Bizancio. El Imperio Que Hizo Posible La Europa Moderna — Judith Herrin / Byzantium: The Surprising Life of a Medieval Empire by Judith Herrin

Es una buena obra que no se centra aspectos tradicionales de la historia política de Bizancio. Aporta nuevos puntos de vista en relación al papel que ha jugado Bizancio en la formación de la historia de Europa. Es una lectura muy interesante para los interesados en el tema de la historia bizantina y una buena introducción para aquellos que la desconozcan. Algunos episodios son un poco espesos, especialmente los que tratan de cuestiones religiosas y teológicas. Pero en general es un libro muy recomendable.

Esta es una serie absolutamente excelente de ensayos sobre el primer imperio medieval, Bizancio. El autor esboza la historia de manera experta e indica lo que es importante y lo que significa, tanto en sus creencias como en su impacto histórico. Lo que hace que este libro sea exigente y un gran placer es que ella respeta la inteligencia de los lectores y nunca se simplifica demasiado en aras de la brevedad; Dicho esto, no recomendaría esto a los lectores que no están familiarizados con los contornos de la historia, a lo que ella alude, pero no siempre explica.
Aunque no es una narración histórica, el capítulo avanza más o menos cronológicamente, desde sus orígenes en la antigüedad tardía, hasta su caída como una forma de presagiar el Renacimiento. Fundado en las grandes rutas comerciales de Este a Oeste por el primer emperador cristiano, Bizancio se convirtió en el primer poder puramente autocrático con los rituales de legitimación de los reyes asiáticos tradicionales. Por lo tanto, sirvió de modelo para las monarquías y despotismos mezquinos que se estaban elevando hacia el oeste. Herrin describe esto mejor que en cualquier lugar donde he visto esto, en una perspectiva maravillosa. Bizancio fue también el primer estado cristiano verdadero, mezclando la religión monoteísta dogmática con las funciones del gobierno. La forma en que evolucionó y se dividió en sectas está claramente delineada por Herrin, las semillas de culturas que podemos ver hoy.
Herrin también argumenta que Bizancio no fue un mero conservador de la tradición clásica, sino un sintetizador de sistemas antiguos con lo nuevo, es decir, el cristianismo. Aunque creo que ella exagera su caso -hay una decadencia genuina en la obsesión del este de Roma con las formas antiguas- ella hace uno de los mejores casos que conozco del dinamismo y la creatividad de Bizancio. Personalmente, considero que su arte, sus intentos de consolidar y preservar (y actualizar) la ley romana son algo forzados y derivados, pero ella me convenció de que mi punto de vista es demasiado unilateral. Además, transmite la sensación de que la cultura griega se mantuvo muy viva de una manera más continua y animada de lo que la tradición latina le hizo a Occidente.
Finalmente, Herrin describe el legado de Bizancio, tanto como la defensa de última línea contra los árabes y luego los turcos, como también el impacto del éxodo de eruditos griegos hacia Occidente, proporcionando muchas de las fuentes que florecieron en el Renacimiento. Aprendí más sobre la historia militar en esta sección, que los bizantinos se habían acostumbrado a luchar contra los persas en grandes formaciones militares, dejándolos vulnerables a la caballería árabe con su movilidad y guerreros de armamento ligero luchando en el espíritu de jihad. Una vez que aparecieron los turcos, los bizantinos se habían vuelto famosos por su decadencia, derrochando su energía en guerras civiles, disputas doctrinales y preocupación por los paganos eslavos que se convirtieron a la ortodoxia griega. La caída de Constantinopla, en muchos sentidos, señala el final de la Edad Media, expertamente evocado por Herrin en espléndida prosa.

Bizancio evoca la imagen de una opaca duplicidad: complots, asesinatos y mutilación física, por una parte, junto con una excesiva riqueza, acompañada de oro y joyas refulgentes, por la otra. Durante la Edad Media, sin embargo, los bizantinos no tuvieron precisamente el monopolio de la complejidad, la traición, la hipocresía, la oscuridad o las riquezas. Dieron lugar a un gran número de inteligentes líderes, brillantes generales militares e innovadores teólogos, ampliamente difamados y calumniados por los mencionados estereotipos «bizantinos». No crearon ninguna Inquisición, y por regla general se abstuvieron de quemar a las personas en la hoguera. Pero hay un misterio asociado a ese mundo «perdido» que resulta difícil de definir debido, en parte, a que carece de un heredero moderno. Permanece todavía oculto tras las glorias de su arte medieval: el oro, los mosaicos, las sedas y los palacios imperiales.
En primer lugar, Bizancio fue una civilización milenaria que influyó en todos los países del Mediterráneo oriental, los Balcanes y Europa occidental a lo largo de toda la Edad Media. Desde el siglo VI hasta el XV, dicha influencia tuvo algunos altibajos, pero fue constante. Su civilización integró componentes paganos, cristianos, griegos, romanos, antiguos y específicamente medievales. Sus influencias artísticas y culturales se reconocen hoy como un legado duradero. Pero, además, diversos aspectos fundamentales del gobierno, tales como el desarrollo de una corte imperial con un servicio diplomático y una burocracia civil, así como el ejercicio del poder político por parte de la mujer, se desarrollaron en Bizancio.
La grandeza de Constantinopla, en el centro de un vasto imperio, con un sistema heredado de gobierno imperial, y la serie de fuentes que la inspiraron, se combinaron para dar una enorme confianza tanto a gobernantes como a gobernados.
La identidad imperial de Bizancio se veía fortalecida por una continuidad lingüística que vinculaba a sus eruditos medievales a la antigua cultura griega, al tiempo que los alentaba a preservar los textos de los grandes filósofos, matemáticos, astrónomos, geógrafos, historiadores y médicos, copiándolos, editándolos y comentándolos. Sobre todo, Bizancio apreció especialmente los poemas de Homero, y produjo las primeras ediciones críticas de la Ilíada y la Odisea. Aunque las representaciones teatrales públicas se fueron extinguiendo, las obras de Esquilo, Sófocles, Eurípides y Aristófanes eran cuidadosamente estudiadas y a menudo aprendidas de memoria por varias generaciones de colegiales, que estudiaban también los discursos de Demóstenes y los diálogos de Platón. Así se incorporó a Bizancio un importante componente de la antigua sabiduría pagana.
Esta antigua herencia se combinó con la creencia cristiana, que poco a poco vino a reemplazar a los cultos de los dioses paganos. Bizancio alimentó las primeras tradiciones monásticas cristianas en montañas sagradas como el monte Sinaí y el monte Athos, donde las enseñanzas espirituales siguen inspirando a monjes y peregrinos. Acometió la conversión de los búlgaros, serbios y rusos al cristianismo; de ahí que hoy gran parte de los Balcanes todavía esté salpicada de iglesias ortodoxas decoradas con frescos e iconos medievales. Y mantuvo el contacto con los centros cristianos que en el siglo VII pasaron a estar bajo el control musulmán, respaldando a los patriarcas de Jerusalén, Alejandría y Antioquía, además de otras comunidades aún más distantes como las iglesias de Etiopía y Sudán, Persia, Armenia y Georgia.

La ciudad de Constantino atrajo hacia su centro las grandes rutas comerciales, tanto marítimas como terrestres, que convergían en el canal de aguas profundas que separaba Europa de Asia. A diferencia de la colonia griega de Crisópolis, en la parte asiática del Bósforo, se hallaba protegida por su emplazamiento físico sobre una elevada península rocosa. Una gran ventaja de estar casi totalmente rodeada de agua era que la muralla occidental que se extendía a lo largo de toda la península rodeaba una vasta extensión de tierra con una línea de fortificación relativamente corta. Asimismo, resultaba más difícil que los defensores de la ciudad se vieran cogidos por sorpresa mediante un ataque por tierra. Ello requería un suministro regular de agua, que se garantizaba por medio de largos acueductos y cisternas que recogían agua de lluvia. Con fácil acceso a las fértiles tierras circundantes y a ricos bancos de pesca, Constantinopla se convirtió también en una fortaleza natural excepcionalmente difícil de asaltar.
Aun con todas esas ventajas naturales, el elemento decisivo en la defensa de la ciudad fueron siempre sus habitantes, sus instituciones, su cultura y su organización creadas dentro de las murallas. Desde el primer momento, Constantinopla fue llamada la nueva Roma, en un guiño a la antigua Roma.
Constantinopla creció con tanta rapidez que en 412 hubo que construir nuevas murallas un kilómetro y medio más al oeste que las originarias defensas de Constantino. Un año después se completó una nueva y enorme triple línea de fortificaciones de 6 kilómetros de longitud. Con una muralla interior de 11 metros de altura y torres cada 70-75 metros; luego una muralla intermedia más baja, también con torres, y finalmente otra muralla exterior y un profundo foso. Estas fortificaciones protegerían la ciudad de todos sus enemigos hasta 1204, y todavía hoy resultan impresionantes. También se construyeron murallas marítimas a lo largo de las barreras naturales del Cuerno de Oro y el mar de Mármara. Las tierras así incluidas vinieron a incrementar la extensión de la ciudad en unos 5 kilómetros cuadrados, incorporando ahora a ella los viejos cementerios, donde los constructores narrarían escalofriantes relatos sobre tumbas removidas y hallazgos de estatuas funerarias y huesos en dichas tumbas.

Mientras el monte Athos se convertía en punto de referencia del ascetismo monástico, los monjes y anacoretas locales inspiraban constantemente a otros hombres y mujeres a dedicar sus vidas a Dios, al tiempo que dirigían su vida espiritual. Cuando el joven Lucas de Steiris (en la Grecia central) abandonó su hogar a comienzos del siglo X, supo de la presencia de un estilita en Zemenna, en el Peloponeso, y le imploró que le admitiera a su servicio. Durante varios años estudió prácticas ascéticas con él, y luego se trasladó a un aislado lugar de retiro en Ioannitza como eremita solitario. Con el tiempo, los discípulos que le siguieron formaron un monasterio, y el gobernador local, general Krinites, le añadió su primera iglesia, dedicada a santa Bárbara, patrona de los combatientes militares.
La iglesia de la Sagrada Sabiduría inspiró también la mezquita que construyó el sultán Mehmet II en el emplazamiento del mausoleo imperial y la iglesia de los Santos Apóstoles tras la ocupación de Constantinopla en 1453. Era un importante símbolo de un cambio fundamental; pero la nueva mezquita abovedada, que tomó su nombre del conquistador, celebraba una forma arquitectónica que era claramente cristiana. Del mismo modo, cuando uno se acercaba a Estambul por el mar, la mezquita del Sultán Ahmed, conocida como la Mezquita Azul por el color de sus tejas, parece rivalizar con Santa Sofía, pese a que se construyó un millar de años después, y, dado que se asienta un poco más abajo en la ladera, queda por debajo de su gran prototipo. A partir de 1453, cuatro minaretes añadidos a las esquinas de la iglesia de Justiniano marcaron la conversión del antiguo monumento al islam; pero lo cierto es que estos no hacen sino reforzar la peculiaridad de la mezquita llamada de Ayasofya, y la enorme envergadura de la estructura que yace bajo su cúpula sigue siendo un símbolo físico de la aspiración de Constantinopla de gobernar el mundo. Mientras permanezca en pie, Bizancio estará siempre presente.

En el siglo X, Ravena era literalmente una ciénaga separada varios kilómetros del mar, aunque tres generaciones de emperadores germánicos —Otón I, Otón II y Otón III—, supieron de su pasado imperial y fueron a visitarla. Su comercio con el Mediterráneo oriental y sus conexiones con Constantinopla fueron heredados por una nueva comunidad situada en la parte norte del Adriático: Venecia. Los habitantes de las islas dispersas a lo largo de la laguna veneciana se centraron más intensamente en la construcción de barcos, la guerra naval y el comercio internacional, y fueron capaces de establecer unas relaciones distintas con Bizancio, que explicaremos con más detalle en el capítulo 19. Por fortuna, el eclipse de Ravena preservó sus mosaicos, que recordarían los días de esplendor en que romanos, godos y bizantinos gobernaban Italia desde aquella ciudad, la Constantinopla de Occidente.

La devoción bizantina al derecho también puede haber influido en otro rasgo significativo de su civilización: la noción de guerra justa. Esta idea se desarrolló durante los siglos medievales para sancionar las guerras de reconquista del territorio imperial perdido, así como las guerras defensivas destinadas a proteger al imperio y evitar futuras pérdidas. Bizancio empleaba una hábil diplomacia para tratar de evitar la acción militar mediante la discusión y la negociación. Los emperadores y generales que dedicaban su atención a las tácticas militares subrayaban siempre la necesidad de evitar la guerra en la medida de lo posible. Y cuando esta se revelaba inevitable, buscaban los medios legales para justificar el combate. En el siglo XII, los cruzados occidentales condenaron esta dependencia de la diplomacia como un signo de cobardía por parte de los bizantinos. Pero el imperio siguió evitando el derramamiento de sangre siempre que le fue posible.
Asimismo refleja el estatus especial del que gozaban los sacerdotes ordenados y los monjes en el imperio, que les prohibía tomar parte en actividades militares. Podían bendecir a las tropas y rezar por su victoria, pero los líderes religiosos y los monjes no tomaban las armas. Aunque el emperador y el patriarca estaban unidos a la hora de fomentar las políticas cristianas, mantenían sus respectivos sistemas jurídicos separados. Al insistir en la existencia de un ámbito aparte para la Iglesia, gobernada por su propia ley, Bizancio sentó las bases del estado secular administrado por el derecho civil. En conjunto, ambos estamentos reflejaban el profundo respeto que había en Bizancio por la ley escrita, y que tan marcada influencia llegaría a ejercer en los estados vecinos.

La Bizancio cristiana, el icono piadoso creó una nueva forma de arte que se convirtió en su rasgo más característico. Junto con otros objetos de lujo, hechos de oro, plata y marfil o sedas de colores, los cristianos apreciaban los iconos como evidencia de la cultura superior de Bizancio. Esas mismas tradiciones artísticas sostenían también la ideología imperial, en imágenes que representaban a los gobernantes como mecenas, en monedas que los asociaban a figuras sagradas, así como en obras de arte profanas que representaban a emperadores victoriosos, patrones de manuscritos, coronas y otros símbolos imperiales. De ese modo, el arte sustentaría al imperio en su transición hacia un estado medieval, y sus productos artísticos seguirían simbolizando a Bizancio aun después de 1453. Y debido a la devoción personal que engendraban, los iconos cristianos constituirían también el centro de un gran debate que conmocionaría al imperio entre los años 730 y 843.

El empleo de eunucos para proteger y servir a los grandes soberanos se remonta al antiguo Egipto y la antigua China. Al igual que el gran imperio medieval de Japón y que el califato musulmán, Bizancio también empleaba a eunucos, que con su voz aguda, su piel de suavidad infantil, su cuerpo lampiño y sus alargadas extremidades venían a sumarse a los elementos exóticos de la vida cortesana. A aquellos hombres castrados —de hecho, un tercer sexo, ni masculino ni femenino—, que no podían engendrar su propia familia, se les encomendaba la tarea de atender al emperador y la emperatriz bizantinos, proteger a las mujeres de la dinastía reinante y gestionar la realización de los ceremoniales de la corte. En los países musulmanes, asimismo, era frecuente que custodiaran los santuarios sagrados del islam. Y en la China imperial, todavía en el siglo XX los varones pobres seguían ofreciéndose para ser castrados a fin de obtener un puesto en la corte. El fenómeno de los eunucos cortesanos es históricamente universal, y la práctica bizantina no resultaba inusual en los gobiernos jerárquicos e imperiales.
Los eunucos bizantinos, sin embargo, estaban excepcionalmente bien integrados en la sociedad en su conjunto.
La castración siempre se había considerado un procedimiento humillante que repugnaba a los ciudadanos romanos libres, de modo que los futuros eunucos eran escogidos entre los pueblos no romanos, a menudo entre los hombres capturados y esclavizados en la guerra. Esta práctica se vio reforzada en el siglo VI cuando el Código de Justiniano declaró la operación ilegal en todo el imperio. Así, a los prisioneros de guerra extranjeros a menudo se les castraba en las fronteras y luego se les llevaba a Bizancio para satisfacer la demanda de sirvientes «de fiar».
Aunque las funciones cortesanas de los eunucos declinaron en el último período del Imperio bizantino, quizá porque las presiones militares del imperio se hicieron más acuciantes, estos seguirían desempeñando importantes papeles y representando una línea de continuidad que se extendería hasta mucho después de la caída de Constantinopla en 1453. Con el establecimiento del harén del sultán en el palacio Topkapi, ahora ampliado, un gran número de ellos fueron empleados para custodiar a las numerosas esposas y esclavas del soberano musulmán. Con esta nueva responsabilidad se hicieron de nuevo muy poderosos, y la historia recordaría a los eunucos negros (africanos) y blancos (europeos) implicados en numerosos escándalos otomanos.

Los acontecimientos más recientes han favorecido al monte Athos. En particular, la desintegración de la Unión Soviética y el levantamiento de las restricciones sobre la observancia religiosa se han traducido en la afluencia de nuevos miembros ortodoxos a los monasterios. Actualmente muchos de ellos provienen de las comunidades fruto de la diáspora griega en Norteamérica y Australia, así como de las ortodoxas del continente asiático y de los Balcanes. Contra todo pronóstico, hoy se está reescribiendo la historia de la Montaña Sagrada, con teléfonos móviles, ordenadores y lanchas motoras. Se restauran edificios, se pintan nuevos iconos, se preservan frescos y manuscritos medievales. Así, en el siglo XXI, esta venerable institución bizantina está hallando un nuevo fundamento sobre el que asentarse.

La princesa del siglo XII Ana Comnena, una de las mejores historiadoras y de las estudiosas más célebres del Imperio bizantino, y autora de la Alexiada, una biografía de su padre Alejo I Comneno. Empezó a trabajar en esta obra alrededor de 1137, y escribiría las páginas finales diez años después, cuando se hallaba ya en el umbral de la muerte.
Ana recuerda regularmente a los lectores de su libro que había nacido en la porphyra del Gran Palacio en 1083, y que era la hija mayor de Alejo y de su esposa Irene Ducaena. Su nacimiento simbolizaba la alianza de las familias Comneno y Ducas, que trajo una mayor estabilidad al turbulento siglo XI.
La Alexiada está llena de emocionantes descripciones de batallas, debates y recepciones, salpicados de esbozos sobre los diversos personajes implicados, incluyendo sus peculiaridades, vestimenta y filosofía. Tras una derrota especialmente mortificante a manos de los pechenegos, por ejemplo, Ana explica cómo Jorge Paleólogo sobrevivió a la pérdida de su caballo, deambulando a pie durante once días hasta que encontró refugio en casa de una viuda, cuyos hijos habían escapado de la batalla, que le mostró el camino para llegar de nuevo a donde estaban sus partidarios. Durante la invasión de Chipre, Ana cuenta que Rhapsomates, el usurpador, era tan inexperto en materias militares que sentía pánico y vértigo cada vez que montaba a caballo. Y dedica asimismo un considerable espacio al ingenioso engaño mediante el cual Bohemundo, el jefe normando, escapó de Antioquía en 1104…
Su Alexiada constituye una lectura emocionante. Es una historia del reinado de su padre, una biografía de su familia, y también una autobiografía, puesto que Ana habla a menudo de su reacción personal ante los acontecimientos, así como de sus pensamientos y temores. Asimismo, está compuesta en la forma bizantina más desarrollada del griego ático, llena de palabras oscuras y antiguos proverbios. El estilo de Ana es muy cultivado y bastante difícil. Como el reinado de su estimado padre, Alejo I Comneno, su historia es audaz, novedosa y sorprendente. Ninguna otra mujer de la Edad Media, de Oriente u Occidente, tuvo la visión, la confianza y la capacidad suficientes para realizar un proyecto tan ambicioso.

Viajaran a donde viajaran sus visitantes, navegando de puerto en puerto o siguiendo las rutas terrestres, todo el imperio aparecía organizado para el comercio y abierto a los peregrinos, y sus hospicios, tabernas y casas de huéspedes aseguraban que el imperio, por muy orgulloso y egocéntrico que fuera, en ningún momento se mostrase provinciano o cerrado.
Tras la apariencia de una jerarquía imperturbable, cultivada por las ceremonias de la corte imperial, en Bizancio, como hemos visto, había una flexibilidad, una movilidad social y una innovación considerables. Tanto antes como después de 1204, el hecho de ser «bien nacido» se reconocía naturalmente como una cualificación para pertenecer a la élite de los gobernantes —tanto civiles como eclesiásticos— y los administradores cultos. Del mismo modo, los que mandaban presuponían que las personas nacidas en el seno de familias de clase baja, consagradas al trabajo de la tierra o a las actividades comerciales urbanas, debían mantenerse en esa posición. La educación y el ejército proporcionaban vías de movilidad ascendente, y también el hecho de emparentar matrimonialmente con una familia bien establecida constituía un método habitual de progreso social. Inversamente, el poder del emperador de confiscar las propiedades y exiliar a sus adversarios creaba un drástico movimiento descendente.

Entre la recuperación de Constantinopla de manos de los latinos en 1261 y su caída ante los otomanos en 1453, la política exterior bizantina estuvo dominada por la cuestión de la reunificación de las iglesias. Las consideraciones políticas requerían que los emperadores siguieran esta orientación debido a que necesitaban desesperadamente la ayuda militar de Occidente para combatir a los turcos, y los líderes espirituales de Occidente habían hecho de la reunificación de las iglesias, con Constantinopla subordinada a Roma, un requisito previo para ofrecer su ayuda. Tras las acciones de los cruzados en 1204, muchos en Bizancio consideraban esta posibilidad detestable, cuando no directamente herética, y, en consecuencia, se negaban a respaldarla. Los emperadores Paleólogo se encontraron, pues, en un dilema: si el precio de una alianza con unas fuerzas militares occidentales efectivas era la reunificación, entonces tenían que encontrar una política eclesiástica de compromiso y acuerdo. Pero tal política sería condenada por quienes se preocupaban por la teología correcta, así como por la inmensa mayoría de los bizantinos, que seguían siendo devotos a su Iglesia, sus iconos y su ortodoxia. La mayor parte de los bizantinos querían apoyo, no subordinación.
Los bizantinos, por pocos que fueran, seguían fielmente comprometidos con lo que ellos consideraban la ortodoxia. Preferían mantener su propia teología bajo el dominio otomano que sufrir la unificación con la Iglesia de Roma y el dominio occidental; una postura que probablemente era un eco del sacrilegio de 1204.

La característica más notable de Bizancio no fue su cristianismo, proclamado en sus históricos concilios y conversiones, a la vez que celebrado en iglesias inmensas como Santa Sofía o en la intimidad doméstica de los iconos familiares; ni tampoco su organización y administración romanas o su imperial autoconfianza; ni su perdurable herencia griega o su sistema educativo. Fue la combinación de todo ello, un hecho cuyo origen se remonta al siglo IV con la creación de la nueva capital, sus monumentos y puertos, que hizo arraigar a Bizancio en una rica variedad de tradiciones y recursos.
Sin embargo, el moderno estereotipo de Bizancio es el de un gobierno tiránico ejercido por afeminados, unos hombres cobardes y unos eunucos corruptos, obsesionados con rituales vacuos, y una burocracia interminable, compleja e incomprensible. Montesquieu desarrolló estas caricaturas en el siglo XVII cuando trataba de explicar las razones de la decadencia del Imperio romano, y Voltaire les dio una relevancia aún mayor, añadiendo su propia y apasionada preeminencia de la razón por encima de la religión.
La actividad intelectual bizantina era posible gracias al sistema educativo, que seguía basándose en el antiguo currículo griego y se sustentaba en un profundo conocimiento de los textos paganos más sobresalientes. Aunque la Iglesia añadió su propio contingente de escritos teológicos y espirituales, este jamás pudo rivalizar con la formación proporcionada por la memorización del material antiguo. Esta práctica secular penetró en todos los rincones del imperio a lo largo de los siglos.
Su constante fascinación por el pasado clásico distingue a Bizancio de la cristiandad occidental durante toda la alta Edad Media. La devoción bizantina por los antiguos fue una constante actividad tradicional de tal importancia a largo plazo, que funcionó a la vez como una restricción y como una fuente de inspiración. Aunque hubo etapas particularmente creativas, como, por ejemplo, a finales del siglo XIII y principios del XIV, no se produjo un desarrollo esencialmente nuevo. En cambio, cuando los italianos empezaron a explorar su pasado precristiano, fueron capaces de generar un resurgimiento del interés por él, que daría lugar a lo que hoy denominamos el Renacimiento. Su relativo distanciamiento del pensamiento y la cultura de la Antigüedad griega y romana alentó una clase distinta de curiosidad y compromiso, que condujo a un uso cada vez más confiado de la ciencia y al nacimiento de la historiografía laica. Siguiendo esta tradición, la Ilustración occidental condenó la mayor parte de la cultura bizantina como irracional o irrelevante, a pesar de que fueron precisamente sus líderes quienes establecieron el estudio moderno de la historia.
Tras la conquista otomana de 1453, Bizancio se mantuvo de una forma simbólica y eclesiástica mediante el patriarca establecido en Constantinopla. El monje Genadio (antes Jorge Escolario) fue designado para este puesto por parte de Mehmet el Conquistador y convertido en el primer líder de los millet griegos. Aunque posteriormente Moscú reclamaría para sí el manto del liderazgo ortodoxo, el patriarca de Constantinopla conservó la tradición del gobierno eclesiástico, basado en la pentarquía de los cinco grandes patriarcados, e insistió en la tradición hesicasta de culto espiritual, que tenía escasa resonancia en Occidente. Esta sirvió para sostener al mundo ortodoxo a través de varios siglos de dominio otomano, y continúa generando devoción no solo en Oriente Próximo, sino también en muchas comunidades de diáspora de todo el mundo.
Mehmet el Conquistador también insistió en que los artesanos cristianos permanecieran en la ciudad. No todas sus iglesias fueron convertidas en mezquitas.
Hoy, en su enorme y extenso conglomerado de barrios, con dos puentes que unen el lado europeo y el asiático y una red de metro en construcción, Estambul conserva su carácter bizantino; no solo en la presencia cristiana, sino también en la grandiosa forma de la ciudad, su bulliciosa actividad comercial como metrópolis internacional, y su población políglota.

Se debe ser conscientes de la excepcionalmente persistente y hábil fusión de tradiciones y herencias de Bizancio, y de cómo esta dio origen a una civilización variopinta y confiada que supo crecer tantas veces como perdió terreno y que luchó hasta el fin para sobrevivir. Resulta asombroso que Bizancio siguiera existiendo después de 1204, cuando Occidente tomó y ocupó su capital durante cincuenta y siete años, y a pesar de que los miniimperios que entonces surgieron en su lugar no fueron auténticos estados imperiales. Algo de esa misma combinación de recursos —clásicos, paganos, cristianos, orientales y occidentales— debía de haber en el ADN originario de Bizancio, que a lo largo de los siglos se revelaría una fuerza vital firme y constante.
En segundo lugar, porque espero haber demostrado que el espíritu de Bizancio ha sobrevivido no solo a la conquista de 1453, sino también a los siglos transcurridos desde entonces hasta hoy, y que su legado pervive más allá del mundo de la Europa central, los Balcanes, Turquía y Oriente Próximo.

El libro finaliza con un anexo cronológico como fotografías del Imperio Bizantino, iconos…

It is a good work that does not focus on traditional aspects of the political history of Byzantium. It brings new points of view in relation to the role played by Byzantium in the formation of European history. It is a very interesting reading for those interested in the subject of Byzantine history and a good introduction for those who do not know it. Some episodes are a little thick, especially those dealing with religious and theological issues. But in general it is a highly recommended book.

This is an absolutely excellent series of essays on the premier medieval empire, Byzantium. The writer expertly sketches the history, indicating what is important and what it meant, both in belief and of historical impact. What makes this book demanding and a great pleasure is that she respects the readers’ intelligence and never over-simplifies for the sake of brevity; that being said, I would not recommend this to readers who are unfamiliar with the outlines of the history, to which she alludes but doesn’t always explain.
While not a historical narrative, the chapter progress more or less chronologically, from its origins in late antiquity, to its fall as a way to presage the Renaissance. Founded at the great trade routes from East to West by the first christian emperor, Byzantium evolved into the first purely autocratic power with the legitimation rituals of traditional Asian kings. It thus served as the model for the monarchies and petty despotisms that were rising to its West. Herrin describes this better than anywhere I have seen this, in wonderful perspective. Byzantium was also the first true christian state, mixing dogmatic monotheistic religion with the functions of government. The way that it evolved and split into sects is clearly delineated by Herrin, the seeds of cultures we can see today.
Herrin also argues that Byzantium was not a mere preserver of classical tradition, but a synthesizer of old systems with the new, that is, Christianity. While I think she over-states her case – there is a genuine decadence to Eastern Rome’s obsession with old forms – she makes one of the best cases I know for Byzantium’s dynamism and creativity. Personally, I find its art, its attempts at consolidating and preserving (and updating) Roman law rather stilted and derivative, but she convinced me that my view is far too one-sided. In addition, she transmits the sense that Greek culture stayed very much alive in a more continuous and lively way than the Latin tradition did to the West.
Finally, Herrin describes the legacy of Byzantium, both as the last-line defense against the Arabs and then the Turks, but also the impact of the exodus of Greek scholars to the West, providing many of the sources that flowered in the Renaissance. I learned the most about the military history in this section, that the Byzantines had become accustomed to fighting the Persians in large military formations, leaving them vulnerable to Arab cavalry with its mobility and lighter-armed warriors fighting in the spirit of jihad. Once the Turks appeared, the Byzantines had become famously decadent, squandering their energy in civil wars, doctrinal disputes, and preoccupation with Slavic pagans that they converted to Greek Orthodoxy. The fall of Constantinople, in so many ways, signals the end of the Middle Ages, expertly evoked by Herrin in splendid prose.

Byzantium evokes the image of an opaque duplicity: plots, murders and physical mutilation, on the one hand, along with excessive wealth, accompanied by gold and sparkling jewels, on the other. During the Middle Ages, however, the Byzantines did not precisely have the monopoly of complexity, betrayal, hypocrisy, darkness or riches. They gave rise to a large number of intelligent leaders, brilliant military generals and innovative theologians, widely defamed and slandered by the aforementioned “Byzantine” stereotypes. They did not create any Inquisition, and as a rule they abstained from burning people at the stake. But there is a mystery associated with that “lost” world that is difficult to define because, in part, it lacks a modern heir. It still remains hidden behind the glories of its medieval art: gold, mosaics, silks and imperial palaces.
First, Byzantium was a millenarian civilization that influenced all the countries of the eastern Mediterranean, the Balkans and Western Europe throughout the Middle Ages. From the sixth century to the fifteenth century, this influence had some ups and downs, but it was constant. Its civilization integrated pagan, Christian, Greek, Roman, ancient and specifically medieval components. His artistic and cultural influences are recognized today as a lasting legacy. But, in addition, diverse fundamental aspects of the government, such as the development of an imperial court with a diplomatic service and a civil bureaucracy, as well as the exercise of the political power on the part of the woman, were developed in Byzantium.
The greatness of Constantinople, at the center of a vast empire, with a system inherited from the imperial government, and the series of sources that inspired it, combined to give enormous confidence to both rulers and the governed.
The imperial identity of Byzantium was strengthened by a linguistic continuity that linked its medieval scholars to the ancient Greek culture, while encouraging them to preserve the texts of the great philosophers, mathematicians, astronomers, geographers, historians and doctors, copying them, editing and commenting. Above all, Byzantium especially appreciated the poems of Homer, and produced the first critical editions of the Iliad and the Odyssey. Although the public theatrical representations were extinguished, the works of Aeschylus, Sophocles, Euripides and Aristophanes were carefully studied and often learned by memory by several generations of schoolboys, who also studied the discourses of Demosthenes and the dialogues of Plato. Thus an important component of ancient pagan wisdom was incorporated into Byzantium.
This ancient heritage was combined with Christian belief, which gradually came to replace the cults of the pagan gods. Byzantium fed the earliest Christian monastic traditions in sacred mountains such as Mount Sinai and Mount Athos, where spiritual teachings continue to inspire monks and pilgrims. He undertook the conversion of the Bulgarians, Serbs and Russians to Christianity; hence, today much of the Balkans is still dotted with Orthodox churches decorated with frescoes and medieval icons. And he maintained contact with the Christian centers that in the seventh century came under Muslim control, supporting the patriarchs of Jerusalem, Alexandria and Antioch, as well as other even more distant communities such as the churches of Ethiopia and Sudan, Persia, Armenia and Georgia.

The city of Constantino attracted to its center the great commercial routes, both sea and land, that converged in the deep water channel that separated Europe from Asia. Unlike the Greek colony of Chrysopolis, in the Asian part of the Bosphorus, it was protected by its physical location on a high rocky peninsula. A great advantage of being almost completely surrounded by water was that the western wall that stretched along the entire peninsula surrounded a vast expanse of land with a relatively short line of fortification. Also, it was more difficult for city defenders to be caught by surprise by a ground attack. This required a regular supply of water, which was guaranteed by means of long aqueducts and cisterns that collected rainwater. With easy access to the fertile surrounding lands and rich fishing grounds, Constantinople also became a natural fortress exceptionally difficult to assault.
Even with all these natural advantages, the decisive element in the defense of the city were always its inhabitants, its institutions, its culture and its organization created within the walls. From the first moment, Constantinople was called the new Rome, in a nod to ancient Rome.
Constantinople grew so rapidly that in 412 new walls had to be built a kilometer and a half farther west than the original defenses of Constantine. A year later a new and enormous triple line of fortifications of 6 kilometers in length was completed. With an inner wall of 11 meters high and towers every 70-75 meters; then a lower intermediate wall, also with towers, and finally another outer wall and a deep moat. These fortifications would protect the city from all its enemies until 1204, and are still impressive today. Maritime walls were also built along the natural barriers of the Golden Horn and the Sea of ​​Marmara. The lands thus included came to increase the extension of the city in about 5 square kilometers, now incorporating the old cemeteries, where the builders would tell chilling stories about tombs removed and findings of funerary statues and bones in these tombs.

While Mount Athos became a point of reference for monastic asceticism, local monks and anchorites constantly inspired other men and women to dedicate their lives to God, while directing their spiritual life. When the young Lucas de Steiris (in central Greece) left his home at the beginning of the tenth century, he learned of the presence of a stylite in Zemenna, in the Peloponnese, and implored him to admit him to his service. For several years he studied ascetic practices with him, and then moved to an isolated place of retreat in Ioannitza as a solitary hermit. Eventually, the disciples who followed it formed a monastery, and the local governor, General Krinites, added his first church, dedicated to Saint Barbara, patron saint of military combatants.
The Church of Holy Wisdom also inspired the mosque that Sultan Mehmet II built on the site of the imperial mausoleum and the Church of the Holy Apostles after the occupation of Constantinople in 1453. It was an important symbol of a fundamental change; but the new vaulted mosque, which took its name from the conqueror, celebrated an architectural form that was clearly Christian. Similarly, when one approached Istanbul by sea, the mosque of Sultan Ahmed, known as the Blue Mosque for the color of its tiles, seems to rival Hagia Sophia, although it was built a thousand years later, and , since it sits a little lower on the slope, it is below its great prototype. From 1453, four minarets added to the corners of the church of Justinian marked the conversion of the ancient monument to Islam; but the truth is that these do nothing but reinforce the peculiarity of the mosque called Ayasofya, and the enormous span of the structure that lies beneath its dome remains a physical symbol of Constantinople’s aspiration to rule the world. While he remains standing, Byzantium will always be present.

In the tenth century, Ravenna was literally a morass separated several kilometers from the sea, although three generations of Germanic emperors -Otton I, Otto II and Otto III-, knew about its imperial past and went to visit it. Its trade with the eastern Mediterranean and its connections with Constantinople were inherited by a new community located in the northern part of the Adriatic: Venice. The inhabitants of the scattered islands along the Venetian lagoon focused more intensely on shipbuilding, naval warfare and international trade, and were able to establish different relations with Byzantium, which we will explain in more detail in the chapter 19. Fortunately, the eclipse of Ravenna preserved its mosaics, which would recall the days of splendor when Romans, Goths and Byzantines ruled Italy from that city, the Constantinople of the West.

Byzantine devotion to the law may also have influenced another significant feature of their civilization: the notion of just war. This idea was developed during the medieval centuries to sanction the wars of reconquest of the lost imperial territory, as well as the defensive wars destined to protect the empire and avoid future losses. Byzantium used skilful diplomacy to try to avoid military action through discussion and negotiation. The emperors and generals who devoted their attention to military tactics always stressed the need to avoid war as much as possible. And when this was inevitable, they sought the legal means to justify the fight. In the 12th century, the Western Crusaders condemned this dependence on diplomacy as a sign of cowardice on the part of the Byzantines. But the empire continued to avoid the shedding of blood whenever possible.
It also reflects the special status enjoyed by ordained priests and monks in the empire, which prohibited them from taking part in military activities. They could bless the troops and pray for their victory, but the religious leaders and the monks did not take up arms. Although the emperor and the patriarch were united in fostering Christian policies, they maintained their respective separate legal systems. By insisting on the existence of a separate field for the Church, governed by its own law, Byzantium laid the foundations of the secular state administered by civil law. Altogether, both estates reflected the deep respect that there was in Byzantium for the written law, and that so marked influence would come to exercise in neighboring states.

Christian Byzantium, the pious icon created a new form of art that became its most characteristic feature. Along with other luxury objects, made of gold, silver and ivory or colored silks, Christians appreciated the icons as evidence of the higher culture of Byzantium. These same artistic traditions also supported imperial ideology, in images depicting rulers as patrons, in coins that associated them with sacred figures, as well as profane works of art depicting victorious emperors, patterns of manuscripts, wreaths, and other symbols. imperial In this way, art would sustain the empire in its transition to a medieval state, and its artistic products would continue to symbolize Byzantium even after 1453. And because of the personal devotion they engendered, Christian icons would also be the center of a great debate that would shake the empire between 730 and 843.

The use of eunuchs to protect and serve the great sovereigns goes back to ancient Egypt and ancient China. Like the great medieval empire of Japan and the Muslim caliphate, Byzantium also employed eunuchs, who with their high-pitched voice, their skin of childish softness, their hairless body and their elongated limbs came to join the exotic elements of life courtesan. Those castrated men – in fact, a third sex, neither male nor female – who could not father their own family, were entrusted with the task of attending to the Byzantine emperor and empress, protecting the women of the reigning dynasty and managing the performance of the ceremonial of the court. In Muslim countries, too, they frequently guarded the sacred sanctuaries of Islam. And in imperial China, even in the twentieth century poor men were still offering to be castrated in order to get a seat in court. The phenomenon of court eunuchs is historically universal, and Byzantine practice was not unusual in hierarchical and imperial governments.
The Byzantine eunuchs, however, were exceptionally well integrated into society as a whole.
Castration had always been considered a humiliating procedure that disgusted free Roman citizens, so that future eunuchs were chosen among non-Roman peoples, often among men captured and enslaved in war. This practice was reinforced in the sixth century when the Justinian Code declared the operation illegal throughout the empire. Thus, foreign prisoners of war were often castrated at the borders and then taken to Byzantium to satisfy the demand for “reliable” servants.
Although the court functions of the eunuchs declined in the last period of the Byzantine Empire, perhaps because the military pressures of the empire became more pressing, they would continue to play important roles and represent a line of continuity that would extend well after the fall of Constantinople. in 1453. With the establishment of the sultan’s harem in the now-expanded Topkapi palace, a large number of them were employed to guard the numerous wives and slaves of the Muslim ruler. With this new responsibility they became again very powerful, and history would remind the black (African) and white (European) eunuchs involved in numerous Ottoman scandals.

The princess of the twelfth century Ana Comnena, one of the best historians and the most famous scholars of the Byzantine Empire, and author of the Alexiada, a biography of her father Alejo I Comneno. He started working on this work around 1137, and he would write the final pages ten years later, when he was already on the threshold of death.
Ana regularly reminds readers of her book that she was born in the porphyra of the Grand Palace in 1083, and that she was the eldest daughter of Alejo and his wife Irene Ducaena. His birth symbolized the alliance of the Comneno and Ducas families, which brought greater stability to the turbulent 11th century.
The Alexiada is full of exciting descriptions of battles, debates and receptions, sprinkled with sketches about the various characters involved, including their peculiarities, dress and philosophy. After a particularly mortifying defeat at the hands of the Pechenegs, for example, Ana explains how Jorge Paleólogo survived the loss of his horse, wandering on foot for eleven days until he found refuge in the house of a widow whose children had escaped the battle , who showed him the way to get back to where his supporters were. During the invasion of Cyprus, Ana tells us that Rhapsomates, the usurper, was so inexperienced in military matters that she felt panic and vertigo every time she rode a horse. And he also devotes considerable space to the ingenious deception by which Bohemond, the Norman chief, escaped from Antioch in 1104 …
His Alexiada is an exciting read. It is a story of his father’s reign, a biography of his family, and also an autobiography, since Ana often speaks of her personal reaction to events, as well as of her thoughts and fears. Likewise, it is composed in the most developed Byzantine form of the Greek Attic, full of dark words and ancient proverbs. Ana’s style is very cultivated and quite difficult. As the reign of his esteemed father, Alejo I Comneno, his story is bold, novel and surprising. No other woman of the Middle Ages, from the East or the West, had the vision, confidence and capacity to carry out such an ambitious project.

They will travel to where their visitors will travel, sailing from port to port or following the land routes, the whole empire was organized for trade and open to pilgrims, and its hospices, taverns and guesthouses assured that the empire, however proud and egocentric that outside, in no moment it was shown provincial or closed.
After the appearance of an imperturbable hierarchy, cultivated by the ceremonies of the imperial court, in Byzantium, as we have seen, there was considerable flexibility, social mobility and innovation. Both before and after 1204, the fact of being “well born” was naturally recognized as a qualification to belong to the elite of the rulers – both civil and ecclesiastical – and the educated administrators. In the same way, those who commanded presupposed that people born in lower-class families, consecrated to the work of the land or urban commercial activities, should remain in that position. Education and the army provided avenues of upward mobility, and also the fact of marrying a well-established family was a usual method of social progress. Conversely, the emperor’s power to confiscate properties and exile his adversaries created a drastic downward movement.

Between the recovery of Constantinople from the Latins in 1261 and its fall to the Ottomans in 1453, Byzantine foreign policy was dominated by the question of the reunification of the churches. Political considerations required the emperors to follow this orientation because they desperately needed Western military aid to fight the Turks, and the spiritual leaders of the West had made the reunification of the churches, with Constantinople subordinated to Rome, a prerequisite to offer his help. After the actions of the crusaders in 1204, many in Byzantium considered this possibility detestable, if not directly heretical, and, consequently, refused to support it. The Palaeologian emperors found themselves in a dilemma: if the price of an alliance with effective Western military forces was reunification, then they had to find an ecclesiastical policy of compromise and agreement. But such a policy would be condemned by those who cared for the correct theology, as well as by the vast majority of the Byzantines, who remained devoted to their Church, their icons and their orthodoxy. Most of the Byzantines wanted support, not subordination.
The Byzantines, however few they were, remained faithfully committed to what they considered orthodoxy. They preferred to maintain their own theology under Ottoman rule than to suffer unification with the Church of Rome and Western domination; a position that was probably an echo of the sacrilege of 1204.

The most notable feature of Byzantium was not its Christianity, proclaimed in its historic councils and conversions, while celebrated in immense churches such as Hagia Sophia or in the domestic intimacy of family icons; nor its Roman organization and administration or its imperial self-confidence; nor its enduring Greek heritage or its educational system. It was the combination of all this, a fact whose origin goes back to the fourth century with the creation of the new capital, its monuments and ports, which made Byzantium root in a rich variety of traditions and resources.
However, the modern stereotype of Byzantium is that of a tyrannical government exercised by effeminate, cowardly men and corrupt eunuchs, obsessed with vacuous rituals, and an interminable, complex and incomprehensible bureaucracy. Montesquieu developed these cartoons in the seventeenth century when he tried to explain the reasons for the decline of the Roman Empire, and Voltaire gave them an even greater relevance, adding his own passionate preeminence of reason over religion.
The Byzantine intellectual activity was possible thanks to the educational system, which was still based on the ancient Greek curriculum and was based on a deep knowledge of the most outstanding pagan texts. Although the Church added its own contingent of theological and spiritual writings, it could never rival the training provided by the memorization of ancient material. This secular practice penetrated in all corners of the empire throughout the centuries.
His constant fascination with the classical past distinguishes Byzantium from Western Christianity throughout the high Middle Ages. Byzantine devotion to the ancients was a constant traditional activity of such long-term importance that it functioned both as a constraint and as a source of inspiration. Although there were particularly creative stages, such as, for example, at the end of the 13th century and the beginning of the 14th century, essentially no new development took place. On the other hand, when the Italians began to explore their pre-Christian past, they were able to generate a resurgence of interest in him, which would give rise to what we now call the Renaissance. Their relative distancing from the thinking and culture of Greek and Roman antiquity encouraged a different kind of curiosity and commitment, which led to an increasingly confident use of science and the birth of secular historiography. Following this tradition, the western Enlightenment condemned most of the Byzantine culture as irrational or irrelevant, even though it was precisely its leaders who established the modern study of history.
After the Ottoman conquest of 1453, Byzantium was maintained in a symbolic and ecclesiastical way by the patriarch established in Constantinople. Monk Genadio (formerly Jorge Escolario) was appointed to this position by Mehmet the Conqueror and became the first leader of the Greek millet. Although later Moscow would claim for itself the cloak of orthodox leadership, the patriarch of Constantinople retained the tradition of ecclesiastical government, based on the pentarchy of the five great patriarchates, and insisted on the hesitant tradition of spiritual worship, which had little resonance in the West. This served to sustain the Orthodox world through several centuries of Ottoman rule, and continues to generate devotion not only in the Middle East, but also in many diaspora communities around the world.
Mehmet the Conqueror also insisted that Christian craftsmen remain in the city. Not all of its churches were converted into mosques.
Today, in its huge and extensive conglomeration of neighborhoods, with two bridges linking the European and Asian sides and a metro network under construction, Istanbul retains its Byzantine character; not only in the Christian presence, but also in the great form of the city, its bustling commercial activity as an international metropolis, and its polyglot population.

One must be aware of the exceptionally persistent and skilful fusion of traditions and legacies of Byzantium, and how this gave rise to a diverse and confident civilization that knew how to grow as many times as it lost ground and that fought to the end to survive. It is amazing that Byzantium continued to exist after 1204, when the West took and occupied its capital for fifty-seven years, and even though the mini-empires that then emerged in its place were not real imperial states. Something of that same combination of resources-classical, pagan, Christian, oriental and western-must have been in the original DNA of Byzantium, which over the centuries would reveal a firm and constant life force.
Secondly, because I hope to have shown that the spirit of Byzantium has survived not only the conquest of 1453, but also the centuries that have elapsed from then until today, and that its legacy lives beyond the world of central Europe, the Balkans , Turkey and the Middle East.

The book ends with a chronological annex as photographs of the Byzantine Empire, icons …

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