Cronometrados — Simon Garfield / Timekeepers: How the World Became Obsessed With Time by Simon Garfield

Lo vemos en la salida y la puesta del sol, en nuestras rutinas diarias y en el arco narrativo de cada una de nuestras vidas, que esperamos sean largas y bien vividas. De hecho, el tema parece tan enorme en su alcance que uno se pregunta cómo diablos un escritor podría envolver sus brazos alrededor de él y regresar con algo digno, original y valioso.
Para su crédito, eso es exactamente lo que Garfield logra con ‘Timekeepers’, una investigación ingeniosa, bien estructurada y consistentemente fascinante de cómo los humanos han percibido, contenido y salvado el tiempo en los últimos 2½ siglos. En la introducción, explica que el libro trata sobre nuestra obsesión por el sustantivo más utilizado en el idioma inglés, según el Oxford English Dictionary, y nuestro deseo de medirlo, controlarlo, inmortalizarlo y hacerlo significativo. Él continúa:
“[Timekeepers] considera cómo, en los últimos 250 años, el tiempo se ha convertido en una fuerza tan dominante e insistente en nuestras vidas, y pregunta por qué, después de decenas de miles de años de mirar hacia el cielo en busca de una guía vaga y temperamental, ahora tome señales atómicamente precisas de nuestros teléfonos y computadoras no una o dos veces al día, sino de forma continua y compulsiva. El libro tiene dos simples intenciones: contar algunas historias esclarecedoras y preguntarnos si nos hemos vuelto completamente locos “.
Es el recurso no renovable más valioso que conoce la humanidad. No importa qué tan rico seas, nunca puedes comprar más tiempo, porque no hay lugar donde lo venda. Nunca recuperarás estos momentos que estás eligiendo gastar, en este momento, leyendo una reseña de un libro en un periódico sobre algo que define tu vida. (Gracias por hacerlo, es un honor)
Garfield comienza con una anécdota personal sobre un incidente ocurrido hace dos años, donde el tiempo pareció ralentizarse. Se cayó de su bicicleta y se rompió el codo. “Pensé que podía sentir cada gránulo de tiempo”, recuerda haber esperado en una habitación oscura del hospital, aburrido y esperando ser operado. Más tarde, decidió perder mucho tiempo en su iPhone mientras se recuperaba, buscando viejas películas en YouTube.
Desde esa cama de hospital sigue un rápido viaje al pasado, explorando cómo los republicanos franceses arruinaron el calendario al intentar establecer su propio tiempo; cómo los ferrocarriles de travesía llevaron a la invención de horarios y husos horarios estandarizados; cómo la nostalgia se convirtió en la primera enfermedad asociada con el tiempo, sus “víctimas” destinadas al manicomio; cómo el metrónomo fue “tan revolucionario para Beethoven como lo fue el microscopio para los bacteriólogos del siglo XVII”, ya que proporcionó estabilidad definitiva a los compositores que anteriormente habían luchado por anotar el tempo.
Según la admisión del autor, “Timekeepers” es en gran parte un examen del tiempo a través de una lente cultural. Esto funciona bien, ya que permite a Garfield entrar y salir de los momentos clave de la historia sin seguir una cronología estricta. Pasa un buen rato con los relojeros, evidentemente fascinado por este mundo, particularmente las formas diminutas en que compañías como Rolex y TAG Heuer intentan diferenciarse de sus competidores.
Garfield se siente particularmente atraído por un poco de redacción publicitaria que sugiere que en realidad nunca es dueño de un reloj Patek Philippe, simplemente lo cuida para la próxima generación. Señala que la venta de relojes parece mantener vivo el periodismo impreso: “Abre The New York Times y el papel parece estar funcionando”. Sugiere que los hombres tienden a admirar tanto los relojes debido a su implacable resistencia con una lubricación mínima.
Cerca del final del libro, cuando se discute la noción de “tiempo profundo” con la que se relacionan los geólogos, se da vuelta al adverso al sugerir que “el tiempo profundo es el equivalente de un geólogo al anuncio de Patek Philippe: nunca en realidad vive en la Tierra, simplemente cuídalo para la próxima especie o edad de hielo “.
Desde obstinadas observaciones sociales hasta resúmenes ambientados, del pasado y de nuestro lugar en el universo, “Timekeepers” lo tiene todo. Garfield es un guía turístico encantador y leído, y las notas a pie de página siempre merecen una mirada, aunque solo sea por una selección de gags que recopiló durante su investigación, como la que dice el Big Ben a la Torre Inclinada de Pisa: ” Tengo tiempo si tienes la inclinación “.
Quizás la pregunta más importante de todas es simple: ¿por qué? ¿Por qué pasar varias horas leyendo un libro sobre el tiempo, cuando parece ser lo único que la mayoría de nosotros desearía que tuviéramos más? Hablando por mí mismo, me alegro de haber invertido esas horas en compañía de la infinita curiosidad y el buen humor de Garfield. ‘Timekeepers’ es nada menos que educativo y entretenido, y leer sus páginas es una excelente manera de pasar el tiempo.

Los neurocientíficos deben de estar un poco cansados de escuchar historias sobre la ralentización del tiempo en la escena de un accidente, pero explican gustosos por qué esto ocurre. Los accidentes son acontecimientos que producen alarma y miedo. El cerebro de quienes se caen de una bici o por un precipicio encuentra mucho espacio libre para la impresión de nuevos recuerdos en el córtex. Recordamos estos episodios como acontecimientos importantes, de acción muy vívida, y, cuando los reencuadramos en nuestras cabezas o los narramos a otros, nos parece que son muchas las cosas que ocurrieron en ese lapso de tiempo y que este fue mucho más largo. En comparación con los acontecimientos cotidianos que ya han dejado huella en el córtex y en los que ni siquiera tenemos que pensar.
La palabra tiempo domina, además, el idioma. Cada tres meses el Oxford English Dictionary añade unas 2.500 definiciones nuevas o revisadas a la versión en línea de su tercera edición (la versión impresa de la segunda tiene veinte tomos que contienen 615.000 lemas). Muchas de las nuevas palabras son argot y muchas otras derivan de la cultura popular o de las nuevas tecnologías. En contraste con las palabras nuevas, el más famoso de los diccionarios ingleses mantiene también una lista de los vocablos más usados del idioma, que son los esperables: the («el», «la», «los», «las»), be («ser»), to («a») y, por supuesto, and («y»). Pero ¿cuáles son los sustantivos más usados? Month («mes») aparece en el puesto número 40. Life («vida»), en el 9. Day («día»), en el 5, y year («año»), en el 3. Person («persona») alcanza el puesto número 2. Pero la palabra más usada en inglés es time («tiempo»).
El Oxford English Dictionary observa que el léxico inglés utiliza time no como una palabra, sino como una filosofía. Del tiempo y sus derivados dependen muchas acciones descritas por expresiones diversas: On time («a tiempo», «a su hora»), last time («la última vez que…»), fine time («un rato agradable»), fast time («un buen tiempo [en una carrera]»), recovery time («tiempo de recuperación [de una enfermedad]»), reading time («hora de leer»), all-time.

Ruth Ewan había recreado el calendario republicano francés. Este calendario fue una muestra más del rechazo político y académico al ancien régime y consecuencia práctica de la propuesta de asaltar el tradicional calendario gregoriano como lo habían sido antes la Bastilla y las Tullerías.
Sorprendentemente, este nuevo calendario caló durante un tiempo (quizá no tan sorprendentemente: la guillotina seguía resplandeciendo al sol del otoño). Se hizo oficial el 24 de octubre (el día poire [«pera»] de brumario) de 1793, aunque, en realidad, comenzó a contar desde el 22 de septiembre (raisin [«uva»] de vendimiario) de 1792, fecha que marcó el inicio del Año I de la República. Este cambio radical se mantuvo durante doce años, hasta el 1 de enero de 1806, cuando Napoleón Bonaparte presumiblemente pensó ça suffit.
El utópico calendario republicano francés era una locura maravillosa y parecía existir fuera del tiempo. Desde la perspectiva actual, nos parece tan absurdo como la posibilidad de crear una comuna global o de que el dinero sea gratis, pero lo que nos lleva a esa conclusión no son sino las rutinas y el propio tiempo. En todo el planeta se han usado muchos tipos de calendarios que han servido de marco para la actividad humana y en todos ellos se mezclan la lógica, la ciencia natural y la arbitrariedad. Nuestro sistema de medición del tiempo mediante un calendario —el cual hace que la vida del ser humano parezca avanzar o progresar, y quizá le da cierto sentido y coherencia— no resiste todas las pruebas. Ni siquiera podemos confiar en él en todos los casos. Un día te levantas, como hicieron los ciudadanos de Auvernia o Aquitania, y te enteras de que el martes no está donde solía y de que el mes de octubre ha desaparecido sin dejar rastro.
El calendario republicano era también peculiar en otro aspecto. Pasó a la historia de la noche a la mañana y difícilmente se podía comparar con otros sistemas anteriores. Destruyó lo que los historiadores especializados en calendarios suelen denominar «fijeza profunda» (deep fixity) de las concepciones anteriores. Se da por hecho, en efecto, que los anteriores calendarios en Europa y en el mundo antiguo civilizado habían progresado en paralelo con el emergente conocimiento astronómico y matemático. Los calendarios religiosos también se diseñaron unos sobre otros a partir de las bases comunes marcadas por solsticios, equinoccios y eclipses.
Nos equivocaríamos, no obstante, si creyéramos que el calendario revolucionario francés fue el primero en imponer una perspectiva política al paso de los días. Todos los calendarios, en efecto, establecen orden y control en menor o mayor grado, y son políticos a su modo (especialmente los religiosos). El antiguo calendario maya, por ejemplo, era un artificio bello y realmente asombroso, que medía paralelamente dos años distintos, uno de 365 días y otro de 260.

Aunque cada movimiento de la Novena sinfonía incluye las habituales indicaciones generales sobre el tempo y el tono que debe darse a cada movimiento, hasta el menos versado en música se da cuenta de que estas instrucciones son poco adecuadas para una pieza tan variada y tan poco convencional. El primer movimiento pide un solemne Allegro ma non troppo, un poco maestoso (alegre y veloz, pero no demasiado, y algo majestuoso); el segundo, un Molto vivace (muy rápido y enérgico); el tercero, un Adagio molto e cantabile (muy lento y lírico); y el cuarto y su revolucionaria coral final, Presto — Allegro ma non troppo — Vivace — Adagio cantabile (es decir, muy rápido, animoso, pero no demasiado, vivaz, majestuoso).
¿Cuál es el origen de estos tempos? Pues el latido del corazón humano y, también, la zancada. Cualquier definición de un tiempo o de un ritmo musical necesita tener, como base, el llamado tempo giusto, a partir del cual se medirán todos los demás, que serán más rápidos o más lentos que este. La frecuencia cardiaca media comúnmente aceptada es la misma que la de la zancada durante un paseo relajado: 80 pulsaciones por minuto (ppm).
Así nació el disco compacto o, al menos, así fue ideado. El concepto era combinar la facilidad y limpieza de la moderna cinta compacta con la durabilidad y el acceso aleatorio del videodisco; con ello, además, se pretendía transformar a los amantes de la música en amantes de una tecnología específica[39]. El CD sería más pequeño, estaría grabado digitalmente y sería leído por un láser. Lo que perdía en calidez auditiva lo ganaba en dinamismo, precisión, acceso directo a cada uno de los cortes y facilidad de limpieza. (Además, era innovador y guay y, aunque pocos de los que pagaron por el Brothers in Arms de Dire Straits lo hubieran predicho, el CD fue también para el gran público la rampa de acceso al incipiente mundo digital).
Pero antes había un problema que era necesario resolver: el formato.
En febrero de 1979, se mostraron prototipos de CD y sus reproductores a expertos en sonido de PolyGram, el recién fundado sello discográfico fundado por Philips y Siemens (colaboración que permitió reeditar el catálogo completo de Deutsche Grammophon). A la gente de PolyGram les encantó: resultó crucial que, al reproducir diversas muestras de música, no fueran capaces de detectar diferencias entre la reproducción del CD y la de los másteres originales. Los periodistas escucharon por primera vez el CD un mes más tarde; de nuevo, el sonido sorprendió a todos: en una de las primeras grabaciones, una colección completa de valses de Chopin, se oía incluso al asistente del pianista pasar las páginas de la partitura.
11 de febrero de 1963. El estudio 2 de Abbey Road está reservado para tres sesiones: de 10 a 13, de 14:30 a 17:30 y de 18:30 a 21:30. Los tiempos se ajustan a las normas del sindicato de los músicos. Una sesión no puede durar más de tres horas, y en ella se producirá un máximo de 20 minutos de material grabado útil. Todos los artistas recibirán los mismos honorarios por sesión, 7 libras y 10 chelines…

Lo que en Estados Unidos denominan filibuster —a saber, el que una minoría obstruya el funcionamiento de la cámara objetando sistemáticamente y mediante intervenciones largas y vacías una propuesta de la mayoría para echarla por tierra o, al menos, retrasarla— es una táctica política muy enraizada en la idea del tiempo. Podríamos considerarla un acto decididamente constitucional y fundamental para la democracia, el equivalente a encadenarse a la reja de un edificio público. A veces, es la única razón por la que algunos políticos entran en política. Sin embargo, si tenemos una vida ajetreada y mucho que hacer cotidianamente, y además creemos en el gobierno de las mayorías, el filibustering, u obstrucción parlamentaria, deberá tacharse también de rigurosamente antidemocrático, el enrocamiento puro y duro de un piquete de locos. Para distinguir entre una cosa y otra, a menudo hay que dedicar mucho tiempo a escuchar.
Hasta que terminó, no quedó claro lo bien que Thurmond se había preparado para aquella larga sesión.
El filibuster más famoso de la historia no se pronunció en el Senado estadounidense ni en la Cámara de los Comunes británica, sino en Hollywood. En Caballero sin espada (1939), la película de Frank Capra, James Stewart interpreta a un cándido y apasionado luchador contra la corrupción en torno a la construcción de una presa, que habla durante más de 23 horas antes de caer redondo. Su cómplice, Jean Arthur, lo anima a la vez que compara sus opciones de éxito con «un salto de trampolín desde 15 metros a una bañera». Smith lleva consigo un termo y fruta y amenaza con hablar «hasta el día del juicio» para conseguir lo que se propone. Joviales reporteros de prensa entran en la cámara para gritarle «¡Filibustero!». El más romántico, sin embargo, describe el acontecimiento como «la más titánica batalla de los tiempos modernos. Un David que por no tener no tiene ni honda…». Smith triunfa al final, desenlace que, probablemente, no sorprenda a ningún cinéfilo. Era una película y, después de todo, las películas siempre han mantenido una relación dichosa con el tiempo.

Hasta que se complicaron, fabricar relojes mecánicos era algo bastante sencillo, pues todos funcionaban más o menos según los mismos principios. Un muelle real, parecido a un caracol (que recibe energía al dársele cuerda o por otros medios), impulsa un engranaje que, a su vez, hace que un volante oscile varias veces por segundo. Dicha oscilación es regulada por el llamado escape, mecanismo que hace que las manecillas del reloj giren la amplitud de arco justa y a una velocidad constante: la manecilla corta recorre la esfera una vez cada veinticuatro horas y la larga, una vez cada minuto. Lo que aparece desplegado ante mí, sobre la mesa de trabajo, es algo bastante más complejo, el resultado de 150 años de sofisticación horológica: una obra de arte tan primorosa e intrincada que hasta el relojero más avezado sudaría, juraría y se dejaría las pestañas durante diez años para crear una igual.
La sede de IWC (ya nadie se refiere a la empresa por su nombre original, International Watch Company) está a unos 40 minutos en coche al norte de Zúrich, en Schaffhausen, a orillas del Rin, medio de transporte y fuente de energía e inspiración desde la fundación de la empresa, a finales de la década de 1860. IWC lleva siglo y medio creando relojes tan sofisticados como caros para una clientela entendida y fiel, y no es fácil que un novato se familiarice con su gama de productos en 50 minutos. Tenemos, por ejemplo, el Portugieser Repetición de Minutos, con su reserva de marcha de 46 horas, volante Glucydur de aleación de berilio y corredera que permite dar la hora, los cuartos y los minutos con dos melodiosas sonerías.
Está disponible en caja de platino y correa de aligátor por unos 97.000 euros. Otra opción es el elegante Portofino, reloj de señora con caja de oro rojo de 18 quilates incrustada de 66 diamantes, con otros 12 diamantes más engastados en el dial de madreperla (bajo el cual, un disco giratorio muestra el curso de la Tierra por el firmamento). Puede ser suyo por menos de 35.000 euros. Otro modelo es el Ingénieur Tourbillon Fuerza Constante, en el que la amplitud del volante es fija, lo que permite obtener una exactitud casi total. Además, presenta reserva de marcha de 96 horas, doble fase de la luna (para los hemisferios sur y norte) y una indicación de cuenta atrás hasta la siguiente luna llena. En platino y materiales cerámicos, por unos 243.000 euros.
(¿Cómo es posible que los 29 millones de relojes que exportó el país alpino en 2014 constituyan solo el 1,7 por ciento de todos los relojes comprados en el mundo, pero representen el 58 por ciento del gasto global en relojes?).
En 1953, Eugène Jaquet y Alfred Chapuis publicaron una vasta obra que sentó cátedra: Histoire et technique de la montre suisse de ses origines à nos jours («Historia y técnica del reloj de pulsera suizo de sus orígenes a nuestros días»). En ella, sin embargo, se mostraban algo vagos al respecto de los orígenes de la industria. Los primeros relojes portátiles —primero redondos y luego ovalados, siempre colgados de una cadena, aparecieron hacia 1510 en Alemania, Países Bajos, Francia e Italia. Unas décadas más tarde, Ginebra se convirtió en un pequeño centro comercial para estos aparatos, debido especialmente al gran número de orfebres. La experiencia con las filigranas y las lacas, y con las intrincadas herramientas de grabado, empujaron a esos artesanos a interesarse por la mecánica en miniatura. Jaquet y Chapuis descubrieron que en el siglo XVI trabajaron en la ciudad suiza 176 orfebres, cuyas habilidades relojeras se vieron sin duda enriquecidas.
Los relojeros suizos prosperaron gracias a la neutralidad del país, e IWC no fue la única casa que fabricó relojes para los dos bandos enfrentados en las dos guerras mundiales. Sin embargo, ese amor por la paz, aunque ayude a concentrarse ante el banco de trabajo, por sí mismo no explica la exquisitez de Longines o de Ulysse Nardin, como tampoco el reloj de cuco.
Las cualidades del reloj suizo están legalmente fijadas y tan controladas como las del champán o el queso parmesano (la leyenda que aparece en los relojes es siempre Swiss made o simplemente Swiss, en lugar de Made in Switzerland, tradición que data de 1890). Para ser considerado suizo, el reloj debe cumplir con ciertos criterios estrictos (o, según lo expresa la Federación Relojera Suiza, creadora de la denominación de origen, el reloj tiene que cumplir con los «Nuevos criterios del carácter suizo»: a) debe ser inspeccionado y certificado en Suiza, b) debe llevar un calibre suizo, y c) este calibre debe ir montado en una caja fabricada en Suiza. Para que el calibre sea considerado suizo: a) debe haber sido montado dentro de los límites nacionales de Suiza, b) debe ser inspeccionado y certificado en Suiza, y c) sus componentes deben ser al menos en un 60 por ciento suizos (porcentaje que eleva el 50 por ciento exigido por la ley de 1971). Estas normas, no obstante, no parecen perturbar la actividad de sitios web como perfectwatches.cn, que ofrecen réplicas chinas (es decir, copias falsas) del Rolex Daytona por 436 euros o el Breitling Navitimer por 149.

El vocablo inglés filibuster deriva de la jerga militar y revolucionaria. Originalmente describía a quien intentaba liderar un alzamiento en un país extranjero, habitualmente para beneficio económico propio. El término ganó popularidad tras las incursiones estadounidenses en América Latina y en el Caribe español durante el siglo XIX (la palabra inglesa, de hecho, proviene del español «filibustero», que, a su vez, deriva del neerlandés vrijbuiter, la cual, por otro lado, originó en inglés el término freebooter, «saqueador»).
En su uso actual, el término solo suele utilizarse para la cámara legislativa del Senado de Estados Unidos. En el Reino Unido, por ejemplo, una intervención particularmente larga no recibe ningún nombre especial. Existe, desde luego, una clasificación extraestadounidense de los discursos políticos más largos, aunque no todos ellos tuvieron como objetivo retrasar una votación. Inaugura la lista por abajo Henry Brougham (quien habló durante seis horas sobre la reforma legislativa en la Cámara de los Comunes en 1828, dos años antes de convertirse en lord canciller).
El filibuster más famoso de la historia no se pronunció en el Senado estadounidense ni en la Cámara de los Comunes británica, sino en Hollywood. En Caballero sin espada (1939), la película de Frank Capra, James Stewart interpreta a un cándido y apasionado luchador contra la corrupción en torno a la construcción de una presa, que habla durante más de 23 horas antes de caer redondo. Su cómplice, Jean Arthur, lo anima a la vez que compara sus opciones de éxito con «un salto de trampolín desde 15 metros a una bañera». Smith lleva consigo un termo y fruta y amenaza con hablar «hasta el día del juicio» para conseguir lo que se propone. Joviales reporteros de prensa entran en la cámara para gritarle «¡Filibustero!». El más romántico, sin embargo, describe el acontecimiento como «la más titánica batalla de los tiempos modernos. Un David que por no tener no tiene ni honda…». Smith triunfa al final, desenlace que, probablemente, no sorprenda a ningún cinéfilo. Era una película y, después de todo, las películas siempre han mantenido una relación dichosa con el tiempo.

En Australia, por ejemplo. En ese país, un hombre llamado Nick Hacko intenta diseñar relojes tan fiables y resistentes como los de Ginebra o Schaffhausen, para luego fabricarlos en Sídney y venderlos más baratos, sin todo el marketing de relumbrón. Una hazaña realmente difícil de cumplir.
Hacko, de ademán obstinado pero temperamento afable, no solo fabrica relojes; también los vende y los repara. Calcula que ha vendido más de 9.500 unidades suizas y ha reparado 17.000. En ambos aspectos del negocio, ha desarrollado un sentimiento encontrado de admiración y desprecio hacia lo suizo. Visité por primera vez su oficina a mediados de febrero de 2014.
Su local actual parece una oficina y ocupa una serie de salas en el cuarto piso de Castlereagh Street, el equivalente en Sídney a la Regent Street londinense. Justo al pie de su taller se encuentran las joyerías que venden Dior, Cartier, Rolex y Omega, pero él desdeña a quienes se dejan engañar por tanto fulgor. «Un reparador siempre mira desde dentro hacia fuera», dice. «La mayoría de coleccionistas solo se interesan por el aspecto exterior. Les encantan las marcas».
Hacko es el P. T. Barnum del sector rebelde de la relojería. En esta industria, disentir es una extravagancia visible sobre todo en algunos profesionales taciturnos y prontos a jubilarse.

El Libro de horas de Bedford, uno de los manuscritos más ornamentados del museo, conservado hoy en la Biblioteca Británica. Es un calendario diario de la fe cristiana, con plegarias ilustradas, cada una de ellas en su bendecida franja horaria. Confeccionado en París entre 1410 y 1430, fue su propietario un joven Enrique VI, antes de ascender al trono. Sus 38 imágenes bíblicas ilustran profusamente los episodios vividos por María y por Jesús niño (la Anunciación, la Adoración de los Magos, etcétera). Las ocho horas litúrgicas marcan el tiempo de forma ineludible. Nos encontramos ante una forma literaria del mecanismo relojero, del amanecer al anochecer: maitines, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas. El lujoso volumen, encuadernado en terciopelo, fue más tarde propiedad de John Russell, duque de Bedford, quien, para celebrar su casamiento con Ana de Borgoña, lo mandó enmendar para incluir los votos nupciales y su escudo heráldico. Los libros de horas eran un objeto habitual y muy reverenciado entre las familias europeas ricas y devotas: guía preordinada del día y compañero de por vida.

Nuestra obsesión con el tiempo nos ha llevado hasta el borde del precipicio, pero no nos obliga a saltar. Las viejas historias nos ayudan a imaginar el futuro, y nuestro pálido punto azul sigue girando hacia un destino sobre el que podemos influir más de lo que pensamos.

We see it in the rising and the setting of the sun, in our daily routines and in the narrative arc of each of our lives, which we hope are long and well-lived. Indeed, the topic seems so enormous in scope that one wonders how on earth a writer could wrap his arms around it and return with something worthy, original and valuable.
To his credit, that’s just what Garfield achieves with ‘Timekeepers’, a witty, well-structured and consistently fascinating investigation of how humans have perceived, contained and saved time over the past 2½ centuries. In the introduction, he explains the book is about our obsession with the most commonly used noun in the English language — according to the Oxford English Dictionary — and our desire to measure it, control it, immortalise it and make it meaningful. He goes on:
“[Timekeepers] considers how, over the last 250 years, time has become such a dominant and insistent force in our lives, and asks why, after tens of thousands of years of looking up at the sky for vague and moody guidance, we now take atomically precise cues from our phones and computers not once or twice a day but continually and compulsively. The book has but two simple intentions: to tell some illuminating stories, and to ask whether we have all gone completely nuts.”
It is the most precious non-renewable resource known to humankind. No matter how rich you are, you can never buy more time, for there is no place that sells it. You’re never getting back these moments you’re choosing to spend, right now, reading a newspaper review of a book about something that defines your life. (Thanks for doing so; it’s an honour.)
Garfield opens with a personal anecdote about an incident two years ago where time seemed to slow down. He fell from his bicycle and broke his elbow. “I thought I could feel every granule of time,” he recalls of waiting in a darkened hospital room, bored and awaiting surgery. Later, he decided to waste a lot of time on his iPhone while recovering, by looking up old films on YouTube.
From that hospital bed follows a swift trip into the past, exploring how the French republicans messed up the calendar by attempting to set their own time; how cross-country railways led to the invention of standardised timetables and time zones; how nostalgia became the first disease to be associated with time, its “sufferers” destined for the madhouse; how the metronome was “as revolutionary to Beethoven as the microscope was to 17th-century bacteriologists” as it afforded ultimate steadiness to composers who had previously struggled to notate tempo.
By the author’s admission, ‘Timekeepers’ is largely an examination of time through a cultural lens. This works well as it allows Garfield to dip in and out of key moments in history without following a strict chronology. He spends a fair bit of time with watchmakers, evidently fascinated by this world, particularly the minute ways in which companies such as Rolex and TAG Heuer attempt to differentiate themselves from their competitors.
Garfield is particularly taken by a clever bit of ad copywriting that suggests you never actually own a Patek Philippe watch, you merely look after it for the next generation. He notes that the selling of watches seems to be keeping print journalism alive: “Open The New York Times and the paper appears to be ticking.” He suggests men tend to admire watches so much because of the relentless endurance with minimum lubrication.
Near the end of the book, when discussing the notion of ‘‘deep time’’ that geologists deal with, he turns the ad copy on its head by suggesting that “deep time is a geologist’s equivalent of the Patek Philippe advert: you never actually live on the Earth, you merely look after it for the next species or ice age”.
From wry social observations to zoomed-out, big-picture summaries of the passage of time and our place in the universe, ‘Timekeepers’ has it all. Garfield is a charming and well-read tour guide, and the footnotes are always worth a look, if only for a selection of gags he collected during his research, such as the one where Big Ben says to the Leaning Tower of Pisa, “I’ve got the time if you’ve got the inclination.”
Perhaps the biggest question of all is a simple one: why? Why spend several hours reading a book about time, when it seems to be the one thing most of us wish we had more of? Speaking for myself, I’m glad I invested those hours in the company of Garfield’s endless curiosity and good humour. ‘Timekeepers’ is nothing less than educational and entertaining, and reading its pages is a fine way to spend one’s time.

Neuroscientists must be a little tired of hearing stories about the slowing down of the scene of an accident, but they gladly explain why this happens. Accidents are events that cause alarm and fear. The brain of those who fall off a bike or over a cliff finds plenty of space to print new memories in the cortex. We remember these episodes as important events, of very vivid action, and, when we reframed them in our heads or narrated them to others, it seems to us that there are many things that happened in that period of time and that this was much longer. In comparison with the daily events that have already left their mark in the cortex and in which we do not even have to think.
The word time also dominates the language. Every three months the Oxford English Dictionary adds some 2,500 new or revised definitions to the online version of its third edition (the printed version of the second has twenty volumes containing 615,000 slogans). Many of the new words are slang and many others derive from popular culture or new technologies. In contrast to the new words, the most famous of the English dictionaries also keeps a list of the most used words of the language, which are the expected ones: the (“the”, “the”, “the”, “the”), be (“to be”), to (“to”) and, of course, and (“and”). But what are the most used nouns? Month (“month”) appears at number 40. Life (“life”), at 9. Day (“day”), at 5, and year (“year”), at 3. Person (« person ») reaches position number 2. But the most used word in English is time (« time ») .
The Oxford English Dictionary observes that the English lexicon uses time not as a word, but as a philosophy. Time and its derivatives depend on many actions described by different expressions: On time (“on time”, “on time”), last time (“the last time …”), fine time (“a pleasant time”), fast time (“a good time [in a career]”), recovery time (“recovery time [of a disease]”), reading time (“time to read”), all-time.

Ruth Ewan had recreated the French republican calendar. This calendar was another example of the political and academic rejection of the ancien régime and the practical consequence of the proposal to assault the traditional Gregorian calendar as the Bastille and the Tuileries had previously been.
Surprisingly, this new calendar went on for a while (perhaps not so surprisingly: the guillotine still glowed in the autumn sun). It became official on October 24 (the day poire [“pear”] of Brumaire) of 1793, although, in fact, it began to count from September 22 (raisin [“grape”] of a harvester) of 1792, a date that marked the beginning of Year I of the Republic. This radical change was maintained for twelve years, until January 1, 1806, when Napoleon Bonaparte presumably thought ça suffit.
The utopian French republican calendar was a wonderful madness and seemed to exist outside of time. From the current perspective, it seems as absurd as the possibility of creating a global commune or that money is free, but what leads us to that conclusion are nothing but routines and time itself. Throughout the planet many types of calendars have been used that have served as a framework for human activity and in all of them logic, natural science and arbitrariness are mixed. Our system of measuring time through a calendar -which makes the life of the human being seem to advance or progress, and perhaps gives it some sense and coherence- does not stand up to all the tests. We can not even trust him in all cases. One day you get up, as did the citizens of Auvergne or Aquitaine, and you find out that Tuesday is not where it used to be and that the month of October has disappeared without a trace.
The republican calendar was also peculiar in another aspect. It went down in history overnight and could hardly be compared to previous systems. It destroyed what historians specialized in calendars often call “deep fixity” of previous conceptions. It is taken for granted, indeed, that the earlier calendars in Europe and in the ancient civilized world had progressed in parallel with the emerging astronomical and mathematical knowledge. The religious calendars were also designed one on top of another from the common bases marked by solstices, equinoxes and eclipses.
We would be wrong, however, if we believed that the French revolutionary calendar was the first to impose a political perspective over the days. All calendars, in effect, establish order and control to a greater or lesser degree, and are political in their own way (especially religious). The ancient Mayan calendar, for example, was a beautiful and truly amazing artifice, which measured two different years in parallel, one of 365 days and another of 260.

Although each movement of the Ninth Symphony includes the usual general indications about the tempo and the tone that must be given to each movement, even the least versed in music realizes that these instructions are not suitable for such a varied and unconventional piece . The first movement calls for a solemn Allegro ma non troppo, a little masterful (happy and fast, but not too much, and something majestic); the second, a Molto vivace (very fast and energetic); the third, an Adagio molto e cantabile (very slow and lyrical); and the fourth and its revolutionary final choir, Presto – Allegro ma non troppo – Vivace – Adagio cantabile (that is, very fast, bouncy, but not too much, vivacious, majestic).
What is the origin of these tempos? Well, the heartbeat of the human heart and, also, the stride. Any definition of a time or a musical rhythm needs to have, as a basis, the so-called tempo giusto, from which all others will be measured, which will be faster or slower than this. The average heart rate commonly accepted is the same as that of stride during a relaxed stroll: 80 beats per minute (ppm).
This is how the compact disc was born or, at least, that was how it was designed. The concept was to combine the ease and cleanliness of the modern compact tape with the durability and random access of the videodisk; In addition, it was intended to transform music lovers into lovers of a specific technology [39]. The CD would be smaller, digitally recorded and read by a laser. What he lost in auditory warmth, he gained in dynamism, precision, direct access to each of the cuts and ease of cleaning. (In addition, it was innovative and cool and, although few of those who paid for the Brothers in Arms of Dire Straits would have predicted it, the CD was also for the general public the access ramp to the incipient digital world).
But before there was a problem that needed to be solved: the format.
In February 1979, prototypes of CDs and their players were shown to sound experts from PolyGram, the newly founded record label founded by Philips and Siemens (collaboration that enabled the reissue of the complete Deutsche Grammophon catalog). The people of PolyGram loved it: it was crucial that, when playing various samples of music, they were not able to detect differences between CD playback and that of the original masters. The journalists heard the CD for the first time a month later; Again, the sound surprised everyone: in one of the first recordings, a complete collection of Chopin’s waltzes, even the pianist’s assistant could be heard turning the pages of the score.
February 11, 1963. Study 2 of Abbey Road is reserved for three sessions: from 10 am to 1 pm, from 2:30 pm to 5:30 pm and from 6:30 pm to 9:30 pm. The times conform to the standards of the musicians’ union. A session can not last more than three hours, and there will be a maximum of 20 minutes of useful recorded material. All artists will receive the same fees per session, 7 pounds and 10 shillings …

What the United States calls filibuster-namely, that a minority obstruct the operation of the camera objecting systematically and through long and empty interventions a proposal of the majority to throw it out or, at least, delay it- is a very political tactic. rooted in the idea of ​​time. We could consider it a decidedly constitutional and fundamental act for democracy, the equivalent of being chained to the fence of a public building. Sometimes, it is the only reason why some politicians enter politics. However, if we have a busy life and a lot to do on a daily basis, and we also believe in the government of majorities, the filibustering, or parliamentary obstruction, must also be labeled as strictly undemocratic, the pure and hard castling of a crazy picket. To distinguish between one thing and another, you often have to spend a lot of time listening.
Until it was over, it was not clear how well Thurmond had prepared for that long session.
The most famous filibuster in history was not pronounced in the US Senate or the British House of Commons, but in Hollywood. In Caballero sin espada (1939), Frank Capra’s James Stewart plays a candid and passionate anti-corruption fighter around the construction of a dam, who speaks for more than 23 hours before falling down. His accomplice, Jean Arthur, encourages him as he compares his chances of success with “a jump from a trampoline from 15 meters to a bathtub”. Smith carries a thermos and fruit and threatens to speak “until the day of judgment” to achieve what is proposed. Jovial press reporters enter the chamber to shout “Filibustero!” The most romantic, however, describes the event as “the most titanic battle of modern times. A David that does not have a slingshot … ” Smith triumphs at the end, an outcome that probably does not surprise any moviegoer. It was a movie and, after all, movies have always maintained a happy relationship with time.

Until they got complicated, making mechanical watches was quite simple, since they all worked more or less according to the same principles. A real spring, similar to a snail (which receives energy when given a rope or by other means), drives a gear that, in turn, causes a steering wheel to oscillate several times per second. This oscillation is regulated by the so-called escapement, a mechanism that causes the hands of the clock to rotate the amplitude of just arc and at a constant speed: the short hand travels the sphere once every twenty-four hours and the long one, once every minute. What appears before me, on the work table, is something far more complex, the result of 150 years of horological sophistication: a work of art so exquisite and intricate that even the most seasoned watchmaker would sweat, swear and leave the eyelashes for ten years to create an equal.
The headquarters of IWC (no one refers to the company by its original name, International Watch Company) is about 40 minutes by car north of Zurich, in Schaffhausen, on the banks of the Rhine, means of transport and source of energy and inspiration since the founding of the company, at the end of the 1860s. IWC has been creating watches as sophisticated as it is expensive for an understanding and faithful clientele for a century and a half, and it is not easy for a newbie to become familiar with its range of products in 50 minutes . We have, for example, the Portugieser Repetition of Minutes, with its power reserve of 46 hours, Glucydur wheel of beryllium alloy and slider that allows to give the time, rooms and minutes with two melodious sounds.
It is available in a platinum case and alligator strap for around 97,000 euros. Another option is the elegant Portofino, a ladies’ watch with an 18-carat red gold case inlaid with 66 diamonds, with 12 more diamonds set in the mother-of-pearl dial (under which a rotating disc shows the course of the Earth by the firmament). It can be yours for less than 35,000 euros. Another model is the Ingénieur Tourbillon Constant Force, in which the amplitude of the steering wheel is fixed, which allows to obtain an almost total accuracy. In addition, it has power reserve of 96 hours, double phase of the moon (for the southern and northern hemispheres) and a countdown indication until the next full moon. In platinum and ceramic materials, for about 243,000 euros.
(How is it possible that the 29 million watches exported by the alpine country in 2014 constitute only 1.7 percent of all watches bought in the world, but represent 58 percent of global spending on watches?).
In 1953, Eugène Jaquet and Alfred Chapuis published a vast work that sat chair: Histoire et technique de la montre suisse de ses origines à nos jours (“History and technique of the Swiss wristwatch from its origins to our days”). In it, however, they were somewhat vague about the origins of the industry. The first portable watches – first round and then oval, always hanging from a chain, appeared around 1510 in Germany, the Netherlands, France and Italy. A few decades later, Geneva became a small commercial center for these devices, especially due to the large number of goldsmiths. The experience with filigrees and lacquers, and with the intricate engraving tools, pushed these artisans to become interested in miniature mechanics. Jaquet and Chapuis discovered that in the 16th century, 176 goldsmiths worked in the Swiss city, whose watchmaking skills were undoubtedly enriched.
Swiss watchmakers prospered thanks to the neutrality of the country, and IWC was not the only house that manufactured watches for the two sides confronted in the two world wars. However, that love for peace, even if it helps to concentrate before the workbench, does not by itself explain the delicacy of Longines or Ulysse Nardin, nor the cuckoo clock.
The qualities of the Swiss watch are legally fixed and as controlled as those of champagne or Parmesan cheese (the legend that appears on the watches is always Swiss made or simply Swiss, instead of Made in Switzerland, a tradition dating back to 1890). To be considered Swiss, the watch must meet certain strict criteria (or, as expressed by the Swiss Watch Federation, creator of the appellation of origin, the watch has to comply with the “New criteria of the Swiss character”: a) it must be inspected and certified in Switzerland, b) must have a Swiss gauge, and c) this gauge must be mounted in a box manufactured in Switzerland. For the caliber to be considered Swiss: a) it must have been assembled within the national limits of Switzerland, b) it must be inspected and certified in Switzerland, and c) its components must be at least 60 percent Swiss (percentage that raises 50 percent required by the 1971 law). These rules, however, do not seem to disrupt the activity of websites like perfectwatches.cn, which offer Chinese replicas (ie, fake copies) of the Rolex Daytona for 436 euros or the Breitling Navitimer for 149.

The English word filibuster derives from military and revolutionary jargon. Originally it described who tried to lead an uprising in a foreign country, usually for their own economic benefit. The term gained popularity after the American incursions in Latin America and the Spanish Caribbean during the 19th century (the English word, in fact, comes from the Spanish “filibuster”, which, in turn, derives from the Dutch vrijbuiter, which, for On the other hand, the term freebooter, “looter”, originated in English.
In its current use, the term is usually only used for the legislative chamber of the United States Senate. In the United Kingdom, for example, a particularly long intervention does not receive any special name. There is, of course, an extra-American classification of the longer political discourses, although not all of them aimed to delay a vote. The list is opened by Henry Brougham (who spoke for six hours about legislative reform in the House of Commons in 1828, two years before becoming Lord Chancellor).
The most famous filibuster in history was not pronounced in the US Senate or the British House of Commons, but in Hollywood. In Caballero sin espada (1939), Frank Capra’s James Stewart plays a candid and passionate anti-corruption fighter around the construction of a dam, who speaks for more than 23 hours before falling down. His accomplice, Jean Arthur, encourages him as he compares his chances of success with “a jump from a trampoline from 15 meters to a bathtub”. Smith carries a thermos and fruit and threatens to speak “until the day of judgment” to achieve what is proposed. Jovial press reporters enter the chamber to shout “Filibustero!” The most romantic, however, describes the event as “the most titanic battle of modern times. A David that does not have a slingshot … ” Smith triumphs at the end, an outcome that probably does not surprise any moviegoer. It was a movie and, after all, movies have always maintained a happy relationship with time.

In Australia, for example. In that country, a man named Nick Hacko tries to design watches as reliable and resistant as those of Geneva or Schaffhausen, and then manufacture them in Sydney and sell them cheaper, without all the flashy marketing. A feat really difficult to fulfill.
Hacko, with an obstinate gesture but affable temperament, not only manufactures watches; He also sells and repairs them. He calculates that he has sold more than 9,500 Swiss units and repaired 17,000. In both aspects of the business, he has developed a feeling of admiration and contempt for the Swiss. I visited his office for the first time in mid-February 2014.
Its current location looks like an office and occupies a series of rooms on the fourth floor of Castlereagh Street, the equivalent in Sydney to London’s Regent Street. Right at the foot of his workshop are the jewelers that sell Dior, Cartier, Rolex and Omega, but he disdains those who are fooled by so much glare. “A repairman always looks from the inside out,” he says. “Most collectors are only interested in the appearance. They love brands. ”
Hacko is Fr. T. Barnum of the rebel sector of watchmaking. In this industry, disagreeing is an extravagance visible especially in some taciturn professionals and ready to retire.

The Book of Hours of Bedford, one of the most ornate manuscripts of the museum, preserved today in the British Library. It is a daily calendar of the Christian faith, with illustrated prayers, each of them in its blessed time slot. Made in Paris between 1410 and 1430, its owner was a young Henry VI, before ascending the throne. His 38 biblical images illustrate profusely the episodes lived by Mary and by Jesus child (the Annunciation, the Adoration of the Magi, etc.). The eight liturgical hours mark time unavoidably. We are before a literary form of watchmaking mechanism, from dawn to dusk: matins, lauds, cousin, terce, sixth, nona, vespers and complete. The luxurious volume, bound in velvet, was later owned by John Russell, Duke of Bedford, who, to celebrate his marriage to Anne of Burgundy, ordered him to amend to include the nuptial vows and his heraldic shield. The hour books were a common and much revered object among rich and devout European families: preordained guide of the day and lifetime companion.

Our obsession with time has taken us to the edge of the precipice, but it does not force us to jump. The old stories help us to imagine the future, and our pale blue dot keeps turning towards a destination over which we can influence more than we think.

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