El Saqueo De La Imaginación — Irene Lozano / The Plundering Of The Imagination by Irene Lozano (spanish book edition)

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Un interesante libro donde expone que en la era de la comunicación, cunde la sensación de que todo se hace como es debido y, sin embargo, estamos siendo engañados. La materia está en manos de los que saben: gabinetes, agencias, departamentos de comunicación… Y si en algún momento cupo esperar que esta profesionalización facilitara el acercamiento —«comunicación» deriva de «común»—, se extiende la impresión de que su contribución se sustancia en estar abriendo un profundo abismo entre los grandes comunicadores y los destinatarios de sus mensajes. No se infringe ninguna regla, los discursos parecen coherentes, las palabras aluden a realidades identificables y, sin embargo, no podemos escapar a la percepción de que, en el camino recorrido desde su pronunciación hasta nuestro entendimiento, los conceptos quedan desarbolados, hechos migajas, triturados de manera que nos resulta casi imposible recomponerlos.
Lo primero que deberíamos tener presente es que esto no es comunicación. Se presenta a sí misma bajo ese alias, tan extendido que han llegado a creerlo muchos de los agentes del proceso, los gabinetes, los asesores, los departamentos de comunicación. En muchos casos, les aqueja un síndrome característico de la era de la comunicación, el del mentiroso involuntario que dice mentiras creyendo que son verdades.

La compañía más poderosa de internet dice consagrarse a cambiar el mundo, como los revolucionarios de antaño, y uno de los bancos más grandes del planeta afirma dedicarse a «prestar cooperación» —pues eso y no otra cosa significa «ayudar»—, como una ONG. ¿No clarificaría las cosas el que las compañías admitieran su deseo de obtener beneficios, lo cual no sólo es su fin legítimo, sino la función que vienen desempeñando desde los orígenes del capitalismo? Si no hay nada indigno ni ilegítimo en la actividad a la que verdaderamente se dedican, ¿por qué los departamentos de propaganda pasan a la clandestinidad semántica denominándose «de comunicación»?.
El discurso político, sindical, empresarial, el discurso público en general, aspira a ser una propaganda que no se perciba como tal, ya que es en esa tesitura cuando alcanza su máxima eficacia. Los departamentos de comunicación son conscientes de que, para no ser percibida como tal, la propaganda debe echar raíces sutiles desde el mismo momento en que se eligen las palabras. Y de manera coherente se lo aplican a sí mismos: basan su propia propaganda en el no reconocimiento de que la hacen.

Los medios de comunicación son el mejor espejo donde se reflejan los cambios semánticos de una comunidad. La confusión existe en otros ámbitos, el Parlamento, los partidos políticos, los foros académicos, los think tanks, pero todos ellos acaban convergiendo en la prensa, lugar preeminente para detectar la inestabilidad léxica. Mientras permanecen intramuros de un partido o una fundación, los usos inestables no forman parte de la comunidad lingüística, sino de la jerga especializada. Lo hacen cuando sobrepasan esas barreras, aunque sea por boca de esos mismos eruditos, filósofos, políticos, periodistas, analistas o escritores.
Si algo pone de manifiesto la confusión imperante es la profusión de discusiones periodísticas acerca de qué son los nuevos conservadores, o qué significa serlo, pues nadie está interesado en definir un significado que todo el mundo entiende.
La desvirtuación de la izquierda, convertida en conservadora y defensiva de un modo u otro, tampoco deja a la derecha bien parada. En los dos siglos transcurridos desde la Revolución francesa, los conservadores sólo han impulsado los cambios, sólo han sido revolucionarios en un momento muy concreto de la historia: en la Europa de entreguerras desconcertada por la masacre de la Primera Guerra Mundial y acobardada por el triunfo de la revolución soviética. Junto a la derecha conservadora, surgen en esos años movimientos y partidos que Payne caracteriza como derecha radical, autoritaria, antiliberal y antimarxista. En algunos casos, aparecen de forma simultánea a los movimientos fascistas, con los que comparten tantos rasgos que, con frecuencia, se nutren entre sí o se alían.

El statu quo se vuelve rebelde porque ya no necesita obedecer sus propias reglas, es más, se percata de que sólo cambiándolas logrará mantener y reforzar su hegemonía. El contrasentido soterrado que hace ininteligibles los discursos políticos estriba en que el ultraliberalismo económico y la posmodernidad, excrecencias de los aullidos de hace sesenta años en pro de la libertad, han logrado su síntesis en una nueva derecha que, siendo netamente posmoderna, adquiere un sesgo premoderno con su carácter antiliberal y antiilustrado.

Los escritores en general no son peligrosos, porque su interés es plasmar su visión, pero no imponerla, algo para lo que, en todo caso, suelen carecer de medios. El propósito del poder, por el contrario, nunca es inocuo. Su voluntad de recrear la realidad es idéntica, pero como no están escribiendo una obra literaria, esa recreación tiene lugar de forma literal: su redefinición de los conceptos acarrea la configuración de una realidad alternativa que se ajusta a sus propósitos. Esto podría lograrse también mediante los recursos clásicos de la oratoria, mediante apelaciones a la razón y con la argumentación como instrumento. La ventaja que tiene hacerlo alterando el significado de las palabras es que éstas inoculan sutilmente una visión de la realidad, la del poder, y llegan a presentarse como portadoras de una realidad objetiva si la furiosa ola discursiva del poder no encuentra enfrente un dique que la contenga. En gran medida porque, al actuar sobre el significado de las palabras, se desvía la atención sobre la fuerza de esa ola: no llega cargada de argumentos que puedan estudiarse y contradecirse, sino anquilosando el debate mediante palabras fetiche, que apelan a la emoción.

Los terremotos son incontrolables e impredecibles, como un atentado terrorista, pero se puede actuar sobre sus efectos de dos formas: mediante la previsión, que lleva a construir en las zonas sísmicas edificios aptos para soportar el temblor sin derrumbarse; y mediante políticas de emergencia sanitaria que atenúen las consecuencias mortíferas una vez producido el terremoto. Lo que ningún Gobierno considera pertinente es atemorizar a diario a la población ante la posibilidad de que tenga lugar un terremoto. Sencillamente, no ayuda en nada. La política antiterrorista de los gobiernos debería también dirigirse en dos direcciones: el epicentro y las zonas afectadas. Actuar en el epicentro equivale a desbaratar los atentados antes de que se produzcan. Y cuando no se hayan podido evitar, la única manera de proteger de los daños a la zona afectada —el estado de ánimo de la población— consiste en frenar la expansión del miedo.
Atizar el miedo de los ciudadanos no es una política antiterrorista, sino terrorista.

Flexibilidad es la palabra talismán del statu quo puesto en movimiento: sintetiza la buena disposición de ánimo para recibir lo nuevo y es la condición sine qua non para cambiar las normas. El dinamismo entusiasta la ensalza no sólo como la actitud adecuada para hacer frente a cambios constantes, sino como filosofía idónea para sobrevivir en un mundo en que la constante es el cambio. No se trata de adaptarse para transitar de un modelo a otro, sino de que el tránsito es el modelo. En el nuevo capitalismo, el cambio ha dejado de ser un proceso, acotado en el tiempo y en el espacio, para convertirse en un estado permanente. Bill Gates lo resumió en una de las reuniones de Davos: lo importante es «posicionarse en una red de posibilidades más que quedarse paralizado en un trabajo dado».
Cuando el dogma de la flexibilidad se aplica a la actividad económica en general, significa «ausencia de leyes». Es lo que quiere decir Becker en ese mismo artículo cuando afirma: «Estoy convencido de que lo que necesita un núcleo industrial dinámico es un entorno económico flexible y no una política industrial oficial», que, traducido al lenguaje llano, es «lo que complace a las corporaciones es que el Estado se abstenga de legislar y las deje campar a sus anchas».

An interesting book it veers about the era of communication, there is a sense that everything is done properly, and yet we are being deceived. The matter is in the hands of those who know: cabinets, agencies, communication departments … And if at some point it was expected that this professionalization would facilitate the approach – «communication» derives from «common» -, the impression extends that their contribution it is based on opening a deep chasm between the great communicators and the recipients of their messages. No rule is violated, the speeches seem coherent, the words refer to identifiable realities and, nevertheless, we can not escape the perception that, in the way from its pronunciation to our understanding, the concepts are dismasted, made crumbs, crushed so that it is almost impossible to recompose them.
The first thing we should keep in mind is that this is not communication. It presents itself under that alias, so widespread that many of the agents of the process, the cabinets, the advisors, the communication departments have come to believe it. In many cases, they suffer from a syndrome characteristic of the age of communication, that of the involuntary liar who tells lies believing that they are true.

The most powerful Internet company says to devote itself to changing the world, like the revolutionaries of yesteryear, and one of the largest banks in the world claims to dedicate itself to «provide cooperation» – because that and not something else means «help» -, as a NGO Would not it clarify things that companies admit their desire to obtain benefits, which is not only their legitimate end, but the function they have been playing since the origins of capitalism? If there is nothing unworthy or illegitimate in the activity to which they are truly dedicated, why do the propaganda departments go into semantic secrecy, calling themselves «communication»?
The political discourse, trade union, business, public discourse in general, aspires to be a propaganda that is not perceived as such, since it is in that position when it reaches its maximum effectiveness. The communication departments are aware that, in order not to be perceived as such, propaganda must take subtle roots from the moment the words are chosen. And in a coherent way they apply it to themselves: they base their own propaganda on the non-recognition of what they do.

The media are the best mirror where the semantic changes of a community are reflected. The confusion exists in other areas, the Parliament, the political parties, the academic forums, the think tanks, but all of them end up converging in the press, a preeminent place to detect lexical instability. While they remain intramural of a party or a foundation, the unstable uses are not part of the linguistic community, but of the specialized jargon. They do it when they overcome these barriers, even if it is through the mouths of those same scholars, philosophers, politicians, journalists, analysts or writers.
If anything reveals the prevailing confusion is the profusion of journalistic discussions about what the new conservatives are, or what it means to be, because no one is interested in defining a meaning that everyone understands.
The distortion of the left, which has become conservative and defensive in one way or another, does not leave the right either. In the two centuries since the French Revolution, the conservatives have only promoted the changes, they have only been revolutionaries at a very specific moment in history: in the interwar Europe bewildered by the massacre of the First World War and cowered by the triumph of the Soviet revolution. Along with the conservative right, in those years arise movements and parties that Payne characterizes as radical, authoritarian, anti-liberal and anti-Marxist right. In some cases, they appear simultaneously to fascist movements, with which they share so many traits that they often nourish each other or align themselves.

The status quo becomes rebellious because it no longer needs to obey its own rules, indeed, it realizes that only by changing them will it be able to maintain and reinforce its hegemony. The underlying contradiction that makes political discourses unintelligible is that economic ultraliberalism and postmodernity, the excrescences of the howls of sixty years ago in favor of freedom, have achieved their synthesis in a new right that, being clearly postmodern, acquires a bias pre-modern with its antiliberal and anti-enlightened character.

Writers in general are not dangerous, because their interest is to capture their vision, but not to impose it, something for which, in any case, they usually lack means. The purpose of power, on the other hand, is never innocuous. His desire to recreate reality is identical, but since they are not writing a literary work, that recreation takes place literally: his redefinition of concepts entails the configuration of an alternative reality that fits his purposes. This could also be achieved through the classic resources of oratory, through appeals to reason and argumentation as an instrument. The advantage of doing so by altering the meaning of the words is that they subtly inoculate a vision of reality, that of power, and come to present themselves as carriers of an objective reality if the furious discursive wave of power does not find a dam in front of it. contain Largely because, by acting on the meaning of words, attention is diverted on the strength of that wave: it does not come loaded with arguments that can be studied and contradicted, but anchoring the debate through fetish words, which appeal to emotion.

Earthquakes are uncontrollable and unpredictable, like a terrorist attack, but you can act on their effects in two ways: through foresight, which leads to building seismic areas suitable buildings to withstand the earthquake without collapsing; and through health emergency policies that mitigate the deadly consequences once the earthquake occurs. What no government considers relevant is to frighten the population on a daily basis in the face of the possibility of an earthquake. It simply does not help at all. The counter-terrorism policy of governments should also be directed in two directions: the epicenter and the affected areas. Acting in the epicenter is tantamount to disrupting the attacks before they occur. And when they have not been able to avoid, the only way to protect the affected area from damage – the mood of the population – is to stop the spread of fear.
Raising the fear of citizens is not an anti-terrorist policy, but a terrorist one.

Flexibility is the talismanic word of the status quo set in motion: it synthesizes the willingness to receive the new and is the sine qua non for changing the rules. Enthusiastic dynamism praises her not only as the right attitude to face constant changes, but as the ideal philosophy to survive in a world in which the constant is change. It is not about adapting to move from one model to another, but that transit is the model. In the new capitalism, change has ceased to be a process, limited in time and space, to become a permanent state. Bill Gates summed it up at one of the meetings in Davos: the important thing is to «position yourself in a network of possibilities rather than stay paralyzed in a given job».
When the dogma of flexibility applies to economic activity in general, it means «absence of laws.» This is what Becker means in that same article when he states: «I am convinced that what needs a dynamic industrial core is a flexible economic environment and not an official industrial policy», which, translated into plain language, is «what pleases» to the corporations is that the State refrains from legislating and leaves them at ease. «

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