El Barón Rojo (Manfred Von Richthofen) — J.Eduardo Caamaño / Manfred Von Richthofen (A Biography Of The Most Famous Pilot In The Great War) by J.Eduardo Caamaño

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Magnífico libro, un personaje histórico participante de la I Guerra Mundial que todo el mundo reconoce, ese es sin duda Manfred von Richtofen, más conocido como el Barón Rojo. Pero reconocer no significa conocer, ya que el mito ha superado a la persona de carne y hueso que logró convertirse en el piloto más exitoso de ese conflicto.
Caamaño tiene una de las biografías más completas dedicadas jamás a este noble prusiano veinteañero. El tomo en cuestión impresiona por sus dimensiones. Alguien se puede preguntar ¿cómo es posible hablar tanto de alguien que murió a los 25 años? Aunque el investigador centre la obra en este personaje, dedica mucho esfuerzo a contextualizar su figura y importancia en un periodo tan complejo como aquel.

El libro tiene tres registros:
1. Retrato de una época y de un conflicto.
2. Perfil de von Richtofen y desglose de cada una de las ochenta victorias que tuvo.
3. Información técnica de los principales aviones de ambos bandos.

El lenguaje utilizado por Caamaño es riguroso pero ameno. Se nota su preocupación por aligerar el texto de aquellos elementos más especializados. Así, el ensayo se queda a medio camino entre la mera divulgación y un texto universitario, por lo que puede satisfacer tanto al neófito como al experto.
Los dibujos de perfiles de aviones son abundantes y excelentes, pero me hubiese gustado que el apartado fotográfico hubiera sido más extenso y representativo.
En resumen, se trata de un libro que recomiendo a todo interesado en la Gran Guerra y en lo que supuso el inicio de la aviación militar.

En las batallas emprendidas en la Primera Guerra Mundial estaba muy extendida la costumbre entre los soldados de coger cualquier objeto que perteneciera al enemigo caído como si de un trofeo de caza se tratara. En la mayoría de los casos, sus víctimas eran soldados comunes, que solían llevarse ítems de escaso valor. A veces la suerte permitía abatir a un teniente o capitán, mejorando sustancialmente la posibilidad de obtener un botín más interesante. La presa del día era un piloto de combate y su avión ofrecía toda una gama de premios apetecibles: las aspas de su hélice, el motor, un instrumento del panel o incluso las ametralladoras podrían ser piezas muy bien cotizadas por los «cazadores de trofeos».
24 horas después, los miembros del Cuerpo Aéreo Australiano se alineaban en dos filas paralelas para rendir honores al difunto, con sus fusiles invertidos en señal de respeto. Finalizada la ceremonia, los soldados británicos del 3.° escuadrón clavaron en la tierra una cruz improvisada, hecha con las aspas de la hélice de un avión RE.8 que llevaba en su centro un plato de metal, cuya inscripción indicaba el nombre y la edad del fallecido. Sobre la tierra húmeda, que ahora cubría el ataúd, fueron depositadas tres grandes ofrendas florales de distintos regimientos de la fuerza aérea británica y una placa con el epitafio: Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero hombre de honor. Que descanse en paz.
Así terminaba la épica trayectoria de Manfred von Richthofen, un caballero del aire, considerado el piloto más destacado de la aviación militar de todos los tiempos. Ha pasado casi un siglo desde que se presenció por primera vez el uso de aviones como apoyo en las batallas terrestres y todavía ningún otro piloto ha logrado alcanzar la leyenda del Barón Rojo. Le llamaban así por su origen aristocrático, pero sobre todo por una curiosa razón: estaba tan confiado en la victoria y en su destreza que, en un momento dado, se le ocurrió pintar su avión con un llamativo color rojo; parecía querer provocar a sus enemigos para derribarle. Fueron muchos los que lo intentaron y acabaron perdiendo sus vidas en el propósito.

Los Richthofen eran, en su mayoría, gente del campo, en realidad terratenientes, dueños de grandes propiedades rurales. Sus integrantes formaban parte de una antigua estirpe y muchos de sus antepasados se habían dedicado a la cría de ovejas y a la explotación de sus tierras en la región de la Silesia, incorporada al imperio germánico en 1355 por orden del emperador Carlos IV.
Gracias a la documentación conservada por la asociación de la familia Richthofen —Familienverband von Richthofen— en Alemania, es posible detallar alguna información acerca del origen de su clan. El registro más antiguo del que se tiene constancia se remonta al siglo XVI, cuando Alemania se denominaba «Sacro imperio Romano Germánico».
En el escudo heráldico del apellido Richthofen se puede apreciar como elemento principal la figura de un juez con su toga negra sentado en la Richterstuhl (como es llamada en alemán la silla del juez). A mediados del siglo XVII, la familia Richthofen había extendido sus ramas familiares, esparciéndose por toda la región de Silesia, sobre todo en los distritos de Striegau, Jauer, Liegnitz y Schweidnitz.
En 1740 estalló la guerra de sucesión austriaca, a raíz de la muerte del emperador Carlos IV. El clan Richthofen, haciendo uso de su influencia, apoyó incondicionalmente al rey Federico II de Prusia en su plan de anexar la región de Silesia, perteneciente al sacro imperio romano germánico. En reconocimiento a sus esfuerzos, el 6 de noviembre de 1741, el rey prusiano elevó a los integrantes de la familia Richthofen al título nobiliario de barón. A partir de entonces, todos los varones de la familia Richthofen recibirían el título de Freiherr (barón) y sus mujeres Freifrau (baronesa).

El año de 1914 llegaba a su fin, dando paso al invierno y echando por tierra la esperanza de que aquel terrible conflicto, que ya se había cobrado su primer millón de bajas en tan solo tres meses, estuviera resuelto antes de la llegada del año nuevo.
Las primeras campañas de la Primera Guerra Mundial dejaron a la caballería en un segundo plano, al verse anulada ante el poder del fuego de los poderosos cañones modernos. Los mandos de ambos lados ordenaron entonces la presencia de centenares de globos de observación, pero su alcance era muy restringido. La única forma de romper la línea enemiga fue mediante el uso de aviones que tuvieron que enfrentarse a la resistencia de sus propios generales, al no dar crédito a las prestaciones de aquel novedoso aparato. No obstante, los primeros pilotos que osaron desafiar el estilo de guerra convencional, lograron obtener excelentes resultados y en algunas ocasiones llegaron incluso a cambiar el rumbo de la guerra.
El 11 de noviembre, bajo la nieve, los alemanes libraron más una batalla «también victoriosa» contra los rusos en Lodz, obligándoles definitivamente a retirarse del frente oriental. Lothar von Richthofen participó de esta batalla, donde perdió a un primo, Siegfried von Richthofen, que se encontraba en una posición más avanzada. El crudo invierno de 1914 impuso una cierta ralentización en las hostilidades.
Los fusiles y ametralladoras dieron paso a miles de palas y picos que cavaban el helado y devastado terreno del frente occidental, dando inicio a una compleja red de centenares de kilómetros de trincheras. Con ambos bandos atrincherados y sin posibilidades de avanzar, los generales pusieron su atención en las labores de reconocimiento aéreo, vitales para la planificación de las movilizaciones que se pondrían en marcha en 1915.

Uno de los primeros esfuerzos en introducir el avión en combate se dio lugar en Italia, en 1910, con la fundación de la primera escuela militar de vuelo que se conocía hasta entonces, situada en la ciudad de Centocelle. El primer piloto italiano certificado por la escuela de Centocelle fue el teniente Mario Calderara, que fue entrenado por el mismísimo Wilbur Wright. Los italianos supieron sacar partido de esta nueva arma en la guerra turco-italiana en 1911, al emprender la primera misión de reconocimiento aéreo de que se tiene noticia, el día 23 de octubre, cuando el capitán Cario Piazza pudo observar los movimientos del ejército turco en la ciudad de Benghazi, a bordo de un Blériot XI.
La «pesadilla» de las ametralladoras frontales fue finalmente resuelta por los Aliados a finales de 1915, cuando el Real Cuerpo Aéreo logró desarrollar un mecanismo de disparo sincronizado eficiente, el Vickers-Challenger, mientras el Escuadrón Naval (RNAS) presentaba su propio sistema, el Scarff-Dibovski, ninguno basado en el mecanismo de Fokker. El primer avión equipado con este dispositivo fue el Sopwith 1 ½ Strutter en abril de 1916. Los esfuerzos emprendidos en la búsqueda del caza de combate ideal culminaron con el desarrollo de una de las más magnificas máquinas de guerra, capaz de dar soporte a sus tropas y a la vez atacar a las líneas enemigas, llevando a cabo espeluznantes duelos acrobáticos a 5.000 metros de altitud.
Muchos pilotos morían en sus primeras misiones, a raíz de simples equivocaciones, como por ejemplo encontrarse mal posicionados, perseguir a su enemigo más allá de la prudencia o simplemente no saber qué hacer ante una determinada situación. El aviador de 1914 tenía un perfil más de aventurero que de soldado. Muchos eran amantes de la adrenalina y se alistaron en el servicio aéreo atraídos por la novedad de poder volar sobre los campos de batalla. Algunos eran chóferes y mecánicos militares que fueron convocados por su experiencia con vehículos motores, pero el grupo mayoritario estaba formado por pilotos civiles que habían aprendido a volar antes de la guerra; deportistas ricos y competitivos cuyo único interés era exhibirse ante las masas. Se hacía obligatorio establecer una metodología de combate que permitiera obtener alguna ventaja sobre el enemigo, minimizando el riesgo de ser abatido.
Richthofen empezó su carrera como piloto de combate con la misma ilusión de un joven jugador de fútbol que se estrena en la liga profesional. Tenía ganas de «cazar» aviones con sus nuevos compañeros, de derribar el máximo número de enemigos que pudiera, coleccionar recuerdos de sus victorias y contribuir en la causa de la guerra por Alemania. Pero, de alguna forma, la muerte cambiaría su carácter durante el transcurso de la guerra. La ilusión y la excitación de los primeros años se fueron convirtiendo en disgusto, frustración y tristeza. Tenía claro que, desgraciadamente, la muerte de su enemigo formaba parte del esfuerzo de la guerra y eso valía para ambos bandos. Era legítimo. Por otro lado, no le resultó fácil convivir diariamente con las historias de compañeros suyos que no volvían de las misiones, pues habían sido derribados y habían muerto. Richthofen perdió, a lo largo de la guerra, prácticamente a todos sus mejores amigos, era el precio a pagar por su destreza y capacidad de mantenerse vivo.
En los últimos tres meses de 1915, la presión ejercida por el «azote del Fokker» se hizo muy presente. Durante este periodo, un grupo de élite formado por tan solo nueve pilotos alemanes logró derribar 28 aviones franceses y británicos. La mitad bajo el fuego de las ametralladoras de Oswald Boelcke y Max Immelmann. Las dificultades impuestas por los alemanes forzaron a los británicos a replantearse sus estrategias de combate aéreo. Se hizo evidente que el Real Cuerpo Aéreo británico debería estar mejor coordinado y dotado con un mayor número de aviones y escuadrones. Un gabinete de crisis se instaló entre los altos cargos del mando aliado, obligándoles a poner en marcha un cambio radical en la organización de su fuerza aérea.

Boelcke puso en marcha una intensa rutina de entrenamientos para mejorar la puntería de sus pilotos, ensayar maniobras y aplicar en la práctica los procedimientos establecidos en un manual de combate de su propia autoría, llamado Dicta Boelcke, compuesto por ocho directrices básicas:
— Trate de obtener una posición ventajosa antes de atacar. Intente ponerse entre el sol y el enemigo.
— No interrumpa un ataque cuando lo haya empezado.
— No dispare hasta que el oponente esté cerca y enfilado.
— Mantenga siempre los ojos en su oponente y no se deje engañar por sus artimañas.
— En cualquier tipo de ataque, es esencial asaltar a su enemigo desde detrás.
— Si su oponente le ataca en picado, no intente evadir su ataque, vuele a su encuentro.
— Cuando esté sobre las líneas enemigas, no olvide su ruta de retirada.
— Al principio es mejor atacar en grupos de cuatro o seis aviones. Si la lucha se dispersa en duelos individuales, dos aviones jamás deberán emprender un ataque hacia el mismo oponente.
Boelcke también hizo hincapié en el buen uso de sus ametralladoras, que solían atascarse con relativa frecuencia, provocando la muerte de algunos pilotos que, imposibilitados de disparar a su oponente, se convertían en un blanco extremadamente indefenso.

Para Richthofen, el año de 1916 representó su consolidación como piloto de combate. Sus 15 victorias, cosechadas a lo largo de los últimos meses, le acercaban al selecto club de los galardonados con la Pour le Mérite. La Jasta Boelcke terminó el año sumando 86 combates a su favor, destacándose de otros escuadrones en número de Vitorias. Por otro lado, perdió nueve pilotos durante el mismo periodo, entre ellos a su mítico líder, Oswald Boelcke.
Durante casi todo el año de 1916 la supremacía de los cielos estuvo del lado de los alemanes, a pesar de los relevantes avances obtenidos por las fuerzas aliadas durante el verano, tras la llegada de una nueva generación de aviones compuesta por los veloces Bristol, Nieuport y DH2. Estos aparatos fueron capaces de barrer a los alemanes de sus líneas durante las batallas de Verdún y del Somme, proporcionando a sus escuadrones la libertad que necesitaban para llevar a cabo sus misiones sin ser atacados.
No obstante, el péndulo volvería súbitamente a favor del lado contrario. En pocas semanas, Alemania recuperaría su ventaja, gracias sobre todo a la organización de sus unidades de combate, llamadas Jastas, concebidas para formar un grupo de 14 aviones liderados por un piloto de experiencia comprobada.
A finales de 1916 las hostilidades en el cielo se vieron afectadas por el crudo invierno, que registraba las más bajas temperaturas desde hacía muchos años. En las trincheras, enfermedades como la fiebre y la disentería no cedían, incrementando alarmantemente el número de bajas mortales en todo el frente. A pesar de todas las inclemencias provocadas por el frío y por las enfermedades, los bandos contrincantes seguían atacándose mutuamente con pesado fuego de artillería. El intercambio de bombas desde las trincheras estaba generando una onda de estrés entre los soldados, obligando a los mandos a planificar grandes ofensivas con el objetivo de salir del punto muerto y poner el fin a una guerra que ya se había extendido demasiado.

Manfred von Richthofen fue un tipo de piloto que durante toda la guerra quiso dar todo de sí, fuese por la causa alemana, o fuese simplemente por satisfacer su instinto de cazador, quizá el rasgo que mejor defina su carácter. Los pilotos alemanes mantuvieron entre ellos una competición explícita, buscando acumular las victorias que les permitiesen superar el palmarés de su gran rival, Richthofen. Algunos lograron acercarse, pero murieron en el intento, como fue el caso de Erich Löwenhardt (56 victorias) o Werner Voss (48 victorias), un gran amigo de Richthofen. En otros casos, la guerra terminó antes, como fue el caso de Ernst Udet, el piloto alemán que más cerca estuvo de superar a Richthofen. Udet logró sobrevivir a la guerra, pero Alemania firmó el armisticio algunas semanas después de haber sumado su 62.ª victoria.
El «olimpo» del combate aéreo —formado por pilotos con más de 70 victorias— se resume en tan solo tres hombres: un francés, un canadiense y un alemán. Sin embargo, solo un piloto logró subir al puesto más alto del pódium, Manfred von Richthofen, con 80 victorias acreditadas.

A finales de octubre, Richthofen terminó su libro y lo envió al departamento de prensa de la fuerza aérea. Antes de su publicación, sus escritos tuvieron que pasar por una severa revisión (en otras palabras, censura), que culminó con la modificación de algunos párrafos e incluso la eliminación de algunas partes. El libro fue entonces publicado con el título Der Rote Kampfflieger (El piloto de combate rojo). Su primera edición salió al público con una tirada de 500.000 ejemplares. Tenía 185 páginas y llevaba una cubierta de color amarillo, cuyo diseño representaba un victorioso Fokker triplano rojo dejando detrás un espeso penacho de humo negro expulsado por su enemigo recién abatido.
Der Rote Kampfflieger fue ampliamente distribuido a las tropas de casi todos los frentes. Algunas de las partes del libro alababan el valiente esfuerzo de aquellos hombres que se involucraban en salvajes combates aéreos, sacrificando sus vidas por Alemania. Además, había una intención de mejorar la imagen de los pilotos frente a los soldados de las trincheras. Es verdad que algunos pilotos eran vistos como héroes.
El año de 1917 arrancó con la supremacía aérea de la Luftstreitkräfte en el frente occidental, gracias sobre todo a la preparación de sus pilotos y la reorganización de sus escuadrones, que empezarían a actuar de forma combinada, llevando al cielo formaciones robustas de hasta 60 aviones que se concentraban en las zonas críticas del conflicto. Los alemanes contaban además con una serie de procedimientos de combate exhaustivamente probados por sus escuadrones y debidamente inculcados a los pilotos. En tierra, el ejército alemán se mantuvo a la defensiva durante todo el año de 1917, buscando preservar sus fuerzas para la puesta en marcha de una (si no la mayor) ofensiva de la guerra, que sería llevada a cabo en la primavera de 1918. Por su parte, la fuerza aérea francesa llevó a cabo una serie de misiones aéreas de carácter preventivo, solamente para mantener el terreno recuperado. Por encima de todo, 1917 fue el año del ascenso de los británicos, que en enero contaban con 717 aviones y 39 escuadrones. Al terminar el mes de diciembre, este número se incrementó hasta los 997 aviones y 54 escuadrones, a pesar de la masacre infligida por los alemanes durante el mes de abril, cuando el Real Cuerpo Aéreo británico perdió 275 aviones y sufrió 421 bajas, de las cuales 207 fatales, lo equivalente a una muerte cada 92 horas. No obstante, después de haber sufrido este duro revés, su poder aéreo fue experimentando un crecimiento progresivo, tanto en número como en calidad de sus aviones y pilotos. Fueron introducidos en el frente aviones de desempeño superior al de los alemanes, como el F2b Bristol, el DH4, el SE.5a y el Sopwith Camel que ayudarían en la consolidación del dominio del espacio aéreo en 1918.
El año de 1917 llegaba a su fin y Richthofen había conseguido todo lo que se propuso, incluido el respeto y la admiración, no solo de sus pilotos, sino también de sus enemigos. Richthofen buscó respetar a cada uno de sus contrincantes caídos, aunque no dejó de cumplir el ritual de todo cazador profesional: recoger partes de su «presa» como trofeo de combate, anotar sus victorias, hacer sus propias estadísticas e intentar ser el mejor de aquella competición bélica y mortal. A pesar de tratarse de un hábito un tanto macabro, ya no le quedaba otra «afición». Richthofen no era amante de la música y no tenía mucha paciencia para la lectura.

El 23 de abril, aviones de la RAF arrojaron pequeños envoltorios sobre las líneas alemanas. Se trataba de botecitos que llevaban en su interior algunas fotos del cadáver de Richthofen y otra de su sepultura, acompañado de un mensaje cuyo contenido tiró por tierra todas las esperanzas de la JGl. El Barón Rojo había muerto.
Ya no había lugar para rumores o falsas esperanzas. La agencia Reuters distribuyó a todos los periódicos alemanes una nota de prensa confirmando los detalles acerca su muerte, provocando una inmensa conmoción en todo el país. La población, que ya no tenía esperanzas de ganar la guerra, tendría que asimilar una desgracia más. El general von Hoeppner, comandante general del servicio aéreo alemán, hizo público el siguiente comunicado:
«Rittmeister Freiherr von Richthofen ha caído tras un combate contra el enemigo. El ejército alemán ha perdido a su piloto más grande y a su amado líder. No obstante, seguirá siendo el héroe del pueblo alemán por quien ha luchado y muerto. Su muerte representa una profunda herida para su geschwader y para todo el Servicio Aéreo.»
Las autoridades británicas proporcionaron a Richthofen un funeral completo, con derecho a coche fúnebre improvisado, cortejo, la presencia de un reverendo y muchas flores, un lujo que muchos ases británicos no tuvieron el honor de recibir. Algunas fuentes afirman que un comando aliado quería retribuir el honor que los alemanes habían rendido al piloto británico Albert Ball, muerto el combate el 7 de mayo de 1917. A pesar de la buena intención, la ceremonia organizada en honor al as alemán no se libró de las duras críticas de algunos medios de prensa británicos que ponían de manifiesto su indignación, argumentando que muchos pilotos ingleses caídos en combate a manos del propio Richthofen ni siquiera tuvieron la dignidad de recibir sepultura, siendo abandonados a su propia suerte en tierra de nadie.
No todo el mundo lamentó la muerte del Barón Rojo. El piloto y comandante del 74.° escuadrón británico, Mick Mannock se negó a levantar su copa para saludar al as alemán caído. Quienes estaban con él afirman que llegó a decir: «Espero que el muy cerdo haya ardido todo el camino». No era ningún secreto que Mannock sentía un odio muy profundo por los alemanes.

Las circunstancias que culminaron con la muerte de Manfred von Richthofen han levantado mucha controversia durante décadas tras el fin de la Gran Guerra. Pasados casi 100 años de este trágico suceso, todavía hay mucha especulación acerca de la identidad del autor del disparo que puso punto y final a su voraz carrera. Sin embargo, nadie hasta entonces fue capaz de dilucidar con absoluta precisión los acontecimientos ocurridos aquel fatídico 21 de abril de 1918.
El desenlace de su último combate, y posterior caída, puede ser dividido en dos partes: la primera, cuyos detalles son más fáciles de aclarar, es ampliamente aceptada por los historiadores: el teniente Wilfrid «Wop» May del 209.° escuadrón británico emprendía un vuelo desesperado hacia sus líneas mientras intentaba escapar del mortífero fuego de las ametralladoras Spandau de Richthofen. Mientras tanto, el capitán Roy Brown se encontraba pocos metros detrás del avión del Barón Rojo, buscando una posición favorable para interrumpir su cacería.
Visiblemente acorralado, el as alemán intentó llevar a cabo un par de maniobras evasivas sobre el terreno, hasta que finalmente aterrizó en un campo de remolachas situado en la carretera de Corbie-Bray, gravemente herido por un disparo fortuito.
Este suceso tuvo una duración de muy pocos minutos y seguramente pilló a todos los involucrados por sorpresa, sobre todo los que se encontraban en tierra. En una fracción de segundo, miles de balas irrumpieron en el cielo, en medio de un caótico fuego cruzado entre varios cañones de artillería e infantería. Unas cuantas balas lograron agujerear el avión de Richthofen y una única bala le alcanzó el torso por el lado derecho. No hubo fotos ni vídeos registrando la escena. La única documentación disponible son los informes redactados por las distintas unidades desplegadas por la zona, algunos de contenido inverosímil, un claro intento de adjudicarse el derribo más relevante de los combates aéreos librados en todo el conflicto.
Además Richthofen había perdido los dientes incisivos centrales y laterales a raíz del impacto de su rostro contra el panel del Fokker. No obstante, tras ser cuidadosamente lavado, su apariencia en general mejoró considerablemente y su expresión se mantuvo serena, hecho comprobado por el propio capitán Brown, que tuvo la oportunidad de acercase al cadáver de Richthofen algunas horas antes de la llegada de los médicos.
El cadáver de Richthofen presentaba solamente dos orificios, uno de entrada y otro de salida, provocados por el mismo proyectil, del tipo spitzer, calibre 303, disparado por una ametralladora o fusil. El orificio de entrada se encuentra situado en el lado derecho del torso, aproximadamente a la altura de la novena costilla, mientras el orificio de salida se sitúa a un nivel ligeramente superior, aproximadamente dos pulgadas por encima del nivel del orificio de entrada (entre la quinta y la sexta costilla del lado izquierdo). El proyectil atravesó el torso de Manfred von Richthofen girando sobre su eje, creando una onda expansiva que perforó todos los órganos que encontró en su recorrido (hígado, pulmones y corazón).
El disparo fatal no podía haberse producido desde tierra», un claro respaldo a la reivindicación del 209.° escuadrón. En su artículo, «The Death of Manfred von Richthofen: Who fired the fatal shot?» («La muerte de Manfred von Richthofen: ¿quién realizó el disparo letal?).
El historiador Daniel. A. Martínez, consultor del canal Discovery Channel, cree que este misterio está lejos de llegar a una conclusión definitiva. Gran parte de las evidencias materiales fueron destruidas por los soldados australianos, ávidos por llevarse un recuerdo del barón y muchos de los testigos presenciaron fragmentos de lo ocurrido, desconociendo determinados detalles:
«No disponemos del arma ni tampoco tenemos el proyectil. Es decir, que no hay ninguna evidencia física para solventar este caso. Todo lo que sabemos es que no fue el Capitán Brown quien derribó Al Baron. Fueron los Artilleros Australianos.

1. SU MUERTE HA SIDO PROVOCADA POR UNA SUCESIÓN DE ACONTECIMIENTOS: que se clasifican en cinco hitos: (1) la fuga de «Wop» May hacia Bertangles; (2) la persecución de Richthofen; (3) los disparos de Brown hacia el Fokker de Richthofen; (4) la invasión del espacio aéreo aliado por parte de Richthofen; y (5) los disparos realizados por las distintas unidades de artillería e infantería australianas hacia el Fokker del barón. El resultado de toda esta secuencia de sucesos culminó con su muerte. Así que, a falta de un «culpable» que nos permita determinar con 100 % de seguridad el verdadero autor del disparo, la solución más razonable es considerar que la muerte de Richthofen fue el resultado de un esfuerzo conjunto. El Barón Rojo cayó abatido por un fortuito disparo, proveniente del fuego de un soldado anónimo predestinado a formar parte de un combate que al principio no le correspondía, pero que acabó adjudicándole uno de los logros más impresionantes de la Primera Guerra Mundial.
2. RICHTHOFEN HA CONTRIBUIDO DE MANERA DECISIVA AL DESENLACE DE SU PROPIA MUERTE: ¿Cómo es posible que el Barón Rojo, un notorio defensor de la precaución en combate, pudiera dejarse llevar a la mira del fuego enemigo?.

— DAÑO CEREBRAL: algunos autores atribuyen la imprudencia de Richthofen a una supuesta desorientación provocada por los daños causados por el disparo sufrido en la cabeza en julio de 1917. En un artículo publicado en 2004, los neuropsicólogos Thomas Hyatt y Daniel Orme relatan que su daño cerebral podría haberle disminuido su capacidad de juicio. Es un argumento muy razonable, pero es importante tener en cuenta que desde su retorno al frente, 40 días después de su grave percance, Richthofen lograría acumular 22 victorias más a su palmarés.
— BAJA ALTITUD: el mal tiempo fue el protagonista de la jornada del 12 de abril, día en que los pilotos y aviones de la JGl llegaron a su nuevo aeródromo en Cappy, una zona todavía desconocida para Richthofen, a pesar de haber participado en algunas patrullas sobre zonas colindantes, durante el periodo en que la JGl tuvo su base en Léchelle, al norte de Cappy. Al estudiar detenidamente los mapas y sobrevolar la zona, Richthofen se fue familiarizando con el curso del río, los pueblos de alrededor y las zonas boscosas. Sin embargo, volando a baja altitud es muy fácil desorientarse, debido a que el piloto pierde todas sus referencias geográficas.
— LA ATÍPICA DIRECCIÓN DEL VIENTO: la jornada del 21 de abril presentaba vientos que soplaban a una velocidad cercana a los 50 km/h, un panorama bastante común para aquella estación. El único fenómeno atípico era su dirección, que soplaba desde el este, exactamente lo opuesto de lo normal. Richthofen era consciente de que en condiciones normales de climatología, podría recorrer una distancia de tres kilómetros por minuto volando a una velocidad de 150 km/h. Al soplar el viento en dirección opuesta, la distancia recorrida se reducía a la mitad, es decir, 1,5 kilómetros por minuto. Es probable que, durante la persecución hacia el Sopwith Camel del teniente May, Richthofen no tuviera en cuenta este cambio, dejándose llevar, inadvertidamente, hacia las líneas enemigas.

La historia de las guerras está plagada de mitos que se fortalecen con el paso del tiempo, a través de rumores o leyendas transmitidos de una generación a otra, sacando de contexto las circunstancias reales de su origen. Como los mitos son atractivos, puesto que nos trasladan a un mundo de fantasía, muchos se empeñan en transformarlos en realidad.
La mejor forma de derrumbar un mito se consigue a través de la exhaustiva investigación de las fuentes disponibles, realizando un filtro de todos los datos recogidos para quedarse con los que aparentan ser más verosímiles. No obstante, cuando la información es insuficiente, no nos queda otra opción que sacar nuestra propia conclusión.

Magnificent book, a historical character participating in World War I that everyone recognizes, that is undoubtedly Manfred von Richtofen, better known as the Red Baron. But to recognize does not mean to know, since the myth has surpassed the person of flesh and bone who managed to become the most successful pilot of that conflict.
Caamaño has one of the most complete biographies ever dedicated to this noble Prussian twentysomething. The volume in question impresses by its dimensions. Someone may ask, how is it possible to talk so much about someone who died at age 25? Although the researcher focuses the work on this character, he devotes much effort to contextualize his figure and importance in such a complex period.

The book has three records:
1. Portrait of a time and a conflict.
2. Profile of von Richtofen and breakdown of each of the eighty victories he had.
3. Technical information of the main aircraft of both sides.

The language used by Caamaño is rigorous but enjoyable. His concern for lightening the text of those more specialized elements is noted. Thus, the essay remains halfway between mere disclosure and a university text, so it can satisfy both the neophyte and the expert.
The drawings of aircraft profiles are abundant and excellent, but I would have liked that the photographic section had been more extensive and representative.
In summary, it is a book that I recommend to anyone interested in the Great War and what was the beginning of military aviation.

In the battles undertaken in the First World War, the custom among soldiers of taking any object that belonged to the fallen enemy as if it were a hunting trophy was widespread. In most cases, their victims were common soldiers, who used to take items of little value. Sometimes the luck allowed to shoot down a lieutenant or captain, substantially improving the possibility of obtaining a more interesting booty. The prey of the day was a fighter pilot and his plane offered a whole range of appetizing prizes: the propeller blades, the engine, a panel instrument or even the machine guns could be pieces very well priced by the «trophy hunters» .
24 hours later, members of the Australian Air Corps lined up in two parallel rows to pay homage to the deceased, with their rifles invested in respect. After the ceremony, the British soldiers of the 3rd squadron nailed an improvised cross on the ground, made with the propeller blades of an RE.8 plane that carried in its center a metal plate, whose inscription indicated the name and the age of the deceased. On the damp earth, which now covered the coffin, were deposited three large floral offerings of different regiments of the British air force and a plaque with the epitaph: Here lies a brave, a noble adversary and a true man of honor. Rest in peace.
Thus ended the epic career of Manfred von Richthofen, a gentleman of the air, considered the most outstanding pilot of military aviation of all time. Almost a century has passed since the first use of aircraft was witnessed as support in the land battles and still no other pilot has managed to reach the legend of the Red Baron. They called him that because of his aristocratic origin, but above all for a curious reason: he was so confident in victory and in his skill that, at some point, he thought of painting his plane with a striking red color; He seemed to want to provoke his enemies to overthrow him. There were many who tried and ended up losing their lives in the purpose.

The Richthofen were mostly rural people, actually landowners, owners of large rural properties. Its members were part of an ancient lineage and many of their ancestors had been dedicated to sheep farming and the exploitation of their lands in the region of Silesia, incorporated into the Germanic Empire in 1355 by order of the Emperor Charles IV.
Thanks to the documentation kept by the association of the Richthofen family -Familienverband von Richthofen- in Germany, it is possible to detail some information about the origin of your clan. The oldest recorded record dates back to the sixteenth century, when Germany was called «Sacrum Germanic Roman Empire.»
In the heraldic shield of the Richthofen surname you can see as the main element the figure of a judge in his black robe sitting on the Richterstuhl (as the judge’s chair is called in German). By the middle of the seventeenth century, the Richthofen family had extended their family branches, spreading throughout the Silesian region, especially in the districts of Striegau, Jauer, Liegnitz and Schweidnitz.
In 1740 the war of Austrian succession broke out, following the death of Emperor Charles IV. The Richthofen clan, using its influence, unconditionally supported King Frederick II of Prussia in his plan to annex the region of Silesia, belonging to the sacred Germanic Roman Empire. In recognition of his efforts, on November 6, 1741, the Prussian king elevated the members of the Richthofen family to the noble title of Baron. From then on, all the men of the Richthofen family would receive the title of Freiherr (baron) and his women Freifrau (baroness).

The year of 1914 was coming to an end, giving way to winter and throwing away the hope that this terrible conflict, which had already claimed its first million casualties in just three months, was resolved before the arrival of the new year .
The first campaigns of the First World War left the cavalry in the background, to be annulled before the power of the fire of the powerful modern cannons. The commanders of both sides then ordered the presence of hundreds of observation balloons, but their scope was very restricted. The only way to break the enemy line was through the use of airplanes that had to face the resistance of their own generals, not giving credit to the benefits of that new device. However, the first pilots who dared to challenge the conventional war style achieved excellent results and sometimes even changed the course of the war.
On November 11, under the snow, the Germans fought a «also victorious» battle against the Russians in Lodz, forcing them to retreat from the eastern front. Lothar von Richthofen participated in this battle, where he lost a cousin, Siegfried von Richthofen, who was in a more advanced position. The harsh winter of 1914 imposed a certain slowdown in hostilities.
The rifles and machine guns gave way to thousands of shovels and picks that dug the frozen and devastated terrain of the western front, giving rise to a complex network of hundreds of kilometers of trenches. With both sides entrenched and unable to advance, the generals turned their attention to aerial reconnaissance, vital for the planning of the mobilizations that would be launched in 1915.

One of the first efforts to introduce the plane into combat took place in Italy, in 1910, with the founding of the first military school of flight known until then, located in the city of Centocelle. The first Italian pilot certified by the Centocelle school was Lieutenant Mario Calderara, who was trained by Wilbur Wright himself. The Italians knew how to take advantage of this new weapon in the Turkish-Italian war in 1911, when undertaking the first aerial reconnaissance mission that is known, on October 23, when Captain Carlo Piazza could observe the movements of the Turkish army in the city of Benghazi, aboard a Blériot XI.
The «nightmare» of the frontal machine guns was finally resolved by the Allies at the end of 1915, when the Royal Air Corps managed to develop an efficient synchronized firing mechanism, the Vickers-Challenger, while the Naval Squadron (RNAS) presented its own system, the Scarff-Dibovski, none based on the Fokker mechanism. The first aircraft equipped with this device was the Sopwith 1 ½ Strutter in April 1916. The efforts undertaken in the search for the ideal fighter culminated in the development of one of the most magnificent war machines, capable of supporting its troops and at the same time attack the enemy lines, performing lurid acrobatic duels at 5,000 meters altitude.
Many pilots died in their first missions, as a result of simple mistakes, such as being badly positioned, pursuing their enemy beyond prudence or simply not knowing what to do in a given situation. The aviator of 1914 had a more adventurous profile than a soldier. Many were lovers of adrenaline and enlisted in the air service attracted by the novelty of being able to fly over the battlefields. Some were drivers and military mechanics who were summoned for their experience with motor vehicles, but the majority group consisted of civil pilots who had learned to fly before the war; rich and competitive athletes whose only interest was to exhibit themselves before the masses. It was mandatory to establish a combat methodology that would allow to obtain some advantage over the enemy, minimizing the risk of being killed.
Richthofen began his career as a fighter pilot with the same enthusiasm as a young soccer player who makes his debut in the professional league. He wanted to «hunt» planes with his new comrades, to shoot as many enemies as he could, collect memories of his victories and contribute to the cause of the war for Germany. But, somehow, death would change its character during the course of the war. The illusion and excitement of the first years were turning into disgust, frustration and sadness. It was clear to him that, unfortunately, the death of his enemy was part of the war effort and that was good for both sides. It was legitimate. On the other hand, it was not easy to live daily with the stories of his companions who did not return from the missions, because they had been shot down and had died. Richthofen lost, throughout the war, virtually all his best friends, was the price to pay for his skill and ability to stay alive.
In the last three months of 1915, the pressure exerted by the «flog of the Fokker» became very present. During this period, an elite group of only nine German pilots managed to shoot down 28 French and British aircraft. Half under the fire of the machine guns of Oswald Boelcke and Max Immelmann. The difficulties imposed by the Germans forced the British to rethink their air combat strategies. It became clear that the British Royal Air Corps should be better coordinated and endowed with a greater number of aircraft and squadrons. A crisis cabinet was installed among the high positions of the Allied command, forcing them to start a radical change in the organization of their air force.

Boelcke launched an intense training routine to improve the aim of its pilots, practice maneuvers and apply in practice the procedures established in a combat manual of its own authorship, called Dicta Boelcke, composed of eight basic guidelines:
– Try to get an advantageous position before attacking. Try to get between the sun and the enemy.
– Do not interrupt an attack when it has started.
– Do not shoot until the opponent is close and in line.
– Always keep your eyes on your opponent and do not be fooled by his tricks.
– In any type of attack, it is essential to assault your enemy from behind.
– If your opponent attacks him in a dive, do not try to evade his attack, fly to meet him.
– When you are on the enemy lines, do not forget your retreat route.
– At first it is better to attack in groups of four or six aircraft. If the fight is dispersed in individual duels, two planes must never make an attack on the same opponent.
Boelcke also emphasized the good use of their machine guns, which used to get stuck relatively frequently, causing the death of some pilots who, unable to shoot their opponent, became an extremely defenseless target.

For Richthofen, the year of 1916 represented his consolidation as a fighter pilot. His 15 victories, harvested over the last few months, brought him close to the select club of the winners with the Pour le Mérite. The Jasta Boelcke finished the year adding 86 battles in his favor, standing out from other squads in number of Vitoria. On the other hand, he lost nine drivers during the same period, including his legendary leader, Oswald Boelcke.
During almost all the year of 1916 the supremacy of the skies was on the side of the Germans, in spite of the important advances obtained by the allied forces during the summer, after the arrival of a new generation of airplanes composed of the fast Bristol, Nieuport and DH2. These apparatuses were able to sweep the Germans off their lines during the battles of Verdun and Somme, giving their squads the freedom they needed to carry out their missions without being attacked.
However, the pendulum would suddenly turn in favor of the opposite side. In a few weeks, Germany would recover its advantage, thanks mainly to the organization of its combat units, called Jastas, designed to form a group of 14 aircraft led by a pilot of proven experience.
At the end of 1916 the hostilities in the sky were affected by the harsh winter, which registered the lowest temperatures for many years. In the trenches, diseases such as fever and dysentery did not subside, alarmingly increasing the number of fatalities across the entire front. Despite all the inclemencies caused by the cold and diseases, the opposing sides continued to attack each other with heavy artillery fire. The exchange of bombs from the trenches was generating a wave of stress among the soldiers, forcing the commanders to plan major offensives in order to break the deadlock and put an end to a war that had already spread too far.

Manfred von Richthofen was a type of pilot who throughout the war wanted to give his all, whether for the German cause, or simply to satisfy his instinct as a hunter, perhaps the trait that best defines his character. The German pilots maintained an explicit competition between them, seeking to accumulate the victories that would allow them to overcome the record of their great rival, Richthofen. Some managed to get close, but died in the attempt, as was the case of Erich Löwenhardt (56 wins) or Werner Voss (48 wins), a great friend of Richthofen. In other cases, the war ended earlier, as was the case with Ernst Udet, the German driver who was closest to overtaking Richthofen. Udet managed to survive the war, but Germany signed the armistice a few weeks after adding his 62nd victory.
The «Olympus» of air combat-formed by pilots with more than 70 victories-is summed up in just three men: a Frenchman, a Canadian and a German. However, only one driver managed to climb to the highest position on the podium, Manfred von Richthofen, with 80 accredited victories.

At the end of October, Richthofen finished his book and sent it to the press department of the air force. Before its publication, its writings had to happen through a severe revision (in other words, censorship), that culminated with the modification of some paragraphs and even the elimination of some parts. The book was then published under the title Der Rote Kampfflieger (The Red Fighter Pilot). Its first edition was released to the public with a circulation of 500,000 copies. It had 185 pages and had a yellow cover, whose design represented a victorious Red Triplane Fokker leaving behind a thick plume of black smoke expelled by his recently defeated enemy.
Der Rote Kampfflieger was widely distributed to troops from almost all fronts. Some of the parts of the book praised the brave effort of those men who engaged in savage aerial combats, sacrificing their lives for Germany. In addition, there was an intention to improve the image of the pilots in front of the soldiers of the trenches. It is true that some pilots were seen as heroes.
The year of 1917 started with the Luftstreitkräfte air supremacy on the western front, thanks mainly to the preparation of its pilots and the reorganization of their squadrons, which would begin to act in a combined manner, bringing to the sky robust formations of up to 60 aircraft that were concentrated in the critical areas of the conflict. The Germans also had a series of combat procedures thoroughly tested by their squadrons and duly inculcated to the pilots. On land, the German army remained on the defensive throughout the year of 1917, seeking to preserve its forces for the commissioning of a (if not the greatest) offensive of the war, which would be carried out in the spring of 1918. For its part, the French air force carried out a series of aerial missions of a preventive nature, only to maintain the recovered ground. Above all, 1917 was the year of the rise of the British, who in January had 717 aircraft and 39 squadrons. At the end of the month of December, this number increased to 997 aircraft and 54 squadrons, despite the massacre inflicted by the Germans during the month of April, when the British Royal Air Corps lost 275 aircraft and suffered 421 casualties. which 207 fatal, the equivalent of one death every 92 hours. However, after having suffered this severe setback, its air power was experiencing a progressive growth, both in number and quality of its aircraft and pilots. Airplanes with superior performance to that of the Germans were introduced in the front, such as the F2b Bristol, the DH4, the SE.5a and the Sopwith Camel that would help in the consolidation of the airspace domain in 1918.
The year of 1917 was coming to an end and Richthofen had achieved everything that was proposed, including respect and admiration, not only of his pilots, but also of his enemies. Richthofen sought to respect each of his fallen opponents, although he did not fail to fulfill the ritual of every professional hunter: pick up parts of his «prey» as a combat trophy, write down his victories, make his own statistics and try to be the best of that War and mortal competition. Despite being a somewhat macabre habit, he had no other «hobby» left. Richthofen was not a music lover and did not have much patience for reading.

On April 23, RAF planes dropped small packages on the German lines. These were little boats that carried some photos of Richthofen’s corpse and another of his grave, accompanied by a message whose content threw all the hopes of the JGl to the ground. The Red Baron had died.
There was no longer room for rumors or false hopes. The Reuters news agency distributed to all German newspapers a press release confirming the details of his death, causing a huge upheaval across the country. The population, which no longer had any hope of winning the war, would have to assimilate one more misfortune. General von Hoeppner, commanding general of the German air service, made public the following statement:
«Rittmeister Freiherr von Richthofen has fallen after a battle against the enemy. The German army has lost its greatest pilot and its beloved leader. Nevertheless, he will remain the hero of the German people for whom he has fought and died. His death represents a deep wound for his geschwader and for the entire Air Service. »
The British authorities provided Richthofen with a full funeral, entitled to improvised hearse, courtship, the presence of a reverend and many flowers, a luxury that many British aces did not have the honor to receive. Some sources affirm that an allied command wanted to compensate the honor that the Germans had rendered to the British pilot Albert Ball, died the combat the 7 of May of 1917. In spite of the good intention, the ceremony organized in honor to the German ace was not fought of the harsh criticism of some British media that showed their outrage, arguing that many British pilots killed in combat at the hands of Richthofen himself did not even have the dignity of receiving burial, being left to their own fate in no man’s land.
Not everyone regretted the death of the Red Baron. The pilot and commander of the 74th British squad, Mick Mannock refused to raise his glass to greet the fallen German ace. Those who were with him affirm that he even said: «I hope that the very pig has burned all the way». It was no secret that Mannock felt a deep hatred for the Germans.

The circumstances that culminated in the death of Manfred von Richthofen have raised a lot of controversy for decades after the end of the Great War. After almost 100 years of this tragic event, there is still much speculation about the identity of the author of the shot that put an end to his voracious career. However, no one until then was able to elucidate with absolute precision the events that occurred that fateful April 21, 1918.
The outcome of his last combat, and subsequent fall, can be divided into two parts: the first, whose details are easier to clarify, is widely accepted by historians: Lieutenant Wilfrid «Wop» May of the 20th British Squadron undertook a desperate flight towards their lines as he tried to escape from the deadly fire of Richthofen’s Spandau machine guns. Meanwhile, Captain Roy Brown was a few meters behind the Red Baron’s plane, looking for a favorable position to interrupt his hunt.
Visibly cornered, the German ace tried to perform a couple of evasive maneuvers on the ground, until finally landed in a beet field located on the Corbie-Bray road, badly injured by a fortuitous shot.
This event lasted a few minutes and surely caught everyone involved by surprise, especially those who were on land. In a fraction of a second, thousands of bullets stormed the sky, in the midst of a chaotic fire crossed between several artillery and infantry cannons. A few bullets managed to pierce Richthofen’s plane and a single bullet hit his torso on the right side. There were no photos or videos recording the scene. The only documentation available are the reports written by the different units deployed in the area, some of unlikely content, a clear attempt to adjudicate the most relevant demolition of the air battles waged throughout the conflict.
In addition Richthofen had lost the central and lateral incisor teeth due to the impact of his face against the Fokker panel. However, after being carefully washed, his overall appearance improved considerably and his expression remained serene, a fact proven by Captain Brown himself, who had the opportunity to approach Richthof’s corpse a few hours before the arrival of the doctors.
The Richthofen corpse had only two holes, one inlet and one out, caused by the same projectile, spitzer type, caliber 303, fired by a machine gun or rifle. The entrance hole is located on the right side of the torso, approximately at the level of the ninth rib, while the exit orifice is located at a slightly higher level, approximately two inches above the level of the entrance orifice (between the fifth and the sixth rib on the left side). The projectile pierced the torso of Manfred von Richthofen turning on its axis, creating an expansive wave that perforated all the organs that it found in its route (liver, lungs and heart).
The fatal shot could not have been produced from the ground, «a clear endorsement of the 209th squad’s claim. In his article, «The Death of Manfred von Richthofen: Who fired the fatal shot?» («The death of Manfred von Richthofen: who performed the lethal shot?).
The historian Daniel. A. Martínez, consultant to the Discovery Channel, believes that this mystery is far from reaching a definitive conclusion. Much of the material evidence was destroyed by the Australian soldiers, eager to take a memory of the Baron and many of the witnesses witnessed fragments of what happened, ignoring certain details:
«We do not have the weapon nor do we have the projectile. That is, there is no physical evidence to solve this case. All we know is that it was not Captain Brown who knocked down Al Baron. They were the Australian Gunners.

1. HIS DEATH HAS BEEN CAUSED BY A SUCCESSION OF EVENTS: which are classified into five milestones: (1) the flight from «Wop» May to Bertangles; (2) Richthofen’s persecution; (3) Brown’s shots at Richthofen’s Fokker; (4) the invasion of Allied airspace by Richthofen; and (5) the shots fired by the various Australian artillery and infantry units at the Baron’s Fokker. The result of this whole sequence of events culminated in his death. So, in the absence of a «culprit» that allows us to determine with 100% confidence the true author of the shot, the most reasonable solution is to consider that the death of Richthofen was the result of a joint effort. The Red Baron fell down by a fortuitous shot, coming from the fire of an anonymous soldier predestined to be part of a combat that at first did not correspond, but that ended up awarding him one of the most impressive achievements of the First World War.
2. RICHTHOFEN HAS CONTRIBUTED IN A DECISIVE WAY TO THE DEPLOYMENT OF HIS OWN DEATH: How is it possible that the Red Baron, a notorious defender of caution in combat, could allow himself to be taken to the sight of enemy fire?

– CEREBRAL DAMAGE: some authors attribute Richthofen’s imprudence to a supposed disorientation caused by the damage caused by the shot sustained in the head in July 1917. In an article published in 2004, neuropsychologists Thomas Hyatt and Daniel Orme report that their damage brain could have diminished his judgment. It is a very reasonable argument, but it is important to bear in mind that since his return to the front, 40 days after his serious mishap, Richthofen managed to accumulate 22 more victories to his record.
– LOW ALTITUDE: the bad weather was the protagonist of the day of April 12, day in which the pilots and planes of the JGl arrived at their new aerodrome in Cappy, an area still unknown to Richthofen, despite having participated in some patrols on adjoining areas, during the period when the JGl was based in Léchelle, north of Cappy. By carefully studying the maps and flying over the area, Richthofen became acquainted with the course of the river, the surrounding villages and the wooded areas. However, flying at low altitude is very easy to get disoriented, because the pilot loses all their geographical references.
– THE ATYPICAL DIRECTION OF THE WIND: the day of April 21 presented winds that blew at a speed close to 50 km / h, a fairly common scenario for that season. The only atypical phenomenon was its direction, which blew from the east, exactly the opposite of normal. Richthofen was aware that in normal weather conditions, he could travel a distance of three kilometers per minute flying at a speed of 150 km / h. When the wind blew in the opposite direction, the distance traveled was reduced by half, that is, 1.5 kilometers per minute. It is likely that, during the pursuit of Lieutenant May, Richthofen did not take into account this change, inadvertently leading to the enemy lines.

The history of wars is full of myths that are strengthened over time, through rumors or legends passed down from one generation to another, taking the real circumstances of their origin out of context. As the myths are attractive, since they move us to a fantasy world, many insist on transforming them into reality.
The best way to demolish a myth is through exhaustive research of available sources, filtering all the data collected to keep what appear to be more credible. However, when the information is insufficient, we have no choice but to draw our own conclusion.

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