Pretorianos — Arturo Sánchez Sanz / Praetorians by Arturo Sánchez Sanz (spanish book edition)

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Sin duda un magnífico estudio y casi una enciclopedia sobre este tema, didáctico y entretenido.
En la actualidad, la historia oscura que forma parte de los soldados del pretorio ha quedado eclipsada por sus hazañas, del mismo modo que los hechos heroicos de los espartanos casi han eliminado sus episodios menos gloriosos.
El término «pretorianismo» que la Real Academia Española define como «influencia política abusiva ejercida por algún grupo militar». Mientras que la definición de «pretoriano» muestra varias acepciones relativas tanto a los soldados romanos originales como a los encargados de la protección en el caso de importantes personajes públicos, sin aludir a tales actitudes. Ello refleja claramente esta dicotomía en cuanto a su consideración. Los mitos, las leyendas, y aún más la Historia, siempre tienen luces y sombras, méritos y errores.

Los pretorianos. Su sola mención evoca recuerdos de poder y gloria alcanzados por el ejército romano. Una máquina militar al servicio directo de omnipotentes emperadores que rigieron los destinos de gran parte del mundo conocido. Su verdadera historia ha permanecido tradicionalmente distorsionada tras el crítico velo tejido con esmero por muchos autores clásicos. Augusto había instaurado sólidamente el Principado, y la idealizada época republicana que añoraban ya nunca volvería. No estaban solos en su oposición a la nueva forma de gobierno. Muchos senadores les apoyaban, ya perdida su antigua influencia, y gran parte del pueblo recelaba abiertamente de la militarización de la capital. La figura imperial atesoraba todos los poderes, pero eran los pretorianos quienes realmente garantizaban su preeminencia contra toda oposición. En gran medida ellos asumieron la condena pública, incluso muchas veces la fomentaron mediante acciones reprobables.
Su importancia les convertiría en la unidad más prestigiosa del ejército romano, y también la más denostada entre sus compañeros. Su nombre, aún hoy, suscita odio y admiración a partes iguales. En una época donde el destino de gran parte del mundo conocido se dirimía en una sola ciudad, Roma, en manos del emperador, los pretorianos se convirtieron en el lobby por excelencia. El emperador los necesitaba también para controlar la actuación de los senadores y los caprichos de la plebe, si quería mantener su poder e integridad.
En Roma, poco después de su instauración oficial, los Castra Praetoria se convirtieron en el hogar de esta elite militar a instancias del prefecto Sejano y del emperador Tiberio. Aún hoy, dos milenios después de su construcción, amplios tramos de su imponente muralla perimetral se yerguen como si todavía tuvieran que proteger aquel campamento. Se ubicaba fuera de los límites de la ciudad, en un intento por apaciguar a aquellos que rechazaban la presencia de soldados dentro de sus muros, aunque lo suficientemente cerca para intervenir rápidamente.

Se requería:
-Voluntariedad. En un puesto destinado a proteger la vida del emperador (y de su familia) la confianza en su capacidad y lealtad debía ser incuestionable. Un soldado obligado a ejercer esa labor difícilmente generaría tal sentimiento. El mejor incentivo necesitaba unas condiciones de servicio más atractivas que cualquier otra opción dentro del ejército.
-Ciudadanía. Todo voluntario debía ser ciudadano romano. En principio, a mayor antigüedad e importancia de su estirpe mayores serían las posibilidades, dado que estos dos primeros criterios eran los únicos incuestionables, aunque no determinantes.
-Clase social. Normalmente los miembros de las familias adineradas aspiraban a ocupar cargos más elevados y menos peligrosos que el pretorio, del mismo modo que los más desfavorecidos intuirían su exclusión. Por ello, la mayoría de aspirantes debieron pertenecer a la clase media, sobre todo si la familia era bien considerada.
-Edad. Se trataba de un requisito importante aunque permitía un rango mucho mayor que el exigido para el resto del ejército.
-Forma física. Este requisito es igualmente impreciso, pero se entendía lo suficientemente buena como para cumplir su cometido sin dificultad.
-Estatura. Era un elemento importante. Se requiriera un mínimo de 1,70 metros para ser admitido. Cualquier soldado por encima era considerado excepcional por su prestancia y fuerza, pues la altura media de los varones entre los siglos i-ii era de 1,65 y de 1,55 metros para las mujeres.
-Recomendaciones. No era indispensable, pero (ayer como hoy) disponer de ellas podía ayudar decisivamente.

Hasta finales del siglo ii las plazas disponibles anualmente rondarían las trescientas. Comenzaban los cuatro meses que duraría su adiestramiento, hasta alcanzar el grado de tiro (reclutas), siendo asignado cada uno a un veterano que, al margen de ese entrenamiento o supervisándolo también, actuaría como mecenas durante ese periodo y le enseñaría lo necesario. Era el momento de pronunciar el sagrado juramento de fidelidad antes de convertirse en miles, el rango básico del pretorio.

A pesar de las ventajas que otorgaba la pertenencia al pretorio, la posibilidad de dejar atrás los rigores y riesgos del ejército no era poco deseable. Más aún si podían dedicarse a otros objetivos o disfrutar de su familia en un bello lugar, rodeados de prestigio y de todas las comodidades. O quizá no. Tras media vida dedicada a la milicia, ya fuera porque la relajada vida civil no era para de ellos, porque ni siquiera pensaron en su destino llegado el momento o por miles de otras razones, muchos no deseaban marcharse aun cuando ya habían cumplido con lo que Roma esperaba de ellos y debían dejar paso a entusiastas reclutas. No obstante, la experiencia es un grado que requiere mucha dedicación y esfuerzo para alcanzarlo y, en una labor como la que desempañaban, suponía un valor adicional que podía y debía ser aprovechado a cambio de aumentar sus emolumentos y otros beneficios. Si un pretoriano veterano deseaba seguir prestando su lealtad y espada al emperador existían posibilidades para hacerlo, siempre en función de su hoja de servicio. Si no había sido especialmente destacada, podían reengancharse al servicio activo.

Los entretenimientos obligaban a salir del campamento, algo que a los oficiales y al emperador no les complacía demasiado, por los problemas que podían generar entre la población civil. Para tratar de evitarlo, se ofrecían distracciones alternativas dentro de las instalaciones, como pantomimas y otras obras de teatro donde actores y actrices actuaban con ropas muy ligeras espectáculos gladiatorios o combates de lucha libre entre soldados.
Las cohortes urbanas siempre estuvieron estrechamente relacionadas con los pretorianos. Es posible que, incluso, las primeras creadas por Augusto se nutrieran con antiguos pretorianos que habrían ejercido sus funciones hasta ese momento en la capital y otras poblaciones. Sin embargo, la tensión generada entre el pueblo y estos militares había comenzado a causar tumultos que el emperador quiso disipar no solo con su creación, sino entregando su control al Senado. Su principal labor consistía en velar por la seguridad de la ciudad y sus ciudadanos al estilo de la actual policía, aunque normalmente solo actuaran durante el día. Adicionalmente, supervisaban espectáculos, festivales religiosos y cualquier otro tipo de actos que implicaran grandes aglomeraciones, colaborando también con los vigiles en la extinción de incendios. Incluso, su carácter militar les hizo actuar como soldados en el frente si era necesario. Paralelamente, si el emperador estaba presente en alguno de esos actos, eran los pretorianos y los germani, más tarde sustituidos por los singulares, los encargados de escoltarlo en colaboración con los urbanicianos.

Si existía en Roma una tropa que rivalizaba en prestigio con los pretorianos fueron los equites singulares Augusti. Su existencia se debe al mandato de Trajano (98-117), tres décadas más tarde de la desaparición de los germani. Quiso emplear para ello a efectivos ajenos al pretorio, consciente de la necesidad de contar con un contingente que actuara de contrapeso a su influencia, optando por volver a confiar en la caballería auxiliar de las legiones. Si el soberano les encomendaba exclusivamente su seguridad, sin duda sus noches en vela se multiplicarían, pues cualquier conjura que lograra ganarse a los pretorianos no necesitaría mucho más para acabar con su vida. Al menos, de este modo tendrían que sortear la vigilancia de los singulares o ganárselos si pretendían oponerse al emperador, lo que no era imposible pero complicaba la tarea. Lamentablemente, este pensamiento teórico no siempre se cumplió como cabría esperar y, en alguna ocasión, ellos se convirtieron en los únicos traidores, como sucedió con Pertinax.

En cuanto a los asedios, apenas tenemos noticia, no ya de la participación directa de los soldados del pretorio, sino de su colaboración como atacantes. En aquellos casos mantuvieron un papel similar al que se les asignaba en combate, dedicándose principalmente a la custodia del emperador, como en el año 199, cuando Septimio Severo quiso conquistar la ciudad de Hatra (el moderno el-Hadr) en su campaña contra los partos. Allí la maquinaria de guerra de los defensores sorprendió por su alcance a los romanos, llegando a herir a varios pretorianos de su escolta. Por su parte, la defensa de los Castra Praetoria en Roma se ha atestiguado en varias ocasiones. Una de ellas sucedió en 238. Los pretorianos que Maximino el Tracio había dejado allí como retén tuvieron que hacer frente a los asaltos de los propios ciudadanos romanos, pero no sería la única vez. El episodio más conocido sucedió cuando los antiguos pretorianos de Otón, en ese momento ayudando a Vespasiano, se encargaron del asalto a su propio campamento en Roma, que defendían sus compañeros afines a Vitelio. La única vez en la Historia que pretorianos atacaron y defendieron a la vez los Castra Praetoria.

La prenda por excelencia era la toga blanca, imprescindible para identificarlos, ante todo, como ciudadanos romanos, por encima del aspecto militar asociado a su función y condición. Un uniforme militar completo al más puro estilo romano sin duda suscitaría mayor recelo entre la población, por el recuerdo a los antiguos reyes. Por tanto, se evitaba el uniforme de combate, siendo empleado por los pretorianos en la ciudad, el palacio, las sesiones del Senado, etc. No obstante, de algún modo tenían que ser reconocidos e infundir autoridad, y para ello se permitió no solo que portaran sus armas (básicamente espadas y dagas, por ser más discretas y fáciles de transportar), sino que fueran visibles al colgar por la parte exterior derecha de su vestimenta (como muestra el relieve del Louvre o algunos sestercios que Nerón ordenó acuñar para conmemorar los discursos que les dedicó). Puede resultar extraña esa posición, más todavía cuando se convertiría en habitual entre los legionarios situarla en el lado opuesto para facilitar desenvainarla con rapidez, pero los pretorianos no tenían problema alguno para hacerlo con igual destreza desde el lado derecho, y mantenían cierta apariencia de tradicionalismo, al gusto romano.
El armamento ofensivo que los pretorianos tenían a su disposición era bastante amplio, aunque no se diferenciaba del resto. Muy característico y conocido era el pilum, una jabalina larga que se arrojada al enemigo en oleadas durante el avance de las tropas (entre 15-30 metros del enemigo, según la destreza del lanzador). Estaba compuesto por un asta circular de madera de 2 metros de longitud recubierta mediante cordelería o un elemento textil que podía servir para absorber la humedad del ambiente, preservando la madera interior, proporcionar un mejor agarre que evitaría deslizamientos y posibilitar una mayor distancia de lanzamiento sin incrementar aún más el peso del arma. En el extremo superior se fijaba, con una placa remachada, una punta de hierro de forma piramidal y entre 60 y 90 centímetros (incrementándose a partir del siglo ii), que en su inicio podía ser circular o cuadrada (de 7,5 centímetros de diámetro). Era especialmente importante que el engarce quedara perfectamente encajado para evitar que el arma se quebrara o agrietara, empleándose una triple sujeción desarrollada a partir de siglos de combates.

A partir del siglo iii se oficializó el cambio en la tendencia relativa al origen de los aspirantes, comenzando a predominar candidatos ajenos a la península itálica, ya fuera procedentes de las mismas regiones que ya con anterioridad habían participado en este proceso (Tracia, Panonia, Moesia, Dacia, Norico, Macedonia, Épiro, Acaia, Dalmatia, Germania, África Proconsular, Numidia, Asia, Ponto y Bitinia, Licia y Panfilia, Cilicia, Syria e Hispania, de la Gallaecia y la Bética) o de otras con menor presencia hasta la fecha (Raetia, Gallia Bélgica, Gallia Lugdunensis, Capadocia o Galatia), pero todas ellas caracterizadas por contar con la presencia de tropas del imperio. El porcentaje de soldados que cada una aportó al pretorio variaba, destacando ahora las regiones situadas en la frontera con el Danubio (casi siete de cada diez pretorianos), ya que muchos de los nuevos pretorianos provendrían de las legiones regulares.

En el Imperio romano, si no existían enemigos extranjeros no faltaban los propios, y si Gordiano esperaba algo distinto, al menos durante su juventud, estaba muy equivocado. Un nuevo emperador implicaba nuevas oportunidades para quienes deseaban saber hasta dónde podía llegar. El soberano sasánida Sapor I quiso ser el primero cruzando el Éufrates para atacar Mesopotamia, obligando a que el joven emperador acudiera con sus legiones y pretorianos a las órdenes de quien había sido su mentor, tutor y ahora suegro, el prefecto Timesiteo. Sin que existan detalles, parece que consiguió una importante victoria en la batalla de Rasaena, aunque el propio Timesiteo perdió la vida y fue sustituido por Marco Julio Filipo.
“Durante su reinado se inició una revuelta en Roma protagonizada por los monetarii (encargados de las cecas imperiales para la acuñación de moneda). En ese momento, probablemente, solo quedaba allí un pequeño retén de pretorianos que, sin duda con la ayuda de los urbanicianos y hasta los vigiles, lograrían controlarla no sin esfuerzo, tras contabilizarse 7.000 bajas entre ambos bandos. Los disturbios que enfrentaron a este gremio, encargado de la acuñación de moneda, y las fuerzas del orden comenzaron cuando el rationalis Felicissimus, responsable de supervisar la ceca de Roma, fue acusado de sustraer parte del metal destinado a su elaboración. Quizá esperando evitar el castigo o demostrar su inocencia, instigó a sus compañeros a un levantamiento con el apoyo de algunos senadores, que no fue fácil controlar. A pesar de todo, Aureliano pronto pasaría a engrosar la lista de emperadores asesinados por los soldados del pretorio.

Las necesidades militares del imperio requerían nuevas medidas que aseguraran una respuesta adecuada. Las reformas de Severo no eran ya suficientes y los cambios que iniciaron algunos de sus predecesores, como Galieno, no se habían extendido al pretorio. Desde la creación del comitatus del emperador, nuevas unidades militares de caballería creadas para dotarlo de mayor movilidad (lanciarii, equites dalmatae, equites promoti, equites stablesiani, equites mauri, etc.) comenzaron a rivalizar en prestigio con los soldados del pretorio, aunque inicialmente su rango era inferior. Por si fuera poco, surgieron también cuerpos de guardaespaldas como los protectores sacri lateris y legiones como la Legio I Iova y la Legio II Herculia, compuestas por soldados especializados en armas como la lancea y destinados a actuar como unidades principales en enfrentamientos, que mermaron aún más su posición, desplazando también a la Legio II Parthica y convirtiéndose en la nueva «guardia pretoriana» de facto.
Había que decidir cuál sería el destino de los pretorianos supervivientes, y lo mejor para su imagen era mostrar benevolencia. Cuando un personaje tiene poder, motivos y la ocasión para castigar a quienes se le han opuesto abiertamente, evitar dejarse llevar por la venganza siempre se interpreta como una muestra de coraje, entereza, carácter elevado y verdadera piedad cristiana. Así era como Constantino quería ser reconocido. No fueron licenciados con deshonor, encarcelados, arrojados a las fieras o, directamente, masacrados, pues habría sido también un desperdicio de soldados experimentados a los que había encontrado otra utilidad. Corrían tiempos difíciles en los que los enemigos no escaseaban, cada vez eran más audaces y mejor preparados, y los reclutas nunca llegaban a cubrir todas las necesidades de efectivos. Fueron degradados y convertidos en legionarios. No solo eso, su destino sería la frontera del Rin y el Danubio, uno de los lugares más peligrosos del imperio, donde cualquier aportación sería bien empleada. Desconocemos si todos ellos acabaron en el mismo lugar o fueron diseminados, pero lo que es seguro es que sus privilegios desaparecieron para siempre y los placeres que habían disfrutado en Roma se convertirían en un vago recuerdo.

Roma tenía muchos placeres que ofrecer a soldados privilegiados y adinerados, y a buen seguro resultaba difícil abstraerse de aquello a pesar de tener tan claro su deber. La disoluta vida que muchos llevaron se convertiría en paradigma del desprecio que el resto de legionarios y soldados del ejército les dispensaron, y el pueblo no les andaba a la zaga en tales demostraciones, por su carácter altivo, por la corrupción demostrada o por su forma de actuar. No siempre fue así, los pretorianos surgieron como la unidad militar más selecta de la República y el Imperio romanos, muchas veces demostraron estar a la altura de tal consideración, enfrentándose no solo entre ellos mismos, sino a situaciones difíciles de solventar para los propios legionarios cuando su actuación era capaz de revertir el curso de una batalla perdida. Se tenían a sí mismos como los mejores, era lo que se esperaba de ellos, para ese fin eran minuciosamente escogidos, y tenían el deber de defender la vida del emperador. Aunque su lealtad pudiera fluctuar como el viento más allá de lo que muchos hubieran querido, había algo que nadie ponía en duda, eran los soldados de elite del imperio. Muchas veces se aprovecharon de ello, otras tantas lo demostraron.

No doubt a magnificent study and almost an encyclopedia on this subject, didactic and entertaining.
At present, the dark history that is part of the praetorian soldiers has been eclipsed by his exploits, just as the heroic deeds of the Spartans have almost eliminated their less glorious episodes.
The term «praetorianism» that the Royal Spanish Academy defines as «abusive political influence exerted by some military group.» While the definition of «praetorian» shows several meanings regarding both the original Roman soldiers and those in charge of protection in the case of important public figures, without referring to such attitudes. This clearly reflects this dichotomy as regards its consideration. Myths, legends, and even more history, always have lights and shadows, merits and errors.

The praetorians. Its mere mention evokes memories of power and glory achieved by the Roman army. A military machine at the direct service of omnipotent emperors who ruled the destinies of much of the known world. Its true history has remained traditionally distorted after the critical veil woven with care by many classical authors. Augustus had solidly established the Principality, and the idealized republican era they longed for would never return. They were not alone in their opposition to the new form of government. Many senators supported them, their former influence having been lost, and a large part of the people were openly suspicious of the militarization of the capital. The imperial figure treasured all the powers, but it was the praetorians who really guaranteed their pre-eminence against all opposition. To a large extent, they assumed public condemnation, and often encouraged it through reprehensible actions.
Their importance would make them the most prestigious unit of the Roman army, and also the most reviled among their comrades. His name, even today, arouses hatred and admiration in equal parts. In a time when the fate of much of the known world was resolved in a single city, Rome, in the hands of the emperor, the praetorians became the lobby par excellence. The Emperor also needed them to control the actions of the senators and the whims of the plebs, if they wanted to maintain their power and integrity.
In Rome, shortly after its official establishment, the Castra Praetoria became the home of this military elite at the request of the prefect Sejanus and Emperor Tiberius. Even today, two millennia after its construction, wide stretches of its imposing perimeter wall rise as if they still had to protect that camp. It was located outside the city limits, in an attempt to appease those who rejected the presence of soldiers within its walls, although close enough to intervene quickly.

It was required:
-Willfulness. In a post meant to protect the life of the emperor (and his family), confidence in his capacity and loyalty must be unquestionable. A soldier forced to perform this task would hardly generate such a feeling. The best incentive needed more attractive service conditions than any other option within the army.
-Citizenship. Every volunteer had to be a Roman citizen. In principle, the greater the age and importance of their lineage, the greater the possibilities, given that these first two criteria were the only unquestionable, although not decisive.
-Social class. Normally members of wealthy families aspired to occupy higher and less dangerous positions than the Praetorium, just as the most disadvantaged would intuit their exclusion. Therefore, the majority of aspirants must have belonged to the middle class, especially if the family was well considered.
-Age. It was an important requirement although it allowed a much higher rank than that required for the rest of the army.
-Physical form. This requirement is equally imprecise, but it was understood as good enough to accomplish its task without difficulty.
-Height. It was an important element. A minimum of 1.70 meters will be required to be admitted. Any soldier above was considered exceptional because of his power and strength, since the average height of males between the first and second centuries was 1.65 and 1.55 meters for women.
-Recommendations. It was not indispensable, but (yesterday as today) having them could help decisively.

Until the end of the second century the seats available annually would be around three hundred. They began the four months that their training would last, until reaching the level of shooting (recruits), each one being assigned to a veteran who, regardless of that training or supervising him also, would act as a patron during that period and teach him what is necessary. It was time to pronounce the sacred oath of fidelity before becoming thousands, the basic rank of the praetorium.

In spite of the advantages granted by belonging to the praetorium, the possibility of leaving behind the rigors and risks of the army was not undesirable. Even more if they could dedicate themselves to other objectives or enjoy their family in a beautiful place, surrounded by prestige and all the comforts. Or maybe not. After half a life dedicated to the militia, either because the relaxed civil life was not for them, because they did not even think about their destiny when the time came or for thousands of other reasons, many did not want to leave even when they had already done what they wanted. Rome expected them and they had to give way to enthusiastic recruits. However, the experience is a degree that requires a lot of dedication and effort to achieve it and, in a job like the one they performed, it meant an additional value that could and should be used in exchange for increasing their emoluments and other benefits. If a veteran praetorian wished to continue lending his allegiance and sword to the emperor, there were possibilities to do so, always according to his service record. If they had not been especially prominent, they could re-engage in active service.

The entertainments forced to leave the camp, something that the officers and the emperor did not like too much, because of the problems they could generate among the civilian population. To try to avoid it, alternative distractions were offered within the facilities, such as pantomimes and other plays where actors and actresses acted with very light clothes gladiatorial shows or wrestling matches between soldiers.
The urban cohorts were always closely related to the praetorians. It is possible that even the first ones created by Augustus were nurtured by former praetorians who would have exercised their functions until then in the capital and other populations. However, the tension generated between the people and these soldiers had begun to cause turmoil that the emperor wanted to dissipate not only with his creation, but by giving his control to the Senate. Its main task was to ensure the safety of the city and its citizens in the style of the current police, but usually only act during the day. Additionally, they supervised shows, religious festivals and any other type of events that involved large crowds, also collaborating with vigiles in the extinction of fires. Even their military nature made them act as soldiers in the front if necessary. In parallel, if the emperor was present in any of these acts, it was the praetorians and the germani, later replaced by the singular ones, who were in charge of escorting him in collaboration with the urban planners.

If there existed in Rome a troop that rivaled in prestige with the praetorians were the singular equites Augusti. Its existence is due to the command of Trajan (98-117), three decades after the demise of the Germani. He wanted to employ non-praetorial personnel for this, aware of the need to have a contingent that would act as a counterweight to his influence, opting to re-trust the auxiliary cavalry of the legions. If the sovereign entrusted them with their security, their nights would undoubtedly multiply, since any conspiracy that won over the Praetorians would not need much more to end their lives. At least, in this way they would have to avoid the vigilance of the singulars or win them if they tried to oppose the emperor, which was not impossible but complicated the task. Unfortunately, this theoretical thought was not always fulfilled as might be expected and, on occasion, they became the only traitors, as happened with Pertinax.

As for the sieges, we have hardly any news, not of the direct participation of the praetorian soldiers, but of their collaboration as attackers. In those cases they maintained a role similar to that assigned to them in combat, dedicating themselves mainly to the custody of the emperor, as in the year 199, when Septimius Severus wanted to conquer the city of Hatra (the modern el-Hadr) in his campaign against the births. There the war machine of the defenders surprised by its reach to the Romans, getting to hurt several praetorians of his escort. For its part, the defense of the Castra Praetoria in Rome has been witnessed on several occasions. One of them happened in 238. The praetorians that Maximino the Thracian had left there as a checkpoint had to face the assaults of the Roman citizens themselves, but it would not be the only time. The most famous episode happened when Otto’s old praetorians, at that time helping Vespasian, took charge of the assault on his own camp in Rome, defended by his companions related to Vitellius. The only time in history that Praetorians attacked and defended the Castra Praetoria at the same time.

The garment par excellence was the white toga, essential to identify them, above all, as Roman citizens, above the military aspect associated with their function and condition. A complete military uniform in the purest Roman style would undoubtedly arouse greater suspicion among the population, for the memory of the ancient kings. Therefore, the combat uniform was avoided, being used by the praetorians in the city, the palace, the sessions of the Senate, etc. However, in some way they had to be recognized and infused with authority, and for that they were allowed not only to carry their weapons (basically swords and daggers, because they were more discreet and easy to transport), but to be visible when they hung up. outside right of his dress (as it shows the relief of the Louvre or some sestercios that Nero ordered to mint to commemorate the speeches that he dedicated to them). This position may be strange, even more so when it would become customary among the legionaries to place it on the opposite side to facilitate the rapid unsheathing, but the Praetorians had no problem doing so with equal skill from the right side, and maintained a certain appearance of traditionalism , to Roman taste.
The offensive armament that the praetorians had at their disposal was quite broad, although it was not different from the rest. Very characteristic and well-known was the pilum, a long javelin that is thrown to the enemy in waves during the advance of the troops (between 15-30 meters of the enemy, according to the skill of the launcher). It was made up of a circular wooden pole 2 meters long covered by rope or a textile element that could serve to absorb humidity from the environment, preserving the interior wood, provide a better grip that would prevent landslides and allow a greater throwing distance without Increase the weight of the weapon even more. At the top end was fixed, with a riveted plate, an iron tip of pyramidal shape and between 60 and 90 centimeters (increasing from the second century), which in its beginning could be circular or square (7.5 centimeters diameter). It was especially important that the crimp fit perfectly to prevent the weapon from breaking or cracking, using a triple grip developed from centuries of fighting.

From the 3rd century onwards, the change in the tendency regarding the origin of the aspirants became official, and candidates from outside the Italic peninsula began to predominate, either from the same regions that had previously participated in this process (Thrace, Pannonia, Moesia, Dacia, Norico, Macedonia, Epirus, Acaia, Dalmatia, Germania, Proconsular Africa, Numidia, Asia, Pontus and Bithynia, Lycia and Pamphylia, Cilicia, Syria and Hispania, Gallaecia and Betica) or others with less presence to date (Raetia, Gallia Belgium, Gallia Lugdunensis, Cappadocia or Galatia), but all characterized by the presence of troops of the empire. The percentage of soldiers that each contributed to the Praetorium varied, highlighting now the regions located on the border with the Danube (almost seven out of ten Praetorians), since many of the new Praetorians would come from the regular legions.

In the Roman Empire, if there were no foreign enemies, there was no lack of their own, and if Gordianus expected something different, at least during his youth, he was very wrong. A new emperor implied new opportunities for those who wished to know how far he could go. The Sassanid sovereign Sapor I wanted to be the first crossing the Euphrates to attack Mesopotamia, forcing the young emperor to go with his legions and praetorians under the command of who had been his mentor, tutor and now father-in-law, the prefect Timesiteo. Without details, it seems that he achieved an important victory in the battle of Rasaena, although Timesite himself lost his life and was replaced by Marco Julio Filipo.
«During his reign began a revolt in Rome starring the monetarii (in charge of the imperial mints for the minting of currency). At that moment, probably, there was only a small retreat of praetorians, who, without doubt with the help of the urbanists and even the vigiles, would manage to control it without effort, after accounting for 7,000 casualties between both sides. The riots that confronted this guild, in charge of the minting of money, and the forces of order began when the rationalis Felicissimus, responsible for supervising the mint of Rome, was accused of stealing part of the metal destined for its elaboration. Perhaps hoping to avoid punishment or prove his innocence, he instigated his companions to an uprising with the support of some senators, which was not easy to control. In spite of everything, Aureliano would soon swell the list of emperors killed by the praetorian soldiers.

The military needs of the empire required new measures to ensure an adequate response. Severo’s reforms were not enough and the changes initiated by some of his predecessors, such as Galieno, had not extended to the praetorium. Since the creation of the emperor’s comitatus, new military units of cavalry created to give it greater mobility (lanciarii, equites dalmatae, equites promoti, equites stablesiani, equites mauri, etc.) began to compete in prestige with the praetorian soldiers, although initially his rank was inferior. As if that were not enough, bodies of bodyguards also emerged, such as the sacri lateris protectors and legions such as Legio I Iova and Legio II Herculia, made up of soldiers specialized in weapons such as the lancea and destined to act as main units in confrontations, which still reduced plus his position, also displacing Legio II Parthica and becoming the new de facto «praetorian guard».
It was necessary to decide what would be the fate of the surviving Praetorians, and the best thing for their image was to show benevolence. When a character has power, motives and the occasion to punish those who have openly opposed him, avoid being carried away by revenge is always interpreted as a show of courage, integrity, high character and true Christian piety. This was how Constantine wanted to be recognized. They were not disgraced, imprisoned, thrown to the beasts or, directly, slaughtered, as it would have been a waste of experienced soldiers who had found another use. There were difficult times in which the enemies were not scarce, they were becoming bolder and better prepared, and the recruits never came to cover all the needs of troops. They were degraded and converted into legionaries. Not only that, its destination would be the border of the Rhine and the Danube, one of the most dangerous places in the empire, where any contribution would be well spent. We do not know if all of them ended up in the same place or were scattered, but what is certain is that their privileges disappeared forever and the pleasures they had enjoyed in Rome would become a vague memory.

Rome had many pleasures to offer privileged and wealthy soldiers, and surely it was difficult to abstract from that in spite of having so clear their duty. The dissolute life that many led would become a paradigm of the contempt that the rest of legionaries and soldiers of the army gave them, and the people were not lagging behind in such demonstrations, for their arrogant character, for the corruption shown or for their form Act. It was not always the case, the praetorians emerged as the most select military unit of the Roman Republic and Empire, often proved to be up to such consideration, facing not only among themselves, but also difficult situations for the legionaries themselves when his performance was able to reverse the course of a lost battle. They had themselves as the best, it was what was expected of them, for that purpose they were meticulously chosen, and they had the duty to defend the life of the emperor. Although his loyalty could fluctuate like the wind beyond what many would have wanted, there was something that nobody doubted, they were the elite soldiers of the empire. Many times they took advantage of it, others showed it.

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