La Semilla Del Odio. De La Invasión De Irak Al Surgimiento De Isis — Mónica G. Prieto & Javier Espinosa / The Seed Of Hate. From the Invasion of Iraq to the Emergence of Isis by Mónica G. Prieto & Javier Espinosa (spanish book edition)

-Buen libro, extenso y en ocasiones un poco lento, pero muy buena crónica de verdad, un libro que arranca antes de la segunda guerra del golfo, desde la mismísima Bagdad, que prosigue por el ambiente inmediato de la invasión, hasta el fin de sus consecuencias.
– El libro es crudo, una crónica de lo vivido por los escritores in situ, consiguiendo escapar en varias ocasiones de la censura del régimen de Sadam , para mostranos como vivían en Iraq, excelente el capítulo sobre Abu Ghraib, y sus métodos, el avión, las amputaciones de orejas….y como esa pequeña muestra, puede decirse que es el libro, real, crudo, visceral y mostrando los errores, de todos los implicados, lo cual no es baladí, vease la lanzadera Scout en el mercado, por ejemplo.
– Para concluir, buen libro, para dejar constancia de los errores, atropellos, que por ignorancia, soberbia y diversas causas, han culminado en la situación actual a nivel mundial, desestabilizando aun más, esa parte del globo, radicalizándola y que ha sido motivo para muchos, para servir de excusa tanto para abrazar ideas propias del medievo, como para odiar los avances de la humanidad, e intentar sumirse en la noche de los tiempos.
-Como pega, exponer que en ocasiones se hace algo pesado, según que pluma, sin embargo la obra no desmerece por ello, dado que aporta, muchísimo conocimiento, y como otrora mencioné, sin tapujos, varios capítulos aportan una versión de los hechos, más ampliada, como por ejemplo la muerte de los compatriotas del CNI, si le interesa el tema.

En resumen, un relato muy gráfico y trágico, está escrito a modo de crónica. Gran trabajo periodístico.

—¿Quieres que te lleve algo de España? —inquirí de forma automática, antes de colgar.
—Seguridad —respondió automáticamente, dejándome noqueada por unos segundos—. Es lo único que necesitamos, y lo único que añoramos: sentirnos seguros. Ahora, nadie ni nada está a salvo —dijo con voz quebrada.
El nuevo Irak, abonado cuidadosamente por la invasión y el odio sectario, se consagraba como el terreno idóneo para el crecimiento del extremismo y la locura, y nadie, ni los iraquíes más tolerantes, cultos y razonables, estaban exentos de contagio.

Desde 1991, los casos de malformaciones en recién nacidos han aumentado entre seis y siete veces con una gravedad que nunca habíamos visto», explicó en tono monocorde. Mientras hablaba, me observaba pasar una página tras otra, enfrentándome a la visión de un bebé sin rostro con la de otro cuya nariz surgía de la frente, entre los ojos. «La gravedad de las malformaciones no tiene precedentes: tenemos muchos casos que ni siquiera estaban registrados en la literatura médica. Mueren horas después de nacer, o a lo sumo, al día siguiente», añadía en tono distante, casi conmiserativo, ante mi expresión de horror.
Según los datos de Izza, solo en su hospital morían unos veinte niños menores de un año por semana. El 90 por ciento de los bebés a los que asistía en el parto pesaban menos de un kilogramo al nacer. Su colega, el doctor Ahmad Abdul Fatal, se mostraba más visceral en su denuncia. «Cada mes ingresamos entre ochenta y doscientos niños con enfermedades directamente relacionadas con el uso de uranio empobrecido. Sobrevive solo el 10 por ciento, pero si las condiciones de Irak fueran similares a las de España, el cien por cien lo superaría», decía.

Las caprichosas huellas del fuego trazaban con algo más de claridad la shahada, o declaración de fe islámica: La Illaha illa Allah («No hay más Dios que Alá»).
El 13 de febrero de 1991, en plena operación «Tormenta del desierto», cuando las bombas estadounidenses se abatían con saña sobre todo el país. El crío acompañó a su hermana Sheima, de dieciocho años, para pasar en el refugio del barrio una nueva noche de bombardeos norteamericanos. Sus padres se quedaron en casa, situada frente al búnker, donde en 2003 las ventanas orientadas a Amiriya habían sido selladas con madera, cegando para siempre la vista a la tumba de la hija. «Sheima tenía miedo y prefería acudir con sus amigas al refugio, pero no quería ir sin un familiar.
—Entonces, ¿sabes quiénes son los americanos? —rebatí.
—Sí, son Israel. La gente que va cubierta con máscaras —respondió, en referencia a las máscaras de gas que los soldados lucían en las imágenes que escupía el televisor—. Son malos y nos quieren matar a todos, eso dicen en la tele. Tengo miedo de que hagan daño a mamá o papá, a mis hermanos, pero no vamos a dejarles entrar en casa. ¿Verdad, mamá?
La siguiente vez que volví a ver a la pequeña Rajma era huérfana, y había perdido el brillo de la inocencia en su mirada aunque conservaba su inquieta sonrisa y su ternura. Unos meses después, en el tercer y último encuentro, el pelo de Rajma estaba envuelto por un velo que, a mis ojos, le arrebató para siempre la candidez de antaño.

El régimen dominaba con maestría el juego de la manipulación. Solo teníamos autorización —salvo excepciones— para desplazarnos en los autobuses oficiales, y los agentes del Ministerio de Información, que habían trasladado su sede al hotel Palestina en busca de seguridad física, elegían cuidadosamente los destinos a mostrar. Uno de los primeros días nos llevaron al hospital de Mustansirya para visitar a heridos por las explosiones, niños cubiertos de quemaduras o amputados que yacían respirando con dificultad, mientras sus ojerosas madres les abanicaban en un vano intento de aliviar su dolor.
La especialidad del Ministerio de Información consistía en convocar ruedas de prensa de obligada asistencia, una estrategia que presentaba innumerables ventajas para una institución especializada en la censura: facilitaba tener a toda la prensa en un mismo lugar lo bastante ocupada para no pensar en eludir el cerco y salir a buscar noticias, y además las «razones de seguridad» justificaban esperas que a menudo implicaban largas y tediosas horas. Habitualmente el protagonista era el ridículo responsable de la institución, Mohamed Said al Shahaf, un experto en declaraciones altisonantes de victoria y en ridiculizar con insultos al enemigo —le apodábamos Ali el Cómico—, pero en ocasiones constituían una oportunidad única para comprobar la moral del régimen y de sus más destacados dirigentes.
La creciente potencia de fuego y las masacres habían provocado cambios notables en Bagdad. La ciudad se había transformado en un páramo deshabitado, una zona fantasma donde las trincheras surgían de las esquinas y donde las columnas de humo oscuro y denso, depósitos de petróleo quemados por el régimen con la vana esperanza de que obstaculizase la visión de los pilotos.
Bagdad cambió radicalmente en la mañana del 9 de abril. Los espías iraquíes que habitualmente seguían los movimientos de la prensa se evaporaron, presagiando que los acontecimientos se habían precipitado a lo largo de la noche. Las calles estaban plagadas de más señales. Las furgonetas que transportaban a los fedayin atravesaban a toda velocidad la ciudad sin signos de las ametralladoras pesadas que solían ir instaladas en el cajón trasero; en algunas calles, decenas de uniformes iraquíes con las insignias rojas de las fuerzas especiales yacían arrojados por sus dueños en su apresurada conversión al mundo civil. «Somos libres, somos libres».
Sadam fue juzgado por tribunales, por occidentales y por iraquíes, antes y después de muerto, como si fuera un común saco de boxeo en el que desatar la ira contenida. Y en 2003, Irak tan solo asistía a los inicios de uno de los periodos más lúgubres de su historia.

Los totalitarismos devotos de la represión más bestial parecen compartir también una especial dedicación por recopilar con detalle sus propios desmanes. Los que se habían cometido en Abu Ghraib reposaban en decenas y decenas de archivadores de metal, que habían sido rescatados por el principal responsable del cementerio de Al Karj, Jalid Rasul Alaani, y la asociación popular que crearon el 13 de abril.
Líderes como Haji Baqr, como el turcomano Fadel Ahmed Abdula al Hiyali (Haji Mutaz), ex teniente coronel de la Istijbarat y exoficial de la Guardia Republicana que terminaría dirigiendo el ISIS en Irak, su homólogo en Siria, el exgeneral baazista Abu Ali al Anbari o el jefe militar del ISIS, el capitán de infantería baazista Abdulrahman al Bilawi, fueron quienes concibieron el embrión del Estado Islámico de Irak, convirtiéndolo en la organización más siniestra, sangrienta y formidable de la antigua Mesopotamia.

La leyenda de Mohamed Sadeq al Sadr entre la población chií de Irak se había forjado antes de 1999. Era un marya, la máxima categoría del clero de esa rama del islam y por tanto una «fuente de inspiración» para sus miles de seguidores. También había conseguido ser uno de los profesores más destacados de Al Hawza, la emblemática y milenaria escuela de teología instalada en la ciudad sureña de Nayaf.
El propio Sadam debió arrepentirse en numerosas ocasiones de haberle elegido como máximo líder de la comunidad chií en 1992 pensando que se trataba de un personaje maleable. Lejos de serlo, Mohamed se consolidó como un líder de masas adorado por los desposeídos, que eran legión en el sur del país.
El 19 de febrero de 1999, el clérigo añadió otro título —uno especialmente valorado en esta corriente religiosa— a su dilatado currículum: pasó a ser un shahid («mártir»). Esa jornada, cuando el anciano ayatola regresaba de rezar junto a dos de sus hijos, su vehículo fue interceptado por varios pistoleros no identificados.
El movimiento sadrista —así comenzó a ser denominado— tuvo que arroparse bajo el manto teológico de otro renombrado clérigo chií, el ayatola iraní Jadem al Haeri, un excompañero de escuela de Mohamed Sadeq.
Yacubi se había apresurado a negar que su corriente pretendiera imitar el modelo iraní, pero sus seguidores le contradecían. «Tenemos que tener un guía como lo fue el ayatola Jomeini en Irán, un referente religioso. Esa es la democracia que buscamos», refirió Shakir al Hasan, otro de los sadristas presentes en Nayaf.

—Estados Unidos tiene una historia criminal. Bush es el mayor enemigo que hemos tenido en la historia: ha declarado una cruzada y pretende actuar por mandato divino para corregir un error de Dios. Una persona así es capaz de cualquier cosa. ¿Odio? Esa palabra no es suficiente para expresar lo que siento por los soldados americanos —replicó sin el menor signo de agresividad—. Pero ya le aviso: Irak será su cementerio.
El cerco estadounidense a Faluya se prestaba fácilmente a confundir ficción y realidad. Desde que once mil soldados norteamericanos fueran desplegados a principios de abril para rodear la ciudad, que se había distinguido por la ferocidad de sus habitantes en lo que a la resistencia contra la ocupación se refiere, resultaba imposible adentrarse en la villa, y la ausencia de información tangible alimentaba todo tipo de rumorología, desde el uso de armas prohibidas hasta la presencia en la ciudad de Abu Musab al Zarqawi, ambos hechos que terminarían confirmándose. Con la electricidad y el agua cortadas y la prohibición de convoyes humanitarios, la vida resultaba insostenible para los civiles que no habían podido o querido huir en los corredores iniciales: se estimaba que entre sesenta mil y cien mil personas seguían allí, bajo las toneladas de munición que se abatían sobre ella.
El abismo que separaba a los iraquíes y a los árabes de los invasores occidentales no paraba de crecer. «Faluya sufrió mucho con Sadam Husein», argumentaba Majid Mehdi, de cuarenta y ocho años, comerciante de Faluya que terminó huyendo con su familia a pie, ondeando una bandera blanca, en uno de los altos el fuego que salpicaron la ofensiva. «Puedo darle los nombres de todos los que fueron ejecutados por él: tengo diez amigos desaparecidos por la dictadura. La gente de Faluya no necesitamos a Sadam porque éramos comerciantes; esta es una ciudad rica, y él no nos dio nada. No se trata de que queramos a Sadam, sino de que odiamos a Estados Unidos. Todo el sufrimiento del régimen lo ha empequeñecido Estados Unidos. Esta es la batalla del islam contra América».

La aparición de los primeros cadáveres no sorprendió a Adnan Nuri. El pescador de setenta años recordaba que antes de la invasión, en 2003, también solía encontrar algún cuerpo flotando en el río. Sin embargo, Nuri comprendió que ambas situaciones no guardaban ningún parecido cuando encontró una cabeza emergiendo de una cloaca. «Ahí estaba. Envuelta en una tela. Era un hombre de treinta años. No tenía disparos. No hacía falta», aseguró cuando nos acercábamos al desagüe donde se produjo el hallazgo. El iraquí intentó que su barca permaneciera cuanto más tiempo posible debajo de uno de los puentes que cruzan el río. «Es para evitar las balas que caen del cielo», me indicó.
Nuri rememoraba con añoranza los tiempos dorados del Tigris, un caudal de agua con más de seis mil años de historia que inmortalizó en verso el gran poeta Mohamed al Jawahiri, un río repleto de los tradicionales botes redondos (quffa) o de barcazas llenas de turistas, donde abundaba la pesca. «Hoy solo pescamos cadáveres. El río es un basurero para los asesinos. Es un ejemplo de la tragedia que sufrimos», reflexionó el iraquí.

El principal obstáculo para esa quimérica «región» no procedía solo de la anarquía que azotaba a Irak, sino en la misma división que existía entre las facciones políticas que representaban a los cristianos y la desconfianza que suscitaba tal iniciativa entre algunos de sus líderes religiosos. Para el padre Sabri al Maqdasi, sacerdote de la iglesia de Saint Joseph de Ankawa, el hipotético plan «destrozaría nuestra misión de construir puentes y relaciones con otras religiones». El mismo arzobispo caldeo de Kirkuk, Luis Sako, se oponía a crear un «gueto cristiano». «No podemos vivir aislados», defendía.

Ahmed era uno de tantos cientos de miles de iraquíes que, en 2007, se refugiaban en Siria de la guerra y uno de los cientos que buscaba vida en una de las quince clínicas de fertilidad del país, huyendo de la inseguridad y del maltrecho sector sanitario de Irak, cuyos profesionales habían huido en las diferentes etapas del conflicto en busca de un futuro que les garantizase su mera supervivencia. Había pasado por el Centro Oriental, una de las clínicas de fecundidad más prestigiosas, donde el doctor Ahmed Furani, uno de sus responsables, me había ilustrado con datos: desde la fundación del hospital, habían facilitado el nacimiento de tres mil bebés: de ellos, unos ochocientos eran iraquíes, y la cifra iba en aumento gracias al boca a boca.
El doctor Furani explicaba que, en el caso de los iraquíes, la esterilidad masculina era muy superior a la de los sirios a causa «del estrés, el uso de pesticidas y las armas químicas o de uranio empleadas en las sucesivas guerras». En Damasco residía el milagro de la vida, y cada vez más combatientes atravesaban la frontera en busca de la concepción.
Apodado «el pequeño Bagdad», Qudsiya era un microcosmos del Irak más inesperado, donde exiliados de toda una vida convivían con baazistas recién huidos, civiles con militares, chiíes con suníes, todos unidos por la orfandad de la patria impuesta por la invasión y la limpieza étnica.

En la primera década del siglo XXI, el PKK distaba mucho de ser aquella fuerza tan formidable que luchó contra Ankara entre 1984 y 1999 con el apoyo del régimen sirio, cuando disponía de un repleto arsenal que incluía desde cohetes antitanque hasta misiles tierra-aire. Sin embargo, su persistencia y su histórico reclamo de un territorio administrado por su propia etnia continuaban tan arraigados en la mentalidad del pueblo kurdo como su propia presencia en Qandil o Matina.
Años más tarde, en 2010, conseguí entrevistar al sustituto de Ocalan, Murat Karayilan, que había asumido la jefatura del PKK cuando fue arrestado el fundador de esa formación. Llevaba treinta y cuatro años combatiendo y decía que no pensaban entregar las armas hasta conseguir una «autonomía como la que tiene Cataluña». «Hemos estudiado la constitución de España y el sistema de autonomías. Ese es el modelo que buscamos. Un país donde los gobiernos locales viven en armonía con el central, donde tienen su propia fuerza de policía y su parlamento».

Abu Yendel decidió fundir un manojo de organizaciones armadas en el Ejército de los Muyahidin, alianza con la cual combatió entre 2004 y 2005. Su identidad ya había llamado la atención del ejército norteamericano, que tras varios intentos de detención en su propia casa —de los que escapó mintiendo sobre su verdadera identidad— logró capturarlo el 5 de julio de 2005.
Así empezó su periplo por las escuelas del odio y también su aproximación a la radicalización religiosa de los presos. Al trato humillante de los invasores —violaciones, aislamiento, hacinamiento, torturas y vejaciones: en la prisión de Amiriya solían divertirse con los presos obligándolos a vestir lencería femenina, recordaba Abu Yendel— se sumaba el ambiente desesperado de prisiones congestionadas, donde el discurso de los más radicales calaba rápido entre almas desesperadas ávidas de esperanza.
Considera que Irán —ganador absoluto de la invasión de Irak— es parte activa de la ecuación enemiga, al nivel de Estados Unidos o Israel. Entre los chiíes existe la convicción de que Arabia Saudí, Turquía y Catar son los verdaderos demonios regionales. «Hay noches que no puedo dormir pensando en ello. Estoy convencido de que es Teherán quien está detrás del ISIS. En su última publicación, llaman a sus fieles a atacar Arabia Saudí y Turquía, pero nunca piden ataques en Irán, la principal potencia chií del mundo. ¿Por qué atacan en todo el mundo salvo en Irán? ¿Cómo pueden tener tanto control, tanta capacidad de atacar en Afganistán e Irak pero no en Irán, que está en medio? No logro entenderlo…» Pero al mismo tiempo, no exime de responsabilidades a Estados Unidos. «La invasión fue un plan minuciosamente construido para destruir la umma [«comunidad musulmana] con el objetivo de controlar las riquezas del mundo islámico y empujar a los árabes a un combate interno que protegiese a Israel. El ejército iraquí había sido el más poderoso de la región y logró ser destruido. Por eso enviaron a Negroponte, conocido por sus guerras sucias en América Latina.
Resultaba difícil de comprender la resurrección del Estado Islámico de Irak en un momento en el que la organización fundada por Zarqawi parecía casi extinta en ese país, pero Abu Yendel intuía los motivos. «Cuando el Gobierno usó a los Sahwat, no solo luchó contra el Estado Islámico, sino también contra cualquier grupo de insurgencia suní. Eso solo dejó dos salidas a los combatientes suníes: o el Estado Islámico, o el final de la lucha armada —continuaba—. Hoy en día, en Irak, solo el Estado Islámico tiene fuentes de financiación. Sabemos cómo controla su territorio en zonas suníes, mediante la extorsión, las amenazas y el crimen. Lo triste es que también sabemos cómo llegaron a tomar las ciudades suníes: porque las fuerzas de seguridad chiíes abandonaron sus cuarteles y posiciones antes de que llegasen los radicales. No están dispuestos a morir por defender a los suníes, y de esa forma colaboran en el odio confesional.»
Antes de colgar, le interrogamos por la reconciliación entre suníes y chiíes, a lo largo de la historia, son muchos los enemigos que han terminado aliados. El conflicto sectario acabará cuando aparezca una generación sabia, racional y educada que desee vivir en paz —reflexiona—. Nada está lo bastante lejos ni es del todo imposible.

-Good book, extensive and sometimes a little slow, but very good chronicle of truth, a book that starts before the second Gulf War, from the very Baghdad, which continues through the immediate environment of the invasion, until the end of its consequences.
– The book is crude, a chronicle of what the writers lived in situ, escaping on several occasions from the censorship of the Saddam regime, to show us how they lived in Iraq, excellent the chapter on Abu Ghraib, and its methods, the plane , the amputations of ears … and like that small sample, it can be said that it is the real, crude, visceral book and showing the errors of all those involved, which is not trivial, see the Scout shuttle in the market , for example.
– To conclude, good book, to record the errors, abuses, which out of ignorance, arrogance and various causes, have culminated in the current situation worldwide, destabilizing even more, that part of the globe, radicalizing it and that has been motive for many, to serve as an excuse both to embrace ideas of the Middle Ages, and to hate the advances of humanity, and try to sink into the mists of time.
-As a hit, expose that sometimes something heavy is done, according to which pen, however the work does not detract from it, given that it provides a lot of knowledge, and as I once mentioned, without hesitation, several chapters provide a version of the facts, more extensive, such as the death of the CNI compatriots, if you are interested in the subject.

In short, a very graphic and tragic story is written as a chronicle. Great journalistic work

-Do you want me to take something from Spain? -I asked automatically, before hanging up.
“Security,” she answered automatically, leaving me knocked out for a few seconds. It is the only thing we need, and the only thing we long for: feeling safe. Now, nobody and nothing is safe, “he said in a broken voice.
The new Iraq, carefully fertilized by the invasion and sectarian hatred, was consecrated as the ideal terrain for the growth of extremism and madness, and no one, nor the most tolerant, educated and reasonable Iraqis, were exempt from contagion.

Since 1991, cases of malformations in newborns have increased between six and seven times with a severity that we had never seen, “he explained in a monotone tone. As he spoke, he watched me go from page to page, facing the sight of a faceless baby with another whose nose came from his forehead, between his eyes. “The severity of the malformations is unprecedented: we have many cases that were not even registered in the medical literature. They die hours after being born, or at the most, the next day, “he added in a distant, almost commiserative tone, at my expression of horror.
According to Izza’s data, only twenty children under the age of one year per week died in his hospital. Ninety percent of the babies he attended in labor weighed less than a kilogram at birth. His colleague, Dr. Ahmad Abdul Fatal, was more visceral in his complaint. “Each month we enter between eighty and two hundred children with diseases directly related to the use of depleted uranium. Survive only 10 percent, but if Iraq’s conditions were similar to those of Spain, one hundred percent would exceed it, “he said.

The capricious traces of the fire traced with more clarity the shahada, or Islamic declaration of faith: Illaha illa Allah (“There is no God but Allah”).
On February 13, 1991, in full operation “Desert Storm”, when American bombs were brutally shot down over the entire country. The kid accompanied his sister Sheima, eighteen, to spend a new night of US bombing in the neighborhood shelter. His parents stayed at home, located in front of the bunker, where in 2003 the windows facing Amiriya had been sealed with wood, blinding forever the view of the daughter’s grave. “Sheima was afraid and preferred to go with her friends to the shelter, but she did not want to go without a relative.
-So, do you know who the Americans are? I fought back.
-Yes, they are Israel. The people who are covered with masks, “he replied, referring to the gas masks that the soldiers wore in the images that the television was spitting on. They are bad and they want to kill us all, they say on TV. I’m afraid they’ll hurt mom or dad, my brothers, but we’re not going to let them in the house. Right, mom?
The next time I saw little Rakhma again, she was an orphan, and she had lost the brightness of innocence in her eyes, although she retained her restless smile and tenderness. A few months later, in the third and last meeting, Rajma’s hair was wrapped in a veil that, in my eyes, forever snatched the naivety of yesteryear.

The regime masterfully mastered the game of manipulation. We only had authorization -with some exceptions- to travel on official buses, and the agents of the Ministry of Information, who had moved their headquarters to the Palestine hotel in search of physical security, carefully chose the destinations to be shown. One of the first days we were taken to the hospital in Mustansirya to visit wounded by the explosions, children covered with burns or amputated who were breathing with difficulty, while their haggard mothers fanned them in a vain attempt to relieve their pain.
The Ministry of Information’s specialty was to convene press conferences of compulsory assistance, a strategy that presented innumerable advantages for an institution specialized in censorship: it made it easy to have all the press in one place busy enough not to think about avoiding the encirclement and going out to look for news, and also the “security reasons” justified waits that often involved long and tedious hours. Usually the protagonist was the ridiculous person in charge of the institution, Mohamed Said al Shahaf, an expert in high-sounding declarations of victory and in ridiculing with insults to the enemy – we nicknamed him the Comedian Ali – but sometimes they were a unique opportunity to check the morale of the regime and its most prominent leaders.
The increasing firepower and massacres had brought about remarkable changes in Baghdad. The city had been transformed into an uninhabited wasteland, a ghost zone where the trenches arose from the corners and where the columns of dark and dense smoke, deposits of oil burned by the regime with the vain hope that it would obstruct the vision of the pilots.
Baghdad changed radically on the morning of April 9. The Iraqi spies who habitually followed the movements of the press evaporated, presaging that events had rushed through the night. The streets were full of more signs. The vans carrying the Fedayin were speeding through the city with no signs of the heavy machine guns that used to be installed in the back drawer; in some streets, dozens of Iraqi uniforms with red insignia of special forces were thrown by their owners in their hasty conversion to the civilian world. «We are free, we are free».
Saddam was tried by courts, by Westerners and by Iraqis, before and after death, as if it were a common punching bag in which to unleash contained anger. And in 2003, Iraq only attended the beginning of one of the most dismal periods in its history.

The totalitarianisms devoted to the most brutal repression seem to share a special dedication to compile in detail their own excesses. Those that had been committed in Abu Ghraib rested on dozens and dozens of metal filing cabinets, which had been rescued by the head of the Al Karj cemetery, Jalid Rasul Alaani, and the popular association they created on April 13.
Leaders like Haji Baqr, such as the Turkoman Fadel Ahmed Abdula al Hiyali (Haji Mutaz), former Lieutenant Colonel of the Istijbarat and exoficial of the Republican Guard who would end up leading the ISIS in Iraq, his counterpart in Syria, the former Baathist Abu Ali al Anbari or the military leader of ISIS, Ba’athist infantry captain Abdulrahman al Bilawi, who conceived the embryo of the Islamic State of Iraq, making it the most sinister, bloody and formidable organization of ancient Mesopotamia.

The legend of Mohamed Sadeq al Sadr among Iraq’s Shia population had been forged before 1999. It was a marya, the highest category of the clergy of that branch of Islam and therefore a “source of inspiration” for its thousands of followers. He had also managed to be one of the most outstanding teachers of Al Hawza, the emblematic and millennial school of theology installed in the southern city of Najaf.
Saddam himself must have repented on numerous occasions of having chosen him as the leader of the Shiite community in 1992, thinking that he was a malleable character. Far from it, Mohamed consolidated himself as a leader of the masses adored by the dispossessed, who were legion in the south of the country.
On February 19, 1999, the cleric added another title – one especially valued in this religious current – to his long curriculum: he became a shahid (“martyr”). That day, when the old Ayatollah returned from praying with two of his sons, his vehicle was intercepted by several unidentified gunmen.
The sadrist movement -so it began to be called- had to wrap itself under the theological mantle of another renowned Shia cleric, the Iranian Ayatollah Jadem al Haeri, a former schoolmate of Mohamed Sadeq.
Yacubi had hastened to deny that his current intended to imitate the Iranian model, but his followers contradicted him. “We have to have a guide like Ayatollah Khomeini in Iran, a religious reference. That is the democracy we seek, “said Shakir al Hasan, another of the Sadrists present in Najaf.

-The United States has a criminal history. Bush is the greatest enemy we have ever had in history: he has declared a crusade and intends to act by divine mandate to correct an error of God. Such a person is capable of anything. Hate? That word is not enough to express what I feel for the American soldiers, “he replied without the slightest sign of aggression. But I warned him: Iraq will be his cemetery.
The American siege of Falluja easily lent itself to confusing fiction and reality. Since eleven thousand American soldiers were deployed at the beginning of April to surround the city, which had been distinguished by the ferocity of its inhabitants as far as the resistance against occupation is concerned, it was impossible to enter the town, and the absence of tangible information fed all kinds of rumorology, from the use of prohibited weapons to the presence in the city of Abu Musab al Zarqawi, both facts that would end up being confirmed. With electricity and water cut and the prohibition of humanitarian convoys, life was unsustainable for civilians who had not been able or wanted to flee in the initial corridors: it was estimated that between sixty thousand and one hundred thousand people were still there, under the tons of Ammunition that fell on her.
The abyss that separated the Iraqis and the Arabs from the Western invaders kept growing. “Falluja suffered a lot with Saddam Hussein,” argued Majid Mehdi, a forty-eight-year-old merchant from Fallujah who ended up fleeing with his family on foot, waving a white flag, on one of the cease-fires that spilled the offensive. “I can give him the names of all those who were executed by him: I have ten friends disappeared by the dictatorship. The people of Falluja do not need Saddam because we were merchants; This is a rich city, and he gave us nothing. It is not that we want Saddam, but that we hate the United States. All the suffering of the regime has dwarfed the United States. This is the battle of Islam against America. ”

The appearance of the first corpses did not surprise Adnan Nuri. The fisherman of seventy years remembered that before the invasion, in 2003, he also used to find some body floating in the river. However, Nuri understood that both situations bore no resemblance when he found a head emerging from a sewer. “There was. Wrapped in a cloth. He was a man of thirty years. I did not have shots. It was not necessary, “he said when we approached the drain where the discovery occurred. The Iraqi tried to keep his boat as long as possible under one of the bridges that cross the river. “It’s to avoid the bullets that fall from the sky,” he told me.
Nuri recalled with regret the golden times of the Tigris, a flow of water with more than six thousand years of history that immortalized in verse the great poet Mohamed al Jawahiri, a river full of traditional round boats (quffa) or barges full of tourists , where fishing abounded. «Today we only fish corpses. The river is a dump for the murderers. It is an example of the tragedy we suffer, “reflected the Iraqi.

The main obstacle to this chimerical “region” did not come only from the anarchy that was ravaging Iraq, but from the same division that existed between the political factions that represented Christians and the distrust that such an initiative aroused among some of its religious leaders. For Father Sabri al Maqdasi, priest of the Saint Joseph church in Ankawa, the hypothetical plan “would destroy our mission to build bridges and relationships with other religions.” The same Chalky Archbishop of Kirkuk, Luis Sako, was opposed to creating a “Christian ghetto”. “We can not live isolated,” he argued.

Ahmed was one of many hundreds of thousands of Iraqis who, in 2007, took refuge in Syria from the war and one of the hundreds who sought life in one of the fifteen fertility clinics in the country, fleeing insecurity and the battered health sector of Iraq, whose professionals had fled in the different stages of the conflict in search of a future that guaranteed their mere survival. I had gone through the Eastern Center, one of the most prestigious fertility clinics, where Dr. Ahmed Furani, one of its leaders, had illustrated me with data: since the foundation of the hospital, they had facilitated the birth of three thousand babies: of them Some eight hundred were Iraqis, and the number was increasing thanks to word of mouth.
Dr. Furani explained that, in the case of the Iraqis, male sterility was far superior to that of the Syrians because of “the stress, the use of pesticides, and the chemical or uranium weapons used in the successive wars.” In Damascus resided the miracle of life, and more and more combatants crossed the border in search of the conception.
Nicknamed “Little Baghdad”, Qudsiya was a most unexpected microcosm of Iraq, where exiles from a lifetime lived with recently fled Baathists, civilians with military, Shiites with Sunnis, all united by the orphanhood of the country imposed by the invasion and ethnic cleansing.

In the first decade of the 21st century, the PKK was far from being that formidable force that fought against Ankara between 1984 and 1999 with the support of the Syrian regime, when it had a full arsenal that included everything from anti-tank rockets to surface-to-air missiles. However, his persistence and his historic claim to a territory administered by his own ethnic group continued to be as ingrained in the mentality of the Kurdish people as his own presence in Qandil or Matina.
Years later, in 2010, I was able to interview the replacement of Ocalan, Murat Karayilan, who had assumed the leadership of the PKK when the founder of that formation was arrested. He had been fighting for thirty-four years and said that they did not intend to surrender their arms until they achieved an “autonomy like Catalonia’s.” «We have studied the constitution of Spain and the autonomy system. That is the model we seek. A country where local governments live in harmony with the central one, where they have their own police force and their parliament. ”

Abu Yendel decided to merge a handful of armed organizations into the Mujahideen Army, an alliance with which he fought between 2004 and 2005. His identity had already attracted the attention of the US military, which after several attempts to arrest him in his own home – of the He escaped lying about his true identity – he managed to capture him on July 5, 2005.
Thus began his journey through hate schools and also his approach to the religious radicalization of prisoners. To the humiliating treatment of the invaders -violations, isolation, overcrowding, torture and humiliation: in Amiriya prison they used to have fun with the prisoners forcing them to wear feminine lingerie, Abu Yendel recalled- the desperate atmosphere of congested prisons was added, where the speech of the most radical fast-paced among desperate souls eager for hope.
He considers that Iran – the absolute winner of the invasion of Iraq – is an active part of the enemy equation, at the level of the United States or Israel. Among the Shiites there is a conviction that Saudi Arabia, Turkey and Qatar are the true regional demons. «There are nights that I can not sleep thinking about it. I am convinced that it is Tehran who is behind the ISIS. In their latest publication, they call on their worshipers to attack Saudi Arabia and Turkey, but never ask for attacks in Iran, the world’s leading Shiite power. Why are they attacking all over the world except in Iran? How can they have so much control, so much ability to attack in Afghanistan and Iraq but not in Iran, which is in the middle? I can not understand … »But at the same time, it does not exempt the United States from responsibility. “The invasion was a carefully constructed plan to destroy the umma [‘Muslim community] with the aim of controlling the riches of the Islamic world and pushing the Arabs into an internal battle to protect Israel. The Iraqi army had been the most powerful in the region and managed to be destroyed. That’s why they sent Negroponte, known for his dirty wars in Latin America.
It was difficult to understand the resurrection of the Islamic State of Iraq at a time when the organization founded by Zarqawi seemed almost extinct in that country, but Abu Yendel sensed the reasons. “When the government used the Sahwat, it not only fought against the Islamic State, but also against any Sunni insurgency group. That only left two exits to the Sunni fighters: or the Islamic State, or the end of the armed struggle, he continued. Today, in Iraq, only the Islamic State has funding sources. We know how he controls his territory in Sunni areas, through extortion, threats and crime. The sad thing is that we also know how the Sunni cities came to be taken: because the Shia security forces abandoned their barracks and positions before the radicals arrived. They are not willing to die for defending the Sunnis, and thus collaborate in confessional hatred. ”
Before hanging up, we questioned him about the reconciliation between Sunnis and Shiites. Throughout history, many enemies have ended up allied. The sectarian conflict will end when a wise, rational and educated generation appears that wishes to live in peace -reflects-. Nothing is far enough nor is it completely impossible.

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