Dios En El Laberinto — Juan José Sebreli / God In The Labyrinth by Juan José Sebreli (spanish book edition)

Un libro tan fundamental que me resulta fácil apostar a que se convertirá en un clásico. Lo mejor de Sebreli tal vez. Permite entender, además del desafío para el mundo de la razón que presentan las religiones y la idea del creador, la influencia política que la idea de la divinidad y sobre todo la realidad de las instituciones que la sostienen, en la suerte de nuestros países. Se pregunta Sebreli si su obra lo sobrevivirá o si tal vez será recordado como “un tipo diferente”. Bueno, este es un libro diferente, por el que valdrá la pena que las generaciones que lo sucedan lo recuerden, porque el tema continuará siendo central y aquí se lo expone de un modo magistral.
Lo interesante va más allá de lo meramente histórico e ilustra sobre conexión de hechos pasados y presentes, con muy destacadas reflexiones sobre los trasfondos de los “icebergs religiosos”; así como algunas atribuciones, en especial a las religiones monteístas, en los cursos violentos de la humanidad.

La dificultad de las religiones para integrarse al mundo moderno comienza con el rechazo de los cambios científicos a partir del siglo XVI, de la revolución cultural que significó la Ilustración del Siglo de las Luces, y de las políticas democráticas y liberales surgidas de las revoluciones burguesas europeas y americanas.
Cuatrocientos años después, la Iglesia seguía teniendo problemas con las profundas transformaciones ocurridas a mediados del siglo pasado en los hábitos y costumbres y los actuales estilos de vida, desde los más superficiales como la masificación del consumo o el crecimiento de los medios de entretenimiento, hasta los más profundos como la conquista de las libertades individuales, la igualdad de la mujer y la liberación de las relaciones sexuales.
Esta nueva forma de vida fue rechazada por la Iglesia, que insistió en una inútil batalla contra una realidad que siguió desarrollándose sin preocuparse por los ataques de los sectores más retrógrados, que en ocasiones fueron absorbidos parcial y silenciosamente.
La mayoría de la población reconoce pertenecer a una religión determinada, pero en la realidad es una minoría la que practica sus normas; en el catolicismo son pocos los creyentes que asisten a misa una vez por semana, las comuniones son más espaciadas y la mayoría ya no cumple la regla de la previa confesión “para dejar el cuerpo libre de toda impureza” porque no pueden manifestar su arrepentimiento de “pecados” como el control de la natalidad en el que seguirán incurriendo.
Los dogmas van de esa manera cayendo uno tras otro por decisión de los propios creyentes sin esperar las reformas de la Iglesia que nunca llegan. Las instituciones estables, las prácticas regulares y las verdades dogmáticas se sustituyen por normas flexibles.
El fundamentalismo islámico, merced al poder de regímenes teocráticos, permaneció al margen de la revolución de costumbres occidentales y siguió adscripto a una moral medieval. Los musulmanes asimilados a países occidentales nunca conocieron la islamofobia, hasta la palabra era desconocida. Si esta existe hoy es una consecuencia del terrorismo y las guerras religiosas de los fundamentalistas.
El judaísmo pasó por distintos avatares. Para los judíos asimilados en los centros urbanos europeos y americanos, antes de la Segunda guerra mundial, los rituales se iban olvidando y la ortodoxia religiosa se diluía en el conservadurismo laico de la clases altas, y el liberalismo y las izquierdas de las clases medias. Solo entre los judíos no practicantes con abundancia de matrimonios mixtos habitantes de sociedades secularizadas, fue posible una religión liberalizada, acorde con los tiempos modernos. Con el nazismo, la Shoá y después las guerras de Medio Oriente, retrocedieron el liberalismo y la democracia.
En el siglo XX se asistió en filosofía sucesivamente a la moda del existencialismo, el estructuralismo, el lacanismo, el posmarxismo y así suma y sigue. La religión no podía estar exenta de esas rachas; de este modo se dio, en el cambio de siglo, un nuevo apogeo de las religiones siempre que tuvieran algún toque novedoso. Hasta una religión vetusta como el catolicismo fue susceptible de caer en el ciclo de las modas.
No es pertinente quitarle importancia a esas bogas culturales alegando que se trata de frivolidades, puesto que el fenómeno de la moda, ya analizado por Georg Simmel, no es tan banal como aparenta, tiene una significación propia y responde a los deseos de los hombres en determinadas condiciones sociales y culturales. La religión también tiene sus modas y toda moda es, a su manera, una forma de religión. Ambas son inmunes a la crítica, poseen sus fanáticos y sus detractores, cuando pasan se las olvida, y permiten que, transcurrido un tiempo, reaparezcan.

El Vaticano es hoy, a excepción de las teocracias islámicas, la última y la única monarquía absoluta. A su poder político total sobre el clero del mundo católico se agrega el dominio espiritual —aunque hoy sea puramente formal— que otorga al papa, el dogma de la infalibilidad. Existió de hecho desde el comienzo de la Iglesia romana y fue oficializado por Pío IX en el Primer Concilio Vaticano de 1869.
La derrota del fascismo, al que en buena parte había adherido, obligó a la Iglesia Católica a hacer algunos cambios, como aceptar el surgimiento de los nuevos partidos de la democracia cristiana a los que se había opuesto en la preguerra por temor a que compitieran con el Vaticano.
El renacer de Europa después del colapso de la Segunda guerra mundial se debió, hay que reconocerlo, a tres gobernantes católicos democráticos: Charles de Gaulle en Francia, Konrad Adenauer en Alemania y Alcides De Gasperi en Italia, apoyados económicamente por un país cristiano reformado, Estados Unidos.
El Concilio Vaticano II (1965), convocado un siglo después del anterior por Angelo Giuseppe Roncalli (Juan XXIII), abandonó el ideal de la religión de Estado y reconoció los sistemas democráticos pluralistas, antes condenados.
La Iglesia tuvo un papel deslucido en la consolidación y formas de moral sexual. En cambio malgastó el tiempo transitando callejones sin salida como la teología de la liberación y el populismo o el apoyo a dictaduras militares.
Wojtyla usaba los medios más modernos para difundir una ideología medieval. La expresión con la que Jeffrey Herf definió al nazismo, “modernismo reaccionario”, es útil para calificarlo. A la vez que atacaba la sociedad de consumo y la industria cultural en la sociedad de masas, utilizaba sus mismos recursos. Logró de ese modo, con sus apariciones televisivas, sus viajes y hasta con su muerte, reanimar a una Iglesia que no había encontrado otro modelo para el presente.
Muy distinto fue su sucesor Joseph Ratzinger, Bendicto XVI, imbuido de la filosofía alemana de la primera mitad del siglo XX, en cuyos claustros se formó. Sus encíclicas parecen ensayos académicos fruto de su conocimiento de los filósofos alemanes. Ratzinger coincidía con muchos de ellos en el ataque a la modernidad y en la crítica, pretendidamente racional, al racionalismo ilustrado.
En cuanto a la censura al individualismo egoísta de la sociedad burguesa —común en Wojtyla, Ratzinger y Bergoglio—, en apariencia progresista, es en realidad una regresión nostálgica del cristianismo medieval, del patriarcalismo feudal y de las corporaciones contrapuestas al republicanismo liberal y laico de la sociedad secular.
Ratzinger fue lo contrario en la forma de su antecesor. Era introvertido.
Ratzinger atribuía la crisis eclesiástica, en parte, a la reforma de la liturgia. Esta última, decía, no es algo que se hace, es algo “dado”, no depende de nuestras decisiones. Estas ideas lo llevaron a rehabilitar al obispo Lefebvre e intentar revertir el proceso de modernización lanzado por el Concilio del que, sin embargo, había participado y en el que había formado, junto a Hans Küng, el ala aparentemente progresista. Más tarde, Ratzinger le confesó a Küng que se hubiera sentido más a gusto viviendo en la Edad Media.
Fracasó no solo por la oposición del clero reformista, de influencia en los países más avanzados, sino también porque la decadencia y la corrupción no estaban solamente en el mundo moderno, como él creía, sino en el interior mismo de la Iglesia, como descubrió hacia el fin de su mandato. El clero transgrede, en su vida privada, la causa más severamente defendida por el catecismo y las encíclicas: la represión sexual. Ni el discreto Ratzinger se vio libre de las suspicacias, infundadas, acerca de la carrera meteórica de su secretario privado, que saltó de sacerdote a arzobispo.

La Iglesia romana ha sido consciente de su declinación en Europa occidental, que fuera durante siglos el centro del catolicismo. Tampoco la jerarquía clerical italiana podía seguir manejando como su coto privado. La geografía católica no es estática; el cristianismo primitivo, una religión de raíz oriental, se transformó a partir de su adopción por el Imperio romano en eurocéntrica y así permaneció por siglos. Este predominio comenzó a cambiar desde mediados del siglo pasado; disminuyeron sus seguidores en la Europa latina, aun en los países más tradicionalistas como España.
El Vaticano creyó oportuno comenzar a elegir papas no italianos. El primero fue el polaco Wojtyla, perteneciente a Europa del Este. Con su elección, además, introducía una cuña en el bloque comunista. Luego se animó con Ratzinger, un papa de la Europa central, pero no italiano. América Latina, el continente con el mayor número de católicos en el planeta, su última reserva, impulsó la elección de un papa “del fin del mundo”, como el mismo Bergoglio se llamó. Hoy, solo el veinticuatro por ciento de los europeos siguen siendo católicos; en tanto el catolicismo creció en el tercer mundo.
El papa Francisco es muy distinto de Ratzinger, producto de la cultura alemana de elite; la suya, en cambio, surgió del mundo porteño de los años cincuenta y sesenta. Su procedencia lo ayudó al acercamiento con la gente sencilla: descendiente de inmigrantes italianos, muchacho de barrio, con la vivencia del vecindario de puertas abiertas y casa de Flores. El costumbrismo característico, el estereotipado “amiguismo porteño”—el ser amigo de todos, la barra de la esquina, la charla con el diariero, el callejeo, la ronda de mate en el patio—, le otorgaron la facilidad de comunicación y una prosa picante, mechada de argentinismos, lunfardismos, criollismos, vulgarismos y términos de la jerga futbolística. A veces usa palabras de su infancia, hoy fuera de uso, como decir “salame” por tonto. Su gusto por el lenguaje popular puede llegar a la chabacanería. Ya siendo papa y para justificar indirectamente a los terroristas islámicos que vengaron una burla a Mahoma, usó una expresión guaranga, más propia de un patotero que de un papa: “Si alguien dice una mala palabra en contra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo”.
El comportamiento de Bergoglio durante la dictadura militar (1976-1983) fue muy discutido por el caso de los jesuitas Orlando Yorio y Francisco Jalics, secuestrados por sus actividades de trabajo social en una villa del barrio Bajo Flores. Orlando Yorio acusó a Bergoglio de haberlo dejado sin la cobertura de la Compañía, expuesto a que lo secuestraran los militares, lo que efectivamente sucedió. Esta acusación fue avalada por la monja Norma Gorriarán, el funcionario de Cancillería Anselmo Orcoyen y por la catequista Marina Rubino, hermana del propio Yorio. Emilio Mignone —fundador del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS)— dijo de Bergoglio: “Es uno de los pastores que entregaron las ovejas al enemigo sin defenderlas ni rescatarlas”.
Bergoglio no es fácil de clasificar porque en él se mezclan la religión con la política, la ideología con el pragmatismo rayano en el oportunismo. Puede ubicárselo por toda su trayectoria como un conservador popular, “un papa peronista”, según lo definió The Economist. Era un peronista a la antigua usanza, más cercano todavía a la derecha fascistizante y contrario al neopopulismo latinoamericano encarnado en el chavismo y el kirchnerismo.
El estilo del papa Francisco es novedoso y distinto tanto del de Wojtyla como del de Ratzinger, pero el contenido dogmático tiene continuidad: Ratzinger, que había sido el mentor intelectual de Wojtyla, lo designó para la conducción de la conferencia del CELAM y avaló el documento político y social crítico contra el neopopulismo latinoamericano escrito en parte por Bergoglio, aunque después cambiará su manera de pensar cuando los gobiernos neopopulistas latinoamericanos entraron en el ocaso.
El papa Francisco ha elegido indudablemente el lado político de la religión y así se comporta. Luego del éxito mediático de sus pocas palabras vertidas a la ligera sobre homosexualidad y aborto, hizo una terrible declaración sobre el rostro de Cristo en el feto que los abortistas quieren asesinar.

Los llamados “libros sagrados”, muchos de ellos supuestamente dictados por Dios, tanto la Biblia como el Corán, y los más antiguos del Lejano Oriente, como los Vedas, Upanishads, Zend-Avesta, Bhagavad Gita (El Canto del Señor), Mahabhárata, Ramayana, Purana, Libro de los Muertos, el I Ching (Libro de las Mutaciones), constituyen un género literario en sí, mezcla de crónicas, apologética, máximas y cantos litúrgicos, todos ellos de procedencia oriental. Se caracterizaban por ser obras apócrifas y sus autores escribas anónimos, copistas que pretendían ser solo amanuenses de la divinidad. Algunos de los más antiguos adquirieron una renovada actualidad: el I Ching como juego social y el Libro Tibetano de los Muertos inspiró el arte de vanguardia, en especial el teatro del absurdo (El rey se muere, de Ionesco).
El Libro de los Muertos llevaba como subtítulo “Fórmulas para salir de las dificultades”; menos enigmático y más representativo del contenido, que indica las reglas adecuadas —oraciones, ritos, entre estos, el sacrificio de animales— para hacer una buena transición de la vida a la muerte, dando por seguro que existía un más allá.
El Rig Veda, escrito en sánscrito, es el más antiguo de todos, pero se desconoce su fecha aunque puede remontarse hasta 1000 y 1500 años antes de nuestra era. Se descubre en algunos fragmentos una profundidad filosófica que difícilmente encontraremos en ninguno de los tres libros de las religiones abrahámicas y que, asimismo, lo distancia de la religión brahmánica. Contrasta con la ingenua y absurda descripción de la creación del mundo de la Biblia, ese tema tratado en el Rig Veda donde además se esboza por primera vez una interpretación agnóstica.

El vínculo entre religión y guerra no se limita a determinadas épocas ni a tipos particulares de sociedad; existió siempre y en todas partes. Las religiones monoteístas y proféticas, para las cuales Dios se manifestó, presuntamente, a un profeta y lo hizo portador de un mensaje —Moisés y Mahoma explícitamente, Jesús de manera ambivalente—, impulsaron a la violencia y a la persecución de toda creencia distinta.
Este no es un tema en las religiones panteisantes, donde el hombre está fusionado con Dios —en el hinduismo o el budismo—, o en una religión limitada a la sabiduría y la moral como en el confucionismo.
La concepción misma de Jehová no difiere mucho de los dioses paganos, es un Dios tiránico, vengativo, celoso, arbitrario, iracundo, que promueve guerras, exige sacrificios monstruosos, tiende trampas a los mortales para probar su debilidad y poder castigarlos. Por el castigo de los primeros hombres condena a pueblos enteros y a sus descendientes, y exhorta a los hebreos a la destrucción de pueblos vecinos. El Antiguo Testamento es un tratado de intolerancia, fanatismo y racismo que anticipa el futuro cristiano de los inquisidores y las guerras religiosas, y los acerca en el odio, aunque con signo invertido, a los antisemitas.
La idea de guerra santa surge del Antiguo Testamento. Jehová incitaba a los judíos contra los cananeos y, ayudándolos con argucias, era un jefe militar como lo fue después Mahoma en persona.
El antijudaísmo comenzó a ser fomentado desde los cristianos primitivos. San Juan Crisóstomo llamaba al judaísmo “una peste común a todo el universo”. La persecución de los romanos a los cristianos cesó cuando el cristianismo se transformó en religión de Estado; comenzó desde entonces la represión de los judíos. No había habido un hostigamiento sistemático de los judíos en la Roma pagana, hasta entonces tenían una situación legal e incluso hubo funcionarios públicos judíos. La batida de los cristianos, por los emperadores romanos, se traspasó a los paganos y judíos, tarea encabezada por los propios cristianos. Siglos más tarde se agregaría el acoso a los islámicos y a los cristianos heréticos.
El emperador Teodosio fue un instrumento de la intolerancia cristiana: persiguió a los paganos y, mediante leyes de excepción, excluyó al judaísmo del imperio. Se prohibieron los matrimonios mixtos, el acceso de los judíos a cargos de funcionarios, la construcción de sinagogas y todo tipo de proselitismo.
En la diáspora, la religión se mantuvo —aun entre los no creyentes— como una recuperación de la nación perdida. Con la fundación del Estado de Israel, la lucha con los árabes dejó de ser una cuestión religiosa —muchos israelíes son agnósticos o ateos— para convertirse en un litigio por la ocupación de la tierra y la defensa en ambas contiendas de una supuesta identidad nacional.
El antisemitismo fue una creación cristiana que se mantiene, más velada, hasta nuestros días. El Vaticano, que ayer no defendió a los judíos de los nazis, hoy prefiere a los palestinos antes que a los israelíes. El cardenal Ruini, vicario del papa Juan Pablo II para la diócesis de Roma, dijo en la Pascua 1992: “El Dios que Jesús manifestaba era demasiado diferente del Dios de los judíos, de aquí la decisión de estos es suprimir a Jesús”.

Entre los mitos sobrenaturales que forman parte esencial del corpus teórico del cristianismo, están la maternidad de una virgen, la Santísima Trinidad y la transustanciación de la sangre y el cuerpo de Cristo.
La figura de María casi no aparece en los Evangelios, o lo hace en situaciones poco afortunadas, como cuando intentó llevar a Jesús a su casa pensando que estaba loco y fue rechazada por este diciendo que su familia eran sus discípulos.
La virginidad de diosas o de las madres de los dioses o semidioses y aun del Dios único del monoteísmo se presta a dos interpretaciones: por una parte, mostrar el origen divino de los poderosos al ser procreados por el semen de Dios, es un ejemplo más del profundo rechazo de las religiones por la sexualidad, por el cuerpo en contraposición al espíritu, y, a la vez, la necesidad de mostrar a la figura paradigmática de la madre como exenta del acto sexual. María es puro espíritu, carente de deseo sexual, aunque sí parecía gustar de la bebida según lo muestra el episodio de las bodas de Canaán.
Ante esta transgresión a las leyes naturales del parto virginal, los Evangelios no tienen otra respuesta que: “Nada es imposible para Dios”.

La homosexualidad entre los monjes no es ninguna suposición sino una tradición que se remonta hasta el siglo IV, como lo muestran los temores y advertencias de Basilio (329-370), para quien el deseo homosexual era una trampa tendida por Satanás. La atracción sexual entre varones jóvenes lejos de ser fácil de resistir para el devoto era lo bastante poderosa para conmover la fe incluso de los ascetas. En Retintiatione saeculi exhorta a los monjes jóvenes

a huir de la asociación íntima con compañeros de su propia edad y alejarse de ellos como del fuego. De hecho, el enemigo ha inflamado a muchos a través de tales medios y los ha lanzado a ese detestable foso con el pretexto de amor espiritual (…) Y cuando un hombre joven converse con otros, expresad vuestra respuesta con la cabeza inclinada, no sea que al mirar fijamente a su rostro, la simiente del deseo sea sembrada por el perverso sembrador y cosechéis la gavilla de corrupción y ruina.

La condena al aborto es una consecuencia obvia de la prohibición de toda sexualidad apartada de la reproducción. En esa misma línea siguió Pablo VI (1963-1978), quien promulgó en 1968, en pleno auge de la revolución sexual, la encíclica Humanae vitae (De la vida humana). Allí condenaba el control de la natalidad y el aborto, prohibía el uso de preservativos y todos los medios anticonceptivos, y declaraba que el acto sexual tenía que darse solo dentro del matrimonio y estar dirigido a la reproducción. Esta encíclica mostró claramente que la Iglesia no estaba dispuesta a profundizar la reforma esbozada en el Concilio Vaticano II, sino a desalentar las expectativas de cambio e, incluso, retroceder. La encíclica provocó rechazo en los católicos moderados y el alejamiento de muchos fieles. Los confesionarios quedaron vacíos porque los creyentes se negaron a fingir arrepentimiento por supuestos pecados —como el uso de anticonceptivos— que seguirán cometiendo; algunos aun trasgreden el sacramento y toman la comunión sin confesar. Las reformas que la Iglesia se niega a realizar, las hacen los fieles por cuenta propia.
La degradación de la mujer y la sumisión a los tabúes sexuales emergen nítidas en la conducta de Juan Pablo canonizar a dos mujeres italianas cuyos méritos habían sido: una, dejarse morir de cáncer de útero por no querer abortar para someterse al tratamiento quirúrgico que le hubiera salvado la vida; la otra, negarse al divorcio y aguantar las palizas de su marido que terminó asesinándola. La Iglesia carece de autoridad para condenar hoy la violencia familiar y el femicidio.

La homosexualidad como una conducta causada por la modernidad y la libertad de costumbres es desmentida con la lectura de la propia Biblia, que muestra cómo abundaba entre los antiguos hebreos, así como los severos castigos con que se los amenazaba.
La condena a la homosexualidad no es, como quisieran algunos homosexuales creyentes, una invención tardía de los papas: fue reiteradamente denostada en el Antiguo y en el Nuevo Testamento.

El islamismo legalizó las desigualdades sociales desde su origen mismo. Las clases privilegiadas eran los descendientes, reales o presuntos, de Mahoma y algunas familias cercanas al linaje del profeta. El gobierno de los califas, que ejercía la suprema potestad política y religiosa, fue una oligarquía cerrada de grupos familiares y allegados.
Algunas costumbres de la religión islámica contribuyeron a las dificultades que tuvieron para constituir Estados organizados y durables. La poligamia trajo serios conflictos en la sucesión de los califas y los sultanes entre los numerosos hermanos con distintas madres, cada uno de los cuales constituía un grupo familiar en pugna. Muchos sultanes debieron asegurar su poder encarcelando y hasta asesinando a sus hermanos. Este clima permanente de desorden, intrigas y corrupción, donde intervenían también las mujeres, los eunucos y los esclavos, llegó a su mayor expresión en el Imperio otomano.
Aunque los islamófilos lo nieguen, la dictadura iraní del ayatolá Jomeini, el terrorismo de Estado de los talibanes en Afganistán, la red terrorista Al Qaeda de Bin Laden, el Hamas palestino, Hezbolá en el Líbano y el califato Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS) no fueron degradaciones del Corán sino producto de su lectura directa y literal.
En el Islam, la mujer es considerada solo como hija, esposa y madre, en los tres casos subordinada al varón; del mismo modo, le está vedado acceder a cargos públicos.
Cualquiera sea la secta fundamentalista islámica, las leyes coránicas son las mismas. La siniestra costumbre de la ablación del clítoris en las niñas para que no puedan experimentar placer se prolonga hasta nuestros días. Desde los talibanes en Afganistán hasta los ISIS en Siria e Irak aún practican en la clandestinidad la operación del clítoris. Padres islamistas emigrados a países occidentales llevan adelante esta práctica y, cuando se los descubre y arresta, se quejan de ser discriminados. Según la Organización Mundial de la Salud hoy viven en el mundo ciento veinticinco millones de mujeres mutiladas.
El derecho penal islámico ordena golpear, lapidar y mutilar a los varones que practican el sexo fuera de matrimonio y condena a muerte a los homosexuales. En el derecho civil, la situación de la mujer es desventajosa: la cuota hereditaria es la mitad de la que corresponde al varón, y este tiene el derecho de repudiar a la mujer sin ninguna necesidad de dar explicaciones y a matarla en el caso de infidelidad.
En todos los regímenes fundamentalistas, el individuo y la vida privada desaparecen en la uniformidad total; los varones deben usar barba y vestir túnica, las mujeres no pueden dejarse ver sin tul…
Es significativo que los países islámicos nunca hayan conocido la democracia ni las libertades civiles. No todos los islámicos son asesinos, qué duda cabe, pero incluso en las escasas oportunidades que tienen de votar, eligen ser representados por déspotas que protegen a los asesinos o lo son ellos mismos.
Los pueblos nunca son del todo inocentes, tienen los gobiernos que se les parecen. El Islam es el hilo invisible que une a los musulmanes pacíficos con las dictaduras y los asesinos terroristas.
Un Estado de derecho debe ser neutro, no puede estar subordinado a los códigos del Corán, sino a leyes constitucionales que separen lo público de lo privado. La democratización del mundo árabe necesitará un complicado proceso de largo tiempo, a partir de la creación de instituciones, partidos políticos, sindicatos, sistemas jurídicos y organizaciones civiles sin cuyo control no es viable un Estado de derecho, inexistente hasta ahora en los países islámicos, donde la opción ha sido elegir entre una dictadura militar o una teocracia.

Las religiones monoteístas incitaron a las guerras en el África. El Islam conquistó el Magreb desde el siglo VII y el África negra en el siglo XI. El catolicismo impuesto por los colonizadores portugueses desde el siglo XV, creció en el siglo XIX con la colonización portuguesa de Angola y Mozambique, y la francesa en ocho territorios que conformaron el “África Occidental Francesa”, en tanto el protestantismo británico dominaba Egipto y África del sur.
Durante la Segunda guerra mundial, la expansión del nazismo hacia África y Asia fue facilitada por la adhesión de algunos regímenes islámicos identificados con los nazis por tener un enemigo común: Inglaterra. El coronel Gamal Nasser había creado durante la guerra un grupo, Camisas Verdes, inspirado en las SS, y en la posguerra otorgó refugio en Egipto a muchos criminales nazis en fuga.
Himmler y las SS fundaron el Centro de Investigaciones Orientales de la Universidad de Tubinga, destinado al estudio del Islam.
A medida que declinaba la Guerra fría, comenzaba una época de enfrentamientos muy violentos de carácter religioso y étnico, en el Líbano, en los Balcanes y en los países asiáticos y africanos. En el Líbano, el país más avanzado y apacible del perturbado Oriente Medio, convivían pacíficamente los cristianos maronitas —por lo general el presidente lo era— y los musulmanes, que usualmente presidían el parlamento. Pero esta paz no estaba destinada a durar. Una milicia católica maronita fascista, la Falange, cometió en 1982 una matanza de palestinos en campos de refugiados (Sabra y Chatila) en respuesta a la Masacre de Damour, en la que palestinos pertenecientes a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) habían asesinado a quinientas ochenta y dos personas y destruido un cementerio cristiano. Según una comisión interna israelí, las fuerzas de Israel, apostadas en el Líbano, fueron cómplices de los asesinatos por no evitarlos y hasta los grupos católicos estuvieron apoyados por el general israelí Sharon. Los israelíes se escudaban en una frase simbólica del carácter religioso de la guerra: “En Chatila no judíos mataron a no judíos, ¿qué tenemos que ver nosotros con eso?”.
Es inútil que los papas de los últimos años del siglo XX y primeros del XXI hayan pedido públicamente perdón por los crímenes cometidos por la Iglesia. El hombre es la suma de sus actos; del mismo modo, las religiones son la síntesis de toda su historia, y la del cristianismo es una historia de crímenes y opresiones a lo largo de dos milenios que pueden ser perdonados, pero no olvidados.
Las guerras de religión han provocado durante dos mil años la muerte de millones de seres humanos por obra de las persecuciones, la discriminación, el genocidio, el apoyo a las tiranías. No se debe, entonces, silenciar el pasado con el pretexto de la pacificación. La memoria del mal, fundada en la investigación histórica, debe revivir en el presente para impedir su retorno.

La Iglesia de los pobres necesitaba, ante todo, atraer a los pobres que se alejaban de ella y para esto no vaciló en incluir la llamada “religiosidad popular” donde se integraba todo tipo de supersticiones, algunas dudosamente religiosas.
Tanto el Movimiento de los Sacerdotes del Tercer Mundo como la teología de la liberación fueron siendo reemplazados por la teología de la pobreza. Bergoglio optó por el concepto “Iglesia de los pobres”, que lo distanciaba de la teología de la liberación y además porque teología era un término demasiado intelectual para la gente sencilla a la que se dirigían.
La firma de Bergoglio obispo no aparecía en las declaraciones políticas tan abundantes debido, según sus partidarios, a que no se dedicaba a la teología sino a la pastoral, pero también, aunque eso no se diga, por temor a comprometerse demasiado en una época tan conflictiva y dificultar su carrera política ascendente. Sus denuncias eran tan generales y obvias como para no malquistar a nadie.
La Iglesia tradicional rechaza por igual la libertad y la igualdad. La teología de la liberación y la Iglesia de los pobres defienden la justicia social pero siguen restringiendo la libertad intelectual y moral de los individuos, y no prestan demasiada atención a las instituciones republicanas sin las cuales se restringen las libertades pero también las igualdades.
Este dilema político nos remite a un problema sociológico y filosófico: ¿la realidad humana se fundamenta en los individuos o en la sociedad? En el último caso se cae en las distintas formas de colectivismo, desde el comunismo ateo hasta el populismo cristiano.
Es difícil pero necesario equilibrar la justicia y la libertad. Un escéptico político diría que es imposible, un agnóstico político diría que es difícil pero no imposible y vale la pena intentarlo.

La Iglesia critica, con razón, el desenfrenado consumismo promocionado por un productivismo desbocado y el mercado sin ningún control, que llevan al deterioro del medio ambiente, al aumento del delito, a la droga y al alcohol, consecuencias de una vida atormentada y sin sentido. La descripción de los síntomas es acertada pero no lo es, en cambio, el diagnóstico de sus causas y, por lo tanto, tampoco sus recetas de curación. La alternativa ofrecida por los valores cristianos consiste en un moralismo anacrónico y represivo que, imposible de imponer, aun en el seno de la propia Iglesia, solo conduce a la hipocresía y a la doble moral que terminó explotando en los escándalos sexuales y financieros del Vaticano en el cambio de siglo.
Las religiones, si quieren sobrevivir en un mundo tan complejo y cambiante, deben confrontar sus creencias con el estado actual de las ciencias naturales y de las ciencias humanas, insertarse en la trama de las relaciones interdisciplinarias e interculturales y descartar el conocimiento basado en la revelación, la tradición, la autoridad los libros sagrados y el dogma creados por sociedades atrasadas en tiempos inmemoriales. Pero ¿pueden seguir llamándose “religión” si se aceptan esas condiciones?.

La religión plantea de antemano y en forma dogmática la inmortalidad del alma, la ciencia según los creyentes en su marcha tendería a establecerlo. En ese sentido, dice Planck, “para la religión, la verdad está al comienzo de todo pensamiento, para la ciencia solo interviene a su término”.

El agnosticismo, o alguna forma de pensar semejante, existió a lo largo de toda la historia del pensamiento y se remonta a la filosofía de la antigüedad clásica. La filosofía tradicional griega era dogmática y segura de sí misma, creía en la Naturaleza como la esencia del Todo, y por eso sirvió de fundamento a las religiones. El neoplatonismo y el estoicismo forjaron el cristianismo primitivo y el aristotelismo, el cristianismo medieval. Concorde con esta concepción holista, la sociedad ateniense, que pasa por la cuna de la democracia, tampoco lo fue del todo, como lo muestra la exclusión de vastos sectores de la sociedad —mujeres, extranjeros, esclavos o pobres— y la persecución a los que pensaban distinto de lo establecido: la muerte de Sócrates es un ejemplo.
Solo ciertos atisbos de agnosticismo se encuentran en la filosofía griega marginal: los epicúreos, los cínicos y los sofistas y, entre ellos, Protágoras, discípulo de Heráclito.
El agnosticismo en el sentido actual del término, aparte de esas aisladas insinuaciones griegas, surge con el humanismo renacentista, con los inicios del pensamiento libre y crítico de todo dogmatismo que anunciaba la modernidad.
Los creyentes, y aun muchos ateos, consideran que el agnosticismo es una elección solo apta para una minoría, el pueblo es religioso de hecho. Es decir, el agnosticismo sería una actitud elitista, aristocratizante, casi esotérica, porque implicaría un peligro para el Estado y la sociedad si se expandiera.
Considero, por el contrario, que el agnosticismo es el equivalente de la democracia aplicada a la religión, y que la democracia es el agnosticismo en el terreno político.

A book so fundamental that I find it easy to bet that it will become a classic. The best of Sebreli maybe. It allows us to understand, in addition to the challenge to the world of reason presented by religions and the idea of ​​the creator, the political influence that the idea of ​​divinity and above all the reality of the institutions that sustain it, in the fate of our countries. Sebreli asks if his work will survive him or if he will perhaps be remembered as “a different type”. Well, this is a different book, for which it will be worthwhile for the succeeding generations to remember it, because the theme will continue to be central and here it is exposed in a masterly way.
The interesting thing goes beyond the merely historical and illustrates the connection of past and present events, with very important reflections on the backgrounds of the “religious icebergs”; as well as some attributions, especially to the religions of the Monteis, in the violent courses of humanity.

The difficulty of religions to integrate into the modern world begins with the rejection of scientific changes from the sixteenth century, the cultural revolution that signified the Enlightenment of the Enlightenment, and the democratic and liberal policies arising from the bourgeois revolutions European and American.
Four hundred years later, the Church continued to have problems with the profound transformations that took place in the middle of the last century in the habits and customs and current lifestyles, from the most superficial ones such as the mass consumption or the growth of entertainment media, to the deepest ones as the conquest of individual liberties, the equality of women and the liberation of sexual relations.
This new way of life was rejected by the Church, which insisted on a futile battle against a reality that continued to develop without worrying about the attacks of the more backward sectors, which were sometimes partially and silently absorbed.
The majority of the population admits belonging to a certain religion, but in reality it is a minority that practices its norms; in Catholicism there are few believers who attend mass once a week, communions are more spaced and most no longer fulfill the rule of previous confession “to leave the body free of all impurity” because they can not manifest their repentance of “Sins” such as birth control in which they will continue to incur.
The dogmas go that way falling one after another by decision of the believers without waiting for the reforms of the Church that never arrive. Stable institutions, regular practices and dogmatic truths are replaced by flexible norms.
Islamic fundamentalism, thanks to the power of theocratic regimes, remained aloof from the revolution of Western customs and remained attached to a medieval morality. Muslims assimilated to Western countries never knew Islamophobia, until the word was unknown. If it exists today, it is a consequence of terrorism and the religious wars of the fundamentalists.
Judaism went through different avatars. For assimilated Jews in European and American urban centers, before the Second World War, rituals were forgotten and religious orthodoxy was diluted in the secular conservatism of the upper classes, and liberalism and the lefts of the middle classes. Only among non-practicing Jews with an abundance of mixed marriages living in secularized societies was a liberalized religion possible, in keeping with modern times. With Nazism, the Shoah and later the Middle East wars, liberalism and democracy receded.
In the 20th century, philosophy followed successively the fashion of existentialism, structuralism, lacanism, post-Marxism and so on and so on. Religion could not be exempt from those gusts; In this way, at the turn of the century, a new apogee of the religions occurred, provided they had some novelty. Even an old religion like Catholicism was liable to fall into the cycle of fashions.
It is irrelevant to dismiss these cultural jokes as frivolities, since the phenomenon of fashion, already analyzed by Georg Simmel, is not as banal as it appears, has its own significance and responds to the desires of men in certain social and cultural conditions. Religion also has its fashions and all fashion is, in its way, a form of religion. Both are immune to criticism, have their fans and their detractors, when they pass they forget them, and allow that, after a time, reappear.

The Vatican is today, with the exception of the Islamic theocracies, the last and the only absolute monarchy. To its total political power over the clergy of the Catholic world is added the spiritual domain – although today it is purely formal – that gives the pope the dogma of infallibility. It existed in fact from the beginning of the Roman Church and was made official by Pius IX at the First Vatican Council of 1869.
The defeat of fascism, to which he had largely adhered, forced the Catholic Church to make some changes, such as accepting the emergence of the new parties of Christian Democracy that had been opposed in the prewar period for fear that they would compete with The Vatican.
The rebirth of Europe after the collapse of the Second World War was due, it must be recognized, to three democratic Catholic rulers: Charles de Gaulle in France, Konrad Adenauer in Germany and Alcides De Gasperi in Italy, supported economically by a reformed Christian country, U.S.
The Second Vatican Council (1965), convened a century after the previous one by Angelo Giuseppe Roncalli (John XXIII), abandoned the ideal of State religion and recognized the pluralistic democratic systems, previously condemned.
The Church had a lackluster role in the consolidation and forms of sexual morality. Instead he wasted time transiting dead ends as the theology of liberation and populism or support for military dictatorships.
Wojtyla used the most modern means to spread a medieval ideology. The expression with which Jeffrey Herf defined Nazism, “reactionary modernism,” is useful to describe it. At the same time that it attacked the consumer society and the cultural industry in mass society, it used its resources. He achieved that way, with his television appearances, his travels and even with his death, to revive a Church that had not found another model for the present.
Very different was his successor Joseph Ratzinger, Benedict XVI, imbued with the German philosophy of the first half of the twentieth century, in whose cloisters he was formed. His encyclicals resemble academic essays, fruit of his knowledge of the German philosophers. Ratzinger coincided with many of them in the attack on modernity and on the supposedly rational criticism of enlightened rationalism.
As for censorship of the selfish individualism of bourgeois society – common in Wojtyla, Ratzinger and Bergoglio – seemingly progressive, it is in reality a nostalgic regression of medieval Christianity, of feudal patriarchalism and of corporations opposed to liberal and secular republicanism. the secular society.
Ratzinger was the opposite in the form of his predecessor. I was introverted
Ratzinger attributed the ecclesiastical crisis, in part, to the reform of the liturgy. The latter, he said, is not something that is done, it is something “given”, it does not depend on our decisions. These ideas led him to rehabilitate Bishop Lefebvre and try to reverse the process of modernization launched by the Council, which, however, had participated and in which he had formed, along with Hans Küng, the apparently progressive wing. Later, Ratzinger confessed to Küng that he would have felt more comfortable living in the Middle Ages.
He failed not only because of the opposition of the reformist clergy, of influence in the more advanced countries, but also because decadence and corruption were not only in the modern world, as he believed, but also within the Church itself, as he discovered the end of his mandate. The clergy transgress, in their private life, the cause most severely defended by the catechism and encyclicals: sexual repression. Not even the discreet Ratzinger was free of suspicions, unfounded, about the meteoric career of his private secretary, who jumped from priest to archbishop.

The Roman Church has been aware of its decline in Western Europe, which for centuries was the center of Catholicism. Nor could the Italian clerical hierarchy continue to operate as its private preserve. Catholic geography is not static; the primitive Christianity, a religion of oriental root, was transformed from its adoption by the Roman Empire into Eurocentric and thus it remained for centuries. This predominance began to change from the middle of the last century; their followers in Latin Europe diminished, even in the most traditionalist countries like Spain.
The Vatican thought it opportune to start choosing non-Italian potatoes. The first was the Polish Wojtyla, belonging to Eastern Europe. With his election, in addition, introduced a wedge in the communist bloc. Then he was encouraged by Ratzinger, a pope from central Europe, but not Italian. Latin America, the continent with the largest number of Catholics on the planet, its last reservation, prompted the election of a pope “of the end of the world”, as Bergoglio himself was called. Today, only twenty-four percent of Europeans are still Catholics; while Catholicism grew in the third world.
Pope Francis is very different from Ratzinger, a product of German elite culture; his, on the other hand, emerged from the porteño world of the fifties and sixties. His background helped him get closer with the simple people: descendant of Italian immigrants, neighborhood boy, with the experience of the neighborhood of open doors and Flores house. The characteristic costumbrismo, the stereotyped “Buenos Aires cronyism” -the friend of all, the bar on the corner, the talk with the diariero, the loitering, the round of mate in the patio-, gave him the facility of communication and prose spicy, mechada of argentinismos, lunfardismos, criollismos, vulgarismos and terms of the soccer jargon. Sometimes he uses words from his childhood, now out of use, like saying “salame” for being silly. His taste for popular language can reach the bawdy. Being a pope and indirectly justifying the Islamic terrorists who avenged Mohammed, he used a Guaranga expression, more like a scoundrel than a pope: “If someone says a bad word against my mother, you can expect a punch ”
The behavior of Bergoglio during the military dictatorship (1976-1983) was much discussed in the case of the Jesuits Orlando Yorio and Francisco Jalics, kidnapped for their social work activities in a village in the Bajo Flores neighborhood. Orlando Yorio accused Bergoglio of having left him without Company coverage, exposed to being kidnapped by the military, which actually happened. This accusation was endorsed by the nun Norma Gorriarán, the official of the Chancery Anselmo Orcoyen and by the catechist Marina Rubino, sister of Yorio himself. Emilio Mignone – founder of the Center for Legal and Social Studies (CELS) – said of Bergoglio: “He is one of the pastors who gave the sheep to the enemy without defending or rescuing them.”
Bergoglio is not easy to classify because it mixes religion with politics, ideology with pragmatism bordering on opportunism. He can be placed throughout his career as a popular conservative, “a Peronist Pope,” as defined by The Economist. He was an old-fashioned Peronist, closer still to the fascistist right and contrary to the Latin American neopopulism embodied in Chavism and Kirchnerism.
The style of Pope Francis is novel and different from both Wojtyla and Ratzinger, but the dogmatic content has continuity: Ratzinger, who had been Wojtyla’s intellectual mentor, appointed him to lead the CELAM conference and endorsed the document political and social critic against the Latin American neopopulism written in part by Bergoglio, although later he will change his way of thinking when the Latin American neopopulist governments entered into decline.
Pope Francis has undoubtedly chosen the political side of religion and thus behaves. After the media success of his few lightly spoken words about homosexuality and abortion, he made a terrible statement about the face of Christ in the fetus that abortionists want to kill.

The so-called “sacred books,” many of them supposedly dictated by God, both the Bible and the Koran, and the oldest in the Far East, such as the Vedas, Upanishads, Zend-Avesta, Bhagavad Gita (The Song of the Lord), Mahabharata , Ramayana, Purana, Book of the Dead, the I Ching (Book of the Mutations), constitute a literary genre in itself, mixture of chronicles, apologetics, maxims and liturgical songs, all of oriental origin. They were characterized as apocryphal works and their authors anonymous scribes, copyists who claimed to be only amanuenses of the deity. Some of the oldest acquired a renewed relevance: the I Ching as a social game and the Tibetan Book of the Dead inspired avant-garde art, especially the theater of the absurd (The King dies, of Ionesco).
The Book of the Dead had as its subtitle “Formulas to get out of difficulties”; less enigmatic and more representative of the content, which indicates the appropriate rules – prayers, rites, among these, the sacrifice of animals – to make a good transition from life to death, assuming that there was a beyond.
The Rig Veda, written in Sanskrit, is the oldest of all, but its date is unknown although it can be traced back to 1000 and 1500 years before our era. In some fragments we discover a philosophical depth that we will hardly find in any of the three books of the Abrahamic religions and that also distances it from the Brahminical religion. It contrasts with the naive and absurd description of the creation of the world of the Bible, that subject dealt with in the Rig Veda, where an agnostic interpretation is also sketched for the first time.

The link between religion and war is not limited to certain times or to particular types of society; It existed always and everywhere. The monotheistic and prophetic religions, for which God allegedly manifested himself to a prophet and made him a bearer of a message -Moses and Muhammad explicitly, Jesus in an ambivalent manner- promoted violence and the persecution of every different belief.
This is not a theme in the pantheistic religions, where man is fused with God – in Hinduism or Buddhism – or in a religion limited to wisdom and morals as in Confucianism.
The very conception of Jehovah is not very different from the pagan gods, he is a tyrannical, vengeful, jealous, arbitrary, angry God, who promotes wars, demands monstrous sacrifices, sets traps for mortals to prove their weakness and be able to punish them. By the punishment of the first men he condemns whole peoples and their descendants, and exhorts the Hebrews to the destruction of neighboring peoples. The Old Testament is a treatise of intolerance, fanaticism and racism that anticipates the Christian future of the inquisitors and religious wars, and brings them closer in hatred, although with an inverted sign, to anti-Semites.
The idea of ​​holy war arises from the Old Testament. Jehovah incited the Jews against the Canaanites and, helping them with tricks, was a military commander as was Muhammad himself in person.
The anti-Judaism began to be encouraged from the early Christians. St. John Chrysostom called Judaism “a plague common to the entire universe.” The persecution of the Romans by the Christians ceased when Christianity became a state religion; since then the repression of the Jews began. There had been no systematic harassment of the Jews in pagan Rome, until then they had a legal status and there were even Jewish public officials. The beating of the Christians, by the Roman emperors, was transferred to the pagans and Jews, a task headed by the Christians themselves. Centuries later, harassment would be added to Islamists and heretical Christians.
The Emperor Theodosius was an instrument of Christian intolerance: he persecuted the pagans and, by exceptional laws, excluded Judaism from the empire. Mixed marriages, access by Jews to civil servants, construction of synagogues and all kinds of proselytizing were prohibited.
In the diaspora, religion remained – even among non-believers – as a recovery of the lost nation. With the founding of the State of Israel, the struggle with the Arabs ceased to be a religious issue – many Israelis are agnostics or atheists – to become a litigation for the occupation of the land and the defense in both races of a supposed national identity.
Anti-Semitism was a Christian creation that remains, more veiled, to this day. The Vatican, which yesterday did not defend the Jews of the Nazis, today prefers the Palestinians rather than the Israelis. Cardinal Ruini, vicar of Pope John Paul II for the diocese of Rome, said at Easter 1992: “The God Jesus manifested was too different from the God of the Jews, hence their decision is to suppress Jesus.”

Among the supernatural myths that are an essential part of the theoretical corpus of Christianity, are the motherhood of a virgin, the Holy Trinity and the transubstantiation of the blood and body of Christ.
The figure of Mary almost does not appear in the Gospels, or does so in unfortunate situations, such as when she tried to take Jesus home thinking he was crazy and was rejected by him saying that his family were his disciples.
The virginity of goddesses or mothers of gods or demigods and even of the one God of monotheism lends itself to two interpretations: on the one hand, showing the divine origin of the powerful ones being procreated by the semen of God, is one more example of the deep rejection of religions by sexuality, by the body as opposed to the spirit, and, at the same time, the need to show the paradigmatic figure of the mother as exempt from the sexual act. Mary is pure spirit, devoid of sexual desire, although she did seem to like drinking as the episode of the wedding of Canaan shows.
Faced with this transgression of the natural laws of virgin birth, the Gospels have no other answer than: “Nothing is impossible for God.”

Homosexuality among monks is no supposition but a tradition that goes back to the fourth century, as the fears and warnings of Basil (329-370) show, for whom homosexual desire was a trap set by Satan. The sexual attraction among young men far from being easy to resist for the devotee was powerful enough to move the faith even of the ascetics. In Retintiatione saeculi exhorts young monks

to flee from intimate association with companions of their own age and away from them as from fire. In fact, the enemy has inflamed many through such means and has thrown them into that detestable pit with the pretext of spiritual love (…) And when a young man talks to others, express your answer with bowed head, do not be that by staring at his face, the seed of desire is sown by the wicked sower and you reap the sheaf of corruption and ruin.

The condemnation of abortion is an obvious consequence of the prohibition of all sexuality apart from reproduction. Along the same lines, Paul VI (1963-1978) followed, promulgating the encyclical Humanae vitae (From human life) in 1968, at the height of the sexual revolution. There he condemned birth control and abortion, prohibited the use of condoms and all contraceptive means, and declared that the sexual act had to occur only within marriage and be aimed at reproduction. This encyclical clearly showed that the Church was not willing to deepen the reform outlined in the Second Vatican Council, but rather to discourage expectations of change and, even, to back down. The encyclical provoked rejection in the moderate Catholics and the remoteness of many faithfuls. The confessionals were left empty because the believers refused to feign repentance for alleged sins – such as the use of contraceptives – that they will continue to commit; some even transgress the sacrament and take communion without confessing. The reforms that the Church refuses to make, are made by the faithful on their own.
The degradation of women and submission to sexual taboos emerge clearly in the conduct of John Paul canonize two Italian women whose merits had been: one, letting itself die of uterine cancer for not wanting to abort to undergo the surgical treatment that would have saved the life; the other, refusing to divorce and enduring the beatings of her husband who ended up murdering her. The Church lacks the authority to condemn today’s family violence and femicide.

Homosexuality as a behavior caused by modernity and freedom of manners is denied by reading the Bible itself, which shows how it abounded among the ancient Hebrews, as well as the severe punishments with which they were threatened.
The condemnation of homosexuality is not, as some homosexual believers would have it, a late invention of the popes: it was repeatedly reviled in the Old and New Testaments.

Islamism legalized social inequalities from its very origin. The privileged classes were the descendants, real or presumed, of Muhammad and some families close to the lineage of the prophet. The government of the caliphs, which exercised the supreme political and religious power, was a closed oligarchy of family and close groups.
Some customs of the Islamic religion contributed to the difficulties they had in forming organized and durable states. The polygamy brought serious conflicts in the succession of the caliphs and sultans among the numerous brothers with different mothers, each of whom constituted a family group in struggle. Many sultans had to secure their power by imprisoning and even murdering their brothers. This permanent climate of disorder, intrigue and corruption, where women, eunuchs and slaves also intervened, reached its highest expression in the Ottoman Empire.
Although Islamists deny it, the Iranian dictatorship of Ayatollah Khomeini, the State terrorism of the Taliban in Afghanistan, the al Qaeda terrorist network of Bin Laden, the Palestinian Hamas, Hezbollah in Lebanon and the Islamic State caliph of Iraq and Syria ( ISIS) were not degradations of the Koran but a product of its direct and literal reading.
In Islam, the woman is considered only as a daughter, wife and mother, in all three cases subordinated to the male; in the same way, he is forbidden to access public office.
Whatever the Islamic fundamentalist sect, the Koranic laws are the same. The sinister habit of abducting the clitoris in girls so they can not experience pleasure continues to this day. From the Taliban in Afghanistan to the ISIS in Syria and Iraq still practice clandestine operation of the clitoris. Islamist parents emigrated to Western countries carry out this practice and, when they are discovered and arrested, they complain of being discriminated against. According to the World Health Organization, one hundred and twenty-five million mutilated women now live in the world.
The Islamic criminal law orders to hit, lapidate and mutilate men who practice sex outside marriage and condemns homosexuals to death. In civil law, the situation of women is disadvantageous: the hereditary quota is half of what corresponds to the male, and he has the right to repudiate the woman without any need to explain and kill her in the case of infidelity.
In all fundamentalist regimes, the individual and private life disappear in total uniformity; men should wear beards and wear tunics, women can not be seen without tulle …
It is significant that Islamic countries have never known democracy or civil liberties. Not all Islamists are murderers, no doubt about it, but even in the few opportunities they have to vote, they choose to be represented by despots who protect the murderers or who are themselves.
The peoples are never entirely innocent, they have governments that resemble them. Islam is the invisible thread that unites peaceful Muslims with dictatorships and terrorist assassins.
A rule of law must be neutral, can not be subordinated to the codes of the Koran, but to constitutional laws that separate the public from the private. The democratization of the Arab world will require a complicated process of long time, starting from the creation of institutions, political parties, unions, legal systems and civil organizations without whose control a rule of law is not viable, nonexistent until now in the Islamic countries, where the option has been to choose between a military dictatorship or a theocracy.

Monotheistic religions incited wars in Africa. Islam conquered the Maghreb from the seventh century and black Africa in the eleventh century. The Catholicism imposed by the Portuguese colonizers since the fifteenth century, grew in the nineteenth century with the Portuguese colonization of Angola and Mozambique, and the French in eight territories that made up the “French West Africa”, while British Protestantism dominated Egypt and Africa from the south.
During the Second World War, the expansion of Nazism to Africa and Asia was facilitated by the adhesion of some Islamic regimes identified with the Nazis for having a common enemy: England. Colonel Gamal Nasser had created during the war a group, Green Shirts, inspired by the SS, and in the postwar period he granted refuge in Egypt to many fugitive Nazi criminals.
Himmler and the SS founded the Center for Oriental Research at the University of Tübingen, for the study of Islam.
As the Cold War declined, a time of very violent clashes of religious and ethnic character began in Lebanon, in the Balkans and in Asian and African countries. In Lebanon, the most advanced and peaceful country in the troubled Middle East, the Maronite Christians coexisted peacefully – usually the president was – and the Muslims, who usually presided over parliament. But this peace was not destined to last. A fascist Maronite Catholic militia, the Falange, committed a 1982 massacre of Palestinians in refugee camps (Sabra and Chatila) in response to the Damour Massacre, in which Palestinians belonging to the Palestine Liberation Organization (PLO) had killed five hundred and eighty-two people and destroyed a Christian cemetery. According to an Israeli internal commission, the Israeli forces, stationed in Lebanon, were accomplices in the killings for not avoiding them and even the Catholic groups were supported by the Israeli general Sharon. The Israelis shielded themselves in a phrase symbolic of the religious nature of the war: “In Chatila, non-Jews killed non-Jews, what do we have to do with that?”
It is useless that the popes of the last years of the twentieth century and the first of the twenty-first have publicly asked for forgiveness for the crimes committed by the Church. Man is the sum of his actions; in the same way, religions are the synthesis of all their history, and that of Christianity is a history of crimes and oppressions over two millennia that can be forgiven, but not forgotten.
The wars of religion have caused for two thousand years the death of millions of human beings through persecution, discrimination, genocide, support for tyrannies. It is not necessary, then, to silence the past with the pretext of pacification. The memory of evil, founded on historical research, must revive in the present to prevent its return.

The Church of the poor needed, first of all, to attract the poor who were moving away from her and for this she did not hesitate to include the so-called “popular religiosity” where all kinds of superstitions, some dubiously religious, were integrated.
Both the Third World Movement of Priests and the theology of liberation were being replaced by the theology of poverty. Bergoglio opted for the concept “Church of the poor”, which distanced him from the theology of liberation and also because theology was too intellectual a term for the simple people to whom they were going.
The signature of Bergoglio bishop did not appear in the abundant political statements due, according to his supporters, that he was not dedicated to theology but to the pastoral, but also, although that is not said, for fear of committing too much in such a time conflictive and hinder their political career ascending. His denunciations were so general and obvious as not to malign anyone.
The traditional Church equally rejects freedom and equality. The theology of liberation and the Church of the poor defend social justice but continue to restrict the intellectual and moral freedom of individuals, and do not pay much attention to republican institutions without which liberties but also equalities are restricted.
This political dilemma refers us to a sociological and philosophical problem: is human reality based on individuals or society? In the latter case, it falls into the different forms of collectivism, from atheist communism to Christian populism.
It is difficult but necessary to balance justice and freedom. A political skeptic would say that it is impossible, a political agnostic would say that it is difficult but not impossible and worth trying.

The Church criticizes, rightly, the unbridled consumerism promoted by a runaway productivism and the market without any control, that lead to the deterioration of the environment, to the increase of crime, to drugs and alcohol, consequences of a tormented and meaningless life . The description of the symptoms is correct but it is not, on the other hand, the diagnosis of its causes and, therefore, neither its healing recipes. The alternative offered by Christian values ​​consists of an anachronistic and repressive moralism that, impossible to impose, even within the Church itself, only leads to the hypocrisy and double standards that ended up exploding in the Vatican’s sexual and financial scandals. the turn of the century.
Religions, if they want to survive in such a complex and changing world, must confront their beliefs with the current state of the natural sciences and human sciences, insert themselves in the web of interdisciplinary and intercultural relations and discard knowledge based on revelation. , the tradition, the authority, the sacred books and the dogma created by societies lapsed in time immemorial. But can they still be called “religion” if those conditions are accepted?

Religion raises beforehand and in a dogmatic way the immortality of the soul, the science according to the believers in its march would tend to establish it. In that sense, says Planck, “for religion, the truth is at the beginning of all thought, for science only intervenes at its end.”

Agnosticism, or some similar way of thinking, existed throughout the history of thought and goes back to the philosophy of classical antiquity. Traditional Greek philosophy was dogmatic and self-confident, believed in Nature as the essence of the All, and therefore served as a foundation for religions. Neoplatonism and Stoicism forged primitive Christianity and Aristotelianism, medieval Christianity. Concorde with this holistic conception, the Athenian society, which passes through the cradle of democracy, was not at all either, as shown by the exclusion of vast sectors of society – women, foreigners, slaves or poor – and the persecution of who thought differently from the established: the death of Socrates is an example.
Only certain glimmers of agnosticism are found in marginal Greek philosophy: the Epicureans, the Cynics, and the Sophists, and among them Protagoras, a disciple of Heraclitus.
The agnosticism in the current sense of the term, apart from those isolated Greek insinuations, arises with Renaissance humanism, with the beginnings of free thought and critical of all dogmatism that announced modernity.
The believers, and even many atheists, consider that agnosticism is a choice only suitable for a minority, the people are religious in fact. That is to say, agnosticism would be an elitist, aristocratic, almost esoteric attitude, because it would imply a danger for the State and society if it were to expand.
I believe, on the contrary, that agnosticism is the equivalent of democracy applied to religion, and that democracy is agnosticism in the political arena.

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