Qué Está Pasando En Cataluña — Eduardo Mendoza / What Is Happening In Catalonia by Eduardo Mendoza (spanish book edition)

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Es un mini libro que podria ser perfectamente un artículo de opinión de lo pequeño que es pero que explica muchas cosas desde un punto de vista bastante accesible, es verdad que otros libros más extensos comentados en mi blog son más concisos, pero me ha parecido un libro para reflexionar con este esperpento de meses que se veía venir.

El franquismo, tal como ahora se le invoca, es una simple manipulación de un concepto que vale para muchas cosas y que, afortunadamente, nada tiene que ver con el artículo genuino.
Sin embargo, si bien el franquismo, en tanto que sistema político, ha pasado a la historia, sí perdura algo que el tiempo no ha borrado. Me refiero a una mentalidad política, destilada sutilmente a lo largo de los años de la dictadura, que ha llegado a calar en la forma de pensar y de actuar de los españoles, y aquí incluyo también a los catalanes. Es una forma de entender el poder y, más aún, una forma de enfrentarse al poder cuando se produce un conflicto de intereses o de ideas. En este sentido, podríamos decir que con la transición pasaron a la reserva los que aprendieron a mandar con Franco, pero permanecen en activo los que con Franco aprendieron a obedecer y a desobedecer.
Franco carecía de toda ideología. Desde luego, no era fascista. Le repugnaban la mayoría de los presupuestos programáticos del fascismo y si no le hubiera sido útil, lo habría combatido, como hizo en la práctica, solapadamente, cuando los partidarios de la ideología fascista quisieron imponer sus ideas en la España resultante de la Guerra Civil.
Franco apenas tenía ideas. Sí una ambición personal desmedida, un afán inagotable de poder y una astucia que le permitió nadar en muchas aguas y sobrevivir a muchas crisis.
Seguramente Franco era católico, pero no sabemos lo que habría ocurrido si la Iglesia católica no le hubiera sido tan leal como le fue hasta el último momento.

En realidad, el separatismo no estaba tan extendido en Cataluña como la propaganda franquista se contaba a sí misma. En Cataluña había una numerosa población inmigrante de ideología anarquista o socialista (luego también comunista) que desde el principio hizo suya la causa de la República, luchó en varios frentes y fue diezmada en el Ebro. La industria catalana se reconvirtió en industria de guerra y fue un elemento esencial de la resistencia a la rebelión. Muchos catalanes que mantenían posturas enfrentadas al Gobierno de Madrid aparcaron sus diferencias durante la guerra para hacer causa común a favor de la República.
La independencia de Cataluña podía ser para algunos un sueño de futuro, pero no formaba parte de su ideario. Sí lo era la recuperación de las libertades perdidas, la amnistía de los presos y exiliados y la restauración de un gobierno autónomo.

El catalán como lengua de uso no estuvo prohibido. Tampoco estuvo autorizado. Alguien definió el franquismo como una dictadura mitigada por el general incumplimiento de la ley. Era una peculiaridad jurídica de la dictadura establecer unas normas estrictas y permitir que se incumplieran, sin renunciar a la posibilidad de aplicarlas cuando lo estimara oportuno. Con el uso de la lengua catalana fuera del ámbito privado fue así.
El bilingüismo no es un hecho infrecuente y las personas se habitúan. La anomalía en Cataluña era que esta dicotomía no se producía naturalmente, sino que en buena medida venía impuesta desde el exterior. En la práctica, la población era mixta desde el punto de vista idiomático y la afluencia de inmigrantes provenientes de otras zonas de España reforzaba este bilingüismo. El fenómeno de la inmigración masiva castellanohablante iba relegando el catalán a las capas medias y altas de la población, especialmente en Barcelona y los grandes centros industriales.
El catalán no estuvo prohibido, como últimamente se ha dicho tanto dentro como fuera de Cataluña. Durante el franquismo el uso del catalán no estaba prohibido, pero sí tutelado, lo que es casi peor.
Además la sociedad catalana, ancestral o asimilada, sigue siendo una sociedad cerrada y, en muchos aspectos, estancada. En esto se diferencia radicalmente de otras sociedades. En Cataluña, como en Francia o en el Reino Unido, hay un núcleo de población original, por así decir, en torno al cual los demás grupos se mueven en órbita. Esto es, naturalmente, una burda simplificación de un fenómeno de extraordinaria complejidad. Con ella sólo pretendo dar una idea de cómo se estructura la sociedad catalana, o cómo se estructuraba hasta tiempos muy recientes. Mejor aún, no tanto cómo es la sociedad catalana realmente, sino cómo la sociedad catalana se ha visto a sí misma.
La revolución industrial de Cataluña acabó dependiendo en buena parte del Gobierno central para mantener el orden público y también para promulgar unas leyes proteccionistas que evitaran la competencia de industrias extranjeras más sólidas. Esto último es mejor desde el punto de vista moral, pero peor desde el punto de vista económico. La industria catalana siempre fue precaria. Se hizo y se mantuvo a costa de grandes esfuerzos y grandes sacrificios. La maliciosa fábula según la cual en Cataluña el abuelo funda la empresa, el hijo la engrandece y el nieto la lleva a la ruina es falsa. Más cierto es que en este tipo de empresas cuando se gana, se gana poco y cuando se pierde, se pierde mucho. La burguesía catalana pocas veces pudo disfrutar de la riqueza. Para mantener lo conquistado había que trabajar duro, invertir continuamente y rezar para que el viento no cambiara de dirección.

La enseñanza se dejó en manos de las órdenes religiosas, que fomentaron una mentalidad conservadora, ñoña y anticientífica, y la universidad fue un apéndice del sistema universitario español, apolillado y burocrático. Las pocas iniciativas progresistas partieron de las capas bajas de la población y fueron vistas con recelo por aquellos a quienes estaban destinadas a servir. Otros centros de formación artística o intelectual quedaron una vez más en manos de la Iglesia: la abadía de Montserrat, Ripoll, Poblet, el Cercle Artístic de Sant Lluc y poca cosa más.
Algo de culpa tiene la propia Barcelona. La revolución industrial no se llevó a cabo exclusivamente en Barcelona, sino en muchos puntos del territorio catalán. A lo largo de la cuenca del Llobregat y en ciudades relativamente populosas, como Mataró, Manresa, Sabadell, Terrassa o Granollers. Ninguna de ellas recibió la atención y el mimo que se concedió a Barcelona. Si no tenían monumentos de otras épocas, muy poco se hizo para mejorar su aspecto y muy poco para dotarlas de infraestructuras culturales, intelectuales, artísticas o recreativas dignas de una ciudad de provincia dinámica y pujante. El que quería hacer algo o disfrutar de los placeres, reales o ficticios, del progreso y la civilización debía trasladarse a Barcelona. Si en algún lugar se puede hablar de centralismo a ultranza es en Cataluña. Barcelona siempre despreció a las ciudades de segundo rango y éstas siempre le pagaron con la misma moneda. A medida que la modernización ha ido creciendo y las comunicaciones han sido más fáciles, el distanciamiento entre la capital y las demás ciudades aumentó.

Durante los largos años de la dictadura, una burguesía satisfecha se tomó con buen humor una torpe imitación a la que, sin darse cuenta, se esforzaba por parecerse. Los humoristas catalanes, incluso aquellos cuya ideología era abiertamente contraria al franquismo y sus ficciones, contribuyeron a fijar este estereotipo. El acento catalán, por sí solo, daba risa. Si en una comedia de costumbres aparecía un catalán, el público sabía que se trataba de un personaje bufo.
Esta aceptación por parte del propio interesado se volvía ácida cuando las personas se encontraban obligadas a asumir el papel fuera de casa. El comerciante catalán que iba a Madrid, o a cualquier otra ciudad de España, a hacer negocios o gestiones era recibido con un amistoso regocijo que le mortificaba.
Porque, en el fondo, para la España rancia, el burgués catalán seguía siendo un menestral o un tendero enriquecido y ordinario que farfullaba un idioma feo y pretendía meterse donde no le correspondía.
En realidad, lo que perdura es una concepción de la realidad política impuesta por el franquismo y de la que la sociedad española, incluida la catalana, no se ha sabido desprender, seguramente porque nunca se ha hecho el ejercicio mental necesario para ello. No es la nuestra una cultura dada a este tipo de esfuerzos y, por otra parte, la ficción en que vivimos instalados nos resulta muy cómoda, porque proporciona una excusa que vale para casi todo.

De los aciertos del Gobierno español se ha beneficiado Cataluña y de sus desaciertos ha salido tan perjudicada como el resto de las autonomías. Sin embargo, el independentismo se ha nutrido de agitar el fantasma de la enemistad declarada de esa abstracción que se llama Madrid hacia todo lo que tenga que ver con Cataluña. Muchos de los agravios son ciertos, total o parcialmente. La mayoría de ellos se habrían podido solucionar, total o parcialmente. Una cierta desigualdad entre el centro donde reside el poder y la periferia es inevitable. Pero no hay que rasgarse las vestiduras. No todo es economía y también la distancia tiene ventajas: sondeos de opinión revelan que a juicio de la mayoría, se vive mejor en Barcelona que en Madrid.
España no es un mal país. Podría ser mejor, pero dudo de que Cataluña, librada a sus fuerzas, se convirtiera en el paraíso que anuncian los partidarios de la nueva república. Por lo demás, poco margen de movimiento tienen hoy las unidades nacionales, salvo que emprendan aventuras demenciales como Corea del Norte, el Estado Islámico o algunos países que parecen salidos de antiguas novelas de aventuras. En realidad, no existen los países. Existen unas sociedades cada vez más mezcladas y cada vez más despersonalizadas y más desprovistas de identidad, si por identidad entendemos lo antiguo. A fin de cuentas, todos somos consumidores de franquicias.

Los sucesivos gobiernos locales no la ven con malos ojos, porque les permite atribuirse los éxitos y atribuir a otros las medidas impopulares. A veces el descontento dirigido sirve para tapar asuntos sucios. En toda la campaña reciente por la independencia, rara vez ha salido a relucir el tema de la corrupción en altas instancias del Gobierno español, porque eso habría tenido un efecto de rebote.
A esto se ha unido una actitud rígida y un tanto displicente del Gobierno español y de las instituciones que giran en su órbita. El triunfo continuado de los partidos nacionalistas en las elecciones catalanas hace que Cataluña no sea una autonomía mimada por los sucesivos gobiernos centrales. Poco obtendrán con las concesiones y bastante pueden perder de un electorado de otras autonomías, que, a su vez, consideran el nacionalismo catalán arrogante e insolidario. A su parecer, los catalanes no quieren repartir su riqueza y, por añadidura, se consideran superiores al resto de los españoles.
Ahora el panorama es sombrío. No se le ve salida, entre otras cosas, porque se ha llegado muy lejos sin saber cómo ni para qué. A la vista de los acontecimientos recientes, uno se pregunta si lo sucedido responde a un plan rigurosamente concebido y llevado a término, o a una alocada improvisación, o a una combinación de lo uno y lo otro.

Deberíamos cuestionar nuestras ideas, explicarnos las cosas a nosotros mismos y los unos a los otros, en lugar de encogernos de hombros ante el prejuicio, la negligencia y la incomprensión. Quizá ya es tarde. Casi siempre es tarde cuando nos ponemos a pensar las cosas.

It is a brief book that could be perfectly an article of opinion of how small it is but that explains many things from a quite accessible point of view, it is true that other more extensive books commented on my blog are more concise, but I thought it was a book to reflect with this grotesque of months that was coming.

Francoism, as it is now invoked, is a simple manipulation of a concept that is valid for many things and that, fortunately, has nothing to do with the genuine article.
However, although the Franco regime, as a political system, has gone down in history, there is something that time has not erased. I refer to a political mentality, subtly distilled throughout the years of the dictatorship, which has come to permeate the way of thinking and acting of the Spanish, and here I also include the Catalans. It is a way of understanding power and, even more, a way of confronting power when there is a conflict of interests or ideas. In this sense, we could say that with the transition those who learned to send with Franco went to the reserve, but those who with Franco learned to obey and to disobey remain active.
Franco lacked any ideology. Of course, he was not fascist. He was disgusted with most of the programmatic assumptions of fascism and if it had not been useful, he would have fought, as he did in practice, underhandedly, when the supporters of the fascist ideology wanted to impose their ideas on the Spain resulting from the Civil War.
Franco barely had ideas. Yes an excessive personal ambition, an inexhaustible desire for power and a cunning that allowed him to swim in many waters and survive many crises.
Surely Franco was a Catholic, but we do not know what would have happened if the Catholic Church had not been as loyal to him as it was until the last moment.

In reality, separatism was not as widespread in Catalonia as Francoist propaganda counted itself. In Catalonia there was a large immigrant population with an anarchist or socialist ideology (later also a communist one) that from the beginning took up the cause of the Republic, fought on several fronts and was decimated in the Ebro. The Catalan industry was turned into a war industry and it was an essential element of resistance to rebellion. Many Catalans who maintained positions opposed to the Government of Madrid parked their differences during the war to make common cause in favor of the Republic.
The independence of Catalonia could be for some a dream of the future, but it was not part of their ideology. Yes it was the recovery of lost freedoms, the amnesty of prisoners and exiles and the restoration of an autonomous government.

Catalan as a language of use was not prohibited. Neither was authorized. Someone defined the Franco regime as a dictatorship mitigated by the general breach of the law. It was a legal peculiarity of the dictatorship to establish strict norms and allow them to be violated, without renouncing the possibility of applying them when deemed appropriate. With the use of the Catalan language outside the private sphere, it was like that.
Bilingualism is not an infrequent event and people get used to it. The anomaly in Catalonia was that this dichotomy did not occur naturally, but rather was imposed from the outside. In practice, the population was mixed from the linguistic point of view and the influx of immigrants from other areas of Spain reinforced this bilingualism. The phenomenon of massive Castilian-speaking immigration was relegating Catalan to the middle and upper classes of the population, especially in Barcelona and the large industrial centers.
Catalan was not banned, as has been said lately both inside and outside of Catalonia. During the Franco period, the use of Catalan was not prohibited, but it was protected, which is almost worse.
In addition, the Catalan society, ancestral or assimilated, continues to be a closed society and, in many aspects, stagnant. In this, it differs radically from other societies. In Catalonia, as in France or the United Kingdom, there is an original population nucleus, so to speak, around which the other groups move in orbit. This is, of course, a gross simplification of a phenomenon of extraordinary complexity. With it I only try to give an idea of ​​how Catalan society is structured, or how it was structured until very recent times. Better yet, not so much how Catalan society really is, but how Catalan society has seen itself.
The industrial revolution in Catalonia ended up depending largely on the central government to maintain public order and also to enact protectionist laws to avoid competition from stronger foreign industries. The latter is better from the moral point of view, but worse from the economic point of view. The Catalan industry was always precarious. It was made and maintained at the cost of great efforts and great sacrifices. The malicious tale according to which the grandfather founded the company in Catalonia, the son enhances it and the grandson leads it to ruin is false. More true is that in this type of company when you win, you win little and when you lose, you lose a lot. The Catalan bourgeoisie could seldom enjoy wealth. To keep the conquered, we had to work hard, invest continuously and pray that the wind would not change direction.

The teaching was left in the hands of the religious orders, which fostered a conservative, ñoña and anti-scientific mentality, and the university was an appendix of the Spanish university system, moth-eaten and bureaucratic. The few progressive initiatives started from the lower layers of the population and were viewed with suspicion by those to whom they were destined to serve. Other centers of artistic or intellectual formation were once again in the hands of the Church: the Abbey of Montserrat, Ripoll, Poblet, the Cercle Artístic de Sant Lluc and little else.
Barcelona has its own fault. The industrial revolution was not carried out exclusively in Barcelona, ​​but in many points of the Catalan territory. Along the Llobregat basin and in relatively populous cities, such as Mataró, Manresa, Sabadell, Terrassa or Granollers. None of them received the attention and attention that was granted to Barcelona. If they did not have monuments from other eras, very little was done to improve their appearance and very little to endow them with cultural, intellectual, artistic or recreational infrastructures worthy of a dynamic and thriving province city. Those who wanted to do something or enjoy the pleasures, real or fictitious, of progress and civilization had to move to Barcelona. If somewhere you can talk about centralism at all costs is in Catalonia. Barcelona always despised the cities of second rank and these always paid him with the same currency. As modernization has grown and communications have been easier, the distance between the capital and the other cities has increased.

During the long years of the dictatorship, a satisfied bourgeoisie took with good humor a clumsy imitation to which, without realizing, it strived to resemble. Catalan humorists, even those whose ideology was openly opposed to the Franco regime and its fictions, helped to establish this stereotype. The Catalan accent, by itself, gave laughter. If a Catalan comedy appeared, the public knew that it was a bufo character.
This acceptance by the interested party became acidic when people were forced to assume the role outside the home. The Catalan merchant who went to Madrid, or to any other city in Spain, to do business or negotiations was greeted with a friendly exhilaration that mortified him.
Because, deep down, for stale Spain, the Catalan bourgeoisie was still a mechanic or an enriched and ordinary shopkeeper who sputtered an ugly language and tried to get where he did not belong.
In reality, what endures is a conception of the political reality imposed by the Franco regime and from which Spanish society, including Catalan society, has not been able to detach, probably because the necessary mental exercise has never been done for it. Our culture is not given to this type of effort and, on the other hand, the fiction in which we live installed is very comfortable, because it provides an excuse for almost everything.

The successes of the Spanish Government has benefited Catalonia and its failures has been as bad as the rest of the autonomies. However, the independence movement has been nourished by stirring up the ghost of the declared enmity of that abstraction called Madrid towards everything that has to do with Catalonia. Many of the grievances are true, totally or partially. Most of them could have been solved, totally or partially. A certain inequality between the center where power and periphery reside is inevitable. But you do not have to tear your clothes. Not everything is economy and distance also has advantages: opinion polls reveal that in the opinion of the majority, people live better in Barcelona than in Madrid.
Spain is not a bad country. It could be better, but I doubt that Catalonia, freed from its forces, would become the paradise announced by the supporters of the new republic. Moreover, little room for movement have national units today, unless they undertake insane adventures such as North Korea, the Islamic State or some countries that seem to come from old adventure novels. Actually, there are no countries. There are societies increasingly mixed and increasingly depersonalized and more devoid of identity, if by identity we understand the old. After all, we are all consumers of franchises.

The successive local governments do not see it with bad eyes, because it allows them to attribute the successes and attribute to others the unpopular measures. Sometimes the discontent directed serves to cover dirty matters. Throughout the recent campaign for independence, the issue of corruption in the highest instances of the Spanish Government has rarely been raised, because that would have had a rebound effect.
To this has been added a rigid and somewhat cavalier attitude of the Spanish Government and of the institutions that rotate in its orbit. The continued triumph of the nationalist parties in the Catalan elections means that Catalonia is not an autonomy spoiled by successive central governments. Little they will obtain with the concessions and enough they can lose of an electorate of other autonomies, that, at the same time, consider Catalan nationalism arrogant and unsupportive. In his opinion, the Catalans do not want to share their wealth and, in addition, they consider themselves superior to the rest of the Spaniards.
Now the picture is bleak. You do not see an exit, among other things, because you have gone too far without knowing how or why. In view of recent events, one wonders if what has happened responds to a plan rigorously conceived and carried to term, or a crazy improvisation, or a combination of the one and the other.

We should question our ideas, explain things to ourselves and one another, instead of shrugging our shoulders at prejudice, negligence and incomprehension. Maybe it’s already late. It’s almost always late when we start thinking about things.

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