diciembre de 2012, la piratería generó entre 350 y 420 millones de dólares en el Cuerno de África.
En 2006, 188 personas fueron hechas rehenes; en 2009, la cifra alcanzó las 1.050, y en 2010, fueron ya 1.181. Paralelamente, los rescates pagados pasaron de ser de cientos de miles de dólares en 2006 a una media de 5 millones por operación en 2011. En 2011 precisamente, la piratería constituyó la segunda mayor fuente de ingresos en Somalia, aportando a la economía del país más de 200 millones de dólares anuales, solo por detrás de las remesas de la diáspora somalí repartida por el mundo, que totalizan una suma estimada de 1.000 millones de dólares al año.
No es de extrañar, pues, que los piratas somalíes sintieran que sus actividades estaban perfectamente justificadas y se autodenominaran badaadinta badah, o «salvadores del mar» (una expresión traducida a menudo como «guardacostas»), y no burcad badeed, que es como se diría «pirata» en somalí.
Según Naciones Unidas y el Banco Mundial, los piratas somalíes han mantenido lazos con la diáspora de su país desde el comienzo mismo del fenómeno de los secuestros de navíos. Durante una investigación sobre el tema, el Grupo de Supervisión de la ONU para Somalia y Eritrea detectó «múltiples transacciones financieras entre piratas de Somalia y miembros individuales de la diáspora somalí conectadas con toda una serie de casos de secuestro de buques». Varios bancos norteamericanos, africanos, asiáticos y europeos están implicados en la aceptación de depósitos de fondos «relacionados con casos de piratería marítima y secuestros con exigencia de rescate frente a las costas de Somalia», según puede leerse en un informe del Banco Mundial sobre la piratería.

La sangrienta respuesta de Bashar al Asad a la Primavera Árabe de 2011 destapó la caja de los truenos de la violencia política en Siria. La delincuencia organizada y los patrocinadores de la guerra subsidiaria que allí estalló alimentaron la proliferación de grupos armados y criminales disfrazados de insurgentes. Pronto el yihadismo delictivo proliferó sin control por ese rincón del mundo y, desde el primer momento, los secuestros fueron una de sus principales actividades ilegales.
Los rescates terminaron por convertirse en una de las principales fuentes de financiación para el régimen de Al Asad, sobre todo en el norte, en áreas donde rebeldes y yihadistas combatían puerta por puerta contra las fuerzas leales a Damasco. ¿El blanco principal de los secuestros? La propia población siria.

El final de la guerra fría y la globalización son los responsables de esta crisis. Los secuestros se han disparado en dos grandes áreas del mundo: allí donde el Estado se está desmoronando y allí donde se está experimentando un crecimiento económico excepcionalmente fuerte (en China, por ejemplo). Puede decirse que lo que alimenta la industria de la toma de rehenes es tanto la anarquía política como la prosperidad económica, acompañadas, claro está, de la codicia, características principales (las tres) del nuevo desorden mundial.
Las presas más fáciles siempre son muchachas y muchachos occidentales que viajan a zonas de guerra, Estados fallidos u otras zonas peligrosas del planeta: jóvenes e inexpertos, quieren ver mundo, informar de las atrocidades que en él se cometen y arreglarlo, y sueñan con convertirse en periodistas freelance o en cooperantes humanitarios.
Un negocio de humo y espejos. Estados Unidos y el Reino Unido afirman que pagar rescate alimenta el negocio de los secuestros por parte de grupos terroristas. Aseguran, por ejemplo, que, en el caso de Estado Islámico, esos rescates constituyen una importante fuente de ingresos para el Califato. Ahora bien, de aquellos veinticinco rehenes retenidos por Estado Islámico, un 67 por ciento fueron puestos en libertad previo pago de rescates que sumaron un total de entre 60 y 80 millones de euros. Y, bien mirado, eso no es mucho dinero para una organización que se ha transmutado en un Estado y que, como tal, grava diariamente con tributos a una población de unos ocho millones de personas. Lo que sucede es que ese dinero recaudado por la mencionada industria auxiliar a partir de personas como yo que actuamos en representación de las familias, y de gobiernos que pagan mientras llevan a cabo las negociaciones, supone un fuerte incentivo para que los lugareños apoyen a la industria de los secuestros.
Fotoperiodistas, cooperantes, guerreros del yihadismo: todos han sido atraídos hacia una trampa fenomenal que los ha despojado de su libertad, de su identidad e, incluso, de la vida misma. Han sido manipulados por adultos en Occidente o en el mundo musulmán: por directores de periódicos interesados en comprar sus fotos y sus reportajes por pocos dólares; por predicadores que utilizan el Califato para buscar la fama personal; y por políticos que tratan de minimizar el fracaso político de la globalización y ocultar así los errores de las políticas occidentales. Se les ha inducido a creer que sus irresponsables actos serían valorados y harían de ellos mejores personas (y harían del mundo un lugar mejor).

En 2015, 1,8 millones de personas entraron ilegalmente en la Unión Europea, una cifra que no hará más que aumentar en el futuro más o menos inmediato. En el verano de ese año, se hizo evidente la conexión entre el secuestro de extranjeros y el tráfico de migrantes. Como bien admitió el director de la Europol, «el 90 por ciento de los migrantes que llegan a Europa lo han hecho ayudados por alguna organización delictiva». De ahí la decisión tomada en la primavera de 2016 de crear el Centro Europeo contra el Tráfico de Migrantes (EMSC por sus siglas en inglés) con la misión de desmantelar esas redes ilícitas.
Los europeos están sencillamente abrumados por el mayor éxodo acaecido desde los tiempos de la segunda guerra mundial, un negocio que genera más de mil millones de euros al año que van a parar a una nebulosa de bandas locales de delincuentes. Fuera de las fronteras de la Unión Europea (UE), una serie de pequeños grupos delictivos y yihadista-delictivos suministran su diaria mercancía humana a los traficantes que operan en aguas o en suelo de la UE. Esas bandas se embolsan sumas de dinero similares a las que recaudan sus homólogos europeos.
Asimismo, antes de conceder una licencia para usar sus costas, Estado Islámico realiza una comprobación de la identidad de cada traficante y verifica que haya cumplido con el precio fijado para la travesía. Eso significa que a los traficantes no se les permite cobrar a los migrantes una tarifa superior a la establecida por el ISIS. Por eso, navegar bajo la supervisión de Estado Islámico se ha convertido en una especie de garantía de calidad para los migrantes. A razón de 1.600 dólares por persona, lo cierto es que cruzar por territorio controlado por el ISIS resulta más caro que efectuar la travesía desde las costas orientales de Libia, pero el viaje es más seguro. El ISIS no solo cobra precios más altos por usar sus rutas, sino que también exige a los migrantes el requisito de asistir a un cursillo de sharia de una semana de duración para que se les conceda el salvoconducto. El ISIS aprovecha así los flujos migratorios para hacer proselitismo de su credo.

Lejos de considerarlo desde su vertiente de tragedia humana, para muchos dirigentes europeos el mayor éxodo acaecido desde la segunda guerra mundial es un bumerán político que se cierne de vuelta sobre ellos a toda velocidad, un bumerán que derribará a quienes encuentre a su paso en su trayectoria de regreso. No se divisa ninguna solución fácil en el horizonte. Poner fin a la campaña de bombardeos en Siria solo serviría para dar a Rusia mayor poder de cara a fortalecer el régimen de Asad, lo que no detendría la hemorragia de población siria que abandona sus hogares. Abrir las fronteras se ha demostrado una medida desastrosa debido al enorme número de refugiados y migrantes que entran entonces en Europa. Y la única solución posible que se le ha ocurrido a la UE es hacer lo que hicieron Berlusconi y Prodi: frenar a los migrantes en las puertas de Europa con la ayuda de una nación amiga, Turquía. ¿Hará Erdogan para la Unión Europea lo que Gadafi hizo para Italia y la UE hasta hace muy pocos años? Turquía pide dinero y un estatus de colaboración privilegiada, que incluye la anulación del requisito de visado de entrada en la Unión Europea para los ciudadanos turcos, como preludio de un posible ingreso futuro en la UE.
Los migrantes quedarán bloqueados dentro de Turquía y confinados en campamentos de refugiados donde se criará la próxima generación de secuestradores, yihadistas y delincuentes. El Califato hallará en esas agitadas aguas un abundante caladero de futuros guerreros.

Lo que había inclinado la balanza de los votos británicos hacia el brexit no había sido la caótica forma que Bruselas había tenido de manejar toda una serie de crisis económicas a lo largo de los últimos años, ni la obsesión de los euroburócratas por las reglas y las regulaciones, sino lo mal que habían gestionado las autoridades europeas el éxodo de refugiados desde África, Oriente Próximo y Medio, y el Asia central. El bando de los partidarios de la permanencia tuvo la mala suerte de que la crisis de los refugiados estallara en el verano de 2015. Enseguida se convirtió en el tema central de las críticas contra Bruselas. Los líderes de la campaña a favor del brexit criticaron con fuerza que se hubieran abierto súbitamente las fronteras sin contar antes con una estrategia adecuada a propósito de cómo absorber a los migrantes. Y se opusieron con más vehemencia si cabe al acuerdo cerrado más tarde con Turquía, pues afirmaban que terminaría dando a la población turca el derecho a entrar en el Reino Unido sin necesidad de visado.
El brexit solo es la punta del iceberg. La popularidad en aumento de ciertos grupos derechistas, la vuelta de la xenofobia y el racismo, el restablecimiento de las fronteras, los llamamientos al proteccionismo: todos son síntomas de un malestar que se está propagando por todo el mundo occidental. En los años venideros, tal vez seamos testigos de la llegada de una nueva clase política dirigente que apele a un deseo de cerrar heridas y fracturas.
Mientras ese sea el panorama vigente, los mercaderes de personas continuarán haciendo su agosto traficando con mujeres y hombres desesperados hasta las puertas de las fortalezas occidentales, un negocio que, a su vez, seguirá financiando al yihadismo tanto dentro como fuera de las flamantes nuevas murallas que vayamos erigiendo.

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A book of maximum actuality, with some opinions that can be controversial. Throughout the pages the origin of kidnappings of cooperators, journalists and tourists by Al Qaeda of the Islamic Maghreb and the relationship that this genesis had with drug trafficking is dissected. Then, it focuses on the area of ​​Somalia and its pirates, to move on to what happens in Syria, mainly with ISIS. According to the author, most of the kidnapped are not heroes, but impulsive young people, with a well-meaning naivete or inconceivable imprudence. And it makes it clear that all liberation is paid with money from the public treasury, so that naivety or imprudence end up being a burden for the whole society. This writer is very interesting to me.
Loretta Napoleoni has done it again… I’ve been following her work for some time now, previously she’s managed to demystify capitalism in China and through her I’ve gained insights into the rise and prevalence of ISIL, this time around she’s unpacked the little known phenomenon of trafficking human beings. I think we’ve known that wars always have human collateral but this time we’re taken behind the scenes and hear first hand accounts from aid workers, former hostages and also the people and organisations who work so tirelessly to free citizens from captivity.

Terrorism and the exodus of refugees have been linked to the civil war in Syria and the rise to power of Islamic State, two extremely tragic events. But this does not stop being a simplistic interpretation of what, in the end, is a phenomenon of extreme complexity.
In fact, the fall of the Berlin Wall and the so-called «war on terror» are factors common to many of the events that the media has been reporting during this last decade.
After 1989, the destabilization of the Sahel and the Horn of Africa caused the collapse of regimes held until then by the United States or the Soviet Union, and in that anarchic vacuum, crime and jihadism flourished. In Somalia, for example, the kidnapping of foreigners became an important source of income.
The false sense of security that accompanied globalization and the end of the cold war.
The US law known as the «Patriot Act» had prompted the cartel of Colombians to form joint ventures with Italian organized crime to launder their drug revenues in Europe and Asia and to find new routes to bring cocaine to the Old Continent. Venezuela, the infamous Gold Coast of West Africa (from where most of the slave shipments to America historically departed) and the Sahel became key areas of transshipment of that illegal trade.
The African traffickers did not take long to take advantage of this business by transporting cocaine to other countries. Gao, in Mali, became its main center of operations. From Gao, cocaine traveled across the Sahara to the Mediterranean coasts of Morocco, Algeria and Libya. From there, a whole fleet of small boats carried the drug to Europe.
In 2003, a group of former members of the Algerian Armed Islamic Group (GIA) involved in the Trans-Saharan traffic decided to diversify their activity and kidnapped thirty-two Europeans in Mali and southern Algeria. The hostages were transported by smuggling routes that crossed the Sahara to camps located in northern Mali. The European governments then paid juicy ransoms to recover their citizens, large enough that they could finance a new armed group: Al Qaeda in the Islamic Maghreb (AQIM).

Since 9/11, the number of kidnappings has multiplied exponentially at the same rate as the sums demanded as a ransom. In 2004, 2 million dollars were enough to free a western hostage in Iraq. Currently, more than 10 million can be paid for that same purpose.
Today we know how badly the pretense of exporting Western democracy to all corners of the global village has come out. Since the fall of the Berlin Wall, the world has become a much more dangerous place, not only for North Americans and Europeans, but also for Asians, Africans and Latin Americans, millions of whom have been forced to convert themselves into labor migrant and in economic refugees.

Until the attack on the Twin Towers, the bulk of net drug revenue worldwide was laundered in the United States in dollars from that country. Since 80 percent of those benefits were in cash (denominated in the mentioned currency), the money had to be physically transported to the United States. The main entry point were entities and screen banks based in tax havens of the Antilles. The Patriot Act made this process very difficult (not to say it made it impossible). For example, US or US-registered banks could no longer do business with banks in tax havens (Caribbean, for example). In addition, the new legislation gave the North American monetary authorities the right to supervise all transactions in dollars made anywhere in the world. In particular, it became a criminal offense for a US (or foreign, but US-registered) bank to not alert the US monetary authorities to any suspicious transactions in dollars it detected at any point on the planet.
It is not difficult to understand, then, why the Patriot Act represented a very hard setback for the Colombian drug cartel. However, the key problem was not so much how to wash the dirty profits obtained from the sale of cocaine in the United States, how to wash them in dollars anywhere else in the world and how to transfer those funds from one country to another without alerting to the US monetary authorities.
The solution to this problem would come from an Italian immigrant living in Colombia, Salvatore Mancuso. As head of the United Self-Defense Forces of Colombia (AUC), a Colombian paramilitary terrorist organization, Mancuso interceded to close a pact between the cocaine cartel and Calabrian organized crime, the «Ndrangheta.»

«The true scale of the growing links between the jihadists and the Latin American cartels became evident when military sources reported the location of a Boeing 727 burned in the middle of the Mali desert in 2009. The plane had been loaded with cocaine and other products from contraband in Venezuela, had been piloted to the other side of the Atlantic, had crashed in the desert and had been burned to eliminate evidence ».
Between 2003 and 2004, the hunting season abroad began in earnest, a season that was migrating from one country to another, year after year, and which will continue to do so as long as the rescues do not stop arriving. Cooperators and employees of the UN have been the most precious pieces, but it did not take long for any individual who was a holder of a Western passport to be considered a valuable target as well.

Between 2003 and 2004, the hunting season abroad began in earnest, a season that was migrating from one country to another, year after year, and which will continue to do so as long as the rescues do not stop arriving. Cooperators and employees of the UN have been the most precious pieces, but it did not take long for any individual who was a holder of a Western passport to be considered a valuable target as well.
At the beginning of the millennium, for example, Mali was not only the preferred place for the kidnappers to hide their hostages, but it had also become a key transshipment point for the traffic of that other human merchandise trying to reach Europe. . Almost all the caravans of illegal migrants that left towards the Old Continent passing through Libya left Mali. Some of them were organized by AQIM katibas, but the migrants could not distinguish between common smugglers and jihadists from criminals.
With such a backdrop, entering the 21st century, the Sahel was a world ravaged by poverty and crime, a terrain more than fertilized for jihad. Hence, the rivalry between Belmojtar and Abu Zeid could be much more than personal and was due rather to the clash between two opposing ways of conceiving the immediate future of that part of the world and the role of organizations such as AQMI. For Abu Zeid, the destabilization of the Sahel was a step in the performance of AQIM’s main task: to light the wick of jihad for the construction of the Caliphate. Kidnapping Westerners was not a business, but a way to weaken the distant enemy (the West) and to finance jihad.

In 2007, a delegation of Frontex, the European Union agency founded in 2004 to manage cooperation between national border police, organized a mission to Libya that visited Kufra. When, a few years later, one of those who had been detained in that detention camp asked the president of Frontex if he knew the conditions of the migrants there, he said he was not very familiar with the situation in that center, but that heard that «there was room for improvement».
Frontex’s work includes detecting and curbing illegal immigration, human trafficking and terrorist infiltration; however, it is clear from his 2007 annual report that he had not discovered or denounced the Libyan gulags. Instead, the Frontex delegation wrote the following about Kufra: «During the visit to the southern region of Libya, the members of the delegation had the opportunity to appreciate the extent and diversity of the desert; no European region is comparable ». It is evident that those visitors had not crossed the Sahara desert inside a container.

The business model of piracy is deliberately structured in such a way that it forces its «private soldiers» to seek their fortune by hacking again at sea. It has also turned piracy itself into a national industry with which a large number of subsidiary businesses are financed in Somalia. The UN estimates that, from April 2005 to December 2012, piracy generated between 350 and 420 million dollars in the Horn of Africa.
In 2006, 188 people were taken hostage; in 2009, the figure reached 1,050, and in 2010, it was 1,181. Parallel, the bailouts paid went from hundreds of thousands of dollars in 2006 to an average of 5 million per operation in 2011. In 2011, piracy was the second largest source of income in Somalia, contributing to the country’s economy. of 200 million dollars a year, only behind the remittances of the Somali diaspora distributed throughout the world, totaling an estimated sum of 1,000 million dollars a year.
It is not surprising, then, that the Somali pirates felt that their activities were perfectly justified and called themselves badaadinta badah, or «saviors of the sea» (an expression often translated as «coastguard»), and do not bacuse badeed, which is like You would say «pirate» in Somali.
According to the United Nations and the World Bank, Somali pirates have maintained ties with the diaspora of their country since the very beginning of the phenomenon of ship hijacking. During an investigation into the issue, the UN Monitoring Group for Somalia and Eritrea detected «multiple financial transactions between Somali pirates and individual members of the Somali diaspora connected with a whole series of cases of ship hijacking.» Several North American, African, Asian and European banks are involved in accepting deposits of funds «related to cases of maritime piracy and kidnappings with a demand for rescue off the coast of Somalia,» as can be read in a World Bank report on the piracy.

The bloody response of Bashar al-Assad to the Arab Spring of 2011 uncovered the box of thunder of political violence in Syria. Organized crime and the sponsors of the subsidiary war that broke out there fueled the proliferation of armed groups and criminals disguised as insurgents. Soon, criminal jihadism proliferated without control in that corner of the world and, from the first moment, kidnappings were one of its main illegal activities.
Rescues ended up becoming one of the main sources of funding for the Al Asad regime, especially in the north, in areas where rebels and jihadists fought door to door against forces loyal to Damascus. The main target of kidnappings? The Syrian population itself.

The end of the cold war and globalization are responsible for this crisis. Kidnappings have exploded in two large areas of the world: where the state is falling apart and where exceptionally strong economic growth is taking place (in China, for example). It can be said that what fuels the hostage-taking industry is political anarchy as well as economic prosperity, accompanied, of course, by greed, the main characteristics (all three) of the new world disorder.
The easiest prisoners are always western girls and boys who travel to war zones, failed states or other dangerous areas of the planet: young and inexperienced, they want to see the world, report the atrocities that are committed and fix it, and dream of becoming in freelance journalists or in humanitarian aid workers.
A business of smoke and mirrors. The United States and the United Kingdom claim that paying ransom feeds the business of kidnappings by terrorist groups. They claim, for example, that, in the case of the Islamic State, these ransoms constitute an important source of income for the Caliphate. However, of those twenty-five hostages held by Islamic State, 67 percent were released after payment of ransoms that amounted to a total of between 60 and 80 million euros. And, well, that’s not much money for an organization that has transmuted into a state and, as such, taxes daily a population of about eight million people. What happens is that the money raised by the aforementioned auxiliary industry from people like me who act on behalf of the families, and from governments that pay while they carry out the negotiations, provides a strong incentive for the locals to support the kidnapping industry.
Photojournalists, cooperators, warriors of jihadism: all have been attracted to a phenomenal trap that has stripped them of their freedom, their identity and, even, of life itself. They have been manipulated by adults in the West or in the Muslim world: by newspaper editors interested in buying their photos and their reports for a few dollars; by preachers who use the Caliphate to seek personal fame; and by politicians who try to minimize the political failure of globalization and thus hide the errors of Western policies. They have been led to believe that their irresponsible acts would be valued and make them better people (and make the world a better place).

In 2015, 1.8 million people illegally entered the European Union, a figure that will only increase in the more or less immediate future. In the summer of that year, the connection between the kidnapping of foreigners and the smuggling of migrants became evident. As the director of Europol admitted, «90 percent of migrants arriving in Europe have done so helped by some criminal organization.» Hence the decision taken in the spring of 2016 to create the European Center against Migrant Trafficking (EMSC) with the mission of dismantling these illicit networks.
Europeans are simply overwhelmed by the biggest exodus that has occurred since the Second World War, a business that generates more than a billion euros a year that ends up in a nebula of local criminal gangs. Outside the borders of the European Union (EU), a series of small criminal and jihadist-criminal groups supply their daily human merchandise to traffickers operating in waters or on EU soil. These bands pocket sums of money similar to those collected by their European counterparts.
Also, before granting a license to use its costs, Islamic State carries out a verification of the identity of each trafficker and verifies that he has complied with the price set for the crossing. This means that traffickers are not allowed to charge migrants a rate higher than that established by ISIS. Therefore, sailing under the supervision of the Islamic State has become a kind of guarantee of quality for migrants. At the rate of 1,600 dollars per person, the fact is that crossing through territory controlled by ISIS is more expensive than crossing from the eastern coasts of Libya, but the trip is safer. ISIS not only charges higher prices for using its routes, but it also requires migrants to attend a one-week sharia course to be granted safe passage. ISIS thus takes advantage of migratory flows to proselytize its creed.

Far from considering it from its aspect of human tragedy, for many European leaders the biggest exodus that has occurred since the Second World War is a political boomerang that looms back on them at full speed, a boomerang that will knock down those it finds in its path. return path. There is no easy solution on the horizon. Putting an end to the bombing campaign in Syria would only serve to give Russia greater power in order to strengthen the Assad regime, which would not stop the hemorrhaging of the Syrian population leaving their homes. Opening borders has proved disastrous due to the huge number of refugees and migrants who enter Europe at that time. And the only possible solution that has occurred to the EU is to do what Berlusconi and Prodi did: stop migrants at the gates of Europe with the help of a friendly nation, Turkey. Will Erdogan do for the European Union what Gaddafi did for Italy and the EU until very recently? Turkey is asking for money and a status of privileged collaboration, which includes the cancellation of the visa requirement for entry into the European Union for Turkish citizens, as a prelude to possible future entry into the EU.
Migrants will be blocked inside Turkey and confined in refugee camps where the next generation of kidnappers, jihadists and criminals will be raised. The Caliphate will find in these agitated waters an abundant fishing ground for future warriors.

What had tipped the balance of the British votes towards the Brexit had not been the chaotic way that Brussels had had to handle a whole series of economic crises over the past few years, nor the obsession of Eurobureaucrats for rules and regulations. regulations, but how badly the European authorities had managed the exodus of refugees from Africa, the Near and Middle East, and Central Asia. The camp of supporters of the permanence had the bad luck that the refugee crisis broke out in the summer of 2015. It soon became the central theme of the criticism against Brussels. Campaign leaders in favor of brexit strongly criticized the fact that borders had suddenly opened up without first having an adequate strategy on how to absorb migrants. And they vehemently opposed the agreement concluded later with Turkey, since they claimed that it would end up giving the Turkish population the right to enter the United Kingdom without a visa.
Brexit is only the tip of the iceberg. The increasing popularity of certain rightist groups, the return of xenophobia and racism, the reestablishment of borders, the calls for protectionism: all are symptoms of a malaise that is spreading throughout the western world. In the years to come, we may witness the arrival of a new ruling political class that appeals to a desire to close wounds and fractures.
While that is the current scenario, the merchants of people will continue making their August trafficking with desperate women and men to the gates of the western fortresses, a business that, in turn, will continue to finance jihadism both inside and outside the brand new walls that we are erecting.

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