Un Mundo Sin Ideas — Franklin Foer / World Without Mind: The Existential Threat of Big Tech by Franklin Foer

“Un mundo sin ideas” un excelente ensayo, es un libro inusualmente considerado y cautivador que se destaca de la multitud de libros que lamentan nuestra falta de privacidad y contemplación en la era de las redes sociales, Internet y los pasos de las grandes compañías tecnológicas en casi todos los aspectos de nuestras vidas.
Foer usa una buena combinación de historia, filosofía y eventos actuales para decirnos cómo las compañías tecnológicas y especialmente los “cuatro grandes” (Google, Amazon, Facebook y Apple) no solo nos distraen sino que transforman nuestras vidas en vidas que administrados y controlados por sus productos cada momento de vigilia (y de sueño). Es especialmente bueno para describir cómo algunas de estas nuevas tecnologías, como la IA, reflejan tanto las promesas como los temores planteados por filósofos pioneros como Descartes y Leibniz. También es interesante la discusión de Foer sobre cómo el movimiento contracultural de la década de 1960 que concibió todo como parte de una red socialista conectada generó paradójicamente la era de Big Tech, incluso cuando personas como Steve Jobs que supuestamente adoptaron una filosofía comunal convertida en multimillonarios preocupados por su fondo líneas. A pesar de toda la charla de individualismo y pensamiento libre que promovían los líderes de la contracultura y la tecnología, gran parte de Big Tech está realmente orientada a decirnos cómo deben vivirse nuestras vidas. En el pasado, otras compañías también nos han dicho las mismas cosas, pero Big Tech plantea un temor único en su omnipresencia y omnipresencia. El autor está en lo cierto cuando nos dice que no confiemos en los lemas utópicos pero, en última instancia, egoístas que ofrecen estas compañías, como “La información quiere ser libre” y “No seas malvado”. Nada de eso realmente importa para las compañías tecnológicas que son fundamentalmente corporaciones.
También hay una sección interesante en el libro sobre cómo las crecientes ventas de libros en papel y librerías tradicionales hablan de una profunda necesidad de contemplación privada que los seres humanos parecen ansiar. Para mí, esta necesidad fundamental brinda la mayor esperanza de por qué los individuos finalmente rechazarán el control total de la tecnología conectada. En su “No hay lugar para esconderse”, el periodista Glenn Greenwald también ha comunicado este mensaje de forma efectiva, recordándonos cómo surgió el pensamiento más herético e inteligente en la historia solo cuando los hombres eran libres de pensar sin ser observados. Los libros todavía nos ofrecen uno de los mejores refugios para el pensamiento ininterrumpido y la verdadera privacidad. Incluso dispositivos como el Kindle finalmente están conectados a Internet y pueden rastrearse. Quizás el aspecto más preocupante de la influencia de Big Tech es cómo, en parte influenciados por ceder ante sus anunciantes en lugar de prestar atención a las preferencias de sus clientes, han comenzado a controlar las noticias (la compra del Washington Post por Bezos es un buen ejemplo). Esto es en gran medida en detrimento de todos, incluso cuando las personas están inmersas en sus cámaras de burbujas y se alejan del contenido sustantivo. Las elecciones del año pasado dejaron bastante claro este aislamiento paradójico.
Todos estos puntos en el libro están hechos en un lenguaje atractivo basado en una comprensión sensible y amplia de la historia, la filosofía y los medios. Pero las soluciones para reducir la influencia de Big Tech en nuestras vidas no son claras; en ese sentido, el volumen es importante para describir el problema, pero escaso en las respuestas, tal vez porque el problema es demasiado nuevo para ofrecer respuestas exhaustivas. Quizás la analogía más interesante que ofrece el autor sobre cómo podemos destetarnos del constante bombardeo de pings y alertas es con la industria de alimentos procesados. La comida procesada alguna vez amenazó con eliminar la comida orgánica y local, y sin embargo la gente ha regresado a la segunda, aunque la visión cínica de este movimiento de “retorno a la naturaleza” también la ve inspirada por el estado social y las modas pasajeras. No obstante, la historia de la industria alimentaria muestra que el activismo contracultural realmente hizo mella en la percepción de los alimentos por parte de las personas. Del mismo modo, uno puede animarse en el hecho de que, contrariamente a las predicciones del fin del mundo sobre la eliminación de los libros en papel, las ventas de libros electrónicos han disminuido en los últimos años y las ventas de libros de papel han mejorado. Tal vez haya un alma en todos nosotros después de todo.
En última instancia, es difícil ver cómo las soluciones pueden provenir de algo más que el autocontrol deliberado y la superación personal. Como dice Foer al final: “La vida contemplativa sigue estando disponible para nosotros a través de nuestras elecciones”. Quizás cuando realmente comencemos a sufrir los efectos nocivos de la sobrecarga de información y el control mismo de esa información para empezar, habrá otro movimiento de regreso a nuestro ser contemplativo. Uno ciertamente puede esperar, y el libro de Foer basa esta esperanza en un atisbo de hechos duros.

Las grandes compañías tecnológicas creen que somos fundamentalmente seres sociales, nacidos para vivir en colectividad. Invierten su fe en la red, en la sabiduría de las multitudes y en la colaboración. Albergan un profundo deseo de que el mundo atomístico se convierta en un todo. Ensamblando el mundo, pueden curar sus males. Retóricamente, las empresas tecnológicas hacen guiños a la individualidad —‌al empoderamiento del «usuario»—, pero su cosmovisión pasa por encima de ella. Incluso la invocación omnipresente a los usuarios resulta reveladora, pues no es más que una descripción pasiva y burocrática de nosotros.
Las grandes compañías tecnológicas, que los europeos han agrupado correctamente en el atractivo acrónimo GAFA (Google, Apple, Facebook y Amazon), están triturando los principios que protegen la individualidad. Sus dispositivos y sitios han colapsado la privacidad; vilipendian el valor de la autoría con su hostilidad hacia la propiedad intelectual. En el ámbito de la economía, justifican el monopolio con su creencia bien articulada en que la competencia socava nuestra persecución del bien común y las metas ambiciosas. En lo tocante al principio esencial del individualismo, el libre albedrío, las empresas tecnológicas siguen un derrotero diferente. Confían en automatizar nuestras elecciones cotidianas, tanto grandes como pequeñas.
Las grandes compañías tecnológicas han dado origen a una nueva ciencia, que aspira a fabricar productos que complazcan los gustos de sus consumidores. Quieren revisar toda la cadena de producción cultural con el fin de obtener un provecho mayor. Intelectuales, escritores independientes, periodistas de investigación o novelistas que no son éxitos de ventas son el equivalente de los pequeños agricultores, que siempre han luchado, pero que sencillamente no pueden competir en esta economía transformada.
En el reino del conocimiento, el monopolio y el conformismo constituyen peligros inseparables. El monopolio supone el peligro de que una empresa poderosa utilice su dominio para aplastar la diversidad de la competencia. El conformismo entraña el peligro de que una de esas empresas monopolísticas, de manera intencionada o involuntaria, emplee su dominio para aplastar la diversidad de opiniones y gustos. La concentración va seguida de la homogeneización.
Las empresas ya han logrado su objetivo de alterar la evolución humana. Todos nos hemos convertido hasta cierto punto en cíborgs. Nuestro teléfono es una extensión de nuestra memoria; hemos externalizado funciones mentales básicas en forma de algoritmos; hemos transferido nuestros secretos para su almacenamiento en servidores y su explotación por ordenadores. Lo que hemos de recordar en todo momento es que no solo nos estamos fusionando con las máquinas, sino también con las empresas que dirigen las máquinas.

El monopolio es el orden de cosas deseable y natural. Por ese motivo, las empresas noveles ya no sueñan con desplazar a Google o a Facebook, sino que lanzan sus empresas con la aspiración última de ser compradas por los gigantes (Google, que lleva varios años yendo de compras, ha adquirido doscientas empresas). En la industria tecnológica, la encarnizada rivalidad corporativa se contempla como una imposibilidad, un anatema para la propia esencia de la red. En términos generales, los gigantes tecnológicos respetan una entente cordiale entre ellos. Por ejemplo, Apple solía insistir en que sus competidores jamás cazasen entre sus filas de empleados. La comodidad puede deducirse de los balances: Google paga 1.000 millones de dólares cada año para que Apple utilice su buscador. Mientras era director ejecutivo de Google, Eric Schmidt también era miembro del consejo de administración de Apple. Al igual que las potencias europeas decimonónicas, cada empresa hace poco por entrometerse en la esfera de influencia de las demás, compitiendo únicamente en los márgenes del imperio. Marc Andreessen, uno de los personajes más venerables de Silicon Valley, habla con franqueza de esta tendencia hacia el monopolio: «Los grandes mercados tecnológicos en realidad tienden a seguir el criterio de que el ganador se lo lleva todo. Impera la presunción de que en los mercados ordinarios puedes tener a Pepsi y Coca-Cola, pero, en los mercados tecnológicos, a la larga tiende a imponerse una empresa, o más bien la empresa número uno». Ese es el quid de la cuestión: en Silicon Valley todo es uno, siempre ha sido uno.

Google orientó sus esfuerzos hacia las mejoras graduales. Durante esa primera etapa de su historia, la compañía estuvo dirigida por Eric Schmidt, un gerente veterano y experimentado que los inversores de Google obligaron a aceptar a Page y Brin como su supervisor «adulto». Eso no quiere decir que Schmidt fuera tímido. Aquellos años fueron testigos del plan de Google de subir todos los libros del planeta, así como de la creación de productos que hoy son herramientas comunes, como Gmail, Google Docs y Google Maps.
Pero esas ambiciones nunca llegarían a satisfacer las expectativas de Larry Page. En 2011, Page volvió a ocupar el despacho de la esquina, el puesto de director ejecutivo que desempeñara en el nacimiento de Google. Y reorientó la empresa hacia las metas singularitaristas. A lo largo de los años, había entablado amistad con Kurzweil y había trabajado con él en proyectos variados. Prácticamente recién regresado a su viejo puesto, Page contrató a Kurzweil y le nombró director de ingeniería de Google. Le encomendó la tarea de enseñar a leer a los ordenadores, la clase de avance exponencial que aceleraría la llegada de la superinteligencia que Kurzweil celebra. «Esta es la culminación de cincuenta años…
Google es una empresa sin fronteras definidas, o más bien una empresa con fronteras en continua expansión. Por eso resulta espeluznante oír a Larry Page denunciar la competencia como un concepto ineficiente y oírle celebrar la cooperación como el camino hacia adelante. «Ser negativos no es la forma de progresar y las cosas más importantes no son un juego de suma cero», afirma. «¿Qué tiene de emocionante venir a trabajar si tu máxima aspiración es derrotar a otra empresa que hace esencialmente lo mismo?» Y resulta todavía más escalofriante oírle reflexionar sobre cómo Google empleará algún día a más de un millón de personas, una empresa veinte veces mayor que ahora. No se trata tan solo de jactarse de dominar una industria en la que no se enfrenta a auténticos rivales; es un alarde de dominación sobre algo mucho más vasto, una declaración de la intención de Google de imponer al mundo sus valores y sus convicciones teológicas.

Aunque Facebook hable ocasionalmente de la transparencia de los gobiernos y las corporaciones, lo que desea promover en realidad es la transparencia de los individuos, o lo que en diversos momentos ha dado en llamar transparencia radical o transparencia última. La teoría defiende que la alegría de compartir nuestros detalles íntimos desinfectará el desorden moral de nuestras vidas. Incluso si no tenemos intención de que nuestros secretos lleguen a ser de dominio público, su revelación mejorará la sociedad. Con la amenaza inminente de que se difunda nuestra embarazosa información, nos comportaremos mejor. Y quizá la ubicuidad de fotos comprometedoras y revelaciones incriminatorias nos incitará a volvernos más tolerantes con los pecados ajenos. Además, vivir nuestra vida con honradez supone una virtud. «Probablemente, enseguida llegarán a su final los días en que ofrecías una imagen diferente a tus amigos o compañeros de trabajo y al resto de la gente —‌comentó Zuckerberg en cierta ocasión—. Tener dos identidades para ti mismo supone un ejemplo de falta de integridad.»
La clave estriba en que Facebook posee una visión sólida y paternalista de lo que es mejor para ti, y está intentando transportarte hasta ella.
Facebook jamás lo expresaría en estos términos, pero los algoritmos están destinados a erosionar el libre albedrío, a aliviar a los humanos del peso de la elección, a empujarlos en la dirección correcta. Los algoritmos alimentan la sensación de omnipotencia, la creencia altiva en que nuestra conducta puede ser reconducida hacia una dirección superior, sin que seamos siquiera conscientes de la mano que nos guía. Ese ha sido un peligro permanente de la mentalidad ingenieril, a medida que esta va más allá de sus raíces en la construcción de materia inanimada y comienza a diseñar un mundo social más perfecto. Somos los tornillos y los remaches en este grandioso diseño.

Las grandes compañías tecnológicas no solo se beneficiaron del colapso económico del conocimiento. Maniobraron para triturar su valor, con el fin de que los viejos medios llegaran a depender sin remedio de sus plataformas. Esta estrategia contaba con un precedente. Cuando Apple creó el iPod, creó un dispositivo con capacidad para contener miles de canciones digitalizadas, ideal para acumular música pirateada, que a la sazón fluía libremente. Steve Jobs podía haber diseñado un iPod inhóspito para la música robada. Pero inicialmente se negó a fabricarlo de tal forma que bloqueara los contenidos sin licencia. Al mismo tiempo que el dispositivo de Jobs hacía posible la piratería, el propio Jobs censuraba el hurto digital. Su juego era ingenioso: después de empujar el negocio de la música hasta el borde del abismo, lo salvaría y llegaría a dominarlo. Dieciocho meses después de crear el iPod, abrió una tienda en línea, iTunes, que se convirtió en el lugar donde se compraba un elevado porcentaje de toda la música. Ante la piratería, los debilitados productores yacían postrados ante su nuevo salvador, por más que Apple desmembrara el álbum antaño rentable vendiendo las canciones independientes por noventa y nueve centavos de dólar. A partir de las ruinas que había contribuido a crear, Apple construyó un nuevo monopolio (el 60 % de las descargas digitales de música se vende a través de iTunes), aunque los servicios de retransmisión o streaming han empezado a debilitar su control del negocio durante décadas.
En ocasiones cuesta comprender los motivos pecuniarios de las grandes compañías tecnológicas, ya que adoptan una pose sumamente idealista. No cabe duda de que creen en su propia rectitud, pero practican asimismo astutas maniobras corporativas, con todos los trucos establecidos: el lobbying, la compra de apoyos en comités de expertos y universidades, o la donación discreta de dinero a grupos de apoyo que promueven sus intereses. El periodista Robert Levine ha escrito: «Google tiene tanto interés en los medios de comunicación gratuitos en línea como General Motors en la gasolina barata. Ese es el motivo de que la empresa invierta millones de dólares en lobbies para debilitar los derechos de autor».
Amazon, Google y Facebook lideran hoy la oferta de paquetes de artículos, libros y vídeos. Son las creadoras de un producto coherente y utilizable a partir de sus componentes dispares. Su modelo comercial es infinitamente mejor que el que han reemplazado. Google y Facebook no pagan por ninguno de los artículos que presentan al consumidor, y su escala de ofertas es infinitamente más amplia que la que jamás podrían reunir las viejas empresas mediáticas. Al fin y a la postre, están organizando la producción íntegra de la humanidad.
Aunque Zuckerberg lo niegue, el proceso de guiar al público hacia la información es una fuente de tremendo poder cultural y político. En los viejos tiempos describíamos ese poder con el término gatekeeping: el control del acceso, la selección o la regulación de la información, que se entendía como una obligación sagrada.

Amazon no aspira necesariamente a poseer industrias enteras, pero le gusta controlarlas. En el mundo editorial, Amazon se ha convertido en la tienda indispensable. Vende el 65 % de todos los libros electrónicos y más del 40 % de todos los libros. El mundo editorial depende de Amazon para su salud, una posición vulnerable e incómoda. Al mismo tiempo que las editoriales dependen de Amazon, a Amazon le gustaría destruir las editoriales, o al menos restringir drásticamente su influencia. Amazon es el principal mercado del mundo editorial a la par que su principal competidor.
Jeff Bezos se las ha ingeniado para convencer a Wall Street de que su comercio minorista no exige beneficios a corto plazo; que las ganancias trimestrales no significan nada en comparación con el horizonte de riqueza que se alcanzará una vez que Amazon consolide su dominio.
Las tácticas negociadoras de Amazon con las editoriales rayan en el sadismo. Cuanto más pequeña es la editorial, más exagerada es la presión para que acate los deseos de Amazon. Las editoriales universitarias ven esfumarse sus libros electrónicos mientras Amazon negocia términos aún más favorables para sí misma. En un momento dado, la empresa agrupó sus contratos con las pequeñas editoriales bajo una iniciativa denominada Proyecto Gacela, una etiqueta concebida a raíz del jocoso comentario de Bezos de que su equipo «debía acercarse a estos pequeños editores del mismo modo en que el guepardo perseguiría a una gacela enclenque».

La transparencia es una de las grandes promesas de la nueva tecnología y, con la transparencia, entramos supuestamente en una nueva era de la responsabilidad. Sin embargo, los monopolios del conocimiento nos llevan por el sentido contrario. Contienen el ornato de la apertura: los clientes, que pueden gritar a las empresas; el espacio para proclamar a viva voz una opinión impopular; un mundo aparentemente sin guardianes humanos. Ahora bien, si observamos con atención a Google, Facebook y Amazon, se parecen un poco a Italia, un país donde nunca está claro del todo cómo opera realmente el poder. Las reglas existen, pero nunca se explican con detalle de un modo convincente. Tenemos una conciencia tenue de que estamos siendo influenciados de manera inconsciente, pero nunca sabemos cuándo ni cómo. Vemos que a ciertas clases de informaciones se les dispensa un trato más favorable, pero ignoramos los motivos explícitos. Aunque las compañías tecnológicas predican valores liberales, ansían acceder a los mercados de países autoritarios, donde la transigencia con regímenes horrendos es el coste de hacer negocios. Facebook ha demostrado que los sentimientos nobles no son óbice para la colaboración con los censores. ¿Llegarían a hacer lo mismo aquí? Tal vez la amenaza para nuestra democracia nunca vaya más allá de la teoría. Ahora bien, ¿cómo podemos saberlo?
La incapacidad de interiorizar o quizás incluso de comprender el significado de su propia retórica acerca de la transparencia resulta significativa. La democracia estadounidense se construyó sobre un temor perfectamente justificado: la inquietud ante la posibilidad de que el poder se acumulase en una institución a expensas del resto de la gente. Las empresas tecnológicas no comparten ese temor. Cuanto más logren introducirse en nuestras vidas, tanto mejor. No existe ningún límite. Por supuesto, preocuparse por su poder no es tarea suya. Esa preocupación recae sobre el resto de nosotros y deberíamos plantear el problema con mucha más claridad: empresas a las que les resulta indiferente la democracia han adquirido un papel muy relevante en ella.

El término esencial de esta era mediática es tendencia o tema del momento (trending). Facebook y Twitter incluyen una lista de los temas en proceso de volverse omnipresentes. Y la organización de los grandes medios de comunicación dispone de un conjunto sofisticado de herramientas analíticas, la más potente de las cuales es un servicio llamado CrowdTangle, que alerta de las tendencias o temas del momento (trending topics) en el inicio del camino de ascenso hacia la popularidad. Una vez que una historia capta la atención, los medios de comunicación se fijan automáticamente en ella. Escriben sobre el tema con furor repetitivo, exprimiendo el tema en busca de clics hasta que el público pierde interés.
En ciertos sentidos, esta no es más que una versión digitalmente realzada de un aluvión mediático a la antigua usanza. Una explosión de furor moralizante explotado a fondo. Pero los medios sociales amplifican el incentivo económico para unirse a la manada. Hasta la revista más modesta tiene la posibilidad de lograr la viralidad, de atraer a millones de lectores si es capaz de empaquetar sus artículos con habilidad.
Donald Trump es la culminación de una era. Entendió que, más que en ningún otro momento de la historia reciente, los medios necesitan ofrecer al público lo que este desea, un circo que explote las tendencias y los sesgos subconscientes. Incluso si los medios desdeñaban las atrocidades de Trump, le iban convirtiendo en un personaje y un candidato plausible. Durante años, los medios de comunicación hicieron circular las teorías de Trump sobre el nacimiento del presidente Obama en el extranjero, pese a tratarse de una solemne majadería. Prestaron una atención infinita a sus calumnias iniciales a los inmigrantes, aunque los medios entendían sin lugar a dudas que esas provocaciones atizaban una atmósfera de paranoia y odio. Una vez que Trump llegó a ser un candidato plausible, los medios ya no tuvieron otra opción que darle cobertura. Pero los medios le habían conducido hasta ese punto. Las historias sobre Trump generaban la clase de tráfico que complacía a los dioses de los datos y resultaba beneficioso para el balance final. Trump comenzó como el león Cecil y acabó siendo presidente de Estados Unidos.

La relación entre los anunciantes y los medios de comunicación se ha transformado. Podemos apreciar el cambio en el lenguaje: patrocinadores. Los anunciantes ya no se limitan a adquirir propiedades para vender sus productos; actúan como una especie de mecenas del periodismo. Vemos aquí los primeros indicios de algo mucho peor. Se ha hecho habitual que las organizaciones periodísticas recluten a corporaciones y fundaciones para patrocinar su lanzamiento. Los anunciantes financian la presentación de nuevos productos periodísticos. Uno de los motivos por los que un anunciante podría desempeñar este papel es totalmente inocuo: es una buena publicidad. Pero existe otra razón más perniciosa para que paguen: el anunciante puede desempeñar un papel opaco en el moldeamiento del producto editorial.

En el pasado, los medios de comunicación constituían un trabajo a tiempo completo. Pero puede que los medios se conviertan en un empleo a tiempo parcial. Tal vez los medios dejen de ser un trabajo para convertirse en un mero pasatiempo. No hay ninguna ley que diga que las industrias tienen que conservar un tamaño determinado. Antaño existían los herreros y los obreros siderúrgicos, pero las cosas cambian. La cuestión no es si los periodistas deberían tener trabajo. La cuestión es si la gente puede conseguir la información que desea y de la forma que desea. El mercado lo decidirá. Si continuamos añadiendo valor a internet, hallaremos un modo de conseguir dinero. Pero no todo aquello que hacemos tiene que generar dinero.

Las empresas dominantes son aquellas que han acumulado los retratos más completos de nosotros. Han seguido más minuciosamente nuestro rastro mientras navegamos por internet, y poseen el poder informático requerido para interpretar nuestras navegaciones. Esta ventaja llega a ser decisiva y se acentúa con el tiempo. Se precisan bancos de datos insondables para crear máquinas que aprendan con eficacia, y solo estas megacorporaciones disponen de dichos bancos de datos. Con toda probabilidad, ningún rival de Google será jamás capaz de igualar sus resultados de búsqueda, porque ningún contendiente será capaz de igualar su historial de búsquedas o la compilación de patrones que ha desvelado.
En este sentido, los datos no se parecen al petróleo. El petróleo es un recurso finito; los datos son infinitamente renovables. Permiten continuamente que el nuevo monopolista lleve a cabo experimentos para dominar la previsión de las tendencias, para entender mejor a los consumidores, para construir algoritmos superiores. Antes de trabajar para Google como economista jefe de la compañía, Hal Varian fue el coautor de un manual esencial titulado El dominio de la información. Varian predecía que los datos exagerarían el funcionamiento del mercado: «El feedback positivo hace que los fuertes se vuelvan más fuertes y los débiles se vuelvan más débiles, conduciendo a resultados extremos».
Se trata de una convergencia inquietante: estas empresas han llegado a ser dominantes sobre la base de su vigilancia exhaustiva de los usuarios, el control absoluto de las actividades y sus dosieres cada vez más voluminosos; lo que Maurice Stucke y Ariel Ezrachi definen como «una visión divina del mercado».

Criticar el cambio puede antojarse algo parecido a agitar los puños malhumorado y oponerse al curso de la historia. Es preferible comportarse con madurez, se dice. Es mejor acceder y sacar el mayor partido de las circunstancias, y no cesar de navegar en medio de las turbulencias. Pero los redactores y los editores saben en el fondo que las concesiones se pagan más caras; y algunos lectores tienen la sensación de que existen alternativas mejores. En ciertas ocasiones todos parecemos estar de acuerdo en este punto. El triunfo electoral de Donald Trump vino acompañado de la conmoción por el reconocimiento colectivo de que nuestra cultura mediática se ha deteriorado, y de la sensación de que necesitamos protectores de la verdad más comprometidos que los irresponsables guardianes de Facebook y Google. No basta con ser conscientes del problema. Necesitamos que nuestro análisis de la situación nos guíe hacia soluciones integrales, antes de que modifiquemos de forma irreversible nuestras instituciones y valores fundamentales.

Los apologistas de internet son sumamente claros a este respecto. Internet es un medio muy diferente que inspira sus propios ritmos y sesgos intelectuales. Allí donde el papel es fijo (las palabras de una página no pueden modificarse; los libros tienen su principio y su final), internet es fluido. Como ha escrito Kevin Kelly, el mundo digital demuestra que «las cosas buenas no tienen por qué ser estáticas ni inmutables».[1] Internet es una conversación interminable, en la que cada argumento es rebatido, compartido, revisado y ampliado. Es una extensión en tiempo real de los acontecimientos del mundo, estimulante y agotadora.
Si las empresas tecnológicas aspiran a absorber la totalidad de la existencia humana en su redil corporativo, la lectura en papel es uno de los escasos resquicios de la vida que no pueden integrar plenamente. Las empresas tecnológicas lo considerarán un desafío ingenieril a la espera de solución. Todos los demás deberíamos refugiarnos a menudo en el santuario del papel. Es nuestra vía de escape de un sistema cada vez más invasor, un refugio que deberíamos ocupar conscientemente.
Ahora bien, el hecho de que la vigilancia de internet no sea totalitaria no significa que no cause daño alguno. Si nos observan tanto es para poder manipularnos. Esta manipulación es bienvenida en parte. Podemos deleitarnos con las recomendaciones musicales algorítmicas, estamos encantados de que nos muestren un anuncio de zapatillas de deporte, necesitamos ayuda informática para cribar la información masiva. Pero existe otra forma de describir la comodidad de la máquina: supone la rendición del libre albedrío; los algoritmos toman las decisiones por nosotros. Esto no es tan terrible, toda vez que la sumisión a la manipulación es en buena medida voluntaria. No obstante, es lógico que tengamos la sensación de estar entregando mucho más de lo que pretendemos y de estar siendo mucho más manipulados de lo que sabemos.
Nuestro futuro digital puede ser tan glorioso como nos anuncian, o podría tratarse de un infierno distópico. Pero, como ciudadanos y como lectores, existen buenos motivos para poner palos en las ruedas. Solo las políticas gubernamentales pueden hacer mella realmente en los monopolios que controlan cada vez más el mundo de las ideas. Pero podemos encontrar momentos para apartarnos deliberadamente de la órbita de estas empresas y de ecosistemas. No se trata de que salgamos del sistema, sino de que nos concedamos momentos para nosotros mismos.

Nuestra fe en la tecnología ya no es plenamente congruente con nuestra creencia en la libertad. Nos estamos aproximando al momento en que tendremos que perjudicar a una de nuestras revoluciones para salvar la otra. La privacidad no puede sobrevivir a la trayectoria actual de la tecnología. Nuestras ideas sobre el mercado competitivo están en peligro. La proliferación de falsedades y conspiraciones a través de los medios sociales, la disipación de nuestro común apoyo en los hechos, está creando las condiciones para el autoritarismo. A lo largo del tiempo, la larga fusión del hombre y la máquina ha resultado muy positiva para el hombre. Pero estamos ingresando en una nueva era en la que la fusión amenaza al individuo.
La naturaleza humana es maleable. No es algo fijo, pero tiene un límite, traspasado el cual nuestra naturaleza deja de ser realmente humana.
Nos hemos engañado al preocuparnos más de la comodidad y la eficiencia que de las cosas duraderas. En comparación con la alimentación sostenida de la vida contemplativa y el compromiso profundo con el texto, muchos de los placeres promiscuos de la red se están desvaneciendo. La vida contemplativa sigue estando a nuestra libre disposición mediante nuestras elecciones: lo que leemos y lo que compramos, cómo nos dedicamos al ocio y a la superación personal, nuestra resistencia ante la tentación vacía, nuestra preservación de los espacios tranquilos, nuestros esfuerzos deliberados por dominar nuestro propio dominio.

“World Without Mind” excellent essay, is an unusually thoughtful and engaging book that stands out from the crowd of books bemoaning our lack of privacy and contemplation in the era of social media, the Internet and the encroaching footsteps of big technology companies in pretty much every aspect of our lives.
Foer uses a good blend of history, philosophy and current events to tell us how tech companies and especially the “big four” (Google, Amazon, Facebook and Apple) are not just distracting us to no end but transforming our lives into ones which are managed and controlled by their products every waking (and sleeping) moment. He is especially good at describing how some of these new technologies like AI reflect both promises and fears laid out by pioneering philosophers like Descartes and Leibniz. Also interesting is Foer’s discussion of how the counterculture movement of the 1960s that envisaged everything as part of a socialist connected network paradoxically spawned the era of Big Tech, even as people like Steve Jobs who purportedly embraced a communal philosophy turned into billionaires caring about their bottom lines. For all the talk of individualism and free thought that the counterculture and tech leaders touted, much of Big Tech is really geared toward telling us how our lives should be lived. In the past other companies have also told us the same things, but Big Tech poses a unique fear in its all-pervasive influence and ubiquity. The author is right when we tells us not to trust the utopian-sounding but ultimately self-serving mottos offered by these companies, like “Information wants to be free” and “Don’t be evil”. None of that really matters to tech companies which fundamentally are corporations.
There is also an interesting section in the book on how the increasing sales of paper books and brick-and-mortar bookstores speaks to a deep need for private contemplation that humans beings seem to crave. To me this fundamental need provides the biggest hope for why individuals will ultimately reject total control of connected technology. In his “No Place to Hide”, journalist Glenn Greenwald has also effectively communicated this message, reminding us how the most heretical and intelligent thinking arose in history only when men were free to think without being watched. Books still offer us one of the best refuges for both uninterrupted thinking and true privacy. Even devices like the Kindle are ultimately connected to the Internet and can be tracked. Perhaps the most concerning aspect of Big Tech’s influence is how, partly influenced by kowtowing to their advertisers rather than heeding their customers’ preferences, they have started to control the news (Bezos’s purchase of the Washington Post is a case in point). This is largely to the detriment of all, even as people are immersed in their bubble chambers and shut out from substantive content. Last year’s election made this paradoxical isolation quite clear.
All these points in the book are made in engaging language grounded in a sensitive and broad understanding of history, philosophy and the media. But the solutions to reducing Big Tech’s influence over our lives are not clear; in that sense the volume is big on describing the problem but sparse on answers, perhaps because the problem is too new to offer comprehensive answers. Perhaps the most interesting analogy the author offers for how we might wean ourselves from the constant barrage of pings and alerts is with the processed food industry. Processed food once threatened to wipe out organic and local food, and yet people have returned to the latter, although the cynical view of this “return to nature” movement also sees it inspired by social status and fads. Nonetheless, the history of the food industry shows that countercultural activism actually made a true dent in people’s perception of food. Similarly one can take heart in the fact that, contrary to doomsday predictions about the obliteration of paper books, e-book sales have actually dropped in recent years and paper book sales have improved. Perhaps there is a soul in all of us after all.
Ultimately it’s hard to see how the solutions can come from anything other than deliberate self-control and self-improvement. As Foer says at the end, “The contemplative life remains available to us through our choices”. Perhaps when we truly begin to suffer from the harmful effects of information overload and the very control of that information to begin with, there will be another movement back to our contemplative selves. One can certainly hope, and Foer’s book grounds this hope in a glimmer of hard facts.

The big technology companies believe that we are fundamentally social beings, born to live collectively. They invest their faith in the network, in the wisdom of the crowds and in collaboration. They have a deep desire for the atomistic world to become a whole. By joining the world, they can cure their ills. Rhetorically, technology companies wink at individuality – at the empowerment of the “user” – but their worldview goes over it. Even the omnipresent invocation to the users is revealing, since it is nothing more than a passive and bureaucratic description of us.
The big technology companies, which the Europeans have correctly grouped in the attractive acronym GAFA (Google, Apple, Facebook and Amazon), are crushing the principles that protect individuality. Your devices and sites have collapsed privacy; they vilify the value of authorship with their hostility to intellectual property. In the field of economics, they justify monopoly with their well-articulated belief that competition undermines our pursuit of the common good and ambitious goals. Regarding the essential principle of individualism, free will, technological companies follow a different path. They rely on automating our daily choices, both large and small.
The big technology companies have given rise to a new science, which aspires to manufacture products that please the tastes of its consumers. They want to review the whole chain of cultural production in order to obtain a greater profit. Intellectuals, independent writers, research journalists or novelists who are not sales successes are the equivalent of small farmers, who have always struggled, but who simply can not compete in this transformed economy.
In the realm of knowledge, monopoly and conformism are inseparable dangers. Monopoly is the danger that a powerful company uses its domain to crush the diversity of competition. Conformism entails the danger that one of these monopolistic companies, intentionally or involuntarily, uses its domain to crush the diversity of opinions and tastes. Concentration is followed by homogenization.
Companies have already achieved their goal of altering human evolution. We have all become cyborgs to some extent. Our phone is an extension of our memory; we have externalized basic mental functions in the form of algorithms; We have transferred our secrets for storage on servers and their exploitation by computers. What we have to remember at all times is that we are not only merging with the machines, but also with the companies that run the machines.

Monopoly is the desirable and natural order of things. For this reason, startups no longer dream of moving Google or Facebook, but launch their companies with the ultimate aspiration to be bought by the giants (Google, which has been shopping for several years, has acquired two hundred companies). In the technological industry, the bitter corporate rivalry is seen as an impossibility, an anathema to the very essence of the network. In general terms, technological giants respect a cordial cord between them. For example, Apple used to insist that its competitors never hunt among its ranks of employees. The comfort can be deducted from the balances: Google pays 1,000 million dollars every year for Apple to use its search engine. While he was executive director of Google, Eric Schmidt was also a member of the board of directors of Apple. Like nineteenth-century European powers, each company does little to interfere in the sphere of influence of others, competing only on the margins of the empire. Marc Andreessen, one of the most venerable characters in Silicon Valley, speaks frankly of this trend towards monopoly: “The big technology markets tend to follow the criterion that the winner takes everything. There is a presumption that in ordinary markets you can have Pepsi and Coca-Cola, but in technological markets, in the long run, a company tends to impose itself, or rather the number one company. ” That is the crux of the matter: in Silicon Valley everything is one, it has always been one.

Google oriented its efforts towards gradual improvements. During that first stage of its history, the company was led by Eric Schmidt, a veteran and experienced manager who Google investors forced to accept Page and Brin as their “adult” supervisor. That does not mean that Schmidt was shy. Those years witnessed Google’s plan to upload all the books on the planet, as well as the creation of products that are now common tools, such as Gmail, Google Docs and Google Maps.
But those ambitions would never meet the expectations of Larry Page. In 2011, Page resumed the office on the corner, the position of executive director who played at the birth of Google. And reoriented the company towards the singularitarian goals. Over the years, he had become friends with Kurzweil and had worked with him on various projects. Almost newly returned to his old position, Page hired Kurzweil and appointed him Google’s engineering director. He entrusted the task of teaching reading to computers, the kind of exponential advance that would accelerate the arrival of the superintelligence that Kurzweil celebrates. «This is the culmination of fifty years …
Google is a company without defined borders, or rather a company with borders in continuous expansion. That is why it is shocking to hear Larry Page denouncing competition as an inefficient concept and to hear him celebrate cooperation as the way forward. “Being negative is not the way to progress and the most important things are not a zero-sum game,” he says. “What’s so exciting about coming to work if your ultimate aspiration is to defeat another company that does essentially the same thing?” And it’s even more chilling to hear him reflect on how Google will one day employ more than a million people, a company twenty times greater than now. It is not just about boasting about dominating an industry in which you do not face real rivals; it is a show of domination over something much larger, a statement of Google’s intention to impose its values ​​and its theological convictions on the world.

Although Facebook occasionally talks about the transparency of governments and corporations, what it really wants to promote is the transparency of individuals, or what at various times has been called radical transparency or ultimate transparency. The theory defends that the joy of sharing our intimate details will disinfect the moral disorder of our lives. Even if we do not intend for our secrets to become public domain, their revelation will improve society. With the imminent threat of our embarrassing information spreading, we will behave better. And perhaps the ubiquity of compromising photos and incriminating revelations will incite us to become more tolerant of the sins of others. In addition, living our lives with honesty is a virtue. “Probably, the days when you offered a different image to your friends or coworkers and the rest of the people will come to an end,” Zuckerberg remarked once. Having two identities for yourself is an example of lack of integrity. ”
The key is that Facebook has a strong and paternalistic vision of what is best for you, and is trying to transport you to it.
Facebook would never express it in these terms, but the algorithms are designed to erode free will, to relieve humans of the weight of choice, to push them in the right direction. Algorithms fuel the sense of omnipotence, the haughty belief that our behavior can be led to a higher direction, without us even being aware of the hand that guides us. That has been a permanent danger of the engineering mentality, as it goes beyond its roots in the construction of inanimate matter and begins to design a more perfect social world. We are the screws and rivets in this great design.

The big technology companies not only benefited from the economic collapse of knowledge. They maneuvered to crush its value, in order that the old media came to depend without remedy on their platforms. This strategy had a precedent. When Apple created the iPod, it created a device capable of containing thousands of digitized songs, ideal for accumulating pirated music, which at the time flowed freely. Steve Jobs could have designed an inhospitable iPod for stolen music. But initially he refused to manufacture it in such a way as to block the contents without a license. At the same time that the device of Jobs made possible the piracy, the own Jobs censored the digital theft. His game was ingenious: after pushing the music business to the edge of the abyss, it would save him and eventually dominate him. Eighteen months after creating the iPod, he opened an online store, iTunes, which became the place where he bought a high percentage of all music. In the face of piracy, the weakened producers lay prostrate before their new savior, even though Apple dismembered the once profitable album selling the independent songs for ninety-nine cents. From the ruins it had helped to create, Apple built a new monopoly (60% of digital music downloads are sold through iTunes), although broadcast or streaming services have begun to weaken their control of the business during decades
Sometimes it is difficult to understand the pecuniary motives of the big technology companies, since they adopt a very idealistic pose. There is no doubt that they believe in their own righteousness, but they also practice clever corporate maneuvers, with all the established tricks: lobbying, buying support in committees of experts and universities, or discreet donation of money to support groups that promote your interests Journalist Robert Levine has written: “Google is as interested in free online media as General Motors in cheap gasoline. That’s why the company invests millions of dollars in lobbies to weaken copyright. ”
Amazon, Google and Facebook today lead the offer of packages of articles, books and videos. They are the creators of a coherent and usable product from their disparate components. Their business model is infinitely better than the one they have replaced. Google and Facebook do not pay for any of the articles they present to the consumer, and their scale of offers is infinitely wider than what the old media companies could ever gather. At the end and in the end, they are organizing the entire production of humanity.
Although Zuckerberg denies it, the process of guiding the public towards information is a source of tremendous cultural and political power. In the old days we described that power with the term gatekeeping: control of access, selection or regulation of information, which was understood as a sacred obligation.

Amazon does not necessarily aspire to own entire industries, but it likes to control them. In the publishing world, Amazon has become the indispensable store. It sells 65% of all electronic books and more than 40% of all books. The publishing world depends on Amazon for its health, a vulnerable and uncomfortable position. At the same time that publishers depend on Amazon, Amazon would like to destroy publishers, or at least drastically restrict their influence. Amazon is the main market of the publishing world at the same time as its main competitor.
Jeff Bezos has managed to convince Wall Street that his retail business does not demand short-term profits; that quarterly earnings do not mean anything compared to the wealth horizon that will be reached once Amazon consolidates its domain.
Amazon’s negotiating tactics with publishers border on sadism. The smaller the publisher, the more exaggerated is the pressure to comply with Amazon’s wishes. University publishers see their e-books disappear while Amazon negotiates even more favorable terms for itself. At one point, the company grouped its contracts with the small publishers under an initiative called Project Gacela, a label conceived as a result of Bezos’ playful comment that his team “should approach these small publishers in the same way that the cheetah would pursue to a weak gazelle ».

Transparency is one of the great promises of the new technology and, with transparency, we are supposedly entering a new era of responsibility. However, monopolies of knowledge take us in the opposite direction. They contain the decoration of the opening: the clients, who can shout at the companies; the space to loudly proclaim an unpopular opinion; a world apparently without human guardians. Now, if we look closely at Google, Facebook and Amazon, they look a little like Italy, a country where it is never clear at all how power actually operates. The rules exist, but they are never explained in detail in a convincing way. We have a tenuous awareness that we are being unconsciously influenced, but we never know when or how. We see that some kinds of information are given more favorable treatment, but we ignore the explicit reasons. Although technology companies preach liberal values, they crave access to the markets of authoritarian countries, where compromise with horrendous regimes is the cost of doing business. Facebook has shown that noble sentiments are not an obstacle to collaboration with censors. Would they do the same here? Maybe the threat to our democracy never goes beyond theory. Now, how can we know?
The inability to internalize or perhaps even understand the meaning of their own rhetoric about transparency is significant. American democracy was built on a perfectly justified fear: the concern that power could accumulate in an institution at the expense of the rest of the people. Technology companies do not share that fear. The more they manage to enter our lives, the better. There is no limit. Of course, worrying about his power is not his task. That concern falls on the rest of us and we should raise the problem much more clearly: companies that are indifferent to democracy have acquired a very relevant role in it.

The essential term of this media era is a trend or theme of the moment (trending). Facebook and Twitter include a list of topics in the process of becoming ubiquitous. And the organization of the mass media has a sophisticated set of analytical tools, the most powerful of which is a service called CrowdTangle, which alerts the trends or topics of the moment (trending topics) at the beginning of the path of ascent towards popularity. Once a story catches the attention, the media automatically fixes on it. They write about the subject with repetitive furor, squeezing the subject in search of clicks until the public loses interest.
In some ways, this is nothing more than a digitally enhanced version of an old-fashioned media barrage. An explosion of moralizing fury exploited thoroughly. But social media amplifies the economic incentive to join the pack. Even the most modest magazine has the possibility of achieving virality, of attracting millions of readers if it is capable of packaging its articles with skill.
Donald Trump is the culmination of an era. He understood that, more than at any other time in recent history, the media needs to offer the public what it wants, a circus that exploits subconscious tendencies and biases. Even if the media disdained Trump’s atrocities, he was becoming a character and a plausible candidate. For years, the media circulated Trump’s theories about the birth of President Obama abroad, despite being a solemn nonsense. They paid an infinite attention to their initial slander to immigrants, although the media undoubtedly understood that these provocations fueled an atmosphere of paranoia and hatred. Once Trump became a plausible candidate, the media had no other choice but to give him coverage. But the media had led him to that point. The stories about Trump generated the kind of traffic that pleased the gods of the data and was beneficial for the final balance. Trump began as the Cecil lion and ended up being president of the United States.

The relationship between advertisers and the media has been transformed. We can appreciate the change in language: sponsors. Advertisers are no longer limited to acquiring properties to sell their products; They act as a kind of patron of journalism. We see here the first signs of something much worse. It has become common for news organizations to recruit corporations and foundations to sponsor their launch. The advertisers finance the presentation of new journalistic products. One of the reasons why an advertiser could play this role is totally innocuous: it is good publicity. But there is another, more pernicious reason for them to pay: the advertiser can play an opaque role in shaping the editorial product.

In the past, the media was a full-time job. But the media may turn into a part-time job. Maybe the media ceases to be a job to become a mere pastime. There is no law that says that industries have to keep a certain size. Once there were blacksmiths and steel workers, but things change. The question is not whether journalists should have a job. The question is whether people can get the information they want and the way they want it. The market will decide. If we continue to add value to the internet, we will find a way to get money. But not everything we do has to generate money.

The dominant companies are those that have accumulated the most complete portraits of us. They have followed our trail more closely as we surf the internet, and have the computing power required to interpret our navigations. This advantage becomes decisive and becomes accentuated over time. Unfathomable data banks are needed to create machines that learn effectively, and only these megacorporations have such data banks. In all likelihood, no Google rival will ever be able to match their search results, because no contestant will be able to match their search history or the compilation of patterns they have uncovered.
In this sense, the data does not look like oil. Oil is a finite resource; the data is infinitely renewable. They continually allow the new monopolist to carry out experiments to master the forecast of trends, to better understand consumers, to build superior algorithms. Before working for Google as the company’s chief economist, Hal Varian co-authored an essential manual entitled The Information Domain. Varian predicted that the data would exaggerate the functioning of the market: “Positive feedback makes the strong become stronger and the weak become weaker, leading to extreme results.”
It is a disturbing convergence: these companies have become dominant on the basis of their exhaustive monitoring of users, the absolute control of activities and their increasingly bulky dossiers; what Maurice Stucke and Ariel Ezrachi define as “a divine vision of the market”.

Criticizing the change may seem like a flippant fist and oppose the course of history. It is preferable to behave with maturity, it is said. It is better to access and make the most of the circumstances, and not cease to navigate in the midst of turbulence. But editors and editors know deep down that concessions are paid more expensive; and some readers have the feeling that there are better alternatives. On certain occasions we all seem to agree on this point. The electoral triumph of Donald Trump was accompanied by the commotion for the collective recognition that our media culture has deteriorated, and the feeling that we need protectors of truth more committed than the irresponsible guardians of Facebook and Google. It is not enough to be aware of the problem. We need our analysis of the situation to guide us towards integral solutions, before we irreversibly modify our institutions and fundamental values.

Internet apologists are very clear in this regard. The Internet is a very different medium that inspires its own intellectual rhythms and biases. Where paper is fixed (the words on a page can not be modified, books have their beginning and end), the internet is fluid. As Kevin Kelly has written, the digital world shows that “good things do not have to be static or immutable”. [1] Internet is an endless conversation, in which each argument is refuted, shared, revised and expanded. It is a real-time extension of the events of the world, stimulating and exhausting.
If technological companies aspire to absorb the totality of human existence in their corporate fold, reading on paper is one of the few loopholes in life that they can not fully integrate. Technological companies will consider it an engineering challenge awaiting solution. Everyone else should often take refuge in the sanctuary of paper. It is our escape route from an increasingly invasive system, a refuge that we should consciously occupy.
Now, the fact that internet surveillance is not totalitarian does not mean that it does not cause any harm. If they observe us so much it is to be able to manipulate us. This manipulation is partly welcome. We can delight in the algorithmic musical recommendations, we are delighted that they show us an advertisement for sneakers, we need computer help to screen the massive information. But there is another way of describing the comfort of the machine: it supposes the surrender of free will; the algorithms make the decisions for us. This is not so terrible, since the submission to manipulation is largely voluntary. However, it is logical that we have the feeling of being delivering much more than we intend and being much more manipulated than we know.
Our digital future can be as glorious as they announce, or it could be a dystopian hell. But, as citizens and as readers, there are good reasons to put sticks on the wheels. Only government policies can really make a dent in the monopolies that increasingly control the world of ideas. But we can find moments to deliberately depart from the orbit of these companies and ecosystems. It’s not about getting out of the system, it’s about giving ourselves moments for ourselves.

Our faith in technology is no longer fully congruent with our belief in freedom. We are approaching the moment when we will have to damage one of our revolutions to save the other. Privacy can not survive the current trajectory of technology. Our ideas about the competitive market are in danger. The proliferation of falsehoods and conspiracies through social media, the dissipation of our common support in the facts, is creating the conditions for authoritarianism. Throughout time, the long fusion of man and machine has been very positive for man. But we are entering a new era in which fusion threatens the individual.
Human nature is malleable. It is not something fixed, but it has a limit, beyond which our nature ceases to be truly human.
We have deceived ourselves by worrying more about comfort and efficiency than about lasting things. Compared to the sustained nourishment of the contemplative life and deep commitment to the text, many of the promiscuous pleasures of the web are fading. The contemplative life remains at our free disposal through our choices: what we read and what we buy, how we dedicate ourselves to leisure and self-improvement, our resistance to empty temptation, our preservation of quiet spaces, our deliberate efforts to dominate our own domain.

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