Viaje Al Fin Del Amazonas — Silvina Heguy / Journey To The End Of The Amazon by Silvina Heguy

Este es un interesante libro de esta escritora argentina que como en sus obras busca la concienciación con el lector y si se lee lo consigue, en un mundo donde prima el oro sobre el amor por encima de todo.

Los árboles ya no mueren de pie. En la selva amazónica, en el corazón geográfico de Brasil, dos hombres con motosierras los hacen caer. El último acto de ese cumarú de más de treinta metros es rugir como un animal herido. Es la fricción con otros lo que provoca el sonido tormentoso. Después hay silencio. Se rompe con el aletear de pájaros que se desbandan. Algo se perdió en el equilibrio de la naturaleza y nadie lo registra.
Por minuto, el equivalente a una cancha de fútbol sembrada de árboles se pierde en esta parte del planeta. La tala ilegal sobrevive porque hay demanda. “Cada árbol caído tiene ya su comprador”, dice el jefe de ese campamento. “Éstos van para China, para muebles. Saldrán por el puerto del sur. Es una cadena ilegal que cuenta con sus cómplices en cada etapa”.
Las advertencias sobre la degradación de la selva amazónica son alarmas de ambientalistas que parecen quedar en eso. Hay estadísticas que se pierden. Las cifras son verdaderas construcciones de laberintos desde donde discuten por tener la razón, con aura científica. La realidad son caminos de tierra, selva herida por rutas, pobreza, peleas de hombres y mujeres pobres contra hombres pobres con armas y pagados por poderosos.
La Amazonía está mucho más que amenazada. Tiene presiones reales como la tala, la minería, el avance de la agricultura, la explosión demográfica o la construcción de represas. Sobrevivió a volcanes y otras desventuras climáticas durante cincuenta millones de años, pero fallan sus anticuerpos para la acción del hombre, o para su indiferencia. Acercarse a ese escenario es una tarea difícil.

Ningún explorador de la selva describió a los Manoki hasta 1910, cuando la zona comenzó a ser explorada con el fin de tender el cable para el telégrafo. Los primeros registros que los mencionan coinciden también con las matanzas. Fueron tan feroces que tres décadas más tarde, cuando llegó el traslado a la reserva jesuita, habían quedado apenas cincuenta y dos Manoki. En la reducción se casaron con gente de otros pueblos, como los Nambiquara, Paresí o Kaiabi hasta que volvieron a su zona original, la Irantxe, como la llaman, una superficie de cuarenta y cinco mil hectáreas que se extiende entre las ciudades de Campo Novo do Parecis y Brasnorte, en el Estado de Mato Grosso. Es un área de mata baja y de transición que se transforma en selva amazónica. Los ríos Cravari y Sangre, bautizado así por su color rojo, son los límites.
La lucha por la ocupación de estas tierras sigue siendo un fenómeno tan actual como lo fue a principios del siglo XX.
La Constitución brasileña establece que los pueblos indígenas no tienen la propiedad de las tierras otorgadas —que comprenden alrededor del trece por ciento del territorio del país— sino el usufructo con el fin de conservar sus tradiciones y cultura. Pero muchas son territorios en disputa y reclamadas por productores agropecuarios. El proceso de esa ocupación se hace por etapas. La mayoría de las veces comienza por un incendio donde la selva original queda reducida a leños negros. Así se van comiendo de a poco porciones de vegetación nativa. Después, alguien puebla esas tierras con ganado para que engorde, y tras un tiempo llegan los cultivos.
La disputa parece no tener fin. Más alimentos se necesitan, más tierras se buscan. Más ánimo de ganar dinero por parte de los productores, más tierras se buscan. Más tierras se buscan, más desmonte. La cadena continúa y avanza rápidamente. Operación Amazonía Nativa (OPAN) —una organización que trabaja con los Manoki— ayudó a registrar el proceso de deforestación en sus tierras: tan sólo en 2011 fue talado el veinte por ciento de esta reserva indígena protegida por la ley federal brasileña.

La empresa Cravari Geração de Energia S.A., que tiene asegurada su explotación hasta 2032. Desde 2010, cuando inició su funcionamiento, genera una potencia de 30 MW. Según cuentan los Manoki, la compañía desconocía que estas tierras eran reclamadas por ellos. Cuando lograron que los constructores los atendieran, les aseguraron que la represa no modificaría el medio ambiente.
“Creímos en sus palabras: que la hidroeléctrica no afectaría los peces. Nos mintieron. Este lugar era sagrado. Nuestros abuelos y sus abuelos bailaban con las fuerzas de la naturaleza aquí. Era un sitio de rituales. Pero ya no hay agua, no hay peces, no hay selva. Todos se fueron”, se lamenta Manoel.
La estructura de hormigón, donde están las turbinas, modificó el río. De un lado, armó un dique de agua y del otro, lo dejó casi sin agua y sin fuerza. Fue cuando la cascada desapareció. El agua sale por dos compuertas que están apenas abiertas y por donde también deben subir los peces cuando migran río arriba. Pero el curso del agua se divide en dos frente al murallón y son muchos los peces que equivocan el camino y terminan en un callejón de cemento sin salida. La mayoría son pequeños y al verlos nadando y golpeando contra la pared se entiende por qué Manoel dice que ya no hay tantos peces en el cauce del Cravari: muchos quedan ahí, en una encerrona como la que atraviesa parte de la selva.

El llamado pulmón del mundo parece haberse convertido en un campo de batalla donde indígenas, ambientalistas, pequeños y grandes agricultores, campesinos sin tierra, ganaderos, buscadores de diamantes y de oro, grandes empresas mineras y petroleras y el gobierno —con ojos proteccionistas pero también con planes de construir represas hidroeléctricas y fomentar la agricultura para “dar de comer al mundo”— se cruzan en situaciones de tensión con poca visibilidad y que han llegado en 2014 a que un grupo indígena se declarara en “estado de guerra”. Posiciones desencontradas en un debate que no parece tener medias tintas. Brasil es un país que está presionado tanto para producir alimentos como para proteger el medioambiente. Y su Parlamento, que —entre otros asuntos— debe legislar sobre la selva, es acusado de tener en sus bancas a demasiados grandes productores agrarios. Su descrédito ha llevado a muchos brasileños a decir que Brasilia, su sede, queda en otro planeta.
El ochenta por ciento de los asentamientos rurales de Brasil está en la extensa cuenca del río Amazonas. Los cálculos oficiales hablan de cuarenta y dos millones de hectáreas. Como veremos, los últimos estudios demuestran que estas pequeñas propiedades no son las responsables de la deforestación. Pero hay por lo menos cincuenta mil familias a la espera de tierras en la zona selvática. Si acceden a ella sin un plan de reforma agraria que tenga en cuenta el manejo responsable del medio ambiente, el problema de la selva puede ser aún mayor.

El oro siguió debajo de la tierra. En 2007, la empresa canadiense Colossus Minerals logró los permisos de explotación. En los ocho años posteriores intentó poner la mina en funcionamiento con nuevas maquinarias. Estiman que gastó trescientos millones de dólares. Pero el plan tenía un aspecto macabro: aplastarían con topadoras la aldea en la que aún vivían seis mil personas. La minera había firmado un acuerdo con la cooperativa de buscadores de oro del lugar, COOMIGASP, y ambas comenzaron a ser investigadas por esa asociación. Según los fiscales, la canadiense transfirió a las cuentas privadas de los principales líderes de los garimpeiros dieciséis millones de dólares. Sin aviso, en 2010, la cooperativa reformuló el contrato con la minera y le dio una participación del setenta y cinco por ciento. “No hubo ninguna explicación convincente para la reducción” de la participación del COOMIGASP, señalaron los fiscales federales que trabajaron la causa. “Se valieron de trucos astutos y el mal uso de los fondos sindicales” para intimidar a los garimpeiros “humildes y sin educación” para que aprobaran el contrato, dijeron. “Es muy extraño que una compañía como Colossus deposite dinero en cuentas personales”, insistió el fiscal Hélio Rubens en declaraciones a la prensa. “Cualquier empresa sabe que este dinero debe ser depositado en la cuenta oficial”.
En 2013, Colossus anunció que se había quedado sin dinero. Al año siguiente, presentó la quiebra en Canadá. En Curionópolis vieron salir a los empleados canadienses una tarde para no volver.

La solución no es fácil, pero sí urgente. Quizás un buen comienzo sea un debate sincero y dejar atrás la ley de la selva, o comenzar a aplicarla, pero en el buen sentido. Como lo hacían sus primeros habitantes, en armonía y respeto.
Finaliza con un anexo de fotografías que muestran las atrocidades cometidas en la reserva amazónica.

This is an interesting book by this Argentinean writer who, like her works, seeks awareness with the reader and if she reads it she gets it, in a world where gold over love prevails over everything.

The trees no longer die standing. In the Amazon jungle, in the geographic heart of Brazil, two men with chainsaws make them fall. The last act of that cumaru of more than thirty meters is to roar like a wounded animal. It is the friction with others that causes the stormy sound. Then there is silence. It breaks with the flutter of birds that disperse. Something was lost in the balance of nature and nobody registers it.
Per minute, the equivalent of a soccer field strewn with trees is lost in this part of the planet. Illegal logging survives because there is demand. “Every fallen tree has its buyer already,” says the head of that camp. “These go to China, for furniture. They will leave through the southern port. It is an illegal chain that counts on its accomplices in each stage “.
The warnings about the degradation of the Amazon rainforest are alarms from environmentalists that seem to be in that. There are statistics that are lost. The figures are real constructions of labyrinths where they argue for being right, with a scientific aura. Reality is dirt roads, forest wounded by routes, poverty, fights of poor men and women against poor men with weapons and paid by powerful.
The Amazon is much more than threatened. It has real pressures such as logging, mining, the advance of agriculture, the population explosion or the construction of dams. He survived volcanoes and other climatic misadventures for fifty million years, but his antibodies fail for man’s action, or for his indifference. Approaching this scenario is a difficult task.

No explorer in the jungle described the Manoki until 1910, when the area began to be explored in order to lay the cable for the telegraph. The first records that mention them also coincide with the killings. They were so ferocious that three decades later, when the transfer to the Jesuit reserve arrived, only fifty-two Manoki remained. In the reduction they were married to people from other towns, such as the Nambiquara, Paresi or Kaiabi until they returned to their original area, the Irantxe, as they call it, an area of ​​forty-five thousand hectares that extends between the cities of Campo Novo do Parecis and Brasnorte, in the State of Mato Grosso. It is an area of ​​low and transitional forest that transforms into the Amazon rainforest. The rivers Cravari and Sangre, named for their red color, are the limits.
The struggle for the occupation of these lands continues to be as current a phenomenon as it was at the beginning of the 20th century.
The Brazilian Constitution establishes that the indigenous peoples do not own the granted lands -which comprise about thirteen percent of the territory of the country- but the usufruct in order to preserve their traditions and culture. But many are disputed territories and claimed by agricultural producers. The process of that occupation is done in stages. Most of the time it starts with a fire where the original forest is reduced to black logs. In this way, portions of native vegetation are gradually eaten. Later, someone populates these lands with cattle to fatten them, and after a while the crops arrive.
The dispute seems to have no end. More food is needed, more land is sought. More encouragement to earn money from producers, more land is sought. More land is sought, more land cleared. The chain continues and moves quickly. Operation Amazonía Nativa (OPAN) – an organization that works with the Manoki – helped record the process of deforestation on their lands: only in 2011 was twenty percent of this indigenous reserve protected by Brazilian federal law cut.

The company Cravari Geração de Energia S.A., which has secured its operation until 2032. Since 2010, when it started its operation, it generates a power of 30 MW. According to the Manoki, the company did not know that these lands were claimed by them. When they got the builders to take care of them, they assured them that the dam would not change the environment.
“We believed in his words: that the hydroelectric plant would not affect the fish. They lied to us This place was sacred. Our grandparents and their grandparents danced with the forces of nature here. It was a ritual site. But there is no water, no fish, no jungle. They all left, “laments Manoel.
The concrete structure, where the turbines are, modified the river. On the one hand, he built a water dam and on the other, he left it almost without water and without strength. It was when the waterfall disappeared. The water comes out of two gates that are barely open and where fish must also go up when they migrate upstream. But the course of the water is divided in two in front of the wall and there are many fish that make the wrong path and end up in a concrete cul-de-sac. Most of them are small and when they see them swimming and hitting the wall it is understood why Manoel says that there are not so many fish in the Cravari channel: many are left there, in a trap like the one that crosses part of the jungle.

The so-called lung of the world seems to have become a battlefield where indigenous people, environmentalists, small and large farmers, landless peasants, ranchers, diamond and gold prospectors, large mining and oil companies and the government – with protectionist eyes but also with plans to build hydroelectric dams and promote agriculture to “feed the world” – they cross in situations of tension with little visibility and that in 2014 came an indigenous group to declare itself in a “state of war”. Positions uncovered in a debate that does not seem to have half measures. Brazil is a country that is under pressure both to produce food and to protect the environment. And his Parliament, which -among other matters- must legislate about the jungle, is accused of having too many large agrarian producers in its banks. His discredit has led many Brazilians to say that Brasilia, its headquarters, is on another planet.
Eighty percent of Brazil’s rural settlements are in the vast basin of the Amazon River. The official calculations speak of forty-two million hectares. As we will see, recent studies show that these small properties are not responsible for deforestation. But there are at least fifty thousand families waiting for land in the jungle area. If they access it without an agrarian reform plan that takes into account the responsible management of the environment, the problem of the jungle can be even greater.

The gold remained below the earth. In 2007, the Canadian company Colossus Minerals obtained the exploitation permits. In the following eight years he tried to put the mine in operation with new machinery. They estimate that he spent three hundred million dollars. But the plan had a macabre aspect: they would crush with bulldozers the village where six thousand people still lived. The mining company had signed an agreement with the local gold prospectors cooperative, COOMIGASP, and both began to be investigated by that association. According to the prosecutors, the Canadian transferred sixteen million dollars to the private accounts of the main leaders of the garimpeiros. Without warning, in 2010, the cooperative reformulated the contract with the mining company and gave it a participation of seventy-five percent. “There was no convincing explanation for the reduction” of the participation of COOMIGASP, said the federal prosecutors who worked on the case. “They used clever tricks and the misuse of union funds” to intimidate “humble and uneducated” garimpeiros to approve the contract, they said. “It is very strange that a company like Colossus deposits money in personal accounts,” prosecutor Hélio Rubens insisted in statements to the press. “Any company knows that this money must be deposited in the official account.”
In 2013, Colossus announced that it had run out of money. The following year, he filed for bankruptcy in Canada. In Curionópolis they saw Canadian employees leave one afternoon not to return.

The solution is not easy, but it is urgent. Perhaps a good start is a sincere debate and leave behind the law of the jungle, or begin to apply it, but in a good way. As its first inhabitants did, in harmony and respect.
It ends with an annex of photographs showing the atrocities committed in the Amazon reserve.

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