La Venganza De Los Siervos — Julián Casanova / The Revenge Of The Servants by Julián Casanova (spanish book edition)

El libro en sí se puede decir que es interesante, con un buen desarrollo y se nota un gran trabajo técnico y de investigación, pero el último capítulo no pasa de ser un simple resumen amplio de lo que acabas de leer, asi que me parece que sobra.

No hay explicaciones simples para los grandes acontecimientos, y lo ocurrido en Rusia en 1917 pertenece a esa categoría, con un enorme impacto en todas las esferas de la vida de sus ciudadanos. Ningún aspecto de su sociedad, economía, política o cultura quedó intacto. La dinastía Románov desapareció de la noche a la mañana. Unos meses después, los bolcheviques tomaron el poder, en el cambio más súbito y amenazante que conoció la historia del siglo XX, y ahí reside la relevancia de esa doble revolución, de febrero y de octubre de 1917, que sucesivamente derribó al régimen zarista y al Gobierno Provisional de Aleksandr Kérenski.
En uno de los países más grandes del mundo, el poder pasó en un período muy corto de tiempo, en menos de un año, de una autocracia tradicional, que hundía sus raíces en el medievo, a los revolucionarios marxistas. El capitalismo y el mercado desaparecieron e instituciones básicas e históricas como la familia o la religión sufrieron una profunda transformación.
La historia política y social de las revoluciones son inseparables y por eso pongo tanto énfasis en el fenómeno del poder, en los grupos y movimientos que se lo disputaban y en los conflictos que su posesión o búsqueda desataban. Es una historia que explora los diferentes significados de las revoluciones para mucha gente. Desde la óptica de las elites, de los revolucionarios, desde arriba y desde abajo, atendiendo a quienes se centran en ideologías y abstractas fuerzas sociales y a los que escuchan las voces de los individuos atrapados por ellas.

Eran las dos Rusias, a las que se había referido Aleksandr Herzen (1812-1870), la oficial y la campesina, la de los terratenientes, jerarquía eclesiástica y burocracia imperial, frente a la gran masa de población, analfabeta y empobrecida. En las décadas siguientes a la muerte de Herzen, precursor de la idea de una vía autóctona al socialismo diferente a la de Europa occidental, una Rusia más pequeña, de burgueses, abogados, médicos, profesores y trabajadores cualificados de las industrias, se estaba abriendo camino, penetrando por las grietas que la erosión de la vieja estructura social permitía.
La nobleza, que parecía a los ojos de muchos una clase en declive, ejercía todavía un notable poder económico y político en Europa a finales del siglo XIX. Eso era muy cierto en los grandes imperios del centro y este del continente, donde los nobles ocupaban puestos importantísimos en el ejército y en la burocracia del Estado.

Los bolcheviques no tuvieron ningún papel relevante en la revolución de febrero de 1917 y en la primavera de ese año todavía eran el menos influyente de los tres partidos socialistas. A comienzos del otoño habían sobrepasado a los mencheviques y en Petrogrado y en algunas ciudades, también a los socialrevolucionoarios. De unos cuantos miles de militantes en febrero pasaron, según sus propias fuentes, a un cuarto de millón a finales de verano. Su éxito se debía, según el clásico estudio de Robert Service, a que era el único de esos tres partidos «incondicionalmente hostil al Gobierno Provisional». En abril ya tenían claro que querían su derrocamiento y además atacaron a la dirección del Sóviet de Petrogrado, a los «Defensistas Revolucionarios», por no poner fin a la guerra, no abordar la distribución de la tierra y por el deterioro de la economía.
Había además otros problemas, según Wade, que «aumentaban la sensación de que la sociedad se desmoronaba y que se requerían medidas drásticas». El crimen y el desorden público se dispararon. Los periódicos se llenaban de noticias de robos y asaltos. La policía no podía hacer frente a esa escalada de crisis social y la gente echaba la culpa a las autoridades por no poder garantizar la seguridad pública. Los linchamientos continuos, como los que vio y describió el periodista estadounidense John Reed (1887-1920) en Petrogrado, escandalizaban a otros periodistas y corresponsales de guerra extranjeros que dejaron sus testimonios sobre la Rusia del zar y de las revoluciones. Cientos de miles de soldados desertores del frente y de los cuarteles vagaban por campos y ciudades armados, saqueando propiedades y asaltando trenes, la evidencia más clara de esa quiebra social y política.
Todos los asuntos y tensiones irresueltos por la revolución de febrero llevaron a otra mayor. Tenía que ser una revolución, porque la contrarrevolución no estaba disponible.
Extender el poder bolchevique en tiempo y espacio. Mantener el poder requeriría también un fuerte apoyo social.

Una vez conquistado el poder, el problema era retenerlo y consolidarlo en medio de esa quiebra social y orgía de sangre. En los primeros meses fue crucial, como lo había sido para la misma conquista del poder, que no hubiera una oposición militar seria. El Ejército Blanco que combatió contra los bolcheviques en la guerra civil todavía no se había formado y las entonces principales fuerzas antibolcheviques, grupos de cosacos, comenzaban a amenazar al nuevo poder, aunque desde zonas alejadas del centro político de la revolución.
Los cosacos eran una casta militar especial, con privilegios legales y económicos, que habían servido tradicionalmente al régimen zarista en la caballería. Por sus privilegios y por su desprecio a los campesinos, frente a quienes se utilizaba para la represión, fueron siempre considerados los leales defensores del zar, aunque desde la guerra y la revolución de febrero habían aparecido fuertes tensiones y divisiones entre ellos que se prolongarían tras la conquista bolchevique del poder.

Muchos obreros y campesinos que apoyaron el movimiento de los sóviets que condujo a la toma bolchevique del poder esperaban la creación de un gobierno con representación de todos los partidos socialistas y la convocatoria de una Asamblea Constituyente. Investigaciones exhaustivas basadas en marcos locales o regionales, como la de Peter Holquist en el Don, demuestran que durante muchos meses, pese a que los bolcheviques intentaron inculcar un sentimiento de identificación con el partido entre la población, la lealtad popular al orden revolucionario se manifestaba en fidelidad a los sóviets más que a ningún partido en particular.

La ejecución de los Románov fue una prueba clara de que el terror iba a constituir un componente primordial de la revolución y de la guerra civil combatida por los bolcheviques para defenderla y consolidarla.
Tras su abdicación en marzo de 1917, Nicolás II y su familia permanecieron bajo arresto en su residencia real en Petrogrado, en la Villa de los Zares, Tsárkoye Seló. El Gobierno Provisional negoció con el Gobierno británico enviar al zar y a su familia a Inglaterra, pero el Sóviet de Petrogrado impidió que salieran de Rusia. A mitad de agosto, Kérenski, preocupado por la seguridad del zar y por la posibilidad de que la multitud asaltara el palacio, ordenó que evacuaran a la familia a la ciudad siberiana de Tobolsk, a la residencia de un antiguo gobernador.
El 26 de febrero de 1922 un decreto ordenó a los sóviets requisar todos los objetos de valor de las iglesias y hubo combates entre grupos que entraban en ellas a saco y otros, dirigidos a veces por sacerdotes, que las defendían. Unos 7000 miembros del clero, incluidas 3500 monjas, fueron asesinados en esos años. Ya con Stalin, la religión fue vista como un obstáculo poderoso a la modernización de la sociedad soviética y la persecución no cesó. La mayoría de los edificios religiosos fueron dinamitados, cerrados o confiscados por las autoridades.
Para controlar la sociedad, el Partido Bolchevique fortaleció el Estado y promovió un aumento espectacular de la burocracia en los años que siguieron a la revolución. Desde 1917 a 1921, el número de empleados del Gobierno se cuadruplicó, desde 576 000 a 2,4 millones. Los burócratas fueron, en palabras de Figes, «la base social» del régimen bolchevique, que más que una dictadura del proletariado fue «una dictadura de la burocracia».

En medio del hambre, hubo muchos casos de canibalismo, gente que se comía a sus propios familiares, y la caza y el asesinato de personas para comérselos fue también un fenómeno común. La criminalidad, el bandolerismo, la prostitución y la pedofilia ilustran también la destrucción de la familia y de muchas de las redes comunales que habían mantenido la estructura social durante el zarismo. Masas de niños huérfanos, millones, cuyos padres habían muerto o los habían abandonado, vagaban por las calles, vivían en las estaciones, basureros, bodegas o en cualquier agujero que encontraban como cobijo, todo un símbolo, según Figes, de la «desintegración social de Rusia».
Liquidaron a una buena parte de la elite de aristócratas, terratenientes, industriales, banqueros y a muchos profesionales. Más de dos millones de ellos acabaron en el exilio. Sus conocimientos en la administración de la economía fueron difíciles de sustituir. Desde el punto de vista económico, el balance fue catastrófico. Comparados con los niveles anteriores a la guerra de 1914, la producción industrial había caído el 20% hacia 1921. El producto interior bruto había descendido un quinto en 1917 y más de tres quintos en 1921. Los peores efectos se sintieron en las ciudades, donde la huida al campo o la muerte hicieron descender la población hasta niveles desastrosos. La antigua capital, Petrogrado, pasó de 2,5 millones de habitantes en febrero de 1917 a 750 000 en agosto de 1920. Moscú, la nueva capital desde el 12 de marzo de 1918, sufrió menos pero su máxima población de 1,8 millones en 1915 había quedado reducida a 1 millón en 1920.
Mucha gente sobrevivió a esas condiciones tan duras porque se movieron a los pueblos. Casi todos los habitantes de las ciudades tenían parientes y familiares muy cercanos en el campo. El pueblo, la comuna, fue una vez más, según Read, como lo había sido muchas veces en la historia rusa, «la red de salvación nacional». Los pueblos eran menos vulnerables que las ciudades debido a que eran básicamente autosuficientes, con recursos materiales propios, menos dependientes de las redes de suministro y de comunicación que las industrias. El pueblo fue el «reducto» en el que Rusia sobrevivió desde 1918 a 1923.

El régimen bolchevique de Partido-Estado nunca abandonó los fundamentos violentos de su creación, aunque construyera después un sistema de fuerza más rutinario y legal y, ya en los años treinta, con las grandes purgas de Stalin, un terror designado a extirpar del cuerpo social cualquier individuo o grupo concebido como socialmente dañino o políticamente peligroso. De ahí la utilidad de la distinción analítica de Hanna Arendt entre violencia y terror, con la que acabamos estas páginas.
«Terror no es lo mismo que la violencia; es, más bien, la forma de gobierno que nace cuando la violencia, tras destruir todo poder, no abdica, sino que, por el contrario, mantiene todo el control».

Desde 1989, sin embargo, con el derrumbe del comunismo, el triunfo del neoliberalismo y la creciente preocupación por los derechos humanos, resulta ya más difícil ver esas revoluciones, y especialmente la bolchevique en Rusia, sin una conciencia de la espantosa violencia que las acompañó. Se sigue hablando de revoluciones, pero, en palabras de Arno Mayer, como «celebración de revoluciones esencialmente incruentas por los derechos humanos, la propiedad privada y el capitalismo de mercado».

The book itself can be said to be interesting, with a good development and it shows a great technical and research work, but the last chapter is nothing more than a simple summary of what you just read, so it seems to me that surplus.

There are no simple explanations for major events, and what happened in Russia in 1917 belongs to that category, with an enormous impact in all spheres of life of its citizens. No aspect of their society, economy, politics or culture remained intact. The Romanov dynasty disappeared overnight. A few months later, the Bolsheviks took power, in the most sudden and threatening change that twentieth-century history knew, and that is where the relevance of this double revolution, of February and October 1917, which successively overthrew the Tsarist regime and to the Provisional Government of Aleksandr Kérenski.
In one of the largest countries in the world, power passed in a very short period of time, in less than a year, from a traditional autocracy, which had its roots in the Middle Ages, to the Marxist revolutionaries. Capitalism and the market disappeared and basic and historical institutions such as family or religion underwent a profound transformation.
The political and social history of revolutions are inseparable and that is why I put so much emphasis on the phenomenon of power, on the groups and movements that disputed it and on the conflicts that their possession or search unleashed. It is a story that explores the different meanings of revolutions for many people. From the perspective of the elites, of the revolutionaries, from above and from below, attending to those who focus on ideologies and abstract social forces and to those who listen to the voices of the individuals trapped by them.

They were the two Russias, referred to by Aleksandr Herzen (1812-1870), the official and the peasant, the landlords, the ecclesiastical hierarchy and the imperial bureaucracy, facing the great mass of the population, illiterate and impoverished. In the decades following the death of Herzen, forerunner of the idea of ​​an autochthonous road to socialism different from that of Western Europe, a smaller Russia, of bourgeois, lawyers, doctors, teachers and skilled workers of the industries, was opening way, penetrating through the cracks that the erosion of the old social structure allowed.
The nobility, which seemed in the eyes of many a declining class, still exercised considerable economic and political power in Europe at the end of the nineteenth century. This was very true in the great empires of the center and east of the continent, where the nobles occupied very important positions in the army and in the bureaucracy of the State.

The Bolsheviks had no relevant role in the revolution of February 1917 and in the spring of that year they were still the least influential of the three socialist parties. By early autumn they had overtaken the Mensheviks and in Petrograd and in some cities, also the Social Revolutionaries. From a few thousand militants in February passed, according to their own sources, to a quarter of a million at the end of summer. Its success was due, according to Robert Service’s classic study, to being the only one of those three parties “unconditionally hostile to the Provisional Government.” In April they were already clear that they wanted his overthrow and also attacked the leadership of the Petrograd Soviet, the “Revolutionary Defensors”, for not ending the war, not addressing the distribution of the land and the deterioration of the economy.
There were also other problems, according to Wade, that “increased the feeling that society was falling apart and that drastic measures were required”. Crime and public disorder skyrocketed. The newspapers were filled with news of robberies and assaults. The police could not cope with this escalation of social crisis and people blamed the authorities for not being able to guarantee public safety. Continuous lynchings, such as those seen and described by the American journalist John Reed (1887-1920) in Petrograd, scandalized other journalists and foreign war correspondents who left their testimonies about the Tsar’s Russia and revolutions. Hundreds of thousands of deserted soldiers from the front and the barracks roamed through armed fields and cities, looting property and assaulting trains, the clearest evidence of that social and political bankruptcy.
All the issues and tensions unresolved by the February revolution led to a greater one. It had to be a revolution, because the counterrevolution was not available.
Extend the Bolshevik power in time and space. Maintaining power would also require strong social support.

Once the power was conquered, the problem was to retain it and consolidate it in the midst of that social bankruptcy and blood orgy. In the first months it was crucial, as it had been for the same conquest of power, that there was no serious military opposition. The White Army that fought against the Bolsheviks in the civil war had not yet been formed and the then main anti-Bolshevik forces, groups of Cossacks, began to threaten the new power, although from areas far from the political center of the revolution.
The Cossacks were a special military caste, with legal and economic privileges, who had traditionally served the Tsarist regime in cavalry. Because of their privileges and their contempt for the peasants, in front of those who were used for repression, they were always considered the loyal defenders of the Tsar, although since the war and the revolution of February there had been strong tensions and divisions among them that would continue after the Bolshevik conquest of power.

Many workers and peasants who supported the movement of the soviets that led to the Bolshevik seizure of power expected the creation of a government with representation of all socialist parties and the convening of a Constituent Assembly. Extensive investigations based on local or regional frameworks, such as that of Peter Holquist on the Don, show that for many months, although the Bolsheviks tried to inculcate a sense of identification with the party among the population, popular loyalty to the revolutionary order was manifested in fidelity to the soviets more than to any particular party.

The execution of the Romanovs was a clear proof that terror was to be a primordial component of the revolution and of the civil war fought by the Bolsheviks to defend and consolidate it.
After his abdication in March 1917, Nicholas II and his family remained under arrest at his royal residence in Petrograd, in the Villa de los Zares, Tsárkoye Seló. The Provisional Government negotiated with the British Government to send the tsar and his family to England, but the Petrograd Soviet prevented them from leaving Russia. In mid-August, Kerensky, concerned about the Tsar’s safety and the possibility that the crowd might assault the palace, ordered the family to be evacuated to the Siberian city of Tobolsk, to the residence of a former governor.
On February 26, 1922, a decree ordered the Soviets to requisition all the valuable objects of the churches and there were combats between groups that entered them and others, sometimes led by priests, who defended them. Some 7,000 members of the clergy, including 3,500 nuns, were killed in those years. Already with Stalin, religion was seen as a powerful obstacle to the modernization of Soviet society and the persecution did not cease. Most of the religious buildings were dynamited, closed or confiscated by the authorities.
To control society, the Bolshevik Party strengthened the state and promoted a spectacular increase in bureaucracy in the years following the revolution. From 1917 to 1921, the number of government employees quadrupled, from 576,000 to 2.4 million. The bureaucrats were, in the words of Figes, “the social base” of the Bolshevik regime, which more than a dictatorship of the proletariat was “a dictatorship of the bureaucracy.”

In the midst of hunger, there were many cases of cannibalism, people who ate their own relatives, and hunting and killing people to eat them was also a common phenomenon. Crime, banditry, prostitution and pedophilia also illustrate the destruction of the family and many of the communal networks that had maintained the social structure during Tsarism. Masses of orphaned children, millions whose parents had died or abandoned them, roamed the streets, lived in the stations, garbage dumps, warehouses or in any hole they found as shelter, a symbol, according to Figes, of “social disintegration” From Russia”.
They liquidated a good part of the elite of aristocrats, landowners, industrialists, bankers and many professionals. More than two million of them ended up in exile. His knowledge in the administration of the economy was difficult to replace. From the economic point of view, the balance was catastrophic. Compared to the pre-war levels of 1914, industrial production had fallen by 20% by 1921. Gross domestic product had fallen by a fifth in 1917 and by more than three fifths in 1921. The worst effects were felt in the cities, where the flight to the countryside or death drove the population down to disastrous levels. The old capital, Petrograd, went from 2.5 million inhabitants in February 1917 to 750,000 in August 1920. Moscow, the new capital since March 12, 1918, suffered less but its maximum population of 1.8 million in 1915 it had been reduced to 1 million in 1920.
Many people survived those harsh conditions because they moved to the villages. Almost all the inhabitants of the cities had close relatives and relatives in the countryside. The people, the commune, was once again, according to Read, as it had been many times in Russian history, “the network of national salvation.” Villages were less vulnerable than cities because they were basically self-sufficient, with their own material resources, less dependent on supply and communication networks than industries. The town was the “redoubt” in which Russia survived from 1918 to 1923.

The Bolshevik Party-State regime never abandoned the violent foundations of its creation, although it later built a more routine and legal system of force and, already in the 1930s, with the great purges of Stalin, a terror designed to be extirpated from the social body any individual or group conceived as socially harmful or politically dangerous. Hence the usefulness of Hanna Arendt’s analytical distinction between violence and terror, with which we end these pages.
«Terror is not the same as violence; it is, rather, the form of government that is born when violence, after destroying all power, does not abdicate, but, on the contrary, maintains all control ».

Since 1989, however, with the collapse of communism, the triumph of neoliberalism and the growing concern for human rights, it is harder to see these revolutions, especially the Bolshevik in Russia, without an awareness of the appalling violence that accompanied them. . It is still talking about revolutions, but, in the words of Arno Mayer, as “the celebration of revolutions essentially untainted by human rights, private property and market capitalism.”

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