Bajo La Bandera De Terror: Un Viaje A Las Entrañas De Dáesh — Sami Moubayed / Under the Black Flag: At the Frontier of the New Jihad by Sami Moubayed

Libro muy recomendable para los interesados en la génesis de los conflictos de Siria e Irak y la irrupción del Daesh o Estado islámico. Su punto más fuerte es que no empieza el relato desde la Primavera Árabe, como otros, sino que se remonta a los antecedentes históricos y así se obtiene una perspectiva más amplia de por qué ocurren las cosas. Su defecto principal es un excesivo número de nombres, algunos de los cuales aportan poco o nada. He leído varios libros sobre el ISIS y este es el mejor, el más detallado y el único que analiza toda la historia del islamismo en Siria.

Sami Moubayed es un historiador sirio y periodista de Beirut especializado en la Siria pre-baathista. En “Under the Black Flag”, dirige su atención a la historia del islamismo en Siria y al surgimiento del Estado islámico, que condujo a la actual guerra civil. Moubayed escribe en inglés, así que esto no es una traducción. En sus propias palabras: “Este libro profundizará en los fundamentos ideológicos del Estado islámico y el califato, llevando al lector desde la última época otomana hasta el presente”. Moubayed explica de dónde vino el Estado islámico, “cómo ha florecido”. , y hacia dónde podría ir “. Se adentra en las personalidades involucradas, las rivalidades, las finanzas, la vida bajo el Estado Islámico, quiénes son los soldados y de dónde vienen. Una historia del islamismo en (principalmente) Siria en diez capítulos.
Primero, el autor nos presenta la historia de los califas musulmanes y la búsqueda de un Islam más piadoso y más puro que fue la base del wahabismo moderno. El estado islámico del siglo XVIII fue aproximadamente donde se estableció el moderno reino de Arabia Saudita en 1932. En 1924, el nuevo gobierno secular de Turquía abolió el califato otomano, dejando un vacío que desde entonces se ha llenado. El autodenominado califa del Estado Islámico, Abu Bakr al-Baghdadi, es el último intento de llenar ese vacío. Moubayed, que es suní mismo, argumenta que existe un vacío en el Islam sunita, no solo para un califa, sino también para el liderazgo sunita en general. Los sunitas se perciben a sí mismos como líderes y víctimas, una condición agravada por su privación de derechos en Iraq.
Los capítulos sobre el Islam político en la Siria moderna son particularmente interesantes, ya que prepararon el escenario para el enfrentamiento entre el gobierno sirio y las facciones islamistas que estallaron en la guerra en 2011. Moubayed comienza con la fundación de la Hermandad Musulmana Siria por Sheikh Mustapha al-Sibali , cuando no hubo restricciones al Islam político en Siria durante su período de democracia poscolonial. Después del golpe de Estado Baatista de 1963, la fricción entre los islamistas y el gobierno sirio se hizo más manifiesta y violenta, pero el ala militante de la Hermandad, la Vanguardia de Combate, se formó antes. Una serie de asesinatos y bombas establecidos por la Hermandad en la década de 1970 culminaron en una insurrección armada en Hama en 1982, a la que el gobierno respondió con fuerza letal.
Prohibidos en Siria, los miembros de la Hermandad Musulmana siria huyeron a los brazos de Osama bin Laden y el jeque Abdullah Azzam en Afganistán. Los intentos del nuevo presidente sirio, Bashar al-Assad, de normalizar las relaciones parecen equivocados en retrospectiva. Dejó a muchos islamistas fuera de la cárcel, incluso antes de que Siria decidiera permitir que los yihadistas transitaran el país a Irak después de la invasión de los Estados Unidos en 2003. Los intentos de Assad de apaciguamiento, y luego de manipular a los islamistas para sus propios fines, fracasaron y comenzaron los ataques terroristas en Siria. El resultado fue una ofensiva intransigente en un inútil intento de devolver al genio a la botella. Cuando Assad recientemente advirtió a los Estados Unidos que hacer tratos con islamistas era como poner un escorpión en su bolsillo, sabía de lo que hablaba.
En este punto, Moubayed se adentra en la historia de Jabat al-Nusra, fundada por cuatro salafistas en Siria en 2011 y bajo el mando de Abu Mohammad al-Golani, y la historia de “Al Qaeda en Iraq”, que comenzó en Jordania en 1999 bajo la dirección del matón Abu Musaab al-Zarqawi, quien estableció el Estado Islámico en Irak en 2006, poco antes de su muerte. Abu Bakr al-Baghdadi ascendió a su liderazgo, y muchos baathistas seculares del ejército del ex presidente Saddam Hussein se unieron. Moubayed pasa un tiempo describiendo las diferencias y la rivalidad entre al-Nusra y el Estado Islámico, que no ascendió a mucho hasta la guerra civil siria.
Hay una gran cantidad de discusiones sobre el gobierno del Estado Islámico en al-Raqqa, cómo se financia, se controla a sí mismo, la vida bajo el Estado Islámico, de dónde provienen los yihadistas extranjeros y por qué, las estimaciones de cuántos hay, las experiencias y el papel de mujeres en el Estado Islámico. Hay más de este tipo de información en este libro que la que he encontrado en otro lugar, ya que el autor pudo entrevistar a personas que han vivido y luchado por el Estado Islámico. Moubayed enfatiza que el Estado Islámico no irá a ningún lado, incluso si es derrotado militarmente, sino que lamenta el atraso de su liderazgo y la horrible violencia que ha perpetrado. Realmente nunca ha ido a ningún lado desde que la Hermandad llegó a Siria a principios del siglo XX. Solo queda inactivo por un tiempo.
Me complació leer un relato del Estado Islámico de un sirio con muchos contactos sobre el terreno. Moubayed entiende la perspectiva sunita sin ser un islamista. Sus antecedentes en la historia siria del siglo XX proporcionan mucha información sobre el presente. Mi única decepción es que hubo pocas explicaciones de por qué los islamistas volvieron a tener tanta influencia en el este de Siria, o a lo que el gobierno sirio y el ejército reaccionaron cuando tomó medidas enérgicas en 2011. Pensaron que tenían un levantamiento islámico en sus manos, pero yo No estoy seguro de que alguna vez sepamos qué pasó allí que llevó a la guerra. ¿Cuál era el lugar de los islamistas en la “Primavera árabe” y por qué el gobierno perdió el control tan rápido? Esto sigue siendo un misterio para mí, pero Moubayed ha completado el resto.

El Estado Islámico de Irak y Levante (ISIS/ISIL/IS) es una organización relativamente nueva, nacida tras la ocupación estadounidense de Bagdad en 2003. «Dáesh» es el acrónimo árabe que muchos árabes y extranjeros usan para referirse a ISIS. Sus adeptos detestan ese nombre, porque les suena bastante ridículo, y prefieren referirse a él sin abreviarlo: «al Dawla al islamiya» (El Estado Islámico). Sin embargo, sus raíces ideológicas son mucho más antiguas y se remontan, de hecho, a los primeros años del islam y a la generación de los primeros musulmanes. Los islamistas creen que la meta última de los verdaderos creyentes es establecer un Estado regido por las leyes de la sharía islámica y gobernado por un califa, como en los primeros tiempos del islam, inmediatamente después de la muerte del profeta Mahoma, que tuvo lugar en 632. Ése es el punto esencial de la ideología de ISIS. La idea del califato ha sido un sueño sagrado que se ha transmitido de generación en generación entre los islamistas. Yihadistas célebres como Osama bin Laden y Abu Musab al Zarqawi han albergado ese mismo sueño. Desde el principio los yihadistas sirios han querido refundar un califato en Damasco, antigua capital de la gloriosa dinastía de los Omeya hace más de mil doscientos años. Ahí es donde el islam forjó su primer imperio, con un funcionariado propio, seguridad interna, ejército naval y servicio de correos. Fue desde ahí desde donde el islam se expandió hasta alcanzar territorios tan lejanos como China y España, convirtiendo a «infieles» por el camino. Los yihadistas sirios se ven a sí mismos como una continuación de aquellos poderosos líderes musulmanes, como la línea de musulmanes suníes ortodoxos sucesores del profeta Mahoma: Abu Bakr al Sidiq, Omar ibn al Jatab, Utman ibn Afan y Ali ibn Abi Talib.

El término «califa» significa, literalmente, «sucesor de Mahoma», el profeta del islam. Sobre el papel, el califa gobierna sobre un Estado soberano que comprende la comunidad musulmana global, conocida en árabe como la uma. Según los musulmanes suníes, el primero en ocupar ese cargo fue el vecino, amigo y compañero de confianza del Profeta, Abu Bakr al Sidiq en el año 632. La gente lo llamaba «Jalifat Rasul Alá» (Sucesor del Mensajero de Dios). El califa debía escogerse por consenso entre toda la comunidad musulmana. Los musulmanes suníes afirman que el linaje del califa debe remontarse directamente hasta la poderosa tribu de los coraichitas de La Meca o hasta cualquiera de sus subramas, dado que La Meca es la cuna del islam. El propio Profeta pertenecía a la tribu coraichita de Banu Hashim. En cambio, la escuela hanafí del islam considera que los nocoraichitas también pueden asumir el mando del califato, lo que explica que los sultanes otomanos llegaran a dirigir un imperio musulmán a pesar de que ninguno de ellos procediera de la aristocracia de La Meca. Los musulmanes chiíes, por su parte, creen que proceder de una familia notable de La Meca no basta para convertirse en califa. Los aspirantes potenciales han de descender, específicamente, de la Ahl al Bayt (la familia del Profeta).
Además del linaje, las condiciones para poder convertirse en califa son bastante claras. El califa debe ser un hombre. A las mujeres no se les permite asumir el cargo. Se exige que el califa dirija a las masas durante la oración, y según la tradición coránica una mujer no puede hacerlo ni puede, de hecho, aparecer en una mezquita ocupada sólo por hombres. El califa debe saber mucho sobre el islam; debe ser justo, digno de confianza y de moral intachable. También debe ser físicamente apto, espiritual, valeroso y capaz de proteger a la uma contra sus enemigos.

Todos estos grupos islámicos son discípulos leales de Ibn Taymiya. Cuando se les pide que justifiquen por qué matan a cristianos, por ejemplo, los miembros del ISIS citan las obras antiguas de Ibn Taymiya como los cimientos de su ideología. La conexión invisible entre el wahabismo de los siglos XVIII y XIX y el ISIS del siglo XXI no implica necesariamente que Arabia Saudí esté directamente detrás del auge de todo el yihadismo en el mundo de hoy. Aun así, los yihadistas contemporáneos son el resultado intelectual de una escuela de pensamiento fundada en el Desierto de Arabia en 1744. Dicha escuela halla terreno abonado en la psique del oficialismo saudí y en los libros de los teóricos de ese país. Sin el wahabismo no existiría Arabia Saudí, ni Estado Islámico, hoy, en Raqa, ni se hablaría de al Qaeda ni del ISIS.
La Arabia Saudí rica en petróleo lleva años vendiendo su propia versión del islam. Bajo el largo mandato del rey Fahd (que reinó entre 1982 y 2005), por ejemplo, Arabia Saudí financió 210 centros islámicos en todo el mundo, así como 1.500 mezquitas, 202 facultades islámicas y 2.000 escuelas. Todos ellos, desde Nigeria hasta Malasia, estaban llenos de estudiosos y libros wahabíes. Las enseñanzas y la influencia saudíes se han propagado por lo largo y ancho del mundo, llegando a Bosnia, Chechenia, Londres, Canadá y Estados Unidos.

Los grupos yihadistas que operan hoy en Siria no son nuevos. Aunque muchos nacieron después del estallido de las hostilidades en el país, en 2011, sus raíces ideológicas se remontan a la rama siria de los Hermanos Musulmanes, que se estableció a mediados de la década de 1940. Fue entonces cuando la idea de un Estado Islámico dirigido por un califa empezó a cobrar forma en las mentes de la gente, mucho antes de que viera la luz en ciertas partes del norte del país casi setenta años después.
Tampoco el ISIS es ajeno a la lucha histórica con el régimen sirio, aunque se trata de algo que desempeña un papel menos central en su retórica que en la de al Nusra. Cuando el Estado Islámico se apoderó de la antigua ciudad de Palmira, situada en el corazón del desierto sirio, los medios de comunicación vinculados a él mostraron con orgullo la demolición, por parte de las tropas de al Bagdadi, de la infame cárcel militar de Tadmur, en la que cientos de Hermanos Musulmanes habían sido encarcelados y sistemáticamente torturados desde la década de 1970.
El «baño de sangre» de Hama de 1982 constituyó un duro golpe para los Hermanos Musulmanes, y fue un punto de inflexión en la vida de los yihadistas sirios. Centenares de sus miembros fueron juzgados por tribunales militares, que los condenaron a muerte o a penas de cárcel. Los pocos que sobrevivieron huyeron a Arabia Saudí, Jordania e Irak. Tanto los monarcas saudí y jordano como el presidente iraquí les negaban el acceso a los medios de comunicación. Se temía que su derrota alentara el resentimiento y las ambiciones de los simpatizantes de los Hermanos Musulmanes en aquellos tres países. Cuando los dirigentes de la organización conseguían aparecer en la radio o en algún canal de televisión árabe, aprovechaban para quejarse de que se les había negado la justicia, y llamaban a los yihadistas sirios a reagruparse, evaluar lo que había fallado y vengar lo que les había ocurrido en Hama. Pero era demasiado tarde. Todo el aparato del yihadismo sirio había empezado a desmoronarse desde dentro.

El Estado Islámico de Irak pasaba por serias dificultades. La eliminación de al Zarqawi, a la que se sumaban exitosas operaciones de antiterrorismo llevadas a cabo por Estados Unidos a través de los Consejos del Despertar, perjudicaron gravemente a al Qaeda. También le perjudicó la muerte de Bin Laden en 2011. El hombre que debía revertir la marea y preservar el legado de Abu Musab al Zarqawi era uno de sus discípulos, Abu Bakr al Bagdadi. No se trataba de un candidato obvio para sucederle. A sus treinta y nueve años, se convirtió en el nuevo emir del Estado Islámico el 16 de mayo de 2010, tras ser votado por nueve de los once miembros del Consejo de la Shura. En un principio se lo conocía por el nombre informal de Abu Dua (Padre de la Oración), pero empezó a usar el que mantiene en la actualidad, «Abu Bakr», en 2010.
El ISIS y al Qaeda difieren fundamentalmente en a quién ven como su principal enemigo, en qué estrategias y tácticas usar al atacar a ese enemigo y en qué aspectos, sociales y de otro tipo, deben hacer hincapié. El ISIS no sigue la estrategia de al Qaeda del «enemigo lejano», y prefiere la del «enemigo cercano», aunque a nivel regional. Así, el objetivo principal del ISIS no ha sido Estados Unidos, sino el régimen chií de Bagdad y el régimen baazista/alauita de Damasco. Mientras que al Qaeda nunca llegó a ser más que un grupo de células diseminadas por el mundo, intentando perpetrar atentados aquí y allá, el ISIS está estableciendo eficazmente un ejército y un protoestado que sirve de faro a los islamistas de todo el mundo. Al Bagdadi prefiere tácticas agresivas para purificar el mundo islámico. Al Qaeda considera las matanzas del ISIS demasiado extremas y, por tanto, contraproducentes.
El futuro de esa relación es altamente impredecible. Una alianza entre ISIS y el Frente al Nusra parece improbable por el momento, pero nunca puede descartarse del todo. El Estado Islámico podría conseguir incorporar a al Nusra por la fuerza. Además, si Estados Unidos lanza una campaña extensiva contra al Nusra, es posible que el Frente se vea obligado a acercarse al ISIS. Finalmente, si las negociaciones en la región llevan a una alianza rebelde siria (ya sea islamista, ya sea laica, o de ambas tendencias) para eliminar a al Nusra, el grupo podría optar por unir fuerzas con el ISIS para ahuyentar la amenaza contra su misma existencia. En cualquier caso, es imposible para al Bagdadi pactar con al Golani de tú a tú, pero no debería descartarse totalmente que éste acepte regresar bajo el ala de su antiguo señor.

El Estado Islámico es rico. A diferencia de al Qaeda, que dependía de donaciones de miembros y simpatizantes, el ISIS genera su propio dinero. Gracias a los campos petrolíferos que controla, ha recaudado decenas de millones de dólares en menos de un año. Ha producido crudo en campos capturados, e incluso ha vendido electricidad al Gobierno sirio a través de terceros. Según un alto cargo del Tesoro estadounidense, el ISIS obtiene un millón de dólares diarios de la exportación de petróleo.
El ISIS también ha impuesto su propia tasación sobre bienes que transitan por la frontera entre Siria e Irak. Actualmente el arancel es de 300 dólares para los camiones que transportan frutas y verduras, y 400 dólares para los que transportan artículos electrónicos (televisores, aires acondicionados, neveras, teléfonos móviles). Existen patrullas que inspeccionan esos camiones, teóricamente para protegerlos de los bandidos y para proporcionarles los recibos que deben mostrar. También se ha sabido que el Estado Islámico exige «dinero a cambio de protección» a empresarios en las ciudades que ocupa, por ejemplo en Mosul, en cantidades que pueden llegar a los 500.000 dólares mensuales por empresa. A finales de 2014, el ISIS anunció que planea acuñar su propia reserva de oro, plata y cobre, y que emitirá monedas idénticas a las que usaba el tercer califa del islam, Utman ibn Afan (casado con una de las hijas del Profeta).
Aunque no se ha publicado nada oficial respecto a la financiación extranjera del ISIS, los medios de comunicación controlados por el Estado afirman que muchos yihadistas han confesado haber recibido visitas de intermediarios kuwaitíes, saudíes, qataríes y libios. Hay periodistas progubernamentales que han acusado a Qatar y a Arabia Saudí de apoyar económicamente al ISIS.
La extensiva presencia del ISIS en los medios ha sido usada por la fuerza aérea estadounidense para localizar y atacar a muchos de sus soldados y mandos, según el general Hawk Carlisle, comandante de la Unidad de Combate Aéreo de Estados Unidos.
Así pues, el ISIS tiene todo lo que necesita un Estado para sobrevivir. Cuenta con su propia bandera, parámetros de frontera, un funcionariado activo, una fuerza policial armada, medios de comunicación, una moneda en preparación, unas arcas públicas y un presidente, o califa.

Los medios de comunicación progubernamentales informaron por primera vez de la presencia de yihadistas extranjeros luchando en el norte de Siria ya en 2011. Los activistas de la oposición se rieron de la noticia y aseguraron que era del todo falsa.
En mayo de 2014 mereció considerable atención internacional la inmolación en Idlib de un joven de veintidós años originario del sur de Florida. Moner Mohamed Abusalha (alias Abu Huraira al Amriki) se crio con un padre jordano y una madre estadounidense que se había convertido al islam y llevaba hiyab. Era educado y divertido, aparentemente un chico normal que jugaba al baloncesto y al que le gustaba la música del rapero americano Jay Z. Viajaba con frecuencia a Oriente Medio con su familia y decidió unirse a la yihad en Siria tras el estallido de la guerra. El Frente al Nusra publicó un vídeo en el que se le veía cargando misiles en un camión inmenso, y posteriormente informó de su «martirio». El nombre que escogió, Abu Huraira, está profundamente arraigado en la historia del islam.
El mayor flujo de entrada se producía desde Turquía e Irak, por lo extenso de sus fronteras compartidas. Turquía no estaba dispuesta a frenar la entrada de esos extranjeros a Siria, y la situación en Irak es más compleja aún, ya que el ISIS ha acabado con las fronteras entre los dos países. Los yihadistas entran y salen de Siria casi con total impunidad. El Instituto Noruego de Investigación para la Defensa calcula que en 2013, entre 1.132 y 1.707 europeos de 12 países se han sumado a la lucha en Siria. La mayoría procedían de Francia (200-400), Gran Bretaña (200-300), y Bélgica (100-300). Su falta de experiencia era notoria, dado que de los 600 considerados «mártires» en los primeros seis meses de 2013, menos de 20 eran combatientes experimentados en anteriores contiendas libradas en Afganistán y Libia.
ISIS era el único Estado verdadero de todo el llamado mundo árabe. Su capital estaba en Raqa, su ejército era el ISIS y sus fronteras venían definidas por cualquier territorio que quedara bajo el control de éste. Pertenecer a cualquier otra organización era situarse en el lado equivocado de la historia. En segundo lugar, el ISIS pretendía amenazar aún más a los países de la coalición internacional, y optaba para ello por mostrar a combatientes de las mismas naciones que estaban bombardeando desde el aire al Estado Islámico. En tercer y más destacado lugar, el ISIS intentaba mostrar hasta qué punto se había convertido en una organización internacional. Ese sentimiento de ego muy crecido es un tema que va a más en los territorios controlados por el ISIS. Tampoco les gusta ya que se refieran a ellos como organización iraquí o siria. También eso se les está quedando demasiado pequeño para sus ambiciones, tanto territorial como demográficamente. El ISIS está muy orgulloso de sus miembros británicos, franceses y norteamericanos. Éstos son la joya de la corona de la organización terrorista, y la llevarán desde el nivel de una milicia hasta la de un Estado-nación. El ISIS está dispuesto a darles algo más que pasaportes a cambio de lo que espera de ellos, en tanto que constructores de ese Estado-nación, en los años venideros.

El ISIS se ha implicado tanto en el reclutamiento de mujeres extranjeras que ha llegado al extremo de abrir una «oficina de matrimonios» en la localidad de al Bab, cercana a la frontera con Turquía. Ahí es donde las mujeres que llegan de Occidente son registradas y donde las casan oficialmente con sus novios yihadistas. Algunas, mantienen ya relaciones en la distancia con ellos, pero muchas acuden a la tierra del califato sin haber visto nunca a su futuro marido, y sin haberle oído siquiera la voz. Se anotan sus perfiles y se describe a los yihadistas que buscan esposa (a las parejas no les está permitido verse las caras hasta que concluye la ceremonia del enlace). En el islam, la aprobación paterna es esencial en todo matrimonio. Se trata de una cuestión complicada que ha ralentizado el proceso, afirma Jennifer, la esposa estadounidense de un oficial del ISIS, Zain al Abidin al Shami. En algunos casos, el Estado Islámico nombra a un tutor, por lo general un anciano del lugar, para que «bendiga» el matrimonio.
La publicidad gratuita que han generado esas mujeres del ISIS, sumada a su activismo en las redes, fortalece sin duda un discurso según el cual el ISIS no es un grupo terrorista, sino un Estado Islámico al que todos los musulmanes deben sumarse. Se trata, simplemente, de un Estado como cualquier otro, con sus valores familiares, sus normas sociales, sus instituciones estatales, su bandera, su policía, su ejército. Esas mujeres intentan aportar una «normalidad» femenina al Estado Islámico, y han recibido la bendición explícita a sus actividades por parte de nada menos que del mismísimo califa, Abu Bakr al Bagdadi. Es del dominio público que en Raqa, según dice la esposa de un combatiente del ISIS, el califa quiere incrementar la ratio de mujeres en el Estado Islámico. Supuestamente, en una ocasión manifestó: «Este Estado no tiene futuro si sólo tiene hombres. Nunca en mi vida he oído que hubiera un Estado sin mujeres. ¡Necesitamos más mujeres!». Y no sólo eso, al Bagdadi quiere que sean más que «fábricas de niños», y llama a mujeres ingenieras, doctoras, enfermeras, maestras y combatientes para que acudan a Raqa. El califa quiere dar a esas mujeres con experiencia y titulación universitaria que juran plena lealtad al ISIS una porción de tierra, un lugar de residencia totalmente amueblado y unos salarios astronómicamente altos comparados con otros que ofrece el Estado Islámico.
Los mandos del ISIS, liderados por al Bagdadi, son conscientes de que, por vivir en una zona de guerra, sus días están contados. Si no mueren hoy, morirán mañana, y si no mueren mañana, tal vez mueran dentro de una semana, o de un mes. Ésa es, después de todo, la clave del pensamiento yihadista. En último extremo, el papel de esos pioneros yihadistas es establecer un Estado sostenible que sobreviva a sus fundadores. Y ahí es donde entran en juego las mujeres en su papel de procreadoras. En tanto que madres, tienen la responsabilidad de adoctrinar a los bebés del ISIS. Aún es demasiado pronto para saber cómo crecerán esos niños, y en qué entorno. Según estadísticas del ISIS, aproximadamente 220 niños nacieron de residentes en el Estado Islámico en 2014. Sólo el tiempo dirá si esos niños se rebelarán algún día contra sus padres o si crecerán hasta convertirse en soldados hechos y derechos que servirán a la vanguardia de la primera generación de los nacidos bajo el manto del ISIS, que alcanzará la edad de luchar en poco más de un decenio.

El rápido avance del ISIS por Europa y el norte de África forzará un cambio en la guerra contra el terror. A principios de 2016, el mundo ya se ha dado cuenta de que el ISIS ya no es solamente una amenaza para Oriente Próximo, confiando en los límites de Siria e Irak, dos países desgarrados por la guerra. En este momento ha alcanzado las otras costas del Mediterráneo y se ha instalado en el corazón de Europa. Darna y el Sinaí se parecen preocupantemente a Raqa y Mosul. Si no se combate inmediatamente, nada impedirá al ISIS golpear también en El Cairo y en Trípoli. Su bandera negra parece estar en todas partes. El miedo está el aire, y nadie tiene respuestas sobre por qué sigue avanzando y sobre qué hacer para ponerle fin. Se trata de algo que tiene que ver con múltiples realidades. Una, claro está, es el fracaso de la coalición encabezada por Estados Unidos y creada en septiembre de 2014. Otra es la falta desesperada de dinero que tienen las comunidades locales, vengan de donde vengan. Y el ISIS proporciona las dos cosas en Raqa, Mosul, Darna y el Sinaí.
Se explica el expansionismo del ISIS es que Abu Bakr al Bagdadi es un buen estratega que no aprieta más de lo que puede abarcar. Si la decisión no fue suya, entonces lo fue de sus principales lugartenientes iraquíes, que desde los días de Sadam Husein saben que desde el punto de vista militar es una locura intentar llegar a más de lo que es posible. Hasta la fecha, al Bagdadi y sus generales se han negado a ofrecer más que palabras y consejos técnicos a sus aliados del norte África. No se han dejado arrastrar por las peticiones de ayuda que han recibido de Libia y Egipto. De haber actuado de otro modo, tal vez hubieran cometido el grave error (desde el punto de vista del ISIS) de enviar tropas a esos territorios desgarrados por la guerra, dejando así su principal base, que es Siria que es desasistida y expuesta.
La expansión por el norte de África deja claro que el ISIS no va a ir a ninguna otra parte en el futuro inmediato.
Esa expansión hará que desgastar y acabar por destruir el ISIS, como han prometido tanto el presidente Obama como Putin, vaya a resultar una tarea prácticamente imposible. Incluso si una gran coalición o grupo de coaliciones fuera capaz de destruir el ISIS en Siria e Irak, otros planes similares tendrían que organizarse en Libia y en otras partes de África. El proceso podría prolongarse durante décadas. En cuanto a Europa, el ISIS ha demostrado su capacidad para atacar en el corazón del continente. Los atentados de París han desconcertado al mundo y han sacudido la paz social en Francia. Ha sido poco lo que la fuerza aérea francesa ha podido hacer a modo de represalia, porque la fuerza aérea, por sí sola, se ha revelado inútil a la hora de derrotar al ISIS, y aun menos de herirlo de gravedad. Las células durmientes y los lobos solitarios llevarían la lucha al corazón de Europa, y atacarían al otro lado de las líneas enemigas. Aún más importante es el impacto de la radicalización sobre el proceso de integración a Europa de generaciones de inmigrantes. Mientras los vídeos de YouTube procedentes de Siria e Irak sigan publicándose en internet, ISIS ganará adeptos entre la juventud musulmana europea desencantada, poniendo en peligro la paz social, lo que supone una amenaza mucho mayor que algún que otro atentado aleatorio aquí o allá.

Las sociedades en las que el ISIS ha prosperado sufrían males de muy larga duración, gobiernos militares, sectarismo, falta de movilidad social, desempleo, desigual distribución de la riqueza y bajos niveles de educación. Quienes se sumaban al ISIS no lo hacían solamente por el dinero y las largas espadas de Abu Bakr al Bagdadi; lo hacían porque sus sociedades anteriores se habían desintegrado y les habían fallado, habían permitido que se pudrieran en la pobreza y la ignorancia. Irónicamente, la «ciudadanía» del Estado Islámico se compone sobre todo de habitantes de zonas rurales que son muchas veces los hijos y los nietos de las mismas familias que constituyeron el núcleo del Gobierno del Partido Baaz a partir de 1963. En otro tiempo ellos fueron quienes gestaron el baazismo, y ahora son las incubadoras del ISIS. El islam es, sin duda, una razón, pero también lo es el fracaso del propio baazismo.
A medida que el baazismo iba dominando el Estado, controlaba los medios de comunicación y el estamento judicial, entorpeciendo el funcionamiento del Estado de derecho y el escrutinio del pueblo sobre los asuntos del Estado. El baazismo pasó a convertirse en una serie de círculos cerrados, con intereses particulares, que promovían una cultura del favoritismo y la discriminación contra los no- baazistas. El resultado directo de ese monopolio era la corrupción, una bestia siempre hambrienta que consumía los recursos económicos y morales del Estado y secuestraba el potencial de los pueblos sirio e iraquí. La situación, a la larga, acabó destruyendo por completo aquellas mismas sociedades que el Partido Baaz había prometido desarrollar.
Durante cincuenta años, el baazismo y el Estado se fundieron en una sola cosa. Como consecuencia de ello, el partido se volvió aparatoso, desorganizado y muy vulnerable desde dentro. A causa de la exclusividad, de la inmunidad política implícita, de la falta de competencia y de la ausencia de escrutinio, el baazismo se convirtió en un generador activo de corrupción a nivel político y empresarial. Afiliarse al Partido Baaz significaba una cosa para una nueva clase de oportunistas: el acceso al poder. El enchufismo, el nepotismo, el tráfico de influencias, la conspiración, la extorsion, el chantaje… Todo ello crecía durante el régimen baazista, en muchos casos por culpa de su control omnímodo del Estado. La línea entre los símbolos del Partido Baaz y los del Estado se volvía cada vez más estrecha y destruía todos los principios de la nación y el Estado.
El ISIS nació del fracaso del Baaz. Los baazistas lo saben muy bien, e intentan regresar a la sociedad de Raqa y de Mosul a través de vestimentas y doctrinas islamistas. El mayor problema es que no han aprendido de sus errores del pasado. Están repitiendo las mismas equivocaciones del periodo 1963-2011: avaricia, autoritarismo, culto a la personalidad, nepotismo, malversación.
El problema es con Abu Bakr al Bagdadi y con la radicalización que inspira, y no con el Estado Islámico o el califato. Si las condiciones fueran propicias y el califa fuera un líder capaz y cuerdo, muchos no se quejarían de él. Imaginemos qué ocurriría si algún día se produce un golpe en el Estado Islámico y se derroca a Abu Bakr al Bagdadi. Los golpes de Estado son frecuentes en el mundo árabe, y más aún en Siria y en Irak. Después de todo, el califa está rodeado de generales de un ejército, y todos ellos están bien entrenados en política de golpes. Tal vez los líderes de la acción militar ejecutarían al califa alegando que se había alejado de los principios básicos del islam, culpando de todo a al Bagdadi. Si éste fuera sustituido por un califa que prometiera no intervenir, que llevara un traje moderno y se recortara la barba; si se tratara de alguien que no ordenara la decapitación de los prisioneros o la destrucción de las estatuas, ¿habría más gente dispuesta a expresar apoyo público al Estado Islámico? Y, si ello ocurriera, ¿el Estado Islámico, según el tratado de Westfalia, no recibiría el reconocimiento oficial como nuevo país de Oriente Próximo, tal vez con unas fronteras bien delimitadas y con un lugar en Naciones Unidas? La historia está llena de Estados fundados por malhechores armados con grandes espadas y tácticas brutales. Para integrarse a la comunidad internacional y recibir el reconocimiento de los demás, acabaron rebajando su retórica y sus prácticas, pero sólo después de garantizarse la fijación de sus fronteras. A partir de ahí, se impusieron a los demás como realidades de facto. Ése es hoy, en 2016, el futuro potencial del ISIS.

Book highly recommended for those interested in the genesis of the conflicts in Syria and Iraq and the irruption of the Daesh or Islamic State. Its strongest point is that the story does not start from the Arab Spring, like others, but it goes back to the historical background and thus you get a broader perspective of why things happen. Its main defect is an excessive number of names, some of which contribute little or nothing. I have read several books about ISIS and this is the best, the most detailed and the only one that analyzes the whole history of Islamism in Syria.

Sami Moubayed is a Syrian historian and Beirut-based journalist specializing in pre-Baathist Syria. In “Under the Black Flag”, he turns his attention to the history of Islamism in Syria and the rise of the Islamic State, which led to the current civil war. Moubayed writes in English, so this is not a translation. In his own words: “This book will delve into the ideological foundations of the Islamic State and the caliphate, taking the reader from the late Ottoman era up to the present.” Moubayed explains where the Islamic State came from, “how it has flourished, and where it might be heading.” He digs into the personalities involved, rivalries, finances, life under the Islamic State, who the soldiers are and where they came from. A history of Islamism in (mostly) Syria in ten chapters.
First the author introduces us to the history of Muslim caliphs and the quest for a more pious, purer Islam that was the foundation of modern Wahhabism. The Islamic state of the 18th century was approximately where the modern kingdom of Saudi Arabia was established in 1932. In 1924, the new secular government of Turkey fatefully abolished the Ottoman caliphate, leaving a void that has begged to be filled ever since. The self-declared caliph of the Islamic State, Abu Bakr al-Baghdadi, is the latest attempt to fill that void. Moubayed, who is Sunni himself, argues that there is a vacuum in Sunni Islam, not only for a caliph, but in Sunni leadership in general. Sunnis perceive themselves as leaderless and victimized, a condition exacerbated by their disenfranchisement in Iraq.
The chapters on political Islam in modern Syria are particularly interesting, as they set the stage for the clash between the Syrian government and Islamist factions that exploded into war in 2011. Moubayed begins with the foundation of the Syrian Muslim Brotherhood by Sheikh Mustapha al-Sibali, when there were no restrictions on political Islam in Syria during its post-colonial democracy period. After the 1963 Baathist coup, friction between Islamists and the Syrian government became more overt and violent, but the militant wing of the Brotherhood, the Fighting Vanguard, was formed earlier. A series of assassinations and bombs set by the Brotherhood in the 1970s culminated in an armed insurrection in Hama in 1982, to which the government responded with lethal force.
Outlawed in Syria, members of the Syrian Muslim Brotherhood fled into the arms of Osama bin Laden and Sheikh Abdullah Azzam in Afghanistan. Attempts by Syria’s new President Bashar al-Assad to normalize relations seem misguided in retrospect. He let a lot of Islamists out of prison, even before Syria decided to allow jihadis to transit the country into Iraq after the United States 2003 invasion. Assad’s attempts at appeasement, and then to manipulate the Islamists to his own ends, backfired, and terrorist attacks commenced in Syria. The result was an uncompromising crackdown in a futile attempt to put the genie back in the bottle. When Assad recently warned the US that making deals with Islamists was like putting a scorpion in your pocket, he knew of what he spoke.
At this point, Moubayed launches into the history of Jabat al-Nusra, founded by four Salafis in Syria in 2011 and under the command of Abu Mohammad al-Golani, and the history of “Al Qaeda in Iraq”, which began in Jordan in 1999 under the leadership of the thuggish Abu Musaab al-Zarqawi, who established the Islamic State in Iraq in 2006, shortly before he was killed. Abu Bakr al-Baghdadi ascended to its leadership, and many secular Baathists from former President Saddam Hussein’s military joined. Moubayed spends some time describing the differences and rivalry between al-Nusra and the Islamic State, which did not amount to much until the Syrian civil war.
There is a lot of discussion of the Islamic State’s government in al-Raqqa, how it finances itself, polices itself, life under the Islamic State, where the foreign jihadis come from and why, estimates of how many there are, the experiences and role of women in the Islamic State. There is more of this type of information in this book than I have found anywhere else, as the author was able to interview people who have lived under and fought for the Islamic State. Moubayed emphasizes that the Islamic State isn’t going anywhere, even if it is vanquished militarily, but laments the backwardness of its leadership and the horrific violence it has perpetrated. It never really has gone anywhere since the Brotherhood arrived in Syria in the early 20th century. It only goes dormant for a while.
I was pleased to read an account of the Islamic State by a Syrian with many contacts on the ground. Moubayed understands the Sunni perspective while not being an Islamist himself. His background in 20th century Syrian history provides much insight into the present. My only disappointment is that there was little explanation of why Islamists became so influential again in eastern Syria, or what the Syrian government and army was reacting to when it cracked down in 2011. They thought they had an Islamist uprising on their hands, but I’m not sure we’ll ever know what went on there that led to war. What was the place of the Islamists in the “Arab Spring”, and why did the government lose control so fast? This is still a mystery to me, but Moubayed has filled in the rest.

The Islamic State of Iraq and the Levant (ISIS / ISIL / IS) is a relatively new organization, born after the US occupation of Baghdad in 2003. “Dáesh” is the Arabic acronym that many Arabs and foreigners use to refer to ISIS. His followers hate that name, because it sounds ridiculous to them, and they prefer to refer to it without abbreviating it: “al Dawla al islamiya” (The Islamic State). However, its ideological roots are much older and go back, in fact, to the early years of Islam and to the generation of the first Muslims. The Islamists believe that the ultimate goal of true believers is to establish a state governed by the laws of Islamic Shari’a and ruled by a caliph, as in the early days of Islam, immediately after the death of the Prophet Muhammad, which took place in 632. That is the essential point of the ISIS ideology. The idea of ​​the caliphate has been a sacred dream that has been handed down from generation to generation among the Islamists. Famous jihadists such as Osama bin Laden and Abu Musab al Zarqawi have harbored that same dream. From the beginning the Syrian jihadists wanted to re-found a caliphate in Damascus, the ancient capital of the glorious Umayyad dynasty more than 1,200 years ago. That is where Islam forged its first empire, with its own civil service, internal security, naval army and postal service. It was from there that Islam expanded to reach territories as far away as China and Spain, turning “infidels” along the way. The Syrian jihadists see themselves as a continuation of those powerful Muslim leaders, such as the line of Sunni Muslim Orthodox successors of the Prophet Muhammad: Abu Bakr al Sidiq, Omar ibn al Jatab, Utman ibn Afan and Ali ibn Abi Talib.

The term “caliph” means, literally, “successor of Muhammad”, the prophet of Islam. On paper, the caliph governs a sovereign state that comprises the global Muslim community, known in Arabic as the uma. According to the Sunni Muslims, the first to occupy that position was the neighbor, friend and trusted companion of the Prophet, Abu Bakr al Sidiq in the year 632. The people called him “Jalifat Rasul Allah” (Successor of the Messenger of God). The caliph had to be chosen by consensus among the entire Muslim community. Sunni Muslims claim that the caliph’s lineage must go back directly to the powerful tribe of the Mecca of the Corachites or to any of its sub-branches, since Mecca is the cradle of Islam. The Prophet himself belonged to the Corachite tribe of Banu Hashim. In contrast, the Hanafi school of Islam believes that the Nocorachites can also take over the caliphate, which explains why the Ottoman sultans came to lead a Muslim empire even though none of them came from the aristocracy of Mecca. The Shia Muslims, on the other hand, believe that coming from a remarkable family in Mecca is not enough to become a Caliph. Potential aspirants must descend, specifically, from the Ahl al Bayt (the family of the Prophet).
Besides the lineage, the conditions to become a caliph are quite clear. The caliph must be a man. Women are not allowed to take office. The caliph is required to lead the masses during prayer, and according to the Qur’anic tradition a woman can not and can not, in fact, appear in a mosque occupied only by men. The caliph must know a lot about Islam; he must be fair, trustworthy and of irreproachable morals. He must also be physically fit, spiritual, courageous and capable of protecting the UMA against his enemies.

All these Islamic groups are loyal disciples of Ibn Taymiya. When asked to justify why they kill Christians, for example, the members of ISIS cite the ancient works of Ibn Taymiya as the foundation of their ideology. The invisible connection between Wahhabism of the eighteenth and nineteenth centuries and ISIS of the 21st century does not necessarily imply that Saudi Arabia is directly behind the rise of all jihadism in the world today. Even so, the contemporary jihadists are the intellectual result of a school of thought founded in the Arabian Desert in 1744. This school finds fertile ground in the psyche of the Saudi officialism and in the books of the theorists of that country. Without Wahhabism there would be no Saudi Arabia, no Islamic State, today, in Raqa, nor would there be any talk of al Qaeda or ISIS.
Oil-rich Saudi Arabia has been selling its own version of Islam for years. Under the long mandate of King Fahd (who reigned between 1982 and 2005), for example, Saudi Arabia financed 210 Islamic centers around the world, as well as 1,500 mosques, 202 Islamic faculties and 2,000 schools. All of them, from Nigeria to Malaysia, were full of Wahhabi scholars and books. Saudi teachings and influence have spread across the length and breadth of the world, reaching Bosnia, Chechnya, London, Canada and the United States.

The jihadist groups that operate today in Syria are not new. Although many were born after the outbreak of hostilities in the country, in 2011, their ideological roots go back to the Syrian branch of the Muslim Brotherhood, which was established in the mid-1940s. That was when the idea of ​​an Islamic State led by a caliph began to take shape in the minds of the people, long before it saw the light in certain parts of the north of the country almost seventy years later.
Nor is ISIS alien to the historical struggle with the Syrian regime, although it is something that plays a less central role in its rhetoric than in that of al Nusra. When the Islamic State seized the ancient city of Palmyra, located in the heart of the Syrian desert, the media linked to it showed with pride the demolition, by the troops of the Baghdadi, of the infamous military prison of Tadmur , in which hundreds of Muslim Brothers had been imprisoned and systematically tortured since the 1970s.
The 1982 Hama bloodbath was a blow to the Muslim Brotherhood, and it was a turning point in the lives of the Syrian jihadists. Hundreds of its members were tried by military courts, which sentenced them to death or prison terms. The few who survived fled to Saudi Arabia, Jordan and Iraq. Both the Saudi and Jordanian monarchs and the Iraqi president denied them access to the media. It was feared that their defeat would encourage the resentment and ambitions of the supporters of the Muslim Brotherhood in those three countries. When the leaders of the organization managed to appear on the radio or on some Arab television channel, they took the opportunity to complain that they had been denied justice, and called on the Syrian jihadists to regroup, evaluate what had failed and avenge what they had done. It had happened in Hama. But it was too late. The entire apparatus of Syrian jihadism had begun to crumble from inner side.

The Islamic State of Iraq was in serious difficulties. The elimination of al Zarqawi, which was joined by successful counter-terrorism operations carried out by the United States through the Awakening Councils, seriously damaged al Qaeda. It also hurt the death of Bin Laden in 2011. The man who was to reverse the tide and preserve the legacy of Abu Musab al Zarqawi was one of his disciples, Abu Bakr al Bagdadi. He was not an obvious candidate to succeed him. At thirty-nine, he became the new emir of the Islamic State on May 16, 2010, after being voted by nine of the eleven members of the Shura Council. At first he was known by the informal name of Abu Dua (Father of Prayer), but he started using the one he keeps at present, “Abu Bakr”, in 2010.
ISIS and al Qaeda differ fundamentally in who they see as their main enemy, in what strategies and tactics to use when attacking that enemy and in what aspects, social and otherwise, they must emphasize. ISIS does not follow the al Qaeda strategy of the “distant enemy,” and prefers that of the “close enemy,” albeit at the regional level. Thus, the main objective of ISIS has not been the United States, but the Shia regime of Baghdad and the Baathist / Alawi regime of Damascus. While al Qaeda never became more than a group of cells scattered around the world, trying to perpetrate attacks here and there, ISIS is effectively establishing an army and a protostate that serves as a beacon to Islamists around the world. Al Bagdadi prefers aggressive tactics to purify the Islamic world. Al Qaeda considers the massacres of ISIS too extreme and, therefore, counterproductive.
The future of that relationship is highly unpredictable. An alliance between ISIS and the Nusra Front seems unlikely at the moment, but it can never be ruled out altogether. The Islamic State could manage to incorporate the Nusra by force. In addition, if the United States launches an extensive campaign against Nusra, it is possible that the Front will be forced to approach ISIS. Finally, if negotiations in the region lead to a Syrian rebel alliance (either Islamist, either secular, or both) to eliminate Nusra, the group could choose to join forces with ISIS to scare off the threat against their same existence. In any case, it is impossible for the Baghdadi to agree with the Golani from one to the other, but it should not be totally ruled out that he accepts to return under the wing of his former lord.

The Islamic State is rich. Unlike al Qaeda, which relied on donations from members and supporters, ISIS generates its own money. Thanks to the oil fields it controls, it has raised tens of millions of dollars in less than a year. It has produced oil in captured fields, and has even sold electricity to the Syrian government through third parties. According to a senior US Treasury, ISIS gets one million dollars a day from oil exports.
ISIS has also imposed its own valuation on goods that transit the border between Syria and Iraq. Currently the tariff is 300 dollars for trucks that transport fruits and vegetables, and 400 dollars for those who transport electronic items (televisions, air conditioners, refrigerators, mobile phones). There are patrols that inspect these trucks, theoretically to protect them from the bandits and to provide them with the receipts they must show. It has also been known that the Islamic State demands “money in exchange for protection” to entrepreneurs in the cities it occupies, for example in Mosul, in amounts that can reach $ 500,000 per month per company. At the end of 2014, ISIS announced that it plans to mint its own reserve of gold, silver and copper, and that it will issue coins identical to those used by the third caliph of Islam, Utman ibn Afan (married to one of the Prophet’s daughters).
Although nothing official has been published regarding foreign financing of ISIS, state-controlled media claim that many jihadists have confessed to having received visits from Kuwaiti, Saudi, Qatari and Libyan intermediaries. There are pro-government journalists who have accused Qatar and Saudi Arabia of financially supporting ISIS.
The extensive presence of ISIS in the media has been used by the US Air Force to locate and attack many of its soldiers and commanders, according to General Hawk Carlisle, commander of the United States Air Combat Unit.
So, ISIS has everything a state needs to survive. It has its own flag, border parameters, an active civil servant, an armed police force, media, a currency in preparation, a public coffers and a president, or caliph.

The pro-government media reported for the first time the presence of foreign jihadists fighting in northern Syria as early as 2011. Opposition activists laughed at the news and claimed it was entirely false.
In May 2014, the immolation in Idlib of a twenty-two-year-old from South Florida deserved considerable international attention. Moner Mohamed Abusalha (aka Abu Huraira al Amriki) was raised with a Jordanian father and an American mother who had converted to Islam and wore a hijab. He was polite and amusing, apparently a normal boy who played basketball and who liked the music of American rapper Jay Z. He traveled frequently to the Middle East with his family and decided to join the jihad in Syria after the outbreak of the war. El Frente al Nusra published a video in which he was seen carrying missiles in a huge truck, and later reported his “martyrdom”. The name he chose, Abu Huraira, is deeply rooted in the history of Islam.
The largest inflow was from Turkey and Iraq, because of the extensive shared borders. Turkey was not willing to stop the entry of those foreigners into Syria, and the situation in Iraq is even more complex, since ISIS has done away with the borders between the two countries. The jihadists enter and leave Syria with almost total impunity. The Norwegian Institute for Defense Research estimates that in 2013, between 1,132 and 1,707 Europeans from 12 countries have joined the fight in Syria. The majority came from France (200-400), Great Britain (200-300), and Belgium (100-300). Their lack of experience was notorious, given that of the 600 considered “martyrs” in the first six months of 2013, less than 20 were experienced fighters in previous battles fought in Afghanistan and Libya.
ISIS was the only true state of the entire so-called Arab world. Its capital was in Raqa, its army was the ISIS and its borders were defined by any territory that was under the control of it. Belonging to any other organization was to be on the wrong side of history. Second, ISIS intended to further threaten the countries of the international coalition, and chose to do so by showing fighters from the same nations that were bombing the Islamic State from the air. In third and most prominent place, ISIS tried to show to what extent it had become an international organization. That feeling of ego very grown is a subject that goes more in the territories controlled by ISIS. They also do not like to be referred to as an Iraqi or Syrian organization. That too is becoming too small for their ambitions, both territorially and demographically. ISIS is very proud of its British, French and American members. These are the jewel in the crown of the terrorist organization, and will carry it from the level of a militia to that of a nation-state. ISIS is willing to give them more than passports in exchange for what they expect from them, as builders of that nation-state, in the years to come.

ISIS has been so involved in the recruitment of foreign women that it has gone so far as to open a “marriage office” in the town of al Bab, near the border with Turkey. That’s where the women who come from the West are registered and where they officially marry them with their jihadist boyfriends. Some of them already have relations in the distance with them, but many go to the land of the caliphate without having ever seen their future husband, and without having even heard the voice. Their profiles are annotated and the jihadists who seek a wife are described (couples are not allowed to see each other’s faces until the link ceremony ends). In Islam, paternal approval is essential in every marriage. It is a complicated issue that has slowed the process, says Jennifer, the American wife of an ISIS official, Zain al Abidin al Shami. In some cases, the Islamic State appoints a guardian, usually an elder of the place, to “bless” the marriage.
The free publicity that these women have generated from ISIS, coupled with their activism in the networks, undoubtedly strengthens a discourse according to which ISIS is not a terrorist group, but an Islamic State to which all Muslims must join. It is, simply, a State like any other, with its family values, its social norms, its state institutions, its flag, its police, its army. These women try to bring a female “normality” to the Islamic State, and they have received an explicit blessing to their activities from none other than the very caliph, Abu Bakr al Bagdadi. It is in the public domain that in Raqa, according to the wife of an ISIS fighter, the caliph wants to increase the ratio of women in the Islamic State. Supposedly, on one occasion he said: “This State has no future if it only has men. Never in my life have I heard that there was a State without women. We need more women! ” And not only that, Baghdadi wants them to be more than “child factories”, and calls women engineers, doctors, nurses, teachers and combatants to go to Raqa. The caliph wants to give these women with experience and university degrees who swear full allegiance to ISIS a piece of land, a place of residence fully furnished and astronomically high salaries compared to others offered by the Islamic State.
The ISIS commanders, led by al Bagdadi, are aware that, because they live in a war zone, their days are numbered. If they do not die today, they will die tomorrow, and if they do not die tomorrow, they may die within a week, or a month. That is, after all, the key to jihadist thinking. Ultimately, the role of these jihadist pioneers is to establish a sustainable state that outlives its founders. And that’s where women come into play in their procreative role. As mothers, they have the responsibility to indoctrinate babies of ISIS. It is still too early to know how these children will grow, and in what environment. According to ISIS statistics, approximately 220 children were born to residents of the Islamic State in 2014. Only time will tell whether those children will someday revolt against their parents or grow up to become full-fledged soldiers who will serve at the forefront of the first generation of those born under the mantle of ISIS, which will reach the age of fighting in little more than a decade.

The rapid advance of ISIS across Europe and North Africa will force a change in the war on terror. At the beginning of 2016, the world has already realized that ISIS is no longer just a threat to the Middle East, relying on the borders of Syria and Iraq, two countries torn by war. At this moment it has reached the other coasts of the Mediterranean and has settled in the heart of Europe. Darna and Sinai look worryingly like Raqa and Mosul. If it is not fought immediately, nothing will prevent ISIS from hitting also in Cairo and Tripoli. Your black flag seems to be everywhere. Fear is in the air, and no one has answers about why it is moving forward and what to do to end it. It is something that has to do with multiple realities. One, of course, is the failure of the coalition led by the United States and created in September 2014. Another is the desperate lack of money that local communities have, wherever they come from. And ISIS provides both in Raqa, Mosul, Darna and Sinai.
It explains the expansionism of ISIS is that Abu Bakr al Bagdadi is a good strategist who does not squeeze more than he can cover. If the decision was not his, then it was his Iraqi chief lieutenants, who since the days of Saddam Hussein know that from a military point of view it is madness to try to reach more than what is possible. To date, Baghdadi and his generals have refused to offer more than words and technical advice to their North African allies. They have not let themselves be carried away by the requests for help they have received from Libya and Egypt. Had they acted otherwise, they might have made the grave mistake (from the point of view of ISIS) of sending troops to those territories torn by war, thus leaving their main base, which is Syria which is unassisted and exposed.
The expansion of North Africa makes it clear that ISIS will not go anywhere else in the immediate future.
That expansion will make it wear out and end up destroying ISIS, as both President Obama and Putin have promised, it will be an almost impossible task. Even if a large coalition or group of coalitions were able to destroy ISIS in Syria and Iraq, other similar plans would have to be organized in Libya and other parts of Africa. The process could go on for decades. As for Europe, ISIS has demonstrated its ability to attack in the heart of the continent. The attacks in Paris have baffled the world and have shaken the social peace in France. There has been little that the French air force has been able to do in retaliation, because the air force, by itself, has proved useless in defeating ISIS, and even less seriously hurting it. The sleeping cells and the lone wolves would take the fight to the heart of Europe, and attack the other side of the enemy lines. Even more important is the impact of radicalization on the process of integration of generations of immigrants into Europe. While YouTube videos from Syria and Iraq continue to be published on the Internet, ISIS will gain support among disenchanted European Muslim youth, endangering social peace, which poses a much greater threat than the occasional random attack here or there.

The societies in which ISIS has prospered suffered from very long-term ills, military governments, sectarianism, lack of social mobility, unemployment, unequal distribution of wealth and low levels of education. Those who joined ISIS did not do so solely for the money and the long swords of Abu Bakr al Bagdadi; they did it because their previous societies had disintegrated and failed them, allowed them to rot in poverty and ignorance. Ironically, the “citizenship” of the Islamic State is composed mainly of rural inhabitants who are often the children and grandchildren of the same families that formed the nucleus of the Baath Party Government from 1963 onwards. who created Baathism, and now they are the incubators of ISIS. Islam is, without a doubt, a reason, but so is the failure of Baathism itself.
As Baathism dominated the State, it controlled the media and the judicial establishment, hindering the operation of the rule of law and the scrutiny of the people on the affairs of the State. Baathism became a series of closed circles, with particular interests, that promoted a culture of favoritism and discrimination against non-Baathists. The direct result of that monopoly was corruption, a beast always hungry that consumed the economic and moral resources of the State and kidnapped the potential of the Syrian and Iraqi peoples. The situation, in the long run, ended up destroying completely those same societies that the Baath Party had promised to develop.
For fifty years, Baathism and the State merged into one thing. As a result, the party became bulky, disorganized and very vulnerable from within. Because of exclusivity, implicit political immunity, lack of competition and lack of scrutiny, Ba’athism became an active generator of corruption at the political and business level. Joining the Baath Party meant one thing to a new class of opportunists: access to power. The plugging, the nepotism, the influence peddling, the conspiracy, the extortion, the blackmail … All this grew during the Baathist regime, in many cases because of its omnipotent control of the State. The line between the symbols of the Baath Party and those of the State became increasingly narrow and destroyed all the principles of the nation and the State.
ISIS was born from the failure of Baaz. The Baathists know this very well, and try to return to the society of Raqa and Mosul through Islamic dress and doctrines. The biggest problem is that they have not learned from their past mistakes. They are repeating the same mistakes of the period 1963-2011: greed, authoritarianism, cult of personality, nepotism, embezzlement.
The problem is with Abu Bakr al Bagdadi and with the radicalization he inspires, and not with the Islamic State or the caliphate. If the conditions were propitious and the caliph was a capable and sane leader, many would not complain about him. Imagine what would happen if one day a coup was produced in the Islamic State and Abu Bakr was toppled to Baghdadi. Coups d’état are frequent in the Arab world, and even more so in Syria and Iraq. After all, the caliph is surrounded by generals of an army, and all of them are well trained in blow politics. Perhaps the leaders of the military action would execute the caliph, alleging that he had moved away from the basic principles of Islam, blaming everything on the Baghdadi. If he were replaced by a caliph who promised not to intervene, who wore a modern suit and trimmed his beard; if it were someone who did not order the beheading of the prisoners or the destruction of the statues, would there be more people willing to express public support for the Islamic State? And, if that were to happen, would the Islamic State, according to the Treaty of Westphalia, not receive official recognition as a new country in the Middle East, perhaps with well-defined borders and a place in the United Nations? History is full of states founded by evildoers armed with great swords and brutal tactics. To be integrated into the international community and receive the recognition of others, they ended up reducing their rhetoric and their practices, but only after ensuring the establishment of their borders. From there, they imposed themselves on others as de facto realities. That is today, in 2016, the future potential of ISIS.

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