La Política En El Siglo XXI :Arte, Mito O Ciencia — Jaime Durán Barba & Santiago Nieto / Policy in the 21st Century: Art, Myth or Science by Jaime Durán Barba & Santiago Nieto

El libro es valioso porque resalta los muchos cambios que están ocurriendo en nuestra sociedad, particularmente en América Latina, cuando se trata de política. Principalmente en los cambios en el comportamiento, la naturaleza y la mentalidad de los votantes. Esto contrasta con los viejos modelos políticos que están desapareciendo gradualmente, como la influencia de la Iglesia, los Militares y los Sindicatos dando paso a elecciones individuales de una generación de votantes fuertemente moldeada por YouTube y las redes sociales.
Todo lo anterior es para confirmar la importancia de que los políticos aprendan acerca de sus votantes a través de sondeos y encuestas precisos, si quieren que los voten.
Bien, y entonces, ¿y qué? ¿Qué puede hacer el lector sobre esto? No hay sugerencias de acción o decisión, excepto esperar a que llegue la nueva encuesta … El autor podría mejorar con este tema tan importante.
Interesante. Un libro sobre política sociedad y medios de comunicación Muy bien escrito y entretenido. Una visión de la evolución de formas políticas.

Podría plantearse que la cantidad de información es tan grande que nos va a hundir en datos que no podemos utilizar, pero la capacidad cibernética para procesarla se incrementa a una velocidad todavía mayor. Como dice Harari en Homo Deus, hemos terminado el siglo XX con más poderes que los dioses griegos y los hindúes, y lo más probable es que en el siglo XXI lleguemos a tener poderes semejantes a los de los dioses monoteístas. En todo caso, es tan enorme el cambio ocurrido en esta década que bien se justificaría que fuera catalogada como una cuarta etapa de los mapas del tiempo.
Normalmente creemos que los seres humanos de las distintas épocas percibieron un mundo semejante al nuestro, pero eso no es así. El espacio y el tiempo en que vivían los contemporáneos de Colón eran distintos a los nuestros. Si revisamos el índice de la historia universal más completa que se había escrito hasta entonces, la General estoria de Alfonso X el Sabio (la narración de los hechos de los seres humanos desde el Génesis hasta el reinado de Alfonso X), veremos que el tiempo histórico no iba del Big Bang a nuestros días. La historia de la humanidad aparece dividida en seis períodos: el primero va desde la creación hasta el diluvio universal; el segundo desde el diluvio hasta Abraham; el tercero desde Abraham hasta el reino de David; el cuarto desde David hasta la cautividad; el quinto desde la cautividad hasta el tiempo de Cristo; y el sexto desde la muerte de Cristo hasta el reinado de Alfonso X. El tiempo en que vivimos en cada momento de la historia es distinto, el nuestro es diferente al que vivía Alfonso X, al que vivieron los vietnamitas en su guerra, al que nosotros mismos transitamos hace veinte años.
El espacio también era diverso. Para esta historia universal eran humanos solo quienes vivían en Castilla (España) y una porción del Mediterráneo. Cuando nació Colón, tanto los europeos como casi todos los seres humanos que se habían planteado esa problemática creían que la Tierra era plana, que el cielo estaba arriba y el infierno abajo.

En las culturas politeístas la verdad no es única, es equívoca. Alguien puede ser un poco más o menos budista en la medida en que mezcle las ideas de Buda con otras, pero no necesita identificarse con una verdad excluyente. El líder budista más conocido actualmente es el XIV dalái lama del Tíbet, quien a pesar de ser un bodhisattva, una reencarnación de Avalokiteshvara, el Buda de la compasión, venera a ciertos dioses, consulta a las fuerzas cósmicas por intermedio de oráculos y dice que su existencia como dalái lama no es imprescindible, que se retiraría de su cargo si los tibetanos lo resuelven en un plebiscito. Este relativismo resulta impensable en las religiones monoteístas. A ningún papa católico se le ocurriría decir que aceptaría irse a su casa si en una consulta popular la gente decide que no es necesaria la jerarquía de la Iglesia romana.
Vivimos en la actualidad un enfrentamiento entre Occidente y una interpretación del islam que no es una guerra religiosa, sino un conflicto entre la magia y la razón. Los líderes musulmanes no quieren evitar que sus fieles se hagan cristianos, sino que temen que el racionalismo debilite sus mitos. La concepción del islam sobre la verdad se expresó en el año 642 cuando el califa Umar ibn al-Jattab ordenó quemar la Biblioteca de Alejandría, que en ese entonces era la más grande del mundo. Su razonamiento fue: “Si los libros de esta biblioteca contienen la misma doctrina del Corán, no sirven para nada porque repiten lo que sabemos. Si no están de acuerdo con la doctrina del Corán, están errados y es mejor que desaparezcan”.

El avance de la ciencia fue lento y doloroso. Según la interpretación literal de la Biblia, el Nuevo Testamento y el Corán, solo podía existir un planeta Tierra plano, creado para el ser humano. Aun hoy algunos se resisten a reconocer que la Tierra es redonda. Hace muy poco tiempo, en 1993, el jeque Abdul-Aziz Ibn Baz, la máxima autoridad religiosa de Arabia Saudí, emitió una fatwa decretando que “el mundo es plano y que quien crea que es redondo reniega de Dios y debe ser castigado”. En el islam la herejía se castiga con la muerte.
Galileo Galilei dio el siguiente paso en el desarrollo de la ciencia cien años después del descubrimiento de América. En ese entonces el conocimiento evolucionaba muy lento; los descubrimientos que consumían un siglo para realizarse toman en el presente pocas semanas. Para los líderes religiosos y las autoridades civiles fue difícil aceptar que la Tierra no era plana y que Jerusalén no estaba en el centro del universo.
En el siglo XVIII llegó la Revolución francesa que liberó al conocimiento de las cadenas dogmáticas y estimuló el desarrollo de la ciencia. Otras culturas siguieron sometidas al paradigma mágico y por eso no produjeron avances científicos de manera sistemática.

La primera brecha que separa la política de la ciencia consiste en que la ciencia es impensable sin las normas de la lógica, que se usan poco en la actividad política. En la lucha política más que razonar se predica y se pretende imponer creencias imposibles de verificar. La ciencia se asienta en la lógica porque no trabaja con doctrinas, sino con hipótesis. El científico no pretende demostrar una teoría, sino contrastar sus ideas con la realidad para confirmarlas o negarlas, y así acumular conocimientos que permitan el desarrollo de la ciencia.
Sagan señala que para usar el método científico lo primero que se debe hacer es ordenar los conceptos y evitar los errores de construcción lógica. En el kit del escéptico menciona varias de las falacias que se han estudiado desde la Grecia clásica, para evitar que el discurso tenga errores de estructura. Si solo aplicáramos la lógica, la mayor parte de los análisis políticos y los comportamientos de los candidatos cambiarían de modo radical. Es interesante notar que la cultura que desarrolló la lógica de manera sistemática fue también la primera que concibió la democracia.
En lógica, una falacia (del latín: fallacia, “engaño”) es una forma de razonar que parece conducir a nuevas verdades, pero es defectuosa y puede hacernos caer en el error. Algunas falacias se usan con intencionalidad para manipular a los demás o persuadirlos de conceptos falsos, mientras que otras se emplean sin mala intención o son fruto del descuido o la ignorancia de quienes pretenden argumentar de manera lógica. La falacia tiene que ver con la estructura del razonamiento, no con su contenido. El que un argumento sea falaz no significa que sus premisas o su conclusión sean verdaderas ni falsas. Es posible que las premisas y la conclusión de un razonamiento sean válidas y, sin embargo, que la argumentación sea falaz. Lo que la hace así no es su proximidad con la verdad, sino la inconsistencia del procedimiento lógico.
Es una falacia que supone que una idea es verdadera por el peso de la autoridad que la propone. Este argumento fue muy poderoso en el pasado, cuando la gente tenía poca información y quienes controlaban el poder parecían seres sobrenaturales. Cuando el rey decía algo, eso era verdad simplemente porque él lo decía. Esta es la primera falacia de la que se cuida quien aplica el método científico. En la comunidad científica el argumento de autoridad no tiene importancia, aunque provenga de científicos eminentes. Muchos sabios han cometido errores en el pasado y lo seguirán haciendo en el futuro. La ciencia no conoce autoridades infalibles. Los científicos trabajan para descubrir nuevas verdades, ya sea observando la realidad o desarrollando e innovando sus teorías y su metodología de investigación.
Por lo habitual esta falacia no se usa con la intención deliberada de engañar, sino por el deseo de que las cosas sean como alguien quiere que sean o por ignorancia. En nuestra práctica profesional hemos conocido a muchos candidatos que creían tener posibilidades de ganar, a pesar de que los números decían que eso era imposible. Cuando sus deseos se contraponen con la investigación empírica, los más anticuados se refugian en la política de la calle.

Un ambiente en el que las “verdades inamovibles” empezaron a licuarse, nació la “opinión pública”, que al principio fue solo el conjunto de opiniones que intercambiaban algunas personas sobre temas que iban más allá de su vida cotidiana y que se vinculaban a cuestiones de conciencia, de bien público y en especial de política. Jürgen Habermas dice que la opinión pública nació con las reuniones de personas que se encontraban en los cafetines europeos para conversar sobre política, filosofía y otros asuntos que hasta entonces estaban reservados a la élite.
La opinión pública y la democracia nacieron en los cafés que proliferaron en Londres desde que en 1652 se abrió el primero, el Pasqua Rosée. En 1660, restaurada la monarquía, había en la ciudad sesenta y tres cafés que se habían convertido en las sedes del librepensamiento. Allí se opinaba sobre todo tipo de cuestiones, incluida la política. Los cafés fueron una ventana de lo nuevo en la que nacieron organizaciones como la Lloyd’s, en donde se reunían poetas, literatos y científicos de la Royal Society. Las llamaron universidades de a penique porque con pagar esa suma, que era lo que costaba una taza de café, se podía asistir y participar en las charlas. A mediados del siglo XVIII, los cafés de París también fueron el refugio del pensamiento ilustrado. Denis Diderot compiló la Enciclopedia en el café de la Régence, y en el Procope disertaban Jean d’Alembert y Jean-Jacques Rousseau.
La opinión pública surgió de esas discusiones con aire de conspiración y de la lectura de impresos que esquivaban el imprimátur de los obispos. Pues así nació también la democracia, una nueva forma de concebir la política, con la que la burguesía desafió a los gobiernos autoritarios que monopolizaban la verdad, respaldados por la tradición, las costumbres y la religión.

En las últimas décadas del siglo XX, con el surgimiento de innumerables herramientas técnicas (como las computadoras personales, los teléfonos celulares e internet), el crecimiento de la opinión pública entró en una vorágine que cambió la vida y transformó a los seres humanos. La opinión pública incluyó a toda la población, pero además lo invadió todo y trastornó los valores y las normas del juego democrático.
La masificación de los teléfonos inteligentes alteró las relaciones que mantenemos con nuestros semejantes y con el mundo que nos rodea. Todos los días vemos grupos de personas ubicadas en la misma mesa, pero que no conversan entre ellas; comparten la realidad física, pero no se encuentran en el mismo sitio. Cada uno habla, recibe y manda mensajes a otros que pueden estar de modo indistinto en cualquier país del mundo o en la silla de enfrente. El cálido cafetín de la tertulia en el que nació la opinión pública no existe más. Las pantallas reemplazaron a los rostros y se convirtieron en ventanas que nos sacan del entorno inmediato y nos proyectan a una realidad que ni siquiera tiene límites entre lo fáctico y lo virtual.
La opinión pública cobró vida propia como un ente colectivo del que formamos parte, al que alimentamos todo el tiempo y le informamos sobre nuestras actividades, y que a su vez nos controla: señala lo que es más o menos importante y más o menos real.
Los medios tradicionales afrontan una nueva competencia dispersa y desconcertante: hay cada vez más radios, periódicos y canales de televisión que llegan a micropúblicos a través de la red, y también blogs y otras herramientas que puede formar y usar cualquier persona con un costo mínimo. En la actualidad, con una inversión casi nula, cualquiera puede hacer oír su voz en el mundo.
La opinión pública es cada día más autónoma, debilita el poder de los líderes, de las organizaciones y de los partidos, y no depende del aval de los medios de comunicación ni de ninguna institución. La red aumentó exponencialmente la autonomía de la gente y eso está en la base de la crisis de la democracia representativa. Antiguamente, los ciudadanos sentían la necesidad de que los representaran estructuras políticas, eclesiásticas, sindicales y de otros órdenes. Ahora se conectan con el mundo cuando quieren, obtienen información, pueden transmitirla casi sin límites, no sienten la necesidad de que otros hablen por ellos y no quieren ser representados.

La realidad virtual crece todos los días y no solo nos habituamos a vivir en ella, sino que incorporamos en nuestra vida cotidiana sus usos y costumbres. Su enorme y variada oferta de placer nos atrae y en muchos casos nos sustrae del mundo físico. Los mensajes de texto cambiaron nuestra percepción del tiempo porque se escriben en minutos y cuando los enviamos esperamos una respuesta igualmente rápida, sintética y fugaz. En cuanto leemos uno de ellos pasamos a otra cosa. Acostumbrados a que nos informen en tiempo real acerca de todo lo que ocurre en cualquier sitio del globo, no buscamos primicias en los periódicos de la mañana porque antes de leerlos ya supimos y comentamos los hechos de los que hablan.
El programa Gran Hermano. Más allá de la publicidad, el programa gana millones de dólares con las llamadas y mensajes de texto usados por el público para votar, nominar o expulsar a los residentes de la casa. Cada mensaje de texto que se usa para votar cuesta dinero y también cada minuto en que se pueden ver y escuchar las obviedades que hablan los chicos. Hay personas que han gastado fortunas por tratar de salvar de la expulsión a uno de los participantes, como ocurrió en un sonado caso en San Pablo. Si fuese necesario pagar para votar para presidente en uno de nuestros países, se provocaría una abstención masiva. Hasta hace poco se hacía lo inverso: algunos políticos de la época del aparato pagaban a los votantes y les daban transporte y algún refrigerio con tal de que fueran a votar. Para hacerlo en algo tan trascendente había que gratificarlos, no había tanto entusiasmo por ir a las urnas como el que existe para votar en Gran Hermano, donde rigen los valores de una sociedad para la que nada es tan trascendente como lo trivial.
La política no es marketing, tiene que ver con valores, visiones de la vida, ilusiones y desvelos. Nos vuelve irracionales, incapaces de reconocer nuestros defectos y los méritos de los adversarios. Por eso es curioso que algunos candidatos crean que las elecciones son marketing, cuando los electores buscan en realidad un presidente, y no una caja de cereal. Otros confunden la política con la publicidad.
Repetimos: la política no es marketing. Los candidatos no son cajas de cereal, los partidos no son marcas, ni las urnas perchas de supermercado. Es superficial creer que cuando un elector va a votar agobiado por la inseguridad, el desempleo, persiguiendo sus sueños, harto de los políticos de siempre, deje de lado todo eso y decida votar por alguien que usa un color bonito en su propaganda o aparece como un personaje gracioso en televisión. El ciudadano negocia su pequeña parcela de poder que le otorga el voto y apoya a quien le gusta y le parece que le conviene más. La publicidad es una herramienta importante de la campaña, pero confunde cuando no se encauza dentro de una estrategia política.

Algunos creen que los jóvenes carecen de valores porque no respetan los viejos mitos, pero eso no es así, simplemente tienen valores distintos, como ocurrió en su momento con las antiguas generaciones. Cuando apareció el vals provocó un escándalo por la pornográfica proximidad de la pareja que rompía la compostura del minué. Pasó lo mismo con el tango, el rock y todas las revoluciones musicales que fueron rechazadas por los antiguos como obra del demonio e incitación a la lujuria.
La presencia de la mujer en la cultura occidental nos permitió dar un salto adelante en la evolución. Desde que se impusieron los valores femeninos, la violencia es mal vista.
Cuando no se publican encuestas se crea un espacio para mitos urbanos usuales en nuestros países. Siempre aparece alguien que tiene “contactos” misteriosos que le permiten conocer las encuestas de la embajada norteamericana, de las fuerzas armadas o de otras fuentes pintorescas. Son todos fraudes burdos.

En la próxima década desaparecerán catorce profesiones en Estados Unidos y se puede dar un desempleo del 40% si no se repiensa la sociedad. La empresa de taxis más grande del mundo no tiene taxis, la librería más grande del mundo no tiene libros. Cuando aparecieron los celulares hace pocos años, en un país hubo una huelga de los trabajadores de la empresa de teléfonos del Estado que pedía que se los prohibiera para siempre porque ponían en riesgo los puestos de trabajo de sus afiliados. La iniciativa falló y si se aprobaba habría condenado a ese país a quedarse en la Edad de Piedra.
Hace quinientos años éramos enormemente ignorantes y los más ricos vivían en una situación que hoy se consideraría insoportable para los más pobres. Nos demoramos cien años en comprender que no éramos el centro del universo y doscientos hasta que se produjera la revolución de la democracia. La realidad actual no se parece en nada a la del siglo XIX.
Estamos obligados a repensar todas las categorías y a compartir con la gente la construcción de nuevos valores. Solo desde esa perspectiva será posible plantear una nueva política.

[…] las palabras se han extraviado de sus contenidos, los políticos modernos no saben cómo enfrentar la realidad y los líderes posmodernos no saben qué hacer con la política. Se trata de remediar las falencias de la democracia representativa con una ‘democracia directa’ en la que el tumulto y la consulta directa ‘al soberano’ reemplacen a las instituciones”.
Este podría ser un párrafo de este libro o de una de sus columnas actuales sobre la política en la era de la posverdad, pero se trata del primer párrafo de la primera nota que Jaime Durán Barba publicó en el diario Perfil el domingo 18 de marzo de 2007.

The book is valuable in that it highlights the many changes that are occurring in our society, particularly in Latin America, when it comes to politics. Primarily on the changes in the behavior, the nature and the mentality of the voters. This contrasts with the old political models that are phasing out, like the influence of the Church, the Military and Trade Unions giving way to individual choices of a voting generation heavily molded by YouTube and the social media.
All of the above is to confirm the importance for politicians to learn about their voters through accurate polling and surveys, if they want to get voted.
OK, and then, so what? What can the reader do about this? There no suggestions for action or decision, except to wait for the new poll to arrive…The author could do better with this very important subject.
Interesting. A book on politics society and media Very well written and entertaining. A vision of the evolution of political forms.

It could be argued that the amount of information is so large that it will sink us into data that we can not use, but the cybernetic capacity to process it increases at an even greater speed. As Harari says in Homo Deus, we have finished the twentieth century with more powers than the Greek gods and the Hindus, and it is more likely that in the 21st century we will have powers similar to those of the monotheistic gods. In any case, the change occurred in this decade is so huge that it would be justified to be cataloged as a fourth stage of time maps.
Normally we believe that human beings from different periods perceived a world similar to ours, but that is not the case. The space and time in which Columbus’s contemporaries lived were different from ours. If we review the most complete index of universal history that had been written until then, the General Estoria of Alfonso X the Wise (the narration of the events of human beings from Genesis to the reign of Alfonso X), we will see that time historical did not go from the Big Bang to our days. The history of humanity is divided into six periods: the first goes from creation to the universal flood; the second from the flood to Abraham; the third from Abraham to the kingdom of David; the fourth from David to the captivity; the fifth from captivity to the time of Christ; and the sixth from the death of Christ until the reign of Alfonso X. The time in which we live in each moment of history is different, ours is different from the one lived by Alfonso X, to which the Vietnamese lived in their war, to which We transited ourselves twenty years ago.
The space was also diverse. For this universal history, only those who lived in Castile (Spain) and a portion of the Mediterranean were human. When Columbus was born, both Europeans and almost all human beings who had considered this problem believed that the Earth was flat, that the sky was up and the hell below.

In polytheistic cultures the truth is not unique, it is equivocal. Someone may be a little more or less Buddhist insofar as he mixes Buddha’s ideas with others, but he does not need to identify with an excluding truth. The most well-known Buddhist leader today is the fourteenth Dalai Lama of Tibet, who despite being a bodhisattva, a reincarnation of Avalokiteshvara, the Buddha of compassion, venerates certain gods, consults cosmic forces through oracles and says that his existence as a dalai lama is not essential, that he would retire from his post if the Tibetans resolve it in a plebiscite. This relativism is unthinkable in monotheistic religions. No Catholic pope would think to say that he would agree to go home if, in a popular consultation, people decide that the hierarchy of the Roman Church is not necessary.
We are currently experiencing a confrontation between the West and an interpretation of Islam that is not a religious war, but a conflict between magic and reason. Muslim leaders do not want to prevent their faithful from becoming Christians, but they fear that rationalism weakens their myths. Islam’s conception of the truth was expressed in 642 when Caliph Umar ibn al-Khattab ordered the burning of the Alexandria Library, which at that time was the largest in the world. His reasoning was: “If the books in this library contain the same doctrine of the Koran, they are useless because they repeat what we know. If they do not agree with the doctrine of the Koran, they are wrong and it is better that they disappear. ”

The advance of science was slow and painful. According to the literal interpretation of the Bible, the New Testament and the Koran, there could only be one planetary Earth planet, created for the human being. Even today some are reluctant to recognize that the Earth is round. Not long ago, in 1993, Sheikh Abdul-Aziz Ibn Baz, Saudi Arabia’s highest religious authority, issued a fatwa decree that “the world is flat and whoever believes that he is round denies God and must be punished.” In Islam, heresy is punishable by death.
Galileo Galilei took the next step in the development of science one hundred years after the discovery of America. At that time, knowledge evolved very slowly; the discoveries that consumed a century to be realized take in the present a few weeks. For religious leaders and civil authorities it was difficult to accept that the Earth was not flat and that Jerusalem was not at the center of the universe.
In the eighteenth century came the French Revolution that liberated the knowledge of dogmatic chains and stimulated the development of science. Other cultures remained subject to the magic paradigm and therefore did not produce scientific advances in a systematic way.

The first gap that separates politics from science is that science is unthinkable without the rules of logic, which are rarely used in political activity. In political struggle, more than reason, it is preached and it is intended to impose beliefs that can not be verified. Science is based on logic because it does not work with doctrines, but with hypotheses. The scientist does not intend to demonstrate a theory, but to contrast his ideas with reality to confirm or deny them, and thus accumulate knowledge that allows the development of science.
Sagan points out that to use the scientific method the first thing to do is to order the concepts and avoid the errors of logical construction. In the skeptic’s kit, he mentions several of the fallacies that have been studied since classical Greece, in order to prevent the discourse from having structural errors. If we only applied the logic, most of the political analysis and the behavior of the candidates would change radically. It is interesting to note that the culture that systematically developed logic was also the first to conceive democracy.
In logic, a fallacy (from the Latin: fallacia, “deceit”) is a way of reasoning that seems to lead to new truths, but it is defective and can make us fall into error. Some fallacies are used intentionally to manipulate others or persuade them of false concepts, while others are used without malicious intent or are the result of carelessness or ignorance of those who claim to argue logically. The fallacy has to do with the structure of reasoning, not with its content. The fact that an argument is fallacious does not mean that its premises or its conclusion are true or false. It is possible that the premises and the conclusion of a reasoning are valid and, however, that the argument is fallacious. What makes it this way is not its proximity to the truth, but the inconsistency of the logical procedure.
It is a fallacy that assumes that an idea is true because of the weight of the authority that proposes it. This argument was very powerful in the past, when people had little information and those who controlled power seemed supernatural beings. When the king said something, that was true simply because he said it. This is the first fallacy of those who apply the scientific method. In the scientific community the argument of authority does not matter, even if it comes from eminent scientists. Many scholars have made mistakes in the past and will continue to do so in the future. Science knows no infallible authorities. Scientists work to discover new truths, either by observing reality or by developing and innovating their theories and their research methodology.
Usually this fallacy is not used with the deliberate intention of deceiving, but by the desire that things are as someone wants them to be or ignorance. In our professional practice we have met many candidates who thought they had a chance to win, even though the numbers said that was impossible. When their desires are opposed to empirical research, the most antiquated take refuge in the politics of the street.

An environment in which the “immovable truths” began to liquefy, “public opinion” was born, which at the beginning was only the set of opinions that some people exchanged on topics that went beyond their daily life and that were linked to issues of conscience, of public good and especially of politics. Jürgen Habermas says that public opinion was born with the meetings of people who were in the European cafetines to talk about politics, philosophy and other matters that until then were reserved for the elite.
Public opinion and democracy were born in the cafés that proliferated in London since the first one opened in 1652, the Pasqua Rosée. In 1660, restored the monarchy, there were sixty-three cafés in the city that had become the headquarters of freethinking. There he spoke on all kinds of issues, including politics. The cafes were a window of the new thing in which organizations like Lloyd’s were born, where poets, writers and scientists of the Royal Society met. They called universities a penny because paying that amount, which was what it cost a cup of coffee, you could attend and participate in the talks. In the middle of the 18th century, the cafés of Paris were also the refuge of Enlightenment thought. Denis Diderot compiled the Encyclopaedia at the Café de la Régence, and Jean d’Alembert and Jean-Jacques Rousseau spoke in Procope.
Public opinion and democracy were born in the cafés that proliferated in London since the first one opened in 1652, the Pasqua Rosée. In 1660, restored the monarchy, there were sixty-three cafés in the city that had become the headquarters of freethinking. There he spoke on all kinds of issues, including politics. The cafes were a window of the new thing in which organizations like Lloyd’s were born, where poets, writers and scientists of the Royal Society met. They called universities a penny because paying that amount, which was what it cost a cup of coffee, you could attend and participate in the talks. In the middle of the 18th century, the cafés of Paris were also the refuge of Enlightenment thought. Denis Diderot compiled the Encyclopaedia at the Café de la Régence, and Jean d’Alembert and Jean-Jacques Rousseau spoke in Procope.
Public opinion arose from these discussions with the air of conspiracy and the reading of printed documents that dodged the imprimatur of the bishops. For that is how democracy was born, a new way of conceiving politics, with which the bourgeoisie challenged the authoritarian governments that monopolized the truth, backed by tradition, customs and religion.

In the last decades of the twentieth century, with the emergence of innumerable technical tools (such as personal computers, cell phones and the internet), the growth of public opinion entered a vortex that changed life and transformed human beings. Public opinion included the entire population, but it also invaded everything and upset the values ​​and norms of the democratic game.
The massification of smart phones altered the relationships we maintain with our peers and with the world around us. Every day we see groups of people located at the same table, but they do not talk to each other; they share the physical reality, but they are not in the same place. Each one speaks, receives and sends messages to others who can be indistinctly in any country of the world or in the chair in front. The warm cafe of the gathering where public opinion was born does not exist anymore. The screens replaced the faces and became windows that take us out of the immediate environment and project us into a reality that does not even have limits between the factual and the virtual.
Public opinion took on a life of its own as a collective entity of which we are a part, which we feed all the time and inform about our activities, and which in turn controls us: it points out what is more or less important and more or less real.
The traditional media face a new dispersed and disconcerting competition: there are more and more radios, newspapers and television channels that reach micro-public through the network, and also blogs and other tools that can be formed and used by anyone with minimal cost. Nowadays, with almost no investment, anyone can make their voice heard in the world.
Public opinion is increasingly autonomous, weakens the power of leaders, organizations and parties, and does not depend on the endorsement of the media or any institution. The network exponentially increased the autonomy of the people and that is at the base of the crisis of representative democracy. Formerly, citizens felt the need to be represented by political, ecclesiastical, union and other orders structures. Now they connect with the world when they want, they get information, they can transmit it almost without limits, they do not feel the need for others to speak for them and they do not want to be represented.

Virtual reality grows every day and not only we get used to living in it, but we incorporate its uses and customs into our daily lives. Its enormous and varied offer of pleasure attracts us and in many cases it takes us away from the physical world. The text messages changed our perception of time because they are written in minutes and when we send them we expect an equally rapid, synthetic and fleeting response. As soon as we read one of them, we move on to something else. Accustomed to being informed in real time about everything that happens in any place on the globe, we do not look for scoops in the morning newspapers because before reading them we already knew and commented on the facts of those who speak.
The Big Brother program. Beyond advertising, the program earns millions of dollars with the calls and text messages used by the public to vote, nominate or expel the residents of the house. Each text message that is used to vote costs money and also every minute in which you can see and listen to the truisms that kids talk about. There are people who have spent fortunes to try to save one of the participants from the expulsion, as happened in a famous case in São Paulo. If it were necessary to pay to vote for president in one of our countries, a massive abstention would be provoked. Until recently, the reverse was true: some politicians of the time of the apparatus paid the voters and gave them transportation and some refreshments as long as they went to vote. To do it in something so transcendent had to be rewarded, there was not as much enthusiasm to go to the polls as there is to vote in Big Brother, where the values ​​of a society for which nothing is as transcendent as the trivial.
Politics is not marketing, it has to do with values, visions of life, illusions and sleeplessness. It makes us irrational, unable to recognize our shortcomings and the merits of our adversaries. That’s why it’s curious that some candidates believe that elections are marketing, when voters actually look for a president, and not a cereal box. Others confuse politics with advertising.
We repeat: politics is not marketing. The candidates are not cereal boxes, the parties are not brands, nor the urns supermarket hangers. It is superficial to believe that when a voter goes to vote overwhelmed by insecurity, unemployment, pursuing his dreams, fed up with the usual politicians, put aside all that and decide to vote for someone who uses a nice color in his propaganda or appears as a funny character on television. The citizen negotiates his small plot of power that gives him the vote and supports who likes it and thinks it is better for him. Advertising is an important tool of the campaign, but confuses when it is not channeled into a political strategy.

Some believe that young people lack values ​​because they do not respect the old myths, but that is not the case, they simply have different values, as happened at the time with the old generations. When the waltz appeared, it provoked a scandal over the pornographic proximity of the couple who broke the minuet’s composure. The same happened with tango, rock and all the musical revolutions that were rejected by the ancients as the work of the devil and incitement to lust.
The presence of women in Western culture allowed us to take a leap forward in evolution. Since feminine values ​​were imposed, violence is frowned upon.
When surveys are not published, a space for usual urban myths is created in our countries. There always appears someone who has mysterious “contacts” that allow him to know the surveys of the American embassy, ​​the armed forces or other picturesque sources. They are all gross frauds.

In the next decade, fourteen professions in the United States will disappear and 40% unemployment can occur if society is not rethinked. The largest taxi company in the world does not have taxis, the largest bookstore in the world does not have books. When cell phones appeared a few years ago, in one country there was a strike by the workers of the telephone company of the State who asked to be banned forever because they put at risk the jobs of their affiliates. The initiative failed and if approved would have condemned that country to stay in the Stone Age.
Five hundred years ago we were enormously ignorant and the richest lived in a situation that today would be considered unbearable for the poorest. We took a hundred years to understand that we were not the center of the universe and two hundred years until the revolution of democracy took place. The current reality is nothing like the 19th century.
We are obliged to rethink all categories and to share with people the construction of new values. Only from that perspective will it be possible to propose a new policy.

[…] words have strayed from their contents, modern politicians do not know how to face reality and postmodern leaders do not know what to do with politics. It is about remedying the shortcomings of representative democracy with a ‘direct democracy’ in which the tumult and the direct consultation of ‘the sovereign’ replace the institutions. ”
This could be a paragraph of this book or one of its current columns on politics in the post-truth era, but it is the first paragraph of the first note that Jaime Durán Barba published in the newspaper Perfil on Sunday, March 18, 2007.

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