La Guerra Fría, Estados Unidos Y La Unión Soviética 1917-1991 — Ronald E. Powaski / The Cold War: The United States and the Soviet Union, 1917-1991 by Ronald E. Powaski

Este libro se remonta a los tiempos pre-revolucionarios y comenzó desde ese momento. Lectura muy detallada de lo que realmente sucedió. Por qué, quién y otros puntos críticos de las relaciones entre la Unión Soviética y los EE. UU. en la Arena Global.
Es un libro muy recomendable para entender esta parte de la historia desde el punto de vista de los 2 protagonistas principales. Muy interesante en todos los sentidos.
La guerra fría fue una pugna por la influencia mundial entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Los dos países emplearon diversos métodos, aunque nunca llegaron a lanzar un ataque directo y total contra sus respectivos territorios. La creación de alianzas rivales, la prestación de ayuda military económica a los estados que eran clientes suyos y a los que aspiraban a serlo, una masiva y costosa carrera armamentista, las campañas de propaganda, el espionaje, la guerra de guerrillas, la lucha contra la subversión y los asesinatos políticos fueron los métodos que usaron.
La guerra fría fue uno de los conflictos más largos de la historia de la humanidad, ya que duró más de setenta años, con algunos períodos en los que disminuyó la hostilidad. Fue también la guerra de mayor alcance entre las que ha habido en el mundo: se hizo en todos los continentes del globo y, teniendo en cuenta la carrera del espacio, también por encima de ellos.

Parece, aposteriori, que la guerra fría fue inevitable.1 Desde que empezaron las relaciones entre los rusos y los norteamericanos, las ideologías de las dos naciones fueron fundamentalmente incompatibles, exceptuando un breve período en 1917. La joven nación estadounidense, fundada en 1776, era republicana y democrática;2 Rusia, en cambio, era un viejo sistema autocrático, hostil a la democracia, xenófobo y conocido por la despiadada represión que ejercía sobre sus numerosos súbditos.
Aunque sus sistemas políticos, sociales y económicos eran divergentes en extremo, las relaciones entre Estados Unidos y Rusia fueron correctas durante la mayor parte de su historia coimin, si bien nunca llegaron a ser realmente cordiales. Desde luego, los norteamericanos contemplaron con inquietud la Santa Alianza, la unión de estados absolutistas que en 1815 creó el zar Alejandro I con el objeto de aplastar las revoluciones liberales y nacionales en Europa. Pero, aunque los norteamericanos simpatizaban profundamente con los revolucionarios, no se sintieron obligados a intervenir a su favor.

Si bien los rusos se alegraron de salir del conflicto con Japón, sin haber perdido su esfera de influencia en el norte de Manchuria, les molestó el apoyo tácito de Estados Unidos a Japón durante la guerra. Resulta irónico que, al terminar la contienda, Rusia y Japón se unieran para oponer resistencia al gobierno del presidente William Howard Taft (1909-1913), que pretendía ampliar las inversiones norteamericanas en Manchuria. Así pues, en vísperas de la primera guerra mundial ya habían desaparecido casi por completo los lazos geopolíticos que unieran los intereses rusos y norteamericanos durante más de un siglo.
Las relaciones rusonorteamericanas no empeoraron sólo a causa de factores comerciales o geopolíticos, sino que también contribuyó a ello la creciente importancia que daban los norteamericanos a las diferencias ideológicas entre los dos países. Si bien los norteamericanos nunca habían visto con buenos ojos la autocracia rusa, su gobierno nunca había permitido que este factor perturbase las relaciones entre los dos países.
Sin embargo, la autocracia rusa resultaba cada vez más intolerable a los norteamericanos, sobre todo cuando, después del asesinato del zar Alejandro II en 1881.
En 1903, los norteamericanos rompieron su norma tradicional de no intervenir en los asuntos internos de los estados europeos cuando el gobierno de Theodore Roosevelt (1901-1909) cedió a la presión pública y firmó una petición que criticaba al gobierno del zar Nicolás II por no haber impedido un pogromo en Kishenev, la capital de Besarabia (la actual Moldavia), donde cuarenta y cinco judíos fueron muertos y varios centenares más resultaron heridos y perdieron sus hogares. La negativa del gobierno ruso a permitir que las tfctimas del pogromo recibieran la ayuda que les mandaron desde Estados Umdos hirió todavía más a la opinión norteamericana. El gobierno zarista se mostró indiferente a dicha opinión y no tomó minguna medida para evitar que se produjesen más pogromos. Debido a ello, en 1911 el gobierno de Wi-lüam Howard Taft se inclinó ante la abrumadora presión de los ciudadanos y el Congreso y abrogó el tratado comercial rusonorteamericano de 1832.
La ruptura de las relaciones entre Estados Unidos y Rusia no fue total mientras el país europeo tuvo un gobierno monárquico. En parte se debió a las reformas que el zar Nicolás II se vio obligado a introducir después de la revolución de 1905. El zar creó un parlamento (la Duma), amplió el derecho al voto y prometió proteger las libertades civiles. Estas medidas mitigaron el impulso revolucionario, dividieron a la oposición y dieron al gobierno cierto apoyo a regañadientes de la clase media rusa.

La primera guerra mundial fue el catalizador de la revolución rusa. Las repetidas movilizaciones, que afectaron a un total de unos quince millones de hombres, contribuyeron a desbaratar la producción industrial y agrícola, causaron la ruptura de la red de transportes y produjeron graves escaseces de alimentos y combustibles, especialmente en las ciudades. Todos estos problemas se vieron agravados por la ineptitud y la corrupción del régimen del zar Nicolás II, que fue incapaz de resolverlos.
Finalmente, a principios de marzo de 1917, estalló la revolución. Una serie de huelgas y manifestaciones en Petrogrado (nombre con el que se rebautizó a San Petersburgo en 1914), para protestar por la escasez de alimentos en la capital, se propagó rápidamente a Moscú, y otras ciudades rusas.
El presidente Woodrow Wilson pensó que la revolución de marzo era un paso importante hacia la consecución del tipo de orden mundial que tenía la esperanza de edificar después de la guerra. Con el despótico zar sustituido por un gobierno pro democrático y partidario de los aliados, Wilson podía presentar de forma verosímil la guerra como una lucha legítima entre las fuerzas de la democracia y las de la reacción y el militarismo. El 22 de marzo sólo una semana después de la revolución, el presidente reconoció al gobierno’ provisional.
Wilson se opuso desde el principio a que Estados Unidos participase directamente en la guerra civil rusa. Esta prudencia nacía del recuerdo de su decisión de intervenir en la guerra civil mexicana en 1914. Los mexicanos de todas las creencias políticas habían respondido a la intervención uniéndose en torno a su gobierno, hasta entonces impopular, para oponerse al «imperialismo» norteamericano. A causa de lo que había ocurrido en México, el presidente era muy sensible a las consecuencias negativas de intervenir en los asuntos internos de otras naciones.

A raíz de la victoria bolchevique, en Estados Unidos se alzaron voces que exigían el reconocimiento del gobierno soviético, pero Wilson no pensaba cambiar de rumbo. El 27 de septiembre de 1920, el presidente expresó las razones de lo que más adelante, después de la segunda guerra mundial, se convertiría en la política de contención que seguiría Estados Unidos: «El bolchevismo es un error y hay que resistirse a él como hay que resistirse a todos los errores … No puede durar porque es un error».
A pesar de ello, la participación norteamericana en la guerra civil rusa no cayó en el olvido. Stalin aludiría repetidamente a ella durante los años treinta y cuarenta y la mencionaría varias veces en las conferencias que durante la segunda guerra mundial celebró con sus aliados norteamericanos. No cabe duda de que la decisión de Wilson de intervenir en la guerra civil rusa agudizó las suspicacias de Stalin sobre los objetivos últimos de Estados Unidos. Por esta razón, podemos considerar que los orígenes de la guerra fría se remontan a este período.

En la primavera de 1939 ya era evidente, a causa del aislacionismo de Estados Unidos, que la forma más eficaz de salvar a Polonia y frenar la agresión del Eje en Europa sería una alianza de Gran Bretaña, Francia y la Unión Soviética. En abril de 1938 Joseph Davies había advertido que «el objetivo nazi era dividir a las potencias occidentales, aislar a los rusos de sus aliados en potencia y eliminar, a las democracias, de una en una».12 Al ver bloqueados sus propios intentos de reforzar los lazos sovieticonorteamericanos, Roosevelt animó a los ingleses a formar una alianza con la Unión Soviética.
Chamberlain, sin embargo, temía que Hitler utilizase una alianza entre los ingleses, los franceses y los soviéticos como excusa para arrastrar a Gran Bretaña a una guerra que tanto él como la mayoría del pueblo británico estaban decididos a evitar. Además, los nuevos protectorados de Gran Bretaña, Polonia y Rumania, temían a los soviéticos tanto como a los alemanes y, a causa de ello, se negaron rotundamente a permitir que tropas soviéticas penetrasen en su territorio, incluso después de que empezara un ataque alemán.
Poco antes de morir Roosevelt, las crecientes tensiones entre los soviéticos y los norteamericanos a causa de la Europa del Este produjeron los primeros indicios perceptibles de que el presidente estaba dispuesto a adoptar una política más firme con respecto a la Unión Soviética una vez se alcanzase la victoria en la guerra con Alemania y Japón. Finalmente, sin embargo, este cambio de política lo llevaría a cabo su sucesor, Harry S. Truman.

Truman fue como mínimo responsable en parte de la ruptura de las relaciones entre la Unión Soviética y Estados Unidos en la posguerra. El nuevo presidente, que carecía casi por completo de experiencia en las relaciones internacionales, era mucho más susceptible que su antecesor a los puntos de vista antisoviéticos de los antiguos asesores de Roosevelt que siguieron en sus puestos durante su gobierno, en particular el almirante William Leahy, jefe militar del estado mayor, James V. Forrestal, el ministro de Marina, y Averell Ha-rriman, el embajador en Moscú. Junto con Winston Churchill, estos altos cargos presionaron a Truman para que adoptase una actitud más dura ante los soviéticos.
Al principio Truman obedeció. El 16 de abril el presidente y Churchill enviaron un mensaje a Stalin en el que insistían en que los soviéticos acataran el acuerdo de Yalta sobre Polonia. En un encuentro celebrado en La Casa Blanca.
La respuesta soviética fue un aumento de la hostilidad con respecto a los norteamericanos. El 24 de abril Stalin acusó a Estados Unidos y Gran Bretaña de tratar de «dictar» la política que debía seguir la Unión Soviética para con Polonia. Poco después los soviéticos detuvieron a dieciséis dirigentes del movimiento clandestino polaco a los que hicieron salir de sus escondrijos mediante la falsa promesa de permitirles que abandonaran el país. Los soviéticos también intensificaron sus esfuerzos por imponer el comunismo a Bulgaria y Rumania. El resultado fue que la conferencia que se celebró en San Francisco para fundar las Naciones Unidas se vio perturbada por un intercambio de palabras ásperas entre las delegaciones soviética y norteamericana.
El rápido empeoramiento de las relaciones entre los dos países después de la entrada de Truman en la Casa Blanca alarmó al ministro de la Guerra, Henry Stimson, y a Joseph E. Davies, ex embajador de Estados Unidos en Moscú. Los dos indicaron al nuevo presidente que, si bien Alemania se había rendido el 8 de mayo, era esencial mantener la Gran Alianza para garantizar la paz en la Europa de la posguerra y la derrota de Japón, que seguía luchando.
La retirada soviética de Irán pareció confirmar que había sido un acierto endurecer la política norteamericana. Los soviéticos demostraron que retrocederían ante una postura firme de Estados Unidos y Gran Bretaña. Años después, Truman dijo que la respuesta de su gobierno a la crisis iraní fue la primera de una serie de iniciativas que «salvaron al mundo».
La crisis también señaló el final de la Gran Alianza. Antes de que transcurrieran tres semanas desde que Churchill pronunciara el discurso en Fulton, Stalin abandonó sus intentos de obtener un empréstito norteamericano de 1.000 millones de dólares, rechazó el ingreso en el Banco Mundial y en el Fondo Monetario Internacional, calculó el momento de la retirada de las tropas soviéticas de Manchuria de forma que sirviera de apoyo a la infiltración de las fuerzas comunistas chinas de Mao Zedong y puso en marcha una purga ideológica de los dirigentes del Kremlin.

Estados Unidos hizo lo indecible por ayudar a las fuerzas nacionalistas a recuperar el control del territorio chino que el ejército japonés ocupó durante la guerra. Las fuerzas japonesas que se encontraban fuera de Manchuria, que estaba ocupada por los soviéticos, recibieron la orden de rendirse sólo a los comandantes nacionalistas y no a los comunistas chinos. Además, el gobierno de Washington ordenó al teniente general Albert C. Wedemeyer, jefe norteamericano del estado mayor de Jiang, que trasladase por aire y por mar las mejores divisiones nacionalistas a las regiones ocupadas por los japoneses, tan rápidamente como fuera posible. Asimismo, 53.000 infantes de marina estadounidenses ocuparon ciudades clave en el norte de China para tener la seguridad de que no caerían en manos de los comunistas antes de que llegasen las fuerzas nacionalistas. Estas tropas norteamericanas sostuvieron algunas escaramuzas con fuerzas chinas en Shanghai.
Si quedaba alguna posibilidad de que mejorasen las relaciones con la China comunista se esfumó por completo cuando Mao y Stalin firmaron el Tratado Chinosoviético de Amistad, Alianza y Ayuda Mutua el 14 de febrero de 1950. Los soviéticos prometían en él prestar ayuda técnica a China, amén de concederle empréstitos por valor de 300 millones de dólares, suma muy inferior a la que esperaban los chinos. Más adelante Mao diría que obtener dinero de Stalin era como «sacar carne de las fauces de un tigre». A cambio, los chinos respetaron los derechos de los soviéticos sobre los ferrocarriles de Manchuria y sus bases en Port Arthur y Dairen, aunque la Unión Soviética prometió que acabaría renunciando a ellos. Acheson, que ya había perdido la esperanza de ver una China titoísta, denunció el Tratado Chinosoviético afirmando que era «un mal augurio de dominación imperialista [soviética]» de China.

La guerra fría se intensificó y extendió durante la presidencia de Dwight D. Eisenhower. Aunque las relaciones entre las dos superpotencias siguieron en un punto muerto en Europa, el rearme de la Alemania occidental, la revolución de Hungría y el estatuto de Berlín fueron algunos de los problemas que agravaron las tensiones de la guerra fría durante el período de Eisenhower. Aunque el presidente cumplió su promesa y puso fin a la guerra de Corea, las relaciones entre China y Estados Unidos continuaron siendo muy frías y, de hecho, se agravaron al producirse dos crisis en el estrecho de Taiwan. Asimismo, durante la presidencia de Eisenhower, Estados Unidos se implicó más profundamente en Indochina y dio los primeros pasos por la resbaladiza pendiente que llevaría al lodazal de Vietnam.
También hubo una intensificación de la guerra fría en Oriente Próximo, al pasar Egipto a depender más de la Unión Soviética, y en América Latina, donde culminó con la instauración del primer estado cliente de los soviéticos en el hemisferio occidental, Cuba. Durante el período de Eisenhower, la guerra fría se propagó incluso al África subsahariana cuando las superpotencias intervinieron en los asuntos internos del Congo (el actual Zaire).
La Doctrina Eisenhower, como pronto llamarían a la resolución del gobierno, fue el eslabón final de la cadena de compromisos de seguridad que Estados Unidos había forjado desde la terminación de la segunda guerra mundial. En 1958 Estados Unidos ya había asumido la obligación explícita de defender a unos cuarenta y cinco países, así como la obligación implícita de defender a varios más. Los críticos del gobierno le acusaron de padecer una «pactomanía», una expansión injustificada de los compromisos militares de Estados Unidos. La Casa Blanca rebatió la acusación insistiendo en que las alianzas de Estados Unidos (todas las cuales, con cuatro excepciones, fueron obra del gobierno de Eisenhower) ayudaban a mantener la independencia del mundo libre y la seguridad propia.
Los críticos dieron en el blanco al identificar la falacia que había debajo de la Doctrina Eisenhower. La mayor amenaza a la independencia de los países pro occidentales de Oriente Próximo, tales como Irak, Jordania y Líbano, no procedía del comunismo internacional, sino de Nasser. El 14 de julio de 1958, el gobierno pro occidental de Irak fue derribado por el general Abd al-Karim Kassem, que se apresuró a anunciar que Irak ingresaría en la República Árabe
Unida, que era una unión de Egipto, Siria y Yemen que se creó en febrero de aquel año.
Hay que reconocerle a Eisenhower el mérito de haber reanudado el diálogo con los dirigentes soviéticos después de que se viera interrumpido durante la presidencia de Truman. Pero sus intentos de mejorar las relaciones con la Unión Soviética no fueron muy afortunados, en parte porque la «alarma roja» que se extendió por Estados Unidos durante su primer mandato hizo que negociar con los soviéticos fuera casi imposible desde el punto de vista político. Además, Dulles y otros cargos de la estructura de seguridad nacional de Estados Unidos eran contrarios a seguir una política conciliatoria con la Unión Soviética.
Los soviéticos también fueron responsables de la intensificación de la guerra fría durante la presidencia de Eisenhower. Con su ansia de atacar los intereses de Estados Unidos en todo el mundo, Nikita Jrüschov contribuyó a que la guerra fría se propagase a Oriente Próximo, el este de Asia, América Latina e incluso África. El motivo de la agresividad de Jrüschov no era sólo el deseo de aprovechar la oportunidad de ampliar la influencia soviética, sino también la necesidad soviética de frenar la creciente competencia de China por la dirección del movimiento comunista.
Jrüschov se mostró dispuesto a entablar una carrera de armamentos nucleares con Estados Unidos principalmente porque se dio cuenta de que la Unión Soviética, a pesar del crecimiento continuo de su arsenal nuclear, aún era vulnerable a un ataque nuclear por parte de los norteamericanos.

Si bien Kennedy se inclinaba a mejorar las relaciones entre los dos países, su capacidad de tomar medidas para ello se veía restringida porque estaba decidido a aparecer duro con respecto al comunismo. Durante la campaña para las elecciones presidenciales dijo: «El enemigo es el sistema comunista en sí, implacable, insaciable, inquieto en su apetito de dominación mundial». Quizá sea verdad, como han argüido los íntimos de Kennedy, que las declaraciones de esta clase no fuesen más que ejemplos de retórica electoral, pero lo cierto es que impidieron cultivar el apoyo de los ciudadanos a un deshielo de la guerra fría en los comienzos de su presidencia.
También la retórica pública de Jruschov hizo que la reconciliación fuese difícil, cuando no imposible, en los primeros tiempos de la presidencia de Kennedy. El 6 de enero de 1961 el dirigente soviético declaró que su país apoyaría las «guerras de liberación nacional» en el mundo subdesarrollado. Arthur Schlesinger, confidente de Kennedy e historiador, escribió que las palabras de Jruschov «alarmaron al presidente más de lo que le aliviaron las señales amistosas de Moscú».

El período de Kennedy y Johnson también presenció el comienzo de la distensión. A raíz de la casi catastrófica crisis de los misiles de Cuba, Estados Unidos y la Unión Soviética firmaron los primeros acuerdos significativos para el control de las armas nucleares: el Tratado de Prohibición Limitada de Pruebas y el Tratado de No Proliferación Nuclear. Sólo la intervención militar soviética en Checoslovaquia impidió que Johnson empezara las conversaciones para la limitación de armas estratégicas antes de dejar el cargo en enero de 1968. Los honores por la distensión que tanto deseaba recibir Johnson los recogería su sucesor, Richard Nixon.
El acuerdo de París, que finalmente se firmó el 27 de enero de 1973, siete días después de que Nixon tomara posesión de su cargo, no puso fin al conflicto de Vietnam. Lo único que hizo fue permitir que Estados Unidos se retirase sin pérdida inmediata de prestigio. Vietnam del Norte siguió tan decidido como siempre a conquistar el Sur y, por ende, no tenía ninguna intención de cumplir lo acordado. Para los nordvietnamitas la «paz con honor» de Nixon representó sólo una fase más de su lucha de treinta años por el dominio de Vietnam.
Kissinger rechazó la acusación de que la distensión no era más que otra forma de apaciguamiento. Afirmó que en varias ocasiones el gobierno había opuesto resistencia al «aventurismo» soviético: en Cuba, Oriente Próximo y Angola. La intervención soviética en Angola había triunfado, según Kissinger, porque el Congreso le había negado al gobierno lo que necesitaba para poner en práctica una política de incentivos y amenazas con el fin de frenar a los soviéticos en el Tercer Mundo. La enmienda Jackson-Vanik había echado por tierra la perspectiva de ampliar el comercio entre la Unión Soviética y Estados Unidos. Y las enmiendas de ClarkyTunney habían negado al gobierno los fondos necesarios para financiar operaciones encubiertas contra las fuerzas marxistas en Angola.
Kissinger también descartó las críticas en el sentido de que la distensión beneficiaba sólo a la Unión Soviética. Afirmó que Estados Unidos se había beneficiado mucho del deshielo de la guerra fría y puso como ejemplos los acuerdos SALT, un tratado sobre Berlín, y la Unión Soviética como mercado para los agricultores norteamericanos. En sus memorias, Kissinger previno contra el tipo de actitud «simplista y esencialmente militarista» ante la Unión Soviética por la que parecían abogar los críticos conservadores de la distensión. «La política norteamericana —insistió— debe abarcar tanto la disuasión como la coexistencia, tanto la contención como un esfuerzo por mitigar las tensiones.»
No obstante, al comenzar la primavera de 1976 la distensión estaba en ruinas. Para resolver el problema, Ford optó por hacer que Kissinger fuese menos visible y con tal fin le despojó de su cargo de asesor para asuntos de seguridad nacional al tiempo que conservaba la sustancia de su política. Kissinger siguió siendo secretario de Estado hasta que Ford dejó la presidencia en enero de 1977, pero ya no tenía la misma autoridad de antes. Con la distensión boicoteada tanto por los soviéticos como por sus críticos en Estados Unidos, a Ford le resultó políticamente imposible crear el tipo de entendimiento con los soviéticos que en otro tiempo pensó que era posible. Debido a ello, los intentos de resucitar la distensión tendría que hacerlos el sucesor de Ford en la presidencia, Jimmy Cárter.

Al entrar en la Casa Blanca en enero de 1977, Jimmy Cárter sabía poco de asuntos exteriores. Había sido ingeniero nuclear, próspero hombre de negocios y gobernador de Georgia. Su única experiencia significativa en el campo de las relaciones internacionales la había adquirido como miembro de la Comisión Trilateral, organización fundada para promover una relación más estrecha de Estados Unidos con la Europa occidental y Japón a expensas de la relación con el mundo comunista. Después de que Cárter fuera elegido presidente en noviembre de 1976, muchos miembros de la comisión ocuparon puestos en su gobierno.
A diferencia de Richard Nixon y Gerald Ford, que habían dependido mucho de Henry Kissinger, Cárter no permitió que un solo individuo supervisara la política exterior de la nación. En vez de ello, desde el principio, el nuevo presidente decidió que sus consejeros serían Vanee y Brzezinski, pero que él mismo dirigiría la política exterior del gobierno. Según Hamilton Jordán, ayudante de Cárter, «Zbig se encargaría de pensar, Cy de hacer y Jimmy Cárter de decidir».
Si bien al principio Vanee y Brzezinski creyeron que podrían trabajar juntos, y realmente así fue durante el primer año del gobierno, tenían conceptos diferentes de las relaciones internacionales, y en particular formas distintas de
pensar en la Unión Soviética, lo que inevitablemente causó problemas entre los dos.
Los soviéticos, con todo, fueron igualmente, si no más, responsables de la caída de la distensión. Los dirigentes soviéticos, viejos e inflexibles, no podían abandonar su conflicto ideológico con Estados Unidos, a pesar de su deseo de beneficiarse de la distensión. Su intervención en Angola, Etiopía, Indochina y Afganistán no sirvió ningún interés fundamental que equivaliera a los beneficios que representaba la mejora de las relaciones con Estados Unidos. Al decaer la economía de la Unión Soviética, sus dirigentes se sintieron obligados a presentar la nación como potencia revolucionaria, aunque sólo fuese para dar cierta legitimidad al monopolio del poder de que gozaba el partido comunista. La flexibilidad de que daría muestra Mijail Gorbachov, sólo medio decenio después, no era una característica de los dirigentes soviéticos a finales de la época de Breznev. A diferencia de Gorbachov, Breznev interpretaba de la peor forma posible las acciones de Estados Unidos, lo cual debilitaba a los miembros del gobierno de Cárter que, como Vanee, querían llegar a un acuerdo con la Unión Soviética, al tiempo que reforzaba a los que, como Brzezinski, ansiaban un enfrentamiento.
La inflexibilidad soviética se hizo patente no sólo en las negociaciones sobre armas estratégicas, sino también en las conversaciones LRTNF y MBFR. Gorbachov logró resolver estos asuntos sobre las armas nucleares mostrando mucha más imaginación y flexibilidad de la que era capaz el Politburó de Brez-nev. En cambio, el precio final de las reformas de Gorbachov fue el derrumbamiento del imperio soviético y del partido comunista con él, consecuencias que Breznev logró aplazar un decenio.

Al igual que la inmensa mayoría de los presidentes que tuvo Estados Unidos durante la guerra fría, Ronald Reagan entró en la Casa Blanca, en enero de 1981, sin saber casi nada de los asuntos relacionados con la seguridad nacional. Antes de dedicarse a la política, había trabajado en el cine y la televisión y su única experiencia militar directa la había adquirido en la segunda guerra mundial, durante la cual sirvió en las fuerzas armadas realizando películas de instrucción y documentales. Su primer y único cargo político elegido antes de la presidencia fue el de gobernador de California, que desempeñó de 1966 a 1974. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de sus predecesores, Reagan no ansiaba de forma especial dominar los asuntos de la seguridad nacional. Lo demostró repetidas veces durante su presidencia con su incapacidad para explicarlos con cierto detalle.
También eran muy limitados los conocimientos que tenía Reagan del comunismo y de la Unión Soviética. Se basaban casi exclusivamente en la experiencia personal más que en el estudio intelectual.
Gorbachov comprendió claramente que la verdad era que el comunismo no sólo ya no estaba destinado a triunfar sobre el capitalismo, sino que era directamente responsable de la crisis a la que se enfrentaba la Unión Soviética, poco a poco, Gorbachov trató de dar un nuevo rostro al comunismo, un rostro que hiciera hincapié en valores humanos universales como la libertad y el instinto de conservación más que en la necesidad de la lucha de clases. Aunque continuó afirmando las diferencias ideológicas entre el bloque del Este y Occidente, Gorbachov insistió en que habían quedado superadas por la necesidad de la cooperación internacional. Además, la coexistencia ya no se concebía como un intervalo que precedía a un conflicto inevitable, sino más bien como un componente duradero de la relación entre el mundo comunista y el capitalista.
Para demostrar la sinceridad de sus intenciones, Gorbachov tenía que ser franco al hablar de la responsabilidad de la Unión Soviética en el origen de la guerra fría, pero echó la mayor parte de la culpa a Josif Stalin. Acusó a Stalin de contribuir a que estallara la segunda guerra mundial al firmar el Pacto de No Agresión con Hitler en 1939 y reconoció que la anexión de los estados bálticos por parte de Stalin en 1940 fue una agresión. Este reconocimiento contribuiría a debilitar la dominación soviética de dichos estados y, finalmente, a la desintegración de la propia Unión Soviética.
Si bien Reagan y Gorbachov no llegaron a firmar un acuerdo START, sí firmaron el Tratado INF. Sin embargo, casi todas las concesiones que se requirieron para que el tratado fuese posible las hizo Gorbachov. En Reykiavik, aceptó un límite global de 100 cabezas nucleares INF para cada uno de los dos países y que el despliegue soviético se limitara a Asia y el norteamericano, a Estados Unidos. Gorbachov también aceptó las rigurosas medidas de verificación que Reagan propuso con insistencia, entre ellas, por primera vez, la inspección in situ. También accedió a que los misiles británicos y franceses quedasen excluidos de los límites. El 28 de febrero de 1987 Gorbachov hizo otra concesión importante al aceptar la opción cero sin ligarla a un acuerdo BMD. En realidad, Gorbachov había capitulado ante la exigencia de Reagan de eliminar todos los misiles INF norteamericanos y soviéticos en Europa.
Sin embargo, quedaba todavía un último e importante obstáculo para llegar a un acuerdo INF. El canciller de Alemania occidental, Helmut Kohl, insistió en que los misiles de corto alcance (menos de 500 kilómetros) también debían incluirse en el tratado con el fin de eliminar los misiles soviéticos Scud.

No todo el mundo, incluido el autor, está de acuerdo con el argumento de que el gobierno de Reagan fue el principal artífice del fin de la guerra fría. De hecho, es probable que nadie, en especial el presidente, esperase que la política del gobierno acabara causando la desintegración del imperio soviético, al menos que lo causara con tanta rapidez. Afirmó Reagan: «Nos proponíamos cambiar una nación [Estados Unidos], y en vez de ello, cambiamos el mundo … Bien mirado, no estuvo mal, nada mal».
Más importante como causa del fin de la guerra fría fue la debilidad interna de la Unión Soviética, que se vio exacerbada, desde luego, por la política del gobierno de Reagan. Cuando Reagan entró en la Casa Blanca la economía soviética se había sumido en tal estancamiento que resultaba obvio que el comunismo había fracasado y que se requería un sistema radicalmente nuevo.
Nadie vio esto con más claridad que Mi jail Gorbachov. Aunque nunca hubo muchas probabilidades de que la IDE inutilizara los misiles soviéticos, Gorbachov tuvo que tomarse en serio el potencial tecnológico norteamericano y el efecto estratégico que incluso una defensa imperfecta tenía. También se dio cuenta de que la fuerza económica de la Unión Soviética era insuficiente para competir con Estados Unidos en otra carrera de armamentos tecnológicos. Tampoco podía la Unión Soviética seguir gastando sus recursos en competir con Estados Unidos en el Tercer Mundo.
Acuciado por la debilidad económica de su país y alarmado por los crecientes riesgos de una guerra nuclear, Gorbachov estaba más que dispuesto a tratar de poner fin a la guerra fría. Su resolución le permitiría reducir las costosas fuerzas armadas de su país y obtener de Occidente la ayuda económica que tanto necesitaba.
Aunque hubiera sido difícil predecir las consecuencias de continuar el enfrentamiento con la Unión Soviética, sin duda una de ellas hubiese sido aumentar todavía más las dificultades de Gorbachov en su intento de transformar el sistema soviético. Una continuación del enfrentamiento también hubiera podido adelantar mucho la reacción de los partidarios de la línea dura contra el dirigente soviético, y tal vez con mejores resultados que el intento de golpe de Estado contra Gorbachov en agosto de 1991. La aceptación por parte de Reagan del nuevo pensamiento de Gorbachov, de hecho, sirvió para que éste ganara tiempo y, lo que es más importante, permitió que el movimiento democrático soviético, que se hallaba en estado embrionario, se afianzara entre el pueblo ruso, al menos lo suficiente para contribuir al fracaso del golpe de los partidarios de la línea dura.
Con todo, el precio que pagó Estados Unidos durante la presidencia de Reagan a cambio de «ganar» la guerra fría fue elevado. La decisión de rebajar impuestos mientras ponía en marcha el mayor y más costoso incremento del poderío militar en tiempos de paz de la historia de Estados Unidos, sumada a la negativa del Congreso a reducir los gastos interiores contribuyó a un enorme aumento de la deuda nacional. Además, no se prestó atención a acuciantes problemas de orden interior como, por ejemplo, la decadencia de la infraestructura de la nación, el aumento de la delincuencia, las desigualdades en la educación y muchos más, demasiados para citarlos aquí. Futuras generaciones de norteamericanos tendrán que pagar la factura de la «victoria» de Reagan en la guerra fría.

Durante la presidencia de George Bush, que sucedió a Ronald Reagan en enero de 1989, tuvieron lugar el fin de la guerra fría, el derrumbamiento del comunismo en la Europa del Este y la desintegración de la Unión Soviética, y empezó una relación nueva, de «posguerra fría», entre Estados Unidos y los estados sucesores de la Unión Soviética. La nueva relación se caracterizaría por la cooperación en vez del enfrentamiento que había sido el distintivo de la guerra fría.
Si se tiene en cuenta el importante papel que interpretaría en la forja de la nueva relación entre la Unión Soviética y Estados Unidos, es irónico que Bush tardara en recoger la batuta de la distensión. En su discurso ante las Naciones Unidas del 7 de diciembre de 1988, Gorbachov había instado al entonces presidente electo a poner fin a la guerra fría.
Ante el creciente poder de Yeltsin y alarmado por los reaccionarios del partido comunista y las fuerzas armadas soviéticas, Gorbachov abrazó la democracia, la reforma económica radical y una mayor autonomía para las repúblicas dentro de una unión nueva. Empujado por Gorbachov, los días 1 y 5 de julio el soviet supremo aprobó la desnacionalización de tres cuartas partes de la industria soviética. El 8 de julio las nueve repúblicas eslavas y musulmanas que se esperaba que integrasen la nueva unión aprobaron un plan general de reformas económicas que Gorbachov presentaría en la cumbre del Grupo de los Siete (G-7), formado por otras tantas democracias industriales, que se celebraría en Londres.
Gorbachov esperaba obtener en Londres considerable ayuda económica de Occidente que le permitiera reactivar la achacosa economía soviética, así como recuperar su propio y maltrecho prestigio en la Unión Soviética, pero la respuesta de los dirigentes occidentales le decepcionó. No sólo no le ofrecieron ayuda económica significativa, sino que incluso se negaron a que la Unión Soviética ingresara como miembro de pleno derecho en el Fondo Monetario Internacional, únicamente podía hacerlo como socio no numerario.
Se dijo que la tibia respuesta occidental a su petición de ayuda económica había enfurecido y humillado a Gorbachov. Con mucha razón, pensó que el principal culpable de la tacañería del G-7 era el presidente Bush. Si bien querían prestar ayuda económica a Gorbachov, Bush y la mayoría de sus consejeros sospechaban que la inepta y corrupta burocracia soviética la despilfarraría. Además, Estados Unidos se encontraba en plena recesión y Bush era objeto de críticas por estar más dispuesto a ayudar a extranjeros que a su propio pueblo.
El presidente Bush tardó en condenar el golpe contra Gorbachov y esperó hasta que Yeltsin le rogó que interviniera. En su reacción inicial, a primera hora del 19 de agosto, el presidente declaró que el golpe era «un acontecimiento inquietante» y que sus líderes se habían hecho con el poder por «medios extraconstitucionales». Al cabo de unas horas, Bush consideró que el golpe era «anticonstitucional» y apoyó a Yeltsin en su exigencia de que se devolviera a Gorbachov su puesto de presidente soviético.
Una vez Gorbachov hubo recuperado el poder, sin embargo, Bush se mostró reacio a aceptar, y mucho menos apoyar, que Yeltsin eclipsara al dirigente soviético. Era evidente que Bush prefería que Gorbachov permaneciera en el poder a arriesgarse a las incertidumbres que su desaparición hubiese creado. Bush también demoró el reconocimiento de la independencia de los estados bálticos.
Bush fue verdaderamente mezquino en lo que se refiere a la cantidad de ayuda económica que prestó a los soviéticos. Con todo, si se tiene en cuenta la magnitud de la debilidad económica soviética, es difícil saber cuánta ayuda económica occidental hubiera hecho falta para evitar que la Unión Soviética se desintegrara. De hecho, es dudoso que la ayuda económica occidental, fuera cual fuese su magnitud, hubiera bastado para vencer el descontento popular con el comunismo y el renacimiento del nacionalismo en el imperio soviético. Al final, salvar a la Unión Soviética no estuvo al alcance de Estados Unidos y, al parecer, tampoco convenía a sus intereses. El fin de la Unión Soviética sólo lo lamentaron Gorbachov y los últimos nacionalistas soviéticos acérrimos.

¿Pudo haberse evitado la guerra fría? Está claro que no. La rivalidad entre las dos naciones era inevitable dado que sus respectivos destinos manifiestos las obligaban a difundir su influencia política, cultural y económica. Al cumplir esta misión, ambos estados buscaron seguridad en enemigos reales e imaginarios y crearon colonias, estados clientes y aliados para protegerse.
Pero una razón más importante de la inevitabilidad de la guerra fría, más allá de la sensación de ser vulnerables que experimentaban ambas partes, fue el carácter incompatible de sus ideologías respectivas. Esto ya se hizo evidente en tiempos de la revolución bolchevique, cuando tanto Lenin como Wilson comprendieron que una auténtica cooperación entre los dos sistemas era imposible.
Que la guerra fría no destruyera a la humanidad es providencial. Otra causa para ser optimistas es que, pese a todas las amenazas que se cernieron sobre ella durante la guerra fría, la democracia sigue viva en Estados Unidos. Si hay suerte, la democracia arraigará también en Rusia y en las demás repúblicas que formaban la Unión Soviética. Puede que ésa sea al final la consecuencia más beneficiosa de la guerra fría.
Con todo, aunque las relaciones entre los rusos y los norteamericanos han mejorado de forma considerable desde el fin de la guerra fría, muchas de las antiguas fricciones que caracterizaron aquel período vuelven a amenazar a la nueva relación.
Por desgracia, no es posible tener la seguridad de que la democracia perdurará en Rusia, Una Rusia más agresivamente nacionalista, así como menos democrática y capitalista, podría reactivar la guerra fría.

This book went all the way back to pre-revolutionary times and started from there. Very very detailed view of what really happened. Why, Who, and Other critical points of the relations between the Soviet Union and the U.S. in the Global Arena.
It is a highly recommended book to understand this part of the story from the point of view of the 2 main characters. Very interesting in every way.
The Cold War was a struggle for world influence between the United States and the Soviet Union. The two countries used different methods, although they never managed to launch a direct and total attack against their respective territories. The creation of rival alliances, the provision of military economic aid to states that were his clients and to those that aspired to be, a massive and expensive arms race, propaganda campaigns, espionage, guerrilla warfare, the fight against Subversion and political assassinations were the methods they used.
The Cold War was one of the longest conflicts in the history of mankind, as it lasted more than seventy years, with some periods in which hostility decreased. It was also the most far-reaching war among those in the world: it was fought on all the continents of the globe and, taking into account the space race, also above them.

It seems, a posteriori, that the cold war was inevitable.1 Since the relations between the Russians and the Americans began, the ideologies of the two nations were fundamentally incompatible, except for a brief period in 1917. The young American nation, founded in 1776, it was republican and democratic; 2 Russia, on the other hand, was an old autocratic system, hostile to democracy, xenophobic and known for the ruthless repression it exercised over its numerous subjects.
Although their political, social, and economic systems were extremely divergent, relations between the United States and Russia were correct for most of their Coimin history, though they never became truly cordial. Of course, the Americans looked with concern at the Holy Alliance, the union of absolutist states that in 1815 created the Czar Alexander I in order to crush the liberal and national revolutions in Europe. But although the Americans deeply sympathized with the revolutionaries, they did not feel compelled to intervene on their behalf.

Although the Russians were glad to get out of the conflict with Japan, without having lost their sphere of influence in the north of Manchuria, they were annoyed by the tacit support of the United States to Japan during the war. It is ironic that, at the end of the war, Russia and Japan united to oppose the government of President William Howard Taft (1909-1913), which sought to expand US investments in Manchuria. Thus, on the eve of the First World War, geopolitical ties uniting Russian and American interests for more than a century had almost completely disappeared.
The Russo-American relations did not worsen only because of commercial or geopolitical factors, but also contributed to the growing importance that Americans gave to the ideological differences between the two countries. Although the Americans had never seen the Russian autocracy with good eyes, their government had never allowed this factor to disturb the relations between the two countries.
However, the Russian autocracy was becoming increasingly intolerable to the Americans, especially when, after the assassination of Tsar Alexander II in 1881.
In 1903, the Americans broke their traditional rule of not intervening in the internal affairs of European states when the government of Theodore Roosevelt (1901-1909) yielded to public pressure and signed a petition criticizing the government of Tsar Nicholas II for not having prevented a pogrom in Kishenev, the capital of Bessarabia (now Moldova), where forty-five Jews were killed and several hundred more wounded and lost their homes. The refusal of the Russian government to allow the victims of the pogrom to receive the help they were sent from the United States hurt American opinion even more. The tsarist government was indifferent to this opinion and did not take any action to prevent further pogroms. Because of this, in 1911 the government of Wi-lüam Howard Taft bowed to the overwhelming pressure of citizens and Congress and abrogated the Russo-American trade treaty of 1832.
The rupture of the relations between the United States and Russia was not complete while the European country had a monarchical government. Partly it was due to the reforms that Tsar Nicholas II was forced to introduce after the revolution of 1905. The Tsar created a parliament (the Duma), expanded the right to vote and promised to protect civil liberties. These measures mitigated the revolutionary impulse, divided the opposition and gave the government some grudging support from the Russian middle class.

The first world war was the catalyst for the Russian revolution. The repeated mobilizations, which affected a total of some fifteen million men, helped to disrupt industrial and agricultural production, caused the breakdown of the transport network and produced serious shortages of food and fuel, especially in the cities. All these problems were aggravated by the ineptitude and corruption of the regime of Tsar Nicholas II, who was unable to solve them.
Finally, at the beginning of March 1917, the revolution broke out. A series of strikes and demonstrations in Petrograd (named after St. Petersburg in 1914), to protest the shortage of food in the capital, quickly spread to Moscow, and other Russian cities.
President Woodrow Wilson thought that the March revolution was an important step toward achieving the kind of world order he hoped to build after the war. With the despotic Tsar replaced by a pro-democratic and allied government, Wilson could credibly present war as a legitimate struggle between the forces of democracy and those of reaction and militarism. On March 22, just one week after the revolution, the president recognized the provisional government.
Wilson was opposed from the start for the United States to participate directly in the Russian civil war. This prudence was born of the memory of his decision to intervene in the Mexican Civil War in 1914. Mexicans of all political beliefs had responded to the intervention by uniting around his government, until then unpopular, to oppose US “imperialism.” Because of what had happened in Mexico, the president was very sensitive to the negative consequences of intervening in the internal affairs of other nations.

In the wake of the Bolshevik victory, voices in the United States demanded recognition from the Soviet government, but Wilson did not intend to change course. On September 27, 1920, the president expressed the reasons for what later, after the Second World War, would become the policy of contention that the United States would follow: “Bolshevism is a mistake and we must resist it as you have to resist all the mistakes … It can not last because it’s a mistake ».
In spite of this, the American participation in the Russian civil war did not fall into oblivion. Stalin would repeatedly refer to it during the 1930s and 1940s and would mention it several times in the conferences he held with his American allies during the Second World War. There is no doubt that Wilson’s decision to intervene in the Russian civil war sharpened Stalin’s suspicions about the ultimate goals of the United States. For this reason, we can consider that the origins of the Cold War go back to this period.

By the spring of 1939 it was already evident, because of the isolationism of the United States, that the most effective way to save Poland and curb the Axis aggression in Europe would be an alliance of Great Britain, France and the Soviet Union. In April 1938, Joseph Davies had warned that “the Nazi goal was to divide the Western powers, isolate the Russians from their potential allies and eliminate the democracies one by one.” 12 Seeing his own attempts to strengthening the Soviet-American ties, Roosevelt encouraged the English to form an alliance with the Soviet Union.
Chamberlain, however, feared that Hitler would use an alliance between the English, the French and the Soviets as an excuse to drag Britain into a war that he and most of the British people were determined to avoid. In addition, the new protectorates of Great Britain, Poland and Romania feared the Soviets as much as the Germans and, because of that, they flatly refused to allow Soviet troops to penetrate their territory, even after a German attack began. .
Shortly before Roosevelt died, the growing tensions between the Soviets and the Americans over Eastern Europe produced the first perceptible signs that the president was prepared to adopt a firmer policy towards the Soviet Union once the Soviet Union was reached. Victory in the war with Germany and Japan. Finally, however, this policy change would be carried out by his successor, Harry S. Truman.

Truman was at least partly responsible for the breakdown of relations between the Soviet Union and the United States in the postwar period. The new president, who lacked almost complete experience in international relations, was much more susceptible than his predecessor to the anti-Soviet views of the former Roosevelt advisers who remained in office during his rule, notably Admiral William Leahy. , military chief of staff, James V. Forrestal, the Minister of the Navy, and Averell Ha-rriman, the ambassador in Moscow. Together with Winston Churchill, these senior officials pressured Truman to adopt a tougher attitude towards the Soviets.
At first Truman obeyed. On April 16 the president and Churchill sent a message to Stalin insisting that the Soviets abide by the Yalta agreement on Poland. In a meeting held at the White House.
The Soviet response was an increase in hostility towards the Americans. On April 24, Stalin accused the United States and Great Britain of trying to “dictate” the policy that the Soviet Union should follow for Poland. Soon after, the Soviets arrested sixteen leaders of the Polish underground who had been forced out of hiding by the false promise of allowing them to leave the country. The Soviets also intensified their efforts to impose communism on Bulgaria and Romania. The result was that the conference held in San Francisco to found the United Nations was disrupted by an exchange of harsh words between the Soviet and American delegations.
The rapid worsening of relations between the two countries after Truman’s entry into the White House alarmed War Minister Henry Stimson and Joseph E. Davies, former US ambassador to Moscow. The two told the new president that, although Germany had surrendered on May 8, it was essential to maintain the Grand Alliance to guarantee peace in post-war Europe and the defeat of Japan, which was still fighting.
The Soviet withdrawal from Iran seemed to confirm that it had been a success to toughen US policy. The Soviets demonstrated that they would retreat before a firm position of the United States and Great Britain. Years later, Truman said that his government’s response to the Iranian crisis was the first in a series of initiatives that “saved the world.”
The crisis also signaled the end of the Great Alliance. Within three weeks of Churchill speaking at Fulton, Stalin abandoned his attempts to obtain a $ 1 billion US loan, refused entry into the World Bank and the International Monetary Fund, calculated the moment of withdrawal of the Soviet troops of Manchuria in a way that would support the infiltration of the Chinese communist forces of Mao Zedong and set in motion an ideological purge of the Kremlin leaders.

The United States did its utmost to help the nationalist forces regain control of the Chinese territory that the Japanese army occupied during the war. The Japanese forces outside of Manchuria, which were occupied by the Soviets, were ordered to surrender only to the nationalist commanders and not to the Chinese Communists. In addition, the Washington government ordered Lieutenant-General Albert C. Wedemeyer, the US chief of Jiang’s staff, to move by air and by sea the best nationalist divisions to the Japanese-occupied regions as quickly as possible. Also, 53,000 US Marines occupied key cities in northern China to ensure that they would not fall into the hands of the Communists before nationalist forces arrived. These American troops held some skirmishes with Chinese forces in Shanghai.
If there was any chance of improving relations with Communist China, it completely vanished when Mao and Stalin signed the Chinese-Soviet Treaty of Friendship, Alliance and Mutual Aid on February 14, 1950. The Soviets promised to provide technical assistance to China, In addition to granting loans worth 300 million dollars, much lower than expected by the Chinese. Later Mao would say that getting money from Stalin was like “taking meat from the jaws of a tiger.” In return, the Chinese respected the rights of the Soviets on the railroads of Manchuria and their bases in Port Arthur and Dairen, although the Soviet Union promised that it would end up renouncing them. Acheson, who had already lost hope of seeing a Titoist China, denounced the Chinese-Soviet Treaty as “a bad omen of imperialist [Soviet] domination” of China.

The Cold War intensified and expanded during the presidency of Dwight D. Eisenhower. Although the relations between the two superpowers remained at a standstill in Europe, the rearmament of West Germany, the Hungarian revolution and the Berlin statute were some of the problems that aggravated the tensions of the Cold War during the Eisenhower period. Although the president kept his promise and ended the Korean War, relations between China and the United States remained very cold and, in fact, worsened with two crises in the Taiwan Strait. Also, during the presidency of Eisenhower, the United States became more deeply involved in Indochina and took the first steps down the slippery slope that would lead to the quagmire of Vietnam.
There was also an intensification of the Cold War in the Middle East, as Egypt became more dependent on the Soviet Union, and in Latin America, where it culminated in the establishment of the first client state of the Soviets in the Western Hemisphere, Cuba. During the Eisenhower period, the Cold War spread even to sub-Saharan Africa when the superpowers intervened in the internal affairs of the Congo (present-day Zaire).
The Eisenhower Doctrine, as they would soon call the government’s resolution, was the final link in the chain of security commitments that the United States had forged since the end of the Second World War. In 1958 the United States had already assumed the explicit obligation to defend some forty-five countries, as well as the implicit obligation to defend several more. Government critics accused him of suffering a “pactomania,” an unwarranted expansion of US military commitments. The White House rebutted the accusation by insisting that US alliances (all of which, with four exceptions, were the work of the Eisenhower government) helped maintain the independence of the free world and self-confidence.
Critics hit the mark by identifying the fallacy that lay beneath the Eisenhower Doctrine. The greatest threat to the independence of the pro-Western countries of the Middle East, such as Iraq, Jordan and Lebanon, did not come from international communism, but from Nasser. On July 14, 1958, the pro-Western Iraq government was shot down by General Abd al-Karim Kassem, who hastened to announce that Iraq would enter the Arab Republic.
United, which was a union of Egypt, Syria and Yemen that was created in February of that year.
Eisenhower must be credited with having resumed dialogue with the Soviet leaders after he was interrupted during Truman’s presidency. But his attempts to improve relations with the Soviet Union were not very successful, in part because the “red alarm” that swept the United States during his first term made negotiating with the Soviets politically impossible. In addition, Dulles and other charges of the national security structure of the United States were against to follow a conciliatory policy with the Soviet Union.
The Soviets were also responsible for the intensification of the Cold War during the Eisenhower presidency. With his desire to attack the interests of the United States around the world, Nikita Jrüschov contributed to the cold war spreading to the Middle East, East Asia, Latin America and even Africa. The reason for Jrüschov’s aggressiveness was not only the desire to seize the opportunity to expand the Soviet influence, but also the Soviet need to stop China’s growing competition for the leadership of the communist movement.
Jrüschov was willing to enter into a nuclear arms race with the United States mainly because he realized that the Soviet Union, despite the continued growth of its nuclear arsenal, was still vulnerable to a nuclear attack by the Americans.

While Kennedy was inclined to improve relations between the two countries, his ability to take action was restricted because he was determined to appear tough on communism. During the campaign for the presidential elections he said: “The enemy is the communist system itself, implacable, insatiable, restless in its appetite for world domination.” It may be true, as Kennedy’s intimates have argued, that statements of this kind were no more than examples of electoral rhetoric, but the fact is that they prevented cultivating citizens’ support for a thaw of the cold war at the beginning of the war. your presidency.
Khrushchev’s public rhetoric also made reconciliation difficult, if not impossible, in the early days of Kennedy’s presidency. On January 6, 1961, the Soviet leader declared that his country would support “wars of national liberation” in the underdeveloped world. Arthur Schlesinger, Kennedy confidant and historian, wrote that Khrushchev’s words “alarmed the president more than he was relieved by Moscow’s friendly signals.”

The period of Kennedy and Johnson also witnessed the beginning of detente. Following the almost catastrophic Cuban missile crisis, the United States and the Soviet Union signed the first significant agreements for the control of nuclear weapons: the Limited Test Ban Treaty and the Nuclear Non-Proliferation Treaty. Only Soviet military intervention in Czechoslovakia prevented Johnson from starting strategic arms limitation talks before leaving office in January 1968. The honors for detente that Johnson so desired to receive would be picked up by his successor, Richard Nixon.
The Paris agreement, which was finally signed on January 27, 1973, seven days after Nixon took office, did not end the Vietnam conflict. All he did was allow the United States to withdraw without immediate loss of prestige. North Vietnam remained as determined as ever to conquer the South and, therefore, had no intention of fulfilling what was agreed upon. For the North Vietnamese, Nixon’s “peace with honor” represented only one more phase of his thirty-year struggle for control of Vietnam.
Kissinger rejected the accusation that detente was just another form of appeasement. He stated that on several occasions the government had opposed resistance to Soviet “adventurism”: in Cuba, the Middle East and Angola. The Soviet intervention in Angola had triumphed, according to Kissinger, because Congress had denied the government what it needed to implement a policy of incentives and threats in order to stop the Soviets in the Third World. The Jackson-Vanik amendment had shattered the prospect of expanding trade between the Soviet Union and the United States. And the ClarkyTunney amendments had denied the government the funds needed to fund covert operations against Marxist forces in Angola.
Kissinger also dismissed criticism that detente benefited only the Soviet Union. He stated that the United States had benefited greatly from the thaw of the cold war and gave as examples the SALT agreements, a treaty on Berlin, and the Soviet Union as a market for American farmers. In his memoirs, Kissinger cautioned against the kind of “simplistic and essentially militaristic” attitude towards the Soviet Union that the conservative critics of detente seemed to advocate. “American policy,” he insisted, “should encompass both deterrence and coexistence, both containment and an effort to mitigate tensions.”
However, at the beginning of the spring of 1976 the detente was in ruins. To solve the problem, Ford chose to make Kissinger less visible and for that purpose stripped him of his position as an advisor for national security issues while retaining the substance of his policy. Kissinger remained Secretary of State until Ford left office in January 1977, but he no longer had the same authority as before. With detente boycotted by both the Soviets and their critics in the United States, Ford found it politically impossible to create the kind of understanding with the Soviets that he once thought was possible. Because of this, the attempts to resuscitate the detente would have to make them the successor of Ford in the presidency, Jimmy Cárter.

Upon entering the White House in January 1977, Jimmy Carter knew little about foreign affairs. He had been a nuclear engineer, a prosperous businessman and governor of Georgia. His only significant experience in the field of international relations was acquired as a member of the Trilateral Commission, an organization founded to promote a closer relationship between the United States and Western Europe and Japan at the expense of the relationship with the communist world. After Carter was elected president in November 1976, many members of the commission occupied positions in his government.
Unlike Richard Nixon and Gerald Ford, who had relied heavily on Henry Kissinger, Carter did not allow a single individual to oversee the nation’s foreign policy. Instead, from the beginning, the new president decided that his advisers would be Vanee and Brzezinski, but that he himself would direct the foreign policy of the government. According to Hamilton Jordan, assistant of Carter, “Zbig would be responsible for thinking, Cy and making Jimmy Carter decide.”
While at the beginning Vanee and Brzezinski believed that they could work together, and indeed it was during the first year of the government, they had different concepts of international relations, and in particular different forms of
think about the Soviet Union, which inevitably caused problems between the two.
The Soviets, however, were equally, if not more, responsible for the fall of detente. Soviet leaders, old and inflexible, could not abandon their ideological conflict with the United States, despite their desire to benefit from detente. His intervention in Angola, Ethiopia, Indochina and Afghanistan did not serve any fundamental interest that amounted to the benefits of improving relations with the United States. When the economy of the Soviet Union declined, its leaders felt obliged to present the nation as a revolutionary power, if only to give some legitimacy to the monopoly of power enjoyed by the Communist Party. The flexibility that Mikhail Gorbachev would show, only half a decade later, was not a characteristic of the Soviet leaders at the end of the Brezhnev era. Unlike Gorbachev, Breznev interpreted the actions of the United States in the worst possible way, which weakened members of the Carter government who, like Vanee, wanted to reach an agreement with the Soviet Union, while reinforcing those who , like Brzezinski, they craved a confrontation.
Soviet inflexibility became apparent not only in the strategic arms negotiations, but also in the LRTNF and MBFR talks. Gorbachev managed to resolve these issues about nuclear weapons by showing much more imagination and flexibility than the Politburo of Brez-nev was capable of. Instead, the final price of Gorbachev’s reforms was the collapse of the Soviet empire and the communist party with him, consequences that Breznev managed to postpone for a decade.

Like the vast majority of presidents who had the United States during the cold war, Ronald Reagan entered the White House in January 1981, knowing almost nothing about matters related to national security. Before turning to politics, he had worked in film and television and his only direct military experience had acquired it in the Second World War, during which he served in the armed forces conducting instructional films and documentaries. His first and only political office elected before the presidency was that of governor of California, which he held from 1966 to 1974. However, unlike most of his predecessors, Reagan did not particularly crave to dominate national security affairs . He demonstrated this repeatedly during his presidency with his inability to explain them in some detail.
Reagan’s knowledge of communism and the Soviet Union was also very limited. They were based almost exclusively on personal experience rather than on intellectual study.
Gorbachev clearly understood that the truth was that communism was not only destined to triumph over capitalism, but was directly responsible for the crisis facing the Soviet Union, little by little, Gorbachev tried to give a new face to communism, a face that emphasized universal human values ​​such as freedom and the instinct for conservation rather than the need for class struggle. Although he continued to affirm the ideological differences between the Eastern bloc and the West, Gorbachev insisted that they had been overcome by the need for international cooperation. In addition, coexistence was no longer conceived as an interval that preceded an inevitable conflict, but rather as a lasting component of the relationship between the communist and capitalist worlds.
To demonstrate the sincerity of his intentions, Gorbachev had to be frank in speaking of the responsibility of the Soviet Union in the origin of the cold war, but he put the greater part of the blame on Josif Stalin. He accused Stalin of contributing to the outbreak of the Second World War by signing the Non-Aggression Pact with Hitler in 1939 and acknowledged that the annexation of the Baltic states by Stalin in 1940 was an aggression. This recognition would contribute to weaken the Soviet domination of these states and, finally, to the disintegration of the Soviet Union itself.
Although Reagan and Gorbachev did not sign a START agreement, they did sign the INF Treaty. However, almost all the concessions that were required for the treaty to be possible were made by Gorbachev. In Reykjavik, it accepted an overall limit of 100 INF nuclear warheads for each of the two countries and that the Soviet deployment would be confined to Asia and the North American to the United States. Gorbachev also accepted the rigorous verification measures that Reagan insistently proposed, including, for the first time, on-site inspection. He also agreed that the British and French missiles should be excluded from the limits. On February 28, 1987, Gorbachev made another important concession by accepting option zero without binding it to a BMD agreement. In fact, Gorbachev had capitulated to Reagan’s demand to eliminate all American and Soviet INF missiles in Europe.
However, there was still one last and important obstacle to reaching an INF agreement. The Chancellor of West Germany, Helmut Kohl, insisted that short-range missiles (less than 500 kilometers) should also be included in the treaty in order to eliminate the Soviet Scud missiles.

Not everyone, including the author, agrees with the argument that the Reagan administration was the main architect of the end of the Cold War. In fact, it is likely that no one, especially the president, expected the government’s policy to end up causing the disintegration of the Soviet empire, unless it caused it so quickly. Reagan said: “We wanted to change a nation [the United States], and instead we changed the world … Well looked, it was not bad, not bad”.
More important as the cause of the end of the cold war was the internal weakness of the Soviet Union, which was exacerbated, of course, by the policy of the Reagan administration. When Reagan entered the White House the Soviet economy had plunged into such stagnation that it was obvious that communism had failed and that a radically new system was required.
No one saw this more clearly than My jail Gorbachev. Although there was never much likelihood that the IDE would disable the Soviet missiles, Gorbachev had to take America’s technological potential seriously and the strategic effect that even an imperfect defense had. He also realized that the economic strength of the Soviet Union was insufficient to compete with the United States in another technological arms race. Nor could the Soviet Union continue to spend its resources in competing with the United States in the Third World.
Coaxed by the economic weakness of his country and alarmed by the increasing risks of a nuclear war, Gorbachev was more than willing to try to end the cold war. His resolution would allow him to reduce the costly armed forces of his country and obtain from the West the economic help he so badly needed.
Although it would have been difficult to predict the consequences of continuing the confrontation with the Soviet Union, one of them would undoubtedly have been to further increase Gorbachev’s difficulties in his attempt to transform the Soviet system. A continuation of the confrontation could also have greatly advanced the reaction of the hard-line supporters against the Soviet leader, and perhaps with better results than the attempted coup d’etat against Gorbachev in August 1991. Reagan’s acceptance of the Gorbachev’s new thinking, in fact, helped him to gain time and, most importantly, allowed the Soviet democratic movement, which was in its embryonic state, to take hold among the Russian people, at least enough to contribute to the failure of the hardline supporters’ coup.
However, the price paid by the United States during the Reagan presidency in exchange for “winning” the cold war was high. The decision to reduce taxes while launching the largest and most costly military surge in peacetime in the history of the United States, coupled with the refusal of Congress to reduce domestic spending contributed to a huge increase in the national debt. In addition, no attention was paid to pressing internal problems such as, for example, the decline of the nation’s infrastructure, the increase in crime, inequalities in education and many more, too many to quote here. Future generations of Americans will have to pay the bill for Reagan’s “victory” in the Cold War.

During the presidency of George Bush, who succeeded Ronald Reagan in January 1989, the end of the cold war, the collapse of communism in Eastern Europe and the disintegration of the Soviet Union, and a new relationship began. «Post cold war», between the United States and the successor states of the Soviet Union. The new relationship would be characterized by cooperation instead of the confrontation that had been the hallmark of the Cold War.
If one takes into account the important role he would play in the forging of the new relationship between the Soviet Union and the United States, it is ironic that Bush was slow to pick up the baton of detente. In his speech to the United Nations on December 7, 1988, Gorbachev had urged the then-elected president to end the cold war.
Given the growing power of Yeltsin and alarmed by the reactionaries of the Communist Party and the Soviet armed forces, Gorbachev embraced democracy, radical economic reform and greater autonomy for the republics within a new union. Pushed by Gorbachev, on July 1 and 5 the supreme Soviet approved the denationalization of three quarters of Soviet industry. On July 8, the nine Slavonic and Muslim republics that were expected to join the new union approved a general plan of economic reforms that Gorbachev would present at the summit of the Group of Seven (G-7), made up of many other industrial democracies, that It would be held in London.
Gorbachev hoped to obtain in London considerable economic aid from the West that would allow him to reactivate the ailing Soviet economy, as well as recover his own ill-fated prestige in the Soviet Union, but the response of Western leaders disappointed him. Not only did they not offer significant financial assistance, but they even refused to allow the Soviet Union to enter as a full member of the International Monetary Fund, only as a non-numerary member.
It was said that the lukewarm Western response to his request for financial help had infuriated and humiliated Gorbachev. With good reason, he thought that the main culprit of the G-7’s stinginess was President Bush. Although they wanted to provide economic aid to Gorbachev, Bush and most of his advisers suspected that the inept and corrupt Soviet bureaucracy would squander it. In addition, the United States was in full recession and Bush was criticized for being more willing to help foreigners than his own people.
President Bush was slow to condemn the coup against Gorbachev and waited until Yeltsin begged him to intervene. In his initial reaction, early on August 19, the president declared that the coup was “a disturbing event” and that his leaders had seized power by “extra-constitutional means.” After a few hours, Bush considered the coup “unconstitutional” and supported Yeltsin in his demand that Gorbachev be returned to his position as Soviet president.
Once Gorbachev had regained power, however, Bush was reluctant to accept, much less support, that Yeltsin eclipsed the Soviet leader. It was clear that Bush preferred that Gorbachev remain in power to risk the uncertainties that his disappearance had created. Bush also delayed recognition of the independence of the Baltic states.
Bush was truly mean when it came to the amount of financial aid he gave to the Soviets. However, if one takes into account the magnitude of the Soviet economic weakness, it is difficult to know how much Western economic aid would have been necessary to prevent the Soviet Union from disintegrating. In fact, it is doubtful that western economic aid, whatever its magnitude, would have sufficed to overcome popular discontent with communism and the revival of nationalism in the Soviet empire. In the end, saving the Soviet Union was not within the reach of the United States and, apparently, it did not suit their interests either. The end of the Soviet Union was only regretted by Gorbachev and the last staunch Soviet nationalists.

Could the cold war have been avoided? It is clear that no. The rivalry between the two nations was inevitable given that their respective manifest destinies forced them to spread their political, cultural and economic influence. Upon fulfilling this mission, both states sought security in real and imaginary enemies and created colonies, client states and allies to protect themselves.
But a more important reason for the inevitability of the Cold War, beyond the feeling of being vulnerable that both sides experienced, was the incompatible character of their respective ideologies. This was already evident at the time of the Bolshevik revolution, when both Lenin and Wilson understood that genuine cooperation between the two systems was impossible.
That the cold war did not destroy humanity is providential. Another reason to be optimistic is that, despite all the threats that loomed over it during the cold war, democracy is still alive in the United States. If there is luck, democracy will also take root in Russia and in the other republics that made up the Soviet Union. That may be the most beneficial outcome of the Cold War in the end.
However, although the relations between the Russians and the Americans have improved considerably since the end of the cold war, many of the old frictions that characterized that period are again threatening the new relationship.
Unfortunately, it is not possible to be sure that democracy will last in Russia. A Russia that is more aggressively nationalist, as well as less democratic and capitalist, could reactivate the cold war.

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