Las Mil Caras De Anonymous — Gabriella Coleman / Hacker, Hoaxer, Whistleblower, Spy: The Many Faces of Anonymous by Gabriella Coleman

Es casi seguro que Anonymous no es lo que crees que es. Tienes que vivirlo para entenderlo, sus implicaciones, su funcionamiento y su lugar en la sociedad. Gabrielle Coleman lo vivió, como antropóloga académica totalmente revelada. Esta es su historia tanto como la de ellos.
La estructura de Anonymous es como la estructura de Internet: canales múltiples, puntos de entrada múltiples, parches de autocuración y mucha redundancia. (También muchas malas palabras, muchos ataques personales y muchas sospechas. La testosterona está involucrada). Esto permite que una organización totalmente plana logre en minutos lo que las grandes corporaciones y el gobierno tardan años en lograr. La euforia, la alegría, la satisfacción que saborean los participantes es incomparable. Anonymous es mucho más que un trabajo de amor; es ideal para ejecutar sus sueños. Todos deberían estar celosos.
Gabriella Coleman dio un paseo en algunos de esos sueños, y estaba claramente celosa. Ella va tan lejos como para expresar la compulsión, la adrenalina y la emoción de verlo suceder en vivo. Los personajes son tan ricamente detallados como cualquiera en la ficción. Hay héroes y villanos, víctimas y sobrevivientes. Hay giros y subtramas de la trama. Cubre aproximadamente cuatro años en los que Coleman se acercó lo suficiente a muchos de los personajes como para encontrarse en persona, algo totalmente ajeno a todo el concepto. A menudo, como no, confundieron sus suposiciones.
La historia es una curva de campana clásica. Al principio hay confusión y conmoción y actividad aleatoria e inconcebida. Estaban ahí por el valor de entretenimiento. A medida que los participantes perfeccionaron sus objetivos y sus habilidades, ganaron muchas batallas, especialmente Scientology, donde se ganaron la vida. Luego tomaron y bajaron gobiernos enteros. Tenían un propósito y un enfoque que describieron como el sistema inmune de la democracia. Luego, al no alcanzar niveles más altos, entraron en escena elementos destructivos que promovían el vandalismo por vandalismo y su valor de entretenimiento (como los buenos viejos días). El robo de la tarjeta de crédito se convirtió en un factor. Ciertos participantes se volvieron arrogantes y se convirtieron en voceros, en contra de las reglas. Los objetivos elegidos se volvieron más salvajes y arriesgados. El FBI invirtió jugadores clave en informantes. Los esfuerzos comenzaron a pagar de manera negativa, ya que los gobiernos inyectaron dinero en la detección y las contramedidas. Pero el flujo constante de nuevos reclutas, nuevos problemas y nuevas inspiraciones significa que Anonymous puede escalar diferentes alturas.
Entonces tal vez no sea una curva de campana. Tal vez es una onda sinusoidal. Anónimo continuará mutando, para responder a los poderes del día, los eventos del mundo y los abusos de la sociedad, todos los cuales son objetivos en movimiento. Anonymous está estructurado perfectamente para lidiar con eso.
Hay demasiadas referencias inexplicadas, algunas culturales, otras académicas, que especialmente en el cambiante mundo del ciberespacio serán efímeras. Hará que este libro sea mucho menos legible en los próximos años. Por ahora es un vistazo masivamente atractivo a un ethos idealista que realmente puede cambiar el mundo. Esto no tiene precedentes, y vale la pena entenderlo.
¿Y cómo ha afectado toda esta experiencia al autor? En primer lugar, Coleman se niega a tener un “dispositivo de rastreo personal”, también conocido como teléfono móvil. Basta de charla.

En 2007, para un colectivo que disfruta con el engaño y la astucia, esbozar una simple sonrisa y desmentir semejante información pública hubiese significado perder una excelente oportunidad. Y por esa razón, la voz de Anonymous, grave e inquietantemente lenta y pesada, continúa: «El nombre y la naturaleza de Anonymous han sido devastados, como si se tratara de una prostituta en un callejón, y exhibidos luego ante la opinión pública. Permitidme que lo exprese de una manera muy simple: os habéis equivocado totalmente sobre quién y qué somos… Somos todos y no somos nadie… Somos el rostro del caos y los heraldos del juicio. Nos reímos ante la tragedia. Nos burlamos de los que sufren. Arruinamos las vidas de los demás simplemente porque podemos… Un hombre descarga su agresividad con un gato, nos reímos. Cientos de personas mueren en una catástrofe aérea, nos reímos. Somos la encarnación de una humanidad sin remordimiento, sin cariño, sin amor y sin sentido alguno de la moralidad.
Cuando analizamos los orígenes de Anonymous, el amplio despliegue tanto de la máscara de Guy Fawkes —su principal seña de identidad— como de las ideas que acabó vehiculando entre los manifestantes de la Plaza Tahrir, en El Cairo, o de la Puerta del Sol, en Madrid, parece absurdo. Antes de 2008, el apodo Anonymous se utilizaba casi exclusivamente para definir aquello que un Anon describe como Internet motherfuckery (“la mala leche de Internet”). Nacido en los foros del arbitrario tablón de imágenes /b/ de 4chan (considerado a menudo como “el retrete” o “el ano” de Internet), Anonymous era entonces sinónimo de trolear: una actividad cuyo objetivo es arruinar la reputación de personas y organizaciones y revelar información personal y embarazosa. Los trols tratan de amargarle la existencia a la gente mediante la difusión de contenido siniestro o perturbador, provocando polémicas o generando confusión.
El troleo es una actividad variopinta que prospera en la red y ostenta un amplio abanico de asociaciones estrechamente unidas (tales como Patriotic Nigras, Bantown, Team Roomba o Rustle League), una variedad de géneros (diferenciados en su mayoría por el objetivo; por ejemplo, los griefers o “cibermatones” van a por jugadores de videojuegos; mientras que los RIP trols se centran en familiares y amigos de personas fallecidas recientemente) y un pequeño panteón de personas famosas (Violentacrez, Jameth). Su núcleo original se remonta mucho más allá de la creación de Internet y hunde sus raíces en las veleidades del mito y la cultura oral. A pesar de esta diversidad, los trols contemporáneos de Internet están unidos en una reivindicación casi universal del lulz como fuerza motriz y efecto deseado de sus esfuerzos.

Era el 20 de julio y asistía a una conferencia llamada Hackers on Planet Earth (“Hackers en el planeta Tierra”), también conocida como HOPE, que se celebraba cada dos años en el histórico (y, por su parecido con el hotel de El resplandor, también aterrador) hotel Pennsylvania de Nueva York. Una vez acabada mi intervención, me sentía preparada para absorber aquel ambiente tan extraordinario y políticamente cargado de dramatismo, intriga y suspense. Pero el ambiente cargado que reinaba en HOPE no era a consecuencia de Anonymous. En aquel momento, si bien ya se podía describir a Anonymous como políticamente extravagante, en términos geopolíticos el grupo tenía una escasa importancia real. Los activistas de Anonymous habían comenzado a participar en otros escenarios (como la Revolución verde iraní), pero seguían centrados sobre todo en Chanology, exponiendo con tenacidad los abusos cometidos por la Iglesia de la Cienciología y manifestando sus protestas todos los meses en ciudades de Norteamérica, Australia, Europa y algunos otros lugares. Un número considerable de trols seguía reclamando el nombre de Anonymous, pero esta corriente de “cabronadas ultracoordinadas” se encontraba en claro declive.
A menudo los comentaristas describen a Anonymous como una entidad amorfa que existe en una suerte de estado gelatinoso mítico y primordial del no-ser que solo adquiere una existencia sólida cuando un agente externo pronuncia su nombre. Aceptando esta lógica, algunos escritores sugieren que Anonymous y sus intervenciones sufren de una inherente falta de cohesión. «El mensaje confuso del grupo, sin portavoces, líderes o planes políticos concretos que proporcionen una dirección estable —escribió Art Keller en Newsweek—, se ve agravado por una ideología que oscila entre la extrema izquierda, la extrema derecha y las principales preocupaciones de los ciudadanos.»
Un doble discurso que ilustra la flagrante hipocresía de una sola corporación, PayPal, que persigue a los manifestantes que participaron en la Operación Vengar a Assange. (MasterCard y Visa no quisieron procesar a los responsables.) En el tribunal, los abogados de PayPal calcularon que los daños ascendían a 5,5 millones de dólares. Mientras tanto, en otros foros, funcionarios corporativos declaraban que «PayPal nunca quedó inactivo» o bien que el ataque solamente «ralentizó el sistema de la empresa, pero en una medida tan mínima que hubiera sido imperceptible para los clientes». Éste es un ejemplo perfecto de cómo los actores corporativos no solo pueden continuar manifestando sus posturas sin problemas a través de multitud de canales, sino que también pueden participar en un doble discurso hipócrita y contradictorio mientras someten a los acusados a un proceso legal costoso y prolongado.

Aunque sea la respuesta que nadie quiere escuchar, no hay ninguna clase, excepto, nuevamente, que muchos tienden a ser geeks y hackers. Aquellos que se identifican como parte de Internet muestran una gran diversidad en cuanto a antecedentes, intereses y sensibilidad política. Pero detrás de la pregunta, quien la formula probablemente tiene un estereotipo en mente: joven estadounidense socialmente alienado, blanco, indignado, libertario. Y si asumimos que el hacker y geek predeterminado es generalmente varón, de clase media, libertario y blanco, entonces resulta mucho más sencillo tratar las intervenciones políticas de los hackers como juveniles y sospechosas, surgidas de una base de angustia adolescente, no del deseo de una acción política escrupulosa.

LulzSec —un equipo de hackers renegados de Anonymous que rompió con el colectivo y se duplicaron como juglares itinerantes— apareció unos meses después del tristemente célebre hackeo a HBGary Federal. Integrado por los mismos individuos que habían hackeado a Aaron Barr con una intención claramente vengativa, la asombrosa carrera catalizadora de cincuenta y cinco días emprendida por LulzSec se inició a comienzos de mayo de 2011 y acabó abruptamente el 25 de junio, poco después de que uno de los suyos, Sabu, fuese detenido y convertido en menos de veinticuatro horas por el FBI. Entre sus objetivos se encontraban Sony Music Entertainment Japan, Sony Pictures Entertainment, Sony BMG (Holanda y Bélgica), PBS, el Departamento de Protección Civil de Arizona, el Senado de Estados Unidos, el Organismo de Lucha contra la Delincuencia Organizada Grave del Reino Unido, Bethesda Softworks, AOL y AT&T. A pesar de esta actividad frenética —y numerosas intrusiones— cuando se lo compara con Anonymous, LulzSec era un grupo más manejable y contenido, al menos desde una perspectiva organizativa. Sus miembros hackeaban con absoluta impunidad, haciendo finalmente buena la afirmación hecha en 2007 en Fox News de que Anonymous estaba compuesto por tíos “chutados de esteroides”.
Los miembros de LulzSec desempeñaban su papel totalmente conscientes de actuar para un público variopinto. Incluso los más arrogantes hackers de seguridad que antes habían desdeñado a Anonymous animaban ahora a LulzSec.
LulzSec y Anonymous excedían fundamentalmente el marco de la criminalidad, aun cuando eran incapaces de escapar completamente a su órbita. LulzSec y Anonymous, a diferencia de las organizaciones criminales, no actuaban por el lucro personal y, en el caso de Anonymous, ha existido una notable presión social para acallar el interés propio, la fama personal y el reconocimiento. Anonymous interpretó la lección más amplia y nietzscheana encarnada en Zaratustra: representar el deseo secreto de quitarse —al menos por un momento—los grilletes de la normatividad y alcanzar la grandeza, la voluntad de poder puesta al servicio de metas colectivas y altruistas en lugar de los deseos individualistas y que buscan el interés personal. El caos artístico de Anonymous y LulzSec, parafraseando a Nietzsche, dio a luz a una estrella danzarina. Si parezco manifiestamente romántica con respecto a LulzSec y a esta era de Anonymous, es posible que lo sea. Pero los acontecimientos ulteriores aseguraron que esta fase de luna de miel era efímera. Ahora podemos centrarnos en la muerte de LulzSec y en la aparición de AntiSec y comprobar cómo este mito impresionante fracasó cuando Anonymous se vio parcialmente eclipsado por el culto a la personalidad.

Cada vez más, gracias a sus acciones combinadas, somos capaces de reconocer que nos encontramos en una encrucijada. Snowden provocó un intenso debate nacional sobre la cuestión de la privacidad que se ha prolongado durante más de un año, un milagro menor en un panorama mediático masivo que celebra la novedad y evita el debate sostenido a largo plazo. Existen signos prometedores de cambios legislativos. En lo que el defensor de la libertad de expresión Trevor Timm describió como «una sorprendente amonestación a los abogados de la NSA y a la Casa Blanca», la Cámara de Representantes estadounidense aprobó en junio de 2014 un amplio proyecto de ley que prohíbe el acceso sin orden judicial a los correos electrónicos de los ciudadanos estadounidenses, y a las agencias de inteligencia la instalación de puertas traseras en el hardware comercial, con o sin la complicidad del vendedor.
Anonymous deja mucho a la imaginación. Pero no todo; es fundamental entender de qué modo Anonymous experimentó una metamorfosis desde los trols del submundo hasta los activistas cara al público, sobre todo si tenemos en cuenta que a Estados-nación, fiscales, funcionarios del gobierno y jueces les encantaría expulsarles a todos como simples delincuentes. Estos poderes fácticos no están dispuestos a reconocer que las acciones protagonizadas por Anonymous están generadas por una vocación activista; de hecho, pueden ser la potencia y el carácter motivado políticamente que caracterizan las acciones del grupo las que impulsan al Estado a criminalizarles con tanta rapidez.
Y entonces, si bien me había propuesto eliminar los conceptos erróneos, la posibilidad de eliminar el aura de magia y misterio parecía de alguna manera inaceptable (en caso de que fuese siquiera posible). La filósofa Jane Bennett hace un llamamiento a que «nos resistamos a la historia del desencanto de la modernidad» y, en cambio, a «aumentar el hechizo». Esta elevación deliberada del hechizo, sostiene Bennett, es un gesto político significativo y uno que estoy dispuesta a hacer por razones que se volverán más evidentes.
Aunque se trata de un colectivo inestable, y aunque sus estructuras organizativas nunca pueden ser comprendidas del todo, Anonymous está compuesto de personas que deciden juntas y por separado tomar cartas en el asunto. ¿Quién podría ser esta gente? ¿Un vecino? ¿Una hija? ¿Una secretaria? ¿Un conserje? ¿Un estudiante? ¿Un budista? ¿Un banquero de incógnito? ¿Tú? Cualquiera que sea la clase de gente que forma parte hoy del colectivo, una cosa es cierta: lo que comenzó como una red de trols se ha convertido en un manantial de insurgencia online. Lo que se inició como una reducida reacción contra la Iglesia de la Cienciología hoy comprende una selección mundial de causas políticas, desde luchas contra la censura en Túnez hasta salvas contra la cultura de la violación en Estados Unidos y Canadá y condenas a las injusticias económicas y políticas expresadas en Zuccotti Park y en la plaza Tahrir.
A pesar de una actitud frente a la ley imprevisible, por no decir irreverente y a menudo destructiva, Anonymous ofrece también una lección objetiva de lo que Ernst Bloch, el filósofo de la Escuela de Frankfurt, llama “el principio esperanza.

Anonymous se convirtió en un símbolo generalizado para la disensión, un medio para canalizar el profundo desencanto con un dictador, una ley, la economía, la cultura de la violación, básicamente con cualquier cosa. A Anonymous, siempre corriendo riesgos, le gustaba jugar con fuego y muchos de sus participantes despreciaban o rechazaban las medidas de seguridad. No debe sorprendernos que el propio grupo, en su conjunto, finalmente se prendiese fuego, haciendo que el camino para otros ardiese en llamas. Algunos de ellos se quemaron.
Como lo explica Firefly en el documental Somos legión: «Es como el ave Fénix. En ocasiones podía prenderse fuego y quedar reducida a cenizas, pero renacería de esas cenizas. Renacerá aún más fuerte.» Presionar con fuerza contra las reglas y los límites puede llevar a menudo a caer en una trampa o a la desaparición, pero la idea fundamental detrás de la entidad –Anonymous es libre de que cualquiera lo personifique– lo coloca en una excelente posición para la resurrección y la reinvención.
Anonymous ha aparecido muchas veces como una visión, confundiéndonos mientras contemplamos los destellos brillantes de sus encantadores (y ofensivos y confusos) sueños. Es esta facultad de combinar, de una parte, el espacio mítico y, de la otra, la realidad de activistas que asumen riesgos y pasan a la acción, lo que hace que el grupo sea tan atractivo. Desde la distancia es como observar la aurora boreal, una silenciosa pero mítica batalla de dioses y embaucadores que se libra en el cielo nocturno, un cielo aún más fascinante porque todo el mundo lo puede contemplar. El poder del anonimato epónimo de Anonymous reside en que todos somos libres de elegir si llevamos o no la máscara.

Anonymous representa un ejemplo perfecto del funcionamiento de esta lógica. Los participantes que doxean, hackean o son minoría. Pero al llevar a cabo estas acciones contribuyen a animar a los espectadores y a otros participantes, incluso a aquellos que no están de acuerdo con sus tácticas o sus resultados.
Sin embargo, la cuestión relacionada con la rendición de cuentas por parte de Anonymous es planteada nuevamente por los críticos en este terreno, a menudo críticos que defienden obstinados el uso de la desobediencia civil por parte de otros movimientos sociales. La desobediencia civil, afirman, carece de legitimidad si no lleva el sello de nuestra identidad legal, si no está legitimada por el riesgo de sufrir un castigo.
Mientras Anonymous continúa planteando exigencias al Estado, buscando erradicar la corrupción y vinculándose con otros activistas con el fin de proporcionar ayuda para las grandes y pequeñas luchas políticas, actúa para descolonizar hábitos de subjetividad profundamente arraigados: se atreve a avanzar hacia un bien colectivo sin la necesidad del reconocimiento personal y la promoción de una marca personal. Después de todo, muchos de sus participantes son ciudadanos capaces, respetuosos con la ley que podrían, si quisieran, buscar cierto grado de gloria pública y personal a cambio de sus contribuciones. En cambio, ellos insisten en el “derecho a la opacidad”, como lo formuló Edouard Glissant. El enmascaramiento, considerado a menudo solo en términos negativos —como una forma de rehuir u ocultar la responsabilidad— puede permitir también una ética de la interacción y de estar-en-el-mundo positiva y constructiva que contrarreste los intereses estatales, corporativos y coloniales. De hecho, este derecho encarna una serie de negativas desafiantes basadas en principios; la negativa a permitir que el Estado vigile a sus ciudadanos; la negativa a permitir que las corporaciones conviertan las comunicaciones personales en un beneficio económico o manipulen sus deseos personales; la negativa a aprovecharse de la mano de obra del otro; la negativa, en esencia, a impedir que una idea fecunda —que somos y podemos ser anónimos— se marchite.

Anonymous is almost certainly not what you think it is. You have to live it to understand it, its implications, its functioning, and its place in society. Gabrielle Coleman lived it, as a fully disclosed academic anthropologist. This is her story as much as theirs.
The structure of Anonymous is like the structure of the internet: multiple channels, multiple entry points, self healing patches, and lots of redundancy. (Also lots of swearing, lots of personal attacks, and lots of suspicions. Testosterone is involved.) This enables a totally flat organization to achieve in minutes what giant corporations and government take years to effect. The exhilaration, the joy, the satisfaction participants savor is incomparable. Anonymous is far more than a labor of love; it is idealists executing on their dreams. Everyone should be jealous.
Gabriella Coleman hitched a ride on some of those dreams, and was clearly jealous. She goes so far as to express the compulsion, the adrenaline rush, and the thrill of watching it happen live. The characters are as richly detailed as any in fiction. There are heroes and villains, victims and survivors. There are plot twists and subplots. It covers roughly four years in which Coleman got close enough to many of the characters as to meet in person, something totally alien to the whole concept. Often as not, they confounded her assumptions.
The story is a classic bell curve. At first there is confusion and commotion and random, unconcerted activity. They were in it for the entertainment value. As the participants refined their goals and their skills, they won many battles, notably Scientology, where they earned their stripes. They then took on and down whole governments. They had a purpose and a focus they described as the immune system of democracy. Then, with no higher levels to reach, destructive elements entered the picture, promoting vandalism for the sake of vandalism and its entertainment value (like the good ole’ days). Credit card theft became a factor. Certain participants got cocky and became spokespeople, against the rules. Chosen targets got wilder and riskier. The FBI flipped key players into informants. Efforts began to pay negatively, as governments poured money into detection and countermeasures. But the constant flow of fresh recruits, new issues and new inspirations mean Anonymous can scale different heights.
So maybe it’s not a bell curve. Maybe it’s a sine wave. Anonymous will continue to mutate, to respond to the powers of the day, the events of the world and to the abuses of society, all of which are moving targets. Anonymous is structured perfectly to deal with that.
There are too many unexplained references, some cultural, some academic, which especially in the fast changing world of cyberspace will prove ephemeral. It will make this book much less readable in years to come. For now it is a massively engaging peek into an idealistic ethos that can actually change the world. This is unprecedented, and very much worth understanding.
And how has all this experience affected the author? For one thing, Coleman refuses to own a “personal tracking device”, aka mobile phone. Enough said.

In 2007, for a group that enjoys deception and cunning, to sketch a simple smile and disprove such public information would have meant losing an excellent opportunity. And for that reason, the voice of Anonymous, grave and disturbingly slow and heavy, continues: “The name and nature of Anonymous have been devastated, as if it were a prostitute in an alley, and then exhibited before the public. Allow me to express it in a very simple way: you have completely wrong about who and what we are … We are all and we are nobody … We are the face of chaos and the heralds of judgment. We laugh at the tragedy. We make fun of those who suffer. We ruin the lives of others simply because we can … A man unloads his aggressiveness with a cat, we laugh. Hundreds of people die in an air catastrophe, we laugh. We are the embodiment of a humanity without remorse, without affection, without love and without any sense of morality.
When we analyze the origins of Anonymous, the wide deployment of both the mask of Guy Fawkes – his main hallmark – as well as the ideas he ended up conveying among the protesters in Tahrir Square, in Cairo, or Puerta del Sol, in Madrid, it seems absurd. Before 2008, the nickname Anonymous was used almost exclusively to define what an Anon describes as the Internet motherfuckery (“the bad news of the Internet”). Born in the forums of the arbitrary / b / 4chan image board (often referred to as “the toilet” or “the year” of the Internet), Anonymous was then synonymous with trolling: an activity whose goal is to ruin the reputation of people and organizations and reveal personal and embarrassing information. The trolls try to embitter people’s existence by spreading sinister or disturbing content, provoking controversies or generating confusion.
The trolley is a colorful activity that thrives in the network and boasts a wide range of closely linked associations (such as Patriotic Nigras, Bantown, Team Roomba or Rustle League), a variety of genres (differentiated mostly by the objective, for example , griefers or “cybermatones” go for video game players, while RIP trolls focus on family members and friends of recently deceased people) and a small pantheon of famous people (Violentacrez, Jameth). Its original core goes back far beyond the creation of the Internet and has its roots in the vagaries of myth and oral culture. In spite of this diversity, the contemporary trolls of the Internet are united in an almost universal vindication of the lulz as the driving force and desired effect of their efforts.

It was July 20 and I was attending a conference called Hackers on Planet Earth (“Hackers on Planet Earth”), also known as HOPE, which was held every two years in the historic (and, because of its resemblance to the El hotel). glow, also terrifying) Pennsylvania hotel in New York. Once my speech was over, I felt ready to absorb that extraordinary and politically charged atmosphere of drama, intrigue and suspense. But the charged atmosphere that reigned in HOPE was not as a result of Anonymous. At that time, although one could already describe Anonymous as politically extravagant, in geopolitical terms the group had little real importance. Anonymous activists had begun to participate in other scenarios (such as the Iranian Green Revolution), but they remained focused mainly on Chanology, tenaciously exposing the abuses committed by the Church of Scientology and demonstrating their protests every month in North American cities , Australia, Europe and some other places. A considerable number of trolls still claimed the name of Anonymous, but this current of “ultra-coordinated bastards” was in clear decline.
Commentators often describe Anonymous as an amorphous entity that exists in a sort of mythical and primal gelatinous state of non-being that only acquires a solid existence when an external agent pronounces its name. Accepting this logic, some writers suggest that Anonymous and its interventions suffer from an inherent lack of cohesion. “The confusing message of the group, without spokesmen, leaders or concrete political plans that provide a stable direction,” wrote Art Keller in Newsweek, “is aggravated by an ideology that oscillates between the extreme left, the extreme right and the main concerns of the citizens. »
A double speech that illustrates the flagrant hypocrisy of a single corporation, PayPal, that persecutes the protesters who participated in Operation Avenge Assange. (MasterCard and Visa did not want to prosecute those responsible.) In court, PayPal’s attorneys calculated that the damages amounted to $ 5.5 million. Meanwhile, in other forums, corporate officials declared that “PayPal never became inactive” or that the attack only “slowed down the company’s system, but to such a minimum extent that it would have been imperceptible to the clients”. This is a perfect example of how corporate actors can not only continue to express their positions without problems through a multitude of channels, but can also participate in a hypocritical and contradictory double discourse while subjecting the accused to an expensive and prolonged legal process .

Although it is the answer that nobody wants to hear, there is no class, except, again, that many tend to be geeks and hackers. Those who identify themselves as part of the Internet show a great diversity in terms of background, interests and political sensitivity. But behind the question, whoever formulates it probably has a stereotype in mind: young American socially alienated, white, indignant, libertarian. And if we assume that the predetermined hacker and geek is generally male, middle class, libertarian and white, then it is much easier to treat the political interventions of hackers as juvenile and suspicious, arising from a base of adolescent anguish, not from the desire to a scrupulous political action.

LulzSec – a renegade hacker team from Anonymous that broke with the collective and doubled as itinerant minstrels – appeared a few months after the infamous hacking of HBGary Federal. Comprised of the same individuals who had hacked Aaron Barr with a clearly vengeful intent, the amazing fifty-five-day catalytic career undertaken by LulzSec began in early May 2011 and ended abruptly on June 25, shortly after one of their own, Sabu, was arrested and converted in less than twenty-four hours by the FBI. Among its objectives were Sony Music Entertainment Japan, Sony Pictures Entertainment, Sony BMG (Netherlands and Belgium), PBS, the Department of Civil Protection of Arizona, the United States Senate, the Organism to Fight Serious Organized Crime in the United Kingdom. , Bethesda Softworks, AOL and AT & T. Despite this frenetic activity – and numerous intrusions – when compared to Anonymous, LulzSec was a more manageable and content group, at least from an organizational perspective. Its members hacked with absolute impunity, finally making good the claim made in 2007 on Fox News that Anonymous was made up of uncles “steroid shooters”.
LulzSec members played their role fully aware of acting for a diverse audience. Even the most arrogant security hackers who had previously spurned Anonymous were now cheering for LulzSec.
LulzSec and Anonymous exceeded fundamentally the framework of criminality, even though they were unable to completely escape their orbit. LulzSec and Anonymous, unlike criminal organizations, did not act for personal gain and, in the case of Anonymous, there has been a notable social pressure to silence self-interest, personal fame and recognition. Anonymous interpreted the broader and Nietzschean lesson embodied in Zarathustra: representing the secret desire to take away – at least for a moment – the shackles of normativity and achieve greatness, the will to be able to put at the service of collective and altruistic goals instead of the individualistic desires and that look for the personal interest. The artistic chaos of Anonymous and LulzSec, paraphrasing Nietzsche, gave birth to a dancing star. If I seem manifestly romantic with respect to LulzSec and this era of Anonymous, it is possible that it is. But subsequent events ensured that this honeymoon phase was short-lived. Now we can focus on the death of LulzSec and the appearance of AntiSec and see how this impressive myth failed when Anonymous was partially overshadowed by the cult of personality.

Increasingly, thanks to their combined actions, we are able to recognize that we are at a crossroads. Snowden provoked an intense national debate on the issue of privacy that has lasted for more than a year, a minor miracle in a massive media landscape that celebrates novelty and avoids long-term sustained debate. There are promising signs of legislative changes. In what freedom defender Trevor Timm described as “a surprising reprimand to the NSA and White House attorneys,” the US House of Representatives passed a comprehensive bill in June 2014 prohibiting access without judicial order to the emails of the American citizens, and to the intelligence agencies the installation of backdoors in the commercial hardware, with or without the complicity of the seller.
Anonymous leaves a lot to the imagination. But not all; It is fundamental to understand how Anonymous underwent a metamorphosis from the trolls of the underworld to the activists facing the public, especially if we take into account that nation-states, prosecutors, government officials and judges would love to expel all of them as mere criminals. These powers are not willing to recognize that the actions carried out by Anonymous are generated by an activist vocation; in fact, it may be the power and the politically motivated character that characterize the actions of the group that impel the State to criminalize them so quickly.
And then, although I had proposed to eliminate the misconceptions, the possibility of eliminating the aura of magic and mystery seemed in some way unacceptable (in case it was even possible). The philosopher Jane Bennett calls for “we resist the history of the disenchantment of modernity” and, instead, to “increase the spell.” This deliberate elevation of the spell, says Bennett, is a significant political gesture and one that I am willing to do for reasons that will become more evident.
Although it is an unstable collective, and although its organizational structures can never be fully understood, Anonymous is composed of people who decide together and separately to take action on the matter. Who could these people be? A neighbour? A daughter? A secretary? A concierge? A student? A Buddhist? An incognito banker? Your? Whatever kind of people are part of the collective today, one thing is certain: what started as a network of trolls has become a source of online insurgency. What began as a small reaction against the Church of Scientology today comprises a worldwide selection of political causes, from struggles against censorship in Tunisia to saves against the culture of rape in the United States and Canada and condemnations of economic injustices and policies expressed in Zuccotti Park and in Tahrir Square.
Despite an unpredictable, if not irreverent, and often destructive attitude to the law, Anonymous also offers an objective lesson of what Ernst Bloch, the philosopher of the Frankfurt School, calls “the hope principle.

Anonymous became a widespread symbol for dissent, a means to channel the deep disenchantment with a dictator, a law, the economy, the culture of rape, basically with anything. Anonymous, always taking risks, liked to play with fire and many of its participants despised or rejected security measures. It should not be surprising that the group itself, as a whole, was finally set on fire, causing the road for others to burn. Some of them were burned.
As Firefly explains in the documentary We Are Legion: “It’s like the Phoenix bird. Sometimes it could catch fire and be reduced to ashes, but it would be reborn from those ashes. He will be reborn even stronger. “Pressing hard against rules and limits can often lead to a trap or disappearance, but the fundamental idea behind the entity -Anonymous is free from anyone embodying it- places it in a excellent position for resurrection and reinvention.
Anonymous has appeared many times as a vision, confusing us as we contemplate the bright flashes of its charming (and offensive and confusing) dreams. It is this ability to combine, on the one hand, the mythical space and, on the other, the reality of activists who take risks and take action, which makes the group so attractive. From a distance it is like watching the aurora borealis, a silent but mythical battle of gods and tricksters that is fought in the night sky, a sky even more fascinating because everyone can contemplate it. The power of the Anonymous anonymity of Anonymous resides in that we are all free to choose whether or not we wear the mask.

Anonymous represents a perfect example of how this logic works. The participants who doxean or hack are a minority. But by carrying out these actions they help to animate the spectators and other participants, even those who do not agree with their tactics or their results.
However, the issue of accountability on the part of Anonymous is raised again by critics in this field, often critics who stubbornly defend the use of civil disobedience by other social movements. Civil disobedience, they claim, lacks legitimacy if it does not bear the stamp of our legal identity, if it is not legitimized by the risk of suffering a punishment.
While Anonymous continues to pose demands to the State, seeking to eradicate corruption and linking with other activists in order to provide help for large and small political struggles, it acts to decolonize deep-rooted habits of subjectivity: it dares to move towards a collective good without the need for personal recognition and the promotion of a personal brand. After all, many of its participants are capable, law-abiding citizens who could, if they wanted, seek a degree of public and personal glory in return for their contributions. Instead, they insist on the “right to opacity,” as Edouard Glissant put it. Masking, often considered only in negative terms -as a way of shunning or hiding responsibility- can also allow a positive and constructive ethics of interaction and being-in-the-world that counteracts state, corporate and colonial interests. . In fact, this right embodies a series of defiant denials based on principles; the refusal to allow the State to monitor its citizens; the refusal to allow corporations to convert personal communications into an economic benefit or manipulate their personal desires; the refusal to take advantage of the labor of the other; the refusal, in essence, to prevent a fertile idea -which we are and can be anonymous- from withering away.

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