Oriente Medio, Oriente Roto: Tras Las Huellas De Una Herida Abierta — Mikel Ayestaran / Middle East, Broken East: Behind the Traces of an Open Wound by Mikel Ayestaran (spanish book edition)

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«Los periodistas vamos a los lugares de los que escapan los civiles» Esta frase revela la difícil, intensa, arriesgada y valiente realidad de la labor informativa que ha llevado a cabo Mikel Ayestaran en las zonas de conflicto en las que ha estado. Y que refleja a través de éste interesantísimo libro.
Nos ha mostrado y acercado, desde primera línea, a ese «Oriente» (del que conocemos mayor y desafortunadamente por los telediarios), inmerso en hostilidades y disputas religiosas, politicas y con tantos intereses creados, desde sus vivencias y experiencias personales, que han captado toda mi atención desde el principio.
Mikel Ayestarán no defrauda con Oriente Medio, Oriente roto. En él cuenta todas sus andanzas por estas tierras y lo hace desde un punto de vista muy cercano, evidentemente, que hace que te metas de lleno en sus historias, que te contraigas, que te de pena y sobretodo que comprendas ciertas cosas que no entiendes si sólo te limitas a oir el telediario del canal de turno.

Cuando uno llega por primera vez a Irán, le sorprende la cantidad de retratos de Jamenei y Jomeini (que parece siempre malhumorado) que hay en los edificios oficiales. Ruhola Jomeini fue la pieza clave de la revolución de 1979 que derrocó a la monarquía encabezada por el sah, el auténtico guía espiritual y político de un movimiento que dio un giro a la historia reciente del país. Irán pasó de ser un aliado regional de Estados Unidos, con una élite que vivía mirando a Occidente, a aprobar una república islámica que pronto etiquetó de «gran Satán» a su antiguo aliado. El país se echó a las calles para protestar por la complicada situación económica y las fuertes desigualdades; fue un movimiento heterogéneo formado por grupos de diferentes tendencias, pero los religiosos eran los que mejor organizados estaban y contaban con el carisma de un Jomeini que acabó por monopolizar la revuelta. Hijo y nieto de clérigos, Jomeini obtuvo el título religioso de ayatolá en 1950, y desde mediados de los sesenta vivió exiliado en Irak y Francia debido a sus críticas a un sah a quien la fuerza de la calle obligó a escapar del país. Con el sah fuera de juego, Jomeini regresó y fue recibido como un ídolo en una jornada en la que millones de iraníes acudieron a recibirle. En pocos días logró organizar un referéndum y obtuvo el apoyo masivo de la población al sistema islámico que hoy sigue vigente, un sistema en el que quien manda de verdad es el Guía o Vali-ye Faqi, el jefe supremo de la comunidad, y cuyos decretos se consideran divinos y, por tanto, infalibles.
Jamenei se erigió en líder supremo en 1989, tras la muerte del ayatolá Ruhola Jomeini, pero nunca ha tenido el carisma de su antecesor. Con el paso de los años, además, las restricciones sociales y políticas han generado un nivel importante de descontento en parte de la población, sobre todo entre los más jóvenes, que no conocieron los años de la guerra con Irak. El sistema sobrevive, aunque con escollos como la Revuelta Verde que tuvo lugar tras las elecciones de 2009, en las que el sector reformista se echó a las calles pidiendo apertura, pero en muchos momentos da sensación de agotamiento.

Tiro es la última ciudad habitable; desde aquí hasta la frontera la situación es horrible. Israel ha borrado del mapa pueblos enteros. Huele a muerto. Seguro que hay muchos cadáveres bajo los escombros, pero no podemos hacer nada. Ni disponemos de equipos para sacar los cuerpos ni ellos nos lo van a permitir. Han castigado tanto los caminos que hay ciudades a las que es complicado llegar incluso caminando».

Estados Unidos cuenta con ciento cincuenta mil hombres en Irak en estos momentos, y los candidatos a la presidencia debaten su posible retirada. Los demócratas ya barajan incluso un plazo de dieciséis meses para el repliegue, mientras que los republicanos, aferrados al legado de Bush, prefieren no dar fechas y solo ven posible la salida «cuando se derrote a la amenaza terrorista», según repiten en sus intervenciones. Hace tiempo que dejó de ser un secreto que la invasión se basó en la mentira de las armas de destrucción masiva, pero la figura de Osama Bin Laden y la huella del 11S siguen siendo suficiente motivación para hombres como el capellán Causey, que defiende que su país «tuvo que ir a la guerra para acabar con uno de los males que estaba asolando el mundo. Cinco años después, Sadam no está en el poder y este pueblo tiene en sus manos todas las opciones de futuro, es un pueblo libre».

La dictadura creó en 1991 el Comité por los Derechos Humanos y Derechos Fundamentales para que le informara de la situación de las treinta prisiones del país, y lo hizo justo dos años después de ilegalizar el partido islamista En Nahda («renacimiento», el brazo de los Hermanos Musulmanes en el país), encarcelar a sus líderes y seguidores, cerrar las madrasas, prohibir el hiyab y permitir la apertura de las mezquitas solo para las oraciones. «La mayor parte de las quejas que recibíamos eran del período anterior al ingreso en prisión. La policía tiene un máximo de seis días para interrogar a los detenidos, pero se falseaban las fechas, y [los detenidos] pasaban mucho más tiempo en dependencias policiales, donde se podían producir malos tratos. El problema de verdad en las cárceles de la era de Ben Alí es que estaban superpobladas; en los treinta centros de Túnez llegamos a tener veintitrés mil reclusos. Desde el interior de las cárceles, sin embargo, no llegaban muchas denuncias de tortura, y, oficialmente, no me consta ninguna de desaparición hasta el momento, pero sería comprensible teniendo en cuenta el tipo de régimen [que gobernaba]», informa el exministro, quien además lamenta: «La justicia, como el resto de las instituciones, era sumisa al partido del Gobierno y adoptaba las decisiones en función de sus intereses. El poder ejecutivo controlaba las decisiones de la justicia; no había separación de poderes».

El espíritu revolucionario de Túnez no tardó en contagiarse a Egipto. El Zine el Abidine Ben Alí local se llama Hosni Mubarak y gobierna desde 1981, tras el asesinato de Anuar el Sadat en un atentado mientras presidía un desfile militar. Mientras los tunecinos apretaban al nuevo Gobierno interino para que purgara del todo las instituciones y los islamistas de En Nahda se movilizaban para facilitar el retorno de sus líderes al país después de décadas de represión, los egipcios salieron por primera vez el martes 25 de enero, bautizado como «Día de la Ira» (en la línea en la que se nombran este tipo de jornadas en toda la región), a la céntrica plaza cairota Tahrir, para pedir cambios en un sistema caduco y podrido por la corrupción en el que el ejército había logrado convertirse en una especie de Estado dentro del Estado, algo parecido a lo que ocurre en Pakistán. Las protestas se extendieron a Alejandría, Suez e Ismailía. Las peticiones de la calle se repetían, y el ejemplo del pequeño Túnez espoleaba al enorme Egipto, un país de más de ochenta millones de personas, que viven concentradas en la cuenca del Nilo; un país clave en el mundo árabe. El régimen respondió con dureza, pero los militares se mantuvieron al margen desde el primer día. Mubarak acusó a los Hermanos Musulmanes de estar detrás de este primer Día de la Ira, que puso en marcha la cuenta atrás para la caída del régimen.
Es el final feliz de una revolución que ha tumbado al régimen. Egipto está de fiesta y los egipcios saben cómo vivir cada segundo de este momento histórico. El mañana parece tan lejano como duro, pero ahora los revolucionarios solo quieren disfrutar de su victoria.

(Yemen) Todo parece tan idílico que no puede ser… Esta región es tan retorcida que algo tiene que fallar; no sé qué, pero algo. La revuelta parece bien encauzada, pero la fuerte presencia de Al Qaeda en la península Arábiga, la diferencia sectaria en hutíes y suníes, las ansias separatistas en el sur… Demasiadas cosas a la vez en un mismo sitio. Con esta idea rondándome la cabeza, salgo de la plaza después de toda una jornada con los manifestantes. Hora de descansar entre los muros de hormigón de la embajada y recargar baterías, literalmente. Todas las noches, esté donde esté, repito el mismo ritual con cámaras, ordenadores y, sobre todo, teléfonos. Los teléfonos son mis compañeros de sueño. Una oreja en la almohada, la otra en el dichoso teléfono.

Silia es una tranquila área rural con una pista de tierra que lleva directamente hasta el desierto. Los hombres de Gadafi tenían clara la vía de escape, pero la OTAN frustró sus planes. «No nos dijeron que Gadafi iba en los coches, pero nos avisaron de que podía ser alguien importante», aseguran combatientes presentes en el momento de la captura y que nos acompañan por Silia, donde arramblan con todo lo que se puede, que no es mucho. El honor de cazar al dictador recayó en los hombres de las brigadas Al Nemer, Sahal Sharqui y Al Wadi, todas de Misrata. El cinturón creado por los mandos rebeldes fue efectivo, y gracias a su despliegue en los accesos a la ciudad se encontraron cara a cara con Gadafi.
“muerto Gadafi, no hay opción de supervivencia para el régimen». Tomo notas sobre la marcha y a toda prisa. Uso uno de esos bolígrafos de tinta que tarda en secarse. Me mancha los dedos y conforme más escribo, más emborronada queda mi Moleskine, pero no puedo parar. Estoy escribiendo los últimos instantes de Gadafi, historia viva que queda ahora registrada en este pequeño cuaderno de tapa dura y color negro, historia tan poco clara entre los borrones de tinta azul como el futuro de una Libia con demasiadas cuentas pendientes con el pasado.

De 2006 a 2011, Siria fue para mí un oasis en Oriente Medio. Una especie de comodín, de base de operaciones segura y barata a la que recurría cada vez que tenía un tiempo muerto entre breaking news y breaking news. La única condición no escrita que había que cumplir era no meter las narices en los temas nacionales y solo cubrir una historia tras obtener los permisos de rigor del Ministerio de Información. Un requisito no demasiado complicado de cumplir teniendo en cuenta que a los editores no les interesaban los temas sirios. A excepción de aquella primera visita como invitado del Gobierno y una posterior que realicé en 2010 con motivo del décimo aniversario de la llegada de Bashar al poder.
Lo que al principio parecía un conflicto interno y civil empezó pronto a adoptar un carácter internacional debido al temor al uso de armas químicas por parte del Gobierno. El portavoz de Exteriores sirio, Yihad Makdesi, abrió la caja de Pandora al responder a una pregunta sobre el tema en una rueda de prensa asegurando que ese tipo de armas se emplearían «únicamente en caso de agresión externa». En septiembre de 2013, el ataque de Estados Unidos contra el régimen parecía inminente, ya que Washington consideró que el ejército había empleado armamento prohibido en Jobar, bastión opositor a las puertas de Damasco, y había matado a mil trescientas personas, según los informes de los servicios de inteligencia estadounidenses. Al Asad cruzaba de esta forma la «línea roja» marcada por Barack Obama al comienzo de la guerra y el castigo parecía garantizado. Faltaba solo concretar la dimensión, la duración y los apoyos finales a la ofensiva.
El futuro de los sirios pasa por las decisiones que se tomen en los despachos de Washington, Moscú, Riad o Teherán, las grandes potencias mundiales y regionales que dirimen sus diferencias en el tablero sirio. Despachos situados a miles de kilómetros de estas casetas prefabricadas de Zaatari a los que no llega el calor del té, la incertidumbre de las miradas y la impotencia de las palabras de estos sirios. «Un viaje sin vuelta atrás»; las palabras de Abu Qasem resuenan en mi interior mientras camino hacia el coche, aparcado junto a las oficinas de las agencias de la ONU en el campo. «Cuando uno sale de su casa, en lo más profundo de su ser sabe que es para no volver», me dijo un anciano palestino en el campo de refugiados de Yabalia, el más grande de Gaza. Los palestinos esperan desde 1948 la vuelta a los hogares de los que fueron expulsados por Israel; en el caso de los sirios, el éxodo solo acaba de empezar, pero ya se han dado cuenta de que es un viaje sin retorno.

De Jerusalén a Damasco, por ejemplo, hay apenas doscientos kilómetros, igual que a Beirut, pero son viajes imposibles de realizar por tierra y hay que recurrir a los aviones y a cambios de pasaporte para poder hacerlos, ya que Líbano, Siria, Irán y Pakistán no admiten pasaportes con sellos del Estado judío. Los israelíes, sin embargo, aseguran que aceptan «todos los sellos del mundo», aunque llegar al aeropuerto internacional de Ben Gurion con un pasaporte sellado por algunos de estos países es garantía como mínimo de un buen interrogatorio a la entrada. Como periodista y, sobre todo, como viajero, sueño con poder cruzar estas fronteras sin problemas, visitar a amigos de los tiempos de la guerra a uno y otro lado, y encontrar en las estanterías de la Educational Bookshop guías sobre estos nuevos viajes o avisos en su panel de anuncios de taxistas que se ofrezcan para cubrir el trayecto Tel Aviv-Beirut por la costa, o el Jerusalén-Damasco por el Golán. De momento, es ciencia ficción, y aunque se rebusque entre los miles de títulos, no hay uno solo que nos hable de un futuro de paz. «¿Quién ha empezado la guerra?» Esta pregunta se puede extender, desde el patio de la escuela de mi hija en Jerusalén, a toda la región. Mientras unos y otros se acusan de haber lanzado la primera piedra, Oriente Medio se desangra, los muros crecen y todos aquellos que pueden emigran a Europa o a Estados Unidos. Los menos, con papeles; la mayoría, de forma ilegal y sin billete de vuelta. Oriente Medio se parte en pedazos cada vez más pequeños.

«Journalists go to the places where civilians escape» This phrase reveals the difficult, intense, risky and courageous reality of the information work carried out by Mikel Ayestaran in the conflict zones in which he has been. And that reflects through this interesting book.
It has shown us and approached, from the first line, that «East» (of which we know more and unfortunately by the news), immersed in hostilities and religious disputes, politics and with so many vested interests, from their experiences and personal experiences, which have I caught all my attention from the beginning.
Mikel Ayestarán does not disappoint with the Middle East, the Middle East. He tells all his adventures in these lands and he does it from a very close point of view, obviously, that makes you jump right into their stories, that you contract, that you feel sorry and above all that you understand certain things that you do not understand if you only listen to the news of the channel on duty.

When one first arrives in Iran, he is surprised by the number of portraits of Khamenei and Khomeini (who always seems grumpy) in the official buildings. Ruhola Khomeini was the key piece in the 1979 revolution that overthrew the monarchy led by the sah, the authentic spiritual and political leader of a movement that gave a twist to the country’s recent history. Iran went from being a regional ally of the United States, with an elite that lived looking to the West, to approve an Islamic republic that soon labeled «great Satan» its former ally. The country took to the streets to protest the complicated economic situation and the strong inequalities; It was a heterogeneous movement formed by groups of different tendencies, but the religious were the ones who were better organized and had the charisma of a Khomeini who ended up monopolizing the revolt. Son and grandson of clerics, Khomeini obtained the religious title of Ayatollah in 1950, and from the mid-sixties he lived in exile in Iraq and France due to his criticism of a Shah forced by the force of the street to escape from the country. With the sah out of the game, Khomeini returned and was received as an idol in a day in which millions of Iranians came to meet him. In a few days he managed to organize a referendum and obtained the massive support of the population to the Islamic system that is still in force today, a system in which the one who really commands is the Guide or Vali-ye Faqi, the supreme head of the community, and whose decrees are considered divine and, therefore, infallible.
Khamenei became the supreme leader in 1989, after the death of Ayatollah Ruhola Khomeini, but he has never had the charisma of his predecessor. Over the years, in addition, social and political restrictions have generated an important level of discontent in part of the population, especially among the youngest, who did not know the years of the war with Iraq. The system survives, although with pitfalls like the Green Revolt that took place after the elections of 2009, in which the reformist sector took to the streets asking for an opening, but in many moments it gives a feeling of exhaustion.

Tire is the last inhabitable city; From here to the border the situation is horrible. Israel has wiped entire villages off the map. It smells like death. Surely there are many corpses under the rubble, but we can not do anything. Neither we have equipment to remove the bodies nor they will allow us. They have punished the roads so much that there are cities that are difficult to reach even walking ».

The United States has one hundred and fifty thousand men in Iraq at the moment, and presidential candidates are debating its possible withdrawal. The Democrats are even considering a period of sixteen months for withdrawal, while Republicans, clinging to the legacy of Bush, prefer not to give dates and only see the possible exit «when the terrorist threat is defeated,» as they repeat in their interventions . It has long since ceased to be a secret that the invasion was based on the lie of weapons of mass destruction, but the figure of Osama Bin Laden and the trace of 9/11 continues to be enough motivation for men like Chaplain Causey, who defends that his The country «had to go to war to end one of the evils that was ravaging the world. Five years later, Saddam is not in power and this people has all the options for the future in their hands, it is a free people ».

The dictatorship created in 1991 the Committee for Human Rights and Fundamental Rights to inform him of the situation of the thirty prisons in the country, and did just two years after outlawing the Islamist party In Nahda («rebirth», the arm of the Muslim Brothers in the country), imprison their leaders and followers, close the madrasas, prohibit the hijab and allow the opening of the mosques only for prayers. «Most of the complaints we received were from the period prior to entering prison. The police have a maximum of six days to question the detainees, but the dates were falsified, and [the detainees] spent much more time in police stations, where they could be ill-treated. The real problem in the prisons of the Ben Ali era is that they were overcrowded; in the thirty centers of Tunisia we have twenty-three thousand inmates. From the inside of the prisons, however, there were not many reports of torture, and, officially, I do not know of any disappearance so far, but it would be understandable considering the type of regime [that governed], «the former minister reports. , who also regrets: «Justice, like the rest of the institutions, was submissive to the government party and adopted decisions based on their interests. The executive power controlled the decisions of justice; there was no separation of powers ».

The revolutionary spirit of Tunisia soon spread to Egypt. The local Zine el Abidine Ben Ali is called Hosni Mubarak and governs since 1981, after the murder of Anuar el Sadat in an attack while presiding over a military parade. While the Tunisians pressed the new interim government to purge the institutions and the Islamists of En Nahda mobilized to facilitate the return of their leaders to the country after decades of repression, the Egyptians left for the first time on Tuesday, January 25, baptized as «Day of Wrath» (in the line in which this type of events are named throughout the region), to the central square of Cairo Tahrir, to ask for changes in an outdated and rotten system due to corruption in which the The army had managed to become a kind of State within the State, something similar to what happens in Pakistan. The protests spread to Alexandria, Suez and Ismailia. The requests of the street were repeated, and the example of the small Tunisia spurred the enormous Egypt, a country of more than eighty million people, who live concentrated in the Nile basin; a key country in the Arab world. The regime responded harshly, but the military remained on the sidelines from the first day. Mubarak accused the Muslim Brotherhood of being behind this first Day of Wrath, which set in motion the countdown to the fall of the regime.
It is the happy ending of a revolution that has overthrown the regime. Egypt is celebrating and the Egyptians know how to live every second of this historic moment. Tomorrow seems as distant as it is hard, but now revolutionaries only want to enjoy their victory.

(Yemen) Everything seems so idyllic that it can not be … This region is so twisted that something has to fail; I do not know what, but something. The revolt seems well channeled, but the strong presence of Al Qaeda in the Arabian Peninsula, the sectarian difference in Houthis and Sunnis, the separatist cravings in the south … Too many things at once in one place. With this idea going around my head, I leave the square after a whole day with the demonstrators. Time to rest between the concrete walls of the embassy and recharge batteries, literally. Every night, wherever I am, I repeat the same ritual with cameras, computers and, above all, telephones. The phones are my dream companions. One ear on the pillow, the other on the happy phone.

Silia is a quiet rural area with a dirt track that leads directly to the desert. Gaddafi’s men were clear on the escape route, but NATO foiled their plans. «They did not tell us that Gaddafi was in the cars, but they warned us that he could be someone important,» assure combatants present at the time of the capture and accompany us to Silia, where they take everything they can, which is not a lot. The honor of hunting the dictator fell to the men of the Al Nemer, Sahal Sharqui and Al Wadi brigades, all from Misrata. The belt created by the rebel commanders was effective, and thanks to their deployment at the entrances to the city they came face to face with Gaddafi.
«Gaddafi dead, there is no option for survival for the regime». I take notes on the fly and in a hurry. I use one of those ink pens that it takes to dry. It smears my fingers and the more I write, the more blurred my Moleskine is, but I can not stop. I am writing the last instants of Gaddafi, living history that is now recorded in this small hard cover notebook and black color, history so unclear between the blots of blue ink as the future of a Libya with too many accounts pending with the past.

From 2006 to 2011, Syria was for me an oasis in the Middle East. A sort of wildcard, safe and cheap base of operations to which he resorted every time he had a timeout between breaking news and breaking news. The only unwritten condition that had to be met was not sticking your nose in national issues and only covering a story after obtaining the necessary permits from the Ministry of Information. A requirement not too complicated to comply with, considering that publishers were not interested in Syrian subjects. With the exception of that first visit as a guest of the Government and a subsequent one that I made in 2010 on the occasion of the tenth anniversary of Bashar’s arrival to power.
What initially seemed an internal and civil conflict soon began to take on an international character due to the fear of the use of chemical weapons by the Government. Syrian Foreign Spokesman, Jihad Makdesi, opened Pandora’s box by answering a question on the subject at a press conference, saying that such weapons would be used «only in case of external aggression.» In September 2013, the US attack on the regime seemed imminent, since Washington considered that the army had used prohibited weapons in Jobar, a stronghold opposed to the gates of Damascus, and had killed one thousand three hundred people, according to reports from the American intelligence services. Asad crossed the «red line» marked by Barack Obama at the beginning of the war and the punishment seemed guaranteed. It was only necessary to specify the dimension, the duration and the final support for the offensive.
The future of the Syrians goes through the decisions that are made in the offices of Washington, Moscow, Riyadh or Teheran, the great world and regional powers that settle their differences on the Syrian board. Dispatches located thousands of kilometers away from these prefabricated Zaatari sheds where the heat of the tea does not reach, the uncertainty of the looks and the impotence of the words of these Syrians. «A trip without turning back»; Abu Qasem’s words resonate within me as I walk towards the car, parked next to the offices of the UN agencies in the field. «When you leave your house, you know in the deepest part of your being that you will not return,» an elderly Palestinian man told me in the Jabalia refugee camp, the largest in Gaza. The Palestinians have been waiting since 1948 for the return of the homes of those expelled by Israel; In the case of the Syrians, the exodus has only just begun, but they have already realized that it is a trip without return.

From Jerusalem to Damascus, for example, there are barely two hundred kilometers, just like in Beirut, but they are trips impossible to carry out by land and you have to resort to airplanes and passport changes to be able to do them, since Lebanon, Syria, Iran and Pakistan they do not admit passports with stamps of the Jewish State. The Israelis, nevertheless, assure that they accept «all the seals of the world», although to arrive at the international airport of Ben Gurion with a passport sealed by some of these countries is guarantee like minimum of a good interrogation to the entrance. As a journalist and, above all, as a traveler, I dream of being able to cross these borders without problems, visiting friends from the times of war on either side, and finding on the shelves of the Educational Bookshop guides on these new trips or notices in its panel of announcements for taxi drivers that are offered to cover the journey Tel Aviv-Beirut along the coast, or Jerusalem-Damascus through the Golan. At the moment, it is science fiction, and although it is searched among thousands of titles, there is not one that speaks of a future of peace. «Who has started the war?» This question can be extended, from the playground of my daughter’s school in Jerusalem, to the entire region. While both are accused of having thrown the first stone, the Middle East is bleeding, the walls grow and all those who can migrate to Europe or the United States. The least, with papers; the majority, illegally and without a return ticket. The Middle East breaks into smaller and smaller pieces.

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