El Gran Mar. Una Historia Humana Del Mediterráneo — David Abulafia / The Great Sea: A Human History of the Mediterranean by David Abulafia

Se nota que el autor ha tardado mucho en hacer este libro, porque el resultado es una obra maestra, a todas las personas que les guste saber un poco mas de ese Mar tan deslumbrante que ha unido o separado a pueblos y culturas a lo largo del tiempo se lo recomiendo, en realidad es un libro que va a sorprender gratamente al que lo lea porque cada capitulo va hablando de todos los pueblos que lo surcaron a lo largo de los siglos, los enigmaticos Pueblos del Mar, desentrana la misteriosa Guerra de Troya, aporta muchas novedades de los Cartagineses y los Fenicios. En suma, me atreveria a decir que es un pecado no leerlo. A muy pocas personas va a defraudar.
Un libro ameno, a lo mejor excesivamente largo, que merece la pena leer.
“El gran mar: una historia humana del Mediterráneo” de David Abulafia es una lectura desafiante, pero que compensa ampliamente el esfuerzo. Esta no es una lectura fácil, pero el argumento es bastante directo: la actividad humana crea oportunidades para el intercambio. Con niveles crecientes de intercambio, podemos ver el desarrollo de especializaciones regionales y patrones comerciales formales. Cuando el volumen y la previsibilidad del comercio alcanzan niveles suficientes, encontramos el desarrollo de problemas como la piratería, los abusos políticos y el conflicto ideológico.
Los intereses comerciales de diversos pueblos, religiones y culturas pueden traer acción y cooperación comunitaria. Las rivalidades políticas, ideológicas y económicas pueden deshacer todo eso. En una región del cruce de caminos del mundo, como la cuenca mediterránea, estas dos fuerzas compensatorias pueden crear un ritmo histórico palpitante de ascendencia cultural, económica, conflicto y disolución.
Abulafia es claro. Está interesado en el Mediterráneo, no tan interesado en ninguno de los actores particulares que cruzan esta etapa histórica. Los 6.000 años de la historia mediterránea muestran un pulso casi acorde al desarrollo regional, la ascendencia, la dominación y la disolución, en el que el “Mare Nostrum” romano no aparece más privilegiado que la ascendencia medieval catalana o la dominación británica del Mediterráneo en el siglo XIX. y el siglo XX Cada uno de estos protagonistas (y muchos otros) hacen sus ofertas, tienen su era y se retiran a su vez de la narrativa.
Esta es una historia que trabaja intensamente a nivel micro para proporcionar una comprensión amplia a nivel macro. Aparentemente, cada jugador menor tiene un momento en el escenario. Sin embargo, Abulafia logra resumir los amplios cambios económicos y culturales con sorprendente destreza. Por ejemplo, al resumir los cambios económicos y culturales dominantes que transforman las economías y la cultura mediterráneas a lo largo de nuestro medio siglo más reciente, Abulafia señala que los viajes aéreos y el spandex allanan el camino para un aumento económico enfocado en el sol y la playa. Las visitas guiadas y las playas como motores del cambio cultural están desviando los empujes del turismo del turismo histórico y la estética clásica. Con esa idea, Abulafia no está menos centrado en el Mediterráneo como su actor histórico de lo que es cuando juzga la importancia geopolítica del Canal de Suez, la Batalla de Lepanto o la importancia del comercio de granos egipcios en la Antigüedad tardía. Este es un trabajo erudito y sin embargo arrollador.

Conocido en inglés y en las lenguas romances como el mar «entre las tierras», el Mediterráneo recibe y ha recibido siempre muchos nombres: los romanos lo llamaban «Nuestro Mar», los turcos, «mar Blanco» (Akdeniz), los judíos, «Gran Mar» (Yam gadol), los alemanes, «Mar de en medio» (Mittelmeer), y los antiguos egipcios le daban el más dudoso nombre de «Gran Verde». Los escritores modernos han acuñado y añadido epítetos a este vocabulario: «mar interior», «mar rodeado», «mar amigo», el «mar fiel» de varias religiones y el «mar amargo» de la segunda guerra mundial; también, el «mar que se corrompe» de docenas de microsistemas ecológicos transformados a través de su relación con los vecinos, que les proporcionan aquello de lo que carecen, y a cambio de lo cual ofrecen sus propios excedentes; y el «continente líquido» que, igual que un continente real, abarca una gran cantidad de pueblos, culturas y economías en el interior de un espacio con límites muy precisos. Es importante, por lo tanto, que empecemos definiendo dichos límites. El mar Negro baña unas costas que ya desde la Antigüedad, exportaban cereales, esclavos, pieles y frutas al Mediterráneo, pero el Negro es un mar en el que se internaron los mercaderes mediterráneos, y no un mar cuyos habitantes participaron en los cambios políticos, económicos y religiosos que tenían lugar en el Mediterráneo propiamente dicho; los vínculos terrestres que acercan el mar Negro a los Balcanes, a las estepas y al Cáucaso les dieron a las civilizaciones que vivían junto a sus costas un aspecto y un carácter diferente al de los pueblos del Mediterráneo.
Es indudable que las características físicas de este mar no pueden darse por sentadas. El Mediterráneo posee varias características que son consecuencia directa de su carácter de mar cerrado. En un tiempo geológico remoto, el mar estaba cerrado por completo, y hace entre doce a cinco millones de años la evaporación alcanzó el punto en el que la cuenca mediterránea se convirtió en un gran desierto profundo y vacío; se cree que, una vez que el Atlántico consiguió abrirse camino, este desierto quedó inundado de agua en un par de años. El agua del Mediterráneo se evapora a una velocidad mayor de la que le llega el agua procedente de los sistemas fluviales que desembocan en él y lo alimentan, un hecho que no debería sorprender cuando recordamos lo endebles que son algunos de sus ríos: los pequeños ríos de Sicilia y de Cerdeña, los históricos pero poco caudalosos Tíber y Arno (en pleno verano, el Arno se convierte en un arroyo que, a partir de Florencia, apenas gotea agua). Es cierto que el Mediterráneo se nutre de las aguas del inmenso sistema fluvial del Nilo, y que también el Po y el Ródano realizan alguna contribución. Entre los ríos europeos, el Danubio y los sistemas fluviales rusos contribuyen de forma indirecta, puesto que al mar Negro llega agua procedente de diversas grandes arterias que se extienden una gran distancia en la masa de tierra. El resultado es que el mar Negro tiene un exceso de agua que no se ha evaporado, y dicho excedente crea una rápida corriente que pasa junto a Estambul y se precipita al noreste del Egeo.

El mar Mediterráneo se formó millones de años antes de la llegada de la humanidad a sus costas y, después que los seres humanos cruzaran su superficie en busca de alojamiento, alimentos u otros recursos vitales, se convirtió en un «mar entre tierras» que unía orillas opuestas. Hace 435.000 años, los primeros tipos de humanos poblaron las tierras que bordean el Mediterráneo, según demuestran los restos de un campamento de cazadores cerca de lo que es la Roma actual; en Terra Amata, cerca de Niza, otros primeros pobladores construyeron una simple choza de ramas e instalaron un hogar en el centro de su refugio; su dieta incluía carne de rinoceronte y de elefante, y también ciervo, conejos y cerdos salvajes.
La civilización minoica de Creta fue la primera civilización importante del Mediterráneo, la primera cultura próspera, alfabetizada, urbana y con una cultura artística vibrante que apareció en el mundo mediterráneo. Si bien esta afirmación parezca estar en contradicción con el surgimiento de una civilización superior más antigua aún en el antiguo Egipto, lo cierto es que los egipcios situaban los límites exteriores de su mundo en las costas mediterráneas, un mundo definido por el Nilo, y no por el mar más allá. A diferencia de los egipcios, los minoicos navegaron activamente por el Mediterráneo, y el papel protagonista que el mar tenía en su cultura se manifestaba de muchos y sorprendentes modos: en los diseños de su cerámica y de sus vasijas y, posiblemente, también en el culto a Poseidón, el dios del mar.
Lo que distinguió a los micénicos fue su carácter guerrero. Los micénicos aprendían con facilidad y se sumergieron en la cultura existente. Los griegos clásicos explicaban que los padres fundadores, por ejemplo Pélope, habían llegado a Grecia procedentes de otras tierras, de Anatolia en el caso de Pélope, si bien es posible que sus antepasados procedieran del montañoso sur de los Balcanes. Fueron grandes constructores de fortificaciones, y los característicos palacios de la Creta minoica dotados de pocas defensas se convirtieron en una excepción; Pylos, al suroeste del Peloponeso constituye un ejemplo significativo, y es casi seguro que la ciudad se garantizó la protección manteniendo una gran flota marítima, «murallas de madera», como describiría más tarde el oráculo de Delfos a la flota de Atenas. El mar desempeñó un papel importante en la civilización micénica, y los inmensos muros de contención de las ciudadelas de Micenas y de Tirinto dejan espectacular constancia de que también lo hicieron las batallas y los asedios representados en el arte micénico.

Aunque los fenicios se casaron con los pueblos indígenas, no perdieron su cultura mediterránea distintiva, la identidad que los distinguía como «tirios» o «cananeos», y nada demostraba con más fuerza el mantenimiento de dicha identidad que la práctica del sacrificio humano, que llevaron consigo desde las tierras de Canaán. Se trataba de una práctica por la que los autores bíblicos y clásicos mostraron una profunda repugnancia: la historia del sacrificio fallido de Isaac es una de las numerosas diatribas en contra del sacrificio infantil. Una práctica que se intensificó, si cabe, en los nuevos asentamientos, en especial en los de Cartago, Sulcis y Motia. En el tophet de Cartago, situado al sur de la ciudad y que puede ser visitado en la actualidad, se sacrificaron niños a Baal durante seiscientos años; en los últimos doscientos años de la ciudad, se llenaron 20.000 urnas con los huesos de los niños (y, en ocasiones, con los de pequeños animales), lo que da una media de unas 100 urnas al año, teniendo presente que una urna podía contener los huesos de varios niños. Los tophets eran lugares de veneración muy especiales.
El impacto del contacto con el Mediterráneo oriental se sintió de modos muy diferentes en el interior de lo que hoy llamamos Italia. La cultura griega se filtró más lentamente en la vida diaria de los pueblos indígenas de Sicilia, sicanos, sículos y élimos, que en la vida de los pueblos de Toscana y del Lacio. En general, en Sicilia, tanto los griegos como los cartagineses se mantuvieron apartados de la población indígena. Cerdeña, rica en minerales, había sido durante siglos la sede de una civilización dinámica caracterizada por las torres de piedra conocidas con el nombre de nuraghi, nuraga, miles de los cuales salpican todavía toda la isla; los nuraga estaban rodeados de lo que parece que fueron prósperos poblados firmemente arraigados en los ricos recursos agrícolas de la isla, y empezaron a construirse alrededor de 1400 a.C., aunque todavía se construían nuevos nuraga muy avanzada la Edad de Hierro.
La guerra del Peloponeso, por lo tanto, transformó el mar Egeo, que dejó de ser un mar ateniense y pasó a ser un lago espartano. Esta guerra tuvo asimismo violentas repercusiones en el Adriático y en Sicilia. Fue una guerra en la que las ambiciones imperialistas se entrelazaron de forma nefasta con las cuestiones económicas, sobre todo la de quién controlaría las rutas de aprovisionamiento que llevaban los cereales a Atenas y a otras ciudades de Sicilia, del Egeo, y del mar Negro. Aun así, a finales del siglo IV a.C., la era de las ciudades-estado estaba tocando a su fin; las conquistas de un rey macedonio obsesionado por su propia divinidad transformarían decisivamente la geografía política y económica del Mediterráneo oriental, y también la circulación de los cereales.

La relación entre Roma y el Mediterráneo ya había empezado a modificarse de forma significativa incluso antes de la caída de Cartago y de Corinto, y había adoptado dos formas. En primer lugar, se trataba de una relación política: antes de la tercera guerra púnica había quedado claro que la esfera de influencia de Roma se extendía hasta España por el oeste y hasta Rodas por el este, aun cuando el Senado romano no ejerciera el control directo de las costas e islas. Y en segundo lugar, se trataba de una relación comercial que estaba creando lazos cada vez más estrechos entre los comerciantes de Roma y los extremos del Mediterráneo. Con todo, el Senado y los comerciantes eran grupos diferenciados.
El ascenso de Pisa y Génova resulta casi tan misterioso como el de Amalfi, y el asombroso éxito de estas ciudades, que consiguieron limpiar el Mediterráneo occidental de piratas y crear rutas mercantiles sostenidas por colonizadores y asentamientos de mercaderes en puntos tan orientales como Tierra Santa, Egipto y Bizancio, acrecienta todavía más el misterio. Las diferencias entre Pisa y Génova eran extraordinarias. Génova había sido la sede de un gobernador bizantino en el siglo VII, tras lo cual cayeron sobre la ciudad dos o trescientos años de tranquilidad, salvajemente interrumpidos por los agresores sarracenos de África del Norte que saquearon la ciudad entre 934 y 935. Génova, encaramada en la ladera de los Alpes ligures, no tiene recursos propios visibles y está aislada de las llanuras productoras de cereales. Los productos preferidos de su costa son el vino, las castañas, las hierbas aromáticas y el aceite de oliva; a partir de estos dos últimos productos, las hierbas y el aceite, los genoveses perfeccionaron la salsa de albahaca conocida con el nombre de pesto, que habla más de pobreza que de riqueza.

La peste, aunque había transformado el Mediterráneo, no produjo una recesión duradera. Las viejas instituciones resistieron: los caravasares de los mercaderes permanecían en su lugar; los genoveses, los venecianos y los catalanes siguieron peleando entre ellos y lanzándose ataques los unos a los otros; y los cristianos continuaron planeando nuevas cruzadas contra los mamelucos, cuyo poder se mantenía firme por el momento. Bajo todo esto, habían ocurrido cambios sutiles pero significativos en el modo de gestionar las viejas redes, y empezaron a observarse los primeros indicadores de la aparición de una nueva zona de comercio rival al otro lado del estrecho de Gibraltar.
La reconfiguración del Mediterráneo tras la peste negra fue un proceso lento. Además de los cambios políticos en el interior de los territorios mediterráneos, en especial, la expansión del poder otomano, los acontecimientos que estaban teniendo lugar más allá del estrecho de Gibraltar acabarían transformando, a largo plazo, la vida de los que vivían en las costas y en las islas del mar. Ya en la década anterior a la llegada de la peste, los viajes a lo largo de la costa de África hasta las islas Canarias marcaron el inicio de la apertura del Atlántico, que continuó con el descubrimiento y la colonización de Madeira y de las Azores por los portugueses a principios del siglo XV.

El período entre la batalla de Lepanto y mediados del siglo XVII tiene una cierta unidad. Los piratas berberiscos no desaparecieron, de hecho, se hicieron más piráticos aún, en el sentido de que los otomanos, ahora que la Puerta Sublime ya no pretendía extender su autoridad directa sobre todo el Mediterráneo occidental, les dejaron las manos más libres todavía. El Mediterráneo occidental estaba expuesto asimismo a los brutales asaltos de los corsarios cristianos: a los caballeros de Malta se les habían añadido ahora los caballeros de Santo Stefano, piratas toscanos y guerreros santos de una orden fundada en 1562 por el duque Médicis de Toscana. Igual que los venecianos, regresaron de Lepanto llevando algunas de las enseñas de los otomanos en señal de victoria, y todavía cuelgan de su iglesia de Pisa, una incongruencia que proclama a diario la fe del islam rodeada por el incienso del ritual católico.
A finales del siglo XVI y en el siglo XVII, el Mediterráneo sufrió una especie de desorientación. Pese a los intentos de los genoveses de reconstruir el comercio levantino, el Mediterráneo perdió su primacía en el tráfico de Europa occidental ante los comerciantes atlánticos, para quienes el Mediterráneo era uno más de sus negocios, y no necesariamente el más interesante o el más importante, unos negocios que se extendían desde Holanda hasta Brasil y las Indias Orientales, o desde Inglaterra hasta Terranova y Moscovia. La promesa inicial del siglo XV y de principios del XVI no se había cumplido.

El tratado de Utrecht le concedió otro trozo de suelo español a Gran Bretaña: Menorca. Los barcos británicos que se enzarzaban en pequeñas escaramuzas con los corsarios berberiscos habían utilizado la isla como punto de avituallamiento desde la década de 1670, con el permiso de los españoles, pero las instalaciones eran escasas, faltaban tinglados y sobraban ratas, aunque «el pan, el vino, las gallinas y los huevos eran baratos, y con un real de a ocho, uno podía comprar una oveja». En 1708, los británicos ocuparon la isla, con la oposición de su aliado Carlos III, que no estaba dispuesto a ceder su soberanía; cuando los británicos cambiaron de bando y decidieron llegar a un acuerdo con el pretendiente francés, Felipe V, este aceptó entregar la isla, pese a las desventajas que dicha cesión suponían para Francia, y que no tardaría en lamentar. El duque de Marlborough reconoció la importancia de Menorca, que podría tener en Gibraltar un puerto de escala; empezaba a tomar forma una gran estrategia cuyo objetivo era la creación de bases británicas permanentes en el Mediterráneo. Ahora bien, necesitaban abordar un problema más inmediato, la falta de recursos de la isla. Una vez que un ejército hubo instalado su campamento en sus costas, descubrieron que Menorca no podía alimentar a todo el mundo puesto que apenas producía los cereales suficientes para alimentar a los isleños, y la carne de sus animales era dura. Algunas zonas de la isla estaban desarboladas, así que tampoco tenía madera, y costaba incluso encontrar alojamiento para las tropas.
Había poca mezcla social entre la potencia colonial y los isleños. Con todo, la ocupación británica duró lo suficiente como para dejar huella (literalmente: una de las importaciones llegadas de Londres fue una prensa de libros). El catalán de Menorca adquirió palabras del ámbito de la construcción naval: móguini, por mahogany, «caoba», escrú por screw, «tornillo», rul por ruler, «regla». Incluso la dieta de los menorquines adquirió un sabor inglés con su grevi, de gravy, «salsa», y un aguardiente perfumado al enebro similar a la ginebra londinense. El grito de guerra de los niños menorquines, «¡faitim!» se deriva del inglés fight him!, «¡a por él!».

A principios de julio de 1807, frente al monte Athos, librara una de las grandes batallas navales de las guerras napoleónicas, confiando en poder romper las defensas del enemigo y entrar en los Dardanelos.56 Si bien, sobre el papel, fue una victoria de los rusos, en la realidad, la flota turca seguía siendo capaz de mantener el bloqueo en la entrada de los Dardanelos y, en cualquier caso, el zar ya había tenido más que suficiente. El lucrativo comercio entre el mar Negro y el Mediterráneo prácticamente había desaparecido durante el conflicto y, tras los reveses sufridos en Europa, en 1807 el zar llegó a un acuerdo de paz con Napoleón en Tilsit y renunció a sus ambiciones mediterráneas. También abandonó su flota en el Mediterráneo. Sencillamente, los barcos rusos se quedaron atascados allí. Los británicos capturaron sin ninguna dificultad a los que intentaron escapar hacia el Atlántico; algunos barcos pusieron rumbo a Trieste, Venecia y Corfú, cuyos puertos no tenían nada que ofrecerles, y los rusos los entregaron, los abandonaron e incluso los barrenaron; y otros llegaron hasta Toulon y se unieron a la armada francesa: una de las ventajas que Napoleón había esperado obtener del acuerdo de paz con Rusia era heredar su flota. Los oficiales franceses se precipitaron a Corfú para izar la bandera francesa en sustitución de la rusa. La intervención en el Mediterráneo le había costado mucho dinero a Rusia y, al final, no le había dado ninguna ventaja permanente.

La batalla de Trafalgar dejó el Mediterráneo abierto a la navegación británica, pero el Reino Unido no había conseguido todavía el dominio incontestable de las rutas marítimas. La encarnizada lucha por el control de Sicilia y del sur de Italia entre los británicos, que combatían en defensa de los intereses del rey Fernando de Nápoles, y los ejércitos de Napoleón, que actuaban en defensa de los intereses del mariscal Murat, quien estaba intentando usurpar el trono napolitano, alcanzó su punto culminante en julio de 1806 en la batalla de Maida (una victoria británica en lo más profundo de Calabria). Maida demostró que Napoleón había sido un inconsciente al permitir que tantas tropas francesas quedaran inmovilizadas en condiciones lamentables en una zona tan alejada de las regiones del norte y del centro de Italia que él más deseaba controlar.
Argelia atrajo colonizadores desde Francia y España: en 1847, los colonos eran casi 110.000, y no se limitaban a ocultarse en las ciudades, puesto que muchos de ellos habían llegado confiando en poder hacerse con latifundios procedentes de las tierras nacionalizadas del antiguo régimen. A lo largo de las siguientes décadas, en las ciudades se llevaron a cabo inmensos proyectos constructivos, y Argel se transformó en una nueva Marsella, con amplias calles y sólidos e imponentes edificios. La conquista de Argel fue la primera fase de una serie de conquistas coloniales que dividieron muchas de las posiciones estratégicas clave en el Mediterráneo entre Francia, Reino Unido, España y (aunque todavía no había nacido en 1830) Italia.

Rudyard Kipling, el poeta del imperio inglés, acuñó la muy citada frase, «East is East and West is West, and never the Twain shall meet» (Oriente es Oriente, y Occidente es Occidente, y los dos nunca se encontrarán). Incluso si a principios del siglo XX los observadores europeos se sentían abrumados por aquello que veían como diferencias fundamentales entre las actitudes y el estilo de vida de Oriente y de Occidente, lo cierto es que no lo veían así en el siglo XIX, cuando el ideal era unir Oriente y Occidente: una unión física, a través del canal de Suez, pero también una unión cultural, debido al gusto que los europeos occidentales le habían tomado a las culturas de Oriente Medio, y habida cuenta de que los gobernantes de los territorios de Oriente Medio, los sultanes otomanos y sus virreyes de Egipto que gozaban de una gran autonomía, buscaban en Francia y el Reino Unido los modelos a seguir para revitalizar las debilitadas economías de sus dominios. Se trataba, entonces, de una relación recíproca: a pesar de las afirmaciones de aquellos que ven en el «orientalismo» la expresión cultural del imperialismo occidental, los señores del Mediterráneo oriental buscaban activamente el contacto cultural con Occidente, y se veían a sí mismos como miembros de una comunidad de monarcas que abarcaba Europa y el Mediterráneo.
Crear una ruta comercial que enlazara los dos mares. En la década de 1820 el joven empresario inglés Thomas Waghorn se fijó en las grandes demoras de los envíos postales desde India a Inglaterra, y vio el potencial de una ruta desde Bombay a Suez, que también podía transportar a aquellos pasajeros dispuestos a soportar el calor y las incomodidades de un viaje en diligencia a través del desierto desde el mar Rojo al Nilo. El alivio por haber llegado al Nilo quedaba atemperado por la consternación ante las plagas de ratas, cucarachas, moscas y pulgas que infestaban los barcos de vapor y los veleros que transportaban a los pasajeros río arriba. Después, era bastante fácil comprar un pasaje a Inglaterra, porque un servicio mensual de barcos correo de vapor comunicaba Alejandría con Malta y con Falmouth, en Cornualles; estas líneas de barcos de vapor serán tratadas más adelante. Cuando Lesseps conoció a Waghorn, se sintió impresionado, y escribiría que «es un ejemplo», no solo de emprendimiento y coraje, sino de la necesidad de crear un enlace eficaz entre el mar Rojo y el Mediterráneo. El gobierno británico se reafirmó en su posición: era preferible la ruta del Nilo.
La historia de Trieste y de la Lloyd Austriaco deja constancia de las oportunidades y de las frustraciones a las que se tenían que enfrentar aquellos que intentaban sacarle provecho a las nuevas condiciones en el Mediterráneo durante el siglo XIX. La navegación mediterránea había cambiado hasta hacerse irreconocible: el Gran Mar era ahora un camino de paso al océano Índico, y cruzarlo era una experiencia que no tenía nada que ver con cualquier otra en tiempos pasados; la información iba y venía a medida que se desarrollaban las redes de correos; y reinaba un mayor grado de paz y seguridad que en cualquier otro momento desde el apogeo del Imperio Romano. Sin embargo, no eran los austríacos, ni los turcos, ni siquiera los franceses, quienes dominaban el Mediterráneo, sino la Gran Bretaña imperial.

Los conflictos políticos en el Mediterráneo estaban privando a Salónica de su sustento: después de que Italia invadiese Tripolitania en 1911 los productos italianos fueron objeto de un boicot, y también el comercio con Trieste, porque los austríacos habían tomado el control de Bosnia. La rica familia Allatini no aguantó más y se marchó a Italia. El poder otomano se estaba viniendo abajo más rápido que nunca, y a nadie le sorprendió demasiado que las tropas griegas entraran en Salónica en 1912, reclamándola para la madre patria. Por desgracia, también llegaron tropas búlgaras, que no estaban dispuestas a irse; incluso después de haber convencido a los búlgaros de que se marchasen, estallaron escaramuzas entre las unidades griegas y búlgaras fuera de las murallas. Así pues, los griegos tenían Salónica, pero la amenaza búlgara era real, y la ciudad se vio privada de los fértiles campos de los que el padre de León Sciaky había obtenido los cereales. En 1913, en la ciudad todavía residían casi 46.000 musulmanes y más de 61.000 judíos, frente a los 40.000 cristianos ortodoxos, pero los activistas griegos tenían toda la intención de hacerles sentir que no eran bien recibidos. Profanaron cementerios y saquearon comercios. El primer ministro Venizelos, un héroe de la revolución cretense, era un acérrimo partidario de la idea de una Grecia poblada por griegos ortodoxos. Exactamente dónde dejaba esto a los judíos, de los que Venizelos seguía recelando, no estaba demasiado claro. En agosto de 1917, un gran incendio destruyó extensas zonas de la ciudad, y arrasó los barrios judíos y musulmanes. El fuego, y la cada vez mayor emigración de judíos y musulmanes, brindó a las autoridades griegas la oportunidad de seguir adelante con la reconstrucción de Salónica como una ciudad griega poblada por griegos. El objetivo era claro: Salónica volvería a ser la ciudad cristiana de san Demetrio. Salónica renacería como Tesalónica.
El Mediterráneo se convirtió en la gran arteria por donde las mercancías, los barcos de guerra, los emigrantes y viajeros diversos llegaban al océano Índico desde el Atlántico. La caída de la productividad de los territorios circundantes del Mediterráneo, y el desarrollo del comercio a gran escala de cereales de Canadá o de tabaco de Estados Unidos (por citar dos ejemplos), disminuyó el interés de los empresarios por el Mediterráneo. Incluso el resucitado comercio del algodón de Egipto se enfrentaba a la competencia de India y el sur de Estados Unidos. Los barcos zarpaban de Génova con rumbo al Mediterráneo occidental y salían al Atlántico llevando a centenares de miles de emigrantes al Nuevo Mundo, inmigrantes que se instalaron en Nueva York, Chicago, Buenos Aires, São Paulo y otras prósperas ciudades del norte y del sur de América en los años alrededor de 1900. En Italia, los emigrantes más numerosos procedían del sur del país, adonde no habían llegado ni el progreso ni las mejoras en el nivel de vida que empezaban a transformar Milán y otros centros del norte.
Los franceses, por otra parte, habían encontrado en el Mediterráneo sus oportunidades de crear una vida nueva en alguna en alguna otro lugar: Argelia se convirtió en el foco de la emigración francesa, ya que el ideal era crear una nueva Francia en las costas norteafricanas mientras conservaban el más salvaje interior bajo dominio colonial.

Reino Unido insistía en que lo que importaba no era la integridad territorial sino los deseos de los gibraltareños. En mayo de 1969, el gobierno británico dejó muy claro que:

el gobierno de Su Majestad nunca llegará a ningún tipo de acuerdo en virtud del cual el pueblo de Gibraltar tenga que pasar a estar bajo la soberanía de otro Estado en contra de sus deseos, expresados libre y democráticamente.

Frustrado e indignado, Franco, que nunca perdió su agresiva capacidad de intimidar, cerró a cal y canto la frontera
entre España y Gibraltar, y así permaneció durante trece años, hasta bien entrada la época democrática de España, y no se reabrió por completo hasta la incorporación de España a la Comunidad Europea en 1986. Durante este tiempo, los españoles que trabajaban en Gibraltar quedaron aislados de su puesto de trabajo, y los gibraltareños solo podían visitar España dando un rodeo por Tánger. La susceptibilidad española llegó a unos niveles extraordinarios: en 1965, España amenazó con boicotear el concurso de Miss Mundo si se permitía competir a Miss Gibraltar; pero cualquier tentación que pudiera sentir el Foreign Office (Ministerio de Asuntos Exteriores británico) de dejar que España se saliera con la suya ha sido sistemáticamente bloqueada por casi todos los habitantes del peñón, que se han negado a disolver sus vínculos con el Reino Unido. Gibraltar, con su heterogénea población, compuesta por británicos, españoles, genoveses, malteses, judíos, hindús y, en los últimos tiempos, musulmanes, puede considerarse una de las últimas supervivientes de un fenómeno que, en el pasado, estuvo muy extendido: la ciudad portuaria mediterránea.

El final del siglo XX fue uno de los grandes períodos de las migraciones mediterráneas. Los movimientos migratorios desde el norte de África y con salida y destino a Israel ya han sido analizados en el capítulo anterior. La historia de la emigración siciliana y del sur de Italia se remonta hasta finales del siglo XIX, y su destino era sobre todo América del Norte y del Sur. En las décadas de 1950 y de 1960, la emigración se redirigió hacia las ciudades del norte de Italia. La agricultura del sur del país, que ya sufría por la falta de atención y de inversiones, se fue deteriorando todavía más a medida que los pueblos iban siendo abandonados. En otros puntos del Mediterráneo, los vínculos coloniales eran importantes; por ejemplo, el dominio británico sobre Chipre hizo llegar al norte de Londres importantes comunidades griegas y turcas. Acompañando a estos emigrantes, llegó también su gastronomía: la pizza se popularizó en Londres en la década de 1970, y los restaurantes griegos en el Reino Unido tenían un fuerte sabor chipriota. Como era de prever, la cocina del sur de Italia se impuso entre los emigrantes italianos: la sublime creación de los cocineros genoveses, trenette al pesto, apenas era conocida fuera de Italia, de hecho, ni siquiera en Liguria, antes de la década de 1970.
En cierto sentido, por lo tanto, el Mediterráneo se ha convertido en el patrimonio cultural de todos, pero los movimientos de población que tuvieron su origen mucho más allá de sus costas también han tenido un impacto social y político significativo. Nuevos pobladores no mediterráneos se instalaron permanente o temporalmente en las ciudades del Mediterráneo, o bien fueron utilizados como mano de obra agrícola barata. Lo único que querían muchos de los inmigrantes africanos o asiáticos que llegaron al Mediterráneo en los años inmediatamente anteriores y posteriores a 2000 era pisar suelo europeo antes de poner rumbo al norte, hacia Francia, Alemania o el Reino Unido, aunque también las grandes ciudades italianas han ejercido una gran atracción. Sin embargo, son los estados miembro mediterráneos de la UE los que tienen que enfrentarse de entrada a este flujo entrante de inmigración en cantidades que no dejan de aumentar. Ceuta, y también las pequeñas islas entre Sicilia y el norte de África, Lampedusa, Pantelleria, y Malta, se han convertido en los puntos de entrada favoritos. El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) le recriminó a Italia en mayo de 2009 haber enviado barcos cargados de refugiados de regreso a Libia. En el año 2008, 36.900 refugiados en busca de asilo llegaron a Italia, el 75 por 100 más que en 2007; el momento de máxima afluencia en el período de nueve años entre 2002 y 2010 fue en 2008, cuando 2.775 emigrantes llegaron a Malta, una cifra que equivale a un emigrante por cada 148 malteses.
Sigue vigente la antigua realidad de las migraciones: con la mejora del nivel de vida, las tareas domésticas y poco especializadas han recaído sobres los inmigrantes, que pueden encontrar trabajo como camareras de hotel, camareros de mesa, personal de limpieza o peones de albañil en la construcción de estos mismo hoteles. Porque un ámbito en el que la economía mediterránea ha experimentado un auge sin precedentes durante el período de la posguerra ha sido el del turismo, que ha creado muchas oportunidades de empleo.
El turismo en el Mediterráneo, por supuesto, no está reservado a los europeos. Dos «invasiones» de visitantes de regiones más remotas han sido particularmente significativas: los estadounidenses y los japoneses. Ya antes de la segunda guerra mundial, los estadounidenses distaban mucho de ser unos desconocidos en los bares y tabernas del Mediterráneo (D. H. Lawrence visitó las tumbas etruscas acompañado de un amigo estadounidense), pero la inclusión en los circuitos turísticos de los monumentos de Italia, Grecia, el sur de Francia y Egipto refleja una vez más la facilidad de movimientos, después de que las tarifas baratas y las complejas redes de comunicación facilitaran el acceso al Mediterráneo por vía aérea desde el otro lado del Atlántico. Los japoneses han buscado la explicación del éxito económico de Europa occidental en la cultura e historia europeas; además, estos contactos han acelerado la ya rápida occidentalización de Japón. Los visitantes japoneses han aumentado y disminuido según la economía japonesa ha crecido o decrecido. Las convulsiones políticas han restringido también el turismo: los antiguos y prósperos centros de turismo de la costa de Dalmacia se han recuperado poco a poco de la desintegración de Yugoslavia ocurrida en la década de 1990.

El control del Mediterráneo debe ser entendido como el control de las rutas marítimas más importantes, y para lograr dicho control, era esencial tener puertos donde instalar bases desde las cuales los barcos pudieran ser aprovisionados de alimentos frescos y agua, y desde las cuales pudieran enviarse patrullas contra los piratas y otros intrusos. Así, desde los primeros tiempos, y a medida que se aventuraban cada vez más profundamente en las aguas del Mediterráneo, los asentamientos en las islas les proporcionaron a los mercaderes puertos de escala vitales. De igual modo, perder el control de la costa podía significar perder el acceso a las materias…
No deja de ser paradójico que la unidad del Mediterráneo, por lo tanto, radique en su capacidad de cambiar y girar igual que un remolino, en las diásporas de mercaderes y de exiliados, en las personas que se precipitaban a cruzar su superficie en el menor tiempo posible, intentado no entretenerse demasiado en el mar, en especial durante el invierno, época en la que las travesías se hacían peligrosas, una experiencia que vivieron los peregrinos ibn Jubayr y Felix Fabri, que tanto tiempo sufrieron en el mar. Las costas opuestas del Mediterráneo están lo bastante cercanas
la una de la otra como para facilitar los contactos entre ellas, pero lo bastante apartadas como para permitir el desarrollo de sociedades distintivas, no solo bajo la influencia de los territorios de su interior, sino también bajo la influencia de la costa al otro lado del mar. Aquellos que cruzan su superficie en muy raras ocasiones son representativos de sus sociedades de procedencia. Si no son forasteros cuando emprenden el viaje, es muy probable que se conviertan en forasteros cuando se internan en otras sociedades diferentes al otro lado del mar, que lo hagan como comerciantes, como esclavos o como peregrinos. Sin embargo, su presencia, al introducir algo de la cultura de un continente en otro, aunque solo sea en sus límites exteriores, puede tener un efecto transformador sobre estas sociedades diferentes. El Mediterráneo, por lo tanto, se convirtió probablemente en el lugar más vigoroso de interacción entre sociedades diferentes de este planeta, y ha desempeñado un papel en la historia de la civilización humana que ha sobrepasado de largo el de cualquier otra extensión de agua.

El libro además tiene un anexo de ilustraciones…Magnífico.

It is noted that the author has been slow to make this book, because the result is a masterpiece, to all people who like to know a little more about that Sea so dazzling that has united or separated peoples and cultures along the I recommend it to you, in fact it is a book that will pleasantly surprise those who read it because each chapter talks about all the peoples that have crossed it over the centuries, the enigmatic Peoples of the Sea, unravel the mysterious Trojan War , brings many novelties of the Carthaginians and the Phoenicians. In short, I would dare to say that it is a sin not to read it. A very few people will disappoint.
A pleasant book, perhaps too long, that is worth reading.
David Abulafia’s “The Great Sea: A Human History of the Mediterranean” makes for a challenging read, but one that amply repays the effort. This isn’t an easy read, but the argument is actually fairly direct: Human activity creates opportunities for exchange. With increasing levels of exchange, we can see the development of regional specializations and formal trading patterns. When the volume and predictability of trade reaches sufficient levels, we find the development of problems such as piracy, political abuses, and ideological conflict.
The trading interests of diverse peoples, religions, and cultures can bring communal action and cooperation. Political, ideological, and economic rivalries can undo all that. In a crossroads region of the world such as the Mediterranean basin, these two countervailing forces can create a pulsating historical rhythm of cultural and economic ascendency, conflict, and dissolution.
Abulafia is clear. He is interested in the Mediterranean, not so much interested in any of the particular actors who happen to cross this historical stage. The 6,000 years of Mediterranean history sees an almost accordion like pulsing of regional development, ascendancy, domination, and dissolution in which the Roman “Mare Nostrum” appears no more privileged than the medieval Catalan ascendancy, or the British domination of the Mediterranean in the 19th and 20th centuries. Each of these protagonists (and many others) make their bids, have their era, and withdraw in turn from the narrative.
This is history that works intensely at the micro level to provide sweeping understanding at the macro level. Seemingly, every minor player gets a moment on stage. Yet, Abulafia manages to summarize sweeping economic and cultural changes with startling deftness. For instance, in summarizing dominant economic and cultural shifts transforming the Mediterranean economies and culture across our most recent half century, Abulafia points to air travel and spandex as paving the way for a sun and beach focused economic surge. Package tours and beaches as engines of cultural change are shifting the thrusts of tourism away from historical sightseeing and classical aesthetics. With that insight, Abulafia is no less focused on the Mediterranean as his historical actor than he is when judging the geopolitical significance of the Suez Canal, the Battle of Lepanto or the significance of the Egyptian grain trade in Late Antiquity. This is an erudite, yet sweeping, work.

Known in English and in the Romance languages ​​as the sea “between the lands”, the Mediterranean receives and has always received many names: the Romans called it «Our Sea», the Turks, «White Sea» (Akdeniz), the Jews, “Great Sea” (Yam gadol), the Germans, “Sea in the middle” (Mittelmeer), and the ancient Egyptians gave him the most dubious name of “Great Green”. Modern writers have coined and added epithets to this vocabulary: “inner sea,” “sea surrounded,” “sea friend,” the “faithful sea” of various religions, and the “bitter sea” of the Second World War; also, the “sea that is corrupted” of dozens of ecological micro-systems transformed through their relationship with neighbors, which provide them with what they lack, and in exchange for which they offer their own surpluses; and the “liquid continent” that, like a real continent, encompasses a large number of peoples, cultures and economies within a space with very precise limits. It is important, therefore, that we begin by defining those limits. The Black Sea bathes coasts that already from the Antiquity, exported cereals, slaves, skins and fruits to the Mediterranean, but the Black one is a sea in which the Mediterranean merchants interned, and not a sea whose inhabitants participated in the political changes, economic and religious activities that took place in the Mediterranean proper; the terrestrial links that bring the Black Sea to the Balkans, the steppes and the Caucasus gave the civilizations that lived next to their coasts an aspect and a character different from that of the peoples of the Mediterranean.
Undoubtedly, the physical characteristics of this sea can not be taken for granted. The Mediterranean has several characteristics that are a direct consequence of its character as a closed sea. In a remote geological time, the sea was completely closed, and between twelve and five million years ago the evaporation reached the point where the Mediterranean basin became a great deep and empty desert; It is believed that, once the Atlantic was able to break through, this desert was flooded with water in a couple of years. Mediterranean water evaporates at a faster rate than the water coming from the river systems that flow into it and feed it, a fact that should not be surprising when we remember how weak some of its rivers are: small rivers of Sicily and Sardinia, the historic but not very large Tiber and Arno (in the middle of summer, the Arno becomes a stream that, as of Florence, hardly drips water). It is true that the Mediterranean is nourished by the waters of the immense river system of the Nile, and that the Po and the Rhône also make some contribution. Among the European rivers, the Danube and the Russian river systems contribute indirectly, since water comes from the great arteries that extend a great distance in the landmass to the Black Sea. The result is that the Black Sea has an excess of water that has not evaporated, and this surplus creates a rapid current that passes next to Istanbul and rushes to the northeast of the Aegean.

The Mediterranean Sea was formed millions of years before the arrival of humanity to its shores and, after humans crossed its surface in search of accommodation, food or other vital resources, it became a “sea between lands” that united opposite shores. 435,000 years ago, the first types of humans inhabited the lands bordering the Mediterranean, as shown by the remains of a hunter camp near what is today’s Rome; in Terra Amata, near Nice, other first settlers built a simple hut of branches and installed a home in the center of their refuge; his diet included rhinoceros and elephant meat, and also deer, rabbits and wild pigs.
The Minoan civilization of Crete was the first important civilization of the Mediterranean, the first prosperous, literate, urban culture and with a vibrant artistic culture that appeared in the Mediterranean world. Although this statement seems to be in contradiction with the emergence of an older superior civilization even in ancient Egypt, the fact is that the Egyptians placed the outer limits of their world on the Mediterranean coasts, a world defined by the Nile, and not by the sea beyond. Unlike the Egyptians, the Minoans actively navigated the Mediterranean, and the leading role that the sea had in their culture was manifested in many surprising ways: in the designs of their pottery and their vessels and, possibly, also in the cult to Poseidon, the god of the sea.
What distinguished the Mycenaeans was their warrior character. The Mycenaeans learned easily and immersed themselves in the existing culture. The classical Greeks explained that the founding fathers, for example Pelops, had come to Greece from other lands, from Anatolia in the case of Pelops, although it is possible that their ancestors came from the mountainous south of the Balkans. They were great builders of fortifications, and the characteristic palaces of the Minoan Crete endowed with few defenses became an exception; Pylos, southwest of the Peloponnese is a significant example, and it is almost certain that the city was guaranteed protection by maintaining a large maritime fleet, “wooden walls,” as the oracle of Delphi would later describe the Athens fleet. The sea played an important role in the Mycenaean civilization, and the immense retaining walls of the citadels of Mycenae and Tiryns leave a spectacular record that so did the battles and sieges represented in Mycenaean art.

Although the Phoenicians married the indigenous peoples, they did not lose their distinctive Mediterranean culture, the identity that distinguished them as “Tyrians” or “Canaanites,” and nothing demonstrated more strongly the maintenance of that identity than the practice of human sacrifice, which They took with them from the lands of Canaan. It was a practice for which the biblical and classical authors showed a deep repugnance: the story of Isaac’s failed sacrifice is one of the many diatribes against child sacrifice. A practice that intensified, if possible, in the new settlements, especially those of Cartago, Sulcis and Motia. In the tophet of Cartago, located south of the city and which can be visited today, children were sacrificed to Baal for six hundred years; In the last two hundred years of the city, 20,000 urns were filled with the bones of children (and, sometimes, with those of small animals), which gives an average of about 100 urns a year, bearing in mind that an urn could contain the bones of several children. The tophets were places of very special veneration.
The impact of contact with the eastern Mediterranean was felt in very different ways inside what we now call Italy. Greek culture filtered more slowly in the daily life of the indigenous peoples of Sicily, Siccans, Sicies and Elimos, than in the life of the peoples of Tuscany and Lazio. In general, in Sicily, both the Greeks and the Carthaginians stayed away from the indigenous population. Sardinia, rich in minerals, had for centuries been the seat of a dynamic civilization characterized by the stone towers known as nuraghi, nuraga, thousands of which still dot the entire island; The Nuraga were surrounded by what appear to be prosperous settlements firmly rooted in the island’s rich agricultural resources, and began to be built around 1400 BC, although new nuraga were still being built far in advance of the Iron Age.
The Peloponnesian War, therefore, transformed the Aegean Sea, which ceased to be an Athenian sea and became a Spartan lake. This war also had violent repercussions on the Adriatic and Sicily. It was a war in which imperialist ambitions were intertwined ominously with economic issues, especially who would control the supply routes that brought the grain to Athens and other cities of Sicily, the Aegean, and the Black Sea. Even so, by the end of the fourth century BC, the era of city-states was coming to an end; the conquests of a Macedonian king obsessed by his own divinity would decisively transform the political and economic geography of the eastern Mediterranean, and also the circulation of cereals.

The relationship between Rome and the Mediterranean had already begun to change significantly even before the fall of Carthage and Corinth, and had taken two forms. First, it was a political relationship: before the Third Punic War it had become clear that Rome’s sphere of influence extended to Spain to the west and even to Rhodes to the east, even though the Roman Senate did not exercise control direct from the coasts and islands. And second, it was a business relationship that was creating ever closer ties between the merchants of Rome and the ends of the Mediterranean. All in all, the Senate and the merchants were differentiated groups.
The ascent of Pisa and Genoa is almost as mysterious as that of Amalfi, and the amazing success of these cities, which managed to clean the western Mediterranean of pirates and create mercantile routes supported by settlers and merchant settlements in such eastern points as the Holy Land, Egypt and Byzantium, further increases the mystery. The differences between Pisa and Genoa were extraordinary. Genoa had been the seat of a Byzantine governor in the seventh century, after which two or three hundred years of tranquility fell to the city, savagely interrupted by the Saracen aggressors of North Africa who plundered the city between 934 and 935. Genoa, perched on the slope of the Ligurian Alps, it has no visible resources of its own and is isolated from the cereal-producing plains. The favorite products of its coast are wine, chestnuts, aromatic herbs and olive oil; From these last two products, herbs and oil, the Genoese perfected the basil sauce known as pesto, which speaks more of poverty than wealth.

The plague, although it had transformed the Mediterranean, did not produce a lasting recession. The old institutions resisted: the caravasares of the merchants remained in their place; the Genoese, the Venetians and the Catalans continued fighting among themselves and launching attacks at each other; and the Christians continued to plan new crusades against the Mamluks, whose power remained firm for the time being. Under all this, subtle but significant changes had occurred in the way old networks were managed, and the first indicators of the emergence of a new rival trade zone on the other side of the Gibraltar Strait began to be observed.
The reconfiguration of the Mediterranean after the Black Death was a slow process. In addition to the political changes within the Mediterranean territories, especially the expansion of Ottoman power, the events that were taking place beyond the Strait of Gibraltar would end up transforming, in the long term, the lives of those who lived on the coasts and on the islands of the sea. Already in the decade before the arrival of the plague, trips along the coast of Africa to the Canary Islands marked the beginning of the opening of the Atlantic, which continued with the discovery and colonization of Madeira and the Azores by the Portuguese at the beginning of the 15th century.

The period between the Battle of Lepanto and the mid-seventeenth century has a certain unity. The Berber pirates did not disappear, in fact, they became even more piratical, in the sense that the Ottomans, now that the Sublime Gate no longer intended to extend its direct authority over the entire western Mediterranean, left their hands even more free. The western Mediterranean was also exposed to the brutal assaults of Christian corsairs: the Knights of Malta had now been added the knights of Santo Stefano, Tuscan pirates and holy warriors of an order founded in 1562 by the Duke Medici of Tuscany. Like the Venetians, they returned from Lepanto carrying some of the Ottomans as a sign of victory, and they still hang from their church in Pisa, an incongruity that daily proclaims the faith of Islam surrounded by the incense of Catholic ritual.
At the end of the sixteenth century and in the seventeenth century, the Mediterranean suffered a kind of disorientation. Despite the attempts of the Genoese to rebuild Levantine trade, the Mediterranean lost its primacy in Western European trade to the Atlantic merchants, for whom the Mediterranean was one of their businesses, and not necessarily the most interesting or the most important , some businesses that extended from Holland to Brazil and the East Indies, or from England to Newfoundland and Muscovy. The initial promise of the 15th century and the beginning of the 16th century had not been fulfilled.

The treaty of Utrecht granted another piece of Spanish soil to Great Britain: Menorca. The British ships that engaged in small skirmishes with the Berber corsairs had used the island as a supply point since the 1670s, with the permission of the Spaniards, but the facilities were scarce, there were no rafts and there were plenty of rats, although «the bread , wine, hens and eggs were cheap, and with a real of eight, one could buy a sheep. ” In 1708, the British occupied the island, with the opposition of its ally Carlos III, who was not willing to give up its sovereignty; when the British changed sides and decided to reach an agreement with the French suitor, Philip V, he agreed to deliver the island, despite the disadvantages that such a transfer meant for France, and would soon lament. The Duke of Marlborough recognized the importance of Menorca, which could have a port of call in Gibraltar; A grand strategy was beginning to take shape, the objective of which was to create permanent British bases in the Mediterranean. However, they needed to address a more immediate problem, the lack of resources on the island. Once an army had set up their camp on their shores, they discovered that Menorca could not feed the whole world since it barely produced enough cereals to feed the islanders, and the meat of their animals was hard. Some areas of the island were dismantled, so there was no wood, and it was even difficult to find accommodation for the troops.
There was little social mix between the colonial power and the islanders. All in all, the British occupation lasted long enough to make its mark (literally: one of the arrivals from London was a book press). The Catalan of Menorca acquired words from the field of shipbuilding: múguini, by mahogany, «mahogany», scrú by screw, «screw», rul by ruler, «rule». Even the diet of the Menorcans acquired an English flavor with their gravy, gravy, “salsa,” and a brandy perfumed with juniper similar to London gin. The war cry of the Menorcan children, “faitim!” Is derived from the English fight him !, “for him!”.

At the beginning of July 1807, facing Mount Athos, he fought one of the great naval battles of the Napoleonic wars, hoping to break the enemy’s defenses and enter the Dardanelles.56 Although, on paper, it was a victory for the Russians, in reality, the Turkish fleet was still able to maintain the blockade at the entrance of the Dardanelles and, in any case, the Tsar had already had more than enough. The lucrative commerce between the Black Sea and the Mediterranean had practically disappeared during the conflict and, after the setbacks suffered in Europe, in 1807 the Tsar reached a peace agreement with Napoleon in Tilsit and renounced his Mediterranean ambitions. He also abandoned his fleet in the Mediterranean. Quite simply, the Russian ships were stuck there. The British captured without any difficulty those who tried to escape to the Atlantic; some ships set sail for Trieste, Venice, and Corfu, whose ports had nothing to offer them, and the Russians delivered them, abandoned them, and even boarded them; and others came to Toulon and joined the French navy: one of the advantages that Napoleon had hoped to obtain from the peace agreement with Russia was to inherit his fleet. The French officers rushed to Corfu to raise the French flag to replace the Russian one. The intervention in the Mediterranean had cost Russia a lot of money and, in the end, it had not given her any permanent advantage.

The battle of Trafalgar left the Mediterranean open to British navigation, but the United Kingdom had not yet achieved the undisputed dominance of the sea routes. The bitter struggle for the control of Sicily and southern Italy between the British, who fought in defense of the interests of King Ferdinand of Naples, and the armies of Napoleon, who acted in defense of the interests of Marshal Murat, who was trying usurping the Neapolitan throne, reached its climax in July 1806 at the Battle of Maida (a British victory in the depths of Calabria). Maida showed that Napoleon had been unconscious in allowing so many French troops to be immobilized in unfortunate conditions in an area so far from the northern and central regions of Italy that he most wanted to control.
Algeria attracted settlers from France and Spain: in 1847, the colonists were almost 110,000, and were not limited to hiding in the cities, since many of them had come to rely on being able to seize large estates from the nationalized lands of the old regime. Over the following decades, immense construction projects were carried out in the cities, and Algiers was transformed into a new Marseille, with wide streets and solid and imposing buildings. The conquest of Algiers was the first phase of a series of colonial conquests that divided many of the key strategic positions in the Mediterranean between France, the United Kingdom, Spain and (although it had not yet been born in 1830) Italy.

Rudyard Kipling, the poet of the English Empire, coined the much-cited phrase, “East is East and West is West, and never the Twain shall meet” (East is East, and West is West, and the two will never meet). Even if at the beginning of the 20th century European observers felt overwhelmed by what they saw as fundamental differences between the attitudes and lifestyle of the East and the West, the truth is that they did not see it that way in the 19th century, when the ideal It was to unite East and West: a physical union, through the Suez Canal, but also a cultural union, due to the taste that Western Europeans had taken to the cultures of the Middle East, and given that the rulers of the territories In the Middle East, the Ottoman sultans and their viceroys in Egypt who enjoyed great autonomy, sought in France and the United Kingdom the role models to revitalize the weakened economies of their domains. It was, then, a reciprocal relationship: despite the claims of those who see in “Orientalism” the cultural expression of Western imperialism, the lords of the eastern Mediterranean actively sought cultural contact with the West, and saw themselves as members of a community of monarchs that encompassed Europe and the Mediterranean.
Create a commercial route that links the two seas. In the 1820s the young English entrepreneur Thomas Waghorn noticed the large delays of postal deliveries from India to England, and saw the potential of a route from Bombay to Suez, which could also transport those passengers willing to endure the heat and the discomforts of a diligence trip across the desert from the Red Sea to the Nile. The relief at reaching the Nile was tempered by dismay at the plagues of rats, cockroaches, flies, and fleas infesting steamboats and boats. sailboats that transported the passengers upstream. Afterwards, it was easy enough to buy a ticket to England, because a monthly service of steam mail ships communicated Alexandria with Malta and with Falmouth, in Cornwall; These lines of steamboats will be discussed later. When Lesseps met Waghorn, he was impressed, and he would write that “he is an example”, not only of entrepreneurship and courage, but of the need to create an effective link between the Red Sea and the Mediterranean. The British government reaffirmed its position: the Nile route was preferable.
The history of Trieste and the Austrian Lloyd records the opportunities and frustrations faced by those who tried to take advantage of the new conditions in the Mediterranean during the 19th century. The Mediterranean navigation had changed until it became unrecognizable: the Great Sea was now a way to the Indian Ocean, and crossing it was an experience that had nothing to do with any other in the past; the information came and went as mail networks developed; and there reigned a greater degree of peace and security than at any other time since the height of the Roman Empire. However, it was not the Austrians, nor the Turks, not even the French, who dominated the Mediterranean, but Imperial Britain.

The political conflicts in the Mediterranean were depriving Thessaloniki of its sustenance: after Italy invaded Tripolitania in 1911 the Italian products were subject to a boycott, and also the trade with Trieste, because the Austrians had taken control of Bosnia. The rich Allatini family could not stand it anymore and left for Italy. Ottoman power was coming down faster than ever, and no one was surprised that Greek troops entered Thessaloniki in 1912, claiming it for the motherland. Unfortunately, Bulgarian troops also arrived, who were not willing to leave; Even after they had convinced the Bulgarians to leave, skirmishes broke out between the Greek and Bulgarian units outside the walls. Thus, the Greeks had Salonica, but the Bulgarian threat was real, and the city was deprived of the fertile fields from which Leon Sciaky’s father had obtained the cereals. In 1913, almost 46,000 Muslims and more than 61,000 Jews still lived in the city, compared to 40,000 Orthodox Christians, but Greek activists had every intention of making them feel that they were not welcome. They desecrated cemeteries and looted shops. Prime Minister Venizelos, a hero of the Cretan revolution, was a staunch supporter of the idea of ​​a Greece populated by Orthodox Greeks. Exactly where this left the Jews, of which Venizelos was still suspicious, was not too clear. In August 1917, a large fire destroyed large areas of the city, and razed Jewish and Muslim neighborhoods. The fire, and the increasing emigration of Jews and Muslims, gave the Greek authorities the opportunity to move forward with the reconstruction of Thessaloniki as a Greek city populated by Greeks. The objective was clear: Salonica would once again be the Christian city of San Demetrio. Thessaloniki would be reborn as Thessalonica.
The Mediterranean became the great artery where merchandise, ships of war, emigrants and diverse travelers reached the Indian Ocean from the Atlantic. The fall in productivity of the surrounding territories of the Mediterranean, and the development of large-scale trade in cereals from Canada or tobacco from the United States (to cite two examples), decreased the interest of businessmen in the Mediterranean. Even Egypt’s resurgent cotton trade was facing competition from India and the southern United States. The ships sailed from Genoa towards the western Mediterranean and left the Atlantic carrying hundreds of thousands of migrants to the New World, immigrants who settled in New York, Chicago, Buenos Aires, São Paulo and other prosperous cities in the north and south of America in the years around 1900. In Italy, the most numerous emigrants came from the south of the country, where neither the progress nor the improvements in the standard of living that had begun to transform Milan and other centers in the north had arrived.
The French, on the other hand, had found in the Mediterranean their opportunities to create a new life somewhere in some other place: Algeria became the focus of French emigration, since the ideal was to create a new France on the North African coasts while they kept the wildest interior under colonial rule.

The United Kingdom insisted that what mattered was not territorial integrity but the wishes of the Gibraltarians. In May of 1969, the British government made it very clear that:

His Majesty’s government will never reach any agreement by virtue of which the people of Gibraltar have to pass under the sovereignty of another State against their wishes, expressed freely and democratically.

Frustrated and outraged, Franco, who never lost his aggressive capacity to intimidate, closed the border
between Spain and Gibraltar, and remained so for thirteen years, well into the democratic era of Spain, and was not reopened completely until the incorporation of Spain to the European Community in 1986. During this time, the Spaniards who worked in Gibraltar were left isolated from their jobs, and the Gibraltarians could only visit Spain by going around Tangier. Spanish susceptibility reached extraordinary levels: in 1965, Spain threatened to boycott the Miss World contest if Miss Gibraltar was allowed to compete; but any temptation that the Foreign Office (British Foreign Office) could feel to let Spain get away with it has been systematically blocked by almost all the inhabitants of the Rock, who have refused to dissolve their ties with the United Kingdom. Gibraltar, with its heterogeneous population, composed of British, Spanish, Genoese, Maltese, Jews, Hindus and, in recent times, Muslims, can be considered one of the last survivors of a phenomenon that, in the past, was widespread: The Mediterranean port city.

The end of the 20th century was one of the great periods of Mediterranean migrations. The migratory movements from North Africa and with exit and destination to Israel have already been analyzed in the previous chapter. The history of the Sicilian emigration and of the south of Italy goes back until the end of the XIX century, and its destiny was mainly North America and the South. In the 1950s and 1960s, emigration was redirected to the cities of northern Italy. Agriculture in the south of the country, which was already suffering from lack of attention and investment, deteriorated even more as the towns were abandoned. In other parts of the Mediterranean, colonial ties were important; For example, the British dominion over Cyprus brought important Greek and Turkish communities north of London. Accompanying these emigrants, their gastronomy also came: pizza became popular in London in the 1970s, and Greek restaurants in the United Kingdom had a strong Cypriot flavor. Predictably, the cuisine of southern Italy prevailed among the Italian emigrants: the sublime creation of the Genoese chefs, trenette al pesto, was barely known outside of Italy, in fact, not even in Liguria, before the decade of 1970
In a sense, therefore, the Mediterranean has become the cultural heritage of all, but the population movements that originated well beyond its shores have also had a significant social and political impact. New non-Mediterranean settlers settled permanently or temporarily in the cities of the Mediterranean, or were used as cheap agricultural labor. The only thing that many of the African or Asian immigrants that arrived in the Mediterranean in the years immediately before and after 2000 wanted was to set foot on European soil before heading north towards France, Germany or the United Kingdom, but also the big Italian cities They have exercised a great attraction. However, it is the Mediterranean member states of the EU that have to face this incoming flow of immigration in an ever-increasing amount. Ceuta, and also the small islands between Sicily and North Africa, Lampedusa, Pantelleria, and Malta, have become favorite entry points. The United Nations High Commissioner for Refugees (UNHCR) reproached Italy in May 2009 for sending ships laden with refugees back to Libya. In 2008, 36,900 refugees seeking asylum arrived in Italy, 75 percent more than in 2007; the time of maximum affluence in the nine-year period between 2002 and 2010 was in 2008, when 2,775 migrants arrived in Malta, a figure equivalent to one emigrant for every 148 Maltese.
The old reality of migrations continues: with the improvement of the standard of living, domestic and unspecialized tasks have fallen on immigrants, who can find work as hotel maids, table waiters, cleaning staff or bricklayers pawns in the construction of these same hotels. Because one area in which the Mediterranean economy has experienced an unprecedented boom during the post-war period has been tourism, which has created many employment opportunities.
Tourism in the Mediterranean, of course, is not reserved for Europeans. Two “invasions” of visitors from more remote regions have been particularly significant: the Americans and the Japanese. Already before the Second World War, Americans were far from being strangers in the bars and taverns of the Mediterranean (DH Lawrence visited the Etruscan tombs accompanied by an American friend), but the inclusion in tourist circuits of the monuments of Italy, Greece, southern France and Egypt reflect once again the ease of movement, after cheap fares and complex communication networks facilitated access to the Mediterranean by air from the other side of the Atlantic. The Japanese have sought the explanation of the economic success of Western Europe in European culture and history; furthermore, these contacts have accelerated the already rapid westernization of Japan. Japanese visitors have increased and declined as the Japanese economy has grown or declined. Political convulsions have also restricted tourism: the old and prosperous tourist centers on the Dalmatian coast have gradually recovered from the disintegration of Yugoslavia in the 1990s.

The control of the Mediterranean should be understood as the control of the most important maritime routes, and to achieve such control, it was essential to have ports where to install bases from which the ships could be supplied with fresh food and water, and from which they could be sent patrols against pirates and other intruders. Thus, from the earliest times, and as they ventured ever deeper into the waters of the Mediterranean, settlements on the islands provided the merchants with vital ports of call. Similarly, losing control of the coast could mean losing access to the materials …
It is still paradoxical that the unity of the Mediterranean, therefore, lies in its ability to change and turn like a whirlpool, in the diasporas of merchants and exiles, in people who rushed to cross its surface in the lesser possible time, trying not to dwell too much on the sea, especially during the winter, time in which the voyages became dangerous, an experience lived by the pilgrims ibn Jubayr and Felix Fabri, who had suffered so much at sea for so long. The opposite coasts of the Mediterranean are close enough
one from the other to facilitate contacts between them, but far enough apart to allow the development of distinctive societies, not only under the influence of the territories within them, but also under the influence of the coast on the other side of the sea. Those that cross its surface on very rare occasions are representative of their societies of origin. If they are not strangers when they embark on the journey, it is very likely that they will become strangers when they enter other societies on the other side of the sea, who do so as merchants, as slaves or as pilgrims. However, their presence, by introducing something from the culture of one continent into another, even if only at its outer limits, can have a transforming effect on these different societies. The Mediterranean, therefore, probably became the most vigorous place of interaction between different societies on this planet, and has played a role in the history of human civilization that has long surpassed that of any other extension of water.

The book also contains an annex of magnificent illustrations …Excellent!

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