La Lengua De Los Dioses. 9 Razones Para Amar El Griego — Andrea Marcolongo / La Lingua Geniale. 9 Ragioni Per Amare Il Greco (The Ingenious Language: Nine Epic Reasons to Love Greek) by Andrea Marcolongo

El libro todo un éxito editorial inesperado, debemos decir que es uno de esos libros cuidadísimos. La “genialidad” de Andrea Marcolongo adjetivo usado en el título para definir la lengua griega, puede tanto más se utiliza para describir la escritura dinámica del libro donde el griego y algunos de sus momentos semánticas más interesantes, tales como la introducción de la doble el concepto de neutralidad, la diversidad entre el aoristo y perfecto o optativa en particular, de rebote y se enredan con los recuerdos personales e íntimos de la vida de la escritora, lo que daría lugar a una historia fácil de leer, divertida y variada que ve en el fondo la civilización de los griegos, su historia y su forma de pensar, a la cual en el libro, para no interrumpir la narración, se dedican ventanas especiales con una competencia didáctica excelente e inusual. El libro no parece principalmente la intención de (re) enseñar el griego, pero reenterderlo es el objeto de amor o hacerlo apasionante, revivir y volver con nostalgia recuerdos distantes trazadas entre los bancos de la escuela o la creación de nosotros por primera vez el caldo de cultivo, el caldo de cultivo adecuado en el que luego puede brotar con alegría y placer la curiosidad y el interés en esta lengua antigua, pero extremadamente, ineluctable e inexorablemente actual.

Un libro muy hermoso que ofrece una reflexión sobre las peculiaridades lingüísticas del griego clásico, mediado por las experiencias del autor. La densidad del contenido personal hace que la lectura sea útil y disfrutable para un público generalista que sería realistamente desanimado por una simple yuxtaposición paratáctica de nociones.
No importa si conocéis o no el griego; este libro está dedicado a cualquier persona que busque las palabras para hablar de sí mismo en el presente. La lengua de los dioses no es un manual tradicional, un ensayo académico, una clase impartida desde lo alto de una tarima: es una síntesis del alma a través de una lengua antiquísima como la griega, que, sin embargo, no ha sido nunca tan moderna.
Con este libro el griego vuelve a tí, Lo amases o no siempre, y ahora vuelve a vosotros, vuelve a casa, a vuestra manera de pensar, a vuestras palabras y a vuestros gestos cotidianos.
Platón decía que «pensar es el acto del alma que se habla a sí misma». Eso es lo que busca la autora.
Las sociedades cambiaban a lo largo de los milenios una tras otra, los pueblos se desplazaban, de nómadas pasaban a pastores y luego a ciudadanos; había que expresarse deprisa, a toda velocidad, hacerse entender, ser entendidos. El mundo se había vuelto más complejo, y paradójicamente hacía falta una lengua más sencilla; pasa siempre lo mismo cuando la realidad resulta difícil de expresar. Mirad la comunicación actual: los emoticonos como «pictogramas» modernos; ya nadie sabe llamar por teléfono, y por lo tanto la gente se olvida de que sabe hablar.
El sistema verbal indoeuropeo preveía una estructura original. No presentaba una conjugación regular basada en el tiempo, como aquella a la que estamos acostumbrados y que aprendemos en la escuela primaria.

El primer testimonio de escritura en lengua griega data de la época micénica (siglo xv a.C.): en 1900 el arqueólogo Arthur Evans descubrió en el llamado palacio de Minos, en Cnosos, en la isla de Creta, una gran cantidad de tablillas de barro grabadas con incisiones de una escritura llamada «lineal B», para distinguirla de otra escritura silábica encontrada siempre en Creta y llamada «lineal A». Después salieron a la luz otras tablillas similares en los palacios micénicos del Peloponeso (Pilos, Micenas) y de la Grecia continental (en Tebas y Eleusis).
Además de ser una lengua musical, el griego era una lengua marcadamente rítmica. El ritmo del griego antiguo es cuantitativo y se basa en la alternancia de sílabas largas y breves. Lo demuestra la música griega, que para nosotros ahora es un tesoro ilegible e irreproducible, como es el caso de los himnos encontrados en Delfos y destinados a ser cantados y tocados. Toda vocal griega tiene una forma breve (ῐ, ε, ᾰ, ο, ῠ) y una larga (ῑ, η, ᾱ, ω, ῡ). Si unimos la ι con la υ, las vocales forman diptongos (del griego δίφθογγος, «sonido doble»), es decir, parejas de vocales que forman una sola sílaba. Una sílaba es breve por naturaleza cuando la vocal que contiene es breve y no va seguida de dos consonantes; una sílaba es larga por naturaleza cuando su elemento vocálico es largo o si la vocal va seguida de dos consonantes. A la hora de determinar el acento cuentan solo las sílabas largas y breves por naturaleza, esto es, su duración.

El hombre, la mujer. El cielo, la tierra, el mar. La boca, el pensamiento. El árbol, el fruto.
El griego antiguo tenía una manera muy intensa de dar rostro al mundo. Un modo de valorar la naturaleza muchas leguas por debajo de la superficie de las cosas. Además del género femenino y del género masculino, los mismos en los que hemos optado por expresar la vida en nuestra lengua, el griego poseía otro género: el neutro.
La oposición no se basaba en los colores de las palabras: rosa y azul, como hacen los niños, u otra cosa sin color, quizá blanco o negro. Tampoco en su sexo; si no, ¿cuál sería el de los pensamientos? La distinción del griego antiguo era entre género animado, masculino o femenino, y género inanimado.
Hablando de la caída del Imperio romano y de escombros lingüísticos resulta imposible obviar en el personaje más erudito, docto, extraño y genial que estudió la lengua en la alta Edad Media: Isidoro de Sevilla.
Más aún, es en virtud de su originalidad sin par por lo que san Isidoro de Sevilla (560?-636), doctor de la Iglesia, merece una mención aquí. Mención que será siempre demasiado breve comparada con la inmensidad de los libros y conceptos que Isidoro sustrajo a los tiempos convulsos del Medievo para entregárnoslos a nosotros.
Quizá solo pueda hacer justicia a su valor y fantasía igualmente inmensas con una calurosísima invitación a leer las Etimologías u Orígenes, un compendio de todos los conocimientos que se tenían en su época: medicina, lengua, animales, geografía, artes, derecho… De hecho, las Etimologías de Isidoro fueron la primera «enciclopedia» de la historia y una de las obras de la cultura grecorromana que más fuerte resistencia opusieron a su caída definitiva.

Por supuesto, existen palabras que simplemente no se pueden decir; y no se trata de ejercicios de clase que uno se salta con mil pretextos: se trata de los llamados tabúes lingüísticos.
«Tabú» (en su origen tabu, sin acento) es una palabra polinesia que designa lo que es sagrado y por consiguiente está prohibido. En el uso común, el término alude a todas las esferas de la existencia humana objeto de interdicción (de hacer, pero también de decir).
Por tabú lingüístico se entiende, pues, el veto de pronunciar las palabras relativas a cosas o personas prohibidas, es decir, convertidas en tabú. Pueden ser nombres de animales, plantas, comportamientos y acciones que, en una determinada civilización, están cargados de un valor sacro, de un temor reverencial, de un fuerte pudor —y, de manera más general, de un miedo irracional— y que no pueden mencionarse en el discurso. Por consiguiente, estos términos son sustituidos por otros, llamados eufemismos (del griego εὐφημέω, «pronunciar palabras de buen augurio» y por ende «evitar palabras de mal augurio»), o por perífrasis (del griego περιφράζω, «decir por medio de un rodeo verbal»).
Debido a su naturaleza puramente social, los tabúes lingüísticos cambian de una civilización a otra y según las épocas históricas: pensemos, por ejemplo, en todas las palabras relacionadas con la sexualidad humana impronunciables hasta hace medio siglo.
¿Algunos ejemplos? En árabe la lepra se llama «bendita enfermedad» y el ciego es el «hombre de vista aguda». En latín el lecho de muerte se llama lectus vitalis o «lecho de vida».
La historia de algunas palabras sujetas al tabú lingüístico es realmente curiosa.
La ciudad de Benevento, en Irpinia, se llamaba en su origen Maleventum, «viento malo», debido a las corrientes de aire; cuando los romanos la conquistaron en el 268 a.C., cambiaron su nombre por Beneventum para que no fuera de mal augurio.
El viento de bonanza se llamaba en latín malacia, del griego ἡ μαλακία, «viento sereno, suave». No obstante, una vez perdida la sensibilidad lingüística, se pensó que malacia procedía de malus, «malo», y por superstición típicamente marinera este viento se convirtió luego en bonus, «bueno»; de ahí la bonanza, que sopla propicia sobre el mar de todas las lenguas romances.
Por último, en algunos pueblos hay palabras que no se pueden decir de ninguna manera: entre los inuit de Groenlandia no se puede pronunciar el nombre de los glaciares; entre los aborígenes de Australia el nombre propio de las personas difuntas; por no hablar de la prohibición que existía en China de escribir el nombre del emperador, donde en su lugar se utilizaban signos gráficos sustitutivos.
En alemán «oso» se dice Bär y en inglés bear: ambas palabras significan «el gris», por alusión al pelaje de este animal indecible. En las lenguas eslavas, como por ejemplo en ruso, «oso» se dice medved, que literalmente significa «comedor de manzanas», con la esperanza de que sea vegano y no se dedique a dar dentelladas a los seres humanos.
Gracias a su sistema de casos y a la libertad del orden de sus palabras, el griego, tanto antiguo como moderno, es una lengua que cuando habla piensa, y piensa también cuando escribe. Siempre.

Nuestra lengua no tiene modo alguno de distinguir la realidad o la irrealidad de los hechos expresando un puro y simple deseo; todo depende de nosotros, solos por la mañana delante del espejo, y de la integridad de nuestras palabras (para quien sepa lo que quiero decir; los demás que tengan paciencia).
Entre realidad e irrealidad se insinúan en griego dos grados subjetivos de realidad, estrictamente dependientes de la manera de ver el mundo y de expresarlo por medio de palabras que tiene el que habla: la eventualidad y la posibilidad.
La eventualidad es la posibilidad concreta de que una acción se cumpla; en griego antiguo se expresa en subjuntivo. En nuestra lengua la eventualidad real se expresa con el condicional, de ahí la expresión latina conditio sine qua non, que es el punto fijo, el punto de partida, para que algo se realice de verdad.
La palabra que expresa uno de los deseos humanos más lacerantes, la nostalgia, parece de origen griego, pero en realidad no lo es. Nostalgia se ha formado a partir de los términos griegos νόστος, «el regreso», y ἄλγος, «el dolor», «la tristeza», y expresa el deseo melancólico de volver a casa, a los lugares en los que se ha pasado la niñez y en los que se encuentran las personas y los objetos que más se quieren, pero es una palabra completamente ajena al mundo griego. La palabra fue acuñada en 1688 por un estudiante de medicina alsaciano, Johannes Hofer, que se licenció en la Universidad de Basilea con una tesis titulada Disertación médica sobre la nostalgia. Durante años el joven se había dedicado al estudio médico del desconcierto emotivo experimentado por los mercenarios suizos al servicio del rey de Francia Luis XIV, obligados a permanecer durante años lejos de los valles y de las montañas de su patria y a menudo aquejados de un mal indefinido que los empujaba a la muerte si no volvían a casa.
Desde entonces, el neologismo griego nostalgia se difundió en las demás lenguas europeas para expresar el sentimiento de tristeza y lejanía de la tierra que se ama, melancolía que en francés se llama mal du pays, y en alemán Heimweh. Además, el alemán tiene una palabra hermosísima que no posee nuestro idioma; hermosísima para quien sabe comprender esa extraña añoranza. La palabra en cuestión es Fernweh, compuesta de «dolor» y «lejos», e indica la nostalgia por los lugares en los que uno no ha estado nunca, pero a los que le gustaría mucho ir.
Nostoi (Νόστοι), «los regresos», es también el título de un conjunto de poemas épicos griegos dedicados al regreso a la patria de los héroes aqueos al término de la guerra de Troya.

Sorprendentes resultan dos innovaciones lingüísticas del griego moderno. La eliminación del infinitivo del verbo —uno de los rasgos que el griego tiene en común con las lenguas balcánicas— y la invención del futuro.
El griego moderno, pues, ha experimentado un proceso de arcaización increíble y sin parangón en la historia de la lingüística. De hecho, el griego es la única lengua europea que no ha evolucionado nunca en otra cosa distinta de ella —piénsese en el italiano, el francés, el español, el portugués o el rumano respecto del latín—, sino que siempre ha reaccionado ante la historia convulsamente dentro de ella misma.
No obstante, las lenguas artificiales, partisanas, de resistencia, tienen siempre el defecto de no ser entendidas por el pueblo, y de no corresponder a su identidad. Ha surgido por tanto en Grecia —y sigue viva— una reacción por parte de los intelectuales que sienten la necesidad de expresarse tomando del pueblo palabras concretas, palabras vivas, que no hayan sufrido el abuso de miles de años de literatura.
Durante estos años, en nombre de su identidad y de su dignidad social, Grecia se ha enfrentado a desafíos económicos y políticos únicos en Europa utilizando, de hecho, una lengua única y extraordinaria, aunque añeja de siglos, mejor dicho, de milenios. Pero hoy el verdadero reto, no solo lingüísticamente hablando, está en la voluntad de reconstruir una lengua por fin moderna que sirva a todos los griegos para entender y hacerse entender dentro de sus propios confines y sobre todo fuera de Grecia.
Grecia habla hoy un griego moderno que toma prestados gran parte de sus elementos del griego antiguo para recalcar al mundo la identidad de un pueblo que tiene el pasado cultural más imponente del mundo occidental. Un pueblo que parece no ser capaz ya de librarse de ese pasado en una lucha constante por un presente que no llega nunca, mientras que el futuro ha sido inventado hace apenas un par de siglos utilizando el verbo «querer», quizá, al menos eso espero, en el sentido de «pretender».

The book is an unexpected editorial success, we must say that it is one of those very careful books. The “genius” of Andrea Marcolongo adjective used in the title to define the Greek language, can so much be used to describe the dynamic writing of the book where the Greek and some of its most interesting semantic moments, such as the introduction of the double the concept of neutrality, the diversity between the aorist and perfect or optional in particular, rebound and become entangled with the personal and intimate memories of the life of the writer, which would lead to a story easy to read, fun and varied that sees in the background the civilization of the Greeks, their history and their way of thinking, to which in the book, so as not to interrupt the narration, special windows are dedicated with an excellent and unusual didactic competence. The book does not seem primarily intended to (re) teach the Greek, but reenterderlo is the object of love or make it exciting, revive and return with nostalgia distant memories traced between the school benches or the creation of us for the first time the broth of cultivation, the suitable breeding ground in which then curiosity and interest in this ancient but extremely, ineluctable and inexorably current language can sprout with joy and pleasure.

A very beautiful book that offers a reflection on the linguistic peculiarities of classical Greek, mediated by the experiences of the author. The density of personal content makes reading useful and enjoyable for a general public that would be realistically discouraged by a simple paratactic juxtaposition of notions.
It does not matter if you know Greek or not; This book is dedicated to anyone looking for the words to talk about themselves in the present. The language of the gods is not a traditional manual, an academic essay, a class taught from the top of a stage: it is a synthesis of the soul through an ancient language like the Greek, which, however, has never been so modern
With this book the Greek comes back to you, You love him or not always, and now he comes back to you, returns home, to your way of thinking, to your words and to your daily gestures.
Plato said that “thinking is the act of the soul that speaks to itself.” That’s what the author is looking for.
The societies changed over the millennia one after the other, the people moved, from nomads they passed to pastors and then to citizens; You had to express yourself quickly, at full speed, make yourself understood, be understood. The world had become more complex, and paradoxically a simpler language was needed; The same thing always happens when reality is difficult to express. Look at the current communication: emoticons as modern “pictograms”; Nobody knows how to make a phone call, and therefore people forget they can talk.
The Indo-European verbal system envisaged an original structure. It did not present a regular conjugation based on time, like the one to which we are accustomed and which we learn in primary school.

The first testimony of writing in the Greek language dates from the Mycenaean period (fifteenth century BC): in 1900 the archaeologist Arthur Evans discovered in the palace of Minos, in Knossos, on the island of Crete, a large number of engraved clay tablets with incisions of a writing called «linear B», to distinguish it from another syllabic script always found in Crete and called «linear A». Later other similar tablets came to light in the Mycenaean palaces of the Peloponnese (Pylos, Mycenae) and of mainland Greece (in Thebes and Eleusis).
In addition to being a musical language, Greek was a markedly rhythmic language. The rhythm of ancient Greek is quantitative and is based on the alternation of long and short syllables. This is demonstrated by Greek music, which for us is now an illegible and irreproducible treasure, as is the case of the hymns found in Delphi and destined to be sung and played. Every Greek vowel has a short form (ῐ, ε, ᾰ, ο, ῠ) and a long one (ῑ, η, ᾱ, ω, ῡ). If we join the ι with the υ, the vowels form diphthongs (from Greek δίφθογγος, “double sound”), that is, pairs of vowels that form a single syllable. A syllable is brief by nature when the vowel it contains is short and not followed by two consonants; A syllable is long by nature when its vowel element is long or if the vowel is followed by two consonants. At the time of determining the accent count only the long and short syllables by nature, that is, their duration.

The man the woman. The sky, the earth, the sea. The mouth, the thought. The tree, the fruit.
Ancient Greek had a very intense way of giving face to the world. A way of valuing nature many leagues below the surface of things. In addition to the feminine gender and the masculine gender, the same ones in which we have chosen to express life in our language, the Greek possessed another gender: the neuter.
The opposition was not based on the colors of words: pink and blue, as children do, or something else without color, perhaps white or black. Neither in its sex; If not, what would be the thoughts? The distinction of ancient Greek was between animate gender, male or female, and inanimate gender.
Speaking of the fall of the Roman Empire and linguistic debris, it is impossible to ignore the most learned, learned, strange and brilliant character who studied the language in the early Middle Ages: Isidoro de Sevilla.
Moreover, it is by virtue of its unparalleled originality that Saint Isidore of Seville (560? -636), doctor of the Church, deserves a mention here. Mention that will always be too brief compared to the vastness of the books and concepts that Isidoro subtracted from the convulsive times of the Middle Ages to deliver them to us.
Maybe I can only do justice to its equally immense value and fantasy with a warm invitation to read the Etymologies or Origins, a compendium of all the knowledge that was had in his time: medicine, language, animals, geography, arts, law … In fact , the Etymologies of Isidoro were the first “encyclopedia” of history and one of the works of the Greco-Roman culture that most strongly opposed its definitive fall.

Of course, there are words that simply can not be said; and it is not about class exercises that one jumps with a thousand pretexts: these are the so-called linguistic taboos.
«Taboo» (originally tabu, without accent) is a Polynesian word that designates what is sacred and therefore is forbidden. In common usage, the term refers to all spheres of human existence that are the object of interdiction (of doing, but also of saying).
By linguistic taboo, then, is meant the veto of pronouncing the words relating to things or people that are forbidden, that is, converted into taboo. They can be names of animals, plants, behaviors and actions that, in a certain civilization, are loaded with a sacred value, a reverential fear, a strong modesty – and, more generally, an irrational fear – and that do not they can be mentioned in the speech. Therefore, these terms are replaced by others, called euphemisms (from the Greek εὐφημέω, “pronounce words of good omen” and therefore “avoid words of bad omen”), or by periphrasis (from the Greek περιφράζω, “say by means of a verbal rodeo »).
Due to its purely social nature, linguistic taboos change from one civilization to another and according to historical periods: think, for example, of all words related to human sexuality unpronounceable until half a century ago.
Some examples? In Arabic, leprosy is called “blessed disease” and the blind man is the “sharp-eyed man”. In Latin the death bed is called lectus vitalis or “bed of life”.
The history of some words subject to linguistic taboo is really curious.
The city of Benevento, in Irpinia, was originally called Maleventum, “bad wind”, due to the air currents; when the Romans conquered it in 268 a.C., they changed their name to Beneventum so that it would not be a bad omen.
The bonanza wind was called in Latin malacia, from the Greek ἡ μαλακία, “serene, soft wind”. However, once the linguistic sensibility was lost, it was thought that malacia came from malus, “bad”, and by superstition, typically marine, this wind turned into a bonus, “good”; hence the bonanza, which blows propitious on the sea of ​​all Romance languages.
Finally, in some towns there are words that can not be said in any way: among the Inuit of Greenland the name of the glaciers can not be pronounced; among the aborigines of Australia the proper name of the deceased persons; not to mention the prohibition that existed in China to write the name of the emperor, where substitute graphic signs were used instead.
In German “bear” is said Bär and in English bear: both words mean “gray”, by reference to the fur of this unspeakable animal. In Slavic languages, for example in Russian, “bear” is called medved, which literally means “apple eater”, in the hope that it is vegan and does not devote itself to biting human beings.
Thanks to its system of cases and to the freedom of the order of its words, Greek, both ancient and modern, is a language that, when it speaks, thinks, and also thinks when it writes. Always.

Our language has no way of distinguishing reality or unreality from facts by expressing a pure and simple desire; everything depends on us, alone in the morning before the mirror, and the integrity of our words (for those who know what I mean, others who have patience).
Between reality and unreality, two subjective degrees of reality are insinuated in Greek, strictly dependent on the way of seeing the world and expressing it through words spoken by the speaker: eventuality and possibility.
The eventuality is the concrete possibility that an action is fulfilled; in ancient Greek it is expressed in subjunctive. In our language, the real eventuality is expressed with the conditional, hence the Latin expression conditio sine qua non, which is the fixed point, the starting point, for something to really take place.
The word that expresses one of the most heart-wrenching human desires, nostalgia, seems to be of Greek origin, but in reality it is not. Nostalgia has been formed from the Greek terms νόστος, “the return”, and ἄλγος, “the pain”, “the sadness”, and expresses the melancholic desire to return home, to the places in which the childhood and where the people and objects that are most loved are found, but it is a word completely alien to the Greek world. The word was coined in 1688 by a student of Alsatian medicine, Johannes Hofer, who graduated from the University of Basel with a thesis entitled Medical dissertation on nostalgia. For years the young man had devoted himself to the medical study of the emotional confusion experienced by the Swiss mercenaries in the service of the King of France Louis XIV, forced to remain for years away from the valleys and mountains of his homeland and often afflicted with an undefined evil that pushed them to death if they did not return home.
Since then, the Greek neologism nostalgia has spread in other European languages ​​to express the feeling of sadness and distance of the land that is loved, melancholy that in French is called mal du pays, and in German Heimweh. In addition, the German has a beautiful word that does not have our language; beautiful for those who know how to understand that strange longing. The word in question is Fernweh, composed of “pain” and “far”, and indicates the nostalgia for the places in which one has never been, but to those who would like very much to go.
Nostoi (Νόστοι), “the returns”, is also the title of a set of Greek epic poems dedicated to the return to the homeland of the Achaean heroes at the end of the Trojan War.

Surprising are two linguistic innovations of modern Greek. The elimination of the infinitive of the verb -one of the features that the Greek has in common with the Balkan languages- and the invention of the future.
Modern Greek, then, has experienced an incredible process of archaization and unparalleled in the history of linguistics. In fact, Greek is the only European language that has never evolved in anything other than it – think of Italian, French, Spanish, Portuguese or Romanian with respect to Latin – but it has always reacted to the history convulsively within herself.
However, the artificial languages, partisan, of resistance, always have the defect of not being understood by the people, and of not corresponding to their identity. So there has arisen in Greece – and still alive – a reaction on the part of intellectuals who feel the need to express themselves by taking from the people concrete words, living words, that have not suffered the abuse of thousands of years of literature.
During these years, in the name of its identity and its social dignity, Greece has faced unique economic and political challenges in Europe, using, in fact, a unique and extraordinary language, although centuries old, rather, millennia old. But today the real challenge, not only linguistically speaking, is in the will to rebuild a modern-day language that serves all Greeks to understand and be understood within their own confines and especially outside Greece.
Greece speaks today a modern Greek that borrows much of its elements from ancient Greek to emphasize to the world the identity of a people who have the most imposing cultural past of the Western world. A people that seems not to be able to get rid of that past in a constant struggle for a present that never comes, while the future has been invented just a couple of centuries using the verb “want”, maybe, at least that I hope, in the sense of “pretend”.

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