Elogio Del Olvido: Las Paradojas De La Memoria Histórica — David Rieff / In Praise of Forgetting: Historical Memory and Its Ironies by David Rieff

Lo interesante de este breve ensayo es el punto de vista diferente e innovador ante lo políticamente correcto respecto a la memoria histórica. Olvidar para poder avanzar.

Este es un libro corto (145 páginas) que podría resumirse brevemente o debatirse y analizarse con gran detalle. El breve resumen podría ser algo como esto: a veces, en lugar de tratar de fomentar la memoria histórica colectiva, es mejor olvidar los errores históricos en nombre de la búsqueda de la paz y el progreso. El libro de Rieff es en gran parte una crítica del trabajo de dos filósofos, quienes han escrito sobre aspectos éticos de la memoria colectiva: el israelí Avishai Margalit y el belga-francés Tzvetan Todorov. (He leído algunos, aunque no mucho, de este último, y ninguno de los anteriores.) Rieff es respetuoso, pero finalmente está en completo desacuerdo con su punto de vista (al menos según lo transmitido por él) de que la memoria colectiva es vital, y incluso una obligación moral. El punto de vista de Rieff es que debido a que la memoria colectiva existe solo metafóricamente (es decir, no surge de la misma manera que la memoria de un individuo), está “sujeta a numerosas distorsiones que deberían someter los reclamos de su importancia moral y éticamente a una severa tensión”. .
En la primera parte del libro, Rieff es bastante pesimista, o al menos fatalista, acerca de que la historia se convierta en un componente útil de un mundo pacífico. La cuestión para él parece ser esta: ¿cómo podemos encontrar significado y propósito, una base para la ética, la moralidad y la comunidad, ante la falta de sentido de la historia y la ilusión de la permanencia (esta última enmascarando la primera)? La discusión de Rieff sobre la teoría histórica en el primer tercio del libro se basa en tres pilares principales: 1. Todo y todos serán olvidados. La historia, por lo tanto, no tiene sentido. 2. Al tratar de preservar el pasado, inevitablemente lo distorsionamos. 3. Cambios en la memoria colectiva, basados ​​en lo que es importante y necesario en ese momento. Por lo tanto, no es confiable, aunque tal vez sea necesario, y se manipula fácilmente con fines políticos. Su argumento sobre la insignificancia de la historia parecerá excesivamente reductivo para cualquiera que haya estudiado la metodología histórica. Por ejemplo, se emociona de que la definición más obvia posible de “nación” sea la que hoy prevalece. De hecho, hay muy poco en su discusión en la primera parte del libro que será nuevo para los historiadores o para los no historiadores bien leídos en la teoría histórica. Aún así, uno tiene que mantener a la audiencia de Rieff (un público educado pero no especializado) y su intención en mente. En secciones posteriores del libro, reconoce que la historia académica, si se la persigue con el ideal de la comprensión objetiva en lugar de la creación de identidad o el cuidado de agravios, puede brindar información valiosa sobre el pasado. Pero en su mayor parte, las sociedades humanas -y ciertamente sus gobiernos- rara vez se interesan por el pensamiento crítico sobre el pasado, prefiriendo las comodidades de la mitología y la rectitud de ser víctimas. O, como dice Rieff, “cuando en la historia el místico ha jugado alguna vez el segundo violín con el crítico”.
Puede parecer extraño decir esto sobre un libro corto, pero tal vez Rieff proteste demasiado. El caso podría hacerse mucho más sucinto de lo que lo hace. También podría haberse ampliado a una discusión mucho más larga. Entonces, tal vez el problema no es la duración sino la organización. Hay un argumento importante en el corazón de este libro, pero no está bien organizado ni discutido. Él arroja mucho en las pocas páginas del libro, en particular, muchas referencias a otros escritores, a veces de una manera que hace parecer que solo quiere colocar tantos nombres como sea posible, sin asegurarse de que todo esté bien cohesionado. A la dificultad se suma el hecho de que la escritura es a menudo inconexa, estropeada por oraciones enrevesadas que deambulan por demasiados caminos subordinados. He aquí un ejemplo: “Porque si, a pesar de las ficciones consoladoras ofrecidas por una perspectiva kantiana, esa ilusión, identificada como tal o no, hoy domina la imaginación moral de tantos de los más escrupulosos y éticamente conscientes entre nosotros, la verdad y la moralidad pueden los tiempos son inconmensurables, entonces lo mismo puede y debe decirse acerca de la realidad y la necesidad “.
Aquí hay otro: “La crisis griega sola, pero también el surgimiento de partidos populistas tanto en la izquierda (Syriza en Grecia, Podemos en España, y otros) como en la derecha (el Frente Nacional en Francia y el Partido Popular Danés, por ejemplo ), la incapacidad de los gobiernos europeos para acordar cómo elaborar una política común sobre el reasentamiento de la última ola de migrantes, y el pánico cultural, político y económico, justificado o no (probablemente ambos, en mi opinión), que la crisis de refugiados ha provocado una amplia evidencia de que la era en la que pensadores serios como Garton Ash y Jürgen Habermas podrían seguir creyendo en la visión humana de estadistas como Jean Monnet, Robert Schuman, Paul-Henri Spaak y Emile Noël para Europa y su vocación en el mundo todavía gozaba de una preponderancia de apoyo por parte del público europeo que bien podría estar terminando, si no ha terminado ya “.
¿Seriamente? Mira, no es que no pueda entender lo que dice. Al graduarme a lo grande, leo mucho trabajo muy complicado. Es solo la pura y tortuosa algarabía de algunas de las oraciones de Rieff lo que realmente interrumpe el flujo de la narración. Si va a escribir una oración de 150 palabras, hágala buena. ¿Qué pasó con la claridad?
El argumento comienza a establecerse, gana impulso y, por lo tanto, se vuelve más convincente hacia el final del capítulo 3. Esta es una de las secciones del libro más reflexivas y que invitan a la reflexión. Para ser claros, Rieff no apunta a disminuir, o incluso alentar el olvido de los sacrificios hechos por tantos en el pasado. Pero él pide que los lectores consideren “¿qué pasaría si, al menos en algunos lugares y en algunas ocasiones históricas, el costo humano y social de la demanda moral para recordar es demasiado alto como para valer la pena pagarlo?”. Su discusión está inevitablemente coloreada por su observación de numerosos conflictos y sus consecuencias, que lo han convencido de que la memoria colectiva es más probable que prolongue el dolor y el resentimiento que la paz (o la justicia) y que a veces las naciones tienen que olvidar sus heridas y siga adelante. Esto incluye eventos cataclísmicos como el 11-S, dice, cuyas heridas están frescas en este momento, pero cuyo recuerdo finalmente, algún día, se perderá o se transformará en algo no muy parecido a la historia, sino más bien como la mitología. Esta es la razón por la que se esfuerza en la primera parte del libro para recordar a sus lectores que nada dura: ni naciones, ni tradiciones, ni recuerdos (memoria real, que según él solo puede residir en individuos, no en grupos).

Elogio del Olvido es un largo ensayo convertido en un libro corto. Puede ser un libro importante, o al menos plantea preguntas importantes, pero no es particularmente bien ejecutado. Tomado en su conjunto es una narrativa entrecortada y frustrante, pero esto no quiere decir que Rieff no vaya a ninguna parte con eso. Su pregunta general sobre sopesar los peligros del olvido frente a los de manipular el pasado con fines destructivos y divisivos vale la pena preguntar. Y él hace muchos buenos puntos en el camino. Los márgenes de mi copia del libro están llenos de comentarios, preguntas y marcas de verificación. (Dada la intensidad de las cuestiones morales e intelectuales que rodean la actual crisis de refugiados, me llamó particularmente la atención cómo Rieff utiliza la crisis para plantear preguntas importantes sobre cuestiones de identidad y comunidad, y el papel de la historia y la memoria para crearlas y reforzarlas: “Y por muy políticamente incorrecto que sea señalar esto, si la memoria es un elemento esencial para construir una identidad europea, entonces la llegada de masas de personas que no comparten ninguno de estos recuerdos, y, más concretamente, traen consigo más -Los recuerdos europeos propios harán, sin lugar a dudas, que el proyecto [Timothy] Garton Ash defienda [es decir, que la memoria desempeñe un papel fundamental en la creación de una identidad europea] por lo menos mucho más difícil a corto y mediano plazo, y quizás forzar a los europeos a replantearse radicalmente el papel de la memoria en la definición de lo que significa ser europeo en el siglo XXI “)
Al final, Rieff parece desdeñar la racionalidad humana, o al menos la voluntad de los humanos, individualmente o como comunidades, de usar la razón, en oposición al misticismo, la identificación acrítica del grupo y la mentalidad de víctima. Parte de su punto, sin embargo, es que la certeza de la memoria grupal (siempre manipulada) inevitablemente prevalecerá sobre la contingencia y la ambivalencia de la razón. Lamentablemente, la historia moderna ofrece poca evidencia para sugerir lo contrario.

-En Australia, donde la memoria del sacrificio de tantos compatriotas en la Primera Guerra Mundial, sobre todo durante la campaña de los Dardanelos contra los turcos en 1915, desempeñó un papel extraordinariamente importante en la forja del estado australiano moderno, en la actualidad al poema «Por los caídos» se lo llama «Oda a la Conmemoración». En muchas ceremonias que conmemoran el Día de Anzac, dedicado al soldado australiano y neozelandés, tras declamar la cuarta estrofa del poema, es costumbre que los presentes respondan con las palabras «Para que no olvidemos», como en el responsorio de una misa, y en cierto sentido es justamente eso.
-Si bien algunos de los creyentes de alguna de las grandes religiones insistan en que el cristianismo, el islam, el judaísmo y el hinduismo son verdaderos y que, por ende, no pueden ser «olvidados» en el sentido convencional de la palabra (o al menos siempre pueden ser recuperados), en el mundo secular, en el sentido más profundo, es inconcebible que el orden político que caracteriza nuestra era —que, a pesar de la globalización, es todavía en términos generales la era de los estados nacionales—, pueda ser permanente, a pesar de que perdurara mucho tiempo. No se trata solo de un razonamiento elemental, pues lo que la historia nos muestra en realidad es que a lo largo de la historia documentada, toda sociedad sin excepción alguna se ha confirmado tan perecedera como los seres humanos individuales.
-Los seres humanos necesitamos obrar como si pudiéramos reconocer, una vez que nos hayamos extinguido por completo, la época en que nos ha tocado vivir y morir y un período relativamente breve del futuro próximo, cuyas características esenciales el presente nos permitiría anticipar si fuéramos a resucitar en algún momento más lejano del futuro.
Casi toda la ciencia ficción escrita, filmada y televisada materializa dicho concepto.

Los casos más difíciles son aquellos en los cuales un conjunto específico de memorias colectivas «construidas» sirven para fomentar o exacerbar la ira y el conflicto en un momento determinado y luego, al cabo de unas generaciones, no solo son tenidas por inocuas sino que se las emplea en la misión diametralmente opuesta de paliar la cultura del agravio que dichas formas de la rememoración alguna vez sustentaron. La historia del Irlanda ofrece un caso especialmente esclarecedor de los usos y abusos del pasado en la construcción, reconstrucción, enmienda y transformación de la memoria colectiva.
No es preciso reiterar que la Irlanda mítica, que aún se halla en el estancado republicanismo de una parte cada vez menor de la diáspora irlandesa y en los tópicos del Consejo Nacional de Turismo de Irlanda, en realidad nunca existió; como no han existido la Francia mítica de las baguettes y la razón, los Estados Unidos míticos como la última esperanza de la humanidad o la China mítica como la única civilización importante del mundo.
En la historia de la República de Irlanda, la mezcla de fenianismo y catolicismo, acompañada de una singular versión del nacionalismo cultural irlandés y su énfasis en el gaélico, encarnado por uno de los dirigentes del Alzamiento de Pascua, Patrick Pearse, así como la oposición a los partidos políticos que propugnaban un Estatuto de autogobierno por medios pacíficos, a la postre se convertirían en lo que el historiador irlandés R. F. Foster ha definido como la «creencia popular» sobre su propia historia. En realidad, sin embargo, lo que Foster describió como «la singular ideología de Pearse de sacrificio cruento y catolicismo místico» representaba solo una de las cepas del nacionalismo irlandés de los siglos XIX y XX, y una cepa menos extendida del resurgimiento cultural irlandés entre finales de los años ochenta del siglo XIX y el comienzo de la Primera Guerra Mundial. En Vivid Faces. The Revolutionary Generation in Ireland, 1890-1923 Foster ha demostrado que muchas personas sostuvieron posiciones que no podían estar más alejadas de las de Pearse.
En lo que coinciden los historiadores profesionales y el público en general es en que las naciones fueron fundadas sobre «un profuso legado de recuerdos».

El caso de Australia es especialmente esclarecedor. A finales de los años noventa y comienzos de la década siguiente, el gobierno conservador de John Howard se volcó en un esfuerzo coordinado por mitigar la intrusión en la historia del país de lo que se consideraba una visión «multicultural» izquierdista, y que según la opinión de la centroderecha y la derecha australianas enfatizaba en extremo el maltrato cometido contra los pueblos indígenas. Al resaltar los crímenes y fracasos del estado y la sociedad australianas a expensas de sus logros, los multiculturalistas impedían que los nuevos inmigrantes, que entonces provenían mayoritariamente de Asia y Oriente Próximo, en lugar de Europa, como antaño, se integraran en el seno de la «familia» nacional australiana. Los multiculturalistas, sostenía Howard, propugnaban una historia de «brazalete negro», e incluso sus supuestas conquistas —sobre todo el reconocimiento de los sufrimientos y el enaltecimiento de los méritos de las poblaciones marginadas y en particular de los pueblos aborígenes del país— tarde o temprano se verían eclipsadas por la discordia social generada y la fractura nacional resultante.

La comunidad cubana exiliada en Estados Unidos a la que pertenece Menes ofrece un caso de manual del modo en que la nostalgia y el ensimismamiento (el otro vicio cardinal del exiliado y el desdeñado), aunque una comunidad justifique su uso, también sirven de barrera contra el sentido común, sea político o de otra índole.
Pero los cubanos no están ni mucho menos solos en el predicamento que se han impuesto: en diversos momentos de la historia los irlandeses, los judíos, los armenios y los tamiles también han sido presa de sus propias versiones de lo que la escritora Svetlana Boym ha llamado «la dictadura de la nostalgia».

Los monumentos son un lugar para la solidaridad más que para la sutileza; para el respeto más que para la crítica; para la devoción más que para el revisionismo. Pero al aseverar que la rememoración es humanamente necesaria, debemos suponer que nunca es del todo inocente.
En el monumento al 11 de septiembre, la declaración de intenciones plantea más preguntas de las que responde. Pues si bien no hay nada moralmente inconveniente en recordar a los caídos y honrar el heroísmo de los servicios de emergencia, el llamamiento a «fortalecer nuestra determinación de preservar la libertad» es todo menos una inocente beatería. Por el contrario, hace referencia al discurso del presidente George W. Bush ante la sesión conjunta del Congreso nueve días después de los ataques en el que declaraba que estos se habían producido porque los terroristas «odian nuestras libertades: la libertad religiosa, la libertad de expresión, la libertad de voto y de reunión y de discrepancia».

El perdón no es suficiente porque no puede sustraerse de su propia contingencia. «Yo no hablo de venganzas ni perdones —escribió Borges—, el olvido es la única venganza y el único perdón.» Quizá exageró. Aun así, sin la opción al menos del olvido, seríamos monstruos heridos, que no dan ni reciben perdón… y, suponiendo que hayamos prestado atención, seríamos inconsolables.

The interesting thing about this brief is the different and innovative point of view regarding the politically correct regarding historical memory. Forget to be able to advance.

This is a short book (145 pages) that could either be summarized briefly, or discussed and analyzed in great detail. The short summary might be something like this: Sometimes, rather than trying to foster collective historical memory, it is better to forget historical wrongs in the name of finding peace and moving on. Rieff’s book is largely a critique of the work of two philosophers, both of whom have written on ethical aspects of collective memory: the Israeli Avishai Margalit and the Belgian-French Tzvetan Todorov. (I have read some, though not much, of the latter, and none of the former.) Rieff is respectful of, but ultimately in complete disagreement with, their view (at least as relayed by him) that collective memory is vital, and even a moral obligation. Rieff’s view is that because collective memory exists only metaphorically (i.e., it does not arise in the same way that an individual’s memory does), it is “subject to numerous distortions that should put the claims for its importance morally and ethically under severe strain”.
In the first part of the book, Rieff is fairly pessimistic, or at least fatalistic, about history becoming a useful building block of a peaceful world. The issue for him seems to be this: How can we find meaning and purpose, a basis for ethics, morality, and community, in the face of the meaninglessness of history and the illusion of permanence (the latter masking the former)? Rieff’s discussion of historical theory in the first third of the book is built on three major pillars: 1. Everything and everyone will be forgotten. History is therefore meaningless. 2. In attempting to preserve the past we inevitably distort it. 3. Collective memory changes, based on what is important and necessary at the time. It is therefore unreliable, though perhaps necessary, and is easily manipulated for political purposes. His argument about the meaninglessness of history will sound overly reductive to anyone who has actually studied historical methodology. For example, he gets excited that the most obvious possible definition of “nation” is the one that holds sway today. Indeed, there is very little in his discussion in the first part of the book that will be new to historians or to non-historians well read in historical theory. Still, one has to keep Rieff’s audience (an educated but non-specialist readership) and his intention in mind. In later sections of the book, he acknowledges that scholarly history, if pursued with the ideal of objective understanding rather than the creation of identity or the nursing of grievances, can give valuable insights into the past. But for the most part, human societies—and certainly their governments—seem rarely to be interested in critical thinking about the past, preferring the comforts of mythology and the righteousness of being victims. Or, as Rieff puts it, “when in history has the mystical ever played second fiddle to the critical?”
It may seem odd to say this about a short book, but perhaps Rieff protests too much. The case could actually be made much more succinctly than he makes it. It could also have been expanded into a much longer discussion. So perhaps the problem is not the length but the organization. There is an important argument at the heart of this book, but it is not tightly organized or argued. He throws a lot into the book’s few pages—in particular, a lot of references to other writers, sometimes in a way that makes it seem that he just wants to drop as many names as possible—without ensuring that everything tightly coheres. Adding to the difficulty is the fact that the writing is too often disjointed, marred by convoluted sentences that wander down too many subordinate paths. Here’s an example: “For if, despite the consoling fictions offered up by a Kantian perspective that illusion, identified as such or not, today dominates the moral imagination of so many of the most scrupulous and ethically conscientious among us, truth and morality can at times be incommensurable, then the same can and must be said about reality and necessity”.
Here’s another: “The Greek crisis alone, but also the rise of populist parties on both the left (Syriza in Greece, Podemos in Spain, and others) and on the right (the Front National in France and the Danish People’s Party, for example), the inability of European governments to agree on how to craft a common policy on the resettlement of the latest wave of migrants, and the cultural, political, and economic panic, whether justified or not (probably both, in my view), that the refugee crisis has caused offer ample evidence that the era in which serious thinkers such as Garton Ash and Jürgen Habermas could continue to believe that the humane vision of statesmen such as Jean Monnet, Robert Schuman, Paul-Henri Spaak, and Emile Noël for Europe and its vocation in the world still enjoyed a preponderance of support from the European public may well be ending, if it has not ended already”.
Seriously? Look, it’s not that I can’t figure out what he’s saying. Doing big-time graduate degrees, I read plenty of very complicated work. It’s just the sheer, tortuous long-windedness of some of Rieff’s sentences that really disrupts the flow of the narrative. If you’re going to write a 150-word sentence, make it a good one. Whatever happened to clarity?
The argument begins to settle down, gain momentum, and therefore become more convincing toward the end of chapter 3. This is one of the most thoughtful, and thought-provoking, sections of the book. To be clear, Rieff does not aim to diminish, or even encourage the forgetting of, the sacrifices made by so many in the past. But he asks that readers consider “what if, at least in some places and on some historical occasions, the human and societal cost of the moral demand to remember is too high to be worth paying?”. His discussion is inevitably colored by his observation of numerous conflicts and their aftermath, which has convinced him that collective memory is more likely to prolong hurt and resentment than to bring peace (or justice), and that sometimes, nations have to forget their wounds and move on. This includes cataclysmic events like 9/11, he says, the wounds of which are fresh right now, but the memory of which will ultimately, someday, be lost, or else transformed into something not very much like history but a lot like mythology. This is the reason he is at pains in the first part of the book to remind his readers that nothing lasts—not nations, not traditions, not memory (real memory, which he argues can only reside in individuals, not groups).

In Praise of Forgetting is a long essay converted into a short book. It might be an important book—or at the very least it asks important questions—but it is not a particularly well-executed one. Taken as a whole it is a choppy and frustrating narrative, but this is not to say that Rieff goes nowhere with it. His overarching question about weighing the dangers of forgetting against those of manipulating the past for destructive and divisive ends is well worth asking. And he makes many good points along the way. The margins of my copy of the book are filled with comments, questions, and check marks. (Given the intensity of the moral and intellectual questions surrounding the current refugee crisis, I was particularly struck by how Rieff uses the crisis to raise important questions about issues of identity and community, and the role of history and memory in creating and reinforcing them: “And however politically incorrect it may be to point this out, if memory is an essential element to building a European identity, then the arrival of masses of people who share none of these memories, and, more to the point, bring with them extra-European memories of their own, will unquestionably make the project [Timothy] Garton Ash espouses [i.e., memory playing a fundamental role in creating a European identity] at the very least a great deal more difficult in the near and medium term, and may perhaps force a radical rethinking by Europeans of the role of memory in the definition of what it means to be European in the twenty-first century”)
In the end, Rieff seems dismissive of human rationality, or at least of the willingness of humans, individually or as communities, to use reason, as opposed to mysticism, uncritical group identification, and a victim mentality. Part of his point, though, is that the certainty of group memory (always manipulated) will inevitably trump the contingency and ambivalence of reason. Regrettably, modern history offers little evidence to suggest otherwise.

-In Australia, where the memory of the sacrifice of so many compatriots in the First World War, especially during the campaign of the Dardanelles against the Turks in 1915, played an extraordinarily important role in the forging of the modern Australian state, currently the poem “For the fallen” is called “Ode to the Commemoration”. In many ceremonies commemorating the Day of Anzac, dedicated to the Australian and New Zealander soldier, after declaring the fourth stanza of the poem, it is customary for those present to respond with the words “So that we do not forget”, as in the responsory of a mass, and in a sense it is just that.
-While some of the believers of some of the great religions insist that Christianity, Islam, Judaism and Hinduism are true and that, therefore, they can not be “forgotten” in the conventional sense of the word (or at least they can always be recovered), in the secular world, in the deepest sense, it is inconceivable that the political order that characterizes our era -which, despite globalization, is still in general terms the era of national states- , can be permanent, although it will last a long time. It is not just an elementary reasoning, because what history shows us in reality is that throughout documented history, every society without exception has been confirmed as perishable as individual human beings.
– Human beings need to act as if we could recognize, once we have completely extinguished, the time in which we live and die and a relatively short period of the near future, whose essential characteristics the present would allow us to anticipate if we were to resuscitate at some farther moment in the future.
Almost all science fiction written, filmed and televised materializes this concept.

The most difficult cases are those in which a specific set of “constructed” collective memories serve to foment or exacerbate anger and conflict at a particular moment and then, after a few generations, are not only deemed harmless but also it employs them in the diametrically opposed mission to alleviate the culture of the grievance that these forms of remembrance once supported. The history of Ireland offers a particularly enlightening case of the uses and abuses of the past in the construction, reconstruction, amendment and transformation of collective memory.
It is not necessary to reiterate that the mythical Ireland, which is still in the stagnant republicanism of an increasingly smaller part of the Irish Diaspora and on the topics of the National Tourism Council of Ireland, never really existed; as there have not been the mythical France of baguettes and reason, the mythical United States as the last hope of humanity or mythical China as the only important civilization in the world.
In the history of the Republic of Ireland, the mixture of Phoenicianism and Catholicism, accompanied by a unique version of Irish cultural nationalism and its emphasis on Gaelic, embodied by one of the leaders of the Easter Rising, Patrick Pearse, as well as the opposition to the political parties that advocated a Statute of self-government by peaceful means, in the end they would become what the Irish historian RF Foster has defined as the “popular belief” about their own history. In reality, however, what Foster described as “Pearse’s singular ideology of bloody sacrifice and mystical Catholicism” represented only one of the strains of Irish nationalism of the nineteenth and twentieth centuries, and a less widespread strain of the Irish cultural resurgence between end of the eighties of the nineteenth century and the beginning of the First World War. In Vivid Faces. The Revolutionary Generation in Ireland, 1890-1923 Foster has shown that many people held positions that could not be further from Pearse’s.
What professional historians and the general public agree on is that the nations were founded on “a profuse legacy of memories.”

The case of Australia is especially enlightening. At the end of the 1990s and the beginning of the following decade, the conservative government of John Howard turned to a coordinated effort to mitigate the intrusion into the country’s history of what was considered a “multicultural” leftist vision, and that according to the The opinion of the center right and the Australian right emphasized in extreme the mistreatment committed against the indigenous peoples. By highlighting the crimes and failures of the Australian state and society at the expense of their achievements, the multiculturalists prevented the new immigrants, who then came mostly from Asia and the Middle East, instead of Europe, as in the past, from integrating into the bosom of the Australian national “family”. The multiculturalists, Howard argued, advocated a “black bracelet” story, and even their supposed conquests-above all the recognition of the sufferings and the enhancement of the merits of the marginalized populations and in particular of the aboriginal peoples of the country-afternoon or would be eclipsed by the social discord generated and the resulting national fracture.

The Cuban exiled community in the United States to which Menes belongs offers a manual case of how nostalgia and self-absorption (the other cardinal vice of the exiled and the disdained), although a community justifies its use, also serve as a barrier against common sense, be it political or otherwise.
But Cubans are far from alone in the predicament that has prevailed: at various times in history the Irish, Jews, Armenians and Tamils ​​have also been prey to their own versions of what the writer Svetlana Boym has called «the dictatorship of nostalgia».

Monuments are a place for solidarity rather than for subtlety; for respect rather than criticism; for devotion more than for revisionism. But in asserting that remembrance is humanly necessary, we must assume that it is never entirely innocent.
At the September 11 memorial, the statement of intent raises more questions than it answers. For while there is nothing morally inconvenient about remembering the fallen and honoring the heroism of emergency services, the call to “strengthen our resolve to preserve freedom” is anything but an innocent mockery. On the contrary, he refers to the speech of President George W. Bush before the joint session of the Congress nine days after the attacks in which he declared that these had taken place because the terrorists “hate our freedoms: religious freedom, freedom of expression, freedom of vote and of assembly and of discrepancy ».

Forgiveness is not enough because it can not be subtracted from its own contingency. “I do not speak of revenge or forgiveness,” Borges wrote, “oblivion is the only revenge and the only forgiveness.” Perhaps he exaggerated. Even so, without the option of forgetting at least, we would be wounded monsters, who do not give or receive forgiveness … and, assuming we have paid attention, we would be inconsolable.

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