Afganistán. Crónica De Una Ficción — Mónica Bernabé / Afghanistan. Fiction Chronicle by Mónica Bernabé (spanish book edition)

El libro es muy interesante en cuanto esta periodista del mundo llegó a destacar la opacidad del gobierno español y las fueras armadas españolas y esto molestó a un alto cargo militar en una crónica que escribió.
Resulta interesante como la autora enlaza sus anécdotas personales vividas en Afganistán, que no son pocas, con los devenires de dicha nación. Además su dilatada experiencia en el citado país le permite recoger su historia desde los últimos días de los talibán hasta principios de 2012, y hasta aquí lo que de positivo tiene este libro.
En lo negativo debo de citar el escaso desarrollo de la mayoría historias citadas en el libro, hay una buena cantidad de paginas dedicas a transplantar lo que fueron o debieron ser artículos periodísticos.
Este libro, claro y conciso, añade un punto extra: el relato real, sin ficción, de una persona – periodista además – que ha estado en la región, que ha vivido las cosas que cuenta y que, además, las relaciona con los hechos y anuncios internacionales que iban sucediendo sobre Afganistán.
No es un libro sobre la guerra, en cuanto a relatar acción. Es un libro que cuenta el proceso de un país ocupado por diferentes grupos y se extiende en la última, la de la Estados Unidos ya Unión Europea, relatando cómo y qué hemos hecho una vez hemos aterrizado ahí. Y queda claro que lo hemos hecho bastante mal.

La asistencia médica era otro de los graves problemas de las mujeres durante la época de los talibanes. Los hospitales se habían quedado sin doctoras ni enfermeras debido a la prohibición de que las mujeres pudieran trabajar fuera de casa, y los médicos varones no estaban autorizados a atender a mujeres. Existía una separación total de sexos, y un hombre no podía ver ni hablar con una mujer que no fuera de su familia. El resultado, en la práctica, era que las mujeres no podían recibir asistencia médica.
Viendo todo aquello, te daba la sensación de que en el Afganistán de los talibanes existía toda una vida subterránea de resistencia, que nada tenía que ver con los preceptos marcados por los fundamentalistas, y en la que los hombres y las mujeres trabajaban codo con codo. Ellas dando clase y asistiendo a mujeres enfermas, y ellos acompañándolas a donde hiciera falta y permitiendo que en sus casas hubiera escuelas clandestinas, a pesar de los problemas que eso podía acarrearles como cabezas de familia si los talibanes lo descubrían. Por lo tanto, no era cierto que las mujeres afganas fueran unas sumisas, aunque vistieran el burqa, ni que los hombres fueran todos unos talibanes.

Los talibanes, que estaban en contra de las fotografías, la televisión y cualquier otro viso de modernidad, tenían una página web en internet y, además, en inglés: http://www.taleban.com. La web estuvo operativa hasta febrero de 2001. Después desapareció de la red, coincidiendo con el cierre de las oficinas de los talibanes en el extranjero, en cumplimiento de la resolución 1333 de la ONU, aprobada el año anterior. Los talibanes tuvieron que clausurar entonces la oficina que tenían en Nueva York, en Estados Unidos, y desde donde se supone que gestionaban su página web, pues así lo indicaba el sitio de internet.
A pesar de que los talibanes se convirtieron en unos personajes abominables desde el punto de vista internacional por destruir los Budas gigantes de Bamiyán, y de que parecía que no tenían ninguna intención de dar el brazo a torcer y entregar al terrorista Osama Ben Laden, a quien daban asilo en Afganistán, se mantuvieron las negociaciones con el movimiento fundamentalista. Sayed Rahmatullah Hashimi, asesor del máximo líder de los talibanes, fue recibido en Washington a mediados de marzo de 2001 por Jeffrey Lunstead, entonces director del Departamento de Estado estadounidense para Afganistán, Pakistán y Bangladesh. El representante talibán le entregó una carta dirigida a George W. Bush, en que instaba al presidente estadounidense a mejorar las relaciones de su país con el régimen fundamentalista. Colectivos defensores de los derechos humanos protestaron en Estados Unidos por la visita del emisario talibán. A pesar de ello, escasas semanas más tarde, a principios de abril, congresistas norteamericanos volvieron a reunirse con representantes talibanes, pero esta vez en Doha. Tenían el mismo objetivo: buscar una salida negociada al conflicto afgano.
Paralelamente, la comunidad internacional empezó a arrimarse a la Alianza del Norte, formada por aquellas facciones muyahidines que tantas atrocidades habían cometido en Afganistán a principios de la década de 1990, y que en 2001 solo controlaban un resquicio de territorio en el norte del país.

En el año 2003, la población de Now Buloq sobrevivía cultivando trigo y patatas, y criando corderos y cabras. Las mujeres también tejían alfombras. Nuestra visita se esperaba con gran expectación, como si fuéramos a llevar la revolución industrial al pueblo.
Los líderes de la comunidad nos hicieron saber que su prioridad era la construcción de un colegio, para que al menos los niños que habían empezado a ir a la escuela de HAWCA en Peshawar pudieran proseguir con su educación. Incluso un vecino estaba dispuesto a ceder un terreno para ello. Mientras tanto, de forma provisional, se habían empezado a dar clases en la mezquita del pueblo. Niños y niñas compartían aulas sentados uno al lado de otro, algo que no he vuelto a ver en ninguna otra zona rural de Afganistán, donde la educación está siempre segregada por sexos.

La comunidad internacional, en cambio, en vez de llevar a los criminales ante la justicia, lo que había hecho era auparlos al poder. El único intento de reducir la influencia de un señor de la guerra se llevó a cabo en la provincia de Herat, y sin gran éxito. Karzai destituyó a Ismail Khan como gobernador de Herat el 11 de septiembre. La reacción de sus partidarios fue asaltar las oficinas de la ONU en esa ciudad y arrasarlas. La oleada de violencia que se desató fue tal que incluso el propio Khan pidió a sus seguidores que se calmaran. Los alborotadores levantaron barricadas en las calles y se enfrentaron a las tropas estadounidenses y afganas. Al menos siete personas murieron.

En Kabul, por la noche me movía con los llamados «taxis para extranjeros», un servicio que diversas compañías ofrecían a los occidentales que vivían en la ciudad. Era un servicio de taxi puerta a puerta que tenía la particularidad de que el conductor estaba en contacto por radio con un operador que controlaba si llegabas a tu destino. Eso no era garantía de nada, pero te daba una cierta tranquilidad. Los taxis para extranjeros eran mucho más caros que los convencionales. Cada carrera costaba cuatro o cinco dólares fueras a donde fueras, aunque se tratara de la vuelta de la esquina.
A partir de 2009, la policía afgana empezó a establecer puestos de vigilancia en Kabul. En un principio los controles eran muy rudimentarios: un par de piedras en medio de la calle y unos cuantos policías con Kalashnikov, a veces sin el uniforme reglamentario.
En pocos meses Kabul experimentó una metamorfosis a base de atentados. Cada vez que tenía lugar uno, se aumentaban aún más las medidas de seguridad y se empezaron a colocar bloques de hormigón por todas partes.
Barack Obama anunció en un discurso televisado el 27 de marzo de 2009 su nueva estrategia para Afganistán y Pakistán. El nuevo presidente de Estados Unidos se mostró decidido a sacar a Afganistán del pozo donde había caído y a poner tanto empeño en ese país como George W. Bush había dedicado a Irak. La nueva estrategia consistiría en aumentar el número de tropas estadounidenses en Afganistán con 21.000 soldados suplementarios (17.000 de combate y 4.000 instructores) antes del 20 de agosto de ese año. Los nuevos efectivos formarían parte de la ISAF y se desplegarían exclusivamente en las provincias de Kandahar y Helmand, en el sur de Afganistán, donde las tropas canadienses pedían refuerzos desde hacía más de un año y las británicas no daban abasto. Estados Unidos también incrementaría su esfuerzo en desarrollo en Afganistán y enviaría «expertos en agricultura, educadores, ingenieros y abogados», y destinaría decenas de millones de euros anuales a Pakistán para «construir escuelas, carreteras y hospitales, y reforzar las instituciones». Los talibanes se refugiaban en Pakistán, y era primordial incluir también a ese país en la estrategia.
Por otra parte, Obama nombró al general norteamericano Stanley McChrystal nuevo comandante en jefe de las tropas internacionales, en sustitución a David McKiernan. McChrystal tenía muy buena fama; había dirigido las operaciones especiales en Irak y se le atribuía la muerte del líder de Al Qaeda en ese país, Abu Musab alZarqawi.
En su informe, el general echaba por tierra todo lo que las tropas internacionales habían hecho hasta entonces en el país y abogaba por un cambio radical de estrategia. Creía necesario aumentar el número de tropas internacionales en Afganistán, pero consideraba aún más importante que esos efectivos ganaran empatía con la población afgana. McChrystal se quejaba de que los soldados extranjeros no supieran hablar la lengua local y de que no tuvieran ni idea de la cultura afgana.
Los norteamericanos odiaban profundamente a los afganos, pero los afganos de Korengal también les odiaban a ellos. Los constantes combates entre los talibanes y los soldados estadounidenses hacían imposible la vida en el valle. Todas las semanas el oficial John Rodríguez convocaba en el campamento militar a los ancianos más respetables de Korengal para hacer inventario de las bajas y los daños causados por las tropas norteamericanas en el valle e indemnizar a los damnificados. Era igual que hubieran matado a una cabra o una persona. Los estadounidenses actuaban en Korengal como si todo se pudiera solucionar con dinero y la vida tuviera un precio. Por ejemplo, pagaban 50 dólares para compensar la muerte de una cabra, 100 por una vaca, hasta 300 por destrozos en una casa, 1.000 por civil herido y 2.000 por uno fallecido. El oficial Rodríguez admitía que esas cantidades no eran muy elevadas, pero también afirmaba que los vecinos del valle intentan aprovecharse y exprimir a las tropas estadounidenses sacándoles la máxima cantidad de dinero.
En las elecciones. Tras el abandono de Abdullah, Karzai fue declarado presidente, aunque solo había conseguido el 49,67 por ciento de los votos y no tenía la mayoría absoluta que la Constitución afgana marcaba. El 3 de noviembre apareció en la televisión pública afgana acompañado de sus dos números dos, los señores de la guerra Mohammad Qasim Fahim y Karim Khalili, y prometió «limpieza», poner fin a la corrupción en su nuevo gobierno.
Obama anunció a finales de 2009 el envío de treinta mil soldados estadounidenses suplementarios a Afganistán, que se desplegarían en el país a principios del año siguiente, junto con unos diez mil efectivos más de la OTAN. El general Stanley McChrystal conseguía uno de los objetivos de su hoja de ruta: tener más efectivos sobre el terreno. El otro, reformar la administración afgana, continuaba manga por hombro.

Con el gobierno de Karzai, Afganistán se convirtió en uno de los tres países más corruptos del mundo, según el barómetro de Transparency International. Este centro de estudios publicó en 2011 el informe Afghanistan in transition: re-shaping priorities for 2015 and beyond («Afganistán en transición: remodelando las prioridades para el año 2015 y más allá»), que destacaba que la población afgana consideraba la corrupción como su primera preocupación, incluso por delante de los talibanes, el terrorismo o la economía. También decía que «la corrupción no forma parte de la cultura afgana». Una investigadora del centro de estudios Afghanistan Analysts Network, Martine van Bijlert, contaba que, en el pasado, a los funcionarios que no eran corruptos se les consideraba personas respetables, mientras que con el gobierno de Karzai se les creía idiotas por no robar cuando todo el mundo lo hacía. Si en lo alto de las estructuras de poder había personajes totalmente depravados, era normal que la base también fuera corrupta. La comunidad internacional también contribuyó a alimentar la corrupción al no establecer controles rigurosos de adónde iba a parar el dinero que invertía en el país. El descontrol se debió en parte a la falta de personal extranjero sobre el terreno por motivos de seguridad.
El Banco Central de Afganistán tomó temporalmente las riendas del Kabul Bank. El presidente y el director ejecutivo fueron detenidos, y el hermano del presidente afgano vendió las acciones que tenía en la empresa Afghan Investment Company para devolver los préstamos que había recibido de la entidad financiera.

Afganistán, los señores de la guerra locales podían continuar teniendo poder, a los talibanes «reintegrados» se les podían dar armas para que lucharan del lado del gobierno, y la Policía Local la podían conformar personajes de turbia reputación. Human Rights Watch publicó un informe en septiembre de 2011 en el que denunciaba que los policías locales cometían abusos contra la población a la que en teoría tenían que proteger. Cada vez soportaba menos ir a las ruedas de prensa o encuentros con periodistas de la OTAN en Kabul. Presentaban una imagen de Afganistán que nada tenía que ver con la realidad, como si el plan de transición fuera un camino de rosas y el país fuera a mejor. No se podía ser más cínico.
A principios de 2011 había 270.000 policías y soldados en Afganistán, y la OTAN pretendía que en octubre se llegara a los 305.000 para garantizar la existencia de suficientes efectivos en el país que se hicieran cargo de la seguridad una vez que las tropas internacionales se marcharan. Así pues, se empezaron a reclutar soldados y policías a marchas forzadas.

La agenda de los norteamericanos era firmar «un pacto estratégico de colaboración con Afganistán» que estableciera el papel de Estados Unidos en ese país a partir de 2014 y la ayuda que el gobierno afgano continuaría recibiendo de Washington. El Pentágono se planteaba que la CIA desempeñara un papel destacado en Afganistán con el despliegue de fuerzas especiales de élite. Por otra parte, durante 2011 Estados Unidos se dedicó a hacer obras de ampliación en muchas de sus bases militares en el país asiático, lo que hacía pensar en los preparativos para una estancia permanente más que en una retirada.
En cuanto a la Unión Europea, su agenda parecía que era ir a remolque de Estados Unidos. Mantuve una entrevista con su representante especial en Afganistán en diciembre de 2011, Vygaudas Usackas, y él opinaba que la retirada de las fuerzas extranjeras del país sería positiva porque la comunidad internacional podría entonces centrar sus esfuerzos en la reforma del gobierno y la justicia afganas, y no en la acción militar. Es decir, podría hacer todo lo que no había hecho en más de una década de presencia en el país asiático.

The book is very interesting as soon as this journalist of the world came to highlight the opacity of the Spanish government and the Spanish armed forces and this bothered a senior military officer in a chronicle he wrote.
It is interesting how the author links her personal anecdotes lived in Afghanistan, which are not few, with the becomings of that nation. In addition, his extensive experience in the aforementioned country allows him to collect his story from the last days of the Taliban until the beginning of 2012, and up to here what is positive about this book.
In the negative I must mention the poor development of most stories cited in the book, there is a good amount of pages dedicated to transplant what were or should have been newspaper articles.
This book, clear and concise, adds an extra point: the real story, without fiction, of a person – journalist besides – who has been in the region, who has lived the things that counts and that, in addition, relates them to the facts and international announcements that were happening about Afghanistan.
It is not a book about war, in terms of telling action. It is a book that tells the process of a country occupied by different groups and extends into the last, the United States and the European Union, telling how and what we have done once we have landed there. And it is clear that we have done quite badly.

Medical assistance was another of the serious problems of women during the Taliban era. Hospitals had been left without doctors or nurses due to the prohibition on women being able to work outside the home, and male doctors were not allowed to care for women. There was a total separation of sexes, and a man could not see or talk to a woman other than his family. The result, in practice, was that women could not receive medical assistance.
Seeing all that, you had the feeling that in the Afghanistan of the Taliban there was a whole underground life of resistance, that had nothing to do with the precepts marked by the fundamentalists, and in which men and women worked side by side . They gave classes and assisted sick women, and they accompanied them where they needed to and allowed clandestine schools to be in their homes, despite the problems that could bring them as heads of families if the Taliban discovered them. Therefore, it was not true that Afghan women were submissive, even if they wore the burqa, or that the men were all Taliban.

The Taliban, who were against photographs, television and any other vision of modernity, had a website on the Internet and, in addition, in English: http://www.taleban.com. The website was operational until February 2001. It then disappeared from the network, coinciding with the closure of the offices of the Taliban abroad, in compliance with UN Resolution 1333, approved the previous year. The Taliban then had to close the office they had in New York, in the United States, and from where they were supposed to manage their website, as indicated by the website.
Despite the fact that the Taliban became internationally abhorrent characters for destroying the giant Buddhas of Bamiyan, and that it seemed that they had no intention of giving the arm to twist and deliver the terrorist Osama Ben Laden, who gave asylum in Afghanistan, negotiations with the fundamentalist movement continued. Sayed Rahmatullah Hashimi, adviser to the Taliban’s top leader, was received in Washington in mid-March 2001 by Jeffrey Lunstead, then head of the US State Department for Afghanistan, Pakistan and Bangladesh. The Taliban representative handed him a letter addressed to George W. Bush, in which he urged the US president to improve his country’s relations with the fundamentalist regime. Collective human rights defenders protested in the United States for the visit of the Taliban emissary. Despite this, a few weeks later, in early April, US congressmen met again with representatives of the Taliban, but this time in Doha. They had the same objective: to seek a negotiated solution to the Afghan conflict.
In parallel, the international community began to move closer to the Northern Alliance, formed by those Mujahideen factions that had committed so many atrocities in Afghanistan in the early 1990s, and that in 2001 controlled only a patch of territory in the north of the country.

In 2003, the population of Now Buloq survived by growing wheat and potatoes, and raising lambs and goats. Women also wove rugs. Our visit was expected with great expectation, as if we were to take the industrial revolution to the people.
The community leaders let us know that their priority was the construction of a school, so that at least the children who had started going to the HAWCA school in Peshawar could continue with their education. Even a neighbor was willing to give up land for it. Meanwhile, on a temporary basis, they had started teaching at the village mosque. Boys and girls shared classrooms sitting side by side, something I have not seen in any other rural area of ​​Afghanistan, where education is always segregated by sex.

The international community, on the other hand, instead of bringing the criminals to justice, what they had done was to bring them to power. The only attempt to reduce the influence of a warlord took place in the province of Herat, and without great success. Karzai dismissed Ismail Khan as governor of Herat on September 11. The reaction of his supporters was to assault the UN offices in that city and destroy them. The wave of violence that broke out was such that even Khan himself asked his followers to calm down. The rioters set up barricades in the streets and clashed with US and Afghan troops. At least seven people died.

In Kabul, at night I moved with the so-called “taxis for foreigners”, a service that various companies offered to Westerners who lived in the city. It was a door-to-door taxi service that had the peculiarity that the driver was in radio contact with an operator that controlled if you arrived at your destination. That was not a guarantee of anything, but it gave you a certain tranquility. Taxis for foreigners were much more expensive than conventional ones. Each race cost four or five dollars wherever you went, even if it was around the corner.
As of 2009, Afghan police began to set up surveillance posts in Kabul. At first the controls were very rudimentary: a couple of stones in the middle of the street and a few policemen with Kalashnikov, sometimes without the regulatory uniform.
In a few months Kabul experienced a metamorphosis based on attacks. Every time one took place, the security measures were increased even more and concrete blocks began to be placed everywhere.
Barack Obama announced in a televised speech on March 27, 2009 his new strategy for Afghanistan and Pakistan. The new president of the United States was determined to get Afghanistan out of the well where it had fallen and to put as much effort in that country as George W. Bush had dedicated to Iraq. The new strategy would be to increase the number of US troops in Afghanistan with 21,000 additional troops (17,000 fighters and 4,000 trainers) before August 20 of that year. The new troops would be part of the ISAF and would be deployed exclusively in the provinces of Kandahar and Helmand, in southern Afghanistan, where Canadian troops were calling for reinforcements for more than a year and the British were unable to cope. The United States would also increase its development effort in Afghanistan and send “agricultural experts, educators, engineers and lawyers”, and allocate tens of millions of euros annually to Pakistan to “build schools, roads and hospitals, and strengthen institutions.” The Taliban took refuge in Pakistan, and it was essential to also include that country in the strategy.
On the other hand, Obama appointed US General Stanley McChrystal as the new commander-in-chief of international troops, replacing David McKiernan. McChrystal had a very good reputation; he had led special operations in Iraq and was credited with killing the al Qaeda leader in that country, Abu Musab al-Zarqawi.
In his report, the general ruined everything that the international troops had done up to then in the country and advocated a radical change of strategy. He believed it necessary to increase the number of international troops in Afghanistan, but considered it even more important that these troops gain empathy with the Afghan population. McChrystal complained that foreign soldiers did not know how to speak the local language and that they had no idea of ​​Afghan culture.
The Americans deeply hated the Afghans, but Korengal Afghans also hated them. The constant fighting between the Taliban and the American soldiers made life in the valley impossible. Every week, Officer John Rodriguez summoned the most respectable elders of Korengal to the military camp to take stock of the casualties and damages caused by the American troops in the valley and compensate the victims. It was the same as killing a goat or a person. The Americans acted in Korengal as if everything could be solved with money and life had a price. For example, they paid $ 50 to compensate for the death of a goat, 100 for a cow, up to 300 for destruction in a house, 1,000 for a wounded civilian and 2,000 for a dead one. The official Rodriguez admitted that those amounts were not very high, but also affirmed that the neighbors of the valley try to take advantage and to squeeze to the American troops removing them the maximum amount of money.
In the elections. After leaving Abdullah, Karzai was declared president, although he had only won 49.67 percent of the votes and did not have the absolute majority that the Afghan Constitution marked. On November 3 he appeared on Afghan public television accompanied by his two numbers two, the warlords Mohammad Qasim Fahim and Karim Khalili, and promised “cleansing”, ending corruption in his new government.
Obama announced at the end of 2009 the sending of thirty thousand additional American soldiers to Afghanistan, which would be deployed in the country at the beginning of the following year, along with some ten thousand more NATO troops. General Stanley McChrystal achieved one of the objectives of his road map: to have more troops on the ground. The other, reforming the Afghan administration, continued sleeve by shoulder.

With the Karzai government, Afghanistan became one of the three most corrupt countries in the world, according to Transparency International’s barometer. This study center published in 2011 the report Afghanistan in transition: re-shaping priorities for 2015 and beyond (“Afghanistan in transition: reshaping priorities for 2015 and beyond”), which highlighted that the Afghan population considered corruption as his first concern, even ahead of the Taliban, terrorism or the economy. He also said that “corruption is not part of Afghan culture.” A researcher at the Afghanistan Analysts Network study center, Martine van Bijlert, said that, in the past, officials who were not corrupt were considered respectable people, while Karzai’s government was believed to be idiots for not stealing when everything the world did it. If there were totally depraved characters at the top of the power structures, it was normal for the base to be corrupt as well. The international community also contributed to fueling corruption by not establishing rigorous controls on where the money invested in the country went. The lack of control was partly due to the lack of foreign personnel on the ground for security reasons.
The Central Bank of Afghanistan temporarily took the reins of the Kabul Bank. The president and the executive director were arrested, and the brother of the Afghan president sold the shares he had in the Afghan Investment Company to pay back the loans he had received from the financial institution.

Afghanistan, the local warlords could continue to have power, the “reintegrated” Taliban could be given arms to fight on the side of the government, and the local police could make up characters with a dubious reputation. Human Rights Watch published a report in September 2011 in which it complained that local police officers were abusing the population they were supposed to protect. I was less and less able to go to press conferences or meetings with NATO journalists in Kabul. They presented an image of Afghanistan that had nothing to do with reality, as if the transition plan was a path of roses and the country was better. You could not be more cynical.
At the beginning of 2011 there were 270,000 police and soldiers in Afghanistan, and NATO intended that in October it would reach 305,000 to ensure the existence of enough troops in the country to take charge of security once the international troops left. Thus, they began to recruit soldiers and police at forced marches.

The Americans ‘agenda was to sign “a strategic cooperation pact with Afghanistan” that established the United States’ role in that country from 2014 and the assistance that the Afghan government would continue to receive from Washington. The Pentagon considered that the CIA played a leading role in Afghanistan with the deployment of elite special forces. On the other hand, during 2011, the United States was engaged in expansion work on many of its military bases in the Asian country, suggesting preparations for a permanent stay rather than a withdrawal.
As for the European Union, its agenda seemed to be to tow the United States. I had an interview with his special representative in Afghanistan in December 2011, Vygaudas Usackas, and he was of the opinion that the withdrawal of foreign forces from the country would be positive because the international community could then focus its efforts on reforming the Afghan government and justice, and not in military action. I mean, I could do everything I had not done in more than a decade of presence in the Asian country.

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