Estado Islámico. Geopolítica Del Caos — Javier Martín / Islamic State (IS). Geopolitics of Chaos by Javier Martín (spanish book edition)

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Este es un interesante breve libro para poner en orden unas nociones básicas sobre estos temas tan de actualizar y que se puede profundizar con muchos de los libros comentados en mi blog sobre el tema.

Entender qué es, qué significa el Estado Islámico declarado el 29 de junio de 2014 por Ibrahim Awwad Ibrahim Ali al Badri al Samarayi —“Abu Bakr al Bagdadi” para Occidente y sus aliados musulmanes, y “el califa Ibrahim” para sus acólitos— obliga a desprenderse, necesariamente, de los equívocos y de los mitos sobre su naturaleza que dominan en los medios de comunicación e intoxican ciertos debates políticos, dirigidos a excusar los errores de cálculo cometidos por las potencias internacionales y sus socios en Oriente Medio y a justificar intervenciones militares injustificables. El más importante de ellos, su inapropiada e interesada definición como simple movimiento terrorista. Arraigado en un área de cientos de kilómetros cuadros que abarca desde el extrarradio de Alepo (Siria) a la provincia central de Al Anbar (Irak); replicado por decenas de grupos armados que le han jurado lealtad, desde las agrestes montañas de Argelia a las costas índicas de Indonesia, y dotado de un poderoso efecto llamada, que atrae a jóvenes de otros países islámicos, pero también a musulmanes nacidos y crecidos en Europa, el Estado Islámico es, en realidad, un proto-es­­tado islámico con rasgos del totalitarismo y vicios de la ultraderecha, capaz de autofinanciarse métodos mafiosos, que gestiona un amplio tejido social y se sostiene en un estructura militar que aúna con eficacia estructuras de ejército regular, tácticas de guerrilla, herramientas de Inteligencia y recursos terroristas.
El yihadismo es un problema para todo el mundo, no solo para Oriente Medio y el norte de África.

Los “Hermanos Musulmanes”, es hoy el movimiento panislamista suní con más atractivo entre los jóvenes musulmanes europeos y el que más crece en Estados Unidos e Indonesia. Promotor de un cambio radical no violento en las tierras en las que el islam es mayoritario, reniega de los autodenominados estados islámicos actuales —Arabia Saudí, Irán y Sudán—, abjura de conceptos “ajenos a la fe de Mahoma” como el nacionalismo, el capitalismo y el socialismo —amén del interesado modelo de democracia adoptado en la vieja Europa—, aboga por desbaratar las actuales estructuras nacionales y pretende edificar desde sus escombros un nuevo orden cimentado en el concepto fundacional del califato. “No­­sotros trabajamos en el plano político, en el de las ideas, huimos de la violencia. Seguimos el ejemplo del Profeta que no necesitó de la violencia para construir su sociedad igualitaria”.
Organización difícil de catalogar, tan desconocida en Occidente como socialmente influyente en los países en los que está sólidamente asentada, Hizb al Tahrir es el resultado de una aleación que comparte fundamentos ideológicos con los Hermanos Musulmanes, incluye componentes espirituales del salafismo moderado y el deobandismo indo-pakistaní y se sostiene tanto en el se­­cretismo inherente a la francmasonería como en el centralismo funcional y jerárquico del modelo marxista-leninista. Un frangollo colonizado de grises que no permite encasillarlo ni como partido político ni como grupo radical, aunque para numerosos expertos constituya el principal semillero ideológico —sobre todo en Europa— de movimientos yihadistas de sustrato afín, como el propio Estado Islámico, con el que comparte, en esencia, las metas, que no los métodos. “Su objetivo es influir en la elite política. Desafiar el actual statu quo, cambiarlo, pero desde dentro del sistema”, precisan Houriya Ahmad y Hannah Stuart, autoras de la obra de referencia Hizb ut Tahrir. Ideology and Strategy, publicada en Londres en 2009 por el Centro para la Cohesión Social.
Enemigo de las fronteras trazadas a principios del si­­glo XX en Oriente Medio —y en particular de los acuerdos franco-británicos de Sykes-Picot (1916)—, y devoto de la inconclusa —y simplista— visión política atribuida a Maho­­ma, es precisamente en la capital británica donde el grupo tiene uno de sus principales centros de adoctrinamiento.

Al margen de su particularidad nacional, la ebullición política que agita Palestina es paradigma de la crisis de identidad en la que están inmersas las sociedades islámicas desde el albor de la presente década. Un periodo con aroma finisecular, de desorientación, incertidumbre y dramática mudanza, en el que las quimeras vagan, los viejos patrones se desploman y apenas se atisban arquetipos detrás del polvo levantado por los sueños libertarios. La agonía de una época que arrancó en el estertor del siglo XIX con la denominada Nahda (“Renacer”), fue testigo de la desaparición del exangüe califato (1924), alumbró en los años siguientes los movimientos islamistas y nacionalistas-socialistas, vivió una época de fugaz esplendor con el panarabismo y devino después en una sucesión de dictaduras y monarquías absolutas —en mu­­chos casos aliadas de Occidente—, crueles y corruptas que avanzado el siglo XXI se resisten a asumir una ineludible transformación que aún no tiene forma ni modelo. Descartada la democracia a la europea —una opción elitista y alejada de la idiosincrasia de la región— y malogrado el islamismo político —la experiencia de los Hermanos Musulmanes en Egipto ha demostrado que, al igual que era la única alternativa de oposición estructurada, suponía también una propuesta ineficaz y obsoleta—, falta conocer cómo este cambio social, de mentalidad, que han propiciado las revueltas árabes se desarrollará, reflejará y articulará en el plano estrictamente político.

El “califa Ibrahim” es, sin embargo, una turbadora realidad. El líder yihadista acapara la atención mundial desde que el 29 de junio de 2014 el que era portavoz del entonces llamado Estado Islámico para Irak y Siria (ISIS por sus siglas en inglés, Daesh en árabe), Taha Subhi Falaha “Abu Muhammad al Adnani” anunciara la restauración del califato, desaparecido nominalmente hace 90 años, tras la expulsión del califa 101: Abdul Mejid II, afincado en Turquía. Ese mismo día, la influyente ma­­quinaria de propaganda del grupo publicitó, también, su futura estrategia con dos vídeos simbólicos: uno, titulado Rompiendo muros, explicaba el operativo militar de liberación de presos; el otro, bajo el epígrafe El final de Sykes-Picot declaraba la desaparición de la de­­marcación fronteriza entre Siria e Irak y predecía la muer­­te del Oriente Medio colonial.
El pretendido sucesor de Abdul Mejid II se presentó en sociedad apenas cinco días después, el 4 de julio de 2014 —fiesta nacional estadounidense—, a través de una grabación difundida también en las redes sociales. Vestido de negro, con la luenga e hirsuta barba sobre su pecho y un ostentoso reloj en la muñeca que le valió el irónico y despectivo apelativo del “califa del Rolex”.
El Estado Islámico también realiza labores de contrainteligencia. Infiltra agentes en los grupos de oposición sirios, entre los refugiados que huyen a Jordania o Turquía, para identificar opositores y desenmascarar posibles espías. Igualmente para realizar el primer filtro de nuevos combatientes antes de que crucen la frontera y negociar el contrabando con guardias corruptos y empresarios sin escrúpulos. “Solo tienes que ir al sur de Turquía y ver la cantidad de barbudos que hay”, confirma Jules, que deja entrever que Ankara podría “hacer algo más” para cortar las alas a Al Bagdadi.
Igual de potente e importante es para el Estado Islá­­mico la división de comunicación y propaganda, centrada en la televisión y las redes sociales. Los vídeos con ejecuciones y otras atrocidades son uno de sus pilares. Expertos coinciden en subrayar que, lejos de amedrentar, tienen un componente dinamizador que impulsa las adhesiones. Su difusión a través de los medios occidentales e Internet amplifica ese efecto. Su presencia continua en televisiones y periódicos del mundo —que carecen de reporteros sobre el terreno— lanza un mensaje: pese a los bombardeos occidentales crecemos, seguimos fuertes y vivos.

El IS ha logrado un casi completo método de gobierno que, combinado con los amplios recursos financieros de la organización, hace que las ciudades funcionen y la gente esté tácitamente contenta”, argumenta Lister. “La introducción de este tipo de gobierno en un área de inestabilidad y conflicto tan amplio hace que las poblaciones suníes acepten mejor la imposición de normas duras. Este factor es clave para la supervivencia o desaparición del IS”, subraya. Ese factor, sí, pero también el cariz que adopte la dimensión internacional de un conflicto que es, básicamente, regional.
El magma regional en el que fermenta y se cocina el Estado Islámico es el combate ideológico que desde la década de los pasados ochenta libran Irán —único estado chiíta de planeta— y Arabia Saudí, estandarte del islam suní y nu­­men de los movimientos islamistas más retrógrados, inmobles y radicales. Un pulso político por acaparar la influencia en la región que se ha exacerbado en los últimos tres años, a la sombra de los marchitos despertares árabes, y que en el albor de 2015 dinamiza y explica la mayor parte de los conflictos que saltean Oriente Medio, desde Yemen a Siria o incluso Palestina. Si algo han logrado las revueltas del último trienio —a nivel político— es un incipiente vuelco en la geoestrategia regional y en el “statu quo” que emanó tras el seísmo que supuso el triunfo de la revolución iraní. Especialmente en lo que se refiere a su relación con Estados Unidos y el resto de potencias imperialistas en la zona.
El magma regional en el que fermenta y se cocina el Estado Islámico es el combate ideológico que desde la década de los pasados ochenta libran Irán —único estado chiíta de planeta— y Arabia Saudí, estandarte del islam suní y nu­­men de los movimientos islamistas más retrógrados, inmobles y radicales. Un pulso político por acaparar la influencia en la región que se ha exacerbado en los últimos tres años, a la sombra de los marchitos despertares árabes, y que en el albor de 2015 dinamiza y explica la mayor parte de los conflictos que saltean Oriente Medio, desde Yemen a Siria o incluso Palestina. Si algo han logrado las revueltas del último trienio —a nivel político— es un incipiente vuelco en la geoestrategia regional y en el “statu quo” que emanó tras el seísmo que supuso el triunfo de la revolución iraní. Especialmente en lo que se refiere a su relación con Estados Unidos y el resto de potencias imperialistas en la zona.

Los dos regímenes que luchan por arrogarse la supremacía política y religiosa en el islam —uno chií, otro suní— son iguales en esencia, pese a sus vetustas y enconadas diferencias doctrinales. Dos contumaces violadores de los derechos humanos y de las libertades individuales de millones de musulmanes, a los que han condenado al radicalismo, a la violencia y a la pobreza. Y a los que, sin embargo, se corteja de forma desigual. Quizá en esta ocasión, la solución también resida en despachos de Washington, París y Francia… y en la necesidad de repensar vetustas e interesadas alianzas.

This is an interesting short book to put in order some basic notions about these topics so update and that you can delve into many of the books discussed in my blog on the subject.

Understanding what it is, what is meant by the Islamic State declared on June 29, 2014 by Ibrahim Awwad Ibrahim Ali al Badri al Samarayi – «Abu Bakr al Bagdadi» for the West and its Muslim allies, and «the Caliph Ibrahim» for his acolytes – obliges to be detached, necessarily, from the misunderstandings and myths about their nature that dominate in the media and intoxicate certain political debates, aimed at excusing the calculation errors committed by international powers and their partners in the Middle East and justifying military interventions unjustifiable. The most important of them, their inappropriate and interested definition as a simple terrorist movement. Rooted in an area of ​​hundreds of kilometers squares that covers from the outskirts of Aleppo (Syria) to the central province of Al Anbar (Iraq); replicated by dozens of armed groups that have sworn allegiance, from the rugged mountains of Algeria to the Indian coasts of Indonesia, and endowed with a powerful effect called, which attracts young people from other Islamic countries, but also Muslims born and raised in Europe, the Islamic State is, in reality, an Islamic proto-state with features of totalitarianism and vices of the extreme right, capable of self-financing mafia methods, which manages a broad social fabric and is sustained in a military structure that effectively combines structures of regular army, guerrilla tactics, intelligence tools and terrorist resources.
Jihadism is a problem for everyone, not just the Middle East and North Africa.

The «Muslim Brotherhood» is today the pan-Islamist Sunni movement with the most attraction among young European Muslims and the one that grows the most in the United States and Indonesia. Promoter of a non-violent radical change in the lands in which Islam is the majority, rejects the so-called Islamic states of today – Saudi Arabia, Iran and Sudan -, abjures concepts «alien to the faith of Muhammad» such as nationalism, Capitalism and socialism -among the interested model of democracy adopted in old Europe-, advocates to disrupt the current national structures and aims to build from its rubble a new order based on the founding concept of the caliphate. «We work on the political plane, on the ideas, we flee from violence. We follow the example of the Prophet who did not need violence to build his egalitarian society. »
Organization difficult to catalog, as unknown in the West as socially influential in the countries in which it is firmly established, Hizb al Tahrir is the result of an alloy that shares ideological foundations with the Muslim Brotherhood, includes spiritual components of moderate Salafism and Indo-Deobandism -pakistani and it is sustained both in the secrecy inherent in Freemasonry and in the functional and hierarchical centralism of the Marxist-Leninist model. A colonized frangollo of grays that does not allow to pigeonhole it as a political party or as a radical group, although for many experts it constitutes the main ideological breeding ground -especially in Europe- of similarly subservient jihadist movements, such as the Islamic State itself, with which it shares , in essence, the goals, not the methods. «Its objective is to influence the political elite. To challenge the current status quo, to change it, but from within the system, «said Houriya Ahmad and Hannah Stuart, authors of the reference work Hizb ut Tahrir. Ideology and Strategy, published in London in 2009 by the Center for Social Cohesion.
Enemy of the frontiers drawn in the early twentieth century in the Middle East – and in particular the Franco-British agreements of Sykes-Picot (1916) – and devoted to the unfinished – and simplistic – political vision attributed to Muhammad, is precisely the British capital where the group has one of its main centers of indoctrination.

Apart from its national peculiarity, the political boiling that shakes Palestine is a paradigm of the identity crisis in which Islamic societies are immersed since the dawn of the present decade. A period with a century-old aroma, of disorientation, uncertainty and dramatic change, in which the chimeras roam, the old patterns collapse and there are hardly any archetypes behind the dust raised by libertarian dreams. The agony of an era that started in the death of the nineteenth century with the so-called Nahda («Rebirth»), witnessed the disappearance of the bloodless caliphate (1924), gave birth in the following years to the Islamist and nationalist-socialist movements, lived a era of fleeting splendor with pan-Arabism and later became a succession of dictatorships and absolute monarchies, in many cases allies of the West, cruel and corrupt that advanced the XXI century are reluctant to assume an inescapable transformation that still has no form or model. Discarded democracy to the European – an elitist option and away from the idiosyncrasies of the region – and spoiled political Islamism – the experience of the Muslim Brotherhood in Egypt has shown that, just as it was the only alternative of structured opposition, it also meant an ineffective and obsolete proposal-, it is necessary to know how this social, mental change that the Arab revolts have fostered will develop, reflect and articulate in the strictly political plane.

The «caliph Ibrahim» is, however, a disturbing reality. The jihadist leader has gained worldwide attention since on June 29, 2014 he was spokesman for the then Islamic State for Iraq and Syria (ISIS), Taha Subhi Falaha «Abu Muhammad al Adnani» announced the restoration of the caliphate, disappeared nominally 90 years ago, after the expulsion of Caliph 101: Abdul Mejid II, settled in Turkey. That same day, the influential propaganda machine of the group also publicized its future strategy with two symbolic videos: one, entitled Breaking walls, explained the military operation for the release of prisoners; the other, under the heading The end of Sykes-Picot declared the disappearance of the border demarcation between Syria and Iraq and predicted the death of the colonial Middle East.
The alleged successor of Abdul Mejid II was presented in society just five days later, on July 4, 2014 -an American national party-, through a recording also broadcast on social networks. Dressed in black, with the long and shaggy beard on his chest and an ostentatious wristwatch that earned him the ironic and contemptuous appellation of the «Caliph of the Rolex».
The Islamic State also performs counterintelligence tasks. Infiltrate agents in Syrian opposition groups, among refugees fleeing to Jordan or Turkey, to identify opponents and expose possible spies. Also to carry out the first filter of new combatants before they cross the border and negotiate contraband with corrupt guards and unscrupulous businessmen. «You just have to go to the south of Turkey and see how many bearded there are,» confirms Jules, who hints that Ankara could «do something else» to cut the wings of Al Bagdadi.
Equally powerful and important for the Islamic State is the communication and propaganda division, centered on television and social networks. Videos with executions and other atrocities are one of its pillars. Experts agree in emphasizing that, far from intimidating, they have a dynamic component that promotes accessions. Its diffusion through the western media and the Internet amplifies this effect. Their continued presence in televisions and newspapers around the world – which lack reporters on the ground – sends a message: despite the western bombings we grow, we remain strong and alive.

The IS has achieved an almost complete method of government that, combined with the organization’s extensive financial resources, makes cities work and people are tacitly happy, «argues Lister. «The introduction of this type of government in an area of ​​such instability and conflict makes Sunni populations better accept the imposition of hard norms. This factor is key to the survival or disappearance of the IS «, he emphasizes. That factor, yes, but also the look that adopts the international dimension of a conflict that is basically regional.
The regional magma in which the Islamic State ferments and cooks is the ideological combat that Iran, the only Shiite state in the world, has waged since the 1980s, and Saudi Arabia, the standard of Sunni Islam and the most backward Islamist movements. , immovable and radical. A political pulse to capture the influence in the region that has been exacerbated in the last three years, in the shadow of withering Arab awakenings, and that in the dawn of 2015 energizes and explains most of the conflicts that skip the Middle East, from Yemen to Syria or even Palestine. If the revolts of the last three years have been successful at a political level, it is an incipient shift in the regional geostrategy and the «status quo» that emanated after the earthquake that supposed the triumph of the Iranian revolution. Especially in regard to its relationship with the United States and the rest of the imperialist powers in the area.

The two regimes that struggle to arrogate to themselves the political and religious supremacy in Islam – one Shiite, another Sunni – are essentially equal, despite their vexed and bitter doctrinal differences. Two obstinate violators of human rights and the individual freedoms of millions of Muslims, who have condemned radicalism, violence and poverty. And to those who, nevertheless, are courting unequally. Perhaps on this occasion, the solution also resides in offices in Washington, Paris and France … and in the need to rethink old and interested alliances.

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